Submitted by RevistaInternacional on Octubre 26, 2005 - 5:53pm.
NO ES la primera vez que el capitalismo justifica
su marcha a la guerra mediante la noción de "choque de civilizaciones".
En 1914, se mandó a los obreros al frente en nombre de la defensa
de la "civilización" moderna contra la barbarie del knut
ruso o del káiser germánico; en 1939 fue para defender la
democracia contra las tinieblas del nazismo, entre 1945 y 1989 fue por
la democracia contra el comunismo o, en los países "socialistas",
contra el imperialismo. Hoy se nos sirve la cantinela de la defensa del
"modo de vida occidental" contra el "fanatismo islámico"
o, a la inversa, del "Islam contra los cruzados o los judíos".
Todos esas consignas no son más que vociferaciones de rebato para
la guerra imperialista; en otras palabras, son llamamientos para la lucha
bélica entre fracciones rivales de la burguesía en plena
época de descomposición del capitalismo decadente.
El artículo siguiente es una contribución para combatir
esa idea de que el islamismo militante estaría fuera de la civilización
burguesa e incluso que estaría contra ella. Intentaremos demostrar
que es todo lo contrario: ese fenómeno no puede comprenderse sino
como producto, expresión concentrada, del declive histórico
de la civilización capitalista.
Un segundo artículo estudiará el enfoque marxista del combate
contra la ideología religiosa en el proletariado.
Para Marx, es el capitalismo el que debilita los cimientos de la religión
Marx veía en la religión como "la conciencia y el
sentimiento propio del hombre que o no se ha encontrado todavía
a sí mismo o se ha vuelto ya a perder a sí mismo".
La religión es pues "una conciencia errónea del mundo…
la realización fantasmagórica de la conciencia humana, al
no tener la esencia humana una realidad verdadera" (1) No es, sin
embargo, una simple conciencia errónea, sino una respuesta a la
opresión real (respuesta inapropiada que sólo conduce al
fracaso):
"El desamparo religioso es, por un lado, la expresión del
desamparo real y por otro, la protesta contra el desamparo real. La religión
es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin
corazón, a la vez que es el espíritu de unas condiciones
sociales de las que el espíritu está excluido. Es el opio
del pueblo" (2).
En oposición con aquellos filósofos del siglo XVIII que
denunciaban la religión como no más que una obra de impostores,
Marx afirmó que era necesario exponer las raíces reales,
materiales, de la religión, en el marco de unas relaciones económicas
de producción bien determinadas.
Pensaba con confianza que la humanidad podrá lograr emanciparse
de esa falsa conciencia y alcanzar su pleno potencial en un mundo comunista
sin clases.
Marx, de hecho, puso en evidencia hasta qué punto el desarrollo
económico del capitalismo había debilitado las bases de
la religión. En La Ideología alemana, por ejemplo, afirma
que la industrialización capitalista redujo la religión
a no ser otra cosa sino una simple mentira. Para liberarse, el proletariado
debía perder sus ilusiones religiosas y destruir todos los obstáculos
que le impidieran afirmarse como clase; pero las brumas de la religión
acabarían siendo barridas por el propio capitalismo. De hecho,
para Marx, era el propio capitalismo el que estaba destruyendo la religión,
hasta el punto de que hablaba de ella como de algo ya muerto para el proletariado.
Los límites del materialismo burgués
Los seguidores de Marx pusieron de relieve que una vez que el capitalismo
dejó de ser una fuerza revolucionaria para la transformación
de la sociedad, hacia 1871, la burguesía volvió a inclinarse
hacia el idealismo y la religión. En su texto: El ABC del comunismo
(en torno al programa del Partido comunista ruso en 1919), Bujarin y Preobrazhenski
explican las relaciones entre la Iglesia ortodoxa rusa y el viejo Estado
feudal zarista. Bajo los zares, explican, el contenido principal de la
educación era la religión: "mantener el fanatismo religioso,
la estupidez y la ignorancia, fue de una importancia primordial para el
Estado". La Iglesia y el Estado estaban "obligados a unir sus
fuerzas contra las masas laboriosas y su alianza servía para fortalecer
su dominio sobre los trabajadores". En Rusia, la burguesía
emergente acabó entablando un conflicto contra la nobleza feudal,
incluida la Iglesia en ésta, pues aquélla ansiaba poseer
las inmensas rentas que esta última sacaba de la explotación
de los trabajadores: "la base real de esta exigencia era el deseo
de se transfiriera a la burguesía las rentas otorgadas a la Iglesia
por el Estado".
Como la joven burguesía de la Europa occidental, la burguesía
ascendente de Rusia llevó a cabo una campaña vigorosa por
la separación total entre la Iglesia y el Estado. Sin embargo,
en ningún lugar se llevó ese combate hasta el final, ni
siquiera en Francia en donde el conflicto había sido especialmente
enconado. La burguesía acabó por alcanzar un compromiso
con la Iglesia: en la medida en que ésta se puso a desempeñar
un papel de pilar del capitalismo, acabó uniéndose a la
burguesía, pudiendo llevar a cabo sus actividades religiosas. Bujarin
y Preobrazhenski atribuyen esto al hecho de que "por todas partes,
el combate llevado a cabo por la clase obrera contra los capitalistas
iba cobrando cada vez una mayor intensidad… Los capitalistas acabaron
comprendiendo que era más ventajoso aliarse con la Iglesia, pagarle
sus oraciones en nombre del combate contra el socialismo, utilizar su
influencia sobre las masas incultas para así mantener vivo en sus
mentes el sentimiento de ser esclavos que debían somerterse al
Estado explotador".
Los burgueses de Europa occidental hicieron entonces las paces con el
Clero, aún manteniendo en privado un comportamiento pretendidamente
materialista. Como lo muestran en El ABC del comunismo Bujarin y Preobrazhenski,
la clave de esa contradicción está en "el bolsillo
de los explotadores". En su texto de 1938, Lenin filósofo,
Anton Pannekoek, de la Izquierda comunista holandesa, explica por qué
el materialismo naturalista de la burguesía progresista tuvo una
vida muy corta:
'Mientras la burguesía pudo creer que su sociedad de propiedad
privada, de libertad personal, de libre competencia, podía resolver,
mediante el desarrollo de la industria, de las ciencias y la técnica,
todos los problemas materiales de la humanidad, podía también
creer de igual modo que los problemas teóricos podrían resolverse
con la ciencia, sin necesidad de plantear hipótesis sobre la existencia
de poderes sobrenaturales y espirituales. Por eso, en cuanto se comprobó
que el capitalismo ya no podía resolver los problemas materiales
de las masas, como lo demostró el auge de la lucha de clase del
proletariado, desapareció la confianza en la filosofía racionalista.
El mundo volvió a verse lleno de insolubles contradicciones e incertidumbres,
fuerzas siniestras que amenazaban la civilización. Entonces la
burguesía se volvió hacia diferentes creencias religiosas,
y sus intelectuales y sabios se vieron sometidos a la influencia de tendencias
místicas. No tardaron demasiado en descubrir las debilidades y
los defectos de la filosofía materialista y a disertar sobre los
límites de la ciencia y los enigmas insolubles del mundo"
(Anton Pannekoek, Lenin filósofo).
Si ya esa tendencia estuvo presente en la fase ascendente del capitalismo,
acabó siendo la regla desde el inicio del período de decadencia.
Al haber alcanzado los límites de su expansión, el capitalismo
en declive ha sido incapaz de crear un mundo plenamente a su imagen: ha
dejado vastas regiones en el atraso y sin desarrollar. Este retraso económico
y social es la base de la gran influencia que la religión todavía
ejerce sobre esas zonas. Los bolcheviques se las vieron ante ese problema
y tuvieron que incluir en su programa, en 1919, una sección que
tratara específicamente de la religión, "expresión
del retraso de las condiciones materiales y culturales de Rusia"
La burguesía está obligada a tener en cuenta el idealismo
y la religión en el período de decadencia y eso, sobre todo,
cuando todo su optimismo se resquebraja; se pudo comprobar con el nazismo
y su profunda tendencia hacia el irracionalismo. En la etapa final de
la decadencia del capitalismo, la descomposición, esas tendencias
se han confirmado más todavía e incluso miembros de la burguesía
(como el multimillonario Usama bin Laden) acaban tomándose en serio
las creencias reaccionarias y obscurantistas que declaran. Como lo anotaban
acertadamente Bujarin y Preobrazhenski: "si la clase burguesa empieza
a creer en Dios y en la vida eterna será sencillamente porque empieza
a darse cuenta de que su vida en este mundo está llegando a su
fin" (El ABC…).
El brote de movimientos irracionalistas entre las masas de las regiones
más desfavorecidas cobra cada día más importancia
en este período de descomposición, en donde aparece con
mayor claridad cada día la ausencia del menor porvenir para el
sistema y en el que la vida social, en las zonas más débiles
de la periferia del capitalismo, tiende a desintegrarse. Por todas las
partes del mundo, como ocurrió en los períodos últimos
de los modos anteriores de producción, estamos asistiendo al auge
de las sectas, de los cultos suicidas apocalípticos y de los diferentes
fundamentalismos. Y es islamismo es una expresión de esa tendencia
general. Antes de examinar su expansión debemos volver, sin embargo,
a los orígenes históricos del Islam como religión
mundial.
Los orígenes históricos del Islam
Cuando se fundó en el siglo VIIº en la región del Heyaz,
en el oeste de Arabia, el Islam viene a ser, resumiendo a grandes rasgos,
una síntesis entre judaísmo, cristianismo bizantino y asirio
y de las religiones antiguas de Persia así como de otras creencias
locales monoteístas como la Hanifiya. Esta rica mezcla se adaptaba
a las necesidades de una sociedad en plenos trastornos sociales, económicos
y políticos. Dominado por la ciudad de La Meca, el Heyaz era en
aquel entonces la principal encrucijada comercial de Oriente Próximo.
Arabia se encontraba entre dos grandes imperios: Persia y su dinastía
sasánida y Bizancio, imperio romano de Oriente. En esta situación,
la clase dominante de La Meca animaba a los comerciantes de paso a colocar
sus dioses paganos personales en la Kaaba, un santuario religioso local,
para que pudieran adorarlos en él en cada una de sus visitas. Esta
idolatría proporcionaba riquezas importantes a los ricos habitantes
de la ciudad.
Durante unos cien años, La Meca fue una sociedad próspera,
dirigida por una aristocracia tribal, en donde se utilizaba escasamente
el trabajo de esclavos, con un comercio pujante con regiones muy lejanas
y con los ingresos suplementarios de la Kaaba. Sin embargo cuando Mahoma
alcanzó la edad adulta, la sociedad estaba inmersa en una crisis
profunda. Y esta estalló amenazando con hundirse en una guerra
interminable entre las diferentes tribus.
En las propias inmediaciones de La Meca y de Yathrib, segunda ciudad de
la región, la actual Medina, vivían los beduinos de austeras
y altivas tribus nómadas independientes, las cuales, al principio,
se habían beneficiado del enriquecimiento de los centros urbanos
de la región; mediante préstamos otorgados por los ricos
ciudadanos habían podido mejorar su nivel de vida. Pero se vieron
cada día más en la imposibilidad de reembolsar sus deudas,
una situación que acabaría provocando una situación
explosiva. Se aceleraba la desintegración de las tribus, tanto
en las ciudades como en los oasis del desierto. Los beduinos eran "vendidos
como esclavos o reducidos a un estado de dependencia…los límites
habían sido traspasados". Más precisamente:
"Inevitablemente, esas transformaciones económicas y sociales
vinieron acompañadas por cambios intelectuales y morales. Quienes
tenían olfato para los negocios prosperaban. Las virtudes tradicionales
de los hijos del desierto, los beduinos, ya no eran el camino del éxito.
Saber aprovecha su suerte y ser codicioso era mucho más útil.
Los ricos se habían vuelto orgullosos y arrogantes, glorificando
su éxito como algo personal y no como algo que interesaba a la
tribu entera. Se iban debilitando los vínculos de sangre, siendo
sustituidos por otros basados en el interés" (3).
Y más lejos en ese mismo libro:
"La iniquidad triunfaba en el seno de las tribus. Los ricos y poderosos
oprimían a los pobres. Se conculcaban cada día las leyes
ancestrales. Se vendía como esclavos al débil y al huérfano.
Se atropellaba el antiguo código del honor, de la decencia y de
la moral. El pueblo no sabía ya a qué dioses servir y adorar"
(4).
Esta última frase es muy significativa: en unas sociedades en las
que la religión era el único medio posible para estructurar
la vida cotidiana, su situación expresaba claramente la gravedad
de la crisis social. El Islam llama a ese período de la historia
de Arabia, la yahiliia, o era de la ignorancia, afirmando que durante
ese período no había límites para la inmoralidad,
la crueldad, la práctica de una poligamia y el asesinato de le
recién nacidos de sexo femenino.
La Arabia de entonces estaba desgarrada tanto por las rivalidades entre
sus propias tribus, en guerra de todos contra todos, como por las amenazas
y las ambiciones de las civilizaciones vecinas. Intervinieron también
otros factores más globales. En Arabia se sabía que los
imperios persa y romano estaban pasando por serias dificultades tanto
internas como externas, a punto de desmoronarse. Muchos veían en
ello "la proclamación del fin del mundo" (5) La mayor
parte del mundo civilizado estaba también al borde del caos.
Engels analizó el ascenso del Islam como "una reacción
de los beduinos contra los ciudadanos, poderosos pero degenerados, y que
en aquel tiempo profesaban una religión decadente, mezcla de un
depravado culto naturalista con el judaísmo y el cristianismo"
(6).
Nacido en La Meca en el 570 después de JC, pero educado en parte
por beduinos del desierto, profundamente influido por las corrientes intelectuales
procedentes del mundo entero que recorrían Arabia, especialmente
el Heyaz, Mahoma, hombre de reflexión y propenso a la meditación,
fue el vehículo ideal para resolver la crisis de las relaciones
sociales que sacudía su ciudad y región. El inicio de su
ministerio en 610 hizo de él el hombre de la situación.
Arabia entera estaba madura para el cambio. Estaba en condiciones para
que en ella emergiera un Estado panárabe, capaz de superar el separatismo
tribal y de poner a la sociedad sobre nuevos cimientos económicos
y por lo tanto sociales y políticos. El Islam dio la prueba de
que era el instrumento perfectamente adaptado para cumplirlo. Mahoma enseñó
a los árabes que el caos creciente de su sociedad se debía
a que se habían alejado de las leyes divinas (la Sharia) y que
debían someterse a esas leyes si querían evitar la condena
eterna. La nueva religión denunció la crueldad y las guerras
intertribales, declarando no sólo que los musulmanes eran todos
hermanos, sino que como hombres y mujeres que eran tenían la obligación
de unirse. El Islam (literalmente sumisión a Dios) proclamó
que era Dios mismo (Alá) quien lo pedía. El Islam puso fuera
de la ley la depravación (el alcohol, las blasfemias y los juegos
de azar quedaron prohibidos), se prohibió la crueldad (por ejemplo,
se incitó a los propietarios de esclavos a libertarlos), se limitó
la poligamia a cuatro esposas para cada creyente varón (cada una
de ellas debería ser tratada con ecuanimidad, lo que llevó
a algunos a afirmar que esta práctica estaba fuera de la ley),
los hombres y las mujeres desempeñaban funciones sociales diferentes,
pero la mujer estaba autorizada a trabajar y a escoger ella misma a su
marido; el asesinato fue estrictamente prohibido, incluido el infanticidio.
El Islam enseñó también a los árabes que no
bastaba con rezar y evitar el pecado; la sumisión a Dios significaba
que todas las esferas de la existencia debían someterse a la voluntad
de Dios, o sea que el Islam ofrecía un marco para cada cosa, incluida
la vida económica y política de una sociedad.
En las condiciones de entonces, no es sorprendente que la nueva religión
atrajera muy pronto a numerosos fieles, tras haber fracasado todos los
intentos de las clases dominantes de La Meca por destruirla físicamente.
Fue el instrumento ideal para echar abajo la sociedad árabe de
entonces y las sociedades vecinas. Pero la época dorada musulmana
no podía durar siempre. Ocurrió que los sucesores de Mahoma,
los califas, elegidos para dirigir el mundo musulmán en función
de su supuesta fidelidad al mensaje mahometano, fueron de hecho sustituidos
por dinastías cada vez más corruptas que reivindicaban el
cargo como algo hereditario. La transformación quedó rematada
cuando la dinastía de los Omeyas accedió al califato (680-750).
Sin embargo, es claro que cuando surgió, el Islam significó
un avance en la evolución histórica, de ahí su fuerza
inicial y el alcance de su visión. Y aunque, inevitablemente, la
civilización musulmana medieval no logró vivir según
los ideales de Mahoma, fue sin embargo un marco para una serie de avances
fulgurantes en ámbitos como la medicina, las matemáticas
y otros sectores del saber humano. Aunque el despotismo oriental en que
se basó acabaría llevándolo a un estéril atolladero
al que lo condenaba ese modo de producción, en el momento en que
alcanzó la apogeo de su desarrollo, hacía aparecer, por
contraste, a la sociedad feudal occidental como tosca y oscurantista.
Esto quedó simbólicamente plasmado en el enorme foso cultural
que separaba a Ricardo Corazón de León y Saladino en la
época de las cruzadas (7) o en el contraste en todos los aspectos
entre la España musulmana (Al-Andalus) y la España cristiana
en la misma época. Podría incluso añadirse que el
foso es todavía mayor entre la cultura musulmana en su mayor esplendor
y el oscurantismo del fundamentalismo de nuestros días.
Los bolcheviques y el "nacionalismo musulmán"
Los marxistas reconocieron los aspectos progresistas del Islam en sus
orígenes, pero ¿cómo analizaron su papel en un período
de revolución proletaria, en el que todas las religiones se han
vuelto un obstáculo para la emancipación de la humanidad?
Es muy instructivo examinar brevemente la política de los bolcheviques
en este aspecto.
Menos de un mes después de la victoria de la revolución
de Octubre de 1917, los bolcheviques difundieron una proclama, A todos
los Trabajadores musulmanes de Rusia y del Este, en la que declaraban
estar del lado de "todos aquellos cuyas mezquitas y oratorios han
sido destruidos, cuyas creencias y costumbres han sido atropelladas bajo
la bota de los zares y de los opresores de Rusia". Los bolcheviques
se comprometían así:
"Desde ahora vuestras creencias y costumbres, vuestras instituciones
nacionales y culturales son libres e inviolables (…). Sabed que vuestros
derechos, como los de los demás pueblos de Rusia, están
bajo la poderosa salvaguardia de la Revolución y de sus organismos,
los soviets de obreros, soldados y campesinos".
Esa política significó un cambio radical respecto a la de
los zares, los cuales siempre y de manera sistemática había
intentado por la fuerza, de manera violenta a menudo, asimilar a las poblaciones
musulmanas, después de la conquista del Asia central a partir del
siglo XVI. No es pues de extrañar que, en reacción a la
violencia zarista, las poblaciones musulmanas de esas regiones se aferraran
al Islam, que era su herencia religiosa y cultural. Salvo raras y notables
excepciones, los musulmanes de Asia central no participaron activamente
en la Revolución de Octubre, que se centró sobre todo en
Rusia: "Las organizaciones nacionales musulmanas permanecieron como
espectadores indiferentes a la causa bolchevique" (8). Sultan-Galiev,
el "co mu nista musulmán" que desempeñó
un papel importante, declaró unos cuantos años después
de la Revolución:
"Si hacemos balance de la revolución de Octubre y de la participación
de los tártaros, debemos admitir que las masas laboriosas y las
capas desheredadas tártaras no han tenido la menor parte en ella"
(9).
La actitud de los bolcheviques hacia los musulmanes de Asia central estuvo
determinada por imperativos de orden externo y a la vez interno. Por un
lado, el nuevo régimen tenía que adaptarse a la situación:
los territorios del antiguo imperio zarista eran en su mayoría
musulmanes. Los bolcheviques estaban convencidos de que esos territorios
de Asia central eran imprescindibles, tanto estratégica como económicamente,
para la supervivencia de la Rusia revolucionaria. Cuando los nacionalistas
musulmanes se rebelaron contra el nuevo gobierno de Moscú, la respuesta
de las autoridades, en la mayoría de los casos, fue tomar medidas
brutales. Tras la rebelión en Turquestán, por ejemplo, la
réplica de las unidades militares del Soviet de Tashkent fue la
de arrasar la ciudad de Kolanda. Lenin mandó allá una comisión
especial en noviembre de 1919, para, decía, "restablecer relaciones
correctas entre el régimen soviético y los pueblos de Turquestán"
(10).
Un ejemplo de este proceder ante los problemas planteados por las regiones
musulmanas fue la creación por los bolcheviques de la organización
Zhendotel (Departamento de mujeres obreras y campesinas) para trabajar
entre las mujeres musulmanas en Asia central soviética. Zhendotel
centró más especialmente su acción en el problema
de la religión en esos territorios muy atrasados económicamente.
En sus inicios, Zhendotel adoptó un método paciente y sensible
hacia los delicados problemas a que se veía encarado. Los miembros
femeninos de la organización usaban incluso el paranya (un velo
islámico que tapaba totalmente la cara) en las discusiones organizadas
con mujeres musulmanas.
Mientras que algunas organizaciones nacionalistas musulmanas se unieron
durante algún tiempo a la contrarrevolución durante la guerra
civil de 1918-1920, la mayoría acabó aceptando de mala gana
el régimen bolchevique, que les parecía un mal menor después
de haber sufrido los desmanes de los ejércitos blancos de Denikin.
Muchos de los "nacionalistas musulmanes" entraron en el Partido
comunista y numerosos fueron los que ocuparon puestos de alto rango en
el gobierno. Pero sólo una cantidad muy limitada de ellos parecía
estar convencida de la validez del marxismo. El célebre tártaro
Sultan-Galiev era el representante bolchevique ante el Comisariado musulmán
(formado en enero de 1918), era miembro del Colegio interno del Comisariado
del pueblo para las Nacionalidades (Narkomnats), redactor jefe de la revista
Zhizn Natsionalnostei, profesor de la Universidad de los Pueblos del Este
y dirigente del ala izquierda de los "Nacionalistas musulmanes".
Pero incluso esa figura emblemática de los reclutados entre los
nacionalistas musulmanes, fue en el mejor de los casos un "comunista
nacional" como se designó a sí mismo en el periódico
tártaro Qoyash (El Sol) en 1918, al explicar su adhesión
al Partido bolchevique en octubre de 1917 en estos términos: "He
llegado al bolchevismo por amor de mi pueblo, un amor que tanto peso tiene
en mi corazón" (11).
Por otro lado, los bolcheviques comprendieron que su revolución,
para sobrevivir, necesitaba que se unieran a ella los obreros de los demás
países. El fracaso de las revoluciones en los países occidentales
desarrollados, especialmente en Alemania, los llevó a contemplar
cada vez más la posibilidad de una oleada "nacionalista revolucionaria"
en Oriente. Esta política no tiene nada de proletaria, pero como
se estaban haciendo notar los primeros signos de un retroceso de la oleada
revolucionaria y a causa del aislamiento creciente de la Revolución
rusa, los bolcheviques se iban escorando cada vez más hacia ese
enfoque oportunista del "nacionalismo revolucionario", creyendo
que acabaría desembocando en revolución proletaria. Pero,
por el momento, la "cuestión de Oriente" - el apoyo a
las luchas de "liberación nacional" en Oriente Próximo
y en Asia - se concebía como el medio para liberar a la Rusia soviética
del avasallamiento del imperialismo británico.
La Internacional comunista y el movimiento panislámico
Fue en ese contexto en el que los bolcheviques acabaron llevando a hacer
evolucionar la actitud de la Internacional comunista (IC) hacia los movimientos
panislámicos. En su segundo congreso, en 1920, la IC puso de manifiesto
que las enormes presiones ejercidas por las fuerzas de la contrarrevolución,
a la vez desde dentro y desde fuera de Rusia, empezaban a doblegarla.
Se empezaron a hacer concesiones a la línea oportunista con la
vana esperanza de que disminuyera la hostilidad del mundo capitalista
hacia la sociedad soviética. Los comunistas se vieron obligados
a organizarse en los sindicatos burgueses, aliarse con los partidos socialistas
y laboristas, abiertamente proimperialistas, y apoyar a los movimientos
de la pretendida "liberación nacional" en los países
subdesarrollados. Las "Tesis sobre la cuestión nacional y
colonial" - que debían servir para justificar el apoyo a los
"movimientos de liberación nacional" - fueron preparadas
por Lenin para el Congreso y adoptadas con solo tres abstenciones.
Y así, el segundo congreso diseñó las grandes líneas
de la colaboración con los musulmanes. En las "Tesis",
Lenin declaraba:
"Es necesario luchar contra el panislamismo, el panasiatismo, y otras
corrientes de esta índole que tratan de combinar el movimiento
de liberación contra el imperialismo europeo y norteamericano con
el fortalecimiento del poder del imperialismo turco y japonés,
de la nobleza, de los terratenientes, del clero, etc." (12).
Aunque votó la resolución, Sneevliet, representante de las
Indias orientales holandesas (actual Indonesia), afirmó que una
organización de masas islamista estaba presente allí. Sneevliet
declaro que Sarekat Islam (Unión islámica), había
adquirido un "carácter de clase", adoptando un programa
anticapitalista. Esos "hadjis comunistas" (con el-hadj se designa
a quien ha peregrinado a La Meca), insistía él, eran necesarios
a la Revolución comunista (13). Esta no era otra política
más que la continuación de la desarrollada por la antigua
Unión socialdemócrata indonesia (ISDV), cuya mayoría
formará más tarde el Partido comunista indonesio (PKI),
fundado en mayo de 1920. Desde el principio los marxistas indonesios tuvieron
una relación de lo más ambiguo con el Islam radical, como
ya lo ha puesto de relieve la CCI:
"Había miembros indonesios del ISDV, que también eran
miembros e incluso dirigentes del movimiento islámico. Durante
la guerra (Primera Guerra mundial), el ISVD reclutó una cantidad
considerable de indonesios miembros del Sarekat Islam, que contaba con
unos 20 000… Esta política prefiguró, de manera embrionaria,
la que se llevaría a cabo en China después de 1921 - con
el apoyo de Sneevliet y de la Internacional comunista - de formar un frente
unido que desembocara incluso en la fusión de organizaciones nacionalistas
y comunistas (el Kuomintang y el PC chino)…
Es significativo que en el seno de la Internacional comunista, Sneevliet
representara a la vez al PKI y al ala izquierda de Sarekat Islam. Esta
alianza con la clase burguesa indígena musulmana iba a durar hasta
1923" (14).
El Congreso de Bakú de los Pueblos de Oriente
La primera aplicación de esas "Tesis sobre la cuestión
nacional y colonial" fue lo que se llamó "Congreso de
los pueblos de Oriente", celebrado en Bakú (Azerbaiyán)
en septiembre de 1920, poco después de la clausura del segundo
congreso de la Internacional comunista. Como mínimo, una cuarta
parte de los delegados a la conferencia no eran comunistas, y entre ellos
había burgueses nacionalistas y panislamistas, abiertamente anticomunistas.
En esta conferencia, presidida por Zinoviev, se llamó a la "guerra
santa" (términos utilizados por el propio Zinoviev) contra
los opresores extranjeros y del interior, a favor de gobiernos obreros
"y campesinos" por todo Oriente Próximo y Asia con el
fin de debilitar el imperialismo, especialmente el británico.
Para los bolcheviques se trataba de establecer una "indefectible
alianza" con gente de lo más dispar con el objetivo principal
de aflojar el acorralamiento de Rusia por parte del imperialismo. Toda
la substancia oportunista de esa política fue expuesta por Zinoviev
en la sesión de apertura del congreso, cuando describió
al conjunto de los delegados a la conferencia, y a través de ellos
a los movimientos y Estados que representaban, como la "segunda espada"
de Rusia y a los que Rusia "consideraba como hermanos y camaradas
de lucha" (15). Fue la primera conferencia "antiimperialista"
(o sea interclasista) celebrada en nombre del comunismo.
John Reed, pionero del comunismo en Estados Unidos, acabó asqueado
por los trabajos del congreso, al que asistía. Angélica
Balabanova (16) cuenta en su libro: "Jack (John Reed) habló
con amargura de la demagogia y del aparato que caracterizaron el congreso
de Bakú, así como de la manera con la que las poblaciones
indígenas y los delegados de Extremo Oriente habían sido
tratados" (17). Un "Llamamiento del partido comunista de Holanda
a los pueblos de Oriente representados en Bakú" apareció
en la edición en francés de los trabajos del congreso y
sin duda se repartió entre los delegados. Ese llamamiento afirmaba
que "miles de indonesios"se habían encontrado "unidos
en el combate común contra los opresores holandeses" mediante
el movimiento panislámico Sarekat Islam, y que este movimiento
se adhería al llamamiento para saludar el congreso.
Durante el congreso, Radek, del partido bolchevique, evocó abiertamente
la imagen de los ejércitos conquistadores de los antiguos sultanes
otomanos musulmanes, declarando: "Apelamos, camaradas (sic), a los
sentimientos guerreros que inspiraron antaño a los pueblos de Oriente,
cuando guiados por sus grandes conquistadores, avanzaron hacia Europa"
(18). Menos de tres meses después del congreso de Bakú,
que había saludado al nacionalista turco Mustafá Kemal (Kemal
Atatürk), éste asesinaba a todos los dirigentes del Partido
comunista turco. En su cuarto congreso, la Internacional comunista llevó
más lejos todavía la revisión de su programa. Como
introducción a las "Tesis sobre la cuestión de Oriente",
adoptadas por unanimidad, el delegado holandés Van Ravensteyn,
declaró que "la independencia del mundo oriental en su conjunto,
la de Asia y la de los pueblos musulmanes, significaba en sí misma
el final del imperialismo occidental". Previamente, durante el congreso,
Malaka, delegado de las Indias orientales holandesas, declaró que
los comunistas habían colaborado estrechamente en la región
con Sarekat Islam, hasta que en 1921 se separaron por disensiones. Malaka
afirmó que la hostilidad hacia el movimiento panislámico,
que expresaban las Tesis del segundo congreso había debilitado
las posiciones de los comunistas. El delegado de Túnez, por su
parte, ofreció su apoyo a la colaboración estrecha con el
movimiento panislámico, haciendo notar que contrariamente a los
PC inglés y francés, que no hacían nada sobre la
cuestión colonial, al menos los panislamistas unificaban a los
musulmanes contra sus opresores.
Las consecuencias de la política oportunista de los bolcheviques
El giro oportunista de los bolcheviques y de la Internacional comunista
sobre la cuestión colonial se basó, en gran parte, en la
idea de que había que encontrar aliados para luchar contra el asedio
de la Rusia soviética por parte del imperialismo. Los "izquierdistas"
actuales, al hacer la apología de esta política, argumentan
hoy que sirvió a la supervivencia de la Unión Soviética;
en realidad, como lo reconoció la Izquierda comunista italiana
en los años 30, el precio pagado por esa supervivencia fue la modificación
completa de lo que era el poder de los Soviets: de haber sido el baluarte
de la Revolución mundial, se había vuelto un jugador más
en la ruleta imperialista mundial. Las alianzas con las burguesías
de las colonias le permitieron integrarse en ese juego, pero a expensas
de los explotados y de los oprimidos de esas regiones: esto quedó
perfectamente ilustrado en el fracaso de la política de la Internacional
comunista en China en 1925-1927.
El abandono del método marxista riguroso sobre la cuestión
del Islam no fue sino una corriente más de un curso general hacia
el oportunismo. Sigue siendo hoy una justificación teórica
a la actitud abiertamente contrarrevolucionaria del izquierdismo moderno,
el cual no cesa de presentarnos a los Jomeini, Bin Laden y demás
ralea como luchadores contra el imperialismo, diciendo, eso sí,
que su combate y sus ideas son algo erróneos.
Cabe señalar que esos halagos a los nacionalistas musulmanes se
combinaron con un falso radicalismo con el que se intentó erradicar
la religión mediante campañas demagógicas. Esa fue
una de las características típicas del estalinismo cuando
realizó su "giro a la izquierda" a finales de los años
20.
Durante este período, la paciencia y la sensibilidad de la que
había dado pruebas Zhendotel se dejaron de lado sustituidas por
brutales campañas a favor del divorcio y contra el velo. En 1927,
según un informe de Trotski (19):
"Se organizaron mítines de masas durante los cuales miles
de participantes gritaban: "¡Abajo el paranya!", se arrancaban
el velo, lo embebían de gasolina y lo quemaban. (…) Protegidas
por la policía, recorrían las calles grupos de mujeres pobres,
arrancándoles el velo a las más ricas, buscando alimentos
escondidos y señalando con el dedo a quienes se apegaban a prácticas
tradicionales que se denunciaban entonces como criminales (…) Al
día siguiente, esas acciones sectarias y brutales se pagaron con
sangre: cientos de mujeres sin velo fueron asesinadas por sus familias,
y esta reacción fue alentada por el clero musulmán, el cual
ha interpretado los recientes terremotos como un castigo de Alá
por el rechazo a llevar velo. Antiguos rebeldes basmachi se reunieron
en una organización secreta contrarrevolucionaria, el Tash Kuran,
que se desarrolló gracias a su compromiso de preservar los valores
y las costumbres locales (el Narj)".
Todo esto estaba tan lejos de los métodos iniciales de la revolución
de Octubre como lo estaba el congreso de Bakú y su jerigonza sobre
la Guerra santa. La gran fuerza de los bolcheviques en 1917 había
sido su pleno compromiso en la lucha contra las ideologías ajenas
al proletariado, desarrollando su conciencia de clase y sus propias organizaciones.
Y ésa sigue siendo la única base para atajar la influencia
de la religión y de las demás ideologías reaccionarias.
Los islamistas: en sus orígenes, una corriente marginal
De lo anterior puede deducirse que el problema del "Islam político"
no es nuevo para el proletariado.
De hecho, todos los grupos islamistas "modernos" tienen sus
raíces en el movimiento de los Hermanos musulmanes (Ijwan al-Muslimûn),
la primera organización islamista importante moderna, fundada en
Egipto en 1928, y, desde entonces, extendida por más de 70 países.
Su fundador, Hassan al-Banna, proclamó la necesidad para los musulmanes
de "volver al camino recto" del Islam suní ortodoxo,
a la vez antídoto contra la corrupción creciente desde el
califato de los Omeyas y para "liberar" al mundo musulmán
de la dominación occidental. Ese combate podría desembocar
en la instauración de un auténtico Estado islámico,
el único que podría resistir a Occidente.
Los Hermanos pretendían seguir las huellas de Ahmed ibn Taimiyah
(1260-1327), que se opuso a los intentos de sabios musulmanes helenizados
de reducir el Islam y sus reglas de gobierno a simples funciones de la
razón humana. Según Ibn Taimiyah, un dirigente musulmán
estaba obligado a imponer a sus súbditos las leyes de Dios si era
necesario. El Islam de Ibn Taimiyah se proclamaba purísimo, liberado
de todos los añadidos modernos. Los Hermanos musulmanes tomaron
para su movimiento el modelo de los Salafiyah (Salafismo, purificación)
puritanos de los siglos XVII a XIX, que también procuraron llevar
a la práctica las ideas de Ibn Taimiyah.
De hecho, la clave del éxito de los Hermanos musulmanes es su gran
flexibilidad táctica, al estar listos para trabajar con cualquier
institución (parlamento, sindicato…) u organización
(estalinistas, liberales…) que pudiera servir para llevar a cabo
sus proyectos de "reislamización" de la sociedad. Para
Al-Banna, estaba, sin embargo, claro que el Estado islámico que
su movimiento proyectaba, prohibiría todas las organizaciones políticas.
Sayed Qutb, sucesor de Al-Banna en la jefatura del movimiento en 1948
(20), denunciaba por igual "la idolatría socialista o capitalista",
es decir el poner objetivos políticos por delante de las leyes
de Dios. Y añadía:
"Es necesario romper con la lógica y las costumbres de la
sociedad que nos rodea, construir el prototipo de la futura sociedad islámica
con los "verdaderos creyentes", y después, en el momento
oportuno entablar batalla contra la nueva jahiliya".
Hacia 1948, el movimiento había crecido considerablemente, pues
ya solo en Egipto contaba entre 300 y 600 mil militantes. Logró
sobrevivir a una feroz represión del Estado, entre 1948 y 1949,
y acabó reconstituyéndose. Fue durante un corto tiempo el
aliado de Naser y de su Movimiento de Oficiales libres que fomentó
el golpe de Estado en julio de 1952. Una vez en el poder, Naser encarceló
a muchos Hermanos musulmanes, poniendo al movimiento fuera de la ley.
Aunque en principio sigue hoy prohibido, el movimiento ha podido mandar
diputados al parlamento y controla cierta cantidad de organizaciones no
gubernamentales islámicas. Y dispone de un apoyo creciente entre
las masas urbanas desfavorecidas al poner a su disposición unos
servicios sociales que el Estado no proporciona.
El éxito de los Hermanos musulmanes es una referencia constante
para los grupos "fundamentalistas" más recientes, aunque
la mayoría de éstos se ha separado de aquéllos, tras
haber moderado su discurso en cuanto obtuvieron el apoyo de las masas
y unos cuantos escaños en el parlamento. Existen otros grupos que
se inspiran de los Hermanos por todas las partes del "mundo musulmán",
no sólo en Oriente Próximo sino también en Indonesia
y Filipinas, e incluso en otros países en donde los musulmanes
no son la mayoría de la población. De manera general estos
grupos se parecen más a los Hermanos musulmanes de origen (favorables
a la violencia terrorista), que a la fuerza relativamente moderada que
ahora son. En todos los casos, sin embargo, ninguno de esos grupos podría
existir sin el apoyo material de uno u otro Estado que los manipula para
sus propios objetivos en materia de política exterior. Fue así
cómo se fundó, en Gaza, Hamás (Movimiento de la Resistencia
islámica) gracias a Israel, quien esperaba así establecer
un contrapeso a la OLP. Pero a su vez, Hamás y la Organización
de la Yihad islámica han cooperado con la OLP y otras organizaciones
nacionalistas palestinas, también ellas manipuladas a su vez por
potencias extranjeras como Siria o la antigua Unión Soviética.
En Argelia, el GIA (Grupo islamista armado) recibe más o menos
abiertamente fondos y ayuda de Estados Unidos, país que, de esta
manera, procura debilitar la oposición de Francia a la única
superpotencia que ha quedado. Recientemente, en Indonesia, han sido manipulados
grupos islamistas por fracciones político-militares para, sucesivamente,
instalar o derrocar al Presidente. Más conocida todavía
fue la creación en Pakistán por Estados Unidos del movimiento
de los Talibanes de Afganistán, que fueron adiestrados con éxito
contra sus antiguos aliados islamistas (las variadas facciones muyahidin)
y que consiguieron llevar a Afganistán hacia el caos total. Estados
Unidos ayudó activamente a Usama bin Laden en su lucha contra el
imperialismo ruso, aportando un apoyo sin límites al grupo ahora
bien conocido con el nombre de Al Qaeda.
Otras variantes del modelo original son las proporcionadas por los grupos
venidos de la secta musulmana shií. Estado shií más
poblado, ha sido Irán la referencia de esas variantes, entre las
que se incluyen grupos presentes en otros países, especialmente
en Líbano e Irak. El propio Irán es un país a menudo
descrito como un Estado en el que el "fundamentalismo está
en el poder". Esto es una apariencia engañosa, pues el régimen
instaurado allá lo fue más para rellenar un vacío
que bajo la impulsión de una corriente "islamista". Cierto
es que en sus primeros años, el régimen de Jomeini se granjeó,
mediante acciones de masas, un apoyo popular hacia el Estado, proponiendo
un imposible "retorno" a unas condiciones parecidas a las de
la Arabia del siglo VII. Es, sin embargo, importante señalar que
los mulás de Irán (o sea el clero) si alcanzaron el poder
fue a causa de la extrema debilidad del proletariado iraní: los
obreros del sector petrolero, por ejemplo, estuvieron en huelga durante
seis meses, paralizando esa industria clave para Irán con el objetivo
de acabar con el régimen del Sha. Al ser la única fuerza
de oposición con objetivos políticos claros y con posibilidades
de funcionar en la legalidad, los mulás acabaron por acaparar el
control de la confusa movilización contra el Sha. Cabe señalar,
sin embrago, que los partidarios de Jomeini alcanzaron el poder, pero
después de haber retorcido hasta deformar por completo la doctrina
shií: desde la desaparición del último dirigente
shií, hace ya muchos siglos, los creyentes shiíes deben
oponerse resueltamente a todo poder político temporal (21).
Una vez en el poder, en febrero de 1979, los mulás aprovecharon
todas las ocasiones para extender su influencia hacia otros países,
entrenando, armando y proporcionando bases a grupos islamistas shiíes
que actúan en esos países, como la milicia del Hezbolá
(partido de Dios) en Líbano, que siempre apoyó a Jomeini.
E Irán se lo agradeció con una importante ayuda material
a partir de 1979 así como de su aliada Siria.
Afganistán ha producido otras variantes, al menos una por cada
grupo étnico importante de ese país. Aunque todos esos grupos
afganos comparten la noción de un Estado unitario islámico
("islamista", en realidad), les ha sido de lo más difícil
mantenerse unidos durante mucho tiempo, incluso y sobre todo tras haber
eliminado a los adversarios comunes. Las luchas intestinas sanguinarias
que siguieron al desmoronamiento del régimen prorruso en 1992,
convencieron al imperialismo US a dejar de apoyar esas fracciones, creando
una fuerza nueva más unitaria, los talibanes, que podrían
constituir un régimen estable proamericano. Esas disparatadas fracciones
islamistas de Afganistán son todas ellas culpables de matanzas
colectivas, de espeluznantes actos de crueldad: violaciones, torturas,
mutilaciones y matanzas de niños, sin olvidar su papel en el comercio
internacional de la droga que ha hecho de Afganistán el mayor exportador
de opio bruto del mundo.
No es posible, por falta de espacio, describir la totalidad de esos grupos
y de todos sus mutuos entrelazamientos. Como ya dijimos, los Hermanos
musulmanes fueron el paradigma, el modelo del "fundamentalismo islámico"
moder no. Existen múltiples versiones, tanto shiíes como
suníes, pero ninguna de ellas es enemiga verdadera del capitalismo
y del imperialismo, sino que forman plenamente parte del mundo "civilizado".
El fundamentalismo: un vástago de la civilización capitalista
agonizante
Ante la propaganda burguesa que nos habla de un "choque de civilizaciones",
de un combate a muerte entre "Occidente" y el "Islam militante",
propaganda transmitida tanto por los occidentales como por los partidarios
de Bin Laden, es importante mostrar que el islamismo actual es un producto
de la sociedad capitalista en plena época de su decadencia.
Esto es tanto más importante por cuanto la naturaleza de los movimientos
islamistas no es claramente comprendida por los grupos del medio político
proletario. En un artículo reciente (22) de su revista Revolutionary
Perspectives, el BIPR sostiene la idea de que el islamismo es el reflejo
de la incapacidad del capitalismo para eliminar por completo los vestigios
precapitalistas y, por ende, que no ha habido una real "revolución
burguesa" en el mundo musulmán. El artículo sigue así:
"Algunas hipótesis afirman que el islamismo no es más
que puro reflejo del modo de producción capitalista. Ni mucho menos:
el islamismo es la expresión confusa de la coexistencia de al menos
dos modos de producción"
Según ese mismo artículo, el islamismo "se ha convertido
en una ideología capaz de mantener el orden capitalista mediante
medidas ideológicas y culturales no capitalistas". En él
se afirma que:
"Contrariamente al cristianismo, el Islam no ha seguido un largo
proceso de secularización y de esclarecimiento…El mundo musulmán
ha permanecido relativamente sin cambios en el sentido histórico
y ha logrado, incluso en la era del capitalismo, conservar su vieja identidad,
pues el capitalismo no pudo ni quiso eliminar las estructuras precapitalistas
de la sociedad: por consiguiente Dios no ha muerto en Oriente".
Como prueba de esas afirmaciones, el artículo menciona la perpetuación
de lo que él llama ", "la antigua comunidad del clero estrechamente
vinculada al Bazar que "ha conseguido quedar en pie"
frente a la presión de la modernización. Como consecuencia
de ello, el artículo defiende la idea de que "el mundo musulmán
debe contener en su seno dos modos de producción y dos culturas".
El islamismo sacaría sus fuerzas de esa dualidad que le permitiría
aparecer como una alternativa al capitalismo de Estado. Aún siendo
"una pieza clave del orden capitalista", el islamismo, prosigue
el artículo, "está irónicamente en contradicción
con ese mismo orden, a ciertos niveles". Eso es un error. Es cierto
que ningún modo de producción existe en estado totalmente
puro. La esclavitud existió en épocas diferentes, en todas
las formas de sociedad de clases. Inglaterra, Estado capitalista más
antiguo, no ha terminado todavía por completo con su "aristocracia".
Y esto por solo dar dos ejemplos. Cierto es también que la penetración
del capitalismo en las regiones dominadas por la religión musulmana
se hizo tardíamente y de modo incompleto y que tampoco han conocido
un equivalente de revolución burguesa. Pero sean cuales sean los
vestigios del pasado que subsistan o sigan pesando en esas regiones, éstas
están sometidas por completo a la dominación de la economía
capitalista y forman plenamente parte de ella.
El Bazar, en el mundo musulmán, no es una institución que
esté fuera del capitalismo, ni más ni menos que la reliquia
viviente que es la Reina de Inglaterra o ese otro vestigio del feudalismo
y de antiguos regímenes que es el papa Juan Pablo II. En realidad,
los bazaris, los mercaderes capitalistas del Bazar de Teherán,
fueron un apoyo importante en el ascenso de Jomeini al poder iraní
en 1978-1979, y siguen siendo todavía una fracción capitalista
de la mayor importancia. Los desacuerdos, a veces violentos, entre bazaris
y otras fracciones del régimen iraní, más secularizadas
o influidas por Occidente, son contradicciones que se producen dentro
del capitalismo. Aunque esos conflictos puedan debilitar la economía
capitalista del país, la burguesía en su conjunto saca de
ellos un gran beneficio político, pues desvían al proletariado
iraní de su terreno de clase para llevarlo a la falsa alternativa
de apoyar a la fracción "reformista" o a la fracción
"radical" del capital iraní. Esto no tienen nada que
ver ni de lejos con "medidas ideológicas y culturales no capitalistas"
de que habla el artículo del BIPR.
Además, en Irán, los vínculos entre bazaris y dirigentes
políticos son más fuertes que en cualquier otro lugar, debido
a la historia del país y a la forma de Islam que en él se
practica, de modo que no puede usarse un ejemplo así para probar
que el islamismo tendría algo de "precapitalista". Al
contrario, algo común a las clases dominantes de los países
musulmanes es el uso muy eficaz de aspectos sociales procedentes de un
pasado precapitalista para ponerlos al servicio de unas necesidades muy
actuales de los capitalistas modernos. Por ello es por lo que la familia
real saudí, o Naser, o las fracciones políticas indonesias
y demás representantes de la rica clase capitalista, han utilizado
o rechazado, según las necesidades, a los grupos islámicos,
perfectamente capitalistas por muy reaccionarios que sean, y que, en palabras,
querrían reintroducir la sociedad precapitalista para abrirse camino
hacia el poder. Y no puede ser de otra manera. Por todas las partes del
ancho mundo, las fracciones capitalistas no han tenido el menor asco en
movilizar al personal más retrógrado para así alcanzar
sus propios objetivos, perfectamente "modernos" y más
todavía en este período de descomposición del capitalismo.
El capitalismo alemán lo demostró usando a un Hitler. Al
igual que los Hermanos Musulmanes, los partidarios de Jomeini y de Usama
bin Laden o de Adolf Hitler son una confusa mezcolanza de viejos restos
reaccionarios precapitalistas para servir los intereses de su clase dominante.
En este aspecto, el islamismo no es diferente, una ideología que
le debe muchas cosas a la ideología nazi, especialmente al adoptar
sin la menor reserva la idea de una conspiración judía mundial.
Y dicho sea de paso, esos tufillos racistas acentúan todavía
más la contradicción entre el islamismo y las enseñanzas
de origen del Corán, que predicaba la tolerancia hacia las demás
"Gentes del Libro".
Bajo ninguna de sus formas está el islamismo en contradicción
con el capital. Sí, es sin duda el reflejo del retraso económico
y social de los países musulmanes, pero es parte íntegra
del sistema capitalista y además, y sobre todo, el islamismo forma
parte plenamente de la decadencia y de la descomposición de ese
sistema. Hay que añadir que, lejos de ser una oposición
al capitalismo de Estado, la idea de un Estado islámico, justificador
de la intervención del Estado en cada aspecto de la vida social,
es una vía ideal para el capitalismo de Estado totalitario, que
es la forma característica que toma el capital en su período
de decadencia.
El fundamentalismo islámico se desarrolló como ideología
de una parte de la burguesía y de la pequeña burguesía
en su lucha contra las potencias coloniales y sus lacayos. Fue un movimiento
minoritario hasta finales de los años 1970 pues quienes ocupaban
ese espacio entonces eran los movimientos nacionalistas impregnados de
ideología estalinista. Los movimientos islamistas han alcanzado
una fuerza real en los países en los que la clase obrera es relativamente
poco numerosa o es reciente e inexperimentada. Los islamistas se autoproclaman
"guías de los pueblos oprimidos" (Jomeini). En Irán,
por ejemplo, los partidarios de Jomeini lograron captar, a finales de
los años 1970, a la masa de los paupérrimos habitantes de
las chabolas de Teherán para su movimiento, ungiéndose con
la mentira de que eran ellos los defensores de sus intereses, llamándoles
mustazifin, término religioso para designar a los menesterosos
y oprimidos. El capitalismo decadente, al irse hundiendo más y
más en la descomposición, no hace sino agudizar más
todavía las condiciones de vida de esas capas sociales. La marginación
de los islamistas en sus inicios trabaja ahora en su favor, pudiendo aparecer
como más dignos de crédito cuando proclaman que si todas
las ideologías no religiosas (desde la democracia al marxismo,
pasando por el nacionalismo) han fracasado es porque las masas han ignorado
las leyes de Dios. Son las mismas razones que las invocadas por los islamistas
en Turquía para "explicar" el terremoto de agosto de
1999, como así ya lo habían hecho los islamistas egipcios
para otro temblor de tierra ocurrido en los años 80.
Ese tipo de mistificaciones y patrañas atrae fácilmente
a las capas de la población más afectadas por la pobreza
y la desesperanza. A los pequeñoburgueses arruinados, a los habitantes
de chabolas sin la menor esperanza de trabajo e incluso obreros, ofrece
el espejismo de una "retorno" a aquel Estado perfecto que la
leyenda atribuye a Mahoma, un Estado que supuestamente protegería
a los pobres e impediría a los ricos hacer demasiados beneficios.
En otras palabras, un Estado presentado como el orden social "anticapitalista"
por excelencia. El tópico de los grupos islamistas es pretenderse
ni capitalistas ni socialistas, sino "islámicos" que
combatirían por la instauración de un estado islámico
siguiendo el modelo del antiguo Califato. Toda esa argumentación
se basa en una falsificación de la Historia: el Estado musulmán
originario existió mucho antes de la era capitalista. Se basaba
en una forma de explotación de clase, pero que, al igual que el
feudalismo occidental, no permitió un desarrollo de las fuerzas
productivas como lo ha hecho el capitalismo. Hoy, en cambio, cada vez
que un grupo islamista radical toma el control del Estado, no le queda
otra alternativa que la de ser el guardián encargado de mantener
las relaciones sociales capitalistas, intentando sacar la mayor ganancia
a la escala del Estado-nación. Ni los mulás iraníes,
ni los talibanes han podido salir fuera de esta ley de hierro.
Ese falso "anticapitalismo" viene acompañado de un tan
falso "internacionalismo" musulmán: los grupos islamistas
radicales tienen a menudo la pretensión de no ser vasallos de ninguna
nación particular, llamando a la fraternidad y a la unidad de los
musulmanes por el mundo entero. Esos grupos se presentan, y quienes se
les oponen dicen lo mismo, como algo único, como una ideología
y un movimiento que trascendería las fronteras nacionales para
formar un nuevo "bloque" aterrador, que amenazaría a
Occidente del mismo modo que el antiguo bloque "comunista".
Esto se debe en parte al hecho de que están vinculados a las redes
del crimen internacional: tráfico de armas (incluso, sin duda,
de medios de destrucción masiva como las armas químicas
o nucleares) y el narcotráfico: Afganistán es, como ya hemos
visto, el pivote de todo ello. En ese contexto, bin Laden, "señor
de la guerra"…imperialista, podrá ser visto por algunos
como una especie de último retoño de la "globalización",
o sea de la superación de las fronteras nacionales. Esto sólo
es verdad más que como expresión de una tendencia a la desintegración
de las unidades nacionales más débiles. El Estado "global"
musulmán no existirá nunca, pues tal idea siempre acabará
topándose contra la competencia entre burguesías musulmanas.
Por eso es por lo que, en su lucha tras semejante quimera, los muyaidines
siempre acaban obligados a integrarse en el gran juego imperialista, que
es donde se enfrentan todos los Estados nacionales.
Tras la "guerra santa", a la que convocan las bandas islamistas,
se oculta la realidad de la guerra tradicional que de "santa"
no tienen nada, a la que se libran las potencias imperialistas rivales.
Los verdaderos intereses de los explotados y oprimidos del mundo entero
no están en una mítica fraternidad musulmana, sino en la
guerra de clase contra la explotación y la opresión en todos
los países. Tampoco están en no se sabe qué retorno
al gobierno de Dios o de los Califas, sino en la creación revolucionaria
de la primera sociedad verdaderamente humana de la Historia.
Dawson, 6/1/2002
1) Marx, Contribución a la crítica de la filosofía
del derecho de Hegel.
2) Idem.
3) M. Rodinson, Mohammed, Ed. Penguin, 1983. Traducido del inglés
por nosotros, así como de otros libros en inglés citados en
este artículo.
4) Idem.
5) Idem.
6) Carta de Engels a Marx, 6 junio de 1853.
7) Saladino no solo era más culto que Ricardo; también era
mucho más compasivo con los no combatientes que lo eran los cruzados,
los cuales se ilustraron en matanzas de poblaciones enteras, sobre todo
de judíos. Por mucho que sus amigos y sus enemigos comparen a Bin
Laden con Saladino, sería más bien con los cruzados con quienes
habría que comparar a quien ha declarado, tras el primer atentado
con bomba contra el World Trade Center : "Matar a los americanos y
a sus aliados, civiles o militares, es un deber para todo musulmán".
Y en esos mismos términos justificó la carnicería del
11de septiembre de 2001 así como los atentados suicidas contra civiles
israelíes.
8) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Islam in the Soviet Union, Pall
Mall Press, 1967.
9) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Sultan Galiev, Le Père
de la révolution tiers-mondiste, Ed. Fayard, 1986, trad. del francés
por nosotros.
10) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Islam in the Soviet Union,
Pall Mall Press, 1967.
11) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Sultan Galiev..., op.cit.
12) Traducido de Manifestes, thèses et résolutions des quatre
premiers congrès mondiaux de l'Internationale communiste, 1919-1923,
Librairie du Travail, París, 1934. facsímil, La Brèche,
1984. Ver también: Jane Degras, The Communist International 1919-1943,
vol. 1, Franck Cass & Co, 1971.
13) Ver The Second Congress of the Communist International, New Park, 1977.
14) La Gauche hollandaise (La Izquierda holandesa), folleto de la CCI, en
francés.
15) Baku Congress of the Peoples of the East, New Park, 1977.
16) Angelica Balabanova, My Life as a Rebel.
17) Ver E.H Carr, A History of Soviet Russia, Macmillan, 1978.
18) Baku Congress of the Peoples of the East, New Park, 1977.
19) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Islam in the Soviet Union,
op. cit.
20) Hassan al-Banna fue asesinado por la policía secreta egipcia
el 12 de febrero de 1949, tras el asesinato del Primer ministro por los
Hermanos musulmanes, el 28 de diciembre de 1948.
21) Jomeini pretendía que un religioso descendiente directo de Mahoma
podría servir de regente de un Estado shií islámico,
en espera del "retorno" eventual del 12º imam.
22) Revolutionary Perspectives, publicación en inglés del
BIPR, nº 23.
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