1975 - 1 a 3

  

Manifiesto del Primer Congreso de la CCI

El espectro de la revolución comunista vuelve a recorrer el mundo. Durante decenios, las clases dirigentes creyeron haber conjurado para siempre los “demonios” que agitaron al proletariado en el siglo XIX y los inicios del XX. Ciertamente, el movimiento obrero nunca había padecido una derrota tan terrible y duradera. La contrarrevolución que abrumó a la clase obrera europea tras las luchas de 1848, la que siguió a la heroica y desesperada tentativa de la Comuna, el reflujo y la desmoralización que vinieron con el fracaso de la experiencia de 1905 en Rusia; todo esto no fue nada comparado con la losa que durante medio siglo ha pesado sobre todas las manifestaciones de la lucha de clases. El pánico que embargó a la burguesía cuando la gran oleada revolucionaria que siguió a la Primera  Guerra Mundial fue lo que marcaría las pautas de la contrarrevolución, al ser aquella oleada la única que hasta ahora ha hecho temblar hasta los cimientos al sistema capitalista. Tras haberse alzado a tales cimas, el proletariado soportaría la mayor derrota, la mayor desesperanza, la mayor humillación de su historia. Frente a él la burguesía manifestaría la mayor arrogancia, hasta el punto de presentar las mayores derrotas de la clase obrera como “victorias” de ésta, hasta el punto de hacer de la idea misma de Revolución una especie de anacronismo, de mito heredado de una época trasnochada.

Pero hoy la llamarada proletaria ha vuelto a prender por el mundo. De manera a menudo confusa, vacilante, pero con sobresaltos que a veces sorprenden incluso a los revolucionarios, el gigante proletario ha levantado la cabeza volviendo a hacer temblar el vetusto edificio capitalista. Desde París a Córdoba (Argentina), desde Turín a Gdansk, de Lisboa a Shanghai, desde el Cairo a Barcelona las luchas obreras vuelven a ser la pesadilla de los capitalistas[1]. Al mismo tiempo también, y formando parte de la nueva entrada en la escena social de la clase obrera, han vuelto a aparecer grupos y corrientes revolucionarias que se van consagrando a la inmensa tarea de reconstitución teórica y práctica de una de las herramientas más importantes del proletariado, su partido de clase.

Ha llegado la hora, para los revolucionarios, de anunciar a su clase la perspectiva que tienen las luchas que ésta ya ha iniciado, de recordarle las enseñanzas de su pasado para con ellas poder forjar su porvenir y también despejar las tareas que se presentan ante aquellos, en tanto que frutos y factores activos de la renovación de la lucha del proletariado.

Esos son los objetivos del presente manifiesto.

LA CLASE OBRERA SUJETO DE LA REVOLUCIÓN

El proletariado es la única clase revolucionaria de nuestro tiempo. Sólo él, tomando el poder político a escala mundial y transformando radicalmente las condiciones y fines de la producción, puede  ser capaz sacar a la humanidad de la barbarie en que está sumida.

La idea de que la clase obrera es la clase del comunismo, de que el lugar que ocupa en el capitalismo hace de ella la única clase capaz de derribarlo, es algo adquirido por ésta desde hace más de un siglo. Aparece con fuerza en la primera manifestación programática rigurosa del movimiento proletario: el Manifiesto Comunista de 1848. Se expresa con letras luminosas en la fórmula de la AIT, “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”, que generaciones de proletarios han ido transmitiéndose como bandera en sus combates sucesivos contra el Capital. Pero, el terrible silencio al que la clase obrera ha sido sometida durante medio siglo ha dado lugar a que aparezcan todo tipo de teorías sobre “la integración definitiva de la clase obrera”, sobre “el proletariado, clase para el capital”, sobre la “clase universal” o acerca de “las capas marginales como sujetos de la revolución”. Es decir, a toda una serie de antiguallas disfrazadas de “novedad” que han venido a unirse a los torrentes de mentiras que la burguesía utiliza sin descanso para perpetuar la desmoralización de los trabajadores y su sumisión ideológica al capital.

Lo que la Corriente Comunista Internacional vuelve a afirmar hoy, en primer lugar y con vehemencia es pues, el carácter revolucionario de la clase obrera, de ninguna otra clase social más que ella, en el periodo actual.

Pero el hecho de que esta clase, contrariamente a las clases revolucionarias del pasado, no tenga en la sociedad que está llamada a transformar ningún poder económico donde basar su futuro poder político, le impone la conquista de este último como condición primera para esa transformación. Por eso, al revés de las revoluciones burguesas que avanzan de éxito en éxito, la revolución proletaria vendrá necesariamente a coronar una serie de derrotas parciales pero trágicas. Y cuanto más decididos son los combates de la clase, más trágicas son las derrotas.

La gran oleada revolucionaria que puso fin a la Primera Guerra Mundial y que siguió durante diez años más, es una clara confirmación de ambas realidades: la clase obrera, único sujeto de la revolución comunista y la derrota, compañera de su lucha hasta la victoria definitiva. Ese inmenso movimiento revolucionario que echa abajo el Estado burgués en Rusia, que hace temblar los países de Europa y que resuena con eco ensordecido hasta China, proclama que el proletariado se presta a dar el golpe de gracia a un sistema que había entrado en su fase de agonía y que el proletariado está dispuesto a ejecutar la sentencia dictada por la historia en contra del capitalismo. Pero, al ser incapaz de llevar a escala mundial el primer éxito de 1917, la clase obrera resulta vencida y aplastada. Es entonces cuando, de manera negativa, queda confirmada la naturaleza revolucionaria, exclusiva, de la clase obrera. El fracaso en el intento revolucionario mundial y el hecho de ser la clase obrera la única clase capaz de llevar a cabo la revolución, y nadie más que ella, es la causa de que la sociedad siga hundiéndose sin remedio en una barbarie creciente.

LA DECADENCIA DEL CAPITALISMO

La decadencia del capitalismo que sigue a la Primera guerra Mundial, decadencia de la que la sociedad no puede librarse sin revolución proletaria, aparece desde entonces como el peor periodo de la historia de la humanidad.

En tiempos pasados, la humanidad había soportado periodos de decadencia, con su correspondiente retahíla de calamidades y sufrimientos sin nombre, pero fueron poco comparados con lo que la humanidad ha soportado desde hace sesenta años. La decadencia de las demás sociedades acarreaban escasez y hambre pero, nunca como hoy tal miseria humana había ido aparejada del despilfarro de riquezas en que vivimos. Ahora que el hombre se ha hecho dueño de técnicas maravillosas que le permitirían poner la naturaleza a su servicio, se ve sometido a los caprichos de ésta, a catástrofes “naturales” climáticas o agrícolas en condiciones aún más trágicas que en el pasado. Peor aun, la sociedad capitalista es la primera de la historia que, en su fase de ocaso, sólo puede sobrevivir sometiendo a destrucciones cíclicas y masivas a una parte cada vez mayor de sí misma. Verdad es que en otros periodos de decadencia hubo frecuentes enfrentamientos entre fracciones de la clase dominante, pero en el que hoy vivimos está encerrada en un ciclo inexorable e infernal de crisis-guerra generalizada-reconstrucción-crisis… Ciclo que exige al género humano un terrible tributo en muertos y sufrimientos. Hoy en día, técnicas de un refinamiento científico inaudito concurren sin parar para aumentar el poder de destrucción y de muerte de los Estados capitalistas, de tal manera que hay que contar por decenas de millones las víctimas de las guerras imperialistas y de los genocidios sistemáticos e industriales en que sobresalieron fascismo y estalinismo en el pasado y que siguen amenazándonos.

De alguna manera, parece como si la humanidad tuviera que pagar el reino de la libertad, al que ya puede llegar gracias a su dominio de la técnica, con el reino de las atrocidades más espantosas que ese mismo dominio permite.

En medio de este mundo de ruinas y convulsiones se ha desarrollado como un cáncer ese órgano garante de la estabilidad y la conservación social que es el Estado. Éste se ha ido metiendo en los mecanismos más íntimos de la sociedad y en particular en su base      económica. Como el dios Moloc de los antiguos, su máquina monstruosa, fría e impersonal ha devorado la sustancia de la sociedad civil y del hombre. Y todo lo contrario de un “progreso”, el capitalismo de Estado, que utilizando toda clase de formas jurídicas e ideológicas y los instrumentos de gobierno más salvajes se ha ido apoderando de la totalidad del planeta, es una de las manifestaciones más brutales de la putrefacción de la sociedad capitalista.

LA CONTRARREVOLUCIÓN

Sin embargo, el instrumento más eficaz que ha desarrollado el capitalismo en decadencia para asegurar su supervivencia ha sido la recuperación sistemática de todas las formas de lucha y organización que la clase obrera había heredado del pasado y que el cambio de perspectiva histórica ha vuelto caducas. Todas las tácticas sindicales, parlamentarias, frentistas que habían tenido un sentido y una utilidad para la clase obrera en el siglo XIX, se convirtieron en otros tantos medios para paralizar su lucha, transformándose en arma fundamental de la contrarrevolución. Después, precisamente porque todas sus derrotas pudieron presentárselas como otras tantas “victorias”, la clase obrera se hundió en la más siniestra contrarrevolución conocida. Fue sin duda alguna el método fraudulento del “estado socialista”, salido de la contrarrevolución en Rusia y presentado como baluarte del proletariado cuando ya no era otra cosa que el defensor del capital nacional estatizado, lo que constituyó el arma esencial tanto para el encuadramiento como para la desmoralización del proletariado. Los proletarios del mundo entero, a quien la hoguera de 1917 hizo nacer una inmensa esperanza, se veían después invitados a someter incondicionalmente su lucha a la defensa de la “patria socialista”; y los que de entre ellos empezaban a darse cuenta del carácter antiobrero de ésta, la ideología burguesa se encargaría de meterles la idea de que la revolución no podía tener otro resultado que el que había tenido Rusia, es decir, la aparición de una nueva sociedad de explotación y opresión. Desmoralizada por los fracasos de los años veinte, pero más todavía por las divisiones entre, por un lado, quienes deslumbrados por el Octubre rojo eran incapaces de percibir la degeneración y la traición de los partidos surgidos entonces; y por otro lado, quienes habían perdido toda esperanza en la revolución; la clase obrera no pudo aprovechar la crisis general del sistema  en los años treinta para volver a la ofensiva. Al revés, de “victoria” en “victoria”, atada de pies y manos fue arrastrada a la segunda guerra imperialista, la cual, contrariamente a la primera, no le permitiría surgir de manera revolucionaria y en la que en cambio sería reclutada para las grandes “victorias” de la “resistencia”, el “antifascismo” o bien de las “liberaciones” coloniales y nacionales.

Las etapas principales del reflujo y de la integración del proletariado en la sociedad burguesa así como de los partidos de la III Internacional representan otras tantas puñaladas en la espalda del movimiento de la clase:

1920-21: Lucha de la Internacional Comunista contra su Izquierda sobre las cuestiones parlamentaria y sindical.

1922-23: Adopción por la IC de las tácticas de “Frente Único” y “Gobierno Obrero”, lo cual lleva a la formación en Sajonia y Turingia de gobiernos de coalición entre comunistas y socialdemócratas, verdugos éstos del proletariado alemán, cuando todavía éste ocupa la calle.

1924-25: Aparición de la teoría de “la construcción del socialismo en un solo país”, el abandono del internacionalismo proletario es reflejo de la muerte de la IC y del paso de sus partidos al campo de la burguesía.

1927: Apoyo político y militar de la IC a Chiang Kai-shek (Jiang Jieshi) que acaba con la matanza por las tropas de éste del proletariado y los comunistas chinos.

1933: Triunfo de Hitler.

1934: Entrada de Rusia en la Sociedad de Naciones; es decir, reconocimiento por parte de la banda de forajidos que en ésa se agrupan de quien es ya como ellos. Esa gran “victoria” es de hecho otro símbolo de la gran derrota proletaria.

1936: Creación de los “Frentes Populares y política de “Defensa Nacional” lo cual lleva a los partidos “comunistas”, con el acuerdo de Stalin, a votar los créditos militares.

1936-39: Orgía antifascista: en España, matanza de trabajadores al servicio de la democracia y la república.

1939-45: Segunda Guerra Mundial y encuadramiento del proletariado en las distintas “resistencias”. En esta guerra, la burguesía, con las experiencias de antes, corta de raíz, toda posible veleidad proletaria, ocupando militarmente cada palmo de terreno de los países vencidos. Al ser incapaz de imponer el fin de la guerra con su propio movimiento –tal como había sucedido en 1917-18- la clase obrera sale de la guerra aun más derrotada.

1945-65: Reconstrucción y “liberación nacional”: se invita al proletariado a levantar el mundo de sus ruinas a cambio de algunas migajas que el desarrollo de la producción permite a la burguesía distribuirle. En los países atrasados, la burguesía nacional recluta al proletariado en nombre de la independencia contra el imperialismo.

LAS FRACCIONES COMUNISTAS DE IZQUIERDA

En medio de esta desbandada de la clase y del triunfo absoluto de la contrarrevolución, las fracciones comunistas de izquierda que se fueron separando de los partidos en degeneración, emprendieron una difícil tarea de salvaguardia de los principios revolucionarios. Tuvieron que oponerse a las fuerzas conjugadas de todas las fracciones de la burguesía, no caer en las mil y una trampas que ésta les tendía, hacer frente al enorme peso de la ideología ambiente en su propia clase, soportar el aislamiento, la persecución física, la desmoralización, el agotamiento, la desaparición y la dispersión de sus miembros. Las fracciones comunistas de izquierda, con esfuerzo sobrehumano y heroico, intentaron tender un puente entre los antiguos partidos del proletariado pasados al enemigo, y los que la clase hará surgir de nuevo en la próxima reanudación proletaria para, por un lado mantener en vida los principios proletarios que la IC y sus partidos pusieron a subasta y, a la vez, partiendo de esos principios, hacer balance de las derrotas pasadas para sacar nuevas enseñanzas, de las que la clase deberá apropiarse en futuros combates. Durante años, las diferentes fracciones y en particular las Izquierdas alemana, holandesa, y sobre todo italiana prosiguieron una notoria actividad de reflexión y denuncia de la traición de los partidos que todavía se llaman proletarios. Pero la contrarrevolución fue demasiado profunda y larga como para que pudieran sobrevivir las fracciones. Golpeadas con dureza por la Segunda Guerra Mundial y por el hecho de que ésta no acarreara ningún surgimiento de clase, las últimas fracciones que habían sobrevivido hasta entonces desaparecieron progresivamente o iniciaron un proceso de degeneración, esclerosis o  regresión.

 Así, por primera vez desde hacía más de un siglo, se rompe el lazo orgánico que unía, con eslabones en el tiempo y en el espacio a las organizaciones políticas del proletariado tales como la Liga de los Comunistas, la Primera, Segunda y Tercera Internacional y las fracciones que de ésta salieron.

La burguesía alcanzó momentáneamente los fines que se proponía: que callara toda expresión política de clase, que la revolución apareciera, sin réplica posible, como un anacronismo  polvoriento, vestigio de tiempos pasados, como una especialidad exótica para países atrasados o falsificando totalmente su sentido ante los trabajadores.

LA CRISIS DEL CAPITALISMO

Pero ahora, desde hace unos diez años, esa perspectiva ha cambiado de manera fundamental porque ya ha terminado la situación de “prosperidad” económica que vino con la reconstrucción de posguerra, “prosperidad” que no sólo los adoradores del capitalismo sino también algunos más, que se las daban de enemigos suyos, presentaban como eterna.

Desde mediados de los años sesenta, tras veinte años de crecimiento eufórico el sistema capitalista ha vuelto a verse enfrentado a una pesadilla que parecía haber pasado a la historia plasmada en imágenes amarillentas de la anteguerra: la crisis. Ésta ha ido profundizándose de manera inexorable lo cual es una patente demostración de la justeza de la teoría marxista, aun cuando toda una serie de falsificadores a sueldo de la burguesía, de universitarios ansiosos de “novedades”, de seudo-revolucionarios con cátedra, de Premios Nóbel y de académicos, de “expertos” y de “celebridades, así como de toda clase de “escépticos” y amargados no han dejado de proclamar su superación, su “caducidad” y su “quiebra”.

LA REANUDACION PROLETARIA

Con la profundización del desorden económico, la sociedad se encuentra otra vez enfrentada con la inevitable alternativa que abre cada crisis aguda del periodo de decadencia: guerra mundial o revolución proletaria[2].

Hoy sin embargo la perspectiva es radicalmente diferente de la que abrió la gran catástrofe económica de los años treinta. En aquel entonces el proletariado, vencido, no tenía fuerzas para aprovechar la nueva quiebra del sistema y lanzarse al asalto de este. Por el contrario, la quiebra de los años treinta tuvo como efecto una mayor agravación de la derrota.

El proletariado actual es diferente al de entreguerras. Por un lado, de la misma manera que los pilares de la ideología burguesa, las mistificaciones que en el pasado aplastaron la conciencia proletaria han ido agotándose progresivamente; el nacionalismo, las ilusiones democráticas, el antifascismo que fueron utilizados hasta la saciedad durante medio siglo ya no tienen el impacto del pasado. Por otro lado, las nuevas generaciones obreras no han soportado las derrotas de las precedentes. Los proletarios que hoy enfrentan la crisis no tienen la experiencia de sus mayores, pero tampoco están hundidos en la desmoralización.

La formidable reacción, que desde 1968-69 ha opuesto la clase obrera a las primeras manifestaciones de la crisis significa que la burguesía no está en condiciones para imponer la única salida que es capaz de dar a la crisis, es decir, un nuevo holocausto mundial. Previamente tendría que poder vencer a la clase obrera; la perspectiva actual no es pues la de guerra imperialista sino la de la guerra de clases generalizada. Si bien la burguesía prosigue los preparativos para la primera, es la segunda la que cada vez más le preocupa: el aumento impresionante de la venta de armas de guerra, único sector donde no hay crisis, oculta por el momento, el reforzamiento general y sistemático de los dispositivos de represión, de lucha contra la “subversión” por parte de los Estados capitalistas. Sin embargo, no es tanto esta manera la que el capital prepara para los enfrentamientos de clases, sino más bien la de instituir toda una serie de medios de encuadramiento del proletariado y de desvío de sus luchas. Porque contra una combatividad obrera intacta y en plena renovación, la burguesía no puede oponer, sin cada vez mayores dificultades, la simple represión abierta con la que corre el riesgo de unificar las luchas en vez de apagarlas.

LAS ARMAS DE LA BURGUESÍA

Para estar en condiciones de dar rienda suelta a una represión en regla, la burguesía empezará como en el pasado, por intentar desmoralizar a los obreros desviando sus luchas y metiéndolas en callejones sin salida. Para ello propondrá tres temas esenciales de mistificación con los que encadenar a la clase a su capital nacional y a su Estado: el antifascismo, la autogestión y la independencia nacional.

El antifascismo, ante circunstancias históricas diferentes de las de los años treinta, al no tener enfrente a un “fascismo” bien “concreto” como el de Hitler o Mussolini y por no ser la preparación de la guerra imperialista su tarea inmediata, tendrá un sentido más amplio que en el pasado. Al Este como al Oeste, será en nombre de la defensa de las “conquistas democráticas” y de las “libertades” contra las “amenazas reaccionarias”, “autoritarias, “represivas”, “fascistas” y hasta “estalinistas” cómo las fracciones “de izquierdas”, “progresistas”, “democráticas”, o “liberales” del Capital van a combatir las luchas proletarias.

Cada vez más a menudo los obreros se quedarán desconcertados al constatar que son tenidos por los peores agentes de la “reacción” y de la “contrarrevolución” cuando les dé por luchar para defender sus intereses[3].

La autogestión, mito que vendrá favorecido por las quiebras en serie que provoca la crisis a su paso, como también por una reacción comprensible contra el imperio burocrático del Estado sobre toda la sociedad, será también un arma valiosa que la izquierda del capital propondrá contra los trabajadores; estos tendrán que hacer oídos sordos a los cantos de sirena de todas las fuerzas capitalistas que en nombre de la “democratización de la economía”, de la “expropiación” de los patronos o del establecimiento de “relaciones comunistas” o “más humanas” querrán que de hecho participen en su propia explotación, oponiéndose a su unificación, manteniéndolos divididos por empresas y barrios.

La independencia nacional, en fin, versión moderna de la “Defensa Nacional”, de siniestra memoria, que la burguesía freirá a todas las salsas, y en particular en los países más débiles, donde precisamente es aun más absurda, llamando a la unión interclasista contra tal o cual imperialismo, echando las culpas de la crisis y de la agravación de la explotación a las “pretensiones hegemónicas “de este o aquel país, a las multinacionales o a cualquier otro capitalismo apátrida.

En nombre de una u otra de estas mistificaciones o de todas a la vez, el Capital exhortará por todas partes a los trabajadores a que renuncien a sus reivindicaciones y a que se sacrifiquen en espera de la superación de la crisis.

Como en el pasado los partidos de izquierda y “obreros” sobresaldrán en esa sucia faena y podrán contar con el apoyo “crítico” de las corrientes izquierdistas de todos los pelajes que propagan los mismos camelos pero con métodos más radicales. Hace 57 años, el Manifiesto de la Internacional Comunista ponía ya en guardia a la clase obrera contra esos peligros:

“Los oportunistas, que antes de la Guerra incitaban a los obreros a moderar sus reivindicaciones en nombre del paso progresivo al socialismo, que exigieron durante la guerra la humillación de la clase obrera y su sumisión en nombre de la unión sagrada y la defensa de la patria, piden ahora nuevos sacrificios y abnegaciones al proletariado para superar las terribles consecuencias de la guerra. Si semejantes sermones tuvieron eco en la clase obrera, el desarrollo capitalista seguirá restableciéndose sobre los cadáveres de varias generaciones, con formas nuevas de todavía mayor concentración y mayor monstruosidad, y la perspectiva de una nueva e inevitable guerra mundial”.

La historia ha demostrado con una tragedia sin nombre cuan clarividente era la denuncia de las mentiras burguesas hecha por los revolucionarios de 1919. Hoy, cuando la burguesía vuelve a poner en pie el formidable arsenal político que le permitió en el pasado contener y vencer al proletariado, la CCI reivindica las palabras de la Internacional Comunista, dirigiéndoselas de nuevo a la clase obrera.

“¡Proletarios, acordaos de la guerra imperialista!”, clamaba la I.C. ¡Proletarios de hoy, acordaos de la barbarie del medio siglo transcurrido, e imaginar lo que le espera a la humanidad si tampoco esta vez rechazáis con el suficiente vigor los discursos entontecedores de la burguesía y sus lacayos!.

EL DESARROLLO DE LA LUCHA Y LA CONCIENCIA PROLETARIA

Pero si bien la clase capitalista afila metódicamente sus armas, el proletariado por su parte no es la víctima sumisa que aquella desearía tener enfrente. Aunque presenten aspectos desfavorables, las condiciones en las que el proletariado ha reanudado la lucha están fundamentalmente a su favor. En efecto, por primera vez en la historia un movimiento revolucionario de la clase no se desarrolla después de una guerra sino que acompaña a una crisis económica del sistema. Es verdad que la guerra había contribuido a que el proletariado comprendiera rápidamente la necesidad de luchar en el terreno político, arrastrando en su camino a clases no proletarias distintas de la burguesía; pero no constituyó un factor poderoso de toma de conciencia más que para los proletarios de los países del campo de batalla y en especial para los de los países vencidos. La crisis que hoy se desarrolla no deja a salvo ningún país del mundo, y cuanto más intenta la burguesía frenar sus efectos, más se extienden estos. Por eso, nunca un levantamiento de la clase había sido de tal amplitud como el de hoy. Cierto que el ritmo es lento e irregular, pero su extensión viene a confundir a los profetas de la derrota que no paran de platicar sobre el carácter “utópico” de un movimiento revolucionario del proletariado a escala mundial.

Por otra parte, al encarar hoy a las tareas inmensas que le incumben y al haber perdido lo esencial de sus tradiciones de lucha y la totalidad de sus organizaciones de clase, el proletariado tendrá que aprovechar el desarrollo lento de la crisis que le golpea y que da ritmo a su respuesta de clase, para perfeccionar sistemáticamente sus experiencias y su organización.

Será a través de luchas económicas sucesivas como tomará conciencia del carácter político de su combate. Multiplicando y ampliando sus luchas parciales forjará los instrumentos del enfrentamiento generalizado. Frente a las luchas, el capital empezará a lamentarse y utilizará el hecho real de que no puede otorgar nada para pedirles “moderación” y “sacrificios” a los obreros.

Pero éstos comprenderán que si bien las luchas son infructuosas y por lo tanto perdidas de antemano en el plano estrictamente económico, son, en cambio, la condición misma de la victoria decisiva, porque son un paso más en la comprensión de la quiebra total del sistema y de la necesidad de destruirlo.

Contra todos los predicadores de la “prudencia” y el “realismo”, los trabajadores aprenderán que el verdadero éxito de una lucha no es el resultado inmediato, que aun siendo positivo estará sistemáticamente puesto en entredicho por el ahondamiento de la crisis, sino que la verdadera victoria es la lucha misma, son la organización, la solidaridad y la conciencia que la lucha desarrolla.

Así pues, contrariamente a las luchas que se desarrollaron en la gran crisis de entreguerras y cuya inevitable derrota no produjo sino una mayor desmoralización y postración, las luchas actuales son otros tantos jalones hacia la victoria final, y el desánimo momentáneo por derrotas parciales se transformará en sobresalto de cólera, de determinación y de conciencia, que fecundará las luchas futuras.

 Al agravarse, la crisis acaba por liquidar las pocas e irrisorias ventajas que la reconstrucción permitió repartir a los trabajadores a cambio de una explotación cada día más sistemática y científica.

A medida que se va desplegando, con el desempleo y las bajadas masivas de los salarios reales, la crisis hunde en una miseria creciente a un número cada vez mayor de obreros. Por los sufrimientos que acarrea pone al desnudo el carácter salvaje de las relaciones de producción que encadenan a la sociedad. Pero, al contrario que las clases burguesas, pequeño burguesas y sus tenores que sólo ven en la crisis una calamidad y que la reciben con lamentos desesperados, los proletarios reconocerán en ésta,  con entusiasmo, el ímpetu regenerador que barrerá los lazos que los unen al viejo mundo y que prepara las condiciones de su emancipación.

LA ORGANIZACIÓN DE LOS REVOLUCIONARIOS

Sea cual sea la intensidad de las luchas llevadas a cabo por la clase obrera, sólo podrá llegar a la emancipación si es capaz de dotarse de una de las armas más importantes y cuya carencia le salió tan cara en el pasado: su partido revolucionario.

Es el lugar que ocupa en el sistema lo que hace que el proletariado sea la clase revolucionaria. La decadencia y la crisis aguda del sistema crean las condiciones indispensables para su actividad de clase. Pero, todas las experiencias históricas enseñan que eso no basta si, al mismo tiempo, la clase no consigue alzarse a un nivel suficiente de conciencia y dotarse del instrumento que es a la vez producto y factor de este esfuerzo: su vanguardia comunista. Ésta no es el producto mecánico de la lucha de clases. Si bien los combates presentes y futuros son el vivero indispensable para el desarrollo de la vanguardia, esta sólo podrá constituirse y cumplir su tarea si los revolucionarios que la clase segrega toman plena conciencia de sus responsabilidades y se arman de la voluntad necesaria para estar a su altura. En particular, las tareas indispensables de reflexión teórica, de denuncia sistemática de las mentiras de la burguesía y de intervención activa en la lucha de clases no podrán ser llevadas a cabo por los revolucionarios de hoy si no restablecen el lazo político que, a través del tiempo y del espacio, ha sido condición indispensable para su actividad. En otros términos, para cumplir la función que tiene como producto de la clase, los revolucionarios deben apropiarse de lo adquirido de las luchas y las corrientes comunistas del pasado, así como reagrupar sus fuerzas a la escala de la clase, a escala mundial.

Los esfuerzos de los revolucionarios en esas dos direcciones, encuentran la dificultad añadida de la ruptura total de la continuidad orgánica con las fracciones del pasado. El restablecimiento de la indispensable continuidad política con esas fracciones, que habían recogido y desarrollado lo esencial de las enseñanzas de la experiencia pasada de la clase, se ha visto retrasado y entorpecido para las corrientes revolucionarias que nacen de la clase.

En estas en particular, encontramos las mayores dificultades para comprender dos cosas: su función específica en la clase y, sobre todo, el conjunto de problemas para los que precisamente, no disponen de ninguna experiencia propia. Además, la descomposición de las capas pequeño burguesas y su proletarización, que siempre fue un lastre para el movimiento obrero y que la decadencia y la crisis vienen a acelerar y a acentuar, refuerzan aun más esas dificultades.

Lo que en concreto ha venido a sembrar confusión en la conciencia de las organizaciones revolucionarias, han sido los residuos del “movimiento estudiantil”, expresión típica de la crisis de la pequeña burguesía intelectual que tuvo su auge cuando la clase volvía a encontrar el camino de sus luchas. El culto a la “novedad”, a la “singularidad”, a la fraseología, al individuo, a la “desalienación” e incluso al “espectáculo” (que sin embargo tanto se denunciaba); esos cultos pues, tan propios de esa variedad de la pequeña burguesía, a menudo consiguieron transformar en sectas carcomidas por problemas mezquinos a numerosos grupos que la clase había hecho surgir desde su reanudación.

De ser factores positivos, esos grupos se han vuelto un obstáculo para el proceso de toma de conciencia del proletariado; y si, en nombre de divergencias inventadas o secundarias, persisten en su oposición a la tarea de reagrupamiento de las fuerzas revolucionarias, el movimiento de la clase obrera las hará desaparecer sin remedio.

Con medios aun modestos, la CCI  se ha consagrado a la tarea larga y difícil del reagrupamiento de los revolucionarios a escala mundial en torno a un programa claro y coherente.

Rechazando el monolitismo de las sectas, la Corriente Comunista Internacional hace un llamamiento a los comunistas de todos los países a que tomen conciencia de las enormes responsabilidades que les incumben, abandonen las falsas querellas que les enfrentan, superen las divisiones ficticias con que el viejo mundo les carga, a unirse a ese esfuerzo con el fin de constituir, antes de los combates decisivos, la organización internacional y unificada de la vanguardia. Como fracción más consciente de la clase obrera, los comunistas deberán mostrarle su camino, haciendo suya la consigna  “REVOLUCIONARIOS DE TODOS LOS PAÍSES, UNÍOS”.

A LOS PROLETARIOS

Proletarios del mundo entero:

Los combates en que habéis entrado son los más importantes de la historia de la humanidad. Sin ellos, ésta irá a un tercer holocausto imperialista del que no podemos prever más que los horrores de sus consecuencias, que podrían significar para ella una vuelta atrás de varios siglos o milenios, o una disgregación que excluya toda esperanza socialista o la destrucción total, pura y simple. Jamás ha habido una clase que cargue con tantas responsabilidades y tantas esperanzas. Los sacrificios que la clase obrera ha soportado en las luchas pasadas y los más terribles que la burguesía acorralada le seguirá imponiendo, no serán vanos.

La victoria de la clase obrera significará para el género humano la liberación definitiva de los grilletes que le han sometido a las leyes ciegas de la economía y la naturaleza. Señalará el final de la prehistoria de la humanidad, estableciendo el principio de la verdadera historia y del dominio de la libertad sobre las ruinas del dominio de la necesidad.

Proletarios, para los grandes combates que os esperan, para prepararos para el asalto final contra el mundo capitalista, por la abolición de la explotación, volved a apropiaros del antiguo grito de guerra de vuestra clase: “PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES UNÍOS”. 

Corriente Comunista Internacional enero 1976



[1] Este pasaje hace evidentemente referencia al despertar del proletariado a finales de los años 60 tras medio siglo de revolución. La descripción que da de las luchas obreras parece evidentemente desactualizada respecto a la situación actual. En realidad, el hundimiento de los países “socialistas” a finales de los años 80 ha provocado un profundo retroceso en la conciencia y la combatividad de la clase obrera. El peso de este retroceso se manifiesta todavía hoy a través de las dificultades que tiene el proletariado para desarrollar sus combates de clase y volver a encontrar el camino de una perspectiva revolucionaria obliterada por la burguesía con su agobiante campaña de “la muerte del comunismo”. Sin embargo, este retroceso del proletariado no ha puesto en cuestión en manera alguna el curso histórico hacia los enfrentamiento de clase abierto por la primera oleada de luchas de finales de los años 60. Pese a la lentitud del ritmo actual de recuperación de las luchas el futuro sigue estando en manos del proletariado. Y precisamente porque la lucha de clases es una pesadilla permanente para la burguesía ésta despliega incesantes campañas ideológicas y maniobras extremadamente sofisticadas para impedir al gigante proletario afirmarse sobre la escena social.

[2] Con la desaparición de los dos bloques imperialistas salidos de los acuerdos de Yalta (1945), el espectro de una 3ª Guerra Mundial se ha evaporado por el momento. Así, aunque el militarismo y la guerra caracterizan siempre el modo de vida del capitalismo decadente, la política imperialista de todos los Estados, pequeños y grandes, se desencadena en una situación mundial dominada por el caos y el “cada uno a la suya”.  Como el alistamiento del proletariado de los países centrales para una 3ª Guerra Mundial no está a la orden del día la alternativa histórica se ha modificado en el sentido de Revolución Proletaria o hundimiento de la humanidad en la barbarie y el caos (ver el Manifiesto del 9º Congreso en este mismo folleto).

[3] Aunque en algunos países centrales –Francia, Austria, Holanda- hemos asistido al ascenso de fracciones de extrema derecha, este fenómeno no es en manera alguna comparable con el carácter que tomó en los años 20 y 30 que permitió la subida al poder del nazismo y del fascismo.  El ascenso de los partidos de extrema derecha es esencialmente manifestación de la descomposición del capitalismo, del “cada uno a la suya” que gangrena al aparato político del capitalismo. Pero no es la consecuencia de una derrota histórica del proletariado como fue el caso con los años que siguieron a la derrota de la primera oleada revolucionaria mundial de 1917-23.  Por otra parte, las campañas antifascistas actuales no son comparables a las campañas de movilización masiva del proletariado tras las banderas de la democracia que permitieron el alistamiento de la clase para la 2ª Guerra Mundial.


Revista Internacional n°3, 3er trimestre 1975

  

La degeneración de la revolución rusa

Revolución y contrarrevolución en Italia (II)

La degeneración de la Revolución Rusa

El segundo número de Forward, la revista del “Revolutionary Workers Group” (RWG) contiene una discusión internacional entre nuestra Corriente (Internacionalismo: “Defensa del Carácter Proletario de Octubre”) y el RWG (“Los Errores de Internacionalismo a Propósito de la Revolución Rusa”). En la crítica a nuestro artículo, el RWG aborda cuestiones importantes, pero sin proporcionar un marco general que permita la comprensión global de la experiencia rusa.

Los revolucionarios no analizan la historia por ella misma, para buscar “lo que hubieran hecho de haber estado allí”, sino para extraer, con el conjunto de la clase, las lecciones de la experiencia del movimiento obrero, con el objeto de comprender mejor el camino a seguir en las luchas del mañana.

El artículo de nuestra Corriente “Defensa del Carácter Proletario de Octubre”, sin tener la pretensión de ser un análisis exhaustivo de la cuestión compleja de la revolución rusa, busca clarificar un punto esencial: la revolución rusa fue una experiencia del proletariado y no una revolución burguesa; era parte integrante de la oleada revolucionaria que sacudió al capitalismo mundial del 17 a los años 20. La revolución rusa no fue una “acción burguesa” que, por consiguiente, podemos tranquilamente enterrar e ignorar en los análisis actuales. Muy al contrario parece inconcebible que los revolucionarios de hoy, rechazando al estalinismo, rechacen al mismo tiempo la historia trágica de su propia clase. El rechazo de todo carácter proletario de la revolución de Octubre, que a menudo encuentra sus adeptos entre los que siguen la tradición consejista, es una mistificación que oculta la realidad de los esfuerzos revolucionarios de la clase, tan dañina como la de los estalinistas y trotskistas enganchados a las supuestas “adquisiciones materiales” o al “Estado Obrero” para justificar la defensa del Capitalismo de estado ruso.

Con el reconocimiento del carácter proletario de Octubre, se debe reconocer que el partido Bolchevique, entre los primeros de la izquierda marxista internacional que defendía posiciones de clase durante la primera guerra mundial y en particular en el 17, era un partido proletario. Pero, luego de la derrota de los levantamientos obreros internacionales, el bastión ruso, aislado, sufre una contrarrevolución “desde el interior” y el partido Bolchevique, de pilar de la izquierda comunista internacional, degenera en partido del campo burgués.

He aquí cuales son las ideas centrales que resaltan del artículo de Internacionalismo, a pesar de la traducción a menudo penosa, que hace Forward. Forward no quiere en efecto, discutir el problema de la naturaleza proletaria de Octubre -él está de acuerdo sobre este punto-; lo que le preocupa, es la naturaleza contrarrevolucionaria de los acontecimientos ulteriores; aunque Internacionalismo, en su texto, no trata este problema, sino de manera secundaria. En ningún artículo de nuestra prensa pretendemos abarcar todos los problemas de la historia. A pesar de este mal entendido de partida, con el mismo asombro podemos leer: «Para los camaradas de Internacionalismo, como para los trotskistas y bordiguistas, hay una frontera insuperable entre la época de Lenin y la época de Stalin. Para ellos, el proletariado no podía caer antes que Lenin no estuviera con seguridad en su tumba y Stalin claramente instalado a la cabeza del PCR» (Forward, N° 2 página 42).

Reconocemos que esta conmovedora profesión de fe se encuentra entre los diferentes grupos trotskistas de donde provienen los camaradas de Forward, pero en ningún caso ella forma parte de nuestra corriente: «La incomprensión de los dirigentes del partido Bolchevique del papel de los Soviets (Consejos Obreros), y su concepción de la conciencia de clase, contribuyen al proceso de degeneración de la revolución rusa que llevó al partido Bolchevique -autentica vanguardia del proletariado ruso en octubre 1917- a convertirse más tarde en órgano activo de la contrarrevolución (...) Por esto, la actividad del partido Bolchevique, desde los primeros momentos de la revolución estuvo orientada hacia la transformación de los Soviets en organismo de poder del partido mismo» (Declaración de principios de Internacionalismo)

Y por otra parte: «La revolución de Octubre ha cumplido la primera tarea de la revolución proletaria: el objetivo político. La derrota de la revolución a escala internacional y la imposibilidad de mantener el socialismo en un solo país, han hecho imposible el paso a un nivel superior, es decir al comienzo de la transformación económica...El partido Bolchevique ha jugado un papel activo en el proceso revolucionario que ha conducido a los acontecimientos de Octubre, pero también ha jugado un papel activo en la degeneración de la revolución y la derrota internacional...Al identificar organizacional e ideológicamente al Estado y al considerar que su primera tarea era la defensa del Estado, el partido Bolchevique estaba condenado a transformarse -sobre todo después del fin de la guerra- en el agente de la contrarrevolución y del capitalismo de Estado» (Plataforma de RI).

Estas líneas parecen indicar claramente que el camino de la contrarrevolución fue un proceso en el cual las bases aparecen con el ahogo del poder de los Soviets y la supresión de la actividad autónoma del proletariado, un proceso que conduce a la masacre por el Estado de una parte de la clase obrera en Kronstadt.

¿Por qué la degeneración de la revolución rusa ha tenido lugar? La respuesta no puede encontrarse en el curso de una nación, en el de Rusia únicamente. Así como la revolución rusa fue el primer bastión de la revolución internacional en el 17, el primero de una serie de levantamientos proletarios internacionales, de la misma manera su degeneración en contrarrevolución fue la expresión de un fenómeno internacional, el resultado del fracaso de la acción de una clase internacional, el proletariado. En el pasado, las revoluciones burguesas han construido un Estado nacional, marco lógico para el desarrollo del capital, y esas revoluciones burguesas podrían tener lugar con un siglo de diferencia o más entre los deferentes países. La revolución proletaria, al contrario, es por esencia una revolución internacional, que debe extenderse hasta integrar el mundo entero, o esta condenada a una muerte rápida.

La primera guerra mundial término del período ascendente del capitalismo, marcó el punto de no retorno absoluto por el movimiento obrero del siglo XIX y sus objetivos inmediatos. El descontento general contra la guerra tomó rápidamente un carácter político contra el Estado en los principales países de Europa. Pero la mayoría del proletariado no fue capaz de romper con los vestigios del pasado (adhesión a la política de la II Internacional, que entonces se había pasado al campo enemigo de la clase) y de comprender completamente todas las implicaciones del nuevo período. Ni el proletariado en su conjunto, ni sus organizaciones políticas, comprendieron plenamente los imperativos de la lucha de clase en este nuevo período de “guerra o revolución”, de “socialismo o barbarie”. A pesar de las luchas heroicas del proletariado en esa época, la oleada revolucionaria fue aplastada por la masacre de la clase obrera europea. La revolución rusa era el faro que guiaba a toda la clase obrera de la época, pero esto no quita nada al hecho que su aislamiento constituya un grave peligro. Las brechas temporales, que se abren entre dos levantamientos revolucionarios están plenas de peligros. La que se abrió en 1920 era un precipicio.

El contexto del reflujo internacional y del aislamiento de la revolución rusa tiene la mayor importancia. Pero, en el interior de ese contexto, los errores de los Bolcheviques han jugado su papel .Esos errores deben ser puestos en relación con la experiencia y la lucha de la clase obrera misma. Los errores o los aportes positivos de una organización de la clase no caen del cielo ni se desarrollan arbitrariamente y por azar. Ellos son, en todo el sentido de la palabra, el reflejo de la conciencia de clase del proletariado en su conjunto.

El partido Bolchevique fue obligado a evolucionar a la vez teórica y políticamente en relación al surgimiento del proletariado ruso y la perspectiva del movimiento internacional, en Alemania y otras partes. El ha sido también el reflejo del aislamiento del proletariado en el período de crecimiento de la contrarrevolución. Tanto los Bolcheviques como los Spartaquistas o como cualquier otra organización revolucionaria de la época se vieron confrontados a las tareas nuevas del período de decadencia que se abría con la primera guerra mundial y ante ellas su comprensión incompleta ha servido de base a los errores políticos más graves.

Pero el partido del proletariado no es un simple reflejo pasivo de la conciencia. Los Bolcheviques al expresar claramente los objetivos de clase en el período de la primera guerra mundial (“transformación de la guerra imperialista en guerra civil”), y durante el período revolucionario (oposición al gobierno democrático burgués, consgina “todo el poder a los Soviets”, formación de la Internacional Comunista sobre la base de un programa revolucionario) han contribuido a trazar el camino de la victoria. A pesar de esto, las posiciones tomadas por los Bolcheviques en el contexto de declive de la oleada revolucionaria (alianzas con las fracciones centristas a escala internacional, sindicalismo, parlamentarismo, tácticas con los Frentes Unicos, Kronstadt) han contribuido a acelerar el proceso contra-revolucionario a escala internacional así como en Rusia. Una vez desaparecido el crisol de la práxis revolucionaria bajo la contrarrevolución triunfante en Europa, los errores de la revolución rusa fueron privados de toda posibilidad de corregirse.

El partido Bolchevique se había transformado así en el instrumento de la contrarrevolución.

Del hecho de la imposibilidad del socialismo en un solo país, la cuestión de la degeneración de la revolución rusa es ante todo una cuestión de derrota internacional del proletariado. La contrarrevolución ha triunfado en Europa antes de penetrar totalmente el contexto ruso “del interior”. Esto no debe, repetimos, “excusar” los errores de la revolución rusa o del partido Bolchevique. Más aún, esos errores “no excusan” al proletariado de no haber hecho la revolución en Alemania o Italia por ejemplo. Los marxistas no tienen nada que hacer para excusar” o dejar de “excusar” a la historia. Su tarea es explicar por qué ese acontecimiento ha tenido lugar y sacar las lecciones para las luchas proletarias por venir.  

Este marco general internacional está ausente en el análisis de RWG que debate acerca de la “revolución y contrarrevolución en Rusia” (panfleto de RWG) en términos casi exclusivamente rusos. Esta tentativa puede parecer, a primera vista, una manera útil de aislar teóricamente un problema particular. Pero ella no ofrece ninguna base que permita comprender por qué esos acontecimientos han llegado a Rusia, y conduce a girar en torno al vacío sobre el fenómeno puramente ruso que resalta. Como Rosa Luxemburgo lo escribía: «El problema no puede ser más que planteado en Rusia. Pero no podrá ser resuelto en Rusia».

LOS ASPECTOS ESPECÍFICOS DE LA DEGENERACIÓN DE LA REVOLUCIÓN

En los límites de este artículo, debemos necesariamente ceñirnos a una visión de conjunto del proceso de degeneración dejando de lado los detalles de los diversos episodios.

La revolución rusa fue considerada como la primera victoria de la lucha internacional de la clase obrera. En enero de 1919, los Bolcheviques llaman al primer congreso de la nueva internacional para marcar la ruptura con la social-democracia traidora, y para reunir las fuerzas de la revolución para las luchas futuras. Desgraciadamente la revolución alemana había sido aplastada en enero del 19, y la oleada revolucionaria decrecía. Sin embargo, a pesar del bloqueo casi total al que se veía sometida Rusia y las noticias deformadas que llegaban sobre el proletariado del oeste, la revolución concentra todas sus esperanzas en la única salida posible, la unión internacional de las fuerzas revolucionarias bajo un programa que fijara claramente los objetivos de clase: «El sistema soviético asegura la posibilidad de una democracia proletaria real, de una democracia para el proletariado, dirigida contra la burguesía. En este sistema el lugar principal es ocupado por el proletariado industrial y le corresponde asumir el rol de clase dominante, debido a su organización y conciencia política, y porque su hegemonía política permitirá al semiproletario y a lo campesinos pobres acceder gradualmente a esta conciencia (…) Las condiciones indispensables para la lucha son: la ruptura no solamente con los sirvientes del capital y los verdugos de la revolución comunista –el ala derecha de la socialdemocracia- sino también con el “centro” (el grupo de Kautsky) que abandonó al proletariado en el momento critico para reunirse al enemigo de clase» (Plataforma de IC: 1919).

Tal era la posición en 1919, y no las alianzas ulteriores con los centristas, que realizaron el partido y la Internacional y finalizaron en un “frente único”: «Esclavos de las colonias de Africa y Asia: el día de la dictadura proletaria en Europa será para vosotros como el día de vuestra liberación» (Manifiesto de la Internacional Comunista 1919). Esto nada tiene que ver con la manera como lo predican los izquierdistas hoy siguiendo las fórmulas contrarrevolucionarias sobre la “liberación nacional” proveniente de la degeneración de la Internacional.

«Pedimos a todos los obreros del mundo unirse bajo la bandera del comunismo que es ya la bandera de la primeras victorias para todos los países» (Manifiesto), lo que nada tiene que ver con el socialismo en un solo país.

«Bajo la bandera de los consejos obreros, de la lucha revolucionaria por el poder y la dictadura del proletariado, bajo la bandera de la Tercera Internacional, obreros del mundo entero uníos» (Manifiesto)

Estas posiciones son el reflejo del enorme paso que había dado el proletariado en los años precedentes. Las posiciones que los bolcheviques sostenían y defendían entonces era una ruptura clara con sus programas anteriores y constituían un llamado a la clase obrera entera a reconocer las nuevas necesidades políticas de la situación revolucionaria.

Pero en 1920, después del segundo congreso de la misma Internacional, la dirección del partido bolchevique cambia bruscamente, retornando a las “tácticas” del pasado. La esperanza de la revolución se debilita rápidamente, y el partido Bolchevique defiende entonces las 21 condiciones de admisión a la Internacional, incluyendo: el reconocimiento de las luchas de liberación nacional, de la participación electoral, de la infiltración en los sindicatos, lo que constituye en pocas palabras, un retorno al programa socialdemócrata, que estaba completamente inadaptado a la nueva situación. El partido ruso se convierte en efecto en la dirección preponderante de la IC, y el buró de Amsterdam fue cerrado. Y sobre todo, la dirección Bolchevique consigue aislar a los comunistas de izquierda: la izquierda italiana con Bordiga; a los camaradas ingleses alrededor de Pankurst; y Pannekoek, Gorter y el KAPD (que fue excluido en el tercer congreso). Los Bolcheviques y las fuerzas dominantes de la III Internacional obran a favor de un acercamiento con los centristas ambiguos y traidores a los que denunciaban dos años antes, y consiguen efectivamente sabotear toda tentativa de creación de una base de principios para la formación de partidos comunistas en Inglaterra, en Francia o en otros países, gracias a sus maniobras y sus calumnias sobre la izquierda. El camino del “Frente Unico” de 1922 en el cuarto congreso y la defensa de la patria rusa y del “socialismo en un solo país” estaba ya abierto por estas acciones.

El debilitamiento de la oleada revolucionaria y el camino hacia la contrarrevolución es claramente marcado por la firma del tratado secreto de Rapalo con el militarismo alemán. Cualquiera que sea el análisis de los puntos positivos y negativos del tratado de Bresst-Litovsk por ejemplo, fue hecho a la luz del día después de un largo debate en el seno del partido Bolchevique y fue presentado al proletariado mundial como una cuestión impuesta por una situación crítica. Pero el tratado de Rapalo, solamente dos años después, era una traición a todo lo que habían defendido los Bolcheviques, un tratado militar secreto concluido con el Estado Alemán.

Los gérmenes de la contrarrevolución se desarrollan con la rapidez de un período de transformaciones históricas, cuando los grandes cambios, pueden darse en algunos años o igualmente en algunos meses. Y finalmente, la vida deja el cuerpo de la Internacional cuando la doctrina del “Socialismo en un solo país” es proclamada.

La historia tormentosa de la IC no puede ser reducida a un plan maquiavélico de los Bolcheviques, según el cual ellos habrían planeado traicionar a la clase obrera tanto en Rusia como internacionalmente. Esta noción infantil no puede explicar nada sobre la historia. Pero la clase obrera no pudo reaccionar para reorientar sus propias organizaciones a causa de la derrota y del reflujo de la oleada revolucionaria; es esta misma derrota la que provoca la degeneración definitiva de sus organizaciones y de sus principios revolucionarios.

Marx y Engels habían constatado que un partido o una Internacional no pueden conservar su carácter de instrumentos de la clase cuando dominaba un marco general de reacción. Este instrumento de la clase no puede conservar una unidad organizacional cuando no existe práxis de la clase, él está penetrado por los efectos del reflujo y de la derrota, y eventualmente contribuye entonces, a la confusión, a la contrarrevolución. Es por esto que Marx disolvió la Liga de los Comunistas después del reflujo de la oleada revolucionaria del 1848 y saboteó a la primera Internacional (al enviarla a New York) después que la derrota de la Comuna de París hubo marcado el fin de un período. La II Internacional, a pesar de su auténtica contribución al movimiento obrero, sufre un largo proceso de corrupción durante el período ascendente del capitalismo, donde ella se ve atada cada vez más al reformismo, dando así una visión nacional a cualquier partido. Su paso definitivo al terreno burgués sobreviene con la guerra de 1914, cuando colabora en el esfuerzo de la guerra imperialista. A lo largo de todo ese período de crisis para la clase obrera, la tarea continua de elaboración teórica y de desarrollo de la conciencia de la clase corresponde a las “fracciones “ revolucionarias de la clase surgidas de las viejas organizaciones, preparando así el terreno para la construcción de una nueva organización.

La III Internacional fue construida como expresión de la oleada revolucionaria que siguió a la guerra mundial. Pero el fracaso de las tentativas revolucionarias y la victoria de la contrarrevolución acaban con ella, anunciando su muerte como instrumento de la clase. El proceso de contrarrevolución fue consumado- aunque había comenzado antes- cuando se produce la declaración del “socialismo en un solo país”, el fin definitivo de toda posibilidad objetiva para la subsistencia de las fracciones revolucionarias.

La ideología burguesa puede penetrar la lucha proletaria, en un período de reflujo, a causa de su fuerza como clase dominante en la sociedad. Pero cuando una organización se pasa definitivamente al campo burgués el camino se cierra a toda posibilidad de “regeneración”. De la misma manera que ninguna fracción viviente que exprese la conciencia de la clase proletaria puede surgir de una organización burguesa - y esto incluye hoy a los stalinistas, los trostkystas y los maoístas (aunque en calidad de individuos puedan ser capaces de romper con esas organizaciones)- también la IC y todos los partidos que permanecieron en su seno fueron irremediablemente perdidos por el proletariado.

Este proceso es más fácil de ver para la generación de proletarios de hoy (gracias al análisis y reflexión sobre todas esas experiencias de la clase) que desgraciadamente, para la clase en su conjunto en esa época, o para, muchos de sus elementos más politizados. El proceso de contrarrevolución que condenó a la IC ha sembrado una terrible confusión en el movimiento obrero durante los últimos cincuenta años. Aquellos que han proseguido la tarea de elaboración teórica en los sombríos años 30-40, lo que quedaba del movimiento de la izquierda comunista, tuvieron que esperar mucho tiempo para ver todas las implicaciones del período de derrota. Dejemos a los modernistas arrogantes que “han descubierto todo” en los años 74-75, aprendan en las sombras lo que la historia “debía haber sido”.

EL CONTEXTO RUSO

La política internacional de los Bolcheviques, su rol en el proceso de contrarrevolución internacional, no es prácticamente discutido en el panfleto de RWG “Revolución y Contrarrevolución en Rusia” y no es más que mencionado de paso en el texto de Forward. Para estos camaradas la contrarrevolución comienza esencialmente con la NEP (Nueva Política Económica). La NEP para ellos es, «el viraje de la historia de la Unión Soviética. El mismo año el capitalismo fue restaurado, la dictadura política vencida (?) y la Unión Soviética deviene un Estado Obrero» (Revolución y Contrarrevolución en Rusia) pág. 7.

De partida, es necesario decir cualesquiera que sean los acontecimientos en el contexto ruso, una revolución internacional ó una Internacional no muere a causa de una mala política de un país. El lector buscará en claro un marco coherente que permita analizar la NEP a los acontecimientos ulteriores en Rusia en general.

La degeneración de la revolución sobre el suelo ruso se explica esencialmente por el declive gradual y mortal de los Soviets y por su reducción a un simple aparato del partido-Estado Bolchevique. La actividad autónoma del proletariado, la democracia obrera en el interior del sistema de los Soviets era la base principal de la victoria de Octubre, pero desde 1918, aparece claramente que el poder político de los Consejos Obreros estaba en vías de ser diezmado y ahogado por el aparato del Estado. El punto culminante del período de declive de los Soviets en Rusia fue la masacre de una parte de la clase en Kronstadt. La RWG, inmutable sobre la NEP, no ha mencionado tampoco la masacre de Kronstadt con relación al análisis del Estado ruso. Esto nos asombra. Kronstadt no es mencionado en ninguno de los textos principales sobre Rusia, tampoco Rapalo. Puede ser comprensible que los camaradas de RWG, salidos recientemente del dogma trotskissta, no hayan todavía comprendido, cuando han escrito sus artículos, que Kronstadt no era el motín “contrarrevolucionario” del que hablaban Lenin y Trotsky. Lo que es menos comprensible, es que ellos acusen a nuestros camaradas de Internacionalismo de no ser capaces de ver “la degeneración de la revolución estando Lenin vivo”.

El error fundamental del partido bolchevique en Rusia era la concepción según la cual el poder debía ser ejercido por una minoría de la clase: el partido. Ellos creían que el partido podía aportar el socialismo a la clase y no pudieron ver que era la clase en su conjunto, organizada en Soviets, la que era el sujeto de la transformación socialista. Esta concepción del partido tomando el poder estatal existía en toda la izquierda, en un grado o en otro, la encontramos en Rosa Luxemburgo, y aún hasta en los escritos del KAPD de 1921. La experiencia rusa del partido en el poder, que el proletariado pagó con su sangre, marca una frontera de clase definitiva sobre la cuestión de la toma del poder por un partido o de una minoría de la clase, “en nombre de la clase obrera”. A partir de esta experiencia, la lección de la no identificación del estado y del partido se transforma en un signo distinto de las fracciones revolucionarias de la clase; y todavía más allá, que el papel de las organizaciones políticas es el de contribuir al desarrollo de la conciencia de la clase y no a sustituir al conjunto de la clase.

Los intereses históricos de la clase obrera en tanto que destruir al capitalismo no eran siempre comprendidos desde el principio, y no podía serlo tampoco el desarrollo de la conciencia política de la clase constantemente torpedeada por la ideología burguesa dominante. Marx escribió el Manifiesto Comunista sin ver que el proletariado no podía apoderarse del aparato del Estado burgués para servirse de él. La experiencia viviente de la Comuna de París fue necesaria para probar de manera irrefutable que el proletariado debía destruir el Estado burgués para poder ejercer su dictadura sobre la sociedad. De la misma manera la cuestión acerca del partido estuvo en discusión en el movimiento obrero hasta 1917, pero la experiencia rusa marca una frontera de clase sobre este punto. Todos aquellos que repiten o teorizan la repetición de los errores de los bolcheviques se ponen al otro lado de la frontera de clase.

Lo que el Estado ruso destruyó al debilitar a los Soviets, fue la fuerza misma del socialismo. Al estar ausente toda autonomía organizada de la clase en su conjunto, toda esperanza de regeneración fue progresivamente eliminada, la política económica de los bolcheviques era debatida, cambiada, modificada, pero su acción política en Rusia fue fundamentalmente un proceso continuo que aceleró la caída de la revolución. Todo este proceso se hace todavía más claro cuando se le ve en el contexto de la derrota internacional del movimiento del cual formaba parte.

LA DICTADURA DEL PROLETARIADO

Una de las primeras, de las más importantes lecciones que deben ser sacadas de la experiencia revolucionaria del período que sigue a la primera guerra mundial es que la lucha proletaria es ante todo una lucha internacional y que la dictadura del proletariado es (sea esta en un sector o a escala mundial) de partida y ante todo una cuestión política.

El proletariado, al contrario de la burguesía es una clase explotada y no explotadora. Ella no tiene pues privilegio económico alguno sobre el cual apoyar su porvenir de clase. Las revoluciones burguesas eran esencialmente un reconocimiento económico de un hecho político consumado. La clase capitalista era de hecho, la clase económica dominante de la sociedad, mucho antes del movimiento de su revolución. La revolución proletaria, al contrario comprende una transformación económica a partir de un punto de partida político: la dictadura del proletariado. La clase obrera no tienen ningún privilegio económico que defender en la vieja sociedad, así como tampoco en la nueva, y no tiene más que su conciencia de clase, su poder político organizado en los Consejos Obreros para guiarse en la transformación de la sociedad. La destrucción del poder burgués y la expropiación de la burguesía deben ser victoriosas a escala mundial, antes que toda transformación social pueda ser acometida bajo la dirección de la dictadura del proletariado.

La ley económica fundamental de la sociedad capitalista, la ley del valor, es el conjunto del mercado capitalista mundial y no se puede de ninguna manera por ningún medio eliminarsele en un solo país, (ni siquiera en uno de los países más desarrollados) ó en el conjunto de varios países, sino solamente a escala mundial. No existe escapatoria alguna frente a este hecho ni siquiera reconociéndolo piadosamente para después ignorarlo y hablar de abolir al mismo tiempo el dinero y el trabajo asalariado, que no son más que corolarios de la ley del valor y del sistema capitalista en su conjunto, en un solo país. Las únicas armas de las que dispone el proletariado para llevar a cabo la transformación de la sociedad que sigue y que no puede preceder a la toma del poder por los Consejos Obreros Internacionalmente son:

1.- La fuerza organizada y armada para conducir a la victoria de la revolución en el mundo entero.

2.- La conciencia de su programa comunista, orientación política indispensable para la transformación económica de la sociedad.

La victoria del proletariado no depende de su capacidad para “administrar” una fábrica ni todas las fábricas de un país. Administrar la producción cuando el sistema capitalista continúa existiendo, conducen esas “gestiones” a ser la gestión de la plusvalía y del intercambio. La primera tarea de todo proletariado vencedor en un país o un sector no es preocuparse por la forma de crear un “mitico islote de socialismo” que es imposible, sino de brindar toda la ayuda posible a su única esperanza: la victoria de la revolución mundial. Es de mayor importancia definir las prioridades sobre este punto. Las medidas económicas que tomará el proletariado en un país, o en un sector, son una cuestión secundaria. En el mejor de los casos, esas medidas no son más que medidas destinadas a parar el peligro y tenderán a marchar en un sentido positivo: todo error puede ser corregido si la revolución avanza, y si los Consejos Obreros pierden su control político y su clara conciencia del sentido en el cual se marcha, entonces no habrá esperanza de corregir los errores o de instaurar el socialismo. Hoy numerosas voces se elevan contra esta concepción; algunas de estas voces proclaman que encerrar la lucha proletaria sobre el terreno político no es más que un no-sentido, un fósil reaccionario. En efecto, la concepción según la cual la clase revolucionaria es una clase definida objetivamente, el proletariado, es también una antigualla y debería ceder el lugar a una “clase universal” comprendida por todos aquellos que son “oprimidos”, atormentados psicológicamente o que tengan una inclinación filosófica por la revolución.

Las “relaciones comunistas”, o según un grupo inglés del mismo nombre “las prácticas comunistas” pueden ser realizadas inmediatamente, bastando para ello que la “gente” lo desee. Para ellos, lo más importante no es la toma del poder por el proletariado a escala internacional y la eliminación de la clase capitalista, sino la instauración inmediata de las supuestas “relaciones comunistas” bajo el empuje espontáneo de las “gentes en general”.

Los elementos puramente abstractos y miticos que sustentan esta teoría no toman en consideración el hecho de que ella puede perfectamente servir de cobertura a la ideología “autogestionaria”. Frente al acrecentamiento del descontento de la clase obrera, expresados en movimientos de masas, conforme al profundizamiento de la crisis capitalista, una de las reacciones de la burguesía será decir a los obreros: vuestros intereses no pueden ser los de lanzarse a los problemas “políticos” como el de la destrucción del Estado burgués, sino tomar las fábricas y hacerlas marchar para “vosotros mismos”, en orden.

La burguesía tratará de colocar a los obreros detrás de un programa económico de autogestión y de explotación y durante ese tiempo la clase capitalista y su Estado aguardarán para recoger los frutos. Esto es lo que ha pasado en Italia, en 1920, donde “Ordino Nuovo” y Gramsci exaltaban las posibilidades económicas que abrían las ocupaciones de fábricas, mientras que las fracciones de izquierda con Bordiga, decían que los Consejos Obreros, aunque tuviesen sus raíces en las fábricas, debían conducir un ataque frontal contra el Estado y el sistema en su conjunto, o morir.

Los camaradas de RWG no rechazan la lucha política. Ellos se limitan a decir que el contexto político y las medidas económicas son igualmente importantes y cruciales. En un sentido no hacen más que repetir una verdad marxista trivial: El proletariado clase explotada, no se bate por tomar el poder político sobre la burguesía con el objeto de satisfacer alguna psicosis de poder. Sino para echar las bases de una transformación social para la lucha de clases y la actividad autónoma y organizada de la única clase revolucionaria que, liberándose de la explotación, libera a la humanidad entera de la explotación para siempre. Pero, los camaradas de RWG no tienen ninguna idea concreta de la manera en la cual se puede desarrollar ese proceso de transformación social. La revolución es un asalto rápido contra el Estado, pero la transformación económica de la sociedad es un proceso que se desarrolla a escala mundial y que es de una complejidad extrema. Para llevar a cabo ese proceso económico, el marco político de la dictadura de la clase obrera debe ser claro. Antes que nada debe reconocer que la toma del poder por el proletariado no quiere decir que el socialismo pueda ser instaurado por decreto. Por lo tanto:

1.- La transformación económica no puede más que seguir, y no preceder, la revolución proletaria (no puede haber dos “construcciones socialistas” en el seno del poder de la clase capitalista). La transformación económica no se produce simultáneamente con el establecimiento del poder de la clase sobre la sociedad.

2.- El poder político del proletariado abre la vía a la transformación socialista, pero la principal muralla que protege la marcha de la revolución, es la unidad y la cohesión de la clase. La clase puede cometer errores económicos que deben ser corregidos, pero si deja el poder a otra clase o un partido o minoría, toda transformación económica deviene en consecuencia imposible.

A partir del hecho que nosotros afirmamos de que la dictadura política del proletariado es el marco y la condición previa para la transformación social, el espíritu simplista (RWG) concluye: «parece que Internacionalismo niega la necesidad para el proletariado de dirigir una guerra económica contra el capitalismo» (Forward, pág. 44)

Contrariamente a lo que proclama Forward, todo no tiene inmediatamente la misma importancia, o la misma gravedad, para la lucha revolucionaria. En un país donde la revolución acaba justamente de triunfar, los Consejos Obreros pueden considerar necesario trabajar 10 o 12 horas por día para la producción de armas y materiales necesarios para sus hermanos de clase situados en otra región. ¿Es esto socialismo? No, si se considera que los principios de base del socialismo son, la producción para las necesidades humanas (y no para la destrucción) y la reducción de la jornada de trabajo. ¿Entonces esas medidas deben ser denunciadas como una proposición contrarrevolucionaria? Evidentemente no, puesto que la primera esperanza de salvación de la clase obrera, es la de ayudar a la extensión de la revolución internacional. ¿Debemos entonces admitir que el programa económico esté sometido a las condiciones de la lucha de clase y que no existen los medios para crear un paraíso económico obrero en un solo país? En todo esto debemos insistir sobre el hecho que todo debilitamiento político del poder de los Consejos Obreros en la toma de decisiones y la orientación de la lucha sería fatal.

Los revolucionarios mentirían a su clase si la colmaran de sueños dorados, plenos de leche, de miel y de milagros económicos, en lugar de insistir sobre la lucha a muerte y las terribles destrucciones que necesita una guerra civil. No harían más que desmoralizar a su clase, declarando que los retrocesos económicos (en un país, o varios) significa el fin de la revolución. Poniendo estas cuestiones sobre el mismo plan inmediato que la solidaridad política, la democracia proletaria o el poder de decisión del proletariado, desviarían la fuerza decisiva de la lucha de clases comprometiendo así la única esperanza de empezar un período de transición al socialismo a escala mundial.

El RWG responde que «todo no puede ser semejante que antes, después de la revolución» y ponen el acento sobre las trágicas condiciones de los obreros en Rusia en 1921. Pero no nos dicen de cuales condiciones hablan. ¿Es que acaso, las organizaciones de masa de la clase obrera estaban excluidas de toda participación efectiva en el “Estado Obrero”?, ¿Quien reprimió a los obreros en huelga en Petrogrado?; si ellos hablan de estas condiciones tocan el corazón de la degeneración de la revolución. ¿O bien, hablan ellos del hecho de que los obreros estaban todavía trabajando en las fábricas, que los salarios existían aún (¿se les puede abolir en un solo país?), así como el intercambio? Aunque estas prácticas no sean evidentemente el socialismo, ellas son sin embargo inevitables al menos que se pretenda poder eliminar la ley del valor en un abrir y cerrar de ojos. Como lo dice RWG “un trazo debe ser tirado en alguna parte” ¿pero donde? Mezclando la importancia crucial de una coherencia política y el poder de la clase con los retrocesos económicos, los problemas de la lucha futura se reducen a una esperanza de realización milagrosa de nuestros más sinceros deseos.

El socialismo -o las relaciones sociales comunistas, éstos términos son usados aquí de manera intercambiable- se define esencialmente por la eliminación total de todas las “leyes económicas ciegas” y sobre todo de la ley del valor que rige la producción capitalista, eliminación que permite satisfacer las necesidades de la humanidad. El socialismo es el fin de todas las clases (la integración de todos los sectores no-capitalistas a la producción socializada y la apertura del trabajo asociado decidiendo sus propias necesidades), el fin de toda explotación, de toda necesidad de un Estado (expresión de una sociedad dividida en clases), de la acumulación de capital con su corolario al trabajo asalariado y de la economía de mercado. Este es el fin de la dominación del trabajo muerto (capital) sobre el vivo. Así pues el socialismo no es una cuestión de creación de nuevas leyes económicas sino, la eliminación desde abajo de las viejas, bajo la égida del programa comunista proletario.

El capitalismo no es un villano burgués que fuma un grueso puro, sino toda la organización actual del mercado mundial, la propiedad privada de los medios de producción, comprendida ahí la del campesinado, el subdesarrollo, la miseria, la producción para la destrucción etc. Todo eso debe ser extirpado y eliminado de la historia humana para siempre. Esto necesita un proceso de transformación económica y social a escala mundial de proporciones gigantescas, que tomará al menos una generación. Sobre lo que es necesario insistir, es el hecho de que ningún marxista puede proveer los detalles de la nueva situación que tendrá que afrontar el proletariado después de la revolución mundial. Marx evitó siempre “sacar planes” para el futuro, y todo lo que puede aportar la experiencia rusa son líneas de orientación muy generales para la transformación económica. Los revolucionarios faltarían a su tarea si su única contribución fuera el rechazo de la revolución rusa por no haber creado el socialismo en un solo país, o de crear ensueños acerca de la simultaneidad de la construcción del marco político y de la transformación económica.

El verdadero peligro del programa económico de la revolución es que las grandes líneas directivas no sean claras, que no se saque cuáles son las medidas que marchan en el sentido de la destrucción de las relaciones de producción capitalistas –y por lo tanto hacia el comunismo-, que deberán ser aplicadas desde que sean posibles. Es una cosa decir que en ciertas condiciones no podrá ser apremiante trabajar largas horas, o no ser capaces de abolir inmediatamente el dinero en un sector. Pero es otra cosa decir que el socialismo significa trabajar más duramente o peor todavía que las nacionalizaciones y el Capitalismo de Estado son un paso adelante, hacia el socialismo. No es tanto por el caos del Comunismo de Guerra llevado a la NEP, que los Bolcheviques deben ser condenados, si no por haber presentado las nacionalizaciones o bien el Capitalismo de Estado como una ayuda a la revolución o haber pretendido que la “competición económica con el Oeste” provocaría la grandeza de la producción socialista. Un programa de transformación económica claro es una necesidad absoluta, y hoy después de 50 años de retroceso, podemos ver claramente la cuestión más que los bolcheviques u otra expresión política del proletariado en la época.

La clase obrera tiene necesidad de una orientación clara de su programa político, clave de la transformación económica, pero no falsas promesas de remedios inmediatos a las dificultades o de mistificaciones sobre la posibilidad de eliminar la ley del valor por decreto.

LA NEP

El RWG no es el único en insistir sobre la NEP. Muchos de aquellos que provienen de rupturas con el “izquierdismo”, y particularmente con las variedades trotskistas, hacen lo mismo. Después de haber defendido la teoría insensata según la cual los “Estados Obreros” existen hoy, y que la colectivización en manos del Estado “prueba” el carácter socialista de la Rusia actual, buscan ahora presentar «el punto donde el cambio entre el 17 y hoy ha debido producirse» (Forward pág 44) en Rusia. Es la cuestión que siempre plantean los trotskistas con satisfacción: ¿En qué momento ha vuelto el capitalismo a implantarse?

La NEP no era una invención producida por el cerebro de los líderes bolcheviques. Ella retoma, por otra parte, en gran medida el programa de la revuelta de Kronstadt. La revuelta de Kronstadt sobre el tapete reivindicaciones políticas necesarias para salvar la revolución: el restablecimiento del poder a los Consejos Obreros, la democracia proletaria y el fin de la dictadura bolchevique a través del Estado. Pero económicamente los obreros de Kronstadt, empujados por el hambre hacia el intercambio individual para obtener alimentos, propusieron un “programa” que demandaba simplemente una regularización del intercambio, colocándolo bajo la dirección de los obreros. Una regularización del comercio para acabar con las hambrunas y el estancamiento económico. Los cargamentos enviados a las ciudades rusas eran tomados por asalto por la población hambrienta y debían, por lo tanto, ser acompañadas por guardias armados. Los obreros estaban a menudo obligados a cambiar útiles de trabajo por los alimentos que tenían los campesinos. La situación era catastrófica, y Kronstadt así como los bolcheviques, no podían proponer otra cosa que no fuese un retorno a una suerte de nacionalización económica, que no podía ser otra que el capitalismo.

1.- «Si los acontecimientos empujaban a la instauración de la propiedad capitalista como era en parte el caso,....» (Revolución y Contrarrevolución en Rusia pág 7) «la restauración del capitalismo significaba la restauración del proletariado en tanto que clase en sí...» (ídem. pág 17); «uno se pregunta lo que hubiera sido necesario conceder de más al capitalismo ¿no para arribar a su restauración?» (Forward, pág 46) –los subrayados son nuestros-.

Todo esto es una prueba clara de la confusión que se hace. La NEP no era la “restauración” del capitalismo, puesto que este no ha sido jamás eliminado en Rusia. El RWG lleva más lejos la confusión, al añadir: «si la NEP no era el reconocimiento de las relaciones económicas capitalistas normales, es decir legales» (Revolución y Contrarrevolución en Rusia Pág. 7). He ahí el colmo del absurdo: que las relaciones capitalistas sean o no legales; es decir que su existencia sea o no reconocida, no es más que una cuestión jurídica. ¿Qué "pureza" se gana pretendiendo que la realidad no existe? De todas maneras, que sea reconocida legalmente o no, no cambia en nada a la realidad económica. Sí la NEP marcó un punto decisivo, no fue porque reintrodujera (o reconociera) la existencia de fuerzas económicas capitalistas. Las leyes fundamentales de la economía capitalista dominaban el contexto ruso puesto que ellas dominaban el mercado mundial[1].

Esto puede conducir a algunos a decir que Rusia ha sido siempre capitalista y que constituye la prueba de que ahí no hubo revolución proletaria. Jamás estaremos en capacidad de identificar una revolución proletaria si nos obstinamos en concebirla como una transformación económica completa de un día para otro.

Una vez más volvamos al tema del “socialismo en un solo país”, que está suspendido como una nave amenazante, a propósito de la experiencia rusa. La NEP, con sus nacionalizaciones de industrias claves, fue un paso adelante hacia el Capitalismo de Estado, no un cambio fundamental del “socialismo” (o de otro sistema diferente del capitalismo) hacia el capitalismo.

2.- «Ella (la NEP) representa realmente una traición de los principios, una traición programática de las fronteras de clases» (Revolución y Contrarrevolución pág 7) Este es el corazón de la argumentación, aunque este argumento sea la consecuencia natural de lo que precede. Nadie es tan loco para pretender que la clase obrera no pueda jamas retroceder. Aunque de una manera general la revolución debe avanzar o perecer, lo que no puede jamás ser tomado unilateralmente y significar que podamos avanzar en línea recta y sin problemas.

La cuestión que se plantea es entonces la siguiente: ¿qué es un retroceso inevitable y qué es poner en peligro los principios? El programa bolchevique en lo que podía contener de apología engañosa del Capitalismo de Estado, era un programa que se podía volver contra el proletariado, pero la imposibilidad de abolir la ley del valor o del intercambio en un solo país no tiene nada que ver con una “traición de las fronteras de clase”. O se hace una distinción clara en esto, o se concluye defendiendo la posición según la cual el proletariado pudo haber arribado a un socialismo integral en Rusia. Siendo esto imposible, tendrían los revolucionarios que ocultar su incapacidad para aplicar el programa mintiendo acerca de lo que realmente debía ser hecho.

Los retrocesos en el terreno económico serán ciertamente inevitables en muchos casos – a pesar de la necesidad de una orientación -, pero un retroceso en el terreno político significa la muerte para el proletariado. Esta es la diferencia fundamental que hay entre la NEP y el tratado de Rapalo, o las tácticas del “Frente Unico”.

«¿Qué habrían hecho los camaradas de Internacionalismo en tal situación? ¿Habrían ellos restaurado la economía de mercado? ¿Habrían ellos descentralizado la industria para ponerla en manos de los directores de empresas? ¿Habrían ellos rehabilitado el rublo? En resumen, ¿habrían ellos efectuado un “retroceso” que era en efecto una derrota?... Habrían ellos subordinado los intereses de la revolución proletaria mundial a los intereses del capital nacional ruso»  (Forward pág 45).

Este planteamiento ajeno a la historia consistente en preguntar “¿qué habrías hecho tú?” es estéril por definición, la historia no puede ser cambiada o “juzgada” con nuestras conciencia (o nuestra falta de ella) hoy. Sin embargo, las cuestiones sencillas planteadas por RWG muestran que no han comprendido la diferencia entre un retroceso y una derrota.

¿La economía de mercado? Jamás ha sido destruida internacionalmente, único medio de hacerla desaparecer, ni eliminado por nadie en Rusia, siempre ha existido. ¿El rublo? También una cuestión absurda según los análisis marxistas del capitalismo mundial y del rol del dinero. ¿Descentralización de la industria? Esta cuestión política concierne profundamente a los Consejos Obreros y pertenece profundamente a otro dominio. ¿Defensa de los intereses del capital ruso? Esta fue claramente la campanada que anunció la muerte de la revolución.

La transformación económica «no puede ser hecha por decreto, pero el decreto es el primer paso». Si por decreto RWG entiende el programa de la clase obrera entonces solamente tenemos que “decretar” el comunismo integral e inmediatamente. ¿Y después? ¿Como arribaremos ahí? ¿Acaso debemos o tirar la toalla completamente o mentir y pretender que podemos alcanzar el socialismo a través de pequeñas repúblicas socialistas?

La revolución en un país como Gran Bretaña por ejemplo (por no decir una economía tan atrasada o subdesarrollada como la de Rusia en 1917), no podría existir más que algunas semanas antes de ser ahogada por el hambre (en el caso de un bloqueo). ¿Qué sentido tendría hablar de una guerra económica contra el capitalismo, siempre victoriosa en medio de más hambre? La única política que defiende y protege un bastión revolucionario es la lucha revolucionaria ofensiva a escala internacional y la única esperanza es la solidaridad política de la clase, su organización autónoma y la lucha de clases internacional.

ALGUNAS MEDIDAS PARA UN PROGRAMA DE TRANSICIÓN

El RWG, con toda su charlatanería sobre la NEP, no ofrece ninguna vía par una orientación válida de la economía en la lucha del mañana. ¿En qué dirección debemos orientarnos, que podamos ir tan lejos como las circunstancias de la lucha de clase nos lo permita?

1.- Socialización inmediata de las grandes concentraciones capitalistas y de los principales centros de actividad proletaria.

2.- Planificación de la producción y de la distribución por los Consejos Obreros, conforme al criterio de máxima satisfacción posible de las necesidades (de los trabajadores y de la lucha de clases) y no para la acumulación.

3.- Tendencia hacia la reducción de la jornada de trabajo.

4.- Elevación sustancial del nivel de vida de los obreros, incluyendo la organización inmediata de los transportes, habitación, de los servicios médicos gratuitos. Todas éstas medidas deben ser tomadas por los Consejos Obreros.

5.- Tentativa de eliminar, en la media de lo posible, la forma de salario y dinero, aún si este toma la forma de un racionamiento de los bienes, si están en cantidad insuficiente, por los Consejos Obreros, para la sociedad en su conjunto. Esto será más fácil donde el proletariado está fuertemente concentrado y tenga suficientes recursos a su disposición.

6.- Organización de las relaciones entre los sectores socializados y los sectores donde la producción continua siendo individual -sobre todo en el campo -, orientada hacia un intercambio organizado y colectivo, en un primer momento a través de las cooperativas (introducidas eventualmente por la eliminación de la producción privada y del intercambio, sí la lucha de clases es victoriosa en el campo), medida que representa un paso adelante en el curso hacia la desaparición de la economía de mercado y de los intercambios individuales.

Estos puntos deben ser tomados como sugerencias para la orientación futura, como una contribución al debate que se sostiene en el seno de la clase sobre estas cuestiones.

LA OPOSICIÓN OBRERA

Como los camaradas de RWG no comprenden la situación rusa, terminan perdiéndose en ella. Intentan ofrecer una orientación para el futuro escogiendo algunos aspectos de reacciones diferentes que se oponían en Rusia. Como todos aquellos que rechazan completamente el pasado y pretenden que la conciencia revolucionaria nació ayer (con ellos, lo más seguro), RWG toma, aparentemente lo contrario y responde a la historia en sus propios términos. Lo que no constituye un enriquecimiento de las lecciones del pasado, sino un deseo de revivirlo y “hacerlo mejor”, en lugar de ser una tentativa de buscar de lo que se puede sacar hoy.

El RWG escribe pues: «nuestro programa es el programa de la Oposición Obrera, que predica la actividad autónoma de la clase contra el burocratismo, y las tentativas a la restauración del capital» lo que revela una falta de comprensión fundamental de lo que significa realmente la Oposición Obrera en el contexto de los debates en Rusia. La Oposición Obrera fue uno de los numerosos grupos que se enfrentaron contra la evolución de los acontecimientos en las circunstancias de degeneración en Rusia. Lejos de rechazar sus esfuerzos a menudo llenos de coraje, es necesario considerar su programa.

La Oposición Obrera no estaba contra el “burocratismo”, sino contra la burocracia del Estado y por la utilización de la burocracia sindical. Los sindicatos debían ser el órgano de la gestión del capital en Rusia y no la máquina del partido-Estado. La Oposición Obrera pudo haber querido defender la iniciativa de la clase obrera, pero ella no pudo visualizarla fuera del contexto sindical. La verdadera vida de la clase en los Soviets había sido casi enteramente eliminada en Rusia en 1920-21, pero esto no quería decir, que los sindicatos, y no los Consejos Obreros, eran los instrumentos de la dictadura del proletariado. Es el mismo género de razonamientos que ha conducido a los bolcheviques a concluir en la necesidad de retornar en algunos aspectos, al viejo programa social demócrata –infiltración de los sindicatos, participación en el parlamento, alianzas con los centristas, etc.-, desde el mismo momento que el programa del primer congreso de la IC no pudo ser fácilmente puesto en práctica como consecuencia de las derrotas del proletariado en Europa. Igualmente si los Soviets fueron aplastados, la actividad autónoma de la clase- sin hablar de su actividad revolucionaria-, no podía ser ejercida en los sindicatos en el período de decadencia del capitalismo. Todo el debate sobre los sindicatos reposaba sobre una base falsa: los sindicatos habrían podido sustituir la unidad de la clase en los Soviets. En este sentido la experiencia de Kronstadt, llamando a la regeneración de los Soviets, era más clara sobre la cuestión. Durante ese tiempo la Oposición Obrera aportó su acuerdo y su sostén al aplastamiento militar de Kronstadt.

Es necesario comprender históricamente que el contexto ruso, los argumentos de ese debate giraban en torno a la manera de “administrar” la degeneración de la revolución, y que sería el súmmum de la absurdidad, el RWG afirma: «pero estamos seguros de una cosa: si el programa de la Oposición Obrera hubiera sido adoptado, el programa de la actividad autónoma de la clase, la dictadura del proletariado en Rusia habría muerto (en caso de muerte) combatiendo al capitalismo y no adaptándose a él. Y la posibilidad era que ella podía haber sido salvada por la victoria en el Oeste. Si ese programa de lucha hubiera sido adoptado no hubiese habido un retroceso internacional. Habrían habido posibilidades para la Izquierda Internacional de ganar predominio en la Internacional Comunista» (Forward, pág 48-49).

Esto prueba solamente que hay una convicción persistente entre el RWG, de que si las cosas hubieran sido hechas de mejor manera en Rusia todo hubiera sido diferente. Para ellos Rusia es el pivote de todo. Ellos también asumen como lo hemos visto, que si las medidas económicas hubieran sido diferentes, la traición política habría sido evitada, y no lo contrario. Pero la absurdidad histórica de estas hipótesis es más claramente expresada por “habrían habido posibilidades para la Izquierda Internacional de ganar predominio en la Internacional Comunista”.

La Izquierda Comunista de quienes presumimos que ellos hablan no comprendía claramente el programa económico para la época, pero el KAPD, por ejemplo, se basaba sobre el rechazo de los sindicatos y de su burocracia. La Oposición Obrera no tuvo nada –o si tuvo fue poco- que repetir sobre la estrategia bolchevique en el Oeste, y siempre sirvió de tapón a la política bolchevique oficial sobre esta cuestión, incluyendo las 23 condiciones del segundo congreso de la Internacional Comunista (como lo hizo Osinsky). La visión que atribuye a la Oposición Obrera haberse transformado en el punto focal de la Izquierda Internacional, es pura invención del RWG, porque desconocen la historia de la que hablan con tanta ligereza.

Aún cuando el RWG dice que: «escrutar la bola de cristal no es una tarea revolucionaria» (Forward, pág 48), él se pierde, en algunas líneas más adelante, en los horizontes infinitos que la Oposición Obrera habría abierto a la clase obrera. Se podría decir que en lugar de evitar las bolas de cristal, sería mejor saber de que se habla.

LAS LECCIONES DE OCTUBRE.

Nuestro objetivo esencial en este artículo, no es polemizar, aún cuando sea de indudable utilidad la claridad que se pueda llevar sobre ciertos puntos. La tarea esencial de los revolucionarios es la de sacar de la historia los puntos para la orientación de la lucha futura. El debate que trata específicamente sobre la cuestión de saber cuándo la revolución rusa degeneró es menos importante que:

1.- Ver que efectivamente esta degeneración ha tenido lugar.

2.- Discutir por qué ha tenido lugar.

3.- Contribuir a la toma de conciencia de la clase, sintetizando los aportes positivos y negativos de esta época.

Es en este sentido que queremos aportar una contribución a una visión general de la herencia esencial que nos ha dejado la experiencia de la oleada revolucionaria de post-guerra, para el presente y para el futuro.

1.- La revolución proletaria es una revolución internacional y la primera tarea de la clase obrera en un país es contribuir a la revolución mundial.

2.- El proletariado es la única clase revolucionaria, el único sujeto de la revolución y de la transformación social. Es claro hoy que toda alianza “obrero-campesina” debe ser rechazada.

3.-El proletariado en su conjunto, organizado en Consejos Obreros, constituye la dictadura del proletariado. El rol del partido político de la clase no es el de tomar el poder del Estado, de “dirigir en nombre de la clase”, sino el de contribuir a desarrollar y a generalizar la conciencia de la clase en el interior de ella. Ninguna minoría política de la clase puede ejercer el poder político en su lugar.

4.- El proletariado debe dirigir su poder armado contra la burguesía. Aunque la principal manera de unificar la sociedad debe ser mediante la integración de los elementos no proletarios y no explotadores en la producción socializada, la violencia contra estos sectores puede ser en ciertos momentos necesaria; pero debe ser excluida como medio para resolver los debates en el interior del proletariado y de sus organizaciones de clase. Todos los esfuerzos deben ser hechos por medio de la democracia obrera, para reforzar la unidad y la solidaridad del proletariado.

5.- El capitalismo de Estado es la tendencia dominante de la organización capitalista en el periodo de decadencia. Las medidas de capitalismo de Estado, incluidas ahí las nacionalizaciones, no son de ninguna manera un programa para el socialismo, ni una “etapa progresiva”, ni una política que pueda “ayudar” la marcha hacia el socialismo.

6.- Las líneas generales de las medidas económicas que tienden a eliminar la ley del valor, al establecimiento de la socialización de la producción para las necesidades de la humanidad, mencionadas anteriormente, representan una contribución a la elaboración de una nueva orientación económica para la dictadura del proletariado. Estos puntos rápidamente bosquejados acá, no tienen la pretensión de agotar la complejidad de la experiencia revolucionaria, pero pueden servir como puntos de referencia para una elaboración futura.

Existen hoy en día muchos grupos pequeños, como el RWG, que se desarrollan con el resurgimiento de la lucha de clases y es importante comprender las implicaciones de su trabajo, así como el fortalecimiento del intercambio de ideas en el medio revolucionario. Pero existe el peligro de que después de tantos años de contrarrevolución, estos grupos no sean capaces de apropiarse de la herencia del pasado revolucionario. Como el RWG, muchos de esos grupos piensan que ellos “descubrieron” la historia por primera vez, como si nada hubiese existido antes que ellos. Esto puede conducir a aberraciones de este genero: fijarse sobre el programa de la Oposición Obrera o de los grupos de izquierda rusos, en el vacío, como si se “descubriera” cualquier día una “nueva piedra del rompecabezas”, sin colocar los elementos en un contexto más amplio. Sin conocer el trabajo de la Izquierda Comunista (y ser criticado al mismo tiempo) (KAPD, Gorter, Izquierda Holandesa, Pannekoek, “Worker’s Dreadnaught”, la Izquierda italiana, la revista Bilan en los años treinta e Internacionalismo en los cuarenta, el Comunismo de los Consejos y Living Marxismo tanto como los Comunistas de Izquierda rusos), y sin verlos como las piezas separadas de un rompecabezas, sino comprendiéndolos en los términos generales del desarrollo de la conciencia revolucionaria de la clase, nuestro trabajo estará condenado a la esterilidad y a la arrogancia del diletante. Aquellos que hacen el esfuerzo indispensable de romper con el izquierdismo deberían comprender que no están solos en la marcha sobre el camino de la revolución, y que tampoco están solos en la historia.

J.A.



[1] La política del Comunismo de Guerra en el país durante la guerra civil, tan celebrada por RWG, no era menos “capitalista” que la NEP. La expropiación violenta de los bienes de los campesinos, aunque siendo una medida necesaria para la ofensiva proletaria de la época, no constituía en nada un “programa” económico (el pillaje). Es fácil ver que estas medidas temporales, impuestas por la fuerza sobre la producción agrícola, no podían durar indefinidamente. Antes, durante y después del Comunismo de Guerra, la base esencial de la producción era la propiedad privada. El RWG tiene razón al señalar la importancia de la lucha de clase de los obreros agrícolas en el país, pero esta lucha no podía eliminar automáticamente e inmediatamente al campesino y su sistema de producción, ni siquiera en el mejor de los casos.

Las enseñanzas de Kronstandt

Este artículo escrito por un camarada de la C.C.I., es un intento de análisis de los acontecimientos de Kronstadt y de las enseñanzas que de ellos habría que sacar  con vistas al desarrollo del movimiento obrero de hoy  y del mañana. Sus análisis coinciden con las orientaciones generales de nuestra Corriente. En él se desarrollan los puntos esenciales para que los revolucionarios comprendan lo que hemos heredado de aquellos episodios. Estos puntos pueden resumirse como siguen:

1.- La revolución proletaria es, por su misma naturaleza histórica, una revolución internacional. Mientras permanezca arrinconada en el marco de uno o varios países aislados, tropezará con dificultades absolutamente insuperables y se encontrará fatalmente abocada a la muerte a corto o largo plazo.

2.- Al revés de otras revoluciones en la historia, la revolución proletaria exige la participación directa, constante y activa del conjunto de la clase. Lo cual significa que nunca podrá aceptar, so pena de iniciar inmediatamente un proceso de degeneración, la “delegación” del poder en un partido, ni que una fracción de la clase o un cuerpo especializado, por muy revolucionario que sea, suplantar a toda ella.

3.- La clase obrera es la única revolucionaria, no sólo en la sociedad capitalista, sino igualmente en el período de transición, mientras sigan subsistiendo clases a nivel mundial. De manera que la autonomía total del proletariado con respecto a otras clases y capas sociales sigue siendo la condición fundamental que le permitirá ejercer hegemonía y su dictadura de clase con vista  a la instauración de la sociedad comunista.

4.- La autonomía del proletariado significa que bajo ningún pretexto las organizaciones unitarias  y políticas de la clase habrán de subordinarse a las instituciones del Estado,  pues ello equivaldría a la disolución de estos organismos de clase y llevaría al proletariado a abdicar de su programa comunista del que es el único depositario.

5.- la marcha ascendente de la revolución proletaria no es consecuencia de tal o cual medida económica por importante que sea. La única garantía del avance de la revolución es el programa, la visión y la acción política y total del proletariado. En todo ese conjunto están comprendidas las medidas económicas inmediatamente posibles que se ajustan al sentido del programa.

6.- La violencia revolucionaria es un arma del proletariado frente a las otras clases. Bajo ningún pretexto servirá ésta de criterio ni instrumento dentro de la propia clase, porque no es un  medio de toma de conciencia. Los únicos medios por los que el proletariado puede tomar conciencia son su propia experiencia y el examen critico constante de ella. Con ello queremos decir que el ejercicio de la violencia en el interior de la clase, sea cual sea su motivación y posible intensificación  inmediata, sólo puede impedir la actividad propia de las masas y ser el mayor obstáculo para su toma de conciencia; condición indispensable para el triunfo del comunismo.

 

LAS ENSEÑANZAS DE KRONSTADT

 

El sublevamiento de Kronstadt en 1921 es la piedra de toque que separa a los que pueden comprender el proceso y la evolución  de la revolución proletaria gracias a sus posiciones de clase, de aquellos otros para quienes la revolución es letra muerta. Resaltan en él de forma trágica algunas de las más importantes lecciones de toda la revolución  rusa, lecciones  que el proletariado no puede ignorar, y más en el momento en que está preparando su próximo gran levantamiento revolucionario contra el capital.

Cualquier  estudio marxista del problema de Kronstadt deberá partir de la afirmación de que la revolución de Octubre de 1917 en Rusia fue proletaria, un momento en el desarrollo de la revolución proletaria mundial que era la respuesta de la clases obrera internacional a la guerra imperialista de 1914-18. Esta guerra fue el jalón que señaló la entrada definitiva del capitalismo mundial en su ocaso histórico irreversible, al propio tiempo que se hacía sentir la necesidad material de la revolución proletaria en  todos los países. Debemos afirmar también que el partido bolchevique, que  era la vanguardia de la revolución de Octubre, era un partido comunista proletario, una fuerza  vital en la izquierda internacional tras la traición de la II Internacional en el 14, y que siguió defendiendo las posiciones de clase del proletariado durante la primera guerra mundial y el período que siguió.

En contra de los que hablan de la insurrección de Octubre como de un simple “golpe de Estado”, un Putsch realizado por una camarilla de conspiradores, nosotros repetimos que la insurrección fue el punto culminante de un largo proceso de lucha de clases y la prueba de la madurez de la conciencia de la clase obrera organizada  en soviets, comités de fábrica y  guardias rojos. La insurrección formaba parte de un proceso de destrucción del Estado burgués  y de instauración de la dictadura del proletariado; los bolcheviques la defendieron con uñas y dientes como algo que debía marcar el primer jalón decisivo de la revolución proletaria mundial, de la guerra civil contra la burguesía. Qué lejos estaba del espíritu de los bolcheviques en aquel momento la idea de que la insurrección tendría más tarde como fin la “construcción del socialismo únicamente en Rusia”, a pesar del número de errores y confusiones que contenía el programa económico inmediato de la revolución, errores que, por  otra parte, eran compartidos entonces por el movimiento obrero en su conjunto.

Sólo de este modo se puede esperar comprender la degradación ulterior de la revolución rusa. Como este problema es abordado en otro texto de la revista del C.C.I. (“La degeneración  de la revolución rusa”, en este mismo número), nos limitaremos aquí a algunas observaciones generales. La revolución comenzada en el 17 no consiguió extenderse internacionalmente a pesar de las numerosas tentativas que hubo en toda Europa. Rusia misma se encontraba desgarrada por una larga y sangrienta guerra civil que había devastado la economía y fragmentado la clase obrera industrial, columna vertebral del poder de los soviets. En este contexto de aislamiento y de caos interno, los errores ideológicos de los bolcheviques comenzaron a ejercer un peso material contra la hegemonía política de la clase obrera, casi inmediatamente después de haber tomado el poder. Era sin embargo un proceso irregular. Los  bolcheviques recurrían a medidas cada vez más burocráticas en la misma Rusia por los años 18-20 al mismo tiempo que contribuían a fundar la I.C. en el 19, con un único y claro objetivo que era acelerar la revolución proletaria mundial.

La delegación del poder en un partido, la eliminación de los comités de fábrica, la subordinación progresiva de los soviets al aparato de Estado, el desmantelamiento de las milicias obreras, el modo “militarista cada vez más acentuado, de enfrentarse con las dificultades, resultado de los períodos de tensión durante la guerra civil, la creación de comisiones burocráticas, eran manifestaciones evidentes del proceso de degradación de la revolución rusa.

Estos hechos no son los únicos signos de debilitación del poder político de la clase obrera, pero son con toda seguridad los más importantes. Fue sobre todo durante la guerra civil cuando se pudo observar una acentuación del proceso aunque algunos síntomas eran ya visibles antes del período de comunismo de guerra. Puesto que la rebelión de Kronstadt fue en muchos aspectos una reacción contra laos rigores del comunismo de guerra, será preciso mostrar aquí son especial claridad el significado real que tuvo este período para el proletariado ruso.

 

LA NATURALEZA DEL COMUNISMO DE GUERRA

 

Como subraya el artículo sobre la “degeneración de la revolución rusa” no podemos nosotros ahora seguir manteniendo las ilusiones de los comunistas de izquierda de aquella época, que, en su mayoría, veían en el comunismo de guerra una “verdadera” política socialista, contra la restauración del capitalismo establecida por la NEP (Nueva Política Económica). La desaparición casi total del dinero y de los salarios, la requisición de los cereales a los campesinos no significaban que se hubieran abolido las relaciones sociales capitalistas, sino que eran simples medidas de urgencia impuestas por el bloqueo económico capitalista contra la República de los soviets y por las necesidades de la guerra civil. En cuanto al  poder político real de la clase obrera, ya hemos visto que aquel período estuvo marcado por una debilitación progresiva de los órganos de dictadura del proletariado y por el desarrollo de la tendencia e instituciones burocráticas.  La dirección del Partido-Estado se afanaba en demostrar que la organización de la clase era excelente en principio, pero que en aquellas circunstancias más valía subordinar todo a la lucha militar. La doctrina de la “eficacia” comenzaba a minar los principios fundamentales de la democracia proletaria. Basándose en esta doctrina, el Estado comenzó a instaurar una militarización del trabajo, que sometía a los trabajadores a métodos de vigilancia y explotación extremadamente severos. “En enero de 1920, el consejo de Comisarios del pueblo, principalmente instigado por Trotsky, decretó la obligación general de trabajar aplicable a todos los adultos válidos al tiempo que autorizaba el destino del personal militar desempleado a servicios civiles”.

(Averich, Kronstadt 1921, Princetown 1970, p. 26-27).

Al mismo tiempo, las tropas del ejército rojo reforzaban la disciplina de trabajo en las fábricas. Debilitados los comités de fábrica, el Estado tenía vía libre para introducir la dirección personalizada y el Sistema Taylor de explotación  previamente  denunciado por Lenin en tanto que “hacía al hombre esclavo de la máquina”.  Para Trotsky “la militarización del trabajo es el método de base indispensable para la organización de nuestra mano de obra”.  (Informe del III Congreso de los Sindicatos de toda Rusia. Moscú 1920). El que el Estado fuera en aquel momento un Estado-obrero significaba para él que los trabajadores no podían poner objeciones a su sumisión completa al Estado.

Pero las duras condiciones de trabajo de las fábricas no eran recompensadas por salarios elevados o un fácil acceso a “los valores de uso”. Al contrario, los estragos que el bloqueo y la guerra habían hecho en la economía hicieron que pronto apareciera el espectro del hambre. Los trabajadores tenían que conformarse con raciones cada vez más  escasas y distribuidas a menudo de modo irregular. Amplios sectores de la industria dejaron de funcionar con lo que muchos obreros  se  quedaron abandonados a sus propios recursos o a los de su imaginación para sobrevivir. La reacción natural de muchos de ellos fue renunciar a la ciudad y buscar en el campo el modo de salir adelante;  cambiando, por ejemplo, herramientas robadas en las fábricas por alimentos. Cuando el régimen de comunismo de guerra prohibió el intercambio entre individuos, encargándose el Estado de la requisición y distribución  de bienes esenciales, mucha gente sólo pudo sobrevivir gracias al estraperlo que se difundió por todo el país. Para luchar  contra este mercado negro el gobierno acordonó las carreteras a fin de poder controlar a todos los viajeros que entraban o salían de las ciudades. Mientras tanto, las actividades  de la Checa para reforzar los decretos del gobierno se hacían cada vez más enérgicas. Esta “Comisión extraordinaria” establecida en el 18 para combatir la contrarrevolución funcionaba de un modo más o menos incontrolado. Sus métodos despiadados le valieron el odio general de la población.

La actitud un tanto expeditiva de que fueron  víctima los campesinos tampoco fue aprobada por todos los obreros. Las estrechas relaciones familiares y personales que existían entre  muchos sectores de la clase obrera rusa y el campesinado hacían que los obreros fueran especialmente sensibles a las quejas de los campesinos sobre los métodos que solían utilizar los destacamentos armados enviados para la requisición de cereales, sobre todo cuando éstos les requisaban más de lo que les sobraba para vivir dejándolos sin los medios necesarios para satisfacer sus necesidades. El resultado que dieron estos métodos fue que los campesinos escondían o destruían a menudo sus cosechas con lo que se agravaba la situación de pobreza y penuria en todo el país. La impopularidad general de estas medidas económicas coercitivas se expondría más tarde en el programa de los insurrectos de Kronstadt como veremos después.

Si algunos revolucionarios, como Trotsky, tenían  tendencia a convertir la necesidad en virtud y a glorificar la militarización de la vida económica y social; otros, como Lenin, hacían prueba de mayor prudencia. Lenin no disimulaba el hecho de que los soviets ya no funcionaban como órganos del poder proletario directo, y durante el debate sobre el problema de los sindicatos en 1921 con Trotsky, defendió la idea de que los trabajadores debían defenderse por sí mismos  contra su Estado, particularmente desde que, según Lenin, la república de los soviets no era ya solamente un “Estado proletario”, sino un “Estado de obreros y campesinos” con profundas “deformaciones burocráticas”. La Oposición Obrera y, por supuesto, otros grupos de izquierda, llegaron más lejos en la denuncia de estas deformaciones burocráticas que el Estado había sufrido en el período 18-21. Pero la mayoría de los bolcheviques creían sincera y firmemente que mientras ellos (el partido del proletariado) controlaran el aparato de Estado, la dictadura del proletariado seguiría existiendo, a pesar de que las masas trabajadoras parecían haber desaparecido temporalmente de la vida política. Esta posición, fundamentalmente falsa, debería provocar inevitablemente consecuencias desastrosas.

 

LA CRISIS DE 1921

 

Mientras duró la guerra civil, El Estado de los soviets seguía conservando el apoyo de la mayoría de la población pues se había identificado al combate contra las antiguas clases posesoras y capitalistas. Las duras privaciones de la guerra civil habían sido soportadas con relativa buena voluntad por los trabajadores y pequeños campesinos. Pero después de la derrota de los ejércitos imperialistas, muchos creyeron que podían esperar que las condiciones de vida fueran en adelante menos severas y que el régimen aflojara un poco el control de la vida económica y social.

La dirección bolchevique, sin embargo, confrontada a los estragos que la guerra había hecho en la producción, se mostró bastante reacia a permitir el  menor relajamiento en el control estatal centralizado. Algunos bolcheviques de izquierda, como Ossinsky, defendían el mantenimiento e incluso el refuerzo del comunismo de guerra, sobre todo en el campo. Fue así como propuso un plan para la “organización obligatoria de las masas para la producción”, (N. Ossinsky, Gosudarstvenca regulizovanie Krest ianskogo Khoziastva, Moscú 1920, p. 8 y 9) bajo la dirección del gobierno para la formación de “comités de siembra” locales. Estos comités tenían como fin el aumento de la producción colectivizada y la creación de almacenes de semilla comunes en los que los campesinos deberían reunir todo el grano; el gobierno se encargaría de la distribución  de este grano. Todas estas medidas (pensaba Ossinsky) conducirían naturalmente a la economía “socialista” en Rusia.

Los otros bolcheviques, como Lenin, comenzaron a presentir la necesidad de suavizar un poco la presión, especialmente en cuanto a los campesinos, pero en conjunto, el partido defendía con uñas y dientes los métodos del comunismo de guerra. El resultado fue que empezó a agotarse la paciencia de los campesinos y que en el invierno de 1920-21 se registraron  varias sublevaciones de estos en todo el país. En la provincia de Tambow, en la región del medio Volga, en Ucrania, en Siberia occidental y en muchas otras regiones, los campesinos se organizaban en bandas armadas muy someramente para luchar contra los destacamentos de abastecimiento y la checa. Muy a menudo se alistaban en sus filas soldados recién licenciados del ejército rojo que les aportaban ciertas nociones de estrategia militar.  En  algunas regiones se formaron enormes ejércitos rebeldes, a medio camino entre la guerrilla y la horda de bandidos. En Tambow por ejemplo, el ejército que estaba al mando de A.S. Antonov llegó a contar hasta 50.000 hombres. La motivación ideológica de estas fuerzas era escasa si se quita el tradicional resentimiento de los campesinos contra la ciudad, contra el gobierno centralizado y los clásicos sueños de independencia y autosubsistencia que siempre ha tenido la pequeña burguesía rural. Después del enfrentamiento con las tropas campesinas de Makhno en Ucrania, la posibilidad de un levantamiento generalizado contra el poder de los soviets era algo que atormentaba a los bolcheviques. Nada tiene de extraño, pues, que asimilaran la sublevación de Kronstadt a esta amenaza que les venía más bien por parte del campesinado. Esta fue sin duda una de las razones por las que reprimieron con tanta fiereza el levantamiento de Kronstadt.

Casi inmediatamente después surgió en Petrogrado una serie de huelgas salvajes mucho más importantes. Todo comenzó en la fábrica metalúrgica de Trubochny y se extendió rápidamente a muchas otras grandes industrias de la ciudad. En  las asambleas de fábrica y en las manifestaciones se adoptaban  resoluciones que reclamaban un aumento de las raciones de alimentos y ropa, pues muchos de ellos   pasaban hambre y frío.

Al mismo tiempo iban apareciendo otro tipo de reivindicaciones; éstas, más políticas: los obreros querían que se terminaran las restricciones sobre los desplazamientos fuera de las ciudades, la liberación de los prisioneros de la clase obrera, la libertad de expresión etc. Las autoridades soviéticas de la ciudad encabezadas por Zinoviev respondieron denunciando las huelgas que servían los propósitos de la contrarrevolución y pusieron a la ciudad bajo control militar directo, prohibiendo las asambleas en las calles y ordenando el toque de queda a las  11 de la noche.  Sin duda alguna  ciertos elementos contrarrevolucionarios como los Mencheviques o los S.R. jugaron un papel  en los acontecimientos con sus teorías falaciosas sobre la “salvación”, pero el movimiento de huelga de Petrogrado era esencialmente una respuesta proletaria espontánea a unas condiciones de vida insoportables. Pero las autoridades bolcheviques no podían admitir que los obreros se pusieran en huelga contra el “Estado Obrero” y tacharon a los huelguistas de provocadores, perezosos e individualistas. Trataron también de romper la huelga cerrando fábricas, privándoles de sus raciones y ordenando la detención de los cabecillas más destacados por la Checa local. Pero había que dar una de cal y otra de arena: así  Zinoviev anunciaba al mismo tiempo el fin del bloqueo de las carreteras de los alrededores de la ciudad, la compra de carbón al extranjero para hacer frente a la penuria de combustible y el proyecto de terminar con las requisiciones de cereales. Esta mezcla de represión y conciliación condujo a los trabajadores, ya  debilitados o agotados, al abandono de su lucha en espera de un futuro más halagüeño.

Pero el eco más importante que iba a tener el movimiento de huelga de Petrogrado sería en la fortaleza próxima de Kronstadt. La guarnición de Kronstadt, uno de los principales baluartes de la Revolución de Octubre, había entablado ya una lucha contra la burocratización antes de las  huelgas de Petrogrado. Durante los años 20 y 21 los marineros de la flota roja en el Báltico habían combatido las tendencias disciplinarias de los oficiales y las habilidades burocráticas del POUBALT (sección política de la flota del Báltico, el órgano del Partido que dominaba la estructura soviética de la marina). En febrero del 21 las asambleas de marineros habían votado mociones declarando que “el  POUBALT  no sólo se ha separado de las masas, sino incluso de los funcionarios activos. Se ha convertido en un órgano burocrático sin ninguna autoridad entre los marineros” (Ida Mett. La Comuna de Kronstadt, Solidarity pamphlet. Pág 3).

Así estaban las cosas  cuando les llegaron noticias de las huelgas de Petrogrado y de que las autoridades habían declarado la ley marcial. ¿Había ya un cierto estado de fermentación entre los marineros? Lo cierto es que el 28 de febrero enviaron una delegación a las fábricas de Petrogrado para ver por dónde iban los tiros. El mismo día la tripulación del crucero Petropavlosk se reunió para discutir la situación y adoptar la resolución siguiente:

 “Después de haber oído a los representantes de las tripulaciones delegados por la Asamblea general de los buques con el fin de conocer la situación de Petrogrado, los marineros deciden:

1.- Organizar nuevas elecciones a los soviets con voto secreto y previa preparación  libre de la propaganda electoral, ya que los actuales soviets no expresan la voluntad de los obreros y campesinos.

2.- Exigir la libertad de palabra y prensa para los obreros, los campesinos, los anarquistas y los socialistas de izquierda.

3.- Exigir la libertad de reunión, de organizaciones sindicales y de organizaciones campesinas.

4.- Organizar una conferencia de obreros sin partido, soldados y marineros de Petrogrado, de Kronstadt y de la provincia de Petrogrado antes del 10 de marzo de 1921.

5.- Exigir la liberación de todos los prisioneros políticos de los partidos socialistas, obreros y campesinos, soldados rojos y marineros encarcelados por haber participado en los diferentes movimientos obreros y campesinos.

6.- Elegir una com