¡Nos revientan sus reformas, nos aturde su cruzada de limosnas!

Versión para impresiónEnviar por email

Que siempre ha habido y siempre habrá pobres y hambrientos es la enmohecida opinión de aquellos que –encogiéndose de hombros– o bien han sucumbido en la insensibilidad frente a la realidad atroz o hacen de ésta su botín.

Los que lucran con la fe consuelan a los desdichados “porque de ellos estará lleno el reino de los cielos”… siempre y cuando colaboren aunque sea un poquito para mantenerle en su existencia parásita detrás de altares y pilas bautismales. Por su parte el burgués -y el pequeño burgués que aún no ha caído en desgracia o que ya ha caído pero que aún conserva intacta su flatulenta ideología reaccionaria y amargada- se bate entre dos posiciones que bien vistas son la misma. O bien asume la asquerosa actitud abiertamente cínica que le es propia y que no deja de pregonar: “el jodido está jodido por huevón” o, cuando la hipócrita condena de sus pares le obliga a moderarse y a sacar a relucir el hecho de que tiene tanta “moral” que hasta para dos le alcanza, asume una típica actitud filantrópica “sin afán de lucro” pero deducible de impuestos: “hay que ayudar a los pobres porque si no los ayudamos nosotros, ¿quién?”.

Y entonces, festejando que gracias a la existencia de los desamparados ella puede exhibir toda su bondad y ganarse un premio, de preferencia terreno, aunque el celestial no está de más, el alma piadosa que habita al burgués avienta sus migajas por el suelo y mira complacida cómo los desarrapados se arremolinan a sus pies al ritmo del buen aplauso de las almas caritativas…

Por su parte el cúmulo de pobres hambrientos y miserables que cada día produce la gran máquina capitalista no sabe qué pensar, si hacerle caso al cura que le dice que se aguante para conseguir el paraíso o si ir a hacer fila para recibir los excrementos humanitarios o ya de plano, enrolarse en la delincuencia y hasta en las “fuerzas del orden”. Pero de trabajar más ni hablar, porque ni con dos ni tres trabajos alcanza. Además, para todos es una evidencia que en este mundo mientras más trabajas menos tienes y al revés. Y de todos modos, ni trabajo hay… Siendo así, la fortuna y la desdicha parecieran fatalidades del destino. Y no es necesario padecer la miseria más brutal que muchos en el mundo padecen para sentirse seriamente afectado por el problema.

Justamente son estos sentimientos de solidaridad humana básica los que aprovecha la clase dominante para chantajear y encuadrar en sus filas al proletariado que aún no figura en las estadísticas de pobreza extrema y que, según esta lógica, debe dar gracias por tener la suerte de poder echarle más agua a los frijoles cuando otros literalmente se mueren de hambre en África y a la vuelta de la esquina. Así, esta trampa ideológica de la culpa y el remordimiento por tener el privilegio de comer así sean alimentos de pésima calidad –y el miedo ante la posibilidad de perder dicho “privilegio”– se cuela en el hogar de toda ama de casa proletaria que no pierde la oportunidad de echarle en cara al que se atreva a quejarse o a dejar algo en el plato, el hecho de que mientras el reprendido se da el lujo de “desperdiciar”, los niños en África se mueren de hambre. Del mismo modo, la burguesía en general usa estos argumentos para culpabilizar al proletariado “mezquino que egoístamente sólo se importa a sí mismo” cuando este tiene el atrevimiento de luchar o de poner en duda sus trampas demagógicas, pintándolo como el responsable poco menos que de todos los males del mundo por no “hacer frente común” con ella en su “lucha” contra los azotes que, por otro lado, no son más que el resultado necesario de su propio sistema.

Las colectas ciudadanas tipo “Teletón” así como la “Cruzada contra el hambre” del gobierno federal, “los objetivos de desarrollo del Milenio” de la ONU y las demás inmundicias afines explotan los sentimientos y la impotencia individual de quienes honradamente se preocupan por la despiadada situación que viven grandes masas de la población mientras que por otro lado al no cuestionarlas, consagran las reglas del sistema capitalista que necesariamente engendra miseria, hambre y devastación.

El uso político de estos infames engaños es variado pero siempre gira en torno al objetivo central: desviar, confundir, mistificar el verdadero origen, la raíz objetiva de estos flagelos sociales: el capitalismo. En cambio, nos dicen que el hambre y la pobreza tienen como causa una mala voluntad de determinados gobernantes, o la “distribución desigual” producto de la codicia de algunos, o el consumismo despilfarrador poco cristiano de los “países ricos”, etc. Y frente a estos “errores ajenos”, la facción burguesa en turno en el poder se viste de blanco y se dispone a realizar el milagro de “ahora sí” acabar “para siempre” con el hambre y la pobreza… ¿Cómo?, con grandilocuentes discursos y más que televisados programas repletos de intenciones hipócritas e imposibles aderezadas con ridículas sobras. Pero el hambre y la pobreza no son eternas porque esperen a ser erradicadas por la burguesía. Muy al contrario, no son eternas –a pesar de la burguesía– porque no es eterno el sistema que actualmente las produce y perpetúa pues existe una clase social capaz de terminar con dicho sistema, el proletariado mundial.

Ante el espectáculo atroz de las cifras que se confirman con solo mirar alrededor, la clase trabajadora debe comprender que mientras haya capitalismo, habrá cada vez mayor pobreza y hambre, porque éstas son el producto necesario de una sociedad de clases que, a diferencia de las que le han precedido, genera miseria de la abundancia, creando indigencia con los mismos medios que podrían ser la base de una sociedad que por fin trascienda de la necesidad a la libertad ([1]). Pero esto no lo dicen ni pueden decirlo los burgueses pues sería reconocer la necesidad de su desaparición. Pero eso sí se llenan la boca de promesas mientras chupan más y más la sangre a sus explotados, ante la crisis insoluble de su sistema: “A dios rogando y con el garrote dando” es el lema actual de la burguesía mundial. Lema que en México como en el mundo, se encarna en la trágica realidad del desempleo rampante, de las mayores cargas y ritmos laborales, de los despidos, de las reformas y en general, del empeoramiento de nuestras condiciones de vida.

En boca de la burguesía la “lucha” contra el hambre y la pobreza y demás, es un himno de gloria imposible. Pero para nosotros los proletarios del mundo, que a pesar de las cortinas de humo filantrópico podemos ver la necesidad de destruir el capitalismo para crear una comunidad mundial verdaderamente humana, la cruel realidad del hambre y la miseria, lejos de ser un motivo de culpa y de chantaje, es un impulso más para rebelarnos contra este mundo atroz. Un motivo terrible por el cual luchar con todas nuestras fuerzas mediante la organización y unidad de nuestra clase.

En nuestro propio terreno en el que las hipócritas y mistificadoras intenciones ciudadanas sean sustituidas por la consciencia de la posibilidad real de un mundo nuevo y diferente del que, si nos decidimos, podemos ser el amanecer.

RM, mayo de 2013

[1]) Para una exposición detallada de la necesidad, del procedimiento objetivo de la producción de miseria en el capitalismo como creación de su propio potencial productivo, véase en este mismo número el artículo “Desnutrición y desperdicio de alimentos”.