Debates electorales: lo contrario de un verdadero debate

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Los debates electorales están de moda. En USA, Obama y Clinton se miden cada día en justas oratorias retransmitidas a medio mundo; en Francia se dice que el bufón Sarkozy derrotó a Royal gracias a los errores que esta cometió en los cara a cara televisivos; en España se intenta animar una soporífera campaña electoral mediante la proliferación de debates como el protagonizado el pasado lunes por Zapatero y Rajoy.

Estos espectáculos producen el efecto de impedir un debate auténtico. Más aún: desprestigian y deforman la idea misma de debate. Para muchos, si el "debate" consiste en la gresca chapucera que aquellos protagonizaron lo mejor es estar callados y no discutir nada con nadie.

El debate Zapatero - Rajoy estaba preparado hasta en los más mínimos detalles, cómo tenían que sonreír, a quién tenían que mirar cada vez que hablaban, qué gestos tenían que hacer, qué cara tenían que poner cuando el otro soltaba su cháchara. Fuimos testigos de una gigantesca farsa, de una obra de teatro minuciosamente preparada donde se estaba interpretando un papel cara la galería. La frescura y la espontaneidad de ideas, la sinceridad -elementos imprescindibles de un auténtico debate- brillaron por su ausencia.

Los candidatos no expusieron el más mínimo análisis, no argumentaron lo que querían decir, cuando de vez en cuando echaban mano de un gráfico o de una estadística lo hacían como arma arrojadiza contra el rival[1]. Su discurso monocorde y aburrido consistió en decir que "yo lo haga muy bien" y "usted la hace (o lo hizo) fatal".

Cuando uno echaba en cara al otro tal o cual acción, la defensa siempre consistía en que "usted hizo lo mismo", con lo que se ponía en evidencia que ambos participaban de una misma política, que no representaban más alternativa que la defensa cerrada del interés de la minoría explotadora frente al interés de la gran mayoría.

La crisis económica, la situación mundial, la guerra, la emigración, la vivienda, la situación social, no fueron enfocadas como una realidad que había que analizar, comprender y trazar perspectivas, sino como una excusa descaradamente utilizada para presentar promesas electorales o para descalificar al contrario.

Ambos candidatos hablaban siempre en primera persona: "yo haré", "usted no ha hecho"..., como auténticos autócratas del siglo XXI, revestidos con el manto protector de la mascarada electoral, cada uno nos venía a decir que "El Estado soy yo". La actividad colectiva y unida, la decisión adoptada sobre la base de un esfuerzo común, elementos inseparablemente unidos al debate y que le dan sentido, fueron los grandes ausentes del plató.

La mentira más burda, la manipulación de los datos más grosera, el insulto y la calumnia más vergonzosos, recorrieron el "debate" de principio a fin. Conceptos como respeto mutuo, escuchar al interlocutor, empatía, honestidad... -elementos imprescindibles para un mínimo debate- habían sido radicalmente proscritos; la inmoralidad más absoluta, el todo vale, las trampas al contrario..., fueron los protagonistas estelares.

Viendo el "debate" Zapatero - Rajoy se llegaba a la conclusión que razonar y debatir son verbos antagónicos imposibles de conjugar. Ningún razonamiento apareció, lo único que mostraron fueron "argumentos" inverosímiles y pueriles, afirmaciones absurdas difíciles de tragar que ofendían la inteligencia y la sensibilidad de los espectadores, tomados como niños estúpidos a los que hay que engañar y manipular.

La única pregunta que no figuró en las innumerables encuestas que se hicieron durante y después del debate, era sobre la altura intelectual, el rigor analítico, de los contendientes. Si se hubiera hecho la respuesta hubiera sido un cero absoluto. Del "debate" pudo obtenerse un retrato bastante fiel de gran mayoría de los actuales gobernantes capitalistas: nulidades intelectuales cuyo único mérito es el aplomo en la mentira y la manipulación.

Ninguno de los dos contendientes pretendió aclarar nada ni analizar lo más mínimo, su única pretensión era apabullar, impresionar, mistificar y confundir. Se supone que estos "debates" son un medio de clarificación de los "ciudadanos", de proporcionarles los medios para que decidan su voto. Cualquiera que viera el espectáculo con un mínimo sentido crítico pudo comprobar fácilmente que ese no era el objetivo, que lo único que se buscaba era eludir los problemas, echar constantemente continuas cortinas de humo, culpar de todo el contrario y ofrecerse como el prestidigitador capaz de resolver todos los problemas habidos y por haber.

Pero lo que resultó más repugnante fue que allí no estábamos viendo un debate sino un combate de boxeo donde lo único que pretendía cada cual era noquear al contrario, aplastarlo moral y materialmente. En sus caras, en sus gestos, en sus declaraciones, los contendientes rezumaban pugilato, navajazos a la yugular, guerra despiadada. Tras el tenue maquillaje de bellas palabras aludiendo a la "solidaridad" o a la "dignidad", los dos aspirantes se retrataron a si mismos y retrataron a una sociedad basada en la competencia feroz, en la guerra de todos contra todos, en pisar al de al lado, en no tener el más mínimo escrúpulo en la carrera por "las oportunidades".

El debate proletario

Este "debate" y otros "debates" electorales que vemos por el mundo nos muestran lo que para la clase dominante es el debate: relaciones de fuerza, manipulación, maniobra, acusación, aplastamiento... Espectáculos como el que vimos conducen a odiar el debate, a verlo como un medio más de disgregación social, de infligirnos los unos a los otros los peores sufrimientos.

Sin embargo, no podemos caer en esa conclusión. El debate ha sido en la historia de la humanidad un medio de avanzar en el conocimiento, en la ciencia, en el desarrollo intelectual y moral. El debate es  un arma fundamental para el proletariado, para el desarrollo de su solidaridad, su unidad y su toma de conciencia. El éxito de la lucha del proletariado va ligado al desarrollo en sus filas y progresivamente en las de toda la humanidad oprimida, de una amplia y profunda cultura del debate.

Pero el debate proletario no tiene absolutamente nada que ver con ese espectáculo denigrante que es el "debate" burgués y menos aún con esa farsa que son los debates electorales.

El debate proletario parte del intercambio sincero de ideas, argumentos, opiniones y análisis. No se basa en el teatro sino en la honradez, la sinceridad y la reflexión.

No pretende mistificar, engañar o engañarse, sino tratar de reconocer la realidad, aprehenderla de la forma más profunda posible, tratar de comprender su dinámica y evolución, para desde ahí desgajar perspectivas y propuestas de marcha.

Se fundamenta en el respeto mutuo, la confianza, la actitud fraternal, de todos los participantes. Cada cual intenta ponerse en lugar de los demás, desarrollar la empatía necesaria para que una clarificación colectiva tenga lugar. El debate mismo constituye un factor de desarrollo de la empatía mutua, la confianza, la solidaridad, la apertura hacia las ideas y hacia los demás.

El debate proletario busca la clarificación colectiva e individual. No se trata de imponer un punto de vista ni de lograr el triunfo sobre los otros. El debate proletario no es un campo de batalla sino una herramienta de clarificación y unificación. Se trata de hacer que tras el debate todos salgan más claros, todos concluyan más enriquecidos, tanto los que "tenían razón" como los que "se habían equivocado".

El debate proletario no es una relación de fuerzas, no es un pugilato, no es una contienda, es un medio unitario y colectivo de clarificación, de desarrollo de la unidad y de la fuerza común.

Frente al espectáculo de "debates" que nos ofrece la clase dominante, los trabajadores, los revolucionarios, hemos de desarrollar un verdadero debate que avance hacia la clarificación, la unidad, la lucha colectiva, el compañerismo. El debate proletario es un arma cargada de futuro, es una de las fuerzas clave en el alumbramiento de un nuevo mundo. Los debates electorales, los debates de los políticos, los denigrantes programas de cotilleos y choques de arpías y cotillas a los que nos tiene acostumbrada la TV, las tertulias de "expertos", constituyen una de las muchas inmundicias que exuda el viejo mundo por todos sus poros

CCI 27-2-08


[1] En El País del 27-2-08 se reconoce abiertamente que ambos candidatos utilizaron estadísticas convenientemente desfiguradas.