La clase obrera y las guerras del capitalismo en descomposición

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Hace un siglo, el 1º de mayo de1916, en la Plaza Potsdam en Berlín, el revolucionario internacionalista Karl Liebknecht daba la respuesta de la clase obrera a la guerra que estaba devastando Europa y masacrando a toda una generación de proletarios. Ante una multitud de unos 10.000 trabajadores que habían realizado una manifestación en silencio contra las privaciones provocadas por la guerra, Liebknecht describió la angustia de las familias proletarias ante la muerte en el frente y el hambre en los hogares, concluyendo su discurso (que también fue reproducido y distribuido en la manifestación en forma de folleto) con las consignas de "¡abajo la guerra!" y "¡abajo el gobierno!", lo que provocó su inmediata detención a pesar de los esfuerzos de la multitud por defenderlo. Pero el juicio de Liebknecht al mes siguiente se encontró con una huelga de 55.000 trabajadores en las industrias de armamento, encabezada por una nueva forma de organización del trabajo, los Delegados revolucionarios. Esta huelga fue derrotada a su vez, con muchos de sus dirigentes enviados al frente. Esta y otras luchas estaban fermentando dentro de ambos bandos beligerantes, donde las semillas de la ola revolucionaria que iba a estallar primero en Rusia en 1917 para volver luego a Alemania un año después, obligando a la clase dominante, aterrorizada por la propagación del “virus rojo”, a poner fin a la matanza[1].

Pero sólo se detuvo temporalmente, porque la ola revolucionaria no puso fin a la decadencia del capitalismo y su inevitable impulso hacia la guerra. El acuerdo de “paz” depredador impuesto a Alemania por los vencedores puso en marcha un proceso que, bajo el látigo de la crisis económica de la década de 1930, hundiría al mundo en un holocausto todavía más destructor en 1939-45. E incluso antes de que terminara esa guerra, las líneas de batalla para una guerra mundial ya estaban reunidas, por un lado, Estados Unidos y, por el otro, la URSS estableciendo bloques militares rivales que durante las siguientes cuatro o cinco décadas jugaran sus posiciones a través de una implicación completa en los conflictos locales: Corea, Vietnam, Cuba, Angola, las guerras árabe-israelíes…

Ese período – la llamada Guerra Fría que no lo fue tanto para todos los millones que murieron bajo las banderas de la "liberación nacional" o las de la "defensa del mundo libre contra el comunismo"– es ya historia, pero la guerra en sí está todavía más extendida que nunca. La desintegración de los bloques imperialistas después de 1989, pese a las promesas de los políticos y sus filósofos a sueldo, no trajo un "nuevo orden mundial" o el "fin de la historia", sino un creciente desorden mundial, una sucesión de conflictos caóticos que conlleva una gran amenaza para la supervivencia de la humanidad del mismo modo que la amenaza de guerra nuclear en el período anterior.

Así nos encontramos en 2016 ante territorio inmenso de guerras desde África a través del Oriente Medio hasta Asia Central; con crecientes tensiones en el Lejano Oriente donde el gigante chino se enfrenta a los japoneses y sobre todo a sus rivales norteamericanos; con una situación candente en Ucrania donde Rusia pretende recuperar la gloria imperialista perdida con el desmoronamiento de la URSS.

Como la guerra en la ex Yugoslavia, uno de los primeros y mayores conflictos de la época 'post bloques', la guerra en Ucrania se está llevando a cabo en las mismas puertas de Europa, cerca de las tierras clásicas del capitalismo mundial y, por tanto, cerca de las fracciones más importantes de la clase obrera internacional. Las olas de refugiados que buscan escapar de las zonas de guerra en Siria, Irak, Libia, Somalia o Afganistán proporcionan una prueba más de que Europa no es ninguna isla a salvo de la pesadilla militar que azota a gran parte de la humanidad. Al contrario, las clases dominantes de los países capitalistas centrales, de las "grandes democracias", han sido un elemento activo en la proliferación de la guerra en este período, a través de toda una serie de aventuras militares en la periferia del sistema, desde la invasión de Afganistán y la primera guerra del Golfo en 1991 y la de Irak hasta comienzos del siglo XXI con las más recientes campañas de bombardeos en Libia, Irak y Siria. Y estas aventuras a su vez agitaron el avispero del terrorismo islámico, el cual una y otra vez ha tomado venganza sangrienta en los centros capitalistas, desde el ataque a las Torres Gemelas en 2001 hasta las matanzas de París del año 2015.

La clase obrera como una barrera a la guerra

Aunque la crisis de los refugiados y los ataques terroristas son un recordatorio constante de que la guerra no es ninguna realidad "externa", Europa y Estados Unidos siguen apareciendo como 'paraísos' en comparación con gran parte del mundo. Esto se demuestra en que las víctimas de guerras en África y Oriente Medio – o de la pobreza aguda y guerras de la droga en México y Centroamérica – están dispuestas a arriesgar sus vidas para llegar a las costas de Europa o cruzar la frontera hacia Estados Unidos. Y ciertamente, todos los ataques contra los niveles de vida de la clase obrera que hemos visto en las últimas décadas, a pesar del crecimiento de la pobreza y la falta de vivienda en las grandes ciudades de Europa y Estados Unidos, las condiciones de vida del proletariado en esas regiones todavía parece un sueño inalcanzable para aquellos que han sufrido directamente los horrores de la guerra. Sobre todo, desde 1945 no ha habido ningún conflicto militar entre las grandes potencias de Europa – un llamativo contraste con el período 1914-45.

¿Será que la guerra es impensable entre las grandes potencias porque los gobernantes han aprendido las lecciones de 1914-18 o 1939-45 y han formado poderosas organizaciones internacionales?

De hecho ha habido cambios importantes en el equilibrio de fuerzas entre las grandes potencias desde 1945. Estados Unidos emergió como la verdadera ganadora de la II Guerra Mundial y fue capaz de imponer sus términos a las potencias postradas de Europa: no más guerras entre potencias europeas occidentales, sino cohesión económica y militar como parte de un bloque imperialista encabezado por Estados Unidos para contrarrestar la amenaza de la URSS. Y a pesar de que el bloque occidental perdió esta razón crucial de su existencia después de la caída de la URSS y su bloque, la alianza entre los ex acérrimos rivales en el corazón de Europa – Francia y Alemania – se mantiene relativamente firme.

Todos esos y otros elementos entran en la ecuación y podrá leerse acerca de ellos en los trabajos de historiadores académicos y analistas políticos. Pero hay un elemento clave del que nunca hablan los comentaristas burgueses y es la verdad contenida en las líneas con las que se inicia el Manifiesto Comunista de que la historia es la historia de la lucha de clases, y que ninguna clase dominante digna de ese nombre puede permitirse ignorar la amenaza potencial de la gran masa de humanidad a la que explota y oprime. Esto es particularmente relevante cuando se trata de hacer la guerra, pues lo que ante todo exigen los capitalistas es la sumisión y el sacrificio del proletariado.

En el período antes y después de 1914, las clases dominantes de Europa siempre estuvieron preocupadas por si una gran guerra pudiera provocar una respuesta revolucionaria de la clase obrera. Sólo se sintieron seguras para dar los fatídicos últimos pasos hacia la guerra cuando se aseguraron de que las organizaciones que la clase obrera había construido durante décadas, los sindicatos y los Partidos Socialistas, no seguían siendo fieles a sus declaraciones oficiales internacionalistas y que, de hecho, empujarían a los trabajadores a ir hacia los frentes militares. Y como ya hemos señalado, la propia clase dominante (incluso si en algunos casos tuvo que asumir una nueva forma, como en Alemania donde los "socialistas" sustituyeron el Káiser) se vio obligada a poner fin a la guerra con el fin de bloquear el peligro de la revolución mundial.

En la década de 1930, una nueva guerra fue preparada por una derrota mucho más brutal y sistemática de la clase obrera, no sólo mediante la corrupción de las organizaciones revolucionarias que se habían opuesto a la traición de los socialistas, no sólo mediante la movilización ideológica de la clase obrera en la "defensa de la democracia" y el "antifascismo", sino también por medio del terror del fascismo y el estalinismo. Y de imponer ese terror también se ocuparon las democracias al final de la guerra: allí donde hubo posibilidades de rebelión de la clase obrera, en Italia y Alemania, los británicos, en particular, se aseguraron de que nunca alcanzaran las alturas de un nuevo 1917, mediante bombardeos aéreos masivos de las concentraciones de la clase obrera o dando a los verdugos fascistas el tiempo necesario para suprimir el peligro.

El auge económico que siguió a la Segunda Guerra Mundial y el desplazamiento de los conflictos imperialistas a los márgenes del sistema significó que podría evitarse un enfrentamiento directo entre los dos bloques en el periodo de 1945 a 1965, aunque si hubo ocasiones en que tal enfrentamiento estuvo peligrosamente cerca. En aquel período la clase obrera todavía no se había recuperado de su derrota histórica y no era un factor importante en el bloqueo del camino a la guerra.

La situación cambió sin embargo después de 1968. El final del boom de la posguerra se encontró con una nueva y no derrotada generación de la clase obrera, que se implicó en una serie de luchas importantes anunciadas por la huelga general en Francia en 1968 y el “otoño caliente” de 1969 en Italia. El retorno de la crisis económica abierta agudizó las tensiones imperialistas y, por lo tanto, el peligro de un conflicto directo entre los bloques, pero en ninguno de los dos bandos de la división imperialista la clase dominante podía estar segura de que sería capaz de persuadir a los trabajadores a dejar de luchar por sus intereses materiales y darlo todo por una nueva guerra mundial. Esto quedó claramente demostrado con la huelga de masas en Polonia en 1980. Aunque acabó derrotada, mostró claramente a las facciones más inteligentes de la clase dominante rusa que nunca podría confiar en los trabajadores de Europa Oriental (ni siquiera, probablemente, en los de la misma URSS, que también habían comenzado a luchar contra los efectos de la crisis) para que participasen en una desesperada ofensiva militar contra Occidente.

Esa incapacidad para ganar a la clase obrera para su proyecto de guerra era así un elemento central en la ruptura de los dos bloques imperialistas y el aplazamiento de toda perspectiva de una “clásica” tercera guerra mundial.

Si la clase obrera, incluso cuando no es todavía consciente de su propio proyecto histórico, puede tener un peso tan importante en la situación mundial, ¿habrá que tener en cuenta ese peso para explicar las razones por las cuales la oleada bélica no ha alcanzado todavía los países centrales del capitalismo? O dicho desde otro ángulo: si hay tanta barbarie y destrucción irracional cerniéndose sobre África entera, Oriente Medio y Asia Central, ¿no se debería esto a que la clase trabajadora es débil, porque tiene poca tradición de lucha y poca política de clase independiente, porque está dominada por el nacionalismo, por el fundamentalismo religioso – y también por ilusiones de alcanzar una "democracia" que sería un paso adelante?

Podemos entender mejor esto mirando el destino de las revueltas que sacudieron el mundo árabe (e Israel) en 2011. Movimientos que, a pesar de que involucraban a diferentes capas de la población, tuvieron la fuerte huella de la clase obrera - Túnez, Egipto e Israel-, y hubo importantes logros en la lucha: tendencias hacia la autoorganización con asambleas en la calle, hacia la ruptura con las divisiones religiosas, étnicas y nacionales. Fueron estos elementos los que iban a inspirar luchas en Europa y Estados Unidos ese mismo año, sobre todo el movimiento de los Indignados en España. Pero el peso de la ideología dominante bajo la forma de nacionalismo, religión e ilusiones en la democracia burguesa era todavía muy fuerte en esas tres revueltas en Oriente Medio y África del norte, conduciendo a falsas soluciones, como en Egipto donde, tras la caída de Mubarak, el gobierno islamista represivo, fue sustituido por otro gobierno militar aún más represivo. En Libia y Siria, donde la clase obrera es mucho más débil y tenía poca influencia en las revueltas iniciales, la situación degeneró rápidamente en conflictos militares, impulsados por las potencias regionales y mundiales que buscaban avanzar sus peones. En estos países, la sociedad se ha desintegrado, demostrando muy gráficamente lo que puede suceder si no se contrarrestan las tendencias a la autodestrucción de un capitalismo senil. En una situación así, se ha perdido toda esperanza de una respuesta proletaria a la guerra, y por eso la única solución para muchos ha sido intentar salir, huir de las zonas de guerra sin importar el riesgo.

La necesidad de una perspectiva revolucionaria

En el período comprendido entre 1968 y 1989, la lucha de clases fue un obstáculo para la guerra mundial. Pero hoy la amenaza de la guerra toma una forma diferente y más insidiosa. Para encuadrar a la clase obrera de los dos grandes bloques organizados, la clase dominante de ambos bandos habría necesitado romper todas las resistencias a nivel económico y alistar a la mayoría de la clase obrera detrás de temas ideológicos que justificasen un nuevo conflicto mundial. En definitiva habrían requerido la derrota física e ideológica de la clase obrera, similar a lo que el capitalismo logró en la década de 1930. Hoy, sin embargo, en ausencia de los bloques, la propagación de la guerra puede tomar la forma de un deslizamiento gradual, aunque con aceleraciones, hacia un sinnúmero de conflictos locales y regionales, los cuales atraen a cada vez más potencias locales y regionales, y detrás de ellas a las potencias mundiales, arrasando más y más partes del planeta y que, combinados con la destrucción progresiva del medio natural y de la estructura de la vida social, podría significar una caída irreversible en la barbarie, eliminando de una vez por todas la posibilidad de que la sociedad humana pase a un nivel superior.

Este proceso que describimos como la descomposición del capitalismo, está ya muy avanzado en lugares como Libia y Siria. Para evitar que ese nivel de barbarie se extienda a los centros del capitalismo, la clase obrera necesita algo más que una resistencia pasiva y más que una simple resistencia económica. Necesita una perspectiva política positiva. Es necesario afirmar la necesidad de una nueva sociedad basada en el auténtico comunismo propugnado por Marx y todos los revolucionarios que le siguieron.

Hoy parece haber signos de la emergencia de tal perspectiva. La clase obrera ha estado metida en una experiencia larga y difícil desde finales de la década de los 80: campañas intensivas de la burguesía sobre la muerte del comunismo y el fin de la lucha de clases dirigidas contra toda idea de que la clase obrera pueda tener su propio proyecto para la transformación de la sociedad. Al mismo tiempo se está produciendo un avance desbocado de la descomposición que corroe las entrañas de la clase, socavando la confianza en el futuro, engendrando la desesperación, el nihilismo y todo tipo de reacciones desesperadas, desde la adicción a las drogas hasta el fundamentalismo religioso y la xenofobia. La pérdida de ilusiones en los partidos “obreros” tradicionales, sin alternativas claras, ha intensificado el alejamiento de la política, dando impulso a nuevos partidos populistas de izquierda y derecha. A pesar de cierto renacimiento de las luchas entre 2003 y 2013, la ausencia de la lucha de clases y la falta de desarrollo de la conciencia de clase, que eran ya palpables en los años 90, ahora parecen estar aún más arraigadas.

Y esas no son todas las dificultades que enfrenta la clase obrera. Hoy el proletariado, a diferencia de 1916, no se enfrenta a una situación de guerra mundial donde toda forma de resistencia está obligada a asumir un carácter político desde el principio, sino que enfrenta una lenta profundización de la crisis económica controlada por una burguesía muy sofisticada que hasta ahora ha conseguido evitar a los trabajadores en los centros del sistema los peores efectos de la crisis y, sobre todo, de toda participación a gran escala en un conflicto militar. De hecho cuando se trata de una intervención militar en las regiones periféricas, la clase dominante de los países centrales ha sido muy prudente, utilizando fuerzas sólo profesionales y aun así prefieren ataques aéreos y los drones para minimizar la pérdida de vidas de soldados que pudieran llevar a disensiones en los ejércitos y en el propio país.

Otra diferencia importante entre 1916 y hoy: en 1916, decenas de miles de trabajadores fueron a la huelga en solidaridad con Liebknecht. Él era conocido por los trabajadores porque el proletariado, a pesar de la traición del ala oportunista del movimiento obrero en 1914, no había perdido el contacto con todas sus tradiciones políticas. Hoy las organizaciones revolucionarias son una minúscula minoría prácticamente desconocida dentro de la clase obrera. Este es otro factor que inhibe el desarrollo de una perspectiva política revolucionaria.

Con todos estos factores aparentemente apilados contra la clase obrera, ¿tiene todavía sentido pensar que ese desarrollo sea posible hoy?

Hemos descrito la fase de descomposición como la fase final de decadencia capitalista. En 1916, el sistema apenas había entrado en su época de decadencia y la guerra había intervenido mucho antes de que el capitalismo hubiese agotado todas sus posibilidades económicas. Dentro de la clase obrera había ilusiones todavía profundas en la idea de que si tan solo la guerra pudiera ser detenida, sería posible volver a la época de la lucha por reformas graduales dentro del sistema – ilusiones que fueron utilizadas por la clase gobernante poniendo fin a la guerra e instalando en el poder al Partido Socialdemócrata en un país clave como Alemania.

Hoy la decadencia del capitalismo está mucho más avanzada y la falta de futuro percibida por muchos es un reflejo real del callejón sin salida del sistema. La burguesía evidentemente no tiene solución a la crisis económica que se ha prolongado durante más de cuatro décadas, no hay alternativas al deslizamiento en la barbarie militar y a la destrucción del medio ambiente. En resumen, los retos son incluso mucho mayores que hace 100 años. La clase obrera enfrenta un enorme desafío: la necesidad de proporcionar sus propias respuestas a la crisis económica, a la guerra y al problema de los refugiados, para proporcionar una nueva visión de la relación del hombre con la naturaleza. El proletariado necesita más que una serie de luchas en el lugar de trabajo: necesita hacer una crítica total de todos los aspectos de la sociedad capitalista, tanto teórica como prácticamente.

No es de extrañar que la clase obrera, ante la perspectiva que ofrece el capitalismo y la inmensa dificultad de encontrar sus propias alternativas, caiga de nuevo en la desesperación. Y sin embargo hemos visto destellos de un movimiento que empieza a buscar esta alternativa, sobre todo en el movimiento de Indignados de 2011 que no sólo abrió la puerta a la idea de una nueva forma de organización social – una idea concretada en el lema "todo el poder a las Asambleas" –, sino también a la posibilidad de aprender por uno mismo a conocer el sistema que se está criticando y que hay que suplantar.

Sin duda la nueva generación de proletarios que condujo esta revuelta aún es muy inexperta, carece de formación política e incluso claramente no se ve a sí misma como clase trabajadora. Y sin embargo las formas y métodos de lucha que emergieron en esos movimientos, tales como las asambleas, estaban a menudo profundamente arraigadas en las tradiciones de lucha de la clase obrera. Y más importante aún, el movimiento de 2011 vio la aparición de un internacionalismo genuino, expresado en el hecho de que la clase trabajadora de hoy es más global de lo que fue en 1916; que es parte de una inmensa red de producción, distribución y comunicación que une a todo el planeta; y que comparte muchos de los problemas fundamentales en todos los países a pesar de las divisiones que la clase explotadora siempre trata de imponer y manipular. Los Indignados fueron muy conscientes de adónde condujeron las revueltas en Oriente Medio, y algunos de ellos incluso se consideraron parte de una "revolución mundial" de todos aquellos que están excluidos, explotados y oprimidos por esta sociedad.

Este internacionalismo embrionario es muy importante. En 1916-17 el internacionalismo era algo muy concreto e inmediato. Tomó la forma de fraternización entre los soldados de ejércitos opuestos, de deserciones masivas y motines, huelgas y manifestaciones contra la guerra en sus países de origen. Aquellas acciones fueron las realizaciones prácticas de las consignas propugnadas por las minorías revolucionarias cuando estalló la guerra: "el principal enemigo está en casa" y "convertir la guerra imperialista en una guerra civil".

Hoy el internacionalismo suele empezar con formas más negativas y aparentemente abstractas: en la crítica del marco burgués del Estado nación para resolver el problema de la guerra, el terrorismo y los refugiados; en el reconocimiento de la necesidad de ir más allá de la competencia entre los Estados nacionales para superar la crisis económica y ecológica. Pero, en ciertos momentos, puede adoptar formas más prácticas: en los lazos internacionales, virtuales y físicos, entre los participantes en las revueltas de 2011; en actos espontáneos de solidaridad hacia los refugiados por los trabajadores de los países centrales, a menudo desafiando la propaganda xenófoba de la burguesía. En algunas partes del mundo, por supuesto, la lucha directa contra la guerra es una necesidad, y donde existe una importante clase obrera, como en Ucrania, hemos visto signos de resistencia al servicio militar obligatorio y las protestas contra la escasez causada por la guerra, aunque aquí otra vez la falta de una oposición proletaria coherente al militarismo y al nacionalismo ha debilitado seriamente la resistencia a la guerra.

Para la clase obrera de los países centrales, la implicación directa en la guerra no está en la agenda inmediata y la cuestión de la guerra todavía puede parecer alejada de las preocupaciones cotidianas. Pero como lo muestran en realidad la "crisis de los refugiados" y los ataques terroristas en esos países, la guerra se convertirá cada vez más en una preocupación diaria para los trabajadores en el corazón del capital, unos trabajadores que, por un lado, están en una mejor posición para profundizar en la comprensión de las causas de la guerra y su conexión con la crisis global e histórica del capitalismo; y por otro, para golpear el corazón de la bestia, o sea, los países centrales del sistema imperialista.

Amos 16.1.16

[1] Para un tratamiento más profundo de estos eventos véase “Frente a la guerra, el proletariado revolucionario reanuda con sus principios internacionalistas” en Revista Internacional 133 (2008)

http://es.internationalism.org/rint133-alemania