Las enseñanzas de la fase actual de la crisis

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La
crisis actual no puede ser calificada
como
una simple "crisis cíclica"

Desde
hace 40 años, el capitalismo ha entrado en una situación de crisis
más o menos abierta. En los años que van
de 1967 a 1974, una serie de crisis monetarias (libra, dólar)
acaban con un largo periodo de prosperidad relativa llamado por los
economistas "los 30 gloriosos". Desde entonces, el capitalismo
se ha ido hundiendo en una crisis prácticamente permanente que dura
más de 40 años1.

Esta
situación de crisis permanente, a veces
larvada, a veces abierta, se ha manifestado en momentos de
convulsión, caída de la producción, inflación, hundimiento de las
bolsas etc. Los episodios más virulentos han sido 1973-75, 1979,
1982, 1987, 1989, 1991-93, 1997-98, 2001... el capitalismo ha podido
superarlos momentáneamente y proseguir un funcionamiento más o
menos "normalizado", a través de un doble recurso: por un lado,
dosis cada vez más gigantescas de endeudamiento, de otra parte, una
degradación creciente de las condiciones obreras.

La
impresión que daba esta evolución es que el capitalismo seguía
igual que siempre, sometido al esquema
"clásico": crisis-recuperación-nueva crisis...

Desde
sus más lejanos orígenes, el capitalismo ha vivido en medio de
crisis. Esto va ligado a su carácter ferozmente competitivo, a la
necesidad orgánica que tiene de expandirse sin descanso y al
dinamismo que encierra. En el periodo histórico donde el capitalismo
era un sistema progresivo (básicamente entre finales del siglo XVIII
y principios del siglo XX), capaz de desarrollar las fuerzas
productivas de la humanidad, las crisis constituían una
manifestación de vitalidad, pese a los tremendos sufrimientos que
provocaba, cada crisis abría el paso a una nueva época de
crecimiento, expansión y desarrollo, donde las condiciones de vida
obreras podían mejorar o, al menos, aliviarse.

Lo que
hemos visto en los últimos 40 años en apariencia serían "crisis
cíclicas" como las del siglo XIX. Sin embargo, vistas más
profundamente, lo que han dado lugar no ha sido a
un verdadero crecimiento sino a sucesivas recuperaciones convulsas y
contradictorias, donde la producción tendía a menguar y partes
crecientes de la actividad económica eran reemplazadas por burbujas,
especulación, actividades improductivas (el auge espectacular de los
servicios y las finanzas) que mostraban un "desarrollo" canceroso
y enfermizo.

Los
gobernantes, los sindicalistas, los partidos defensores del sistema,
los llamados "expertos", utilizaban la similitud formal entre las
convulsiones de los últimos 40 años y las crisis cíclicas del
pasado para sembrarnos la ilusión de que viviríamos en un ciclo
eterno de "crisis-recuperación-nueva crisis". Su sabiduría no
llega más allá de la fácil constatación de que tras la tormenta
viene el cielo azul y radiante.

Esas
expectativas han sufrido un rudo golpe con
la evolución actual de la crisis. En 2007-2008, pese a las
evidencias de la gravedad que se amontonaban en las noticias
económicas, nos repitieron la cantinela clásica: "de esta
saldremos". En 2009, cuando la crisis arreciaba y el paro se
multiplicaba, veían por todas partes "brotes verdes" y
anunciaban la inminente "salida del túnel".

Por
ello, los hechos dramáticos que se han venido precipitando durante
el primer semestre de 2010, especialmente en Europa, no solo han
desmentido esos optimistas pronósticos, sino que han evidenciado que
no salíamos de la crisis sino que nos
metíamos de hoz y coz en una fase superior y mucho más grave de la
misma.

En
otros artículos hemos descrito los graves acontecimientos que se han
producido: crisis de Grecia, crisis generalizada en la UE y
especialmente en España y el anuncio a partir de mayo de una serie
de brutales planes de austeridad, acometidos directamente por los
gobiernos, que son los peores desde la 2ª Guerra Mundial2.

Lo que
en 2007-2008 se mostraba como una "crisis financiera", en 2010
aparece como algo mucho peor: la crisis de insolvencia de los propios
Estados y en el horizonte una crisis monetaria de gran magnitud.

Esta
evolución provoca preguntas angustiosas en muchos trabajadores:
¿saldremos realmente de ésta? ¿Servirán para algo el brutal
ricino de los planes de austeridad?, preguntas que se podrían
resumir en un dilema lapidario: ¿crisis
cíclica o crisis de agonía y descomposición del capitalismo?

Es el
momento de un intenso y apasionado debate en torno a esa pregunta
central. Para comprender la crisis actual y ver la perspectiva que
abre no podemos partir de ella misma, ni siquiera de los últimos 40
años, hemos de verla a la luz de 100 años de catástrofes y
convulsiones, apenas disimulados por progresos contradictorios y
erráticos o por momentos de prosperidad relativa, 100 años que
configuran lo que llamamos la decadencia
del capitalismo. Esta crisis, muestra,
a nuestro parecer, una confirmación de ese análisis que señala que
el capitalismo hace mucho tiempo que agotó sus posibilidades de
desarrollar las fuerzas y capacidades de la humanidad y, en
consecuencia, se hace realidad un viejo slogan del movimiento obrero:
PARA QUE LA HUMANIDAD PUEDA VIVIR, EL CAPITALISMO DEBE MORIR.

El
Estado
tiende a
desenmascararse

En
2007-2009, la crisis nos daba muy duro, especialmente con el
estallido desbocado del desempleo. Sin embargo, parecería que todo
eso no era "culpa" de papá Estado. Los gobernantes se colocaban
en un papel "neutral" y anunciaban solícitos su disposición
para "proteger a los más desfavorecidos". Dos exponentes de esta
política eran una gobernante de derechas como Frau Merkel y un
señorito de "izquierdas" como el "buenista" Zapatero que a
todas horas proclamaba que de "esta crisis se saldría sin ninguna
merma en los derechos de los trabajadores".

Esos cuentos
de hadas han saltado por los aires en el primer semestre de 2010. Los
"escrúpulos sociales" de frau Merkel se han desvanecido y
Zapatero, el "gran protector" de los trabajadores, se ha
convertido en un cruel Atila que aniquila uno tras otros sus ya de
por sí muy debilitados "derechos".

La
transformación de estos dos personajes no tiene nada de "itinerario
personal", expresa que el Estado Capitalista, durante tantos años
parapetado tras las sobadas fachadas de la "democracia" y el
"Bienestar", empiezan a caérsele las máscaras y poco a poco a
se va ir evidenciando como lo que es en realidad: el
Estado de la minoría explotadora, el órgano defensor del interés
nacional del Capital, la máquina de opresión al servicio de la
explotación, el garante de los privilegios y los beneficios de una
minoría en detrimento y, podríamos decir, "en sufrimiento" de
la gran mayoría.

En la
gran mayoría de países industrializados,
el Estado Capitalista se ha revestido con los ropajes de un "Estado
al servicio de todos los ciudadanos", "un medio de conciliación
ante los conflictos inevitables en una sociedad avanzada", "un
gran benefactor"... La crisis de 2010 y los durísimos planes de
austeridad han supuesto un gran striptease: una tras otras esas
prendas han ido cayendo y lo que vemos es que, como en el cuento de
Hans Christian Andersen, el Rey está desnudo, el Estado aparece en
toda su odiosa desnudez.

Claro
está que la burguesía y todos sus medios a su servicio, tratarán
de desdibujar esa realidad. Hablan de "alternativas de gobierno":
a través del voto cambiar al gobernante actual por otro que
"promete" sacarnos de la crisis. También hablan de "salidas
nacionales" pues si somos más competitivos, si trabajamos más, si
se hacen unas cuentas reformas, tendremos "ventajas" frente a los
demás países y "nos las apañaremos". Es evidente que estas
mentiras harán mucho daño en las conciencias. Pero la propia
situación social nos proporciona argumentos convincentes para
rebatirlas.

La
austeridad solo trae más austeridad

Durante
los últimos 40 años y ante cada momento de convulsión económica,
nos han hablado de sacrificios, de austeridad, como una suerte de
precondición para "salir de la crisis" y "volver
a la prosperidad".

El discurso
era siempre el mismo: "¡sacrificaos! y veréis como volveremos a
los soñados tiempos de los 30 gloriosos".

Es
verdad que tras cada oleada de sacrificios la economía "tiraba
para adelante" pero, además de hacerlo de forma cada vez más
debilitada y preñada de nuevas crisis, el precio a pagar era siempre
el mismo: un deterioro imparable de las
condiciones de vida de los trabajadores.
El trabajo fijo ha ido desapareciendo generalizándose el trabajo
precario; la vivienda más o menos digna ha dejado paso a tener que
vivir en casa de los padres, a compartir piso varias familias,
incluso a la vuelta de una lacra que se decía superada para siempre
como el chabolismo. Las pensiones se han ido recortando y para las
generaciones actuales aparece el terrible fantasma de la pensión de
extrema miseria o la eliminación pura y simple de toda pensión.

Pero
si tras 40 años de sacrificios podemos concluir que la austeridad
solo trae más austeridad, ¿qué podemos decir de los actuales
Planes de Austeridad? Cameron recupera el
"Sangre, sudor y lágrimas" de Churchill y anuncia el peor plan
de austeridad desde los años 20. Merkel reconoce que hay que volver
en muchos casos a condiciones similares a la posguerra de 1945.
Zapatero nos retrotrae a situaciones que no se vivían desde los años
50, en lo más duro del franquismo. ¡No hablemos de Grecia, de
Irlanda, de Hungría etc.! Poco a poco si irá haciendo evidente que
la solución no son nuevos sacrificios
sino "sacrificar el capitalismo", es decir, acabar con la raíz
de esa cadena interminable de golpes bajos a nuestras condiciones de
existencia.

La riqueza
arrogante de la minoría y la pobreza creciente de la mayoría

Marx
anunció que el capitalismo camina inevitablemente hacia dos polos:
un polo de riqueza exuberante en beneficio de una cada vez más
reducida minoría y un polo de pobreza lacerante abarcando
la inmensa mayoría.

Durante
años, este anuncio de Marx ha sido ridiculizado por todos los
defensores del sistema que hablaban en
cambio de una creciente igualación. Fuera de unos cuantos
millonarios estrafalarios o de dinastías árabes navegando en un
lujo asiático, la mayoría de capitalistas aparecían como señores
"normales y corrientes" que iban al trabajo en bicicleta, sus
riquezas inmensas eran discretamente disfrutadas en elitistas clubes
privados al abrigo del gran público.

La
crisis actual ha empezado a poner las cosas en su sitio: más allá
de los exhibicionismos, lo que se evidencia
es que hoy la minoría explotadora se agarra a la defensa egoísta de
sus intereses y no tiene ningún escrúpulo en el "caiga quien
caiga". La arrogancia con que se protegen los sueldos
multimillonarios, las pensiones obscenas, los enriquecimientos
súbitos, de toda la camarilla de capitalistas, políticos y la corte
que les rodea, es no solo siniestra e indignante sino que pone al
desnudo la rapacidad y la brutalidad de la clase capitalista.

Los
obreros están indignados por el hecho de que "siempre pagamos los
mismos". Los gobernantes y los partidos de oposición manejan esa
indignación tratando de conducirla a una lucha por "repartir las
riquezas equitativamente", hacia un ilusorio "que paguen los
ricos".

Estas
falsas fórmulas destinadas a salvaguardar la imagen del sistema, a
que nos quedemos en los efectos sin hurgar en las causas, desorientan
a muchos trabajadores, pero poco a poco, se irá comprendiendo que la
"convivencia pacífica entre las clases", el "arrimar todos el
hombro", constituyen un vil engaño para mantenernos atados al
engranaje interminable del empobrecimiento de la gran mayoría.
Debates y convicciones irán fraguando que la perspectiva no es la
colaboración o la convivencia entre las clases sino la
abolición de las divisiones de clase.

Todos
somos atacados

Durante
muchos años, las condiciones económicas parecían avalar el tópico
según el cual había un sector "privilegiado y opulento" de
trabajadores instalado en el llamado "Primer mundo" rodeado
por una gran mayoría de trabajadores en condiciones de miseria
espantosa. Esa engañosa apariencia era utilizada por el sistema para
sembrar la división y el enfrentamiento entre los trabajadores. A
los del primer mundo les hacía sentir culpables por "su obsceno
bienestar".

Del mismo
modo, al interior mismo de los países industrializados, la burguesía
y todas las fuerzas a su servicio encontraban toda clase de motivos
para enfrentar a unos trabajadores contra otros: los autóctonos
contra los emigrantes, los de Europa del Norte contra los de Europa
del Sur, los funcionarios contra los del sector privado...

El
Imperio Romano hizo suyo el famoso principio que después han seguido
todas las clases explotadoras de la historia: DIVIDE Y VENCERÁS. El
capitalismo lo ha aplicado a mansalva y ha sembrado en las filas
obreras todas las cizañas posibles e imaginables de división.

Pero
los hechos son testarudos. Con la crisis actual, con los planes de
austeridad en marcha, el paisaje humano de la gran mayoría de
ciudades europeas y norteamericanas, se va asemejando en cuanto se
deja el centro o unos cuantos distritos escaparate al de cualquier
otra ciudad del mundo "subdesarrollado": las periferias de
Londres, de París, de Madrid, de Atenas, de Nueva York, van
perdiendo las diferencias de "bienestar" y encuentran su espejo
cada vez más en las de Manila, Bombay, Buenos Aires o Sao Paulo.

La pobreza,
la miseria, las enfermedades que vuelven cuando parecían superadas,
el hacinamiento en viviendas insalubres, la degradación de los
servicios sanitarios, ya no son el triste patrimonio de los países
de "la periferia", sino que golpean cada vez más los barrios de
las ciudades europeas, norteamericanas, japonesas etc.

La
clase obrera es una clase mundial con los mismos intereses en todo el
planeta. Ese internacionalismo
es lo que más teme la burguesía. Primero porque es lo que puede dar
al proletariado una fuerza invencible en su lucha de clase. Segundo
porque constituye la base para una nueva sociedad, la formación de
una COMUNIDAD HUMANA MUNDIAL.

La
burguesía opondrá todos los aspectos particulares, todas las
diferencias, profundizará hasta la náusea en todos los venenos de
la división, alentará todos los nacionalismos posibles apoyándose
en la creciente guerra de todos contra todos que no solo se ve en el
plano imperialista sino que tiende a manifestarse de forma cada vez
más aguda en el terreno económico. Habrá que llevar un duro
combate por el internacionalismo.

Nuestra reflexión se ha limitado a analizar las
condiciones globales de la evolución de la crisis y la relación que
tienen con la lucha y la toma de conciencia de los trabajadores. Es
evidente que esas condiciones "objetivas" se tienen que maridar
con los factores subjetivos: conciencia, solidaridad, confianza,
debate, organización... Pero esa sería otra cuestión que dejamos
para futuros artículos.

Smolny 12-7-10

1
Ver en Revista Internacional nº 141: Debate interno en la CCI (V):
la sobreproducción crónica, un obstáculo infranqueable para la
acumulación capitalista,
http://es.internationalism.org/rint141-sobreproduccion

2
Ver en Acción Proletaria nº 213 La crisis no se va sino que
continúa más grave, http://es.internationalism.org/node/2859

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