No existe ni una organización internacional de la burguesía, OMC, Banco mundial, OCDE o FMI, que no haga alarde de sus preocupaciones de hacerlo todo por un "desarrollo duradero", preocupada por el porvenir de las generaciones futuras. No existe ni un solo Estado que no proclame su preocupación de respetar el medio ambiente. No existe ni una sola organización no gubernamental (ONG) con vocación ecologista que no se entregue a fondo en manifestaciones, peticiones, memorándums de todo tipo. Y tampoco existe un periódico de la burguesía que no se descuelgue con su artículo pseudocientífico sobre el calentamiento global del planeta. Todo ese personal - ¡no dudemos de sus buenas intenciones! - se dio cita en La Haya del 13 la 25 de noviembre del 2000 para definir las modalidades de aplicación del protocolo de Kioto (1). Nada menos que 2000 delegados representantes de 180 países, rodeados de 4000 observadores y periodistas, tenían supuestamente la responsabilidad de elaborar por fin la milagrosa receta para acabar con los desarreglos climáticos. ¿Resultado? ¡Nada! Menos que nada, sino una prueba más de que para la burguesía, las consideraciones sobre la supervivencia de la humanidad pasan, muy lejos, por detrás de la defensa de cada capital nacional.
Hace ya diez años, publicamos un artículo "Ecología: Es el capitalismo quien contamina el planeta" (Revista internacional no 63, 1990) que afirmaba: "el desastre ecológico es ahora una amenaza tangible para el ecosistema del planeta". Debemos afirmar que hoy el capitalismo ha concretado esa amenaza. A lo largo de los años 90, el saqueo del planeta ha proseguido con ritmo acelerado: deforestación, erosión del suelo, contaminación tóxica del aire que respiramos, de las corrientes subterráneas y de los mares y océanos, saqueo de los recursos fósiles naturales, diseminación de materias químicas o nucleares, destrucción de especies animales y vegetales, explosión de enfermedades infecciosas, y, en fin, subida continua del promedio de temperatura en la superficie del globo (7 de los años más cálidos ¡del milenio! pertenecen a la década de los 90). Los desastres ecológicos se combinan entre sí cada día más, son más globales, tomando a menudo un carácter irreversible, cuyas consecuencias a largo plazo son difícilmente previsibles.
Si la burguesía ha demostrado ampliamente que era totalmente incapaz de ni siquiera frenar un poco esa demencia destructora, sí ha demostrado, sin embargo, su capacidad para ocultar sus propias responsabilidades tras una multitud de tapaderas ideológicas. Se trata para ella - cuando no las ignora pura y simplemente - de presentar las calamidades ecológicas como ajenas a la esfera de las relaciones sociales capitalistas, ajenas a la lucha de clases. De ahí todas esas falsas alternativas, desde las medidas gubernamentales hasta los discursos "antimundialización" de las ONG, que tienen como objetivo oscurecer la única perspectiva que puede permitir a la humanidad salir de esta pesadilla: el derrocamiento revolucionario por la clase obrera del modo de producción capitalista.
Resulta claro para los revolucionarios que la causa está en la lógica productivista propia del capitalismo, como ya lo analizó Carlos Marx en El Capital: "Acumular para seguir acumulando, producir para seguir produciendo, ésa es la consigna de la economía política que proclama la misión histórica del periodo burgués. Y no se ha hecho la menor ilusión en cuanto a los dolores del parto de la riqueza: pero ¿para qué sirven esos lamentos que no cambian nada a las fatalidades históricas?" (Libro I - Cap. XXIV). Ahí están la lógica y el cinismo sin límites del capitalismo: la verdadera finalidad de la producción capitalista está en la acumulación del capital y no en la satisfacción de las necesidades humanas. Importa poco entonces el destino del planeta, de la humanidad y menos aun el de la clase obrera. Con la saturación global de los mercados, que se hizo efectiva en 1914, el capitalismo entró en su fase de decadencia. O sea que la acumulación del capital se ha vuelto cada día más conflictiva, más convulsiva. Desde entonces, "la destrucción del medio ambiente adquiere otra dimensión y otra cualidad [?] Estamos en una época en la que todas las naciones capitalistas están obligadas a competir entre sí dentro de un mercado supersaturado, una época, en consecuencia, de permanente economía de guerra, con un crecimiento desproporcionado de la industria pesada. Una época caracterizada por la irracionalidad, por la multiplicación inútil de complejos industriales en cada unidad nacional, [?] la aparición de megalópolis [?] el desarrollo de tipos de agricultura que han sido tan dañinas ecológicamente como la mayoría de los tipos de industria" (Revista internacional no 63). Esta tendencia ha dado un salto al entrar el capitalismo en la fase terminal de su decadencia, la de la descomposición, que caracteriza desde hace unos veinte años la putrefacción de raíz del sistema en la medida en que ni el proletariado ni la burguesía han logrado hasta ahora imponer su solución, o sea, revolución proletaria o guerra generalizada.
El capitalismo ha puesto el caos y la destrucción en el orden del día de la historia. Las consecuencias para el medio ambiente son catastróficas. Es lo que vamos a ilustrar (aunque muy parcialmente porque innumerables son los destrozos), mostrando cómo la burguesía enciende sistemáticamente contrafuegos ideológicos para se extravíen hacia callejones sin salida todos aquellos que se plantean legítimamente qué habría que hacer para acabar con este bestial ciclo de destrucción.
El capitalismo estropea el ecosistema...Tanto su carácter mundial como la dimensión de sus implicaciones dan a la cuestión de los trastornos climáticos una importancia de primer orden. No es por casualidad si la burguesía ha hecho de esta cuestión uno de los ejes mayores de sus campañas mediáticas. Pueden seguir pretendiendo los pedantes que "en lo que toca a la meteorología o la climatología, el hombre es de poca memoria" (le Monde, 10/9/2000) o ir acusando de terrores milenaristas; este tipo de actitud, al que nunca renuncia totalmente la burguesía, defiende implícitamente el statu quo, su posición dominante, el sentimiento de estar "protegido". Pero no puede el proletariado permitirse semejante lujo. Físicamente, siempre son los obreros y las capas más miserables de la población mundial las que sufren en sus carnes las consecuencias espeluznantes de las perturbaciones globales en el ciclo de vida terrestre que son provocadas por el aprendiz de brujo capitalista.
El IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change), encargado de hacer la síntesis de los trabajos científicos sobre cuestiones climáticas, recuerda en su "Informe para responsables" del 22 de octubre del 2000, los datos fundamentales observados, que expresan todos ellos una ruptura cualitativa en la evolución del clima: "La temperatura media de la superficie ha subido de 0,6 ºC desde 1860 [...]. Recientes análisis indican que el siglo XX ha sufrido probablemente en el hemisferio Norte el recalentamiento más importante de todos los siglos desde hace mil años [...]. La superficie del manto de nieve ha disminuido un 10 % desde finales de los 60 y el período de hielo de lagos y ríos ha disminuido en el hemisferio Norte en unas dos semanas durante el siglo XX [...]. Disminución de la capa de hielo en el Ártico en un 40 % [...]. El nivel de los mares ha subido un promedio de 10 a 20 centímetros durante el siglo XX [...]. El ritmo de aumento del nivel de los mares durante el siglo XX ha sido diez veces más importante que durante los pasados 3000 años [...]. Las precipitaciones han aumentado entre 0,5 y 1% por década durante el siglo XX para la mayoría de los continentes de latitud media o alta en el hemisferio Norte. Las lluvias han disminuido en la mayoría de tierras intertropicales".
La ruptura aun es más patente si se toman en consideración las concentraciones de gases llamados "de efecto invernadero" (2), puesto que "desde el principio de la era industrial, la composición química del planeta ha sufrido una evolución sin precedentes" (3), lo que no puede negar el informe del IPCC: "Desde 1750, la concentración atmosférica de gases carbónicos (CO2) ha subido un tercio. La concentración actual nunca había sido superada desde hace cuatrocientos veinte mil años y probablemente tampoco durante los veinte millones de años pasados [...]. El nivel de concentración de metano (CH4) en la atmósfera se ha multiplicado por 2,5 desde 1750 y sigue creciendo". O sea que ha sido esencialmente durante el siglo XX, y más particularmente en las décadas pasadas y no desde 1750 cuando han sido observados estos cambios.
El simple hecho de poder poner en paralelo la duración del periodo de decadencia del capitalismo con periodos que cubren centenas de miles cuando no millones de años, ya es de por sí la más poderosa acta de acusación que se pueda lanzar a la cara de la dejadez e irresponsabilidad demencial del capitalismo como modo de producción, puesto que resulta incontestable que las alteraciones son el resultado directo de la actividad salvaje y anárquica de la industria y de los transportes de combustión fósil. No hace falta recordar aquí que, aunque durante este mismo periodo el capitalismo ha desarro-llado considerablemente sus capacidades productivas, ni la clase obrera ni la mayoría de la población del planeta han disfrutado de esos progresos. Desde este punto de vista, el balance social y humano de la decadencia capitalista, hecho de guerras y de miseria, es peor aun que el balance "climático", y en nada puede servirle a la burguesía como circunstancia atenuante (4).
Por otra parte, el que el Informe del IPCC señale que "las pruebas de una influencia humana sobre el clima global son mayores ahora que cuando el segundo Informe" de 1995 sólo sirve para disculpar a la burguesía, la cual no ha hecho más que manipular el discurso científico durante los años 90, planteando voluntariamente las malas preguntas. Así es como, tras haber admitido el recalentamiento (y con mucho retraso respecto a los estudios científicos), la pregunta de la burguesía fue: ¿qué prueba formal tenemos de que ese recalentamiento se debe a la actividad industrial y no a un ciclo natural?. Planteado así, resulta muy difícil contestar científicamente. Pero lo que siempre ha sido particularmente flagrante es la ruptura cualitativa en la evolución observada del clima descrita más arriba, cuando las tendencias cíclicas del clima (perfectamente conocidas y modeladas al estar dirigidas con parámetros astronómicos tales como las variaciones de la órbita terrestre, la inclinación del eje de rotación de la Tierra, etc.) nos colocan precisamente en un periodo de glaciación relativa iniciado hace mil años y que todavía debe durar unos 5000. Y por si no es suficiente, dos parámetros más van en el sentido del enfriamiento: el ciclo de actividad solar y el aumento de partículas en la atmósfera... aumento también debido a la contaminación industrial (y a las erupciones volcánicas...). Así queda patente la hipocresía de la burguesía que exige "pruebas". Ahora que resulta difícil negar el origen capitalista del recalentamiento, la nueva pregunta que preocupa a los medios burgueses es: ¿puede demostrarse formalmente el vínculo entre este recalentamiento y fenómenos observados recientemente (ciclón Mitch y Eline, tormentas en Francia, inundaciones en Venezuela, Gran Bretaña, etc.)? Una vez más, la comunidad científica tiene dificultades para contestar a esa pregunta tan poco... científica, cuyo único objetivo es sembrar la idea de que en fin de cuentas, el recalentamiento no tendría consecuencias sensibles: organismos oficiales como la Meteorología nacional francesa contestan con fórmulas jesuíticas de lo más alambicado: "No está demostrado que los recientes incidentes extremos sean la manifestación de un cambio climático, pero cuando éste sea plenamente perceptible es verosímil que pueda venir acompañado de un aumento de incidentes extremos." Y los cambios climáticos venideros son de lo más inquietante, también según el IPCC: "el aumento promedio de la temperatura de la superficie se supone que será un 1,5 a 6 °C [...] este aumento no tendría ningún precedente durante los 10000 años pasados", mientras la subida de los mares alcanzaría unos 0,47 metros de promedio, "o sea entre 2 y 4 veces el aumento de nivel observado durante el siglo XX". Hemos de añadir que estas previsiones no toman en cuenta el ritmo real de la deforestación (siguiendo con el ritmo actual, todos los bosques habrán desaparecido en 600 años). Por terribles y mortíferas que fueran las probables consecuencias de estas variaciones climáticas en términos de inundaciones, ciclones en ciertas áreas y sequía en otras, como también en términos de penuria de agua potable, de desaparición de especies animales, etc., para el director del Instituto francés de investigaciones médicas "ése no es el peligro principal. Es la dependencia del hombre respecto a su entorno. Las migraciones, la superconcentración humana en un ámbito urbano, la disminución de las reservas de agua, la contaminación y la pobreza siempre han sido condiciones propicias para la difusión de microorganismos infecciosos [pero ¡si es el capitalismo quien ha desarrollado las grandes concentraciones, la pobreza y la contaminación!]. Ahora bien, la capacidad reproductora e infecciosa de varios insectos y roedores, vectores de parásitos o de virus, depende de la temperatura y humedad del medio. En otros términos, una subida de la temperatura, por pequeña que sea, abre las puertas a una expansión de numerosos agentes patógenos tanto para el animal como para el hombre. Y así, enfermedades parasitarias tales como el paludismo, la esquistosomiasis o la enfermedad del sueño, infecciones vírales como el dengue, ciertas encefalitis y fiebres hemorrágicas, han ido ganando terreno estos años pasados. Han vuelto a zonas en que habían desaparecido, pero también afectan ahora a regiones que nunca habían estado afectadas [...]. Las proyecciones para el año 2050 muestran que 3 mil millones de seres humanos vivirán amenazados por el paludismo [...]. También del mismo modo se multiplican las enfermedades transmitidas por el agua. El recalentamiento de las aguas dulces favorece la proliferación de microbios. El de las aguas saladas - en particular cuando están enriquecidas por corrientes humanas - permite al fitoplancton, auténtico vivero de bacilos, reproducirse de forma acelerada. El cólera, que había desaparecido prácticamente de Latinoamérica a partir de los 60, mató a 1368053 personas entre 1991 y 1996. Al mismo tiempo, surgen nuevas infecciones o van más allá de los nidos ecológicos en que habían quedado relegadas [...]. La medicina está desarmada, a pesar de sus progresos, ante la explosión de varias patologías. La epidemiología de enfermedades infecciosas [...] puede tomar nuevos aspectos durante el siglo XXI, con la expansión en particular de zoonosis, infecciones transmisibles del animal vertebrado al hombre y viceversa" (Manière de Voir n°50, p. 77).
... y lo hace todo para disculparseA tal nivel de responsabilidad histórica, la respuesta ideológica de la burguesía ha sido organizar descomunales verbenas hipermediatizadas, desde la Conferencia de la Tierra en Río en 1992 hasta La Haya, pasando por Kioto y Berlín, para hacernos tragar que la clase dominante habría tomado por fin conciencia de los peligros que amenazan el Planeta. El fraude funciona a varios niveles. Para empezar, darnos la ilusión de que si se alcanzaran los objetivos decididos en Kioto sería un primer paso significativo. Ahora bien, no solo es evidente que no se alcanzarán esos objetivos, sino que, aunque así fuese, es tan ridículo el ritmo decidido que no disminuiría en nada la actual tendencia al recalentamiento. Esto deja patente que todas las ONG, al igual que todos los partidos ecologistas, que se comprometen a fondo en esas discusiones sobre la aplicación del protocolo de Kioto, forman parte de esta mistificación. En nada puede tratarse de un paso hacia adelante, en el mejor de los casos sería un paso de lado. En segundo lugar, hacernos creer que si los Estados no siempre logran ponerse de acuerdo, es porque tienen una visión diferente de los medios para alcanzar el objetivo común de disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero. En realidad, cada capital nacional defiende sus intereses e intenta imponer en las negociaciones normas de producción que estén lo más cerca posible de las suyas propias, con sus capacidades tecnológicas, con su modo de abastecimiento energético, etc. Por ejemplo, ni Francia ni Estados Unidos respetan los compromisos de Kioto (las emisiones de gas carbónico han aumentado un 11% en EEUU y un 6,5% en Francia); sin embargo cuando el presidente francés Chirac declara que "la esperanza de una limitación eficaz de los gases de efecto invernadero está ahora en manos americanas" (le Monde, 20/11/2000), ha de traducirse : "en la guerra comercial que nos opone, nos gustaría ponerles unos grillos atados a los pies". Lo mismo ocurre con la puesta en marcha de un sistema de "observación" exigido por la Unión Europea para multar a quienes sobrepasaran sus cuotas de contaminación (o sea que no se trata en absoluto, dicho sea una vez más, de impedirla). Ya puestos a ello, ¡que pidan a EEUU que financie Airbus y limite la producción de Boeing! La cosa es todavía más sencilla para los países del Tercer mundo: el peso de la crisis, de la deuda y de la miseria han sistematizado el saqueo de los recursos naturales, dejando hacer lo que les dé la gana a las grandes compañías occidentales que alimentan la corrupción local. Se trata de una realidad que el capitalismo es incapaz, por definición, de superar. En el marco capitalista, todo apoyo a unas medidas con respecto a otras implica favorecer a unos Estados contra otros. Y para terminar, la última falsificación tan del gusto de los reformistas de todo jaez: la idea de que hay que luchar a favor de un capitalismo limpio, respetuoso del medio ambiente, sin competencia, un capitalismo de ensueño. Esta santa cruzada se hace en nombre de la antimundialización y dirige sus súplicas desgarradas al Estado para que éste legisle, imponga tasas, presione a las malditas multinacionales. Ocurre como con la legislación del trabajo, la cual no cambia para nada ni la explotación capitalista, ni el desempleo, ni la miseria y ni siquiera impide no ser respetada cuando le interesa a la burguesía. No existe legislación, obligación fiscal o cualquiera que sea la medida con pretensiones ecologistas que no sea perfectamente asimilable por el capitalismo, y hasta favorable a la modernización del aparato productivo, cuando no se trata pura y sencillamente de una forma disfrazada de proteccionismo o de una justificación cómoda de medidas antiobreras (despidos por cierre en empresas contaminadoras, bajada de sueldos para absorber los costos de la normalización, etc.). Desde este punto de vista, los llamados "impuestos ecológicos" (contamino pero pago... un poquito) y el mercado de los permisos para emitir gases cuyo principio ha sido admitido, ¡demuestran el camino por el que va el realismo capitalista en materia de lucha contra la contaminación y el recalentamiento global! Por eso los partidarios de la ecología política y las ONG más coherentes acaban justificando las medidas necesarias desde el punto de vista de la rentabilidad misma del capital y no es extraño verlos integrar, con función de consultantes, los centros de decisión de la burguesía. Resulta evidente en lo que concierne los partidos "verdes", presentes en varios gobiernos de Europa (Francia, Alemania), pero también lo es para las ONG como el World Conservation Monitoring Centre, que se ha convertido en verdadera antena de Naciones Unidas, defendiendo que "las políticas y medidas referentes al cambio climático han de tener una relación eficacia/gastos para garantizar beneficios globales al menor costo posible". En este mismo sentido, el distribuidor de la ideología antimundialización (o sea anti-EEUU) en Francia, le Monde diplomatique, se indigna de que "el impacto combinado de los costos sociales del transporte automóvil - ruido, contaminación del aire, consumo de espacio y ausencia de seguridad - podría alcanzar hasta el 5 % del producto nacional bruto (PNB)" (Manière de voir, no 50, p.70). Esta conversión al realismo ecológico también puede manifestarse como una ayuda efectiva al Estado, como lo hemos podido ver con Greenpace que ofreció sus servicios tras el naufragio del carguero Ievoli-Sun frente a las costas francesas en noviembre del 2000. Es una característica de todas las corrientes ecológicas, sean ONG o partidos, el hacer del Estado capitalista el garantizador de los intereses comunes. Su modo de acción es fundamentalmente a-clasista (puesto que todos estamos concernidos) y democrático (también son los campeones de la democracia local): sería la presión popular, la reacción ciudadana, la que debe imponer al Estado (lo suponemos sinceramente emocionado por semejante movilización) tomar las medidas a favor del medio ambiente. Ni falta hace decir que esa contestación, que ni cuestiona los fundamentos del modo de producción capitalista ni el poder político de la clase dominante, es totalmente asimilable por la burguesía. Y en cuanto a muchos que no se creen estos cuentos de hadas, pero que se desmoralizan también esto acaba siendo una victoria para la burguesía. Ya hemos visto que es totalmente ilusorio pensar que puedan existir mecanismos integrados al capitalismo que permitan acabar con los desastres ecológicos (5), tanto más cuando estos son el resultado del funcionamiento más propio del capitalismo. Son las relaciones sociales capitalistas lo que hay que destruir para imponer una sociedad en la que la satisfacción de las necesidades del hombre, en el mismo cogollo del modo de producción, no se haga a costa del entorno natural, puesto que ambos, hombre y naturaleza, están indisociablemente vinculados. Solo el proletariado podrá llevar a cabo la instauración de esa sociedad, la sociedad comunista, pues es la única fuerza social capaz de desarrollar una conciencia y una práctica que tienden a "revolucionar el mundo existente" y a "trasformar prácticamente el estado de las cosas" (Marx, La Ideología alemana). Desde su aparición como teoría revolucionaria del proletariado, el marxismo se afirmó opuesto a la ideología burguesa, incluso contra sus concepciones materialistas más avanzadas, que no veían en la naturaleza más que un objeto exterior al hombre y no una naturaleza histórica. El dominio de la naturaleza jamás ha tenido para el proletariado el sentido saqueo de la naturaleza: "A cada paso se nos recuerda que no reinamos en absoluto sobre la naturaleza como un conquistador sobre un pueblo extranjero, como alguien ajeno a la naturaleza - sino que nosotros, con nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, existimos en ella, y que toda nuestra superioridad estriba en que tenemos la ventaja sobre las demás criaturas de ser capaces de entender sus leyes y aplicarlas correctamente" (Engels, Dialéctica de la naturaleza). Sin embargo, es evidente que la toma de conciencia de la gravedad de los problemas ecológicos no puede ser por sí mismo un factor de movilización en las luchas que la clase obrera tendrá que librar hasta el triunfo de la revolución comunista. Como ya lo afirmábamos en la Revista internacional no 63, y los 10 años pasados no han hecho sino confirmarlo, "la cuestión como tal no le permite al proletariado afirmarse como fuerza social distinta. Al contrario, [?] le ofrece a la burguesía un pretexto ideal para sus campañas interclasistas [?]. La clase obrera no podrá dedicarse a solucionar la cuestión ecológica hasta que no se haya hecho con el poder político en todo el mundo". Sin embargo, las aberraciones del sistema capitalista en descomposición también afectan a los proletarios (salud, alimentación, vivienda...) y de esta forma pueden convertirse en factor de radicalización en la luchas económicas venideras. Para todos aquellos que, aun no perteneciendo a la clase obrera pero sinceramente opuestos e indignados por la destrucción del planeta, la única perspectiva constructiva para su indignación es la de hacer la crítica de la ideología ecologista, y responder a la invitación del Manifiesto comunista alzándose hasta la comprensión general de la historia de la lucha de clases, incorporándose al combate del proletariado en sus organizaciones revolucionarias. La destrucción del entorno no es un problema técnico sino político: el capitalismo es hoy más que nunca un verdadero peligro mortal para la humanidad, y hoy más que nunca el porvenir está en manos del proletariado. No se trata de una visión mesiánica o abstracta. Es una necesidad que tiene sus raíces en la misma realidad del modo de producción capitalista. Al proletariado no le queda mucho tiempo para cortar el nudo histórico entre socialismo o barbarie. Cuanto más pasa el tiempo, más apocalíptica será la herencia que dejará la descomposición acelerada de la sociedad capitalista y que la sociedad comunista tendrá que solucionar.
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1) El protocolo de Kioto (diciembre de 1997) es la petición de principio de los Estados que firmaron la convención sobre los cambios climáticos de Río de Janeiro (1992), comprometiéndose a reducir un 5,2 % de aquí a 2010 las emanaciones de gases de efecto invernadero respecto a 1990. 2) El efecto invernadero es un "proceso [que] da una función considerable a los gases minoritarios de la atmósfera (vapor de agua, dióxido de carbono, metano, ozono): al impedir que salgan libremente del planeta las radiaciones infrarrojas terrestres, éstas mantienen suficiente calor cerca del suelo para que el planeta sea habitable (si no, el promedio de temperatura sería -18 °C)" (Hervé Le Trent, director de investigaciones al laboratorio de Meteorología dinámica de París, le Monde, 7 de agosto del 2000). 3) Hervé Le Trent, idem. 4) Véase el artículo "El siglo más sanguinario de la historia", Revista internacional nº 101. 5) No es aquí el lugar para desarrollar las otras caras del desastre ecológico: desertificación y deforestación incontroladas, desaparición de especies animales con todas las pérdidas medicinales potenciales que ello conlleva (de aquí a 2010, 20 % de las especies conocidas habrán desaparecido, una tercera parte de ellas animales domésticos), envenenamiento permanente por la dioxina, utilización masiva de pesticidas tóxicos, penuria de agua potable (cada 8 segundos se muere un niño por falta de agua o debido a su mala calidad), contaminación nuclear militar y civil, saqueo de regiones enteras por la explotación petrolera, agotamiento de los recursos oceánicos, guerras locales, etc. Así como para la cuestión del recalentamiento global, las "soluciones" de la burguesía consisten en disfrazar la realidad tanto como puede y en cualquier caso seguir agravándola.
El 21 de marzo hará 80 años que el Partido bolchevique, cuatro años después de que la clase obrera tomara el poder durante la Revolución rusa en octubre de 1917, acabó por la fuerza con la insurrección de la guarnición de la flota del Báltico en Cronstadt, situada en la pequeña isla de Kotlin, en el Golfo de Finlandia y a 30 kilómetros de Petrogrado.
Durante varios años, en la guerra civil, el partido bolchevique tuvo que librar un sangriento combate contra los ejércitos contra-rrevolucionarios de las burguesías rusa y extranjera. Pero la revuelta de la guarnición de Cronstadt fue algo nuevo y diferente: se trataba de una revuelta de unos obreros, partidarios del régimen de los soviets, que habían estado en la vanguardia de la Revolución de octubre. Y eran esos mismos obreros los que, ahora, ponían por delante sus reivindicaciones para corregir los numerosos abusos y desviaciones intolerables del nuevo poder.
Desde entonces, el aplastamiento violento de esa lucha ha quedado como una referencia para poder comprender el sentido del proyecto revolucionario. Esto es aún más cierto hoy en día cuando la burguesía se afana en probar a la clase obrera que hay un hilo histórico ininterrumpido que va de Marx y Lenin a Stalin y el gulag.
Nuestra intención, en este artículo, no es entrar en todos los detalles históricos. Ya hemos publicado otros artículos en la Revista internacional que tratan los acontecimientos con mayor precisión (Revista internacional nº 3, "Lecciones de Cronstadt", y nº 100 "1921: el proletariado y el Estado de transición").
Aprovechamos la ocasión de este aniversario para concentrarnos, de manera polémica, en dos tipos de argumentos sobre la revuelta de Cronstadt: en primer lugar, el empleo por los anarquistas de estos sucesos para probar la naturaleza autoritaria y contrarrevolucionaria del marxismo y de los partidos que de él se reclaman; en segundo, la idea de que todavía existe en el campo proletario de que el aplastamiento de la rebelión fue una "trágica necesidad" para defender los logros de Octubre.
La visión anarquista
Según Volin, historiador anarquista:
"Lenin nada comprendió; más bien, nada quiso comprender del movimiento del Cronstadt. Lo esencial, para él y para su partido, era permanecer en el poder a toda costa (...) Como marxistas (autoritarios y estatalistas, pues) los bolcheviques no podían admitir la libertad de las masas, la independencia de su acción. No tenían confianza alguna en las masas libres. Estaban persuadidos de que la caída de su dictadura significaría la caída de toda la obra emprendida y poner en peligro la revolución, con la que ellos se indentificaban (...).
Cronstadt fue la primera tentativa popular enteramente independiente para librarse de todo yugo y realizar la revolución social, tentativa directa, resoluta y audaz de las masas mismas, sin pastores políticos, jefes ni tutores. Fue el paso inicial para la Tercera revolución. Cronstadt cayó. Pero el deber quedó cumplido, y eso fue lo esencial. En el laberinto tenebroso de los cambios que se ofrecen a las masas humanas en revolución, Cronstadt es un faro que ilumina la buena ruta. Poco importa que, en las circunstancias que afrontaron, los rebeldes hablaran aún de un poder (el de los soviets), en lugar de desterrar para siempre la palabra y la idea de poder, para hablar de coordinación, de organización, de administración. Es el último tributo al pasado. Una vez conquistada definitivamente por las masas laboriosas mismas la amplia libertad de discusión, de organización y de acción; una vez emprendido el verdadero camino de la actividad popular independiente, el resto vendrá forzosamente" (Volin, La Revolución desconocida, volumen II, pág. 156 y 157, Campo Abierto Ediciones).
Como explica brevemente Volin, para los anarquistas era natural la represión de la revuelta de Cronstadt. Fue la consecuencia lógica de las concepciones marxistas de los bolcheviques. El sustitucionismo del partido, la identificación de la dictadura del proletariado con la dictadura del partido, la creación de un Estado de transición fueron la expresión de las grandes ansias de poder, de autoridad sobre unas masas en las que los bolcheviques no tenían ninguna confianza. Para Volin, bolchevismo significa el cambio de una opresión por otra.
Pero para él, Cronstadt no es una simple revuelta sino un modelo para el futuro. Si el Soviet de Cronstadt se hubiera limitado a las tareas económicas y sociales (coordinación, organización y administración) y olvidado las tareas políticas (sus propósitos respecto al poder de los soviets) habría dado la imagen de lo que debe ser una verdadera revolución social: una sociedad sin líder, sin partido, sin Estado, sin ningún tipo de poder, una sociedad de libertad inmediata y total.
Desgraciadamente para los anarquistas la primera de sus lecciones coincide al milímetro con la ideología dominante de la burguesía mundial, según la cual la revolución comunista solo puede conducir a un nuevo tipo de tiranía.
Esta coincidencia entre los anarquistas y la burguesía no es casual. Ambos miden la historia con abstracciones tales como la igualdad, la solidaridad, la fraternidad, contra la jerarquía, la tiranía y la dictadura. La burguesía utiliza cínica e hipócritamente esos principios morales contra la Revolución de octubre para justificar la brutalidad de las intervenciones armadas de sus fuerzas contrarrevolucionarias, y el bloqueo económico, contra Rusia entre 1918 y 1920. Por otro lado, la alternativa concreta que los anarquistas oponen al bolchevismo, no es más que una ingenua utopía donde desaparecen misteriosamente todas las enormes dificultades históricas a las que se enfrentó la revolución, y con las que se volverá a enfrentar en el futuro.
Pero como confirmaron los acontecimientos de España en 1936, después de haber rechazado la concepción histórica marxista de la revolución, la ingenuidad anarquista les obliga a capitular en la práctica ante la contra revolución burguesa.
Si, como dice Volin, lo que movía a los bolcheviques era su pasión por el poder absoluto, el anarquismo es - en cambio - incapaz de responder a toda una serie de cuestiones que emergen de la realidad histórica. ¿Si el objetivo último de los bolcheviques era la toma del poder, por qué, contrariamente a la mayoría de la social-democracia, se condenaron a sí mismos a un periodo de ostracismo entre 1914 y 1917 al denunciar la guerra imperialista y llamar a su transformación en guerra civil? ¿Por qué, contrariamente a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios, rechazaron unir-se al Gobierno provisional con la burguesía liberal rusa tras la Revolución de febrero 1917 (1) y, en su lugar, lanzaron la consigna de "todo el poder a los Consejos obreros"?.
¿Por qué muestra su confianza en las capacidades de la clase obrera rusa para dar inicio a la revolución proletaria mundial en Octubre, contrariamente a los partidos de la socialdemocracia internacional que la consideran demasiado atrasada y poco numerosa para derrocar a la burguesía?. ¿Por qué, por el contrario, dan su confianza a la clase obrera obteniendo de ella su apoyo para hacer los sacrificios necesarios para sobrevivir al bloqueo de los Aliados y para resistir, con las armas en la mano, a los ejércitos contrarrevolucionarios durante la Guerra civil?.
¿Cómo se puede entender que ellos lograran inspirar a la clase obrera internacional a que siguiera la vía rusa en sus tentativas revolucionarias en Europa y en el resto del mundo?. ¿Cómo pudo el Partido bolchevique impulsar la creación de una nueva internacional, la Internacional comunista, a escala mundial?.
En fin, ¿por qué el proceso de integración del partido en el aparato del Estado y la usurpación del poder obrero de los órganos de masas (los consejos obreros y los comités de fábrica) y, finalmente, el empleo de la fuerza contra la clase obrera, no ocurrió de la noche a la mañana sino tras un periodo de varios años?.
La historia de la malicia inherente a los bolcheviques no explica ni, en general, la degeneración de la Revolución rusa, ni, en particular, el episodio de Cronstadt.
En 1921 la Revolución rusa y el Partido bolchevique que la dirige, se enfrentan a una situación muy difícil. La extensión de la revolución a Alemania y otros países parece mucho menos probable que en 1919. La situación económica mundial es relativamente estable, y el alzamiento de los obreros en Alemania ha fracasado.
En Rusia, pese a la victoria en la guerra civil, la situación es dramática a causa de los repetidos asaltos de los ejércitos contrarrevolucionarios y la asfixia del país, organizada científicamente por la burguesía internacional. La infraestructura industrial estaba en ruinas, y la clase obrera diezmada por los sacrificios en los campos de batalla de la guerra mundial y después la guerra civil, en la que se vio obligada a abandonar masivamente las ciudades para tratar de sobrevivir en los pueblos.
La impopularidad creciente del régimen afecta a los bolcheviques, no solo de parte de los campesinos que desencadenan una serie de insurrecciones en las provincias, sino sobre todo en la clase que lanzó una ola de huelgas en Petrogrado a mediados de febrero de 1921. Entonces ocurre lo de Cronstadt. ¿Cómo podía Rusia mantenerse como un bastión de la revolución mundial, sobrevivir a esa situación de la clase obrera y a la desintegración económica, esperando un apoyo revolucionario de la clase obrera de otros países, en particular de Europa, que tardaba en llegar?.
Los anarquistas no dan ninguna explicación sobre la degeneración de la revolución. Cierran los ojos ante el problema de la supremacía política del proletariado, de la centralización del poder, de la extensión internacional de la revolución, y del periodo de transición hacía la sociedad comunista. Eso no impide reconocer que los bolcheviques cometiesen un error catastrófico al dar una respuesta militar a la revuelta de Cronstdat y al considerar la resistencia de la clase obrera hacia ellos como un acto de traición contrarrevolucionario.
Pero el Partido bolchevique no se puede beneficiar de la sapiencia retrospectiva y de la distancia que da la historia sobre los acontecimientos, que hoy debemos tener los revolucionarios. No puede apoyarse en las adquisiciones de un movimiento obrero que en aquella época no se había enfrentado con anterioridad a la inmensa y difícil tarea de mantenerse en el poder en un mundo capitalista hostil. La relación entre los soviets y el partido de la clase obrera, tras la victoriosa toma del poder, no es clara, como tampoco lo es la relación entre esos órganos de la clase obrera y el estado de transición que surge inevitablemente tras la destrucción del Estado burgués.
El Partido bolchevique, al tomar el poder del Estado e incorporar gradualmente los consejos obreros y los comités de fábrica, se mueve en lo desconocido. Según la opinión que imperaba en esa época en el seno del movimiento obrero, el principal peligro para la revolución viene del exterior del nuevo aparato del Estado: de la burguesía internacional, de la burguesía rusa en el exilio y de los campesinos.
En ese momento no hay ninguna tendencia en el movimiento comunista, ni siquiera las corrientes de "izquierda", que tenga una perspectiva alternativa pese a que ciertos revolucionarios, incluso dentro del Partido bolchevique, protestan contra la burocratización del régimen. Pero las orientaciones de esos revolucionarios son limitadas y contienen otros peligros. La Oposición obrera de Kolontai y Chliapnikov llama a los sindicatos a defender a los obreros contra los excesos del Estado olvidando que los consejos obreros han pasado a ser los órganos de masas del proletariado revolucionario.
Otros, en el seno del Partido bolchevique, se oponen al aplastamiento de la revuelta: los miembros del partido en Cronstadt se unen al movimiento, y elementos como Miasnikov forman, inmediatamente, el Grupo obrero y se oponen a la solución militar. Pero las tendencias de "izquierda" existentes en el partido y en la Internacional Comunista, a pesar de sus críticas al régimen bolchevique, sin embargo apoyan que se emplee la violencia. La Oposición obrera rusa se ofrece voluntaria para el asalto a Cronstadt. El Partido comunista obrero alemán, el KAPD, que está en contra de la dictadura del partido, apoya igualmente la acción militar contra la rebelión de Cronstadt (eso no impide que ciertos anarquistas de hoy, como la Federación anarquista de Gran Bretaña, se reivindiquen del KAPD y ¡ lo presenten como su antepasado !).
Finalmente, las reivindicaciones del Consejo obrero de Cronstadt, contrariamente a lo que opina Volin, no forman parte de una perspectiva alternativa ya que se sitúan principalmente en un contexto inmediato y local que no toma en cuenta las cuestiones más amplias planteadas por el bastión proletario y por la situación mundial. En particular, no dan respuestas sobre el papel de vanguardia que ha de tener el partido (2).
Más tarde, bastante más tarde, cuando los revolucionarios tratan de sacar todas las lecciones de la derrota de la Revolución rusa y de la oleada revolucionaria de 1917-23, es cuando están en condiciones de señalar las verdaderas enseñanza de ese trágico episodio.
"Hay circunstancias en que un sector proletario -- concedamos, incluso, que haya sido presa inconsciente de las maniobras del enemigo - pasa a la lucha contra el Estado proletario. ¿Qué hacer en esa situación?. Partir del principio de que el socialismo no se impone al proletariado por la fuerza. Habría sido mejor perder Cronstadt que conservarlo desde el punto de vista geográfico ya que, substancialmente, esa victoria solo podía tener un resultado: alterar las bases mismas, la substancia de la acción llevada por el proletariado" (Octubre nº 2, marzo 1938, Organo del Buró internacional de las Fracciones de la Izquierda comunista).
La Izquierda comunista pone el dedo en la llaga respecto al problema esencial: al emplear la violencia del Estado contra la clase obrera el Partido bolchevique permite que la contrarrevolución penetre en su seno. La victoria sobre Cronstadt acelera la tendencia del Partido bolchevique a convertirse en un instrumento del Estado ruso contra la clase obrera.
La Izquierda comunista, partiendo de esa concepción, fue capaz de sacar otra importante conclusión. El Partido comunista, para poder mantenerse como vanguardia del proletariado, debe mantener su autonomía respecto al Estado posrevolucionario, que representa la tendencia inevitable a la preservación del statu quo y, que impide el avance del proceso revolucionario.
La visión bordiguista
Sin embargo, hoy en día en el seno de la Izquierda comunista esta conclusión está lejos de ser compartida por todos. De hecho, una parte de la izquierda, particularmente la corriente bordiguista, retoma las justificaciones de Lenin y Trotsky sobre la represión de Cronstadt, en franca contradicción con la posición de la Fracción italiana en 1938:
"Sería vano discutir las terribles exigencias de una situación como la que obligó a los bolcheviques a aplastar Cronstadt con cualquiera que rechaza por principio que un poder proletario naciente o que se está consolidando pueda disparar contra los obreros. El examen del terrible problema que el Estado proletario tuvo que enfrentar refuerza, a su alrededor, la crítica de una visión de la revolución como un camino de rosas y permite comprender porque el aplastamiento de esa rebelión fue, según Trotsky, "una trágica necesidad", una necesidad e incluso un deber" ("Cronstadt: una trágica necesidad", Programa comunista nº 88, Organo del Partido comunista internacional, mayo de 1982).
La corriente bordiguista, bien defiende el internacionalismo intransigente del Partido bolchevique aunque defiende con la misma vehemencia, y pasando por alto la tradición a la que dice pertenecer, sus errores. Por eso es incapaz de comprender todas las lecciones de la degeneración del partido y de la revolución (3).
Para esta corriente la relación entre el partido, la clase obrera y el Estado posrevolucionario en el contexto de un periodo revolucionario, no presenta ningún problema de principio, únicamente de oportunidad, de táctica, sobre cómo la vanguardia asume su función, de la mejor manera, en cada situación:
"Esta lucha titánica no puede más que provocar, en el seno mismo del proletariado, terribles tensiones. En efecto, si es evidente que el partido no hace la revolución ni dirige la dictadura contra ni sin las masas, la voluntad revolucionaria de la clase no se manifiesta en las consultas electorales o en los "sondeos" que reflejan una "mayoría numérica" o, lo que es más absurdo, una unanimidad. Se expresa en un crecimiento y una orientación cada vez más precisa de las luchas en las que las fracciones más determinadas arrastran a los indecisos y vacilantes, barriéndolos si se oponen. En el curso de las vicisitudes de la guerra civil y de la dictadura pueden cambiar las posiciones y las relaciones entre las diversas capas. Lejos de reconocer el mismo peso y la misma importancia a todas las capas obreras, semi obreras o pequeño burguesas, en virtud de no se sabe qué "democracia soviética", como explica Trotsky en Terrorismo y comunismo, su propio derecho para participar en los soviets, es decir en los órganos del Estado proletario, depende de su actitud en la lucha.
"Ninguna "regla constitucional", ningún "principio democrático" permite entonces armonizar las relaciones en el seno del proletariado. No hay ninguna receta que permita resolver las contradicciones entre las necesidades locales y las exigencias de la revolución internacional, entre las necesidades inmediatas y las exigencias de la lucha histórica de la clase, contradicción que se expresa en la oposición entre diversas fracciones del proletariado. Ningún formalismo permite codificar las relaciones entre el partido, fracción más avanzada de la clase y órgano de su lucha revolucionaria, y las masas que siguen, en diversos grados, la presión de las condiciones locales e inmediatas. Incluso el mejor partido, el que sabe 'observar el estado de ánimo de las masas e influir en él' como dice Lenin, puede en ocasiones pedir lo imposible a las masas. Más exactamente, solo encontrará el "limite" de lo posible tratando de ir lo más lejos" (ídem).
El Partido bolchevique elige en 1921 la mala senda, sin ninguna experiencia anterior y sin parámetros de referencia que le permitan orientarse. Hoy, de forma absurda, los bordiguistas cometen los mismo errores que hicieron los bolcheviques invocando el principio de "no hay principios". Para ellos el problema del ejercicio de poder por parte del proletariado desaparece al presentar como formalistas y abstractos los medios con que la clase llega a una posición común. Incluso si es cierto que no hay un medio ideal para establecer un consenso ante una situación extrema y cambiante, los consejos obreros han demostrado ser el medio más adecuado para expresar la voluntad revolucionaria del proletariado como un todo, pese a la experiencia de 1918 en Alemania que muestra cómo pueden ser vulnerables a su recuperación por parte de la burguesía. Aunque los bordiguistas tengan la "generosidad" de admitir que el partido no puede hacer la revolución sin las masas, para ellos éstas no disponen de ningún otro medio para expresar su voluntad revolucionaria, como clase en su conjunto, que el partido contando con su permiso. El partido puede, si es necesario, corregir al proletariado fusil en mano como en Cronstadt. Según esta lógica, la revolución proletaria tiene dos consignas contradictorias: antes de la revolución "todo el poder a los soviets", y después de la revolución "todo el poder al partido".
Los bordiguistas, contrariamente a Octubre, olvidan que las tareas de la revolución proletaria, a diferencia de la revolución burguesa, no puede delegarse en una minoría. Solo pueden realizarse por medio de una mayoría consciente. La emancipación de los obreros será obra de los propios obreros.
Los bordiguistas rechazan a la vez la democracia obrera y la democracia burguesa como si de la misma superchería se tratara. Pero, los consejos obreros - los medios con los que el proletariado se moviliza para derrocar al capitalismo - deben ser los órganos de la dictadura del proletariado, que reflejan y regulan las tensiones y diferencias en su seno, que ejercen el poder armado sobre el Estado de transición. El partido, indispensable vanguardia, por muy claro y avanzado que esté respecto al conjunto de la clase en tal o cual momento, no puede sustituir al conjunto de la clase obrera organizada en consejos obreros para ejercer el poder.
Sin embargo los bordiguistas, tras haber demostrado el derecho - en la práctica ya que no en "los principios" - a disparar sobre los obreros, ante el horror que implica tal conclusión, acaban por negar cualquier carácter revolucionario a la revuelta de Cronstadt. Retoman una de las definiciones de Lenin: Cronstadt es una "contrarrevolución pequeño burguesa" que abre la puerta a la reacción de los guardias blancos.
No cabe la menor duda de que los obreros de Cronstadt tienen toda una serie de ideas confusas e, incluso, contrarrevolucionarias. Algunas de ellas aparecen en su plataforma. También es cierto que las fuerzas organizadas de la contrarrevolución tratan de utilizar, en su provecho, la rebelión. Pero los obreros de Cronstadt siguen considerándose parte integrante del movimiento proletario a escala mundial y continuadores de la Revolución de octubre:
"Que los trabajadores del mundo entero sepan que nosotros, los defensores del poder de los soviets, protegemos las conquistas de la revolución social. Venceremos o moriremos en las ruinas de Cronstadt batiéndonos por la justa causa de las masas proletarias" (Pravda de Cronstadt).
Sean cuales fueran las confusiones que tenían, es incuestionable que sus reivindicaciones reflejaban los intereses del proletariado frente a las terribles condiciones de existencia, a la opresión creciente de la burocracia estatal y la pérdida de su poder político por la atrofia de los consejos. Las tentativas infructuosas de los bolcheviques de estigmatizarlos tachándolos de pequeño burgueses y agentes potenciales de la contrarrevolución son solo un pretexto para salir airosos de una situación terriblemente peligrosa y compleja.
Con la ventaja que da la distancia histórica y el trabajo teórico hecho por la Izquierda comunista, hoy podemos ver los errores de base del razonamiento de los bolcheviques: los comunistas que aplastan la revuelta de Cronstadt acabarán siendo masacrados por una dictadura antiproletaria, el estalinismo (poder absoluto de la burocracia capitalista). De hecho los bolcheviques, al aplastar los esfuerzos obreros de Cronstadt por regenerar los consejos, al identificarse con el Estado, abren sin saberlo el camino al estalinismo. Así, participan en acelerar el proceso contrarrevolucionario cuyas consecuencias serán mucho más terribles y trágicas para la clase obrera que lo hubiera sido la restauración de los Blancos. En Rusia triunfa una contrarrevolución que se autoproclama comunista. La idea de que la Rusia estalinista es la encarnación viva del socialismo y la continuidad con la Revolución de octubre siembra una terrible confusión y una incalculable desmoralización en las filas de la clase obrera en todas partes del mundo. Aún vivimos las consecuencias de esa distorsión de la realidad con la identificación de la muerte del estalinismo y la del comunismo que desde 1989 hace la burguesía.
Pero los bordiguistas, a pesar de toda esa experiencia, continúan identificándose con el error trágico de 1921. ¡ Para ellos apenas si es una "trágica" necesidad y sí un deber comunista que habrá de repetirse !.
Los bordiguistas, al igual que los anarquistas, no ven ninguna contradicción entre el partido bolchevique de 1917 que dirige, pero también se atiene y subordina a la voluntad armada del proletariado revolucionario organizado en los consejos obreros; y el partido bolchevique de 1921 que ha vaciado a los consejos obreros de su poder anterior y ha lanzado la violencia del Estado contra la clase obrera. Pero, mientras los anarquistas ayudan a la burguesía en sus campañas que presentan a los bolcheviques como unos maquiavélicos traidores, los bordiguistas presentan esa imagen como el punto culminante de la intransigencia revolucionaria.
Una Izquierda comunista digna de esa nombre, que se reclama de la herencia del Partido bolchevique, debe ser capaz de criticar sus errores. El aplastamiento de la revuelta de Cronstadt es uno de los mayores y más dramáticos.
Como
1) Revolución en la que las masas obreras y populares echaron abajo al zarismo.
2) Respecto a la plataforma de la revuelta de Cronstadt ver la Revista internacional n º3.
3) El BIPR, Buró Internacional por el Partido revolucionario, es otra rama de la Izquierda Comunista que tiene una posición ambigua sobre Cronstadt. Un artículo publicado en Revolutionary Perspectives nº 23 (1986) reafirma el carácter proletario de la Revolución de octubre y del Partido bolchevique que la dirigió. Rechaza las idealizaciones anarquistas sobre la revuelta de Cronstadt señalando que la revuelta reflejaba las condiciones profundamente desfavorables para la revolución y contenía muchos elementos confusos y reaccionarios. El artículo, al mismo tiempo, critica la idea bordiguista de que era necesario el asalto a Cronstadt para preservar la dictadura del partido. Afirma que una de las lecciones esenciales de Cronstadt es que la dictadura del proletariado debe ejercerla la propia clase obrera por medio de sus consejos obreros (los soviets) y no el partido. El artículo también muestra cómo los errores de los bolcheviques sobre la relación entre partido y clase, en un contexto general de aislamiento de la Revolución rusa, aceleraron la degeneración interna tanto del partido como del Estado soviético.
Sin embargo, el artículo no caracteriza de proletaria la revuelta ni responde a una cuestión fundamental: ¿es posible que la dictadura proletaria emplee la violencia contra el descontento de la clase obrera?. Más aún, dice que la represión de la revuelta está más que justificada porque ésta era el producto de las maniobras de la contrarrevolución, a pesar de que esta represión abrió el paso a una lenta agonía del movimiento obrero.
A favor o en contra de la "globalización" o "mundialización", tranquilizadores o alarmantes, los discursos sobre la situación internacional y sus perspectivas son unánimes en una cosa: la democracia sería el único sistema que permitiría hacer progresar y prosperar a la sociedad, y el capitalismo sería la forma acabada de la organización económica, política y social de la humanidad: "El 2000 no ha sido el verdadero primer año del siglo XX. En términos sustanciales, el siglo XXI empezó en 1991 con la caída del comunismo soviético, el hundimiento del orden bipolar y el esplendor del capitalismo global como ideología incuestionable de nuestra era" (1).¿Y qué ocurre con la multiplicación de las guerras locales y de las matanzas? ¿Por qué aumenta incuestionablemente, por qué se generaliza la miseria en el mundo? ¿Por qué se incrementa el desempleo y la degradación de las condiciones de existencia del proletariado? ¿Cómo habrán de entenderse las hambrunas, el incremento de las epidemias, la corrupción y la inseguridad crecientes? ¿A qué se deben las catástrofes "naturales" y las amenazas sobre el medio ambiente a escala planetaria? Todo ello se debe a que el capitalismo sigue ahí, por las relaciones sociales y las relaciones de producción que impone, en las que las necesidades humanas importan un comino y que solo persiguen un único objetivo: la ganancia y "no simplemente la obtención de ganancias en oro contante y sonante, sino la obtención de ganancias en una progresión cada vez mayor" (2).
A estas objeciones nos encontramos con varias respuestas.
La "mundialización" o la fábula de la "democracia" para ocultar el caos capitalista
Todo eso no serían más que exageraciones de plañideras que se niegan a ver el bienestar que proporciona el sistema actual. Esta es en general la respuesta de los aduladores del capitalismo liberal. Para éstos, las consecuencias desastrosas de la perpetuación del capitalismo son el precio normal que hay que pagar en este sistema social, el resultado inevitable de una ley natural que implica la eliminación de los más débiles y la salvación únicamente para los más fuertes.
O también que esas plagas del mundo moderno en los albores del siglo XXI son reales, pero deben considerarse ante todo como excesos o imperfecciones resultantes de errores cometidos por dirigentes demasiado codiciosos y poco preocupados por el bien común. Sería el resultado del capitalismo "salvaje". Según estas ideas, se necesitaría un control, una regulación bien planteada, organizada por los gobiernos, por los Estados, por organismos locales, nacionales o internacionales idóneos (por ejemplo, a la manera de las célebres ONG, organizaciones pretendidamente no gubernamentales). Ese control podría amortiguar los efectos devastadores del sistema, transformándolo en una verdadera organización de "ciudadanos", convirtiéndolo en un paraíso de paz y prosperidad para todos o casi. Esta respuesta, con variantes, es en general la de la izquierda del aparato político de la burguesía, de la socialdemocracia y de los ex partidos estalinistas, de los ecologistas. Esas son las ideas del ámbito "antiglobalización". También hay en él corrientes izquierdistas que ponen en sordina su fraseología revolucionaria tradicional para aportar una contribución radical al concierto de la defensa de la democracia. Así ocurre con toda clase de camarillas trotskistas o ex maoístas, anarquistas o libertarias, corrientes todas ellas más o menos retoños del izquierdismo socialista, comunista, libertario de los años 70-80. Más allá de las diferencias, todo el mundo se reivindica hoy de la democracia, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda.
Los contestatarios que en el pasado criticaban el circo parlamentario se han quitado la careta desvelando su naturaleza de fervientes defensores de la democracia burguesa que antaño despreciaban. Muchos de ellos son hoy, en casi todos los países, dirigentes del Estado, están en puestos de responsabilidad, en honorables instituciones, organismos y empresas, muy bien integrados en el sistema. Los demás, los que se han mantenido en una oposición más o menos radical a los gobiernos y a esas instituciones (3) denuncian los excesos y errores del sistema, pero en el fondo nunca se plantean cuál es su verdadera naturaleza.
Uno de los mejores ejemplos de esa ideología nos lo da regularmente el mensual francés le Monde diplomatique. Así, el su número de enero del 2001, se puede leer: que "el nuevo siglo empieza en Porto Alegre [Brasil, donde se organiza el primer Foro social mundial a finales de enero 2001]. Todos aquellos que de una manera o de otra, cuestionan o critican la mundialización neoliberal van a reunirse [?] No ya para protestar como en Seattle, Washington, Praga u otros lugares, contra las injusticias, las desigualdades y los desastres que provocan por todas las partes del mundo los excesos del neoliberalismo. Sino para intentar, con ánimo positivo y constructivo esta vez, proponer un marco teórico y práctico que permita considerar una mundialización de nuevo tipo, afirmando que otro mundo, menos inhumano y más solidario, es posible" (4).
En el mismo número hay un artículo de Toni Negri, figura de Potere operaio (5), el cual explica la idea de que hoy ya no hay imperialismo, sino? ¡un "Imperio" capitalista!. Lo expuesto parece mantenerse fiel a la "lucha de clases" y a la "batalla de los explotados contra el poder del capital". Pero solo es apariencia. El artículo pretende sobre todo inventar una especie de nueva perspectiva para la lucha de clases. Y así acaba cayendo de cabeza en lo mismo de siempre: la necesidad de defender no se sabe qué democracia en lugar de la "revolución" e identificarse como ciudadanos en el lugar de la identidad de clase del proletariado. "Esas luchas exigen, además de un salario garantizado, una nueva expresión de la democracia en el control de las condiciones políticas de reproducción de la vida. [?] La mayoría de esas ideas nacieron durante las manifestaciones parisinas del invierno de 1995, aquella "Comuna de París bajo la nieve" [¡] que exaltaba [?] el auto-reconocimiento subversivo de los ciudadanos de las grandes ciudades".
Cualesquiera que sean las intenciones subjetivas de esos protagonistas de la contestación del sistema capitalista, de esos defensores de la perspectiva de la democracia, lo único para lo que sirve objetivamente todo eso, es para mantener las ilusiones de que se puede reformar el sistema o transformarlo gradualmente.
Lo que la clase obrera necesita comprender, en contra de esas viejas ideas reformistas que se han vuelto a poner de moda, es que el imperialismo esa "etapa suprema del capitalismo" como decía Lenin, sigue dominando el mundo, afectando a "todos los Estados, desde el más pequeño al más grande" como decía Rosa Luxemburg, causa básica de la multiplicación de las guerras locales y de la proliferación de las matanzas por el ancho mundo, en cantidad de regiones con conflictos militares. Ante las numerosas preguntas e inquietudes que se hacen frente la vacuidad y lo absurdo del mundo actual, ante la ausencia cada día más patente de perspectiva que impregna toda la sociedad, ante este ambiente abrumador de un vivir día a día, frente a la tendencia a "cada uno para sí", la descomposición del tejido social, la desintegración de la solidaridad colectiva, la clase obrera necesita comprender que la perspectiva del capitalismo no es la de un mundo de ciudadanos que una bonita democracia haría vivir en paz, en medio de la abundancia y la prosperidad. Lo que la clase obrera necesita entender es que la sociedad actual es y sigue siendo una sociedad de clases, un sistema de explotación del hombre cuyo motor es la ganancia y el funcionamiento dictado por la acumulación del capital; entender que la democracia es una democracia burguesa, la forma más elaborada de la dictadura de la clase capitalista.
Lo que ha cambiado desde 1991 no es que el capitalismo haya triunfado sobre el comunismo y que se habría impuesto como único sistema social viable. Lo que cambió fue que el régimen capitalista e imperialista del bloque soviético se desmoronó por los golpes de la crisis económica y frente a la presión militar de su enemigo, el bloque occidental. Lo que cambió fue la configuración imperialista del planeta que dominaba el mundo desde la Segunda Guerra mundial. No fue el comunismo o un sistema en transición hacia él lo que se desmoronó en el Este. En verdadero comunismo, que no ha existido nunca todavía, sigue estando al orden del día. Y no podrá ser instaurado más que mediante el derrocamiento revolucionario de la dominación capitalista por la clase obrera internacional. Es la única alternativa contra lo que augura la supervivencia de la sociedad capitalista: el hundimiento en un caos sin nombre que podría acarrear la destrucción definitiva de la humanidad.
La "nueva economía", el descalabro de la crisis que no cesa
Mientras que los festejos del año 2000 ce organizaron con los mejores auspicios en la euforia de la "nueva economía", el año 2001 ha empezado con una inquietud claramente afirmada en cuanto a la salud económica del capitalismo mundial. Las nuevas ganancias prodigiosas se han desvanecido. Al contrario, después de un año de sinsabores y desilusiones, los ases del e-business y de la net-economía han multiplicado las quiebras y despedido a mansalva en un contexto general apático. Unos ejemplos: "Con el enfriamiento de la nueva economía, ha habido un torbellino de anuncios de despidos. Más de 36000 empleos han sido suprimidos en los "puntocom" en la segunda mitad del año pasado, incluidos los 10000 del mes último" (6).
Ya hemos analizado en varias ocasiones la situación de la crisis económica (7). No vamos a volver a detallar esos análisis, cuyas conclusiones se han vuelto a confirmar hoy. En diciembre pasado, algunas revistas de la prensa internacional titulaban cosas como "Caos" (8), o "¿Aterrizaje brutal?" (9). Por detrás de una fraseología hueca y tranquilizadora, la burguesía necesita saber qué hay de las ganancias que puede esperar de sus inversiones; tiene que rendirse ante lo evidente: la "nueva economía" no es más que otro collar del mismo perro de la "vieja economía", o sea, no un producto del crecimiento sino de la crisis de la economía capitalista. El desarrollo de las comunicaciones por Internet no es la "revolución" prometida. El uso a gran escala de Internet, tanto en los flujos comerciales y las transacciones financieras y bancarias como en el seno de las empresas y las administraciones, en nada cambia las leyes inevitables de la acumulación del capital que exigen el beneficio neto, la rentabilidad y la competitividad en el mercado.
Como cualquier otra innovación técnica, la ventaja competitiva que otorga el uso de Internet desaparece muy rápidamente en cuanto se generaliza ese uso. Y, además, en el ámbito de la comunicación y de las transacciones, para que la técnica funcione y sea eficaz implica que todas las empresas estén conectadas, lo cual significa que la innovación que representa el uso de esa red destruye las ventajas que supuestamente proporciona.
Al principio, la gran "revolución tecnológica" de Internet iba a permitir un desarrollo colosal del "modelo B2C", siglas que significan "business to consumer", o sea una relación directa entre productor y consumidor. De hecho se trata simplemente de consultar catálogos y hacer pedidos por correspondencia electrónica por Internet y no por correo. ¡Vaya novedad! ¿Revolución tecnológica? Muy rápidamente el B2C ha sido abandonada en beneficio del B2B el "business to business", la relación directa entre las empresas mismas. El primer "modelo" apostaba por unas ganancias obtenidas mediante la correspondencia por correo electrónico, poco rentable en fin de cuentas al estar esencialmente dedicada al consumo de las familias. El segundo debía servir para poner en relación directa a las empresas. Las ganancias debían entonces venir de dos "salidas mercantiles". Por un lado las empresas podían ganar dinero, o más bien reducir sus gastos, mediante la reducción de los intermediarios en sus relaciones. ¡No es ya un verdadero mercado, sino una simple reducción de gastos! Por otro lado, íbamos a asistir a la apertura de un "mercado" fabuloso, el de la necesidad de proporcionar mediante Internet los servicios idóneos (anuarios, listas, catálogos, aplicaciones informáticas, medios de pago, etc.); o sea, vuelven a entrar por la ventana los? intermediarios expulsados por la puerta. ¡Gracias Internet!.
Es evidente que tampoco aquí las ganancias se han presentado y se han abandonado rápidamente esos "modelos" económicos. Ha desaparecido el 98% de las starts up de estos últimos años, esas empresas de la "nueva economía" que iban a ser el ejemplo del radiante porvenir del desarrollo capitalista. Y en las que han sobrevivido, a los asalariados les abruma la decepción después de la euforia del enriquecimiento (¡virtual!) de los dividendos de las stocks options generosamente regaladas, trabajando durante horas y horas. Es significativo que los sindicatos, que hasta ahora han dejado esa mano de obra de lado, estén ahora entrando con fuerza en el sector. Y no porque el sindicalismo se haya convertido como por ensalmo en defensor de los trabajadores(10), sino porque sería peligroso dejar que se desarrollara la libre reflexión entre unos trabajadores brutalmente despertados de sus dorados sueños.
La ideología de la net-economy es una clara ilustración del atolladero en que está la economía burguesa, del declive histórico de las relaciones capitalistas de producción. En esa ideología, la ganancia debía ahora obtenerse del desarrollo del comercio y ya no directamente de la producción. El comerciante debía, en cierto modo, cobrar más importancia que el productor. Pero ¿qué ideología es ésa, sino una especie de aspiración a volver a un capitalismo mercantil como el que existía a finales de? la Edad Media?. En aquel entonces, el capitalismo empezaba a desarrollarse gracias al auge del comercio, el cual iba a romper las trabas de las relaciones feudales de producción que encerraban las fuerzas productivas en la prisión del sistema de servidumbre. Hoy, y desde hace más de un siglo, el mercado mundial ha sido conquistado por el capitalismo y el mercado mundial rebosa de una sobreproducción generalizada incapaz de encontrar salidas suficientes. La salvación del capitalismo no vendrá de un nuevo auge del comercio, lo cual es imposible en las condiciones históricas de la época actual.
Hasta ahora solo hemos considerado en este artículo la net-economy, debido a que su hundimiento durante el año 2000 fue lo más comentado de la crisis de la economía capitalista. Pero como lo dice la revista citada arriba: "las supresiones de empleo fueron mucho más allá que el planeta "puntocom". Hubo más de 480000 despidos en noviem-bre. General Motors ha despedido a 15000 obreros con el cierre de Oldsmobile. Whirlpool ha reducido su plantilla en 6300 obreros y Aetna ha puesto en la calle a 5000" (11). En efecto, el año 2001 se ha abierto con una aceleración considerable de la crisis. En Estados Unidos, Greenspan, director de la Reserva federal, ha tomado medias de urgencia para intentar atajar el espectro de la recesión. La "nueva economía" está naufragando y la crisis de la "vieja economía" prosigue sin descanso. Endeudamiento gigantesco a todos los niveles, ataques cada día más duros contra las condiciones de vida del proletariado a escala internacional, incapacidad de integrar en las relaciones de producción capitalistas a masas crecientes de desocupados etc., ésas son las consecuencias principales de la economía capitalista. Los Estados, los bancos centrales, las Bolsas, el FMI, en general todas las instituciones financieras y bancarias y todos los "actores" de la política mundial no cesan de esforzarse por regular el funcionamiento caótico de esta "economía de casino" (12), pero los hechos son testarudos y las leyes del capitalismo acaban siempre imponiéndose.
Así como en el ámbito económico en el que los diferentes discursos sirven sobre todo para ocultar el declive histórico del capitalismo y la profundidad de la crisis, en el del imperialismo los discursos sobre la paz sirven para ocultar el caos y los antagonismos crecientes a todos los niveles. La situación actual en Oriente Medio es una clara ilustración de ello.
La paz encallada en Oriente Medio
Cuando salga esta Revista internacional, el plan que Clinton quería imponer a toda costa antes de abandonar la presidencia de Estados Unidos será papel mojado como era de prever.
Ni siquiera los propios protagonistas de ese "proceso de paz" saben cómo hacer frente a la situación. Cada uno procura defender lo mejor posible sus posiciones sin que ninguna de las partes sea capaz de proponer una salida estable y un mínimo viable al embrollo de la situación de guerra endémica que no ha cesado nunca en esta parte del mundo. El Estado de Israel está dispuesto a soltar lo menos posible de sus prerrogativas y la Autoridad palestina bajo el mando de Arafat no podrá ceder nada que aparezca como una capitulación de sus ambiciones.
El Estado de Israel defiende una posición de fuerza adquirida desde su fundación en 1947 a través de varias guerras contra los Estados árabes vecinos (Jordania, Siria, Líbano, Egipto) con el apoyo indefectible de Estados Unidos. El Estado de Israel, baluarte de la resistencia del bloque imperialista occidental ante la ofensiva llevada a cabo por el bloque imperialista ruso desde los años 50 (mediante los Estados árabes que se sometieron a la URSS), se ha forjado un puesto de gendarme en la región que no está dispuesto a que se le discuta.
Pero la situación ha cambiado desde el desmoronamiento del bloque imperialista ruso hace diez años. Estados Unidos ha cambiado de orientación a su política en Oriente Medio. El objetivo de la guerra del Golfo de 1991 fue que se reconociera el estatuto de superpotencia mundial a Estados Unidos frente las pretensiones de sus aliados del bloque occidental, Gran Bretaña, Francia y, sobre todo, Alemania, de marcar distancias con un padrino percibido ahora como demasiado omnipresente. La disciplina de bloque ya no era necesaria, puesto que la amenaza adversa había desaparecido. La guerra del Golfo también tuvo otro objetivo, el de imponer el dominio total de Estados Unidos sobre Oriente Medio.
En la época de reparto del mundo en dos grandes bloques imperialistas, la administración de Estados Unidos toleraba que sus aliados ocuparan posiciones influyentes en el ruedo imperialista en ciertas partes del mundo. Incluso delegó en algunos de ellos la labor de llevar a cabo una política exterior que, aunque a veces apareciera como opuesta a a los intereses estadounidenses, estaba de todos modos obligada a insertarse en la órbita del bloque occidental. En Oriente Medio, Gran Bretaña pudo así gozar de una influencia preponderante en Kuwait, Francia en Líbano y Siria, Alemania y Francia en Irak, etc. En 1991, la guerra del Golfo dio la señal de la voluntad de Estados Unidos de encargarse por cuenta propia de la "pax americana". La Conferencia de Madrid de 1991, las negociaciones de Oslo a partir de 1993, desembocaron en la firma de la declaración de principio israelo-palestina en Washington de septiembre de 1993, bajo la autoridad única de Estados Unidos. En mayo de 1994, Arafat y Rabin firmaron en El Cairo el acuerdo de autonomía de Gaza - Jericó, iniciando el ejército israelí una retirada que iba a permitir la llegada triunfal a Gaza de Yasir Arafat en julio de 1994.
Pero esta evolución provocó en una parte de la burguesía israelí una verdadera ruptura con la política de Estados Unidos por primera vez en la corta historia de Israel. En noviembre de 1995, Rabin fue asesinado por "un extremista". La llegada al poder del Likud de Netanyahu empezó a entorpecer seriamente los planes de la diplomacia norteamericana. Estados Unidos volverían a coger las riendas en mayo de 1999 con la vuelta del partido Laborista y Ehud Barak de Primer ministro, rematándose en el acuerdo de Sharm el Sheij entre Arafat y Barak en noviembre de 1999. La cumbre de Camp David de julio de 2000, sin embargo, que supuestamente iba a ser la culminación de la capacidad estadounidense para imponer su paz en Oriente Medio, se torció y acabó sin acuerdo. En este episodio, la política de uno de sus antiguos aliados, Francia, fue claramente un intento de sabotaje de la de Estados Unidos, quien así la denunció sin rodeos. En Israel mismo se refuerza la resistencia al "proceso de paz" a la americana con la ya tan conocida visita de Ariel Sharon, viejo halcón del Likud, a la explanada de las Mezquitas en septiembre de 2000, lo que va a dar la señal de nuevos enfrentamientos violentos que se extienden rápidamente por Cisjordania y Gaza. En octubre de 2000, una nueva cumbre en Sharm El Sheij, que preveía el cese de las violencias, la creación de una comisión de encuesta y la reanudación de las negociaciones no llegó a nada en el terreno en donde siguen la Intifada y la represión.
Hoy la situación no es la misma que la de las guerras abiertas como la guerra de los Seis Días de 1967 o la del Kippur de 1973 cuando los ejércitos israelíes se enfrentaron directamente con los de los Estados árabes, en cuyo seno participaban los diferentes Frentes de liberación de Palestina. Tampoco es la misma situación que la de 1982, cuando Israel invadió Líbano e inspiró las matanzas en masa de refugiados en los campos palestinos de Sabra y Chatila a manos de las milicias cristianas, aliadas suyas (más de 20000 víctimas en unos cuantos días). Era entonces una situación en la que predominaba el corte fundamental entre los dos grandes bloques imperialistas, por encima de alguna que otra oposición circunstancial en el seno de un mismo bloque. E incluso si Yasir Arafat, desde que acudió por vez primera a la tribuna de Naciones Unidas en 1976, procuraba granjearse las simpatías de la diplomacia de Estados Unidos, seguía siendo para ésta sospechoso de connivencia con el "Imperio del Mal", según la expresión del presidente americano de entonces, Reagan, para calificar a la URSS.
Hoy lo que impera por todas partes es la división. La burguesía israelí ya no se considera indefectiblemente vinculada a la tutela de Estados Unidos. Ya cuando la guerra del Golfo, una parte significativa de ella, sobre todo en el ejército, se rebeló contra la prohibición a Israel de replicar militarmente a los misiles iraquíes lanzados sobre su territorio. Para el ejército israelí que era y sigue siendo el más eficaz y operativo de la zona fue una píldora amarga y humillante el verse obligado a quedar pasivo y dejar su defensa en manos del estado mayor norteamericano. Después, el "proceso de paz", que ha puesto en casi igualdad a israelíes y palestinos, que impone la retirada del ejército israelí del sur de Líbano, que prevé la cesión de del Golan, etc. no es un plato que aprecie la fracción más "radical" de la burguesía israelí. Y ese "proceso de paz" tampoco es aceptable tal como está para el partido Laborista de Barak. Aunque este partido es más cercano a Estados Unidos que el Likud y tiene, sobre todo, una visión a largo plazo más realista sobre la situación en Oriente Medio, no por ello deja de ser el partido de la guerra, el que ha dirigido los ejércitos y las campañas militares principales. Es, además, el partido bajo cuya autoridad se han desarrollado las famosas implantaciones de colonos en territorio palestino. Contrariamente a bastantes tópicos y mentiras, la izquierda, el partido Laborista, no tiene más inclinación hacia "la paz" que la derecha, el Likud. Matices habrá, pero divergencias fundamentales no hay entre esas dos fracciones de la burguesía israelí. Siempre ha habido unidad nacional en la guerra como en "la paz" (los acuerdos de paz con Egipto los firmó la derecha a finales de los años 70).
Pero no es Israel el único país que podría tener tendencias a hacer su propio papel, intentando quitarse de encima la tutela norteamericana. Siria pudo echar mano de Líbano vendiendo su comportamiento "neutral" hacia Israel en la guerra del Golfo de 1991. Sin embargo, desde su punto de vista, la anexión del Golan conquistado por Israel en 1967 es impensable. Otro asunto suplementario para alimentar la tensión. Y en el propio seno de la burguesía palestina, la organización Fatah de Arafat y las más radicales no están ni mucho menos de acuerdo entre ellas. Toda la región, a imagen de la situación mundial, es presa de la tendencia a que cada cual intente ir "por su cuenta". La influencia muy preponderante de la diplomacia estadounidense es, en realidad, muy superficial, sirviendo para tapar una gran cantidad de polvorines siempre listos para estallar en un contexto de sobrearmamento de todos los protagonistas de la región.
En cuanto a las demás potencias imperialistas, aunque no puedan abiertamente sabotear las iniciativas de Estados Unidos a riesgo de encontrarse fuera de juego, como ahora está ocurriendo con la diplomacia francesa, por mucho que todas ellas hayan aceptado apoyar el "proceso de paz", eso no quita de que, bajo mano, no emprendan acciones para hacer zozobrar el plan Clinton, o cualquier otro plan de la diplomacia norteamericana. El propio Arafat llama a veces a la Unión Europea para que se implique en las negociaciones, pues le gustaría no depender únicamente de Estados Unidos para su supervivencia política. Aunque, eso sí, a la hora de discutir, no acude a la Unión Europea, sino al poder estadounidense.
En esa tendencia "cada uno para sí" que hoy predomina, excepto Estados Unidos que lo hace todo por mantener su estatuto de única superpotencia militar del planeta y Alemania, la cual, en segundo plano, prosigue discretamente una disimulada política imperialista para incrementar su influencia, totalmente paralizada desde la Segunda Guerra mundial y durante la "guerra fría", ninguna otra de las grandes potencias puede tener una visión a largo plazo. Y todavía menos otros Estados menos poderosos. Cada cual procura defender sus intereses nacionales, defenderse donde lo atacan, sobre todo minando y sembrando el desorden en las posiciones del adversario. Ninguno de ellos es hoy capaz de instaurar una política constructiva y duradera. En Oriente Medio, la hora no es la de la estabilización de la situación. Ni siquiera una "paz armada" como la que pudo perdurar en Europa del Este durante la guerra fría es hoy posible.
En cuanto a la posibilidad de crear hoy un Estado palestino, el inconmensurable absurdo de la configuración del proyecto mismo haría casi aparecer la organización de los bantustanes de la Sudáfrica de la época del Apartheid como una estructura social racional. Están los territorios bajo el control exclusivo de la autoridad palestina: son, en el mapa, unas cuantas manchas en Cisjordania junto con la franja de Gaza, pero no entera. Después están los territorios bajo control mixto, en los que Israel es responsable de la seguridad: una cuantas manchas más en Cisjordania. Y todo ello rodeado de los Territorios de Cisjordania bajo control exclusivo de Israel, con carreteras específicas para proteger a los colonos israelíes? ¿Cómo podría hacerse creer que semejante aberración contiene el menor ápice de progreso, lo mínimo de satisfacción de las necesidades de la población, algo que tenga que ver con el pretendido "derecho de los pueblos a la autodeterminación"?
Toda la historia de la decadencia del capitalismo ya ha demostrado hasta qué punto los Estados nacionales que no lograron alcanzar su madurez durante la fase ascendente del modo de producción capitalista, no han podido constituir un marco económico y político sólido y viable a largo plazo, como la URSS y Yugoslavia lo han demostrado haciéndose añicos. Los Estados heredados de la colonización se hacen trizas en Africa. La guerra está infectando toda Indonesia. El terrorismo se ceba en el sur de India, en Sri Lanka. La tensión es extrema en las fronteras indo-pakistaníes, entre Tailandia y Birmania. En Sudamérica, en Colombia impera la inestabilidad. La guerra entre Perú y Ecuador vuelve una y otra vez. Por todas partes se discuten las fronteras, al carecer de la mínima solidez por no haber existido o no haber sido verdaderamente aceptadas y reconocidas desde el siglo XIX.
En el contexto actual, no solo "la patria palestina no será nunca más que un Estado burgués al servicio de la clase explotadora y opresora de esas mismas masas, con sus policías y sus cárceles" (13), sino que además ese Estado no podrá ser más que una aberración, un especie de Estado tampón, un símbolo no ya de la formación de una nación, sino de la descomposición que lleva en sí la persistencia del capitalismo en el período histórico actual. El reparto de soberanías en un entramado indescriptible de zonas, ciudades, pueblos, carreteras, atribuidos a unos u a otros, eso no es un "proceso de paz", sino un campo minado para hoy y para mañana en el cual cualquier conflicto puede estallar en cualquier momento. En una situación en la que la irracionalidad del mundo actual es llevada a su extremo.
oOo
El siglo XXI ha empezado con una nueva aceleración de las consecuencias dramáticas para la humanidad de la persistencia del modo de producción capitalista. La prosperidad prometida por la "nueva economía" al igual que la paz prometida en Oriente Medio no llegan nunca. Y nunca llegarán, pues el capitalismo es un sistema decadente, un cuerpo enfermo con perfusión, que no puede llevar en su descomposición actual más que al caos, a la miseria y la barbarie.
MG
1) "Ideas: No, Economics Isn't King", F. Zakaria, Newsweek, enero de 2001.
2) Rosa Luxemburg, La acumulación del capital, "Apéndice. En qué han convertido los epígonos la teoría de Marx. Una anticrítica", Grijalbo, 1978, p. 369.
3) En realidad, muchos de ellos ocupan puestos "oficiosos" , como, en Francia, por ejemplo, Krivine de la Ligue communiste révolutionnaire, trotskista, o Aguiton, fundador del sindicato "de base" SUD-PTT, e incluso funciones de consejeros ocultos en las administraciones de la izquierda de la burguesía.
4) Le Monde diplomatique, enero de 2001, "Porto Alegre", I. Ramonet.
5) Grupo extraparlamentario italiano de extrema izquierda de los años 1960-70.
6) Time, 10 de enero de 2001, "This Time It´s Different".
7) Ver los artículos de la Revista internacional de los últimos años: "La nueva economía: una nueva justificación del capitalismo" (no 102), "La falsa buena salud del capitalismo" (no 100) "Detrás del 'crecimiento ininterrumpido', el abismo" (no 99), la serie de artículos "Treinta años de crisis abierta del capitalismo" (nos 96, 97 y 98).
8) Newsweek, 18/12/2000.
9) The Economist, 9-15/12/2000.
10) Ver nuestro folleto Los sindicatos contra la clase obrera.
11) Time, íbidem.
12) Ver "Una economía de casino", en Revista internacional nº 87.
13) "Ni Israel, ni Palestina, los proletarios no tienen patria", toma de posición publicada en toda la prensa territorial de la CCI.
En Arte, canal público de televisión franco-alemán, se difundió reciente-mente un largo documental con un título elocuente: "Lo ocultado de la guerra del Golfo". Cuando se difundió este documento también se publicaron artículos en semanarios con "revelaciones" sobre lo que había sido la preparación y la realización deesa guerra. El título del artículo publicadopor el semanario francés Marianne (22-28enero 2001) es todavía más explícito: "Les mensonges de la guerre du Golfe" (Las mentiras de la guerra del Golfo). ¿Por qué esas "revelaciones" diez años más tarde? ¿Por qué, tras toneladas de mentiras sobre esta guerra, que acompañaron a las toneladas de bombas, algunas fracciones de la burguesía desvelan hoy las patrañas criminales de la administración Bush (el padre) en la preparación y la realización de esta guerra, entre el verano de 1990 hasta febrero de 1991 e incluso hoy todavía?
La versión oficial"La guerra del Golfo fue una operación militar llevada a cabo en enero y febrero de 1991 por Estados Unidos y sus aliados, bajo la égida de la ONU, contra Irak, para poner fin a la ocupación de Kuwait, invadido por las tropas de Sadam Husein el 2 de agosto de 1990. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas había exigido desde el 2 de agosto la retirada de las fuerzas iraquíes, instaurando después un embargo comercial, financiero y militar (operación Escudo del Desierto), que acabaría transformándose en bloqueo. El 29 de noviembre una nueva resolución del Consejo de Seguridad había autorizado a los Estados miembros a recurrir a la fuerza a partir del 15 de enero de 1991 si las tropas iraquíes no se había retirado de Kuwait. El 17 de enero, la coalición antiiraquí, basada en Arabia Saudí y formada por Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y unos veinte ejércitos aliados, inicia la operación Tempestad del desierto, bajo mando americano, bombardeando los objetivos militares iraquíes y kuwatíes. Una ofensiva terrestre victoriosa, del 24 al 28 de febrero, en dirección a Kuwait capital, pone fin al conflicto en el terreno. Las pérdidas humanas alcanzarán varias decenas de miles de muertos civiles y militares para Irak, contra menos de doscientos muertos en la coalición. Los dos tercios del potencial militar iraquí fue destruido. Las condiciones del alto el fuego, definidas por el Consejo de seguridad de la ONU (sobre todo la destrucción por Irak de sus armas químicas y biológicas y de sus misiles de corto y medio alcance), al ser aceptadas por Sadam Husein, la guerra se terminó oficialmente el 11 de abril de 1991".
Es ese tipo de relato el que podríamos encontrarnos en los manuales escolares (1). En cualquier caso, todos los elementos del cuadro están ahí para hacer creer que se respeta la "objetividad" histórica. ¿No era eso lo que se nos decía más o menos hace 10 años (excepto quizás en lo referente al cómputo de los muertos)? La justificación de la guerra fue la defensa del sacrosanto "derecho internacional", que el "vil" Sadam había conculcado al invadir Kuwait. Por lo visto, estábamos entonces viviendo en una época en la que, tras el desmoronamiento del bloque del Este, se iba a abrir ante la humanidad un radiante "porvenir de paz y prosperidad". Eso era en todo caso lo que nos prometían y así lo resumió el entonces presidente de EEUU en la fórmula "el nuevo orden mundial". Había pues que darse todos los medios para sujetar el brazo asesino del causante de la guerra que no respetaba el "derecho internacional". En ese relato, hay, primero, el escenario de la puesta en condición de la llamada opinión pública internacional (el proletariado, en realidad), o sea la ONU, pretendido foro internacional de "paz", en donde, desde el embargo hasta el bloqueo, se representó la siniestra farsa diplomática. En fin, la guerra misma, una pretendida "guerra limpia", quirúrgica, una especia de guerra que, como quien dice, solo iba a matar a los "malvados". La guerra se terminó "oficialmente" en abril de 1991, pero, en realidad, el epílogo de esta guerra está todavía por escribir, pues desde hace diez años, la burguesía americana, ahora en solitario (o acompañada por su acólito británico) utiliza regularmente a Sadam (o más bien a la población iraquí) como putching-ball para mostrar sus músculos en un mundo que, después de esa guerra, no ha hecho más que hundirse todavía más en la barbarie (2).
"La verdad revelada"Cierta prensa burguesa reconoce hoy lo que la CCI afirmaba hace diez años. No estamos "orgullosos" ni mucho menos por ello. No es eso lo que nos interesa. Lo que nos interesa es, por un lado, dejar bien clara la necesidad para los revolucionarios de arraigar sus análisis en el método marxista, ser vigilantes ante los acontecimientos, poner nuestros análisis ante la prueba de la realidad, saber ser críticos, no cambiando de orientación como veletas al viento. Esa es una condición sine qua non para que la lucha de nuestra clase pueda avanzar: es una de las funciones primordiales de las organizaciones revolucionarias. Por otro lado, se trata de saber por qué la burguesía, hoy, "desvela" lo que ocultó y, en fin de cuentas, cuáles son los mecanismos de lo se podría llamar el "Goebbels democrático"(3).
La trampa de WashingtonAsí dice el semanario francés Marianne (y eldocumento de Arte): "La trampa de Washington (…):Washington apenas reacciona cuando Sadam habla de invadir su antigua provincia (…)"; Washington insiste en que Estados Unidos no tiene "ningún acuerdo de defensa con los kuwaitíes", "se trata de una maquinación para meterlo en una trampa"; "puede decirse que los americanos rechazaban una solución diplomática después de la invasión", concluye D. Halliday…de la ONU". Son esos algunos extractos de la revista mencionada.
Esto decíamos nosotros a primeros de septiembre de 1990, un mes después de la invasión de Kuwait por las tropas de Sadam y mucho antes de que se declarara la guerra: "Pero la hipocresía y el cinismo no se quedan ahí. Discretamente se da a saber que EEUU habría dejado de manera deliberada que Irak emprendiera su aventura guerrera (…) Cierto o falso - y es seguramente cierto esto nos da una idea del comportamiento y la práctica de la burguesía, de sus mentiras, sus manipulaciones, de cómo utiliza esos acontecimientos. (…) a Irak no le quedaba otra alternativa (…) Se le imponía esa política. Y EEUU dejó hacer, favoreciendo y explotando la aventura guerrera de Sadam Husein, con toda conciencia de la situación de caos creciente, con toda conciencia de la necesidad de dar un ejemplo" (4).
La prensa burguesa misma, en aquel verano de 1990, había hablado muy discretamente de esas informaciones. Y es ahí donde puede verse perfectamente cómo funciona la propaganda en los regímenes de dictadura democrática: después de que algunos periódicos hablaran, siempre a medias tintas, de la trampa tendida por EEUU a Sadam, en el momento en que las cosas se tensan y la guerra se prepara, prácticamente todos los medios sirven de eco a la propaganda bélica de la coalición antiirakí. Esos hipócritas lo reconocen hoy: "El ejército americano se asegurará, esta vez, "la lealtad" de los periodistas. "El Gobierno había decidido mantener a la prensa al margen y lo consiguió. "En realidad, ustedes no sabían lo que estaba pasando", resume Paul Sullivan, presidente del Centro de ayuda a los veteranos del Golfo (…) Durante cuatro meses, se jugará así a darse miedo alimentando la idea de que el ejército iraquí, "el cuarto del mundo" era un adversario temible…" (del semanario francés Marianne). (…) "Esta estúpida ceguera [sic] no impidió a los periodistas occidentales hacer interminables peroratas sobre el talento maniobrero del "diabólico" Sadam (…) La prensa occidental relata hasta la saciedad los desmanes reales o inventados del ejército de ocupación. Publica, por ejemplo, el testimonio de una "joven del pueblo", testigo de horrores incalificables. En realidad, aquella "evadida" era la mismísima hija del embajador de Kuwait en Washington…" (ídem) Así, después del 2 de agosto de 1990, día de la invasión de Kuwait por las tropas iraquíes, se hizo todo para "poner en condición a la opinión" para que aceptara lo que iba a seguir. Y entonces, los periodistas, voluntaria o más o menos involuntariamente, participaron plenamente en esa "puesta en condición".
Lo que en cambio no explican, ni podrán explicar nunca, esos periodistas que hoy se pretenden "honrados" es que la trampa montada por EEUU sirvió sobre todo contra sus "aliados" de entonces, es decir contra las demás grandes potencias.
En un artículo fechado en noviembre de 1990 de nuestra Revista internacional(5), tomábamos ampliamente posición sobre la situación creada por la crisis del Golfo, antes de lo que iba a convertirse en Guerra del Golfo. Nuestro análisis se basaba en tomas de posición anteriores en las cuales poníamos de relieve que el hundimiento del bloque del Este había acarreado la disgregación del bloque occidental y el desarrollo en su seno de fuertes tendencias centrífugas ("cada uno para sí") por parte de las grandes potencias. Por ello, el pretendido "nuevo orden mundial" no era más que una siniestra ficción. La determinación de EE UU en la trampa que tendieron a Irak no tenía como objetivo principal someter a ese país o a la región, ni siquiera la cuestión del petróleo era primordial. Lo que trataba EE UU era de poner firmes a las demás potencias, a Francia especialmente, obligándola a enfrentarse a su aliado tradicional iraquí, a Alemania y Japón, obligándolos a participar financieramente; en cuanto a la URSS, ya en plena descomposición, lo único que pudo hacer fue dar unos cuantos pasos de baile diplomático para disimular. "En agosto del 90, EE UU exhibía la unanimidad de fachada de la "comunidad internacional" contra el "loco Sadam" en la "crisis del Golfo; apenas dos meses después, lo que reina en dicha "comunidad" es "cada uno por su cuenta"" (ídem). Sadam Husein, "porque tenía conciencia de las divisiones existentes entre esos diversos países" (ídem) va a intentar jugar con las disensiones evidentes en el seno de la coalición occidental: manda liberar a todos los rehenes franceses a finales de octubre de 1990 y recibe la visita, también entonces, del ex canciller alemán Willi Brandt, con la consecutiva liberación de los rehenes alemanes.
La guerra contra Irak fue, en realidad, una ocasión para la potencia norteamericana, en un momento en que su hegemonía iba a ser necesariamente puesta en entredicho a causa del hundimiento del bloque adverso, de "dar una muestra de su fuerza y afirmar su determinación ante los demás países desarrollados" (ídem). Esa demostración de la determinación americana se hizo al precio de un castigo sangriento y asesino contra Irak. En ese mismo artículo de la Revista nº 64, bajo el párrafo titulado "La oposición entre EE UU, secundado por Gran Bretaña, y los demás", escribíamos: "El hundimiento del bloque imperialista ruso trastornó toda la correlación de fuerzas político-militares y geoestratégicas del planeta. Y esa situación no solo ha abierto un período de caos total en los países y regiones de ese ex bloque, sino que ha acelerado también, en todas partes, la tendencia al caos, amenazando el "orden" capitalista mundial cuyo principal beneficiario es EE UU. Fue este país el primero en reaccionar. Provocó la "crisis del Golfo" en agosto del 90, no solo para instalarse en la región, sino, sobre todo, y es lo que fue decisivo en su determinación, para convertirlo en ejemplo destinado a servir de advertencia a quien se le ocurriera desafiar su primacía de superpotencia en el ruedo capitalista mundial" (ídem).
Se declara la guerra: los medios de comunicación a las órdenesEn enero de 1991, EEUU ha logrado dominar la coalición onusiana. Un diluvio de bombas va a caer sobre Irak. El cinismo de los gángsters de la "coalición" va hasta pretender hacer creer en una "guerra limpia". "El Pentágono contó que esos bombardeos eran de lo más preciso. Era totalmente falso. Durante cuarenta y dos días, se soltaron sobre Irak 85000 toneladas de bombas, algo equivalente ¡a más de siete Hiroshimas! Entre 150000 y 200000 personas fueron matadas, sobre todo civiles" (Ramsay Clark, antiguo fiscal general de EE UU, en Marianne y el documental T.V. de Arte). "En realidad, la coalición va mucho más allá de la aniquilación de la máquina de guerra iraquí: destruye metódicamente la infraestructura económica" (Marianne).
La prensa colaboró plenamente con el poder de los diferentes países implicados en la guerra y prácticamente sin el menor escrúpulo. No se limitó a acusar al régimen iraquí y a su sangriento dictador (6), se puso firmes ante los militares de la coalición. Recuérdense los estudios de televisión con invitados especialistas civiles y militares eructando estupideces sobre el "peligrosísimo" ejército iraquí, al que no vacilaban en presentar como el cuarto del mundo. Y todos esos periodistas nos detallaban las armas terroríficas en manos del poder de Bagdad, el cual podía enviarlas casi a cualquier sitio del "mundo civilizado". Nos contaban cómo los ejércitos del sanguinario Sadam mataban a bebés en las hospitales de Kuwait y, en cambio, cómo "nuestros" pilotos, tan majos ellos, iban a poner sumo cuidado destruyendo únicamente los lugares estratégicos del odiado poder.
El semanario Marianne confirma hoy esa despreciable sumisión y esa complicidad de los medios: "Durante cuatro meses, se jugará así a darse miedo, repitiendo la idea de que el ejército iraquí seguía siendo un enemigo temible (…). Se evocarán las factorías de pesticidas reconvertidas, la venta de uranio enriquecido, (…) el alcance del "supercañón". Nadie se atrevió, por lo visto, a plantearse la hipótesis más sencilla. Matón bocazas, duro de pacotilla [Sadam] era sencillamente tan tonto como cabezón. En cambio, los verdaderos especialistas de la historia militar no se dejaban engañar por esa puesta en condición: "el ejército iraquí, expuesto en pleno desierto, no aguantará una hora frente a la potencia de fuego de la coalición" (…) Puesta en condición, la opinión occidental se tragará la ficción de las "bombas inteligentes" y de los bombardeos reducidos a lo estrictamente necesario".
La manipulación no cesó con la guerra: Estados Unidos incitó a la rebelión de los kurdos en el Norte y de los shiíes en el Sur contra Sadam. "El 3 de marzo, el general Schwarzkopf recibe la rendición de los iraquíes, autorizándolos a conservar sus helicópteros [para poder reprimir la rebelión](7). Desde hace semanas, la radio de la CIA los anima a la insurreción. Los aliados no se mueven cuando Sadam lanza contra los rebeldes las mejores unidades de su guardia republicana, milagrosamente salvadas de los bombardeos…".
¿ Por qué los medios lo dicen "todo" hoy ?En esa cita, Marianne habla de "puesta en condición". Y esa tarea primordial les incumbió a los medios de comunicación en general y a la televisión en particular. Pudo comprobarse lo que quiere decir "libertad de prensa" para la burguesía "democrática", sobre todo en momentos decisivos como durante la guerra del Golfo. Todos aquellos que tienen constantemente la boca llena de ese gran "derecho democrático", se pusieron sin el menor reparo a las órdenes de la coalición. Y si por casualidad alguien quería jugar a Tintín en busca de la verdad o de un scoop extraordinario, los servicios de los Ejércitos lo ponían inmediatamente firmes. Marianne lo dice a su manera: " Nadie se atrevió, por lo visto, a plantearse la hipótesis más sencilla".
Ahí se ve perfectamente cómo funcionan los servicios de propaganda en los sistemas democráticos. En el momento en que los acontecimientos exigen el silencio, nada importante filtra. En cambio, se hacen pasar toda clase de mentiras, medias verdades y manipulaciones, aderezadas con la opinión de peritos "independientes", especialistas universitarios, todavía más creíbles precisamente gracias al prestigio de la "libertad de expresión" de la prensa de los países democráticos. Se asiste entonces a un auténtico diluvio de desinformación, sobre todo gracias al medio más "popular", la T.V. Diez años después, "la verdad" solo se dice en revistas de poca tirada y en canales de televisión con poca audiencia. Este mecanismo hemos podido volver a verlo usar en 1995 con el genocidio de Rwanda y, sobre todo, con la última guerra en la ex Yugoslavia (Kosovo), en donde el modelo mediático del Golfo ha vuelto a servir.
Además, tras la guerra del Golfo, después de haber entregado a la población kurda y shií a los matarifes de Sadam, las "grandes democracias" lanzaron con un cinismo inaudito, su famosa "intervención humanitaria" para "socorrer a poblaciones inocentes". Desde entonces, el plato del "deber de injerencia humanitaria" nos lo han servido hasta la náusea. En esto, la Guerra del Golfo ha servido de boceto a partir del cual se han bordado todas las campañas imperialistas que se desarrollan por el mundo.
El que una parte de la verdad aparezca hoy a las claras responde primero a la necesidad de la clase dominante de justificar sus sistema. Quieren hacernos creer que el capitalismo "democrático" es el único que lo permite. Y el "todo puede decirse en democracia" sirve para justificar los momentos en los que todo debe ser manipulado, deformado, ocultado.
Pero hay otra razón que permite explicar por qué, hoy, algunos medios difunden o publican esos hechos. Esos artículos y esos documentales tienen algo en común: el Estado norteamericano aparece como único culpable. Aunque todas las grandes potencias comparten la responsabilidad de las matanzas ocasionadas por la guerra, es cierto que fue Estados Unidos el principal organizador de aquella "cruzada", fue este país el que preparó y tendió la trampa, fue él el principal brazo armado de la coalición. Y así, hoy, algunas potencias europeas, Francia y Alemania en cabeza, para las cuales EE UU es el principal adversario en el ruedo imperialista mundial, tienen el mayor interés en deformar una vez más la realidad de esta guerra para que su responsabilidad aparezca disminuida, insistiendo en la bestialidad y el cinismo del "imperialismo americano", que, evidentemente, son muy reales.
La intervención de los revolucionariosEvidentemente, nosotros también sacamos nuestra información de la prensa burguesa. En el verano de 1990, ya algunos periódicos se había hecho eco de la manipulación. Después, el diluvio de mentiras fue de tal envergadura que lo que nosotros afirmábamos en nuestra prensa nos hacía aparecer (incluso ante gente de buena fe e incluso algunos militantes de la Izquierda comunista) por gente que andaba delirando viendo maquiavelismo por todas partes.
Pero la información en sí misma no es lo más importante. Lo que importa es el método con el que se analizan los acontecimientos y nuestro método es el marxista. Si nosotros fuimos capaces de comprender lo que se cocinaba en 1990-91 en Oriente Medio fue porque habíamos hecho una labor de análisis sobre las consecuencias del hundimiento del bloque del Este y sobre la descomposición del capitalismo. Los revolucionarios ni tienen ni podrán tener nunca "informadores secretos". Nuestra fuerza viene del apego a nuestra clase, el proletariado, a su historia y a la teoría, el marxismo, que se ha ido forjando.
Por otra parte, tampoco hay que hacerse ilusiones: los revolucionarios viven bajo "libertad vigilada" y así pueden publicar. Nuestra única protección no se la debemos desde luego a la "libertad de prensa", sino a la fuerza y a la lucha de nuestra clase.
Durante los acontecimientos de 1990-91, solo los revolucionarios fueron capaces de mostrar lo que estaba en juego y, por consiguiente, fueron capaces de denunciar la barbarie y las manipulaciones de la clase dominante. Algunas fracciones de la burguesía denunciaron la barbarie contra Irak, pero era por razones nacionalistas (antiamericanas) o, claramente, apoyando al imperialismo iraquí, como así fue con algunos grupos izquierdistas. Solo los grupos de la Izquierda comunista defendieron la posición internacionalista proletaria contra la guerra. Y entre ellos, solo la CCI fue capaz de poner en evidencia lo esencial de la situación. La trampa tendida a Irak no tenía sentido si la causa hubiera sido únicamente el petróleo. En cambio, cobraba todo su sentido si lo que estaba en juego era el mantenimiento del liderazgo estadounidense, liderazgo que, en cuanto de desmoronó el bloque del Este, había empezado a ser puesto en entredicho (8). Y solo en este contexto, la cuestión del petróleo puede tener todo su sentido como factor de una política imperialista global.
En el plano de la propaganda y de la "información", la burguesía lo hace todo para que la clase obrera, la única clase capaz de acabar con ella y con su sistema, no logre tomar conciencia de todo lo que está en juego. Esos esfuerzos los multiplica cuando, en particular, se trata de problemas como la crisis económica mortal que afecta desde hace más de 30 años a su sistema o acontecimientos como la guerra del Golfo. Y en medios ideológicos para mentir, ocultar o deformar la realidad, la burguesía democrática es, con mucho, la más capaz y en eso no tiene nada que envidiar a los especialistas de la "información" de los regímenes totalitarios. Es deber de los revolucionarios no solo denunciar la barbarie imperialista, sino también los mecanismos con los cuales la burguesía intenta anestesiar al proleta riadoembruteciéndolo con propagandas mentirosas.
PA, 30/03/2001
1. Esta cita está extraída y traducida de la Encyclopaedia Universalis, versión francesa de la Encyclopaedia Britannica. Como los artículos de esa enciclopedia son redactados por eminentes historiadores, puede uno suponer que los capítulos sobre el tema de los libros de texto usados en la enseñanza de la Historia, con los que se embuten los cerebros de las jóvenes generaciones, podrían estar redactados por el estilo. 2. Ese relato no habla de los comparsas que sirvieron para completar la puesta en escena: el papel de extras de los pretendidos "antiimperialistas" y demás fauna pacifista. Confundiendo antiamericanismo con antiimperialismo, algunas fracciones de la burguesía, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, pasando, por ejemplo en Francia, por los nacional-republicanos y otros "soberanistas", expresaron su desacuerdo con la política de los gobiernos que, tanto de izquierdas como de derechas, gobernaban entonces en los países de Europa. En general, todas esas fracciones de la burguesía que expresaban un desacuerdo más o menos crítico con la colación antiiraquí se basaban en explicaciones en las que el petróleo era la causa primera de la guerra. En Francia, había un gobierno socialista bajo la presidencia de Mitterrand. El único en expresar sus reticencias respecto a la coalición antiiraquí fue el nacional-republicano de izquierdas Chevènement. En España, el gobierno socialista de González, a pesar de los ascos de algunos socialistas, participó en la coalición antiiraquí. En cuanto a Alemania, cabe señalar que en aquel entonces, los Verdes eran unos ferocísimos pacifistas. Hoy están en el gobierno. En la última guerra en Yugoslavia (1999), fueron favorables, sin hacer ascos, al bombardeo de Serbia. La ventaja con los Verdes alemanes es que no hace falta hacer un largo análisis para saber qué es el pacifismo, ideología de la burguesía. Basta con recordar sus "hazañas". 3. Goebbels fue el ministro de Información y Propaganda del régimen nazi. Usamos esa expresión porque Goebbels se convirtió en el símbolo del técnico del aporreo ideológico y de la manipulación de Estado. Pero, y este artículo intenta demostrarlo, los ejemplos no faltan en cualquier otro régimen burgués, estalinista o democrático. 4. "Crisis del Golfo Pérsico. El capitalismo es la guerra", Revista internacional nº 63, (4/09/90) 5. "Ante la barbarie guerrera, la única solución: ¡desarrollo de la lucha de clases!", Revista internacional nº 64, 1er trimestre de 1991. 6. En verdad, hasta el momento de la Guerra del Golfo, Sadam tenía buena prensa en los medios occidentales. Se le consideraba "moderno" y sobre todo era alguien a quien había que apoyar contra las ambiciones del Irán de los molás en el momento de la guerra Iran-Irak. Sadam había llevado a cabo una bestial represión antikurda, a base de armas químicas, que los gobiernos occidentales apoyaron por la sencilla razón que Sadam era, en aquel entonces, una pieza clave contra Irán. 7. El semanario francés Marianne dice: "algo así como si, durante el invierno de 1945, los Aliados se hubieran detenido en el Rin dejando suficientes armas a Hitler para que pudiera aplastar eventuales levantamientos". No es "algo así como si…", pues eso fue exactamente lo que hicieron los Aliados en Italia en 1944: parar su avance hacia el Norte para dejar al régimen fascista las manos libres para aplastar la insurrección y las huelgas obreras. 8 "El medio político proletario ante la guerra del Golfo" (01/11/1990), Revista internacional nº 64, 1ertrismestre de 1991.
En la primera parte de este artículo "nos hemos esforzado por contestar a la tesis del BIPR según la cual organizaciones como la nuestra se habrían "alejado del método y de las perspectivas de trabajo que llevan a la composición del futuro partido revolucionario". Para ello, hemos tenido en cuenta los dos niveles en que se plantea el problema de la organización (cómo concebir la futura internacional y qué política llevar a cabo para la construcción de la organización y el agrupamiento de los revolucionarios); y en ambos niveles, hemos demostrado que es el BIPR, y no la CCI, quien se sale de la tradición de la Izquierda comunista italiana. En realidad, el eclecticismo que guía al BIPR en su política de agrupamiento recuerda más al de un Trotski metido en su construcción de la IVª internacional; la visión de la CCI, en cambio, es la de la Fracción italiana, la cual siempre combatió para que el agrupamiento se hiciera con la mayor claridad, y gracias a ello poder ganarse a los elementos del centro, a los indecisos" (1).
Sacábamos esas conclusiones al final de un artículo de 7 páginas, y que no tiene nada que ver con elucubraciones sin sentido, sino que son la expresión de un esfuerzo realizado por la defensa de un método de trabajo, el nuestro, y de una crítica firme pero fraterna hacia un grupo político que nosotros consideramos, sin la menor duda, que está del mismo lado de la frontera de clase que nosotros. Para ello, nuestros argumentos críticos en los debates con el BIPR siempre han tenido como base sus propios textos - que nosotros procuramos reproducir lo mejor que podemos en nuestros artículos. Nuestros argumentos se basan en una confrontación con la tradición común de la Izquierda comunista para as