¿Dónde está hoy la clase obrera?

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Una nueva serie de artículos para abordar las dudas actuales sobre la alternativa revolucionaria del proletariado contra el capitalismo.

Introducción

Día tras día crece entre los trabajadores y la población en general una profunda y justificada inquietud por el negro destino que nos ofrece la vigente organización de la sociedad: el sistema capitalista. En las páginas de esta misma publicación analizamos el desastre medioambiental, la miseria que se plasma en la falta de un techo digno de tal nombre, o la espiral de guerras y terror que asolan con cada vez más hiriente intensidad a la humanidad. Pero ¿qué podemos hacer? La inmensa mayoría de los partidos políticos, sindicatos, y demás instituciones del sistema tratan de camelarnos con la ilusoria patraña – eso sí que es una utopía – de “presionar” para “reformar” el capitalismo. Otros desengañados de tan reiterados embustes, pero cegados por la lógica destructora de este sistema de explotación que chorrea sangre y caos por todos sus poros, nos proponen dejarnos arrastrar por esa misma pulsión arrasadora y no ven más “respuesta” que los oprimidos arrebaten a los opresores el “honor” de reducir a cenizas la obra de miles de años de trabajo humano. Pululan igualmente multitud de ideólogos que predican toda clase de vías, desde la vuelta a las supersticiones religiosas,  a la construcción de “búnkers” mentales de indiferencia ante el horror que se abate sobre nuestra especie y la naturaleza toda([1]). Todas estas mistificaciones, tan aparentemente diferentes unas de otras, parten de un principio medular del pensamiento burgués: no hay alternativa viable a este sistema, no existe posibilidad alguna de que los seres humanos convivan sin explotación, miseria, guerras, el capitalismo es el fin de la historia. Esa es desde luego la “respuesta” que le interesa propalar a la burguesía ante la creciente inquietud por el futuro que se avecina.

No dudamos que esa visión resignada e impotente tiene todavía mucho peso en la gran mayoría de la población, pues, como decía Marx: «la ideología dominante en la sociedad es la ideología de su clase dominante». Sabemos que la ideología sigue siendo dominante en la sociedad, eso es obvio, pero lo que debemos discutir es ¿su impacto tiende a hacerse mayor o por el contrario, tiende, aunque sea lentamente y sin seguir necesariamente un camino lineal, a debilitarse?. Nosotros pensamos que sí. Ya hemos explicado en otros artículos ([2]) los hechos que prueban materialmente el despuntar de un nuevo esfuerzo de combatividad y toma de conciencia por parte de la clase llamada precisamente por la historia a instaurar esa nueva sociedad verdaderamente humana: el proletariado mundial. Ese esfuerzo de toma de conciencia por parte de una clase que siendo la única clase revolucionaria, es al mismo tiempo la clase explotada de la sociedad, no se traduce en una “iluminación” súbita, un descubrimiento repentino de la verdad y toda la verdad, sino que se opera a través de una evolución en que viejas dudas dan paso a nuevos interrogantes.

En 1999-2000, por ejemplo, redactamos una serie de artículos bajo el título general de “Respuesta a las dudas sobre la clase obrera” ([3]). Esta serie era el resultado de debates que mantuvimos con elementos muy jóvenes que buscaban efectivamente alternativas al capitalismo pero en una situación marcada por un profundo desarraigo del proletariado, en cuyas filas pesaban enormemente todos los mitos propalados por el capitalismo en los años 90: triunfo del capitalismo sobre el “comunismo” (en realidad capitalismo de Estado estalinista), superación de las crisis económicas con la “nueva economía”, y la “revolución tecnológica”, creación de un nuevo “orden mundial” que extinguiría las guerras al desaparecer los bloques imperialistas que las habían protagonizado en los 50 años anteriores,...  En definitiva el ambiente que se respiraba en la clase obrera era de desorientación, y también de apatía, pues la dinámica de luchas de los años 70 y 80 se había agotado sin haber conseguido, como muchos soñábamos, derribar el capitalismo, y lo que predominaba, incluso en elementos que sinceramente trataban de no dejarse arrastrar por el “triunfalismo” capitalista, era, sin embargo, una duda radical sobre la existencia misma de la clase obrera y más aún sobre su capacidad no digamos para hacer una revolución sino para, al menos, luchar contra la explotación siempre en aumento del capitalismo. En palabras de un compañero en una carta que nos escribió por entonces «yo no veo por ningún lado a la clase obrera sí acaso vociferando como estúpidos en los campos de fútbol». La problemática que entonces predominaba oscilaba entre la negación de la existencia misma del proletariado o la tesis (todavía más peligrosa por cuanto es más sofisticada), de que el proletariado seguía existiendo (¿quién sino crea la inmensa mayoría de la riqueza social?), pero que había dejado de constituir ya una amenaza para el capitalismo, y mucho menos una alternativa revolucionaria.

Hoy, el proletariado, desde 2003, ha empezado a retomar el camino de la lucha, sectores significativos de nuevas generaciones obreras empiezan a protagonizar luchas en unidad con las viejas generaciones (movimiento de los estudiantes en Francia, luchas en Vigo, Bangla Desh, Brasil, India, China, Gran Bretaña, todas ellas durante 2006) y, más profundamente aún, muchos jóvenes obreros –junto con compañeros de anteriores generaciones que vuelven a retomar el interés por la causa proletaria- se plantean preguntas sobre qué porvenir nos depara el capitalismo, cómo luchar, etc. La situación ya no es la misma y las preguntas que se hacen estas minorías parten de que sólo la clase obrera puede hacer una revolución y en la convicción de que puede y debe luchar contra el capitalismo.

Es evidente que dentro de ese marco se plantean muchas dudas, se ve que el camino es muy difícil, se constatan obstáculos que aparecen a primera vista como infranqueables. Sin embargo, el punto de partida no es ya la negación radical o la duda paralizante sobre la clase obrera([4]) sino el principio de una confianza sobre su capacidad de lucha y sobre la perspectiva revolucionaria de la que es portadora. Expresión avanzada de ese ambiente son estos pasajes de una carta de un compañero que hemos recibido recientemente: «si hay una fuerza social, un movimiento social de masas en su número y extensión, que encarne en su lucha contra la sociedad capitalista “la autoorganización, la comunicación, la solidaridad, el coraje, la reflexión” es, sin lugar a dudas, el movimiento obrero (…) Ahora bien, es referente al sujeto revolucionario, a la fuerza social que pueda y quiera ejecutar la sentencia de muerte a la sociedad capitalista y construir otras relaciones sociales, donde yo tengo más dudas y vacilaciones. La lucha individual por la supervivencia en un entorno hostil, la soledad, la falta generalizada de experiencias de solidaridad, lucha y reflexión colectiva, el embrutecimiento, el miedo y la desconfianza en general… son losas que pesan mucho, que a priori hacen difícil levantar la mirada para algo más que no sea intentar tirar para adelante en medio de esta jungla, que desde luego dificultan mucho plantearse el derrocamiento revolucionario de lo existente».

La “contradicción” que puede percibirse en estas reflexiones es más aparente que real. La confianza en la capacidad histórica del proletariado, en las potencialidades de su lucha, no significa negar sus dificultades inmediatas, sus vacilaciones, los obstáculos que lo paralizan. Al contrario, es el reconocimiento serio, científico, de esos problemas, el mirarlos cara a cara, el analizarlos a través de debates en profundidad, lo que permitirá que la clase obrera pueda avanzar en sus luchas, en su toma de conciencia y vaya madurando sus capacidades para enfrentarse al capitalismo.

El objetivo de esta nueva Serie de artículos que ahora emprendemos es animar un debate sobre esas dificultades, problemas, obstáculos, que enfrenta la lucha obrera, desde una perspectiva de combatientes comprometidos. Se trata de rechazar tanto las posturas de “profesores” que pontifican dogmáticamente sobre “un proletariado que hará inexorablemente la revolución cuando lo dicten las condiciones objetivas y disponga de un Partido que lo dirija” como las de esos escépticos que no ven más allá de sus narices y que en nombre de que “el proletariado no ha hecho la revolución y ha fracasado en anteriores empeños” le condenan por los siglos de los siglos.

Ambas posturas propagan la parálisis y la desorientación. Frente a ellas debemos desarrollar un debate abierto y fraternal sobre los problemas de una clase obrera que sufre, siente, piensa, busca respuestas, intenta luchar, tiene fracasos, dudas y dificultades, en definitiva, es un ser vivo.

¿Puede el capitalismo comprar al proletariado con concesiones económicas para retardar y evitar la revolución proletaria? 

Iniciamos esta serie mediante un artículo que resume un debate que hemos tenido con compañeros en diversos lugares. Todos compartían con mayor o menor fuerza la convicción antes expresada: la clase obrera puede luchar y sólo ella puede llegar a cambiar el mundo. En ese marco las discusiones muy animadas versaban sobre sus dificultades actuales. Una de las dificultades que a juicio de algunos compañeros constituía un obstáculo muy grave es la capacidad que tiene el capitalismo de engatusar al proletariado con concesiones económicas desde el subsidio de desempleo y las pensiones de jubilación a la adquisición de determinados bienes como la vivienda, etc.,... Según algunos de estos compañeros, mediante estos mecanismos el capitalismo puede chantajear al menos a un sector del proletariado que preferiría conservar tales “conquistas” antes que aventurarse a cambios revolucionarios. Se tratarían pues, según expresión de algunos de ellos, de “tampones sociales”, para evitar, o al menos retrasar, las explosiones de lucha de los trabajadores. Los argumentos que estos compañeros ponen encima de la mesa de discusión, son aparentes “verdades del barquero” que escuchamos todos los días en el trabajo, en el barrio, etc.: los jubilados es verdad que cobran pensiones de miseria pero con el Inserso disfrutan de vacaciones que nunca soñaron, los jóvenes no ganan para irse de casa pero lo que ganan les permite divertirse, los obreros de 40 y 50 años se empeñan de nuevo para hipotecarse en comprar una segunda vivienda, etc.,...  Esos manidos datos “sociológicos” son repetidos una y otra vez por los medios de comunicación de la burguesía, para “demostrar” que, a pesar de la creciente degradación de las condiciones de vida del proletariado, éste aún tendría demasiadas ataduras al capitalismo como para plantearse erradicarlo.

No vamos a entrar aquí a discutir la incidencia mayor o menor de estas situaciones ([5]), sino a tratar de aportar un método histórico para entender que, en todo caso, no ponen en cuestión la potencialidad revolucionaria de la clase obrera. En concreto en esta primera parte abordaremos las diferentes supercherías ideológicas que la burguesía ha intentado transmitir al proletariado para “convencerle de lo injustificado” de su revuelta contra la explotación, así como el significado real de las supuestas “concesiones” del capitalismo a sus explotados.

Las mejoras y reformas que a lo largo de la historia ha podido obtener la clase obrera jamás han cambiado su naturaleza revolucionaria.

A lo largo de los más de dos siglos que dura ya la lucha entre proletariado y burguesía, ésta ha tratado siempre de convencer al primero de las ventajas de la explotación capitalista. En los albores del capitalismo, cuando los trabajadores sufrían terribles condiciones de vida (trabajo infantil, jornadas de 12-14 horas, hacinamiento en las terroríficas “workhouses”,...), la burguesía  le decía a los trabajadores que, al menos, habían conquistado la “libertad”. En efecto la explotación de la plusvalía de los trabajadores, mecanismo verdadero de la acumulación capitalista, necesitaba una clase de hombres “libres” de ataduras a la tierra o al señor feudal, y también “liberados” (es decir desposeídos) de los medios de producción, hasta el extremo de que los obreros «no viven sino a condición de encontrar trabajo y lo encuentran únicamente mientras su trabajo acreciente el capital» (“Manifiesto Comunista”).

Progresivamente, el desarrollo y la extensión de la producción capitalista y el abaratamiento de las mercancías, hizo que los trabajadores pudieran lograr medios de consumo que hasta entonces parecían impensables e incluso superiores a los que podían conseguir sectores arruinados de la pequeña burguesía o el campesinado. Entonces algunos “pensadores” retardatarios dijeron que tales mejoras invalidaban al proletariado para hacer la revolución, y que el “modelo revolucionario” residiría más bien en los damnificados por el derrumbe de la producción artesanal (Proudhon) o incluso en los...¡bandidos! (Bakunin).

En el periodo de 1870 a 1914 se pudo observar en los principales países industriales una mejora sustancial y progresiva de las condiciones obreras. Esto correspondía a un periodo histórico de apogeo del capitalismo, de su capacidad como sistema para desarrollar las fuerzas productivas sociales. Por citar únicamente 3 expresiones emblemáticas de ello: la jornada laboral pasó de 12-14 horas a 8-10 horas; el puesto de trabajo se hizo más o menos fijo para una cantidad significativa de obreros frente a la eventualidad y la precariedad agudas que reinaron en los periodos anteriores; a través de cajas de socorros mutuos, gestionadas directamente por los sindicatos –entonces organizaciones genuinamente obreras- muchos trabajadores pudieron gozar de un seguro de vejez cosa que no había existido antes más que muy minoritariamente.

Surgió entonces en el movimiento obrero de esa época una corriente oportunista de la peor calaña, el “reformismo” (que acabó pasándose con armas y bagajes al campo capitalista). Esta teoría postulaba por un lado que el capitalismo habría conseguido desterrar definitivamente las crisis económicas como las que cíclicamente le sacudían en el pasado ([6]), y por otro que el proletariado estaba demasiado “acomodado” a una lucha sindical y parlamentaria que le permitía obtener tales mejoras, que plantearle la perspectiva de una lucha revolucionaria sería un simple ejercicio de radicalismo retórico. Lo cierto es que quienes, como Rosa Luxemburgo, Lenin, Pannekoek,... siguieron defendiendo la perspectiva revolucionaria demostraron tener razón. En 1914 estallaba la 1ª Guerra Mundial que demostraba la entrada del capitalismo en una crisis histórica permanente, y tres años más tarde, ese proletariado supuestamente “abducido” por el capitalismo desató una oleada revolucionaria que desafío el orden capitalista.

Ya en el siglo pasado hemos asistido a múltiples tentativas por parte de la burguesía de “revacunar” al proletariado contra cualquier tentación revolucionaria, presentándole como “aburguesado” y “cómplice” del sistema capitalista. Así en los años 60, cuando el proletariado no había despertado aún de la contrarrevolución que siguió precisamente a la derrota de la oleada revolucionaria de 1917-23, hicieron furor las teorías (recordemos a los Marcuse, Adorno, y cía) que apuntaban con el dedo culpabilizador a un proletariado “integrado” en el sistema seducido por el “consumismo” (los consabidos mitos del “cochecito”, los electrodomésticos, las vacaciones,...). Y, sin embargo a finales de esa misma “década prodigiosa” ese proletariado presuntamente integrado ponía punto final a la contrarrevolución con una oleada de luchas que sacudió todos los rincones del planeta (Mayo 68, las luchas de los 70 en España, el Cordobazo argentino, etc.). Al final de esas oleadas de luchas, en los años 80, los “ideólogos” del sistema descubrieron una nueva forma de inmunidad del capitalismo: el llamado “capitalismo popular”, que consistía en que además de la sustracción de plusvalía, los obreros debían dedicar parte del salario restante a comprar participaciones en fondos de inversión, para en realidad capitalizar sus pensiones y seguros de desempleo (porque la vía clásica de la seguridad social está abocada a la quiebra), o para evitar que la inflación devorase sus menguados ahorros en las cuentas corrientes([7]). Eso mismo es lo que lleva hoy a algunos trabajadores, cada vez menos desde luego, a tratar de proteger lo poco que han podido ahorrar invirtiendo en “ladrillo”.

Es decir que lo que en realidad supone una condena a los trabajadores resultado del curso especulativo del propio capitalismo enfangado en una crisis económica irresoluble, se nos presenta como una “atadura” interesada de los explotados a los explotadores. Y no es así, ya que como analizó Marx: «Mientras el obrero asalariado sea obrero asalariado su suerte depende del capital. He aquí la cacareada comunidad de intereses entre el obrero y el capitalista» (“Trabajo asalariado y capital”).

En la segunda parte de este artículo entraremos más con detenimiento a analizar por qué es posible la unidad de diferentes sectores de la clase obrera, con diferentes grados de explotación y miseria, que el motor de avance de la masividad y la conciencia de clase es precisamente el desarrollo de una creciente solidaridad, y no el dejarse llevar por una defensa “egoísta” de supuestos privilegios, pero sí queremos plantear desde ya algunas preguntas para tratar de comprender dónde está hoy la lucha de la clase obrera. Si lo que primara, de verdad, fuera esa defensa de determinadas concesiones hechas por los capitalistas a ciertos sectores de trabajadores, entonces ¿Por qué esos mismos obreros del “capitalismo popular” inglés auspiciado por la Sra. Thatcher, entran en lucha hoy no para conseguir mejores salarios para ellos sino contra la discriminación salarial hacia sus hermanos emigrantes húngaros? ¿Por qué los obreros del metro de Nueva York se movilizaron contra una reforma de las pensiones que no les afectaba a ellos sino a las siguientes generaciones? ¿Por qué en Alemania obreros de factorías automovilísticas que no se veían afectadas por regulaciones de empleo se pusieron en huelga en solidaridad con los despedidos de otras factorías?.

¿Tienen los obreros “demasiadas comodidades” para hacer la revolución?

Si se plantea que los trabajadores pueden ver “comprada” su voluntad de lucha por las migajas dejadas caer desde la mesa del patrón, se acaba concluyendo necesariamente que sólo cuando las condiciones de miseria alcancen una violencia extrema podrá ver la luz una transformación revolucionaria de esta sociedad. Esa misma lógica es la que plantearon los ideólogos de la “integración del proletariado” que en los años 60 encaminaban la búsqueda del nuevo sujeto revolucionario en sectores sociales que acumularan más opresión (negros, mujeres,...) que los trabajadores, o la que hoy defienden los apologistas de las revueltas desesperadas de los sectores más miserables de la sociedad, los campesinos arruinados de América latina o los jóvenes lumpenizados de las metrópolis europeas.

Como abundaremos en el próximo artículo de esta serie lo que hace revolucionario al proletariado no es su miseria (menos extrema en muchos casos que otros sectores sociales), ni la desposesión total de medios de consumo, sino su posición en el modo de producción capitalista, en el que representa la socialización de la producción capaz ya de satisfacer objetivamente las necesidades humanas, y se ve, sin embargo expoliada por la apropiación privada (por la clase capitalista) de los medios de producción y de su resultado. Precisamente por ello y a diferencia de anteriores clases explotadas de la historia (los esclavos, los siervos), la clase explotada de la sociedad capitalista es también la clase revolucionaria, la llamada a instaurar un nuevo orden social. Su combate histórico es por tanto capaz de trascender la simple reacción inmediatista contra los sufrimientos y privaciones que, indudablemente, padece, y dotarse en cambio de una perspectiva histórica sobre su propia situación.

Puede y debe por tanto darse cuenta de sí sus horribles sufrimientos  son un peaje a pagar para el desarrollo del capitalismo, o si por contra expresan una caída cada vez más profunda en el abismo de la destrucción y la barbarie de un sistema que hace casi 100 años que ha entrado en su etapa de decadencia ([8]) , sin que representen progreso alguno para el género humano.

Examinemos la trayectoria humana y vital de 4 generaciones obreras que se han venido sucediendo desde 1917: la generación que nació al final del siglo XIX sufrió con la juventud recién estrenada la barbarie infinita de la primera guerra mundial y aunque ardió de entusiasmo con la oleada revolucionaria de 1917-23 la derrota de ésta significó para ella una enorme postración y un endurecimiento inaudito de los sufrimientos: el desempleo con la Gran Depresión (1929),  el rigor extremo de la economía de guerra y la nueva barbarie aun peor de la segunda guerra mundial, los tremendos sacrificios de posguerra una posguerra asoladora, con una brutal sobrexplotación tanto extensiva como intensiva (aumentos de ritmos disfrazados de “racionalización científica del trabajo, etc.) y solo algunos pudieron tener algún alivio en el final de su vida, entre 1955 y 1970([9]). La generación siguiente creció en la atmósfera opresiva y de explotación brutal de la contrarrevolución y la segunda guerra mundial, los fuertes sacrificios de posguerra y únicamente en la madurez y la vejez ha podido disfrutar de un trabajo más o menos seguro, de ciertas mejoras como una vivienda adecuada e incluso una segunda casa, y de una jubilación aceptable. Sus hijos (hoy con 50-60 años) vivieron la prosperidad en la juventud pero pronto vieron las orejas al lobo (lo que motivó las grandes luchas de finales de los años 60) y lo que ha venido a partir de los 80 ha sido un vía crucis de pérdida del empleo “garantizado de por vida” que le prometieron en la juventud, jubilaciones anticipadas o trabajos precarios con el remate de una jubilación miserable o la duda de no poder siquiera recibirla. ¿Y qué decir de sus hijos (hoy con 20-30 años)? La respuesta es evidente: precariedad, desempleo más o menos disfrazado, imposibilidad de obtener una vivienda decente y la certeza de que jamás tendrá derecho a una jubilación.

Ninguna de estas cuatro generaciones sucesivas ha podido gozar de forma duradera de una situación “estable y garantizada” que el capitalismo y sus adoradores tanto ensalzan en su propaganda. Al contrario, todas han sufrido en dosis más o menos fuertes las atrocidades de la guerra, el desempleo, la precariedad, la inseguridad en las condiciones de vida, por no hablar de males aún más crueles como la barbarie, el terror o la degeneración moral.

En la jornada laboral estamos volviendo, desde mediados de los años 80, a una situación de claro retroceso: la jornada de 8 horas está dejando paso a jornadas de 10, 12 y más horas pese a que “oficialmente” ciertos convenios hablen de semanas de 40 horas o, en el colmo del cinismo, en Francia se siga manteniendo la ficción de las 35 horas. Incluso de forma abierta y legal, sectores crecientes del capitalismo de los países centrales y bajo gobiernos de “sensibilidad social” (laboristas ingleses, socialistas alemanes) se hacen saltar los límites legales a la jornada de trabajo y se instauran con el concurso de los sindicatos jornadas legales de 44 y 48 horas.

En la cuestión del trabajo fijo la cosa es aún más evidente: en todos los países –aunque con ritmos diferentes- la proporción de trabajadores con “un empleo garantizado para toda la vida” se reduce sin cesar. La generación de trabajadores que hoy tienen 50-60 años han perdido en un buen porcentaje sus empleos fijos y malviven en uno de estos regímenes: prejubilación con ingresos que se van reduciendo progresivamente, “autónomos”, es decir, asalariados encubiertos en situación de precariedad, o bien, un desempleo de larga duración con situaciones cada vez más agobiantes. Sus hijos que hoy están entre 20-30 años sufren directamente la precariedad más atroz, el desempleo o esa situación –aún más estresante- de una combinación sin solución entre fases de contrato eventual y fases de desempleo. Ahí pues la situación se ha degradado de manera considerable.

Los expertos en relaciones laborales y los sociólogos capitalistas son los primeros en reconocer que en cada vez más lugares y situaciones, las condiciones de vida y trabajo de los obreros presentan rasgos comunes a los que existían en los primeros momentos del capitalismo. Para ellos es una prueba de la “jovialidad” del sistema. Para la clase obrera en cambio, es un signo de decrepitud. Muchos ancianos sufren síntomas parecidos a los de los niños, pero la perspectiva vital que ofrecen es radicalmente diferente.

Para el proletariado lo esencial no es ensimismarse con lo que aún, y cada vez más a duras penas, “posee”; sino reafirmar su convencimiento de que el camino en el que está metida la sociedad capitalista es el de la destrucción de la humanidad, y que es la clase obrera la única capaz de impedir ese holocausto.

 

 Smolni/Etsoem 14-1-07

 

 


[1] Hemos denunciado que tales planteamientos puedan revestirse como “revolucionarios” por ejemplo en Acción Proletaria nº 153  “Jornadas sobre autonomía: una vulgar estafa”

[2] Recomendamos la lectura de la Resolución sobre la Situación Internacional de nuestro último congreso (Revista Internacional nº 119) así como las Tesis sobre el movimiento de los estudiantes en Revista Internacional nº 125

[3] Ver Acción Proletaria nº 145 a 152

[4] Es evidente que hay todavía elementos retardatarios o ideólogos en busca de un lugar al sol que siguen negando con patética obstinación al proletariado. Ver “Hablan de autonomía para mejor colar el mensaje del fin del proletariado” (AP 181), ¿Quién puede acabar con el capitalismo? (AP 182)

[5] Si se mira bien, acceder a una vivienda, y no digamos adquirirla, es algo cada vez más alejado de las posibilidades incluso del proletariado del llamado 1º Mundo, como mostramos en el artículo de este mismo número de AP.

[6] Uno de los principales representantes de esta corriente, Berstein señaló que la perspectiva revolucionaria se evaporaba porque la base que según Marx, sustentaría esta perspectiva sería la de una crisis “catastrófica” del sistema y una “miseria creciente”. Como veremos en la segunda parte de este artículos y como demostraron los revolucionarios que refutaron a Berstein, esa no fue jamás la base sobre la que Marx fundamentó la posibilidad de una revolución del proletariado.

[7] Hoy, sin embargo, gran parte de esas ilusiones se han ido al traste con las crisis financieras (¡que le pregunten si no a los obreros argentinos, o a los afectados de Afinsa el pasado año en España!) y bursátiles de los últimos años

[8] Ver nuestro folleto sobre este tema.

[9] En todo caso esas “comodidades” de los años 60 (el coche, las vacaciones,...) no eran tanto concesiones al proletariado, sino exigencias de la propia explotación capitalista como mostramos en los artículos de la serie “¿Quién puede cambiar el mundo?” en la Revista Internacional nº ¿??? Y ¿¿¿??. Lo mismo sucede con la asistencia sanitaria o la seguridad social que fueron medios de capitalismo de Estado para garantizarse una reparación de la fuerza de trabajo en unas condiciones de escasez de mano de obra por las devastaciones de la guerra y la postguerra.