Tribuna del Lector: la teoría de la aristocracia obrera un medio de dividir y enfrentar a la clase obrera

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Publicamos
a continuación una carta del grupo Comunistas
Revolucionarios que plantea cuestiones que preocupan a todos los
elementos avanzados de la clase obrera. Incluimos a continuación
la primera parte de Nuestra Respuesta (la segunda la daremos a
conocer en el siguiente número de Acción
Proletaria).

CARTA DEL GRUPO COMUNISTAS REVOLUCIONÁ[email protected]
A LA C.C.I. :

LAS
LUCHAS EN LOS ASTILLEROS DE LA RIA DE FERROL.

Saúdos [email protected]

Atenderemos de modo resumido a vuestra carta en
la que nos solicitáis información sobre el conflicto
laboral en IZAR, pues en realidad nosotros tenemos pendiente una
valoración mucho más minuciosa del asunto. Si os
parece adecuado, podéis publicar esta carta en Acción
Proletaria (esperamos que lo hagáis). Creemos que el tema,
además, dará incluso para que tratéis la
cuestión de fondo más ampliamente a la luz de
vuestras experiencias concretas.

EL
CONFLICTO ACTUAL: LA NEGOCIACIÓN DEL CONVENIO EN IZAR.

El actual conflicto en el sector naval de
Ferrol no es más que otra falsificación sindical
típica de la lucha de clases. Y esto en múltiples
sentidos.

En primer lugar, el conflicto actual está
circunscrito a los obreros de IZAR, el astillero público
que ahora engloba a los dos astilleros de la ría de Ferrol,
los antiguos Astano y Bazán. Sin embargo, en una situación
holgada de carga de trabajo -pues los astilleros están
continuamente sometidos a un volumen de producción variable
y limitado, a causa de las políticas de reestructuración-,
los obreros de las empresas auxiliares, que trabajan tanto en el
área de reparaciones como de obra nueva de ambos astilleros
son como menos una parte muy importante de la plantilla -en la
antigua Astano son la amplia mayoría-.

Los sindicatos, que actuaron y actúan
descaradamente como los agentes del capital estatal, llevan años
maniobrando en las luchas de negociación de los convenios
de empresa de Izar-Fene (Astano) e Izar-Ferrol (Bazan)
convirtiendo lo que ya eran luchas "acomodadas" de la
aristocracia obrera en puros mamoneos totalmente vacíos de
contenido.

Así, el actual conflicto no es más
que una sucesión de paros parciales y alternos, de varias
horas al día, combinados con procesiones de masas por la
ciudad, lo que, en el marco de una plantilla relativamente amplia
en relación con el volumen de trabajo (en Izar-Ferrol, pues
en Astano no hay ahora mismo apenas actividad productiva), se
traduce en un claro chalaneo sindical: las horas perdidas
aparecerán en el próximo convenio como incremento
salarial.

La demostración más grave del
corporativismo sindical y aristocrático de este sector de
trabajadores, cuyas condiciones laborales y sociales están
ampliamente por encima de la mayoría de los asalariados, y
que para nada intentan, ni siquiera minoritariamente, oponerse al
menos a sus dirigentes sindicales (que los llevan años
vendiendo, dicho sea de paso), puede verse en las connivencias con
la patronal. Se han atrevido incluso a cambiar un día de
"paro" para evitar la demora en las nuevas fragatas que
están construyendo en la factoría de Ferrol, con
objeto de no "perjudicar a la competitividad de la empresa".

En el astillero de Fene la lucha por el nuevo
convenio de empresa ha estado marcada por la falta de carga de
trabajo, reivindicando "carga de trabajo sin limitaciones"
(nuevos contratos de construcción y acceso a la
construcción de todo tipo de buques) y la retirada de las
sanciones de empleo y sueldo a los trabajadores que se habían
negado -en ejecución de una decisión colectiva en
asamblea general- a ser movidos al astillero de Ferrol, medida
justificada por la empresa por la caída de la carga de
trabajo en Fene. Pero sus métodos de lucha no han sido
precisamente "de clase" (por no hablar del auténtico
significado práctico de la "carga de trabajo sin
limitaciones": justificar el empleo y salario de sus obreros
sindicalizados, ya se sabe que no serán ellos quienes
tendrán que afrontar realmente el peso de la explotación
salvaje "sin limitaciones").

Puesto que en IZAR-Fene carecen casi totalmente
de carga de trabajo en el área de obra nueva, no se les ha
ocurrido a sus dirigentes sindicales otra cosa que venir a parar
el trabajo en el área de reparaciones (donde los 
trabajadores de la principal son escasamente unos pocos técnicos
y obreros cualificados, menos de un 10% de la plantilla efectiva).
No llamarnos a unirnos a su lucha ni hacernos participes de nada,
sino parar unilateralmente el trabajo impidiendo la entrada con un
piquete, y justo cuando la mayoría de los obreros de
auxiliares se iba a ir a la calle esa semana o la siguiente por
falta de volumen de trabajo a causa de su conflicto (varios barcos
que venían a realizar reparaciones dieron vuelta, y
probablemente fuese la misma empresa IZAR quien prefirió
"cerrar" el área de reparaciones para socavar las
posiciones sindicales).

Todo esto lo sabemos de primera mano: si de las
maniobras sindicales en Izar-Ferrol tenemos fuentes directas, las
maniobras en Izar-Fene las hemos vivido. Esta actitud
antidemocrática y antiproletaria, sabiendo que las
condiciones de trabajo en las empresas auxiliares están
determinadas por la más absoluta precariedad y dictadura
patronal, tiene su explicación en las luchas de las
empresas auxiliares de los últimos años 2001 y 2002.

LAS
LUCHAS UNITARIAS DE LOS OBREROS DE LAS EMPRESAS AUXILIARES

Es significativo que sobre estas luchas apenas
se hable. Los sindicatos prefieren callar, porque saben que no
representan a los obreros de las auxiliares. Tanto en Izar-Fene
como en Izar-Ferrol han sido contestados como vendidos durante las
huelgas salvajes del naval: huelgas organizadas y convocadas al
margen y contra las posiciones colaboracionistas de los
sindicatos, orientadas no hacia las negociaciones institucionales,
sino a la lucha contra los fundamentos de la subcontratación,
esto es, la sobreexplotación mediante la extensión
de la jornada laboral.

Estas luchas merecerían un análisis
pormenorizado de sus aportaciones y sus errores, de sus
debilidades y de su potencial, pero esta es para nosotros una
tarea todavía por realizar, y seria además extensa
en exceso para esta carta.

El combate contra la sobreexplotación,
no obstante, ha adoptado la forma del incremento amplio de los
salarios, como forma de retraer a los obreros de ceder ante las
presiones de los jefes para realizar horas extraordinarias sin
límites. La reivindicación del cumplimiento legal de
la jornada ha estado presente, cada vez más claramente,
pero, sin embargo, no ha habido una visión de como
efectivar su aplicación más allá del apelo al
compromiso individual y de mantener la cohesión colectiva
frente a las presiones. Así, todas estas huelgas han salido
derrotadas en parte en su objetivo más ansiado: la
reducción de la jornada real (que actualmente se sitúa
habitualmente en las 11-12 horas para la mayoría de las
empresas), sin perdidas salariales, reintegrando el valor de las
horas extras dentro del salario convencional. Pero todas las
luchas han servido para lograr incrementos salariales relevantes,
que sirven objetivamente para contener la extensión de la
jornada.

Hay que tener en cuenta, además, que la
elevada flexibilidad de la carga de trabajo en los astilleros
públicos, acentuada por las políticas capitalistas
orientadas a su privatización (inicialmente mediante la
sustitución progresiva de las plantillas fijas por la
subcontratación en precario), multiplica la temporalidad y
las oscilaciones del trabajo subcontratado, lo cual favorece la
aceptación obrera de la extensión de jornada para
compensar no sólo el descenso del valor efectivo de los
salarios, algo que está generalizado entre la clase, sino
también los más que seguros periodos en paro,
tratando de evitar así la emigración.

Las luchas obreras de auxiliares no han tomado
conciencia de que la lucha contra la sobreexplotación no
puede realizarse sin crear formas de poder proletario y sin crear
núcleos militantes organizados capaces de dar orientación
firme a las luchas. No se entiende que la cuestión de las
horas extras es la clave del modelo de acumulación
capitalista, y que las fortunas de los empresarios de las empresas
auxiliares, creadas al calor de la reestructuración
planificada por el Estado, son el resultado natural del
capitalismo, son lo que hace rentable el negocio de la
subcontratación para ambos los patronos de auxiliares y
para IZAR. Pues aunque los beneficios sean amplios, su crecimiento
y gran parte de su volumen (en resumidas cuentas, la tasa de
beneficio rentable) depende directamente de la sobreexplotación
del tiempo de trabajo (principalmente horaria, pero también
importante en lo que respecta a los ritmos, las condiciones
materiales y técnicas, etc.).

Estas debilidades son la causa fundamental de
que, pese a la separación y oposición clara a los
sindicatos, en un clima de desconfianza generalizada por años
de reconversiones y traiciones, finalmente las luchas hayan
sucumbido a las presiones capitalistas y se hayan apoyado
parcialmente en los sindicatos para favorecer y ratificar acuerdos
laborales.

Son estas las condiciones que han impulsado a
los sindicatos de IZAR -aún más corporativos y
reformistas si cabe que sus filiales locales-, a pasar
literalmente de los obreros de auxiliares. En la factoría
de Ferrol no se ha llamado ni siquiera a la solidaridad a los
obreros de auxiliares, concentrados en el área de
reparaciones. En la factoría de Fene, como dijimos, se nos
impidió trabajar dos días, también sin buscar
unidad alguna. Saben que, después de sus traiciones durante
todas las luchas, los comités de empresa de ambas factorías
son despreciados profundamente por la mayoría aplastante de
los obreros precarios, son vistos como lo que son: como parásitos
sobre la clase y como representantes de los intereses de la
empresa principal que los amamanta con cariño. Saben además
que, aunque pudiesen manipular a los obreros de auxiliares y
adherirnos a sus luchas, rápidamente darían pie a
que planteásemos nuestras propias reivindicaciones, a que
iniciásemos nuestra propia lucha continuando las
anteriores. Y ellos también han sacado sus lecciones: saben
perfectamente que nuestra precariedad y sobreexplotación es
la base de su función de servidores del capital, y la base
de su posición dirigente gracias al acomodamiento del
estrato de clase que representan. Saben, sobre todo, que el
control sindical de las luchas de auxiliares es muy limitado y que
no pueden dirigirlas.

CONCLUSIÓN:
CONTRA EL SINDICALISMO, POR LA VERDADERA UNIDAD Y LUCHA DE CLASE.

Y así llegamos a la situación
actual. En este contexto de estratificación de la clase en
un sector con trabajo garantizado y un sector precarizado, con
condiciones de trabajo y de vida ampliamente diferenciadas, y
encuadradas por los sindicatos en el marco institucional y legal
establecido para las relaciones laborales, las luchas obreras en
IZAR son en su naturaleza esencial luchas reaccionarias por
conservar una posición privilegiada. Y al contrario, las
luchas obreras de auxiliares del naval son esencialmente
revolucionarias, puesto que luchan por la igualdad de condiciones
laborales con los obreros de la empresa principal y contra los
fundamentos del capitalismo actual, acentuados si cabe por las
particularidades nacionales de Galiza (bajos salarios, elevada
tasa de paro, pequeñas empresas, etc.).

Y aquí se ve, de forma candente, como la
perpetuación del sindicalismo como ideología entre
la clase y de las estructuras sindicales tiene su base en los
sectores aristocráticos del trabajo, y no es una cuestión
abstracta sobre formas de organización, diferencias de
concepción de la lucha de clases, reformismo, etc.

Las luchas proletarias solamente pueden
progresar construyendo su unidad y su programa en una oposición
revolucionaria al sindicalismo y a los sectores privilegiados que
lo apoyan por sus intereses especiales. Esto no es más que
la verificación de que el sindicalismo se ha transformado
desde hace mucho tiempo en un movimiento reaccionario, cuya
ideología, forma de organización y métodos de
lucha sólo son considerados conscientemente como "de
clase" por sectores minoritarios y corporativos cuyos
intereses poco tienen que ver con la situación general de
la clase: precarización, flexibilización y
sobreexplotación; ausencia de derechos laborales y
degradación continua de las condiciones de vida.

La unidad de clase con los sectores
aristocráticos que tienen un peso importante en la
correlación de fuerzas tiene que empezar por su solidaridad
práctica y real con las luchas de los [email protected] [email protected],
pero esta sólo puede ser verdadera fuera de los sindicatos
y de luchas corporativas, encuadradas en el sistema. En el caso
del sector naval de Ferrol-Fene, mientras que los obreros de
auxiliares apoyaron tradicionalmente y durante mucho las luchas de
los de la principal, lo recíproco no ha sido así,
demostrando que la solidaridad inconsciente y la unidad sin
principios no llevan a ninguna parte.

Es una característica muy relevante que
las luchas más "populares" sean en muchos casos
las de los sectores relativamente más favorecidos de la
clase o cuya posición económica es estratégica,
etc., y cuyas luchas son puramente reformistas. Mientras, se
silencia la resistencia sorda de los obreros frente a la dictadura
del capital y se silencian las luchas que se atreven a desafiarla
en sus fundamentos.

Con esta carta pretendemos lanzar una
advertencia a [email protected] [email protected] compañ[email protected] [email protected] de un modo
u otro con el desarrollo real de la lucha de clase: compañ[email protected],
no es oro todo lo que reluce. Las luchas que realmente sacuden los
cimientos del sistema, que transforman de un salto la pasividad y
las actitudes pequeño burguesas dentro de la clase obrera,
que impulsan el desarrollo de la conciencia de clase y la
formación de un nuevo movimiento obrero, no son las que
promueven los sindicatos y las que publicitan ampliamente los
medios del sistema. Es en las luchas que responden a la situación
general de la clase, que tienden a salirse de los encuadramientos
sindicales y legales, donde el potencial revolucionario de la
clase tiene verdadera vida como tal, donde la necesidad del
comunismo se expresa como movimiento real, en la acción
proletaria.

¡Adelante las huelgas salvajes contra el
capitalismo totalitario!

¡Por la organización del poder
proletario y la destrucción de los sindicatos!

¡Revolución proletaria o
hundimiento en la barbarie!

Comunistas Revolucioná[email protected] (Autonomia
Obreira)  15.07.2003

NUESTRA RESPUESTA

Es
vital que haya un debate vivo sobre todas las cuestiones que
afectan a la lucha, la conciencia y las perspectivas históricas
de la clase obrera. Vuestra contribución sobre el conflicto
de los astilleros de Izar (Ferrol) se inscribe en ese esfuerzo de
discusión y clarificación. Con ella pretendéis
“lanzar una advertencia a [email protected] [email protected] compañ[email protected]
[email protected] de un modo u otro con el desarrollo real de la lucha
de clase: compañ[email protected] no es oro todo lo que reluce. Las
luchas que realmente sacuden los cimientos del sistema, que
transforman de un salto la pasividad y las actitudes
pequeñoburguesas dentro de la clase obrera, que impulsan el
desarrollo de la conciencia de clase y la formación de un
nuevo movimiento obrero, no son las que promueven los sindicatos y
las que publicitan ampliamente los medios del sistema. Es en las
luchas que responden a la situación general de la clase,
que tienden a salirse de los encuadramientos sindicales y legales,
donde el potencial revolucionario de la clase tiene verdadera vida
como tal, donde la necesidad del comunismo se expresa como
movimiento real, en la acción proletaria”.

Nosotros
apoyamos vuestra denuncia de los sindicatos, vuestro llamamiento a
la lucha obrera que “tiende a salirse de los encuadramientos
sindicales y legales”, vuestra comprensión del
potencial revolucionario que encierra.

Ahora
bien, no basta con un enunciado general, hace falta que los
análisis y las orientaciones prácticas sean
coherentes con él. Y es ahí donde vuestro análisis
del conflicto de Izar nos plantea problemas que vamos a exponer
con la mayor claridad posible.

En
primer lugar, dais a entender que la clase obrera está
dividida entre “un sector con trabajo garantizado y un
sector precarizado, con condiciones de trabajo y de vida
ampliamente diferenciadas, y encuadradas por los sindicatos en el
marco institucional y legal establecido para las relaciones
laborales”
, de lo que se desprende que existirían
dos luchas: “las luchas obreras en Izar son en su
naturaleza esencial luchas reaccionarias por conservar una
posición privilegiada. Y al contrario, las luchas obreras
de auxiliares del naval son esencialmente revolucionarias, puesto
que luchan por la igualdad de condiciones laborales con los
obreros de la empresa principal y contra los fundamentos del
capitalismo actual”
.

En
segundo lugar, afirmáis que “la perpetuación
del sindicalismo como ideología entre la clase y de las
estructuras sindicales tiene su base en los sectores
aristocráticos del trabajo y no en una cuestión
abstracta sobre formas de organización, diferencias de
concepción de la lucha de clases, reformismo etc.”
,
por lo que “las luchas proletarias solamente pueden
progresar construyendo su unidad y su programa en una oposición
revolucionaria al sindicalismo y a los sectores privilegiados que
lo apoyan por sus intereses especiales”
.

No
sabemos el alcance que dais a estas afirmaciones. ¿Las
limitáis a un problema local, sectorial, de un determinado
tipo de empresas, o las veis, por el contrario, como un problema
general de toda la clase obrera internacional? ¿Se
trata de constataciones válidas únicamente para una
situación coyuntural del proletariado o, son, en cambio,
una característica que va a acompañar su lucha
histórica? En espera de vuestras aclaraciones, matizaciones
o eventuales rectificaciones, es legítimo que saquemos de
vuestros análisis estas dos conclusiones:


Que la clase obrera está dividida entre sectores
“aristocráticos” con privilegios que mantener y
sectores precarios que serían los auténticos
depositarios de su combate revolucionario


Que los sindicatos defienden el capitalismo no tanto porque se
hayan integrado en su estructura estatal sino porque serían
los representantes de los intereses especiales de esa capa de
aristocracia obrera.

En
esta primera carta abordaremos la primera cuestión dejando
la segunda por una siguiente carta.

Las
divisiones que golpean a la clase obrera

A
lo largo de la historia, el proletariado siempre se ha visto
afectado por todo tipo de divisiones. En el siglo XIX, que los
sociólogos y los sindicalistas consideran como la “edad
de oro” de la clase obrera[1],
esta se vio dividida entre obreros industriales y agrícolas,
entre artesanos y simples peones, entre obreros cualificados bien
pagados y obreros sin calificación pésimamente
remunerados; nacionales y emigrantes etc. En Inglaterra fue muy
dañina la división entre obreros de origen inglés
y obreros irlandeses.

Esta
situación persiste en la actualidad: trabajadores de
“cuello blanco” y trabajadores de “mono azul”,
contratados y subcontratados, fijos y eventuales, funcionarios y
sector privado; dentro de cada país por sectores, regiones,
sexo, razas, oriundos y emigrantes, parados y activos, jubilados y
jóvenes y, en los países más atrasados, se
añaden diferencias religiosas y tribales. Por último,
a escala mundial, las diferencias son evidentes entre los obreros
de los países centrales y los de los países
periféricos.

La
burguesía y sus agentes echan toda la sal posible en esas
heridas: la extrema derecha de energúmenos como Le Pen o
Haider agita hasta la nausea la división entre obreros
nacionales y obreros emigrantes; la Derecha “democrática”
y la Izquierda “moderada” le dan la vuelta a ese
argumento defendiendo el paternalismo de que los obreros
nacionales deben renunciar a sus reivindicaciones porque, por un
lado, son unos “privilegiados” respecto a los
emigrantes y obreros del Tercer Mundo y, por otra parte, deben ser
“solidarios” con ellos; en fin, los grupos
izquierdistas (trotskistas, maoístas, estalinistas
reconvertidos etc.) dividen al proletariado mundial entre obreros
privilegiados de las metrópolis y los pueblos[2]
del Tercer Mundo que serían los auténticos
“revolucionarios”.

Pero
los máximos especialistas en la división de la clase
obrera son los sindicatos: como hemos visto en Puertollano
provocan el enfrentamiento entre obreros de contratas y obreros
“de plantilla” llamando abiertamente a estos últimos
a no apoyar a sus compañeros[3].
Cuando los obreros de una empresa o de un sector se ven afectados
por planes de despidos siempre los plantean como un problema
local, empresarial o sectorial protestando encerrando a los
obreros afectados en la dinámica del agravio comparativo
frente a los demás. Las luchas de los trabajadores del
sector público las plantean como un problema de
“funcionarios” diciendo que los demás
trabajadores “no los comprenden” porque son unos
“privilegiados con el puesto garantizado” y
llamándoles a reivindicar la “mejora de los servicios
públicos” para hacerse perdonar ese “privilegio”.
En definitiva, los sindicatos oponen a fijos con eventuales; a los
de un sector con los demás sectores; a los de una categoría
con el resto de la empresa; a los más combativos con los
más atrasados; a los parados con los activos etc.[4]

La
unidad de la clase obrera

Marx,
Engels y todos los revolucionarios jamás han negado
estas divisiones. Su método ha sido siempre ver que su
raíz era el sistema mismo de explotación
capitalista, el cual encierra simultáneamente su causa y
las condiciones para superarlas:

«Mientras
que la burguesía de cada nación sigue manteniendo
sus intereses nacionales aparte, la gran industria ha creado una
clase que en todas las naciones se mueve por el mismo interés
y en la que ha quedado ya destruida toda nacionalidad
(…)
Huelga decir que la gran industria no alcanza el mismo nivel de
desarrollo en todas y cada una de las localidades de un país.
Sin embargo, esto no detiene el movimiento de clase del
proletariado, ya que los proletarios engendrados por la gran
industria se ponen a la cabeza de este movimiento y arrastran
consigo a toda la masa, y puesto que los obreros eliminados por la
gran industria se ven empujados por esta a una situación de
vida aún peor que la de los obreros de la gran industria
misma. Y, del mismo modo, los países en los que se ha
desarrollado una gran industria influyen sobre los países
plus ou moins[5]
no industriales, en la medida en la que estos se ven impulsados
por el intercambio mundial a la lucha universal por la
competencia»
(Ideología
Alemana, página
69 edición española).

Marx
y Engels comprenden que a diferencia de la burguesía
–dividida de forma insuperable a nivel nacional- el
proletariado tiene en todas sus secciones –nacionales o
sectoriales- el mismo interés, pero ¿deducen
de ello que los obreros están siempre unidos como un solo
hombre, es decir, que su unidad sería algo mecánico
que brota espontáneamente?

¡En
absoluto!, «la competencia –prosiguen- aísla
a los individuos, no solo a los burgueses, sino más aún
a los proletarios, enfrentándolos a unos contra otros, a
pesar de que los aglutine»
, y por ello la construcción
de la unidad de la clase implica la lucha de clase: «Solo
es posible vencer tras largas luchas a cualquier poder organizado
que se enfrente a estos individuos aislados y que viven en
condiciones que reproducen diariamente su aislamiento. Pedir lo
contrario sería tanto como pedir que la competencia no
existiera en esta determinada época histórica o que
los individuos se quitaran de la cabeza aquellas relaciones sobre
las que, como individuos aislados, no tienen el menor control»

(ídem.)

La
teoría de la aristocracia obrera

En
resumen, Marx y Engels no niegan las divisiones existentes dentro
de la clase obrera, las reconocen, comprenden su causa –la
competencia- y, por eso mismo, ven que la clase obrera las pueden
superar en la lucha para actuar de acuerdo con sus intereses.

Sin
embargo, hay grupos izquierdistas (trotskistas y maoístas)
o grupos que se sitúan en un terreno “intermedio”
de pantano (intentan aproximarse a las posiciones
revolucionarias) que sustentan una teoría opuesta: esas
divisiones configuran en su seno una minoría privilegiada
-la “aristocracia obrera”- la cual, gracias a las
migajas que le arroja el capitalismo, estaría aliada con él
y lo apoyaría en oposición a la gran masa
proletarizada[6].

Esta
teorización tiene dos vertientes: 1ª a nivel
sectorial, la clase obrera estaría dividida entre
secciones privilegiadas (aristocracia obrera) y secciones parias
(el “verdadero” proletariado revolucionario); 2ª
a escala mundial la clase obrera estaría dividida
entre el proletariado de los países ricos (globalmente
“aburguesado” y “vendido” al imperialismo)
y el de los países pobres (el auténticamente
“revolucionario”)[7]

Esta
teoría toma en su apoyo algunos pasajes de Marx, Engels y
Lenin que, en determinados momentos, hablaron vagamente de
“aristocracia obrera”. Este término era erróneo
e inapropiado pero aún así jamás le dieron el
significado de una división irreconciliable dentro
de la clase obrera. Así, Engels en un texto clásico
–La situación
de la clase obrera en Inglaterra-
afirma: “mientras duró el monopolio industrial de
Inglaterra, la clase obrera inglesa participó hasta cierto
punto en los beneficios de dicho monopolio. Estos beneficios se
distribuían dentro de la misma clase obrera de una manera
muy desigual: la mayor parte correspondía a su minoría
privilegiada, aunque también a la gran masa le tocaba algo
de vez en cuando. Por eso, desde la muerte del owenismo no ha
habido socialismo en Inglaterra. Cuando se derrumbe el monopolio,
la clase obrera inglesa perderá su situación
privilegiada. Y llegará un día en que toda ella, sin
exceptuar la minoría privilegiada y dirigente, se encuentre
en el mismo nivel que los obreros de los demás países.
Por eso, volverá a haber socialismo en Inglaterra”

(ídem.)

Es
decir, reconoce esa situación privilegiada como algo
temporal y pasajero destinado a ser perdido. Por eso, en contra de
las especulaciones de los teóricos de la aristocracia
obrera, el Manifiesto Comunista afirma con rotundidad que «de
todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, solo
el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las
demás clases van degenerando y desaparecen con el
desarrollo de la gran industria; el proletariado, en cambio, es su
producto más genuino»
. Esto lo escribieron en
1847 Marx y Engels y en los numerosos prólogos que hicieron
donde corrigieron elementos del Manifiesto que consideraban
erróneos o anticuados, jamás se les ocurrió
señalar que el “producto” de la “gran
industria” era “la división del proletariado
entre una aristocracia obrera y una gran masa proletarizada”.

La
teoría de la aristocracia obrera no parte del ser histórico
de la clase obrera, de lo que esta es capaz de realizar conforme a
su posición en las relaciones capitalistas de producción,
sino de una visión estática, puramente sociológica
y democratista. Concibe a los obreros como una categoría
sociológica y no como una clase social. Como categoría
sociológica forman una suma de individuos cada cual con su
estatus social, su carrera profesional, su formación, su
puesto etc. Esta masa abigarrada de individuos es la que se
manifiesta en los momentos de “normalidad” capitalista
cuando la clase no consigue unirse y afirmarse como tal, cuando
–como dicen Marx y Engels- son “individuos aislados”
que “no tienen el menor control sobre su situación”.

Los
sindicatos propagan una visión democratista de los obreros,
cada uno de ellos sería un ciudadano autónomo y
soberano que iría a la huelga o sería solidario con
otros compañeros de la misma manera que depositaría
su voto en las urnas: en virtud de una decisión individual
“libre e independiente”. Los teóricos de la
“aristocracia obrera” retoman esa visión
sindical del obrero “ciudadano” lo que les lleva a una
profunda decepción: comprueban que bajo el agobiante peso
de la “normalidad capitalista”, es decir, fuera del
marco unitario y colectivo de la lucha y la conciencia de clase,
los obreros son víctimas de la explotación, la
opresión y la manipulación ideológica de la
burguesía, están dominados por la concurrencia y
aparecen como individuos aislados que cada cual va a su bola.

Pero
la clase obrera no tiene nada que ver con ese concepto sociológico
y democrático de una suma de ciudadanos asalariados, es una
clase histórica que, en el combate y en la toma de
conciencia revolucionaria, es capaz de superar esas mil fuentes de
división que la destrozan en la vida cotidiana. Los
partidarios de la “teoría” de la “aristocracia
obrera” solo ven una “realidad” en los obreros:
cuando son una suma de individuos aislados separados por la
competencia. Pero su ceguera les impide ver dos “realidades”
mucho más importantes y decisivas: por una parte, la
maduración de su toma de conciencia que les hace comprender
a través de un proceso largo y doloroso la necesidad y la
verdad profunda de su unidad de clase, por un lado, y, por otra
parte, la lucha masiva y unitaria que les hace ver la fuerza
social que representan y les da confianza en su propia identidad
de clase.

Con
el desarrollo y agravación de la crisis del capitalismo se
produce una igualación por debajo de las condiciones
de vida de todos los sectores de la clase obrera (fijos y
precarios, con empleo o desempleados, públicos o privados).
Poco a poco, la crisis con sus golpes enseña que el “puesto
fijo para toda la vida”, las “prestaciones sanitarias
decentes”, el “trabajo cómodo”, la
“jubilación en buenas condiciones” etc., son
“privilegios” cada vez más minoritarios. La
escuela dolorosa de la crisis muestra que lo temporal y
transitorio son los “privilegios”, las
“migajas”, las ventajas corporativas, es decir, todo
lo que divide a la clase obrera y constituye el “fundamento”
de la teoría de la aristocracia obrera. En cambio, ¿qué
es lo que se convierte en permanente, en estructural,
en duradero? Pues la inseguridad en el puesto de trabajo,
los despidos en masa, la liquidación de prestaciones
sociales, la amenaza de no poder disfrutar siquiera de una
jubilación decente, es decir, todo lo que une en un mismo
lazo a todos los sectores de la clase obrera, todo lo que les
obliga a reconocer su unidad por encima de las ilusiones
individualistas que puedan tener o de las divisiones que
sindicatos, partidos, empresas, instituciones, les marcan al rojo
vivo.

La
“teoría” de la aristocracia obrera está
golpeada por la miopía congénita del inmediatismo:
sólo ve a los obreros en el “día a día”,
como “ciudadanos aislados dominados por la competencia”.
Por ello, no le entra en la cabeza que a lo largo de su historia,
el proletariado, pese a las divisiones y contra ellas,
ha sido capaz de unirse, de afirmarse como una clase unitaria y
colectiva: en la Comuna de Paris peleaban como un solo hombre
panaderos, impresores, jornaleros, artesanos …; en la gran
huelga de masas de 1905 no existían obreros polacos,
fineses o rusos sino una misma y única clase obrera; en
1917, los obreros de Rusia tomaron el poder comprendiendo que eran
el primer eslabón de la revolución mundial; en 1968
en Francia, 10 millones de obreros, de fábricas como
Renault o de pequeños talleres, de las regiones más
industriales y de las más agrarias, se fundieron en una
gran huelga; en Vitoria 1976 los obreros de Forjas Alavesas se
negaron a volver al trabajo pese a que les habían concedido
todas las reivindicaciones mientras no se satisficieran los de
todos los compañeros de las demás empresas en
huelga; en Polonia 1980 12 millones de obreros se unieron en una
gigantesca huelga de masas.

¿Qué
consecuencias tiene la sedicente teoría de la aristocracia
obrera?

Actualmente,
el proletariado sigue sufriendo los efectos del enorme retroceso
de su combatividad y su conciencia resultante de los
acontecimientos de 1989 (hundimiento del supuesto bloque
“comunista” que permitió a toda la burguesía
mundial lanzar una gigantesca campaña sobre el fin del
comunismo y de la lucha de clases[8]).
Sus luchas se desarrollan de manera lenta y difícil aunque
con los combates que recientemente se han producido en Francia o
Austria ha habido una cierta maduración[9].
Sin embargo la combatividad en la clase es todavía muy
heterogénea. Hay sectores muy combativos y decididos y, en
cambio, hay otros más pasivos, desmoralizados o
desorientados. Tal es lo que, a nuestro juicio, se desprende de
vuestra informe sobre Izar: los compañeros de las
contratas, golpeados de una forma más inmediata y brutal,
están más dispuestos al combate que compañeros
fijos que atomizados y desmovilizados se agarran como un clavo
ardiendo a la quimera de unos “privilegios” que poco a
poco van perdiendo con la complicidad de los sindicatos[10].

Los
sectores obreros más combativos deben poner su combatividad
al servicio del despertar y la incorporación a la lucha del
resto de trabajadores más atrasados. ¡Esa es la mejor
perspectiva para la defensa de sus propios intereses y los del
conjunto de la clase! En cambio, ¿qué hacen los
sindicatos, tanto los “moderados” como los
“radicales”? ¡Pues empujarlos a luchas largas en
el aislamiento que los conducen a un callejón sin salida, a
acciones violentas minoritarias! Es decir, los encierran en una
lucha sin futuro que tiene como fin sangrar su combatividad,
debilitarlos paquete por paquete. La “teoría”
de la “aristocracia obrera” al racionalizar la idea de
que ellos son “los radicales” y el resto “los
aburguesados” no hace sino echar más leña al
fuego a esa estrategia de división.

Pero,
además, la sociedad capitalista actual sufre una profunda
descomposición ideológica y social[11]
que empuja a la división, al enfrentamiento, a la
atomización y la fragmentación social. La teoría
de la aristocracia obrera al oponer radicalmente obreros
“privilegiados” y obreros “parias”, al dar
a los segundos la etiqueta de revolucionarios y a los primeros la
de “reaccionarios” favorece el enfrentamiento y la
división dentro de la clase. Pero puede llevar más
lejos: puede favorecer el mobbing, el pogromismo, el odio y la
violencia dentro de la clase. Es por tanto muy peligrosa.

Y,
por último, dentro de la clase obrera, como expresión
del proceso global de toma de conciencia, aparecen minorías
que buscan una alternativa revolucionaria –como es, por
ejemplo, vuestro caso. Estas minorías toman conciencia de
la crisis del capitalismo, de la falta de perspectivas que ofrece.
Pero al mismo tiempo les es muy difícil ver al proletariado
como el portador de la alternativa revolucionaria. La teoría
de la aristocracia obrera les obstaculiza todavía más
esa comprensión crucial. Esta teoría, con la misma
fuerza que los aleja de la comprensión de la clase obrera
como clase revolucionaria, los empuja hacia el interclasismo del
“movimiento anti-globalización”: el sujeto
“revolucionario” sería un magma amorfo de
obreros combativos (como individuos), estudiantes, ecologistas,
pueblos “revolucionarios” etc.

Por
todas las razones que acabamos de exponer es importante que
llevemos un debate a fondo sobre las auténticas causas de
las divisiones existentes dentro de la clase obrera. El rechazo
crítico y argumentado de la sedicente teoría de la
“aristocracia obrera” es, en ello, un paso vital.

Acción
Proletaria – Corriente Comunista Internacional

 

[1]
Hemos oído muchas veces a sociólogos,
sindicalistas, teóricos, decirnos: en el siglo XIX si que
existía la clase obrera, una clase que trabajaba 18 horas
etc. Y entonces si que estaba unida y era revolucionaria; pero
hoy no, hoy la clase obrera no existe porque cada obrero es un
privilegiado que solo piensa en su coche, en su chalet, en sus
vacaciones veraniegas etc.

[2]
Observemos el cuidadoso matiz de los grupos izquierdistas: hablan
de “pueblos” como entidad revolucionaria, es decir,
meten en el mismo saco interclasista campesinos, obreros,
marginados etc., a los que oponen los obreros “reaccionarios”,
“vendidos” etc., de las metrópolis. Con esta
sutileza a quien atacan es a toda la clase obrera que la
culpabilizan como reaccionaria.

[3]
Ver artículo en Acción Proletaria nº 172

[4]
De  vez en cuando los sindicatos organizan un simulacro de
“unidad de toda la clase obrera”: huelgas generales
de un día como la del 20 de junio del 2002 donde, como
denunciamos en Acción Proletaria nº , lo que se hacía
en realidad era una maniobra conjunta de toda la burguesía
para dar prestigio a los sindicatos.

[5]
En francés en el original

[6]
Ver en la Revista Internacional nº 25 el artículo La
Aristocracia Obrera, si no lo tenéis, os lo podemos
enviar. También, la serie Respuesta
a las dudas sobre la clase obrera en Acción
Proletaria números 145 a 152

[7]
Desgraciadamente, esta teoría ha hecho mella en grupos de
la Izquierda Comunista, particularmente, entre los bordiguistas
que defienden abiertamente su segunda vertiente, ver nuestro
artículo en Acción Proletaria nº 149

[8]
En la Revista Internacional nº 60 cuando dicho fenómeno
histórico (hundimiento de la URSS y sus satélites)
apenas estaba comenzando lo analizamos y previmos sus
consecuencias particularmente respecto a la lucha de clases. Os
podemos enviar este número y otros documentos que
publicamos entonces.

[9]
Ver Acción Proletaria nº 171 y sobre todo la
editorial de la Revista Internacional nº 114 que acabamos de
sacar.

[10]
Hay que dejar claro que los “privilegios” no son
tales, son simplemente el producto, por un lado, de largas luchas
anteriores de toda la clase obrera y, por otra parte, de las
condiciones específicas de la organización de la
explotación capitalista. No olvidemos que, según
establece Marx en obras como Trabajo
Asalariado y Capital, el salario viene a cubrir como media
el conjunto de necesidades básicas para la reproducción
de los obreros. Por otra parte, los obreros fijos de las grandes
empresas industriales como Izar están amenazados por la
espada de Damocles de las sucesivas oleadas de despidos, de tal
forma que su destino es la prejubilación –en
condiciones cada vez más desfavorables-, el desempleo,
o-como ha pasado en bastantes ocasiones- convertirse en obreros
de contratas.

[11]
Ver en Revista Internacional nº 62 nuestras Tesis
sobre la Descomposición

Vida de la CCI: 

Herencia de la Izquierda Comunista: