1989-1999 - El proletariado mundial ante el hundimiento del bloque del Este y la quiebra del estalinismo

Versión para impresiónEnviar por email

Presentación

Hace exactamente 10 años se produjo uno de los acontecimientos más importantes de la segunda mitad del siglo XX: el hundimiento del bloque imperialista del Este y de los regímenes estalinistas de Europa, y del principal de entre ellos, el de la URSS.

Ese acontecimiento ha sido utilizado por la clase dominante para dar rienda suelta a una de las campañas ideológicas más masivas y perniciosas que haya lanzado contra la clase obrera. Al identificar mentirosamente una vez más el estalinismo que se hundía con el comunismo, al hacer creer que la quiebra económica y la bestialidad de los regímenes estalinistas serían la consecuencia inevitable de la revolución proletaria, la burguesía intentaba desviar a los proletarios de toda perspectiva revolucionaria y asestar un golpe decisivo a los combates de la clase obrera. El documento que volvemos a publicar aquí, que fue difundido en enero de 1990 como suplemento a nuestra prensa territorial, iba fundamentalmente dirigido a combatir esas campañas fraudulentas de la burguesía, unas campañas cuyos efectos se siguen soportando hoy.

Cuando escribimos el texto aquí publicado, el caos que estaba extendiéndose por la URSS y demás regímenes estalinistas no había alcanzado los niveles de hoy. La URSS, en particular, seguía existiendo formalmente, dirigida por el llamado partido comunista de Gorbachov, el cual, desde 1985, había intentado enderezar la situación instaurando la «perestroika» (reestructuración). Las cosas, sin embargo, se desbocaron a partir del verano de 1989 especialmente con la formación en Polonia de un gobierno dirigido por Solidarnosc, el incremento de las críticas a la autoridad soviética en varios partidos comunistas de Europa central (en Hungría, por ejemplo), el auge del nacionalismo en varias repúblicas de la URSS. Todo ello llevó a nuestra organización a movilizarse para analizar el significado y las perspectivas de esos acontecimientos. En la Revista internacional nº 59, publicada a finales del verano, escribíamos: «Las convulsiones que sacuden actualmente a Polonia… no deben ser consideradas como específicas de ese país. De hecho todos los países de régimen estalinista se encuentran en un atolladero. La crisis mundial del capitalismo se repercute con una brutalidad particular en su economía que es, no solamente atrasada, sino también incapaz de adaptarse en modo alguno a la agudización de la competencia entre capitales. La tentativa de introducir en esa economía normas “clásicas” de gestión capitalista para mejorar su competitividad, no hará más que provocar un desorden todavía mayor, como lo demuestra en la URSS el fracaso completo y rotundo de la “Perestroika” (…) La perspectiva para el conjunto de los regímenes estalinistas no es pues en absoluto la de una “democratización pacífica” ni la de un “enderezamiento” de la economía. Con la agravación de la crisis mundial del capitalismo, esos países han entrado en un período de convulsiones de una amplitud nunca vista en el pasado, pasado que ha conocido ya muchos sobresaltos violentos» («Convulsiones capitalistas y luchas obreras», 07/09/1989)

Una semana después se discutió en nuestra organización un texto, adoptado por el órgano central de la CCI el 5 de octubre, con el que analizábamos la situación con más detenimiento y extraíamos unas perspectivas:

«El bloque del Este nos está dando ya la imagen de una dislocación creciente (…) En esa zona, las tendencias centrífugas son tan fuertes que se desatan en cuanto se les deja la ocasión de hacerlo (…)

Fenómeno similar es el que se puede observar en las repúblicas periféricas de la URSS. (…) Los movimientos nacionalistas que, favorecidos por el relajamiento del control central del partido ruso, se desarrollan hoy (…) llevan consigo una dinámica de separación de Rusia.

En fin de cuentas, si el poder central de Moscú no reaccionara, asistiríamos a un fenómeno de explosión, no sólo del bloque ruso, sino igualmente de su potencia dominante. En una dinámica así, la burguesía rusa, clase hoy dominante de la segunda potencia mundial, no se encontraría a la cabeza más que de una potencia de segundo orden, mucho más débil que Alemania, por ejemplo (...).

Pero cualquiera que sea la evolución futura de la situación en los países del Este, los acontecimientos que hoy los están zarandeando son la confirmación de la crisis histórica, del desmoronamiento definitivo del estalinismo, de esa monstruosidad símbolo de la más terrible contrarrevolución que haya sufrido el proletariado.

En esos países se ha abierto un periodo de inestabilidad, de sacudidas, de convulsiones, de caos sin precedentes cuyas implicaciones irán mucho más allá de sus fronteras. En particular, el debilitamiento del bloque ruso que se va acentuar aun más, abre las puertas a una desestabilización del sistema de relaciones internacionales, de las constelaciones imperialistas, que habían surgido de la segunda guerra mundial con los acuerdos de Yalta» («Tesis sobre la crisis económica y política en la URSS y en los países del Este», en Revista internacional nº 60)

Un mes después, el 9 de noviembre de 1989, fue la caída del muro de Berlín, símbolo de la división del mundo entre el bloque del Oeste y el bloque del Este, lo que acabó rubricando la desaparición de este último y el trastorno total del orden de Yalta, lo cual implicaba, entre otras cosas, la desaparición al cabo del propio bloque occidental:

«La disgregación del bloque del Este, su desaparición como factor dominante de los conflictos interimperialistas, es una puesta en entredicho radical de los acuerdos de Yalta, y la generalización de una inestabilidad del conjunto de las constelaciones imperialistas formadas sobre la base de dichos acuerdos, incluido el bloque del Oeste dominado desde hace 40 años por Estados Unidos. Este último bloque, a su vez, no podrá evitar, al cabo, la puesta en tela de juicio de sus propios fundamentos. Si bien, durante los años 80, la cohesión de todos los países occidentales contra el bloque ruso ha sido un factor suplementario del hundimiento de este último, la base de esta cohesión ya no existe hoy. Si es imposible predecir el ritmo y las formas que tomará la situación, la perspectiva se orienta hacia el desarrollo de tensiones entre las grandes potencias del bloque occidental actual (…) («Hundimiento del bloque del Este, quiebra definitiva del estalinismo», Revista internacional nº 60, 19/11/1989).

Al mismo tiempo, en una impresionante reacción en cadena, los regímenes que habían gobernado durante cuatro décadas en los países del fortín soviético fueron barridos:

  el 10 de noviembre, es destituido Todor Zhivkov, en el poder desde 1954 en Bulgaria;

  el 3 de diciembre se autodisuelve la dirección del partido comunista de Alemania Oriental;

  el 22 de diciembre es derribado el régimen de Nicolae Ceausescu;

  el 29 de diciembre, Vaclav Havel, disidente desde hacía tiempo, es elegido presidente de Checoslovaquia.

Esa situación es la base del texto que publicamos aquí. Pero el proceso de descomposición del estalinismo no iba a detenerse ahí. Después de haberlo hecho su bloque, será la propia URSS la que va a desaparecer. Ya desde principios del 90, varios países bálticos se pronuncian a favor de la independencia. Más grave todavía, el 16 de julio, Ucrania, segunda república de la URSS, vinculada a Rusia desde hacía siglos, proclama su soberanía. Bielorrusia iba a seguirle los pasos y, después, les tocaría el turno a las repúblicas del Cáucaso y de Asia central.

Gorbachov hizo lo que pudo para que algo quedara en pie, proponiendo que se adoptara un tratado de Unión, con la firma prevista para el 20 de agosto de 1991, manteniendo así un mínimo de unidad política entre los diferentes integrantes de la URSS. El 18 de agosto, la vieja guardia del partido, apoyada en una parte del aparato militar y policiaco, intenta oponerse a esa puesta en entredicho de la URSS. El intento de golpe de Estado fracasa lamentablemente, provocando la inmediata declaración de independencia de casi todas las repúblicas federadas. El 21 de diciembre se constituye una Comunidad de Estados independientes, de unas estructuras muy imprecisas, que agrupa a unos cuantos componentes de la URSS. El 25 de diciembre de 1991, por boca de Gorbachov, su presidente cesante, declara su disolución. La bandera rusa sustituye a la bandera roja encima del Kremlin.

Al mismo tiempo que se iba descomponiendo la URSS, la situación creada por la desaparición de su bloque no estaba engendrando una «nueva era de paz y prosperidad» a escala mundial, como lo había anunciado el presidente estadounidense Bush. Todo lo contrario: lo que ha habido es una sucesión de convulsiones mortíferas, entre las cuales, las más importantes han sido la guerra del Golfo contra Irak, en enero de 1991 y las diferentes guerras en Yugoslavia, cuyo último capítulo, el de Kosovo, en esta primavera de 1999, ha sido un paso adelante suplementario en la barbarie guerrera, en el corazón de Europa, a una hora de distancia de las principales concentraciones industriales del continente.

Los trastornos ocurridos en el mundo desde 1989, tras el desmoronamiento de los regímenes estalinistas, las intensísimas campañas ideológicas que lo acompañaron (quiebra del «comunismo», y también las campañas «humanitarias» que se han montado para acompañar cada uno de los capítulos de una barbarie cada vez mayor), todo ello ha causado una desorientación y una pérdida de confianza en sí misma por parte de la clase obrera, un retroceso importante de su conciencia. Esto no cuestiona la perspectiva general del período histórico actual, el de los enfrentamientos de clase crecientes entre proletariado y burguesía, como así lo hemos puesto de relieve en el Informe sobre la lucha de clases adoptado en el XIIIº congreso de la CCI que publicamos en esta Revista. La reanudación de la marcha adelante del proletariado deberá, sin embargo, enfrentar las enormes mentiras que ha propalado la clase dominante desde 1989. Por eso publicamos aquí este documento nuestro de enero de 1990: para contribuir en ese necesario esfuerzo de la clase obrera.

FM, 15/09/1999

El año 1989 ha terminado con acontecimientos de un alcance histórico considerable. En pocos meses toda una parte de el mundo, la dominada por el bloque imperialista ruso, se ha descompuesto sellando la quiebra irremediable de un sistema que, durante casi medio siglo, se ha impuesto y se ha mantenido por medio del terror y la barbarie más sanguinaria que jamás ha conocido la humanidad.

Frente a estos acontecimientos que, desarrollándose a las puertas de Europa Occidental, han transformado toda la configuración del mundo surgida de la IIª Guerra mundial, asistimos hoy día al desencadenamiento de una ensordecedora campaña mediática acerca de la pretendida «quiebra del comunismo». Todas las fracciones de la burguesía «liberal» y «democrática», se reúnen como buitres hambrientos ante la carroña del estalinismo para perpetuar la odiosa mentira de identificar el estalinismo con el comunismo, en hacer creer que la dictadura estalinista estaba contenida en el programa de Lenin y los bolcheviques, y en definitiva que el estalinismo representa en el fondo la continuidad con la revolución proletaria de Octubre de 1917. En una palabra, se trata de hacer creer a los proletarios que tal barbarie ha sido el precio inevitable que la clase obrera debe pagar por haber osado desafiar y poner en cuestión, hace 70 años, el orden capitalista.

Así, reventando, el estalinismo presta actualmente un último servicio al capitalismo. Porque la burguesía más potente, más maquiavélica y más hipócrita es la que más partido saca de su agonía. En todas partes, no pasa un día sin que los media a las órdenes de la clase dominante exploten a fondo todas las convulsiones que sacuden a los países del bando soviético para vendernos mejor las virtudes de la «democracia», del capitalismo «liberal» presentándonoslo como el «mejor de los mundos», un mundo de libertad y abundancia, el único por el que vale la pena luchar, el único que puede aliviar todos los sufrimientos impuestos a los pueblos por el sistema «comunista».

La muerte del estalinismo constituye actualmente una victoria ideológica para la burguesía occidental. En el momento actual, el proletariado debe encajar el golpe. Pero, deberá comprender que el estalinismo no ha sido jamás otra cosa que la forma más caricaturesca de la dominación capitalista. Deberá comprender que la «democracia» no es más que la máscara más hipócrita con la que la burguesía siempre ha cubierto el horrible rostro de su dictadura de clase y que sería para el proletariado una tragedia dejarse llevar por sus cantos de sirena. Deberá comprender que en el Oeste, como en el Este, el capitalismo no puede ofrecer a las masas explotadas más que, miseria y barbarie crecientes, acompañadas, a largo plazo, de la destrucción del planeta.

Deberá comprender, en última instancia, que no hay futuro para la humanidad fuera del terreno de la lucha de clases del proletariado internacional, una lucha a muerte que, derrocando el capitalismo, permita la edificación de una verdadera sociedad comunista mundial, una sociedad liberada de crisis, guerras, y de todas las formas de barbarie y opresión.

*
*    *

La ensordecedora propaganda que sufrimos hoy día a propósito del tema de la «victoria de la democracia» sobre el totalitarismo «comunista» no es gratuita. Insistiendo hasta la saciedad sobre la idea mentirosa de que el estalinismo ha sido la consecuencia inevitable de la revolución de Octubre, la burguesía persigue un objetivo muy preciso: busca el hacer desaparecer en los obreros toda idea de comunismo; se trata para el capitalismo acorralado de desviar al proletariado de objetivo último de sus combates de clase contra los ataques cada vez más graves del capitalismo en crisis.

No hay continuidad, sino una ruptura radical entre el estalinismo y la revolución de Octubre del 17

La burguesía MIENTE DESCARADAMENTE cuando afirma a los cuatro vientos que la barbarie estalinista es la legítima heredera de la revolución de Octubre del 17, MIENTE afirmando que Stalin no hizo más que llevar a sus últimas consecuencias un sistema elaborado por Lenin. Todos los periodistas, todos los «historiadores» y otros ideólogos a sueldo del capitalismo saben pertinentemente que NO HAY ninguna continuidad entre el Octubre proletario y el estalinismo. Todos saben que la instauración de este régimen de terror no es más que la CONTRARREVOLUCIÓN que se instala sobre las ruinas de la revolución rusa tras la derrota de la primera oleada revolucionaria internacional de 1917-1923. Porque fue el aislamiento del proletariado ruso, tras el aplastamiento sangriento de la revolución en Alemania, lo que dio un golpe mortal al poder de los soviets obreros en Rusia.

La historia no ha hecho más que confirmar de manera trágica lo que, desde el nacimiento del movimiento obrero, el marxismo ha defendido siempre. La revolución comunista solo puede tener un carácter internacional. «La revolución comunista (...) no será una revolución puramente nacional. se producirá al mismo tiempo en todos los países civilizados (...) Ejercerá igualmente una repercusión considerable sobre todos los otros países del globo y transformará completamente y acelerará el curso de su desarrollo. Es una revolución universal; tendrá, en consecuencia, un terreno universal» (F. Engels, Principios del Comunismo, 1847).

Y es esa fidelidad a los principios del comunismo y del internacionalismo proletario lo que Lenin, a la espera de un relevo de la revolución en Europa, expresaba él mismo en los siguientes términos:

«La revolución rusa no es más que un destacamento del ejército socialista mundial, y el éxito y triunfo de la revolución que nosotros hemos cumplido, depende de la acción de este ejército. Esto es un hecho que ninguno de nosotros olvida (...) El proletariado ruso tiene conciencia de su aislamiento, y ve claramente que su victoria tiene por condición indispensable y como premisa fundamental la intervención unida de los obreros del mundo entero» (Lenin, «Informe a la Conferencia de los comités de fábrica de la provincia de Moscú», 23 de julio de 1918).

Así el internacionalismo ha sido siempre la piedra angular de los combates de la clase obrera y del programa de sus organizaciones revolucionarias. Es este programa el que Lenin y los bolcheviques defendieron constantemente. Armado con este programa el proletariado, tomando el poder en Rusia, obligó a la burguesía a poner fin a la Iª Guerra mundial y así afirmó su propia alternativa: contra la barbarie generalizada del capitalismo, transformación de la guerra imperialista en guerra de clases.

Toda puesta en cuestión de este principio esencial del internacionalismo proletario, ha sido siempre sinónimo de ruptura con el campo proletario, es decir, de adhesión al campo del capital.

Con el hundimiento desde dentro de la revolución rusa, el estalinismo constituyó precisamente esta ruptura, cuando, desde 1925, Stalin anunció su tesis de la «construcción del socialismo en un solo país», gracias a la cual pudo instalarse con todo su horror la contrarrevolución más espantosa de toda la historia de la humanidad. Desde entonces la URSS no tendrá de «soviética» más que el nombre: la dictadura del proletariado a través del poder de los «consejos obreros» (soviets) se transformará en una implacable dictadura del Partido-Estado sobre el proletariado.

El abandono del internacionalismo por Stalin, digno representante de la burocracia de Estado, firmará definitivamente la condena de muerte de la revolución. La política de la IIIª Internacional degenerada será, en todas partes, bajo la férula de Stalin, una política contrarrevolucionaria de defensa de los intereses capitalistas. Tanto es así que en China, el PC, siguiendo las directrices de Stalin se diluirá en el Kuomintang (partido nacionalista chino) y desarmará al proletariado insurgente en Shanghai y a sus militantes revolucionarios para entregarlos atados de pies y manos a la sangrienta represión de Chang Kai-chek, proclamado miembro de honor de la Internacional estalinizada.

Frente a la Oposición de Izquierda que se desarrollará entonces contra esta política nacionalista, la contrarrevolución estalinista desencadenará toda su rabia sangrienta: todos los bolcheviques que intentaban contra viento y marea defender los principios de Octubre serán excluidos del Partido en la URSS, deportados por millares, perseguidos, acosados por la GPU, y después salvajemente ejecutados tras los grandes procesos de Moscú (y todo ello contando con el apoyo y la bendición del conjunto de los países «democráticos»).

Así fue como pudo instalarse este régimen de terror: sobre los escombros de la revolución de Octubre el estalinismo pudo asegurar su dominación. Fue gracias a esta negación del comunismo constituida por la teoría del «socialismo en un solo país» por lo que la URSS se transformó en un Estado capitalista de los pies a la cabeza. Un Estado donde el proletariado será sometido, con el fusil en la espalda, a los intereses del capital nacional, en nombre de la defensa de la «patria socialista».

Así, en tanto que el Octubre proletario, gracias al poder de los Consejos obreros, había dado el golpe definitivo a la guerra imperialista, la instauración de la contrarrevolución estalinista, destruyendo toda idea revolucionaria, eliminando toda veleidad de lucha de clases, e instaurando el terror y la militarización en toda la vida social, anunció la participación de la URSS en la segunda carnicería mundial.

Toda la evolución del estalinismo en la escena internacional de los años 30 estuvo marcada, de hecho, por sus cambalaches imperialistas con las principales potencias capitalistas que, de nuevo, se preparaban para poner a Europa bajo los designios del fuego y la sangre. Tras haberse apoyado en una alianza militar con el imperialismo alemán para contrarrestar toda tentativa de expansión de Alemania hacia el Este, Stalin cambiará de chaqueta a mitad de los años 30 para aliarse con el bloque «democrático» (adhesión de la URSS a esa «alianza de bandidos» que fue la Sociedad de naciones, pacto Laval-Stalin en 1935, participación de los PC en los «frentes populares» y en la guerra de España, durante la cual los estalinistas no dudaron en utilizar métodos sanguinarios masacrando a los obreros y revolucionarios que contestaban su política). En vísperas de la guerra, Stalin volverá a cambiar de atuendo y venderá la neutralidad de la URSS a Hitler a cambio de un cierto número de territorios, antes de integrarse definitivamente en el campo de los «Aliados» e implicarse a fondo en la carnicería imperialista en la que el Estado estalinista sacrificará, el sólo, 20 millones de vidas humanas.

Tal fue el resultado de los turbios tratos del estalinismo con los diferentes bandidos imperialistas de Europa occidental. Sobre estas montañas de cadáveres pudo constituir la URSS estalinista su imperio, imponer el terror en todos los países que cayeron, con el tratado de Yalta, bajo su dominación exclusiva. Fue gracias a su participación en el holocausto imperialista al lado de las potencias imperialistas victoriosas por lo que, al precio de la sangre de sus 20 millones de víctimas, pudo acceder al rango de superpotencia mundial.

Pero, si Stalin fue «el hombre providencial» gracias al que el capitalismo mundial pudo deshacerse del bolchevismo, no fue la tiranía de un único individuo, por muy paranoico que fuera, la que impuso esta bárbara contrarrevolución. El Estado estalinista, como todo Estado capitalista, está dirigido por la misma clase dominante que en todas partes, la burguesía nacional. Una burguesía que se reconstituyó, con la degeneración interna de la revolución, no a partir de la antigua burguesía zarista eliminada por el proletariado en 1917, sino a partir de la burocracia parasitaria del aparato del Estado con la que se confundió más y más, bajo la dirección de Stalin, el Partido bolchevique. Fue esta burocracia del Partido-Estado la que, eliminando a finales de los años 20 a todos los sectores susceptibles de reconstituirse en burguesía privada, sectores a los que se alió para asegurar la gestión de la economía nacional (propietarios terratenientes y especuladores de la Nueva política económica, NEP), tomó el control de la economía. Tales son las razones históricas que explican que, contrariamente a otros países, el capitalismo de Estado en la URSS haya tomado esta forma totalitaria extrema. El capitalismo de Estado es el modo de dominación universal del capitalismo en el período de decadencia, en el cual el Estado asegura su confiscación de toda la vida social, y engendra por todas partes capas parasitarias. Pero en los otros países del mundo capitalista, este control estatal sobre el conjunto de la sociedad no es antagónico con la existencia de sectores privados y concurrentes que impidan la hegemonía total de estos sectores parasitarios.

Al contrario, en la URSS, la forma particular que toma el capitalismo de Estado se caracteriza por el desarrollo extremo de estas capas parasitarias salidas de la burocracia estatal cuyo objetivo y única preocupación no es hacer fructificar al capital según las leyes del mercado, sino muy al contrario llenarse los bolsillos individualmente en detrimento de la economía nacional. Desde el punto de vista del funcionamiento del capitalismo esta forma de capitalismo de Estado es por tanto una aberración que debía hundirse necesariamente con la aceleración de la crisis económica mundial. Y es este hundimiento del capitalismo de Estado ruso surgido de la contrarrevolución el que ha firmado la quiebra irremediable de toda la ideología bestial, que durante casi medio siglo, había cimentado el régimen estalinista haciendo pesar su placa de plomo sobre millones de seres humanos.

El estalinismo nació en el barro y la sangre de la contrarrevolución. Hoy, muere en el barro y en la sangre, como lo atestiguan los sucesos de Rumania y aún más claramente los que sacuden el corazón mismo del estalinismo, la URSS.

En modo alguno, a pesar de lo que digan y dirán la burguesía y todos los medias a sus ordenes, esta hidra monstruosa pertenece ni al contenido ni a la forma de la revolución de Octubre de 1917. Hace falta que ésta se hunda para que aquella se pueda imponer. Esta ruptura radical, esta antinomia entre Octubre y estalinismo, ha de ser tomada en plena conciencia por el proletariado si no quiere ser víctima de otra forma de dictadura burguesa, la del Estado «democrático».

La democracia no es más que la forma más perniciosa de la dictadura del capital

El hundimiento espectacular del estalinismo no significa de ninguna manera que el proletariado se haya liberado al fin del yugo de la dictadura del capital. Si la burguesía decadente entierra hoy día con grandes pompas a su vástago más monstruoso, es para esconder mejor ante los ojos de las masas explotadas la verdadera naturaleza de su dominación de clase. Por ello, machaca la idea de que existiría una oposición irreducible entre las formas «totalitarias» y las formas «democráticas» del Estado burgués.

Todo esto no es más que una pura mistificación. La pretendida «democracia» no es más que la dictadura burguesa disfrazada. No es más que la hoja de parra con la que siempre la clase dominante ha recubierto la obscenidad de su sistema de terror y explotación. Es esta cínica hipocresía lo que siempre han denunciado los revolucionarios y particularmente Lenin cuando afirmó en el 1er Congreso de la Internacional comunista, que la burguesía se esfuerza siempre en encontrar argumentos filosófico-políticos para justificar su dominación. «... Entre estos argumentos se destacan en particular la condena de la dictadura y la defensa de la democracia. Ante todo, este argumento opera con el concepto de la “democracia en general” y “dictadura en general”, sin ver de qué clase social se trata. Este planteamiento de la cuestión al margen o por encima de las clases, supuestamente popular, equivale ni más ni menos que a un escarnio de la doctrina fundamental del socialismo, esto es, de la doctrina de la lucha de clases... Pues en ningún país capitalista civilizado existe la “democracia en general”, sino que solo existe una democracia burguesa, y no se trata de la “dictadura en general”, sino de la dictadura de la clase oprimida, es decir, del proletariado sobre los opresores y los explotadores, o sea sobre la burguesía, con el fin de vencer la resistencia que oponen los explotadores en la lucha por su dominación... Por eso, la actual defensa de la democracia burguesa en forma de discursos sobre la “democracia en general” y el actual vocerío y clamor contra la dictadura del proletariado en forma de gritos sobre la “dictadura en general”, son una traición directa al socialismo... la negación del derecho del proletariado a su revolución proletaria, la defensa del reformismo burgués precisamente en un momento histórico en que el reformismo ha fracasado en todo el mundo y en que la guerra ha creado una situación revolucionaria... La historia de los siglos XIX y XX nos mostró ya antes de la guerra qué es la práctica de la cacareada “democracia pura” bajo el capitalismo. Los marxistas han dicho siempre que cuanto más
desarrollada y “pura” sea la democracia, tanto más abierta, ruda e implacable será la lucha de clases, tanto más “puras” serán la opresión del capital y la dictadura de la burguesía...»
(Lenin, «Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado», Primer Congreso de la Internacional comunista, 4 de marzo de 1919).

Desde sus orígenes la democracia burguesa se ha revelado como la forma más perniciosa de la dictadura despiadada del capital. Desde mediados del siglo XVII y antes incluso de que el proletariado pudiera afirmarse como la única clase capaz de liberar a la humanidad de la explotación capitalista, la primera revolución burguesa, la de Inglaterra, había anunciado de lo que es capaz la democracia cuando, frente a las expresiones embrionarias del movimiento comunista, la república democrática de Cromwell desencadenó en 1648 su sangrienta represión contra los «niveladores» que reivindicaban un reparto igual de los bienes entre todos los miembros de la sociedad. En Francia, la joven República establecida por la revolución de 1789, liquidará a Babœuf en 1797, representante junto con la Liga de los Iguales de las ideas proletarias. Y cada vez que la clase obrera intentará expresarse en su terreno de clase, que resistirá las intrusiones del capital, más la dictadura democrática se manifestara en toda su desnudez. El desarrollo del movimiento obrero a lo largo de todo el siglo 19 estuvo jalonado de masacres, de baños de sangre perpetrados por la burguesía más «progresista» de todos los tiempos. Debemos recordar el aplastamiento de la insurrección de los Canuts en Lyon (Francia) realizado por un ejército de 20 000 hombres enviados en 1841 por el Gobierno «democrático» de Casimir Perier. Debemos recordar las sangrientas jornadas de Junio de 1848  en las que los obreros de París fueron asesinados, por millares, bajo la metralla del general republicano Cavaignac mientras que los que sobrevivieron, fueron deportados, enviados a la cárcel y, además, fue condenada toda libertad de reunión, de prensa, para la clase obrera en nombre de la «defensa de la Constitución». Debemos recordar, en fin, el salvajismo con el que las tropas republicanas de Galliffet supieron defender los intereses de la clase burguesa desencadenando en mayo de 1871 una represión feroz contra los comuneros, esa «vil canalla», según los términos de Thiers: más de 20 000 proletarios asesinados en el transcurso de la «semana sangrienta». Casi 40 000 detenciones, centenares de condenas a trabajos forzados, varios miles de deportaciones a Nueva Caledonia, sin contar la represión de todos los niños separados de sus padres y llevados a «reformatorios».

He aquí lo que fueron las primeras obras de la democracia parlamentaria, con su «Declaración de los derechos humanos», con sus grandes principios de «Igualdad, Libertad y Fraternidad». En sus orígenes se nutrió de sangre obrera, y a lo largo de su decadencia, el capitalismo no cesa de revolcarse en sangre y lodo. Así, las grandes potencias democráticas desencadenaron la primera carnicería mundial en nombre de la «igualdad» y la «libertad», masacrando a decenas de millones de seres humanos para satisfacer los apetitos imperialistas de las «más libres» y «más civilizadas» repúblicas europeas. Y cuando el proletariado, insurgente contra la barbarie capitalista, trataba, como decía Lenin, de «arrancar las flores artificiales de la democracia burguesa» durante la primera oleada revolucionaria, quedó de nuevo al desnudo su verdadero rostro. Frente al peligro de la generalización de los soviets, todos los Estados, los muy democráticos Francia, Gran Bretaña, Alemania, USA, unen encarnizadamente sus fuerzas contra la Revolución rusa. Dando su apoyo militar a los ejércitos blancos durante todo el periodo de guerra civil en la URSS, la Santa alianza de los Estados democráticos más avanzados envió armas, buques de guerra y tropas, para armar hasta los dientes a las fuerzas contrarrevolucionarias, comprometiéndose en un combate sin tregua contra el primer bastión de la revolución proletaria en Rusia, y también en Polonia o Rumania. En todos los rincones del mundo burgués denuncian a voz en cuello la «dictadura del proletariado» en nombre de la «democracia amenazada», chillando «¡Abajo el bolchevismo!»

Hay que recordar que estos «demócratas» de buen corazón, que hoy hacen gala de un alma «humanitaria» y «filantrópica» llamando a la caridad con Rumania, fueron los que en 1920 organizaron el bloqueo económico a la Rusia de los soviets, desencadenando una terrible hambruna, impidiendo la solidaridad obrera y el envío de alimentos de primera necesidad, dejando morir de hambre a centenares de miles de hombres, mujeres y niños. ¡El cinismo y la infamia de esta burguesía «democrática» no tienen límites!

Cual fiera acorralada, la joven república parlamentaria alemana, una de las más «democráticas» de Europa, desencadenó su furia sanguinaria contra la revolución proletaria en enero de 1919 cuando el Gobierno socialdemócrata de los Noske, Ebert y Scheidemann masacraron a los obreros de Berlín e instigaron la ejecución sumaria de los dirigentes revolucionarios Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Esos perros de presa usaron los peores métodos terroristas para alzar, sobre el cadáver aun caliente de la revolución y en nombre de la defensa de las libertades «democráticas», la dictadura de la muy «democrática» República de Weimar, que haría la cama al nazismo.

Hoy toda la propaganda burguesa trata de que nos creamos la idea de que la revolución proletaria solo puede engendrar la más sanguinaria barbarie, cuando tras la primera guerra mundial las peores expresiones de la barbarie fueron paridas por la democracia y sus instituciones parlamentarias. La subida al poder, como Jefe de Gobierno, de Musolini en 1922 fue auspiciada por las instituciones democráticas. En Alemania, la República democrática de Weimar, dirigida por Hindemburg, nombró Canciller a Hitler, abriendo desde 1933 la puerta al terror nazi. Y en España, también en nombre de la democracia amenazada por las hordas franquistas, el Frente popular alistó y masacró a decenas de miles de proletarios y, gracias a las mistificaciones antifascistas, preparó el terreno para el segundo holocausto mundial que causaría más de 50 millones de muertos. En plena orgía sanguinaria del capitalismo, y en nombre de la sacrosanta democracia burguesa, el bloque imperialista aliado lanzó sus bombas atómicas sobre la población de Hiroshima y Nagasaki, y bombardeó sistemáticamente las grandes concentraciones obreras de Alemania (Dresde, Hamburgo, Berlín) sepultando bajo los escombros a más de 3 millones de victimas civiles, so pretexto de «liberar» al mundo de la barbarie y de la dictadura.

Tras el final de la Segunda Guerra mundial, el mundo «libre» y «democrático» no ha cesado de derramar sangre y sembrar el horror por los cuatro costados del planeta. Todas las expediciones coloniales, desde Argelia a Vietnam, han sido hechas bajo la bandera de las democracias occidentales, bajo el estandarte de los «derechos humanos», es decir, el derecho a torturar, matar de hambre, asesinar a la población civil con la excusa de la «libertad», del «derecho los pueblos a disponer de sí mismos», etc. Y bajo el imperio de esos mismos «derechos humanos» el bloque «democrático» lanza su cruzada imperialista en Oriente Medio, perpetrando masacres indecibles en Iran-Irak, Líbano, o en nombre de la lucha contra el terrorismo, el fanatismo religioso o las dictaduras militares en Filipinas o Panamá. Y también en nombre de la defensa del «orden» y la «libertad» han reprimido salvajemente las revueltas del hambre a principios del 89 en países altamente «democráticos» como Venezuela o Argentina.

Estos son las únicas glorias de que puede vanagloriarse la democracia burguesa desde el nacimiento del capitalismo: haber bañado en sangre a toda la humanidad. Los «derechos humanos» siempre han sido un maquillaje hipócrita del capitalismo para justificar sus peores matanzas y carnicerías. Estos «derechos» no son otra cosa que el derecho de la burguesía a aplastar bajo su bota a las masas de oprimidos, para imponer por todos lados su Terror de Estado y su dictadura de clase. Por eso el proletariado hoy día, con la caída del estalinismo, no debe apoyar al campo democrático, pues solo puede ofrecerle «sangre y lágrimas» como dijo Churchill. La burguesía occidental, que arregla hoy sus cuentas con el estalinismo y echa flores sobre la victoria «democrática» contra el «totalitarismo», trata de que olvidemos sus propios crímenes. La furia con que las democracias occidentales echan cieno sobre esos regímenes no debe hacernos olvidar que esas mismas democracias fueron ayer los mejores cómplices con que contó el estalinismo para exterminar sistemáticamente a los últimos combatientes de Octubre del 17. Gracias a la bendición y el apoyo del conjunto del mundo «democrático» la contrarrevolución estalinista pudo imponer durante decenios una capa de plomo sobre millones de seres humanos. Democracia y estalinismo son dos placas de la misma moneda, como lo fueron fascismo y antifascismo. Dos ideologías complementarias que recubren una misma realidad, la dictadura implacable del capital, a la que el proletariado ha de oponer su propia dictadura de clase, única forma de lavar toda la sangre que el capitalismo ha esparcido sobre la humanidad a lo largo de su dominación.

Porque la revolución proletaria mundial es la única alternativa a la barbarie capitalista, la burguesía se empeña en desnaturalizarla, sirviéndose del cadáver del estalinismo para avalar la idea de que este régimen sería la prueba del fracaso del comunismo. En el coro unánime compuesto por todas las fracciones de la burguesía «liberal» y «democrática» descuellan los estalinistas reconvertidos como los mejores defensores del capitalismo, dedicándose a «probar» con argumentos falaces que «el gusano estaba ya en la manzana», que el germen del terror estalinista estaba ya en las teorías de Lenin y Marx, y por tanto en cualquier tentativa de emancipación del proletariado. Desde los años 30 la burguesía no había hecho gala de tal dosis de cinismo e hipocresía, de tan repugnante venalidad para verter tal tromba de mentiras con que minar la conciencia de clase del proletariado.

Solo hay una perspectiva contra la barbarie creciente del capital:
la reanudación de los combates de clase del proletariado mundial

El hundimiento irremediable del bloque del Este no es resultado del fracaso del comunismo sino la manifestación más brutal del fracaso general de la economía capitalista, condenada a hundirse trozo a trozo bajo los golpes de una crisis crónica sin solución. La bancarrota completa de los países del Este anuncia lo que les espera a los países más industrializados del bloque occidental con la aceleración inexorable de la crisis. Los primeros signos de recesión en Inglaterra y Estados Unidos anuncian la recesión generalizada que va a golpear la economía mundial. Y que va a suponer para la clase obrera de los países industrializados austeridad y miseria redobladas con un aluvión de nuevos despidos, disminución de salarios, ritmos infernales; y en los países del Este, como ocurre ya en Polonia, las medidas de «liberalización» de la economía se van a saldar con la explosión del hambre y el paro aún más terribles. Lo que les espera a estos proletarios son sufrimientos como no se han conocido desde finales de la Segunda Guerra mundial. Y las ayudas «humanitarias» organizadas bajo el báculo de los gobiernos «democráticos» a modo de «solidaridad» solo sirven para echarnos tierra a los ojos alimentando la campaña democrática actual con la idea de que solo el capitalismo occidental puede llenar los escaparates vacíos y llevar la abundancia y la libertad a las masas explotadas. Su objetivo es alejar al proletariado de la verdadera solidaridad, la solidaridad de clase, la única que puede ofrecer un futuro a la humanidad que consiste en desarrollar por todas partes los combates contra la explotación capitalista, contra ese sistema generador de masacres, miseria y de una barbarie sin limite.

Hoy la burguesía se ha apuntado un tanto con la caída del stalinismo y su matraca incesante sobre la «victoria del capitalismo sobre el comunismo». Logrando provocar una situación de profunda desorientación en las filas obreras, y deteniendo momentáneamente su marcha hacia la afirmación de su propia perspectiva revolucionaria. Pero la clase dominante no podrá escapar indefinidamente al veredicto de la historia. La crisis y su aceleración siguen siendo el mayor aliado del proletariado, obligándolo a comprometerse de nuevo en combates en su propio terreno de clase, el terreno de la resistencia golpe a golpe a los ataques contra todas sus condiciones materiales de existencia. La agravación de la situación económica mundial va a poner al desnudo el atolladero histórico del capitalismo, obligando al proletariado a mirar la realidad cara a cara, a tomar conciencia por medio de sus luchas reivindicativas de la necesidad de acabar con este sistema moribundo y construir una auténtica sociedad comunista mundial.

Y en esos combates que han de llevarle a la victoria final, la clase obrera tendrá que enfrentarse abiertamente a todos los agentes del Estado «democrático», los sindicatos y sus apéndices izquierdistas, cuya única función consiste en desarmar al proletariado, dificultar el desarrollo de su conciencia de clase, tratando hoy de inocular en sus filas la ilusión reformista de mejorar el capitalismo para desviarlo de su propia perspectiva revolucionaria.

El proletariado no podrá ahorrarse el duro y difícil combate contra el capitalismo y sus diferentes manifestaciones. Para salvarse, y salvar con él al conjunto de la humanidad, está obligado a enfrentar y superar todos los obstáculos que la burguesía siembra a su paso, denunciando día a día todas las mentiras que la burguesía desencadena, tomando conciencia de los verdaderos retos de su combate y de la inmensa responsabilidad que recae sobre sus espaldas.

 Corriente comunista internacional
24 de febrero de 1990