Revista Internacional nº 109, 2º trimestre 2002

El resurgir del Islamismo : síntoma de la descomposición de las relaciones sociales capitalistas

NO ES la primera vez que el capitalismo justifica su marcha a la guerra mediante la noción de "choque de civilizaciones". En 1914, se mandó a los obreros al frente en nombre de la defensa de la "civilización" moderna contra la barbarie del knut ruso o del káiser germánico; en 1939 fue para defender la democracia contra las tinieblas del nazismo, entre 1945 y 1989 fue por la democracia contra el comunismo o, en los países "socialistas", contra el imperialismo. Hoy se nos sirve la cantinela de la defensa del "modo de vida occidental" contra el "fanatismo islámico" o, a la inversa, del "Islam contra los cruzados o los judíos". Todos esas consignas no son más que vociferaciones de rebato para la guerra imperialista; en otras palabras, son llamamientos para la lucha bélica entre fracciones rivales de la burguesía en plena época de descomposición del capitalismo decadente.
El artículo siguiente es una contribución para combatir esa idea de que el islamismo militante estaría fuera de la civilización burguesa e incluso que estaría contra ella. Intentaremos demostrar que es todo lo contrario: ese fenómeno no puede comprenderse sino como producto, expresión concentrada, del declive histórico de la civilización capitalista.
Un segundo artículo estudiará el enfoque marxista del combate contra la ideología religiosa en el proletariado.


Para Marx, es el capitalismo el que debilita los cimientos de la religión


Marx veía en la religión como "la conciencia y el sentimiento propio del hombre que o no se ha encontrado todavía a sí mismo o se ha vuelto ya a perder a sí mismo". La religión es pues "una conciencia errónea del mundo… la realización fantasmagórica de la conciencia humana, al no tener la esencia humana una realidad verdadera" (1) No es, sin embargo, una simple conciencia errónea, sino una respuesta a la opresión real (respuesta inapropiada que sólo conduce al fracaso):
"El desamparo religioso es, por un lado, la expresión del desamparo real y por otro, la protesta contra el desamparo real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, a la vez que es el espíritu de unas condiciones sociales de las que el espíritu está excluido. Es el opio del pueblo"
(2).
En oposición con aquellos filósofos del siglo XVIII que denunciaban la religión como no más que una obra de impostores, Marx afirmó que era necesario exponer las raíces reales, materiales, de la religión, en el marco de unas relaciones económicas de producción bien determinadas.
Pensaba con confianza que la humanidad podrá lograr emanciparse de esa falsa conciencia y alcanzar su pleno potencial en un mundo comunista sin clases.
Marx, de hecho, puso en evidencia hasta qué punto el desarrollo económico del capitalismo había debilitado las bases de la religión. En La Ideología alemana, por ejemplo, afirma que la industrialización capitalista redujo la religión a no ser otra cosa sino una simple mentira. Para liberarse, el proletariado debía perder sus ilusiones religiosas y destruir todos los obstáculos que le impidieran afirmarse como clase; pero las brumas de la religión acabarían siendo barridas por el propio capitalismo. De hecho, para Marx, era el propio capitalismo el que estaba destruyendo la religión, hasta el punto de que hablaba de ella como de algo ya muerto para el proletariado.


Los límites del materialismo burgués


Los seguidores de Marx pusieron de relieve que una vez que el capitalismo dejó de ser una fuerza revolucionaria para la transformación de la sociedad, hacia 1871, la burguesía volvió a inclinarse hacia el idealismo y la religión. En su texto: El ABC del comunismo (en torno al programa del Partido comunista ruso en 1919), Bujarin y Preobrazhenski explican las relaciones entre la Iglesia ortodoxa rusa y el viejo Estado feudal zarista. Bajo los zares, explican, el contenido principal de la educación era la religión: "mantener el fanatismo religioso, la estupidez y la ignorancia, fue de una importancia primordial para el Estado". La Iglesia y el Estado estaban "obligados a unir sus fuerzas contra las masas laboriosas y su alianza servía para fortalecer su dominio sobre los trabajadores". En Rusia, la burguesía emergente acabó entablando un conflicto contra la nobleza feudal, incluida la Iglesia en ésta, pues aquélla ansiaba poseer las inmensas rentas que esta última sacaba de la explotación de los trabajadores: "la base real de esta exigencia era el deseo de se transfiriera a la burguesía las rentas otorgadas a la Iglesia por el Estado".
Como la joven burguesía de la Europa occidental, la burguesía ascendente de Rusia llevó a cabo una campaña vigorosa por la separación total entre la Iglesia y el Estado. Sin embargo, en ningún lugar se llevó ese combate hasta el final, ni siquiera en Francia en donde el conflicto había sido especialmente enconado. La burguesía acabó por alcanzar un compromiso con la Iglesia: en la medida en que ésta se puso a desempeñar un papel de pilar del capitalismo, acabó uniéndose a la burguesía, pudiendo llevar a cabo sus actividades religiosas. Bujarin y Preobrazhenski atribuyen esto al hecho de que "por todas partes, el combate llevado a cabo por la clase obrera contra los capitalistas iba cobrando cada vez una mayor intensidad… Los capitalistas acabaron comprendiendo que era más ventajoso aliarse con la Iglesia, pagarle sus oraciones en nombre del combate contra el socialismo, utilizar su influencia sobre las masas incultas para así mantener vivo en sus mentes el sentimiento de ser esclavos que debían somerterse al Estado explotador".
Los burgueses de Europa occidental hicieron entonces las paces con el Clero, aún manteniendo en privado un comportamiento pretendidamente materialista. Como lo muestran en El ABC del comunismo Bujarin y Preobrazhenski, la clave de esa contradicción está en "el bolsillo de los explotadores". En su texto de 1938, Lenin filósofo, Anton Pannekoek, de la Izquierda comunista holandesa, explica por qué el materialismo naturalista de la burguesía progresista tuvo una vida muy corta:
'Mientras la burguesía pudo creer que su sociedad de propiedad privada, de libertad personal, de libre competencia, podía resolver, mediante el desarrollo de la industria, de las ciencias y la técnica, todos los problemas materiales de la humanidad, podía también creer de igual modo que los problemas teóricos podrían resolverse con la ciencia, sin necesidad de plantear hipótesis sobre la existencia de poderes sobrenaturales y espirituales. Por eso, en cuanto se comprobó que el capitalismo ya no podía resolver los problemas materiales de las masas, como lo demostró el auge de la lucha de clase del proletariado, desapareció la confianza en la filosofía racionalista. El mundo volvió a verse lleno de insolubles contradicciones e incertidumbres, fuerzas siniestras que amenazaban la civilización. Entonces la burguesía se volvió hacia diferentes creencias religiosas, y sus intelectuales y sabios se vieron sometidos a la influencia de tendencias místicas. No tardaron demasiado en descubrir las debilidades y los defectos de la filosofía materialista y a disertar sobre los límites de la ciencia y los enigmas insolubles del mundo" (Anton Pannekoek, Lenin filósofo).
Si ya esa tendencia estuvo presente en la fase ascendente del capitalismo, acabó siendo la regla desde el inicio del período de decadencia. Al haber alcanzado los límites de su expansión, el capitalismo en declive ha sido incapaz de crear un mundo plenamente a su imagen: ha dejado vastas regiones en el atraso y sin desarrollar. Este retraso económico y social es la base de la gran influencia que la religión todavía ejerce sobre esas zonas. Los bolcheviques se las vieron ante ese problema y tuvieron que incluir en su programa, en 1919, una sección que tratara específicamente de la religión, "expresión del retraso de las condiciones materiales y culturales de Rusia"
La burguesía está obligada a tener en cuenta el idealismo y la religión en el período de decadencia y eso, sobre todo, cuando todo su optimismo se resquebraja; se pudo comprobar con el nazismo y su profunda tendencia hacia el irracionalismo. En la etapa final de la decadencia del capitalismo, la descomposición, esas tendencias se han confirmado más todavía e incluso miembros de la burguesía (como el multimillonario Usama bin Laden) acaban tomándose en serio las creencias reaccionarias y obscurantistas que declaran. Como lo anotaban acertadamente Bujarin y Preobrazhenski: "si la clase burguesa empieza a creer en Dios y en la vida eterna será sencillamente porque empieza a darse cuenta de que su vida en este mundo está llegando a su fin" (El ABC…).
El brote de movimientos irracionalistas entre las masas de las regiones más desfavorecidas cobra cada día más importancia en este período de descomposición, en donde aparece con mayor claridad cada día la ausencia del menor porvenir para el sistema y en el que la vida social, en las zonas más débiles de la periferia del capitalismo, tiende a desintegrarse. Por todas las partes del mundo, como ocurrió en los períodos últimos de los modos anteriores de producción, estamos asistiendo al auge de las sectas, de los cultos suicidas apocalípticos y de los diferentes fundamentalismos. Y es islamismo es una expresión de esa tendencia general. Antes de examinar su expansión debemos volver, sin embargo, a los orígenes históricos del Islam como religión mundial.


Los orígenes históricos del Islam


Cuando se fundó en el siglo VIIº en la región del Heyaz, en el oeste de Arabia, el Islam viene a ser, resumiendo a grandes rasgos, una síntesis entre judaísmo, cristianismo bizantino y asirio y de las religiones antiguas de Persia así como de otras creencias locales monoteístas como la Hanifiya. Esta rica mezcla se adaptaba a las necesidades de una sociedad en plenos trastornos sociales, económicos y políticos. Dominado por la ciudad de La Meca, el Heyaz era en aquel entonces la principal encrucijada comercial de Oriente Próximo. Arabia se encontraba entre dos grandes imperios: Persia y su dinastía sasánida y Bizancio, imperio romano de Oriente. En esta situación, la clase dominante de La Meca animaba a los comerciantes de paso a colocar sus dioses paganos personales en la Kaaba, un santuario religioso local, para que pudieran adorarlos en él en cada una de sus visitas. Esta idolatría proporcionaba riquezas importantes a los ricos habitantes de la ciudad.
Durante unos cien años, La Meca fue una sociedad próspera, dirigida por una aristocracia tribal, en donde se utilizaba escasamente el trabajo de esclavos, con un comercio pujante con regiones muy lejanas y con los ingresos suplementarios de la Kaaba. Sin embargo cuando Mahoma alcanzó la edad adulta, la sociedad estaba inmersa en una crisis profunda. Y esta estalló amenazando con hundirse en una guerra interminable entre las diferentes tribus.
En las propias inmediaciones de La Meca y de Yathrib, segunda ciudad de la región, la actual Medina, vivían los beduinos de austeras y altivas tribus nómadas independientes, las cuales, al principio, se habían beneficiado del enriquecimiento de los centros urbanos de la región; mediante préstamos otorgados por los ricos ciudadanos habían podido mejorar su nivel de vida. Pero se vieron cada día más en la imposibilidad de reembolsar sus deudas, una situación que acabaría provocando una situación explosiva. Se aceleraba la desintegración de las tribus, tanto en las ciudades como en los oasis del desierto. Los beduinos eran "vendidos como esclavos o reducidos a un estado de dependencia…los límites habían sido traspasados". Más precisamente:
"Inevitablemente, esas transformaciones económicas y sociales vinieron acompañadas por cambios intelectuales y morales. Quienes tenían olfato para los negocios prosperaban. Las virtudes tradicionales de los hijos del desierto, los beduinos, ya no eran el camino del éxito. Saber aprovecha su suerte y ser codicioso era mucho más útil. Los ricos se habían vuelto orgullosos y arrogantes, glorificando su éxito como algo personal y no como algo que interesaba a la tribu entera. Se iban debilitando los vínculos de sangre, siendo sustituidos por otros basados en el interés" (3).
Y más lejos en ese mismo libro:
"La iniquidad triunfaba en el seno de las tribus. Los ricos y poderosos oprimían a los pobres. Se conculcaban cada día las leyes ancestrales. Se vendía como esclavos al débil y al huérfano. Se atropellaba el antiguo código del honor, de la decencia y de la moral. El pueblo no sabía ya a qué dioses servir y adorar" (4).
Esta última frase es muy significativa: en unas sociedades en las que la religión era el único medio posible para estructurar la vida cotidiana, su situación expresaba claramente la gravedad de la crisis social. El Islam llama a ese período de la historia de Arabia, la yahiliia, o era de la ignorancia, afirmando que durante ese período no había límites para la inmoralidad, la crueldad, la práctica de una poligamia y el asesinato de le recién nacidos de sexo femenino.
La Arabia de entonces estaba desgarrada tanto por las rivalidades entre sus propias tribus, en guerra de todos contra todos, como por las amenazas y las ambiciones de las civilizaciones vecinas. Intervinieron también otros factores más globales. En Arabia se sabía que los imperios persa y romano estaban pasando por serias dificultades tanto internas como externas, a punto de desmoronarse. Muchos veían en ello "la proclamación del fin del mundo" (5) La mayor parte del mundo civilizado estaba también al borde del caos.
Engels analizó el ascenso del Islam como "una reacción de los beduinos contra los ciudadanos, poderosos pero degenerados, y que en aquel tiempo profesaban una religión decadente, mezcla de un depravado culto naturalista con el judaísmo y el cristianismo" (6).
Nacido en La Meca en el 570 después de JC, pero educado en parte por beduinos del desierto, profundamente influido por las corrientes intelectuales procedentes del mundo entero que recorrían Arabia, especialmente el Heyaz, Mahoma, hombre de reflexión y propenso a la meditación, fue el vehículo ideal para resolver la crisis de las relaciones sociales que sacudía su ciudad y región. El inicio de su ministerio en 610 hizo de él el hombre de la situación.
Arabia entera estaba madura para el cambio. Estaba en condiciones para que en ella emergiera un Estado panárabe, capaz de superar el separatismo tribal y de poner a la sociedad sobre nuevos cimientos económicos y por lo tanto sociales y políticos. El Islam dio la prueba de que era el instrumento perfectamente adaptado para cumplirlo. Mahoma enseñó a los árabes que el caos creciente de su sociedad se debía a que se habían alejado de las leyes divinas (la Sharia) y que debían someterse a esas leyes si querían evitar la condena eterna. La nueva religión denunció la crueldad y las guerras intertribales, declarando no sólo que los musulmanes eran todos hermanos, sino que como hombres y mujeres que eran tenían la obligación de unirse. El Islam (literalmente sumisión a Dios) proclamó que era Dios mismo (Alá) quien lo pedía. El Islam puso fuera de la ley la depravación (el alcohol, las blasfemias y los juegos de azar quedaron prohibidos), se prohibió la crueldad (por ejemplo, se incitó a los propietarios de esclavos a libertarlos), se limitó la poligamia a cuatro esposas para cada creyente varón (cada una de ellas debería ser tratada con ecuanimidad, lo que llevó a algunos a afirmar que esta práctica estaba fuera de la ley), los hombres y las mujeres desempeñaban funciones sociales diferentes, pero la mujer estaba autorizada a trabajar y a escoger ella misma a su marido; el asesinato fue estrictamente prohibido, incluido el infanticidio. El Islam enseñó también a los árabes que no bastaba con rezar y evitar el pecado; la sumisión a Dios significaba que todas las esferas de la existencia debían someterse a la voluntad de Dios, o sea que el Islam ofrecía un marco para cada cosa, incluida la vida económica y política de una sociedad.
En las condiciones de entonces, no es sorprendente que la nueva religión atrajera muy pronto a numerosos fieles, tras haber fracasado todos los intentos de las clases dominantes de La Meca por destruirla físicamente. Fue el instrumento ideal para echar abajo la sociedad árabe de entonces y las sociedades vecinas. Pero la época dorada musulmana no podía durar siempre. Ocurrió que los sucesores de Mahoma, los califas, elegidos para dirigir el mundo musulmán en función de su supuesta fidelidad al mensaje mahometano, fueron de hecho sustituidos por dinastías cada vez más corruptas que reivindicaban el cargo como algo hereditario. La transformación quedó rematada cuando la dinastía de los Omeyas accedió al califato (680-750). Sin embargo, es claro que cuando surgió, el Islam significó un avance en la evolución histórica, de ahí su fuerza inicial y el alcance de su visión. Y aunque, inevitablemente, la civilización musulmana medieval no logró vivir según los ideales de Mahoma, fue sin embargo un marco para una serie de avances fulgurantes en ámbitos como la medicina, las matemáticas y otros sectores del saber humano. Aunque el despotismo oriental en que se basó acabaría llevándolo a un estéril atolladero al que lo condenaba ese modo de producción, en el momento en que alcanzó la apogeo de su desarrollo, hacía aparecer, por contraste, a la sociedad feudal occidental como tosca y oscurantista. Esto quedó simbólicamente plasmado en el enorme foso cultural que separaba a Ricardo Corazón de León y Saladino en la época de las cruzadas (7) o en el contraste en todos los aspectos entre la España musulmana (Al-Andalus) y la España cristiana en la misma época. Podría incluso añadirse que el foso es todavía mayor entre la cultura musulmana en su mayor esplendor y el oscurantismo del fundamentalismo de nuestros días.


Los bolcheviques y el "nacionalismo musulmán"


Los marxistas reconocieron los aspectos progresistas del Islam en sus orígenes, pero ¿cómo analizaron su papel en un período de revolución proletaria, en el que todas las religiones se han vuelto un obstáculo para la emancipación de la humanidad? Es muy instructivo examinar brevemente la política de los bolcheviques en este aspecto.
Menos de un mes después de la victoria de la revolución de Octubre de 1917, los bolcheviques difundieron una proclama, A todos los Trabajadores musulmanes de Rusia y del Este, en la que declaraban estar del lado de "todos aquellos cuyas mezquitas y oratorios han sido destruidos, cuyas creencias y costumbres han sido atropelladas bajo la bota de los zares y de los opresores de Rusia". Los bolcheviques se comprometían así:
"Desde ahora vuestras creencias y costumbres, vuestras instituciones nacionales y culturales son libres e inviolables (…). Sabed que vuestros derechos, como los de los demás pueblos de Rusia, están bajo la poderosa salvaguardia de la Revolución y de sus organismos, los soviets de obreros, soldados y campesinos".
Esa política significó un cambio radical respecto a la de los zares, los cuales siempre y de manera sistemática había intentado por la fuerza, de manera violenta a menudo, asimilar a las poblaciones musulmanas, después de la conquista del Asia central a partir del siglo XVI. No es pues de extrañar que, en reacción a la violencia zarista, las poblaciones musulmanas de esas regiones se aferraran al Islam, que era su herencia religiosa y cultural. Salvo raras y notables excepciones, los musulmanes de Asia central no participaron activamente en la Revolución de Octubre, que se centró sobre todo en Rusia: "Las organizaciones nacionales musulmanas permanecieron como espectadores indiferentes a la causa bolchevique" (8). Sultan-Galiev, el "co mu nista musulmán" que desempeñó un papel importante, declaró unos cuantos años después de la Revolución:
"Si hacemos balance de la revolución de Octubre y de la participación de los tártaros, debemos admitir que las masas laboriosas y las capas desheredadas tártaras no han tenido la menor parte en ella" (9).
La actitud de los bolcheviques hacia los musulmanes de Asia central estuvo determinada por imperativos de orden externo y a la vez interno. Por un lado, el nuevo régimen tenía que adaptarse a la situación: los territorios del antiguo imperio zarista eran en su mayoría musulmanes. Los bolcheviques estaban convencidos de que esos territorios de Asia central eran imprescindibles, tanto estratégica como económicamente, para la supervivencia de la Rusia revolucionaria. Cuando los nacionalistas musulmanes se rebelaron contra el nuevo gobierno de Moscú, la respuesta de las autoridades, en la mayoría de los casos, fue tomar medidas brutales. Tras la rebelión en Turquestán, por ejemplo, la réplica de las unidades militares del Soviet de Tashkent fue la de arrasar la ciudad de Kolanda. Lenin mandó allá una comisión especial en noviembre de 1919, para, decía, "restablecer relaciones correctas entre el régimen soviético y los pueblos de Turquestán" (10).
Un ejemplo de este proceder ante los problemas planteados por las regiones musulmanas fue la creación por los bolcheviques de la organización Zhendotel (Departamento de mujeres obreras y campesinas) para trabajar entre las mujeres musulmanas en Asia central soviética. Zhendotel centró más especialmente su acción en el problema de la religión en esos territorios muy atrasados económicamente. En sus inicios, Zhendotel adoptó un método paciente y sensible hacia los delicados problemas a que se veía encarado. Los miembros femeninos de la organización usaban incluso el paranya (un velo islámico que tapaba totalmente la cara) en las discusiones organizadas con mujeres musulmanas.
Mientras que algunas organizaciones nacionalistas musulmanas se unieron durante algún tiempo a la contrarrevolución durante la guerra civil de 1918-1920, la mayoría acabó aceptando de mala gana el régimen bolchevique, que les parecía un mal menor después de haber sufrido los desmanes de los ejércitos blancos de Denikin. Muchos de los "nacionalistas musulmanes" entraron en el Partido comunista y numerosos fueron los que ocuparon puestos de alto rango en el gobierno. Pero sólo una cantidad muy limitada de ellos parecía estar convencida de la validez del marxismo. El célebre tártaro Sultan-Galiev era el representante bolchevique ante el Comisariado musulmán (formado en enero de 1918), era miembro del Colegio interno del Comisariado del pueblo para las Nacionalidades (Narkomnats), redactor jefe de la revista Zhizn Natsionalnostei, profesor de la Universidad de los Pueblos del Este y dirigente del ala izquierda de los "Nacionalistas musulmanes". Pero incluso esa figura emblemática de los reclutados entre los nacionalistas musulmanes, fue en el mejor de los casos un "comunista nacional" como se designó a sí mismo en el periódico tártaro Qoyash (El Sol) en 1918, al explicar su adhesión al Partido bolchevique en octubre de 1917 en estos términos: "He llegado al bolchevismo por amor de mi pueblo, un amor que tanto peso tiene en mi corazón" (11).
Por otro lado, los bolcheviques comprendieron que su revolución, para sobrevivir, necesitaba que se unieran a ella los obreros de los demás países. El fracaso de las revoluciones en los países occidentales desarrollados, especialmente en Alemania, los llevó a contemplar cada vez más la posibilidad de una oleada "nacionalista revolucionaria" en Oriente. Esta política no tiene nada de proletaria, pero como se estaban haciendo notar los primeros signos de un retroceso de la oleada revolucionaria y a causa del aislamiento creciente de la Revolución rusa, los bolcheviques se iban escorando cada vez más hacia ese enfoque oportunista del "nacionalismo revolucionario", creyendo que acabaría desembocando en revolución proletaria. Pero, por el momento, la "cuestión de Oriente" - el apoyo a las luchas de "liberación nacional" en Oriente Próximo y en Asia - se concebía como el medio para liberar a la Rusia soviética del avasallamiento del imperialismo británico.


La Internacional comunista y el movimiento panislámico


Fue en ese contexto en el que los bolcheviques acabaron llevando a hacer evolucionar la actitud de la Internacional comunista (IC) hacia los movimientos panislámicos. En su segundo congreso, en 1920, la IC puso de manifiesto que las enormes presiones ejercidas por las fuerzas de la contrarrevolución, a la vez desde dentro y desde fuera de Rusia, empezaban a doblegarla. Se empezaron a hacer concesiones a la línea oportunista con la vana esperanza de que disminuyera la hostilidad del mundo capitalista hacia la sociedad soviética. Los comunistas se vieron obligados a organizarse en los sindicatos burgueses, aliarse con los partidos socialistas y laboristas, abiertamente proimperialistas, y apoyar a los movimientos de la pretendida "liberación nacional" en los países subdesarrollados. Las "Tesis sobre la cuestión nacional y colonial" - que debían servir para justificar el apoyo a los "movimientos de liberación nacional" - fueron preparadas por Lenin para el Congreso y adoptadas con solo tres abstenciones.
Y así, el segundo congreso diseñó las grandes líneas de la colaboración con los musulmanes. En las "Tesis", Lenin declaraba:
"Es necesario luchar contra el panislamismo, el panasiatismo, y otras corrientes de esta índole que tratan de combinar el movimiento de liberación contra el imperialismo europeo y norteamericano con el fortalecimiento del poder del imperialismo turco y japonés, de la nobleza, de los terratenientes, del clero, etc." (12).
Aunque votó la resolución, Sneevliet, representante de las Indias orientales holandesas (actual Indonesia), afirmó que una organización de masas islamista estaba presente allí. Sneevliet declaro que Sarekat Islam (Unión islámica), había adquirido un "carácter de clase", adoptando un programa anticapitalista. Esos "hadjis comunistas" (con el-hadj se designa a quien ha peregrinado a La Meca), insistía él, eran necesarios a la Revolución comunista (13). Esta no era otra política más que la continuación de la desarrollada por la antigua Unión socialdemócrata indonesia (ISDV), cuya mayoría formará más tarde el Partido comunista indonesio (PKI), fundado en mayo de 1920. Desde el principio los marxistas indonesios tuvieron una relación de lo más ambiguo con el Islam radical, como ya lo ha puesto de relieve la CCI:
"Había miembros indonesios del ISDV, que también eran miembros e incluso dirigentes del movimiento islámico. Durante la guerra (Primera Guerra mundial), el ISVD reclutó una cantidad considerable de indonesios miembros del Sarekat Islam, que contaba con unos 20 000… Esta política prefiguró, de manera embrionaria, la que se llevaría a cabo en China después de 1921 - con el apoyo de Sneevliet y de la Internacional comunista - de formar un frente unido que desembocara incluso en la fusión de organizaciones nacionalistas y comunistas (el Kuomintang y el PC chino)…
Es significativo que en el seno de la Internacional comunista, Sneevliet representara a la vez al PKI y al ala izquierda de Sarekat Islam. Esta alianza con la clase burguesa indígena musulmana iba a durar hasta 1923"
(14).

El Congreso de Bakú de los Pueblos de Oriente


La primera aplicación de esas "Tesis sobre la cuestión nacional y colonial" fue lo que se llamó "Congreso de los pueblos de Oriente", celebrado en Bakú (Azerbaiyán) en septiembre de 1920, poco después de la clausura del segundo congreso de la Internacional comunista. Como mínimo, una cuarta parte de los delegados a la conferencia no eran comunistas, y entre ellos había burgueses nacionalistas y panislamistas, abiertamente anticomunistas. En esta conferencia, presidida por Zinoviev, se llamó a la "guerra santa" (términos utilizados por el propio Zinoviev) contra los opresores extranjeros y del interior, a favor de gobiernos obreros "y campesinos" por todo Oriente Próximo y Asia con el fin de debilitar el imperialismo, especialmente el británico.
Para los bolcheviques se trataba de establecer una "indefectible alianza" con gente de lo más dispar con el objetivo principal de aflojar el acorralamiento de Rusia por parte del imperialismo. Toda la substancia oportunista de esa política fue expuesta por Zinoviev en la sesión de apertura del congreso, cuando describió al conjunto de los delegados a la conferencia, y a través de ellos a los movimientos y Estados que representaban, como la "segunda espada" de Rusia y a los que Rusia "consideraba como hermanos y camaradas de lucha" (15). Fue la primera conferencia "antiimperialista" (o sea interclasista) celebrada en nombre del comunismo.
John Reed, pionero del comunismo en Estados Unidos, acabó asqueado por los trabajos del congreso, al que asistía. Angélica Balabanova (16) cuenta en su libro: "Jack (John Reed) habló con amargura de la demagogia y del aparato que caracterizaron el congreso de Bakú, así como de la manera con la que las poblaciones indígenas y los delegados de Extremo Oriente habían sido tratados" (17). Un "Llamamiento del partido comunista de Holanda a los pueblos de Oriente representados en Bakú" apareció en la edición en francés de los trabajos del congreso y sin duda se repartió entre los delegados. Ese llamamiento afirmaba que "miles de indonesios"se habían encontrado "unidos en el combate común contra los opresores holandeses" mediante el movimiento panislámico Sarekat Islam, y que este movimiento se adhería al llamamiento para saludar el congreso.
Durante el congreso, Radek, del partido bolchevique, evocó abiertamente la imagen de los ejércitos conquistadores de los antiguos sultanes otomanos musulmanes, declarando: "Apelamos, camaradas (sic), a los sentimientos guerreros que inspiraron antaño a los pueblos de Oriente, cuando guiados por sus grandes conquistadores, avanzaron hacia Europa" (18). Menos de tres meses después del congreso de Bakú, que había saludado al nacionalista turco Mustafá Kemal (Kemal Atatürk), éste asesinaba a todos los dirigentes del Partido comunista turco. En su cuarto congreso, la Internacional comunista llevó más lejos todavía la revisión de su programa. Como introducción a las "Tesis sobre la cuestión de Oriente", adoptadas por unanimidad, el delegado holandés Van Ravensteyn, declaró que "la independencia del mundo oriental en su conjunto, la de Asia y la de los pueblos musulmanes, significaba en sí misma el final del imperialismo occidental". Previamente, durante el congreso, Malaka, delegado de las Indias orientales holandesas, declaró que los comunistas habían colaborado estrechamente en la región con Sarekat Islam, hasta que en 1921 se separaron por disensiones. Malaka afirmó que la hostilidad hacia el movimiento panislámico, que expresaban las Tesis del segundo congreso había debilitado las posiciones de los comunistas. El delegado de Túnez, por su parte, ofreció su apoyo a la colaboración estrecha con el movimiento panislámico, haciendo notar que contrariamente a los PC inglés y francés, que no hacían nada sobre la cuestión colonial, al menos los panislamistas unificaban a los musulmanes contra sus opresores.

Las consecuencias de la política oportunista de los bolcheviques


El giro oportunista de los bolcheviques y de la Internacional comunista sobre la cuestión colonial se basó, en gran parte, en la idea de que había que encontrar aliados para luchar contra el asedio de la Rusia soviética por parte del imperialismo. Los "izquierdistas" actuales, al hacer la apología de esta política, argumentan hoy que sirvió a la supervivencia de la Unión Soviética; en realidad, como lo reconoció la Izquierda comunista italiana en los años 30, el precio pagado por esa supervivencia fue la modificación completa de lo que era el poder de los Soviets: de haber sido el baluarte de la Revolución mundial, se había vuelto un jugador más en la ruleta imperialista mundial. Las alianzas con las burguesías de las colonias le permitieron integrarse en ese juego, pero a expensas de los explotados y de los oprimidos de esas regiones: esto quedó perfectamente ilustrado en el fracaso de la política de la Internacional comunista en China en 1925-1927.
El abandono del método marxista riguroso sobre la cuestión del Islam no fue sino una corriente más de un curso general hacia el oportunismo. Sigue siendo hoy una justificación teórica a la actitud abiertamente contrarrevolucionaria del izquierdismo moderno, el cual no cesa de presentarnos a los Jomeini, Bin Laden y demás ralea como luchadores contra el imperialismo, diciendo, eso sí, que su combate y sus ideas son algo erróneos.
Cabe señalar que esos halagos a los nacionalistas musulmanes se combinaron con un falso radicalismo con el que se intentó erradicar la religión mediante campañas demagógicas. Esa fue una de las características típicas del estalinismo cuando realizó su "giro a la izquierda" a finales de los años 20.
Durante este período, la paciencia y la sensibilidad de la que había dado pruebas Zhendotel se dejaron de lado sustituidas por brutales campañas a favor del divorcio y contra el velo. En 1927, según un informe de Trotski (19):
"Se organizaron mítines de masas durante los cuales miles de participantes gritaban: "¡Abajo el paranya!", se arrancaban el velo, lo embebían de gasolina y lo quemaban. (…) Protegidas por la policía, recorrían las calles grupos de mujeres pobres, arrancándoles el velo a las más ricas, buscando alimentos escondidos y señalando con el dedo a quienes se apegaban a prácticas tradicionales que se denunciaban entonces como criminales (…) Al día siguiente, esas acciones sectarias y brutales se pagaron con sangre: cientos de mujeres sin velo fueron asesinadas por sus familias, y esta reacción fue alentada por el clero musulmán, el cual ha interpretado los recientes terremotos como un castigo de Alá por el rechazo a llevar velo. Antiguos rebeldes basmachi se reunieron en una organización secreta contrarrevolucionaria, el Tash Kuran, que se desarrolló gracias a su compromiso de preservar los valores y las costumbres locales (el Narj)".
Todo esto estaba tan lejos de los métodos iniciales de la revolución de Octubre como lo estaba el congreso de Bakú y su jerigonza sobre la Guerra santa. La gran fuerza de los bolcheviques en 1917 había sido su pleno compromiso en la lucha contra las ideologías ajenas al proletariado, desarrollando su conciencia de clase y sus propias organizaciones. Y ésa sigue siendo la única base para atajar la influencia de la religión y de las demás ideologías reaccionarias.


Los islamistas: en sus orígenes, una corriente marginal


De lo anterior puede deducirse que el problema del "Islam político" no es nuevo para el proletariado.
De hecho, todos los grupos islamistas "modernos" tienen sus raíces en el movimiento de los Hermanos musulmanes (Ijwan al-Muslimûn), la primera organización islamista importante moderna, fundada en Egipto en 1928, y, desde entonces, extendida por más de 70 países. Su fundador, Hassan al-Banna, proclamó la necesidad para los musulmanes de "volver al camino recto" del Islam suní ortodoxo, a la vez antídoto contra la corrupción creciente desde el califato de los Omeyas y para "liberar" al mundo musulmán de la dominación occidental. Ese combate podría desembocar en la instauración de un auténtico Estado islámico, el único que podría resistir a Occidente.
Los Hermanos pretendían seguir las huellas de Ahmed ibn Taimiyah (1260-1327), que se opuso a los intentos de sabios musulmanes helenizados de reducir el Islam y sus reglas de gobierno a simples funciones de la razón humana. Según Ibn Taimiyah, un dirigente musulmán estaba obligado a imponer a sus súbditos las leyes de Dios si era necesario. El Islam de Ibn Taimiyah se proclamaba purísimo, liberado de todos los añadidos modernos. Los Hermanos musulmanes tomaron para su movimiento el modelo de los Salafiyah (Salafismo, purificación) puritanos de los siglos XVII a XIX, que también procuraron llevar a la práctica las ideas de Ibn Taimiyah.
De hecho, la clave del éxito de los Hermanos musulmanes es su gran flexibilidad táctica, al estar listos para trabajar con cualquier institución (parlamento, sindicato…) u organización (estalinistas, liberales…) que pudiera servir para llevar a cabo sus proyectos de "reislamización" de la sociedad. Para Al-Banna, estaba, sin embargo, claro que el Estado islámico que su movimiento proyectaba, prohibiría todas las organizaciones políticas. Sayed Qutb, sucesor de Al-Banna en la jefatura del movimiento en 1948 (20), denunciaba por igual "la idolatría socialista o capitalista", es decir el poner objetivos políticos por delante de las leyes de Dios. Y añadía:
"Es necesario romper con la lógica y las costumbres de la sociedad que nos rodea, construir el prototipo de la futura sociedad islámica con los "verdaderos creyentes", y después, en el momento oportuno entablar batalla contra la nueva jahiliya".
Hacia 1948, el movimiento había crecido considerablemente, pues ya solo en Egipto contaba entre 300 y 600 mil militantes. Logró sobrevivir a una feroz represión del Estado, entre 1948 y 1949, y acabó reconstituyéndose. Fue durante un corto tiempo el aliado de Naser y de su Movimiento de Oficiales libres que fomentó el golpe de Estado en julio de 1952. Una vez en el poder, Naser encarceló a muchos Hermanos musulmanes, poniendo al movimiento fuera de la ley. Aunque en principio sigue hoy prohibido, el movimiento ha podido mandar diputados al parlamento y controla cierta cantidad de organizaciones no gubernamentales islámicas. Y dispone de un apoyo creciente entre las masas urbanas desfavorecidas al poner a su disposición unos servicios sociales que el Estado no proporciona.
El éxito de los Hermanos musulmanes es una referencia constante para los grupos "fundamentalistas" más recientes, aunque la mayoría de éstos se ha separado de aquéllos, tras haber moderado su discurso en cuanto obtuvieron el apoyo de las masas y unos cuantos escaños en el parlamento. Existen otros grupos que se inspiran de los Hermanos por todas las partes del "mundo musulmán", no sólo en Oriente Próximo sino también en Indonesia y Filipinas, e incluso en otros países en donde los musulmanes no son la mayoría de la población. De manera general estos grupos se parecen más a los Hermanos musulmanes de origen (favorables a la violencia terrorista), que a la fuerza relativamente moderada que ahora son. En todos los casos, sin embargo, ninguno de esos grupos podría existir sin el apoyo material de uno u otro Estado que los manipula para sus propios objetivos en materia de política exterior. Fue así cómo se fundó, en Gaza, Hamás (Movimiento de la Resistencia islámica) gracias a Israel, quien esperaba así establecer un contrapeso a la OLP. Pero a su vez, Hamás y la Organización de la Yihad islámica han cooperado con la OLP y otras organizaciones nacionalistas palestinas, también ellas manipuladas a su vez por potencias extranjeras como Siria o la antigua Unión Soviética. En Argelia, el GIA (Grupo islamista armado) recibe más o menos abiertamente fondos y ayuda de Estados Unidos, país que, de esta manera, procura debilitar la oposición de Francia a la única superpotencia que ha quedado. Recientemente, en Indonesia, han sido manipulados grupos islamistas por fracciones político-militares para, sucesivamente, instalar o derrocar al Presidente. Más conocida todavía fue la creación en Pakistán por Estados Unidos del movimiento de los Talibanes de Afganistán, que fueron adiestrados con éxito contra sus antiguos aliados islamistas (las variadas facciones muyahidin) y que consiguieron llevar a Afganistán hacia el caos total. Estados Unidos ayudó activamente a Usama bin Laden en su lucha contra el imperialismo ruso, aportando un apoyo sin límites al grupo ahora bien conocido con el nombre de Al Qaeda.
Otras variantes del modelo original son las proporcionadas por los grupos venidos de la secta musulmana shií. Estado shií más poblado, ha sido Irán la referencia de esas variantes, entre las que se incluyen grupos presentes en otros países, especialmente en Líbano e Irak. El propio Irán es un país a menudo descrito como un Estado en el que el "fundamentalismo está en el poder". Esto es una apariencia engañosa, pues el régimen instaurado allá lo fue más para rellenar un vacío que bajo la impulsión de una corriente "islamista". Cierto es que en sus primeros años, el régimen de Jomeini se granjeó, mediante acciones de masas, un apoyo popular hacia el Estado, proponiendo un imposible "retorno" a unas condiciones parecidas a las de la Arabia del siglo VII. Es, sin embargo, importante señalar que los mulás de Irán (o sea el clero) si alcanzaron el poder fue a causa de la extrema debilidad del proletariado iraní: los obreros del sector petrolero, por ejemplo, estuvieron en huelga durante seis meses, paralizando esa industria clave para Irán con el objetivo de acabar con el régimen del Sha. Al ser la única fuerza de oposición con objetivos políticos claros y con posibilidades de funcionar en la legalidad, los mulás acabaron por acaparar el control de la confusa movilización contra el Sha. Cabe señalar, sin embrago, que los partidarios de Jomeini alcanzaron el poder, pero después de haber retorcido hasta deformar por completo la doctrina shií: desde la desaparición del último dirigente shií, hace ya muchos siglos, los creyentes shiíes deben oponerse resueltamente a todo poder político temporal (21).
Una vez en el poder, en febrero de 1979, los mulás aprovecharon todas las ocasiones para extender su influencia hacia otros países, entrenando, armando y proporcionando bases a grupos islamistas shiíes que actúan en esos países, como la milicia del Hezbolá (partido de Dios) en Líbano, que siempre apoyó a Jomeini. E Irán se lo agradeció con una importante ayuda material a partir de 1979 así como de su aliada Siria.
Afganistán ha producido otras variantes, al menos una por cada grupo étnico importante de ese país. Aunque todos esos grupos afganos comparten la noción de un Estado unitario islámico ("islamista", en realidad), les ha sido de lo más difícil mantenerse unidos durante mucho tiempo, incluso y sobre todo tras haber eliminado a los adversarios comunes. Las luchas intestinas sanguinarias que siguieron al desmoronamiento del régimen prorruso en 1992, convencieron al imperialismo US a dejar de apoyar esas fracciones, creando una fuerza nueva más unitaria, los talibanes, que podrían constituir un régimen estable proamericano. Esas disparatadas fracciones islamistas de Afganistán son todas ellas culpables de matanzas colectivas, de espeluznantes actos de crueldad: violaciones, torturas, mutilaciones y matanzas de niños, sin olvidar su papel en el comercio internacional de la droga que ha hecho de Afganistán el mayor exportador de opio bruto del mundo.
No es posible, por falta de espacio, describir la totalidad de esos grupos y de todos sus mutuos entrelazamientos. Como ya dijimos, los Hermanos musulmanes fueron el paradigma, el modelo del "fundamentalismo islámico" moder no. Existen múltiples versiones, tanto shiíes como suníes, pero ninguna de ellas es enemiga verdadera del capitalismo y del imperialismo, sino que forman plenamente parte del mundo "civilizado".


El fundamentalismo: un vástago de la civilización capitalista agonizante


Ante la propaganda burguesa que nos habla de un "choque de civilizaciones", de un combate a muerte entre "Occidente" y el "Islam militante", propaganda transmitida tanto por los occidentales como por los partidarios de Bin Laden, es importante mostrar que el islamismo actual es un producto de la sociedad capitalista en plena época de su decadencia.
Esto es tanto más importante por cuanto la naturaleza de los movimientos islamistas no es claramente comprendida por los grupos del medio político proletario. En un artículo reciente (22) de su revista Revolutionary Perspectives, el BIPR sostiene la idea de que el islamismo es el reflejo de la incapacidad del capitalismo para eliminar por completo los vestigios precapitalistas y, por ende, que no ha habido una real "revolución burguesa" en el mundo musulmán. El artículo sigue así:
"Algunas hipótesis afirman que el islamismo no es más que puro reflejo del modo de producción capitalista. Ni mucho menos: el islamismo es la expresión confusa de la coexistencia de al menos dos modos de producción"
Según ese mismo artículo, el islamismo "se ha convertido en una ideología capaz de mantener el orden capitalista mediante medidas ideológicas y culturales no capitalistas". En él se afirma que:
"Contrariamente al cristianismo, el Islam no ha seguido un largo proceso de secularización y de esclarecimiento…El mundo musulmán ha permanecido relativamente sin cambios en el sentido histórico y ha logrado, incluso en la era del capitalismo, conservar su vieja identidad, pues el capitalismo no pudo ni quiso eliminar las estructuras precapitalistas de la sociedad: por consiguiente Dios no ha muerto en Oriente".
Como prueba de esas afirmaciones, el artículo menciona la perpetuación de lo que él llama ", "la antigua comunidad del clero estrechamente vinculada al Bazar que "ha conseguido quedar en pie" frente a la presión de la modernización. Como consecuencia de ello, el artículo defiende la idea de que "el mundo musulmán debe contener en su seno dos modos de producción y dos culturas". El islamismo sacaría sus fuerzas de esa dualidad que le permitiría aparecer como una alternativa al capitalismo de Estado. Aún siendo "una pieza clave del orden capitalista", el islamismo, prosigue el artículo, "está irónicamente en contradicción con ese mismo orden, a ciertos niveles". Eso es un error. Es cierto que ningún modo de producción existe en estado totalmente puro. La esclavitud existió en épocas diferentes, en todas las formas de sociedad de clases. Inglaterra, Estado capitalista más antiguo, no ha terminado todavía por completo con su "aristocracia". Y esto por solo dar dos ejemplos. Cierto es también que la penetración del capitalismo en las regiones dominadas por la religión musulmana se hizo tardíamente y de modo incompleto y que tampoco han conocido un equivalente de revolución burguesa. Pero sean cuales sean los vestigios del pasado que subsistan o sigan pesando en esas regiones, éstas están sometidas por completo a la dominación de la economía capitalista y forman plenamente parte de ella.
El Bazar, en el mundo musulmán, no es una institución que esté fuera del capitalismo, ni más ni menos que la reliquia viviente que es la Reina de Inglaterra o ese otro vestigio del feudalismo y de antiguos regímenes que es el papa Juan Pablo II. En realidad, los bazaris, los mercaderes capitalistas del Bazar de Teherán, fueron un apoyo importante en el ascenso de Jomeini al poder iraní en 1978-1979, y siguen siendo todavía una fracción capitalista de la mayor importancia. Los desacuerdos, a veces violentos, entre bazaris y otras fracciones del régimen iraní, más secularizadas o influidas por Occidente, son contradicciones que se producen dentro del capitalismo. Aunque esos conflictos puedan debilitar la economía capitalista del país, la burguesía en su conjunto saca de ellos un gran beneficio político, pues desvían al proletariado iraní de su terreno de clase para llevarlo a la falsa alternativa de apoyar a la fracción "reformista" o a la fracción "radical" del capital iraní. Esto no tienen nada que ver ni de lejos con "medidas ideológicas y culturales no capitalistas" de que habla el artículo del BIPR.
Además, en Irán, los vínculos entre bazaris y dirigentes políticos son más fuertes que en cualquier otro lugar, debido a la historia del país y a la forma de Islam que en él se practica, de modo que no puede usarse un ejemplo así para probar que el islamismo tendría algo de "precapitalista". Al contrario, algo común a las clases dominantes de los países musulmanes es el uso muy eficaz de aspectos sociales procedentes de un pasado precapitalista para ponerlos al servicio de unas necesidades muy actuales de los capitalistas modernos. Por ello es por lo que la familia real saudí, o Naser, o las fracciones políticas indonesias y demás representantes de la rica clase capitalista, han utilizado o rechazado, según las necesidades, a los grupos islámicos, perfectamente capitalistas por muy reaccionarios que sean, y que, en palabras, querrían reintroducir la sociedad precapitalista para abrirse camino hacia el poder. Y no puede ser de otra manera. Por todas las partes del ancho mundo, las fracciones capitalistas no han tenido el menor asco en movilizar al personal más retrógrado para así alcanzar sus propios objetivos, perfectamente "modernos" y más todavía en este período de descomposición del capitalismo. El capitalismo alemán lo demostró usando a un Hitler. Al igual que los Hermanos Musulmanes, los partidarios de Jomeini y de Usama bin Laden o de Adolf Hitler son una confusa mezcolanza de viejos restos reaccionarios precapitalistas para servir los intereses de su clase dominante. En este aspecto, el islamismo no es diferente, una ideología que le debe muchas cosas a la ideología nazi, especialmente al adoptar sin la menor reserva la idea de una conspiración judía mundial. Y dicho sea de paso, esos tufillos racistas acentúan todavía más la contradicción entre el islamismo y las enseñanzas de origen del Corán, que predicaba la tolerancia hacia las demás "Gentes del Libro".
Bajo ninguna de sus formas está el islamismo en contradicción con el capital. Sí, es sin duda el reflejo del retraso económico y social de los países musulmanes, pero es parte íntegra del sistema capitalista y además, y sobre todo, el islamismo forma parte plenamente de la decadencia y de la descomposición de ese sistema. Hay que añadir que, lejos de ser una oposición al capitalismo de Estado, la idea de un Estado islámico, justificador de la intervención del Estado en cada aspecto de la vida social, es una vía ideal para el capitalismo de Estado totalitario, que es la forma característica que toma el capital en su período de decadencia.
El fundamentalismo islámico se desarrolló como ideología de una parte de la burguesía y de la pequeña burguesía en su lucha contra las potencias coloniales y sus lacayos. Fue un movimiento minoritario hasta finales de los años 1970 pues quienes ocupaban ese espacio entonces eran los movimientos nacionalistas impregnados de ideología estalinista. Los movimientos islamistas han alcanzado una fuerza real en los países en los que la clase obrera es relativamente poco numerosa o es reciente e inexperimentada. Los islamistas se autoproclaman "guías de los pueblos oprimidos" (Jomeini). En Irán, por ejemplo, los partidarios de Jomeini lograron captar, a finales de los años 1970, a la masa de los paupérrimos habitantes de las chabolas de Teherán para su movimiento, ungiéndose con la mentira de que eran ellos los defensores de sus intereses, llamándoles mustazifin, término religioso para designar a los menesterosos y oprimidos. El capitalismo decadente, al irse hundiendo más y más en la descomposición, no hace sino agudizar más todavía las condiciones de vida de esas capas sociales. La marginación de los islamistas en sus inicios trabaja ahora en su favor, pudiendo aparecer como más dignos de crédito cuando proclaman que si todas las ideologías no religiosas (desde la democracia al marxismo, pasando por el nacionalismo) han fracasado es porque las masas han ignorado las leyes de Dios. Son las mismas razones que las invocadas por los islamistas en Turquía para "explicar" el terremoto de agosto de 1999, como así ya lo habían hecho los islamistas egipcios para otro temblor de tierra ocurrido en los años 80.
Ese tipo de mistificaciones y patrañas atrae fácilmente a las capas de la población más afectadas por la pobreza y la desesperanza. A los pequeñoburgueses arruinados, a los habitantes de chabolas sin la menor esperanza de trabajo e incluso obreros, ofrece el espejismo de una "retorno" a aquel Estado perfecto que la leyenda atribuye a Mahoma, un Estado que supuestamente protegería a los pobres e impediría a los ricos hacer demasiados beneficios. En otras palabras, un Estado presentado como el orden social "anticapitalista" por excelencia. El tópico de los grupos islamistas es pretenderse ni capitalistas ni socialistas, sino "islámicos" que combatirían por la instauración de un estado islámico siguiendo el modelo del antiguo Califato. Toda esa argumentación se basa en una falsificación de la Historia: el Estado musulmán originario existió mucho antes de la era capitalista. Se basaba en una forma de explotación de clase, pero que, al igual que el feudalismo occidental, no permitió un desarrollo de las fuerzas productivas como lo ha hecho el capitalismo. Hoy, en cambio, cada vez que un grupo islamista radical toma el control del Estado, no le queda otra alternativa que la de ser el guardián encargado de mantener las relaciones sociales capitalistas, intentando sacar la mayor ganancia a la escala del Estado-nación. Ni los mulás iraníes, ni los talibanes han podido salir fuera de esta ley de hierro.
Ese falso "anticapitalismo" viene acompañado de un tan falso "internacionalismo" musulmán: los grupos islamistas radicales tienen a menudo la pretensión de no ser vasallos de ninguna nación particular, llamando a la fraternidad y a la unidad de los musulmanes por el mundo entero. Esos grupos se presentan, y quienes se les oponen dicen lo mismo, como algo único, como una ideología y un movimiento que trascendería las fronteras nacionales para formar un nuevo "bloque" aterrador, que amenazaría a Occidente del mismo modo que el antiguo bloque "comunista". Esto se debe en parte al hecho de que están vinculados a las redes del crimen internacional: tráfico de armas (incluso, sin duda, de medios de destrucción masiva como las armas químicas o nucleares) y el narcotráfico: Afganistán es, como ya hemos visto, el pivote de todo ello. En ese contexto, bin Laden, "señor de la guerra"…imperialista, podrá ser visto por algunos como una especie de último retoño de la "globalización", o sea de la superación de las fronteras nacionales. Esto sólo es verdad más que como expresión de una tendencia a la desintegración de las unidades nacionales más débiles. El Estado "global" musulmán no existirá nunca, pues tal idea siempre acabará topándose contra la competencia entre burguesías musulmanas. Por eso es por lo que, en su lucha tras semejante quimera, los muyaidines siempre acaban obligados a integrarse en el gran juego imperialista, que es donde se enfrentan todos los Estados nacionales.
Tras la "guerra santa", a la que convocan las bandas islamistas, se oculta la realidad de la guerra tradicional que de "santa" no tienen nada, a la que se libran las potencias imperialistas rivales. Los verdaderos intereses de los explotados y oprimidos del mundo entero no están en una mítica fraternidad musulmana, sino en la guerra de clase contra la explotación y la opresión en todos los países. Tampoco están en no se sabe qué retorno al gobierno de Dios o de los Califas, sino en la creación revolucionaria de la primera sociedad verdaderamente humana de la Historia.

Dawson, 6/1/2002

1) Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. 2) Idem. 3) M. Rodinson, Mohammed, Ed. Penguin, 1983. Traducido del inglés por nosotros, así como de otros libros en inglés citados en este artículo. 4) Idem. 5) Idem. 6) Carta de Engels a Marx, 6 junio de 1853. 7) Saladino no solo era más culto que Ricardo; también era mucho más compasivo con los no combatientes que lo eran los cruzados, los cuales se ilustraron en matanzas de poblaciones enteras, sobre todo de judíos. Por mucho que sus amigos y sus enemigos comparen a Bin Laden con Saladino, sería más bien con los cruzados con quienes habría que comparar a quien ha declarado, tras el primer atentado con bomba contra el World Trade Center : "Matar a los americanos y a sus aliados, civiles o militares, es un deber para todo musulmán". Y en esos mismos términos justificó la carnicería del 11de septiembre de 2001 así como los atentados suicidas contra civiles israelíes. 8) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Islam in the Soviet Union, Pall Mall Press, 1967. 9) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Sultan Galiev, Le Père de la révolution tiers-mondiste, Ed. Fayard, 1986, trad. del francés por nosotros. 10) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Islam in the Soviet Union, Pall Mall Press, 1967. 11) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Sultan Galiev..., op.cit. 12) Traducido de Manifestes, thèses et résolutions des quatre premiers congrès mondiaux de l'Internationale communiste, 1919-1923, Librairie du Travail, París, 1934. facsímil, La Brèche, 1984. Ver también: Jane Degras, The Communist International 1919-1943, vol. 1, Franck Cass & Co, 1971. 13) Ver The Second Congress of the Communist International, New Park, 1977. 14) La Gauche hollandaise (La Izquierda holandesa), folleto de la CCI, en francés. 15) Baku Congress of the Peoples of the East, New Park, 1977. 16) Angelica Balabanova, My Life as a Rebel. 17) Ver E.H Carr, A History of Soviet Russia, Macmillan, 1978. 18) Baku Congress of the Peoples of the East, New Park, 1977. 19) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Islam in the Soviet Union, op. cit. 20) Hassan al-Banna fue asesinado por la policía secreta egipcia el 12 de febrero de 1949, tras el asesinato del Primer ministro por los Hermanos musulmanes, el 28 de diciembre de 1948. 21) Jomeini pretendía que un religioso descendiente directo de Mahoma podría servir de regente de un Estado shií islámico, en espera del "retorno" eventual del 12º imam. 22) Revolutionary Perspectives, publicación en inglés del BIPR, nº 23.

Oriente Próximo : sólo el proletariado mundial podrá acabar con la barbarie capitalista

NO SE HABÍAN terminado todavía las operaciones militares en Afganistán cuando ya se estaba desencadenando otra matanza en Oriente Próximo. Y en pleno degolladero tanto en Cisjordania como en Jerusalén, se está preparando ya una nueva intervención contra Iraq. Irremediablemente el mundo capitalista se hunde en el caos y en la barbarie bélica. Y cada nuevo baño de sangre pone más todavía al desnudo la locura asesina que genera este sistema.
Oriente Próximo se ha vuelto a precipitar en la guerra. El conflicto palestino-israelí, cuyos orígenes hay que ir a buscar en el reparto imperialista de la región en 1916 entre Gran Bretaña y Francia, ha estado ya marcado por cuatro guerras "declaradas" en 1956, 1967, 1973 y 1982. Pero desde que empezó la segunda Intifada en septiembre de 2000, el conflicto ha alcanzado una dimensión nunca vista en violencia y matanzas a destajo. Ante la presión de los hechos, los difíciles acuerdos de Oslo y los años de negociación para instaurar un proceso de paz se han hecho añicos. Este conflicto se inscribe claramente en una espiral sin fin de locura asesina marcada por un desencadenamiento de caos y de barbarie. La guerra ya no es el resultado de la lucha entre dos campos imperialistas rivales, sino la expresión de un desbarajuste general y del caos dominante en las relaciones internacionales.
Desde el 11 septiembre, es la escalada vertiginosa en la política de "cuanto peor, mejor". Cada protagonista va lanzado con la misma lógica destructora que Al Qaeda con los atentados de las Torres Gemelas en los que los asesinos son a la vez suicidas. Por un lado se multiplican los atentados suicidas de kamikazes fanatizados - a menudo jóvenes de apenas 20 años - cuyo único objetivo es matar a la mayor cantidad de gente a su alrededor. Esos atentados terroristas son guiados a distancia por una u otra fracción burguesa, desde la nacionalista, y de Hamas hasta las Brigadas de Al-Aqsa, pasando por Hezbolá, y eso cuando no están directamente manipulados por el Mosad, los servicios secretos del Estado israelí. Por otro lado, paralelamente, los Estados se meten en el mismo engranaje para defender sus propios intereses imperialistas, lanzándose a ciegas en aventuras guerreras sin salida, cuya única finalidad es sembrar muertes y destrucciones. Es así como Israel se ve impelida a calcar su comportamiento belicoso, agresivo y arrogante del de Estados Unidos. Sharon usa los mismos argumentos que Bush para justificar su huida ciega en el belicismo y su "cruzada" "contra el terrorismo". Esto se plasma en la ocupación y el bloqueo actuales de las ciudades de Cisjordania por los tanques, los desmanes del ejército israelí que dispara contra quien sea, ametralla las ambulancias y los hospitales, bombardea campos de refugiados, registra y saquea las viviendas una tras otra, dinamita barrios, destruye infraestructuras vitales y deja morirse de hambre a la población a la vez que la aterroriza.
Cada Estado, especialmente las grandes potencias rivales de EE.UU., intenta sacar el mejor partido de la situación para sus propios intereses y así atajar o desestabilizar las operaciones de los demás imperialismos en competencia. Los falsos remilgos indignados, la careta "pacifista" y los intentos de "mediación" de las potencias europeas en especial, no hacen sino echar más leña al fuego.
Así ocurre con esas fracciones de la burguesía que presentan la espiral de las guerras y del militarismo como únicamente el resultado de los sectores "halcones" del capitalismo, Sharon o Bush, a quienes habría que oponer la "ley internacional" basada en los "derechos humanos". Las grandes manifestaciones organizadas en el mundo entero en contra o a favor de la política de Sharon (y de Bush), sean cuales sean las intenciones proclamadas, no tienen otro resultado que el llevar a las poblaciones a "escoger su campo", a alimentar las tensiones y cultivar un clima de odio entre las diferentes comunidades.
La burguesía siempre quiere hacer creer que la responsabilidad de una situación incumbe a tal o cual jefe de Estado, a tal o cual nación, a este o aquel campo, a este o aquel pueblo. Cada burguesía alega con la mayor hipocresía que ella actúa "en servicio de la paz", por la "defensa de la democracia" o de "la civilización". Con ello lo que hace es encubrir sus propias maniobras criminales, esquivando sus responsabilidades.
Cuando se presenta la ocasión, se permite juzgar y condenar a algún que otro de sus semejantes ante la historia como "criminales de guerra". La función esencial de los juicios de Nuremberg que los vencedores de la segunda carnicería imperialista mundial, entre 1945 y 1949, organizaron contra los jefes nazis, era la de justificar las monstruosidades cometidas por las grandes democracias en Dresde, Hamburgo o en Hiroshima y Nagasaki. Y ha sido para dar legitimidad a los bombardeos sobre Serbia y Kosovo y ocultar la complicidad activa de las grandes potencias en todas las atrocidades cometidas durante los conflictos de la antigua Yugoslavia si hoy también el Tribunal Penal Internacional de La Haya juzga a Milosevic.
De igual modo, y después de los hechos, la "comunidad internacional" intenta justificar la guerra en Afganistán con su "misión liberadora" del yugo de los talibanes: la pseudo liberación de las mujeres, el restablecimiento de la libertad de comercio y del ocio (televisión, radio, deporte...). El argumento parece tanto más una burla por cuanto, al mismo tiempo, no cesan de incrementarse los enfrentamientos entre las innumerables facciones y bandas rivales que han cogido las riendas del país tras la caída de los talibanes.
Las pretensiones de la burguesía de servir la causa de la paz no son más que patrañas.
Sea cual sea, la acción de la burguesía lo único que hace es agravar más todavía el caos y la barbarie guerrera a nivel mundial. Es una de las expresiones más patentes de la quiebra histórica del capitalismo, de su putrefacción de raíz y de la amenaza de destrucción que su supervivencia hace pesar sobre la humanidad. En realidad, el verdadero responsable es el capitalismo en su conjunto en cuyo seno la guerra se ha convertido en modo de vida permanente.
La única fuerza social portadora de un porvenir para la humanidad, es la clase obrera. A pesar de los obstáculos actuales que ante sí encuentra, es la única clase capaz de poner término al caos y a la barbarie capitalista, de instaurar una nueva sociedad al servicio de la especie humana.
Mientras que el capitalismo procura repeler hacia la periferia las contradicciones más violentas de su sistema y los efectos de su crisis económica, el ejemplo de Argentina muestra las grandes dificultades de la clase obrera para volver a encontrar y reafirmar su identidad de clase, al ser desviadas sus luchas hacia el atolladero del interclasismo. (ver artículo siguiente). A otro nivel, la clase obrera está hoy ante la trampa del pacifismo, el cual, al sembrar las mismas ilusiones interclasistas, aireadas sobre todo por los "antimundialistas", solo es una manera de arrastrarla tras la defensa de los intereses nacionales de la burguesía. El proletariado tiene la responsabilidad esencial de integrar en el desarrollo de sus luchas, frente a los ataques de la burguesía, la conciencia de lo que hoy está en juego históricamente y del peligro mortal que el caos y la barbarie guerrera hacen correr a la humanidad. Esto reforzará al cabo su determinación para proseguir, desarrollar y unificar su combate de clase: "El siglo que empieza será decisivo para la historia de la humanidad. Si el capitalismo prosigue su dominación sobre el planeta, la sociedad se hundirá antes del 2100 en la barbarie más profunda, comparada con la cual la del siglo XX parecería una simple jaqueca, una barbarie que la hará volver a la Edad de piedra o que acabará, simplemente, destruyéndola. Por eso, si existe un porvenir para la especie humana, está totalmente en manos del proletariado mundial, cuya revolución es lo único que podrá derribar la dominación del modo de producción capitalista, responsable, a causa de su crisis histórica, de toda la barbarie actual" ("Al inicio del Siglo XXI ¿Por qué el proletariado no ha acabado aún con el capitalismo?" en Revista internacional nº 104, enero de 2001).

Revueltas 'populares' en Argentina: Sólo la afirmación del proletariado en su terreno podrá hacer retroceder a la burguesía

Los acontecimientos en Argentina entre diciembre 2001 y febrero 2002 han despertado un fuerte interés en los elementos politizados de todo el mundo. Discusiones y reflexiones se han producido entre obreros combativos en los centros de trabajo. Algunos grupos trotskistas han hablado de "inicio de la revolución"; dentro de la Izquierda comunista, el BIPR han dedicado numerosos artículos y en una "Declaración" han afirmado que "en Argentina, los estragos causados por la crisis económica han puesto en movimiento a un proletariado fuerte y determinado en el terreno de la lucha y de la autoorganización, capaz de expresar una ruptura de clase" (1).
El interés suscitado por la situación de efervescencia social en Argentina es perfectamente legítima y comprensible. En efecto, desde el desmoronamiento del bloque del Este, en 1989, la situación internacional no ha estado marcada por movimientos proletarios de masas como lo fueron por ejemplo la huelga en Polonia en 1980 o luchas como la de Córdoba (el "cordobazo") en Argentina en 1969. La primera plana de los acontecimientos ha estado dominada por la barbarie bélica (guerra del Golfo en 1991, Yugoslavia, Afganistán, Oriente Medio...), los efectos cada vez más crueles del avance de la crisis económica mundial (despidos masivos, desempleo, recorte de salarios y pensiones) y las diferentes manifestaciones de la descomposición del capitalismo (destrucción del medio ambiente, multiplicación de catástrofes "naturales" y "accidentales", estallidos de fanatismo religioso, racial, de la criminalidad, etc.).
Esta situación - cuyas causas hemos explicado detalladamente (2) - hace que muchos elementos politizados dirijan su atención a acontecimientos donde parece romperse ese abrumador dominio de las "malas noticias": en Argentina las protestas callejeras han provocado un baile de presidentes sin precedentes (5 en 15 días), se han dado la forma de asambleas multitudinarias "autoconvocadas" y han expresado ruidosamente su rechazo a "todos los políticos".
Los revolucionarios deben seguir atentamente los movimientos sociales para así tomar posición e intervenir allí donde la clase obrera se manifiesta. Es indudable que los obreros han participado en las movilizaciones que han sacudido Argentina y que algunas luchas aisladas han formulado claras reivindicaciones clasistas y han chocado con el sindicalismo oficial. Somos solidarios con esos combates pero nuestra mejor contribución, como grupo revolucionario, es ante todo despejar la mayor claridad en el análisis de esos acontecimientos. De esa claridad depende la capacidad de las organizaciones revolucionarias para realizar una intervención adecuada, refiriéndose constantemente al marco histórico e internacional definido por el método marxista. Lo peor que pueden hacer las organizaciones de la vanguardia del proletariado es sembrar falsas ilusiones en nuestra clase, haciéndole tomar sus derrotas por victorias y su debilidad como si fuera fuerza. Un error así, al contrario de ayudar al proletariado a recuperar la iniciativa, a desarrollar sus luchas en su propio terreno de clase, a afirmarse como única fuerza social antagónica al capital, lo único que hace es hacer su tarea todavía más difícil.
Desde ese punto de vista la pregunta que nos hacemos es: ¿cuál ha sido la naturaleza de clase de los acontecimientos en Argentina? ¿Se trata de un movimiento donde el proletariado ha desarrollado, como dice el BIPR, su "autoorganización" y su "ruptura" con el capitalismo?. Nuestra respuesta es rotunda: NO. El proletariado en Argentina se ha visto sumergido y diluido en un movimiento de revuelta inter clasista. Ese movimiento de protesta popular, en el que se ha anegado la clase obrera, no ha expresado la fuerza del proletariado, sino su debilidad. No ha avanzado hacia su autonomía política ni hacia su autoorganización.
El proletariado no necesita consolarse ni agarrarse a quimeras ilusorias. Lo que necesita es encontrar el camino de su propia perspectiva revolucionaria, afirmarse en el ruedo social como única clase capaz de ofrecer un porvenir a la humanidad y, a partir de ahí, llevarse tras él a las demás capas sociales no explotadoras. Para ello, el proletariado necesita mirar la realidad de frente, y no debe temer la verdad. Para desarrollar su conciencia y poner sus luchas a la altura de la situación histórica actual, no puede zafarse a la crítica y la reflexión a fondo sobre los errores que comete y las dificultades por las que atraviesa. Los acontecimientos en Argentina servirán al proletariado mundial - y al propio proletariado argentino cuyas capacidades de combate no se han agotado ni mucho menos - si saca una lección clara de ellos: la revuelta interclasista no debilita al poder burgués a quien debilita principalmente es al propio proletariado.


El hundimiento de la economía argentina una clara manifestación de la agravación de la crisis


No vamos a hacer aquí un análisis detallado de la crisis argentina. Remitimos para ello a nuestra prensa territorial (3).
Particularmente significativas de la situación son la brutal escalada del desempleo que ha pasado de un 7% en 1992 al 17% en octubre 2001 y en solo 3meses ha saltado al 20% (diciembre 2001) y la aparición por primera vez desde los tiempos de la colonia española del fenómeno del hambre en un país considerado hasta hace muy poco de "nivel europeo" y cuyas principales producciones son precisamente la carne y el trigo.
Lejos de ser un fenómeno local, provocado por causas como la corrupción o la voluntad de "vivir como europeos", la crisis argentina es un nuevo episodio de la agravación de la crisis económica del capitalismo. Esta crisis es mundial y afecta a todos los países. Pero eso no significa que les afecte a todos de la misma forma y al mismo nivel. "Aunque no perdona a ningún país, la crisis mundial ejerce sus efectos devastadores no en los más desarrollados, los más poderosos, sino en los que han llegado demasiado tarde al ruedo económico mundial y a los cuales la vía hacia el desarrollo económico ha quedado definitivamente cerrada por las potencias más antiguas" ("El proletariado de Europa Occidental en el centro de la lucha de clases" en Revista internacional nº 31). Además, ante la continua agravación de la crisis los países más fuertes toman medidas destinadas a defenderse de sus golpes y descargarlos sobre los países más débiles ("liberalización" del comercio mundial, "globalización" de las transacciones financieras, inversiones en sectores clave de los países más débiles aprovechando las privatizaciones, políticas del FMI etc.), es decir, todo lo que se ha llamado la "globalización". Esta no es otra cosa que un conjunto de medidas de capitalismo de estado aplicadas sobre la economía mundial por los grandes países para protegerse de la crisis y hacer recaer sus peores efectos sobre los más débiles(4). Los datos proporcionados por el Banco mundial (5) son elocuentes: entre 1980 y 2000 los acreedores privados recibieron del conjunto de países de América Latina 192000 millones de $ más que el monto que les habían prestado pero en 1999-2000, en solo dos años, esa diferencia ascendió nada menos que a 86200 millones de $, es decir, prácticamente la mitad de la diferencia producida en 20 años. Por su parte, el FMI otorgó entre 1980 y 2000 créditos a los países sudamericanos por un monto de 71300 millones de $ mientras que éstos le reembolsaron en ese mismo lapso de tiempo ¡86700 millones!.
Y sin embargo, la situación argentina no es más que la punta del iceberg: tras Argentina hay una serie de países, bastante importantes por diversas razones -papel en el suministro de petróleo, posición estratégica - que son candidatos a sufrir el mismo desmoronamiento económico y político: Venezuela, Turquía, México, Brasil, Arabia Saudí...


¿Movimiento autónomo del proletariado o revuelta interclasista ciega y caótica?


Como afirma el BIPR en su publicación italiana el capitalismo responde al hambre con más hambre. También deja claro que no hay ninguna alternativa en las múltiples fórmulas de "política económica" que proclaman gobiernos, oposiciones o "movimientos alternativos" como el Foro social de Porto Alegre. Las pócimas ingeniosas que estos demagogos ofrecen han sido descalificadas una tras otra por los hechos mismos en 30años de crisis (6) . Por eso concluyen con toda razón que "no hay que hacerse ilusiones: en el actual estado de cosas, el capitalismo lo único que es capaz de ofrecer es la miseria general y la guerra. Sólo el proletariado podrá atajar esa trágica deriva" (7).
Sin embargo, los movimientos de protesta en Argentina son evaluados por el BIPR de la siguiente forma: "[El proletariado] ha salido espontáneamente a la calle, llevándose tras sí a la juventud, a los estudiantes, a partes importantes de una pequeña burguesía proletarizada y pauperizada como él mismo. Todos juntos, han canalizado su cólera contra los santuarios del capitalismo, bancos, oficinas y sobre todo supermercados y otros almacenes que fueron asaltados como los hornos de pan de la Edad Media. A pesar de que al gobierno, esperando así intimidar a los rebeldes, no se le ocurrió mejor cosa que dar rienda suelta a una represión brutal, matando e hiriendo a mansalva, la revuelta no cesó, extendiéndose por todo el país, adquiriendo características cada vez más clasistas".
En las movilizaciones sociales que se han producido en Argentina ha habido tres componentes:

Primero, los asaltos a supermercados protagonizados esencialmente por marginados, gentes del lumpen y también por jóvenes parados.

Estos movimientos han sido ferozmente reprimidos por la policía, los vigilantes privados y los propios comerciantes. En una serie de casos han degenerado en robos de viviendas en barrios humildes o en saqueos de oficinas, almacenes (8) etc. La consecuencia principal de este "primer componente" del movimiento social es que ha conducido a trágicos enfrentamientos entre los propios trabajadores como lo ilustra el enfrentamiento sangriento entre piqueteros que querían llevarse alimentos y obreros almacenistas del Mercado central de Buenos Aires el 11 de enero (9).
Para la CCI, las manifestaciones de violencia en el seno mismo de la clase obrera (que en este caso son una ilustración de los métodos típicos de las capas lumpenizadas del proletariado) no son la expresión de su fuerza, sino, al contrario, de su debilidad. Esos enfrentamientos entre diferentes sectores de la clase obrera van, evidentemente, en contra de su unidad y de su solidaridad y sólo pueden servir los intereses de la clase dominante.

El segundo componente ha sido el "movimiento de las cacerolas".

Este ha sido protagonizado esencialmente por las "clases medias" exasperadas por el golpe bajo que ha significado el secuestro y devaluación de sus ahorros en el llamado "corralito". La situación de estas capas es desesperada: "entre nosotros, la pobreza se liga con el alto desempleo; en ella van cayendo además los "nuevos pobres", ex habitantes de la clase media, en virtud de una movilidad social descendente, inversa a la de la pujante Argentina migratoria de comienzos del siglo XX" (10). Empleados del sector público, jubilados, algún sector del proletariado industrial, comparten con los pequeño burgueses la misma puñalada del corralito: sus humildes ahorros conseguidos con el esfuerzo de una vida se han convertido prácticamente en humo; los complementos a unas pensiones de hambre se han volatilizado. Sin embargo, ninguna de esas características otorga al movimiento de las cacerolas un carácter de clase proletario sino que su naturaleza es la de una revuelta popular interclasista dominada por planteamientos nacionalistas y "ultrademocráticos".

El tercer componente lo forman toda una serie de luchas obreras.
Mencionemos, en particular: las huelgas de docentes en la gran mayoría de las 23 provincias argentinas; el combativo movimiento de los ferroviarios a nivel nacional; la huelga del hospital Ramos Mejías en Buenos Aires o la lucha de la fábrica Bruckmann en el Gran Buenos Aires, en los cuales ha habido choques tanto con la policía uniformada como con la policía sindical. Lucha de los trabajadores de Banca. Numerosas han sido también las movilizaciones de los desempleados que desde hace dos años vienen protagonizando cortes de carretera por todo el país (los famosos "piqueteros").
Los revolucionarios saludan evidentemente la enorme combatividad de que la clase obrera ha dado prueba en Argentina. Pero como lo hemos dicho siempre, la combatividad, por fuerte que sea, no es el principal y único criterio para tener una visión clara de la relación de fuerzas entre las dos clases fundamentales de la sociedad: la burguesía y el proletariado. La primera pregunta a la que debemos contestar es la siguiente: esas luchas obreras que han estallado por todo el país, ¿han desembocado en un movimiento unido de toda la clase obrera, un movimiento masivo capaz de superar los cortafuegos instalados por la burguesía (especialmente sus fuerzas de oposición democrática y sus sindicatos)? La realidad de los hechos nos obliga a responder claramente: NO. Y es precisamente porque las huelgas obreras quedaron dispersas y no han podido desembocar en un gran movimiento unificado de toda la clase obrera por lo que el proletariado en Argentina no ha sido capaz de ponerse a la cabeza del movimiento de protesta social y arrastrar tras sí, tras sus propios métodos de lucha, al conjunto de las capas no explotadoras. Al contrario, por su incapacidad para colocarse en la vanguardia del movimiento, sus luchas han quedado anegadas, diluidas y contaminadas por la revuelta sin perspectivas de las demás capas sociales, las cuales, por mucho que sean ellas también víctimas del desmoronamiento de la economía argentina, no tienen ningún porvenir histórico. Para los marxistas, el único método que nos pueda evitar la desorientación en una situación así se resume en la pregunta ¿quién dirige el movimiento? ¿Qué clase social tiene la iniciativa y marca la dinámica de los acontecimientos?. Solo si se es capaz de contestar correctamente a esa pregunta se podrá contribuir a que el proletariado avance en la perspectiva de liberarse a sí mismo y liberar a la humanidad de la trágica deriva a la que es conducido por el capitalismo.
Y aquí el BIPR yerra totalmente en el método. Contrariamente a su visión fotográfica y empírica, no ha sido el proletariado quien ha arrastrado a los estudiantes, a la juventud, a partes importantes de la pequeña burguesía, sino justamente lo contrario, la revuelta desesperada, confusa y caótica de un amasijo de capas populares la que ha anegado y diluido a la clase obrera. Un examen somero del planteamiento, las reivindicaciones y el tipo de movilización de las Asambleas populares de Barrio que han proliferado en Buenos Aires y se han extendido por todo el país lo prueba de forma fehaciente. ¿Qué pide la convocatoria de cacerolazo mundial del 2/3 de febrero de 2002 y que tuvo un eco entre amplios sectores politizados en más de 20 ciudades de 4 continentes? : "Cacerolazo global. Todos somos Argentina. Todo el mundo a la calle, New York City, Porto Alegre, Barcelona, Toronto, Montreal (agrega tu ciudad y tu país). ¡Que se vayan todos! FMI, Banco mundial, Alca, multinacionales ladronas, gobiernos /políticos corruptos, ¡Que no quede ni unos solo! ¡Viva la Asamblea popular! ¡Arriba pueblo argentino!" Este "programa", por mucha rabia que manifieste contra "los políticos", es el que estos están defendiendo todos los días, desde la extrema derecha a la extrema izquierda pues incluso los gobiernos "ultraliberales" saben darse toques de "crítica" al ultraliberalismo, las multinacionales, la corrupción etc.
Por otra parte, ese movimiento de protesta "popular" ha estado profundamente marcado por el nacionalismo más extremo y reaccionario. En todos los manifiestos de las Asambleas vecinales se repite hasta la náusea que el objetivo es "conseguir otra Argentina", "recuperar nuestro país por la base". En los sitios de Internet de varias Asambleas Vecinales se plantean debates de tipo nacionalista tales como ¿debemos pagar la deuda externa? ¿Cuál es la mejor solución, la pesificación o la dolarización?. En una WEB se propone loablemente la "formación y la toma de conciencia" de las gentes y para ello abre un debate sobre El Contrato social de Rousseau (11) y se pide una vuelta a los clásicos argentinos del siglo XIX como San Martín o Sarmiento.
Hay que ser muy miope (o buscar la seguridad contándose cuentos de hadas) para no ver que ese nacionalismo a ultranza también ha contagiado las luchas obreras: los trabajadores de TELAM encabezaban sus manifestaciones con banderas argentinas; en un barrio obrero del Gran Buenos Aires la asamblea contra el pago de un nuevo impuesto municipal comenzó y terminó entonando el himno nacional.
Al ser un movimiento interclasista, popular y sin perspectivas, no podía hacer otra cosa que preconizar las mismas soluciones reaccionarias que han conducido a la trágica situación en la que está hundida la población y con las que se han llenado la boca los partidos políticos, sindicatos, Iglesia etc. es decir, las fuerzas capitalistas contra las que el movimiento quiere luchar. Pero esa aspiración a repetir la situación anterior, ese buscar su poesía en el pasado, es una confirmación muy elocuente de su carácter de revuelta social impotente y sin porvenir. Como testimonia con toda sinceridad una participante en las Asambleas: "Muchos dicen que no tenemos propuestas, que lo único que sabemos hacer es oponernos. Y con orgullo podemos decir que es cierto, que nos oponemos al sistema establecido por el neoliberalismo. Como un arco tensado por la opresión, somos flechas disparadas contra el pensamiento único. Nuestra acción, estará sostenida, pie con pie por nuestros vecinos, para ejercer el más viejo derecho de los pueblos, la resistencia popular" (12).
En la propia Argentina, en 1969-73, el cordobazo, la huelga de Mendoza, la marea de luchas que inundó el país, constituyeron la clave de la evolución social. Sin tener ni mucho menos un carácter insurreccional marcaron el despertar del proletariado el cual a su vez condicionó toda la agenda política y social el país. Pero en la Argentina de diciembre 2001, a causa de la agravación de la descomposición de la sociedad capitalista, la situación no es la misma. El proletariado está hoy ante dificultades nuevas, ante obstáculos que tendrá que superar para poder afirmarse, impulsar su identidad y su autonomía de clase. Contrariamente al período de principios de los 70, la situación social en Argentina ha estado hoy marcada por un movimiento interclasista que ha diluido al proletariado y ha dejado, en el plano político, una huella efímera e impotente. Ciertamente el movimiento de las cacerolas ha conseguido una hazaña para el Guinnes cual es el derribo de 5 presidentes en 15 días. Pero todo eso no es sino humo de paja. Sea cual sea la camarilla en el gobierno sigue siendo la burguesía quien ejerce el poder en Argentina, como en todos los países del mundo. Actualmente, los sitios WEB de las Asambleas populares constatan amargamente cómo el movimiento se ha desvanecido como por encanto de tal forma que el astuto Duhalde ha logrado restablecer el orden sin haber siquiera atenuado la miseria galopante y sin que su plan económico suponga la más mínima solución.


La lección de los acontecimientos argentinos


En el presente periodo histórico que hemos calificado como la fase de descomposición del capitalismo (13), el proletariado corre un riesgo muy importante: el de la pérdida de su identidad de clase, la falta de confianza en sí mismo, en su capacidad revolucionaria para erigirse como una fuerza social autónoma y determinante en la evolución de la sociedad. Ese peligro es el producto de toda una serie de factores conectados entre sí:
- el golpe que fue para la conciencia del proletariado el hundimiento de los países del Este que la burguesía ha podido identificar fácilmente como "hundimiento del comunismo" y "fracaso histórico del marxismo y de la lucha de clases";
- el peso de la descomposición del sistema capitalista que erosiona los lazos sociales y favorece una atmósfera de competencia irracional incluso entre sectores mismos del proletariado;
- el miedo a la política y a la politización que es una consecuencia de la forma que tomó la contrarrevolución (a través del estalinismo "desde dentro" del propio bastión proletario y de los partidos de la Internacional comunista) y del enorme golpe histórico que significó la degeneración prácticamente sucesiva y en el lapso de una generación de las dos mejores creaciones de su capacidad política y consciente: primero los partidos socialistas y luego, apenas 10 años después, los partidos comunistas.
Ese peligro puede acabar impidiéndole tomar la iniciativa frente al desmoronamiento profundo de toda la sociedad, a la que conduce la crisis histórica del capitalismo. Argentina muestra con claridad ese peligro potencial: la parálisis general de la economía y convulsiones importantes del aparato político burgués, no han sido utilizadas por el proletariado para erigirse como una fuerza social autónoma, luchando por sus propios objetivos y ganando tras su estela a las demás capas de la sociedad. Sumergido dentro de un movimiento interclasista, típico de la descomposición de la sociedad burguesa, el proletariado se ha visto arrastrado a una revuelta estéril y sin futuro.
Por esta razón son muy peligrosas las especulaciones que han fomentado los medios trotskistas, autónomos, anarquistas, y, en general, del movimiento "antiglobalización" sobre los acontecimientos argentinos presentándolos como "inicio de una revolución", como "nuevo movimiento", como "demostración práctica de que otra sociedad es posible".
Lo más preocupante es que el BIPR se haya hecho eco de esas confusiones aportando su contribución a las quimeras sobre la "fuerza del proletariado en Argentina" (14).
Estas especulaciones desarman a las minorías que el proletariado hace surgir, que buscan actualmente una alternativa revolucionaria frente a este mundo que se hunde. Por eso mismo nos parece importante esclarecer las razones por las que el BIPR cree encontrar gigantes de "movimientos de clase" en lo que no son sino los molinos de viento de las revueltas interclasistas.
En primer lugar, el BIPR ha rechazado siempre el concepto de curso histórico con el cual hemos tratado de comprender la evolución de las relaciones de fuerza entre el proletariado y la burguesía en la presente situación histórica abierta con la vuelta al escenario social del proletariado en 1968. Al BIPR todo eso les parece puro idealismo, caer en "pronósticos y predicciones" (15). Su rechazo de este método histórico les lleva a una visión inmediatista y empirista tanto respecto a los hechos guerreros como a la lucha de clases. Vale la pena recordar el análisis que hizo el BIPR de la guerra del Golfo, presentada nada menos que como "comienzo de la tercera guerra mundial". Y fue con el mismo método "fotográfico" con el que presentaron la revolución de palacio que derribó el régimen de Ceaucescu (1989) casi como una "revolución". "Rumania es el primer país de las regiones industrializadas en el que la crisis económica mundial ha hecho surgir una verdadera insurrección popular cuyos resultados han sido el derribo del gobierno (…) en Rumania todas las condiciones objetivas y casi todas las subjetivas están reunidas para transformar la insurrección en una auténtica revolución social" ("Murió Ceaucescu pero el capitalismo sigue vivo", Battaglia communista, enero de 1990).
Está claro que el rechazo de todo análisis del curso histórico solo puede llevar a dejarse zarandear por los acontecimientos inmediatos. Sin método de análisis de la situación histórica mundial y de la relación de fuerzas real entre las clases lleva al BIPR lo mismo a considerar una vez que estamos al borde de la tercera guerra mundial y la otra que estamos al borde de la revolución proletaria. Siguiendo el "método" de análisis del BIPR, ¿cómo pasa el proletariado de la situación de encuadramiento tras las insignias nacionales con el que se prepara una tercera guerra mundial a la situación en la que está listo para el asalto revolucionario? Esto sigue siendo para nosotros algo misterioso yseguimos a la espera de que el BIPR nos explique con coherencia esos ban dazos.
Por parte nuestra, frente a este vaivén desmoralizante solo la brújula de una visión global e histórica permitirá que los revolucionarios no sean un juguete de los acontecimientos y eviten confundir a su clase haciéndole creer en los reyes magos.
En segundo lugar, el BIPR no cesa de ironizar sobre nuestro análisis de la descomposición del capitalismo afirmando que "sirve para explicarlo todo". Sin embargo, el concepto de descomposición es muy importante para distinguir entre revuelta y lucha de clase del proletariado. Esta distinción es crucial en nuestra época. La situación actual del capitalismo mueve efectivamente a la protesta, el tumulto, los choques entre clases, capas y fracciones de la sociedad. La revuelta es el fruto ciego e impotente de las convulsiones agónicas de la sociedad que no contribuye a la superación de sus contradicciones sino a su pudrimiento y agravación. Es la expresión de una de las salidas de la perspectiva general que desgaja El Manifiesto comunista de la lucha de clases a lo largo de la historia "que terminó siempre con la transformación revolucionaria de la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna", siendo esta última alternativa la que proporciona la base al concepto mismo de descomposición. Frente a ello está la lucha de clase del proletariado que sí es capaz de expresarse en su terreno de clase, manteniendo su autonomía y avanzando hacia su extensión y autoorganización, puede convertirse en "el movimiento propio de la inmensa mayoría en provecho de la inmensa mayoría" (ídem). Todo el esfuerzo de los elementos más conscientes del proletariado y de forma más general de los obreros en lucha está en no confundir revuelta con lucha autónoma de clase, en combatir para que el peso de la descomposición general de la sociedad no arrastre la lucha del proletariado hacia el callejón sin salida de la revuelta ciega. Mientras el terreno de la revuelta lleva al progresivo desgaste de las capacidades del proletariado el terreno de la lucha de clase le conduce hacia la destrucción revolucionaria del Estado capitalista en todos los países.


La perspectiva del proletariado


Sin embargo, si los hechos de Argentina muestran claramente el peligro que corre el proletariado si se deja arrastrar al terreno podrido de la revuelta "popular" interclasista, el problema del desenlace de la evolución de la sociedad hacia la barbarie o hacia la revolución no se juega allí sino que tiene su epicentro en las grandes concentraciones obreras del mundo y muy especialmente en Europa occidental.
"Una revolución social no consiste simplemente en la ruptura de una cadena, en el estallido de la vieja sociedad. No es un hecho mecánico sino un hecho social indisolublemente ligado a los antagonismos de intereses humanos, a la voluntad y a las aspiraciones de las clases sociales y de su lucha" (16). Las visiones mecanicistas y materialistas vulgares ven en la revolución proletaria únicamente el aspecto estallido del capitalismo pero son incapaces de ver el aspecto más importante y decisivo - su destrucción revolucionaria por la acción consciente del proletariado, es decir, lo que Lenin y Trotski llamaban el "factor subjetivo". Aquellos enfoques materialistas vulgares son una traba en la toma de conciencia de la gravedad de la situación histórica marcada por la entrada del capitalismo en la fase última de su decadencia, la fase de la descomposición, de su putrefacción de raíz. Además ese materialismo mecánico y contemplativo les hace quedarse "satisfechos" con el aspecto "objetivamente revolucionario": la agravación inexorable de la crisis económica, las convulsiones de la sociedad, la podredumbre de la clase dominante. Los peligros que entrañan las manifestaciones de la descomposición del capitalismo (incluida la explotación ideológica que de ellas hace la clase dominante) para la conciencia del proletariado, para el desarrollo de su unidad y de su confianza en sí, son barridas de un plumazo de materialismo vulgar (17).
Pero la clave de una perspectiva revolucionaria en nuestra época está precisamente en la capacidad del proletariado para desarrollar en sus luchas ese conjunto de elementos "subjetivos" (la conciencia, la confianza en su porvenir revolucionario, su unidad y solidaridad de clase) que le permitirán contrarrestar progresivamente y acabar superando el peso de la descomposición ideológica y social del capitalismo. Donde existen las condiciones más favorables para su desarrollo es precisamente en las grandes concentraciones obreras de Europa occidental pues "las revoluciones sociales no se producen allí donde la clase dominante es más débil o su estructura está menos desarrollada, sino al contrario, allí donde su estructura ha alcanzado la mayor madurez compatible con las fuerzas productivas y donde la clase portadora de las nuevas relaciones sociales llamadas a sustituir a las antiguas es más fuerte... Marx y Engels buscaban e insistían en los puntos donde el proletariado es más fuerte, está más concentrado y es más apto para operar la transformación revolucionaria del mundo. Pues, aunque la crisis golpea más brutalmente a los países subdesarrollados no hay que perder de vista nunca que tiene su origen en la sobreproducción y por tanto en los grandes centros de desarrollo del capitalismo. Esta es una razón suplementaria de por qué las condiciones para una respuesta contra la crisis y su superación se encuentran fundamentalmente en esos grandes centros" (18).
De hecho, la visión deformada del BIPR sobre el contenido de clase de lo ocurrido en Argentina debe relacionarse con su análisis de las potencialidades del proletariado de los países de la periferia que se expresa, en particular, en sus "Tesis sobre la táctica comunista en los países de la periferia capitalista" adoptadas en el VIº Congreso de Battaglia communista (publicadas en italiano en Prometeo nº 13, serie V, junio de 1997). Según esas Tesis, las condiciones prevalecientes en los países de la periferia determinan en éstos "un potencial de radicalización de las conciencias más elevado que en las formaciones sociales de las grandes metrópolis", lo cual tiene como consecuencia que "queda la posibilidad de que la circulación del programa comunista entre las masas sea más fácil y el "nivel de escucha" obtenido por los comunistas revolucionarios sea más alto comparado con las concentraciones sociales del capitalismo avanzado". En la Revista internacional nº 100, en el artículo "La lucha de la clase obrera en los países de la periferia del capitalismo", rebatimos con detalle ese análisis que no vamos a repetir aquí. En lo que sí queremos insistir es en la visión falsa del BIPR de lo que significan las recientes revueltas en Argentina es una ilustración no sólo de su incapacidad para integrar la noción de curso histórico así como de la noción de descomposición del capitalismo, sino además de que esas Tesis son erróneas.
Nuestro análisis, por su parte, no significa, ni mucho menos, que despreciemos o subestimemos las luchas del proletariado en Argentina o en otras zonas donde el capitalismo es más débil. Significa simplemente que los revolucionarios, como vanguardia del proletariado que son y porque deben poseer una visión clara de la marcha general del movimiento proletario en su conjunto, tienen la responsabilidad de contribuir a que el proletariado y sus minorías revolucionarias tengan en todos los países una visión más clara y exacta de cuáles son sus fuerzas y sus limitaciones, de quiénes son sus aliados y cómo deben orientar sus combates.
Contribuir a esta perspectiva es la tarea de los revolucionarios. Para cumplirla deben resistir con todas sus fuerzas la tentación oportunista de ver, por impaciencia, inmediatismo y falta de confianza histórica en el proletariado, un movimiento de clase allí donde -como así ha sido en Argentina - solo ha habido una revuelta interclasista.

Adalen, 10-03-2002

1) Esta declaración se encuentra en el sitio de Internet del BIPR (http://www.internationalist.net/) y se titula "D'Argentine une leçon : Ou le parti révolutionnaire et le socialisme, ou la misère généralisée et la guerre" ("Una lección de Argentina: o partido revolucionario y socialismo o miseria generalizada y guerra"). Si dedicamos una buena parte de este artículo a rebatir los análisis del BIPR no es, ni mucho menos, debido a una hostilidad particular hacia esa organización, sino porque es, junto al nuestro, el componente principal del medio político proletario, lo cual nos impone la responsabilidad de combatir aquellas concepciones que estimamos erróneas y vehículos de la confusión para quienes se acercan a las posiciones de la Izquierda comunista. 2) Ver en Revista internacional: "Dificultades crecientes del proletariado tras la caída del estalinismo" (nº60); "¿Por qué el proletariado no ha hecho la revolución?" (números 103 y 104); "Informe sobre la lucha de clases" (nº 107). 3) Ver en particular los números 319 y 320 de Révolution internationale. 4) Ver en Revista Internacional nº 106 "Informe sobre la crisis económica". 5) Fuente: Banco Mundial, World Development Indicators 2001. 6) Ver el antes mencionado "Informe sobre la crisis económica" en Revista internacional nº 106 y "30años de crisis capitalista" en Revista internacional números 96 a 98. 7) Toma de posición del BIPR sobre Argentina antes mencionado. 8) Página 12, reportaba: "el dato, sin precedentes, de que en algunos barrios del Gran Buenos Aires los saqueos habían pasado de los comercios a casas". 9) Ver Révolution internationale nº 320, órgano de la CCI en Francia. 10) Tomado de un Sitio WEB de resúmenes de prensa argentina. 11) En sí mismo no es negativo el estudiar las obras de pensadores anteriores al movimiento proletario pues éste integra y supera en su conciencia revolucionaria todo el legado histórico de la humanidad. Sin embargo, no es precisamente un adecuado punto de partida para enfrentar los graves problemas actuales el comenzar por Rousseau. 12) Recogido de Internet: www.cacerolazo.org. 13) Ver las "Tesis sobre la descomposición" aparecidas en Revista internacional nº 62 y publicadas de nuevo en Revista internacional nº 107. 14) En cambio, el PCInt, en su número 460 de Le Prolétaire adopta una clara toma de postura ya desde el título mismo de su artículo "Los cacerolazos han podido derribar a presidentes. Para combatir el capitalismo, ¡se necesita la lucha obrera!" denunciando el carácter interclasista del movimiento y defendiendo que "sólo hay un camino para oponerse a esa política: la lucha contra el capitalismo, la lucha obrera que una a todos los proletarios basándose en objetivos no populares sino de clase, la lucha no nacional sino internacional, la lucha que se da como objetivo final no de reforma sino de revolución" (trad. del francés por nosotros). 15) Para ver nuestra concepción del curso histórico se pueden leer nuestros artículos en la Revista internacional nº 15, 17 y 107. Hemos polemizado con la concepción del BIPR en artículos en la Revista internacional nº 36 y 89. 16) Revista internacional, nº 31. 17) "Los diferentes factores que son la fuerza del proletariado chocan directamente con las diferentes facetas de la descomposición ideológica: - la acción colectiva, la solidaridad, encuentran frente a ellas la atomización, el "sálvese quién pueda", el "arreglárselas por su cuenta"; - la necesidad de organización choca contra la descomposición social, la dislocación de las relaciones en que se basa cualquier vida en sociedad; - la confianza en el porvenir y en sus propias fuerzas se ve minada constantemente por la desesperanza general que invade la sociedad, el nihilismo, el "no future"; - la conciencia, la clarividencia, la coherencia y unidad de pensamiento, el gusto por la teoría, deben abrirse un difícil camino en medio de la huida hacia quimeras, drogas, sectas, misticismos, rechazo de la reflexión y destrucción del pensamiento que están definiendo a nuestra época" ("La descomposición, fase última de la decadencia del capitalismo", Revista internacional nº 62, 1990 y nos107, 2001. 18) Idem.

Los acontecimientos en Argentina entre diciembre 2001 y febrero 2002 han despertado un fuerte interés en los elementos politizados de todo el mundo. Discusiones y reflexiones se han producido entre obreros combativos en los centros de trabajo. Algunos grupos trotskistas han hablado de "inicio de la revolución"; dentro de la Izquierda comunista, el BIPR han dedicado numerosos artículos y en una "Declaración" han afirmado que "en Argentina, los estragos causados por la crisis económica han puesto en movimiento a un proletariado fuerte y determinado en el terreno de la lucha y de la autoorganización, capaz de expresar una ruptura de clase" (1). El interés suscitado por la situación de efervescencia social en Argentina es perfectamente legítima y comprensible. En efecto, desde el desmoronamiento del bloque del Este, en 1989, la situación internacional no ha estado marcada por movimientos proletarios de masas como lo fueron por ejemplo la huelga en Polonia en 1980 o luchas como la de Córdoba (el "cordobazo") en Argentina en 1969. La primera plana de los acontecimientos ha estado dominada por la barbarie bélica (guerra del Golfo en 1991, Yugoslavia, Afganistán, Oriente Medio...), los efectos cada vez más crueles del avance de la crisis económica mundial (despidos masivos, desempleo, recorte de salarios y pensiones) y las diferentes manifestaciones de la descomposición del capitalismo (destrucción del medio ambiente, multiplicación de catástrofes "naturales" y "accidentales", estallidos de fanatismo religioso, racial, de la criminalidad, etc.). Esta situación - cuyas causas hemos explicado detalladamente (2) - hace que muchos elementos politizados dirijan su atención a acontecimientos donde parece romperse ese abrumador dominio de las "malas noticias": en Argentina las protestas callejeras han provocado un baile de presidentes sin precedentes (5 en 15 días), se han dado la forma de asambleas multitudinarias "autoconvocadas" y han expresado ruidosamente su rechazo a "todos los políticos". Los revolucionarios deben seguir atentamente los movimientos sociales para así tomar posición e intervenir allí donde la clase obrera se manifiesta. Es indudable que los obreros han participado en las movilizaciones que han sacudido Argentina y que algunas luchas aisladas han formulado claras reivindicaciones clasistas y han chocado con el sindicalismo oficial. Somos solidarios con esos combates pero nuestra mejor contribución, como grupo revolucionario, es ante todo despejar la mayor claridad en el análisis de esos acontecimientos. De esa claridad depende la capacidad de las organizaciones revolucionarias para realizar una intervención adecuada, refiriéndose constantemente al marco histórico e internacional definido por el método marxista. Lo peor que pueden hacer las organizaciones de la vanguardia del proletariado es sembrar falsas ilusiones en nuestra clase, haciéndole tomar sus derrotas por victorias y su debilidad como si fuera fuerza. Un error así, al contrario de ayudar al proletariado a recuperar la iniciativa, a desarrollar sus luchas en su propio terreno de clase, a afirmarse como única fuerza social antagónica al capital, lo único que hace es hacer su tarea todavía más difícil. Desde ese punto de vista la pregunta que nos hacemos es: ¿cuál ha sido la naturaleza de clase de los acontecimientos en Argentina? ¿Se trata de un movimiento donde el proletariado ha desarrollado, como dice el BIPR, su "autoorganización" y su "ruptura" con el capitalismo?. Nuestra respuesta es rotunda: NO. El proletariado en Argentina se ha visto sumergido y diluido en un movimiento de revuelta inter clasista. Ese movimiento de protesta popular, en el que se ha anegado la clase obrera, no ha expresado la fuerza del proletariado, sino su debilidad. No ha avanzado hacia su autonomía política ni hacia su autoorganización. El proletariado no necesita consolarse ni agarrarse a quimeras ilusorias. Lo que necesita es encontrar el camino de su propia perspectiva revolucionaria, afirmarse en el ruedo social como única clase capaz de ofrecer un porvenir a la humanidad y, a partir de ahí, llevarse tras él a las demás capas sociales no explotadoras. Para ello, el proletariado necesita mirar la realidad de frente, y no debe temer la verdad. Para desarrollar su conciencia y poner sus luchas a la altura de la situación histórica actual, no puede zafarse a la crítica y la reflexión a fondo sobre los errores que comete y las dificultades por las que atraviesa. Los acontecimientos en Argentina servirán al proletariado mundial - y al propio proletariado argentino cuyas capacidades de combate no se han agotado ni mucho menos - si saca una lección clara de ellos: la revuelta interclasista no debilita al poder burgués a quien debilita principalmente es al propio proletariado.

El hundimiento de la economía argentina una clara manifestación de la agravación de la crisis

No vamos a hacer aquí un análisis detallado de la crisis argentina. Remitimos para ello a nuestra prensa territorial (3). Particularmente significativas de la situación son la brutal escalada del desempleo que ha pasado de un 7% en 1992 al 17% en octubre 2001 y en solo 3meses ha saltado al 20% (diciembre 2001) y la aparición por primera vez desde los tiempos de la colonia española del fenómeno del hambre en un país considerado hasta hace muy poco de "nivel