El capitalismo es la guerra y las alambradas de espinos

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Desde que se redactó este editorial la situación se ha ido agravando para los refugiados, cada vez más numerosos, que huyen de las zonas devastadas por la espiral guerrera: Hungría ha cerrado totalmente la ruta de los emigrantes con un muro de “concertinas”, con lo que la nueva ruta que han tomado, por Eslovenia, será para ellos una verdadera catástrofe humana; Eslovenia intenta contener el fenómeno y amontona en sus campos cerrados y en condiciones dramáticas a miles de personas que duermen sin mantas por los suelos e intentan calentarse quemando plásticos tóxicos. Desde el 17 de octubre, más de 90.000 emigrantes han transitado por este pequeño país del Este. Austria también ha manifestado su voluntad de echar el cierre a la frontera con Eslovenia...

Desde que se redactó este editorial la situación se ha ido agravando para los refugiados, cada vez más numerosos, que huyen de las zonas devastadas por la espiral guerrera: Hungría ha cerrado totalmente la ruta de los emigrantes con un muro de “concertinas”, con lo que la nueva ruta que han tomado, por Eslovenia, será para ellos una verdadera catástrofe humana; Eslovenia intenta contener el fenómeno y amontona en sus campos cerrados y en condiciones dramáticas a miles de personas que duermen sin mantas por los suelos e intentan calentarse quemando plásticos tóxicos. Desde el 17 de octubre, más de 90.000 emigrantes han transitado por este pequeño país del Este. Austria también ha manifestado su voluntad de echar el cierre a la frontera con Eslovenia. Tras el folclore de la minicumbre de la Unión Europea del 25 de octubre en Bruselas y pese a sus evidentes divisiones respecto a los refugiados, aparece un punto de acuerdo unánime en el seno de la burguesía: la necesidad de reforzar el control policial y encerrarse a cal y canto, montar un nuevo muro y campos en el entorno para frenar a los “indeseables”, o sea a los mismos a quienes esos mismos Estados pretendían hipócritamente querer acoger. Así que levantan un verdadero muro y se monta urgentemente un extenso campo de “acogida” de 100 000 personas en los Balcanes. Más de 400 policías se pondrán en pie de guerra. En Grecia, el gobierno de Tsipras participa también en esta nauseabunda empresa. En resumen, los Estados capitalistas se blindan al mismo tiempo que alientan los populismos y la xenofobia. Alemania endurece ahora drásticamente las condiciones de entrada en su territorio y organiza el rechazo a gran escala de quienes son tratados de “refugiados económicos”. Hoy más que nunca las palabras de Rosa Luxemburg expresan bien la realidad mortífera y bárbara de un capitalismo decadente en su fase de descomposición:En la actualidad, nada reviste una significación tan decisiva, en cuanto a la conformación global de la vida social y política actual, que la abierta contradicción entre este fundamento económico que, por un lado, une cada día de manera más estrecha y firme a todos los pueblos y países en una gran totalidad; y, por el otro, la superestructura política de los Estados que trata de dividir artificialmente a los pueblos en otros tantos sectores extraños y hostiles entre sí, mediante puestos fronterizos, barreras aduaneras y el militarismo. [1].

La existencia de fronteras como tantas otras delimitaciones de la propiedad privada es tan antigua como la existencia de la propiedad misma, pues, sencillamente, no existe propiedad reconocida sin demarcación y sin defensa. Con el establecimiento de los grandes imperios tales como Roma o China se levantaron murallas para defender sus fronteras: el Muro de Adriano, los Limes, la Gran Muralla China. Así pues la existencia de muros fronterizos para defender un imperio contra la invasión de los rivales no es nada nuevo.

Sin embargo, hasta que el planeta no quedó “repartido” completamente entre los principales rivales capitalistas, las fronteras no estuvieron suficientemente protegidas y su delimitación podía cambiar según los tratados que se firmasen “en la mesa de negociaciones”. Todavía en 1884, en la Conferencia de Berlín, las fronteras de África pudieron fijarse con la regla sobre un mapa. A comienzos del siglo XIX un territorio tan grande como Alaska fue vendido por el Zar de Rusia a Estados Unidos. Durante el siglo XIX la frontera entre México y EEUU apenas si estaba vigilada. Y en el momento de la Primera Guerra Mundial las fronteras en Europa no estaban aun estrechamente vigiladas.

Tuvo que llegar el siglo XX, una vez que los principales rivales capitalistas se hubieron repartido el mundo, para que la defensa de los territorios se convirtiese en el objetivo más importante. Incluso aunque en la Primera Guerra Mundial se libraron grandes batallas por defender los territorios (como la guerra de trincheras en Bélgica y Francia con su terrible coste en vidas humanas y en material), las fronteras permanecieron singularmente “abiertas” tras la guerra. Las reparaciones impuestas a los países vencidos por el tratado de Versalles fueron: o una merma relativamente pequeña de territorio (El Sarre alemán “abandonado” a Francia o las antiguas colonias alemanas que cambiaron de propietario) o una consecuente compensación financiera. Pero todavía no hubo particiones de países enteros ni fortificaciones de fronteras como las hubo después de la Segunda Guerra Mundial.

Con la intensificación de las rivalidades imperialistas, cambia cualitativamente la defensa de las fronteras y los territorios. Se trata de una lucha encarnizada por cada pedazo de territorio. Tras la Segunda Guerra Mundial fueron divididos un buen número de países (Alemania, Corea, China, Vietnam, India y Paquistán). Todos militarizaron sus fronteras, erizándolas de minas, barreras, alambradas, muros, agentes armados y perros. La formación del Estado de Israel en 1948 ocasionó el desplazamiento de centenas de miles de palestinos y la necesidad de parapetarse tras los muros más sofisticados. El muro fronterizo de Israel es ahora uno de los mejor guardados del mundo y, por decirlo así, es, simbólicamente, el nuevo muro de Berlín…, pero cuatro veces más largo y dos veces más alto (ocho metros) que aquel odioso icono de la Guerra Fría. En construcción desde 2002 está previsto extenderlo en 709 kilómetros a través de Cisjordania. “Una serie de planchas de hormigón armado, de zonas-tampón, alambradas de espinas, trincheras, vallas electrificadas, torres vigía, cámaras de vídeo, control térmico de la imagen, torreones con tiradores de élite, puntos de control militar y pistas para vehículos de patrulla;, han desmembrado las ciudades del lado Oeste y las han separado de la ocupada Jerusalén-Este (…). El muro ha costado más de 2 mil 600 millones de dólares hasta hoy, y el coste anual de mantenimiento es de más de 260 millones de dólares. En suma, tras la Primera Guerra mundial todos los países son imperialistas y deben cumplir la ley de defensa de sus intereses por medio del control estricto de sus fronteras.

La reciente serie de guerras en todo el mundo ha mostrado cómo muchas fronteras han sido fortificadas para prevenir la infiltración de fuerzas enemigas, bandas terroristas muchas de ellas financiadas por diferentes Estados. Se ha puesto en pie todo un sistema de control de las personas que esperan un visado, y de instituciones de vigilancia similares a las del mundo descrito en el libro 1984 de George Orwell, tales como el Departamento de Seguridad Interior de EEUU, para detener a eventuales enemigos e impedirles entrar en el país.

Paralelamente, mientras que la emigración en el siglo XIX no estuvo significativamente dificultada por una compleja legislación y un sistema policial sofisticado, en el siglo XX las fronteras han adquirido una segunda función además de la función militar “tradicional”: impedir la entrada de fuerza de trabajo no necesaria. Esto contrasta con la demanda permanente de fuerza de trabajo en EEUU a finales del siglo XIX (verdadera razón de aquel llamamiento: “Enviadnos vuestros pobres… vuestras masas desheredadas, incrustado en la estatua de La Libertad). Hoy EEUU hace como los demás países, cerrando sus fronteras meridionales contra las oleadas de proletarios de América Latina que huyen de la pobreza y la violencia.

En la década de 1960 apareció un nuevo fenómeno: muchos de los países dominados por el bloque del Este se enfrentaron a una dura penuria de mano de obra, en particular Alemania del Este. El Estado de este país erigió el muro de Berlín para impedir a su fuerza de trabajo salir del territorio; de ese modo, el “enano económico” cerró sus fronteras para encerrar dentro a sus obreros.

Actualmente las fronteras ejercen más que nunca y de manera simultánea esa doble función: además de la defensa militar clásica del territorio nacional, los sofisticados muros construidos les sirven para impedir entrada a los refugiados y para prevenir o filtrar a los “emigrantes económicos” no deseados.

Podemos pues decir pues que aunque el Telón de Acero fue destruido en 1989, el final de la confrontación entre los antiguos bloques no ha significado, ni mucho menos, el advenimiento de un mundo sin fronteras; ¡al contrario!

Entre 1947 y 1991 se han construido once muros que han sobrevivido a la Guerra Fría: África del Sur-Mozambique, Corea del Norte-Corea del Sur, India-Paquistán, Israel, Marruecos-Sáhara Occidental, Zimbabue-Zambia”. Entre 1991 y 2001 se han erigido siete muros: alrededor de los territorios de Ceuta y Melilla, entre EEUU y México, Malasia y Tailandia, Kuwait e Irak, Uzbekistán, Afganistán y Kirguistán (Kirguisia). Desde 2001 han colocado veinte dos muros más: en la frontera de Arabia Saudí con Emiratos Árabes Unidos, Irak, Omán, Qatar, Yemen, entre Birmania y Bangladesh, Botsuana y Zimbabue, entre Brunei y Malasia, China y Corea del Norte, Egipto y la Banda de Gaza, Emiratos Árabes Unidos y Omán, India y Bangladesh, Irán y Paquistán, Israel y Jordania, Jordania e Irak, Kazajstán y Uzbekistán, Pakistán e Irak, Tailandia y Malasia, Turkmenistán y Uzbekistán, Israel y Egipto[2]. Hay en el mundo unos doscientos países y les separan doscientos cincuenta mil kilómetros de fronteras: se trata de ¡una sociedad amurallada!”[3].

Esto demuestra el carácter totalmente irracional del sistema capitalista. Aunque el capitalismo no puede “prosperar” si no existe una libre circulación de mercancías y de fuerza de trabajo, resulta, sin embargo, que el movimiento ligado al trabajo humano está sometido a los controles y los obstáculos más brutales. Esto no solo significa un nivel inédito de violencia a lo largo de las fronteras sino además costes financieros desmesurados. Por ejemplo, el sistema masivo de protección de fronteras entre México y Estados Unidos cuesta un dineral:Pero además eso acaba costando caro. Generalmente se estima que las inspecciones, las patrullas y las infraestructuras cuestan a los contribuyentes entre doce y dieciocho miles de millones de dólares por año; lo que representa un incremento en torno al 50% desde comienzos del año 2000, según The Journal que añade que los costes incluyen “todo: desde las vallas hasta los aviones militares, los navíos, los drones, los equipos de vigilancia, las torres para las cámaras de infrarrojos y los centros de detención.” Globalmente, el gasto en seguridad de las fronteras ha subido hasta los noventa mil millones entre 2002 y 2011, según revela Associated Press. Esta agencia de prensa informa que entre los costes anuales se pueden incluir también los perros detectores de droga (5.400 dólares cada ejemplar) o los cuerpos especiales del ejército (alrededor de 91.000 dólares por soldado)[4].

Cuando vemos la imagen del número total de guardias desplegados a todo lo largo de las fronteras mundiales y su coste, comprobamos lo absurdo de todo esto, un hecho que muestra también, en concreto, hasta qué punto esta sociedad ¡despilfarra sus recursos![5]

Paralelamente a los controles fronterizos, cada vez más sofisticados, se construyen por todas partes “residencias protegidas” para los privilegiados, “dotadas de seguridad y alarmas”, con cerraduras y sistemas de protección armada. Barrios residenciales enteros han sido transformados en “zonas prohibidas” para los no residentes.

El caso es que los países industrializados no solamente están en camino de convertirse en verdaderas fortalezas sino que son también los mayores “agentes de deportación” de fuerza de trabajo. Si el número total de esclavos sacados a la fuerza del continente africano rondó los 10 o 20 millones entre 1445 y 1850, la política de deportación desarrollada por los países industrializados alcanzará probablemente el mismo número en un periodo de tiempo mucho más corto. Algunos ejemplos: más de cinco millones de emigrantes “ilegales” fueron deportados de Estados Unidos (2 millones durante el gobierno de G. W. Bush; casi 900 000 por el de Clinton y más de 2 millones el de Obama). En Europa las medidas son cada vez más draconianas, y hay ya alrededor de cuatrocientos centros de detención para los clandestinos en espera de expulsión. El propio México deporta a 250 000 extranjeros por año hacia América Central. Arabia Saudí deporta más de un millón de personas que viven y trabajan ilegalmente en el reino.

Frente a la reciente oleada de refugiados que huyen de las zonas de guerra en Oriente Medio (Afganistán, Siria, África del Norte,…), el sistema de protección de fronteras ha alcanzado un nuevo listón, las autoridades despliegan aún más tropas y más material para detener y deportar a los refugiados. Más de un cuarto de siglo después de la “apertura” del Telón de Acero, Hungría ha cerrado su frontera con alambradas “concertinas” para impedir a los “miserables” llegar a lugares más seguros y tiene la intención de poner en funcionamiento otra alambrada a lo largo de la frontera con Rumania. Medidas similares se han tomado en otros países europeos: las fronteras, anteriormente “abiertas” del espacio Schengen, están ahora controladas por la Policía de Fronteras: en Grecia y en Italia han montado centros de selección de refugiados con la intención de devolverlos al infierno de donde salieron. Igualmente se generalizan las avanzadillas para atrapar a los refugiados, incluso en África. Han dictado disposiciones para poner en funcionamiento controles fronterizos en las rutas de tránsito de los refugiados en África.

Las imágenes de las largas marchas de refugiados y de miles de detenidos o rechazados en los Balcanes y otros lugares, abandonados sin alimento y sin abrigo, nos recuerdan la manera en que la población judía fue tratada bajo el régimen nazi o el destino de los refugiados al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Son muestras de la continuidad de la barbarie de este sistema. Un siglo de refugiados, de guerras, de campos, de deportaciones, de telones de “acero” u hormigón, alambradas, migraciones ilegales y expulsión de quienes tienen el descaro de “venir solamente para llenarse la barriga”.

Han logrado levantar los muros más altos y más largos de todos los tiempos para impedir el acceso a los refugiados de guerra y a los emigrantes “económicos”, desesperados por entrar… pero no siempre van a poder contener la multitud de víctimas de los efectos combinados de la descomposición inexorable del capitalismo.

Al haber creado una economía global, el capitalismo también creó las condiciones para que pueda existir una comunidad humana mundial; pero su total incapacidad para realizarla queda hoy puesta de manifiesto por la fortificación internacional de sus fronteras. Los llamamientos bienintencionados a “la abolición de fronteras” de los grupos activistas son pues totalmente utópicos. Las fronteras solo podrán abolirse por la revolución proletaria internacional que desmantelará la prisión inhumana del Estado-nación.

World Revolution, órgano de prensa de la CCI en Gran Bretaña; setiembre 2015.

[1] Rosa Luxemburg: Introducción a la economía política, Cuadernos de Pasado y Presente nº 35, pág. 51-52. Ediciones Pasado y Presente. Córdoba. Argentina 1972.

[3] Cada año se producen en el mundo medio millón de toneladas de alambres espinosos para levantar ocho millones de kilómetros de alambradas, lo que corresponde a 200 veces la circunferencia de la Tierra.

[5] La cifra total que deben pagar los refugiados a los traficantes de seres humanos alcanza igualmente cifras astronómicas nunca antes vistas.