NO ES la primera vez que el capitalismo justifica
su marcha a la guerra mediante la noción de "choque de civilizaciones".
En 1914, se mandó a los obreros al frente en nombre de la defensa
de la "civilización" moderna contra la barbarie del knut
ruso o del káiser germánico; en 1939 fue para defender la
democracia contra las tinieblas del nazismo, entre 1945 y 1989 fue por
la democracia contra el comunismo o, en los países "socialistas",
contra el imperialismo. Hoy se nos sirve la cantinela de la defensa del
"modo de vida occidental" contra el "fanatismo islámico"
o, a la inversa, del "Islam contra los cruzados o los judíos".
Todos esas consignas no son más que vociferaciones de rebato para
la guerra imperialista; en otras palabras, son llamamientos para la lucha
bélica entre fracciones rivales de la burguesía en plena
época de descomposición del capitalismo decadente.
El artículo siguiente es una contribución para combatir
esa idea de que el islamismo militante estaría fuera de la civilización
burguesa e incluso que estaría contra ella. Intentaremos demostrar
que es todo lo contrario: ese fenómeno no puede comprenderse sino
como producto, expresión concentrada, del declive histórico
de la civilización capitalista.
Un segundo artículo estudiará el enfoque marxista del combate
contra la ideología religiosa en el proletariado.
Marx veía en la religión como "la conciencia y el
sentimiento propio del hombre que o no se ha encontrado todavía
a sí mismo o se ha vuelto ya a perder a sí mismo".
La religión es pues "una conciencia errónea del mundo…
la realización fantasmagórica de la conciencia humana, al
no tener la esencia humana una realidad verdadera" (1) No es, sin
embargo, una simple conciencia errónea, sino una respuesta a la
opresión real (respuesta inapropiada que sólo conduce al
fracaso):
"El desamparo religioso es, por un lado, la expresión del
desamparo real y por otro, la protesta contra el desamparo real. La religión
es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin
corazón, a la vez que es el espíritu de unas condiciones
sociales de las que el espíritu está excluido. Es el opio
del pueblo" (2).
En oposición con aquellos filósofos del siglo XVIII que
denunciaban la religión como no más que una obra de impostores,
Marx afirmó que era necesario exponer las raíces reales,
materiales, de la religión, en el marco de unas relaciones económicas
de producción bien determinadas.
Pensaba con confianza que la humanidad podrá lograr emanciparse
de esa falsa conciencia y alcanzar su pleno potencial en un mundo comunista
sin clases.
Marx, de hecho, puso en evidencia hasta qué punto el desarrollo
económico del capitalismo había debilitado las bases de
la religión. En La Ideología alemana, por ejemplo, afirma
que la industrialización capitalista redujo la religión
a no ser otra cosa sino una simple mentira. Para liberarse, el proletariado
debía perder sus ilusiones religiosas y destruir todos los obstáculos
que le impidieran afirmarse como clase; pero las brumas de la religión
acabarían siendo barridas por el propio capitalismo. De hecho,
para Marx, era el propio capitalismo el que estaba destruyendo la religión,
hasta el punto de que hablaba de ella como de algo ya muerto para el proletariado.
Los seguidores de Marx pusieron de relieve que una vez que el capitalismo
dejó de ser una fuerza revolucionaria para la transformación
de la sociedad, hacia 1871, la burguesía volvió a inclinarse
hacia el idealismo y la religión. En su texto: El ABC del comunismo
(en torno al programa del Partido comunista ruso en 1919), Bujarin y Preobrazhenski
explican las relaciones entre la Iglesia ortodoxa rusa y el viejo Estado
feudal zarista. Bajo los zares, explican, el contenido principal de la
educación era la religión: "mantener el fanatismo religioso,
la estupidez y la ignorancia, fue de una importancia primordial para el
Estado". La Iglesia y el Estado estaban "obligados a unir sus
fuerzas contra las masas laboriosas y su alianza servía para fortalecer
su dominio sobre los trabajadores". En Rusia, la burguesía
emergente acabó entablando un conflicto contra la nobleza feudal,
incluida la Iglesia en ésta, pues aquélla ansiaba poseer
las inmensas rentas que esta última sacaba de la explotación
de los trabajadores: "la base real de esta exigencia era el deseo
de se transfiriera a la burguesía las rentas otorgadas a la Iglesia
por el Estado".
Como la joven burguesía de la Europa occidental, la burguesía
ascendente de Rusia llevó a cabo una campaña vigorosa por
la separación total entre la Iglesia y el Estado. Sin embargo,
en ningún lugar se llevó ese combate hasta el final, ni
siquiera en Francia en donde el conflicto había sido especialmente
enconado. La burguesía acabó por alcanzar un compromiso
con la Iglesia: en la medida en que ésta se puso a desempeñar
un papel de pilar del capitalismo, acabó uniéndose a la
burguesía, pudiendo llevar a cabo sus actividades religiosas. Bujarin
y Preobrazhenski atribuyen esto al hecho de que "por todas partes,
el combate llevado a cabo por la clase obrera contra los capitalistas
iba cobrando cada vez una mayor intensidad… Los capitalistas acabaron
comprendiendo que era más ventajoso aliarse con la Iglesia, pagarle
sus oraciones en nombre del combate contra el socialismo, utilizar su
influencia sobre las masas incultas para así mantener vivo en sus
mentes el sentimiento de ser esclavos que debían somerterse al
Estado explotador".
Los burgueses de Europa occidental hicieron entonces las paces con el
Clero, aún manteniendo en privado un comportamiento pretendidamente
materialista. Como lo muestran en El ABC del comunismo Bujarin y Preobrazhenski,
la clave de esa contradicción está en "el bolsillo
de los explotadores". En su texto de 1938, Lenin filósofo,
Anton Pannekoek, de la Izquierda comunista holandesa, explica por qué
el materialismo naturalista de la burguesía progresista tuvo una
vida muy corta:
'Mientras la burguesía pudo creer que su sociedad de propiedad
privada, de libertad personal, de libre competencia, podía resolver,
mediante el desarrollo de la industria, de las ciencias y la técnica,
todos los problemas materiales de la humanidad, podía también
creer de igual modo que los problemas teóricos podrían resolverse
con la ciencia, sin necesidad de plantear hipótesis sobre la existencia
de poderes sobrenaturales y espirituales. Por eso, en cuanto se comprobó
que el capitalismo ya no podía resolver los problemas materiales
de las masas, como lo demostró el auge de la lucha de clase del
proletariado, desapareció la confianza en la filosofía racionalista.
El mundo volvió a verse lleno de insolubles contradicciones e incertidumbres,
fuerzas siniestras que amenazaban la civilización. Entonces la
burguesía se volvió hacia diferentes creencias religiosas,
y sus intelectuales y sabios se vieron sometidos a la influencia de tendencias
místicas. No tardaron demasiado en descubrir las debilidades y
los defectos de la filosofía materialista y a disertar sobre los
límites de la ciencia y los enigmas insolubles del mundo"
(Anton Pannekoek, Lenin filósofo).
Si ya esa tendencia estuvo presente en la fase ascendente del capitalismo,
acabó siendo la regla desde el inicio del período de decadencia.
Al haber alcanzado los límites de su expansión, el capitalismo
en declive ha sido incapaz de crear un mundo plenamente a su imagen: ha
dejado vastas regiones en el atraso y sin desarrollar. Este retraso económico
y social es la base de la gran influencia que la religión todavía
ejerce sobre esas zonas. Los bolcheviques se las vieron ante ese problema
y tuvieron que incluir en su programa, en 1919, una sección que
tratara específicamente de la religión, "expresión
del retraso de las condiciones materiales y culturales de Rusia"
La burguesía está obligada a tener en cuenta el idealismo
y la religión en el período de decadencia y eso, sobre todo,
cuando todo su optimismo se resquebraja; se pudo comprobar con el nazismo
y su profunda tendencia hacia el irracionalismo. En la etapa final de
la decadencia del capitalismo, la descomposición, esas tendencias
se han confirmado más todavía e incluso miembros de la burguesía
(como el multimillonario Usama bin Laden) acaban tomándose en serio
las creencias reaccionarias y obscurantistas que declaran. Como lo anotaban
acertadamente Bujarin y Preobrazhenski: "si la clase burguesa empieza
a creer en Dios y en la vida eterna será sencillamente porque empieza
a darse cuenta de que su vida en este mundo está llegando a su
fin" (El ABC…).
El brote de movimientos irracionalistas entre las masas de las regiones
más desfavorecidas cobra cada día más importancia
en este período de descomposición, en donde aparece con
mayor claridad cada día la ausencia del menor porvenir para el
sistema y en el que la vida social, en las zonas más débiles
de la periferia del capitalismo, tiende a desintegrarse. Por todas las
partes del mundo, como ocurrió en los períodos últimos
de los modos anteriores de producción, estamos asistiendo al auge
de las sectas, de los cultos suicidas apocalípticos y de los diferentes
fundamentalismos. Y es islamismo es una expresión de esa tendencia
general. Antes de examinar su expansión debemos volver, sin embargo,
a los orígenes históricos del Islam como religión
mundial.
Cuando se fundó en el siglo VIIº en la región del Heyaz,
en el oeste de Arabia, el Islam viene a ser, resumiendo a grandes rasgos,
una síntesis entre judaísmo, cristianismo bizantino y asirio
y de las religiones antiguas de Persia así como de otras creencias
locales monoteístas como la Hanifiya. Esta rica mezcla se adaptaba
a las necesidades de una sociedad en plenos trastornos sociales, económicos
y políticos. Dominado por la ciudad de La Meca, el Heyaz era en
aquel entonces la principal encrucijada comercial de Oriente Próximo.
Arabia se encontraba entre dos grandes imperios: Persia y su dinastía
sasánida y Bizancio, imperio romano de Oriente. En esta situación,
la clase dominante de La Meca animaba a los comerciantes de paso a colocar
sus dioses paganos personales en la Kaaba, un santuario religioso local,
para que pudieran adorarlos en él en cada una de sus visitas. Esta
idolatría proporcionaba riquezas importantes a los ricos habitantes
de la ciudad.
Durante unos cien años, La Meca fue una sociedad próspera,
dirigida por una aristocracia tribal, en donde se utilizaba escasamente
el trabajo de esclavos, con un comercio pujante con regiones muy lejanas
y con los ingresos suplementarios de la Kaaba. Sin embargo cuando Mahoma
alcanzó la edad adulta, la sociedad estaba inmersa en una crisis
profunda. Y esta estalló amenazando con hundirse en una guerra
interminable entre las diferentes tribus.
En las propias inmediaciones de La Meca y de Yathrib, segunda ciudad de
la región, la actual Medina, vivían los beduinos de austeras
y altivas tribus nómadas independientes, las cuales, al principio,
se habían beneficiado del enriquecimiento de los centros urbanos
de la región; mediante préstamos otorgados por los ricos
ciudadanos habían podido mejorar su nivel de vida. Pero se vieron
cada día más en la imposibilidad de reembolsar sus deudas,
una situación que acabaría provocando una situación
explosiva. Se aceleraba la desintegración de las tribus, tanto
en las ciudades como en los oasis del desierto. Los beduinos eran "vendidos
como esclavos o reducidos a un estado de dependencia…los límites
habían sido traspasados". Más precisamente:
"Inevitablemente, esas transformaciones económicas y sociales
vinieron acompañadas por cambios intelectuales y morales. Quienes
tenían olfato para los negocios prosperaban. Las virtudes tradicionales
de los hijos del desierto, los beduinos, ya no eran el camino del éxito.
Saber aprovecha su suerte y ser codicioso era mucho más útil.
Los ricos se habían vuelto orgullosos y arrogantes, glorificando
su éxito como algo personal y no como algo que interesaba a la
tribu entera. Se iban debilitando los vínculos de sangre, siendo
sustituidos por otros basados en el interés" (3).
Y más lejos en ese mismo libro:
"La iniquidad triunfaba en el seno de las tribus. Los ricos y poderosos
oprimían a los pobres. Se conculcaban cada día las leyes
ancestrales. Se vendía como esclavos al débil y al huérfano.
Se atropellaba el antiguo código del honor, de la decencia y de
la moral. El pueblo no sabía ya a qué dioses servir y adorar"
(4).
Esta última frase es muy significativa: en unas sociedades en las
que la religión era el único medio posible para estructurar
la vida cotidiana, su situación expresaba claramente la gravedad
de la crisis social. El Islam llama a ese período de la historia
de Arabia, la yahiliia, o era de la ignorancia, afirmando que durante
ese período no había límites para la inmoralidad,
la crueldad, la práctica de una poligamia y el asesinato de le
recién nacidos de sexo femenino.
La Arabia de entonces estaba desgarrada tanto por las rivalidades entre
sus propias tribus, en guerra de todos contra todos, como por las amenazas
y las ambiciones de las civilizaciones vecinas. Intervinieron también
otros factores más globales. En Arabia se sabía que los
imperios persa y romano estaban pasando por serias dificultades tanto
internas como externas, a punto de desmoronarse. Muchos veían en
ello "la proclamación del fin del mundo" (5) La mayor
parte del mundo civilizado estaba también al borde del caos.
Engels analizó el ascenso del Islam como "una reacción
de los beduinos contra los ciudadanos, poderosos pero degenerados, y que
en aquel tiempo profesaban una religión decadente, mezcla de un
depravado culto naturalista con el judaísmo y el cristianismo"
(6).
Nacido en La Meca en el 570 después de JC, pero educado en parte
por beduinos del desierto, profundamente influido por las corrientes intelectuales
procedentes del mundo entero que recorrían Arabia, especialmente
el Heyaz, Mahoma, hombre de reflexión y propenso a la meditación,
fue el vehículo ideal para resolver la crisis de las relaciones
sociales que sacudía su ciudad y región. El inicio de su
ministerio en 610 hizo de él el hombre de la situación.
Arabia entera estaba madura para el cambio. Estaba en condiciones para
que en ella emergiera un Estado panárabe, capaz de superar el separatismo
tribal y de poner a la sociedad sobre nuevos cimientos económicos
y por lo tanto sociales y políticos. El Islam dio la prueba de
que era el instrumento perfectamente adaptado para cumplirlo. Mahoma enseñó
a los árabes que el caos creciente de su sociedad se debía
a que se habían alejado de las leyes divinas (la Sharia) y que
debían someterse a esas leyes si querían evitar la condena
eterna. La nueva religión denunció la crueldad y las guerras
intertribales, declarando no sólo que los musulmanes eran todos
hermanos, sino que como hombres y mujeres que eran tenían la obligación
de unirse. El Islam (literalmente sumisión a Dios) proclamó
que era Dios mismo (Alá) quien lo pedía. El Islam puso fuera
de la ley la depravación (el alcohol, las blasfemias y los juegos
de azar quedaron prohibidos), se prohibió la crueldad (por ejemplo,
se incitó a los propietarios de esclavos a libertarlos), se limitó
la poligamia a cuatro esposas para cada creyente varón (cada una
de ellas debería ser tratada con ecuanimidad, lo que llevó
a algunos a afirmar que esta práctica estaba fuera de la ley),
los hombres y las mujeres desempeñaban funciones sociales diferentes,
pero la mujer estaba autorizada a trabajar y a escoger ella misma a su
marido; el asesinato fue estrictamente prohibido, incluido el infanticidio.
El Islam enseñó también a los árabes que no
bastaba con rezar y evitar el pecado; la sumisión a Dios significaba
que todas las esferas de la existencia debían someterse a la voluntad
de Dios, o sea que el Islam ofrecía un marco para cada cosa, incluida
la vida económica y política de una sociedad.
En las condiciones de entonces, no es sorprendente que la nueva religión
atrajera muy pronto a numerosos fieles, tras haber fracasado todos los
intentos de las clases dominantes de La Meca por destruirla físicamente.
Fue el instrumento ideal para echar abajo la sociedad árabe de
entonces y las sociedades vecinas. Pero la época dorada musulmana
no podía durar siempre. Ocurrió que los sucesores de Mahoma,
los califas, elegidos para dirigir el mundo musulmán en función
de su supuesta fidelidad al mensaje mahometano, fueron de hecho sustituidos
por dinastías cada vez más corruptas que reivindicaban el
cargo como algo hereditario. La transformación quedó rematada
cuando la dinastía de los Omeyas accedió al califato (680-750).
Sin embargo, es claro que cuando surgió, el Islam significó
un avance en la evolución histórica, de ahí su fuerza
inicial y el alcance de su visión. Y aunque, inevitablemente, la
civilización musulmana medieval no logró vivir según
los ideales de Mahoma, fue sin embargo un marco para una serie de avances
fulgurantes en ámbitos como la medicina, las matemáticas
y otros sectores del saber humano. Aunque el despotismo oriental en que
se basó acabaría llevándolo a un estéril atolladero
al que lo condenaba ese modo de producción, en el momento en que
alcanzó la apogeo de su desarrollo, hacía aparecer, por
contraste, a la sociedad feudal occidental como tosca y oscurantista.
Esto quedó simbólicamente plasmado en el enorme foso cultural
que separaba a Ricardo Corazón de León y Saladino en la
época de las cruzadas (7) o en el contraste en todos los aspectos
entre la España musulmana (Al-Andalus) y la España cristiana
en la misma época. Podría incluso añadirse que el
foso es todavía mayor entre la cultura musulmana en su mayor esplendor
y el oscurantismo del fundamentalismo de nuestros días.
Los marxistas reconocieron los aspectos progresistas del Islam en sus
orígenes, pero ¿cómo analizaron su papel en un período
de revolución proletaria, en el que todas las religiones se han
vuelto un obstáculo para la emancipación de la humanidad?
Es muy instructivo examinar brevemente la política de los bolcheviques
en este aspecto.
Menos de un mes después de la victoria de la revolución
de Octubre de 1917, los bolcheviques difundieron una proclama, A todos
los Trabajadores musulmanes de Rusia y del Este, en la que declaraban
estar del lado de "todos aquellos cuyas mezquitas y oratorios han
sido destruidos, cuyas creencias y costumbres han sido atropelladas bajo
la bota de los zares y de los opresores de Rusia". Los bolcheviques
se comprometían así:
"Desde ahora vuestras creencias y costumbres, vuestras instituciones
nacionales y culturales son libres e inviolables (…). Sabed que vuestros
derechos, como los de los demás pueblos de Rusia, están
bajo la poderosa salvaguardia de la Revolución y de sus organismos,
los soviets de obreros, soldados y campesinos".
Esa política significó un cambio radical respecto a la de
los zares, los cuales siempre y de manera sistemática había
intentado por la fuerza, de manera violenta a menudo, asimilar a las poblaciones
musulmanas, después de la conquista del Asia central a partir del
siglo XVI. No es pues de extrañar que, en reacción a la
violencia zarista, las poblaciones musulmanas de esas regiones se aferraran
al Islam, que era su herencia religiosa y cultural. Salvo raras y notables
excepciones, los musulmanes de Asia central no participaron activamente
en la Revolución de Octubre, que se centró sobre todo en
Rusia: "Las organizaciones nacionales musulmanas permanecieron como
espectadores indiferentes a la causa bolchevique" (8). Sultan-Galiev,
el "co mu nista musulmán" que desempeñó
un papel importante, declaró unos cuantos años después
de la Revolución:
"Si hacemos balance de la revolución de Octubre y de la participación
de los tártaros, debemos admitir que las masas laboriosas y las
capas desheredadas tártaras no han tenido la menor parte en ella"
(9).
La actitud de los bolcheviques hacia los musulmanes de Asia central estuvo
determinada por imperativos de orden externo y a la vez interno. Por un
lado, el nuevo régimen tenía que adaptarse a la situación:
los territorios del antiguo imperio zarista eran en su mayoría
musulmanes. Los bolcheviques estaban convencidos de que esos territorios
de Asia central eran imprescindibles, tanto estratégica como económicamente,
para la supervivencia de la Rusia revolucionaria. Cuando los nacionalistas
musulmanes se rebelaron contra el nuevo gobierno de Moscú, la respuesta
de las autoridades, en la mayoría de los casos, fue tomar medidas
brutales. Tras la rebelión en Turquestán, por ejemplo, la
réplica de las unidades militares del Soviet de Tashkent fue la
de arrasar la ciudad de Kolanda. Lenin mandó allá una comisión
especial en noviembre de 1919, para, decía, "restablecer relaciones
correctas entre el régimen soviético y los pueblos de Turquestán"
(10).
Un ejemplo de este proceder ante los problemas planteados por las regiones
musulmanas fue la creación por los bolcheviques de la organización
Zhendotel (Departamento de mujeres obreras y campesinas) para trabajar
entre las mujeres musulmanas en Asia central soviética. Zhendotel
centró más especialmente su acción en el problema
de la religión en esos territorios muy atrasados económicamente.
En sus inicios, Zhendotel adoptó un método paciente y sensible
hacia los delicados problemas a que se veía encarado. Los miembros
femeninos de la organización usaban incluso el paranya (un velo
islámico que tapaba totalmente la cara) en las discusiones organizadas
con mujeres musulmanas.
Mientras que algunas organizaciones nacionalistas musulmanas se unieron
durante algún tiempo a la contrarrevolución durante la guerra
civil de 1918-1920, la mayoría acabó aceptando de mala gana
el régimen bolchevique, que les parecía un mal menor después
de haber sufrido los desmanes de los ejércitos blancos de Denikin.
Muchos de los "nacionalistas musulmanes" entraron en el Partido
comunista y numerosos fueron los que ocuparon puestos de alto rango en
el gobierno. Pero sólo una cantidad muy limitada de ellos parecía
estar convencida de la validez del marxismo. El célebre tártaro
Sultan-Galiev era el representante bolchevique ante el Comisariado musulmán
(formado en enero de 1918), era miembro del Colegio interno del Comisariado
del pueblo para las Nacionalidades (Narkomnats), redactor jefe de la revista
Zhizn Natsionalnostei, profesor de la Universidad de los Pueblos del Este
y dirigente del ala izquierda de los "Nacionalistas musulmanes".
Pero incluso esa figura emblemática de los reclutados entre los
nacionalistas musulmanes, fue en el mejor de los casos un "comunista
nacional" como se designó a sí mismo en el periódico
tártaro Qoyash (El Sol) en 1918, al explicar su adhesión
al Partido bolchevique en octubre de 1917 en estos términos: "He
llegado al bolchevismo por amor de mi pueblo, un amor que tanto peso tiene
en mi corazón" (11).
Por otro lado, los bolcheviques comprendieron que su revolución,
para sobrevivir, necesitaba que se unieran a ella los obreros de los demás
países. El fracaso de las revoluciones en los países occidentales
desarrollados, especialmente en Alemania, los llevó a contemplar
cada vez más la posibilidad de una oleada "nacionalista revolucionaria"
en Oriente. Esta política no tiene nada de proletaria, pero como
se estaban haciendo notar los primeros signos de un retroceso de la oleada
revolucionaria y a causa del aislamiento creciente de la Revolución
rusa, los bolcheviques se iban escorando cada vez más hacia ese
enfoque oportunista del "nacionalismo revolucionario", creyendo
que acabaría desembocando en revolución proletaria. Pero,
por el momento, la "cuestión de Oriente" - el apoyo a
las luchas de "liberación nacional" en Oriente Próximo
y en Asia - se concebía como el medio para liberar a la Rusia soviética
del avasallamiento del imperialismo británico.
Fue en ese contexto en el que los bolcheviques acabaron llevando a hacer
evolucionar la actitud de la Internacional comunista (IC) hacia los movimientos
panislámicos. En su segundo congreso, en 1920, la IC puso de manifiesto
que las enormes presiones ejercidas por las fuerzas de la contrarrevolución,
a la vez desde dentro y desde fuera de Rusia, empezaban a doblegarla.
Se empezaron a hacer concesiones a la línea oportunista con la
vana esperanza de que disminuyera la hostilidad del mundo capitalista
hacia la sociedad soviética. Los comunistas se vieron obligados
a organizarse en los sindicatos burgueses, aliarse con los partidos socialistas
y laboristas, abiertamente proimperialistas, y apoyar a los movimientos
de la pretendida "liberación nacional" en los países
subdesarrollados. Las "Tesis sobre la cuestión nacional y
colonial" - que debían servir para justificar el apoyo a los
"movimientos de liberación nacional" - fueron preparadas
por Lenin para el Congreso y adoptadas con solo tres abstenciones.
Y así, el segundo congreso diseñó las grandes líneas
de la colaboración con los musulmanes. En las "Tesis",
Lenin declaraba:
"Es necesario luchar contra el panislamismo, el panasiatismo, y otras
corrientes de esta índole que tratan de combinar el movimiento
de liberación contra el imperialismo europeo y norteamericano con
el fortalecimiento del poder del imperialismo turco y japonés,
de la nobleza, de los terratenientes, del clero, etc." (12).
Aunque votó la resolución, Sneevliet, representante de las
Indias orientales holandesas (actual Indonesia), afirmó que una
organización de masas islamista estaba presente allí. Sneevliet
declaro que Sarekat Islam (Unión islámica), había
adquirido un "carácter de clase", adoptando un programa
anticapitalista. Esos "hadjis comunistas" (con el-hadj se designa
a quien ha peregrinado a La Meca), insistía él, eran necesarios
a la Revolución comunista (13). Esta no era otra política
más que la continuación de la desarrollada por la antigua
Unión socialdemócrata indonesia (ISDV), cuya mayoría
formará más tarde el Partido comunista indonesio (PKI),
fundado en mayo de 1920. Desde el principio los marxistas indonesios tuvieron
una relación de lo más ambiguo con el Islam radical, como
ya lo ha puesto de relieve la CCI:
"Había miembros indonesios del ISDV, que también eran
miembros e incluso dirigentes del movimiento islámico. Durante
la guerra (Primera Guerra mundial), el ISVD reclutó una cantidad
considerable de indonesios miembros del Sarekat Islam, que contaba con
unos 20 000… Esta política prefiguró, de manera embrionaria,
la que se llevaría a cabo en China después de 1921 - con
el apoyo de Sneevliet y de la Internacional comunista - de formar un frente
unido que desembocara incluso en la fusión de organizaciones nacionalistas
y comunistas (el Kuomintang y el PC chino)…
Es significativo que en el seno de la Internacional comunista, Sneevliet
representara a la vez al PKI y al ala izquierda de Sarekat Islam. Esta
alianza con la clase burguesa indígena musulmana iba a durar hasta
1923" (14).
El Congreso de Bakú de los Pueblos de Oriente
La primera aplicación de esas "Tesis sobre la cuestión
nacional y colonial" fue lo que se llamó "Congreso de
los pueblos de Oriente", celebrado en Bakú (Azerbaiyán)
en septiembre de 1920, poco después de la clausura del segundo
congreso de la Internacional comunista. Como mínimo, una cuarta
parte de los delegados a la conferencia no eran comunistas, y entre ellos
había burgueses nacionalistas y panislamistas, abiertamente anticomunistas.
En esta conferencia, presidida por Zinoviev, se llamó a la "guerra
santa" (términos utilizados por el propio Zinoviev) contra
los opresores extranjeros y del interior, a favor de gobiernos obreros
"y campesinos" por todo Oriente Próximo y Asia con el
fin de debilitar el imperialismo, especialmente el británico.
Para los bolcheviques se trataba de establecer una "indefectible
alianza" con gente de lo más dispar con el objetivo principal
de aflojar el acorralamiento de Rusia por parte del imperialismo. Toda
la substancia oportunista de esa política fue expuesta por Zinoviev
en la sesión de apertura del congreso, cuando describió
al conjunto de los delegados a la conferencia, y a través de ellos
a los movimientos y Estados que representaban, como la "segunda espada"
de Rusia y a los que Rusia "consideraba como hermanos y camaradas
de lucha" (15). Fue la primera conferencia "antiimperialista"
(o sea interclasista) celebrada en nombre del comunismo.
John Reed, pionero del comunismo en Estados Unidos, acabó asqueado
por los trabajos del congreso, al que asistía. Angélica
Balabanova (16) cuenta en su libro: "Jack (John Reed) habló
con amargura de la demagogia y del aparato que caracterizaron el congreso
de Bakú, así como de la manera con la que las poblaciones
indígenas y los delegados de Extremo Oriente habían sido
tratados" (17). Un "Llamamiento del partido comunista de Holanda
a los pueblos de Oriente representados en Bakú" apareció
en la edición en francés de los trabajos del congreso y
sin duda se repartió entre los delegados. Ese llamamiento afirmaba
que "miles de indonesios"se habían encontrado "unidos
en el combate común contra los opresores holandeses" mediante
el movimiento panislámico Sarekat Islam, y que este movimiento
se adhería al llamamiento para saludar el congreso.
Durante el congreso, Radek, del partido bolchevique, evocó abiertamente
la imagen de los ejércitos conquistadores de los antiguos sultanes
otomanos musulmanes, declarando: "Apelamos, camaradas (sic), a los
sentimientos guerreros que inspiraron antaño a los pueblos de Oriente,
cuando guiados por sus grandes conquistadores, avanzaron hacia Europa"
(18). Menos de tres meses después del congreso de Bakú,
que había saludado al nacionalista turco Mustafá Kemal (Kemal
Atatürk), éste asesinaba a todos los dirigentes del Partido
comunista turco. En su cuarto congreso, la Internacional comunista llevó
más lejos todavía la revisión de su programa. Como
introducción a las "Tesis sobre la cuestión de Oriente",
adoptadas por unanimidad, el delegado holandés Van Ravensteyn,
declaró que "la independencia del mundo oriental en su conjunto,
la de Asia y la de los pueblos musulmanes, significaba en sí misma
el final del imperialismo occidental". Previamente, durante el congreso,
Malaka, delegado de las Indias orientales holandesas, declaró que
los comunistas habían colaborado estrechamente en la región
con Sarekat Islam, hasta que en 1921 se separaron por disensiones. Malaka
afirmó que la hostilidad hacia el movimiento panislámico,
que expresaban las Tesis del segundo congreso había debilitado
las posiciones de los comunistas. El delegado de Túnez, por su
parte, ofreció su apoyo a la colaboración estrecha con el
movimiento panislámico, haciendo notar que contrariamente a los
PC inglés y francés, que no hacían nada sobre la
cuestión colonial, al menos los panislamistas unificaban a los
musulmanes contra sus opresores.
Las consecuencias de la política oportunista de los bolcheviques
El giro oportunista de los bolcheviques y de la Internacional comunista
sobre la cuestión colonial se basó, en gran parte, en la
idea de que había que encontrar aliados para luchar contra el asedio
de la Rusia soviética por parte del imperialismo. Los "izquierdistas"
actuales, al hacer la apología de esta política, argumentan
hoy que sirvió a la supervivencia de la Unión Soviética;
en realidad, como lo reconoció la Izquierda comunista italiana
en los años 30, el precio pagado por esa supervivencia fue la modificación
completa de lo que era el poder de los Soviets: de haber sido el baluarte
de la Revolución mundial, se había vuelto un jugador más
en la ruleta imperialista mundial. Las alianzas con las burguesías
de las colonias le permitieron integrarse en ese juego, pero a expensas
de los explotados y de los oprimidos de esas regiones: esto quedó
perfectamente ilustrado en el fracaso de la política de la Internacional
comunista en China en 1925-1927.
El abandono del método marxista riguroso sobre la cuestión
del Islam no fue sino una corriente más de un curso general hacia
el oportunismo. Sigue siendo hoy una justificación teórica
a la actitud abiertamente contrarrevolucionaria del izquierdismo moderno,
el cual no cesa de presentarnos a los Jomeini, Bin Laden y demás
ralea como luchadores contra el imperialismo, diciendo, eso sí,
que su combate y sus ideas son algo erróneos.
Cabe señalar que esos halagos a los nacionalistas musulmanes se
combinaron con un falso radicalismo con el que se intentó erradicar
la religión mediante campañas demagógicas. Esa fue
una de las características típicas del estalinismo cuando
realizó su "giro a la izquierda" a finales de los años
20.
Durante este período, la paciencia y la sensibilidad de la que
había dado pruebas Zhendotel se dejaron de lado sustituidas por
brutales campañas a favor del divorcio y contra el velo. En 1927,
según un informe de Trotski (19):
"Se organizaron mítines de masas durante los cuales miles
de participantes gritaban: "¡Abajo el paranya!", se arrancaban
el velo, lo embebían de gasolina y lo quemaban. (…) Protegidas
por la policía, recorrían las calles grupos de mujeres pobres,
arrancándoles el velo a las más ricas, buscando alimentos
escondidos y señalando con el dedo a quienes se apegaban a prácticas
tradicionales que se denunciaban entonces como criminales (…) Al
día siguiente, esas acciones sectarias y brutales se pagaron con
sangre: cientos de mujeres sin velo fueron asesinadas por sus familias,
y esta reacción fue alentada por el clero musulmán, el cual
ha interpretado los recientes terremotos como un castigo de Alá
por el rechazo a llevar velo. Antiguos rebeldes basmachi se reunieron
en una organización secreta contrarrevolucionaria, el Tash Kuran,
que se desarrolló gracias a su compromiso de preservar los valores
y las costumbres locales (el Narj)".
Todo esto estaba tan lejos de los métodos iniciales de la revolución
de Octubre como lo estaba el congreso de Bakú y su jerigonza sobre
la Guerra santa. La gran fuerza de los bolcheviques en 1917 había
sido su pleno compromiso en la lucha contra las ideologías ajenas
al proletariado, desarrollando su conciencia de clase y sus propias organizaciones.
Y ésa sigue siendo la única base para atajar la influencia
de la religión y de las demás ideologías reaccionarias.
De lo anterior puede deducirse que el problema del "Islam político"
no es nuevo para el proletariado.
De hecho, todos los grupos islamistas "modernos" tienen sus
raíces en el movimiento de los Hermanos musulmanes (Ijwan al-Muslimûn),
la primera organización islamista importante moderna, fundada en
Egipto en 1928, y, desde entonces, extendida por más de 70 países.
Su fundador, Hassan al-Banna, proclamó la necesidad para los musulmanes
de "volver al camino recto" del Islam suní ortodoxo,
a la vez antídoto contra la corrupción creciente desde el
califato de los Omeyas y para "liberar" al mundo musulmán
de la dominación occidental. Ese combate podría desembocar
en la instauración de un auténtico Estado islámico,
el único que podría resistir a Occidente.
Los Hermanos pretendían seguir las huellas de Ahmed ibn Taimiyah
(1260-1327), que se opuso a los intentos de sabios musulmanes helenizados
de reducir el Islam y sus reglas de gobierno a simples funciones de la
razón humana. Según Ibn Taimiyah, un dirigente musulmán
estaba obligado a imponer a sus súbditos las leyes de Dios si era
necesario. El Islam de Ibn Taimiyah se proclamaba purísimo, liberado
de todos los añadidos modernos. Los Hermanos musulmanes tomaron
para su movimiento el modelo de los Salafiyah (Salafismo, purificación)
puritanos de los siglos XVII a XIX, que también procuraron llevar
a la práctica las ideas de Ibn Taimiyah.
De hecho, la clave del éxito de los Hermanos musulmanes es su gran
flexibilidad táctica, al estar listos para trabajar con cualquier
institución (parlamento, sindicato…) u organización
(estalinistas, liberales…) que pudiera servir para llevar a cabo
sus proyectos de "reislamización" de la sociedad. Para
Al-Banna, estaba, sin embargo, claro que el Estado islámico que
su movimiento proyectaba, prohibiría todas las organizaciones políticas.
Sayed Qutb, sucesor de Al-Banna en la jefatura del movimiento en 1948
(20), denunciaba por igual "la idolatría socialista o capitalista",
es decir el poner objetivos políticos por delante de las leyes
de Dios. Y añadía:
"Es necesario romper con la lógica y las costumbres de la
sociedad que nos rodea, construir el prototipo de la futura sociedad islámica
con los "verdaderos creyentes", y después, en el momento
oportuno entablar batalla contra la nueva jahiliya".
Hacia 1948, el movimiento había crecido considerablemente, pues
ya solo en Egipto contaba entre 300 y 600 mil militantes. Logró
sobrevivir a una feroz represión del Estado, entre 1948 y 1949,
y acabó reconstituyéndose. Fue durante un corto tiempo el
aliado de Naser y de su Movimiento de Oficiales libres que fomentó
el golpe de Estado en julio de 1952. Una vez en el poder, Naser encarceló
a muchos Hermanos musulmanes, poniendo al movimiento fuera de la ley.
Aunque en principio sigue hoy prohibido, el movimiento ha podido mandar
diputados al parlamento y controla cierta cantidad de organizaciones no
gubernamentales islámicas. Y dispone de un apoyo creciente entre
las masas urbanas desfavorecidas al poner a su disposición unos
servicios sociales que el Estado no proporciona.
El éxito de los Hermanos musulmanes es una referencia constante
para los grupos "fundamentalistas" más recientes, aunque
la mayoría de éstos se ha separado de aquéllos, tras
haber moderado su discurso en cuanto obtuvieron el apoyo de las masas
y unos cuantos escaños en el parlamento. Existen otros grupos que
se inspiran de los Hermanos por todas las partes del "mundo musulmán",
no sólo en Oriente Próximo sino también en Indonesia
y Filipinas, e incluso en otros países en donde los musulmanes
no son la mayoría de la población. De manera general estos
grupos se parecen más a los Hermanos musulmanes de origen (favorables
a la violencia terrorista), que a la fuerza relativamente moderada que
ahora son. En todos los casos, sin embargo, ninguno de esos grupos podría
existir sin el apoyo material de uno u otro Estado que los manipula para
sus propios objetivos en materia de política exterior. Fue así
cómo se fundó, en Gaza, Hamás (Movimiento de la Resistencia
islámica) gracias a Israel, quien esperaba así establecer
un contrapeso a la OLP. Pero a su vez, Hamás y la Organización
de la Yihad islámica han cooperado con la OLP y otras organizaciones
nacionalistas palestinas, también ellas manipuladas a su vez por
potencias extranjeras como Siria o la antigua Unión Soviética.
En Argelia, el GIA (Grupo islamista armado) recibe más o menos
abiertamente fondos y ayuda de Estados Unidos, país que, de esta
manera, procura debilitar la oposición de Francia a la única
superpotencia que ha quedado. Recientemente, en Indonesia, han sido manipulados
grupos islamistas por fracciones político-militares para, sucesivamente,
instalar o derrocar al Presidente. Más conocida todavía
fue la creación en Pakistán por Estados Unidos del movimiento
de los Talibanes de Afganistán, que fueron adiestrados con éxito
contra sus antiguos aliados islamistas (las variadas facciones muyahidin)
y que consiguieron llevar a Afganistán hacia el caos total. Estados
Unidos ayudó activamente a Usama bin Laden en su lucha contra el
imperialismo ruso, aportando un apoyo sin límites al grupo ahora
bien conocido con el nombre de Al Qaeda.
Otras variantes del modelo original son las proporcionadas por los grupos
venidos de la secta musulmana shií. Estado shií más
poblado, ha sido Irán la referencia de esas variantes, entre las
que se incluyen grupos presentes en otros países, especialmente
en Líbano e Irak. El propio Irán es un país a menudo
descrito como un Estado en el que el "fundamentalismo está
en el poder". Esto es una apariencia engañosa, pues el régimen
instaurado allá lo fue más para rellenar un vacío
que bajo la impulsión de una corriente "islamista". Cierto
es que en sus primeros años, el régimen de Jomeini se granjeó,
mediante acciones de masas, un apoyo popular hacia el Estado, proponiendo
un imposible "retorno" a unas condiciones parecidas a las de
la Arabia del siglo VII. Es, sin embargo, importante señalar que
los mulás de Irán (o sea el clero) si alcanzaron el poder
fue a causa de la extrema debilidad del proletariado iraní: los
obreros del sector petrolero, por ejemplo, estuvieron en huelga durante
seis meses, paralizando esa industria clave para Irán con el objetivo
de acabar con el régimen del Sha. Al ser la única fuerza
de oposición con objetivos políticos claros y con posibilidades
de funcionar en la legalidad, los mulás acabaron por acaparar el
control de la confusa movilización contra el Sha. Cabe señalar,
sin embrago, que los partidarios de Jomeini alcanzaron el poder, pero
después de haber retorcido hasta deformar por completo la doctrina
shií: desde la desaparición del último dirigente
shií, hace ya muchos siglos, los creyentes shiíes deben
oponerse resueltamente a todo poder político temporal (21).
Una vez en el poder, en febrero de 1979, los mulás aprovecharon
todas las ocasiones para extender su influencia hacia otros países,
entrenando, armando y proporcionando bases a grupos islamistas shiíes
que actúan en esos países, como la milicia del Hezbolá
(partido de Dios) en Líbano, que siempre apoyó a Jomeini.
E Irán se lo agradeció con una importante ayuda material
a partir de 1979 así como de su aliada Siria.
Afganistán ha producido otras variantes, al menos una por cada
grupo étnico importante de ese país. Aunque todos esos grupos
afganos comparten la noción de un Estado unitario islámico
("islamista", en realidad), les ha sido de lo más difícil
mantenerse unidos durante mucho tiempo, incluso y sobre todo tras haber
eliminado a los adversarios comunes. Las luchas intestinas sanguinarias
que siguieron al desmoronamiento del régimen prorruso en 1992,
convencieron al imperialismo US a dejar de apoyar esas fracciones, creando
una fuerza nueva más unitaria, los talibanes, que podrían
constituir un régimen estable proamericano. Esas disparatadas fracciones
islamistas de Afganistán son todas ellas culpables de matanzas
colectivas, de espeluznantes actos de crueldad: violaciones, torturas,
mutilaciones y matanzas de niños, sin olvidar su papel en el comercio
internacional de la droga que ha hecho de Afganistán el mayor exportador
de opio bruto del mundo.
No es posible, por falta de espacio, describir la totalidad de esos grupos
y de todos sus mutuos entrelazamientos. Como ya dijimos, los Hermanos
musulmanes fueron el paradigma, el modelo del "fundamentalismo islámico"
moder no. Existen múltiples versiones, tanto shiíes como
suníes, pero ninguna de ellas es enemiga verdadera del capitalismo
y del imperialismo, sino que forman plenamente parte del mundo "civilizado".
Ante la propaganda burguesa que nos habla de un "choque de civilizaciones",
de un combate a muerte entre "Occidente" y el "Islam militante",
propaganda transmitida tanto por los occidentales como por los partidarios
de Bin Laden, es importante mostrar que el islamismo actual es un producto
de la sociedad capitalista en plena época de su decadencia.
Esto es tanto más importante por cuanto la naturaleza de los movimientos
islamistas no es claramente comprendida por los grupos del medio político
proletario. En un artículo reciente (22) de su revista Revolutionary
Perspectives, el BIPR sostiene la idea de que el islamismo es el reflejo
de la incapacidad del capitalismo para eliminar por completo los vestigios
precapitalistas y, por ende, que no ha habido una real "revolución
burguesa" en el mundo musulmán. El artículo sigue así:
"Algunas hipótesis afirman que el islamismo no es más
que puro reflejo del modo de producción capitalista. Ni mucho menos:
el islamismo es la expresión confusa de la coexistencia de al menos
dos modos de producción"
Según ese mismo artículo, el islamismo "se ha convertido
en una ideología capaz de mantener el orden capitalista mediante
medidas ideológicas y culturales no capitalistas". En él
se afirma que:
"Contrariamente al cristianismo, el Islam no ha seguido un largo
proceso de secularización y de esclarecimiento…El mundo musulmán
ha permanecido relativamente sin cambios en el sentido histórico
y ha logrado, incluso en la era del capitalismo, conservar su vieja identidad,
pues el capitalismo no pudo ni quiso eliminar las estructuras precapitalistas
de la sociedad: por consiguiente Dios no ha muerto en Oriente".
Como prueba de esas afirmaciones, el artículo menciona la perpetuación
de lo que él llama ", "la antigua comunidad del clero estrechamente
vinculada al Bazar que "ha conseguido quedar en pie"
frente a la presión de la modernización. Como consecuencia
de ello, el artículo defiende la idea de que "el mundo musulmán
debe contener en su seno dos modos de producción y dos culturas".
El islamismo sacaría sus fuerzas de esa dualidad que le permitiría
aparecer como una alternativa al capitalismo de Estado. Aún siendo
"una pieza clave del orden capitalista", el islamismo, prosigue
el artículo, "está irónicamente en contradicción
con ese mismo orden, a ciertos niveles". Eso es un error. Es cierto
que ningún modo de producción existe en estado totalmente
puro. La esclavitud existió en épocas diferentes, en todas
las formas de sociedad de clases. Inglaterra, Estado capitalista más
antiguo, no ha terminado todavía por completo con su "aristocracia".
Y esto por solo dar dos ejemplos. Cierto es también que la penetración
del capitalismo en las regiones dominadas por la religión musulmana
se hizo tardíamente y de modo incompleto y que tampoco han conocido
un equivalente de revolución burguesa. Pero sean cuales sean los
vestigios del pasado que subsistan o sigan pesando en esas regiones, éstas
están sometidas por completo a la dominación de la economía
capitalista y forman plenamente parte de ella.
El Bazar, en el mundo musulmán, no es una institución que
esté fuera del capitalismo, ni más ni menos que la reliquia
viviente que es la Reina de Inglaterra o ese otro vestigio del feudalismo
y de antiguos regímenes que es el papa Juan Pablo II. En realidad,
los bazaris, los mercaderes capitalistas del Bazar de Teherán,
fueron un apoyo importante en el ascenso de Jomeini al poder iraní
en 1978-1979, y siguen siendo todavía una fracción capitalista
de la mayor importancia. Los desacuerdos, a veces violentos, entre bazaris
y otras fracciones del régimen iraní, más secularizadas
o influidas por Occidente, son contradicciones que se producen dentro
del capitalismo. Aunque esos conflictos puedan debilitar la economía
capitalista del país, la burguesía en su conjunto saca de
ellos un gran beneficio político, pues desvían al proletariado
iraní de su terreno de clase para llevarlo a la falsa alternativa
de apoyar a la fracción "reformista" o a la fracción
"radical" del capital iraní. Esto no tienen nada que
ver ni de lejos con "medidas ideológicas y culturales no capitalistas"
de que habla el artículo del BIPR.
Además, en Irán, los vínculos entre bazaris y dirigentes
políticos son más fuertes que en cualquier otro lugar, debido
a la historia del país y a la forma de Islam que en él se
practica, de modo que no puede usarse un ejemplo así para probar
que el islamismo tendría algo de "precapitalista". Al
contrario, algo común a las clases dominantes de los países
musulmanes es el uso muy eficaz de aspectos sociales procedentes de un
pasado precapitalista para ponerlos al servicio de unas necesidades muy
actuales de los capitalistas modernos. Por ello es por lo que la familia
real saudí, o Naser, o las fracciones políticas indonesias
y demás representantes de la rica clase capitalista, han utilizado
o rechazado, según las necesidades, a los grupos islámicos,
perfectamente capitalistas por muy reaccionarios que sean, y que, en palabras,
querrían reintroducir la sociedad precapitalista para abrirse camino
hacia el poder. Y no puede ser de otra manera. Por todas las partes del
ancho mundo, las fracciones capitalistas no han tenido el menor asco en
movilizar al personal más retrógrado para así alcanzar
sus propios objetivos, perfectamente "modernos" y más
todavía en este período de descomposición del capitalismo.
El capitalismo alemán lo demostró usando a un Hitler. Al
igual que los Hermanos Musulmanes, los partidarios de Jomeini y de Usama
bin Laden o de Adolf Hitler son una confusa mezcolanza de viejos restos
reaccionarios precapitalistas para servir los intereses de su clase dominante.
En este aspecto, el islamismo no es diferente, una ideología que
le debe muchas cosas a la ideología nazi, especialmente al adoptar
sin la menor reserva la idea de una conspiración judía mundial.
Y dicho sea de paso, esos tufillos racistas acentúan todavía
más la contradicción entre el islamismo y las enseñanzas
de origen del Corán, que predicaba la tolerancia hacia las demás
"Gentes del Libro".
Bajo ninguna de sus formas está el islamismo en contradicción
con el capital. Sí, es sin duda el reflejo del retraso económico
y social de los países musulmanes, pero es parte íntegra
del sistema capitalista y además, y sobre todo, el islamismo forma
parte plenamente de la decadencia y de la descomposición de ese
sistema. Hay que añadir que, lejos de ser una oposición
al capitalismo de Estado, la idea de un Estado islámico, justificador
de la intervención del Estado en cada aspecto de la vida social,
es una vía ideal para el capitalismo de Estado totalitario, que
es la forma característica que toma el capital en su período
de decadencia.
El fundamentalismo islámico se desarrolló como ideología
de una parte de la burguesía y de la pequeña burguesía
en su lucha contra las potencias coloniales y sus lacayos. Fue un movimiento
minoritario hasta finales de los años 1970 pues quienes ocupaban
ese espacio entonces eran los movimientos nacionalistas impregnados de
ideología estalinista. Los movimientos islamistas han alcanzado
una fuerza real en los países en los que la clase obrera es relativamente
poco numerosa o es reciente e inexperimentada. Los islamistas se autoproclaman
"guías de los pueblos oprimidos" (Jomeini). En Irán,
por ejemplo, los partidarios de Jomeini lograron captar, a finales de
los años 1970, a la masa de los paupérrimos habitantes de
las chabolas de Teherán para su movimiento, ungiéndose con
la mentira de que eran ellos los defensores de sus intereses, llamándoles
mustazifin, término religioso para designar a los menesterosos
y oprimidos. El capitalismo decadente, al irse hundiendo más y
más en la descomposición, no hace sino agudizar más
todavía las condiciones de vida de esas capas sociales. La marginación
de los islamistas en sus inicios trabaja ahora en su favor, pudiendo aparecer
como más dignos de crédito cuando proclaman que si todas
las ideologías no religiosas (desde la democracia al marxismo,
pasando por el nacionalismo) han fracasado es porque las masas han ignorado
las leyes de Dios. Son las mismas razones que las invocadas por los islamistas
en Turquía para "explicar" el terremoto de agosto de
1999, como así ya lo habían hecho los islamistas egipcios
para otro temblor de tierra ocurrido en los años 80.
Ese tipo de mistificaciones y patrañas atrae fácilmente
a las capas de la población más afectadas por la pobreza
y la desesperanza. A los pequeñoburgueses arruinados, a los habitantes
de chabolas sin la menor esperanza de trabajo e incluso obreros, ofrece
el espejismo de una "retorno" a aquel Estado perfecto que la
leyenda atribuye a Mahoma, un Estado que supuestamente protegería
a los pobres e impediría a los ricos hacer demasiados beneficios.
En otras palabras, un Estado presentado como el orden social "anticapitalista"
por excelencia. El tópico de los grupos islamistas es pretenderse
ni capitalistas ni socialistas, sino "islámicos" que
combatirían por la instauración de un estado islámico
siguiendo el modelo del antiguo Califato. Toda esa argumentación
se basa en una falsificación de la Historia: el Estado musulmán
originario existió mucho antes de la era capitalista. Se basaba
en una forma de explotación de clase, pero que, al igual que el
feudalismo occidental, no permitió un desarrollo de las fuerzas
productivas como lo ha hecho el capitalismo. Hoy, en cambio, cada vez
que un grupo islamista radical toma el control del Estado, no le queda
otra alternativa que la de ser el guardián encargado de mantener
las relaciones sociales capitalistas, intentando sacar la mayor ganancia
a la escala del Estado-nación. Ni los mulás iraníes,
ni los talibanes han podido salir fuera de esta ley de hierro.
Ese falso "anticapitalismo" viene acompañado de un tan
falso "internacionalismo" musulmán: los grupos islamistas
radicales tienen a menudo la pretensión de no ser vasallos de ninguna
nación particular, llamando a la fraternidad y a la unidad de los
musulmanes por el mundo entero. Esos grupos se presentan, y quienes se
les oponen dicen lo mismo, como algo único, como una ideología
y un movimiento que trascendería las fronteras nacionales para
formar un nuevo "bloque" aterrador, que amenazaría a
Occidente del mismo modo que el antiguo bloque "comunista".
Esto se debe en parte al hecho de que están vinculados a las redes
del crimen internacional: tráfico de armas (incluso, sin duda,
de medios de destrucción masiva como las armas químicas
o nucleares) y el narcotráfico: Afganistán es, como ya hemos
visto, el pivote de todo ello. En ese contexto, bin Laden, "señor
de la guerra"…imperialista, podrá ser visto por algunos
como una especie de último retoño de la "globalización",
o sea de la superación de las fronteras nacionales. Esto sólo
es verdad más que como expresión de una tendencia a la desintegración
de las unidades nacionales más débiles. El Estado "global"
musulmán no existirá nunca, pues tal idea siempre acabará
topándose contra la competencia entre burguesías musulmanas.
Por eso es por lo que, en su lucha tras semejante quimera, los muyaidines
siempre acaban obligados a integrarse en el gran juego imperialista, que
es donde se enfrentan todos los Estados nacionales.
Tras la "guerra santa", a la que convocan las bandas islamistas,
se oculta la realidad de la guerra tradicional que de "santa"
no tienen nada, a la que se libran las potencias imperialistas rivales.
Los verdaderos intereses de los explotados y oprimidos del mundo entero
no están en una mítica fraternidad musulmana, sino en la
guerra de clase contra la explotación y la opresión en todos
los países. Tampoco están en no se sabe qué retorno
al gobierno de Dios o de los Califas, sino en la creación revolucionaria
de la primera sociedad verdaderamente humana de la Historia.
Dawson, 6/1/2002
1) Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. 2) Idem. 3) M. Rodinson, Mohammed, Ed. Penguin, 1983. Traducido del inglés por nosotros, así como de otros libros en inglés citados en este artículo. 4) Idem. 5) Idem. 6) Carta de Engels a Marx, 6 junio de 1853. 7) Saladino no solo era más culto que Ricardo; también era mucho más compasivo con los no combatientes que lo eran los cruzados, los cuales se ilustraron en matanzas de poblaciones enteras, sobre todo de judíos. Por mucho que sus amigos y sus enemigos comparen a Bin Laden con Saladino, sería más bien con los cruzados con quienes habría que comparar a quien ha declarado, tras el primer atentado con bomba contra el World Trade Center : "Matar a los americanos y a sus aliados, civiles o militares, es un deber para todo musulmán". Y en esos mismos términos justificó la carnicería del 11de septiembre de 2001 así como los atentados suicidas contra civiles israelíes. 8) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Islam in the Soviet Union, Pall Mall Press, 1967. 9) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Sultan Galiev, Le Père de la révolution tiers-mondiste, Ed. Fayard, 1986, trad. del francés por nosotros. 10) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Islam in the Soviet Union, Pall Mall Press, 1967. 11) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Sultan Galiev..., op.cit. 12) Traducido de Manifestes, thèses et résolutions des quatre premiers congrès mondiaux de l'Internationale communiste, 1919-1923, Librairie du Travail, París, 1934. facsímil, La Brèche, 1984. Ver también: Jane Degras, The Communist International 1919-1943, vol. 1, Franck Cass & Co, 1971. 13) Ver The Second Congress of the Communist International, New Park, 1977. 14) La Gauche hollandaise (La Izquierda holandesa), folleto de la CCI, en francés. 15) Baku Congress of the Peoples of the East, New Park, 1977. 16) Angelica Balabanova, My Life as a Rebel. 17) Ver E.H Carr, A History of Soviet Russia, Macmillan, 1978. 18) Baku Congress of the Peoples of the East, New Park, 1977. 19) Alexandra Bennigsen y Chantal Lemercier, Islam in the Soviet Union, op. cit. 20) Hassan al-Banna fue asesinado por la policía secreta egipcia el 12 de febrero de 1949, tras el asesinato del Primer ministro por los Hermanos musulmanes, el 28 de diciembre de 1948. 21) Jomeini pretendía que un religioso descendiente directo de Mahoma podría servir de regente de un Estado shií islámico, en espera del "retorno" eventual del 12º imam. 22) Revolutionary Perspectives, publicación en inglés del BIPR, nº 23.
NO
SE HABÍAN terminado todavía las operaciones militares en
Afganistán cuando ya se estaba desencadenando otra matanza en Oriente
Próximo. Y en pleno degolladero tanto en Cisjordania como en Jerusalén,
se está preparando ya una nueva intervención contra Iraq.
Irremediablemente el mundo capitalista se hunde en el caos y en la barbarie
bélica. Y cada nuevo baño de sangre pone más todavía
al desnudo la locura asesina que genera este sistema.
Oriente Próximo se ha vuelto a precipitar en la guerra. El conflicto
palestino-israelí, cuyos orígenes hay que ir a buscar en
el reparto imperialista de la región en 1916 entre Gran Bretaña
y Francia, ha estado ya marcado por cuatro guerras "declaradas"
en 1956, 1967, 1973 y 1982. Pero desde que empezó la segunda Intifada
en septiembre de 2000, el conflicto ha alcanzado una dimensión
nunca vista en violencia y matanzas a destajo. Ante la presión
de los hechos, los difíciles acuerdos de Oslo y los años
de negociación para instaurar un proceso de paz se han hecho añicos.
Este conflicto se inscribe claramente en una espiral sin fin de locura
asesina marcada por un desencadenamiento de caos y de barbarie. La guerra
ya no es el resultado de la lucha entre dos campos imperialistas rivales,
sino la expresión de un desbarajuste general y del caos dominante
en las relaciones internacionales.
Desde el 11 septiembre, es la escalada vertiginosa en la política
de "cuanto peor, mejor". Cada protagonista va lanzado con la
misma lógica destructora que Al Qaeda con los atentados de las
Torres Gemelas en los que los asesinos son a la vez suicidas. Por un lado
se multiplican los atentados suicidas de kamikazes fanatizados - a menudo
jóvenes de apenas 20 años - cuyo único objetivo es
matar a la mayor cantidad de gente a su alrededor. Esos atentados terroristas
son guiados a distancia por una u otra fracción burguesa, desde
la nacionalista, y de Hamas hasta las Brigadas de Al-Aqsa, pasando por
Hezbolá, y eso cuando no están directamente manipulados
por el Mosad, los servicios secretos del Estado israelí. Por otro
lado, paralelamente, los Estados se meten en el mismo engranaje para defender
sus propios intereses imperialistas, lanzándose a ciegas en aventuras
guerreras sin salida, cuya única finalidad es sembrar muertes y
destrucciones. Es así como Israel se ve impelida a calcar su comportamiento
belicoso, agresivo y arrogante del de Estados Unidos. Sharon usa los mismos
argumentos que Bush para justificar su huida ciega en el belicismo y su
"cruzada" "contra el terrorismo". Esto se plasma en
la ocupación y el bloqueo actuales de las ciudades de Cisjordania
por los tanques, los desmanes del ejército israelí que dispara
contra quien sea, ametralla las ambulancias y los hospitales, bombardea
campos de refugiados, registra y saquea las viviendas una tras otra, dinamita
barrios, destruye infraestructuras vitales y deja morirse de hambre a
la población a la vez que la aterroriza.
Cada Estado, especialmente las grandes potencias rivales de EE.UU., intenta
sacar el mejor partido de la situación para sus propios intereses
y así atajar o desestabilizar las operaciones de los demás
imperialismos en competencia. Los falsos remilgos indignados, la careta
"pacifista" y los intentos de "mediación" de
las potencias europeas en especial, no hacen sino echar más leña
al fuego.
Así ocurre con esas fracciones de la burguesía que presentan
la espiral de las guerras y del militarismo como únicamente el
resultado de los sectores "halcones" del capitalismo, Sharon
o Bush, a quienes habría que oponer la "ley internacional"
basada en los "derechos humanos". Las grandes manifestaciones
organizadas en el mundo entero en contra o a favor de la política
de Sharon (y de Bush), sean cuales sean las intenciones proclamadas, no
tienen otro resultado que el llevar a las poblaciones a "escoger
su campo", a alimentar las tensiones y cultivar un clima de odio
entre las diferentes comunidades.
La burguesía siempre quiere hacer creer que la responsabilidad
de una situación incumbe a tal o cual jefe de Estado, a tal o cual
nación, a este o aquel campo, a este o aquel pueblo. Cada burguesía
alega con la mayor hipocresía que ella actúa "en servicio
de la paz", por la "defensa de la democracia" o de "la
civilización". Con ello lo que hace es encubrir sus propias
maniobras criminales, esquivando sus responsabilidades.
Cuando se presenta la ocasión, se permite juzgar y condenar a algún
que otro de sus semejantes ante la historia como "criminales de guerra".
La función esencial de los juicios de Nuremberg que los vencedores
de la segunda carnicería imperialista mundial, entre 1945 y 1949,
organizaron contra los jefes nazis, era la de justificar las monstruosidades
cometidas por las grandes democracias en Dresde, Hamburgo o en Hiroshima
y Nagasaki. Y ha sido para dar legitimidad a los bombardeos sobre Serbia
y Kosovo y ocultar la complicidad activa de las grandes potencias en todas
las atrocidades cometidas durante los conflictos de la antigua Yugoslavia
si hoy también el Tribunal Penal Internacional de La Haya juzga
a Milosevic.
De igual modo, y después de los hechos, la "comunidad internacional"
intenta justificar la guerra en Afganistán con su "misión
liberadora" del yugo de los talibanes: la pseudo liberación
de las mujeres, el restablecimiento de la libertad de comercio y del ocio
(televisión, radio, deporte...). El argumento parece tanto más
una burla por cuanto, al mismo tiempo, no cesan de incrementarse los enfrentamientos
entre las innumerables facciones y bandas rivales que han cogido las riendas
del país tras la caída de los talibanes.
Las pretensiones de la burguesía de servir la causa de la paz no
son más que patrañas.
Sea cual sea, la acción de la burguesía lo único
que hace es agravar más todavía el caos y la barbarie guerrera
a nivel mundial. Es una de las expresiones más patentes de la quiebra
histórica del capitalismo, de su putrefacción de raíz
y de la amenaza de destrucción que su supervivencia hace pesar
sobre la humanidad. En realidad, el verdadero responsable es el capitalismo
en su conjunto en cuyo seno la guerra se ha convertido en modo de vida
permanente.
La única fuerza social portadora de un porvenir para la humanidad,
es la clase obrera. A pesar de los obstáculos actuales que ante
sí encuentra, es la única clase capaz de poner término
al caos y a la barbarie capitalista, de instaurar una nueva sociedad al
servicio de la especie humana.
Mientras que el capitalismo procura repeler hacia la periferia las contradicciones
más violentas de su sistema y los efectos de su crisis económica,
el ejemplo de Argentina muestra las grandes dificultades de la clase obrera
para volver a encontrar y reafirmar su identidad de clase, al ser desviadas
sus luchas hacia el atolladero del interclasismo. (ver artículo
siguiente). A otro nivel, la clase obrera está hoy ante la trampa
del pacifismo, el cual, al sembrar las mismas ilusiones interclasistas,
aireadas sobre todo por los "antimundialistas", solo es una
manera de arrastrarla tras la defensa de los intereses nacionales de la
burguesía. El proletariado tiene la responsabilidad esencial de
integrar en el desarrollo de sus luchas, frente a los ataques de la burguesía,
la conciencia de lo que hoy está en juego históricamente
y del peligro mortal que el caos y la barbarie guerrera hacen correr a
la humanidad. Esto reforzará al cabo su determinación para
proseguir, desarrollar y unificar su combate de clase: "El siglo
que empieza será decisivo para la historia de la humanidad. Si
el capitalismo prosigue su dominación sobre el planeta, la sociedad
se hundirá antes del 2100 en la barbarie más profunda, comparada
con la cual la del siglo XX parecería una simple jaqueca, una barbarie
que la hará volver a la Edad de piedra o que acabará, simplemente,
destruyéndola. Por eso, si existe un porvenir para la especie humana,
está totalmente en manos del proletariado mundial, cuya revolución
es lo único que podrá derribar la dominación del
modo de producción capitalista, responsable, a causa de su crisis
histórica, de toda la barbarie actual" ("Al inicio del
Siglo XXI ¿Por qué el proletariado no ha acabado aún
con el capitalismo?" en Revista internacional nº 104, enero
de 2001).
Los acontecimientos en Argentina entre diciembre 2001 y febrero 2002
han despertado un fuerte interés en los elementos politizados de
todo el mundo. Discusiones y reflexiones se han producido entre obreros
combativos en los centros de trabajo. Algunos grupos trotskistas han hablado
de "inicio de la revolución"; dentro de la Izquierda
comunista, el BIPR han dedicado numerosos artículos y en una "Declaración"
han afirmado que "en Argentina, los estragos causados por la crisis
económica han puesto en movimiento a un proletariado fuerte y determinado
en el terreno de la lucha y de la autoorganización, capaz de expresar
una ruptura de clase" (1).
El interés suscitado por la situación de efervescencia social
en Argentina es perfectamente legítima y comprensible. En efecto,
desde el desmoronamiento del bloque del Este, en 1989, la situación
internacional no ha estado marcada por movimientos proletarios de masas
como lo fueron por ejemplo la huelga en Polonia en 1980 o luchas como
la de Córdoba (el "cordobazo") en Argentina en 1969.
La primera plana de los acontecimientos ha estado dominada por la barbarie
bélica (guerra del Golfo en 1991, Yugoslavia, Afganistán,
Oriente Medio...), los efectos cada vez más crueles del avance
de la crisis económica mundial (despidos masivos, desempleo, recorte
de salarios y pensiones) y las diferentes manifestaciones de la descomposición
del capitalismo (destrucción del medio ambiente, multiplicación
de catástrofes "naturales" y "accidentales",
estallidos de fanatismo religioso, racial, de la criminalidad, etc.).
Esta situación - cuyas causas hemos explicado detalladamente (2)
- hace que muchos elementos politizados dirijan su atención a acontecimientos
donde parece romperse ese abrumador dominio de las "malas noticias":
en Argentina las protestas callejeras han provocado un baile de presidentes
sin precedentes (5 en 15 días), se han dado la forma de asambleas
multitudinarias "autoconvocadas" y han expresado ruidosamente
su rechazo a "todos los políticos".
Los revolucionarios deben seguir atentamente los movimientos sociales
para así tomar posición e intervenir allí donde la
clase obrera se manifiesta. Es indudable que los obreros han participado
en las movilizaciones que han sacudido Argentina y que algunas luchas
aisladas han formulado claras reivindicaciones clasistas y han chocado
con el sindicalismo oficial. Somos solidarios con esos combates pero nuestra
mejor contribución, como grupo revolucionario, es ante todo despejar
la mayor claridad en el análisis de esos acontecimientos. De esa
claridad depende la capacidad de las organizaciones revolucionarias para
realizar una intervención adecuada, refiriéndose constantemente
al marco histórico e internacional definido por el método
marxista. Lo peor que pueden hacer las organizaciones de la vanguardia
del proletariado es sembrar falsas ilusiones en nuestra clase, haciéndole
tomar sus derrotas por victorias y su debilidad como si fuera fuerza.
Un error así, al contrario de ayudar al proletariado a recuperar
la iniciativa, a desarrollar sus luchas en su propio terreno de clase,
a afirmarse como única fuerza social antagónica al capital,
lo único que hace es hacer su tarea todavía más difícil.
Desde ese punto de vista la pregunta que nos hacemos es: ¿cuál
ha sido la naturaleza de clase de los acontecimientos en Argentina? ¿Se
trata de un movimiento donde el proletariado ha desarrollado, como dice
el BIPR, su "autoorganización" y su "ruptura"
con el capitalismo?. Nuestra respuesta es rotunda: NO. El proletariado
en Argentina se ha visto sumergido y diluido en un movimiento de revuelta
inter clasista. Ese movimiento de protesta popular, en el que se ha anegado
la clase obrera, no ha expresado la fuerza del proletariado, sino su debilidad.
No ha avanzado hacia su autonomía política ni hacia su autoorganización.
El proletariado no necesita consolarse ni agarrarse a quimeras ilusorias.
Lo que necesita es encontrar el camino de su propia perspectiva revolucionaria,
afirmarse en el ruedo social como única clase capaz de ofrecer
un porvenir a la humanidad y, a partir de ahí, llevarse tras él
a las demás capas sociales no explotadoras. Para ello, el proletariado
necesita mirar la realidad de frente, y no debe temer la verdad. Para
desarrollar su conciencia y poner sus luchas a la altura de la situación
histórica actual, no puede zafarse a la crítica y la reflexión
a fondo sobre los errores que comete y las dificultades por las que atraviesa.
Los acontecimientos en Argentina servirán al proletariado mundial
- y al propio proletariado argentino cuyas capacidades de combate no se
han agotado ni mucho menos - si saca una lección clara de ellos:
la revuelta interclasista no debilita al poder burgués a quien
debilita principalmente es al propio proletariado.
No vamos a hacer aquí un análisis detallado de la crisis
argentina. Remitimos para ello a nuestra prensa territorial (3).
Particularmente significativas de la situación son la brutal escalada
del desempleo que ha pasado de un 7% en 1992 al 17% en octubre 2001 y
en solo 3meses ha saltado al 20% (diciembre 2001) y la aparición
por primera vez desde los tiempos de la colonia española del fenómeno
del hambre en un país considerado hasta hace muy poco de "nivel
europeo" y cuyas principales producciones son precisamente la carne
y el trigo.
Lejos de ser un fenómeno local, provocado por causas como la corrupción
o la voluntad de "vivir como europeos", la crisis argentina
es un nuevo episodio de la agravación de la crisis económica
del capitalismo. Esta crisis es mundial y afecta a todos los países.
Pero eso no significa que les afecte a todos de la misma forma y al mismo
nivel. "Aunque no perdona a ningún país, la crisis
mundial ejerce sus efectos devastadores no en los más desarrollados,
los más poderosos, sino en los que han llegado demasiado tarde
al ruedo económico mundial y a los cuales la vía hacia el
desarrollo económico ha quedado definitivamente cerrada por las
potencias más antiguas" ("El proletariado de Europa Occidental
en el centro de la lucha de clases" en Revista internacional nº
31). Además, ante la continua agravación de la crisis los
países más fuertes toman medidas destinadas a defenderse
de sus golpes y descargarlos sobre los países más débiles
("liberalización" del comercio mundial, "globalización"
de las transacciones financieras, inversiones en sectores clave de los
países más débiles aprovechando las privatizaciones,
políticas del FMI etc.), es decir, todo lo que se ha llamado la
"globalización". Esta no es otra cosa que un conjunto
de medidas de capitalismo de estado aplicadas sobre la economía
mundial por los grandes países para protegerse de la crisis y hacer
recaer sus peores efectos sobre los más débiles(4). Los
datos proporcionados por el Banco mundial (5) son elocuentes: entre 1980
y 2000 los acreedores privados recibieron del conjunto de países
de América Latina 192000 millones de $ más que el monto
que les habían prestado pero en 1999-2000, en solo dos años,
esa diferencia ascendió nada menos que a 86200 millones de $, es
decir, prácticamente la mitad de la diferencia producida en 20
años. Por su parte, el FMI otorgó entre 1980 y 2000 créditos
a los países sudamericanos por un monto de 71300 millones de $
mientras que éstos le reembolsaron en ese mismo lapso de tiempo
¡86700 millones!.
Y sin embargo, la situación argentina no es más que la punta
del iceberg: tras Argentina hay una serie de países, bastante importantes
por diversas razones -papel en el suministro de petróleo, posición
estratégica - que son candidatos a sufrir el mismo desmoronamiento
económico y político: Venezuela, Turquía, México,
Brasil, Arabia Saudí...
Como afirma el BIPR en su publicación italiana el capitalismo
responde al hambre con más hambre. También deja claro que
no hay ninguna alternativa en las múltiples fórmulas de
"política económica" que proclaman gobiernos,
oposiciones o "movimientos alternativos" como el Foro social
de Porto Alegre. Las pócimas ingeniosas que estos demagogos ofrecen
han sido descalificadas una tras otra por los hechos mismos en 30años
de crisis (6) . Por eso concluyen con toda razón que "no hay
que hacerse ilusiones: en el actual estado de cosas, el capitalismo lo
único que es capaz de ofrecer es la miseria general y la guerra.
Sólo el proletariado podrá atajar esa trágica deriva"
(7).
Sin embargo, los movimientos de protesta en Argentina son evaluados por
el BIPR de la siguiente forma: "[El proletariado] ha salido espontáneamente
a la calle, llevándose tras sí a la juventud, a los estudiantes,
a partes importantes de una pequeña burguesía proletarizada
y pauperizada como él mismo. Todos juntos, han canalizado su cólera
contra los santuarios del capitalismo, bancos, oficinas y sobre todo supermercados
y otros almacenes que fueron asaltados como los hornos de pan de la Edad
Media. A pesar de que al gobierno, esperando así intimidar a los
rebeldes, no se le ocurrió mejor cosa que dar rienda suelta a una
represión brutal, matando e hiriendo a mansalva, la revuelta no
cesó, extendiéndose por todo el país, adquiriendo
características cada vez más clasistas".
En las movilizaciones sociales que se han producido en Argentina ha habido
tres componentes:
Primero, los asaltos a supermercados protagonizados esencialmente
por marginados, gentes del lumpen y también por jóvenes
parados.
Estos movimientos han sido ferozmente reprimidos por la policía,
los vigilantes privados y los propios comerciantes. En una serie de casos
han degenerado en robos de viviendas en barrios humildes o en saqueos
de oficinas, almacenes (8) etc. La consecuencia principal de este "primer
componente" del movimiento social es que ha conducido a trágicos
enfrentamientos entre los propios trabajadores como lo ilustra el enfrentamiento
sangriento entre piqueteros que querían llevarse alimentos y obreros
almacenistas del Mercado central de Buenos Aires el 11 de enero (9).
Para la CCI, las manifestaciones de violencia en el seno mismo de la clase
obrera (que en este caso son una ilustración de los métodos
típicos de las capas lumpenizadas del proletariado) no son la expresión
de su fuerza, sino, al contrario, de su debilidad. Esos enfrentamientos
entre diferentes sectores de la clase obrera van, evidentemente, en contra
de su unidad y de su solidaridad y sólo pueden servir los intereses
de la clase dominante.
El segundo componente ha sido el "movimiento de las cacerolas".
Este ha sido protagonizado esencialmente por las "clases medias"
exasperadas por el golpe bajo que ha significado el secuestro y devaluación
de sus ahorros en el llamado "corralito". La situación
de estas capas es desesperada: "entre nosotros, la pobreza se liga
con el alto desempleo; en ella van cayendo además los "nuevos
pobres", ex habitantes de la clase media, en virtud de una movilidad
social descendente, inversa a la de la pujante Argentina migratoria de
comienzos del siglo XX" (10). Empleados del sector público,
jubilados, algún sector del proletariado industrial, comparten
con los pequeño burgueses la misma puñalada del corralito:
sus humildes ahorros conseguidos con el esfuerzo de una vida se han convertido
prácticamente en humo; los complementos a unas pensiones de hambre
se han volatilizado. Sin embargo, ninguna de esas características
otorga al movimiento de las cacerolas un carácter de clase proletario
sino que su naturaleza es la de una revuelta popular interclasista dominada
por planteamientos nacionalistas y "ultrademocráticos".
El tercer componente lo forman toda una serie de luchas obreras.
Mencionemos, en particular: las huelgas de docentes en la gran mayoría
de las 23 provincias argentinas; el combativo movimiento de los ferroviarios
a nivel nacional; la huelga del hospital Ramos Mejías en Buenos
Aires o la lucha de la fábrica Bruckmann en el Gran Buenos Aires,
en los cuales ha habido choques tanto con la policía uniformada
como con la policía sindical. Lucha de los trabajadores de Banca.
Numerosas han sido también las movilizaciones de los desempleados
que desde hace dos años vienen protagonizando cortes de carretera
por todo el país (los famosos "piqueteros").
Los revolucionarios saludan evidentemente la enorme combatividad de que
la clase obrera ha dado prueba en Argentina. Pero como lo hemos dicho
siempre, la combatividad, por fuerte que sea, no es el principal y único
criterio para tener una visión clara de la relación de fuerzas
entre las dos clases fundamentales de la sociedad: la burguesía
y el proletariado. La primera pregunta a la que debemos contestar es la
siguiente: esas luchas obreras que han estallado por todo el país,
¿han desembocado en un movimiento unido de toda la clase obrera,
un movimiento masivo capaz de superar los cortafuegos instalados por la
burguesía (especialmente sus fuerzas de oposición democrática
y sus sindicatos)? La realidad de los hechos nos obliga a responder claramente:
NO. Y es precisamente porque las huelgas obreras quedaron dispersas y
no han podido desembocar en un gran movimiento unificado de toda la clase
obrera por lo que el proletariado en Argentina no ha sido capaz de ponerse
a la cabeza del movimiento de protesta social y arrastrar tras sí,
tras sus propios métodos de lucha, al conjunto de las capas no
explotadoras. Al contrario, por su incapacidad para colocarse en la vanguardia
del movimiento, sus luchas han quedado anegadas, diluidas y contaminadas
por la revuelta sin perspectivas de las demás capas sociales, las
cuales, por mucho que sean ellas también víctimas del desmoronamiento
de la economía argentina, no tienen ningún porvenir histórico.
Para los marxistas, el único método que nos pueda evitar
la desorientación en una situación así se resume
en la pregunta ¿quién dirige el movimiento? ¿Qué
clase social tiene la iniciativa y marca la dinámica de los acontecimientos?.
Solo si se es capaz de contestar correctamente a esa pregunta se podrá
contribuir a que el proletariado avance en la perspectiva de liberarse
a sí mismo y liberar a la humanidad de la trágica deriva
a la que es conducido por el capitalismo.
Y aquí el BIPR yerra totalmente en el método. Contrariamente
a su visión fotográfica y empírica, no ha sido el
proletariado quien ha arrastrado a los estudiantes, a la juventud, a partes
importantes de la pequeña burguesía, sino justamente lo
contrario, la revuelta desesperada, confusa y caótica de un amasijo
de capas populares la que ha anegado y diluido a la clase obrera. Un examen
somero del planteamiento, las reivindicaciones y el tipo de movilización
de las Asambleas populares de Barrio que han proliferado en Buenos Aires
y se han extendido por todo el país lo prueba de forma fehaciente.
¿Qué pide la convocatoria de cacerolazo mundial del 2/3
de febrero de 2002 y que tuvo un eco entre amplios sectores politizados
en más de 20 ciudades de 4 continentes? : "Cacerolazo global.
Todos somos Argentina. Todo el mundo a la calle, New York City, Porto
Alegre, Barcelona, Toronto, Montreal (agrega tu ciudad y tu país).
¡Que se vayan todos! FMI, Banco mundial, Alca, multinacionales ladronas,
gobiernos /políticos corruptos, ¡Que no quede ni unos solo!
¡Viva la Asamblea popular! ¡Arriba pueblo argentino!"
Este "programa", por mucha rabia que manifieste contra "los
políticos", es el que estos están defendiendo todos
los días, desde la extrema derecha a la extrema izquierda pues
incluso los gobiernos "ultraliberales" saben darse toques de
"crítica" al ultraliberalismo, las multinacionales, la
corrupción etc.
Por otra parte, ese movimiento de protesta "popular" ha estado
profundamente marcado por el nacionalismo más extremo y reaccionario.
En todos los manifiestos de las Asambleas vecinales se repite hasta la
náusea que el objetivo es "conseguir otra Argentina",
"recuperar nuestro país por la base". En los sitios de
Internet de varias Asambleas Vecinales se plantean debates de tipo nacionalista
tales como ¿debemos pagar la deuda externa? ¿Cuál
es la mejor solución, la pesificación o la dolarización?.
En una WEB se propone loablemente la "formación y la toma
de conciencia" de las gentes y para ello abre un debate sobre El
Contrato social de Rousseau (11) y se pide una vuelta a los clásicos
argentinos del siglo XIX como San Martín o Sarmiento.
Hay que ser muy miope (o buscar la seguridad contándose cuentos
de hadas) para no ver que ese nacionalismo a ultranza también ha
contagiado las luchas obreras: los trabajadores de TELAM encabezaban sus
manifestaciones con banderas argentinas; en un barrio obrero del Gran
Buenos Aires la asamblea contra el pago de un nuevo impuesto municipal
comenzó y terminó entonando el himno nacional.
Al ser un movimiento interclasista, popular y sin perspectivas, no podía
hacer otra cosa que preconizar las mismas soluciones reaccionarias que
han conducido a la trágica situación en la que está
hundida la población y con las que se han llenado la boca los partidos
políticos, sindicatos, Iglesia etc. es decir, las fuerzas capitalistas
contra las que el movimiento quiere luchar. Pero esa aspiración
a repetir la situación anterior, ese buscar su poesía en
el pasado, es una confirmación muy elocuente de su carácter
de revuelta social impotente y sin porvenir. Como testimonia con toda
sinceridad una participante en las Asambleas: "Muchos dicen que no
tenemos propuestas, que lo único que sabemos hacer es oponernos.
Y con orgullo podemos decir que es cierto, que nos oponemos al sistema
establecido por el neoliberalismo. Como un arco tensado por la opresión,
somos flechas disparadas contra el pensamiento único. Nuestra acción,
estará sostenida, pie con pie por nuestros vecinos, para ejercer
el más viejo derecho de los pueblos, la resistencia popular"
(12).
En la propia Argentina, en 1969-73, el cordobazo, la huelga de Mendoza,
la marea de luchas que inundó el país, constituyeron la
clave de la evolución social. Sin tener ni mucho menos un carácter
insurreccional marcaron el despertar del proletariado el cual a su vez
condicionó toda la agenda política y social el país.
Pero en la Argentina de diciembre 2001, a causa de la agravación
de la descomposición de la sociedad capitalista, la situación
no es la misma. El proletariado está hoy ante dificultades nuevas,
ante obstáculos que tendrá que superar para poder afirmarse,
impulsar su identidad y su autonomía de clase. Contrariamente al
período de principios de los 70, la situación social en
Argentina ha estado hoy marcada por un movimiento interclasista que ha
diluido al proletariado y ha dejado, en el plano político, una
huella efímera e impotente. Ciertamente el movimiento de las cacerolas
ha conseguido una hazaña para el Guinnes cual es el derribo de
5 presidentes en 15 días. Pero todo eso no es sino humo de paja.
Sea cual sea la camarilla en el gobierno sigue siendo la burguesía
quien ejerce el poder en Argentina, como en todos los países del
mundo. Actualmente, los sitios WEB de las Asambleas populares constatan
amargamente cómo el movimiento se ha desvanecido como por encanto
de tal forma que el astuto Duhalde ha logrado restablecer el orden sin
haber siquiera atenuado la miseria galopante y sin que su plan económico
suponga la más mínima solución.
En el presente periodo histórico que hemos calificado como la
fase de descomposición del capitalismo (13), el proletariado corre
un riesgo muy importante: el de la pérdida de su identidad de clase,
la falta de confianza en sí mismo, en su capacidad revolucionaria
para erigirse como una fuerza social autónoma y determinante en
la evolución de la sociedad. Ese peligro es el producto de toda
una serie de factores conectados entre sí:
- el golpe que fue para la conciencia del proletariado el hundimiento
de los países del Este que la burguesía ha podido identificar
fácilmente como "hundimiento del comunismo" y "fracaso
histórico del marxismo y de la lucha de clases";
- el peso de la descomposición del sistema capitalista que erosiona
los lazos sociales y favorece una atmósfera de competencia irracional
incluso entre sectores mismos del proletariado;
- el miedo a la política y a la politización que es una
consecuencia de la forma que tomó la contrarrevolución (a
través del estalinismo "desde dentro" del propio bastión
proletario y de los partidos de la Internacional comunista) y del enorme
golpe histórico que significó la degeneración prácticamente
sucesiva y en el lapso de una generación de las dos mejores creaciones
de su capacidad política y consciente: primero los partidos socialistas
y luego, apenas 10 años después, los partidos comunistas.
Ese peligro puede acabar impidiéndole tomar la iniciativa frente
al desmoronamiento profundo de toda la sociedad, a la que conduce la crisis
histórica del capitalismo. Argentina muestra con claridad ese peligro
potencial: la parálisis general de la economía y convulsiones
importantes del aparato político burgués, no han sido utilizadas
por el proletariado para erigirse como una fuerza social autónoma,
luchando por sus propios objetivos y ganando tras su estela a las demás
capas de la sociedad. Sumergido dentro de un movimiento interclasista,
típico de la descomposición de la sociedad burguesa, el
proletariado se ha visto arrastrado a una revuelta estéril y sin
futuro.
Por esta razón son muy peligrosas las especulaciones que han fomentado
los medios trotskistas, autónomos, anarquistas, y, en general,
del movimiento "antiglobalización" sobre los acontecimientos
argentinos presentándolos como "inicio de una revolución",
como "nuevo movimiento", como "demostración práctica
de que otra sociedad es posible".
Lo más preocupante es que el BIPR se haya hecho eco de esas confusiones
aportando su contribución a las quimeras sobre la "fuerza
del proletariado en Argentina" (14).
Estas especulaciones desarman a las minorías que el proletariado
hace surgir, que buscan actualmente una alternativa revolucionaria frente
a este mundo que se hunde. Por eso mismo nos parece importante esclarecer
las razones por las que el BIPR cree encontrar gigantes de "movimientos
de clase" en lo que no son sino los molinos de viento de las revueltas
interclasistas.
En primer lugar, el BIPR ha rechazado siempre el concepto de curso histórico
con el cual hemos tratado de comprender la evolución de las relaciones
de fuerza entre el proletariado y la burguesía en la presente situación
histórica abierta con la vuelta al escenario social del proletariado
en 1968. Al BIPR todo eso les parece puro idealismo, caer en "pronósticos
y predicciones" (15). Su rechazo de este método histórico
les lleva a una visión inmediatista y empirista tanto respecto
a los hechos guerreros como a la lucha de clases. Vale la pena recordar
el análisis que hizo el BIPR de la guerra del Golfo, presentada
nada menos que como "comienzo de la tercera guerra mundial".
Y fue con el mismo método "fotográfico" con el
que presentaron la revolución de palacio que derribó el
régimen de Ceaucescu (1989) casi como una "revolución".
"Rumania es el primer país de las regiones industrializadas
en el que la crisis económica mundial ha hecho surgir una verdadera
insurrección popular cuyos resultados han sido el derribo del gobierno
(…) en Rumania todas las condiciones objetivas y casi todas las subjetivas
están reunidas para transformar la insurrección en una auténtica
revolución social" ("Murió Ceaucescu pero el capitalismo
sigue vivo", Battaglia communista, enero de 1990).
Está claro que el rechazo de todo análisis del curso histórico
solo puede llevar a dejarse zarandear por los acontecimientos inmediatos.
Sin método de análisis de la situación histórica
mundial y de la relación de fuerzas real entre las clases lleva
al BIPR lo mismo a considerar una vez que estamos al borde de la tercera
guerra mundial y la otra que estamos al borde de la revolución
proletaria. Siguiendo el "método" de análisis
del BIPR, ¿cómo pasa el proletariado de la situación
de encuadramiento tras las insignias nacionales con el que se prepara
una tercera guerra mundial a la situación en la que está
listo para el asalto revolucionario? Esto sigue siendo para nosotros algo
misterioso yseguimos a la espera de que el BIPR nos explique con coherencia
esos ban dazos.
Por parte nuestra, frente a este vaivén desmoralizante solo la
brújula de una visión global e histórica permitirá
que los revolucionarios no sean un juguete de los acontecimientos y eviten
confundir a su clase haciéndole creer en los reyes magos.
En segundo lugar, el BIPR no cesa de ironizar sobre nuestro análisis
de la descomposición del capitalismo afirmando que "sirve
para explicarlo todo". Sin embargo, el concepto de descomposición
es muy importante para distinguir entre revuelta y lucha de clase del
proletariado. Esta distinción es crucial en nuestra época.
La situación actual del capitalismo mueve efectivamente a la protesta,
el tumulto, los choques entre clases, capas y fracciones de la sociedad.
La revuelta es el fruto ciego e impotente de las convulsiones agónicas
de la sociedad que no contribuye a la superación de sus contradicciones
sino a su pudrimiento y agravación. Es la expresión de una
de las salidas de la perspectiva general que desgaja El Manifiesto comunista
de la lucha de clases a lo largo de la historia "que terminó
siempre con la transformación revolucionaria de la sociedad o el
hundimiento de las clases en pugna", siendo esta última alternativa
la que proporciona la base al concepto mismo de descomposición.
Frente a ello está la lucha de clase del proletariado que sí
es capaz de expresarse en su terreno de clase, manteniendo su autonomía
y avanzando hacia su extensión y autoorganización, puede
convertirse en "el movimiento propio de la inmensa mayoría
en provecho de la inmensa mayoría" (ídem). Todo el
esfuerzo de los elementos más conscientes del proletariado y de
forma más general de los obreros en lucha está en no confundir
revuelta con lucha autónoma de clase, en combatir para que el peso
de la descomposición general de la sociedad no arrastre la lucha
del proletariado hacia el callejón sin salida de la revuelta ciega.
Mientras el terreno de la revuelta lleva al progresivo desgaste de las
capacidades del proletariado el terreno de la lucha de clase le conduce
hacia la destrucción revolucionaria del Estado capitalista en todos
los países.
Sin embargo, si los hechos de Argentina muestran claramente el peligro
que corre el proletariado si se deja arrastrar al terreno podrido de la
revuelta "popular" interclasista, el problema del desenlace
de la evolución de la sociedad hacia la barbarie o hacia la revolución
no se juega allí sino que tiene su epicentro en las grandes concentraciones
obreras del mundo y muy especialmente en Europa occidental.
"Una revolución social no consiste simplemente en la ruptura
de una cadena, en el estallido de la vieja sociedad. No es un hecho mecánico
sino un hecho social indisolublemente ligado a los antagonismos de intereses
humanos, a la voluntad y a las aspiraciones de las clases sociales y de
su lucha" (16). Las visiones mecanicistas y materialistas vulgares
ven en la revolución proletaria únicamente el aspecto estallido
del capitalismo pero son incapaces de ver el aspecto más importante
y decisivo - su destrucción revolucionaria por la acción
consciente del proletariado, es decir, lo que Lenin y Trotski llamaban
el "factor subjetivo". Aquellos enfoques materialistas vulgares
son una traba en la toma de conciencia de la gravedad de la situación
histórica marcada por la entrada del capitalismo en la fase última
de su decadencia, la fase de la descomposición, de su putrefacción
de raíz. Además ese materialismo mecánico y contemplativo
les hace quedarse "satisfechos" con el aspecto "objetivamente
revolucionario": la agravación inexorable de la crisis económica,
las convulsiones de la sociedad, la podredumbre de la clase dominante.
Los peligros que entrañan las manifestaciones de la descomposición
del capitalismo (incluida la explotación ideológica que
de ellas hace la clase dominante) para la conciencia del proletariado,
para el desarrollo de su unidad y de su confianza en sí, son barridas
de un plumazo de materialismo vulgar (17).
Pero la clave de una perspectiva revolucionaria en nuestra época
está precisamente en la capacidad del proletariado para desarrollar
en sus luchas ese conjunto de elementos "subjetivos" (la conciencia,
la confianza en su porvenir revolucionario, su unidad y solidaridad de
clase) que le permitirán contrarrestar progresivamente y acabar
superando el peso de la descomposición ideológica y social
del capitalismo. Donde existen las condiciones más favorables para
su desarrollo es precisamente en las grandes concentraciones obreras de
Europa occidental pues "las revoluciones sociales no se producen
allí donde la clase dominante es más débil o su estructura
está menos desarrollada, sino al contrario, allí donde su
estructura ha alcanzado la mayor madurez compatible con las fuerzas productivas
y donde la clase portadora de las nuevas relaciones sociales llamadas
a sustituir a las antiguas es más fuerte... Marx y Engels buscaban
e insistían en los puntos donde el proletariado es más fuerte,
está más concentrado y es más apto para operar la
transformación revolucionaria del mundo. Pues, aunque la crisis
golpea más brutalmente a los países subdesarrollados no
hay que perder de vista nunca que tiene su origen en la sobreproducción
y por tanto en los grandes centros de desarrollo del capitalismo. Esta
es una razón suplementaria de por qué las condiciones para
una respuesta contra la crisis y su superación se encuentran fundamentalmente
en esos grandes centros" (18).
De hecho, la visión deformada del BIPR sobre el contenido de clase
de lo ocurrido en Argentina debe relacionarse con su análisis de
las potencialidades del proletariado de los países de la periferia
que se expresa, en particular, en sus "Tesis sobre la táctica
comunista en los países de la periferia capitalista" adoptadas
en el VIº Congreso de Battaglia communista (publicadas en italiano
en Prometeo nº 13, serie V, junio de 1997). Según esas Tesis,
las condiciones prevalecientes en los países de la periferia determinan
en éstos "un potencial de radicalización de las conciencias
más elevado que en las formaciones sociales de las grandes metrópolis",
lo cual tiene como consecuencia que "queda la posibilidad de que
la circulación del programa comunista entre las masas sea más
fácil y el "nivel de escucha" obtenido por los comunistas
revolucionarios sea más alto comparado con las concentraciones
sociales del capitalismo avanzado".
En la Revista internacional nº 100, en el artículo "La
lucha de la clase obrera en los países de la periferia del capitalismo",
rebatimos con detalle ese análisis que no vamos a repetir aquí.
En lo que sí queremos insistir es en la visión falsa del
BIPR de lo que significan las recientes revueltas en Argentina es una
ilustración no sólo de su incapacidad para integrar la noción
de curso histórico así como de la noción de descomposición
del capitalismo, sino además de que esas Tesis son erróneas.
Nuestro análisis, por su parte, no significa, ni mucho menos, que
despreciemos o subestimemos las luchas del proletariado en Argentina o
en otras zonas donde el capitalismo es más débil. Significa
simplemente que los revolucionarios, como vanguardia del proletariado
que son y porque deben poseer una visión clara de la marcha general
del movimiento proletario en su conjunto, tienen la responsabilidad de
contribuir a que el proletariado y sus minorías revolucionarias
tengan en todos los países una visión más clara y
exacta de cuáles son sus fuerzas y sus limitaciones, de quiénes
son sus aliados y cómo deben orientar sus combates.
Contribuir a esta perspectiva es la tarea de los revolucionarios. Para
cumplirla deben resistir con todas sus fuerzas la tentación oportunista
de ver, por impaciencia, inmediatismo y falta de confianza histórica
en el proletariado, un movimiento de clase allí donde -como así
ha sido en Argentina - solo ha habido una revuelta interclasista.
Adalen, 10-03-2002
1) Esta declaración se encuentra en el sitio de Internet del BIPR (http://www.internationalist.net/) y se titula "D'Argentine une leçon : Ou le parti révolutionnaire et le socialisme, ou la misère généralisée et la guerre" ("Una lección de Argentina: o partido revolucionario y socialismo o miseria generalizada y guerra"). Si dedicamos una buena parte de este artículo a rebatir los análisis del BIPR no es, ni mucho menos, debido a una hostilidad particular hacia esa organización, sino porque es, junto al nuestro, el componente principal del medio político proletario, lo cual nos impone la responsabilidad de combatir aquellas concepciones que estimamos erróneas y vehículos de la confusión para quienes se acercan a las posiciones de la Izquierda comunista. 2) Ver en Revista internacional: "Dificultades crecientes del proletariado tras la caída del estalinismo" (nº60); "¿Por qué el proletariado no ha hecho la revolución?" (números 103 y 104); "Informe sobre la lucha de clases" (nº 107). 3) Ver en particular los números 319 y 320 de Révolution internationale. 4) Ver en Revista Internacional nº 106 "Informe sobre la crisis económica". 5) Fuente: Banco Mundial, World Development Indicators 2001. 6) Ver el antes mencionado "Informe sobre la crisis económica" en Revista internacional nº 106 y "30años de crisis capitalista" en Revista internacional números 96 a 98. 7) Toma de posición del BIPR sobre Argentina antes mencionado. 8) Página 12, reportaba: "el dato, sin precedentes, de que en algunos barrios del Gran Buenos Aires los saqueos habían pasado de los comercios a casas". 9) Ver Révolution internationale nº 320, órgano de la CCI en Francia. 10) Tomado de un Sitio WEB de resúmenes de prensa argentina. 11) En sí mismo no es negativo el estudiar las obras de pensadores anteriores al movimiento proletario pues éste integra y supera en su conciencia revolucionaria todo el legado histórico de la humanidad. Sin embargo, no es precisamente un adecuado punto de partida para enfrentar los graves problemas actuales el comenzar por Rousseau. 12) Recogido de Internet: www.cacerolazo.org. 13) Ver las "Tesis sobre la descomposición" aparecidas en Revista internacional nº 62 y publicadas de nuevo en Revista internacional nº 107. 14) En cambio, el PCInt, en su número 460 de Le Prolétaire adopta una clara toma de postura ya desde el título mismo de su artículo "Los cacerolazos han podido derribar a presidentes. Para combatir el capitalismo, ¡se necesita la lucha obrera!" denunciando el carácter interclasista del movimiento y defendiendo que "sólo hay un camino para oponerse a esa política: la lucha contra el capitalismo, la lucha obrera que una a todos los proletarios basándose en objetivos no populares sino de clase, la lucha no nacional sino internacional, la lucha que se da como objetivo final no de reforma sino de revolución" (trad. del francés por nosotros). 15) Para ver nuestra concepción del curso histórico se pueden leer nuestros artículos en la Revista internacional nº 15, 17 y 107. Hemos polemizado con la concepción del BIPR en artículos en la Revista internacional nº 36 y 89. 16) Revista internacional, nº 31. 17) "Los diferentes factores que son la fuerza del proletariado chocan directamente con las diferentes facetas de la descomposición ideológica: - la acción colectiva, la solidaridad, encuentran frente a ellas la atomización, el "sálvese quién pueda", el "arreglárselas por su cuenta"; - la necesidad de organización choca contra la descomposición social, la dislocación de las relaciones en que se basa cualquier vida en sociedad; - la confianza en el porvenir y en sus propias fuerzas se ve minada constantemente por la desesperanza general que invade la sociedad, el nihilismo, el "no future"; - la conciencia, la clarividencia, la coherencia y unidad de pensamiento, el gusto por la teoría, deben abrirse un difícil camino en medio de la huida hacia quimeras, drogas, sectas, misticismos, rechazo de la reflexión y destrucción del pensamiento que están definiendo a nuestra época" ("La descomposición, fase última de la decadencia del capitalismo", Revista internacional nº 62, 1990 y nos107, 2001. 18) Idem.
Los acontecimientos en Argentina entre diciembre 2001 y febrero 2002 han despertado un fuerte interés en los elementos politizados de todo el mundo. Discusiones y reflexiones se han producido entre obreros combativos en los centros de trabajo. Algunos grupos trotskistas han hablado de "inicio de la revolución"; dentro de la Izquierda comunista, el BIPR han dedicado numerosos artículos y en una "Declaración" han afirmado que "en Argentina, los estragos causados por la crisis económica han puesto en movimiento a un proletariado fuerte y determinado en el terreno de la lucha y de la autoorganización, capaz de expresar una ruptura de clase" (1). El interés suscitado por la situación de efervescencia social en Argentina es perfectamente legítima y comprensible. En efecto, desde el desmoronamiento del bloque del Este, en 1989, la situación internacional no ha estado marcada por movimientos proletarios de masas como lo fueron por ejemplo la huelga en Polonia en 1980 o luchas como la de Córdoba (el "cordobazo") en Argentina en 1969. La primera plana de los acontecimientos ha estado dominada por la barbarie bélica (guerra del Golfo en 1991, Yugoslavia, Afganistán, Oriente Medio...), los efectos cada vez más crueles del avance de la crisis económica mundial (despidos masivos, desempleo, recorte de salarios y pensiones) y las diferentes manifestaciones de la descomposición del capitalismo (destrucción del medio ambiente, multiplicación de catástrofes "naturales" y "accidentales", estallidos de fanatismo religioso, racial, de la criminalidad, etc.). Esta situación - cuyas causas hemos explicado detalladamente (2) - hace que muchos elementos politizados dirijan su atención a acontecimientos donde parece romperse ese abrumador dominio de las "malas noticias": en Argentina las protestas callejeras han provocado un baile de presidentes sin precedentes (5 en 15 días), se han dado la forma de asambleas multitudinarias "autoconvocadas" y han expresado ruidosamente su rechazo a "todos los políticos". Los revolucionarios deben seguir atentamente los movimientos sociales para así tomar posición e intervenir allí donde la clase obrera se manifiesta. Es indudable que los obreros han participado en las movilizaciones que han sacudido Argentina y que algunas luchas aisladas han formulado claras reivindicaciones clasistas y han chocado con el sindicalismo oficial. Somos solidarios con esos combates pero nuestra mejor contribución, como grupo revolucionario, es ante todo despejar la mayor claridad en el análisis de esos acontecimientos. De esa claridad depende la capacidad de las organizaciones revolucionarias para realizar una intervención adecuada, refiriéndose constantemente al marco histórico e internacional definido por el método marxista. Lo peor que pueden hacer las organizaciones de la vanguardia del proletariado es sembrar falsas ilusiones en nuestra clase, haciéndole tomar sus derrotas por victorias y su debilidad como si fuera fuerza. Un error así, al contrario de ayudar al proletariado a recuperar la iniciativa, a desarrollar sus luchas en su propio terreno de clase, a afirmarse como única fuerza social antagónica al capital, lo único que hace es hacer su tarea todavía más difícil. Desde ese punto de vista la pregunta que nos hacemos es: ¿cuál ha sido la naturaleza de clase de los acontecimientos en Argentina? ¿Se trata de un movimiento donde el proletariado ha desarrollado, como dice el BIPR, su "autoorganización" y su "ruptura" con el capitalismo?. Nuestra respuesta es rotunda: NO. El proletariado en Argentina se ha visto sumergido y diluido en un movimiento de revuelta inter clasista. Ese movimiento de protesta popular, en el que se ha anegado la clase obrera, no ha expresado la fuerza del proletariado, sino su debilidad. No ha avanzado hacia su autonomía política ni hacia su autoorganización. El proletariado no necesita consolarse ni agarrarse a quimeras ilusorias. Lo que necesita es encontrar el camino de su propia perspectiva revolucionaria, afirmarse en el ruedo social como única clase capaz de ofrecer un porvenir a la humanidad y, a partir de ahí, llevarse tras él a las demás capas sociales no explotadoras. Para ello, el proletariado necesita mirar la realidad de frente, y no debe temer la verdad. Para desarrollar su conciencia y poner sus luchas a la altura de la situación histórica actual, no puede zafarse a la crítica y la reflexión a fondo sobre los errores que comete y las dificultades por las que atraviesa. Los acontecimientos en Argentina servirán al proletariado mundial - y al propio proletariado argentino cuyas capacidades de combate no se han agotado ni mucho menos - si saca una lección clara de ellos: la revuelta interclasista no debilita al poder burgués a quien debilita principalmente es al propio proletariado.
El hundimiento de la economía argentina una clara manifestación de la agravación de la crisisNo vamos a hacer aquí un análisis detallado de la crisis argentina. Remitimos para ello a nuestra prensa territorial (3). Particularmente significativas de la situación son la brutal escalada del desempleo que ha pasado de un 7% en 1992 al 17% en octubre 2001 y en solo 3meses ha saltado al 20% (diciembre 2001) y la aparición por primera vez desde los tiempos de la colonia española del fenómeno del hambre en un país considerado hasta hace muy poco de "nivel