La posición de los revolucionarios ante la guerra que arruina permanentemente Oriente Medio o el conflicto que recientemente acaba de ensangrentar Líbano e Israel no puede dejar lugar a la ambigüedad. Por eso apoyamos plenamente las pocas voces internacionalistas y revolucionarias que se hacen oír en esas regiones, como la del grupo “Enternasyonalist Komunist Sol” de Turquía. En su toma de posición sobre la situación en Líbano y Palestina que hemos publicado en varios órganos de nuestra prensa territorial y en nuestra página WEB, ese grupo rechaza con firmeza cualquier tipo de apoyo a las camarillas y facciones burguesas rivales que se están enfrentando y cuyas víctimas directas son millones de proletarios, sean de origen palestino, judío, chií, suní, kurdo, druso y demás. Con razón ese grupo afirma que “el imperialismo es la política natural de cualquier Estado nacional o cualquier organización que funciona como un Estado nacional”. También denuncia que “en Turquía como en el resto del mundo, la mayor parte de los izquierdistas han apoyado totalmente a la OLP o a Hamás. En la última guerra, se han expresado como un solo hombre para decir que “todos somos Hizbolá”. Siguiendo esa lógica que dice que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, han apoyado plenamente a esa organización violenta que precipita a la clase obrera en una guerra nacionalista desastrosa. El apoyo de los izquierdistas al nacionalismo nos indica por qué no tienen nada que decir diferente de los que afirma el MPH [Partido de la acción nacionalista, o “Lobos grises” fascistas] (…) La guerra entre Hizbolá e Israel y la guerra en Palestina son guerras interimperialistas y todos los campos en liza utilizan el nacionalismo para alistar a la clase obrera de su región. Cuanto más sean aspirados los obreros hacia el nacionalismo más perderán su capacidad para actuar como clase. Por ello ni Israel, ni Hizbolá, ni la OLP ni Hamás han de ser apoyados, sean cuales fuesen las circunstancias”. Esto demuestra que la perspectiva proletaria vive y sigue afirmándose, no solo a causa el desarrollo de las luchas de la clase obrera en el mundo entero, Europa, Estados Unidos, América Latina, India o Bangladés, sino también porque están apareciendo en varios países grupos y elementos politizados que intentan defender las posiciones internacionalistas que son el signo distintivo de la política proletaria.
La guerra en Líbano del verano pasado es una etapa más en la ruina de Oriente Medio y el hundimiento del planeta en un caos cada día más incontrolable, una guerra en la que contribuyen todas las potencias imperialistas de la pretendida “comunidad internacional”, desde las mayores hasta las más pequeñas. Siete mil bombardeos aéreos en el territorio libanés sin contar los innumerables tiros de misiles en el norte de Israel, más de 1200 muertos en Líbano e Israel (entre ellos más de 300 niños de menos de 12 años), más de 1500 heridos, un millón de civiles que huían de las bombas y las zonas de combate. Los más pobres ni pudieron huir, escondiéndose como podían, con el miedo en las entrañas… Barrios y pueblos destrozados y en ruinas, hospitales abarrotados, ese es el terrible balance de un mes de guerra en Líbano y en Israel tras la ofensiva de Tsahal, el ejército israelí, para reducir la influencia creciente de Hizbolá, en respuesta a varios ataques sangrientos de las milicias islamistas más allá de la frontera israelí-libanesa. Las destrucciones rondan los 6 mil millones de euros, y eso sin los costes militares de la guerra misma.
El Estado israelí ha librado una verdadera política de tierra quemada con una violencia, un salvajismo y una saña increíbles contra las poblaciones civiles de los pueblos del Líbano meridional, expulsadas sin miramientos de sus casas, reducidas a morirse de hambre, sin agua potable, expuestas a las peores epidemias y calamidades. También son 90 puentes y un número incalculable de vías de comunicación sistemáticamente cortadas (carreteras, autopistas…), tres centrales eléctricas y miles de viviendas destruidas, una contaminación sin límites y bombardeos incesantes. El gobierno israelí y su ejército no han cesado de proclamar su voluntad de “no castigar a los civiles”, declarando que matanzas como la de Caná han sido “accidentes lamentables” (del estilo de los famosos “daños colaterales” de las guerras del Golfo y de los Balcanes). Y sin embargo, han sido las poblaciones civiles las que han sufrido la gran mayoría de víctimas, ¡90 % de los muertos!
En cuanto a Hizbolá, a pesar de sus posibilidades más limitadas y por consiguiente menos espectaculares, ha tenido exactamente la misma política mortífera y sanguinaria de bombardeos a mansalva, atacando con sus misiles las poblaciones civiles del norte de Israel (dicho sea de paso, ¡75 % de los muertos lo han sido entre las poblaciones árabes que pretenden defender!).
El atolladero de la situación en Oriente Medio ya se había concretado en la subida al poder de Hamás en los territorios palestinos (que la intransigencia del gobierno israelí ayudó a realizar al “haber radicalizado” a una mayoría de la población palestina) y en la grieta abierta entre fracciones de la burguesía palestina, principalmente entre Al Fatah y Hamás, que impide en adelante cualquier solución negociada. Ante ese callejón sin salida, la reacción de Israel ha sido la que parece tener más éxito hoy en todos los Estados: la huida ciega. Para reafirmar su autoridad, Israel ha querido acabar con la influencia creciente en el Sur de Líbano de un Hizbolá ayudado, financiado y armado por el régimen iraní. El pretexto invocado por Israel para desencadenar la guerra fue liberar a dos soldados israelíes prisioneros del Hizbolá: cuatro meses tras su secuestro, siguen detenidos por las milicias chiíes. El otro motivo invocado era el de “neutralizar” y desarmar a Hizbolá cuyos ataques e incursiones en Israel desde el Sur de Líbano eran una amenaza permanente para la seguridad del Estado hebreo.
En fin de cuentas, la operación bélica aparece como un revés doloroso que pone un punto final al mito de la invencibilidad, de la invulnerabilidad del ejército israelí. Civiles como militares en el propio seno de la burguesía israelí se responsabilizan mutuamente de la desastrosa preparación de la guerra. Inversamente, Hizbolá sale fortalecido del conflicto y ha ganado una legitimidad en las poblaciones árabes por su lucha de resistencia. En su origen, Hizbolá, como Hamás, no era sino una de las tantas milicias islámicas que se crearon contra el Estado de Israel. Nació cuando la ofensiva israelí en el Sur Líbano en 1982. Gracias a su componente chií, pudo crecer gracias al apoyo financiero abundante del régimen de los ayatolás y los mulás iraníes. Siria también lo utilizó aportándole una ayuda logística importante, utilizándolo como base de retaguardia cuando estuvo obligada en 2005 a retirarse de Líbano. Esa banda de sicarios sanguinarios también ha sabido establecer pacientemente una poderosa red de reclutadores con la tapadera de la ayuda médica, sanitaria y social alimentada por los importantes fondos sacados del maná petrolero del Estado iraní. Esos fondos también le permiten financiar las reparaciones de las casas destruidas por las bombas y los misiles y así alistar a la población civil en sus filas. Los reportajes han mostrado que en ese “ejército de la sombra” también hay muchos críos entre 10 y 15 años que sirven de carne de cañón en esos sangrientos ajustes de cuentas.
Siria e Irán forman momentáneamente el bloque más homogéneo en torno a Hamás o a Hizbolá. Irán, en particular, afirma claramente sus ambiciones de ser la principal potencia imperialista de la región. El arma atómica le garantizaría efectivamente ese papel. Esa es precisamente una de las mayores inquietudes de la potencia norteamericana, pues la “Republica islámica” cultiva una hostilidad permanente hacia EE.UU. desde su fundación en 1979.
Ha sido pues con la bendición de EE.UU. si Israel lanzó su ofensiva contra Líbano. Hundidos hasta las orejas en el cenagal de la guerra en Irak y en Afganistán, tras el fracaso de su “plan de paz” para arreglar la cuestión palestina, Estados Unidos no puede sino constatar el evidente fracaso de su estrategia para instaurar una “Pax americana” en Oriente Próximo y Medio. La presencia norteamericana en Irak se ha plasmado en estos tres últimos años en un caos sangriento, una verdadera y espantosa guerra civil entre facciones rivales, atentados cotidianos que golpean ciegamente a la población a la cadencia infernal de 80 a 100 muertos diarios.
En ese contexto, ni hablar para Estados Unidos de intervenir directamente cuando su objetivo en la región es la de meter en cintura a los estados a los que acusa de “terroristas” y encarnación del “eje del mal”, Siria e Irán, que apoyan directamente a Hizbolá. La ofensiva israelí, que debía ser una advertencia a esos estados, muestra la total convergencia de intereses entre la Casa Blanca y la burguesía israelí. El fracaso de Israel también significa por consiguiente un paso atrás suplementario de Estados Unidos y la continuación en el debilitamiento del liderazgo norteamericano.
El colmo del cinismo y de la hipocresía lo alcanzó la ONU, organismo que no dejó, durante toda la guerra en Líbano, de proclamar su “voluntad de paz” sin dejar de hacer alarde de… su “impotencia” ([1]). Es una mentira asquerosa. Esa “cueva de ladrones” (según los términos empleados por Lenin para hablar de la Sociedad de las naciones, precursora de la ONU) es el cenagal en el que retozan los cocodrilos mas voraces del planeta. Los cinco miembros permanentes del Consejo de seguridad son los estados más depredadores de la Tierra:
– Estados Unidos cuya hegemonía se basa en los ejércitos más poderosos del mundo y cuyos crímenes bélicos desde la proclamación en 1990 de una “era de paz y de prosperidad” por Bush padre (las dos guerras del Golfo, la intervención en los Balcanes, la ocupación de Irak, la guerra en Afganistán…) son evidentes.
– Rusia, responsable de las peores atrocidades durante las dos guerras de Chechenia, tiene mal digerida la implosión de la URSS, masculla sus ganas de revancha, ostenta hoy nuevas pretensiones imperialistas aprovechándose del debilitamiento de EE.UU. Por ello apoya hoy a Irán y más discretamente a Hizbolá.
– China, aprovechándose de su creciente influencia económica, sueña con lograr nuevas zonas de influencia fuera de Asia del Sureste. Ya está echando miradas cariñosas a Irán, socio económico privilegiado que le dispensa petróleo a precio muy ventajoso. Cada una por su lado, esas dos potencias no han parado de intentar sabotear las resoluciones de la ONU en las que participaban.
– Gran Bretaña hasta ahora ha acompañado las principales expediciones de castigo norteamericanas, defendiendo sus intereses propios. Pretende reconquistar de esta forma la zona de influencia que tuvo con su protectorado en esa región (en particular Irán e Irak).
– La burguesía francesa tiene nostalgia de la época en la que se repartía con Gran Bretaña las zonas de influencia en Oriente Medio. Por ello se ha incorporado al plan norteamericano sobre Líbano en torno a la famosa resolución 1201 de la ONU, urdiendo incluso el plan de despliegue de la FINUL. Por ello también ha aceptado aumentar su compromiso militar en el Sur de Líbano, pasando de 400 a 2000 soldados en su participación en la FINUL.
Otras potencias también han entrado en liza, como Italia que asumirá el mando supremo de las fuerzas de la FINUL en Líbano tras febrero del 2007, proporcionando para ello el mayor contingente de fuerzas a la ONU. Pocos meses después de haber retirado las tropas italianas de Irak, tras haber criticado duramente la incorporación del gobierno de Berlusconi en ese conflicto, Prodi hace lo mismo en Líbano, confirmando las ambiciones de Italia de tener su asiento en la mesa de los grandes, a riesgo de salir desplumada. Todas las potencias están implicadas en la guerra.
Oriente Medio es hoy un concentrado del carácter irracional de la guerra, en donde cada imperialismo se hunde cada día más para defender sus intereses propios a costa de más y más conflictos, cada día más amplios y mortíferos, unos conflictos que implican cada vez a más estados.
La extensión de las zonas de enfrentamientos bélicos en el mundo es una manifestación del carácter ineluctable de la barbarie guerrera del capitalismo. Guerra y militarismo son sin lugar a dudas el modo de vida permanente del capitalismo decadente en plena descomposición. Es una de las características esenciales de bloqueo trágico de un sistema que no tiene nada que ofrecer a la humanidad sino miseria y muerte.
El gendarme responsable de preservar el “orden mundial” es hoy en día un poderoso factor de aceleración del caos. ¿Cómo se explica que el primer ejército del mundo, dotado de los medios tecnológicos más modernos, de los servicios de información más potentes, de armas tan sofisticadas que son capaces de apuntar y hacer blanco a miles de kilómetros de distancia, esté metido en semejante cenagal? ¿Cómo se explica que Estados Unidos, país mas poderoso del mundo, tenga a su cabeza a un medio tonto rodeado de una banda de activistas tan poco conformes a la imagen tradicional de una “gran democracia” burguesa responsable? Bush Junior, descrito por el escritor Norman Mailer como “el peor presidente de la historia de EE.UU.: ignorante, arrogante y totalmente estúpido” se ha rodeado de un equipo de “cabezas pensantes” particularmente perturbadas que le dictan su política, desde el vicepresidente Dick Cheney al secretario de Defensa Donald Rumsfeld, pasando por su gurú-mánager, Kart Rove, y por el “teórico” Paul Wolfowitz. Desde principios de los 90, éste fue el portavoz mas consecuente de una “doctrina” qua anunciaba claramente que “la misión política y militar esencial de Norteamérica una vez terminada la guerra fría, será hacerlo todo para que ninguna superpotencia rival pueda emerger en Europa del Oeste, Asia o cualquier otro territorio de lo que fue la Unión Soviética”. Esa “doctrina” se dio a conocer en marzo del 92, cuando la burguesía norteamericana todavía tenía ilusiones sobre el éxito de su estrategia, tras el hundimiento de la URSS y la reunificación de Alemania. Fue con ese objetivo con el que esa gente declaraba hace unos años que para movilizar a la nación, imponer los valores democráticos de Estados Unidos e impedir las rivalidades imperialistas, “seria necesario un nuevo Pearl Harbor”. Recordemos aquí que el ataque de las fuerzas navales norteamericanas por parte de Japón en diciembre del 41, que costó unos 4500 muertos o heridos a Estados Unidos, favoreció la entrada en guerra de este país junto a los Aliados, invirtiendo la posición de la opinión publica hasta aquel entonces muy reticente. Las más altas autoridades norteamericanas estaban enteradas de ese ataque, dejando sencillamente que se realizara. Desde que Cheney y compañía llegaron al poder gracias a la victoria de Bush junior en el 2000, han realizado lo que habían previsto: los atentados del 11 de septiembre fueron el nuevo “Pearl Harbor”: en nombre de la nueva cruzada contra el terrorismo justificaron la invasión de Afganistán y de Irak, así como los nuevos programas militares, especialmente costosos, sin olvidar el reforzamiento sin precedentes del control policial sobre la población. El que Estados Unidos se haya dado semejantes dirigentes que juegan con el destino del planeta como aprendices de brujo, obedece a la misma lógica del capitalismo decadente en crisis que en otros tiempos llevó al poder a un Hitler en Alemania. No es tal o cual individuo en la cumbre del Estado el que hace evolucionar el capitalismo en tal o cual sentido, sino que, al contrario, es el sistema en total decadencia el que permite llegar al poder a tal o cual individuo representativo de esa evolución y capaz de llevarla a la práctica. Es una expresión clara del atolladero histórico en el que el capitalismo está metiendo a la humanidad.
El balance de esa política es abrumador: 3000 soldados muertos desde que empezó la guerra en Irak hace tres años (más de 2800 norteamericanos), 655 000 iraquíes han fallecido entre marzo del 2003 y julio del 2006, y ya es sabido que los atentados mortíferos entre fracciones chiíes y suníes no cesan de intensificarse. Hay 160 000 soldados de ocupación bajo mando norteamericano presentes hoy en suelo iraquí, incapaces de “asegurar el mantenimiento del orden” en un país al borde de la guerra civil y de la fragmentación. En el Sur, las milicias chiíes intentan imponer su ley multiplicando las demostraciones de fuerza, en el Norte los activistas suníes reivindican con orgullo sus vínculos con Al Qaeda y acaban de autoproclamar una “república islámica” mientras que en el centro, en la región de Bagdad, la población está expuesta a bandas de saqueadores, a atentados con coches bomba y cualquier patrulla aislada de las tropas norteamericanas se expone a caer en una emboscada.
Las guerras en Irak y Afganistán tragan además cantidades colosales de dinero, que ahondan siempre más el déficit presupuestario y precipitan a EE.UU. en un endeudamiento descomunal. La situación en Afganistán también es catastrófica. El interminable rastreo para dar con Al Qaeda y, también aquí, la presencia de un ejército de ocupación favorecen a los talibanes que fueron expulsados del poder en 2002 pero que hoy, rearmados por Irán y mas discretamente por China, multiplican las emboscadas y los atentados. Los “demonios terroristas”, Bin Laden o el régimen de los talibanes, son ambos, además, engendros creados por Estados Unidos para acorralar a la URSS en la época de los bloques imperialistas, cuando la invasión de Afganistán por las tropas rusas. El primero es un ex espía reclutado por la CIA en 1979; tras haber servido en Estambul de intermediario financiero en un tráfico de armas de Arabia Saudita y EE.UU. hacia la guerrilla de Afganistán, evolucionó “naturalmente”, en cuanto empezó la intervención rusa, para servir de intermediario a los norteamericanos en el reparto de la financiación entre la resistencia afgana. Los talibanes, por su parte, fueron armados y financiados por Estados Unidos y se hicieron con el poder con la bendición del Tío Sam.
También es patente que la gran cruzada contra el terrorismo, lejos de erradicarlo, lo único que ha conseguido es centuplicar las acciones terroristas y los atentados kamikaze cuyo único objetivo es hacer cuantas más víctimas, mejor. La Casa Blanca hoy es impotente ante las burlas más humillantes que le hace el Estado iraní. Esta impotencia da alas a potencias de cuarto o quinto orden como Corea del Norte que se ha permitido el lujo de proceder el 8 de octubre a una prueba atómica que la sitúa en octava posición de los países poseedores del arma atómica. Ese enorme reto pone en peligro a toda Asia del Sureste, fortaleciendo a su vez las aspiraciones de nuevos pretendientes al arma nuclear. Justifica la remilitarización y el rearme rápido de Japón, así como su orientación hacia la producción de armas nucleares para hacer frente a su vecino inmediato. Es un peligro importante que ilustra el “efecto dominó” de la huida ciega en el militarismo y en la tendencia a tirar “cada uno por su cuenta”.
También se ha de evocar la situación de caos espantoso en Oriente Medio, en particular en la Franja de Gaza. Tras la victoria electoral de Hamás a finales de enero fue suspendida la ayuda internacional directa y el gobierno israelí organizó el bloqueo de las transferencias de fondos por ingresos fiscales y aduaneros a la Autoridad Palestina. Ya van siete meses que 165 000 funcionarios no cobran su sueldo, pero su rabia, como la de toda una población de la que un 70 % vive por debajo del umbral de pobreza, con un nivel de desempleo de 44 %, es fácilmente recuperada en enfrentamientos callejeros que oponen de nuevo regularmente desde el 10 de octubre las milicias de Hamás y las de Al Fatah. Los intentos de gobierno de unión nacional abortan uno tras otro. Mientras se iba retirando del Sur de Líbano, Tsahal ha vuelto a cercar las zonas fronterizas con Egipto junto a la Franja de Gaza y a bombardear con misiles el pueblo de Rafá, so pretexto de acorralar a los activistas de Hamás. Los controles de quienes siguen teniendo trabajo son permanentes. La población vive en un clima de terror y de permanente inseguridad. Desde el 25 de junio han sido contabilizados 300 muertos en esa zona.
El descalabro de la política norteamericana es patente. Por eso asistimos a un amplio cuestionamiento de la administración Bush hasta en su propio campo, el de los republicanos. Las ceremonias del quinto aniversario del 11 de septiembre fueron la ocasión de un verdadero chaparrón de críticas contra Bush, retransmitidas por los medios norteamericanos. Hace cinco años, a la CCI se la acusaba de tener una visión maquiavélica de la historia cuando demostraba la hipótesis de que la Casa Blanca había dejado que se perpetraran los atentados con conocimiento de causa para justificar las aventuras militares en preparación [2]. Hoy, es un numero incalculable de libros, documentales, artículos en Internet que no solo cuestionan la versión oficial del 11 de septiembre, sino que gran parte de ellos avanzan teorías mucho mas fuertes, denunciando un complot y una manipulación de la camarilla de Bush. Según los sondeos más recientes, más de una tercera parte de los norteamericanos y casi la mitad de la población neoyorquina piensan que hubo manipulación de los atentados, que el 11 de septiembre fue un inside job (una labor interna).
Y el 60 % de la población norteamericana piensa que la guerra en Irak es una “mal asunto”; la mayor parte de ella ya no cree en la tesis de la posesión de armas nucleares ni en los lazos entre Sadam y Al Qaeda, considerando que no fue sino un pretexto para justificar la intervención en Irak. Media docena de libros recientes (entre ellos el del famoso periodista Bob Woodward que en tiempos de Nixon denunció el escándalo del Watergate) acusan sin ambages, denunciando esa “mentira” de Estado, exigiendo que se retiren las tropas de Irak. Ello no significa que la política militarista de EE.UU. se autoinmole voluntariamente, sino que el gobierno está forzado a tenerlo en cuenta y exponer sus propias contradicciones para intentar adaptarse.
La pretendida última pifia de Bush, admitiendo el paralelo con la guerra de Vietnam, la hizo al mismo tiempo que el propio James Baker organizaba las “filtraciones” de unas entrevistas que le hicieron. El plan del antiguo jefe del Estado mayor de la era Reagan, que también fue secretario de Estado en la época de Bush Senior, preconiza la apertura del dialogo con Siria e Irán, y sobre todo una retirada parcial de las tropas en Irak. Ese intento de retirada limitada pone de relieve el nivel de debilitamiento de la burguesía norteamericana para la cual la simple retirada de Irak sería la mayor humillación de su historia, algo que no puede permitirse. El paralelo con Vietnam es, a decir verdad, una subestimación engañosa. En aquel entonces, la retirada de las tropas norteamericanas de Vietnam permitió a EE.UU. reorientar su estrategia de alianzas, llevándose a China a su propio campo contra la URSS. La retirada de hoy de las tropas norteamericanas de Irak sería pura y rotundamente una capitulación sin contrapartida, que provocaría un desprestigio total de la potencia norteamericana. Ocasionaría la fragmentación de un país, provocando un aumento considerable del caos en toda la región. Esas contradicciones son la expresión patente de la crisis y del debilitamiento del liderazgo estadounidense, y del avance del desorden creciente en las relaciones internacionales. Y un cambio de mayoría en las elecciones “intermedias” de noviembre para el próximo congreso o la elección posible de un presidente demócrata dentro de dos años no tendrá otro resultado que seguir las mismas huellas de las aventuras bélicas por el mismo camino que lleva al atolladero. El clan de exaltados que gobierna en Washington ya ha dado la prueba de un nivel de incompetencia pocas veces alcanzado por una administración norteamericana. Pero sean los que sean los equipos que tomen el relevo, hay un dato fundamental que no podrán cambiar: ante un sistema capitalista que se está hundiendo en su crisis mortal, la clase dominante no es capaz de responder sino es siguiendo la senda de la barbarie guerrera. Y la primera burguesía mundial lo hará todo por mantener su rango en ese plano.
En Estados Unidos, el peso de la patriotería alimentada tras el 11 de septiembre ha desaparecido en gran parte a causa de la experiencia del doble fracaso de la lucha antiterrorista y del hundimiento en el barrizal de la guerra en Irak. Las campañas de reclutamiento del ejército tienen enormes dificultades para encontrar candidatos dispuestos a jugarse la vida en Irak y la desmoralización está alcanzando a la tropa. A pesar de los riesgos, hay miles de deserciones. Ya se cuentan más de mil desertores en Canadá.
Esta situación no solo refleja el callejón sin salida de la burguesía sino que anuncia otra alternativa. El peso más y más insoportable de la guerra y de la barbarie en la sociedad es una dimensión indispensable de la toma de conciencia por parte de los proletarios de la quiebra irremediable del sistema capitalista. La única respuesta que la clase obrera pueda oponer a la guerra imperialista, la única solidaridad que pueda manifestar a sus hermanos de clase expuestos a las peores masacres, es la de movilizarse en su terreno de clase contra sus explotadores. Es la de luchar y desarrollar sus combates en el terreno social contra sus propias burguesías nacionales. La clase obrera ya empezó a concretarlo durante la huelga de solidaridad de los empleados del aeropuerto de Heathrow en agosto del 2005, en plena campaña antiterrorista, con los obreros pakistaníes despedidos por la empresa Gate Gourmet. También lo ha hecho en la movilización de los futuros proletarios contra el CPE en Francia y de los metalúrgicos en Vigo en España. En Estados Unidos, también lo hicieron los 18 000 mecánicos de Boeing en septiembre de 2005, que se opusieron a la disminución de las pensiones de jubilación y también a la discriminación de los regímenes entre obreros jóvenes y veteranos. Los obreros del Metro y de transportes públicos en la huelga en Nueva York en vísperas de Navidad de 2005, contra un ataque a las jubilaciones que explícitamente sólo iba a afectar a los futuros empleados, afirmaron su toma de conciencia de que luchar por el porvenir de sus hijos forma parte del propio combate. Esas luchas siguen siendo muy débiles todavía y el camino que conduce a los enfrentamientos decisivos entre proletariado y burguesía será largo y difícil, pero son la manifestación de una reanudación de los combates de clase a escala internacional. Son el único rayo de esperanza de un porvenir diferente, de una alternativa para la humanidad frente a la barbarie capitalista.
W (21 octubre)
[1]) Ese cinismo y esa hipocresía se revelaron en el terreno mismo, durante un episodio de los últimos días de guerra: un convoy compuesto por una parte de la población de un pueblo libanés, con muchas mujeres y niños que intentaban huir de la zona de combates, tuvo una avería y fue ametrallado por el ejército israelí. Los miembros del convoy buscaron entonces la protección en un campo cercano a un puesto de la ONU. Se les contestó que era imposible protegerlos, que la ONU no tenia mandato para ello. La mayoría (58 personas) de entre ellos murieron bajo la metralla del ejército israelí ante la mirada pasiva de la FINUL (según un testimonio de una familia superviviente).
[2]) Léase nuestro artículo « Pearl Harbor 1941, las “Twin Towers” 2001 », el maquiavelismo de la burguesía, Revista internacional no 108.
En la noche del 23 al 24 de octubre de 1956, los obreros de Budapest, seguidos inmediatamente por los de Hungría entera, exasperados por las condiciones de explotación infernales y el terror impuesto por el régimen estalinista instaurado desde 1948, se rebelaron en una insurrección armada que se propagó por todo el país. En 24 horas, la huelga llegó a las principales ciudades industriales y la clase obrera, organizada en consejos, fue tomando el control del levantamiento. Aquella revuelta, auténtica, del proletariado húngaro contra el orden capitalista al modo estaliniano (pesada losa sobre los obreros de los países del Este de Europa) fue una realidad que la burguesía, desde hace ahora 50 años, no ha cesado de ocultar o, más a menudo, de adulterarla. La versión expurgada y falsificada minimiza el lugar y las acciones del proletariado al máximo posible. Y cuando se trata de hablar del papel central de los consejos obreros, ni que decir tiene que se les menciona por lo bajo y con boca pequeña, como algo anecdótico o perdidos en un montón de comités, consejos nacionales o municipales a cada cual más nacionalista, y eso cuando no acaban siendo sencillamente dejados en el olvido.
Ya en 1956, las mentiras más rastreras circulaban tanto al Este como en el Oeste. Según el Kremlin, y sus voceros occidentales, los PC de Europa, los acontecimientos de Hungría no eran sino una “insurrección fascista” manipulada por los “imperialistas de occidente”. Para los estalinistas de entonces, además de la necesidad de encontrar un pretexto para aplastar al proletariado húngaro con los tanques rusos, había que mantener ante los obreros del Oeste, la ilusión sobre el carácter “socialista” del bloque soviético y evitar a toda costa que reconocieran en el levantamiento de sus hermanos húngaros la expresión de una lucha proletaria.
La insurrección húngara unos la disfrazaron de “obra de bandas fascistas a sueldo de Estados Unidos” mientras que para los otros, la burguesía del bloque occidental, era una lucha por “el triunfo de la democracia”, “de la libertad” y de la “independencia nacional”. Esas dos mentiras se completan para ocultar a la clase obrera su propia historia, pero será la versión del combate patriótico en el que se mezclan todas las clases en el “ardor popular” por la “victoria de la democracia” la que acabará siendo el eje único de la propaganda burguesa, apoyada después en la exposición de los crímenes del estalinismo sobre todo después del desmoronamiento del bloque del Este.
Y es así como, al conmemorar cada diez años el aplastamiento de aquella lucha, la burguesía prosigue su maniobra montada ya durante los acontecimientos mismos, con la única finalidad de que la clase obrera no comprenda que la insurrección húngara fue una expresión de su naturaleza revolucionaria, de su capacidad para enfrentarse al Estado, organizándose para ello en consejos obreros. Este carácter revolucionario es tanto más manifiesto porque se expresa en 1956, en el peor de los momentos imaginables, el de la contrarrevolución, cuando a escala mundial el proletariado está con las fuerzas más bajas, hecho trizas por la Segunda Guerra mundial, amordazado por los sindicatos y sus compinches de la policía política. Y esa es la razón por la cual, en aquel contexto tan difícil, la revuelta de 1956 no podía de ninguna manera transformarse en tentativa consciente por parte del proletariado para apoderarse del poder político y construir una nueva sociedad.
Como suele ocurrir, la realidad es muy diferente de lo que presenta la burguesía. La insurrección húngara es, ante todo, una respuesta proletaria a la feroz sobreexplotación que se había impuesto en los países caídos bajo la dominación imperialista de la URSS tras la Segunda Guerra mundial.
Los tormentos de la guerra y los mazazos del régimen fascista del almirante Horthy [1] primero, los del gobierno de transición después (1944-1948). De remate, los obreros húngaros conocerán bajo las botas estalinistas una nueva forma de bajada a los infiernos.
Al final de la guerra, en los territorios llamados “liberados” de la ocupación nazi en Europa del Este, el “liberador” soviético tiene la intención de arraigarse y prolongar su imperio hasta las puertas de Austria. El ejército rojo (y siguiéndole los pasos la policía política rusa, el NKVD) domina entonces un espacio que se extiende desde el Báltico a los Balcanes. En toda la región, los saqueos, las violaciones y las deportaciones de masas hacia campos de trabajos forzados forman parte del menú sanguinolento de la ocupación soviética, primicias de lo que pronto será la instalación definitiva de los regímenes estalinistas. En Hungría, a partir de 1948, la hegemonía del llamado Partido “comunista” sobre el aparato político es total, la estalinización del país aparece como un hecho patente. Matyas Rakosi [2], del que se dice que era el mejor alumno de Stalin, rodeado de una pandilla de asesinos y torturadores (el siniestro Gerö [3], por ejemplo), es la personificación misma de todo el edificio estalinista en Hungría cuyos pilares principales son (según la receta bien sabida): terror político y explotación sin límites de la clase obrera.
La Unión Soviética, vencedora y ocupante del Este de Europa, exige de los países vencidos y ocupados, en especial de los que habían colaborado con las potencias del Eje, como así había sido con Hungría, el pago de abrumadoras reparaciones. De hecho, no es más que un pretexto para acaparar los sistemas de producción de los países recién satelizados y hacerlos funcionar a pleno régimen en beneficio de los intereses económicos e imperialistas de la URSS. Se instala un auténtico sistema de vampirización en 1945-1946: se desmontan, por ejemplo, algunas fábricas y se transfieren, con los obreros incluidos, a tierras rusas.
Del mismo estilo es la instauración del COMECON, el mercado de “intercambio privilegiado” de 1949 en donde lo “privilegiado” va en sentido único. El Estado ruso puede dar salida a su producción vendiendo a precios más elevados que los del mercado mundial, y, en cambio, recaba productos en los satélites a precio de saldo.
Es pues toda la economía húngara la que se doblega ante la voluntad y los planes productivos de la dirección central rusa, lo que queda perfectamente ilustrado en el año 1953 con el estallido de la guerra de Corea, viéndose Hungría obligada por la URSS a transformar la gran mayoría de sus factorías en fábricas de armas. Hungría se convertirá, además, a partir de entonces en el abastecedor principal de armas de la Unión Soviética.
Para satisfacer las apetencias económicas y los imperativos militares rusos, la política de industrialización húngara va a realizarse a marchas forzadas. Los planes quinquenales, especialmente el de 1950, aseguran un salto de la producción y de la productividad sin precedentes. Pero como los milagros no caen del cielo, detrás de los engranajes de esa industrialización galopante lo que hay, y no es una novedad, es la explotación despiadada de la clase obrera. La menor partícula de su energía será aspirada para realizar el plan de 1950-1954 cuya prioridad es la industria pesada vinculada a la producción de armamento. Ésta se multiplicará por 5 al término del plan.
Todo sirve para sacar lo máximo al proletariado húngaro. Para ello se instaura y se sistematiza el salario a destajo, acompañado de cuotas productivas periódicamente revisadas al alza. El PC rumano decía al respecto, con todo el cinismo de que es capaz el estalinismo, que “el trabajo a destajo es un sistema revolucionario que elimina la inercia… todo el mundo tiene la capacidad de trabajar más duramente…”, en realidad el sistema “elimina” sobre todo a quienes niegan la “capacidad” de morir en el tajo por un salario de miseria.
Un poco igual que Sísifo condenado en los infiernos a empujar y empujar un peñasco monte arriba, los sísifos húngaros estaban condenados a unos ritmos de trabajo infernales e ininterrumpidos.
En la mayoría de las fábricas, a finales de cada mes, la dirección comprobaba que, fatalmente, había peligrosos retrasos respecto a las previsiones inhumanas del plan. Se hacían sonar entonces las alarmas para el “gran zafarrancho”, una explosión de los ritmos semejante a la “sturmovchina” [4] que debían soportar regularmente los obreros rusos. Y ya no solo había “sturmovchina” a finales de cada mes, sino cada vez más, al final de la semana. En el momento del “gran zafarrancho”, las horas extras caían como chaparrones, igual, claro está, que los accidentes laborales. Se llevaba a hombre y a máquina hasta los límites extremos.
Para colmo, solía ocurrir que los obreros tuvieran la grata sorpresa, al llegar a la fábrica, de enterarse de su propia “carta de compromiso” firmada y enviada en su nombre por… el sindicato. Agotados ya al máximo, se encontraban con “el compromiso solemne” de aumentar la producción una vez más, en honor de tal o cual aniversario o festejo. En realidad, todo servía para lanzar ese tipo de jornadas de trabajo “voluntario”… y, ni que decir tiene, gratuito. Entre marzo de 1950 a febrero de 1951, hubo hasta 11 jornadas de ese tipo: día de la “liberación”, Primero de mayo, semana de Corea, cumpleaños de Rakosi y demás pretextos propicios al alborozo y… las horas extras no pagadas.
Durante el Primer plan quinquenal, aún cuando la producción se había duplicado y la productividad se había incrementado 63 %, el nivel de vida de los obreros se hundía inexorablemente. En 5 años, de 1949 a 1954, el salario neto se redujo un 20 % y durante el año 1956, solo 15 % de las familias vivían por encima del mínimo vital ¡definido por los propios especialistas del régimen!
La era del stajanovismo no llegó a Hungría gracias al voluntariado o el amor a la “patria socialista”. Es evidente que la clase dominante la impuso con toda la persuasión del terror, las amenazas de represalias violentas y las fuertes multas en caso de no cumplir unas normas de producción que no cesaban de aumentar.
El terror estalinista tendrá su pleno sentido en el seno de las fábricas. El 9 de enero de 1950, por ejemplo, el gobierno adopta un decreto por el que se prohíbe a los obreros dejar su lugar de trabajo sin permiso. La disciplina era estricta y las “infracciones” castigadas con fuertes multas.
Ese terror cotidiano implicaba necesariamente una infraestructura policíaca omnipresente. Policía y sindicatos tenían que estar por todas partes hasta el punto de que en algunos sitios la situación acababa en lo burlesco. La factoría MOFEM de Magyarovar cuyos efectivos habían triplicado entre 1950 y 1956, tuvo que contratar, para mantener el control represivo de sus obreros, no ya tres veces sino diez veces más personal de vigilancia: permanentes del sindicato, del partido y de la policía interior de la fábrica.
Los estatutos dados a los sindicatos por el régimen en 1950 no son, en eso, nada equívocos:
“…organizar y difundir la emulación socialista de los trabajadores, combatir por una mejor organización del trabajo, por el reforzamiento de la disciplina… y el incremento de la productividad”.
Las multas y las vejaciones no eran, por desgracia, las únicas sanciones contra los “recalcitrantes”.
El 6 de diciembre de 1948, el ministro de industria, Istvan Kossa, de visita en la ciudad de Debrecen se puso a despotricar contra
“… los trabajadores [que] han adoptado una actitud terrorista hacia los directores de las industrias nacionalizadas …”
o sea, aquellos que no se doblegaban “de buena gana” a las normas stajanovistas o sencillamente no lograban alcanzar las inverosímiles cuotas de producción exigidas. Y así, los obreros que parecían poco “enamorados” de su trabajo eran regularmente denunciados como “agentes del capitalismo occidental”, “fascistas” o “estafadores”.
Kossa añadió en aquel discurso que si no cambiaban de “actitud”, un período de trabajos forzados podría ayudarles. Y eso no eran amenazas verbales: un ejemplo entre otros muchos fue el de un obrero de la factoría de vagones de Györ acusado de “estafa al salario” y condenado por ello a una pena de cárcel en un campo de presos. El testimonio de Sandor Kopacsi, director de prisiones en 1949 y jefe de la policía de Budapest en 1956, es también muy aleccionador:
“Según los datos, pude comprobar que los campos estaban llenos de obreros, de labriegos más bien pobres; algunas personas pertenecían a clases hostiles al régimen. La tarea [del director] era sencilla: había que prolongar, generalmente 6 meses, el tiempo de reclusión de los detenidos. […] Seis meses de reclusión o seis de prórroga que se practicaban en las estepas de Siberia… Lo cual no quita que una reclusión era una reclusión y con el sistema de prolongaciones de “seis meses en seis meses”, los condenados no volvían a la vida civil no mucho antes que quienes “saboreaban” entre quince y veinticinco años en el extremo norte siberiano.”
En 1955, la cantidad de detenidos se dispara y, curiosamente, ocurre que la mayoría de ellos son obreros tipo “recalcitrante”.
Bajo el régimen de Rakosi desaparecerán miles de personas sin dejar rastro… estaban en realidad detenidas y encarceladas. Se decía entonces que un mal profundo golpeaba a Hungría: “la enfermedad del timbre”. Esa metáfora quería decir que cuando alguien llamaba al timbre por la mañana en una casa, no se podía saber nunca si era el cartero o un agente de la policía política (Államvédelmi Hatóság, AVH).
A pesar del terror, de la presencia del Ejército rojo y las torturas de la AVH, la rabia en el proletariado era cada día más palpable y eso ya desde 1948. El resentimiento de los obreros no estaba lejos de estallar en la calle. Sentían cómo se iba albergando en ellos la necesidad irrenunciable de quitarse de encima a todo el aparato jerarquizado de la burocracia soviética, desde quienes estaban en la cima y tomaban las decisiones clave sobre el nivel y las normas de producción hasta los contramaestres y demás sicarios que con el cronómetro en la mano les presionaban para que transformaran los planes en productos acabados.
Los obreros, exasperados, estaban destrozados. Las condiciones de explotación habían superado lo intolerable, la insurrección estaba incubándose.
Lo que había instaurado la URSS en Hungría era, claro está, lo mismo que lo que en los demás países estalinizados del bloque del Este. Por eso también el descontento de los obreros era en ellos algo tan patente como en Hungría. Ya a principios del mes de junio del año 1953, los obreros checoslovacos, en Pilsen, se habían enfrentado al aparato de Estado estalinista pues se negaban a seguir siendo pagados según el ya demasiado conocido salario a destajo. Quince días más tarde, el 17 de junio de 1953, fue en Berlín Este donde una huelga general, organizada por los obreros de la construcción, estalla tras el alza generalizada de las normas productivas, 10 %, y una pérdida de salario de un 30 %. Los obreros desfilaron por la Stalin Allee al grito de “Abajo la tiranía de las normas”, “somos trabajadores, no esclavos”. Surgieron espontáneamente comités de huelga para animar a la extensión de la lucha y caminaron hacia el sector occidental de la ciudad para llamar a los obreros de Berlín Oeste a unirse a ellos. El famoso muro no había sido construido todavía, de modo que los aliados occidentales decidieron cerrar a toda prisa el sector occidental. Fueron los tanques rusos estacionados en la RDA (Alemania del Este) los que acabaron con la huelga. Ahí se vio bien cómo, al Este y al Oeste, la burguesía conjugaba sus fuerzas, en un entendimiento sin fisuras, para encarar la acción proletaria. Al mismo tiempo hubo otras manifestaciones y levantamientos obreros en 7 ciudades polacas. Se instauró la ley marcial en Varsovia, Cracovia, en Silesia y también aquí tuvieron que intervenir los tanques rusos para aplastar la agitación obrera. La clase obrera de Hungría no se quedó atrás. Estallaron huelgas, primero en el gran barrio obrero, el centro de producción siderúrgico de Csepel en Budapest, para después irse extendiendo hacia otras ciudades industriales como Ozd y Diösgyör.
Soplaban vientos de revuelta contra el estalinismo por tierras del Este. Y acabó siendo vendaval y punto álgido con la insurrección húngara de octubre 1956.
Ni que decir tiene que el clima de agitación que atraviesa Hungría inquieta sobremanera al Kremlin. Para intentar aflojar la presión de esa caldera en ebullición, Moscú había decidido separar temporalmente del poder a quien personificaba el terror del régimen, Matyas Rakosi, dimitiéndolo en junio de 1953 de su puesto de Primer ministro. Vuelve al poder en 1955, y lo vuelven a dimitir en julio de 1956. Pero eso no sirve de nada, pues la tensión acumulada es demasiado importante y las condiciones de vida siguen igual; la caldera está para explotar.
En un ambiente insurreccional, propicio al derrocamiento del régimen dominante, las fracciones nacionalistas de la burguesía húngara comprenden rápidamente que tienen una baza que jugar para librarse del vasallaje a Moscú, o, al menos, soltar un poco el collar y alargar la correa. La sovietización a marchas forzadas del Estado húngaro, la toma del poder total por parte de los hombres del Kremlin apoyados por los tanques del ejército rojo, una industria íntegramente puesta al servicio de los intereses económicos e imperialistas de la URSS… era demasiado para una gran parte de la burguesía nacional que esperaba su hora para expulsar al ocupante. Las aspiraciones de independencia nacional están presentes, incluso en algunos estalinistas húngaros, los llamados “comunistas nacionales”, que hacen votos por una “vía húngara al socialismo” al igual que muchos intelectuales. Harán de Imre Nagy [5] su adalid, “héroe” de la insurrección de octubre. Tampoco pudo llevarse a cabo la sovietización de los ejércitos sin las concesiones al nacionalismo por parte de los antiguos oficiales. La alianza con la URSS, no correspondía para ellos con las exigencias del interés nacional, orientado tradicionalmente hacia el Oeste. Con el levantamiento de octubre, el ejército ve también la posibilidad de librarse de las ataduras estalinistas. De ahí que participara en parte en los combates callejeros. Ese arrebato de resistencia patriótica se encarnará en el general Pal Maleter y las tropas del cuartel Kilian de Budapest. Esas fracciones de la burguesía y de la pequeña burguesía emponzoñan la atmósfera de la revuelta obrera con su propaganda nacionalista. No es pues de extrañar que hasta hoy la clase dominante procure hacer de Nagy y Maleter los personajes míticos de los acontecimientos de 1956. Rememorando únicamente esos “íconos” burgueses, da crédito a la mentira de una “revolución de liberación democrática y nacional”.
Y es así cómo, desde la destitución de Rakosi en julio, la presión de elementos pequeño burgueses, de intelectuales nacionalistas de la Unión de escritores y los estudiantes del Círculo Petofi mantienen un clima de agitación. Éstos últimos organizarán el 23 de octubre una manifestación pacífica en Budapest a la que acuden muchos obreros. Una vez llegados a la estatua del general Bem, se lee una resolución de la Unión de Escritores, en la que se expresan las pretendidas aspiraciones independentistas del “pueblo húngaro”.
Eso es para la burguesía la quintaesencia de la insurrección húngara… una concentración de estudiantes e intelectuales que luchan por la liberación de la nación del yugo moscovita. De ese modo, desde hace 50 años, la clase dominante echa un tupido velo sobre el actor principal del levantamiento, la clase obrera y su motivación, que, muy lejos de la resistencia nacional y el amor por la patria, intentaba ante todo resistir a las terribles condiciones de vida que le imponían.
Los obreros de Budapest, al salir de las fábricas, se unen masivamente a la manifestación. Aún cuando la manifestación se ha terminado oficialmente, los obreros no se dispersan, sino al contrario. Antes que quedarse con las ganas, convergen todos hacia la plaza del Parlamento y la estatua de Stalin que empiezan a destruir a mazazos y con soplete. Después la marea humana se dirige hacia la Casa de la Radio para protestar contra la alocución del Primer ministro Gerö que acusaba a los manifestantes de no ser otra cosa sino “una cuadrilla de aventureros nacionalistas cuyas intenciones son quebrar el poder de la clase obrera”. Fue entonces cuando la policía política (AVH) dispara contra la muchedumbre y la protesta se torna en insurrección armada. Los intelectuales nacionalistas, iniciadores de la manifestación, se vieron hasta tal punto superados por el cariz de los acontecimientos que, según reconoció el propio secretario del Círculo Petofi, Balazs Nagy, ellos “más que impulsar el movimiento lo frenaban”.
En 24 horas, la huelga general, con la fuerza de 4 millones de obreros, se extiende por toda Hungría. En los grandes centros industriales surgen consejos obreros espontáneamente; y así es como la clase obrera se organiza y se apodera del control de la insurrección.
Los proletarios son, sin la menor duda, la espina dorsal del movimiento. Eso se demuestra por una combatividad y una determinación a toda prueba. Se arman, levantan barricadas por todas partes, luchan por todas la esquinas de la capital, con gran desventaja, contra la AVH y los tanques rusos. Sin embargo, la AVH es rápidamente desbordada por los acontecimientos y el gobierno recién instalado, constituido en la urgencia y dirigido por un “progresista”, Imre Nagy, pide, sin la menor vacilación, la intervención de los tanques soviéticos para proteger el régimen de la cólera obrera. Ese dirigente no cesará desde entonces de llamar a que se restaure el orden y “los insurgentes se sometan”. Más tarde, ese campeón de la democracia afirmará que la intervención de las fuerzas soviéticas “ha sido necesaria en interés de la disciplina socialista”.
Lo tanques entran en Budapest el 24 de octubre hacia las 2 de la madrugada. Es en las barriadas obreras del extrarradio donde se enfrentan con las primeras barricadas. La factoría de Csepel con sus miles de metalúrgicos va a realizar una de las resistencias más empecinadas: fusiles viejos y cócteles Molotov contra divisiones blindadas rusas.
Nagy, el candidato legítimo de todas las aspiraciones nacionalistas, es incapaz de restablecer la calma. Nunca obtendrá la confianza y el desarme de los obreros, porque, contrariamente a los intelectuales y a una parte del ejército húngaro, los trabajadores, aunque hubieran podido estar contaminados por la propaganda y los cantos patrióticos del entorno, no luchaban por “la liberación nacional”, sino, y sobre todo, se rebelaron contra el terror y la explotación.
El 4 de noviembre, en el mismo momento en que Moscú sustituye a Nagy por Janos Kadar, 6000 tanques soviéticos se lanzan sobre la capital en una segunda carga para acabar de una vez con el levantamiento. Y todo el peso de ese asalto se hizo sobre las barriadas obreras: Csepel la roja, Ujpest, Kobanya, Dunapentele. A pesar de un enemigo 100 veces superior en hombres y material bélico, los obreros siguen luchando y resistiendo como indómitos leones.
“En Csepel, los obreros se han decidido a luchar. El 7 de noviembre hay una salva de artillería apoyada por un bombardeo aéreo. Al día siguiente, un emisario soviético va a pedir a los obreros que se rindan. Se niegan a ello y sigue el combate. Al día siguiente, otro oficial lanza un último aviso: o entregan las armas o será una lucha sin cuartel. Una vez más, los insurgentes se niegan a someterse. Las salvas de artillería son más y más intensas. Las fuerzas soviéticas emplean morteros lanzacohetes que causan enormes destrozos en fábricas e inmuebles vecinos. Gastadas las municiones, los obreros cesan el combate” (Budapest, la insurrección, François Fejtö).
Solo el hambre y la falta de munición parecen poder acabar con los combates y la resistencia obrera.
Los barrios obreros acabaron totalmente arrasados y se estima que hubo varias decenas de miles de muertos. Y sin embargo, a pesar de las matanzas, la huelga se prolongó durante algunas semanas. Incluso una vez terminada ésta, siguió habiendo actos de resistencia esporádica hasta enero de 1957.
La valentía, la revuelta contra la miseria, el hastío por las condiciones de explotación y el terror estalinista son factores de primer orden para explicar la resistencia tenaz de los obreros húngaros. Pero hay que añadir otro factor importantísimo: el que aquella revuelta se organizara mediante consejos obreros.
En Budapest, como en las regiones, la insurrección se plasmó de inmediato en la constitución de consejos. Por primera vez desde hacía casi 40 años, los obreros de Hungría en su lucha contra la burocracia estalinista encontraron espontáneamente las formas de la organización y el poder proletarios, que sus antecesores habían hecho surgir por primera vez en Rusia durante la Revolución de 1905 y durante la oleada revolucionaria iniciada en Petrogrado en 1917 y que llegó hasta Budapest en 1919 con su breve República de los consejos. Desde el 25 de octubre de 1956, las ciudades de Dunapentele, Szolnok (gran nudo ferroviario del país), Pécs (en las minas del Sureste), Debrecen, Szeged, Miscolk, Györ, son dirigidas por consejos obreros que organizan el armamento de los insurgentes, el abastecimiento y plantean reivindicaciones económicas y políticas.
Fue con ese medio con el que se condujo la huelga con dominio y maestría en los principales centros industriales de Hungría. Sectores tan básicos para la movilidad de los proletarios como los transportes, tan vitales como los hospitales y la energía eléctrica siguieron funcionando en muchos casos por orden de los consejos. Y lo mismo ocurrió con la insurrección: los consejos formaban y controlaban las milicias obreras, repartían las armas (bajo control de los obreros de los arsenales), y exigían la disolución de algunos organismos del régimen.
Muy pronto, el 25 de octubre, el consejo de Miscolk lanza un llamamiento a los consejos obreros de todas las ciudades para “coordinar sus esfuerzos y crear un solo y único movimiento”; pero su concreción será mucho más lenta y caótica. Después del 4 noviembre, se esboza un intento para coordinar en el distrito la actividad de los consejos de Csepel. En los distritos XIII y XIV se constituye un primer consejo obrero de distrito. Más tarde, el 3 de noviembre, el consejo de Ujpest impulsa la creación de un gran consejo para toda la capital y así nace el Consejo central del Gran Budapest. Primer paso, tardío, hacia una autoridad unificada de la clase obrera.
Pero para los obreros húngaros, el papel político de los consejos, a pesar de ser algo central en esos órganos destinados a la toma del poder, sólo era como una especie de remedio momentáneo, una función que la situación imponía en espera de algo “mejor”, en espera de que los “especialistas”, los “peritos en la cosa política” se recobraran y agarraran las riendas del poder:
“Nadie sugiere que los consejos obreros mismos podrían ser la representación política de los obreros. Sí, sin duda, el consejo obrero debería realizar ciertas funciones políticas, pues se oponía a un régimen y los obreros no poseían ninguna otra representación, pero en la mente de los trabajadores era algo visto como provisional” (Testimonio de Ferenc Töke, vicepresidente del Consejo central del Gran Budapest).
Nos topamos aquí con uno de los límites más importantes del levantamiento: el débil nivel de conciencia del proletariado húngaro, el cual, sin perspectiva revolucionaria y el apoyo de los obreros de los demás países, no podía hacer milagros. Los acontecimientos de Hungría se desarrollaban, en efecto, a contracorriente, en un periodo siniestro, el de la contrarrevolución que tanto pesaba en los ánimos de la clase obrera tanto del Este como del Oeste.
Cierto es que los obreros fueron el motor de la insurrección contra el gobierno apoyado por los tanques rusos. Pero, aunque aquel movimiento tuvo su sentido proletario en la resistencia tenaz y rebelde a la explotación, sería erróneo identificar la gran combatividad de los obreros húngaros como una manifestación patente de conciencia revolucionaria. La insurrección obrera 1956 marca inevitablemente un retroceso del nivel de conciencia de los proletarios en comparación con el alcanzado durante la oleada revolucionaria de 1917-1923. Mientras que los consejos obreros al final de la Primera guerra mundial, aparecen como los órganos políticos de la clase obrera, expresión de su dictadura de clase, los consejos de 1956 no ponen en ningún momento en entredicho al Estado. Aunque el consejo obrero de Miscolk proclama el 29 de octubre “la supresión de la AVH” (identificada más fácilmente con el terror del régimen), añade inmediatamente que “el gobierno solo deberá apoyarse en dos fuerzas armadas: el ejército nacional y la policía ordinaria.” El Estado capitalista no solo no es amenazado en su existencia, sino que incluso sus dos líneas de defensa armada son preservadas.
Los consejos de 1919, en el sentido opuesto, que comprendían claramente cuál era el objetivo histórico de su lucha, plantearon de entrada la necesidad de disolver el ejército. En aquel entonces, las factorías de Csepel, a la vez que creaban sus consejos, se daban la consigna de:
“– echar abajo a la burguesía y sus instituciones;
– viva la dictadura del proletariado;
– movilización por la defensa de las adquisiciones revolucionarias mediante el armamento del pueblo”.
En 1956, los consejos llegarán incluso a enterrarse a sí mismos definiéndose como simples órganos de gestión económica de las fábricas:
“Nuestra intención no era pretender tener un papel político. En general, nos parecía que del mismo modo que se necesitan especialistas para dirigir la economía, también la dirección política debe ser asumida por expertos” (Ferenc Töke).
A veces, incluso, se identifican con una especie de comité de empresa:
“La fábrica pertenece a los obreros, éstos pagan al Estado el impuesto calculado en función de unos dividendos establecidos según los beneficios …el consejo obrero zanja en caso de conflicto, de los contratos y de despidos” (resolución del consejo del Gran Budapest).
En aquel período sombrío de los años 1950, el proletariado internacional está exangüe. Los llamamientos de los consejos de Budapest a los “trabajadores del resto del mundo” a “huelgas de solidaridad” quedan en papel mojado. Y, al igual que sus hermanos de clase de otros países, los obreros húngaros, a pesar de su bravura, poseen una conciencia de clase muy debilitada. Les consejos surgen, en ese contexto, de una manera instintiva, pero su vocación, que es la toma del poder, está inevitablemente ausente. “Forma sin contenido”, los consejos de 1956 solo pueden entenderse como consejos “inacabados” o, en el mejor de los casos, como esbozos de consejos.
A partir de ahí, les es mucho más fácil a los servidores del Estado y a los intelectuales encerrar a los obreros en la prisión de las ideas nacionalistas y a los tanques rusos aplastarlos.
Quizás, para muchos obreros, los consejos no eran órganos políticos. En cambio para Kadar, para el alto mando ruso y las grandes democracias occidentales, sí que eran, siguiendo su experiencia, órganos plenamente políticos. En efecto, a pesar de todas las debilidades de la clase obrera debidas al período, el aplastamiento del proletariado húngaro estuvo a la altura del pánico que a la burguesía inspira cualquier expresión de la lucha proletaria.
Desde el principio, cuando Nagy habla de desarmar a la clase obrera, piensa, claro está, en las carabinas, pero, sobre todo, en los consejos. Y cuando Janos Kadar vuelve al poder en noviembre, expresa exactamente la misma preocupación: los consejos deben “ser puestos bajo control y habrá que purgarlos de los demagogos que nada tienen que hacer en ellos”.
De modo que en cuanto aparecen los consejos, los sindicatos a sueldo del régimen van a dedicarse a la labor que tan bien conocen: el sabotaje. Cuando el Consejo nacional de sindicatos (CNS) “propone a los obreros y empleados que empiecen… a elegir consejos obreros en los talleres, las fábricas, las minas y en todos los lugares de trabajo…” es solo para acapararlos, reforzar su tendencia a limitarse a tareas económicas, impedir que se planteen la cuestión de la toma del poder e integrarlos en el aparato de Estado:
“El consejo de obreros será responsable de su gestión ante todos los trabajadores, y ante el Estado… [los consejos] tienen, en lo inmediato, la tarea esencial de asegurar la reanudación del trabajo, restablecer y garantizar el orden y la disciplina” (Declaración del presídium del CNS, le 27 octubre).
Por suerte, los sindicatos, con sus jefes nombrados bajo el reinado de Rakosi, poco crédito tienen ante los obreros, como lo prueba esta rectificación hecha por el consejo del Gran Budapest el 27 de noviembre:
“Los sindicatos intentan actualmente presentar a los consejos obreros como si éstos se hubieran formado gracias a la lucha de los sindicatos. Ni que decir tiene que eso es una afirmación sin el menor fundamento. Solo los obreros han luchado por la creación de los consejos obreros y la lucha de los consejos ha sido incluso en muchos casos entorpecida por los sindicatos que han evitado, sobre todo, ayudarles”.
El 6 de diciembre, empiezan las detenciones de miembros de los consejos: es el preludio de otras más masivas y brutales. Varias fábricas son rodeadas por las tropas rusas y de la AVH. En la isla de Csepel cientos de obreros reúnen las pocas fuerzas que les quedan, librando una última batalla para impedir que la policía entre en las fábricas y proceda a detenciones. El 15 de diciembre se aplica la pena de muerte por huelga por tribunales de excepción autorizados a ejecutar in situ a los obreros considerados “culpables”. Guirnaldas de ahorcados decoran los puentes del Danubio.
El 26 de diciembre, Gyorgy Marosan, socialdemócrata y ministro de Kadar, declara que, si fuera necesario, el gobierno liquidaría a 10 000 personas para así demostrar que es él quien gobierna y no los consejos.
Detrás de la represión kadarista, lo que aparece claramente es la ferocidad del Kremlin en su voluntad de aplastar a la clase obrera. Para Moscú se trata evidentemente de poner firmes a sus satélites y que olviden sus veleidades independentistas pero se trata ante todo de cortar de raíz todo árbol que recuerde la amenaza proletaria y su símbolo, el consejo de obreros. Fue por eso por lo que los Tito, Mao y toda la caterva de estalinistas de todo pelaje del mundo aportaron un apoyo incondicional a la línea del Kremlin.
El bloque de las grandes democracias, por su parte, dará su consentimiento a la represión. El embajador de Estados Unidos en Moscú, Charles Bohlen, cuenta en sus memorias que el 29 de octubre de 1956, el secretario de Estado John Foster Dulles le encargó que transmitiera un mensaje urgente a los dirigentes soviéticos Jruschev, Bulganin y demás de que EEUU no consideraba a Hungría o a cualquier otro satélite como aliado militar posible. Era una manera clara de decir: “Señores, son ustedes dueños en su casa, les incumbe limpiarla”.
Contrariamente a todas las mentiras que la burguesía no ha cesado de verter sobre la insurrección de 1956 en Hungría, hubo, sin lugar a dudas, un combate obrero contra la explotación capitalista. El período no era el idóneo para los combates de clase. La clase obrera no vivía en una perspectiva de oleada revolucionaria internacional como la de 1917-1923 que había hecho florecer la efímera República húngara de Consejos en marzo de 1919. Por eso era imposible que los obreros húngaros plantearan claramente la necesidad de destruir el capitalismo y tomar el poder, lo cual explica su incomprensión sobre la naturaleza política y subversiva de los consejos que ellos mismos hicieron surgir durante la lucha. Y sin embargo, lo que se estaba reafirmando clara y valerosamente en la revuelta de los obreros húngaros y su organización en consejos era la naturaleza revolucionaria del proletariado; la reafirmación del papel histórico del proletariado tal como lo formuló Tibor Szamuelly [6] en 1919: “Nuestro objetivo y nuestra tarea es el aniquilamiento del capitalismo”.
Jude, 28 de julio
[1]) Antiguo jefe militar de Hungría y dictador (regente vitalicio) entre 1920 y 1944.
[2]) Secretario general del Partido comunista de Hungría (KPU) y Primer ministro de Hungría a partir de 1952.
[3]) Dirigente del NKVD en España, Enrö Gerö organiza en julio de 1937 el rapto y asesinato de Erwin Wolf, cercano colaborador de Trotski. Vuelve a Hungría en 1945 para proseguir su faena de carnicero estalinista, como secretario general del Partido comunista húngaro.
[4]) Palabra rusa que significa forzar las cadencias al límite extremo.
[5]) El 13 de junio de 1953, en el marco de la desestalinización, sustituye a Mátyás Rákosi como ministro presidente. Cuando preconiza la idea de un “socialismo nacional y humano”, vuelve a reanudarse la lucha por el poder en el seno del Partido siendo el grupo estalinista de su predecesor Rákosi quien acabe ganando. Imre Nagy fue destituido el 14 de abril de 1955 por la dirección del Partido comunista húngaro y unos meses más tarde fue excluido de él.
[6]) Figura señera del movimiento obrero húngaro, Tibor Szamuelly fue el ardiente defensor de la creación de un Partido comunista unitario, que agrupara a marxistas y anarquistas, que acabará surgiendo en noviembre de 1918 con el programa de la dictadura del proletariado. Las fuerzas contrarrevolucionarias ejecutarán en agosto de 1919 a este defensor intransigente de la revolución húngara.
Nuestra organización se ha propuesto escribir una serie de artículos sobre el concepto marxista de decadencia de un modo de producción y más especialmente sobre la decadencia del modo de producción capitalista. Esta serie se imponía para afirmar y desarrollar una vez más lo que es el corazón del análisis marxista de la evolución de las sociedades humanas en el que se fundamenta la necesidad del comunismo. En efecto, solo ese análisis puede ofrecer un marco que integre en un todo coherente el conjunto de fenómenos que atraviesan la vida del capitalismo desde que estalló la Primera Guerra mundial. Esta serie se ha hecho además necesaria a causa de las tergiversaciones y las críticas a ese marco de análisis, y eso cuando no es su abandono puro y simple, por parte de diferentes grupos y elementos revolucionarios.
Esta serie se inició en el número 118 de esta Revista con un primer artículo para ilustrar el lugar central de la teoría de la decadencia en la obra de los fundadores del marxismo. La necesaria clarificación hace que sea para nosotros prioritaria la confrontación con posiciones divergentes en el seno del medio revolucionario y, por eso, intercalamos en esta serie dos artículos polémicos (Revista internacional n° 119 y 120), para replicar ante el abandono apenas encubierto de ese concepto fundamental del marxismo por parte del BIPR [1]. Y hemos proseguido nuestra serie examinando también el lugar central que ocupa ese concepto en las organizaciones del movimiento obrero desde los tiempos de Marx hasta la IIIª Internacional (Revista internacional n° 121) y también en las posiciones políticas de ésta en sus dos primeros congresos (Revista internacional n° 123). Antes de tratar en un próximo número la discusión sobre la decadencia del capitalismo habida en el Tercer congreso de la Internacional comunista, vamos a intercalar de nuevo aquí una polémica con el BIPR sobre un artículo (“El papel económico de la guerra en la fase de decadencia del capitalismo”) escrito por la CWO y aparecido en el nº 37 de su publicación Revolutionary Perspectives (noviembre de 2005).
En ese artículo, CWO intenta demostrar que existiría una racionalidad económica a la guerra porque la prosperidad que viene después estaría
“...basada en el crecimiento de la cuota de ganancia procurado por los efectos económicos de la guerra” y, por lo tanto, “las guerras mundiales se han convertido en algo esencial para la supervivencia del capitalismo desde principios del siglo xx, habiendo así sustituido a las crisis decenales del siglo xix”.
Para demostrarlo, CWO basa su análisis de la crisis del capitalismo únicamente en la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia que Marx hizo descubrir. En el mismo artículo también, CWO nos acusa de abandonar el método materialista, mencionando nuestro rechazo a otorgar una racionalidad económica a las guerras habidas en la decadencia del capitalismo así como nuestra pretendida ausencia de método en que se basaría nuestro análisis de la fase actual de descomposición del capitalismo.
En nuestra respuesta nos proponemos abordar sucesivamente los cinco temas siguientes:
1) Mostraremos por qué el BIPR sólo comprende muy parcialmente el análisis de Marx sobre la dinámica y las contradicciones del modo de producción capitalista. Ya hemos criticado largo y tendido ese método heredado [2] de Paul Mattick (1904-81) [3], método que hace que CWO sea incapaz de comprender correctamente las raíces de la decadencia del capitalismo, de sus crisis y más especialmente sus múltiples guerras, expresiones más patentes de la quiebra del sistema. Nos proponemos aquí profundizar esta cuestión para despejar la divergencia de fondo entre el análisis de la CWO y el de Marx y exponer con más amplitud éste último.
2) Mostraremos que no existe relación de causalidad mecánica entre la crisis económica y la guerra misma, aunque ésta es, en última instancia, la expresión de la quiebra del modo de producción capitalista y de la agravación de sus contradicciones económicas. Veremos por qué la prosperidad habida tras la segunda guerra mundial no se debe a las destrucciones ocurridas durante dicha guerra. Explicaremos por qué es arbitrario identificar las guerras de la decadencia del capitalismo a las crisis decenales del siglo xix y, en fin, mostraremos por qué la mecánica económica real de la guerra no tiene nada que ver con las elucubraciones especulativas de CWO.
3) Examinaremos por qué esa teoría de la función económica de las guerras en la supervivencia del capitalismo –como así la presenta CWO– no tiene ninguna tradición en el movimiento obrero: en realidad, tiene sus raíces en los análisis economistas del consejista Paul Mattick en su libro Marx y Keynes (1969). Aunque una parte de la Izquierda italiana tampoco está exenta de ambigüedades sobre este tema, nunca analizó el papel de la guerra como lo hace CWO, o sea que las destrucciones de la guerra serían como un auténtico baño de juventud que permitiría que las cuotas de ganancia se regeneraran… [4].
4) Rebatiremos teórica y empíricamente toda idea de racionalidad de la guerra en período de decadencia del capitalismo. A este respecto, está claro que desde principios de los años 1980, reanudamos con la tradición del movimiento obrero que, como hemos de ver, siempre negó que la guerra tuviera la menor función económica en la decadencia del capitalismo.
5) En fin, mostraremos que el método de análisis en que se basa la idea de la necesidad económica de la guerra para la supervivencia del capitalismo pertenece a un materialismo vulgar que evacua totalmente la lucha de clases en la compresión de la evolución social. Esa adulteración del materialismo histórico impide que CWO comprenda siquiera el origen de la fase de descomposición de un modo de producción tal como lo desarrolló Marx.
En conclusión, aparecerá claramente que, aunque la guerra interimperialista ha ocupado un lugar central en el seno del movimiento obrero, no solo ha sido por su papel económico en la supervivencia del capitalismo como lo afirma el BIPR sino porque la Primera guerra mundial fue la marca patente del inicio de la fase de decadencia del modo de producción capitalista ; porque lanzó un reto al movimiento obrero que ocasionó la fractura más importante en su seno sobre la cuestión del internacionalismo proletario; porque, a causa de las desgracias que ocasionó, fue el maremoto que provocó la primera oleada revolucionaria a escala mundial (1917‑23) ; porque, en el caso de la Segunda Guerra mundial, puso políticamente a prueba a todos los grupos comunistas que rechazaron el estalinismo; porque las guerras imperialistas son una destrucción monstruosa de todo el patrimonio acumulado por la humanidad (sus fuerzas productivas, sus riquezas históricas y culturales, etc.) y, en especial, su componente principal: la clase obrera y sus vanguardias.
En resumen, si la guerra es una cuestión importante en el seno del movimiento obrero no ha sido, ni esencialmente ni en primer lugar, por una razón económica, sino ante todo por razones políticas, sociales e imperialistas.
Inspirándose en las teorías desarrolladas por el consejista Paul Mattick, la Communist Workers Organisation [5] defiende una visión de causa única y muy parcial de la dinámica del capitalismo, basándose únicamente en la Ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia (en otras traducciones de el Capital: “Ley de la baja tendencial de la tasa de beneficio”, ndlr) que Marx demostró en el Capital. Esta ley sería la base tanto de las crisis económicas como de la irrupción de la decadencia o de las múltiples guerras que asolan el mundo. Siguiendo a Marx, nosotros consideramos también que esta ley desempeña un papel esencial en la dinámica del capitalismo, pero, como también él lo señaló, interviene únicamente en uno de “los dos actos del proceso de producción capitalista”. Porque Marx siempre dejó claro que para cerrar el ciclo de acumulación, los capitalistas no sólo deben producir con ganancias suficientes –“primer acto del proceso de producción capitalista” (y es en esa fase en la que la tendencia decreciente de la cuota de ganancia tiene toda su importancia)– sino también vender la totalidad de la mercancía producida. Esta venta es lo que Marx llama “segundo acto del proceso de producción capitalista”. Es fundamental, pues, vender en el mercado, es la condición indispensable para poder realizar, en forma de plusvalía para ser reinvertida, la totalidad del trabajo cristalizado en la mercancía durante la producción. Marx no sólo subrayó constantemente la necesidad imperiosa de esos dos actos, puesto que, decía, si uno de ellos no se realiza, estaría en peligro todo el cierre del ciclo de acumulación, sino que nos propuso la clave de las relaciones entre ambos. Marx, en efecto, siempre insistió en que, aunque estrechamente vinculados, el acto de producción es “independiente” del acto de venta. Precisará incluso que esos dos actos “no son idénticos”, que no están “teóricamente ligados”. O sea, Marx nos enseñó que la producción no crea automáticamente su propio mercado contrariamente a las sandeces emitidas por los economistas burgueses, e incluso, dirá también,
“la extensión de la producción no corresponde necesariamente al crecimiento de los mercados”.
¿Por qué? Sencillamente porque la producción y el mercado están determinados de manera diferente: le extracción del sobretrabajo (acto primero: la producción) “solo tiene el único límite de la fuerza productiva de la sociedad” (Marx) mientras que la realización de ese sobretrabajo en el mercado (segundo acto: la venta) tiene como único límite “la capacidad de consumo de la sociedad”; ahora bien,
“esa capacidad de consumo está determinada por relaciones de distribución antagónicas, ese consumo de la gran masa de la sociedad se reduce a lo mínimo” (Marx).
Se necesita, insiste Marx, por consiguiente, que “el mercado crezca sin cesar”. Precisará incluso que “esa contradicción interna”, resultante del proceso inmediato de producción, “busca una solución en la extensión del campo exterior de la producción”.
En efecto, cuando Marx resume en la conclusión de su capítulo sobre la Ley de tendencia decreciente de la cuota de ganancia lo que considera que es su comprensión global del movimiento y las contradicciones del proceso de producción capitalista, habla sin la menor duda, de una obra que se desarrolla en dos actos [6]. El primer acto es el movimiento “de adquisición de la plusvalía” que, “a medida que se desarrolla el proceso de producción, se plasma en baja de la cuota de ganancia e incremento de la masa de plusvalía” mientras que el segundo acto corresponde a la necesidad para “la masa total de mercancías de ser vendida”. Y subraya que:
“Si no logra venderse o sólo se vende en parte o a precios inferiores a los de producción, aunque el obrero haya sido explotado, su explotación no se realiza como tal para el capitalista”.
Marx precisa incluso las relaciones existentes entre esos dos actos que son la producción y la venta diciendo que teóricamente “las condiciones de la explotación directa y las de su realización no son idénticas”.
Muy diferente es la idea de la CWO-BIPR que reduce el proceso capitalista de producción únicamente al “primer acto de adquisición de plusvalía” que “a medida que se desarrolla el proceso de producción, se traduce por la baja de la cuota de ganancia y el crecimiento de la masa de plusvalía”. Esto explica que en ninguna parte de su artículo, la CWO evoque la necesidad del segundo acto del proceso de producción, o sea la necesidad para “la masa total de mercancías de ser vendidas”. Sencillamente porque el BIPR, siguiendo los pasos a Paul Mattick, pretende que la producción engendra por sí misma su propio mercado [7]. Para el BIPR, ese segundo acto, el de la venta, no plantea problemas, si no es debido a la insuficiencia de plusvalía acumulable resultante de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia. La crisis de sobreproducción estaría únicamente determinada por las dificultades encontradas en el acto primero de la producción. Y sin embargo, hemos visto que, para Marx, está muy claro que esos dos actos de la producción y de la venta no están teóricamente vinculados, son independientes uno del otro: “En efecto, el mercado y la producción, al ser factores independientes, la extensión de uno no corresponde necesariamente al del otro” (Marx, Gründrisse). Esto significa que la producción no crea automáticamente su propio mercado o, dicho de otra manera, el mercado no está básicamente determinado por las condiciones de la producción sino por
“la capacidad de consumo de la sociedad. Pero ésta no se halla determinada ni por la capacidad productiva absoluta ni por la capacidad absoluta de consumo, sino por la capacidad de consumo a base de las condiciones antagónicas de distribución que reducen el consumo de la gran masa de la sociedad a un mínimo susceptible sólo de variación dentro de límites muy estrechos” (Marx, el Capital, ver nota 2).
La posición de CWO-BIPR tiene ya más de siglo y medio, pues fue la postura defendida por economistas burgueses como Ricardo, Mill y Say a los que ya Marx contestó claramente y en varias ocasiones:
“Los economistas que, como Ricardo, consideran que la producción se identifica directamente con la autovaloración del capital, y desdeñan por lo tanto los límites del consumo o de la circulación, pues, para ellos, la producción crea automáticamente una equivalencia entre consumo y circulación, no planteándose problema alguno entre oferta y demanda; sólo se interesan pues por el desarrollo de las fuerzas productivas (...) [Para] Mill (remedado por el insulso Say) la oferta y la demanda serían idénticas, tendrían por tanto que concordar. La oferta sería pues una demanda medida por su propia cantidad. Gran confusión aquí...» (Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política – Gründrisse).
¿Cuál es la base de la respuesta de Marx a esa “gran confusión” de le economía burguesa, gran confusión que reina también en CWO-BIPR?
Primero, Marx está plenamente de acuerdo con esos economistas para constatar que:
“La producción misma, en efecto crea una demanda, al emplear nuevos obreros en el mismo ramo industrial y al crear nuevos ramos en los que los nuevos capitalistas emplean a su vez nuevos obreros y al mismo tiempo, correlativamente, se transforman en mercado para los viejos ramos productivos...”
pero, añade inmediatamente en esa misma cita, admitiendo en esto lo que decía Malthus:
“...la demanda creada por el propio trabajador productivo nunca puede ser una demanda adecuada, puesto que no abarca la magnitud total de lo que produce. Si lo hiciera no habría beneficio alguno y por lo tanto, ningún motivo para emplearlo. La existencia misma de un beneficio sobre una mercancía cualquiera presupone una demanda exterior a la del trabajo que la produjo...” (ídem).
En el fondo, lo único que hace Marx aquí es expresar lo enunciado de otra manera y citado arriba, o sea el límite de “la capacidad de consumo de la sociedad” que se explica porque esa
“capacidad de consumo [está determinada por] las condiciones antagónicas de distribución que reducen el consumo de la gran masa de la sociedad a un mínimo”.
¿Y cómo explica Marx entonces esos límites de “la capacidad de consumo [a causa] de las condiciones antagónicas de distribución”? Como todos los modos anteriores de producción basados en la explotación, el capitalismo se articula en torno a un conflicto entre clases antagónicas en el que se dirime la apropiación del sobretrabajo. Por consiguiente, la tendencia inmanente del capitalismo consiste, para la clase dominante, en restringir constantemente el consumo de los productores para poder apropiarse de un máximo de plusvalía:
“Cada capitalista sabe, respecto de sus obreros, que no se les [contra]pone como productor frente a los consumidores y desea reducir al máximo el consumo de ellos, es decir, su capacidad de cambio, su salario” (ídem).
Esta tendencia inmanente y permanente del capitalismo de intentar siempre restringir el poder de consumo de los explotados no es más que la ilustración de la contradicción “social-privada” o sea, la contradicción entre la dimensión cada vez más social de la producción y su apropiación siempre privada. En efecto, desde el punto de vista del interés privado de cada capitalista tomado individualmente, el salario aparece como un coste que hay que reducir al máximo igual que los demás costes de producción, mientras que, desde el punto de vista social del funcionamiento del capitalismo como un todo, la masa salarial aparece como un mercado en el que cada capitalista vierte su producción. A partir de ahí, Marx prosigue su explicación en la misma cita (lo subrayado es suyo):
“[Cada capitalista] desea, naturalmente, que los obreros de los demás capitalistas consuman la mayor cantidad posible de sus propias mercancías. (...) la ilusión –correcta para el capitalista individual a diferencia de todos los demás-, de que a excepción de sus obreros, todo el resto de la clase obrera se le contrapone como consumidores y sujetos del intercambio, no como obreros sino como dispensadores de dinero, [esa ilusión] surge precisamente de que se olvida, como dice Malthus : «La existencia misma de un beneficio sobre una mercancía cualquiera presupone una demanda exterior a la del trabajador que la produjo” y, por tanto que “la demanda del propio trabajador no podrá nunca ser suficiente”. Esta demanda puesta por la producción misma impele, por una parte, a ésta a transgredir la proporción en la que tendría que producir con respecto a los obreros, tiene que sobrepasarla; por otra parte, desaparece o se contrae la demanda exterior a la demanda del propio trabajador, con lo cual aparece el derrumbamiento” (ídem).
Es pues la continuidad de los intereses privados de cada capitalista –espoleado por el reto de clase en torno a la apropiación del máximo de sobretrabajo – lo que incita a cada uno de ellos a mermar el salario de sus propios obreros para apropiarse del máximo de plusvalía, pero al hacer esto, esa tendencia inmanente del sistema a comprimir los salarios engendra la base social de los límites del capitalismo pues su resultado es restringir “la capacidad de consumo de la sociedad”. Esa contradicción “social-privada” que explica que el “consumo de la gran masa de la sociedad se reduce a un mínimo” es lo que Marx llama
“las relaciones de distribución antagónicas”: “base de las condiciones antagónicas de distribución que reducen el consumo de la gran masa de la sociedad a un mínimo susceptible sólo de variación dentro de límites muy estrechos”.
Y esto no significa otra cosa que lo enunciado por Marx en la cita de el Capital que hemos reproducido en la nota 2: “Pero cuanto más se desarrolla la capacidad productiva, más choca con la angosta sobre la que descansan las condiciones del consumo”.
Tras haber examinado cuál es la divergencia esencial entre el análisis de Marx y el de la CWO y haber visto cómo Marx ya contestó a ésta hace más de un siglo, tenemos ahora que examinar cómo analizó realmente la dinámica y las contradicciones del modo de producción capitalista.
Cada modo de producción que ha recorrido la historia de la humanidad –tales como los modos asiático, antiguo, feudal y capitalista– se caracteriza por una relación social de producción que le es específica: tributo, esclavitud, servidumbre, salariado. Es esa relación social de producción lo que determina el vínculo que une a los poseedores de los medios de producción a los trabajadores en una relación conflictiva entre clases cuyo objeto es la apropiación del sobretrabajo. Son esas relaciones sociales la médula de la dinámica y de las contradicciones de cada uno de esos modos de producción [8]. En el capitalismo, la relación específica que vincula los medios de producción a los trabajadores es el salariado:
“Por consiguiente, el capital presupone el trabajo asalariado, y éste, el capital. Ambos se condicionan y se engendran recíprocamente” (Marx, Trabajo asalariado y capital).
Esa relación social de producción que, a la vez, imprime la dinámica del capitalismo, pues es el lugar de extracción de la plusvalía (es el acto primero del proceso capitalista de producción), y, al mismo tiempo, contiene sus contradicciones insuperables, puesto que lo que se juega en torno a la apropiación de esa plusvalía tiende a restringir la capacidad de consumo de la sociedad (es el segundo acto del proceso capitalista de producción, la venta):
“La razón última de toda verdadera crisis es siempre la pobreza y la capacidad restringida de consumo de las masas, con las que contrasta la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si no tuviesen más límite que la capacidad absoluta de consumo de la sociedad” (Marx, el Capital, vol. III).
Son las dificultades que surgen a la vez de las contradicciones dentro y entre esos dos actos del proceso capitalista de producción las que engendran “una epidemia social, que, en cualquier otra época, habría parecido absurda: le epidemia de la sobreproducción” (Marx-Engels, el Manifiesto comunista, 1848), por eso Marx repetirá constantemente que “es en las crisis del mercado mundial cuando estallan las contradicciones y los antagonismos de la producción burguesa” (Marx, Gründrisse, trad. de la edición francesa).
El salariado es una relación dinámica porque, para sobrevivir, el sistema, aguijoneado por la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y por la competencia, debe constantemente llevar hasta el límite la explotación salarial, ampliar el campo de aplicación de la ley del valor, acumular constantemente y ampliar sus mercados solventes:
“Es evidente que con el desarrollo de la producción capitalista, con la baja, por lo tanto, del precio de las mercancías, éstas se incrementan en cantidad; y hay entonces que vender más; y es necesaria, por consiguiente, una extensión constante del mercado, necesidad del modo de producción capitalista. (...) Todas las contradicciones de la producción burguesa estallan conjuntamente en las crisis generales del mercado mundial, y de manera aislada, dispersa, en las crisis particulares (en su contenido y extensión). La sobreproducción es una consecuencia particular de la ley de la producción general del capital: producir en proporción con las fuerzas productivas (es decir según la posibilidad de explotar, con una masa de capital determinada, la máxima masa de trabajo) sin tener en cuenta los límites reales del mercado ni las necesidades solventes; realizar esa ley mediante la extensión incesante de la reproducción y de la acumulación, o sea mediante la retransformación constante de la renta en capital, mientras que, por otra parte, la masa de productores es limitada y debe, sobre la base de la producción capitalista, permanecer limitada a la cantidad media de las necesidades” (Marx, Gründrisse).
Dentro de esa dinámica, la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, ocupa un lugar central, pues es ella la que empuja a cada capitalista a compensar la baja de la ganancia en cada una de sus mercancías gracias a la producción en masa para así restablecer e incluso incrementar su cantidad total de ganancia. Cada capitalista se encuentra así ante la necesidad de vender en el mercado una cantidad cada vez mayor de mercancías:
“El fenómeno derivado de la naturaleza misma de la producción capitalista y que consiste en que a medida que aumenta la productividad del trabajo disminuye el precio de cada mercancía o de una cantidad dada de mercancías y aumenta el número de mercancías producidas, reduciéndose la cuota de ganancia calculada sobre la suma total de mercancías y aumentando en cambio la masa de ganancia correspondiente a la suma total de mercancías, sólo indica disminución de la masa de ganancia por cada mercancía, (…). En realidad, la baja de los precios de las mercancías y el aumento de la masa de ganancia sobre la masa incrementada de las mercancías más baratas no es más que una manera distinta de expresar la ley de la cuota decreciente de ganancia a la par que la masa de la ganancia aumenta.” (Marx, el Capital, vol. III).
Pero el salariado es también una relación contradictoria, porque si bien la producción tiene un carácter cada vez más social y ampliado al mundo entero, el sobreproducto sigue siendo apropiado de un modo privado. Apoyándose en esa contradicción “social-privada”, Marx demuestra que, en un marco en que “el consumo no se incrementa al ritmo del incremento de la productividad del trabajo”, el capitalismo engendra...
“... una sobreproducción originada por el hecho de que la masa del pueblo no puede nunca consumir más que la cantidad media de los bienes de primera necesidad, que su consumo no aumenta pues al ritmo del aumento de la productividad del trabajo. (...) Ricardo no comprende que la mercancía debe transformarse necesariamente en dinero. La demanda de los obreros no será nunca suficiente, puesto que la ganancia proviene precisamente de que la demanda de los obreros es inferior al valor de su producto y la ganancia es tanto mayor cuanto menor es relativamente dicha demanda. La demanda de los capitalistas entre ellos tampoco podría ser suficiente” (Marx, el Capital, traducido de la edición francesa del volumen IV, “Teorías sobre la plusvalía”).
“Decir que los capitalistas lo único que deben hacer es intercambiar y consumir sus mercancías entre ellos, es olvidar todo el carácter de la producción capitalista, olvidar que se trata de valorizar el capital y no de consumirlo” (Marx, el Capital).
En la fase ascendente del capitalismo, en un marco en el que, como lo dice Marx, las beneficios en productividad, aunque espectaculares para la época, eran todavía moderados y en el que la apropiación privada confisca lo esencial de ellos, ya que “el consumo (de la masa del pueblo) no aumenta al ritmo del aumento de la productividad del trabajo”, la generalización del salariado, en aquel contexto de “base estrecha en la que se basan las relaciones de consumo”, restringe inevitablemente las salidas mercantiles a causa de las necesidades relativamente descomunales de la acumulación ampliada del capital, obligando así al sistema a tener que encontrar compradores no sólo en sus seno, sino, cada vez más, fuera de la esfera capital-trabajo:
“...cuanto más se desarrolla la producción capitalista, tanto más obligada se ve a producir a una escala que no tiene nada que ver con la demanda inmediata, sino que depende de una extensión constante del mercado mundial (...). La simple relación entre trabajador asalariado y capitalista implica: 1. Que la mayor parte de los productores (los obreros) no sean consumidores (no compradores) de una gran porción de su producto, los medios y la materia de trabajo; 2. Que la mayor parte de los productores, de los obreros, no puedan consumir un equivalente para su producto, mientras siguen produciendo ese equivalente, mientras producen la plusvalía, el sobreproducto. Deben ser constantemente sobreproductores, producir más allá de sus propias necesidades para poder ser consumidores o compradores (...). La condición de la superproducción es la ley general de producción del capital: producir a la medida de las fuerzas productivas, o sea según la posibilidad que se tiene de explotar la mayor masa posible de trabajo con una masa dada de capital, sin tener en cuenta los límites existentes del mercado o de las necesidades solventes” (Marx, Teorías sobre la plusvalía, traducido por nosotros de la edición francesa).
En ese contexto, Marx demostró claramente lo ineluctables que eran las crisis de superproducción a causa de la restricción relativa de la demanda final debida, por un lado, al avance ciego pero necesario de la producción que se impone a cada capitalista para incrementar la masa de plusvalía que compense la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, y, por otra parte, el obstáculo que se alza periódicamente ante el capital: estalla la crisis a causa del estrechamiento relativo del mercado necesario para dar salida a dicha producción, mucho antes de que se manifieste la insuficiencia de la plusvalía engendrada por la tendencia decreciente de la tasa de ganancia:
“Durante la reproducción y la acumulación, hay constantemente pequeñas mejoras que acaban modificando toda la escala de la producción: hay un creciente desarrollo de las fuerzas productivas. Decir que esa producción creciente necesita un mercado cada vez más amplio y que se desarrolla más rápidamente que dicho mercado, es expresar, en su forma real y ya no abstracta, el fenómeno que hay que explicar. El mercado crece menos rápidamente que la producción; o, dicho de otro modo, en el ciclo de su reproducción –un ciclo en el que no solo hay reproducción simple, sino ampliada–, el capital describe no un círculo, sino una espiral: llega un momento en que el mercado parece demasiado estrecho para la producción. Es lo que ocurre al final del ciclo. Pero eso no significa otra cosa que, sencillamente, el mercado está supersaturado. La superproducción es patente. Si el mercado se hubiera ampliado a la par que el crecimiento de la producción, no habría ni atascamiento del mercado ni sobreproducción. Sin embargo, si se admite que el mercado debe extenderse con la producción, suele admitirse igualmente la posibilidad de una sobreproducción. Desde el punto de vista geográfico, el mercado es limitado: el mercado interior es restringido con relación a un mercado interior y exterior, el cual lo es con relación al mercado mundial, el cual, ‑aunque susceptible de extensión - es también limitado en el tiempo. Si se admite que el mercado debe extenderse para evitar la sobreproducción, se admite la posibilidad de la sobreproducción. En efecto, al ser el mercado y la producción factores independientes, la extensión de uno no corresponde necesariamente al crecimiento del otro. Puede ocurrir que los límites del mercado no se extiendan tan rápidamente como lo exige la producción o que los nuevos mercados se saturen rápidamente, hasta el punto de que el mercado ampliado se convierte en otra barrera como lo había sido antes el mercado estrecho” (traducido del francés, Marx, Gründrisse, la Pléiade, Économie II) [9].
Aunque primordial para explicar el desarrollo de las crisis recurrentes de sobreproducción que atraviesan toda la vida del capitalismo, la dimensión contradictoria del salariado que tiende constantemente a reducir el mercado solvente en comparación con las necesidades cada vez mayores de la acumulación del capital no es evidentemente el único factor analizado por Marx que participa en el origen de las crisis. Otras contradicciones y factores se conjugan para alimentarlas. Así ocurre con el desequilibrio en el ritmo de acumulación entre los grandes sectores de la producción (el de bienes de consumo y el de bienes de producción), de la velocidad diferente de rotación de los capitales en los diferentes ramos de la producción, de la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, etc. Marx explica todo eso ampliamente, pero no es posible exponer sus argumentos aquí, en el marco de este artículo. Hay que señalar, sin embargo, que entre todos esos factores que participan en el estallido de las crisis de superproducción, la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia ocupa efectivamente un lugar central –Marx hizo de esa ley la clave para comprender los ciclos decenales de los dos primeros tercios del siglo xix [10]: en efecto, cuando se invierte la dinámica al alza de la cuota de ganancia y ésta disminuye, engendra inevitablemente una espiral depresiva que frena la acumulación y, luego, los pedidos mutuos entre ramas de la producción, provocando entonces despidos de asalariados y compresión de la masa salarial, etc. Todos esos fenómenos se van conjugando para acabar provocando una generalización de malas ventas de las mercancías.
Así pues, la crisis de superproducción aparece a la vez como una crisis de rentabilidad del capital (baja de la cuota de ganancia) y de reparto (insuficiencia de mercados solventes). Ese doble carácter de la crisis se debe a que cada capitalista procura individualmente reducir los salarios hasta donde pueda (sin preocuparse para nada de los mercados en un plano general) y, a la vez, procura aumentar al máximo su productividad frente a la competencia (lo que, al cabo, pesará en la cuota de ganancia: crisis de valorización). El carácter privado y conflictivo del capitalismo le prohibe a medio y largo plazo toda regulación con la que gestionar las tendencias contradictorias que lo atraviesan: la superinversión (superacumulación) y la insuficiencia relativa de salidas mercantiles retornan periódicamente entorpeciendo la acumulación del capital y disminuyendo su tasa de crecimiento.
Marx puso, sin embargo, muy de relieve que esa tendencia decreciente de la cuota o tasa de ganancia no es, en absoluto, el resultado de un esquema repetitivo, que se pueda definir matemáticamente, e intemporal. Debe analizarse y comprenderse en lo que tiene de específico cada vez que se manifiesta, pues, a causa de los tres factores básicos que la determinan (salarios, productividad del trabajo y productividad del capital), existen varios escenarios posibles, sobre todo cuando las combinaciones de esos tres factores pueden, a su vez, conjugarse con contratendencias que varían mucho a lo largo del tiempo: disposición de un amplio mercado interno, colonialismo, inversiones en países o sectores de composición orgánica del capital más reducida [11], incremento de la feminización del trabajo, requerimiento de mano de obra inmigrada, etc.
O sea que se puede decir que para funcionar correctamente, el capitalismo debe producir con ganancia y vender las mercancías así producidas. Según Marx, esas dos exigencias, en las condiciones del capitalismo real, son eminentemente contradictorias. No pueden llegar a ser compatibles a medio y largo plazo, porque la competencia, la apropiación privada y lo que está en juego en torno a la apropiación del sobretrabajo prohíben socialmente al capitalismo regular durablemente esas contradicciones. Es pues la relación social de producción fundamental del capitalismo –el salariado– lo que se pone en entredicho.
¿Por qué nos ha parecido necesario precisar todo esto que podría aparecer como algo “técnico y complejo” a alguien que no esté acostumbrado a manejar conceptos económicos y las relaciones entre ellos? Pues porque eso nos permite precisar las divergencias fundamentales entre lo que decía Marx y lo que dice CWO, a la vez que nos precavemos contra posibles polémicas sin sentido.
Sí, siguiendo a Marx, nosotros entendemos perfectamente que la dinámica provocada por la tendencia decreciente de la cuota de ganancia favorece el origen de las crisis de sobreproducción pero en lo que CWO diverge totalmente de Marx :
1) es cuando CWO deja totalmente de lado esa dimensión contradictoria del salariado –y eso que Marx no cesó de insistir en ella–, base primera y principal de las crisis de sobreproducción pues tiende a restringir permanentemente el poder de consumo de los asalariados y por lo tanto de los mercados solventes tan necesarios para concluir plenamente una producción de mercancías que crece sin cesar,
2) cuando CWO, en el lugar de esa contradicción social central en la relación salarial, hace de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia el mecanismo único de las crisis de superproducción e incluso el principio y el fin de todas las contradicciones del capitalismo, incluidas su decadencia y todas las guerras imperialistas,
3) y, en fin, cuando hace depender estrictamente la dimensión del mercado solvente de la dinámica hacia la extensión o la contracción de la producción, la cual dependería también de la evolución de la cuota de ganancia, cuando, en realidad, según los propios términos de Marx, los dos actos del proceso de producción (la producción y la venta) “no son idénticos”, son “independientes”, “no vinculados teóricamente”. La mejor prueba, si falta hiciera, sobre la que nos explicaremos ampliamente en la continuación de este artículo, del carácter profundamente erróneo de esa visión de CWO, es que hace ya más de un cuarto de siglo que la cuota o tasa de ganancia está claramente orientada al alza y que ha alcanzado cuotas predominantes durante los “treinta años gloriosos” ... mientras que las tasas de crecimiento de la productividad, de la inversión, de la acumulación y, por lo tanto, del crecimiento, siguen orientadas a la baja o se estancan [12]! Puede comprenderse esta paradoja únicamente cuando se ha entendido que la crisis es consecuencia de la insuficiencia relativa de mercados solventes a causa de la contracción masiva de la masa salarial, contracción que explica, por otra parte, por qué se han recuperado las cuotas de ganancia.
¿Cómo supera el capitalismo su tendencia inherente a restringir los mercados solventes? ¿Cómo puede resolver esta contradicción “interna” de su modo de funcionamiento? La respuesta de Marx es muy clara e idéntica en toda su obra:
“Por consiguiente, el mercado debe crecer sin cesar (...) Esta contradicción interna busca una solución en la extensión del campo exterior de la producción» (el Capital);
“Esa demanda creada por la producción... tiende a superar con creces su demanda (la de los asalariados), mientras que, por otra parte, la demanda de las clases no obreras desaparece o se reduce fuertemente, ‑ es así como se prepara el hundimiento”(Gründrisse).
Esta comprensión de Marx fue la que retomaría Rosa Luxemburg en su obra La Acumulación del Capital. En cierto modo, la insigne revolucionaria habrá de prolongar lo desarrollado por Marx al escribir el capítulo sobre el mercado mundial, uno de los que Marx no pudo terminar [13]. La obra de Rosa está toda ella atravesada por la idea maestra de Marx según la cual...
“... esa demanda creada por la producción... tiende a superar con creces la de los asalariados, mientras que, por otra parte, la demanda de las clases no obreras desaparece o se reduce fuertemente, ‑ es así cómo se prepara el hundimiento”.
Y precisará esa idea planteando que, puesto que la totalidad de la plusvalía del capital social global necesita, para realizarse, una ampliación constante de sus mercados tanto internos como externos, el capitalismo depende de sus conquistas continuas de mercados solventes tanto a nivel nacional como internacional :
“De este modo, el capital va preparando su bancarrota por dos caminos. De una parte, al expansionarse a costa de todas las formas no capitalistas de producción, camina hacia el momento en que toda la humanidad se compondrá exclusivamente de capitalistas y de proletarios asalariados, haciéndose imposible, por tanto, toda nueva expansión, y como consecuencia de ello toda acumulación. De otra parte, en la medida en que esta tendencia se impone, el capitalismo va agudizando los antagonismos de clase y la anarquía económica y política internacional en tales términos que, mucho antes de que se llegue a las últimas consecuencias del desarrollo económico, es decir, mucho antes de que se imponga en el mundo el régimen absoluto y uniforme de la producción capitalista, sobrevendrá la rebelión del proletariado internacional, que acabará necesariamente con el régimen capitalista. (...) El imperialismo actual (...) es el último capítulo de su proceso histórico [del capital] de expansión: es el período de la concurrencia general mundial de los Estados capitalistas que se disputan los últimos restos del medio no capitalista de la Tierra” (la Acumulación del capital, “Apéndice: una anticrítica”) [14].
Rosa pondrá en su contexto y concretará esa idea en la realidad viva del recorrido histórico del capitalismo y en estos tres ámbitos:
a) Describirá magistralmente la progresión concreta del capitalismo en su tendencia permanente a “la extensión del campo exterior de la producción”, explicando el nacimiento y el desarrollo del capitalismo en el interior de la economía mercantil surgida de las ruinas del feudalismo, hasta su dominación sobre el conjunto del mercado mundial.
b) Luxemburg comprenderá las contradicciones propias de la época imperialista, ese...
“... fenómeno de carácter internacional que Marx no conoció: el desarrollo imperialista de los últimos veinticinco años. (…) este desarrollo inauguraba, como es sabido, un nuevo período de efervescencia en los Estados europeos: su expansión, su carrera a ver quién llega antes, hacia los países y zonas del mundo no-capitalistas. Ya antes de los años 80 asistíamos a un nuevo empuje particularmente violento hacia las conquistas coloniales” (la Crisis de la socialdemocracia, –folleto de Junius–, III,).
c) Y precisará más profundamente la razón y el momento de la entrada en decadencia del sistema capitalista, pues, además de analizar el vínculo histórico entre las relaciones sociales de producción capitalistas y el imperialismo, demostrando que el sistema no puede vivir sin extenderse, sin ser, por esencia, imperialista, lo que Rosa Luxemburg precisa más todavía es el momento y la manera en que el sistema capitalista entra en su fase de decadencia.
Una vez más, sobre este último punto, lo único que hace Rosa Luxemburg es retomar y desarrollar una idea muchas veces repetida por Marx desde el Manifiesto comunista según la cual “la constitución del mercado mundial, al menos en sus grandes rasgos” y “una producción condicionada por el mercado mundial” rubricarán el final de la fase ascendente del capitalismo:
“La verdadera misión de la sociedad burguesa, es crear el mercado mundial, al menos en sus grandes rasgos así como una producción condicionada por el mercado mundial” (Carta de Marx a Engels del 8 de octubre de 1858).
Siguiendo la intuición de Marx sobre el momento de la entrada en decadencia del capitalismo, y casi en los mismos términos, Rosa Luxemburg deducirá la dinámica y el momento:
“... Las crisis tales como las hemos conocido hasta hoy (tienen) también ellas, en cierto modo, el carácter de crisis juveniles. No hemos alcanzado todavía el grado de elaboración y de agotamiento del mercado mundial que podría provocar el asalto fatal y periódico de las fuerzas productivas contra las barreras de los mercados, asalto que constituiría el tipo mismo de la crisis senil del capitalismo... Una vez elaborado el mercado mundial y constituido en sus grandes rasgos y tal que ya no puede seguir creciendo mediante bruscas pulsiones expansionistas; la productividad del trabajo continuará incrementándose de manera irresistible; empezará entonces, a mayor o menor plazo, el asalto de las fuerzas productivas contra las barreras que encauzan los intercambios, asalto cuya repetición misma será cada día más duro y avasallador” (Reforma social o Revolución, primera edición en lengua alemana, citada por F. Sternberg, en El Conflicto del siglo).
Desde entonces, el agotamiento relativo – o sea en relación con las necesidades de la acumulación ‑ de esos mercados deberá precipitar el sistema en su fase de decadencia. A esa cuestión, Rosa responderá cuando aparezcan los signos siniestramente anunciadores de la guerra 14-18, estimando que el conflicto interimperialista mundial abre la época en la que el capitalismo se convierte en traba permanente para el desarrollo de las fuerzas productivas:
“La necesidad del socialismo está plenamente justificada desde el momento en que la otra, la dominación burguesa de clase, deja de ser portadora de progreso histórico y se convierte en un freno y un peligro para la evolución ulterior de la sociedad. Es precisamente lo que la guerra actual ha revelado acerca del orden capitalista” (Luxemburg, la Crisis de la socialdemocracia).
Así pues la entrada en decadencia del sistema se caracterizó no por la desaparición de los mercados extracapitalistas (o sea de “la demanda de las clases no obreras” – Marx), sino por su insuficiencia respecto a las necesidades de la acumulación ampliada alcanzada por el capitalismo. O sea, la masa de plusvalía realizada en los mercados extracapitalistas se ha hecho insuficiente para recuperar la fracción necesaria de la parte de plusvalía producida por el capitalismo y destinada a ser reinvertida. Una fracción del capital total ya no encuentra posibilidad de salida en el mercado mundial, poniendo de relieve una sobreproducción que, tras haber sido episódica en período ascendente, tenderá a convertirse en obstáculo permanente al que se verá enfrentado el capitalismo a todo lo largo de su decadencia. Esta idea de Rosa Luxemburg, además, ya había sido explícitamente desarrollada por Engels cuando, en febrero de 1886 escribía a Florence Kelley-Wischnewtsky que:
“si hay tres países (digamos Inglaterra, Estados Unidos y Alemania) que se enfrentan comparativamente en situación de igualdad por la posesión del mercado mundial, eso no podría dar otro resultado que una superproducción crónica, al ser uno solo de ellos capaz de abastecer toda la cantidad pedida”.
La acumulación ampliada se encuentra entonces frenada pero no por ello ha desaparecido. La historia económica del capitalismo desde 1914 es la historia del desarrollo de los paliativos contra ese estrangulamiento y la historia de la ineficacia de esos paliativos quedó patente, entre otros hechos, en la gran crisis de los años 30, en la IIª Guerra mundial y en los treinta cinco últimos años de crisis.
La identidad entre los análisis de Marx y de Rosa Luxemburg sobre las contradicciones del capitalismo hace totalmente absurdas las acusaciones sin base alguna – propaladas por el estalinismo y el izquierdismo y desgraciadamente retomadas también por el BIPR – para oponer el uno a la otra y pretender erróneamente que: 1) la explicación de Marx sobre las crisis se basaría en la tendencia decreciente de la cuota de ganancia mientras que la de Rosa Luxemburg se basaría en la saturación de los mercados; 2) que Marx identificaría las contradicciones del capitalismo en el seno de la producción mientras que Rosa los situaría en la realización, o también que, 3) para Marx la contradicción sería “interna” del capitalismo (la producción) mientras que para Rosa sería “externa” (los mercados), etc. Todo eso no tiene sentido alguno cuando se comprende que son las propias leyes internas y contradictorias del capitalismo las que, en su desarrollo, tienden a restringir la demanda social final y engendran las crisis recurrentes de sobreproducción. Marx y Rosa no dijeron otra cosa.
Estimulado por la necesidad de acaparar el máximo de sobretrabajo, el capitalismo somete al mundo a la dictadura del salariado. Y al hacerlo, instaura la contradicción más descomunal: restringe relativamente el poder de consumo de la sociedad respecto a una producción de mercancías que se incrementa sin cesar, engendrando un fenómeno desconocido hasta hoy en la historia de la humanidad, las crisis de sobreproducción:
“Es en las crisis del mercado mundial en donde estallan las contradicciones y los antagonismos de la producción burguesa” (Marx).
Marx vincula fundamentalmente las crisis de sobreproducción a los frenos que esa relación salarial impone al crecimiento del consumo final de la sociedad y más específicamente de los trabajadores asalariados. Más precisamente, Marx sitúa esa contradicción entre, por un lado, la tendencia a “un desarrollo absoluto de las fuerzas productivas” y por lo tanto, a un crecimiento sin límites de la producción social en valor y en volumen y, por otro lado, el límite del crecimiento del consumo final de la sociedad. Esa es la contradicción que Marx define, en el llamado libro IVº de el Capital, “Teorías sobre la plusvalía”, como contradicción producción-consumo final [15] :
“Todas las contradicciones de la producción burguesa estallan colectivamente en las crisis generales del mercado mundial; en las crisis particulares, aparecen, en cambio, dispersas, aisladas, parciales. La condición especial de la superproducción es la ley general de producción del capital: producir a la medida de las fuerzas productivas (o sea según la posibilidad que se tenga de explotar la mayor masa posible de trabajo con una masa determinada de capital) sin tener en cuenta los límites existentes de los mercados o de las necesidades solventes...” (trad. del francés por nosotros).
En este artículo hemos visto que, aunque la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia participa plenamente en el origen de las crisis de sobreproducción, no es ni mucho menos la causa única y ni siquiera la causa principal. En la continuación de este artículo, veremos que esa ley tampoco es capaz de explicar las grandes etapas que han marcado la evolución del sistema capitalista, ni su entrada en decadencia, ni su tendencia a engendrar guerras cada vez más extensas y mortíferas que ponen en peligro la existencia misma de la sociedad humana.
Engels que conocía perfectamente los análisis económicos de Marx – sobre todo porque trabajó durante años sobre los manuscritos de los Libros II y III de El Capital- no se equivocaba cuando en el prefacio de la edición inglesa del Libro I (1886), al insistir en el atolladero histórico del capitalismo, no se refiere a la tendencia decreciente de la cuota de ganancia sino a la contradicción señalada constantemente por Marx entre “un desarrollo absoluto de las fuerzas productivas” y “el límite del crecimiento del consumo final de la sociedad”:
“Y al paso que la capacidad productiva crece en progresión geométrica, la expansión de los mercados sólo se desarrolla, en el mejor de los casos, en progresión aritmética. Cierto es que parece haberse cerrado el ciclo decenal de estancamiento, prosperidad, superproducción y crisis, que venía repitiéndose constantemente desde 1825 hasta 1867, pero sólo para hundirnos en el pantano desesperante de una depresión permanente y crónica” (“Prólogo de Engels a la edición inglesa”, 1886, el Capital, Libro I).
Y ese “pantano desesperante de una depresión permanente y crónica” al que se refiere Engels no es sino el anuncio premonitorio de la entrada en decadencia del capitalismo. Entrada que se caracteriza por una “superproducción crónica”, como lo dirá Engels el mismo año en una carta a F.K. Wischnewtsky ya citada. Podemos ahora comprender por qué son sin lugar a dudas, los análisis de Rosa Luxemburg los que se sitúan en plena continuidad con los de Marx y Engels, llevándolos más lejos, y no los del BIPR.
C. Mcl
[1]) La CWO es, con Battaglia comunista (BC), uno de los dos cofundadores del BIPR (Buró internacional para el partido revolucionario). Como defienden ambas el mismo análisis de la guerra, nuestro artículo criticará indistintamente a una o a la otra de esas dos organizaciones.
[2]) Para hacerse una idea de esas divergencias, invitamos al lector a ver los artículos siguientes de nuestra Revista internacional: n° 12, “Algunas respuestas de la CCI a la CWO – Sobre las teorías de las crisis; n° 13, “Marxismo y teorías de las crisis”; n° 16, “Teorías económicas”; n° 19, “Sobre el imperialismo”; n° 22, “Las teorías de las crisis”; n° 82, “el concepto del BIPR de la decadencia y la cuestión de a guerra”; n° 83, “La naturaleza de la guerra imperialista: respuesta al BIPR”; n° 84, “Las teorías de la crisis histórica del capitalismo: respuesta al BIPR”; n° 121, “La bajada a los infiernos”.
[3]) Militante de las Juventudes espartaquistas ya a los 14 años, fue elegido delegado por el Consejo obrero de las factorías Siemens de Berlín durante el período revolucionario. En 1920, deja el partido comunista (KPD), integrándose en el KAPD (Partido comunista obrero de Alemania). En 1926 emigra a Estados Unidos junto con otros camaradas. Participa en IWW (Industrial Workers of the World; ver al respecto, el artículo de nuestra Revista international n° 124) para entrar después en un pequeño partido de orientación comunista de consejos que publicará Living Marxism (1938-41) y New Essays (1942-43) de los que era redactor. Publicó varias obras, traducidas algunas de ellas en diferentes lenguas.
[4]) “La devaluación del capital durante la guerra así como sus destrucciones puras y simples crearon una configuración para le capital subsistente en el que la masa de ganancia disponible está a la disposición de un capital constante muy inferior. A partir de entonces, se incrementa el aprovechamiento del capital subsistente (...) Se estima que durante la Primera Guerra mundial 35 % de la riqueza acumulada por la humanidad fue destruida o dilapidada en unos cuantos años. (...) Fue sobre la base de esa devaluación de capital y de desvalorización de la fuerza de trabajo cómo se restableció la cuota de ganancia y fue apoyándose en ese restablecimiento cómo se llegó hasta 1929. (...) La composición orgánica del capital estadounidense se redujo 35 % durante la guerra y solo a principios de los 60 volvería al nivel de 1940. Esto se obtuvo en gran parte gracias a la desvalorización del capital constante. (...) Fue ese aumento de la cuota de ganancia en el período de posguerra lo que permitió arrancar una nueva fase de acumulación. (...) La reanudación general se basa en el aumento de la cuota de ganancia causada por los efectos económicos de la guerra. De ello deducimos que las guerras mundiales se han hecho indispensables para la supervivencia del capitalismo desde principios del siglo xx...”.
[5]) Ver el artículo publicado en Revolutionary Perspectives nº 37, publicación de la CWO en Gran Bretaña.
[6]) “La plusvalía se produce tan pronto como la cantidad de trabajo sobrante que puede exprimirse se materializa en mercancías. Pero con esta producción de plusvalía finaliza solamente el primer acto del proceso capitalista de producción, que es un proceso de producción directo. El capital ha absorbido una cantidad mayor o menor de trabajo no retribuido. Con el desarrollo del proceso que se traduce en la baja de la cuota de ganancia, la masa de la plusvalía así producida se incrementa en proporciones enormes. Ahora empieza el segundo acto del proceso. La masa total de mercancías, el producto total, tanto la parte que repone el capital constante y el variable como la que representa plusvalía, necesita ser vendida. Si no logra venderse o sólo se vende en parte o a precios inferiores a los de producción, aunque el obrero haya sido explotado, su explotación no se realiza como tal para el capitalista, no va unida a la realización, o solamente va unida a la realización parcial de la plusvalía estrujada, pudiendo incluso llevar aparejada la pérdida de su capital en todo o en parte. Las condiciones de la explotación directa y las de su realización no son idénticas. No sólo difieren en cuanto al tiempo y al lugar, sino también en cuanto al concepto. Unas se hallan limitadas solamente por la capacidad productiva de la sociedad, otras por la proporcionalidad entre las distintas ramas de producción y por la capacidad de consumo de la sociedad. Pero ésta no se halla determinada ni por la capacidad productiva absoluta ni por la capacidad absoluta de consumo, sino por la capacidad de consumo a base de las condiciones antagónicas de distribución que reducen el consumo de la gran masa de la sociedad a un mínimo susceptible sólo de variación dentro de límites muy estrechos. Se halla limitada, además, por el impulso de acumulación, por la tendencia a acrecentar el capital y a producir plusvalía en una escala ampliada. Es ésta una ley de la producción capitalista, ley que obedece a las constantes revoluciones operadas en los propios métodos de producción, la depreciación constante del capital existente que suponen la lucha general de la concurrencia y la necesidad de perfeccionar la producción y extender su escala, simplemente como medio de conservación y so pena de perecer. El mercado tiene, por tanto, que extenderse constantemente, de modo que sus conexiones y las condiciones que lo regulan van adquiriendo cada vez más la forma de una ley natural independiente de la voluntad de los productores, cada vez más incontrolable. La contradicción interna tiende a compensarse mediante la expansión del campo externo de la producción. Pero cuanto más se desarrolla la capacidad productiva, más choca con la angosta base sobre la que descansan las condiciones del consumo”. (Marx, el Capital, Vol. III, cap. XV). En otras traducciones de el Capital, se usan términos como “plusvalor” para “plusvalía” o “sobretrabajo” para “trabajo sobrante” (NDLR).
[7]) “[Para la CCI] esa contradicción, producción de la plusvalía y su realización, aparece como una sobreproducción de mercancías y por lo tanto como causa de una saturación del mercado, que a su vez se opone al proceso de acumulación, lo cual pone al sistema en su conjunto en la situación de imposibilidad de contrarrestar la caída de la cuota de ganancia. En realidad [para Battaglia], el proceso es inverso. (...) Es el ciclo económico y el proceso de valorización lo que hacen que el mercado sea “solvente” o “insolvente”. Es a partir de las leyes contradictorias que regentan el proceso de acumulación cómo puede explicarse la “crisis” del mercado” (Texto de presentación de Battaglia comunista en la primera conferencia de los grupos de la Izquierda comunista).
[8]) “En la producción, los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino que actúan también los unos sobre los otros. No pueden producir sin asociarse de un cierto modo, para actuar en común y establecer un intercambio de actividades. Para producir los hombres contraen determinados vínculos y relaciones, y a través de estos vínculos y relaciones sociales, y sólo a través de ellos, es cómo se relacionan con la naturaleza y cómo se efectúa la producción. (…) Las relaciones de producción forman en conjunto lo que se llaman las relaciones sociales, la sociedad, y concretamente, una sociedad con un determinado grado de desarrollo histórico, una sociedad de carácter peculiar y distintivo. La sociedad antigua, la sociedad feudal, la sociedad burguesa, son otros tantos conjuntos de relaciones de producción, cada uno de los cuales representa, a la vez, un grado especial de desarrollo en la historia de la humanidad” (Marx, Trabajo asalariado y capital, 1849).
[9]) En su artículo, CWO nos da una cita de Marx que podría dar a entender que el análisis de la crisis de éste se basaría únicamente en la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia: “Estas contradicciones tienen como resultado estallidos, crisis, en los que la anulación momentánea de todo trabajo y la destrucción de gran parte del capital, lo hacen volver violentamente al punto en el cual será capaz de emplear plenamente sus fuerzas productivas sin suicidarse por ello. Con todo, esas catástrofes regularmente recurrentes tienen como resultado su repetición a mayor escala, y, por último la ruina violenta del capital” (Grundisse, ed. Siglo XIX, vol II). Si CWO se hubiera fijado en ese pasaje más ampliamente, habría podido comprobar que, unas líneas antes, Marx habla de la necesidad del “desarrollo extremo del mercado” pues, explica, “Esa disminución de la tasa de beneficio [cuota de ganancia] equivale a lo siguiente: 1°) a la fuerza productiva ya producida y a la base material que constituye aquélla para la nueva producción...; 2°) a la reducción de aquélla parte del capital ya producido que se intercambia por trabajo inmediato...; 3°) a la dimensión del capital en general, también a la parte del mismo que no es capital fijo. O sea, gran número de operaciones de cambio, amplitud del mercado y universalidad del trabajo simultáneo; medios de comunicación, etc. ; disponibilidad del necesario fondo de consumo para efectuar este proceso descomunal (ídem). De eso, “un tráfico inmensamente desarrollado, de la amplitud del mercado” CWO no habla nunca y Marx lo hace todo el tiempo.
[10]) “A medida que el valor y la duración del capital fijo empleado se desarrollan con el modo de producción capitalista, la vida de la industria y del capital industrial se desarrolla en cada empresa particular y se prolonga durante un período de, digamos, diez años de media. (…) … ese ciclo de rotaciones que se encadenan y se prolongan durante una serie de años, durante los cuales el capital es prisionero de su elemento fijo, sienta las bases materiales de las crisis periódicas” (Marx, el Capital, T. II); “Vemos así que en el período de desarrollo de la industria inglesa (1815 a 1870) marcada por ciclos decenales, lo máximo de la última prosperidad antes de la crisis reaparece siempre como mínimo de la prosperidad que le sigue, para después subir a un nuevo máximo mucho más alto” (Marx, el Capital); “Pero sólo a partir del momento en que la industria mecánica ha arraigado tan profundamente que influye de un modo predominante sobre toda la producción nacional; en que, gracias a ella, el comercio interior comienza a tomar delantera sobre el comercio exterior; en que el mercado mundial se anexiona sucesivamente extensas zonas en el nuevo mundo, en Asia y en Australia; y en que, por último, las naciones industriales lanzadas a la palestra son ya lo suficientemente numerosas; solamente a partir de entonces comienzan a presentarse aquellos ciclos constantemente repetidos cuyas fases sucesivas abarcan años enteros y que desembocan siempre en una crisis general, final de un ciclo y punto de arranque de otro nuevo. Hasta ahora, la duración periódica de estos ciclos venía siendo de diez u once años, pero no hay razón alguna para considerar esta cifra como una magnitud constante. Por el contrario, con arreglo a las leyes de la producción capitalista, tal y como acabamos de desarrollarlas, debe inferirse que se trata de una magnitud variable y que el período de los ciclos irá acortándose gradualmente” (párrafo intercalado por Marx en la edición francesa, París, 1873, Ver el Capital, FCE, vol. I) .
[11]) Como en las actividades de sector terciario o en los nuevos ramos industriales.
[12]) Para un desarrollo más amplio de esta argumentación, tanto en lo teórico como en lo estadístico, el lector puede leer nuestro artículo sobre la crisis del número 121 de esta Revista internacional.
[13]) “El sistema de la economía burguesa se presenta a mi parecer con el orden siguiente: capital, propiedad de bienes raíces, trabajo asalariado; Estado, comercio exterior, mercado mundial. (...) Tengo ante mí el conjunto de materiales en forma de monografías escritas en períodos muy alejados unos de otros, no para ser impresas, sino para mi propia edificación personal. Dependerá de las circunstancias si las acabo poniendo en forma coherente siguiendo el plan que acabo de indicar” (Marx, Prólogo a la Crítica de le economía política, trad. del francés, La Pléiade, Economie I). Por desgracia, las circunstancias serían diferentes y nunca habrían de dejar a Marx la oportunidad de terminar su plan inicial.
[14]) Lo desarrollado por Rosa no es sino lo que Marx explicó siempre en todos sus trabajos económicos, y eso desde el principio. Por ejemplo, en Trabajo asalariado y capital (1847) había escrito lo siguiente: “Estas [las crisis] se hacen más frecuentes y más violentas, ya por el solo hecho de que. a medida que crece la masa de producción y, por tanto, la necesidad de mercados más extensos, el mercado mundial va reduciéndose más y más, y quedan cada vez menos mercados nuevos que explotar, pues cada crisis anterior somete al comercio mundial un mercado no conquistado todavía o que el comercio sólo explotaba superficialmente”.
[15]) Marx escribió un párrafo entero sobre esa cuestión en su Libro IV sobre “Las teorías sobre la plusvalía”. El título de ese párrafo no puede ser más explícito: “Contradicción entre el desarrollo irresistible de las fuerzas productivas y el límite del consumo, base de la sobreproducción”.
¿Por qué hoy un texto sobre ética? Desde hace más de dos años, la CCI está llevando un debate interno sobre la cuestión de la moral y de la ética proletaria partiendo de un texto de orientación del que publicamos a continuación amplios extractos. Si hemos considerado necesario abrir ese debate teórico, es esencialmente porque nuestra organización se enfrentó, cuando su crisis de 2001, a comportamientos particularmente destructores o totalmente ajenos a la clase portadora del comunismo. Semejantes comportamientos se concretaron en métodos propios de truhanes por parte de algunos elementos que iban a dar a luz a la pretendida Fracción interna de la CCI (FICCI) ([1]): robo, chantaje, mentiras, campañas de calumnia, chivatazos, acoso moral y amenazas de muerte contra compañeros. Partiendo entonces de un problema concreto muy grave que también es una amenaza para el conjunto del medio político proletario, hemos tomado conciencia de la necesidad de armar la organización sobre una cuestión que siempre ha preocupado al movimiento obrero desde sus orígenes, la de la moral proletaria. Hemos insistido siempre, en particular en los estatutos, en que la cuestión del comportamiento de los militantes es una cuestión política de pleno derecho. Pero hasta ahora, la CCI nunca había profundizado este tema hasta enlazarlo con el de la moral y de la ética del proletariado. Para entender los orígenes, los fines y las características de la ética en la clase obrera, la CCI ha debido examinar la evolución de la moral en la historia de la humanidad, reapropiándose los logros del marxismo que se han basado en los avances de la civilización humana, en particular en el terreno de la ciencia y de la filosofía. Este texto de orientación no pretende ser una elaboración teórica acabada, sino lanzar unas pistas de reflexión para permitir al conjunto de la organización profundizar varias cuestiones fundamentales (así como la de los orígenes y del carácter de la moral en la historia de la humanidad, la diferencia entre moral burguesa y proletaria, la degeneración de las costumbres y de la ética en el periodo de descomposición del capitalismo, etc.). En la medida en que no está aun acabado el debate interno, no publicamos aquí más que los extractos del texto de orientación que nos han parecido ser más accesibles a un lector poco entendido. Al ser un texto interno cuyas ideas son muy condensadas y hacen referencia a conceptos teóricos bastante complejos somos conscientes de que ciertos pasajes pueden ser difíciles para el lector. Sin embargo, en la medida en que ciertos aspectos de nuestro debate han llegado a su madurez, hemos considerado útil hacerlos conocer al exterior para que la reflexión iniciada por la CCI pueda proseguir en el conjunto de la clase obrera y del medio proletario.
Desde el principio, la cuestión del comportamiento político de los militantes, y por lo tanto de la moral proletaria, tuvo un papel central en la vida de la CCI. Nuestra visión sobre este tema tiene su concreción viva en nuestros estatutos (adoptados en 1982) ([2]). Hemos insistido siempre en que los estatutos no son una serie de reglas para definir qué es lo que está o no está admitido, sino una orientación para nuestras actitudes y nuestra conducta, incluyendo un conjunto coherente de valores morales (en particular en lo que a relaciones entre militantes y entre éstos y la organización se refiere). Por eso es por lo que se requiere un profundo acuerdo con estos valores a cualquiera que quiera ser miembro de nuestra organización. Los estatutos forman parte de nuestra plataforma, no se limitan a regular quién puede hacerse miembro de la CCI, y en qué condiciones. También condicionan el marco y el espíritu de la vida militante de la organización y de cada uno de sus miembros.
El significado que la CCI siempre ha dado a estos principios de conducta es ilustrado por el hecho de que nunca dejó de defender estos principios, incluso a riesgo de crisis organizativas. De este modo, la CCI se mantiene consciente e inquebrantablemente en la tradición de la lucha de Marx y Engels en la Primera Internacional, de los bolcheviques y de la Fracción italiana del Izquierda comunista. Y así ha sido capaz de vencer una serie de crisis y mantener los principios fundamentales de un comportamiento de clase.
Sin embargo, los conceptos de moral y de ética proletarias se defendían en la CCI más bien implícita que explícitamente; la CCI los puso en práctica de forma empírica más que desde un punto de vista teórico. Ante las enormes reservas que la nueva generación de revolucionarios surgida a finales de los años 1960 tenía hacia toda idea de moral, considerándola generalmente como algo reaccionario, la actitud desarrollada por la organización fue la de dar más importancia a adoptar las actitudes y comportamientos de la clase obrera más que a desarrollar un debate muy general cuando tal debate distaba mucho de su madurez para acometerlo con éxito.
Las cuestiones sobre la moral no fueron las únicas áreas donde la CCI procedió de esta manera. En los primeros días de la organización había reservas similares hacia la necesidad de la centralización, la indispensable intervención de los revolucionarios y el papel principal de la organización en el desarrollo de la conciencia de clase, la necesidad de luchar contra el democratismo o el reconocimiento de la actualidad del combate contra el oportunismo y el centrismo.
Efectivamente, en los grandes debates y las crisis se demostró que la organización fue siempre capaz, no solamente de elevar su nivel teórico, sino de clarificar los problemas sobre los que al principio había habido poca claridad. Y en concreto, respecto a las dudas organizativas, la CCI nunca dejó de responder al reto con una profundización y extensión de su conocimiento teórico sobre los problemas planteados.
La CCI ya ha analizado sus crisis recientes así como el peligro subyacente de la pérdida de las adquisiciones proletarias, una manifestación más, pero no menos importante, de la entrada del capitalismo en una nueva fase final, la de su descomposición. Así pues, la clarificación de este asunto crucial es una necesidad del periodo histórico que concierne a la clase obrera como un todo.
“La moral es el resultado del desarrollo histórico, es el producto de la evolución. Tiene sus orígenes en los instintos sociales de la especie humana, en la necesidad material de la vida social. Teniendo en cuenta que los ideales de la socialdemocracia van dirigidos hacia un orden superior de la vida social, esos ideales deben necesariamente ser ideales morales” ([3]).
Debido a la incapacidad de las dos clases más importantes de la sociedad, la burguesía y el proletariado, para imponer su solución, el capitalismo ha entrado en su fase final, la de descomposición, caracterizada por la disolución gradual, no sólo de los valores sociales sino también de la sociedad misma.
Hoy, frente a la tendencia de “cada uno para sí” de la descomposición capitalista, y la corrosión de todo valor moral, será imposible para las organizaciones revolucionarias –y más en general para la emergencia de nuevas generaciones de militantes– derrocar el capitalismo sin esclarecerse sobre esos asuntos morales y éticos. En el desarrollo consciente de la lucha de los revolucionarios, la lucha teórica específica por reasimilar el trabajo del movimiento marxista sobre estas cuestiones ha llegado a convertirse en un tema de vida o muerte para la sociedad humana. Esta lucha es indispensable, no solamente para la resistencia proletaria a la descomposición y al amoralismo ambiente, sino para la reconquista proletaria de la confianza en sí mismo para el futuro de la humanidad por medio de su propio proyecto histórico.
La forma particular que la contrarrevolución tomó en la URSS –la del estalinismo presentando como continuador y no como sepulturero de la Revolución de Octubre de 1917– minó la confianza en el proletariado y su alternativa comunista. A pesar del fin del período de la contrarrevolución en 1968, el hundimiento de los regímenes estalinistas en 1989 –que marcó la entrada en la fase histórica de la descomposición– ha debilitado la confianza de proletariado en sí mismo como protagonista de la liberación de toda la humanidad.
El debilitamiento de la confianza de la clase obrera en sí misma, de su identidad de clase y de su perspectiva revolucionaria, debido a las campañas de la burguesía sobre el pretendido “fracaso del comunismo”, han modificado las condiciones en las que hoy se plantea la cuestión de la ética. Los reveses de la clase obrera (en especial el retroceso debido a las consecuencias del hundimiento del bloque del Este y de los regímenes estalinistas) han dañado su confianza, no solamente en una perspectiva comunista, sino en la sociedad como un todo.
Para los obreros conscientes, durante la fase ascendente del capitalismo (y más todavía durante la primera oleada revolucionaria de 1917-23), la aseveración de que básicamente la humanidad sería “mala” para “explicar” los problemas de la sociedad contemporánea, no provocaba sino desprecio y desdén. Y, al contrario, la ideología de que la sociedad sería incapaz de mejorar y desarrollar formas superiores de solidaridad humana, hoy se ha convertido en un factor de la situación histórica. En la actualidad, las profundas dudas arraigadas sobre las cualidades morales de nuestra especie no afligen solamente a las clases dirigentes o las clases intermedias, sino amenazan al proletariado mismo, incluyendo a sus minorías revolucionarias. Esa falta de confianza en la posibilidad de un enfoque más colectivo y responsable para la comunidad humana no es solamente el resultado de la propaganda de la clase dominante. La evolución histórica misma ha desembocado en esta crisis de confianza en el futuro de humanidad.
Estamos viviendo en un período caracterizado por:
La opinión popular parece estar confirmando la sentencia de Thomas Hobbes (1588-1679) de que el hombre sería, por naturaleza, un lobo para el hombre. El hombre es visto básicamente como destructor, predador, egoísta, irremediablemente irracional, y con un comportamiento social más bajo que muchas especies animales. Para el ecologismo pequeño burgués, por ejemplo, el desarrollo cultural es visto como un “error” o un “callejón sin salida”. La humanidad misma es vista como un cáncer creciente en la historia, sobre la cual la naturaleza va a –cuando no debe– recuperar sus “derechos”.
Por supuesto, el capitalismo en descomposición no ha hecho surgir ese tipo de ideas, pero sí las ha acentuado y afianzado.
En los siglos precedentes, la generalización de la producción de mercancías bajo el capitalismo fue disolviendo progresivamente las relaciones de solidaridad en la base de la sociedad, hasta el punto de que muchas de sus reminiscencias podrían desaparecer de la memoria colectiva.
La fase de declive de las formaciones sociales desde el comunismo primitivo se ha caracterizado por la disolución de los valores morales establecidos por la sociedad, y, mientras una opción histórica no haya empezado a afirmarse todavía, por una pérdida de la confianza en el futuro.
Pero la barbarie y la cruel deshumanización de la decadencia capitalista no tienen precedentes en la historia de la especie humana. No es fácil, después de Auschwitz e Hiroshima, y ante los genocidios y la destrucción permanente y general, mantener la confianza en la posibilidad de un progreso moral.
El capitalismo ha destrozado lo que existía previamente, el equilibrio rudimentario entre hombre y el resto de la naturaleza, minando también a largo plazo las bases de la sociedad humana.
A esas características de la evolución histórica del capitalismo, debemos añadir la acumulación de los efectos de un fenómeno más general del progreso de la humanidad en el contexto de las sociedades de clase: el retraso de la evolución moral y social respecto a la evolución tecnológica.
“Las ciencias naturales son consideradas como el campo en el que el pensamiento humano, en una serie continua de triunfos, ha desarrollado con mayor pujanza formas conceptuales de la lógica... Al contrario, en el otro extremo permanece el gran campo de las acciones y relaciones humanas en las que el uso de herramientas no tiene un papel inmediato y solo actúa a largo plazo como fenómenos muy desconocidos e invisibles. Aquí el pensamiento y la acción están determinados principalmente por la pasión y las impulsiones, por la arbitrariedad y la imprevisión, por la tradición y la creencia; aquí ninguna lógica metódica resulta de la seguridad del conocimiento (...) El contraste que aparece aquí, con la perfección por un lado y la imperfección del otro, quiere decir que el hombre controla los fuerzas de la naturaleza, y lo logrará cada vez más, pero que no controla las fuerzas de la voluntad y la pasión que le son inherentes. Donde sí ha permanecido quieto, quizás echándose incluso atrás, es en la falta manifiesta del control sobre su propia «naturaleza» (Tilney). Esta es, evidentemente, la razón por la que la sociedad va todavía tan lejos por detrás de la ciencia. Potencialmente el hombre posee el dominio sobre la naturaleza. Pero no posee todavía el dominio sobre su propia naturaleza.” ([4])
Después de 1968, la dinámica de las luchas obreras fue un poderoso contrapeso al escepticismo creciente en el seno de la sociedad capitalista. Pero, al mismo tiempo, la falta de la asimilación en profundidad del marxismo llevó a una idea común, dentro de la nueva generación de revolucionarios, de que no hay lugar para las cuestiones morales o de ética en la teoría socialista. Esa actitud fue ante todo producto de la ruptura en la continuidad orgánica causada por la contrarrevolución que siguió a la ola revolucionaria de 1917-23. Hasta entonces, los valores éticos del movimiento obrero pasaban de una generación a la siguiente. La asimilación de estos valores fue favorecida por el hecho de que formaban parte de una vida colectiva, organizada y, por lo tanto, práctica. La contrarrevolución borró en gran parte el conocimiento de esas adquisiciones, como había borrado casi por completo a las propias minorías revolucionarias que las expresaban.
Esa perversión de la ética del proletariado dio la impresión de que la moral, por su naturaleza propia, sería algo intrínsecamente reaccionario, propio de las clases dominantes y explotadoras. Y por supuesto es verdad que, durante toda la historia de la sociedad de clases, la moral dominante siempre ha sido la moral de la clase dominante. Eso es tan cierto que moral y Estado, pero también moral y religión, se han hecho casi sinónimos en la opinión popular. Los sentimientos morales de la sociedad siempre han sido utilizados por los explotadores, por el Estado y la religión para santificar y perpetuar la situación existente y que las clases explotadas se sometan a la opresión. El “moralismo” mediante el cual las clases dominantes han procurado siempre romper la resistencia de las clases de laboriosas, mediante la instilación de una conciencia culpable, es uno de los grandes azotes de humanidad. Es también una de las armas más sutiles y eficaces para asegurar la dominación de clase sobre la sociedad entera.
El marxismo siempre ha combatido la moral de las clases dominantes, como también ha combatido el moralismo tosco y filisteo de la pequeña burguesía. Contra la hipocresía de los virtuosos apologistas del capitalismo, el marxismo ha insistido siempre en que la crítica de la economía política debe estar basada en los conocimientos científicos, no en juicios éticos.
No obstante todo esto, la perversión de la moral del proletariado en manos del estalinismo no es razón para abandonar el concepto de moral proletaria, del mismo modo que el proletariado no debe rechazar el concepto de comunismo so pretexto de que fue recuperado y pervertido por la contrarrevolución en la URSS. El marxismo ha mostrado que la historia moral de humanidad, no es sólo la historia de la moral de la clase dominante. Ha demostrado que las clases explotadas tienen valores éticos propios, y que estos valores han tenido un papel revolucionario en el progreso de humanidad. Ha probado que la moral no es idéntica a la función de la explotación, al Estado o la religión, y que el futuro -si hay un futuro- pertenece a una moral más allá de la explotación, del Estado y de la religión.
“Las personas llegarán gradualmente a acostumbrarse a la observancia de reglas elementales de vida juntas -reglas sabidas por siglos y repetidas durante miles de años en todos los códigos de conducta- para su observancia sin la fuerza, sin la coacción, sin la subordinación, sin esos aparatos especiales para la coacción que llama Estado.» ([5])
El marxismo ha revelado que el proletariado es la única clase de la historia capaz, al liberarse de la alienación, de desarrollar su conciencia, su unidad y su solidaridad, liberar la moral, y por lo tanto la humanidad, del azote de la “mala conciencia” basada en el sentimiento de culpa y la sed de venganza y de castigo.
Además, al desterrar el moralismo pequeño burgués de la crítica de la economía política, el marxismo ha sido capaz de demostrar científicamente el papel de los factores morales en la lucha proletaria de clases. Puso al descubierto, por ejemplo, que la determinación del valor de la fuerza de trabajo –a diferencia de cualquier otra mercancía– contiene una dimensión moral: valor, determinación, solidaridad y dignidad de los trabajadores.
La resistencia al concepto de moral proletaria también expresa el peso de la ideología de la pequeña burguesía muy marcada por el democratismo. Esa resistencia es expresión de la aversión del pequeño burgués hacia los principios del comportamiento, los cuales, como todo principio, son otras tantas trabas a su “libertad” individual. La infiltración en el seno del movimiento obrero contemporáneo de esa ideología de una clase sin porvenir histórico es una debilidad que ha reforzado la inmadurez de la generación surgida del movimiento de Mayo del 68.
La moral es una guía indispensable del comportamiento en el ámbito de la cultura humana. Permite identificar los principios y las reglas que regulan la convivencia de los miembros de la sociedad. La solidaridad, la sensibilidad, la generosidad, el apoyo a los necesitados, la honradez, la simpatía y la cortesía, la modestia, la solidaridad entre generaciones, son tesoros que pertenecen a la herencia moral de la humanidad. Son cualidades, sin las cuales la vida en sociedad llegaría a ser imposible. Por eso los seres humanos han reconocido su valor, de igual modo que la indiferencia hacia los demás, la brutalidad, la codicia, la envidia, la arrogancia y la vanidad, la indignidad y la mentira siempre han provocado la desaprobación y la indignación.
Como tal, la moral cumple la función de favorecer las pulsiones sociales en contraste con los impulsos antisociales de la humanidad, en interés del mantenimiento de la comunidad. Canaliza la energía psíquica en el interés de todos. La manera en la que esta energía es canalizada varía de acuerdo con el modo de producción, el tejido social, etc.
Dentro de cada sociedad se han establecido normas de comportamiento y de evaluación, en base a la experiencia viva y en correspondencia con un modo de vida determinado. Este proceso es parte de lo que Marx llama en el Capital la emancipación relativa de la arbitrariedad y del simple azar, mediante el establecimiento del orden.
La moral tiene un carácter imperativo. Es una apropiación del mundo social a través de los juicios sobre el “bien” y el “mal”, sobre qué es y qué no es aceptable. Esta forma de acercarse a la realidad usa mecanismos psíquicos específicos, como la buena conciencia y el sentimiento de responsabilidad. Estos mecanismos influyen en la toma decisiones y en el comportamiento general, y, a menudo, los determinan. Las exigencias de la moral contienen una toma de conciencia sobre qué es la sociedad -una conciencia que ha sido absorbida e integrada a nivel emocional. De la misma manera que todos los medios de apropiación y transformación de la realidad, la moral tiene un carácter colectivo. A través de la imaginación, la intuición, y la evaluación, permite que el sujeto entre en el mundo mental y emotivo de otros seres humanos. Es, por lo tanto, fuente de la solidaridad humana, y medio de enriquecimiento y desarrollo espiritual mutuo. No puede desarrollarse sin la interacción social, sin transmisión de lo adquirido y de la experiencia entre los miembros de la sociedad, entre la sociedad y el individuo, y de una generación a otra.
Algo característico de la moral es que se apropia de la realidad mediante la escala de medición de lo que debería ser. Su enfoque es teleológico y no causal. La colisión entre lo que lo es, y lo que debe ser, es característica de la actividad moral, haciéndolo un factor activo y vital.
El marxismo nunca ha negado la necesidad o la importancia de la contribución de los factores no teóricos y no científicos en el progreso de la especie humana. Al contrario, siempre ha comprendido su carácter indispensable, e incluso su relativa independencia. Por eso ha sido capaz de examinar la interconexión entre ellos en la historia, y reconocer su esencia complementaria.
En las sociedades primitivas, pero también en la sociedad de clases, la moral se desarrolla de una manera espontánea. Mucho antes del desarrollo de la capacidad de codificar valores morales, o reflexionar sobre ellos, existieron los modos del comportamiento y su evaluación. En cada sociedad, cada clase o grupo social (incluso cada profesión, como Engels apuntó) y cada individuo posee su propio código de comportamiento moral. Como Hegel hizo notar, una serie de actos de un sujeto es el sujeto mismo. La moral es mucho más que la suma de reglas y costumbres de conducta. Es una parte esencial de la coloración que toman de las relaciones humanas en una sociedad determinada.
Es reflejo y a la vez factor activo de cómo se percibe el hombre a sí mismo, y de cómo logra comprender a los demás, penetrar en el universo mental del otro. La moral se basa en la empatía que está inscrita en el campo emocional propio de la especie humana. Es precisamente por eso por lo que Marx afirmaba: “Nada de lo que es humano me es ajeno”.
Las evaluaciones morales son necesarias no sólo en respuesta a los problemas cotidianos sino también como parte de una actividad planificada y conscientemente dirigida hacia un objetivo. No sólo controlan o guían decisiones singulares, sino la orientación de toda una vida o toda una época histórica.
Aunque lo intuitivo, lo instintivo y el inconsciente son los aspectos esenciales del mundo moral, con el progreso de humanidad el papel de la conciencia también se va haciendo más importante en esa esfera. Las cuestiones morales afectan muy profundamente la existencia humana. Una orientación moral es el producto de las necesidades sociales, pero también de la manera del pensar de una sociedad o grupo en particular. Exige una evaluación del valor de la vida humana, la relación del individuo con la sociedad, una definición de nuestro propio lugar en el mundo, de nuestras responsabilidades hacia el conjunto de la comunidad. Pero aquí, la evaluación ocurre, no tanto de una manera contemplativa, sino en la forma de comportamientos sociales. La orientación ética aporta su contribución específica –práctica, evaluadora, imperativa– para darle un sentido a la vida humana.
Aunque el desarrollo del universo sea un proceso que existe más allá e independientemente de cualquier meta o “significado” objetivo, la humanidad es, sin embargo, esa parte de la naturaleza que se propone objetivos y lucha por su realización.
En el Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Engels demuestra que la moral hunde sus raíces en las relaciones sociales, económicas y en los intereses de clase. Pero también muestra su papel regulador, no sólo en la reproducción de las estructuras sociales existentes sino también en el surgimiento de las nuevas relaciones sociales. La moral o puede dificultar o puede acelerar el progreso histórico. La moral refleja frecuentemente, antes que filosofía o la ciencia, los cambios ocultos bajo la superficie de la sociedad.
El carácter de clase de una moral en particular no debe impedirnos ver el hecho de que cada sistema moral contiene elementos humanos generales, que contribuyen a la preservación de la sociedad en una etapa particular de su desarrollo. Como Engels apunta en Anti-Dühring, la moral proletaria contiene muchos más elementos de valor humano general, porque representa el futuro contra la moral de la burguesía. Engels insiste, con razón, en la existencia del progreso moral en la historia. A través de los esfuerzos, de generación a generación, por dominar mejor la existencia humana, y a través de las luchas de las clases, el acopio de experiencia moral de la sociedad se ha ido incrementando. Aunque el desarrollo ético del hombre es todo menos lineal, el progreso en esta esfera puede ser medido en la necesidad y la posibilidad de solucionar problemas humanos cada vez más complejos. Esto revela el potencial de enriquecimiento del mundo interior y social de la persona, que es, como Trotski señaló, uno de los criterios más importantes del progreso.
Otra característica fundamental de la esfera moral es que a la vez que expresa las necesidades de la sociedad como un todo, su existencia es inseparable de la vida personal, íntima del individuo, del mundo interior de su conciencia y su personalidad. Cualquier enfoque que subestime el factor subjetivo, se queda necesariamente en lo abstracto y pasivo. Es la identificación íntima y profunda del ser humano con valores morales, lo que, entre otras cosas, lo distingue del animal y lo que le da la fuerza de transformar la sociedad. Aquí, lo que llega a ser socialmente necesario, se vuelve voz interior de la conciencia, que permite vincular las emociones humanas con la dinámica del progreso social. La maduración moral del ser humano lo arma contra los prejuicios y el fanatismo, incrementando sus posibilidades de reaccionar consciente y creativamente ante los conflictos morales.
Es también necesario subrayar que, aunque la moral encuentra una base biológica en los instintos sociales, su evolución es inseparable de la participación en la cultura humana. El alejamiento de la especie humana del reino animal no depende únicamente del desarrollo del pensamiento, sino también de la educación y la mejora progresiva de lo emocional. Tolstoi tenía razón cuando subrayaba el papel del arte, en el sentido más amplio, al lado de la ciencia, en el progreso humano.
“Así como merced a nuestra facultad de expresar los pensamientos por palabras, cada hombre puede saber lo que ocurrió antes a la humanidad en el dominio del pensamiento…, así también, merced a nuestra facultad de poder trasmitir nuestros sentimientos a los demás por medio del arte, todos los sentimientos experimentados junto a nosotros pueden sernos asequibles, así como los sentimientos experimentados cien años antes de nosotros. Si no tuviéramos la capacidad de conocer los pensamientos concebidos por los hombres que nos precedieron y de trasmitir a otros nuestros propios pensamientos, seríamos como animales salvajes o como Gaspar Hauser, el huérfano de Nuremberg, que, criado en la soledad, tenía a los diez y seis años la inteligencia de un niño. Si no tuviéramos la capacidad de conmovernos con los sentimientos ajenos por medio del arte, seríamos casi más salvajes aún, estaríamos separados uno de otro, nos mostraríamos hostiles a nuestros semejantes.” ([6])
La ética es la comprensión teórica de la moral, con el objetivo de comprender mejor su papel, y de mejorar y sistematizar su contenido y su campo de acción. Aunque es una disciplina teórica, su objetivo siempre ha sido práctico. Una ética que no contribuye a mejorar el comportamiento en la vida real, es, por definición, inútil. La ética apareció y se ha desarrollado como una especie de ciencia filosófica, no solamente por razones históricas, sino porque la moral no es un objeto preciso, sino una relación que abarca toda la vida humana y la conciencia. Desde la filosofía griega clásica hasta Spinoza y Kant, la ética siempre fue considerada como un reto esencial que las mentes más preclaras de la humanidad han encarado.
A pesar de la multitud de enfoques y respuestas diferentes, un objetivo común que caracteriza la ética, sobre todo desde Sócrates, es responder a la pregunta: ¿cómo lograr construir la felicidad universal para la especie humana como un todo? La ética ha sido siempre un arma de lucha, en particular de la lucha de clases. La confrontación con la enfermedad y la muerte, con los conflictos de intereses, o con el sufrimiento moral, ha sido a menudo un poderoso estímulo para el estudio de la ética. Pero mientras que la moral, por rudimentarias que sean sus manifestaciones, es una condición antiquísima de la sociedad humana (ya existente en las primeras sociedades primitivas), la ética es un fenómeno mucho más reciente, surgida con la sociedad dividida en clases. La necesidad de orientar conscientemente la conducta y la vida de cada cual es el producto del carácter cada vez más complicada de la vida social. En la sociedad primitiva, la solidaridad entre sus miembros y el sentido de su actividad estaban directamente impuestos por la mayor de las penurias. La libertad de elección individual no existía todavía. Fue en el contexto de la contradicción creciente entre vida pública y vida privada, entre necesidades individuales y necesidades de la sociedad, cuando empezó a surgir una reflexión teórica sobre el comportamiento y sus principios. Esta reflexión es inseparable de la aparición de una actitud crítica hacia la sociedad, y la voluntad de cambiarla de una manera consciente y reflexiva. Por lo tanto, si la ruptura de la sociedad primitiva en clases es la condición previa para tal actitud, su surgimiento –como el de la filosofía en general– es estimulado en particular por el desarrollo de la producción de mercancías, como así fue en la Grecia antigua. No sólo la aparición sino también la evolución de la ética depende esencialmente del progreso material, en particular de la base económica de la sociedad.
Con la sociedad de clases, las exigencias morales y las costumbres cambian necesariamente, ya que cada formación social hace surgir una moral que corresponde a sus necesidades. Cuando las morales establecidas por las clases dominantes entran en contradicción con el desarrollo histórico, se convierten en fuente del peor de los sufrimientos, incrementándose el recurso a la violencia física y psíquica para imponerse, acabando en desorientación general, hipocresía latente, pero también en autoflagelación. Tales fases de declive de las sociedades plantean un reto muy especial a la ética, y ésta va a procurar formular los nuevos principios que solamente en una fase posterior las masas harán suyos y servirán de orientación.
Pero el desarrollo de la ética dista mucho de ser un reflejo pasivo y mecánico de las bases económicas de la sociedad. Posee una dinámica interna propia, como ya lo ilustró la evolución del primer materialismo, el de los materialistas griegos, cuyas contribuciones a la ética pertenecen todavía a la inestimable herencia teórica de la humanidad. Esta dinámica interna de la ética aparece en la continuada preocupación central: la aspiración a la felicidad para el conjunto de la humanidad. Ya Heráclito había planteado lo central de la ética: la relación entre individuo y sociedad, entre lo que las personas individuales realmente hacen y lo que deben hacer en el interés general. Pero esta filosofía “natural” era incapaz de dar una explicación materialista de los orígenes de la moral, y en particular de la conciencia. Además, su énfasis unilateral sobre la causalidad, en perjuicio del aspecto “teleológico” de la existencia humana (la actividad pensada hacia un objetivo consciente), le impidió dar respuestas satisfactorias a algunos de los problemas más profundos de la ética entre los más importantes para el porvenir de la especie humana (tales como la relación del hombre con su propia finitud, su propia muerte y la de sus semejantes, en particular ante la guerra y demás conflictos mortíferos).
Por eso fue por lo que no sólo la evolución social objetiva sino también la falta de soluciones a los problemas morales planteados, prepararon el terreno para el idealismo filosófico. Este apareció al mismo tiempo que una nueva creencia religiosa, el monoteísmo, basado en la credo de un único Dios, salvador de la humanidad y único capaz de abrir las puertas a la felicidad universal en el paraíso celestial. La aparición de la moral idealista ya no se basaba en la explicación de la naturaleza, sino en la exploración de la vida espiritual. Ese enfoque no consiguió liberarse totalmente del pensamiento animista y mágico de las sociedades primitivas y culminó en la visión según la cual la esencia humana estaría escindida en dos partes, una espiritual (moral) y la otra material (corporal). El hombre sería en cierto sentido mitad ángel y mitad animal.
Hasta el materialismo revolucionario de la burguesía ascendente de Europa occidental, no pudo ponerse en entredicho el idealismo ético. El nuevo materialismo afirma entonces que los impulsos naturales del hombre contenían el germen de todo lo que es bueno, haciendo responsables del mal al viejo orden social. Las armas teóricas de la revolución burguesa tuvieron sus raíces en esa escuela del pensamiento, pero también el socialismo utópico encontró sus armas teóricas en esa escuela (Fourier en el materialismo francés, Owen y el sistema “utilitarista” de Bentham).
Pero este materialismo de la burguesía era incapaz de explicar el origen de la moral. Las morales no pueden explicarse “naturalmente”, porque la naturaleza humana ya incluye la moral. Esa teoría revolucionaria tampoco podía explicar su propio origen. Si el hombre, al nacer, solo es una página en blanco, una tabla rasa, tal como lo afirma ese materialismo burgués, y si está únicamente determinado por su inclusión en el orden social existente, ¿de dónde vienen las ideas revolucionarias, y cuál es el origen de la indignación moral, precondiciones indispensables para una sociedad nueva y mejor? El hecho de que el materialismo burgués combatiera el pesimismo del idealismo (que niega la posibilidad del progreso moral en el mundo real del hombre), fue su gran contribución. Pero a pesar de su aparentemente ilimitado optimismo, ese materialismo demasiado mecánico y metafísico dio unas bases muy poco sólidas para construir una confianza verdadera en la humanidad. En definitiva, en la visión del mundo que se concretó en la filosofía de las Luces, era el hombre “ilustrado” el que debía aparecer como única fuente de la perfección ética de la especie humana.
El hecho de que el materialismo burgués no lograra explicar los orígenes de la moral contribuyó a que Kant acabara cayendo en el idealismo moral cuando quiso explicar el fenómeno de la buena conciencia. Al declarar que la “ley moral dentro de nosotros” es algo “en sí mismo”, existente a priori, fuera del tiempo y el espacio, Kant declaraba que no podemos conocer realmente los orígenes de la moral.
Y efectivamente, a pesar de todas esas contribuciones inestimables que se han ido sucediendo en la historia de la humanidad, formando, por así decirlo, piezas sueltas de un puzzle todavía por resolver, solo el proletariado será capaz, gracias a la teoría marxista, de dar una respuesta satisfactoria y coherente a ese interrogante sobre los orígenes de la moral.
Para el marxismo, el origen de la moral está ligado a la naturaleza social y colectiva de la especie humana. La moral es el producto, no solamente de unos instintos sociales profundos, sino de la dependencia de la especie del trabajo colectivo, asociado y planificado y del aparato productivo cada día más complejo que dicho trabajo exige. La base, el corazón de la moral es la conciencia de la necesidad de la solidaridad en respuesta a la fragilidad biológica del ser humano. Esta solidaridad (que los descubrimientos científicos recientes, en especial en antropología y paleontología han puesto más todavía en evidencia) es el denominador común de todo lo positivo y duradero que se ha producido en el transcurso de la historia de la moral. Como tal, la solidaridad es a la vez la escala del progreso moral y la expresión de la continuidad de esa historia, a pesar de todas las rupturas y retrocesos.
Esta historia se caracteriza por la conciencia de que las oportunidades de supervivencia son tanto más grandes cuanto más unificada esté la sociedad (o la clase social), cuanto más estable sea su cohesión y mayor sea la armonía entre sus partes. Pero el desarrollo de la moral no sólo es una cuestión de supervivencia para la especie. Condiciona la aparición de formas cada vez más acabadas y complejas de las colectividades humanas, condición previa, a su vez, del desarrollo de las potencialidades de la sociedad y de sus miembros. Solo mediante la relación con los demás el ser humano puede descubrir su propia humanidad. La búsqueda práctica del interés colectivo es el medio de la elevación moral de los miembros de la sociedad. La vida más fértil es la que más aferrada está en la sociedad.
La razón por la que solamente el proletariado puede responder a la cuestión del origen y la esencia de la moral, estriba en la perspectiva de una comunidad mundial unificada, una sociedad comunista, clave para comprender la historia de la moral. El proletariado es la primera clase en historia que tiene intereses particulares que defender y que está unificada gracias a una verdadera socialización de la producción, base material de un nivel cualitativamente superior de la solidaridad humana.
La ética materialista del marxismo, gracias a su capacidad para integrar los descubrimientos científicos (en especial los de Darwin, a quien Marx dedicó el Capital) permite, pues, comprender que el hombre, como producto de la evolución que es, no es una tabla rasa al nacer, sino que trae consigo “al mundo” una serie de necesidades sociales procedentes de sus orígenes animales (la necesidad de ternura y de afecto, por ejemplo, sin los cuales el recién nacido no podría desarrollarse, y ni siquiera sobrevivir).
Pero el progreso de la ciencia ha revelado que el hombre es también un luchador nato. Eso le permitió salir a la conquista del mundo, dominar las fuerzas de la naturaleza, transformándola al ir desarrollando su vida social por el planeta entero. La historia muestra así que el hombre no suele resignarse ante las dificultades. La lucha de la humanidad se basa necesariamente en una serie de instintos que heredó del reino animal: la autoconservación, la reproducción sexual, los instintos de protección de sus crías, etc. En el marco de la sociedad, esos instintos de preservación de la especie no pudieron desarrollarse sino compartiendo las emociones con sus semejantes. Aunque esas cualidades son el producto de la socialización, también es cierto que son esas cualidades las que, a su vez, hacen posible la vida en sociedad. La historia de la humanidad también ha mostrado que el hombre puede y debe movilizar un potencial de agresividad sin el cual no habría podido defenderse en un entorno hostil.
Pero las bases de la combatividad de la especie humana son mucho más profundas y están, por encima de todo, vinculadas a la cultura. La humanidad es la única parte de la naturaleza que, mediante el proceso del trabajo, se transforma constantemente a sí misma. Eso significa que a lo largo del proceso de humanización, de transformación del “mono en hombre”, la conciencia se convirtió en principal instrumento de la lucha de la humanidad por sobrevivir. Cada vez que el hombre ha alcanzado un objetivo, modifica su entorno y se da nuevos objetivos más elevados. Lo cual, a su vez, ha necesitado un nuevo desarrollo de su naturaleza de ser social.
El método científico del marxismo desveló los orígenes biológicos “naturales” de la moral y del progreso social. Al haber descubierto las leyes de la marcha de la historia humana y haber superado el enfoque metafísico, el marxismo ha resuelto problemas a los que el antiguo materialismo burgués era incapaz de contestar. Y al hacerlo demostró la relatividad, pero también la validez relativa, de los diferentes sistemas morales de la historia. Reveló su dependencia del desarrollo de las fuerzas productivas y, a partir de un período histórico determinado, de la lucha de clases. Y a partir de ahí puso las bases teóricas para la superación de lo que ha sido una de las peores calamidades de la humanidad hasta nuestros días: la tiranía fanática, dogmática de todo sistema moral.
Al haber demostrado que la historia tiene un sentido y forma un todo coherente, el marxismo ha superado la falsa alternativa entre el pesimismo moral del idealismo y el optimismo obtuso del materialismo burgués. Al haber demostrado la existencia de un progreso moral en la historia de la humanidad, ha ampliado las bases de la confianza del proletariado en el futuro.
A pesar de la noble sencillez de los principios comunitarios de la sociedad primitiva, sus virtudes estaban vinculadas a la realización ciega de ritos y supersticiones que no podían discutirse y que nunca fueron el resultado de una opción consciente. Solo con la aparición de una sociedad de clases (en Europa, en el apogeo de la sociedad esclavista) los seres humanos pudieron adquirir un valor moral independiente de los vínculos de sangre. Esta adquisición fue el producto de la cultura, de la rebelión de los esclavos y de otras capas oprimidas. Es importante observar que las luchas de las clases explotadas, por mucho que éstas no tuvieran perspectiva revolucionaria alguna, enriquecieron el patrimonio moral de la humanidad, mediante el cultivo de la mentalidad de rebelión y de indignación, de la conquista del respeto por el trabajo humano, de defensa de la dignidad de cada ser humano. La riqueza moral de la sociedad nunca es el simple resultado del conjunto de lo económico, lo social y lo cultural del momento. Es el producto de una acumulación histórica. Del mismo modo que la experiencia y el sufrimiento de una vida larga y difícil ayudan a hacer madurar a quienes no han salido quebrantados por ella, el infierno de la sociedad de clases contribuye al desarrollo de la nobleza moral de la humanidad, a condición de que esa sociedad pueda ser derribada.
Hay que añadir que el materialismo histórico disolvió la antigua oposición, que frenaba los progresos de la ética, entre instinto y conciencia, entre causas y objetivos. Las leyes objetivas del desarrollo histórico son también manifestaciones de la actividad humana. Si aparecen como algo exterior es porque los objetivos que se fijan los hombres dependen de las circunstancias que el pasado ha legado al presente. Considerada de manera dinámica, en el movimiento del pasado hacia el futuro, la humanidad es a la vez el resultado y la causa del cambio. Así, la moral y la ética son a la vez producto y factores activos de la historia.
Al haber descubierto la verdadera naturaleza de la moral, el marxismo ha sido capaz, por ello mismo, de influir en su devenir, preparándola como un arma de lucha de clase del proletariado.
La moral proletaria se desarrolla combatiendo los valores dominantes, sin quedarse al margen de ellos. El núcleo de la moral de la sociedad burguesa está contenido en la generalización de la producción de mercancías. Esto determina su carácter esencialmente democrático, que ha desempeñado un papel valiosamente progresista en la disolución de la sociedad feudal, pero que, con el declive del sistema capitalista, ha ido descubriendo cada día más su aspecto irracional.
El capitalismo ha sometido al conjunto de la sociedad, incluida la propia fuerza de trabajo, a la cuantificación del valor de cambio. El valor del ser humano y de su actividad productora ya no está en su calidad humana concreta ni en su contribución particular a la colectividad. Ya solo se mide de manera cuantitativa en comparación con los demás y en relación con una media abstracta que se impone a la sociedad como una fuerza independiente y ciega. Al introducir la competencia entre las personas, al obligarlas a compararse constantemente unas con otras, el capitalismo socava la solidaridad humana en la que se basa la sociedad. Al hacer abstracción de las cualidades reales de los seres humanos, incluidas sus cualidades morales, socava las bases mismas de la moral. Al sustituir la pregunta: “¿Qué contribución puedo yo aportar a la comunidad?” por “¿Cuál es mi propio valor en el seno de la comunidad?” (riqueza, poder, prestigio), pone en entredicho la posibilidad misma de que exista la comunidad humana.
La tendencia de la sociedad burguesa es socavar las adquisiciones morales de la humanidad que se han ido acumulando a lo largo de miles de años, desde la simple tradición de la hospitalidad y de respeto a los demás en la vida cotidiana hasta el reflejo elemental de dar asistencia a quienes lo necesitan.
Con la entrada del capitalismo en su fase terminal, la de la descomposición, esa tendencia inherente al capitalismo acaba imponiéndose. Lo irracional de esa tendencia, incompatible a largo plazo con la preservación de la sociedad, se revela en la necesidad para la propia burguesía, en interés de su sistema, de recurrir a investigadores que busquen y desarrollen estrategias contra, por ejemplo, el acoso moral, a pedagogos encargados de enseñar a los escolares cómo gestionar los conflictos. E igualmente, la cualidad cada vez más escasa de ser capaz de trabajar en equipo, es considerada como la cualificación más buscada en los contratos de muchas empresas hoy.
Lo propio del capitalismo, es la explotación basada en la “libertad” y la “igualdad” jurídica de los explotados. De ahí el carácter básicamente hipócrita de la moral burguesa. Además, esa peculiaridad modifica el papel que la violencia desempeña en el seno de la sociedad.
Contrariamente a lo que proclaman quienes hacen la apología del capitalismo, este sistema no sólo utiliza tanto como los demás modos de producción la fuerza bruta, sino mucho más todavía. Sin embargo, como el proceso de explotación mismo se basa ahora en las relaciones económicas y no en la coacción física, el capitalismo ha realizado un salto cualitativo en el uso de la fuerza indirecta, moral, psíquica. La calumnia, la destrucción de la personalidad, la búsqueda de chivos expiatorios, el aislamiento social, la aniquilación sistemática de la dignidad humana y de la confianza en sí, todo eso se ha hecho instrumento cotidiano de control social. Peor todavía, esa violencia se ha hecho la manifestación de la libertad democrática, el ideal moral de la sociedad burguesa. Cuanto más recurre la burguesía a esa violencia indirecta y a la dominación de su moral contra el proletariado, tanto más refuerza su dictadura.
La lucha proletaria por el comunismo es, con mucho, hasta ahora, la cumbre de la moral de la humanidad. Eso significa que la clase obrera ha heredado el cúmulo de los frutos de la civilización, los ha desarrollado a un nivel cualitativamente superior, salvándolos así de la liquidación por la descomposición capitalista. Uno de los objetivos principales de la revolución comunista es la victoria de los instintos sociales sobre las pulsiones antisociales. Como lo explicaba Engels en Anti-Dühring, una moral realmente humana, más allá de las contradicciones de clase, solo será posible en una sociedad en la que esas mismas contradicciones, pero también el recuerdo de ellas, hayan desaparecido en la práctica de la vida cotidiana.
El proletariado integra en su movimiento antiguas reglas de la comunidad así como también las expresiones más recientes y complejas de la cultura moral. Se trata tanto de reglas elementales como la prohibición del robo o del asesinato, que no solo son reglas de oro de la solidaridad y la mutua confianza para el movimiento obrero, sino una barrera contra una influencia moral que le es ajena, la de la burguesía y del lumpemproletariado.
El movimiento obrero se nutre también del desarrollo de la vida social, de la preocupación por la vida de los demás, de la protección de los niños, de los ancianos, de los más débiles que se encuentran en la indigencia. Aunque el amor de la humanidad no sea una prerrogativa del proletariado, como afirmaba Lenin, su apropiación por la clase obrera comporta necesariamente un elemento crítico con el que superar la inexperiencia, la mentalidad obtusa y el provincialismo de las capas y clases explotadas no proletarias.
El surgimiento de la clase obrera como portadora de progreso moral es una ilustración perfecta de la naturaleza dialéctica del desarrollo social. Al haber separado radicalmente a los productores de los medios de producción y haberlos sometido completamente a las leyes del mercado, el capitalismo creó por primera vez a una clase social desposeída de su propia humanidad. La génesis de la clase obrera moderna es pues la historia de la disolución de la antigua comunidad social y de sus adquisiciones. Esa dislocación de la comunidad humana originaria originó el desarraigo, el vagabundeo y la criminalización de millones de hombres, mujeres y niños. Expulsados fuera de la esfera de la sociedad, estaban condenados a un proceso sin precedentes de embrutecimiento y degradación moral. En los albores del capitalismo, los barrios obreros en las regiones industrializadas eran campo abonado para la ignorancia, el crimen, la prostitución, el alcoholismo, la indiferencia y la desesperanza.
En su estudio sobre la clase obrera en Inglaterra, Engels ya se dio cuenta de que los proletarios con conciencia de clase eran el sector de la sociedad más noble, más humano y el más susceptible de ser respetado. Más tarde, al hacer el balance de la Comuna de París, Marx puso de relieve el heroísmo, el espíritu de sacrificio y la pasión por aquella tarea de gigantes del París luchador, trabajador, pensante, en el lado opuesto al París parásito, escéptico y egoísta de la burguesía.
Esa transformación del proletariado, de la pérdida a la conquista de su propia humanidad, es la expresión de su naturaleza específica de clase a la vez explotada y revolucionaria. El capitalismo hizo nacer la primera clase de la historia que sólo mediante el desarrollo de la solidaridad puede afirmar su humanidad y expresar su identidad y sus intereses de clase. Como nunca antes, la solidaridad se convirtió en el arma de la lucha de clases y el medio específico con el que la apropiación, la defensa y el mayor desarrollo de la cultura humana serán posibles. Como lo declaró Marx en 1872;
“¡Ciudadanos! Recordemos el principio fundamental de la Internacional: la solidaridad. Solo cuando hayamos afianzado ese principio vital en bases seguras entre los trabajadores de todos los países, seremos capaces de realizar el objetivo final que nos hemos fijado. La transformación debe basarse en la solidaridad, eso es lo que nos enseña la Comuna de Paris.” ([7])
La solidaridad en el proletariado es el producto de la lucha de clases. Sin el combate permanente entre los propietarios de fábricas y los trabajadores, Marx nos dice que:
“la clase obrera de Gran Bretaña y de Europa entera sería una masa humilde, oprimida, débil de carácter, agotada y cuya emancipación gracias a su propia fuerza sería totalmente imposible como lo fue la de los esclavos de la antigua Grecia y Roma” ([8]).
Y Marx añade:
“para apreciar en su justo valor las huelgas y las coaliciones, no podemos permitirnos la decepción a causa de la apariencia insignificante de los resultados económicos, sino, por encima de todo, guardar en el ánimo las consecuencias morales y políticas”.
Esta solidaridad va emparejada con la indignación moral de los trabajadores ante la degradación de sus condiciones de vida. Esta indignación es una condición previa, no solo de su combate y de la defensa de su dignidad, sino también de la eclosión de su conciencia. Tras haber definido el trabajo en la fábrica como un medio de embrutecimiento del obrero, Engels concluye diciendo que si “los obreros no solamente han salvado su inteligencia, sino que además la han desarrollado y agudizado más que los demás” ([9]) ha sido gracias a la indignación ante su destino y ante la inmoralidad y la codicia de la burguesía.
La liberación del proletariado de la armadura paternalista del feudalismo le permitió desarrollar la dimensión global, política de esos “resultados morales” y, por lo tanto, tomarse a pecho su responsabilidad hacia la sociedad entera. En el libro sobre la clase obrera en Inglaterra, Engels recuerda cómo, en Francia la política y la economía en Gran Bretaña, liberaron a los trabajadores de su “apatía respecto a los intereses generales de la humanidad”, una apatía que hacía de ellos unos “muertos espirituales”.
Para la clase obrera, su solidaridad no es un instrumento entre otros más que usar cuando la necesidad lo exige. Es la esencia misma de la lucha y de la existencia cotidiana de la clase obrera. Y por eso, la organización y la centralización de sus combates son la expresión de esa solidaridad.
La elevación moral del movimiento obrero es algo inseparable de sus objetivos históricos. En sus estudios sobre los socialistas utópicos, Marx reconoció la influencia ética de las ideas comunistas con las cuales “se forja nuestra conciencia”. En su libro el Socialismo y las iglesias”, Rosa Luxemburg recordaba igualmente que las tasas de criminalidad habían bajado en los barrios industriales de Varsovia a partir del momento en que los obreros se hicieron socialistas.
La expresión más elevada, y con mucho, de la solidaridad humana, del progreso ético de la sociedad hasta nuestros días es el internacionalismo proletario. Este principio es el medio indispensable de la liberación de la clase obrera, el que pone las bases de la futura comunidad humana. El carácter medular de ese principio y el que la clase obrera sea la única en poder defenderlo, subraya toda la importancia de la autonomía moral del proletariado respecto a las demás clases y capas de la sociedad. Es indispensable para los obreros conscientes liberarse a sí mismos de la manera de pensar y de los sentimientos de la población en general, para poder así oponer su propia moral a la de la clase dominante.
La solidaridad no es únicamente un medio indispensable para realizar el objetivo comunista, sino que es la propia esencia de ese objetivo.
Las revoluciones siempre engendraron una renovación moral de la sociedad. Y no pueden surgir y salir victoriosas si ya antes las masas no se han apropiado de los nuevos valores y de las nuevas ideas que estimulen su espíritu combativo, su ánimo y su determinación. La superioridad de los valores morales del proletariado es uno de los medios principales para que pueda arrastrar tras él a las demás capas no explotadoras. Aunque es imposible desarrollar completamente una moral comunista en el interior de la sociedad de clases, los principios de la clase obrera establecidos por el marxismo ya anuncian el futuro y sirven para ir despejándole el camino. A través del propio combate, la clase obrera ajusta cada vez más su comportamiento y sus valores a sus propias necesidades y objetivos, adquiriendo así una nueva dignidad humana.
El proletariado no necesita ilusiones morales y no soporta la hipocresía. Su interés es limpiar la moral de todas las quimeras y los prejuicios. Al ser la primera clase en la sociedad con una comprensión científica de ésta, el proletariado es el único que puede plantear la otra preocupación de la moral, que es la verdad de las cosas. No es casualidad si el diario del partido bolchevique se llamó precisamente Pravda (“la Verdad”).
Como con la solidaridad, esa honradez cobra un sentido nuevo y más profundo. Frente al capitalismo, el cual no puede existir sin mentiras y engaños, que disfraza la realidad social haciendo que las relaciones entre las personas aparezcan como relaciones entre objetos, el objetivo del proletariado hace aparecer la verdad como el medio indispensable de su propia liberación. Por eso el marxismo nunca ha intentado minimizar la importancia de los obstáculos en el camino de la victoria, ni se ha negado a reconocer las derrotas. La prueba más dura de la honradez es la verdad para consigo mismo. Y lo que es válido para las clases lo es también para los individuos. Claro está que esa búsqueda por comprender su propia realidad puede ser dolorosa y no debe comprenderse como algo absoluto, pero la ideología y la automistificación están en contradicción completa con los intereses de la clase obrera.
De hecho, al poner la búsqueda de la verdad en el centro de sus preocupaciones, el marxismo es el heredero de lo mejor que ha producido la humanidad en ética científica. Para el proletariado, la lucha por la claridad es el valor más importante. La actitud que consiste en evitar y sabotear los debates, la clarificación, es un insulto a ese valor, pues esos métodos dejan las puertas abiertas a la penetración de ideologías y comportamientos ajenos al proletariado.
Por otra parte, el combate por el comunismo plantea al proletariado nuevos problemas que lo sitúan ante unas nuevas dimensiones de la acción ética. Por ejemplo, la lucha por al toma del poder plantea directamente el problema de las relaciones entre los intereses del proletariado y los de la humanidad en su conjunto, intereses que, en esta etapa de la historia, se corresponden mutuamente, pero no por ello son idénticos. Ante la alternativa socialismo o barbarie, la clase obrera debe asumir conscientemente sus responsabilidades hacia la humanidad como un todo. En septiembre-octubre de 1917, cuando las condiciones de la insurrección estaban maduras y ante el peligro de que fracasara la extensión de la revolución y eso acabara en terribles sufrimientos para el proletariado mundial, Lenin defendió que había que “arriesgarse”, pues lo que estaba en juego era la civilización misma. Y de igual modo, la política de transformación económica tras la toma del poder pondrá a la clase obrera ante la necesidad de desarrollar de manera consciente unas relaciones nuevas entre los hombres y el resto de la naturaleza, pues esas relaciones no podrán seguir siendo las de un “vencedor en tierra conquistada” (Engels, Anti-Dühring)
CCI
[1]) Para tener un idea de los comportamientos de los elementos de la Ficci, véase particularmente los artículos “Amenazas de muerte contra militantes de la CCI”, “Las reuniones publicas de la CCI prohibida a los chivatos”, “Los métodos policíacos de la FICCI” (en francés en Révolution internationale nos 354, 338 y 330), así como los de la Revista internacional nº 110: “Conferencia extraordinaria de la CCI: la lucha por la defensa de los principios organizativos”, y 122: “16º Congreso de la CCI: prepararse para los combates de clase y el surgimiento de nuevas fuerzas revolucionarias”.
[2]) Esta visión se desarrolla particularmente en el texto “La cuestión del funcionamiento de la organización en la CCI”, Revista internacional no 109).
[3]) Josef Dietzgen, The Religion of Social Democracy – Sermons, 1870, capítulo V.
[4]) Pannekoek. Antropogénesis: un estudio del origen de hombre, 1953.
[5]) Lenin, el Estado y la Revolución, 1917.
[6]) Tolstoi: ¿Qué es Arte? (1897). En una contribución en Neue Zeit, sobre este ensayo, Rosa Luxemburg declaró que, al formular tales opiniones, Tolstoi era mucho más socialista y materialista histórico que la mayor parte de lo que se había publicado en la prensa del partido.
[7]) Marx : “Discurso” en el Congreso de la Haya de la Asociación internacional de los trabajadores, 1872.
[8]) Marx: “La política rusa hacia Inglaterra”, el Movimiento obrero en Inglaterra, 1853.
[9]) Engels, la Situación de la clase obrera en Inglaterra, 1845. Capítulo: “Las diferentes ramas industriales. Los obreros fabriles propiamente dichos”.
Después de haber publicado un resumen de los dos primeros volúmenes de esta serie, retomamos ahora el hilo cronológico. En el volumen IIº abordamos ya la etapa de la contrarrevolución y, especialmente, los esfuerzos realizados por los revolucionarios para tratar de comprender la naturaleza de clase en la Rusia de los años 1920 y 1930. Ya hemos defendido (ver “El enigma ruso y la Izquierda comunista italiana” en la Revista internacional nº 106, así como nuestro libro la Izquierda comunista de Italia) por qué fue la Fracción italiana de la Izquierda comunista, agrupada en torno a la publicación Bilan (Balance), quien mejor entendió las tareas que debía cumplir la minoría revolucionaria en un período de derrota del proletariado; y quien, por ello, desarrolló el método más fructífero para poder comprender las razones del fracaso de la revolución. En este artículo nos concentraremos en analizar cómo, en el período de la más negra contrarrevolución, los revolucionarios se plantearon estudiar los problemas del período de transición del capitalismo al comunismo. Y para ello debemos partir, una vez más, del trabajo de la Fracción italiana.
Bilan empezó a publicarse en 1933, año en el que la Izquierda italiana en el exilio vio la constatación del triunfo de la contrarrevolución y la apertura de un curso hacia una Segunda Guerra imperialista mundial. En efecto, Hitler alcanzó ese mismo año el poder en Alemania con la complicidad del Estado democrático, y mientras la Internacional Comunista evidenciaba una total incapacidad para defender los intereses de clase del proletariado. El año 1934 volvió a confirmar el diagnóstico de Bilan sobre el momento histórico: el aplastamiento del proletariado de Viena, la adhesión del PC francés a la política de rearme de Francia, y la aceptación de la URSS por parte de la Sociedad de Naciones, aquella “cueva de ladrones” como la había bautizado Lenin.
En aquel siniestro ambiente Bilan empezó a dedicarse a lo que consideró una de sus principales tareas en tales circunstancias: comprender cómo, en menos de dos décadas, el Estado soviético había pasado de ser instrumento de la revolución mundial a bastión central de la contrarrevolución. Al mismo tiempo Bilan lanzaba en el movimiento obrero el debate sobre las lecciones de aquella experiencia para que pudieran ser aprovechadas en la futura revolución. La Fracción italiana abordó esa tarea con el método que siempre caracterizó su trabajo teórico, basado en una gran prudencia y el mayor rigor. Las principales cuestiones abordadas se recogieron en una serie de artículos escritos por Vercesi ([1]) bajo el título de Partido-Estado-Internacional (PEI). Esta serie, compuesta por una docena de artículos publicados a lo largo de tres años, no tenía por vocación analizar los hechos inmediatos para tratar de darles una respuesta rápida, sino situar las diferentes cuestiones en el contexto histórico más amplio posible, e integrar en los análisis las contribuciones más importantes y más clarificadoras del movimiento obrero del pasado. Así, por ejemplo, los primeros artículos se dedicaron a examinar la doctrina marxista clásica sobre la naturaleza de las clases sociales y sus instrumentos políticos, la emergencia del Estado en etapas anteriores de la historia de la humanidad; y la relación entre la Internacional y los partidos que la componían. Igualmente para poder comprender la evolución del Estado soviético, la serie emprendió un estudio de las características del Estado democrático y del Estado fascista.
Otro aspecto característico del método con que Bilan encaró la clarificación de estos problemas, fue su insistencia en la necesidad de que estos se debatieran en el movimiento obrero. Bilan no aspiraba a dar respuestas acabadas a todas estas cuestiones, sino que veía las contribuciones de otras corrientes políticas situadas en un terreno proletario, como un factor vital del proceso de clarificación. No es de extrañar pues que el párrafo final de la serie PEI, expresase, con la modestia y la seriedad que caracterizaba a Bilan, esa aspiración:
«Hemos llegado al punto final de nuestro esfuerzo con el convencimiento de no haber podido abarcar toda la amplitud del problema al que nos enfrentamos. Nos atrevemos, a afirmar, sin embargo, que existe una firme coherencia entre las distintas cuestiones teóricas y políticas que hemos tratado en los diferentes capítulos. Quizás esta coherencia pueda suponer una condición favorable para el establecimiento de una polémica internacional que, tomando por base nuestro estudio u otro estudio proveniente de otras corrientes comunistas, pueda finalmente desembocar en un intercambio de puntos de vista, en una discusión rigurosa, una tentativa de elaboración del programa de la dictadura del proletariado de mañana. Y que esta tentativa, aún sin estar a la altura de los inmensos sacrificios efectuados por el proletariado de todos los países, todavía insuficiente en proporción a las enormes tareas que el futuro deparará a la clase obrera; represente, al menos, un paso en esa dirección, un paso necesario. Si no franqueamos ese paso seremos mañana responsables de la incapacidad para proporcionar una teoría revolucionaria a los obreros que vuelvan a tomar las armas para derrotar al enemigo» (Bilan n° 26).
Esta actitud – en las antípodas de la que hoy muestran la mayoría de los descendientes directos de la Izquierda italiana que se creen “los únicos del mundo” – se plasmó entonces en un intercambio público de opiniones entre la Izquierda italiana y la Izquierda holandesa. Este intercambio fue posible en gran parte gracias a la intermediación de A. Hennaut, militante del grupo belga “Ligue des Communistes Internationalistes”, que escribió (en Bilan nº 19, 20, 21 y 22) un resumen de la principal contribución de la Izquierda holandesa a la cuestión de la transformación comunista de la sociedad. Nos referimos a Principios de la producción y distribución comunistas, escrita por Jan Appel y Henk Canne-Meier. Aunque volveremos sobre este aspecto de la discusión en un próximo artículo, sí queremos destacar que Hennaut no se limitó a enviar este resumen, sino que redactó también una crítica de la serie (sobre todo en lo referente al Estado soviético), que fue publicada en Bilan nos 33 y 34, y a la que Vercesi respondió en Bilan no 35. Además, otro militante del grupo belga, Mitchell, escribió otra serie de artículos titulada “Problemas del período de transición”, publicada en Bilan nº 28, 31, 35, 37 y 38, dedicada, en gran parte, a polemizar con los puntos de vista de los que Bilan llamaba “los Internacionalistas holandeses”.
Tenemos la intención de publicar pronto esos artículos de Mitchell (lo que supondrá además su primera traducción al español y otras lenguas). Sin embargo, por el momento, carecemos de las fuerzas necesarias para publicar completa la serie escrita por Vercesi o las contribuciones de Hennaut. Por ello creemos que merece la pena que, al menos, expongamos los principales argumentos de la serie Partido-Estado-Internacional sobre las lecciones de la experiencia rusa, lo que haremos en este artículo. En una próxima entrega analizaremos la crítica que hizo Hennaut y la respuesta a éste por parte de Vercesi.
Para Bilan la cuestión fundamental consistía en explicar cómo un órgano que había surgido de una verdadera revolución proletaria, que había sido forjado para defender esta revolución y por tanto para servir de instrumento de la clase obrera mundial, había acabado por convertirse en punta de lanza de la contrarrevolución, tanto en Rusia donde el Estado “soviético” gestionaba una feroz explotación del proletariado mediante una hipertrofiada maquinaria burocrática, como a escala internacional puesto que ese mismo Estado saboteaba activamente los intereses internacionales de la clase obrera anteponiendo los intereses nacionales de Rusia. En China, por ejemplo, se vio cómo el Estado ruso, mediante el dominio que ejercía sobre la Comintern, impulsó al PC Chino a entregar a los obreros insurrectos de Shangai a los verdugos del Kuomintang. Lo mismo podría decirse de lo que sucedía en el seno mismo de los partidos comunistas. En ellos la GPU había conseguido silenciar o expulsar a todo aquel que hiciese la más mínima crítica a la línea de Moscú y, sobre todo, a quienes se mantenían fieles a los principios internacionalistas de Octubre 1917.
Para abordar este problema, Bilan procuró eludir dos errores simétricos en los que, en cambio, sí incurrieron organizaciones pertenecientes al proletariado. Uno de esos errores era el característico de los trotskistas que por querer mantenerse fieles a la tradición de Octubre se oponían a cuestionar lo más mínimo la defensa de la URSS, a pesar del papel contrarrevolucionario que ésta ya estaba jugando a nivel mundial. El otro error era el que cometía la Izquierda germano-holandesa que si bien alcanzaba a caracterizar la URSS como un Estado burgués –lo que desde luego era cierto en los años 30– tendía, sin embargo, a invalidar el carácter proletario de la revolución de Octubre.
Para Bilan era sumamente importante definir Octubre 1917 como una revolución proletaria. Esta cuestión, como subrayaba frecuentemente, sólo podía verse desde un punto de vista global e histórico y no tratando de ver si tal o cual país estaba o no “maduro” para la revolución socialista. La verdadera cuestión era discernir si el capitalismo, como sistema mundial, ya había entrado o no en una etapa de conflicto fundamental e irreversible con las fuerzas productivas que él mismo había puesto en movimiento; es decir, si el capitalismo había o no alcanzado su fase de decadencia. Fue la serie de artículos escrita por Mitchell la que planteó este problema con especial claridad, pero las bases para abordarlo se encuentran en PEI, y sobre todo en los artículos aparecidos en Bilan nº 19 y 21, en los que Vercesi desmontó la tesis estalinista sobre la posibilidad del socialismo en Rusia que se basaba en la “ley del desarrollo desigual”, y que venía a decir que Rusia sí podía acceder por sí sola al socialismo, gracias precisamente a que ya disponía de una economía campesina semi-autárquica. Pero también rechazó Vercesi los argumentos esgrimidos por las Izquierdas comunistas holandesa y alemana, que sonaban a reminiscencias de los viejos postulados mencheviques aunque desde luego con una intención completamente distinta, que defendían que Rusia estaba demasiado retrasada para poder alcanzar la socialización de la economía; que Rusia, como decía Hennaut en su artículo “Naturaleza y evolución de la revolución rusa”, simplemente, no estaba suficientemente desarrollada para el socialismo. Lo que llevaba, en los términos en los que el propio Hennaut lo exponía a decir que «la revolución bolchevique ha sido realizada por el proletariado, pero no ha sido una revolución proletaria» (Bilan n° 34).
Para Bilan, en cambio, el “desarrollo desigual” no es más que un aspecto de la forma en que el capitalismo ha evolucionado. Pero de ahí no puede deducirse que ningún país pueda considerarse, aisladamente, maduro para el socialismo, puesto que el socialismo sólo puede construirse a escala mundial, y sólo cuando el capitalismo ha alcanzado, también a nivel mundial, un cierto grado de madurez.
Bilan insistió en otros artículos escritos en esa misma época en que si se analiza el capitalismo como una unidad global es evidente que el sistema no puede ser considerado como progresivo en ciertas regiones del globo y decadente en otras. El capitalismo supuso un avance para la humanidad en una determinada etapa de su desarrollo pero, superada esta etapa, se convierte en un sistema obsoleto a escala universal. La Primera Guerra mundial y la revolución de Octubre suponían la confirmación práctica de este paso. Por ello Bilan se opuso a las luchas de liberación nacional o a las revoluciones “burguesas” en las regiones subdesarrolladas del planeta. Bilan vio en los acontecimientos de China en 1927 la confirmación definitiva de que la burguesía era ya, en todo el mundo, una fuerza contrarrevolucionaria.
Desde ese mismo razonamiento Bilan defendía que, contrariamente a lo que indicaban las tesis de la Izquierda germano-holandesa, la revolución de Octubre no podía haber tenido un carácter burgués o doble (burgués y proletario), sino que únicamente podía ser vista como el punto de partida de la revolución proletaria mundial.
Aclarado este punto, el problema por resolver era el siguiente: ¿cómo y por qué el Estado soviético, nacido como instrumento de una verdadera revolución del proletariado, había escapado a su control y se había vuelto contra él? Para responder a este problema, la Izquierda italiana tuvo que implicarse en una enorme clarificación sobre la naturaleza y la función del Estado en el período de transición. Y para ello la serie PEI abordó un estudio de la historia y de las aportaciones de Engels recordando que, desde un punto de vista marxista, el Estado es una “calamidad” heredada de la sociedad de clases. A lo largo de toda la serie se explica pues cómo el Estado, incluso el Estado “proletario” que surge tras el derrocamiento de la burguesía, lleva en sí el peligro de convertirse en punto de concentración de las fuerzas conservadoras e incluso contrarrevolucionarias.
«Desde un punto de vista teórico, el nuevo instrumento en manos del proletariado tras su victoria revolucionaria, el Estado proletario, se diferencia profundamente de los organismos obreros de resistencia (el sindicato, las cooperativas y mutualidades) y de su organismo político (el partido de clase). Pero esta diferenciación se opera no porque el Estado disponga de factores orgánicos superiores a las demás instituciones, sino, al contrario, porque el Estado, aunque aparente contener mayor potencia material, tiene, a nivel político, menos posibilidades de actuación y es mil veces más vulnerable al enemigo que el resto de organismos obreros. En efecto, el Estado debe su mayor potencia material a factores objetivos perfectamente concordantes con los intereses de las clases explotadoras, pero que no tienen relación alguna con la función revolucionaria del proletariado. Éste habrá de recurrir provisionalmente a la dictadura y apoyarse en ella para acentuar el proceso de desaparición del Estado, mediante una expansión de la producción que permitirá extirpar las bases mismas de la existencia de clases» (Bilan n° 18).
Y más adelante señala:
«Si hasta el sindicato está amenazado desde sus orígenes por el riesgo de convertirse en instrumento de corrientes oportunistas, eso es mucho más cierto en el caso del Estado, cuya naturaleza misma es la de frenar las aspiraciones de las masas trabajadoras para permitir la salvaguardia de un régimen de explotación de clase o, tras la victoria del proletariado, para alumbrar estratificaciones sociales siempre opuestas a misión liberadora de la clase obrera. (…) Si consideramos, como hacía Engels, que el Estado es una tara heredada por el proletariado, deberemos entonces mantener frente a él una desconfianza casi instintiva» (Bilan n° 26).
Esta es, sin duda, una de las contribuciones más importantes de Bilan a la teoría marxista y constituye un avance respecto al texto que, hasta ese momento, figuraba como la mejor síntesis y elaboración de la teoría marxista sobre este tema. Nos referimos al libro El Estado y la revolución, escrito por Lenin en el fragor de la revolución de 1917 [2]. Este texto resultó indispensable para reafirmar la teoría marxista sobre el Estado contra de las distorsiones socialdemócratas de esa teoría que habían conseguido dominar el movimiento obrero a principios del siglo XX. Este libro recordó al proletariado que Marx y Engels se pronunciaron por la destrucción del Estado burgués y no por su conquista, y su sustitución por una nueva forma de Estado: el “Estado-Comuna”. Pero Bilan contaba además con la experiencia de la derrota de la Revolución rusa que había puesto de manifiesto cómo incluso ese Estado-Comuna comportaba riesgos fundamentales que el proletariado no podía ignorar. El principal de estos, contra los que alertaba Bilan, era el peligro de una fusión de los órganos propios de la clase obrera –sea el partido o los organismos unitarios que agrupan a todo el proletariado–, con el aparato estatal.
En el artículo final de la serie PEI, Vercesi señala que ni los escritos de Marx y Engels, ni en los de Lenin a propósito del Estado post-revolucionario, nada se dice sobre la relación entre el partido y ese Estado. La clase obrera se lanzó pues a la revolución sin haber podido clarificar esa cuestión a falta de una experiencia previa:
«Dictadura del Estado: así es como se planteó el problema de la dictadura del proletariado tras la victoria de la revolución rusa. Es indiscutible que lo más destacado de la experiencia rusa, tomada en su globalidad, es la dictadura del Estado obrero. El problema de la función del partido quedó profundamente distorsionada por la profunda ligazón de éste con el Estado, lo que llevó a una progresiva inversión de los papeles, de manera que el partido se fue convirtiendo en un engranaje más del Estado, proporcionándole éste los mecanismos represivos que hicieron posible el triunfo del centrismo ([3]).
“La confusión entre ambos conceptos, partido y Estado, es contraproducente puesto que no existe posibilidad alguna de conciliación entre ambos órganos, ya que existe una oposición irreconciliable entre la naturaleza, la función y los objetivos del Estado, y los del partido. El calificativo de proletario no cambia en absoluto la naturaleza del Estado, que sigue siendo un órgano de coacción económica y política, mientras que el papel que, por excelencia, corresponde al partido es el de alcanzar, no por la coacción sino por la educación política, la emancipación de los trabajadores» (Bilan n° 26).
Como afirma a continuación este artículo, es indudable que la clase obrera no toma el poder en condiciones ideales, sino cuando gran parte de la clase obrera está aún influenciada por la ideología dominante, por lo que tras el derrocamiento político de la clase dominante resulta más necesario que nunca el papel del partido. Son esas mismas condiciones las que engendran igualmente un aparato de estado, pero mientras «los obreros siguen teniendo un interés primordial que es la existencia y el desarrollo de un partido de clase», el Estado sigue siendo un instrumento «inadecuado para la prosecución y el logro de sus objetivos históricos».
Otro aspecto de esta contradicción esencial entre partido y Estado es que mientras el Estado de un bastión proletario tiende a identificarse con los intereses nacionales de la economía existente, el partido se encuentra orgánicamente ligado a las necesidades internacionales de la clase obrera. Es verdad que la serie PEI, como indica su propio título, distinguía entre la Internacional y los partidos nacionales que la componían, pero también es cierto que para la Izquierda italiana, desde Bordiga, la concepción del partido era la de un partido mundial unificado desde sus inicios. Para contrarrestar la tendencia del Estado nacional a imponer sus propios intereses al partido local –tendencia ésta que había llevado a una muy rápida degeneración de la IC, convirtiéndola en instrumento del Estado ruso– la Izquierda italiana propugnaba que fuera la Internacional, y no el partido nacional presente en el país en que el proletariado había tomado el poder, quien controlara al Estado.
Este planteamiento, indiscutiblemente motivado por un acérrimo internacionalismo, significaba, sin embargo, un profundo error, resultado de una de las principales debilidades que arrastraba Bilan. En efecto, aunque la Fracción alertaba contra la identificación del partido y el Estado, y rechazaba que dictadura del proletariado y Estado de transición fueran lo mismo, lo cierto es que seguía defendiendo la concepción de “dictadura del partido comunista”, aunque la definición de ésta fuera sumamente confusa:
«Dictadura del partido del proletariado significa para nosotros que tras la fundación del Estado, el proletariado necesita levantar un bastión (complementario del que erija en el ámbito económico) para llevar a cabo la movilización ideológica y política en pro de la nueva sociedad proletaria» (Bilan n° 25); la «dictadura del partido comunista sólo puede significar afirmación de un esfuerzo, de una tentativa histórica, por parte del partido de la clase obrera» (Bilan n° 26).
La noción de dictadura del partido se basaba en parte en una crítica completamente justa del concepto de democracia, y que trataremos con mayor detenimiento en próximos artículos. Continuando lo que ya en 1922 expresó Bordiga en El principio democrático, Bilan vio claramente que la revolución no podía representar un proceso formalmente democrático sino que, muy frecuentemente, la iniciativa de una minoría sería lo que impulsase a la mayoría al combate contra el Estado capitalista. También es verdad, y así lo señaló Vercesi en la serie PEI (ver Bilan n° 26), que la clase obrera emprende la revolución, no en condiciones ideales sino tal cual es en ese momento. Y eso supone que las masas deberán aprender, a partir de su propia experiencia, cómo desarrollar una verdadera participación en el ejercicio del poder.
Las discusiones en Bilan sobre esta cuestión estaban muy lejos de alcanzar la claridad. Por un lado criticaban, con toda razón, a Rosa Luxemburg por su oposición a que los bolcheviques llamaran a disolver la Asamblea constituyente. Por otro lado Vercesi concluye también que la utilización del principio de elecciones es, por definición, una expresión de parlamentarismo burgués. Pero esto equivale a ignorar la diferencia que existe entre el principio burgués de representación y el método propio de los soviets de delegados elegidos y revocables, que es completamente distinto no sólo en su forma sino por su propio contenido. Para Bilan el partido debería, pues,
«proclamar su candidatura para representar al conjunto de la clase obrera en el complicado curso de su evolución para poder alcanzar – bajo la dirección de la Internacional – el objetivo último de la revolución mundial» (Bilan n° 26).
Pero esta concepción se oponía frontalmente a la idea, que el propio Bilan expresaba, de que el partido debía evitar por todos los medios verse atrapado en el aparato estatal, y que, en ningún caso, el partido debería imponerse a la clase obrera ni emplear la violencia contra los trabajadores:
«La dictadura del partido no puede derivar, siguiendo una lógica esquemática, en imposición al proletariado de soluciones dictadas por el partido, y desde luego en absoluto en que el partido pueda utilizar los órganos represivos del Estado para acallar cualquier voz discordante» (Ibíd.).
También resulta sumamente contradictorio que Bilan defendiera la existencia de un único partido, cuando por otro lado abogaba enérgicamente por la libertad de acción de las fracciones en el seno del partido, lo que necesariamente implica la posibilidad de que más de un grupo, llámese o no partido, actuara en el proletariado durante la revolución.
Lo cierto es que Bilan mismo era consciente de lo contradictorio de sus posiciones, lo que atribuía al propio carácter contradictorio de un período de transición:
«la noción misma de período de transición impide alcanzar concepciones totalmente acabadas (...) debemos admitir que las contradicciones existentes en la base misma de la experiencia que hará el proletariado, tienen su reflejo en la constitución del Estado obrero» (Bilan n° 26).
Lo cual no es falso en sí mismo. Es verdad que gran parte de los problemas del período de transición siguen siendo cuestiones abiertas aún no zanjadas por la historia del movimiento obrero. Pero no cabe decir lo mismo sobre la dictadura del partido. La revolución rusa demostró que tal dictadura conducía inevitablemente al partido a actuaciones contra las que alertaba precisamente Bilan –la utilización del aparato de Estado contra el proletariado y la fusión del partido en el aparato de Estado–, prácticas éstas nocivas no sólo para los órganos unitarios de la clase, sino para el propio partido. Resulta, sin embargo, innegable que la reflexión desarrollada por Bilan constituye, a pesar de sus muchas limitaciones, un avance respecto a la posición que defendían los bolcheviques y la IC, pues estos, a partir de 1920, tendían a defender abiertamente que la fusión del partido con el aparato del “Estado obrero” no planteaba problema alguno (y ello a pesar de numerosas y reveladoras advertencias de Lenin y otros revolucionarios). El fundamento de la argumentación de Bilan era que las necesidades del Estado eran antagónicas con las del partido. Sobre esta base se asentaron clarificaciones ulteriores, como las de la Izquierda comunista belga que, ya en 1938, señaló que el partido no debía considerarse como «un organismo acabado, inmutable e intocable, no tiene un mandato imperativo de la clase ni tampoco un derecho permanente a expresar los intereses finales de la clase» (Communisme n° 18). Y sobre todo las de la Izquierda comunista francesa que, tras la Segunda Guerra mundial, fue capaz de realizar una verdadera síntesis entre el método de la Izquierda italiana y las aportaciones más clarificadoras de las Izquierdas holandesa y alemana. La Izquierda francesa consiguió así enterrar definitivamente el concepto de un partido que reina “en nombre” del proletariado. La idea de que debía ser el partido quien ejerciera el poder era una reliquia del período de los parlamentos burgueses, pero carecía ya de sentido en la época de un sistema soviético basado en delegados revocables.
En cualquier caso, Bilan sí afirma explícitamente en PEI que ni la vigilancia ni la claridad programática del partido son suficientes y que la clase sigue necesitando sus organismos unitarios para defenderse, a sí misma, de la influencia conservadora del aparato estatal. En cierta forma, Bilan se situaba así en continuidad con la crítica que hizo Lenin a la posición de Trotski en el Xº Congreso del partido ruso en 1921: el proletariado debía mantener sus sindicatos independientes en defensa de sus intereses económicos inmediatos, incluso contra las exigencias del Estado de transición. Es cierto que Bilan (sobre todo una minoría en torno a Stefanini) empezaba ya a criticar la absorción de los sindicatos por el capitalismo, pero aún seguía viéndolos como organismos obreros, y creía que la revolución podría revitalizarlos ([4]).
El análisis de otros organismos generados por la evolución de la situación en Rusia no pudo ir más allá de un estudio superficial. Así, por ejemplo, identificaron los comités de fábrica como la expresión de desviaciones anarcosindicalistas que éstos mostraron en los primeros momentos de su evolución. Aún así, en PEI, se propugna que deben actuar como órganos de la lucha de clases y no de la gestión económica.
La debilidad más importante, no obstante, de PEI es, sin duda, su incapacidad para comprender todas las implicaciones de la afirmación de Lenin, de que los soviets eran la forma al fin encontrada de la dictadura del proletariado. En efecto en Bilan nº 26, p 878, se recoge que:
«respecto a los soviets no dudamos en afirmar que, por las consideraciones que ya hemos expuesto sobre el mecanismo democrático, tienen una enorme importancia en la primera fase de la revolución, la de la guerra civil para abatir el régimen capitalista; pero perderán después gran parte de su importancia primitiva, pues el proletariado no podrá encontrar en ellos órganos capaces de acompañarle ni en su tarea de hacer triunfar la revolución mundial (esta tarea corresponde al partido y a la Internacional proletaria), ni en la defensa de sus intereses inmediatos (lo que sólo se puede realizar a través de los sindicatos cuya naturaleza no puede ser tergiversada haciéndoles eslabones del Estado). En la segunda fase de la revolución, los soviets podrán representar, en todo caso, un elemento de control de la acción del partido, interesado, desde luego, en contar con la supervisión activa del conjunto de las masas reagrupadas en estas instituciones».
Pese a estas confusiones, insistimos en que el punto de partida que proporcionó Bilan era sumamente claro, y constituyó la base sobre la que se asentaron los ulteriores avances teóricos de la Izquierda comunista. Ese principio es: la clase obrera no puede abandonar sus organismos independientes bajo el pretexto de la existencia de un Estado etiquetado como “proletario”. En caso de conflicto entre ambos, el deber de los comunistas es permanecer junto a la clase obrera.
De ahí la posición radical adoptada por Bilan sobre la cuestión del levantamiento de Cronstadt, en completo desacuerdo con Trotski que siguió defendiendo, hasta los años 30, su papel en el aplastamiento de esta revuelta. En efecto Bilan señala que:
«Tanto el conflicto de Ucrania con Majno como el levantamiento de Cronstadt, aunque se saldaran con una victoria de los bolcheviques, distan mucho de ser los mejores momentos de la política soviética. En ambos casos pueden verse ya las primeras expresiones del predominio del ejército sobre las masas, una característica de lo que Marx calificó (en la Guerra civil en Francia), como Estado “parásito”. Creer que basta con definir los objetivos políticos de un grupo opositor para justificar la política que se emprende contra él (‘sois anarquistas y os aplastamos en nombre del comunismo’) sólo es algo válido si el partido lo hace todo por comprender las razones de unos movimientos que habrían podido estar orientados, mediante maniobras que el enemigo no habría dudado en utilizar, hacia soluciones contrarrevolucionarias. Una vez comprendidas las motivaciones sociales que movilizan a capas de obreros y campesinos, es necesario dar una respuesta a ese problema de forma que permita al proletariado penetrar hasta lo más profundo del aparato de Estado. Las primeras victorias de los bolcheviques (Majno, Cronstadt) sobre grupos que actuaban en el seno del proletariado se obtuvieron en detrimento de la esencia proletaria de la organización estatal. Asediados por mil peligros, los bolcheviques creían posible aplastar esos movimientos y considerarlo como victorias proletarias, puesto que estos estaban dirigidos por anarquistas o que podrían ser utilizados por la burguesía en su combate contra el Estado proletario. Sin pretender afirmar tajantemente aquí que habría que haber actuado de otra forma, pues carecemos de muchos elementos, sí queremos subrayar que esos acontecimientos ponen ya de manifiesto una tendencia que posteriormente se confirmará abiertamente más adelante: la disociación entre las masas y un Estado cada vez más aprisionado por leyes que le alejan de su función revolucionaria».
En un texto escrito posteriormente Vercesi sí irá más lejos en su argumentación señalando que:
«hubiera sido mejor perder Cronstadt antes que conservarla desde un punto de vista geográfico, pues esta victoria no podía tener más que un resultado: el de modificar las bases mismas, la sustancia de la acción emprendida por el proletariado» («La question de l’État», publicado en Octobre, 1938).
En otras palabras esto equivale a reconocer ya abiertamente que el aplastamiento de Cronstadt fue un error desastroso.
Visto desde nuestros días puede parecer incomprensible que Bilan siguiera considerando, en 1934-36, a la URSS como un Estado proletario. Ya en nuestro artículo de la Revista internacional nº 106, explicamos que esto se debía, en parte, a la enorme prudencia y rigor con el que Bilan insistía en tratar este problema. Para comprender las razones de la derrota de la revolución era absolutamente necesario no tirar al bebé con el agua sucia, como sí hizo la Izquierda germano-holandesa (así como el grupo Réveil communiste – Despertar comunista – nacido como parte de la Izquierda italiana).
Pero hay que buscar las causas de ese error también en confusiones teóricas. En los análisis más inmediatos Bilan estaba aún atrapado por el análisis equivocado de Trotski que seguía pensando que el Estado de la URSS conservaba su carácter proletario puesto que no se había restablecido la propiedad privada de los medios de producción y que, por tanto, la burocracia no podía ser considerada una clase. Lo que separaba, sin embargo, a Bilan de los trotskistas eran dos puntos. En primer lugar Bilan afirmaba que los trabajadores de la URSS seguían estando sometidos a una explotación capitalista, aunque veía al Estado soviético degenerado como un instrumento del capital mundial más que como el órgano de una nueva clase capitalista rusa. En segundo lugar, Bilan juzgaba que ese Estado hacía un papel contrarrevolucionario en el escenario mundial, participando activamente en el tablero imperialista global, por lo que concluía que seguir apostando por la “defensa de la URSS” sólo podía desembocar en un abandono del internacionalismo proletario.
Pero junto a esas confusiones teóricas, hay también errores cuya raíz es más bien de tipo histórico. Si vemos los primeros artículos de la serie PEI, estos contienen una visión del Estado como órgano de una clase, o más bien que el Estado habría nacido como producto segregado orgánicamente por una clase dominante. Pero esta idea da la espalda a la visión que dio Engels: el Estado fue, en sus orígenes, la emanación espontánea de una situación de división en clases, para convertirse, posteriormente, en el Estado de la clase económicamente dominante. La destrucción del Estado burgués por la revolución de Octubre recrea, hasta cierto punto, las condiciones de las primeras etapas del Estado en la historia: el Estado surgía espontáneamente, una vez más, como resultado de las contradicciones de clase que existían en la sociedad. Lo que sucedía ahora es que no existía una nueva clase económicamente dominante con la que el Estado habría podido identificarse. Al contrario, el nuevo Estado soviético debía ser utilizado por una clase explotada con unos intereses históricos antagónicos a tal Estado. Por ello es un error describir el Estado del período de transición, aun cuando funcione correctamente, como un Estado de naturaleza proletaria. La dificultad de Bilan para comprender esta cuestión le llevó a seguir defendiendo la noción de Estado proletario, aunque toda la lógica de su argumentación le llevaba a defender, por el contrario, que los órganos verdaderamente proletarios no podían identificarse con el Estado de transición, y que existía una diferencia cualitativa entre las relaciones del proletariado con el Estado, y las de la clase obrera con el partido o con los organismos unitarios.
Otra fuente suplementaria de este error sobre el Estado proletario, era la idea de Bilan sobre “una economía proletaria”. Ya hemos visto que Bilan insistía una y otra vez en que:
«debe descartarse cualquier posibilidad de victoria socialista si no se produce un triunfo de la revolución en el resto de países» (Bilan n° 25),
pero a continuación señala que:
«habrá que hablar más modestamente no de una economía socialista sino simplemente de una economía proletaria».
Pero por las mismas razones que es erróneo el concepto de Estado proletario, resulta equivocado hablar de “economía proletaria”. Como clase explotada que es, el proletariado no puede tener una economía propia. Ya hemos visto como ese error hizo que Bilan se diera cuenta con muchas dificultades de la aparición del capitalismo de Estado en la URSS y romper así con la posición de Trotski que creía que la eliminación de los capitalistas privados otorgaría un carácter proletario al Estado que los había expropiado.
No obstante en PEI, Bilan sí hace una neta distinción entre propiedad estatal y socialismo, advirtiendo además que la socialización de la economía no representaría garantía alguna contra la degeneración de la revolución:
«En cuanto al ámbito económico hemos expuesto ampliamente, retomando el Capital, que la socialización de los medios de producción no es en sí una condición suficiente para salvaguardar la victoria conquistada por el proletariado. Hemos explicado también la necesidad de revisar la tesis central del IVº Congreso de la Internacional que, partiendo de considerar “socialistas” las empresas estatales y “no socialistas” a las demás, concluía que la condición de la victoria del socialismo se encuentra en la progresiva ampliación del “sector socialista” y la eliminación de las formaciones económicas del “sector privado”. La experiencia rusa nos demuestra, en cambio, que una socialización que monopolice toda la economía soviética no ha llevado en absoluto a una extensión de la conciencia de clase del proletariado ruso y de su papel, sino a la conclusión de un proceso de degeneración que ha llevado al Estado soviético a integrarse en el mundo capitalista» (Bilan n° 26).
Como ya mostramos en el mencionado artículo de la Revista Internacional nº 106, tanto este análisis como otros avances teóricos sobre la evolución del capitalismo en el resto del mundo (por ejemplo el Plan De Man llevado a cabo por el Estado belga), aproximaba a Bilan a una comprensión de la noción del capitalismo de Estado. En ese mismo sentido podemos ver el artículo de PEI dedicado al estudio del Estado fascista, y en el que se afirma que en el período del capitalismo decadente hay una tendencia general del Estado a absorber toda expresión de la clase obrera. Son esas aportaciones de Bilan las que, más adelante, permitirán a sus herederos en el seno de la Izquierda Comunista comprender el capitalismo de Estado como una tendencia universal en la decadencia capitalista, y comprender por tanto que la forma que esa tendencia había adoptado en la URSS, aún con sus especificidades, no difería en lo esencial de las expresiones que se desarrollaban en otros países.
La visión de Bilan sobre el conflicto entre las exigencias del Estado y las necesidades internacionales del proletariado, se concretó también en cómo analizó las relaciones entre un bastión proletario aislado y el mundo capitalista exterior. Tampoco aquí se dejó arrastrar por utopismos. Bilan compartía, por ejemplo, la posición defendida por Lenin ante el tratado de Brest Litovsk y criticó en cambio la idea de Bujarin de extender la revolución mediante la “guerra revolucionaria”. La experiencia vivida con la ofensiva del Ejército rojo sobre Polonia en 1920, llevó a Bilan a rechazar que la victoria militar del Estado proletario sobre un Estado capitalista pudiera interpretarse como un verdadero avance de la revolución mundial. Por otra parte, y a diferencia de lo que postulaba la Izquierda alemana, Bilan no negaba, por principio, tener que recurrir, temporalmente, a políticas económicas como la NEP, siempre y cuando estuvieran guiadas por principios generales proletarios. Se aceptaba, por ejemplo, la posibilidad y la probabilidad de establecer relaciones comerciales entre el poder proletario y el mundo capitalista. Pero no pueden verse igual esas concesiones inevitables y la traición –urdida generalmente en secreto– a esos principios que se dio, por ejemplo, con el tratado de Rapallo que acabó dando el resultado de que se emplearan armas rusas en el aplastamiento de la revolución en Alemania:
«La solución que ofrecieron los bolcheviques en Brest-Litovsk no suponía una alteración del carácter interno del Estado soviético respecto a sus relaciones con el capitalismo y el proletariado mundial. En 1921, cuando se introdujo la NEP, y en 1922, con el tratado de Rapallo, sí se operó una profunda modificación en la posición ocupada por el Estado proletario en el terreno de la lucha de clases internacional. Entre 1918 y 1921 se desencadenó la oleada revolucionaria mundial, pero ésta fue contenida inmediatamente. En esas condiciones, el Estado proletario se encontró de nuevo en una posición de enorme dificultad que le llevó a una situación en que –imposibilitado de verse respaldado por sus apoyos naturales, es decir los movimientos revolucionarios de los demás países– o bien aceptaba luchar en condiciones que le eran muy desfavorables, o bien rehuía el combate y por consiguiente se veía obligado a aceptar compromisos que lo llevarían, gradual e inevitablemente, por un camino que primero alteraría y después destruiría la función proletaria que le correspondía, abocando finalmente a la situación actual en la que el Estado proletario se ha convertido en un eslabón más del aparato de dominación del capitalismo mundial» (Bilan n° 18).
En este terreno Bilan se mostró sumamente crítico respecto a algunas formulaciones de Lenin que habían contribuido a esa involución, sobre todo las referentes a “alianzas” temporales y tácticas entre el poder proletario y ciertos imperialismos, para frenar a otras potencias imperialistas:
« las orientaciones expuestas por Lenin en las que consideraba la posibilidad de que el Estado ruso negociara con bandidos imperialistas, e incluso aceptase el apoyo de una constelación imperialista para defender las fronteras del Estado soviético de la amenaza procedente de otro grupo imperialista, tales directivas generales ponen de manifiesto, según nuestro punto de vista, las dificultades gigantescas de los bolcheviques para establecer cuál debía ser la política del Estado ruso, carentes como estaban de experiencias previas que pudieran armarles para guiar la lucha contra el capitalismo y por el triunfo de la revolución mundial» (Bilan, n° 18).
Ya hemos visto que Bilan se negaba a tener que establecer si cada país estaba o no maduro para el comunismo, pues tal pregunta sólo podía plantearse a escala mundial. Rechazaba pues cualquier idea de superación de las relaciones de producción capitalista en un solo país, tesis ésta que, en cambio, sí interesó a la Izquierda germano-holandesa:
«El error que cometen los comunistas de la Izquierda alemana, y con ellos el camarada Hennaut, es el de embarcarse en una dirección completamente estéril, pues el punto de partida del marxismo es que las bases de una economía comunista sólo pueden plantearse en un terreno mundial, y nunca pueden realizarse en el interior de las fronteras de un Estado proletario. Éste sí podrá intervenir en el terreno económico para cambiar el proceso de producción, pero nunca para asentar definitivamente ese proceso sobre bases comunistas, pues las condiciones para hacer posible tal economía sólo pueden establecerse sobre una base internacional (…). No nos encaminaremos hacia la consecución de ese objetivo haciendo creer a los trabajadores que, tras su victoria sobre la burguesía, podrán dirigir y gestionar la economía en un solo país. Hasta la victoria de la revolución mundial tales condiciones no existen. Y para marchar en la dirección que haga posible la maduración de esas condiciones, lo primero es reconocer que, en el interior de un solo país, es imposible obtener resultados definitivos» (Bilan n° 21).
Pero Bilan no eludía, sin embargo, preocuparse por qué medidas debían adoptarse en un bastión proletario aislado. Para analizarlas partía, como en la cuestión del Estado, de las necesidades concretas de la clase obrera. Si los comunistas debían permanecer junto a su clase, el programa económico que debían defender había de anteponer los intereses de los trabajadores al llamado interés “general” (es decir el interés nacional), defendido por el Estado. Por ello Bilan rechazó enérgicamente todas las apologías del crecimiento de la economía soviética, ensalzado tanto por los estalinistas como por los trotskistas.
Para Bilan, la existencia de una economía “socializada” no significaba que no hubiera producción de plusvalía, es decir explotación capitalista, aunque, como veíamos antes, Bilan veía más la burocracia estatal rusa como servidor del “capital mundial” y no como la representante, bajo otra nueva forma, de una clase dominante específica en Rusia.
Contra el sacrificio de las condiciones de vida obreras en aras al desarrollo de la industria pesada y de una economía dirigida hacia la guerra, Bilan reivindicó, en cambio, invertir la lógica de la acumulación y concentrarse en la producción de bienes de consumo. Abordaremos más en profundidad este problema cuando analicemos el texto de Mitchell que se concentró sobre todo en las cuestiones económicas del período de transición. Sí insistiremos, no obstante, en que lo peor que pueden hacer los comunistas en una revolución es confundir la situación inmediata con el objetivo ideal, un error que muchos cometieron, por ejemplo, en el período del “comunismo de guerra”. La explotación y la ley del valor no pueden ser abolidas de la noche a la mañana. Pensar lo contrario puede equivaler a darle un nuevo disfraz al capitalismo. Dicho esto, no podemos pensar que no haya que tomar medidas concretas, sino que estas deben dar prioridad a la satisfacción de las necesidades inmediatas de los trabajadores. Por ello cobra aún más fuerza la idea de que los obreros deben seguir luchando por sus intereses económicos inmediatos, incluso contra los del Estado. El progreso no se medirá por la intensidad de los sacrificios, como en la Rusia estajanovista, sino en la mejora real de las condiciones de vida obreras, no sólo disponiendo de una mayor cantidad de bienes de consumo, sino igualmente de más tiempo para descansar y también para participar en la vida política.
Veamos como planteaba Vercesi esa cuestión:
«El proletariado, tras haber logrado la victoria contra la burguesía, no puede instituir de un plumazo la sociedad comunista; y – como no podría ser de otra forma – seguirá existiendo la ley del valor; pero sí hay una condición esencial que deberá cumplir para orientar su Estado, no para incorporarlo al resto del mundo capitalista, sino en la dirección opuesta, es decir hacia la victoria del proletariado mundial. A la fórmula que representa la clave de la economía burguesa, la que determina la tasa de plusvalía ( pl/v), es decir la relación entre el total del trabajo no pagado y el trabajo pagado, el proletariado no está en condiciones de oponerle – debido a la insuficiencia de la expansión productiva – esa otra fórmula que ya no pone límites a la satisfacción de las necesidades de la clase productora, y mediante la cual, por tanto, desaparece la plusvalía y la expresión misma de la remuneración del trabajo.
“La burguesía establece su Biblia en la necesidad de un continuo crecimiento de la plusvalía para convertirla en capital “en interés de todas las clases” (¡sic!), el proletariado, en cambio, debe actuar disminuyendo constantemente la parte no pagada del trabajo, aunque eso suponga un freno significativo del ritmo de acumulación respecto al de la economía capitalista.
“En Rusia, la regla que evidentemente se ha instituido es la de proceder a una intensa acumulación para poder defender mejor un Estado, que siempre nos han dicho que se veía amenazado por la intervención de Estados capitalistas. Nos decían que había que armar ese Estado con una poderosa industria pesada para ponerlo en las condiciones requeridas para servir a la revolución mundial. El trabajo gratuito recibió pues una consagración revolucionaria. Por otro lado, en la estructura misma de la economía rusa, el incremento de las posiciones socialistas frente a las del sector privado acabó acarreando una intensificación cada día mayor de la acumulación. Pero, como demostró Marx, la acumulación depende únicamente de la tasa de explotación de la clase obrera, por lo que podemos decir que sólo gracias al trabajo no pagado se ha podido construir la potencia económica, política y militar de la Rusia actual. Esos gigantescos resultados – puesto que se han mantenido los mismos mecanismos de acumulación – sólo han podido obtenerse, por lo tanto, gracias a una conversión gradual del Estado ruso, que ha vuelto a la senda de los demás países capitalistas, una senda que conduce inevitablemente al abismo de la guerra. Para que la clase obrera pueda conservar el Estado proletario, deberá subordinar la tasa de acumulación no a la tasa del salario, sino a lo que Marx llamaba la “fuerza productiva de la sociedad”, convirtiéndola en mejoras directas de la clase obrera, en aumentos inmediatos de los salarios. La gestión proletaria se reconoce pues en la disminución de la plusvalía absoluta, y en la conversión casi íntegra de la plusvalía relativa en salarios retribuidos a los trabajadores» (Bilan, n° 21).
Es verdad que podrían discutirse alguno de los conceptos empleados por Vercesi –por ejemplo ¿es apropiado seguir hablando de “salarios”, aunque reconozcamos que las raíces fundamentales del sistema salarial no pueden desaparecer inmediatamente? Volveremos sobre ello en artículos posteriores. Lo esencial, sin embargo, de la contribución de la Izquierda italiana, fue atenerse al principio que le permitió resistir, en un terreno proletario, a la marejada contrarrevolucionaria de los años 1930 y 1940. Y ese principio es partir, para analizar cada situación, de las necesidades de la clase obrera internacional, aunque eso les llevara a cuestionar las “grandes victorias” que el estalinismo y la democracia reivindicaban para el proletariado. La verdad es que las victoria de “la construcción del socialismo” en los años 30, lo mismo que los triunfos de la democracia sobre el fascismo en la década siguiente, supusieron en realidad la peor derrota para los trabajadores.
CDW
[1]) Vercesi era el seudónimo de Ottorino Perrone, uno de los miembros fundadores de la Fracción y, sin duda, uno de sus teóricos más importantes. Una reseña biográfica de este militante aparece en nuestro libro La Izquierda Comunista de Italia.
[2]) Ver “El Estado y la revolución (Lenin): una brillante confirmación del marxismo”, en Revista internacional nº 91.
[3]) En aquella época, la Izquierda italiana empleaba el término “centrismo” para referirse al estalinismo.
[4]) La posición defendida en la serie PEI muestra la claridad alcanzada, pero también las confusiones aún persistentes, por Bilan en ese momento: «Lo que sucedió durante la guerra, y hoy se repite en cuanto a los sindicatos, puede verse también en el Estado soviético. El sindicato, a pesar de su naturaleza proletaria, tenía ante sí una disyuntiva: emprender una política de clase que le hubiera puesto en constante y progresiva oposición al Estado capitalista, o bien apelar a los trabajadores a que esperaran una mejora de su situación de una conquista gradual (mediante reformas) de “puntos de apoyo” en el seno del Estado capitalista. El paso de los sindicatos, en 1914, al otro lado de la barricada, demuestra que la política reformista conduce justamente al objetivo contrario al que preconizaban: el Estado era el que ganaba progresivamente a los sindicatos hasta hacer de ellos un instrumento para el desencadenamiento de la guerra imperialista. Lo mismo cabe decir del Estado obrero frente al sistema capitalista mundial. De nuevo nos encontramos ante esta encrucijada: por un lado llevar a cabo una política, tanto en su territorio como en el exterior, en función de la Internacional comunista, basada en posiciones cada vez más avanzadas en la lucha encaminada al derrocamiento del capitalismo internacional; por otro lado, llevar la política opuesta, es decir llamar al proletariado ruso y de los demás países, a apoyar la progresiva penetración del Estado ruso en el seno del sistema capitalista mundial, lo que llevará inevitablemente a que el Estado obrero sume su suerte a la del capitalismo, cuando la situación alcance su desenlace: la guerra imperialista» (Bilan n° 7).
Ese razonamiento es plenamente válido: los órganos del proletariado que durante la guerra se sumaron a las campañas de la burguesía, pasaron “al otro lado de la barricada”. Pero entonces dejan de tener un carácter proletario y se integran en el Estado capitalista. Esa fue la conclusión que acertadamente sacaron Stefanini y otros.
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