Conferencia extraordinaria de la CCI: Resolución sobre la situación internacional

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La RESOLUCIÓN sobre la situación internacional de nuestro
XIV° Congreso -adoptada en mayo de 2001- se centró en el curso
histórico en la fase de descomposición del capitalismo (ver
Revista internacional n° 106). En ella poníamos en evidencia
la aceleración tanto de la crisis económica como del hundimiento
del planeta en la guerra y la barbarie; y, al mismo tiempo, analizábamos
los problemas y las potencialidades de una respuesta proletaria frente
a esta situación. La Resolución que publicamos a continuación,
propuesta en la Conferencia extraordinaria de la CCI en abril de 2002,
se plantea complementar la primera a la luz de los acontecimientos del
11 de Septiembre y de la posterior "guerra antiterrorista",
que han confirmado claramente los análisis generales del Congreso
de 2001.

La ofensiva imperialista norteamericana

1. Los revolucionarios marxistas pueden hasta
estar de acuerdo con el presidente Bush cuando este describió el
ataque del 11 de Septiembre como un "acto de guerra" aunque,
eso sí, añadirían que se trata de un acto de guerra
capitalista, un momento de la guerra imperialista permanente que caracteriza
la época de la decadencia capitalista. La matanza intencionada
de miles de civiles (proletarios en su mayoría) mediante la destrucción
de las Torres Gemelas ha constituido un nuevo crimen bárbaro contra
la humanidad, a añadir a una larga lista que incluiría Guernica,
Londres, Dresde, Hiroshima... Que el probable ejecutor del crimen haya
sido un grupo terrorista vinculado a un Estado pobrísimo no cambia,
para nada, su carácter imperialista, ya que en el período
actual todos los Estados, o quienes aspiran a legitimarse como Estados,
del mismo modo que todos los "señores de la guerra",
son imperialistas.

El carácter criminal del 11 de Septiembre no sólo reside
en el propio acto, sino también en su manipulación cínica
por parte del Estado norteamericano, una manipulación totalmente
comparable a la conspiración de Washington ante Pearl Harbor cuando,
a sabiendas, permitió el ataque japonés, para poder tener
una coartada para entrar en la guerra y movilizar a la población
tras el Estado. No se sabe aún hasta qué punto los servicios
secretos del Estado norteamericano han estado implicados "dejando
hacer" a los terroristas en los ataques del 11 de Septiembre, aunque
ya haya un montón de elementos que apuntan a una intriga maquiavélica
y sin escrúpulos por su parte, pero lo que sí está
claro es de qué manera los Estados Unidos han sacado provecho del
crimen, utilizando el shock y la cólera causados en la población
para movilizar a ésta en apoyo de una ofensiva imperialista de
una amplitud sin precedentes.


2
. Enarbolando la bandera del antiterrorismo,
el imperialismo USA ha extendido la sombra de la guerra al planeta entero.
La "guerra al terrorismo" lanzada por USA ha devastado ya Afganistán,
y la amenaza de que se extienda a Irak es cada vez más explícita.
Pero la presencia armada norteamericana se ha ampliado a otras regiones
del globo aunque no formen parte del llamado "eje del mal" (Irán,
Irak y Corea del Norte). Así, en Filipinas se han desplegado tropas
USA con la excusa de ayudar a combatir militarmente la "insurrección
islamista"; y en Yemen y Somalia han llevado a cabo acciones espectaculares.
El presupuesto de defensa americano se incrementará este año
en un 14 %, y seguirá creciendo hasta que en el año 2007
supere en un 11 % el nivel medio que tenía durante la guerra fría.
Estos datos proporcionan una elocuente imagen del enorme desequilibrio
que existe en los gastos militares de los diferentes Estados: EE.UU representa
casi el 40 % de los gastos mundiales totales, por sí sólo
el presupuesto estadounidense es muy superior a la suma de los presupuestos
británico, francés y de otros 12 países de la OTAN.
A través de una reciente "indiscreción", la Administración
estadounidense ha hecho saber que están dispuestos a emplear este
terrorífico arsenal -incluyendo el nuclear- contra ciertos rivales.
Al mismo tiempo la guerra en Afganistán ha reavivado las tensiones
entre India y Pakistán; y entre Israel y Palestina, la carnicería
sigue en aumento, mientras EEUU -invocando siempre la cruzada antiterrorista-
apoya el plan apenas disimulado de Sharon de deshacerse de Arafat, de
la Autoridad palestina, y de cualquier posibilidad de un arreglo negociado.

En los días que siguieron al 11 de Septiembre se habló mucho
de la posibilidad de una 3ª guerra mundial. Este término se
manejó profusamente en las redacciones y las tertulias, asociado
por lo general a la idea de un "choque de civilizaciones" entre
el "Occidente" moderno" y el Islam "fanático"
(mostrado en el llamamiento de Bin Laden a una Yihad islámica "contra
cruzados y judíos"). Esta idea ha encontrado, incluso, cierto
eco en algunos grupos del medio político proletario, por ejemplo
en el PCI (Il Partito) que en su hoja a propósito del 11 de Septiembre,
escribía:

"Si la primera guerra imperialista basó su propaganda en la
demagogia irredentista de la defensa nacional, si la segunda fue antifascista
y democrática, la tercera, que será igual de imperialista,
se disfrazará con el ropaje de una cruzada entre religiones opuestas,
contra personajes tan donquijotescos, increíbles y turbios como
esos Saladinos barbudos"
.

Otras formaciones del medio proletario, como el BIPR, más aptas
para reconocer que lo que se esconde detrás de la campaña
norteamericana contra el Islam es el conflicto ínterimperialista
entre USA y sus principales rivales (en particular las principales potencias
europeas); no son, sin embargo, capaces de refutar de arriba abajo el
machaconeo mediático sobre la 3ª guerra mundial, pues no comprenden
las especificidades históricas del período abierto con la
desintegración de los dos bloques imperialistas a finales de los
80. Sobre todo, porque tienden a creer que la formación de bloques
imperialistas que llevarían a la 3ª guerra mundial, se encuentra
ya hoy muy avanzada.
A pesar de la agravación de las contradicciones del capitalismo,
la guerra mundial no está al orden del día

3. Para comprender lo que tiene de inédito
este período y seamos, por tanto, capaces de ver las perspectivas
reales que se abren hoy ante la humanidad, es necesario que recordemos
lo que de verdad representa una guerra mundial. La guerra mundial es la
expresión de la decadencia del capitalismo, del carácter
obsoleto del modo de producción capitalista. Es el producto del
callejón sin salida histórico en el que este sistema se
adentró cuando llegó a establecerse como economía
mundial a comienzos del siglo XX. Las raíces materiales de la guerra
mundial se encuentran pues, efectivamente, en una crisis sin solución
como sistema económico, aunque no exista una relación mecánica
entre los indicadores económicos y el desencadenamiento de tal
guerra. Partiendo de esa base, la experiencia de las dos guerras mundiales
anteriores, y los largos preparativos para la tercera entre los bloques
norteamericano y ruso, han demostrado que una guerra mundial equivale
a un conflicto directo por el control del planeta entre los bloques militares
constituidos por las potencias imperialistas dominantes. Como se trata
de una guerra entre los Estados capitalistas más potentes, se necesita
también la movilización y la adhesión activa de los
obreros de esos Estados, y esto sólo puede conseguirse si la clase
dominante es capaz de derrotar a los principales batallones de ese proletariado.
Si examinamos la situación actual nos daremos cuenta de que las
condiciones que se necesitarían para una 3ª guerra mundial,
no se vislumbran en un futuro inmediato.

4. No es éste, sin embargo, el caso
en cuanto a la crisis económica mundial. La economía capitalista
se enfanga cada día más en sus propias contradicciones,
cuyo nivel es muy superior al que alcanzaron en los años 30. En
aquel entonces, la burguesía fue capaz de reaccionar ante el hundimiento
en la recesión, gracias a los nuevos instrumentos del capitalismo
de Estado. Hoy, esos mismos instrumentos, que sigue siendo necesario utilizar
para gestionar la crisis e impedir la parálisis total, son los
que agudizan profundamente las contradicciones que sacuden al sistema
capitalista. En los años 30, aunque los mercados extra-capitalistas
residuales que seguían subsistiendo eran insuficientes para permitir
una expansión "pacífica" del sistema, es cierto,
sin embargo, que seguían quedando grandes zonas receptivas a un
desarrollo capitalista (en Rusia, África, Asia...). Finalmente,
en aquel período ya de declive capitalista, la guerra mundial a
pesar de su coste en muertes de millones de seres humanos y de destrucción
del resultado de siglos de trabajo humano, podía aún producir
un aparente beneficio económico (si bien jamás éste
ha sido el objetivo de guerra de los beligerantes): un largo período
de reconstrucción que, acompañado de la política
del capitalismo de Estado de recurrir al déficit, parecía
dar un nuevo hálito de vida al sistema. En cambio, una tercera
guerra mundial significaría, ni más ni menos, la destrucción
del género humano.

Lo más significativo del curso de la crisis económica que
se abrió al acabarse la etapa de reconstrucción, es que
cada "solución", cada una de las "panaceas"
que se han aplicado a la economía capitalista, han demostrado ser
en realidad -y cada vez en un plazo de tiempo más breve- auténticas
pócimas de charlatán.

Ante la reaparición de la crisis a finales de los años 60,
la respuesta inicial de la burguesía fue la de volver a emplear
gran parte de las políticas keynesianas utilizadas ya en la reconstrucción.

La reacción "monetarista" de los años 80, que
se presentó como una "vuelta a la realidad" (acordémonos
del discurso de Thatcher que decía que un país, como una
familia, no puede gastar más de lo que ingresa) fracasó,
sin embargo, estrepitosamente, en la reducción de los gastos producidos
por el endeudamiento o por el coste del funcionamiento del Estado ("boom"
del consumo alimentado por la especulación inmobiliaria en Gran
Bretaña, programa de la "guerra de las galaxias" de Reagan
en Estados Unidos).

Este "boom" ficticio de los años 80, basado en el endeudamiento
y la especulación y acompañado por un desmantelamiento de
sectores enteros del aparato productivo e industrial, se paró en
seco con el crash financiero de 1987. La crisis que sucedió a ese
quiebra dio paso, a su vez, al "crecimiento" alimentado por
el endeudamiento que ha caracterizado los años 90.

Cuando, tras el hundimiento de las economías del Sudeste asiático
a finales de la década pasada, se pudo comprobar que ese crecimiento
había sido en realidad la causa de la agravación de la situación
económica, nos vendieron entonces un ramillete de nuevas "soluciones
definitivas" a la crisis, tales como la "revolución tecnológica",
o la cacareada "nueva economía". Los efectos de estas
panaceas han sido los más efímeros de todos: sólo
unos meses después de lanzar el bombardeo propagandístico
sobre "la economía basada en Internet", ésta ha
demostrado ser un enorme fraude especulativo.

Hoy, los "diez gloriosos años" de crecimiento norteamericano
están oficialmente finiquitados. Los Estados Unidos han reconocido
que están en recesión, y otro tanto sucede en potencias
como Alemania. Además el estado de la economía japonesa
supone un quebradero de cabeza constante para la burguesía mundial
que se teme, incluso, que Japón acabe tomando el mismo rumbo que
Rusia. Y eso por no hablar del estado de las regiones periféricas,
donde el hundimiento catastrófico de la economía argentina
no es más que la punta del iceberg, pues un montón de países
más se encuentra precisamente en esa misma situación.

Es verdad que a diferencia de lo que sucedió en los años
30, el estallido de la crisis no ha derivado inmediatamente en que cada
país "tire por su lado" en sus políticas económicas,
parapetándose a sí mismo con barreras proteccionistas. Aquella
reacción de entonces aceleró, sin duda, el curso hacia la
IIª Guerra mundial. En cambio hoy, el desmoronamiento de unos bloques
imperialistas, que también sirvieron al capitalismo para regular
los problemas económicos entre 1945 y1989, prácticamente
solo ha repercutido en las esferas militar e imperialista. En lo económico,
las antiguas estructuras del bloque han sido adaptadas a la nueva situación
y ha habido una política global consistente en impedir una quiebra
catastrófica de las economías centrales (permitiendo así
también un hundimiento "controlado" de las economías
periféricas más afectadas); gracias al recurso masivo a
los préstamos administrados por instituciones como el Banco mundial
o el FMI. Lo que se llama "mundialización" consiste,
en cierto modo, en ese consenso entre las economías más
poderosas para controlar mínimamente una competencia entre ellas
que consistiría en tratar de mantenerse a flote a costa de hundir
al resto del mundo. Además la burguesía insiste frecuentemente
en que ha aprendido la lección de los años 30, y que no
va a consentir, por tanto, que una guerra comercial degenere en guerra
mundial entre las principales potencias. Hay una pizca de verdad en esta
afirmación puesto que, a pesar de las rivalidades nacional-imperialistas
entre las grandes potencias, se ha conseguido mantener una estrategia
de "gestión" internacional de la economía.

Pero por mucho que la burguesía se empeñe en tratar de contener
las tendencias más devastadoras de la economía mundial (la
simultaneidad de hiperinflación y depresión, la competencia
irrefrenable entre sus diferentes unidades nacionales), lo cierto es que
cada día más debe enfrentarse a las contradicciones inherentes
al proceso mismo. Esto se ve muy claramente en el caso de una pieza fundamental
de su política como es el recurso al endeudamiento, que cada vez
está más cerca de explotarle en la cara al capitalismo.
Por ello, a pesar de los discursos optimistas sobre la "futura"
reactivación económica, el horizonte se oscurece y el futuro
de la economía mundial aparece cada vez más incierto. Y
esto va a aguijonear, sin duda, las rivalidades imperialistas. La posición
extremadamente agresiva adoptada hoy por Estados Unidos tiene ciertamente
que ver con sus dificultades económicas, y éstas le obligarán,
cada vez más, a recurrir a la fuerza militar para mantener su dominación
sobre el mercado mundial. Al mismo tiempo, la formación de una
zona "euro" contiene las premisas de una guerra comercial que
se acentuará en el futuro pues las principales economías
se verán obligadas a responder a la agresividad comercial norteamericana.
La gestión "global" de la crisis económica por
parte de la burguesía es pues extremadamente frágil, y se
verá crecientemente minada por las rivalidades, tanto económicas
como estratégico-militares.

5. Si dependiese únicamente del nivel
alcanzado por la crisis económica, el capitalismo habría
ido a la guerra mundial en los años 80. En el período de
la guerra fría, cuando los bloques militares necesarios para llevar
a cabo la contienda se encontraban formados, el principal obstáculo
para el desencadenamiento de la guerra lo constituía el hecho de
que la clase obrera no estaba derrotada. Hoy, ese factor subsiste, a pesar
de todas las dificultades que ha sufrido la clase obrera en el período
abierto en 1989, el período que nosotros hemos caracterizado como
el de la descomposición del capitalismo. Pero antes de examinar
este punto, debemos considerar un segundo factor histórico que
dificulta hoy el estallido de una 3ª guerra mundial: la inexistencia
de bloques militares.

En el pasado, la derrota de un bloque en la guerra conducía rápidamente
a la formación de nuevos bloques: así el bloque alemán,
contendiente en la Iª Guerra mundial, comenzó a reconstituirse
a principios de los años 30 y, el bloque ruso se formó inmediatamente
después de la IIª Guerra mundial. Tras el hundimiento del
bloque ruso (más como consecuencia de la crisis económica
que directamente de la guerra), la tendencia inherente al capitalismo
decadente a la división del mundo en dos bloques imperialistas
adversarios, volvió a ponerse de manifiesto con la reunificación
de Alemania que es el único país que puede aspirar a encabezar
un nuevo bloque que rete la hegemonía de EE.UU. Este desafío
se vislumbró sobre todo a través de la injerencia alemana
en el desmantelamiento de la ex Yugoslavia, lo que precipitó a
los Balcanes en una guerra que dura ya más de diez años.
Sin embargo esta tendencia a la formación de un nuevo bloque se
ha visto contrarrestada por otras tendencias opuestas:
- La tendencia de cada nación, tras acabarse el sistema de bloques
de la guerra fría, a mantener su propia política imperialista
"independiente". Este factor tiene desde luego mucho que ver
con la necesidad imperiosa por parte de las grandes potencias del antiguo
bloque occidental de liberarse de la tutela norteamericana; pero también
ha jugado en contra de la posibilidad de la formación de un nuevo
bloque cohesionado antagonista de EEUU. Y si bien es verdad que la única
candidatura posible para llegar a ser ese bloque es la de una Europa dominada
por Alemania, sería un error suponer que la Unión Europea
actual constituye ya tal bloque. La Unión Europea es, primera y
principalmente, una institución económica, aunque tenga
pretensiones de desempeñar un papel más relevante en lo
político y en lo militar. Un bloque imperialista es, ante todo,
una alianza militar. La "Unión" Europea dista mucho de
estar unida a ese nivel. Los dos actores clave de cualquier futuro bloque
imperialista basado en Europa (Francia y Alemania), andan continuamente
a la gresca por razones que se remontan muy atrás en la historia.
Lo mismo cabe decir de Gran Bretaña, cuya orientación "independiente"
se basa, esencialmente, en enfrentar a Alemania con Francia, a ésta
con los alemanes, a Estados Unidos con Europa y a ésta con los
norteamericanos. La fuerza de esta tendencia a "cada uno para sí"
ha quedado demostrada en estos últimos años a través
de la voluntad creciente por parte de potencias de tercera y cuarta división
de retar frecuentemente los designios de EE.UU (por ejemplo Israel en
Oriente Medio, India y Pakistán en Asia, etc.) y de jugar sus propias
bazas. Una demostración más de ello es la proliferación
de "señores de la guerra" imperialistas, que aspiran
a tener una relevancia mundial y no sólo local, aún cuando
no lleguen a controlar siquiera un Estado particular.
- La superioridad militar aplastante de los USA, que se ha hecho aún
más evidente en los diez últimos años, y que ellos
mismos no han dejado de reforzar en las grandes intervenciones que han
realizado en este período: el Golfo, Kosovo y, hoy, Afganistán.
Es más, en cada una de esas intervenciones los USA han ido abandonando
progresivamente la pretensión de actuar como parte de una presunta
"comunidad internacional". Y así mientras la guerra del
Golfo fue llevada a cabo "legalmente" bajo mandato de la ONU;
la guerra de Kosovo se desarrolló "ilegalmente" en el
marco de la OTAN, y la reciente campaña en Afganistán ha
sido ejecutada enarbolando la bandera de la "acción unilateral".
El presupuesto de defensa que acaba de ser aprobado en EE.UU no deja lugar
a dudas de que los europeos son -en palabras de Lord Robertson, secretario
general de la OTAN- auténticos "pigmeos militares", lo
que no ha dejado de suscitar multitud de artículos en la prensa
europea que se preguntaban: "¿No serán demasiado poderosos
los americanos para lo que les interesa?"; así como una inquietud
generalizada por el hecho de que la Alianza transatlántica sea
ya algo del pasado. Por todo ello si bien la "cruzada contra el terrorismo"
es una respuesta a las crecientes tensiones entre USA y sus principales
competidores (véanse por ejemplo las desavenencias con ocasión
de los "acuerdos de Kyoto" o sobre la reedición de la
Guerra de las galaxias), exacerbando aún más esas disputas,
el resultado de la acción norteamericana es el de resaltar aún
más cuán lejos están los europeos de poder desafiar
el liderazgo mundial de los Estados Unidos. El desequilibrio es pues tan
enorme que como señalábamos en nuestro texto de orientación
"Militarismo y descomposición", escrito en 1991:

"La reconstitución de un nuevo dúo de bloques imperialistas
no sólo resulta imposible antes de que pasen muchos años,
es que puede que nunca vuelva a producirse: la revolución o la
destrucción de la humanidad acontecerán antes de que esto
suceda"
(Revista internacional nº 64).

Diez años más tarde, la formación de un verdadero
bloque antinorteamericano, se sigue enfrentando a los mismos enormes obstáculos.

- La formación de bloques imperialistas exige, también,
una justificación ideológica, sobre todo para poder entrampar
en sus redes a la clase obrera. Esta ideología no existe hoy. El
"Islam" ha demostrado ser una fuerza capaz de movilizar a explotados
de ciertas partes del planeta, pero carece de un impacto significativo
entre los obreros de los países centrales del capitalismo. Por
la misma razón, menos todavía serviría el "antiislamismo"
para movilizar a los trabajadores norteamericanos contra sus hermanos
europeos. El problema, tanto para EE.UU como para sus principales rivales,
es que comparten la defensa de la misma ideología "democrática",
lo cual les hace aparecer más como aliados que como rivales. Es
verdad que en Europa, la clase dominante empieza a instigar una significativa
corriente de antiamericanismo, pero en ningún caso puede ésta
compararse al antifascismo o al anticomunismo que les sirvieron en el
pasado para suscitar la adhesión a la guerra imperialista. Detrás
de esas dificultades ideológicas, lo que hay, en realidad, es un
problema mucho más profundo para la clase dominante: la clase obrera
no está derrotada, no se muestra dispuesta a aceptar los sacrificios
que su enemigo de clase pretende imponerle para hacer frente a las exigencias
de guerra.

El curso a los enfrentamientos entre las clases sigue estando vigente

6. La enorme demostración de patriotismo
que vimos en Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre hace
necesario que reexaminemos este aspecto fundamental de nuestra comprensión
de la situación mundial. En EE.UU una atmósfera de chovinismo
se apoderó de todas las clases sociales, lo que, por descontado,
ha aprovechado la clase dominante para, por un lado y a corto plazo, desencadenar
la "guerra contra el terrorismo", pero también para impulsar,
más a largo plazo, una política tendente a eliminar el llamado
"síndrome de Vietnam", es decir, las reticencias del
proletariado de EE.UU a dejarse sacrificar en aras de las aventuras imperialistas
norteamericanas. Es innegable que el capitalismo norteamericano ha hecho
bastantes progresos ideológicos en este terreno, del mismo modo
que ha reforzado todo su arsenal de vigilancia y represión (un
éxito que también ha encontrado eco en Europa). Pero esto
no representa una derrota histórica mundial para la clase obrera,
por las razones siguientes:

- La relación de fuerzas entre las clases sólo puede determinarse
a escala internacional, y se juega, por encima de todo, en el corazón
de los países europeos, que es donde se decide y se decidirá
la suerte de la revolución. Y si bien los atentados del 11 de septiembre
permitieron a la burguesía europea montar también su particular
versión de la campaña antiterrorista, en Europa no se ha
dado el desbordamiento de patriotismo que hemos visto en EE.UU. Al contrario,
la guerra norteamericana en Afganistán ha suscitado, más
bien, una considerable inquietud en la población europea que se
ha visto reflejada, parcialmente, en la amplitud del movimiento "contra
la guerra" en el viejo continente. Es cierto que este movimiento
ha sido auspiciado por la propia burguesía, en parte como expresión
de sus reticencias a dejarse arrastrar en la campaña belicista
de los USA, pero también como medio para impedir cualquier oposición
verdaderamente de clase a la guerra capitalista.

- Ni siquiera en los mismos Estados Unidos puede decirse que la marea
patriótica lo anegara todo. En las mismas fechas en que se producían
los ataques, había huelgas en diferentes sectores de la clase obrera
norteamericana, aún cuando los huelguistas fueran denunciados como
"antipatrióticos" por defender sus intereses de clase.

Así pues los diferentes factores que, en la Resolución de
nuestro XIVº Congreso, identificamos como la confirmación
del curso histórico hacia los enfrentamientos de clases, siguen
plenamente vigentes:
- El lento desarrollo de la combatividad de la clase obrera sobre todo
en las concentraciones centrales del proletariado. Esto se ha visto recientemente
confirmado en la huelga de ferrocarriles en Gran Bretaña, así
como en el movimiento más extenso, aunque también más
disperso, de huelgas en Francia.

- La maduración subterránea de la conciencia que se pone
de manifiesto en el desarrollo de minorías politizadas en numerosos
países. Este proceso continúa e incluso se desarrolla después
de la guerra de Afganistán (por ejemplo los grupos que defienden
posiciones de clase y que emergen del pantano de confusión, en
Gran Bretaña, Alemania...).

- El peso "en negativo" del proletariado sobre la preparación
y la forma de conducir los conflictos. Esto puede verse, sobre todo, en
cómo la clase dominante se ve obligada a presentar sus principales
operaciones militares. Tanto en el Golfo, en Kosovo como en Afganistán,
la función real de estas guerras ha sido sistemáticamente
ocultada. No sólo en cuanto a los verdaderos objetivos (el capitalismo
camufla siempre sus objetivos criminales con pomposas declaraciones),
sino incluso sobre quién es el verdadero enemigo. Al mismo tiempo
la burguesía sigue siendo muy prudente a la hora de movilizar a
un número importante de obreros en estas guerras. Y si bien la
burguesía estadounidense ha conseguido, sin duda, ciertos éxitos
ideológicos en este terreno, la verdad es que continúa estando
muy interesada en minimizar sus bajas en Afganistán. En cuanto
a Europa, no se ha producido ninguna tentativa de cambiar la política
consistente en enviar a la guerra únicamente a soldados profesionales.
La guerra en la descomposición del capitalismo

7. Por todo lo anterior no se vislumbra en
un futuro inmediato el estallido de una tercera guerra mundial. Pero esto
no debe servirnos de consuelo. Los acontecimientos del 11 de Septiembre
han engendrado un fuerte sentimiento de que una especie de apocalipsis
es inminente, quedando un sentimiento de que "el fin del mundo"
se acerca, si entendemos por "mundo", el mundo del capitalismo,
un sistema condenado por la Historia y que ha agotado cualquier posibilidad
de reforma. La perspectiva que el marxismo anuncia desde el siglo XIX
sigue siendo la de socialismo o barbarie, pero la forma concreta que puede
tomar la amenaza de barbarie es diferente de la que preveían los
revolucionarios del siglo pasado (la destrucción de la civilización
únicamente a través de una guerra imperialista). La entrada
del capitalismo en la fase terminal de su decadencia, la fase de descomposición,
se ve condicionada por la incapacidad de la clase dominante de "resolver"
su crisis histórica mediante otra guerra mundial, pero trae consigo
nuevos y más insidiosos peligros de una gradual caída en
el caos y la autodestrucción. En este escenario, la guerra imperialista,
o más bien una espiral de guerras imperialistas, seguiría
siendo el principal jinete del Apocalipsis pero cabalgaría en medio
de hambrunas, enfermedades, desastres ecológicos a escala planetaria,
y disolución de todas las relaciones sociales. A diferencia de
la guerra imperialista mundial, para que tal escenario llegue a su conclusión,
no es necesario que el capitalismo logre alistar o derrotar a los batallones
centrales de la clase obrera. Hoy nos enfrentamos ya al peligro de que
la clase obrera sea progresivamente sumergida en todo el proceso de descomposición,
y pierda poco a poco la capacidad de actuar como una fuerza consciente,
antagónica al capital y a la pesadilla en la que éste adentra
a la humanidad.

8. "La guerra contra el terrorismo"
es, verdaderamente, una guerra de la descomposición capitalista.
Aunque las contradicciones económicas del sistema le empujan insistentemente
a una conflagración entre los principales centros del capitalismo
mundial, resulta que la vía de esa confrontación está
bloqueada, por lo que, inevitablemente, debe tomar otro camino como en
el Golfo, Kosovo y Afganistán, es decir guerras en las que el conflicto
subyacente entre las grandes potencias se ha "desviado" hacia
acciones militares contra potencias capitalistas más débiles.
En los tres casos mencionados EE.UU ha sido el principal protagonista.
A diferencia de lo que ocurrió en las dos primeras guerras mundiales,
el Estado más poderoso del planeta es quien se ve obligado a pasar
a la ofensiva, tratando de impedir que surja un rival lo suficientemente
fuerte para que se les oponga abiertamente.

9. Pero es que la actual "guerra contra
el terrorismo" es mucho más que una simple reedición
de las precedentes intervenciones de Estados Unidos en el Golfo Pérsico
y en los Balcanes, pues representa, en realidad, una aceleración
cualitativa de la descomposición y la barbarie:

- ya no se trata de una campaña de corta duración con objetivos
precisos y limitados a una región particular, sino una operación
por tiempo ilimitado, un conflicto prácticamente permanente que
tiene el mundo entero de teatro de operaciones.

- tiene objetivos estratégicos mucho más globales y vastos
que incluyen una presencia decisiva de EE.UU en Asia Central para asegurarse
el control no sólo de esta región, sino también de
Oriente Medio y del subcontinente indio, bloqueando así cualquier
posibilidad de expansión europea (especialmente de Alemania) en
esta zona del planeta. Ello supone, efectivamente, cercar a Europa. Por
esta razón, y contrariamente a lo que sucedió en 1991, Estados
Unidos puede permitirse ahora el derrocamiento de Sadam, ya que no le
necesita como gendarme local habida cuenta de la intención norteamericana
de imponer directamente su presencia. Las ambiciones estadounidenses de
controlar el petróleo y otras fuentes de energía de Oriente
Medio y Asia Central deben verse en este contexto. Al revés de
lo que plantean los izquierdistas, no es que el gobierno de Washington
actúe en nombre de las grandes compañías petrolíferas
en busca de un beneficio inmediato, sino que está llevando a cabo
una política estratégica para controlar sin réplica
posible las principales vías de circulación de los recursos
energéticos en caso de futuros conflictos imperialistas. Paralelamente,
la insistencia estadounidense en situar a Corea del Norte dentro del "eje
del mal" debe entenderse como un aviso por parte de Washington de
que se reserva el derecho de realizar una gran operación en Asia
Oriental, lo que supone un desafío a las ambiciones tanto de China
como de Japón en esa región.

10. Sin embargo, si la "cruzada antiterrorista"
deja claro que los Estados Unidos necesitan imperiosamente crear un orden
mundial sometido, total y permanentemente, a sus intereses militares y
económicos, esta guerra no puede escapar al sino de todas las guerras
del período actual: ser un factor más de la agravación
del caos mundial, sólo que esta vez a un nivel mucho más
elevado que en los conflictos precedentes.
En Afganistán la victoria de Estados Unidos no ha servido, en absoluto,
para estabilizar la situación interna en este país en el
que ya han estallado las querellas entre las fracciones que se han hecho
con el poder tras derrocar a los talibanes. Los bombardeos norteamericanos
han sido ya utilizados como "instrumentos de mediación"
en estas disputas, mientras otras potencias, sobre todo Irán, que
controla a algunas fracciones disidentes, no dejan de echar leña
al fuego.

- El "éxito" de la campaña americana contra el
terrorismo islámico ha hecho que EE.UU revise también su
política respecto a los países árabes con los que
se muestra mucho menos complaciente. El apoyo norteamericano a la actitud
extremadamente agresiva de Sharon respecto a la Autoridad palestina, ha
terminado por enterrar el "proceso de paz" de Oslo, elevando
la intensidad de la confrontación militar. Pero también
los desacuerdos sobre la presencia de tropas USA en suelo saudí
han supuesto un enrarecimiento de las relaciones con quien, antaño,
fue un cliente dócil.

- La derrota de los talibanes ha puesto a Pakistán en una situación
de mucha dificultad, lo que la burguesía india no ha tardado en
tratar de rentabilizar. La escalada de tensiones entre estas dos potencias
nucleares tiene repercusiones muy graves para el futuro de esa zona, sobre
todo si tenemos en cuenta que China y Rusia están también
implicadas en ese laberinto de rivalidades y alianzas.

11. Toda esta situación encierra un
muy serio peligro de degenerar en una espiral fuera de control, en la
que Estados Unidos se vea, cada vez más, obligado a intervenir
para imponer su autoridad, lo que a su vez puede multiplicar las fuerzas
dispuestas a defender sus intereses particulares y a oponerse a los designios
de Washington. Y esto no es menos cierto cuando nos referimos a los principales
rivales de los norteamericanos. Tras la comedia inicial del "cerremos
filas con Estados Unidos", la "cruzada antiterrorista"
ha acentuado considerablemente las tensiones entre EE.UU y sus aliados
europeos. A la inquietud por el desmedido nivel del nuevo presupuesto
estadounidense de defensa, se han unido las críticas sin tapujos
al discurso de Bush sobre el "eje del mal". Alemania, Francia,
e incluso Gran Bretaña, han expresado sus reticencias a dejarse
arrastrar en los planes norteamericanos de ataque a Irak, y han mostrado
abiertamente su disgusto por la inclusión de Irán en dicho
"eje". Esto es lógico por cuanto Alemania y también
Gran Bretaña habían aprovechado la crisis afgana para aumentar
sus influencias en Teherán. Estas potencias están contrariadas
por tener que reconocer que Estados Unidos, al mismo tiempo que se enfada
con el régimen iraní porque éste ha tratado de sacar
ventaja de la situación en Afganistán, utiliza a Irán
como bastón para golpear a sus rivales europeos. La siguiente fase
de la "guerra contra el terrorismo" que implica, probablemente,
un importante ataque contra Irak, incrementará esas diferencias.
En esto podemos ver una nueva manifestación de la tendencia a la
formación de nuevos bloques en torno a USA por un lado, y a Europa
por otro. Pero por las razones que antes hemos analizado, las tendencias
contrarias a esa formación de nuevos bloques ganan la partida.
Si embargo esto no hará que el mundo sea más pacífico.
Frustradas por su inferioridad militar y por los factores sociales y políticos
que imposibilitan una confrontación directa con Estados Unidos,
el resto de grandes potencias multiplicarán sus esfuerzos por desafiar,
con los medios que tienen a su alcance (las guerras mediante países
interpuestos, las intrigas diplomáticas, etc.), la autoridad norteamericana.
El ideal americano de un mundo unido bajo las barras y estrellas de su
bandera es un sueño tan imposible como el que tenía Hitler
de un Reich de mil años.

12. En los próximos años, el
proletariado, y sobre todo la clase obrera de los principales países
capitalistas, se verá ante una aceleración de la situación
mundial en todos los terrenos. Sobre todo aparecerá en la práctica
la relación estrecha existente entre la crisis económica
y la escalada de la barbarie capitalista. La intensificación de
la crisis y de los ataques contra las condiciones de vida de los trabajadores
no coincide, mecánicamente, con el desarrollo de las guerras y
de las tensiones imperialistas. Ambas se refuerzan mutuamente. El mortal
callejón sin salida en el que se encuentra la economía capitalista
empuja hacia soluciones militares; y a su vez, el aumento vertiginoso
de los presupuestos militares implica nuevos sacrificios para la clase
obrera, la devastación causada por la guerra, sin la recompensa
de una verdadera "reconstrucción", entraña antes
o después una dislocación de la maquinaria económica.
A la vez, la necesidad de justificar estas agresiones al proletariado
dará lugar a nuevos ataques ideológicos a la conciencia
de la clase obrera. En su lucha por defender sus condiciones de vida,
los trabajadores no tendrán más opción que comprender
la estrecha vinculación que hay entre crisis y guerra, y reconocer
así las implicaciones históricas y políticas de su
combate.

Los peligros que supone para el proletariado la descomposición
capitalista

13. Los revolucionarios pueden tener confianza
en el hecho de que el curso histórico hacia los enfrentamientos
de clase sigue estando abierto, y que ellos tienen una misión vital
en la futura politización de la lucha de clases. Pero su papel
no es de consolar a la clase obrera. El mayor peligro para el proletariado
en el próximo período es la erosión de su identidad
de clase, causada por el retroceso de su conciencia como resultado del
hundimiento del bloque del Este en 1989, y agravada por el avance pernicioso
de la descomposición en todas las esferas de la sociedad. Si ese
proceso prosigue sin freno, la clase obrera será incapaz de tener
una influencia decisiva en las convulsiones sociales y políticas
que se avecinan, inexorablemente, con el ahondamiento de la crisis económica
mundial y la deriva hacia el militarismo. Los últimos acontecimientos
en Argentina nos dan una ilustración clarísima de este peligro:
confrontada a una parálisis severa no sólo de la economía,
sino también del aparato político de la clase dominante,
la clase obrera ha sido incapaz de afirmarse como fuerza autónoma.
Al contrario, sus movimientos embrionarios (huelgas, comités de
parados, etc.) se han visto anegados en una "protesta interclasista"
que no podía ofrecer ninguna perspectiva, sino que, al revés,
ha permitido a la burguesía tener todas las bazas para manejar
la situación a su favor. Es muy importante que los revolucionarios
tengamos claridad sobre esto, ya que las letanías izquierdistas
sobre un supuesto desarrollo de una situación revolucionaria en
Argentina, han aparecido de manera similar en ciertos sectores del medio
político proletario (e incluso en el seno de la CCI), como expresión
de un embalamiento inmediatista y oportunista. Nuestra posición
sobre la situación en Argentina, no es, en ningún caso,
el resultado de una especie de "indiferencia" ante las luchas
del proletariado de los países periféricos. Ya hemos insistido
muchas veces en la capacidad del proletariado de esas regiones, cuando
lucha en su propio terreno de clase, de ofrecer una dirección política
a todos los oprimidos. Así, por ejemplo, el movimiento de luchas
obreras masivas de Córdoba en 1969 ofreció claramente una
perspectiva a las demás capas no explotadoras en Argentina, y representó
una lucha ejemplar para la clase obrera mundial. Pero los acontecimientos
de hoy, que algunos han tomado por un movimiento insurreccional muy avanzado
del proletariado, han manifestado todo lo contrario: que las escasas expresiones
embrionarias del proletariado han sido incapaces de ofrecer una referencia
y una dirección a una revuelta que ha sido rápidamente recuperada
por las fuerzas de la burguesía. El proletariado argentino tiene
todavía un inmenso papel que desempeñar en el desarrollo
de las luchas en América Latina, pero lo que está viviendo
últimamente no debe ser confundido con sus futuras potencialidades
que, más que nunca, vienen determinadas por el desarrollo de los
combates, en su propio terreno de clase, de los trabajadores de los países
centrales.

Las responsabilidadesde los revolucionarios

14. Todas las clases de la sociedad están
afectadas por la descomposición capitalista. La primera de todas
la propia burguesía, pero eso no quiere decir que el proletariado
se encuentre a salvo, ya que su conciencia de clase, su confianza en el
porvenir, su solidaridad de clase, se ven continuamente atacadas por la
ideología y las prácticas sociales producidas por dicha
descomposición: el nihilismo, la huida hacia delante a través
de lo irracional y el misticismo, la atomización y la disolución
de la solidaridad humana sustituida por la falsa colectividad de las bandas,
las pandillas mafiosas y los clanes. Tampoco la minoría revolucionaria
está inmunizada frente a estos efectos negativos de la descomposición,
sobre todo del recrudecimiento del parasitismo político, un fenómeno
que si bien no es específico de la etapa de la descomposición,
sí se ve fuertemente estimulado por ésta. La gran dificultad
de los grupos del medio político proletario para tomar conciencia
de este peligro, pero también la falta de vigilancia de la propia
CCI frente a él (1), suponen una gran debilidad. A esto cabe añadir
la acentuación de una tendencia a la fragmentación y a la
cerrazón por parte del resto de grupos del medio político
proletario, justificada con nuevas teorías sectarias que llevan
también la marca del período. Si en este medio no se expresan
con suficiente fuerza la conciencia y la voluntad políticas de
combatir tales debilidades, el potencial que representa la emergencia,
en todo el planeta, de nuevas capas de elementos en búsqueda de
posiciones revolucionarias, corre entonces el peligro de quedar abortada.
La formación del futuro partido depende de que el MPP sea capaz
de situarse a la altura de sus responsabilidades.

La comprensión que tiene la CCI del fenómeno de la descomposición
del capitalismo, lejos de ser una manera de evitar las verdaderas cuestiones
políticas reales, es, en cambio, la clave para entender las dificultades
políticas a las que, hoy, deben hacer frente la clase obrera y
sus minorías revolucionarias. A los revolucionarios siempre les
ha correspondido el deber de realizar un esfuerzo permanente de elaboración
teórica para clarificar, en sus filas y en el seno del conjunto
del proletariado, las cuestiones planteadas por las necesidades de la
lucha. Esa necesidad es aún más imperiosa en nuestros días,
para que la clase obrera -la única fuerza que mediante su conciencia,
su confianza y su solidaridad tiene capacidad de resistir la descomposición-
pueda asumir sus responsabilidades históricas de destrucción
del capitalismo.

1º de Abril de 2002

1) Ver en este número el artículo "Balance de la Conferencia
extraordinaria de la CCI".

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