Presentación a la edición en francés de 1990

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Los acontecimientos que agitan en la hora actual a los países llamados “socialistas”, la desaparición de hecho del bloque ruso, la quiebra patente y definitiva del estalinismo en el plano económico, político e ideológico, constituyen los hechos históricos más importantes desde la segunda guerra mundial junto con el resurgimiento internacional del proletariado al final de los años 60.

Un acontecimiento de tal amplitud repercutirá y ya ha comenzado a repercutir sobre la conciencia de la clase obrera, y ello tanto más por cuanto concierne a una ideología y un sistema político presentados durante más de medio siglo por todos los sectores de la burguesía, como “socialistas” y obreros. Con el estalinismo, es el símbolo y la punta de lanza de la más terrible contrarrevolución de la historia lo que desaparece.

Pero hay actualmente un desencadenamiento de mentiras con esta ocasión y, en primer lugar, la principal y la más canallesca de entre ellas: la que pretende que esta crisis, esta quiebra del estalinismo, es la del comunismo, la del marxismo.

Demócratas y estalinistas siempre se han encontrado, más allá de sus oposiciones, en una santa alianza cuyo primer fundamento es decir a los obreros que es el socialismo quien, más allá de sus limitaciones y deformaciones, reina en el Este.

Para Marx, Engels, Lenin, Luxemburgo y para el conjunto del movimiento marxista, el comunismo siempre ha significado el fin de la explotación del hombre por el hombre, el fin de las clases, el fin de las fronteras, no siendo posible ello más que a escala mundial, en una sociedad donde reine la abundancia, donde “el reino del gobierno de los hombres cede el lugar al de la administración de las cosas” y cuyo fundamento es “a cada uno según sus necesidades, a cada uno según sus capacidades”.

Pretender que habría algo de “comunista” o de entrada en la vía del “comunismo” en la URSS y en los países del Este en tanto que reinan completamente la explotación, miseria, penuria generalizada, representa la más grande mentira de toda la historia de la humanidad.

Los trotskistas no han dejado de asentar y reforzar esta mentira como no han dejado de empujar, en todas partes donde podían, a los obreros en las garras del estalinismo. Ahora que ya no hay ninguna duda sobre la naturaleza burguesa de los países del Este, de sus Estados y de los PC, los trotskistas -cualesquiera que sean sus “denuncias” actuales de los regímenes bárbaros del Este y las “proclamaciones de inocencia” en relación a su colusión permanente con el estalinismo- no pueden ya ocultar lo que son real y profundamente: contrarrevolucionarios, mistificadores y enemigos de la clase obrera.

Esta realidad no es para asombrar o sorprender a los revolucionarios (en particular a la CCI) que siempre lo han puesto en evidencia y que siempre han denunciado a esta corriente izquierdista, tanto a nivel de sus posiciones fundamentales como a nivel de su práctica antiobrera.

Esta denuncia se torna, con el transcurso de los años siempre más acuciante pero toma, actualmente, una significación cada vez más concreta y cada vez más fundamental para el combate de la clase obrera y para el reforzamiento de su conciencia política.

He aquí porque reeditamos este folleto[1] que tiene por objetivo principal poner en evidencia la naturaleza burguesa del trotskismo y la frontera de clase que le separa del proletariado y de sus verdaderas organizaciones revolucionarias.

En esta última edición, nuevos textos (sobre la política de los trotskistas durante la segunda guerra mundial y durante el periodo de los años 70) han sido añadidos para reforzar este objetivo; así como un texto sobre Trotski quien, a pesar de los errores graves que cometió hacia el final de su vida (errores que criticamos sin concesiones), no deja de ser una de las más grandes figuras de la historia del movimiento obrero y debido a esto, no puede ser asimilado a las organizaciones burguesas que se reivindican de él.

Este folleto pone así en evidencia el origen de los errores de Trotski, muestra como fundamentalmente él no supo reconocer a tiempo el fracaso de la revolución proletaria mundial y por ello el de la revolución en Rusia. Desde su expulsión de la URSS, en 1929, hasta su asesinato, Trotski no hizo sino interpretar el mundo a la inversa (cf. el articulo sobre Trotski). En tanto que la tarea de la hora se había vuelto reagrupar las energías revolucionarias sobrevivientes de la derrota para emprender ante todo un balance político completo de la oleada revolucionaria, Trotski no hacía más que ver a un proletariado completamente derrotado como un proletariado “siempre en ascenso”. Debido a esto, la IV Internacional creada hace  ya más de 50 años, no fue más que un cascarón vacío a través del cual el movimiento real de la clase obrera no podía pasar, por la simple y trágica razón del reflujo en la contrarrevolución. Toda la acción de Trotski basado sobre este error contribuyó a dispersar las ya muy débiles fuerzas revolucionarias existentes en los años 30 y aún peor, a meter a la mayor parte en el cenagal capitalista del apoyo “crítico” a los gobiernos de tipo “frentes populares” y de participación en la guerra imperialista. El corolario del análisis erróneo de Trotski sobre el periodo consistía para él en considerar que el movimiento revolucionario siempre en marcha había perdido momentáneamente su dirección política. A partir de ahí todo medio se volvía bueno para intentar impulsar o enderezar a los “partidos obreros degenerados” que eran los sedicentes partidos comunistas estalinistas, en tanto que estos se habían ya pasado al campo de la contrarrevolución. Todo medio se volvía bueno para intentar ponerse a la cabeza del movimiento.

Los epígonos de Trotski no han hecho más que explotar, en beneficio de la burguesía, este razonamiento erróneo del viejo revolucionario para hundir aún más a la clase obrera en la contrarrevolución. Retomando los errores de su maestro y llevándolos hasta su caricatura, las organizaciones trotskistas no han requerido mucho tiempo para llegar a ocupar francamente su lugar en el tablero político burgués, al lado de todos aquellos que de una u otra manera trabajan con el fin de que se perpetúe este sistema de explotación. Su apoyo a la URSS de Stalin, a los PC estalinistas, a la socialdemocracia, a los frentes populares, la participación de la casi totalidad de las organizaciones trotskistas en la Resistencia. Durante la segunda guerra mundial se han  consumado otros tantos eslabones en su pasaje al campo de la burguesía, en su abandono de las posiciones comunistas internacionalistas desembocando en con el apoyo a todas las lucha de liberación nacional[2].

Más allá de la comprensión de las fases históricas que han marcado el pasaje del trotskismo a la burguesía, quedan actualmente para la clase obrera los hechos, los actos cometidos por estas organizaciones contra las luchas obreras mismas. Es por lo cual, en este folleto, hemos estimado fundamental denunciar el papel de los trotskistas en los años 80 (en la tercera parte de éste) porque ha sido particularmente nefasta para la lucha de la clase obrera.

Estas organizaciones no han tomado no importa que lugar en el seno de la burguesía. Porque adoptan un lenguaje radical, usando ampliamente una terminología “marxista”, “revolucionaria”, porque se sitúan de manera critica frente a los partidos de izquierda y los sindicatos que se revelan cada vez más actualmente como antiobreros, pueden aparecer a los ojos de la clase obrera como diferentes, -“más cerca de los obreros”. Desde la reanudación de la lucha de clase a fines de los años 60, la actitud de las organizaciones trotskistas, en sus grandes líneas, puede resumirse así: durante el periodo de los años 70, cuando los partidos de izquierda y los sindicatos dominaban bien la situación, cuando estaban en una posición fuerte donde podían mantener la ilusión en el seno de la clase obrera de que ellos eran capaces de proponer otra política “en favor de los obreros”, y que “permitiría salir de la crisis”, en esos movimientos, los trotskistas han sostenido abiertamente a la izquierda y los sindicatos bajo pretextos falaces: “van en el buen sentido”. Por el contrario, en los años 80, cuando la tendencia era a situaciones de luchas abiertas y masivas en que los partidos de izquierda y sindicatos tendían a perder el control de la situación, el papel de los trotskistas ha consistido, entonces, “al lado de los obreros”, en criticar fuertemente a la izquierda y los sindicatos y en tratar de colocarse como representantes verdaderos, “de base”, de los obreros para sabotear las luchas y devolverlas al regazo de los sindicatos, explicando que no se puede pasar pon encima de ellos y que habría que laborar sobre todo por su renovación, por supuesto eligiéndolos jefes del sindicato.

De hecho, sobre todo desde el inicio de los años 80, con la profundización acelerada de la crisis económica de su sistema, la burguesía tiene cada vez más una sola prioridad: hacer aceptar cada vez mayores sacrificios, por no decir la miseria, a la clase obrera, velando porque ello no provoque situaciones conflictivas capaces de poner en peligro el equilibrio del Estado nacional. He aquí porqué en los países más industrializados, la burguesía se ha puesto a través de sus fracciones de derecha, a hablar con el lenguaje de la “verdad”, aplicando abiertamente la austeridad y los planes de ataque contra la clase obrera, mientras que las fracciones de izquierda se instalan lo más frecuentemente en la oposición al gobierno a fin de ocupar; por adelantado todo el terreno social y vigilar sobre todo que las luchas obreras se circunscriban en un marco que no ponga en peligro los intereses del Estado capitalista. Desde hace 20 años hemos asistido al desarrollo de las luchas de resistencia de la clase obrera mundial con avances y retrocesos, y a través de sus luchas, al desprendimiento progresivo de ésta frente a los órganos de encuadramiento de la burguesía, a su propia afirmación en tanto que clase revolucionaria.

Para contrarrestar este esfuerzo el Estado burgués dispone de un arma esencial que utiliza en el seno de las filas obreras, desde el interior: la izquierda y sus sindicatos. Los izquierdistas -y en particular los trotskistas- ocupan un lugar cada vez más privilegiado en las filas del sindicalismo de base.

Lo propio del sindicalismo de base consiste sobre todo en buscar por medio de una verborrea seudoradical pegarse lo más posible al movimiento de la clase obrera. La clase en lucha arrastra entonces un parásito que hace todo lo posible para sabotear más luchas cuando los sindicatos oficiales no bastan ya para volverla al regazo sindical para que en última instancia se someta a las decisiones del sindicato, en una palabra, para que se deje caer en más manos de su sepulturero titulado.

Deseamos insistir aquí sobre el hecho que esta práctica es por excelencia el mejor camuflaje que puede encontrar la burguesía para infiltrarse entre la clase obrera.

Todo es posible por parte del sindicalista de base, incluido llamar si hace falta a luchar fuera de los sindicatos a fin de poder mantenerse pegado al movimiento para, cuando llegue el momento, sabotearlo. En estas condiciones, cada vacilación, cada ilusión, cada momento de debilidad presentado por el movimiento es aprovechado por el sindicalismo de base para retomar el control, haciendo pasar propuestas de acción que sellan a término el acotamiento de la lucha, con lo que logra crear la situación que permite al sindicato oficial retomar el control de la situación cosechando un fruto ya maduro.

Los últimos ejemplos más característicos son los de la huelga en la SNCF (ferrocarriles) en diciembre 86 / enero 87 y del sector de la salud en octubre del 87 en Francia. Los ferrocarrileros se fueron a la huelga fuera de los sindicatos y se organizaron en asambleas generales. De esta manera, la huelga se extendió rápidamente a todo el sector ferroviario.

Llegado a ese grado, la huelga no podía reforzarse más que si lograba ampliarse a otros sectores, como el sector público por ejemplo muy sensible en ese momento a todo lo que pasaba en la SNCF. El sindicalismo de base, particularmente animado por los militantes trotskistas de la Ligue Communiste Revolutionnaire y de Lutte Ouvriere, lograron cortar el esfuerzo de la clase obrera que tendía hacia este objetivo favoreciendo la formación precipitada y artificial de varios comités de coordinación nacional. De esta manera, focalizando los debates y la atención de los huelguistas sobre la cuestión de la centralización de la huelga únicamente dentro de la SNCF, lograron, aprovechando y utilizando un fuerte sentimiento corporativista entre los ferrocarrileros, mantenerlos aislados en su sector, conduciendo así el movimiento a la derrota, sin aparecer abiertamente como los saboteadores del movimiento. Logrando así despojar a los obreros del control de su propia lucha, y sobre todo participando activamente en su aislamiento con el conjunto de la burguesía, las organizaciones trotskistas tienen la mayor responsabilidad en la derrota del movimiento de la clase obrera en la SNCF en Francia.

Es esta táctica de aislamiento corporativista y de división la que han generalizado en las luchas de la SNECMA, durante la huelga de las enfermeras, hablando de extensión pero intercategorial en la misma corporación, y todo ello mediante coordinaciones-botellón y autoproclamadas que ellos manipulan.

Desde finales de los años 60, la clase obrera ha tenido muchas veces la ocasión de confrontarse tanto con la izquierda como con los izquierdistas. Aún si para nosotros, en tanto que organización revolucionaria, sigue siendo primordial ser capaces de denunciar claramente al trotskismo en un plano político general, cada vez más, el centro de nuestros esfuerzos consiste en encontrarse en la lucha, al lado de los obreros con el fin de, mediante nuestra intervención, contribuir lo mejor posible a contrarrestar el sabotaje de esta por la izquierda y los izquierdistas. Se vuelve cada vez más vital que la clase obrera adquiera una capacidad real para obstaculizar las trampas izquierdistas sabiendo desenmascarar a sus verdaderos enemigos y sus maniobras, principalmente a los que saben camuflarse en su seno, actualmente los trotskistas, porque estos se han pasado más recientemente al campo de la burguesía. En este proceso, la intervención de los revolucionarios es indispensable. Este folleto es un arma esencial.

Febrero de 1990.


 


[1] En lengua francesa hemos realizado 2 ediciones de este folleto (1981 y 1987) y 3 reediciones de un folleto Ruptura con el Trotskismo, de un exmilitante de Lutte Ouvriere que era en cuanto al fondo muy correcto desde nuestro punto de vista. En total hemos vendido más de 3500 ejemplares de folletos consagrados a la denuncia del trotkismo, lo que es el signo de la necesidad de una critica radical de esta corriente burguesa

[2] Es así que los trotskistas han consolidado su lugar eminente en un campo imperialista burgués: el de los países del pacto de Varsovia y han concurrido a la edificación del mito del socialismo en Argelia, Cuba, Vietnam, Camboya, etc. En estos países numerosos proletarios han sido masacrados en nombre del socialismo.