Entender la descomposición (I): las raices marxistas de la noción de descomposición

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En
las “Tesis sobre la descomposición” (publicadas
por primera vez en la Revista internacional no 62 y más
recientemente en la Revista internacional no 117), así
como en el artículo “La descomposición del
capitalismo” (Revista internacional no 57),
afirmábamos que el capitalismo había entrado en una
nueva y última fase de su decadencia, la de su
descomposición, caracterizada por la agravación y
culminación de todas las contradicciones del sistema.

Desgraciadamente, el esfuerzo de
nuestra organización por analizar esta evolución
importante de la vida del capitalismo ha dejado indiferentes a los
demás grupos de la Izquierda comunista cuando no ha
provocado una total incomprensión o acusaciones de toda
índole, como la de abandono del marxismo.

La actitud más caricaturesca es probablemente la del
Partido comunista internacional (PCI, que publica Le Prolétaire
e Il Comunista). Así es como en un folleto
recientemente publicado, Le Courant communiste international: à
contre-courant du marxisme et de la lutte de classe
(la CCI a
contracorriente del marxismo y de la lucha de clases), esta
organización evoca nuestro análisis sobre la
descomposición en estos términos: “Tampoco
haremos aquí la critica en regla de esa teoría
brumosa, contentándonos con señalar sus hallazgos
que rompen con el marxismo y el materialismo”
. Y aquí
se acaba todo lo que el PCI tiene que decir con respecto a nuestro
análisis, cuando por otra parte dedica setenta páginas
a la polémica con nuestra organización.

Para una organización que pretende defender intereses
históricos de la clase obrera, es sin embargo una
responsabilidad de primer orden el esfuerzo de reflexión
teórica para clarificar las condiciones de su lucha y
criticar los análisis de la sociedad que considera falsos,
en particular cuando estos los defienden otras organizaciones
revolucionarias (1).

El proletariado y sus minorías de vanguardia necesitan
ante todo un marco global de comprensión de la situación.
Sin él están condenadas a ser incapaces de responder
a los acontecimientos sino es de forma empírica, condenadas
a ser zarandeadas por ellos.

Por su parte, la Communist Worker’s Organisation (CWO),
rama británica del Buró internacional para el
partido revolucionario (BIPR) ha abordado en tres artículos
de sus publicaciones (2) nuestro análisis sobre
la descomposición del capitalismo. Ya comentaremos más
lejos los argumentos precisos avanzados por la CWO. Señalemos
de momento que la crítica principal hecha en esos textos a
nuestro análisis sobre la descomposición es que
estaría fuera del ámbito marxista.

Frente a juicios como ése (que la CWO no es la única
en enunciar) consideramos necesario poner de relieve las raíces
marxistas de la noción de descomposición del
capitalismo y precisar y desarrollar ciertos aspectos e
implicaciones. Por eso empezamos aquí la redacción
de una serie de artículos titulados “Entender la
descomposición”, en continuidad con lo que redactamos
hace años y que se titulaba “Entender la decadencia
del capitalismo” (3), al no ser la descomposición
en fin de cuentas sino un fenómeno de la decadencia, que no
puede entenderse separada de ésta.

La
descomposición fenómeno de la decadencia del
capitalismo

El
método marxista nos da un marco materialista e histórico
que permite caracterizar las fases de la vida del capitalismo,
tanto en su periodo ascendente como en el de su decadencia.

“De hecho, del mismo modo que el capitalismo conoce
diferentes períodos en su recorrido histórico –
nacimiento, ascendencia, decadencia –, cada uno de esos
períodos contiene también sus distintas fases. Por
ejemplo, el período de ascendencia tuvo las fases sucesivas
del libre mercado, de la sociedad por acciones, del monopolio, del
capital financiero, de las conquistas coloniales, del
establecimiento del mercado mundial. Del mismo modo, el período
de decadencia ha tenido también su historia: imperialismo,
guerras mundiales, capitalismo de Estado, crisis permanente y,
hoy, descomposición. Se trata de diferentes expresiones
sucesivas de la vida del capitalismo; esas expresiones quizás
ya existían en la fase anterior, quizás se mantenían
en la siguiente, pero son, sin embargo, lo característico
de una fase determinada de la vida del capitalismo”
(4).

Así es como el ejemplo más conocido de este
fenómeno concierne el imperialismo que, “... a
decir verdad, empieza tras los años 1870, cuando el
imperialismo mundial alcanza una nueva configuración
significativa: el período en que se acaba la constitución
de estados nacionales en Europa y Norteamérica y en el que
en vez de una Gran Bretaña “fábrica del
mundo”, se presentan varias “fábricas”
capitalistas nacionales desarrolladas en competencia para dominar
el mercado mundial –no solo para conquistar los mercados
interiores de los demás sino también para conquistar
el mercado colonial”
(5).

Sin embargo, el imperialismo no adquiere “... un lugar
preponderante en la sociedad, en la política de los Estados
y en las relaciones internacionales más que con la entrada
del capitalismo en su periodo de decadencia, hasta el punto de
imprimir su marca a la primera fase de este período, lo que
llevó a los revolucionarios en aquel entonces a
identificarlo con la decadencia misma”
(6).

De igual modo, el periodo de decadencia contiene, desde sus
orígenes, elementos de descomposición, que se
caracterizan por la dislocación del cuerpo social y la
putrefacción de sus estructuras económicas,
políticas e ideológicas. Sin embargo solo a cierto
nivel de la decadencia, y en circunstancias bien determinadas, la
descomposición se convierte en un factor, incluso el factor
más decisivo de la evolución de la sociedad,
abriendo así una fase especifica, la de la descomposición
de la sociedad. Esta fase es el remate de las fases que la
precedieron sucesivamente en la decadencia como lo prueba la
historia misma de este período.

El Primer congreso de la Internacional comunista (IC) en marzo
del 1919 puso en evidencia que había entrado el capitalismo
en una nueva época, la de su declive histórico, e
identificó en ésta la descomposición interna
del sistema:

“Ha nacido una nueva época: la de la
disgregación del capitalismo, de su hundimiento interno. La
época de la revolución comunista del proletariado”
(7).

La amenaza de su destrucción se plantea al conjunto de
la humanidad si el capitalismo logra sobrevivir a la oleada de la
revolución proletaria:

“La humanidad, cuya cultura está devastada,
está amenazada de destrucción
(...) El
antiguo “orden” capitalista ha fallecido. Ya no puede
seguir existiendo. El resultado final de los procedimientos
capitalistas de producción es el caos” (ídem).
“Ahora no solo se presenta ante nosotros con toda su
horrenda realidad la pauperización social, sino también
un empobrecimiento fisiológico y biológico”
(8).

En el plano de la vida de la sociedad, esta nueva época
está marcada por el acontecimiento histórico que la
abrió, la Primera Guerra mundial:

“La libre competencia, como regulador de la producción
y del reparto, fue sustituida en los campos principales de la
economía por el sistema de trusts y de monopolios muchos
años antes de la guerra, pero el propio curso de la guerra
arrancó a los sociedades económicas el papel
regulador y director para pasarlos directamente al poder militar y
gubernamental”
(9).

Lo que aquí se describe no es un fenómeno
coyuntural, ligado al carácter pretendidamente excepcional
de la situación de guerra, sino una tendencia permanente y
dominante irreversible:

“Si la sujeción absoluta del poder político
al capital financiero llevó la humanidad a la matanza
imperialista, esta matanza permitió al capital financiero
no solo militarizar el Estado de arriba abajo, sino también
militarizarse a sí mismo, de tal forma que ya no puede
cumplir con sus funciones económicas esenciales sino es
mediante el fuego y la sangre
(...) La estatización
de la vida económica, contra la que tanto protestaba el
liberalismo económico, es un hecho consumado. No solo
volver a la libre competencia, sino a la simple dominación
de los “trusts”, sindicatos y demás pulpos
capitalistas se ha vuelto imposible. El único problema es
saber quién dominará la producción
estatizada: el Estado imperialista o el Estado del proletariado
victorioso ”
(10).

Las ocho décadas que siguieron no han hecho sino
confirmar ese giro decisivo en la vida de la sociedad: el
desarrollo masivo del capitalismo de Estado y de la economía
de guerra tras la crisis del 29; la Segunda Guerra mundial; la
reconstrucción y el inicio de una carrera nuclear demente;
la guerra “fría”, que mató a tantos
seres humanos como ambas guerras mundiales; y a partir de 1967,
que corresponde al final de la reconstrucción de posguerra,
el hundimiento progresivo de la economía mundial en una
crisis que dura ya desde hace más de treinta años,
acompañada de una espiral sin fin de convulsiones
guerreras. Un mundo, en fin de cuentas, que no ofrece más
alternativa que la de una agonía interminable hecha de
destrucciones, miseria y barbarie.

Tal evolución histórica no puede sino favorecer
la descomposición del modo de producción capitalista
en todos los planos de la vida social: la economía, la vida
política, la moral, la cultura, etc. Esto quedó
ilustrado tanto en la locura irracional y la barbarie del nazismo
con sus campos de exterminio o del estalinismo con sus gulags
como por el cinismo y la hipocresía moral de sus
adversarios democráticos y sus bombardeos asesinos,
responsables, a finales de la Segunda Guerra mundial, de centenas
de miles de victimas en la población alemana (en Dresde en
particular) o en la japonesa (las dos bombas atómicas que
destruyeron Hiroshima y Nagasaki), cuando Alemania y Japón
ya estaban vencidos. En 1947, la Izquierda comunista de Francia
puso en evidencia que las tendencias a la descomposición
que se expresaban en el capitalismo eran producto de sus
contradicciones insuperables:

“La burguesía está
ante su propia descomposición y sus manifestaciones. Cada
solución que intenta aportar no hace sino precipitar el
choque de las contradicciones (...) intenta atenuar el mal menor,
pone cataplasmas aquí, tapa agujeros allá, sabiendo
que la tormenta siempre va a seguir más fuerte”

(11).

La
descomposición fase última de la decadencia del
capitalismo

Las
contradicciones y manifestaciones de la decadencia del capitalismo
que han marcado sucesivamente los momentos diferentes de esa
decadencia no desaparecen con el tiempo, sino que se mantienen. La
fase de descomposición que se abre en los años 80
aparece entonces “como resultado de la acumulación
de todas las características de un sistema moribundo, la
que remata y domina tres cuartos de siglo de agonía de un
modo de producción condenado por la historia”.
Concretamente, “no solo el carácter imperialista de
todos los Estados, la amenaza de guerra mundial, la absorción
de la sociedad civil por el Moloch estatal, la crisis permanente
de la economía capitalista se mantienen durante la fase de
descomposición, sino que además, aparece como la
ultima consecuencia, la síntesis rematada de todos esos
elementos”
(12).

La apertura de la Descomposición (13) no se
produce como un relámpago en un cielo sereno, sino que es
la cristalización de un proceso latente que actúa ya
durante las fases precedentes de la decadencia del capitalismo y
que se transforma en un momento dado en factor central de la
situación. Así es como los elementos de
descomposición que, como ya hemos visto, han ido
acompañando toda la decadencia del capitalismo no pueden
ponerse en el mismo plano, cuantitativa ni cualitativamente, con
los que se manifiestan a partir de los años 1980. La
Descomposición no es simplemente una “nueva fase”
que sucede a otras en el periodo de decadencia (imperialismo,
guerras mundiales, capitalismo de Estado) sino que es la fase
terminal del sistema.

Este fenómeno de descomposición generalizada, de
pudrimiento de raíz de la sociedad se debe a que las
contradicciones del capitalismo no cesan de empeorar, porque la
burguesía es incapaz de dar la menor perspectiva al
conjunto de la sociedad y que el proletariado no está de
momento en condiciones para afirmar la suya.

En las sociedades de clases, los individuos actúan y
trabajan sin controlar real y conscientemente su propia vida. Pero
esto no significa, sin embargo, que la sociedad pueda funcionar de
forma totalmente ciega, sin orientación ni perspectiva.
Efectivamente, “ningún modo de producción
puede seguir viviendo, desarrollarse, afianzarse en bases firmes,
mantener la cohesión social, si no es capaz de dar una
perspectiva al conjunto de la sociedad en la que impera. Y esto es
tanto más cierto para el capitalismo, al haber sido el modo
de producción más dinámico de la historia”

(14).

Esta tendencia creciente a la desorientación en la
marcha de la sociedad es una diferencia importante entre la fase
actual de descomposición del capitalismo y el periodo de la
Segunda Guerra mundial. Ésta fue una manifestación
aterradora de la barbarie del sistema capitalista. Pero barbarie
no es sinónimo de descomposición. Durante la
barbarie de la Segunda Guerra mundial, la sociedad no carecía
todavía de “orientación” puesto que
seguía existiendo esa capacidad de los Estados capitalistas
para encuadrar a la sociedad entera con sus férreas garras
y alistarla en la guerra. El período de “Guerra fría”
siguió con las mismas características: toda la vida
social estaba encuadrada por los Estados implicados en un pulso
sangriento entre bloques. La sociedad se hundía entonces en
una barbarie “organizada”. Lo que hoy cambia
radicalmente con el comienzo de la fase de descomposición,
es que la barbarie “organizada” ha dejado el sitio a
una barbarie anárquica y caótica en la que
predominan la tendencia a “cada uno por su cuenta”, la
instabilidad de las alianzas, la gangsterización
de las relaciones internacionales....

La
descomposición y la lucha de clases

Para
el marxismo, “... las relaciones sociales de producción
cambian y se transforman con la evolución y el desarrollo
de los medios materiales de producción, de las fuerzas
productivas. Las relaciones de producción, tomados en su
totalidad, es lo que se llama relaciones sociales, y en particular
una sociedad que ha alcanzado un grado determinado de evolución
histórica, una sociedad particular y bien caracterizada. La
sociedad antigua, la sociedad feudal, la sociedad burguesa son
esos conjuntos de relaciones de producción, de los que cada
uno de ellos designa un nivel particular de la evolución
histórica de la humanidad”
(15).

Pero esas relaciones de producción también
son el marco en el que obra el motor histórico de su
evolución y el de la humanidad, o sea la lucha de clases:
“La producción económica y la
estructura social que se deriva necesariamente de ella en cada
época de la historia constituyen el fundamento de la
historia política e intelectual de esa época; que,
en consecuencia (desde la disolución de la antiquísima
propiedad común del suelo), toda la historia ha sido una
historia de la lucha entre clases explotadoras y explotadas,
dominadoras y dominadas, en diversos peldaños del
desarrollo social”
(16).

Los lazos entre las relaciones de producción y el
desarrollo de las fuerzas productivas por un lado, y por otro la
lucha de clases, jamás fueron concebidos por el marxismo de
manera simplista y mecánica, siendo aquellos determinantes
y ésta determinada. Sobre este tema, contestando a la
Oposición de izquierdas, Bilan alertaba contra la
interpretación materialista vulgar, por el hecho de que
“cualquier evolución de la historia puede reducirse a
la ley de la evolución de las fuerzas productivas y
económicas”, elemento aportado por el
marxismo con respecto a todas las teorías históricas
que lo precedieron y que ha sido plenamente confirmado por la

evolución de la sociedad capitalista. Para esta
interpretación materialista vulgar, “el
mecanismo productivo no solo representa la fuente de la formación
de clases, sino que determina automáticamente la acción
y la política de las clases y de los hombres qua las
constituyen; así quedaría curiosamente resuelto el
problema de las luchas sociales; hombres y clases no serían
sino muñecos accionados por fuerzas económicas”
(17).

Las clases sociales no actúan según
un quión escrito de antemano por la evolución
económica. Bilan añade que “... la
acción de las clases no es posible más que en
función de una inteligencia histórica del papel y de
los medios apropiados para su triunfo. Las clases deben tanto su
existencia como su desaparición a los mecanismos
económicos, pero para triunfar
(...) han de ser
capaces de darse una configuración política y
orgánica, sin la cual corren el riesgo de seguir mucho
tiempo prisioneras de las antiguas clases a pesar de haber sido
elegidas por la evolución de las fuerzas productivas,
porque esas clases, para resistir, intentarán detener el
curso mismo de la evolución histórica”
(18).

Se pueden ahora sacar dos conclusiones. La primera es que a
pesar de ser determinante, el mecanismo económico también
es determinado, puesto que la resistencia de la antigua clase
–condenada por la historia– puede impedir el curso de
su evolución. La humanidad de hoy día ya ha vivido
casi un siglo de decadencia del capitalismo, lo que ilustra
perfectamente esa realidad. A fin de evitar hundimientos brutales
y para poder asumir las exigencias de la economía de
guerra, el capitalismo de Estado ha falsificado en permanencia la
ley del valor (19), encerrando la economía
en contradicciones siempre más insuperables. En vez de
resolver las contradicciones del sistema capitalista, esa huida
ciega hacia adelante las ha agravado considerablemente. Para
Bilan, esa huida ha encerrado el curso de la evolución
histórica en un nudo gordiano de contradicciones
insuperables.

La segunda conclusión es que la clase revolucionaria, a
pesar de tener la misión histórica de derribar el
capitalismo, no ha podido cumplirla hasta ahora. El larguísimo
periodo de estos treinta años pasados es una certera
confirmación del análisis de Bilan, en perfecta
continuidad con todas las posiciones del marxismo: si el
resurgimiento histórico del proletariado en 1968 logró
entorpecer la capacidad de la burguesía para arrastrar a la
sociedad hacia la guerra generalizada, no logró, sin
embargo, orientar sus luchas defensivas hacia un combate ofensivo
por la destrucción del capitalismo.

Esta debilidad, resultante de una serie de factores generales e
históricos que no analizaremos aquí (20),
es un elemento determinante para entender la entrada del
capitalismo en su fase de descomposición. Por otro lado, si
la descomposición es el resultado de dificultades del
proletariado, también contribuye activamente a agravarlas:
“... los efectos de la descomposición (...)
pueden ser profundamente negativos en la conciencia del
proletariado, sobre su propio sentido de sí mismo como
clase, pues en todos los diferentes aspectos de la descomposición
– mentalidad pandillera, racismo, criminalidad, droga, etc.
– sirven para atomizar a la clase, incrementar las
divisiones en su seno, disolverla en una refriega social
generalizada”
(21).

En efecto:

–  las clases intermedias, tales como la pequeña
burguesía o el lumpen, tienden con la descomposición
a adoptar comportamientos cada día más ligados a las
peores aberraciones del capitalismo e incluso de sistemas que lo
precedieron. Sus revueltas desesperadas pueden contaminar al
proletariado o arrastrar a alguno de sus sectores;

–  La atmósfera general de descomposición
moral e ideológica afecta a las capacidades de toma de
conciencia, de unidad, de confianza y de solidaridad del
proletariado:

“La clase obrera no esta separada de la vieja sociedad
burguesa por una muralla de China. Cuando estalla la revolución,
las cosas no pasan como cuando muere un hombre, y se entierra su
cadáver. Cuando muere la vieja sociedad resulta imposible
poner sus restos en un ataúd y enterrarla en la tumba. Se
descompone entre nosotros, se pudre y su podredumbre nos va
ganando. Ninguna gran revolución en el mundo ha evitado
esto y no puede sino ser así. Es precisamente lo que hemos
de combatir para salvaguardar los gérmenes del nuevo
[mundo] en esta atmósfera apestada por los miasmas
del cadáver en descomposición”
(22).

–  La burguesía puede utilizar los efectos de
la descomposición contra el proletariado. Así
ocurrió en particular con el desmoronamiento sin guerra ni
revolución del antiguo bloque soviético,
manifestación más sobresaliente de la
Descomposición, que permitió a la burguesía
desencadenar una enorme campaña anticomunista cuyo efecto
ha sido un retroceso importante de la conciencia y de la
combatividad en las filas obreras. Todos los efectos de esta
campaña no están ni mucho menos superados.

Marxismo
contra fatalismo

El
paso de un modo de producción a otro superior no es un
producto ineluctable de la evolución de las fuerzas
productivas. Este paso necesita una revolución, producto de
la capacidad de la nueva clase dominante para echar abajo a la
antigua y construir nuevas relaciones de producción.

El marxismo defiende el determinismo histórico, pero
esto no implica que considere el comunismo como el resultado
forzoso e inevitable de la evolución del capitalismo.
Semejante visión es una deformación materialista
vulgar del marxismo. Para el marxismo, determinismo histórico
significa que:

1) una revolución no es posible más que cuando el
modo de producción precedente ha agotado todas sus
capacidades de desarrollo de las fuerzas productivas: “Jamás
expira una sociedad antes de haber desarrollado todas las fuerzas
productivas que es capaz de contener; nunca triunfan unas
relaciones de producción superiores antes de que las
condiciones materiales de su existencia hayan surgido en el
corazón de la vieja sociedad”
(23).

2) El capitalismo no puede volver hacia atrás (hacia el
feudalismo u otros modos de producción precapitalistas):
Una de dos: o la revolución proletaria permite superarlo o,
si no, arrastra la humanidad hacia su destrucción;

3) El capitalismo es la última sociedad de clases. La
teoría avanzada por el grupo “Socialismo o barbarie”
o por ciertas escisiones del trotskismo (24) que
anunciaba el advenimiento de una “tercera sociedad”,
ni capitalista ni comunista, es una aberración desde el
punto de vista marxista, el cual pone de relieve que “...
las relaciones de producción burguesas son la ultima forma
antagónica del proceso social de producción (...)
Con este sistema social se acaba, pues, la prehistoria de la
sociedad humana”
(25).

El marxismo ha planteado siempre en términos de
alternativa el desenlace de la evolución histórica:
o se impone la clase revolucionaria abriendo las puertas a un
nuevo modo de producción, o se hunde la sociedad en el caos
y la barbarie. El Manifiesto comunista muestra de qué
modo se ha manifestado la lucha de clases a través de “...
una guerra interrumpida, unas veces abierta, otras oculta, una
guerra que siempre acababa en transformación revolucionaria
de la sociedad entera o en destrucción de ambas clases en
lucha”.

“Contra todos los errores idealistas que intentaban
separar al proletariado del comunismo, Marx definió a éste
como la expresión del “movimiento real” de
aquél, insistiendo en que los obreros “no tienen
ideal que realizar, sino que han de liberar los elementos de la
nueva sociedad de la que está preñada la antigua
sociedad que se está hundiendo”
(La Guerra civil
en Francia)” (26).

La lucha de clase del proletariado no es el “instrumento”
de un “destino histórico” (la realización
del comunismo). En la Ideología alemana, Marx
y Engels critican sin concesiones tal visión:

“La historia no es sino la sucesión de las
diferentes generaciones, cada una de las cuales explota los
materiales, capitales, y fuerzas productivas transmitidas por
cuantas la han precedido; es decir que, por una parte, prosigue en
condiciones completamente distintas la actividad precedente,
mientras que, por otra parte, modifica las circunstancias
anteriores mediante una actividad totalmente diferente, lo que
podría tergiversarse especulativamente, diciendo que la
historia posterior es la finalidad de la que precede, como si
dijésemos, por ejemplo, que el descubrimiento de América
tuvo como finalidad ayudar a que se expandiera la Revolución
francesa”
.

De esta forma, el método marxista, aplicado al análisis
de la fase actual de la evolución del capitalismo, permite
entender que, a pesar de su existencia bien real, la
Descomposición no es un fenómeno “racional”
en la evolución histórica. No es para nada un
eslabón necesario de la cadena que lleva al comunismo. Al
contrario, contiene el peligro de una erosión progresiva de
sus bases materiales. Primero porque desarrolla un lento proceso
de aniquilación de las fuerzas productivas hasta un punto
en que se volviera imposible la construcción del comunismo:

“No se puede defender, como por ejemplo lo hacen los
anarquistas, que una perspectiva socialista sería posible
aunque las fuerzas productivas estuvieran en regresión,
dejando de lado toda consideración sobre su grado. El
capitalismo ha sido una etapa indispensable y necesaria para la
instauración del socialismo porque logró desarrollar
suficientemente las condiciones objetivas que lo permiten. Pero
del mismo modo que en la fase actual
(...) se ha convertido
en freno al desarrollo de las fuerzas productivas, su prolongación
más allá de esta fase acarreará la
desaparición de las condiciones del socialismo”
(27).

Además, corroe las bases de la unidad y de la identidad
de clase del proletariado:

“El proceso de desintegración que acarrea el
desempleo masivo y prolongado, en particular entre los jóvenes,
por el estallido de las concentraciones obreras tradicionalmente
combativas de la clase obrera en el corazón industrial,
todo ello refuerza la atomización y la competencia entre
los obreros
. (...) La fragmentación de la identidad
de clase de la que hemos sido testigos en la última década
no sería en ningún caso un avance, sino una clara
manifestación de la descomposición con los enormes
peligros que ello comporta para la clase obrera”
(28).

La
lucha de clases motor de la historia

La
etapa histórica de la Descomposición contiene la
amenaza de aniquilamiento de las condiciones de la revolución
comunista. No es diferente en este sentido de otras etapas de la
decadencia del capitalismo en que existió también
tal amenaza, que los revolucionarios evidenciaron. Existen sin
embargo algunas diferencias con respecto a éstas:

–  la guerra podía desembocar en una
reconstrucción, mientras que el proceso de destrucción
de la humanidad bajo los efectos de la Descomposición,
aunque sea lento y oculto, es irreversible (29);

–  la amenaza de destrucción estaba ligada al
estallido de una tercera guerra mundial, cuando hoy, en la
Descomposición, varias causas (guerras locales, destrucción
del equilibrio ecológico, lenta erosión de las
fuerzas productivas, hundimiento progresivo de las
infraestructuras productivas, destrucción gradual de las
relaciones sociales) actúan de forma más o menos
simultánea como factores de destrucción de la
humanidad;

–  la amenaza de destrucción se presentaba
con la forma brutal de una nueva guerra mundial, mientras que hoy
en día tiene una forma menos visible, más insidiosa,
mucho más difícil de observar: “En el
contexto de la descomposición, la “derrota” del
proletariado puede ser más gradual, más insidiosa,
ante la que resistir es más difícil”

(véase al final del artículo la nota *);

–  el hecho de que la descomposición sea el
factor central de la evolución de toda la sociedad
significa, como ya lo hemos evocado, que tiene un impacto directo
y más permanente sobre el proletariado a todos niveles: la
toma de conciencia, la unidad, la solidaridad, etc.

No obstante,

“... la evidencia de los peligros considerables que a la
clase obrera y a la humanidad entera hace correr el fenómeno
histórico de la descomposición no debe llevar a la
clase y especialmente a sus minorías revolucionarias a
adoptar frente a ella una actitud fatalista” (30).

En efecto:

–  el proletariado no ha sufrido derrotas
importantes y sigue intacta su combatividad;

–  el factor que es la causa fundamental de la
descomposición, o sea la crisis, también es

“... un estimulo esencial de la lucha y de la toma de
conciencia de la clase, condición misma en su capacidad
para resistir al veneno ideológico de la putrefacción
de la sociedad” (31).

Pero en la medida en que únicamente la revolución
comunista es capaz de alejar definitivamente la amenaza que
contiene la descomposición para la humanidad, las luchas
obreras de resistencia a los efectos de la crisis no son
suficientes. La conciencia de la crisis por sí misma no
puede resolver los problemas y las dificultades que enfrenta el
proletariado y que tendrá que enfrentar cada día
más. Por eso tendrá que desarrollar:

“–  la conciencia de la importancia de lo que
se está jugando en la situación histórica de
hoy y, en especial, de los peligros mortales que la descomposición
entraña para la humanidad;

“–  su determinación en proseguir,
desarrollar y unificar su combate de clase;

“–  su capacidad para desactivar la cantidad
de trampas que la burguesía, incluso afectada por su propia
descomposición, no dejará de tenderle en su camino ”
(32).

La descomposición obliga al proletariado a afilar las
armas de su conciencia, de su unidad, de su confianza, de su
solidaridad, de su voluntad y de su heroísmo, lo que
Trotski llamaba los factores subjetivos y cuya enorme importancia
en los acontecimientos puso él de relieve en su Historia de
la Revolución rusa. Esas cualidades deberán
ser cultivadas con profundidad y extensión por los
revolucionarios y las minorías más en vanguardia del
proletariado en todos los frentes de la lucha de clases del
proletariado, el económico, el político y el
teórico, según palabras de Engels.

La fase de descomposición pone en evidencia que de los
dos factores que rigen la evolución histórica, o sea
el mecanismo económico y la lucha de clases, el primero se
está pasando de maduro y contiene el peligro de
aniquilación de la humanidad. Por eso se hace tan decisivo
el segundo factor. Hoy más que nunca, la lucha de clases
del proletariado es el motor de la historia. La conciencia, la
unidad, la confianza, la solidaridad, la voluntad y el heroísmo,
cualidades que la clase obrera es capaz de alzar, en la lucha de
clases, a unos niveles muy diferentes y superiores a las demás
clases de la historia, son las fuerzas que le permitirán,
desarrolladas al más alto nivel, superar los peligros
contenidos en la descomposición y abrir el camino a la
liberación comunista de la humanidad.

C. Mir

(*)
En un panfleto titulado “Cuestiones a los militantes y
simpatizantes de la CCI actual” repartido a la puerta de
nuestras reuniones públicas así como en la
manifestación pacifista del 20 de marzo en París, el
grupo parásito autoproclamado “Fracción
interna de la CCI” (animado por unos cuantos ex miembros de
nuestra organización) comenta extractos de la “Resolución
sobre la situación internacional” adoptada por el XVº
Congreso internacional (33).

Primer extracto:

“Aunque la descomposición del capitalismo sea
el resultado de ese bloqueo histórico entre las clases esta
situación no puede permanecer estática. La crisis
económica
(...) sigue profundizándose. Sin
embargo, contrariamente al periodo 1968-1989 en que la salida de
estas contradicciones de clase no podía ser otra que la
guerra o la revolución, el nuevo periodo abre la vía
a una tercera posibilidad: la destrucción de la
humanidad. No a través de una guerra apocalíptica
sino a través de un avance gradual de la descomposición
que podría, a la larga, ahogar la capacidad del
proletariado para responder como clase, y de la misma manera hacer
un planeta inhabitable, metido en un torbellino de guerras
regionales y de catástrofes ecológicas. Para llevar
a cabo una guerra mundial la burguesía debería
comenzar por enfrentar directamente y derrotar a los principales
batallones de la clase obrera, después movilizarlos para
que marchen tras los estandartes y la ideología de nuevos
bloques imperialistas. En el nuevo guión (el de la
descomposición), la clase obrera podría ser
derrotada de una manera menos abierta y menos directa,
simplemente no siendo capaz de responder a la crisis del sistema y
dejándose arrastrar cada vez más por el remolino de
la decadencia”
(los subrayados son de
la Ficci).

Comentario de la Ficci: “Es
aquí la introducción claramente oportunista de una
“tercer vía”, opuesta a la tesis clásica
del marxismo de una alternativa histórica. Como en
Bernstein, Kautski y sus epígonos, la idea misma de una
tercer vía se opone a la alternativa histórica,
“simplista” según el oportunismo, de “guerra
o revolución”. Aquí se trata de la afirmación
explicita, abierta, de la revisión de una tesis clásica
del movimiento obrero...”.

Segundo extracto:

“Lo que ha cambiado con la descomposición es la
naturaleza de una posible derrota histórica que puede no
venir de un choque frontal entre las dos principales clases en
conflicto sino de un lento reflujo de las capacidades del
proletariado para constituirse en clase dominante, en cuyo caso el
punto de no retorno sería más difícil de
discernir, lo que es el caso en cualquier catástrofe
definitiva. Es el peligro mortal al que la clase obrera está
confrontada hoy día”.

Comentario de la Ficci: “Aquí
se expresa la tendencia oportunista, revisionista, que “liquida”
la lucha de clases”.

Lo que expresan realmente estas líneas de la Ficci es la
voluntad deliberada de esa agrupación de perjudicar a
nuestra organización (al no poder destruirla) por
cualquier medio
. Efectivamente, los miembros de esa Ficci,
tras algunas décadas de militantismo en nuestra
organización, perdieron sus convicciones comunistas y
juraron la ruina de la CCI, y están ahora dispuestos a la
peor ignominia para conseguir sus fines: el robo, el chivatazo a
la policía (véase sobre este tema nuestro articulo
“Los métodos policiales de la Ficci” en nuestro
sitio Internet y nuestra prensa territorial) y, claro está,
la mentira más descarada. La CCI no ha “revisado”
en modo alguno sus posiciones desde que ya no están en su
seno esos matachines de la Ficci para impedirle “degenerar”.

El XIIIº Congreso de la CCI adoptó en 1999, con la
aprobación total de los militantes que más tarde
formarían esa Ficci, un “Informe sobre la lucha de
clases” (34) que decía:

“Los peligros del nuevo período
para la clase obrera y el porvenir de sus luchas no pueden
subestimarse. El combate de la clase obrera cerró
claramente la vía a la guerra mundial en los años 70
y 80, pero, en cambio, no puede frenar el proceso de
descomposición. Para desencadenar una guerra mundial, la
burguesía tendría que infligir derrotas importantes
a los batallones centrales de la clase obrera. Hoy, el
proletariado está enfrentado a la amenaza a más
largo plazo, pero no menos peligrosa de una especie de “muerte
lenta”, una situación en la que la clase obrera
estaría cada vez más aplastada por ese proceso de
descomposición hasta perder su capacidad de afirmarse como
clase, mientras el capitalismo se va hundiendo de catástrofe
en catástrofe (guerras locales, desastres ecológicos,
hambres, enfermedades, etc.)
”.

En el mismo sentido, en el “Informe sobre la lucha de
clases” adoptado por el XIVº Congreso internacional
(35) con la aprobación de los mismos futuros
miembros de esa Ficci, decíamos:

“... la evolución (...)
está creando una situación en la que las bases de
una nueva sociedad podrían quedar socavadas sin guerra
mundial y por lo tanto sin la necesidad de movilizar al
proletariado en favor de la guerra. En el guión precedente
era la guerra nuclear mundial lo que hubiera impedido
definitivamente la posibilidad del comunismo
(...) El nuevo
guión considera la posibilidad de un deslizamiento más
lento pero no menos mortal hacia un estado en el que el
proletariado quedaría fragmentado más allá de
toda posible reparación y arruinadas también las
bases naturales y económicas para la transformación
social a través de un incremento constante de conflictos
militares locales y regionales, catástrofes ecológicas
y la ruina social”
.

En cuanto a la Resolución adoptada por este mismo
Congreso (36), evoca en su punto 13 :“... el
peligro de que el proceso de descomposición más
insidioso podría anegar a la clase sin que el capitalismo
tuviera que infligirle una derrota frontal”
.

¿No estarían dormidos esos valientes defensores
de la “verdadera CCI” (así les gusta definirse)
cuando fueron adoptados estos documentos? A lo mejor, se les
alzaron automáticamente las manos para adoptarlos. Se ha de
considerar entonces que estuvieron dormidos durante más de
once años, puesto que en un Informe adoptado en enero del
1990 por el órgano central de la CCI (y que esos personajes
apoyaron sin la menor reserva), ya se afirmaba:“Aunque la
guerra mundial no podría, actualmente y quizás de
forma definitiva, ser una amenaza para la vida de la humanidad,
esa amenaza puede derivarse, como hemos visto, de la
descomposición de la sociedad. Y tanto más porque,
si bien es cierto que el desencadenamiento de la guerra mundial
requiere la adhesión del proletariado a los ideales de la
burguesía,
(...) la descomposición, en
cambio, no necesita semejante adhesión para destruir la
humanidad”
(37).

NOTAS: 

1) La CCI por su parte ha
dedicado muchos artículos de su prensa a criticar lo que
consideramos como visiones erróneas, empezando por la
aberración contenida en esa “innovación”
respecto al marxismo paradójicamente llamada “invariación”.

En nombre de ésta,
la corriente bordiguista (perteneciente conmo la CCI a la
corriente de la Izquierda comunista) se niega dogmáticamente
a reconocer la realidad de una evolución en profundidad de
la sociedad capitalista desde 1848, y en consecuencia la entrada
de este sistema en su fase de decadencia (véase el articulo
“El rechazo de la noción de decadencia”,
Revista internacional
nos 77 y 78).

2) Se trata de los
artículos siguientes: “War and the ICC” “La
guerra y la CCI), Revolutionary Perspectives (RP) no 24,
“Workers’ Struggles in Argentina: polemic with the
ICC” (Luchas obreras en Argentina: polémica con la
CCI) en Internationalist Communist no 21 y
“Imperialism’s New World Order” (El nuevo orden
mundial del imperialismo), en RP no 27.

3) Véase las Revista
internacional
nos 48, 49, 50, 54, 55 y 56.

4) “Tesis sobre la
descomposición”, punto 3, Revista internacional
nos 62 o 107.

5) “Sobre el
imperialismo”, Revista internacional no
19.

6) Idem.

7) “Plataforma”
de la IC.

8) “Manifiesto de la
IC a los proletarios del mundo entero”.

9) Ídem.

10) Ídem.

11) Internationalisme
nº 23, “Inestabilidad y decadencia capitalista”.

12) Ídem.

13) Cuando nos referimos a
la Descomposición con mayúscula, se trata de la fase
de descomposición, o sea una noción distinta del
propio fenómeno de descomposición que, como hemos
visto, acompaña todo el proceso de decadencia de forma más
o menos marcada y se vuelve dominante en la fase de
descomposición.

14) “Tesis sobre la
descomposición”, punto 5, op. cit.

15) Marx, Trabajo
asalariado y capital.

16) F. Engels, “Prólogo
a la edición alemana” de El Manifiesto comunista,
1883.

17) “Los principios,
armas de la revolución”, Bilan no
5.

18) Ídem. El
que una idea proceda de la corriente de la Izquierda comunista de
Italia no le da de por sí, automáticamente, un
carácter marxista irrefutable. Sin embargo, esto puede
hacer reflexionar a los compañeros y simpatizantes de las
organizaciones que hoy se reivindican de esa corriente

histórica, como el
BIPR o los diferentes grupos que se denominan, todos ellos,
Partido comunista internacional.

19) Vease el artículo
“El proletariado en el capitalismo decadente”, Revista
internacional
no 23.

20) Vease en particular
“¿Por qué el proletariado no ha acabado aún
con el capitalismo?”, Revista internacional nos
103 y 104.

21) “Informe sobre la
lucha de clases: el concepto de curso histórico en el
movimiento revolucionario”, adoptado por el xivo
Congreso de la CCI, Revista internacional no
107.

22) Lenin, “La lucha
por el pan”, discurso al CCE panruso de los Soviets. Citado
por Bilan no 6.

23) Marx, “Prologo”
a la Contribución a la critica de la economía
política
.

24) Burham y su teoría
de la nueva clase “de ejecutivos (managers)manageriale”.

25) Marx, “Prologo”
a la Contribución a la critica de la economía
política
.

26) “El proletariado
en el capitalismo decadente, Revista internacional no
23.

27) “La evolución
del capitalismo y la nueva perspectiva”, Izquierda comunista
de Francia, Internationalisme no 46 de mayo del
1952, republicado en la Revista internacional no
21.

28) “Informe sobre la
lucha de clases, XIVo Congreso de la CCI, Revista
internacional
no 107.

29) El período de la
“guerra fría”, con su carrera demencial a los
armamentos nucleares, marcó ya el fin de cualquier
posibilidad de reconstrucción tras una tercera guerra
mundial.

30) “Tesis sobre la
descomposición”, punto 17, Revista internacional
no 107.

31) ídem.

32) ídem.

33) Vease Revista
internacional
no 113.

34) Revista
internacional
no 99, 1999.

35) Revista
internacional
no 107, 2001.

36) Revista
internacional
no 106.

37) Revista
internacional
no 61.

Series: 

Herencia de la Izquierda Comunista: 

Cuestiones teóricas: