Conferencia extraordinaria de la CCI: Resolución sobre la situación internacional

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La RESOLUCIÓN sobre la situación internacional de nuestro XIV° Congreso -adoptada en mayo de 2001- se centró en el curso histórico en la fase de descomposición del capitalismo (ver Revista internacional n° 106). En ella poníamos en evidencia la aceleración tanto de la crisis económica como del hundimiento del planeta en la guerra y la barbarie; y, al mismo tiempo, analizábamos los problemas y las potencialidades de una respuesta proletaria frente a esta situación. La Resolución que publicamos a continuación, propuesta en la Conferencia extraordinaria de la CCI en abril de 2002, se plantea complementar la primera a la luz de los acontecimientos del 11 de Septiembre y de la posterior "guerra antiterrorista", que han confirmado claramente los análisis generales del Congreso de 2001.


La ofensiva imperialista norteamericana
1. Los revolucionarios marxistas pueden hasta estar de acuerdo con el presidente Bush cuando este describió el ataque del 11 de Septiembre como un "acto de guerra" aunque, eso sí, añadirían que se trata de un acto de guerra capitalista, un momento de la guerra imperialista permanente que caracteriza la época de la decadencia capitalista. La matanza intencionada de miles de civiles (proletarios en su mayoría) mediante la destrucción de las Torres Gemelas ha constituido un nuevo crimen bárbaro contra la humanidad, a añadir a una larga lista que incluiría Guernica, Londres, Dresde, Hiroshima... Que el probable ejecutor del crimen haya sido un grupo terrorista vinculado a un Estado pobrísimo no cambia, para nada, su carácter imperialista, ya que en el período actual todos los Estados, o quienes aspiran a legitimarse como Estados, del mismo modo que todos los "señores de la guerra", son imperialistas.
El carácter criminal del 11 de Septiembre no sólo reside en el propio acto, sino también en su manipulación cínica por parte del Estado norteamericano, una manipulación totalmente comparable a la conspiración de Washington ante Pearl Harbor cuando, a sabiendas, permitió el ataque japonés, para poder tener una coartada para entrar en la guerra y movilizar a la población tras el Estado. No se sabe aún hasta qué punto los servicios secretos del Estado norteamericano han estado implicados "dejando hacer" a los terroristas en los ataques del 11 de Septiembre, aunque ya haya un montón de elementos que apuntan a una intriga maquiavélica y sin escrúpulos por su parte, pero lo que sí está claro es de qué manera los Estados Unidos han sacado provecho del crimen, utilizando el shock y la cólera causados en la población para movilizar a ésta en apoyo de una ofensiva imperialista de una amplitud sin precedentes.

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. Enarbolando la bandera del antiterrorismo, el imperialismo USA ha extendido la sombra de la guerra al planeta entero. La "guerra al terrorismo" lanzada por USA ha devastado ya Afganistán, y la amenaza de que se extienda a Irak es cada vez más explícita. Pero la presencia armada norteamericana se ha ampliado a otras regiones del globo aunque no formen parte del llamado "eje del mal" (Irán, Irak y Corea del Norte). Así, en Filipinas se han desplegado tropas USA con la excusa de ayudar a combatir militarmente la "insurrección islamista"; y en Yemen y Somalia han llevado a cabo acciones espectaculares. El presupuesto de defensa americano se incrementará este año en un 14 %, y seguirá creciendo hasta que en el año 2007 supere en un 11 % el nivel medio que tenía durante la guerra fría. Estos datos proporcionan una elocuente imagen del enorme desequilibrio que existe en los gastos militares de los diferentes Estados: EE.UU representa casi el 40 % de los gastos mundiales totales, por sí sólo el presupuesto estadounidense es muy superior a la suma de los presupuestos británico, francés y de otros 12 países de la OTAN. A través de una reciente "indiscreción", la Administración estadounidense ha hecho saber que están dispuestos a emplear este terrorífico arsenal -incluyendo el nuclear- contra ciertos rivales. Al mismo tiempo la guerra en Afganistán ha reavivado las tensiones entre India y Pakistán; y entre Israel y Palestina, la carnicería sigue en aumento, mientras EEUU -invocando siempre la cruzada antiterrorista- apoya el plan apenas disimulado de Sharon de deshacerse de Arafat, de la Autoridad palestina, y de cualquier posibilidad de un arreglo negociado.
En los días que siguieron al 11 de Septiembre se habló mucho de la posibilidad de una 3ª guerra mundial. Este término se manejó profusamente en las redacciones y las tertulias, asociado por lo general a la idea de un "choque de civilizaciones" entre el "Occidente" moderno" y el Islam "fanático" (mostrado en el llamamiento de Bin Laden a una Yihad islámica "contra cruzados y judíos"). Esta idea ha encontrado, incluso, cierto eco en algunos grupos del medio político proletario, por ejemplo en el PCI (Il Partito) que en su hoja a propósito del 11 de Septiembre, escribía:
"Si la primera guerra imperialista basó su propaganda en la demagogia irredentista de la defensa nacional, si la segunda fue antifascista y democrática, la tercera, que será igual de imperialista, se disfrazará con el ropaje de una cruzada entre religiones opuestas, contra personajes tan donquijotescos, increíbles y turbios como esos Saladinos barbudos"
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Otras formaciones del medio proletario, como el BIPR, más aptas para reconocer que lo que se esconde detrás de la campaña norteamericana contra el Islam es el conflicto ínterimperialista entre USA y sus principales rivales (en particular las principales potencias europeas); no son, sin embargo, capaces de refutar de arriba abajo el machaconeo mediático sobre la 3ª guerra mundial, pues no comprenden las especificidades históricas del período abierto con la desintegración de los dos bloques imperialistas a finales de los 80. Sobre todo, porque tienden a creer que la formación de bloques imperialistas que llevarían a la 3ª guerra mundial, se encuentra ya hoy muy avanzada. A pesar de la agravación de las contradicciones del capitalismo, la guerra mundial no está al orden del día

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. Para comprender lo que tiene de inédito este período y seamos, por tanto, capaces de ver las perspectivas reales que se abren hoy ante la humanidad, es necesario que recordemos lo que de verdad representa una guerra mundial. La guerra mundial es la expresión de la decadencia del capitalismo, del carácter obsoleto del modo de producción capitalista. Es el producto del callejón sin salida histórico en el que este sistema se adentró cuando llegó a establecerse como economía mundial a comienzos del siglo XX. Las raíces materiales de la guerra mundial se encuentran pues, efectivamente, en una crisis sin solución como sistema económico, aunque no exista una relación mecánica entre los indicadores económicos y el desencadenamiento de tal guerra. Partiendo de esa base, la experiencia de las dos guerras mundiales anteriores, y los largos preparativos para la tercera entre los bloques norteamericano y ruso, han demostrado que una guerra mundial equivale a un conflicto directo por el control del planeta entre los bloques militares constituidos por las potencias imperialistas dominantes. Como se trata de una guerra entre los Estados capitalistas más potentes, se necesita también la movilización y la adhesión activa de los obreros de esos Estados, y esto sólo puede conseguirse si la clase dominante es capaz de derrotar a los principales batallones de ese proletariado. Si examinamos la situación actual nos daremos cuenta de que las condiciones que se necesitarían para una 3ª guerra mundial, no se vislumbran en un futuro inmediato.

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. No es éste, sin embargo, el caso en cuanto a la crisis económica mundial. La economía capitalista se enfanga cada día más en sus propias contradicciones, cuyo nivel es muy superior al que alcanzaron en los años 30. En aquel entonces, la burguesía fue capaz de reaccionar ante el hundimiento en la recesión, gracias a los nuevos instrumentos del capitalismo de Estado. Hoy, esos mismos instrumentos, que sigue siendo necesario utilizar para gestionar la crisis e impedir la parálisis total, son los que agudizan profundamente las contradicciones que sacuden al sistema capitalista. En los años 30, aunque los mercados extra-capitalistas residuales que seguían subsistiendo eran insuficientes para permitir una expansión "pacífica" del sistema, es cierto, sin embargo, que seguían quedando grandes zonas receptivas a un desarrollo capitalista (en Rusia, África, Asia...). Finalmente, en aquel período ya de declive capitalista, la guerra mundial a pesar de su coste en muertes de millones de seres humanos y de destrucción del resultado de siglos de trabajo humano, podía aún producir un aparente beneficio económico (si bien jamás éste ha sido el objetivo de guerra de los beligerantes): un largo período de reconstrucción que, acompañado de la política del capitalismo de Estado de recurrir al déficit, parecía dar un nuevo hálito de vida al sistema. En cambio, una tercera guerra mundial significaría, ni más ni menos, la destrucción del género humano.
Lo más significativo del curso de la crisis económica que se abrió al acabarse la etapa de reconstrucción, es que cada "solución", cada una de las "panaceas" que se han aplicado a la economía capitalista, han demostrado ser en realidad -y cada vez en un plazo de tiempo más breve- auténticas pócimas de charlatán.
Ante la reaparición de la crisis a finales de los años 60, la respuesta inicial de la burguesía fue la de volver a emplear gran parte de las políticas keynesianas utilizadas ya en la reconstrucción.
La reacción "monetarista" de los años 80, que se presentó como una "vuelta a la realidad" (acordémonos del discurso de Thatcher que decía que un país, como una familia, no puede gastar más de lo que ingresa) fracasó, sin embargo, estrepitosamente, en la reducción de los gastos producidos por el endeudamiento o por el coste del funcionamiento del Estado ("boom" del consumo alimentado por la especulación inmobiliaria en Gran Bretaña, programa de la "guerra de las galaxias" de Reagan en Estados Unidos).
Este "boom" ficticio de los años 80, basado en el endeudamiento y la especulación y acompañado por un desmantelamiento de sectores enteros del aparato productivo e industrial, se paró en seco con el crash financiero de 1987. La crisis que sucedió a ese quiebra dio paso, a su vez, al "crecimiento" alimentado por el endeudamiento que ha caracterizado los años 90.
Cuando, tras el hundimiento de las economías del Sudeste asiático a finales de la década pasada, se pudo comprobar que ese crecimiento había sido en realidad la causa de la agravación de la situación económica, nos vendieron entonces un ramillete de nuevas "soluciones definitivas" a la crisis, tales como la "revolución tecnológica", o la cacareada "nueva economía". Los efectos de estas panaceas han sido los más efímeros de todos: sólo unos meses después de lanzar el bombardeo propagandístico sobre "la economía basada en Internet", ésta ha demostrado ser un enorme fraude especulativo.
Hoy, los "diez gloriosos años" de crecimiento norteamericano están oficialmente finiquitados. Los Estados Unidos han reconocido que están en recesión, y otro tanto sucede en potencias como Alemania. Además el estado de la economía japonesa supone un quebradero de cabeza constante para la burguesía mundial que se teme, incluso, que Japón acabe tomando el mismo rumbo que Rusia. Y eso por no hablar del estado de las regiones periféricas, donde el hundimiento catastrófico de la economía argentina no es más que la punta del iceberg, pues un montón de países más se encuentra precisamente en esa misma situación.
Es verdad que a diferencia de lo que sucedió en los años 30, el estallido de la crisis no ha derivado inmediatamente en que cada país "tire por su lado" en sus políticas económicas, parapetándose a sí mismo con barreras proteccionistas. Aquella reacción de entonces aceleró, sin duda, el curso hacia la IIª Guerra mundial. En cambio hoy, el desmoronamiento de unos bloques imperialistas, que también sirvieron al capitalismo para regular los problemas económicos entre 1945 y1989, prácticamente solo ha repercutido en las esferas militar e imperialista. En lo económico, las antiguas estructuras del bloque han sido adaptadas a la nueva situación y ha habido una política global consistente en impedir una quiebra catastrófica de las economías centrales (permitiendo así también un hundimiento "controlado" de las economías periféricas más afectadas); gracias al recurso masivo a los préstamos administrados por instituciones como el Banco mundial o el FMI. Lo que se llama "mundialización" consiste, en cierto modo, en ese consenso entre las economías más poderosas para controlar mínimamente una competencia entre ellas que consistiría en tratar de mantenerse a flote a costa de hundir al resto del mundo. Además la burguesía insiste frecuentemente en que ha aprendido la lección de los años 30, y que no va a consentir, por tanto, que una guerra comercial degenere en guerra mundial entre las principales potencias. Hay una pizca de verdad en esta afirmación puesto que, a pesar de las rivalidades nacional-imperialistas entre las grandes potencias, se ha conseguido mantener una estrategia de "gestión" internacional de la economía.
Pero por mucho que la burguesía se empeñe en tratar de contener las tendencias más devastadoras de la economía mundial (la simultaneidad de hiperinflación y depresión, la competencia irrefrenable entre sus diferentes unidades nacionales), lo cierto es que cada día más debe enfrentarse a las contradicciones inherentes al proceso mismo. Esto se ve muy claramente en el caso de una pieza fundamental de su política como es el recurso al endeudamiento, que cada vez está más cerca de explotarle en la cara al capitalismo. Por ello, a pesar de los discursos optimistas sobre la "futura" reactivación económica, el horizonte se oscurece y el futuro de la economía mundial aparece cada vez más incierto. Y esto va a aguijonear, sin duda, las rivalidades imperialistas. La posición extremadamente agresiva adoptada hoy por Estados Unidos tiene ciertamente que ver con sus dificultades económicas, y éstas le obligarán, cada vez más, a recurrir a la fuerza militar para mantener su dominación sobre el mercado mundial. Al mismo tiempo, la formación de una zona "euro" contiene las premisas de una guerra comercial que se acentuará en el futuro pues las principales economías se verán obligadas a responder a la agresividad comercial norteamericana. La gestión "global" de la crisis económica por parte de la burguesía es pues extremadamente frágil, y se verá crecientemente minada por las rivalidades, tanto económicas como estratégico-militares.

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. Si dependiese únicamente del nivel alcanzado por la crisis económica, el capitalismo habría ido a la guerra mundial en los años 80. En el período de la guerra fría, cuando los bloques militares necesarios para llevar a cabo la contienda se encontraban formados, el principal obstáculo para el desencadenamiento de la guerra lo constituía el hecho de que la clase obrera no estaba derrotada. Hoy, ese factor subsiste, a pesar de todas las dificultades que ha sufrido la clase obrera en el período abierto en 1989, el período que nosotros hemos caracterizado como el de la descomposición del capitalismo. Pero antes de examinar este punto, debemos considerar un segundo factor histórico que dificulta hoy el estallido de una 3ª guerra mundial: la inexistencia de bloques militares.
En el pasado, la derrota de un bloque en la guerra conducía rápidamente a la formación de nuevos bloques: así el bloque alemán, contendiente en la Iª Guerra mundial, comenzó a reconstituirse a principios de los años 30 y, el bloque ruso se formó inmediatamente después de la IIª Guerra mundial. Tras el hundimiento del bloque ruso (más como consecuencia de la crisis económica que directamente de la guerra), la tendencia inherente al capitalismo decadente a la división del mundo en dos bloques imperialistas adversarios, volvió a ponerse de manifiesto con la reunificación de Alemania que es el único país que puede aspirar a encabezar un nuevo bloque que rete la hegemonía de EE.UU. Este desafío se vislumbró sobre todo a través de la injerencia alemana en el desmantelamiento de la ex Yugoslavia, lo que precipitó a los Balcanes en una guerra que dura ya más de diez años. Sin embargo esta tendencia a la formación de un nuevo bloque se ha visto contrarrestada por otras tendencias opuestas:
- La tendencia de cada nación, tras acabarse el sistema de bloques de la guerra fría, a mantener su propia política imperialista "independiente". Este factor tiene desde luego mucho que ver con la necesidad imperiosa por parte de las grandes potencias del antiguo bloque occidental de liberarse de la tutela norteamericana; pero también ha jugado en contra de la posibilidad de la formación de un nuevo bloque cohesionado antagonista de EEUU. Y si bien es verdad que la única candidatura posible para llegar a ser ese bloque es la de una Europa dominada por Alemania, sería un error suponer que la Unión Europea actual constituye ya tal bloque. La Unión Europea es, primera y principalmente, una institución económica, aunque tenga pretensiones de desempeñar un papel más relevante en lo político y en lo militar. Un bloque imperialista es, ante todo, una alianza militar. La "Unión" Europea dista mucho de estar unida a ese nivel. Los dos actores clave de cualquier futuro bloque imperialista basado en Europa (Francia y Alemania), andan continuamente a la gresca por razones que se remontan muy atrás en la historia. Lo mismo cabe decir de Gran Bretaña, cuya orientación "independiente" se basa, esencialmente, en enfrentar a Alemania con Francia, a ésta con los alemanes, a Estados Unidos con Europa y a ésta con los norteamericanos. La fuerza de esta tendencia a "cada uno para sí" ha quedado demostrada en estos últimos años a través de la voluntad creciente por parte de potencias de tercera y cuarta división de retar frecuentemente los designios de EE.UU (por ejemplo Israel en Oriente Medio, India y Pakistán en Asia, etc.) y de jugar sus propias bazas. Una demostración más de ello es la proliferación de "señores de la guerra" imperialistas, que aspiran a tener una relevancia mundial y no sólo local, aún cuando no lleguen a controlar siquiera un Estado particular.
- La superioridad militar aplastante de los USA, que se ha hecho aún más evidente en los diez últimos años, y que ellos mismos no han dejado de reforzar en las grandes intervenciones que han realizado en este período: el Golfo, Kosovo y, hoy, Afganistán. Es más, en cada una de esas intervenciones los USA han ido abandonando progresivamente la pretensión de actuar como parte de una presunta "comunidad internacional". Y así mientras la guerra del Golfo fue llevada a cabo "legalmente" bajo mandato de la ONU; la guerra de Kosovo se desarrolló "ilegalmente" en el marco de la OTAN, y la reciente campaña en Afganistán ha sido ejecutada enarbolando la bandera de la "acción unilateral". El presupuesto de defensa que acaba de ser aprobado en EE.UU no deja lugar a dudas de que los europeos son -en palabras de Lord Robertson, secretario general de la OTAN- auténticos "pigmeos militares", lo que no ha dejado de suscitar multitud de artículos en la prensa europea que se preguntaban: "¿No serán demasiado poderosos los americanos para lo que les interesa?"; así como una inquietud generalizada por el hecho de que la Alianza transatlántica sea ya algo del pasado. Por todo ello si bien la "cruzada contra el terrorismo" es una respuesta a las crecientes tensiones entre USA y sus principales competidores (véanse por ejemplo las desavenencias con ocasión de los "acuerdos de Kyoto" o sobre la reedición de la Guerra de las galaxias), exacerbando aún más esas disputas, el resultado de la acción norteamericana es el de resaltar aún más cuán lejos están los europeos de poder desafiar el liderazgo mundial de los Estados Unidos. El desequilibrio es pues tan enorme que como señalábamos en nuestro texto de orientación "Militarismo y descomposición", escrito en 1991:
"La reconstitución de un nuevo dúo de bloques imperialistas no sólo resulta imposible antes de que pasen muchos años, es que puede que nunca vuelva a producirse: la revolución o la destrucción de la humanidad acontecerán antes de que esto suceda" (Revista internacional nº 64).
Diez años más tarde, la formación de un verdadero bloque antinorteamericano, se sigue enfrentando a los mismos enormes obstáculos.
- La formación de bloques imperialistas exige, también, una justificación ideológica, sobre todo para poder entrampar en sus redes a la clase obrera. Esta ideología no existe hoy. El "Islam" ha demostrado ser una fuerza capaz de movilizar a explotados de ciertas partes del planeta, pero carece de un impacto significativo entre los obreros de los países centrales del capitalismo. Por la misma razón, menos todavía serviría el "antiislamismo" para movilizar a los trabajadores norteamericanos contra sus hermanos europeos. El problema, tanto para EE.UU como para sus principales rivales, es que comparten la defensa de la misma ideología "democrática", lo cual les hace aparecer más como aliados que como rivales. Es verdad que en Europa, la clase dominante empieza a instigar una significativa corriente de antiamericanismo, pero en ningún caso puede ésta compararse al antifascismo o al anticomunismo que les sirvieron en el pasado para suscitar la adhesión a la guerra imperialista. Detrás de esas dificultades ideológicas, lo que hay, en realidad, es un problema mucho más profundo para la clase dominante: la clase obrera no está derrotada, no se muestra dispuesta a aceptar los sacrificios que su enemigo de clase pretende imponerle para hacer frente a las exigencias de guerra.


El curso a los enfrentamientos entre las clases sigue estando vigente

6. La enorme demostración de patriotismo que vimos en Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre hace necesario que reexaminemos este aspecto fundamental de nuestra comprensión de la situación mundial. En EE.UU una atmósfera de chovinismo se apoderó de todas las clases sociales, lo que, por descontado, ha aprovechado la clase dominante para, por un lado y a corto plazo, desencadenar la "guerra contra el terrorismo", pero también para impulsar, más a largo plazo, una política tendente a eliminar el llamado "síndrome de Vietnam", es decir, las reticencias del proletariado de EE.UU a dejarse sacrificar en aras de las aventuras imperialistas norteamericanas. Es innegable que el capitalismo norteamericano ha hecho bastantes progresos ideológicos en este terreno, del mismo modo que ha reforzado todo su arsenal de vigilancia y represión (un éxito que también ha encontrado eco en Europa). Pero esto no representa una derrota histórica mundial para la clase obrera, por las razones siguientes:
- La relación de fuerzas entre las clases sólo puede determinarse a escala internacional, y se juega, por encima de todo, en el corazón de los países europeos, que es donde se decide y se decidirá la suerte de la revolución. Y si bien los atentados del 11 de septiembre permitieron a la burguesía europea montar también su particular versión de la campaña antiterrorista, en Europa no se ha dado el desbordamiento de patriotismo que hemos visto en EE.UU. Al contrario, la guerra norteamericana en Afganistán ha suscitado, más bien, una considerable inquietud en la población europea que se ha visto reflejada, parcialmente, en la amplitud del movimiento "contra la guerra" en el viejo continente. Es cierto que este movimiento ha sido auspiciado por la propia burguesía, en parte como expresión de sus reticencias a dejarse arrastrar en la campaña belicista de los USA, pero también como medio para impedir cualquier oposición verdaderamente de clase a la guerra capitalista.
- Ni siquiera en los mismos Estados Unidos puede decirse que la marea patriótica lo anegara todo. En las mismas fechas en que se producían los ataques, había huelgas en diferentes sectores de la clase obrera norteamericana, aún cuando los huelguistas fueran denunciados como "antipatrióticos" por defender sus intereses de clase.
Así pues los diferentes factores que, en la Resolución de nuestro XIVº Congreso, identificamos como la confirmación del curso histórico hacia los enfrentamientos de clases, siguen plenamente vigentes:
- El lento desarrollo de la combatividad de la clase obrera sobre todo en las concentraciones centrales del proletariado. Esto se ha visto recientemente confirmado en la huelga de ferrocarriles en Gran Bretaña, así como en el movimiento más extenso, aunque también más disperso, de huelgas en Francia.
- La maduración subterránea de la conciencia que se pone de manifiesto en el desarrollo de minorías politizadas en numerosos países. Este proceso continúa e incluso se desarrolla después de la guerra de Afganistán (por ejemplo los grupos que defienden posiciones de clase y que emergen del pantano de confusión, en Gran Bretaña, Alemania...).
- El peso "en negativo" del proletariado sobre la preparación y la forma de conducir los conflictos. Esto puede verse, sobre todo, en cómo la clase dominante se ve obligada a presentar sus principales operaciones militares. Tanto en el Golfo, en Kosovo como en Afganistán, la función real de estas guerras ha sido sistemáticamente ocultada. No sólo en cuanto a los verdaderos objetivos (el capitalismo camufla siempre sus objetivos criminales con pomposas declaraciones), sino incluso sobre quién es el verdadero enemigo. Al mismo tiempo la burguesía sigue siendo muy prudente a la hora de movilizar a un número importante de obreros en estas guerras. Y si bien la burguesía estadounidense ha conseguido, sin duda, ciertos éxitos ideológicos en este terreno, la verdad es que continúa estando muy interesada en minimizar sus bajas en Afganistán. En cuanto a Europa, no se ha producido ninguna tentativa de cambiar la política consistente en enviar a la guerra únicamente a soldados profesionales. La guerra en la descomposición del capitalismo

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. Por todo lo anterior no se vislumbra en un futuro inmediato el estallido de una tercera guerra mundial. Pero esto no debe servirnos de consuelo. Los acontecimientos del 11 de Septiembre han engendrado un fuerte sentimiento de que una especie de apocalipsis es inminente, quedando un sentimiento de que "el fin del mundo" se acerca, si entendemos por "mundo", el mundo del capitalismo, un sistema condenado por la Historia y que ha agotado cualquier posibilidad de reforma. La perspectiva que el marxismo anuncia desde el siglo XIX sigue siendo la de socialismo o barbarie, pero la forma concreta que puede tomar la amenaza de barbarie es diferente de la que preveían los revolucionarios del siglo pasado (la destrucción de la civilización únicamente a través de una guerra imperialista). La entrada del capitalismo en la fase terminal de su decadencia, la fase de descomposición, se ve condicionada por la incapacidad de la clase dominante de "resolver" su crisis histórica mediante otra guerra mundial, pero trae consigo nuevos y más insidiosos peligros de una gradual caída en el caos y la autodestrucción. En este escenario, la guerra imperialista, o más bien una espiral de guerras imperialistas, seguiría siendo el principal jinete del Apocalipsis pero cabalgaría en medio de hambrunas, enfermedades, desastres ecológicos a escala planetaria, y disolución de todas las relaciones sociales. A diferencia de la guerra imperialista mundial, para que tal escenario llegue a su conclusión, no es necesario que el capitalismo logre alistar o derrotar a los batallones centrales de la clase obrera. Hoy nos enfrentamos ya al peligro de que la clase obrera sea progresivamente sumergida en todo el proceso de descomposición, y pierda poco a poco la capacidad de actuar como una fuerza consciente, antagónica al capital y a la pesadilla en la que éste adentra a la humanidad.

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. "La guerra contra el terrorismo" es, verdaderamente, una guerra de la descomposición capitalista. Aunque las contradicciones económicas del sistema le empujan insistentemente a una conflagración entre los principales centros del capitalismo mundial, resulta que la vía de esa confrontación está bloqueada, por lo que, inevitablemente, debe tomar otro camino como en el Golfo, Kosovo y Afganistán, es decir guerras en las que el conflicto subyacente entre las grandes potencias se ha "desviado" hacia acciones militares contra potencias capitalistas más débiles. En los tres casos mencionados EE.UU ha sido el principal protagonista. A diferencia de lo que ocurrió en las dos primeras guerras mundiales, el Estado más poderoso del planeta es quien se ve obligado a pasar a la ofensiva, tratando de impedir que surja un rival lo suficientemente fuerte para que se les oponga abiertamente.

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. Pero es que la actual "guerra contra el terrorismo" es mucho más que una simple reedición de las precedentes intervenciones de Estados Unidos en el Golfo Pérsico y en los Balcanes, pues representa, en realidad, una aceleración cualitativa de la descomposición y la barbarie:
- ya no se trata de una campaña de corta duración con objetivos precisos y limitados a una región particular, sino una operación por tiempo ilimitado, un conflicto prácticamente permanente que tiene el mundo entero de teatro de operaciones.
- tiene objetivos estratégicos mucho más globales y vastos que incluyen una presencia decisiva de EE.UU en Asia Central para asegurarse el control no sólo de esta región, sino también de Oriente Medio y del subcontinente indio, bloqueando así cualquier posibilidad de expansión europea (especialmente de Alemania) en esta zona del planeta. Ello supone, efectivamente, cercar a Europa. Por esta razón, y contrariamente a lo que sucedió en 1991, Estados Unidos puede permitirse ahora el derrocamiento de Sadam, ya que no le necesita como gendarme local habida cuenta de la intención norteamericana de imponer directamente su presencia. Las ambiciones estadounidenses de controlar el petróleo y otras fuentes de energía de Oriente Medio y Asia Central deben verse en este contexto. Al revés de lo que plantean los izquierdistas, no es que el gobierno de Washington actúe en nombre de las grandes compañías petrolíferas en busca de un beneficio inmediato, sino que está llevando a cabo una política estratégica para controlar sin réplica posible las principales vías de circulación de los recursos energéticos en caso de futuros conflictos imperialistas. Paralelamente, la insistencia estadounidense en situar a Corea del Norte dentro del "eje del mal" debe entenderse como un aviso por parte de Washington de que se reserva el derecho de realizar una gran operación en Asia Oriental, lo que supone un desafío a las ambiciones tanto de China como de Japón en esa región.

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. Sin embargo, si la "cruzada antiterrorista" deja claro que los Estados Unidos necesitan imperiosamente crear un orden mundial sometido, total y permanentemente, a sus intereses militares y económicos, esta guerra no puede escapar al sino de todas las guerras del período actual: ser un factor más de la agravación del caos mundial, sólo que esta vez a un nivel mucho más elevado que en los conflictos precedentes.
En Afganistán la victoria de Estados Unidos no ha servido, en absoluto, para estabilizar la situación interna en este país en el que ya han estallado las querellas entre las fracciones que se han hecho con el poder tras derrocar a los talibanes. Los bombardeos norteamericanos han sido ya utilizados como "instrumentos de mediación" en estas disputas, mientras otras potencias, sobre todo Irán, que controla a algunas fracciones disidentes, no dejan de echar leña al fuego.
- El "éxito" de la campaña americana contra el terrorismo islámico ha hecho que EE.UU revise también su política respecto a los países árabes con los que se muestra mucho menos complaciente. El apoyo norteamericano a la actitud extremadamente agresiva de Sharon respecto a la Autoridad palestina, ha terminado por enterrar el "proceso de paz" de Oslo, elevando la intensidad de la confrontación militar. Pero también los desacuerdos sobre la presencia de tropas USA en suelo saudí han supuesto un enrarecimiento de las relaciones con quien, antaño, fue un cliente dócil.
- La derrota de los talibanes ha puesto a Pakistán en una situación de mucha dificultad, lo que la burguesía india no ha tardado en tratar de rentabilizar. La escalada de tensiones entre estas dos potencias nucleares tiene repercusiones muy graves para el futuro de esa zona, sobre todo si tenemos en cuenta que China y Rusia están también implicadas en ese laberinto de rivalidades y alianzas.

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. Toda esta situación encierra un muy serio peligro de degenerar en una espiral fuera de control, en la que Estados Unidos se vea, cada vez más, obligado a intervenir para imponer su autoridad, lo que a su vez puede multiplicar las fuerzas dispuestas a defender sus intereses particulares y a oponerse a los designios de Washington. Y esto no es menos cierto cuando nos referimos a los principales rivales de los norteamericanos. Tras la comedia inicial del "cerremos filas con Estados Unidos", la "cruzada antiterrorista" ha acentuado considerablemente las tensiones entre EE.UU y sus aliados europeos. A la inquietud por el desmedido nivel del nuevo presupuesto estadounidense de defensa, se han unido las críticas sin tapujos al discurso de Bush sobre el "eje del mal". Alemania, Francia, e incluso Gran Bretaña, han expresado sus reticencias a dejarse arrastrar en los planes norteamericanos de ataque a Irak, y han mostrado abiertamente su disgusto por la inclusión de Irán en dicho "eje". Esto es lógico por cuanto Alemania y también Gran Bretaña habían aprovechado la crisis afgana para aumentar sus influencias en Teherán. Estas potencias están contrariadas por tener que reconocer que Estados Unidos, al mismo tiempo que se enfada con el régimen iraní porque éste ha tratado de sacar ventaja de la situación en Afganistán, utiliza a Irán como bastón para golpear a sus rivales europeos. La siguiente fase de la "guerra contra el terrorismo" que implica, probablemente, un importante ataque contra Irak, incrementará esas diferencias. En esto podemos ver una nueva manifestación de la tendencia a la formación de nuevos bloques en torno a USA por un lado, y a Europa por otro. Pero por las razones que antes hemos analizado, las tendencias contrarias a esa formación de nuevos bloques ganan la partida. Si embargo esto no hará que el mundo sea más pacífico. Frustradas por su inferioridad militar y por los factores sociales y políticos que imposibilitan una confrontación directa con Estados Unidos, el resto de grandes potencias multiplicarán sus esfuerzos por desafiar, con los medios que tienen a su alcance (las guerras mediante países interpuestos, las intrigas diplomáticas, etc.), la autoridad norteamericana. El ideal americano de un mundo unido bajo las barras y estrellas de su bandera es un sueño tan imposible como el que tenía Hitler de un Reich de mil años.

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. En los próximos años, el proletariado, y sobre todo la clase obrera de los principales países capitalistas, se verá ante una aceleración de la situación mundial en todos los terrenos. Sobre todo aparecerá en la práctica la relación estrecha existente entre la crisis económica y la escalada de la barbarie capitalista. La intensificación de la crisis y de los ataques contra las condiciones de vida de los trabajadores no coincide, mecánicamente, con el desarrollo de las guerras y de las tensiones imperialistas. Ambas se refuerzan mutuamente. El mortal callejón sin salida en el que se encuentra la economía capitalista empuja hacia soluciones militares; y a su vez, el aumento vertiginoso de los presupuestos militares implica nuevos sacrificios para la clase obrera, la devastación causada por la guerra, sin la recompensa de una verdadera "reconstrucción", entraña antes o después una dislocación de la maquinaria económica. A la vez, la necesidad de justificar estas agresiones al proletariado dará lugar a nuevos ataques ideológicos a la conciencia de la clase obrera. En su lucha por defender sus condiciones de vida, los trabajadores no tendrán más opción que comprender la estrecha vinculación que hay entre crisis y guerra, y reconocer así las implicaciones históricas y políticas de su combate.


Los peligros que supone para el proletariado la descomposición capitalista

13. Los revolucionarios pueden tener confianza en el hecho de que el curso histórico hacia los enfrentamientos de clase sigue estando abierto, y que ellos tienen una misión vital en la futura politización de la lucha de clases. Pero su papel no es de consolar a la clase obrera. El mayor peligro para el proletariado en el próximo período es la erosión de su identidad de clase, causada por el retroceso de su conciencia como resultado del hundimiento del bloque del Este en 1989, y agravada por el avance pernicioso de la descomposición en todas las esferas de la sociedad. Si ese proceso prosigue sin freno, la clase obrera será incapaz de tener una influencia decisiva en las convulsiones sociales y políticas que se avecinan, inexorablemente, con el ahondamiento de la crisis económica mundial y la deriva hacia el militarismo. Los últimos acontecimientos en Argentina nos dan una ilustración clarísima de este peligro: confrontada a una parálisis severa no sólo de la economía, sino también del aparato político de la clase dominante, la clase obrera ha sido incapaz de afirmarse como fuerza autónoma. Al contrario, sus movimientos embrionarios (huelgas, comités de parados, etc.) se han visto anegados en una "protesta interclasista" que no podía ofrecer ninguna perspectiva, sino que, al revés, ha permitido a la burguesía tener todas las bazas para manejar la situación a su favor. Es muy importante que los revolucionarios tengamos claridad sobre esto, ya que las letanías izquierdistas sobre un supuesto desarrollo de una situación revolucionaria en Argentina, han aparecido de manera similar en ciertos sectores del medio político proletario (e incluso en el seno de la CCI), como expresión de un embalamiento inmediatista y oportunista. Nuestra posición sobre la situación en Argentina, no es, en ningún caso, el resultado de una especie de "indiferencia" ante las luchas del proletariado de los países periféricos. Ya hemos insistido muchas veces en la capacidad del proletariado de esas regiones, cuando lucha en su propio terreno de clase, de ofrecer una dirección política a todos los oprimidos. Así, por ejemplo, el movimiento de luchas obreras masivas de Córdoba en 1969 ofreció claramente una perspectiva a las demás capas no explotadoras en Argentina, y representó una lucha ejemplar para la clase obrera mundial. Pero los acontecimientos de hoy, que algunos han tomado por un movimiento insurreccional muy avanzado del proletariado, han manifestado todo lo contrario: que las escasas expresiones embrionarias del proletariado han sido incapaces de ofrecer una referencia y una dirección a una revuelta que ha sido rápidamente recuperada por las fuerzas de la burguesía. El proletariado argentino tiene todavía un inmenso papel que desempeñar en el desarrollo de las luchas en América Latina, pero lo que está viviendo últimamente no debe ser confundido con sus futuras potencialidades que, más que nunca, vienen determinadas por el desarrollo de los combates, en su propio terreno de clase, de los trabajadores de los países centrales.


Las responsabilidadesde los revolucionarios
14. Todas las clases de la sociedad están afectadas por la descomposición capitalista. La primera de todas la propia burguesía, pero eso no quiere decir que el proletariado se encuentre a salvo, ya que su conciencia de clase, su confianza en el porvenir, su solidaridad de clase, se ven continuamente atacadas por la ideología y las prácticas sociales producidas por dicha descomposición: el nihilismo, la huida hacia delante a través de lo irracional y el misticismo, la atomización y la disolución de la solidaridad humana sustituida por la falsa colectividad de las bandas, las pandillas mafiosas y los clanes. Tampoco la minoría revolucionaria está inmunizada frente a estos efectos negativos de la descomposición, sobre todo del recrudecimiento del parasitismo político, un fenómeno que si bien no es específico de la etapa de la descomposición, sí se ve fuertemente estimulado por ésta. La gran dificultad de los grupos del medio político proletario para tomar conciencia de este peligro, pero también la falta de vigilancia de la propia CCI frente a él (1), suponen una gran debilidad. A esto cabe añadir la acentuación de una tendencia a la fragmentación y a la cerrazón por parte del resto de grupos del medio político proletario, justificada con nuevas teorías sectarias que llevan también la marca del período. Si en este medio no se expresan con suficiente fuerza la conciencia y la voluntad políticas de combatir tales debilidades, el potencial que representa la emergencia, en todo el planeta, de nuevas capas de elementos en búsqueda de posiciones revolucionarias, corre entonces el peligro de quedar abortada. La formación del futuro partido depende de que el MPP sea capaz de situarse a la altura de sus responsabilidades.
La comprensión que tiene la CCI del fenómeno de la descomposición del capitalismo, lejos de ser una manera de evitar las verdaderas cuestiones políticas reales, es, en cambio, la clave para entender las dificultades políticas a las que, hoy, deben hacer frente la clase obrera y sus minorías revolucionarias. A los revolucionarios siempre les ha correspondido el deber de realizar un esfuerzo permanente de elaboración teórica para clarificar, en sus filas y en el seno del conjunto del proletariado, las cuestiones planteadas por las necesidades de la lucha. Esa necesidad es aún más imperiosa en nuestros días, para que la clase obrera -la única fuerza que mediante su conciencia, su confianza y su solidaridad tiene capacidad de resistir la descomposición- pueda asumir sus responsabilidades históricas de destrucción del capitalismo.

1º de Abril de 2002



1) Ver en este número el artículo "Balance de la Conferencia extraordinaria de la CCI".