La función de los trotskistas actuales

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Treinta años después del congreso de fundación de la IV Internacional, los grupos políticos que perpetuaban la tradición trotskista vegetaban a la sombra de los partidos comunistas estalinistas y a veces aún, algunos, en su seno. Desde finales de los años 60, sin embargo, esos grupos han visto reforzadas sus filas y su importancia en el seno del aparato político del capital. Pero este cambio notable no puede explicarse por una transformación de sus posiciones políticas. Lo que se constata en efecto es más la persistencia de los errores de Trotski llevados hasta el absurdo, es decir, la defensa de los intereses burgueses. Los grupos trotskistas de hoy son todos continuadores de la política contrarrevolucionaria de los trotskistas durante la 2ª guerra mundial y defensores del famoso “Programa de Transición” cualesquiera que sean por otra parte las diferencias de interpretación que cada uno de esos grupos, pueda hacer. Que se juzgue:

Garantía de  izquierda y banderines de enganche de los sindicatos

El programa de transición avanzaba como principio fundamental que los militantes de la IV Internacional deberían participar en los sindicatos. El resultado ha sido que en todas partes los trotskistas se han vuelto fieles guardianes del encuadramiento de las máquinas sindicales. Cierto, ellos critican las eternas “traiciones” de las “direcciones burocráticas” pero se cuidan bien, y con razón, de ayudar a la clase obrera a luchar contra los sindicatos. Para los trotskistas, se trata de cuidar la “forma” sindical, el “contenido” del sindicalismo y solamente eliminar algunos puñados de malos “burócratas”, como si estos últimos no fueran el puro producto de la forma y el contenido del sindicalismo en la fase de decadencia del capitalismo. De hecho para los trotskistas se trata de competir con los burócratas colocados en su mismo terreno, y cuando llegan, a fuerza de maniobras, a ocupar un puesto de mando sindical, los trotskistas se revelan como perfectos dobles de los estalinistas o los socialdemócratas.

Así, cuando la clase obrera ha abandonado la vía sindical, los trotskistas intentan dar una apariencia de vida proletaria a estos verdaderos órganos de policía en las empresas que son los sindicatos. Empotrados en los engranajes de los sindicatos, los trotskistas forman parte de los que preparan las derrotas de las luchas obreras, su sabotaje y su desviación. Militantes de base siempre, delegados sindicales frecuentemente, jefes sindicales a veces, participan en el conjunto de campañas de mistificación organizadas por los diferentes sindicatos y mantienen todas las ilusiones que subsisten en el seno de la clase obrera (reformismo, corporativismo, usinismo, chovinismo, legalismo, etc. ...)

Cuando en las luchas los obreros se enfrentan a los sindicatos, los trotskistas proponen la conciliación con los sindicatos, intentan hacer regresar a las filas sindicales a quienes las abandonan sobre bases ilusorias del tipo: volvamos a los sindicatos para luchar contra las direcciones “traidoras”, lo que desorienta aún más a los obreros ... Ciertos trotskistas llegan a proponer la adhesión a dos sindicatos al mismo tiempo para favorecer la unidad sindical fraudulentamente asimilada a la unidad obrera. En claro se trata para los trotskistas, con múltiples métodos tan sórdidos los unos como los otros, de demandar a los obreros hacer presión para que los que quienes “los traicionan” se unan y se vuelvan más “democráticos” (es decir, otorguen más puestos a los trotskistas y perviertan aún más obreros combativos). En todos los casos el papel de los trotskistas contribuye siempre a mejorar y afirmar el encuadramiento sindical.

Cuando en las luchas surgen comités de huelga, los trotskistas, que tienen la cara dura de presentarse como partidarios de verdaderos órganos unitarios de la clase obrera, son evidentemente los primeros en exigir que los sindicatos puedan continuar expresándose y ser representados. Cada vez, en nombre de la solidaridad y de la unidad obrera y de la extensión de la lucha, demandan o más bien imploran el apoyo de los sindicatos, permitiéndoles así retomar en sus manos el movimiento gracias a su aparato burocrático, de retomar el control de más luchas “salvajes” a fin de poderlas quebrantar.

De hecho, garantía de izquierda y banderines de enganche de los sindicatos, los trotskistas (tal como los otros izquierdistas por lo demás) participan activamente en el desarme de la clase enmascarando la naturaleza y la función real de tales órganos anti proletarios.

Cómplices de las masacres del proletariado

El Programa de Transición preconizaba, mediante la consigna de “frente único obrero” y el de “gobierno obrero y campesino” la lucha por la unión de los partidos que se reclamaban de la clase obrera y aún del campesinado ... más de treinta años después, continúan presentando a los partidos socialdemócratas y estalinistas como partidos “obreros” que tenían la simple falla de ser “reformistas” (cuando la base material del reformismo ha desaparecido desde el inicio del siglo con la entrada del capitalismo en su decadencia), los trotskistas llaman a la unidad de estos últimos e invitan a los trabajadores a llevarlos al poder. Es decir a llevar al poder (ahí donde no están) a los masacradores de los obreros y revolucionarios alemanes en los años 20 o de proletarios rusos o españoles, a los proveedores de carne de cañón de las dos últimas carnicerías mundiales y de todos los enfrentamientos imperialistas después. Cierto, ellos “critican” la política llevada por estos partidos, les piden una y otra vez que “rompan con la burguesía” (!!!), lo que es el colmo del cinismo: cada vez que el Estado capitalista ha tenido necesidad de los partidos de izquierda, para reprimir a la clase obrera, para enrolarla en la guerra, para reconstruir y gestionar la economía nacional, para asegurar el buen funcionamiento de los poderes públicos, de los servicios “sociales”, han respondido y continúan respondiendo “presentes” ... Su demanda de “romper con la burguesía”, es su demanda de cambiar de naturaleza, de mandar al capital que se haga el hara-kiri, demandar a un tanque transformarse en ambulancia. Semejante política, criminal y absurda, conduce a:

- reforzar las ilusiones de los obreros sobre la naturaleza de esos partidos que no tienen de obrero más que la sangre de los proletarios que han hecho derramar;

- hacer volver al regazo de la izquierda, mediante una critica pseudo-radical, a los elementos que se desatan;

- preparar la masacre de la clase obrera a manos de estos mismos partidos de izquierda.

Piezas de repuesto del aparato de Estado

El Programa de Transición afirmaba la necesidad de participar en las elecciones y el parlamento. Desde la posguerra de 1945-continuidad obliga- los trotskistas no han faltado en una sola de las elecciones que acompasan la vida política de la burguesía decadente. Desde finales de los años 60, en Francia por ejemplo, los trotskistas han apostado a fondo en este tipo de intervención.

Empiezan por recordar –a veces, no siempre- que el terreno electoral no es verdaderamente el terreno de lucha para la clase obrera, pero después de estas referencias esmeradas a los principios revolucionarios, sacan la mejor justificación para la participación en el circo electoral burgués destinado a desviar y mistificar la conciencia de la clase obrera. Los pretextos invocados son de lo más “realista”: “Los obreros no comprenderían que en tales circunstancias, los revolucionarios no tuvieran nada que decir”, “es la ocasión, el momento en que toda la atención de los obreros se halla orientada sobre las elecciones, de hacer una agitación revolucionaria, de utilizar las tribunas que nos ofrece la burguesía”. Lo que quiere decir en claro: “los obreros se hallan mistificados, atomizados, conservan ilusiones sobre las elecciones, entonces participamos en el mantenimiento de esta situación de mistificación.”

En cuanto a la agitación “revolucionaria” de los trotskistas, se resume a apoyar de palabra “las justas luchas de los trabajadores” (lo que cualquier cura de izquierda puede hacer), a “exigir” a los partidos “obreros” que defiendan verdaderamente los intereses de los trabajadores y rompan, por supuesto, con la burguesía, a “denunciar a la derecha” en un lenguaje más radical que el de la izquierda misma, de vez en cuando, alguna referencia a los consejos obreros o a la violencia de clase. Todo ello se reserva, por lo demás, para el inicio de la campaña, o para la primera vuelta de las elecciones (según el sistema electoral)... Después de lo cual, bien entendido, fieles a su verdadera naturaleza de “apoyo crítico” de la izquierda del capital, llaman comúnmente a votar por ésta última con el fin, dicen ellos, de “no contrariar” el nivel de “conciencia” de la clase obrera que ellos confunden cínicamente con las ilusiones de los obreros. Como lo decía el grupo trotskista “Lutte Ouvriere”, “ninguna de nuestras voces debe faltarle” ... para poder asumir su función de defensor del capital nacional al más alto nivel del aparato de Estado. Nuevamente, la función de los trotskistas e izquierdistas en general, es hacer volver al terreno electoral y democrático a los obreros que se alejan y ello con toda una fraseología pseudo-revolucionaria que sirve finalmente para enganchar a los obreros en el regazo de la izquierda y especialmente a los que empiezan a perder las ilusiones en ella. Por otra parte hay que recordar que ahí donde los trotskistas han alcanzado un cierto peso electoral, la clase obrera lo ha pagado caro (Ceilán, Bolivia, ...)

Defensa «radical»del capitalismo de Estado

El Programa de Transición destacaba una serie de reivindicaciones económicas llamadas “transitorias” en la medida en que, supuestamente, respondían a las necesidades objetivas de las masas. Aunque fueran integrables por el capitalismo, debían permitir, si la clase obrera luchaba por hacerlas cumplir, una dinámica de lucha de clase en la que los trotskistas aparecerían como los dirigentes “naturales” del proletariado y le conducirían a la revolución. La lógica de las reivindicaciones “transitorias” consistía en dar una naturaleza intrínsecamente revolucionaria a ciertas exigencias económicas formuladas de antemano por los expertos “en revolución” que se suponían los trotskistas.

Treinta años después, esta problemática ha tomado toda su significación contrarrevolucionaria... Actualmente las reivindicaciones salariales “radicales”, la escala móvil de salarios, el reparto de las horas de trabajo, las nacionalizaciones sin indemnización y bajo “control obrero” de las empresas en quiebra, bancos, monopolios, etc., en breve, todo el fárrago reivindicativo que los trotskistas destacan no sirve más que para embaucar e ilusionar a los trabajadores ya sea mediante un relanzamiento del papel de los sindicatos, o bien mediante las mistificaciones “autogestionarias” como el “control obrero”: en lo que concierne a las reivindicaciones saláriales, los trotskistas se contentan con sobrepujar en relación a las reivindicaciones oficiales de la izquierda añadiendo algún porcentaje. La escala móvil de salarios es una medida utópica que no haría más que mantener el nivel de explotación de la clase obrera alcanzado en el momento de su aplicación, e implicaría por lo demás un reforzamiento del peso de los sindicatos encargados evidentemente de “controlar” la aplicación de esta escala móvil. La repartición de las horas entre todos los trabajadores es una propuesta de racionalización de la explotación capitalista que implica la permanencia del trabajo asalariado, el carácter semi-utópico de esta propuesta no debe ocultar su contenido demagógico y reaccionario. En cuanto a las nacionalizaciones, son perfectamente integrables por el capitalismo y desde que son aplicadas a gran escala, ni han mejorado la suerte de la clase obrera, ni facilitado su lucha. En cuanto al “control obrero”, no es más que una forma entre otras de las mistificaciones sacadas por la burguesía para hacer participar a la clase obrera en la gestión de su propia explotación bajo el control del Estado burgués. Se puede juzgar el carácter “revolucionario” de tales reivindicaciones.

Mediante este sistema de reivindicaciones tan elaborado y que varia además según los diferentes grupos trotskistas que, no dejan de pelearse acerca de lo oportuno de tal o cual reivindicación precisa, contribuyen en varios niveles a debilitar y desviar las luchas obreras:

- Refuerzan las ilusiones de los obreros respecto a la posibilidad de obtener mejoras durables en sus condiciones de vida y de trabajo en el capitalismo decadente.

- Participan en el encerramiento de las luchas obreras en el marco económico del capital, en el taller, la fábrica, en la rama o la corporación, y en la nación.

- Actúan como partidarios de las medidas de capitalismo de Estado en el seno de la clase obrera haciendo pasar estas medidas como jalones hacia el “socialismo”. Igual que los otros partidos de izquierda se sitúan por tanto en el terreno del mantenimiento del capitalismo decadente.

- Mantienen, con su hábil separación entre lucha económica y lucha política de la clase obrera, la dificultad para la clase obrera de tomar conciencia de su fuerza, de su papel histórico, del contenido revolucionario de sus luchas reivindicativas.

- Retardan por lo tanto el surgimiento de la revolución proletaria esperando encerrar a la clase obrera en una simple visión “sindicalista” de su lucha.

Por otra parte, los trotskistas continúan sosteniendo que en la URSS la economía tiene algo de “socialista”[1], que el Estado refleja relaciones de producción que la clase obrera debería conservar (dado que las habría instaurado en 1917!!), así que el proletariado ruso no debería: ni destruir al Estado que le oprime, ni transformar radicalmente el sistema económico en el cual es explotado ferozmente. Así, cuando los obreros rusos, como los del mundo entero, luchan contra la explotación furiosa que sufren, se enfrentan violentamente a los sindicatos, a la policía del Estado, al ejército “rojo”, atacan al “Partido Comunista” en el poder, es decir al Estado capitalista garante de su explotación y miseria, los trotskistas preconizan la lucha por un simple cambio de equipo en el seno de los engranajes del aparato de Estado, la lucha por remplazar a los “malos” burócratas por los “buenos.” ... Son los defensores más perniciosos del capitalismo de Estado que proponen a los obreros “democratizar”.

Apóstoles del imperialismo

El Programa de Transición preconizaba la “defensa incondicional de la URSS” en caso de guerra y destacaba por otro lado la consigna de independencia nacional para los países atrasados sometidos al imperialismo.

Fieles a la letra de tales orientaciones, a pesar de sus desacuerdos sobre la manera de concretizarlas actualmente, los trotskistas en su conjunto no han dejado, desde el fin de la segunda guerra mundial, una sola ocasión de apoyar al bloque imperialista ruso contra el bloque imperialista americano.

Detrás de un lenguaje antimperialista demagógico, han militado para que el imperialismo americano abandone su empresa en las regiones y los países del globo que constituyen el reto de la rivalidad entre los dos grandes bloques, es decir para que deje el lugar al imperialismo ruso.

Bajo pretexto de “luchar por la independencia nacional” -es decir por el derecho de cada burguesía de poder explotar sin compartirlo a “su” propia clase obrera en el marco “de las fronteras nacionales de su Estado” los trotskistas han llamado a los obreros de los países del “tercer mundo” a enrolarse y morir detrás de la fracción de la burguesía nacional “más progresista”, “menos reaccionaria” o “más revolucionaria” que se revelará de hecho ser la más “prorusa”.

De hecho los trotskistas han luchado para que los trabajadores del mundo entero apoyen esas “luchas de liberación nacional” abriendo aún más la fosa entre los proletarios de cada país, haciéndolos asesinarse entre ellos, desviándolos de su verdadero enemigo: la burguesía mundial, cada burguesía nacional, cada imperialismo.

Así pues, como se ha visto, la actividad de los grupos trotskistas desde finales de los años 60 se inscribe completamente en la línea de la degeneración de los años 30 y de su pasaje al campo burgués durante la segunda guerra mundial. El crecimiento relativo de los grupos trotskistas estos último años se explica, a la luz de los cambios acaecidos en la vida del capitalismo hacia finales de los años 60 y su entrada en una nueva fase de crisis económica, con el resurgimiento de las luchas del proletariado mundial. Es a la luz de los problemas y necesidades que se imponen al capital que se puede comprender el reforzamiento del lugar de los trotskistas.

LL

(Revolution Internationale N° 26, 27, 28 y 29: 1976)


[1] El artículo se escribió en 1976, mucho antes de la caída de los regímenes estalinistas en 1989