VI - Las Revoluciones de 1848: la perspectiva comunista se hace más clara

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Como vimos en el último artículo, el Manifiesto comunista se escribió en anticipación de un inminente estallido revolucionario. Con estas expectativas, no era una voz clamando en el desierto:

«... la conciencia de una inminente revolución social... no estaba, y de forma significativa, confinada a los revolucionarios, que la expresaban con la mayor elaboración, ni a las clases dirigentes, cuyo miedo de las masas empobrecidas sale a la superficie en tiempos de cambio social. También los pobres la sentían. Los estratos ilustrados del pueblo la expresaban. Toda “persona bien informada”, escribía desde Amsterdam el cónsul americano durante la hambruna de 1847, informando sobre los sentimientos de los inmigrantes alemanes que pasaban a través de Holanda, “expresa la creencia de que la crisis presente está tan profundamente entretejida en los acontecimientos del período presente, que es el comienzo de esa gran revolución que ellos consideran que, tarde o temprano, va a disolver el estado actual de las cosas”»([1]).

Confiando en que se iban a producir grandes alzamientos sociales, pero con la conciencia de que las naciones de Europa estaban en diferentes estadios del desarrollo histórico, la última sección del Manifiesto comunista plantea ciertas consideraciones tácticas para la intervención de la minoría comunista.

El punto de vista general era el mismo en cualquier caso: «Los comunistas luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera; pero, al mismo tiempo defienden también, dentro del movimiento actual, el porvenir de ese movimiento... En resumen, los comunistas apoyan por doquier todo movimiento revolucionario contra el régimen social y político existente. En todos estos movimientos ponen en primer término, como cuestión fundamental del movimiento, la cuestión de la propiedad, cualquiera que sea la forma más o menos desarrollada que ésta revista»([2]).

Más concretamente, reconociendo que la mayoría de países de Europa todavía no habían alcanzado el estadío de la democracia burguesa, que la independencia nacional y la unificación todavía era una cuestión central en países como Italia, Suiza y Polonia, los comunistas se comprometían a luchar junto con los partidos democráticos burgueses y los partidos de la pequeña burguesía radical, contra los vestigios del atraso feudal y el absolutismo.

La táctica se describió particularmente en detalle respecto a Alemania:
«Los comunistas fijan su principal atención en Alemania, porque Alemania se halla en vísperas de una revolución burguesa y porque llevará a cabo esta revolución bajo las condiciones más progresivas de la civilización europea en general, y con un proletariado mucho más desarrollado que el de Inglaterra en el siglo XVII y el de Francia en el siglo XVIII, y, por lo tanto, la revolución burguesa alemana no podrá ser sino el preludio inmediato de una revolución proletaria»([3]).

Así pues: la táctica era apoyar a la burguesía en la medida en que llevaba a cabo la revolución antifeudal, pero defendiendo siempre la autonomía del proletariado, sobre todo porque las expectativas eran las de «una revolución proletaria inmediatamente después». ¿Hasta qué punto confirman estos pronósticos los sucesos de 1848? ¿Qué lecciones sacaron Marx y su «partido» de los resultados de esos sucesos?.

Como hemos dicho, en 1848 Europa estaba a diferentes niveles políticos y sociales. Solamente en Gran Bretaña el capitalismo estaba completamente desarrollado y la clase obrera era la mayoría de la población. En Francia, la clase obrera había adquirido un fondo considerable de experiencia política por su participación en una serie de alzamientos revolucionarios desde 1789. Pero esta relativa madurez política estaba casi completamente restringida al proletariado parisino, e incluso en París, la producción industrial a gran escala todavía estaba en sus primeras etapas, lo que significaba que las fracciones políticas de la clase obrera (blanquistas, proudhonistas, etc.) tendían a reflejar el peso de los prejuicios y concepciones artesanales obsoletos. Por lo que concierne al resto de Europa –España, Italia, Alemania, las regiones centrales y orientales– las condiciones políticas y sociales todavía eran extremadamente atrasadas. Estas áreas estaban divididas en su mayor parte en un mosaico de pequeños reinos y no existían como naciones-Estado centralizadas. Los vestigios feudales de todo tipo pesaban mucho sobre la sociedad y las estructuras del Estado.

Así, en la mayoría de países, lo primero era completar la revolución burguesa, barrer los viejos residuos feudales, establecer naciones-Estado unificadas, instalar el régimen político de la democracia burguesa. Además habían cambiado muchas cosas desde los días de la revolución burguesa «clásica» de 1789, introduciendo una serie de complicaciones y contradicciones en la situación. Para empezar, los alzamientos revolucionarios de 1848 estuvieron provocados, no tanto por una crisis «feudal», sino por una de las grandes crisis cíclicas de juventud del capitalismo –la gran depresión de 1847, que, consecuencia de una serie de cosechas desastrosas, redujo las condiciones de vida de las masas a un nivel intolerable. En segundo lugar, quienes dirigieron los levantamientos contra el viejo orden fueron sobre todo las masas urbanas proletarias o semiproletarizadas de París, Berlín, Viena y otras ciudades. Y como había señalado el Manifiesto, el proletariado ya se había convertido en una fuerza mucho más destacada que en 1789; no sólo a nivel social, sino también a nivel político. El auge del movimiento Cartista en Gran Bretaña había confirmado esto. Pero, primero y principal, fue el gran alzamiento de Junio de 1848 en París lo que verificó la realidad del proletariado como se definía en el Manifiesto: como una fuerza política independiente irrevocablemente opuesta al gobierno del capital.

En Febrero de 1848, la clase obrera parisina había sido la principal fuerza social en las barricadas durante el alzamiento que derrocó la monarquía de Luís-Felipe e instauró la República. Pero en pocos meses, el antagonismo social entre el proletariado y la burguesía «democrática» se había hecho evidente y agudo, a medida que quedaba claro que ésta no era capaz de hacer nada para aliviar la insatisfacción económica de aquél. La resistencia del proletariado se expresaba en la reivindicación confusa de «el derecho al trabajo», cuando el gobierno cerró los talleres nacionales, que habían dado a los trabajadores un mínimo de desahogo ante el desempleo. Sin embargo, como argumentó Marx en La Lucha de clases en Francia, escrito en 1850, tras esta desafortunada consigna yacían los comienzos de un movimiento para la supresión de la propiedad privada. Ciertamente la propia burguesía era consciente del peligro; cuando los obreros parisinos levantaron las barricadas para defender los talleres nacionales, el alzamiento fue sofocado con la mayor ferocidad. «Es sabido cómo los obreros, con una valentía y una genialidad sin ejemplo, sin jefes, sin un plan común, sin medios, carentes de armas en su mayor parte, tuvieron en jaque durante cinco días al ejército, a la Guardia móvil, a la Guardia nacional de París y a la que acudió en tropel de las provincias. Y es sabido cómo la burguesía se vengó con una brutalidad inaudita del miedo mortal que había pasado, exterminando a más de 3000 prisioneros»([4]).

Este alzamiento confirmaba de hecho los peores temores de la burguesía en Europa, y su desenlace iba a tener un profundo efecto en el desarrollo posterior del movimiento revolucionario. Traumatizada por el espectro del proletariado, a la burguesía le fallaron los nervios y se encontró incapaz de llevar a cabo su propia revolución contra el orden establecido. Esto se amplificaba por factores materiales, por supuesto: en los países dominados por el absolutismo, el nerviosismo político de la burguesía también era resultado del atraso de su desarrollo económico y político. En cualquier caso, el resultado era que, más que apoyarse en las energías de las masas en su batalla contra el poder feudal, como había hecho en 1789, la burguesía se comprometía más y más con la reacción para contener la amenaza «de abajo». Este compromiso tomó varias formas. En Francia produjo la extraña anomalía del segundo Bonaparte, que subió a la recámara del poder porque los mecanismos «democráticos» de la burguesía parecía que sólo abrían la puerta a los fríos vientos del descontento social y la inestabilidad política. En Alemania, se encarnó en una burguesía particularmente tímida y falta de voluntad, cuya falta de resolución frente a la reacción absolutista Marx puso como un trapo varias veces, especialmente en el artículo publicado en La Nueva gaceta renana del 15 de Diciembre de 1848, «La burguesía y la contrarrevolución»: «La burguesía alemana se había desarrollado tan perezosamente, tan pusilánimemente, tan lentamente, que se vio amenazadoramente confrontada por el proletariado y por todos aquellos sectores de la población relacionados con el proletariado por lo que concierne a sus intereses y sus ideas, en el mismo momento de su propia confrontación amenazante con el feudalismo y el absolutismo». Esto la hizo «irrelevante contra cada uno de sus oponentes, tomados individualmente, porque siempre veía al otro enfrente de sí o por detrás; inclinada desde el comienzo a trampear con el pueblo y comprometerse con los representantes coronados de la vieja sociedad... sin fe en sí misma, sin fe en el pueblo, quejándose de los de arriba y temblando ante los de abajo... un infausto viejo condenado a conducir y estrellar los primeros impulsos de juventud de un pueblo robusto en sus propios intereses seniles –sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada– esta era la naturaleza de la burguesía prusiana que se encontró a sí misma a la cabeza del estado prusiano después de la revolución de Marzo».

Pero aunque la burguesía tuviera un «terror mortal» ante el proletariado, éste no estaba suficientemente maduro, históricamente hablando, para asumir la dirección política de las revoluciones. Ya la misma clase obrera británica, tan poderosa, se había aislado en cierta forma de los sucesos en el terreno europeo; y el Cartismo, a pesar de que existía una tendencia a la «fuerza física» en su ala izquierda, aspiraba sobre todo a encontrar un puesto para la clase obrera en la sociedad «democrática», o sea, burguesa. Ciertamente, la burguesía británica fue lo suficientemente inteligente para encontrar la forma de incorporar gradualmente la reivindicación del sufragio universal de tal modo que, lejos de constituir una amenaza para el reino político del capital, como el propio Marx había pensado, se convirtió cada vez más en uno de sus pilares. Además, en el mismo momento en que la Europa continental estaba en mitad de todos esos alzamientos, el capitalismo británico estaba ya en los albores de una nueva fase de expansión. En Francia, aunque la clase obrera había estado políticamente a la altura de las circunstancias, había sido incapaz de evitar las trampas de la burguesía, y aún menos de erigirse como portadora de un nuevo proyecto social. El levantamiento de Junio del 48 había sido provocado de cabo a rabo por la burguesía, y las aspiraciones comunistas que contenía eran más implícitas que explícitas. Como planteó Marx en La Lucha de clases en Francia («La derrota de Junio de 1848»): «El proletariado de París fue obligado por la burguesía a hacer la insurrección de Junio. Ya en esto iba implícita su condena al fracaso. Ni su necesidad directa y confesada le impulsaba a querer conseguir por la fuerza el derrocamiento de la burguesía, ni tenía aún fuerzas bastantes para imponerse esta misión. El Moniteur hubo de hacerle saber oficialmente que habían pasado los tiempos en que la república tenía que rendir honores a sus ilusiones, y fue su derrota la que le convenció de esta verdad: que hasta el más mínimo mejoramiento de su situación es, dentro de la república burguesa, una utopía; y una utopía que se convierte en crimen tan pronto como quiere transformarse en realidad...».

Así, lejos de evolucionar rápidamente a una revolución proletaria, como esperaba el Manifiesto, los movimientos de 1848 a duras penas resultaron en la conclusión por la burguesía de su propia revolución.

La intervención de la Liga de los comunistas

Las revoluciones de 1848 dieron muy temprano su bautismo de fuego a la Liga de los comunistas. Rara vez una organización comunista se ha visto recompensada, apenas tras su nacimiento, con la recompensa a veces tan incierta de verse metida en el torbellino de un gigantesco movimiento revolucionario. Marx y Engels, que habían optado por el exilio político lejos del ridículo régimen Junker, volvieron a Alemania para tomar parte en los sucesos hacia los que necesariamente los guiaban sus convicciones. Teniendo en cuenta la falta total de experiencia directa de la Liga de los comunistas en acontecimientos de tal escala, hubiera sido sorprendente que el trabajo que la organización desarrolló en esta fase –incluyendo el trabajo de sus elementos teóricos más avanzados– se viera libre de errores, a veces bastante serios. Pero la cuestión básica no es si la Liga de los comunistas cometió errores o no, sino si su intervención global fue consistente con las tareas fundamentales que ella misma se había dado en su plataforma de principios políticos y tácticas, el Manifiesto comunista.

Uno de los rasgos más sorprendentes de la intervención de la Liga de los comunistas en la revolución alemana de 1848 es su oposición al extremismo revolucionario fácil. Para la burguesía –o al menos en los órganos de propaganda– los comunistas eran el non plus ultra del fanatismo y el terrorismo, agentes feroces de la destrucción y la nivelación social forzada. El propio Marx durante este período era conocido como el «doctor del terror rojo» y era constantemente acusado de complots y maquinaciones tortuosas para asesinar a las cabezas coronadas de Europa. Sin embargo en la práctica, la actividad de el «partido de Marx» en este período es notoria por su sobriedad.

En primer lugar, durante los primeros días embriagadores de la revolución, Marx se opuso públicamente al romanticismo revolucionario de las «legiones» organizadas en Francia por expatriados revolucionarios y destinadas a exportar la revolución a Alemania a punta de bayoneta. Contra esto, Marx señaló que la revolución no era en principio una cuestión militar, sino política y social; también señaló secamente que la burguesía «democrática» francesa sólo estaba demasiado agradecida de ver a esos revolucionarios alemanes problemáticos marcharse para combatir a los tiranos feudales de Alemania -y que no había olvidado avisar a las autoridades alemanas de su llegada. En la misma onda, Marx se levantó contra un alzamiento aislado y a destiempo en Colonia en la fase de declive de la revolución, puesto que esto hubiera llevado de nuevo a las masas a los brazos abiertos de la reacción, que había tomado medidas explícitas para provocar el alzamiento.

A un nivel político más general, Marx también tuvo que combatir a esos comunistas que creían que la revolución de los obreros y el advenimiento del comunismo se planteaban a corto plazo; que desdeñaban la lucha por la democracia política burguesa y consideraban que los comunistas sólo deberían hablar de las condiciones de la clase obrera y de la necesidad del comunismo. En Colonia, donde Marx pasó la mayor parte del período revolucionario como editor del periódico radical democrático La Nueva gaceta renana, el principal defensor de esta visión era el buen Dr. Gotteschalk, que se consideraba a sí mismo un verdadero hombre del pueblo, y castigaba a Marx diciéndole que no era más que un teórico de salón, porque teorizaba tenazmente que Alemania todavía no estaba lista para el comunismo, que primero la burguesía tendría que llegar al poder y sacar a Alemania de su atraso feudal; y que consecuentemente, la tarea de los comunistas era apoyar a la burguesía «desde la izquierda», participando en el movimiento popular para garantizar que éste empuje continuamente a la burguesía hasta los límites de su oposición con el orden feudal.

En términos organizacionales prácticos, esto significaba participar en las Uniones democráticas que se crearon para, como su nombre indica, agrupar a todos los que estuvieran consistente y sinceramente luchando contra el absolutismo y por el establecimiento de estructuras políticas democráticas burguesas. Pero se puede decir que, reaccionando contra los excesos voluntaristas de aquellos que querían pasar por alto la fase democrática burguesa, Marx fue demasiado lejos en el otro sentido y olvidó algunos de los principios establecidos en el Manifiesto. En Colonia, la tendencia de Gotteschalk era la mayoría de la Liga, y para contrarrestar su influencia, Marx disolvió la Liga en un momento dado. Políticamente, la Nueva gaceta renana se pasó todo un período sin decir nada de las condiciones de los obreros, y en particular sobre la necesidad para los obreros de guardar su autonomía política frente a todas las facciones de la burguesía y la pequeña burguesía. Esto era malamente compatible con las nociones de independencia proletaria planteadas en el Manifiesto, y como veremos, Marx hizo una autocrítica a esta cuestión particular en los primeros intentos de sacar un balance de la actividad de la Liga de los comunistas en el movimiento. Pero hay un punto básico: lo que guiaba a Marx en este periodo, como a través de toda su vida, era el reconocimiento de que el comunismo tenía que ser más que una necesidad en términos de necesidad humana fundamental: también tenía que ser una posibilidad real teniendo en cuenta las condiciones objetivas alcanzadas por el desarrollo social e histórico. Este debate iba a reemerger en la Liga también en la resaca de la revolución.

Lecciones de la derrota: la necesidad de autonomía proletaria

En muchos aspectos, las contribuciones políticas más importantes de la Liga de los Comunistas, aparte por supuesto del propio Manifiesto, son los documentos escritos en el epílogo de los movimientos de 1848; el balance que sacó la propia organización de su participación en las revueltas. Esto es cierto incluso aunque los debates que esos documentos expresaban o provocaban iban a llevar a una escisión fundamental y a la disolución de la organización.

En la circular del comité central de la Liga de los comunistas, publicada en Marzo de 1850, hay una crítica -de hecho una autocrítica, puesto que fue el propio Marx quien escribió el texto- de las actividades de la Liga en los sucesos revolucionarios. Mientras que el documento afirma sin duda que los pronósticos políticos generales de la Liga se han confirmado ampliamente por los sucesos, y mientras que sus miembros han sido siempre los combatientes más determinados de la causa revolucionaria, el debilitamiento organizacional de la Liga –en efecto, su disolución durante los primeros estadios de la revolución en Alemania– había expuesto gravemente a la clase obrera a la dominación política de los demócratas pequeñoburgueses: «... la primitiva y sólida organización de la Liga se ha debilitado considerablemente. Gran parte de sus miembros –los que participaron directamente en el movimiento revolucionario– creían que ya había pasado la época de las sociedades secretas y que bastaba con la sola actividad pública. Algunos círculos y comunidades (las unidades básicas de la organización de la Liga) han ido debilitando sus conexiones con el Comité central y terminaron por romperlas poco a poco. Así pues, mientras el partido democrático, el partido de la pequeña burguesía, fortalecía su organización en Alemania, el partido obrero perdía su única base firme, a lo sumo conservaba su organización en algunas localidades, para fines puramente locales, y por eso, en el movimiento general, cayó por entero bajo la influencia y la dirección de los demócratas pequeñoburgueses. Hay que acabar con tal estado de cosas, hay que restablecer la independencia de los obreros»([5]). Y no hay duda de que el elemento más importante en este texto es aclarar la necesidad de luchar por la más completa independencia política y organizacional de la clase obrera, incluso durante revoluciones dirigidas por otras clases sociales.

Esto era una necesidad por dos razones.
Primero de todo si, como en Alemania, la burguesía se mostraba incapaz de cumplir sus propias tareas revolucionarias, el proletariado necesitaba actuar y organizarse independientemente para empujar hacia la revolución a pesar de las resistencias y el conservadurismo de la burguesía: aquí el modelo era hasta cierto punto la primera Comuna de París, la de 1793, cuando las masas populares se habían organizado en asambleas locales o secciones, centralizadas a nivel de ciudad en la Comuna, para empujar a la burguesía Jacobina a continuar el ímpetu de la revolución.
Al mismo tiempo, incluso si los elementos democráticos más radicales llegaran al poder, se verían obligados por la lógica de su posición a dar de lado a los obreros y someterlos al orden y la disciplina burguesa, tan pronto como se convirtieran en los nuevos timoneles del estado. Esto había sido cierto durante y después de 1793, cuando la burguesía empezó a descubrir más y más «enemigos a la izquierda»; se había demostrado con sangre en los sucesos de Junio de 1848 en París; y en opinión de Marx, sucedería de nuevo con el nuevo asalto de la revolución en Alemania. Marx predijo que, después de la caída de la burguesía liberal por su incapacidad para confrontar el poder absolutista, los demócratas pequeñoburgueses tendrían que acceder al liderazgo del próximo gobierno revolucionario, pero que también ellos intentarían en el acto desarmar y atacar a la clase obrera. Y que por esta misma razón, el proletariado sólo podría defenderse de tales ataques manteniendo su independencia de clase. Esta independencia tenía tres dimensiones:
• La existencia y acción de una organización comunista como la fracción política más avanzada de la clase:
«En los momentos presentes, cuando la pequeña burguesía democrática es oprimida en todas partes, ésta exhorta en general al proletariado a la unión y a la reconciliación, le tiende la mano y trata de crear un gran partido de oposición que abarque todas las tendencias del partido democrático, es decir, trata de arrastrar al proletariado a una organización de partido donde han de predominar las frases socialdemócratas de tipo general, tras las que se ocultarán los intereses particulares de la democracia pequeñoburguesa, y en la que las reivindicaciones especiales del proletariado han de mantenerse reservadas en aras de la tan deseada paz. Semejante unión sería hecha en exclusivo beneficio de la pequeña burguesía democrática y en indudable perjuicio del proletariado. Este habría perdido la posición independiente que conquistó a costa de tantos esfuerzos y habría caído una vez más en la situación de simple apéndice de la democracia burguesa oficial. Tal unión debe ser, por tanto, resueltamente rechazada. En vez de descender una vez más al papel de coro destinado a jalear a los demócratas burgueses, los obreros, y ante todo la Liga, deben procurar establecer junto a los demócratas oficiales una organización independiente del partido obrero, a la vez legal y secreta, y hacer de cada comunidad el centro y núcleo de sociedades obreras, en las que la actitud y los intereses del proletariado puedan discutirse independientemente de las influencias burguesas»([6]).
• El mantenimiento de reivindicaciones autónomas de clase, respaldadas por organizaciones unitarias de la clase, órganos que reagrupen a todos los trabajadores como obreros: «Durante la lucha y después de ella los obreros deben aprovechar todas las oportunidades para presentar sus propias demandas al lado de las demandas de los demócratas burgueses. Deben exigir garantías para los obreros tan pronto como los demócratas burgueses se dispongan a tomar el poder. Si fuere preciso, estas garantías deben ser arrancadas por la fuerza. En general, es preciso procurar que los nuevos gobernantes se obliguen a las mayores concesiones y promesas; es el medio más seguro de comprometerles. Los obreros deben contener por lo general y en la medida de lo posible el entusiasmo provocado por la nueva situación y la embriaguez del triunfo que sigue a toda lucha callejera victoriosa, oponiendo a todo esto una apreciación fría y serena de los acontecimientos y manifestando abiertamente su desconfianza hacia el nuevo gobierno. Al lado de los nuevos gobiernos oficiales, los obreros deberán constituir inmediatamente gobiernos obreros revolucionarios, ya sea en forma de comités o consejos municipales, ya en forma de clubes obreros o de comités obreros, de tal manera que los gobiernos democrático-burgueses no sólo pierdan inmediatamente el apoyo de los obreros, sino que se vean desde el primer momento vigilados y amenazados por autoridades tras las cuales se halla la masa entera de los obreros. En una palabra, desde el primer momento de la victoria es preciso encauzar la desconfianza no ya contra el partido reaccionario derrotado, sino contra los antiguos aliados, contra el partido que quiera explotar la victoria común en su exclusivo beneficio»([7]).
• Estos órganos tienen que ser armados; en ningún momento el proletariado tiene que ser seducido para capitular sus armas ante el gobierno oficial: «Pero para poder oponerse enérgica y amenazadoramente a este partido, cuya traición a los obreros comenzará desde los primeros momentos de la victoria, éstos deben estar armados y tener su organización. Se procederá inmediatamente a armar a todo el proletariado con fusiles, carabinas, cañones y municiones; es preciso oponerse al resurgimiento de la vieja Milicia burguesa dirigida contra los obreros. Donde no puedan ser tomadas estas medidas, los obreros deben tratar de organizarse independientemente como Guardia proletaria, con jefes y un Estado mayor central elegidos por ellos mismos, y ponerse a las órdenes, no del gobierno, sino de los Consejos municipales revolucionarios creados por los mismos obreros. Donde los obreros trabajen en empresas del Estado, deberán procurar su armamento y organización en cuerpos especiales con mandos elegidos por ellos mismos o bien como unidades que formen parte de la Guardia proletaria. Bajo ningún pretexto entregarán sus armas ni municiones; todo intento de desarme será rechazado en caso de necesidad, por la fuerza de las armas»([8]).

Estas conclusiones, estas definiciones de lo que implica prácticamente la independencia de clase en una situación revolucionaria, son importantes, no tanto como una prescripción inmediata para un tipo de revolución que ya no estaba en el orden del día, sino como anticipaciones históricas del futuro fácilmente reconocibles –de los conflictos revolucionarios de 1871, 1905 y 1917, cuando la clase obrera iba a formar sus propios órganos de combate político y a presentarse como un candidato viable al poder. Aquí, en la circular de la Liga, está la noción completa del doble poder, una situación social en la que la clase obrera empieza a ganar tal grado de autonomía política y organizacional que plantea una amenaza directa a la gestión burguesa de la sociedad; y más allá de la situación inherentemente inestable del doble poder, la noción de la dictadura del proletariado, la toma y el ejercicio del poder político por la clase obrera organizada. En el texto de la Liga, es evidente que las formas embrionarias de este poder proletario surgen fuera y en oposición a los órganos oficiales del estado burgués. Son (Marx se refiere específicamente aquí a los clubes obreros) «una unión del conjunto de la clase obrera contra el conjunto de la clase burguesa –la formación de un Estado obrero contra el Estado burgués»([9]). Consecuentemente estas líneas ya contienen la simiente de la posición de que la toma del poder por la clase obrera implica, no la toma del aparato de Estado existente, sino su violenta destrucción por los propios órganos de poder de los obreros. Sólo las simientes, porque esta posición no había sido clarificada en absoluto por experiencias históricas decisivas: aunque El 18 Brumario de Luís-Bonaparte hace una referencia explícita, de pasada, a la necesidad de destruir el Estado mas que tomar su control («todas las revoluciones políticas perfeccionaron esta máquina en lugar de destruirla»), durante el mismo período, Marx todavía estaba convencido de que los obreros podrían llegar al poder en algunos países (por ejemplo Gran Bretaña) por el sufragio universal. El asunto se trataba más respecto a las condiciones nacionales particulares que como un problema general de principios.

Esta cuestión no se aclaró finalmente hasta que el movimiento histórico real del proletariado intervino decisivamente en la discusión: la Comuna de París sentenció. Pero ya podemos ver la continuidad entre las conclusiones que se habían trazado y la Comuna –que el poder político proletario requiere la aparición de una nueva red de órganos de clase, un «Estado» revolucionario centralizado que no puede convivir con la máquina estatal existente. La visión «profética» de Marx es aquí evidente; pero esas predicciones no son meras especulaciones. Están sólidamente basadas en la realidad de la experiencia pasada: la experiencia de la primera Comuna de París, de los clubes revolucionarios y las secciones de 1789-95, y sobre todo de los días de Junio de 1848 en Francia, cuando el proletariado se armó y se erigió como una fuerza social distinta, pero fue aplastado porque estaba insuficientemente armado políticamente. Aparte de todas las limitaciones históricas en las cuales se escribieron los textos de la Liga, las lecciones que contienen sobre la necesidad de la acción y organización independientes de la clase obrera siguen siendo esenciales; sin ellas, la clase obrera nunca llegará al poder y el comunismo no será realmente más que un sueño.

La «revolución permanente»: permanentemente irrealizada

Sin embargo, no podemos ignorar el hecho de que esos llamamientos a la autonomía proletaria estaban enmarcados en una perspectiva histórica particular –la de la «revolución permanente».

El Manifiesto había previsto una transición rápida de la revolución burguesa a la revolución proletaria en Alemania. Como hemos visto, la experiencia de 1848 había convencido a Marx y su tendencia de que la burguesía alemana era congénitamente incapaz de hacer su propia revolución; de que en el próximo estallido revolucionario, que la circular de 1850 de Marx todavía consideraba una perspectiva a corto plazo, los demócratas pequeño-burgueses, los «socialdemócratas», como se les llamaba entonces a veces, llegarían al poder. Pero este estrato social también se mostraría incapaz de llevar a cabo una destrucción completa de las relaciones feudales, y en cualquier caso se vería forzado a atacar y desarmar al proletariado en cuanto hubiera asumido los oficios del gobierno. La tarea de realizar la revolución burguesa, pues, correspondería al proletariado, pero al realizarla, éste último se vería forzado a plantear su propia revolución comunista.

El propio Marx reconocería poco después, como veremos, que este esquema era inaplicable a las condiciones muy atrasadas de Alemania; cuando se dio cuenta de que el capitalismo europeo aún estaba, con mucho, en su fase ascendente. Esto también puede ser reconocido por comentaristas e historiadores izquierdistas. Pero de acuerdo con estos últimos, «la táctica de la revolución permanente, aunque era inaplicable en la Alemania de 1850, queda como un valioso legado político para el movimiento obrero. Trotski la propuso para Rusia en 1905, aunque Lenin todavía consideraba prematuro intentar convertir la revolución democrático-burguesa en una revolución proletaria. En 1917, sin embargo, en el contexto de la crisis que recorría toda Europa por la Guerra mundial, Lenin y el partido bolchevique fueron capaces de aplicar con éxito la táctica de la revolución permanente, conduciendo la revolución rusa de ese año del derrocamiento del zarismo al derrocamiento del propio capital»([10]).

En realidad, toda la noción de revolución permanente se basaba en un acertijo irresoluble: la idea de que mientras la revolución proletaria era posible en algunos países, otras partes del mundo todavía tenían (o tienen) tareas burguesas inacabadas, o estadios que recorrer. Este era un problema genuino para Marx, pero fue trascendido por la propia evolución histórica, que demostró que el capitalismo sólo podía poner las condiciones de la revolución proletaria a escala mundial. El capitalismo entraba en su fase de decadencia, su «época de guerras y revoluciones», como un único sistema internacional, con el estallido de la Iª Guerra mundial. La tarea que afrontaba el proletariado ruso en 1917 no era completar ningún estadio burgués, sino la toma del poder político como el primer paso de la revolución proletaria mundial. Contrariamente a las apariencias, Febrero de 1917 no fue una «revolución burguesa», o la ascensión al poder de algunos estratos intermedios sociales. Febrero de 1917 fue una revuelta proletaria, que todas las fuerzas de la burguesía hicieron todo lo que pudieron por que descarrilara y por destruirla; lo que probó, muy rápidamente, es que todas las fracciones de la burguesía, lejos de ser «revolucionarias», estaban totalmente ligadas a la guerra imperialista y a la contra-revolución, y que la pequeña burguesía y otros estratos intermedios, no tenían ningún programa político o social autónomo propio, sino que estaban condenados a seguir una u otra de las dos clases históricas de la sociedad.

Cuando Lenin escribió las Tesis de Abril, en 1917, liquidó todas las nociones pasadas de moda sobre la posibilidad de un estadio a mitad camino entre la revolución burguesa y la proletaria, todos los vestigios de concepciones puramente nacionales del cambio revolucionario. Las Tesis efectivamente despachaban con el concepto ambiguo de revolución permanente y afirmaban que la revolución de la clase obrera es comunista e internacional, o no es nada.

La clarificación de la perspectiva comunista: el concepto de decadencia capitalista

Las clarificaciones más importantes sobre la perspectiva del comunismo vinieron a través del debate que estalló en la Liga no mucho después de la publicación de su primera circular posrevolucionaria. Pronto quedó claro para Marx y los que estaban políticamente de acuerdo con él, que la contra-revolución había triunfado en toda Europa, y que no había ningún proyecto de una inminente lucha revolucionaria. Lo que le convenció más que nada de esto, no fueron simplemente las victorias políticas y militares de la reacción, sino su reconocimiento, basado en una concienzuda investigación económica en sus nuevas condiciones de exilio en Gran Bretaña, de que el capitalismo estaba entrando en un nuevo periodo de crecimiento. Como escribió en La Lucha de clases en Francia:
«Bajo esta prosperidad general, en que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desenvuelven todo lo exuberantemente que pueden desenvolverse dentro de las condiciones burguesas, no puede ni hablarse de una verdadera revolución. Semejante revolución sólo puede darse en aquellos periodos en que estos dos factores, las modernas fuerzas productivas y las formas burguesas de producción incurren en mutua contradicción. Las distintas querellas a que ahora se dejan ir y en que se comprometen recíprocamente los representantes de las distintas fracciones del partido continental del orden no dan, ni mucho menos, pie para nuevas revoluciones; por el contrario, son posibles sólo porque la base de las relaciones sociales es, por el momento, tan segura y –cosa que la reacción ignora– tan burguesa. Contra ella rebotarán todos los intentos de la reacción por contener el desarrollo burgués, así como toda la indignación moral y todas las proclamas entusiastas de los demócratas. Una nueva revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es también tan segura como ésta»([11]).

Consecuentemente, la tarea que enfrentaba la Liga no era la preparación inmediata para una revolución, sino sobre todo escrutar teóricamente la situación histórica objetiva, el destino real del capital, y así, las bases reales para una revolución comunista.

Esta perspectiva se encontró con la fiera oposición de los elementos más inmediatistas del partido, la tendencia Willich-Schapper que, en la fatídica reunión del Comité central de la Liga de Septiembre de 1850, defendían que la polémica estaba entre aquellos «que se organizan en el proletariado» (es decir, ellos mismos, los verdaderos comunistas obreros) y «aquellos cuya influencia deriva de sus plumas» (es decir, Marx y sus teóricos de salón). La verdadera cuestión la planteó Marx en su respuesta:
«Durante nuestro último debate en particular, sobre “la posición del proletariado alemán en la próxima revolución”, miembros de la minoría del Comité central expresaron ideas que contradicen abiertamente nuestra segunda circular hasta ahora, e incluso el Manifiesto. Un punto de vista nacional alemán ha reemplazado la concepción universal del Manifiesto, lisonjeando los sentimientos nacionales de los artesanos alemanes. Se destacaba como el principal factor de la revolución el deseo, más que las condiciones actuales. Nosotros decimos a los trabajadores: si queréis cambiar las condiciones y haceros capaces de gobernar, tendrán que pasar quince, veinte o cincuenta años de guerra civil. Ahora se les dice: tenéis que tomar el poder inmediatamente, o bien podéis iros a dormir»([12]).

Este debate ocasionó la disolución efectiva de la Liga. Marx propuso que su cuartel general se trasladara a Colonia y que las dos tendencias trabajaran en secciones locales separadas. La organización continuó existiendo hasta después del famoso Proceso de Colonia en 1852, pero cada vez con una existencia más formal. Los seguidores de Willich-Schapper se vieron implicados crecientemente en complots mentecatos y conspiraciones para desencadenar la tormenta proletaria. Marx, Engels y otros pocos se retiraron más y más de las actividades de la organización (excepto cuando salieron en defensa de sus camaradas en prisión en Colonia) y se dedicaron a la principal tarea del momento –elaborar una comprensión más profunda de las fuerzas y debilidades del modo capitalista de producción.

Esta fue la primera demostración clara del hecho de que un partido proletario no podía existir como tal en un período de reacción y derrota; de que en tales periodos los revolucionarios sólo pueden trabajar como una fracción. Pero la inexistencia de una fracción organizada en torno a Marx y Engels en el período siguiente no era un signo de fuerza; expresaba la inmadurez del movimiento político proletario, del concepto mismo de partido([13]).

Sin embargo, el debate con la tendencia Willich-Schapper nos ha dejado un legado perdurable: la clara afirmación por la «tendencia Marx» de que la revolución sólo podía venir cuando las «modernas fuerzas de producción “hubieran entrado en conflicto con” las formas burguesas de producción»; cuando el capitalismo se hubiera convertido en una traba para el desarrollo de las fuerzas productivas, en un sistema social decadente. Esta era la respuesta esencial a todos aquellos que, separándola de sus condiciones objetivas históricas, reducían la revolución comunista a una simple cuestión de deseo. Y es una respuesta que ha tenido que repetirse una y otra vez de nuevo en el movimiento obrero: contra los bakuninistas en la Iª Internacional, que mostraban la misma falta de interés por la cuestión de las condiciones materiales, y hacían depender la revolución del instinto y el entusiasmo de las masas (y de su autoproclamada vanguardia secreta); o contra los descendientes de Bakunin en estos tiempos en el medio político proletario actual –grupos como el Groupe communiste internationaliste (GCI), y Wildcat, que, empezando por rechazar la concepción marxista de la decadencia del capitalismo, terminan rechazando todas las nociones de progreso histórico y defienden que el comunismo ha sido posible desde los comienzos del capitalismo, o incluso desde los albores de la sociedad de clases.

Es cierto que el debate en 1850 no aclaró finalmente esta cuestión de la decadencia; de las palabras de Marx sobre «la próxima revolución que surgiría de la próxima crisis», se podría concluir que Marx veía la posibilidad de que emergiera la revolución proletaria, no tanto de un período en que las relaciones burguesas de producción se han convertido en una traba permanente para las fuerzas productivas, sino de una de las crisis cíclicas que temporalmente marcaban la vida del capitalismo en el siglo XIX. Algunas corrientes dentro del movimiento proletario –en particular los bordiguistas– han intentado ser consistentes con las críticas de Marx al voluntarismo mientras rechazan la noción de una crisis permanente del modo de producción capitalista, la noción de decadencia. Pero aunque el concepto de decadencia no pudiera clarificarse completamente hasta que el capitalismo no entró realmente en su fase decadente, sostenemos que quienes sostienen este concepto son los verdaderos herederos del método de Marx. Este será uno de los elementos que examinaremos en el próximo artículo, cuando consideremos el trabajo teórico de Marx en la década que siguió a la disolución de la Liga desde el ángulo que más importa en esta serie: como una clave para entender la necesidad y la posibilidad del comunismo.

CDW

[1] E.J. Hobsbawn, The Age of Revolution 1789-48.

[2] Marx-Engels, Obras escogidas, Akal 1975.

[3] Ídem.

[4] Las Luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, Marx-Engels.

[5] «Mensaje del Comité central a la Liga de los comunistas», ídem.

[6] Ídem.

[7] Ídem.

[8] Ídem.

[9] «Las luchas de clases en Francia», op. cit.

[10] David Fernbach, Introduction to The Revolutions of 1848, Penguin Marx Library, 1973.

[11] IV, «La abolición del sufragio universal en 1850», op. cit.

[12] «Minutes of the CC meeting», in The Revolutions of 1848.

[13] Ver la serie «La relación Fracción-Partido en la tradición marxista», Revista internacional nos 59, 61, 64, 65, en particular «de Marx a la IIª Internacional», Revista internacional nº 64.