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Las imágenes de Zelensky siendo humillado por Trump en el Salón Oval de la Casa Blanca, burlado por llevar su uniforme sin corbata, pidiéndole que diera las gracias y luego mandándole callar, han despertado una ola de indignación en todo el mundo.
Que las relaciones entre las grandes burguesías sean de dominación, aplastamiento e intimidación no debería sorprendernos. Lo que ocurre es que suelen mantener sus maneras de gánsteres entre bastidores, lejos de las cámaras y los oídos indiscretos, mientras que Trump las convierte en un espectáculo a la vista de todos.
Pero la razón de esta onda expansiva en realidad es otra, mucho más profunda que la simple vulgaridad exhibida. Este acontecimiento ha arrojado ante el mundo las imágenes de una gran convulsión histórica, lo que los medios de comunicación han denominado “el gran cambio de las alianzas”. Detrás del abandono de Ucrania por Estados Unidos se esconde una ruptura con Europa y un acercamiento a Rusia, nada menos. Es la estructuración del mundo desde 1945, que después de haber sido remodelada en 1990, la que está en vías de ser barrida.
La reacción en Europa fue inmediata. De París a Londres, las cumbres se han encadenado una tras otra, un plan de 800,000 millones de euros para “rearmar Europa” fue votado, y Francia, Alemania y el Reino Unido afirmaron en voz alta y clara la necesidad de desarrollar la economía de guerra frente a la nueva amenaza rusa, ahora que la protección militar estadounidense parece caduca.
Desde entonces, en todos los países del mundo, los discursos se dan uno tras otro para advertir de la necesidad de aceptar nuevos sacrificios, porque según todas las burguesías, de cada lado de las fronteras, vamos a tener que armarnos más para proteger la paz (¡sic!). Así, India acaba de anunciar un gran proyecto para desarrollar su industria militar con el objetivo de contrarrestar las ambiciones de China en toda Asia.
“El capitalismo arrastra consigo la guerra como la nube arrastra la tempestad”, dijo Jean Jaurès desde la tribuna cierta tarde de julio de 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Esa misma perspectiva de guerra está hoy en la mente de todos. Para la clase obrera el futuro próximo es cada vez más aterrador. ¿Qué nueva catástrofe se avecina? ¿La invasión rusa de Europa? ¿Un enfrentamiento militar entre Estados Unidos y China, o entre India y China, o entre Israel e Irán? ¿Una Tercera Guerra Mundial?
El papel de las minorías revolucionarias consiste precisamente en saber discernir, en medio del ruido y el furor, entre las mentiras cotidianas, las incesantes manipulaciones y propaganda, la realidad del desarrollo histórico en curso. Sí, ¡el futuro va a ser muy difícil para la clase obrera! Tenemos que prepararnos para ello. Pero no, no es la Tercera Guerra Mundial lo que amenaza, ni siquiera la invasión de Europa. Es una barbarie menos frontal y general, más insidiosa y rastrera, pero igual de peligrosa y asesina.
El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, anunciando el fin de la URSS, reconocido oficialmente el 25 de diciembre de 1991. Para comprender la dinámica actual, hay que partir de este acontecimiento histórico.
El fin de los bloques, la explosión del “sálvese quien pueda”, el ascenso de China
Con el hundimiento sobre sí mismo del bloque del Este, el bloque occidental perdió su razón de ser, y Estados Unidos perdió a su enemigo mortal de más de cincuenta años -Rusia-, que quedó considerablemente debilitada. La burguesía de la primera potencia mundial comprendió inmediatamente la nueva situación histórica que se abría: el mundo dividido en dos bloques imperialistas se había acabado, la disciplina que era necesaria para mantener la cohesión de cada bloque se había acabado, la sumisión de los aliados de Estados Unidos para protegerse de los apetitos del ogro ruso se había acabado. Había llegado el momento de la fragilidad de las alianzas, del cambio de campo según las circunstancias de cada conflicto, de la explosión del “sálvese quien pueda”. Europa en particular, que había estado en el centro de la batalla Este-Oeste desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se vio liberada de este dominio. En cuanto a las naciones más sólidas y ambiciosas, el lugar de Rusia, el número 2, el gran adversario de Estados Unidos estaba en juego. Por ello, la burguesía estadounidense reaccionó inmediatamente: “Hoy nos encontramos en un momento excepcional y extraordinario... una rara oportunidad para orientarnos hacia un periodo histórico de cooperación... puede nacer un nuevo orden mundial: una nueva era, menos amenazada por el terror, más fuerte en la búsqueda de la justicia y más segura en la búsqueda de la paz”. Estas palabras, del presidente estadounidense George H. W. Bush pronunciadas en su discurso ante el Congreso el 11 de septiembre de 1990, siguen grabadas en la memoria. Al mismo tiempo -en nombre de un “nuevo orden mundial”, de “cooperación”, de “justicia” y de “paz”- los Tomawaks lanzados desde portaaviones estadounidenses y los tanques Abrams estaban en camino de aplastar Irak.
Con esta primera guerra del Golfo, en la que murieron casi 500,000 personas, Estados Unidos perseguía un doble objetivo: dar una verdadera exhibición de fuerza militar para apaciguar el creciente ardor imperialista de todas las demás naciones, en particular de sus antiguos aliados del bloque occidental, y obligarlos a todos a participar en la intervención en Irak, a obedecerles.
¿El resultado? En 1991, estalló la guerra en Yugoslavia: Francia, Gran Bretaña y Rusia apoyaron a Serbia, Estados Unidos optó por Bosnia, y Alemania por Eslovenia y Croacia. Alemania, que quería recuperar una ruta directa al Mediterráneo, ya estaba demostrando sus nuevas ambiciones. En 1994 estalló la guerra en Ruanda, con Francia del lado de los hutus y de su genocidio, y Estados Unidos del lado de los tutsis y su reconquista del poder.
Estos cinco años, 1990-1994, resumen toda la dinámica imperialista que siguió y que conocimos desde hace más de tres décadas. La “Operación antiterrorista” en Afganistán, la segunda guerra del Golfo, las intervenciones en Libia, Yemen y Siria... el resultado ha sido siempre el mismo:
- primero, una demostración de fuerza estadounidense, cuyo poder militar no tiene rival;
- después, un caos sin fin y la incapacidad de regular y estabilizar la región derrotada;
- por último, una exacerbación de las tensiones imperialistas a escala mundial, con cada nación desafiando cada vez más la hegemonía que Estados Unidos desea seguir imponiendo.
Estados Unidos, primera potencia mundial, se ha convertido también en el principal generador del “desorden mundial”.
En cuanto al objetivo de impedir que surja otra gran potencia que le haga frente, Estados Unidos lo ha conseguido:
- Contra Rusia, estacionando cada vez más fuerzas militares en las tierras de los antiguos satélites rusos;
- Contra Japón, librando una verdadera guerra comercial selectiva y reduciéndolo al estancamiento económico durante más de treinta y cinco años. En 1989, Lawrence Summers, entonces secretario del Tesoro estadounidense, declaró: “Japón representa una amenaza mayor para Estados Unidos que la URSS”;
- Contra Alemania, a la que le permitió desarrollar su economía, pero le limitó sus pretensiones militares.
Sin embargo, una nueva potencia había logrado alzarse a pesar de todo: China. “Fábrica del mundo”, auténtica locomotora económica mundial que Estados Unidos también necesita: los apetitos imperialistas chinos se agudizan cada vez más, hasta el punto de pretender ser capaz de hacerse un día con el lugar de la primera potencia mundial.
Es por ello, que, en 2011, la secretaria de Estado Hillary Clinton anunció la adopción por parte de Estados Unidos del “pivote estratégico hacia Asia”, una visión que sitúa a “Asia en el centro de la política estadounidense” y que se ilustra en términos concretos con un compromiso militar, económico y diplomático de Estados Unidos con el objetivo de aumentar su presencia e influencia en el seno de la región del Indo-Pacífico. Al año siguiente, Barack Obama confirmó esta reorientación de las fuerzas estadounidenses hacia Asia bajo el nombre de “reequilibrio”.
La respuesta de China no se hizo esperar. En 2013, anunció oficialmente sus nuevas ambiciones imperialistas mundiales. En 2013, el presidente Xi Jinping anunció el “proyecto del siglo”: la construcción de una “nueva ruta de la seda”, una red de enlaces marítimos y ferroviarios entre China, Europa y África, pasando por Kazajistán, Rusia, Bielorrusia, Polonia, Alemania, Francia, Reino Unido, Yibuti y Somalilandia. ¡Este proyecto abarca más de 68 países que representan 4.400 millones de habitantes y el 40% del PIB mundial!
La guerra en Ucrania: debilitar a Rusia, apuntar a China, coaccionar a Europa
El intento de Rusia de invadir Ucrania el 22 de febrero de 2022 fue una trampa. Estados Unidos provocó deliberadamente esta guerra al planear ampliar la presencia de las fuerzas de la OTAN en territorio ucraniano, en la frontera rusa, lo que sabía que sería intolerable para el Kremlin. ¿El objetivo? Arrastrar a Rusia a un atolladero, a un callejón sin salida. Ninguna guerra de ocupación desde 1945 ha tenido éxito, sea quien sea el “invasor”. Estados Unidos sabe todo esto con Vietnam.
Se trató de un plan urdido hace mucho tiempo. Todos los presidentes desde 1990, Bush padre, Clinton, Bush hijo, Obama, Trump, Biden... han continuado, uno tras otro, la misma labor de implantación de la OTAN en los países de Europa del Este.
Desde 2022 hasta el regreso de Trump, Estados Unidos informó y armó a Ucrania lo suficiente como para garantizar que la guerra duraría, para que los rusos no fueran vencidos ni vencedores, que permanecieran allí, atrapados, sacrificando las “fuerzas vivas de la nación” en el frente y desgastando todo el tejido económico en la retaguardia.
Estados Unidos ha jugado aquí una partida de billar a tres bandas. Después de todo, era fundamentalmente China el objetivo de la maniobra, siendo Rusia su principal aliado militar. Esta guerra significó también un freno al progreso de la “nueva ruta de la seda”. Y Estados Unidos aprovechó la ocasión para debilitar a Europa, sobre todo a Alemania, fuertemente dependiente de los mercados hacia el Este y del gas ruso.
Así pues, a finales de 2024, la reorientación imperialista estadounidense hacia Asia como nuevo “pivote” iniciada en 2011, empieza a tener graves repercusiones en el equilibrio del mundo:
- Según los expertos, China debía convertirse en la primera potencia mundial en 2020, luego en 2030, luego en 2040 y ahora en 2050... cuando no invierten pura y simplemente este pronóstico. En efecto, todas las señales se vuelven rojas para China: ralentización del crecimiento económico, crisis inmobiliaria, parálisis del proyecto de la ruta de la seda... incluso el objetivo de alcanzar a Estados Unidos en gastos militares es cada vez más lejano, con un presupuesto de “defensa” tres veces inferior al de su rival, ¡y así cada año!
- Aliada crucial de Estados Unidos contra la URSS durante más de cincuenta años, Europa ha perdido parte de su importancia geoestratégica con el ascenso de China, convirtiéndose sobre todo en un feroz competidor económico y en una fuente de países contestatarios, incluso enemigos, durante los conflictos armados. El discurso del ministro francés De Villepin en la tribuna de la ONU el 14 de febrero de 2003, para negarse a implicarse en la intervención militar en Irak, sigue siendo el símbolo de estos países europeos que se enfrentan cada vez más a Estados Unidos: “En este templo de las Naciones Unidas, somos los guardianes de un ideal, somos los guardianes de una conciencia. La pesada responsabilidad y el inmenso honor que nos corresponden deben llevarnos a dar prioridad al desarme en la paz. Y es un viejo país, Francia, un viejo continente como el mío, Europa, quien os lo dice hoy”. Los últimos acontecimientos de principios de 2025 han marcado definitivamente esa ruptura, una ruptura que acelerará enormemente el caos mundial.
La aceleración de Trump
“Escucha, seamos honestos, la Unión Europea fue concebida para cabrear a Estados Unidos”: he aquí, veintidós años después, en palabras de Donald Trump, la respuesta de la burguesía estadounidense a De Villepin y a la burguesía francesa.
El presidente estadounidense es un loco megalómano. La propaganda aprovecha este hecho, que está a la vista de todos, para poner sobre su espalda toda la podredumbre, la barbarie y la irracionalidad que se desarrollan hoy en día. Pero no es casualidad que haya sido un loco megalómano el que haya llegado a cabeza de la primera potencia mundial. Trump es el producto de la locura y la irracionalidad que gangrenan cada vez más a todo el sistema capitalista mundial. En este sentido, su presidencia no rompe con las políticas llevadas a cabo antes que él; las prolonga, las acelera y las lleva a su clímax. La política de Trump no es más que una caricatura desenmascarada de la política de toda la burguesía a la que pertenece.
¿Ha perdido Europa su importancia geoestratégica? Pues Trump está llevando las consecuencias hasta el extremo. A sus ojos, el “viejo continente” no es más que un competidor económico, así que, ¡al diablo con los acuerdos y las alianzas, al diablo con el escudo nuclear, y vivan las barreras aduaneras con extravagantes subidas de impuestos! El fin de la protección militar estadounidense tiene como objetivo obligar a todos los países de Europa a malgastar parte de sus recursos económicos en el desarrollo de sus fuerzas militares.
¿China es el principal enemigo a destruir? Entonces, cambiemos el “pivote” de Clinton y de Obama hasta el final: tenemos que arrebatar Rusia a China, aunque eso signifique sacrificar a Ucrania, hay que controlar el Canal de Panamá porque China pretende utilizarlo para construir su “nueva ruta de la seda”, y hay que avanza hacia Groenlandia porque China tiene los ojos puestos en el Ártico. El Polo Norte es actualmente uno de los puntos calientes del planeta: Rusia, China, Canadá y Estados Unidos aspiran a dominar esta zona. ¡De hecho, China ha declarado su deseo de abrir una “nueva ruta de la seda polar”!
Así, detrás de las declaraciones más descabelladas de Trump, se esconde la persecución de los objetivos centrales de toda la burguesía estadounidense: debilitar a China e impedirle definitivamente que pretenda ocupar el lugar de primera potencia mundial algún día.
La forma de actuar de Trump es, simplemente mucho más agresiva, caótica e irracional que la de sus predecesores ¡Es la quintaesencia de la agresividad, el caos y la irracionalidad del actual periodo histórico! Lo que a veces puede conducir al éxito. El 7 de febrero de 2025, tras su reunión con el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, el presidente panameño José Raúl Mulino anunció que no prolongaría la cooperación con China. Pekín declaró inmediatamente que “lamentaba profundamente” esta retirada. “China se opone firmemente a que Estados Unidos utilice la presión y la coacción para denigrar y socavar la cooperación”, declaró Lin Jian, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino.
Pero, excepciones aparte, la forma de hacer las cosas de Trump, producto del caos mundial, se está convirtiendo a su vez en un factor activo y acelerador de ese mismo caos.
Trump y su camarilla dirigen la política económica e imperialista de la primera potencia mundial de la misma manera que dirigen sus negocios: buscan las “jugadas adecuadas”, sin ningún plan a largo plazo, necesitan obtener ganancias, “ahora mismo y de inmediato”. Las consecuencias son obviamente catastróficas.
Al abandonar Ucrania, Trump ha dicho al mundo: la palabra del Estado estadounidense no vale nada, no podéis confiar en nosotros. Es más, Trump y su camarilla no buscan establecer alianzas internacionales, sino acuerdos bilaterales puntuales válidos “ahora mismo”. India, Corea del Sur y Australia están ahora especialmente preocupadas y recelosas de su “amigo americano”, cuya fiabilidad ya había quedado muy dañada por la precipitada y caótica salida de las tropas estadounidenses de Afganistán en 2021. Canadá se acerca a Europa, cuyos compromisos parecen más fiables.
Peor aún, al abandonar Europa, Trump ha roto definitivamente los lazos que quedaban después de 1990. Las consecuencias para Europa aún no son previsibles, pero cualquiera que sea el camino que se tome, resultará perjudicial para Estados Unidos: ya sea un fortalecimiento de la cohesión de las principales potencias europeas contra Estados Unidos, con una guerra comercial acrecentada y un desarrollo de la fuerza armada europea, o ya sea una mentalidad aún más exacerbada del “cada uno para sí” al seno de Europa, con una Unión Europea que se disgrega en parte; potencias que refuerzan sus economías de guerra nacional para poder jugar sus propias cartas siempre que se presente la oportunidad. Lo más probable es que ambas dinámicas coexistan, dependiendo de los conflictos y de los rincones del planeta que estén en juego. Pero en todos estos casos, Estados Unidos se enfrentará a un mundo imperialista que le será aún más hostil y menos estable, menos controlable.
Y todo ello, ¿para qué? Trump y su camarilla ni siquiera están seguros de ganarse a Rusia para ellos. De hecho, es imposible. Así que Trump ha abierto una brecha entre China y Rusia, que ya desconfiaban la una de la otra desde hace mucho tiempo. China está ocupando tierras rusas ricas en minerales en contra de los deseos del Kremlin. Rusia entró en guerra en Ucrania sin la bendición de Pekín. Este ha sido el caso de todas las “alianzas” imperialistas desde 1990: son frágiles y cambiantes. Pero nunca logrará convertir a Rusia en su aliado. Putin intentará sacar todo lo que pueda de la “buena jugada” de Trump, pero nada estable saldrá de esta “agitación de alianzas” que ya nunca lo serán.
Fundamentalmente, tras los sucesivos y constantes fracasos de la burguesía norteamericana para imponer su orden y limitar el “cada uno para sí”, Trump ha reconocido la imposibilidad de detener esta dinámica y ha declarado abierta la “guerra de todos contra todos”, como verdadera “estrategia” de la nueva administración norteamericana.
Tras Trump…no es posible ningún retroceso
Al abandonar a Ucrania y Europa y volcarse hacia Rusia, Trump ha destruido los escasos cimientos del orden internacional que sobrevivieron al colapso de la URSS en 1990. Y no hay posible vuelta atrás.
Obviamente, dado el nivel de amateurismo e incompetencia de la camarilla de Trump, los fracasos actuales y futuros, el caos que se desarrollará en todo el mundo y los previsibles reveses económicos e imperialistas para Estados Unidos, la burguesía estadounidense intentará reaccionar y prepararse para la era post-Trump. La burguesía estadounidense tiene todo el interés de lograr borrar las payasadas y exageraciones de la camarilla de Trump, de revivir su muy eficaz “poder blando” y tratar de restaurar la credibilidad de sus palabras y compromisos. Pero en realidad ninguna vuelta atrás será posible. Porque detrás de esta aceleración de los acontecimientos se encuentra la confirmación y manifestación del impasse histórico que representa la supervivencia del capitalismo para la sociedad: la próxima administración cambiará, puede ser, la forma de su política, pero no el fondo, la confianza en la solidez de la palabra estadounidense no volverá, las alianzas destruidas con Europa no se reconstruirán, el caos en Ucrania no se detendrá y las relaciones con Rusia no se pacificarán[1].
Al contrario, el futuro, es la guerra que se extiende a Oriente Próximo, probablemente a Irán, Rusia pone el ojo en sus vecinos -Moldavia, por ejemplo- es el aumento de las tensiones en Asia, en torno a Taiwán, entre China e India... El futuro es un capitalismo mundial que se pudre de pie, revolcándose en la barbarie, el sálvese quien pueda, la multiplicación de los conflictos bélicos... El futuro es una economía de guerra que se desarrolla en todos los países y exige de la clase obrera que trabaje más, que trabaje más rápido, que gane menos, que reciba menos educación y menos atención sanitaria...
Sí, ¡este es el futuro del capitalismo! La única respuesta es la lucha de clases. La amenaza de la extensión de la barbarie guerrera puede asustar, paralizar y hacer que la gente quiera ser “protegida” por “su” Estado. Pero ese mismo Estado atacará sin piedad a “sus” trabajadores para aumentar los ritmos de producción y desarrollar su economía de guerra. De aquí surge el camino que tomará la lucha de clases en los próximos años: la negativa a apretarse más el cinturón conducirá a la lucha obrera masiva, al desarrollo de la solidaridad, de la conciencia y la organización de los trabajadores.
Desde el “verano de la ira” que estalló en 2022 en el Reino Unido, esta serie de huelgas que duraron varios meses en todos los sectores, la clase obrera a nivel mundial ha redescubierto la voluntad de luchar, de tomar las calles, de reagruparse, de discutir y de luchar unida. Esta es la única dinámica que puede ofrecer a la humanidad un futuro diferente: el futuro del derrocamiento del capitalismo, el fin de sus guerras, el fin de sus fronteras y su explotación, el futuro de la revolución proletaria por el comunismo.
Y corresponde a las minorías revolucionarias, a todos los elementos en búsqueda, a todos los que aspiran a otra perspectiva diferente de este capitalismo decadente y bárbaro, reunirse, discutir, establecer el vínculo entre la guerra, la crisis económica y los ataques a la clase trabajadora, y señalar la necesidad de luchar de forma unida, en tanto que clase.
Gracchus (24/03/2025)
[1] Además, Rusia es perfectamente consciente de que la burguesía estadounidense ya se está preparando para la era post-Trump y existe una enorme probabilidad de que la próxima camarilla en el poder provenga de la histórica tradición antirrusa de Estados Unidos, lo que hace que los actuales pseudoacuerdos sean aún más frágiles. Rusia desconfía.