3.Cuando falta el partido de clase

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Después de la guerra, la socialdemocracia, favorecida por el auge económico que se manifestó en todos los países, incluso en España que permaneció neutral, no dejó de apoyar abiertamente la dictadura de Primo de Rivera (para terminar colaborando con ella más tarde[1]). Al caer éste último en desgracia, como era el único grupo organizado a nivel nacional (las familias republicanas de vieja o de nueva estirpe sólo existían localmente), la socialdemocracia ganó una influencia superior a su potencia real: 114 diputados en las elecciones constituyentes. Estas circunstancias le permitieron presentarse como el agente central necesario para salvaguardar el orden capitalista en los momentos peligrosos y consolidar ulteriormente el orden a partir del cual se podía lanzar la contraofensiva contra el proletariado.

Durante la dictadura de Primo de Rivera que se instaló en 1.923, y bajo el gobierno de transición de Berenguer que le sucedió en enero de 1.930 se llevó a cabo una división de los partidos históricos de la burguesía, instaurándose así la era de los partidos de las clases medias: había varias agrupaciones republicanas cuyas fronteras eran bastante difusas, todas ellas bastante próximas al partido radical de Lerroux y al partido radical socialista creado por la izquierda del partido radical.

Lo que caracteriza a este período es, entre otras cosas, el pacto de San Sebastián firmado en agosto de 1.930 por los partidos catalanes y los partidos antimonárquicos (socialistas, radical-socialistas, radicales, derecha republicana) que debía resolver el peliagudo problema de la autonomía de Cataluña y las provincias vascongadas y la tentativa prematura que se realizó en 1.930 con el levantamiento de la guarnición de Jaca y la proclamación de la República en Madrid.

El capitalismo posee una notable flexibilidad que le permite adaptarse a las situaciones más difíciles; los burgueses españoles, monárquicos en un principio, comprendieron bien pronto que por el momento era más útil abandonar el poder en las “manos amigas” de los socialistas y de los republicanos que correr el riego de enfrentarse con una resistencia que podría poner en peligro sus intereses de clase. Por otra parte todas las divergencias políticas que se habían manifestado en las formaciones republicanas se esfumaron con vistas a la consolidación del poder. Así pues, de la noche a la mañana, de monárquica se convirtió en republicana, y cuando las elecciones municipales del 12 de abril de 1.931 dieron la mayoría a los partidos de oposición que en su mayoría eran antimonárquicos –de 50 capitales de provincia ganaron en 46- se operó un cambio pacífico en la decoración política y tuvo lugar la abdicación de Alfonso XIII. En su lugar se formó un gobierno provisional constituido por los republicanos y socialistas signatarios del manifiesto de diciembre de 1.930.

En el primer gobierno de transición los socialistas ocuparon las carteras de trabajo, justicia y hacienda, las dos últimas después de un intercambio con las de instrucción y obras públicas.

En treinta meses de coalición gubernamental, los socialistas avalaron y encubrieron todos los crímenes y felonías de la burguesía “liberal”, la represión de los movimientos obreros y campesinos, como las matanzas de Arnedo y Casas Viejas, la ley de Defensa de la República, la de Orden Público, la ley reaccionaria sobre las asociaciones, la mistificación de la ley agraria.

La función histórica de la socialdemocracia consistió sobre todo en mantener las ilusiones democráticas entre los obreros, impedir su radicalización y ahogar su ímpetu revolucionario.

Cuando la burguesía se sintió lo bastante fuerte como para arreglárselas sin la socialdemocracia los envió a paseo y los socialistas que habían reforzado su demagogia verbal en proporción a su pérdida de influencia en el seno del gobierno, parieron una izquierda que se esforzó por mantener la bandera de la traición entre los proletarios. Largo Caballero, ministro cuando la matanza de Casas Viejas amenazó a la burguesía con la dictadura proletaria y un régimen soviético.

Verdaderamente es una “ley de bronce” la que impulsa a la socialdemocracia a movilizar al proletariado con eslóganes democráticos para pasar a continuación a la oposición izquierdista y preparar por fin la traición  futura mientras los partidos de la clase media se integran en la reacción y pasan al ataque. Entonces los acontecimientos sobrevienen con una velocidad y una lógica implacables.

Así, en España, al gobierno de coalición sucede un gobierno radical de transición para proceder a nuevas elecciones. Este último delegó el poder en un gobierno radical orientado hacia la derecha y dirigido personalmente por Lerroux después de la derrota de los socialistas en las elecciones de noviembre de 1.933. Pero la burguesía no se sentía todavía en estado de pasar a una ofensiva violenta y Lerroux es relevado por Samper. Entonces ya se podía decir que los partidarios abiertos de la reacción tenían la sartén por el mango.

A partir de entonces los hechos son de sobra conocidos: en respuesta a la reconstitución del gobierno Lerroux en el que las carteras más importantes quedaban en manos de los populistas católicos (es decir, el partido más reaccionario de la Península Ibérica), los socialistas proclamaron la huelga general para el 5 de octubre. Se trataba de una huelga “legal” destinada a provocar la caída de Lerroux para ser sustituido por la antigua coalición republicano-socialista.

Como en 1.922 en Italia, donde la huelga decidida por la Alianza del Trabajo debía eliminar el peligro fascista de Mussolini para ser sustituido por un “gobierno mejor”, el de Turati-Modigliani, en España la socialdemocracia luchó contra el “peligro fascista” para reconstituir un gobierno de coalición republicano-socialista. Pero esta segunda fase, a la que hay que vincular la comedia de la proclamación del estado catalán, duró poco y estuvo determinada por la lucha del proletariado al que las desviaciones separatistas no habían alcanzado, esta lucha se desarrolló sobre todo en la cuenca minera de Asturias, donde se realizó la verdadera unidad obrera en torno a la lucha armada para conquistar el poder.

El gobierno acabó concentrando un verdadero ejército de 30.000 hombres con medios de destrucción ultramodernos contra las “Asturias rojas”: aviación de bombardeo, tanques de asalto, etc.; para controlar la rebelión fueron empleadas las tropas más seguras: la legión, esa basura de la sociedad y los tiradores marroquíes. Se sabe hoy que estas precauciones no eran inútiles: en Alicante los marineros asaltaron el arsenal; en Oviedo 900 soldados, a pesar de estar sitiados, se negaron a disparar contra los obreros que iban a asaltar el cuartel.

Por otra parte algunas guarniciones de la provincia de León, donde hubo encarnizados combates, tuvieron que ser transportadas urgentemente a otras regiones más tranquilas. Pero al fin, aislados, viendo que en España nadie se movía los héroes asturianos terminaron aplastados, que no vencidos, ya que todavía hoy quedan grupos de rebeldes en las montañas que continúan la lucha.

El Partido Comunista Español fue concebido por Borodin de vuelta de uno de sus viajes a China y fue conducido en su primera época por Graziadei, un oportunista italiano. Surgió de las Juventudes Socialistas y de una pretendida “ala izquierda del socialismo”. Estos “izquierdistas”, una vez cumplieron su misión de sabotear el impulso revolucionario de las masas, volvieron a sus orígenes. Así, uno de los primeros jefes comunistas (García Cortés) acabó en las filas liberales y Pérez Solís se hizo clerical.

El partido español –el peor de la IIIª Internacional, en palabras de Manuilsky[2]- ha tenido en España una posición absurda y completamente opuesta las realidades inmediatas de la situación. Durante la dictadura de Primo de Rivera proclamó que la única salida sería inevitablemente la revolución social y que todo paréntesis democrático debía ser descartado a priori. Tras el 14 de abril, el partido con 400 miembros en toda España lanzó la consigna de “toma del poder” y “gobierno obrero y campesino”. En lugar de trabajar dentro de la CNT y de la UGT, practicó la escisión sindical creando un “Comité de Reconstrucción” que posteriormente se transformó en una fantasmal CGTU que lo aisló completamente de la masa obrera.

El partido, al seguir las deformaciones y traiciones de la línea centrista[3] abdicó de todo papel de guía de la clase obrera a favor de comités, diferentes en el nombre pero idénticos en su impotencia. La liquidación del equipo Bullejos-Trilla ha significado la imposición de una nueva dirección igualmente nociva y aún más sumisa a las órdenes de Moscú.

El papel nefasto jugado por el centrismo en España ha permitido subsistir a la coalición socialista y le ha dado carta blanca para preparar los crímenes del mañana. Además, los nuevos virajes de centristas y trotskistas dan a los socialistas una nueva virginidad en las próximas situaciones.

Amplias capas obreras siguen bajo la influencia negativa del anarcosindicalismo. Por otra parte, los hechos han probado que la CGTU representa como mucho una sinecura para algunos bonzos en las Alianzas Obreras se realizó en el último momento como consecuencia de la negativa de los socialista a formar un Frente Unico político. Esto no impide a Correspondencia Internacional[4] escribir que “la CGTU(de la cual por prudencia no son dan las cifras de afiliación) goza de una influencia que supera de lejos el ritmo de crecimiento de su organización”. ¡La revolución en España fue naturalmente dirigida por los centristas!.

Si enfrentamos la actitud del anarcosindicalismo durante los acontecimientos de España no es desde luego por sectarismo ni para provocar una polémica estéril. Pero nos encontramos con un país- sí se exceptúa los de América Latina- donde la influencia de la ideología anarquista sobre las masas obreras se plantea de manera aguda cuando, incluso en Rusia, ese problema fue muy restringido. Este problema debe ser examinado porque a la luz de los hechos el anarcosindicalismo se está revelando como una fuerza negativa para los intereses de la clase obrera. Una fuerza que se niega a tener en cuenta un siglo de experiencia de clase y la significación de Octubre 1917.

En 1873 los bakuninistas españoles – para no citar más que un ejemplo- impidieron la eclosión de un movimiento de masas en Barcelona a la vez que promovían golpes de mano en Alcoy o Sanlúcar  y terminaron, ellos que se dicen enemigos de todo poder, entrando dentro de mayorías pequeño burguesas en las Juntas, órganos de gobierno de las ciudades sublevadas contra el poder central en el movimiento llamado “cantonalista”.

En 1931, sus herederos directos, los dirigentes de la CNT, colaboraron con los Comités Republicanos y proclamaron que la República, aunque fuera burguesa, era un progreso respecto a la monarquía, como si los poderes de un presidente Roosevelt no fueran mucho mayores que los de un rey constitucional, por ejemplo, el de Inglaterra.

Pero estos pecados del primer periodo de la República han sido puestos en la cuenta de un chivo expiatorio: Pestaña y su entorno, antiguo dirigente de la CNT.

La CNT, en el pasado la más potente de las organizaciones obreras de España (notemos sin embargo que el más de millón de adherentes que presume tener es difícil de verificar y se refiere al periodo de la inmediata posguerra y no a la reconstitución que ha seguido tras su disolución voluntaria bajo la dictadura de Primo de Rivera) ha sido y sigue siendo muy heterogénea en su composición. Organiza a los obreros de todas las tendencias y en su mayoría indiferentes sino pasivos. El anarcosindicalismo debe su éxito en gran medida al aspecto negativo de su organización: descentralización a ultranza y muy bajas cotizaciones. Todo esto añadido al carácter primitivo e impulsivo de los países meridionales explica su éxito en la Península Ibérica y en América Latina.

El anarcosindicalismo de la CNT ha desembocado en un sindicalismo reformista de una CGT francesa, con Pestaña ejerciendo de Jouhaux ibérico. Pero esta caracterización no debe perdernos en sutiles distinciones entre anarquistas puros, anarcosindicalistas  etc., pues ello podría servir de cobertura a su responsabilidad.

Consideremos ahora la acción de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) que controla hoy la CNT. Tras la caída de Azaña en 1933, la FAI reclamó una amnistía general que incluía también a los generales responsables de los pronunciamientos militares, amigos del general Sanjurjo y desautorizó a los obreros cenetistas de Sevilla que habían hecho fracasar las tentativas golpistas de este último. En octubre de 1934 tomó la misma posición frente a la insurrección obrera de Asturias so pretexto que se trataba de un enfrentamiento entre marxistas y fascistas diciendo que eso no interesaba al proletariado, el cual debería esperar para intervenir cuando unos y otros se hubieran liquidado entre ellos.

Su abstención, su actitud pasiva cuando las elecciones no hizo sino facilitar la victoria electoral de las derechas. Señalamos lo de actitud pasiva para evitar especulaciones fáciles sobre el valor a atribuir a la fuerza electoral del sufragio universal.

Para ser exactos los anarquistas declararon que su abstención no debía ser pasiva sino concretarse en una acción ¡para ganar un 50% de electores para la abstención!. “Ello significaría nuestra victoria y con ella en la mano haríamos la revolución” (palabras de un líder anarquista en un mitin en la plaza de toros Monumental de Barcelona, 5-8-1933). ¿Qué diferencia hay entre el 50% más uno de electores abstencionistas como garantía de la revolución y la propuesta de los socialistas de conseguir un 50% más uno de los electores para instaurar el socialismo?.

Pero volvamos a la conducta de los anarquistas cuando los sucesos de Asturias 1934. En Andalucía, Extremadura, Valencia, Aragón y Cataluña (las regiones donde la CNT concentra el grueso de sus fuerzas) solo tuvieron lugar escaramuzas sin importancia. En Barcelona hubo sin embargo conflictos violentos pero insuficientes para “permitir a la ciudad rebelde cumplir con su deber”. Lo que pasó en Barcelona es rico en enseñanzas. Cataluña entera estaba en huelga y en algunas ciudades se había proclamado la república; en otras la Alianza Obrera había proclamado la República Obrera e incluso hubo lugares donde los anarcosindicalistas proclamaron la Comuna Libertaria cuando Companys, jefe del gobierno de la Generalitat catalana, el 6 de octubre por la noche creó la “República Catalana Independiente dentro de una España Federal”. El ejército de la Generalitat no disponía de artillería pero contaba con bombas de mano y ametralladoras en cantidad. Sin embargo Companys había contado con un general catalán, o al menos pro-catalanista, que estaba al mando de la guarnición y con los soldados que en su mayoría eran catalanes. Pero ante su rechazo creyó que no podía resistir. Dos horas después de la proclamación de independencia Companys capitulaba ante una compañía de soldados tras escuchar el primer cañonazo contra el edificio de la Generalitat.

El Estado de Sitio se abatía especialmente sobre los obreros. Ante esto la CNT no hizo más que reconocer pasivamente lo que hacían en los pueblos sus militantes de base. Estos habían proclamado la huelga general contra la cual la CNT se había pronunciado. Más aún: el 8 de octubre cuando militantes cenetistas aislados y sindicalistas disidentes proseguían la lucha, la CNT lanzó la consigna de acabar con una huelga general ¡que no había proclamado!.

Es verdad que la CNT no podía alinearse con los verdugos de ayer, hoy y mañana, en cuyas filas estaba Companys. Pero también es verdad que en una situación de huelga generalizada en toda España y con los obreros de Asturias lanzados a la insurrección, la CNT declinó toda acción contra todas las fracciones de la burguesía.

Esta pasividad de la CNT facilitó el que la burguesía tras aplastar la sublevación obrera de Asturias pasara abiertamente a la provocación con sus ejecuciones “legales” de dos combatientes mineros: José Laredo Corrales en Gijón y Josué Guerra en León, perpetradas el 7 de noviembre.

La CNT que no había movido un dedo ante los miles de ejecutados “extralegales” en Asturias y en otros lugares, armó el gran escándalo frente a estas 2 ejecuciones y posteriormente ante 23 nuevas penas de los tribunales militares contra militantes revolucionarios. Lanzó un llamamiento a la huelga general. Mientras los obreros estaban luchando en Asturias, la CNT no llamó a la huelga general en un momento en que en toda España había condiciones y al hacerlo hubiera al menos atenuado el aplastamiento de los mineros. Sin embargo, después, cuando los obreros habían sido masacrados y las fuerzas flaqueaban, la CNT proclamó la huelga general que se saldó con un lamentable fracaso.

La Unión Anarquista Francesa ha intentado en un manifiesto defender a los libertarios españoles contra la acusación de haber desertado la batalla y favorecido así la victoria del gobierno Lerroux. Según ellos “los anarquistas españoles no podía unirse a un movimiento de carácter político que tenía como fin la caída del gobierno ... Sin embargo, los libertarios, sindicalistas o anarquistas, han cumplido como siempre valientemente con su deber”.

En realidad, la FAI y en consecuencia la CNT, han estado contra la huelga general y cuando sus militantes han participado por su propia iniciativa ha llamado a la detención de la huelga en Barcelona y no ha hecho nada para ampliar el movimiento en aquellas regiones donde era la fuerza preponderante. Tal es la pura verdad.

Gatto Mammone BILAN nº 14 diciembre 1934.


[1] Largo Caballero que en los años 30 se proclamó el “Lenin español” fue nombrado consejero de Estado del dictador en 1925.

[2] Uno de los dirigentes de la IC en el periodo de los años 30 cuando había sido transformada en una mera agencia del Estado ruso.

[3] Nombre dado por BILAN al estalinismo.

[4] Órgano de la IC en aquella época.