La revolución en Rusia de 1917 sigue siendo hasta ahora la acción más grandiosa de las masas explotadas para intentar destruir un sistema que las reduce a meras bestias de carga de la maquinaria económica o a carne de cañón en las guerras entre potencias imperialistas. Fue la avanzadilla de una oleada revolucionaria mundial que se desarrolló en reacción contra la barbarie de la Primera Guerra mundial. Para hacerse dueños de su propio destino y empezar la construcción de otra sociedad, una sociedad comunista, sin explotación, sin miseria, sin guerras, sin clases, sin naciones, millones de proletarios lograron romper con su atomización, unirse conscientemente, darse los medios para actuar colectivamente como una sola y única fuerza, llevándose tras ellos a todas las demás capas explotadas de la sociedad. Por primera vez en su historia, el proletariado logró tomar el poder político en un país.
Uniendo contra la Revolución a todas las fuerzas que se estaban enfrentando en la Primera Guerra mundial, la burguesía consiguió vencerla antes de que se generalizara la revolución mundial, aplastando, en particular, a la clase obrera en Alemania, corazón del proletariado industrial mundial. Fue la burguesía la que, al ahogar la Revolución rusa con el bloqueo de sus fronteras, precipitó la degeneración y la pérdida progresiva del poder político de la clase obrera. Así favoreció objetivamente la victoria en Rusia del estalinismo, brazo armado de la contrarrevolución en ese país, imponiéndose mediante la represión sistemática y masiva de la clase obrera, mediante la eliminación en el propio Partido bolchevique de las mayores figuras de Octubre de 1917.
Ese primer intento revolucionario mundial es para la clase obrera una fuente considerable de enseñanzas, un patrimonio inestimable para la preparación a los próximos enfrentamientos revolucionarios ([1]).
Nada puede encolerizar más a una clase explotadora que la sublevación de los explotados. Las revueltas de los esclavos cuando el Imperio romano, la de los siervos bajo el feudalismo siempre fueron reprimidas con una crueldad despiadada. La revuelta de la clase obrera contra el capitalismo es una ofensa todavía mayor contra la clase dominante, al escribir claramente en su bandera la perspectiva de una nueva sociedad, una sociedad auténticamente comunista que liberará la humanidad de las calamidades de todas las sociedades de clase de la historia hasta el capitalismo. Para la clase capitalista, no basta entonces con reprimir los intentos revolucionarios de la clase obrera, bañándolos en su sangre; la contrarrevolución capitalista es sin lugar a dudas la más sangrienta de la historia, pero necesita además transfigurar a su enemigo para desprestigiarlo.
Por eso la burguesía, además de su arsenal represivo, ha utilizado su arsenal ideológico para poner en escena y mantener la mayor mentira de la historia, afirmando que el estalinismo sería la continuidad del régimen político nacido en la Revolución de 1917 en Rusia. De igual modo, otra mentira afirma que todos los países dominados por la URSS habrían también sido “regímenes comunistas”. Todas las fracciones de la burguesía, desde los PC hasta la extrema-derecha pasando por los socialdemócratas (sin olvidar a la corriente trotskista desde que se pasó a la burguesía al traicionar el internacionalismo proletario durante la Segunda Guerra mundial) han contribuido a esa mistificación desde finales de los años 20. Las ensordecedoras campañas democráticas que se desencadenaron con el hundimiento de los regímenes estalinistas a principios de los 90 arrastraron por los suelos el movimiento obrero, sus momentos gloriosos (Octubre del 17), sus organizaciones revolucionarias (el Partido bolchevique) y sus figuras (Marx, Lenin) reactivando esa mentira con el objetivo parcialmente logrado de debilitar la conciencia de la clase obrera.
Sin embargo, la burguesía no ha logrado erradicar la conciencia de clase del proletariado. De nuevo, bajo los efectos del hundimiento en la crisis económica y de los ataques contra la clase obrera, ante las manifestaciones cada vez más evidentes de la quiebra del capitalismo, salen de nuevo a la luz intentos de reanudar con el pasado revolucionario de su clase por parte de algunas minorías. Las mentiras más burdas de la burguesía sobre la Revolución rusa serán incapaces de resistir a sus preguntas y a su búsqueda de verdad. Por eso no vamos a insistir especialmente en este folleto en poner de relieve que el estalinismo, no fue, ni mucho menos, la continuidad del movimiento revolucionario, sino su principal verdugo ([2]).
Con la publicación de esta selección de artículos publicados ya en nuestra Revista internacional, queremos contestar a ciertas preguntas o dudas que regularmente se expresan en cuanto se evoca la Revolución de Octubre:
- ¿Fue la insurrección de Octubre un golpe del Partido bolchevique o la emanación de la voluntad de los soviets?
- ¿El proletariado siguió ciegamente el Partido bolchevique hacia la Revolución de Octubre o Octubre fue el resultado de un auténtico movimiento de la clase obrera?
– ¿Cómo se explica la influencia creciente del Partido bolchevique en las filas obreras? Equivocados y mistificados por el Partido bolchevique, ¿habrían dimitido los obreros progresivamente de sus responsabilidades para dejarlas en manos de aquél? O, más bien, ¿defendía realmente esa vanguardia de la clase los intereses inmediatos e históricos de ésta, contra las posiciones de los demás partidos (incluidos los partidos pretendidamente “obreros”) a favor de la defensa del capital nacional y de la guerra?
– ¿Habría sido posible que el proletariado, tras haber abandonado el poder a un partido burgués en febrero del 17, hubiera logrado, sin partido, tomar el poder en octubre?
– ¿Cómo explicar la degeneración de la Revolución rusa? ¿Estaba ya escrita de antemano en el programa del Partido bolchevique, que contendría ya, de forma subyacente, el proyecto estalinista? O ¿se debió al aislamiento internacional del bastión proletario?
[1] Léase nuestro folleto Rusia 1917, principios de la revolución mundial – La mayor experiencia revolucionaria de la clase obrera.
[2] Recomendamos a los lectores interesados los folletos El terror estalinista: un crimen del capitalismo, no del comunismo y El hundimiento del estalinismo, así como también nuestro manifiesto Revolución comunista o destrucción de la humanidad.
En 1914 los señores «buenos oficios» de gobernantes, reyes, políticos, militares, como expresiones y agentes de un sistema social que entraba en su época de decadencia, llevaron el mundo al cataclismo de la Primera Guerra mundial: más de 20 millones de muertos, destrucciones jamás vistas hasta entonces, desabastecimiento, penuria y hambre en la retaguardia; muerte, salvajismo de la disciplina militar, sufrimientos sin límite en el frente; toda Europa se vio anegada en el caos, la barbarie, la aniquilación de industrias, edificios, monumentos...
El proletariado internacional, tras haberse dejado arrastrar por los venenos patrióticos y las falacias democráticas de los gobiernos, avalados por la traición de la mayoría de partidos socialdemócratas y de los sindicatos, empezó a reaccionar contra la barbarie guerrera desde finales de 1915. Huelgas, revueltas contra el hambre, manifestaciones contra la guerra, estallan en Rusia, Alemania, Austria, etc. En el frente, sobre todo en los ejércitos ruso y alemán, surgen motines, deserciones colectivas, fraternizaciones entre soldados de ambos bandos... A la cabeza del movimiento están los internacionalistas –los bolcheviques, los espartaquistas, toda la Izquierda de la Segunda internacional– que desde el estallido de la guerra en agosto de 1914, la denuncian sin vacilar como una rapiña imperialista, como una manifestación de la debacle del capitalismo mundial, como la señal para que el proletariado cumpla su misión histórica: la revolución socialista internacional.
A la vanguardia de este movimiento internacional que acabará con la guerra y abrirá la posibilidad de la revolución mundial, los obreros rusos desde finales de 1915 protagonizan huelgas económicas que son duramente reprimidas. Sin embargo, el movimiento crece: el 9 de enero de 1916 –aniversario del principio de la Revolución de 1905– es conmemorado por los obreros con huelgas masivas. Nuevas huelgas estallan a lo largo del año acompañadas por mítines, discusiones, reivindicaciones, choques con la policía.
«A fines de 1916, los precios empiezan a subir vertiginosamente. A la inflación y a la desorganización de los transportes viene a unirse la gran escasez de mercancías. El consumo de la población se reduce durante este período a más de la mitad. Con el mes de octubre las luchas entran en una fase decisiva. Todas las manifestaciones de descontento se mancomunan: Petrogrado toma carrera para lanzarse al salto de febrero. En todas las fábricas se celebran mítines. Temas: la cuestión de las subsistencias, la carestía de la vida, la guerra, el gobierno. Circulan hojas bolcheviques. Se plantean huelgas políticas. Se improvisan manifestaciones a la salida de las fábricas y talleres. Aquí y allá obsérvanse casos de fraternización de los obreros de las fábricas con los soldados. Estalla una tumultuosa huelga de protesta contra el consejo de guerra formado contra los marinos revolucionarios de la escuadra del Báltico... Los obreros tienen cada vez más la sensación de que no hay modo de volverse atrás. En cada fábrica se forma un núcleo activo que tiene casi siempre por eje a los bolcheviques. Durante las dos primeras semanas de febrero las huelgas y los mítines se suceden sin interrupción. La policía al aparecer el día 8 en las puertas de la fábrica Putilov es recibida por una lluvia de pedazos de hierro y escoria. El 19 se agolpa delante de los negocios de comestibles una gran muchedumbre, formada principalmente por mujeres, pidiendo pan a gritos. Al día siguiente fueron saqueadas las panaderías en distintos puntos de la ciudad. Eran ya los albores de la insurrección» ([1]).
Acabamos de ver las etapas sucesivas de un proceso social que hoy a muchos obreros se les antoja utópico: la transformación de los trabajadores de una masa atomizada, apática, dividida, en una clase unida que actúa como un sólo hombre y se vuelve capaz para lanzarse al combate revolucionario, como lo demuestran los 5 dias que van desde el 22 al 27 de febrero de 1917.
«Los trabajadores se presentan por la mañana en las fábricas, pero se niegan a entrar en el trabajo, organizan mítines y a la salida se dirigen en manifestación al centro de la ciudad. Nuevas barriadas y nuevos grupos de la población se adhieren al movimiento. El grito de “¡Pan!” desaparece o es absorbido por los de “abajo la guerra” o “abajo la burocracia”. La Perspectiva Nevski contempla un continuo desfilar de manifestaciones... El 23 de febrero se inicia bajo la bandera del Día de la mujer la insurrección de las masas obreras de Petrogrado. El primer peldaño de la insurrección es la huelga. A lo largo de 3 días esta va ganando terreno y se convierte en general. La huelga, que va tomando cada vez más decididamente un carácter ofensivo, se combina con manifestaciones callejeras, que ponen en contacto a la masa revolucionaria con las tropas... La masa ya no quiere retroceder, resiste con furor optimista, no abandona el campo ni aún después de las descargas de la policía. ¡No dispares contra tus hermanos y hermanas! ¡Unete a nosotros!, gritan los obreros y las obreras. En las calles, en las plazas, en los puentes y en las puertas de los cuarteles, se desarrolla una pugna ininterrumpida, a veces dramática y a veces imperceptible, en torno al alma del soldado. Los obreros no se rinden, no retroceden, quieren conseguir lo que les pertenece, aunque sea bajo una lluvia de plomo y con ellos están las obreras, las esposas, las madres, las hermanas, las novias. ¿No es ésta, acaso, la hora aquella de que tan a menudo se hablaba, cuchicheando en los rincones: “y sí nos uniéramos todos?» ([2]).
Las clases dirigentes no se lo pueden creer, piensan que se trata de una revuelta que desaparecerá con un buen escarmiento. El fracaso estrepitoso de las acciones terroristas de pequeños cuerpos de élite mandados por coroneles de la gendarmería evidencia las firmes raíces del movimiento:
«La revolución les parece indefensa a los coroneles, parece que bastaría entrar sable en mano en ese caos para destruirlo todo sin dejar rastro. Pero es un torpe error de visión. Bajo este caos se está operando una irresistible cristalización de las masas sobre nuevos ejes» ([3]).
Una vez rotas las primeras cadenas, los obreros no quieren retroceder y para caminar sobre tierra firme retoman la experiencia de 1905 creando los Soviets, organizaciones unitarias del conjunto de la clase. Sin embargo, los Soviets son inmediatamente copados por los partidos menchevique y social-revolucionario, antiguos partidos obreros pasados al campo burgués por su participación en la guerra, y permiten formar un Gobierno provisional donde están los «grandes personajes» de siempre: Miliukov, Rodzianov, Kerenski...
La primera obsesión de ese gobierno es convencer a los obreros de que deben «volver a la normalidad», «abandonar los sueños» y transformarse en la masa sumisa, pasiva, atomizada, que la burguesía necesita para mantener sus negocios y continuar la guerra. Los obreros no tragan. Quieren vivir y desarrollar la nueva política: la que ejercen ellos mismos, uniendo en un lazo inseparable la lucha por sus intereses inmediatos con la lucha por el interés general del conjunto de la humanidad. Así, ante la insistencia de burgueses y socialtraidores de que «lo que toca es trabajar y no reivindicar, porque ahora tenemos libertad política», los obreros reivindican la jornada de 8 horas para tener «libertad» para reunirse, discutir, leer, estar con los suyos:
« ... una oleada de huelgas recomenzó después de la caída del absolutismo. En cada fábrica o taller, sin esperar a los acuerdos firmados en las alturas, se presentaron reivindicaciones sobre los salarios y la jornada de trabajo. Los conflictos se agravaban de día en día y se complicaban en una atmósfera de lucha» ([4]).
El 18 de abril, Miliukov, ministro liberal del partido kadete del gobierno provisional, publica una nota reafirmando el compromiso de Rusia con los aliados en la continuación de la guerra imperialista, lo cual es una verdadera provocación. Los obreros y los soldados responden inmediatamente: surgen manifestaciones espontáneas, se celebran asambleas masivas en los barrios, los regimientos, las fábricas:
« ... la agitación que se había promovido en la ciudad no cedía, se reunían muchedumbres, los mítines continuaban, se discutía en todas las esquinas, en los tranvías los viajeros se dividían en partidarios y adversarios de Miliukov... La agitación no se limitaba a Petrogrado. En Moscú, los obreros que abandonaban sus máquinas y los soldados que salían de sus cuarteles invadieron las calles con sus protestas tumultuosas» ([5]).
El 20 de abril una gigantesca manifestación fuerza la dimisión de Miliukov, la burguesía debe retroceder en sus planes guerreros. Mayo registra una frenética actividad de organización. Hay menos manifestaciones y menos huelgas, pero eso no expresa un reflujo del movimiento, más bien al contrario, manifiesta su avance y desarrollo, porque los obreros se consagran a un aspecto de su combate hasta entonces poco desarrollado: su organización masiva. Los Soviets se extienden a los rincones más recónditos de Rusia, a su alrededor aparece una multitud de órganos de masa: Comités de fábrica, Comités campesinos, Soviets de barrio, Comités de soldados. A través de ellos las masas se agrupan, discuten, piensan, deciden. Bajo su cálido aliento se despiertan los grupos de trabajadores más atrasados:
«... La servidumbre, tratada antes como bestias y a la que casi no pagaban nada, adquirió noción de su propia dignidad. Un par de zapatos costaba más de 100 rublos y como el sueldo medio no pasaba de 35 al mes, las criadas se negaban a estar en las colas y gastar el calzado. (...) Hasta los cocheros tenían su sindicato y su representante en el Soviet de Petrogrado. Los criados y camareros se organizaron y renunciaron a las propinas» ([6]).
Los obreros y soldados empiezan a cansarse de las eternas promesas del Gobierno provisional y del apoyo que le dan los socialistas mencheviques y socialista revolucionario. Comprueban cómo crecen las colas, el paro, el hambre. Ven que ante la guerra y la cuestión campesina los de arriba sólo ofrecen discursos ampulosos. Se están hartando de la política burguesa y empiezan a vislumbrar las consecuencias últimas de su propia política: la reivindicación de
se transforma en la aspiración de amplias masas obreras ([7]).
Junio, traduciendo todo lo anterior, es un mes de intensa agitación política que culmina con las manifestaciones armadas de los obreros y soldados de Petrogrado el 4 y el 5 de julio:
«... El primer plano lo ocupan los obreros de las fábricas. Allí donde los dirigentes titubean o se resisten, la juventud obrera obliga al vocal de turno del Comité de fábrica a hacer sonar la sirena para dar la señal de paralizar el trabajo. Por todas partes se celebran mítines, se eligen dirigentes de la manifestación y delegados encargados de presentar las reivindicaciones... De Krondstadt, de Novi-Peterhof, de Krasnoie Selo, del fuerte de Krasnaya Gorka, de toda la periferia próxima, por mar, por tierra, avanzan marinos y soldados, con bandas de músicos, con armas, con cartelones bolcheviques» ([8]).
Sin embargo, las jornadas de Julio se saldan con un amargo fracaso para los trabajadores. La situación no está todavía madura para la toma del poder pues los soldados no se solidarizan de manera plena con los obreros; los campesinos están llenos de ilusiones respecto a los Social-revolucionarios y el propio movimiento en provincias está retrasado respecto a la capital.
En los dos meses posteriores –agosto y septiembre–, aguzados por la amargura de la derrota y forzados por la violencia de la represión burguesa, los obreros van a resolver prácticamente estos obstáculos, no a través de un plan de acción preconcebido sino como producto de un océano de iniciativas, de combates, de discusiones en los Soviets, etc., que van materializando la toma de conciencia del movimiento. Así, la acción de obreros y soldados acaba fundiéndose plenamente:
« ... Aparece un fenómeno de ósmosis, especialmente en Petrogrado. Cuando la agitación se adueña del barrio obrero de Vyborg, los regimientos acuartelados en la capital entran en efervescencia y viceversa. Los obreros y los soldados se habitúan a salir a la calle para manifestar allí sus sentimientos. La calle les pertenece. Ninguna fuerza, ningún poder, puede en esos momentos, prohibirles agitar sus reivindicaciones o cantar a pleno pulmón himnos revolucionarios» ([9]).
Tras la derrota de julio, la burguesía cree que, por fin, puede acabar con la pesadilla. Para ello, repartiéndose la faena entre el bloque «democrático» de Kerenski y el bloque abiertamente reaccionario de Kornilov –generalísimo de los ejércitos–, organiza el golpe militar de este último, que reúne a los regimientos de cosacos, caucásicos etc., que todavía parecen ser fieles al poder burgués e intenta lanzarlos contra Petrogrado.
Pero la intentona fracasa estrepitosamente. La mano masiva de los obreros y los soldados, su firme organización en un Comité de defensa de la Revolución –que bajo el control del Soviet de Petrogrado se transformará en el Comité militar revolucionario, órgano de la insurrección de Octubre- hace que las tropas de Kornilov o bien queden inmovilizadas y se rindan, o bien, lo que sucede en la mayoría de los casos, deserten y se unan a los obreros y soldados.
« ... El complot había sido tramado por aquellos círculos que ni sabían ni estaban acostumbrados a hacer nada sin la gente de abajo, sin la fuerza obrera, sin la carne de cañón, sin asistentes, criados, escribientes, chóferes, mozos de cuerda, cocineras, lavanderas, guardagujas, telegrafistas, palafreneros y cocheros. Todos esos pequeños tornillos humanos, innumerables, invisibles, necesarios, estaban de parte de los Soviets y en contra de Kornilov.
«El ideal de la educación militar consiste en que el soldado obre a los ojos de sus superiores lo mismo que a sus espaldas. Ahora bien, los soldados y marinos rusos de 1917, que no obedecían las órdenes oficiales ni aún en presencia de sus superiores, cogían al vuelo las órdenes de la revolución e incluso, con más frecuencia aún, las cumplían por propia iniciativa antes de que llegaran hasta ellos. Para las masas se trataba, no de defender al gobierno, sino a la revolución. De aquí la abnegación y la decisión con la que luchaban. La resistencia contra la sublevación surgía de los railes, de las piedras, del aire. Los ferroviarios de la estación de Luga se negaron a poner en marcha los trenes militares. Las tropas cosacas se vieron al instante rodeadas por soldados armados de la guarnición de Luga, compuesta por 20 000 hombres. No hubo combate, pero sí algo más peligroso: contacto, interpenetración» ([10]).
Los burgueses conciben las revoluciones obreras como un acto de demencia colectiva, un caos espantoso que acaba espantosamente. La ideología burguesa no puede admitir que los explotados puedan actuar por su propia cuenta. Acción colectiva y solidaria, acción consciente de la mayoría trabajadora, son nociones que el pensamiento burgués considera una utopía anti-natural (lo «natural» para la burguesía es la guerra de todos contra todos y la manipulación por las élites de grandes masas humanas).
« ... En todas las revoluciones precedentes se habían batido en las barricadas los obreros, los artesanos, a veces los estudiantes y los soldados revolucionarios. Después de lo cual, se hacía cargo del poder la respetable burguesía que había estado prudentemente mirando la revolución por los cristales de su ventana, mientras los demás luchaban. Pero la revolución de febrero se distinguía de todas las que le habían precedido por el nivel político de la clase obrera y, como consecuencia, por la creación, en el momento mismo del triunfo, de un nuevo órgano del poder revolucionario: el Soviet, apoyado en la fuerza armada de las masas» ([11]).
Esta naturaleza totalmente nueva de la Revolución de Octubre corresponde al ser mismo del proletariado, clase explotada y revolucionaria a la vez, que sólo puede liberarse si es capaz de actuar de manera colectiva y consciente.
En la Revolución Rusa no es el simple producto pasivo de unas condiciones objetivas espantosas. Es también el producto de una toma de conciencia colectiva. Bajo la forma de lecciones, de reflexiones, de consignas, de recuerdos, podemos ver en ella la huella de las experiencias del proletariado, de la Comuna de París de 1871, de la revolución de 1905, de las batallas de la Liga de los comunistas, de la Primera y Segunda Internacionales, de la Izquierda de Zimmerwald, de los bolcheviques. La revolución rusa es sin duda una respuesta a la guerra, el hambre y la barbarie agónica del zarismo, pero es una respuesta consciente, guiada por la continuidad histórica y mundial del movimiento proletario.
Esto se manifiesta concretamente en la enorme experiencia de los obreros rusos que habían vivido las grandes luchas de 1898, 1902, la Revolución de 1905 y las batallas de 1912-14, a la vez que habían hecho surgir de sus entrañas el partido bolchevique, en el ala izquierda de Segunda Internacional.
«... Era necesario contar no con una masa como otra cualquiera, sino con la masas de los obreros petersburgueses y de los obreros rusos en general, que había pasado por la experiencia de la revolución de 1905, por la insurrección de Moscú del mes de diciembre del mismo año, y era necesario que en el seno de esa masa hubiera obreros que hubiesen reflexionado sobre la experiencia de 1905, que se asimilaran la perspectiva de la revolución, que meditaran docenas de veces acerca de la cuestión del ejército» ([12]).
Más de 70 años antes de la Revolución de 1917, Marx y Engels escribían que:
« ... la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otra manera, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en el que está hundida y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases» ([13]).
La Revolución rusa confirma plenamente esta posición: el movimiento mismo aporta los materiales para la autoeducación de las masas:
«Toda revolución instruye, y lo hace rápidamente. En ello está su fuerza. Cada semana aportaba a las masas algo nuevo. Dos meses equivalían a una época. A fin de febrero la insurrección. A fin de abril, las manifestaciones armadas de los obreros y soldados de Petrogrado. Al iniciarse julio nueva manifestación, con proporciones mucho más vastas y con consignas más resueltas. A fin de agosto, la tentativa de golpe de Estado de Kornilov, descartado por las masas. A fin de octubre, conquista del poder por los bolcheviques. Bajo estos acontecimientos, que sorprenden por la regularidad de su ritmo, se operan profundos procesos moleculares, que funden a los elementos heterogéneos de la masa obrera en un todo político» ([14]).
«Toda Rusia aprendía a leer y efectivamente leía libros de economía, de política, de historia, leía porque la gente quería saber... La sed de instrucción tanto tiempo frenada abrióse paso al mismo tiempo que la revolución con fuerza espontánea. En los primeros seis meses de la Revolución tan sólo del Instituto Smolny se enviaban a todos los confines del país toneladas, camiones y trenes de publicaciones. Rusia se tragaba el material impreso con la misma insaciabilidad que la arena absorbe el agua... Luego la palabra. Rusia viose inundada de tal torrente de discursos que, en comparación, la “avalancha de locuacidad francesa”, de que habla Carlyle, no pasa de ser un arroyuelo. Conferencias, controversias, discursos en los teatros, circos, escuelas, clubs, cuarteles, salas de los Soviets. Mítines en las trincheras del frente, en las plazuelas aldeanas, en los patios de las fábricas. ¡Qué asombroso espectáculo ofrece la fábrica Putilov cuando de sus muros salen en compacto torrente 40 000 obreros para oir a los socialdemócratas, eseristas, anarquistas, o quien sea, hable de lo que hable y por mucho tiempo que hable!. Durante meses enteros, cada encrucijada de Petrogrado y de otras ciudades rusas era una constante tribuna pública. Surgían discusiones y mítines espontáneos en los trenes, en los tranvías, en todas partes... Las tentativas de limitar el tiempo de los oradores fracasaban estrepitosamente en todos los mítines y cada cual tenía la plena posibilidad de expresar todos sus sentimientos e ideas» ([15]).
La «democracia» burguesa habla mucho de «libertad de expresión» cuando la experiencia nos dice que todo en ella es manipulación, teatro y lavado de cerebro; la auténtica libertad de expresión es la que conquistan las masas obreras con su acción revolucionaria:
«En cada fábrica, en cada taller, en cada compañía, en cada café, en cada cantón, incluso en la aldea desierta, el pensamiento revolucionario realizaba una labor callada y molecular. Por doquier surgían intérpretes de los acontecimientos, obreros a los cuales podía preguntarse la verdad de lo sucedido y de quienes podía esperarse las consignas necesarias. Su instinto de clase se hallaba agudizado por el criterio político y, aunque no desarrollaran de modo consecuente todas sus ideas, su pensamiento trabajaba invariablemente en una misma dirección. Estos elementos de experiencia, de crítica, de iniciativa, de abnegación, iban impregnando a las masas y constituían la mecánica interna, inaccesible a la mirada superficial, y sin embargo decisiva, del movimiento revolucionario como proceso consciente» ([16]).
Esta reflexión, esta toma de conciencia, ponía al desnudo...
« ... toda la injusticia material y moral inflingida a los trabajadores, la explotación inhumana, los salarios de miseria, el trabajo agotador, el daño desconsiderado a su salud, los sistemas de castigo refinado y el desprecio y la ofensa a su dignidad humana por los capitalistas y patronos, esta red de condiciones de trabajo ruinosas y vergonzosas que los tiene atrapados, este infierno entero que representa el destino diario del proletario bajo el yugo capitalista» ([17]).
Por eso mismo, la Revolución rusa presenta una unidad permanente, inseparable, entre la lucha política y la lucha económica:
«Cada ola de acción política deja detrás suyo un limo fértil de donde surgen inmediatamente mil brotes nuevos: las reivindicaciones económicas. E inversamente, la guerra económica incesante que los obreros libran contra el capital mantiene despierta la energía combativa incluso en las horas de tranquilidad política; de alguna manera constituye una reserva permanente de energía de la que la lucha política extrae siempre fuerzas frescas. Al mismo tiempo el trabajo infatigable de corrosión reivindicativa desencadena aquí y allá conflictos agudos a partir de los cuales estallan bruscamente batallas políticas» ([18]).
Este desarrollo de la conciencia llevó en junio-julio los obreros a la convicción de que no debían malgastar energías y dispersarse en mil conflictos económicos parciales, de que debían concentrar sus fuerzas en la lucha política revolucionaria. Esto no suponía negar la lucha reivindicativa sino, muy al contrario, asumir sus consecuencias políticas:
«Los obreros y los soldados entendían que los problemas de salarios, del precio del pan, de si había que morir en el frente sin saber por qué, estaban subordinados al problema de saber quién dirigía el país en lo sucesivo: la burguesía o los Soviets» ([19]).
«Esta toma de conciencia de las masas obreras culmina con la insurrección de Octubre cuyo ambiente previo describe admirablemente Trotski: «Las masas sentían la necesidad de hallarse juntas; cada cual quería someter a prueba sus juicios a través de los demás, y todos observaban, atenta e intensamente, cómo una misma idea giraba en su conciencia, con sus distintos rasgos y matices. Multitudes inmensas acudían a los circos y demás grandes locales, donde hablaban los bolcheviques más populares, aportando las últimas deducciones y los últimos llamamientos... Pero en este último período que precedió al golpe decisivo era incomparablemente más efectiva la agitación molecular que llevaban a cabo los obreros, marinos y soldados anónimos que hacían proselitismo mediante una labor de propaganda individual, destruyendo las últimas dudas, venciendo las postreras vacilaciones. Aquellos meses de febril vida política habían creado numerosos cuadros de militantes de fila, educando a centenares y miles de trabajadores que estaban acostumbrados a observar la política desde abajo y no desde arriba... La masa ya no toleraba en sus filas a los vacilantes, a los neutrales; afanábase por atraer, por persuadir, por conquistar a todo el mundo. Fábricas y regimientos mandaban delegados al frente. Las trincheras se ponían en relación con los obreros y campesinos del frente interior inmediato. En las ciudades del frente se celebraban innumerables mítines y conferencias en que soldados y marinos coordinaban su acción con obreros y campesinos» ([20]).
«Mientras la sociedad oficial, toda esa superestructura de las clases dirigentes, vivía en la inercia y el automatismo, nutriéndose de las reminiscencias de ideas caducas y permanecía sorda a las exigencias inexorables del progreso, dejándose seducir por fantasmas y no previendo nada, en las masas obreras se estaba operando un proceso autónomo y profundo, caracterizado, no sólo por el incremento del odio a los dirigentes, sino por la apreciación crítica de su impotencia y la acumulación de experiencia y de conciencia creadora, proceso que tuvo su remate y apogeo en la insurrección revolucionaria y en su triunfo» ([21]).
Mientras la política burguesa es realizada siempre en provecho de una minoría de la sociedad que es la clase dominante, la política del proletariado solo puede hacerse con la participación masiva de todos los explotados y no persigue un beneficio particular sino el de toda la humanidad.
«El proletariado ya no puede emanciparse de la clase que le explota y oprime sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de la explotación» ([22]).
La lucha revolucionaria del proletariado constituye la única esperanza de liberación para todas las masas que hoy malviven en una situación espantosa en 3/4 partes del planeta. La Revolución rusa lo puso de manifiesto: los obreros lograron ganar a su causa a los soldados (campesinos en uniforme en su mayoría) y a toda la población campesina. El proletariado confirmaba así que la revolución no sólo es una respuesta en defensa de sus propios intereses, sino también la única salida posible para acabar con la guerra y con las relaciones sociales de la explotación y de la opresión capitalistas en general.
La voluntad obrera de dar una perspectiva a las demás clases oprimidas fue hábilmente explotada por los partidos menchevique y socialista revolucionario que pretendían, en nombre de la alianza con los campesinos y los soldados, hacer renunciar al proletariado a su lucha autónoma de clase y a la revolución socialista. Este planteamiento parece, a primera vista, de lo más «lógico»: si queremos ganar a las otras clases hay que plegarse a sus reivindicaciones, hay que buscar un mínimo común denominador en torno al cual todas se puedan unir.
Sin embargo,
«las capas medias –el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino–, todas ellas luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales capas medias. No son revolucionarias sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarias, porque pretenden volver atrás la rueda de la historia» ([23]).
En una la alianza interclasista, el proletariado tiene todas las de perder: no gana a las otras clases oprimidas sino que las empuja a los brazos del capital y el mismo debilita su unidad y su conciencia de forma decisiva; no lleva adelante sus propias reivindicaciones sino que las diluye y niega; no avanza en el camino del socialismo sino que se atasca y ahoga en el pantano del capitalismo decadente. En realidad, ni siquiera ayuda a las capas pequeño burguesas y campesinas sino que contribuye a su sacrificio en el altar de los intereses del capital, porque las reivindicaciones «populares» son el disfraz que utiliza la burguesía para hacer pasar de contrabando sus propios intereses. En el «pueblo» no está representado el interés de las «clases laboriosas», sino el interés explotador, nacional, imperialista, del conjunto de la burguesía.
«La alianza de los mencheviques y los socialrevolucionarios no significaba la colaboración del proletariado con los campesinos, sino, por el contrario, la coalición gubernamental de unos partidos que habían roto con el proletariado y los campesinos en aras del bloque con las clases poseedoras» ([24]).
Si el proletariado quiere ganar a su causa a las capas no explotadoras debe afirmar de manera aún más clara y rotunda sus propias reivindicaciones, su propio ser, su autonomía de clase. Debe ganar a las otras capas no explotadoras en aquello en que pueden ser revolucionarias.
«Son revolucionarias únicamente cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado, defendiendo así no sus intereses presentes sino sus intereses futuros, cuando abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado» ([25]).
Centrando su lucha en poner fin a la guerra imperialista; buscando dar una perspectiva de solución al problema agrario ([26]) creando los soviets como organización de todos los explotados; y, sobre todo, planteando la alternativa de una nueva sociedad frente a la bancarrota y el caos de la sociedad capitalista, el proletariado en Rusia se colocó a la vanguardia de todas las clases explotadas y supo darles una perspectiva a la cual unirse y luchar.
La afirmación autónoma del proletariado no lo aísla de las demás capas oprimidas, al contrario, le permite aislar al Estado burgués de éstas. Ante el impacto en los soldados y los campesinos de la campaña de la burguesía rusa sobre el «egoísmo» de los obreros con su reivindicación de la jornada de 8 horas, estos
«... comprendieron el peligro y le cerraron el paso muy hábilmente. Para ello les bastaba contar la verdad, citar las cifras de los beneficios de guerra, mostrar a los soldados las fábricas y los talleres con el estruendo de las máquinas, las llamas infernales de los hornos, frente permanente en el cual los obreros dejaban incontables víctimas. A iniciativa de los obreros se organizaban visitas regulares a las fábricas. El soldado miraba y escuchaba, el obrero enseñaba y explicaba. Las visitas terminaban con la fraternización solemne» ([27]).
«El Ejército estaba incurablemente enfermo y sólo era útil para decidir la suerte de la revolución; pero para la guerra era como si no existiese» ([28]).
Esa «enfermedad incurable» del Ejército era el producto de la lucha autónoma de la clase obrera. Del mismo modo, frente al problema agrario, que el capitalismo decadente no sólo es incapaz de resolverlo sino que no cesa de agravarlo, el proletariado lo encaró resueltamente: todos los días salían de las ciudades industriales legiones de agitadores, delegaciones de Comités de fábrica, de Soviets, para discutir con los campesinos, para animarles a la lucha, para organizar a los obreros agrícolas y a los agricultores pobres. Los Soviets y los Comités de fábrica tomaron numerosas Resoluciones declarando su solidaridad con los campesinos y proponiendo medidas concretas de solución del problema agrario:
«La conferencia de comités de fábrica de Petrogrado consagra su atención al problema agrario y redacta un manifiesto dirigido a los campesinos: el proletariado se siente, no solo como clase particular, sino como caudillo del pueblo» ([29]).
Mientras que la política de la burguesía concibe a la mayoría como una masa a manipular para que plebiscite lo que han cocido los poderes del Estado, la política obrera se plantea como la obra libre y consciente de la gran mayoría para sus propios intereses.
«Los soviets, consejos de diputados o delegados de las asambleas obreras, aparecieron espontáneamente por primera vez en la gran huelga de masas que sacudió Rusia en 1905. Eran la emanación directa de miles de asambleas de trabajadores, en las fábricas y los barrios, que se multiplicaron por todas partes, en la mayor explosión de vida obrera que hasta entonces se había producido en la historia. Como si retomaran la lucha allí donde sus antepasados de la Comuna de Paris en 1871 lo habían dejado, los obreros generalizaron en la práctica la forma de organización que los comuneros habían intentado: asambleas soberanas, centralización mediante delegados elegibles y revocables» ([30]).
Desde que en febrero los obreros derribaron el Zarismo, en Petrogrado, en Moscú, en Jarkov, en Helsingfors, en todas las ciudades industriales se constituyeron rápidamente Soviets de delegados obreros, a los que se unieron los delegados de los soldados y, posteriormente de los campesinos. Alrededor de los Soviets, el proletariado y las masas explotadas constituyeron una red infinita de organizaciones de lucha, basadas en las asambleas, en la libre discusión y decisión de todos los explotados: Soviets de barrio, Consejos de fábrica, Comités de soldados, Comités campesinos...
«La red de consejos obreros y de soldados locales en toda Rusia formaba la columna vertebral de la revolución. Con su ayuda se había extendido la revolución como una enredadera por todo el país, su sola existencia tenía que dificultar enormemente todo intento de reacción» ([31]).
La «democracia» burguesa reduce la «participación» de las masas a dar cada 4 años el voto a un señor que hace con él lo que necesita la burguesía; frente a ella, los Soviets constituyen la participación permanente, directa, de las masas obreras que en asambleas gigantescas discuten y deciden sobre todos los asuntos de la sociedad. Los delegados son elegidos y revocables en todo momento y acuden a los Congresos con mandatos definidos.
La «democracia» burguesa concibe la «participación» según la farsa del individuo libre que decide solo ante la urna. Es, pues, la consagración de la atomización, el individualismo, el todos contra todos, el enmascaramiento de la división en clases, lo que favorece a la clase minoritaria y explotadora. En cambio, los Soviets se basan en la discusión y la decisión colectivas, cada cual puede sentir el aliento y la fuerza del conjunto y sobre esa base desarrollar todas sus capacidades reforzando a su vez al colectivo. Los Soviets parten de la organización autónoma de la clase trabajadora para, desde esa plataforma, luchar por la abolición de las clases.
Los obreros, soldados y campesinos consideraban los Soviets como su organización.
«No sólo los obreros y los soldados, sino toda la masa heterogénea de pequeñas gentes de la ciudad, artesanos, vendedores ambulantes, pequeños funcionarios, cocheros, porteros, criados, eran hostiles al Gobierno provisional y buscaban un poder más allegado a ellos más accesible. Cada día era mayor el número de campesinos que acudían al Palacio de Táurida –primera sede de los Soviets, más tarde se trasladaron al Instituto Smolny. Las masas se derramaban por los Soviets como sí entrasen por la puerta triunfal de la revolución. Todo lo que quedaba fuera de los soviets diríase que quedaba al margen de la Revolución y pertenecía a otro mundo. Y así era en realidad, al margen de los soviets estaba el mundo de los propietarios» ([32]).
Nada podía hacerse en toda Rusia sin los soviets: las delegaciones de las escuadras del Báltico y del Mar Negro, declaran el 16 de marzo que sólo obedecerán las órdenes del Gobierno provisional que estén de acuerdo con las decisiones de los soviets. El 172º Regimiento es aún más explícito:
«El ejército y la población solo deben someterse a las decisiones del Soviet. Las ordenanzas del Gobierno que contravienen las decisiones de los soviets no están sujetas a ejecución» ([33]).
Guchkov, gran capitalista y ministro del Gobierno provisional declara:
«Por desgracia, el gobierno no dispone de poder efectivo; las tropas, los ferrocarriles, el correo, el telégrafo, todo está en manos del Soviet y puede afirmarse que el Gobierno Provisional sólo existe en la medida que el Soviet permite que exista» ([34]).
La clase obrera, como clase que aspira a la transformación revolucionaria y consciente del mundo, necesita un órgano que le permita expresar todas sus tendencias, todos sus pensamientos, todas sus capacidades; un órgano extremadamente dinámico que sintetice en cada momento la evolución y el avance de las masas; un órgano que no caiga en el conservadurismo y la burocracia, que le permita rechazar y combatir toda tentativa de confiscar el poder directo de la mayoría. Un órgano de trabajo, donde se decidan las cosas de manera rápida y ágil, aunque a la vez de manera consciente y colectiva, de tal forma que todos se sientan implicados en su aplicación.
«Los Soviets no se resignaron a ninguna teoría sobre la división de poderes e intervinieron en la dirección de las fuerzas armadas, en los conflictos económicos, en los problemas de abastecimiento y del transporte, como también en los asuntos judiciales. Los soviets decretaron, bajo la presión de los obreros, la jornada de 8 horas, eliminando a los administradores demasiado reaccionarios, destituyendo a los comisarios más insoportables del Gobierno provisional, interviniendo también periódicos hostiles» ([35]).
Hemos visto cómo la clase obrera fue capaz de unirse, de expresar toda su energía creadora, de actuar de manera organizada y consciente, de, a fin de cuentas, alzarse ante una sociedad como la clase revolucionaria que tiene como misión instaurar la nueva sociedad, sin clases y sin Estado. Pero, para ello la clase obrera debía destruir el poder de la clase enemiga: el Estado burgués, encarnado por el Gobierno provisional; e imponer su propio poder: el poder de los soviets.
[1]) Trotski, Historia de la Revolución rusa, tomo I, capítulo «El proletariado y los campesinos».
[2]) Trotski, op. cit., tomo I, capítulo «Cinco días»
[3]) Trotski, idem.
[4]) Ana M. Pankratova, Los Consejos de fábrica en la Rusia de 1917, capítulo «Los Comités de fábrica obra de la Revolución».
[5]) Trotski, op.cit., mismo capítulo.
[6]) J. Reed, Diez días que estremecieron al mundo.
[7]) Dos meses antes, en abril, cuando está reivindicación fue propuesta por Lenin en sus famosas Tesis, fue rechazada en el seno mismo del partido bolchevique como utópica, abstracta, etc.
[8]) Trotski, op.cit.
[9]) G. Soria, Los 300 días de la Revolución rusa.
[10]) Trotski, op. cit.
[11]) Idem.
[12]) Idem.
[13]) Marx y Engels, La ideología alemana.
[14]) Trotski, op.cit.
[15]) J. Reed, op.cit.
[16]) Trotski, op.cit.
[17]) Rosa Luxemburgo, En la hora revolucionaria.
[18]) Rosa Luxemburgo, Huelga de masas, partido y sindicatos.
[19]) Trotski, op.cit.
[20]) Trotski, ídem.
[21]) Trotski, ídem.
[22]) Engels, «Prólogo» de 1883 al Manifiesto comunista.
[23]) Marx, Engels, El Manifiesto comunista.
[24]) Trotski, op.cit.
[25]) Marx, Engels, op.cit.
[26]) No se trata de discutir en el marco de este artículo si la solución que los bolcheviques y los soviets acabaron dando a la cuestión agraria -el reparto de las tierras- fue justa. Como lo criticó Rosa Luxemburgo, la experiencia demostró que no lo era. Pero eso no debe ocultar lo esencial: que el proletariado y los bolcheviques plantearon seriamente la necesidad de una solución desde el enfoque del poder proletario y desde el enfoque de la batalla por la revolución socialista.
[27]) Trotski, op.cit.
[28]) Trotski, ídem.
[29]) Trotski, ídem
[30]) Révolution internationale, órgano de la CCI en Francia, nº 190, artículo «El proletariado deberá imponer su dictadura para llevar la humanidad a su emancipación».
[31]) O. Anweiler, Los Soviets en Rusia.
[32]) Trotski, op. cit.
[33]) Trotski, ídem.
[34]) Trotski, ídem.
[35]) Trotski, ídem.
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La principal amenaza para la Revolución iniciada en febrero fue el sabotaje de los Soviets por los partidos social-traidores que mantenían en pie el aparato del Estado burgués. Abordamos ahora este problema y los medios a través de los cuales el proletariado consigue resolverlo: la renovación de los Soviets, el Partido bolchevique, la insurrección.
La burguesía presenta la Revolución de febrero como un movimiento hacia la «democracia» violentado por el golpe bolchevique. Sus fábulas consisten en oponer Febrero a Octubre, presentando el primero como una auténtica «fiesta democrática» y el segundo como un golpe de Estado «contra la voluntad popular».
Esta mentira es producto de la rabia que siente la burguesía porque los acontecimientos entre febrero y octubre no se desarrollaron de acuerdo con el esquema esperado. La burguesía pensaba que una vez pasadas las convulsiones que en febrero derribaron al Zar, las masas volverían tranquilamente a sus casas y dejarían a los políticos burgueses mangonear a sus anchas, avalados de vez en cuando por elecciones «democráticas». Sin embargo, el proletariado no picó el anzuelo, desplegó una inmensa actividad, tomó conciencia de su misión histórica y se dio los medios para su combate: los soviets. Con ello se planteó una situación de doble poder:
«o la burguesía se apoderaba realmente del viejo aparato del Estado, poniéndolo al servicio de sus fines, en cuyo caso los soviets tenían que retirarse por el foro, o estos se convierten en la base del nuevo Estado, liquidando no solo el viejo aparato político sino el régimen de predominio de las clases a cuyo servicio se hallaba éste» (Trotski, Historia de la Revolución rusa, tomo I, capítulo «El nuevo poder»).
Para destruir los soviets e imponer la autoridad del Estado, la burguesía utilizó la carta de los partidos menchevique y social revolucionario, antiguos partidos obreros que con la guerra habían pasado al campo burgués. Estos gozaban, al principio de la revolución de Febrero, de una inmensa confianza en las filas obreras, que aprovecharon para copar los órganos ejecutivos de los Soviets y encubrir a la burguesía:
«Allí donde ningún ministro burgués podía comparecer ante los obreros revolucionarios, presentábase (o mejor dicho, era enviado por la burguesía) un ministro “socialista”, Skobelev, Tsereteli, Chernov u otro, que cumplía concienzudamente con su misión burguesa, desviviéndose por defender al gobierno y limpiar de culpa a los capitalistas, engañando con promesas y más promesas, con consejos que se reducían a esperar, esperar y esperar» (Lenin, Las enseñanzas de la revolución, punto VI).
Desde febrero se da una situación extremadamente peligrosa para las masas obreras: éstas luchan, con los bolcheviques a la vanguardia, por acabar con la guerra, por la solución del problema agrario, por abolir la explotación capitalista, y para ello crean los soviets y confían sin reservas en ellos. Y, sin embargo, esos soviets, que han nacido de sus entrañas, copados por los demagogos mencheviques y social-revolucionarios, niegan las necesidades más sentidas por ellas.
El 27 de marzo el Gobierno provisional trata de desencadenar la ofensiva de los Dardanelos cuyo objetivo es conquistar Constantinopla. El 18 de abril Miliukov, ministro de Exteriores, ratifica en una famosa nota la adhesión de Rusia al bando de la «Entente» (Francia y Gran Bretaña). En mayo, Kerenski emprende una campaña en el frente para elevar la moral de los soldados y hacerles pelear, llegando a decir en el colmo del cinismo que «vosotros llevareis la paz en la punta de vuestras bayonetas». De nuevo en junio y en agosto, los socialdemócratas en estrecha colaboración con los odiados generales zaristas intentarán arrastrar a los obreros y soldados a la carnicería guerrera.
Del mismo modo, esos demagogos de los «derechos humanos» tratan de reestablecer la brutal disciplina militar en el ejército: restauran la pena de muerte, convencen a los Comités de soldados para que «no se metan con los oficiales». Por ejemplo, cuando de forma masiva el soviet de Petrogrado publica el famoso Decreto nº 1 que prohíbe los castigos corporales a los soldados y defiende sus derechos y su dignidad, los social-traidores del Comité Ejecutivo
«... mandaron a la imprenta, a modo de contraveneno, un manifiesto dirigido a los soldados, que, so pretexto de condenar los actos en que los soldados hacían justicia a los oficiales por propia iniciativa, exigía la sumisión al viejo comando» (Trotski, op.cit., tomo I, capítulo «Los gobernantes y la guerra»).
Así, bloquean sistemáticamente los decretos más tímidos sobre la cuestión agraria -por ejemplo, el que prohibía las transferencias de tierras, devuelven las tierras ocupadas espontáneamente por los campesinos a sus antiguos dueños; reprimen a sangre y fuego, enviando expediciones punitivas, las sublevaciones campesinas; restauran la pena de azotes en las aldeas.
Dejan a los patronos sabotear la producción con objeto, por un lado, de matar de hambre a los obreros y, de otra parte, dispersarlos y desmoralizarlos:
«Aprovechando la producción capitalista moderna su estrecha relación con la banca nacional e internacional y con las demás organizaciones del capital unificado (sindicatos patronales, trusts, etc.), los capitalistas comenzaron a aplicar un sistema de sabotaje a amplia escala y cuidadosamente calculado. No repararon en la elección de medios, comenzando con la ausencia administrativa en las fábricas, la desorganización artificial de la vida industrial, el ocultamiento y la fuga de materiales, acabando con la quema y clausura de las empresas desprovistas de recursos» (Ana M. Pankratova, Los consejos de fábrica en la Rusia de 1917, capítulo «El desarrollo de la lucha entre Capital y Trabajo y la Primera Conferencia de Comités de Fábrica»).
«En Jarkov, 30 000 mineros se organizaron y aprobaron el punto del preámbulo de los estatutos de Obreros industriales del mundo que reza “la clase de los obreros y la clase de los patronos no tienen nada en común”. Los cosacos aplastaron la organización, muchos mineros fueron despedidos del trabajo. El ministro de Comercio e Industria, Konovalov, envió a su subsecretario Orlov, concediéndole amplios poderes para que pusiera fin a los disturbios. Los mineros odiaban a Orlov, pero el CEC –Comité ejecutivo central, copado por los social traidores– no sólo aprobó su nombramiento, sino que se negó a retirar las tropas cosacas de la cuenca del Donetz» (J. Reed, Diez días que estremecieron al mundo, capítulo III).
Tratan de liquidar los soviets desde dentro: incumplen sus acuerdos, posponen las reuniones plenarias dejándolo todo a la conspiración del «petit comité», buscan dividir y enfrentar a las masas explotadas:
«Ya desde abril los mencheviques y los social-revolucionarios apelaban a las provincias contra Petrogrado, a los soldados contra los obreros, a la caballería contra los regimientos de ametralladoras. En los soviets daban una representación más privilegiada a los regimientos que a las fábricas; protegían a los establecimientos pequeños y dispersos contra las empresas metalúrgicas gigantescas. Representantes como eran del pasado, buscaban un punto de apoyo en el retraso, en todos sus aspectos. Al perder el terreno, lanzaban a la retaguardia contra la vanguardia» (Trotski, op.cit., tomo II, capítulo «Las jornadas de Julio»).
Igualmente, tratan de que los soviets entreguen el poder a los organismos «democráticos»: los zemstva -organismos locales de origen zarista-, la conferencia «democrática» de Moscú de agosto, auténtico nido de víboras donde se reúnen fuerzas tan «representativas» como nobles, militares, antiguos centurias negras, kadetes, etc., que bendicen el golpe militar de Kornilov. Igualmente, en septiembre hacen otra intentona para relegar a los soviets: la convocatoria de la Conferencia pre-democrática en la cual los delegados de la burguesía y la nobleza tienen, por expreso deseo de los social-traidores, 683 representantes frente a sólo 230 delegados de los soviets. Kerenski llega a prometer al embajador americano que «haremos que los soviets mueran de muerte natural. El centro de gravedad de la vida política se irá trasladando progresivamente de los soviets a los nuevos órganos democráticos de representación autónoma».
Los soviets que piden la toma del poder los aplastan «democráticamente» por la fuerza de las armas:
«Los bolcheviques, que habían conquistado la mayoría del Soviet de Kaluga, lograron la excarcelación de los presos políticos. La duma municipal, con la sanción del comisario del gobierno, llamó tropas de Minsk que cañoneraron con artillería el soviet. Los bolcheviques capitularon, pero en el momento en que salían del edificio, los cosacos se arrojaron sobre ellos, gritando: ¡Aquí tenéis lo que les va a pasar a todos los soviets bolcheviques!» (J. Reed, idem)!
Los obreros veían cómo sus órganos de clase eran confiscados, desnaturalizados y encadenados a una política que iba en contra de sus intereses. Esto que, como vimos en la primera parte de este artículo, se planteó en las crisis políticas de abril, junio y, sobre todo, julio, los llevó a la acción decisiva: renovar los soviets para orientarlos hacia la toma del poder.
Los soviets eran –como decía Lenin– «órganos, donde la fuente del poder está en la iniciativa directa de las masas populares desde abajo» (La dualidad del poder). Ello permitió a las masas cambiarlos con mucha rapidez desde el momento en que se convencieron de que no respondían a sus intereses. Desde mediados de agosto, la vida de los soviets se acelera a un ritmo vertiginoso. Las reuniones se suceden día y noche casi sin interrupción. Obreros y soldados discuten concienzudamente, toman resoluciones, votan varias veces al día. En este clima de intensa autoactividad de las masas, numerosos soviets (Helsinfords, Ural, Krondstadt, Reval, la flota del Báltico, etc.) eligen mayorías revolucionarias formadas por delegados bolcheviques, mencheviques internacionalistas, maximalistas, social-revolucionarios de izquierda, anarquistas, etc.
El 31 de agosto, el Soviet de Petrogrado aprueba una moción bolchevique. Sus dirigentes –mencheviques y social revolucionarios– se niegan a aplicarla y dimiten. El 9 de septiembre el soviet elige una mayoría bolchevique, seguido después por Moscú y, a continuación, por el resto del país. Las masas eligen los soviets que necesitan y se preparan así para tomar el poder y ejercerlo.
En esta lucha de las masas por tomar el control de sus organizaciones contra el sabotaje burgués, los bolcheviques jugaron un papel decisivo.
Los bolcheviques tomaron como centro de su actividad el desarrollo de los soviets:
«La Conferencia decide desplegar una actividad múltiple dentro de los soviets de diputados obreros y soldados, aumentar su número, consolidar sus fuerzas y aglutinar en su seno a los grupos proletarios internacionalistas de nuestro partido» (Actas de la Segunda Conferencia bolchevique de toda Rusia, abril 1917).
Esta actividad tenía como eje el desarrollo de la conciencia de clase:
«es precisa una paciente labor de esclarecimiento de la conciencia de clase del proletariado y de cohesión de los proletarios de la ciudad y el campo» (idem).
Por una parte, confiaban en la capacidad de crítica y análisis de las masas:
«... mientras la agitación de los mencheviques y social-revolucionarios tenía un carácter disperso, contradictorio y casi siempre evasivo, la de los bolcheviques se distinguía por su carácter reflexivo y concentrado. Aquellos se sacudían las dificultades hablando a diestro y siniestro, estos acudían a su encuentro. El análisis constante de la situación, la comprobación de las consignas en los hechos, la actitud seria frente al adversario, aunque este fuera poco serio, daban a la agitación bolchevique una eficacia extraordinaria y una gran fuerza de persuasión» (Trotski, op.cit., tomo II, capítulo «Los bolcheviques y los soviets»).
Por otra, en su capacidad de unión y autoorganización:
«no creáis en las palabras. No os dejéis arrastrar por las promesas. No exageréis vuestras fuerzas. Organizaos en cada fábrica, en cada regimiento y en cada compañía, en cada barriada. Realizad un trabajo perseverante de organización cada día, cada hora; trabajad vosotros mismos, ya que esta labor no puede confiarse a nadie» (Lenin, Introducción a la Conferencia de Abril, 1917).
Los bolcheviques no pretendían someter a las masas a un «plan de acción» preconcebido, llevándolas como el estado mayor lleva a los soldados, reconocían que la revolución es la obra de la acción directa de las masas y dentro de esa acción directa desempeñaron su misión política:
«La fuerza principal de Lenin estaba en comprender la lógica interna del movimiento y reglaba su política de acuerdo a ella. No imponía su plan a las masas. Ayudaba a éstas a concebir y realizar sus propios planes» (Trotski, op.cit., tomo I, capítulo «El rearme del partido»).
El partido no desarrolla su papel de vanguardia diciéndole a la clase: «he aquí la verdad, arrodíllate», al contrario, está atravesado por las inquietudes y preocupaciones que recorren la clase y cómo esta, aunque no de la misma manera, está expuesto a la influencia destructiva de la ideología burguesa. Su papel de motor en el desarrollo de la conciencia de clase lo cumple mediante una serie de debates políticos donde va superando los errores e insuficiencias de sus posiciones anteriores y pelea a muerte por erradicar las desviaciones oportunistas que pueden golpearlo.
Así, a principios de marzo un importante sector de los bolcheviques planteó que había que unirse a los partidos socialistas (mencheviques y social-revolucionarios). Agitaban un argumento aparentemente infalible y que en esos primeros momentos de alegría general e inexperiencia de las masas, tenía mucho impacto: ¿en vez de andar cada uno por su lado por qué no unirnos todos los socialistas?, ¿por qué confundir a los obreros con 2 o 3 partidos distintos reclamándose todos del proletariado y el socialismo?
Esto suponía una grave amenaza para la revolución: el partido que desde 1902 había luchado contra el oportunismo y el reformismo, que desde 1914 había sido el más consecuente y decidido en oponer la revolución internacional contra la Primera Guerra mundial, corría peligro de diluirse en las aguas turbias de los partidos «socialtraidores». ¿Cómo iba el proletariado a superar en su seno las confusiones e ilusiones que padecía?, ¿cómo iba a combatir las maniobras y trampas del enemigo?, ¿cómo iba a mantener permanentemente el norte de su combate frente a los momentos de vacilación o derrota? Lenin y la base del Partido lucharon victoriosamente contra esa falsa unidad que en realidad significaba unirse tras la burguesía.
El partido bolchevique era al principio muy minoritario. Muchos obreros tenían ilusiones en el Gobierno provisional y lo veían como una emanación de los soviets, cuando en realidad era su peor enemigo. Los órganos dirigentes de los bolcheviques en Rusia adoptaron en marzo-abril una actitud conciliadora con el gobierno provisional, llegando a caer en un apoyo abierto a la guerra imperialista.
Contra ese desvarío oportunista se levantó un movimiento de la base del partido (Comité de Vyborg) que encontró en Lenin y sus Tesis de Abril la más clara expresión. Para Lenin el fondo del problema estaba en que:
«... no podemos dar ningún apoyo al Gobierno provisional. Hemos de explicar la completa falsedad de todas sus promesas. Hemos de desenmascarar a este gobierno que es un gobierno de capitalistas, en vez de propugnar la inadmisible e ilusoria “exigencia” de que deje de ser imperialista» («Las tareas del proletariado en la presente revolución», tesis 3).
Igualmente, Lenin denunciaba el arma fundamental de los mencheviques y social-revolucionarios contra los soviets:
«El “error” de los jefes mencionados reside en que embotan la conciencia de los obreros en vez de abrirles los ojos, en que les inculcan ilusiones pequeñoburguesas en vez de destruírselas, en que refuerzan la influencia de la burguesía sobre las masas en vez de emancipar a éstas de esa influencia» (Lenin, La dualidad de poderes).
Contra los que veían esta denuncia «poco práctica» Lenin arguye que:
«... en realidad es la labor revolucionaria más práctica, pues es imposible impulsar una revolución que se ha estancado, que se ahoga entre frases y se dedica a marcar el paso sin moverse del sitio... por la inconciencia confiada de las masas. Sólo luchando contra esa inconciencia confiada (lucha que puede y debe librarse únicamente con las armas ideológicas, por la persuasión amistosa, invocando la experiencia de la vida) podremos desembarazarnos del desenfreno de frases revolucionarias imperante e impulsar de verdad tanto la conciencia del proletariado como la conciencia de las masas, la iniciativa local, audaz y resuelta de las mismas» (Lenin, «Las tareas del proletariado en la presente revolución», tesis 7).
Defender la experiencia histórica del proletariado, mantener vivas sus posiciones de clase, exige quedarse en minoría en muchas ocasiones dentro de los obreros. Esto es así porque:
«... las masas vacilan entre la confianza en sus antiguos señores, los capitalistas, y la cólera contra ellos; entre la confianza en la clase nueva, que abre el camino de un porvenir luminoso para todos los trabajadores y la conciencia, todavía no clara, de su papel histórico-mundial» (Lenin, «Las enseñanzas de la crisis», abril 1917).
Para ayudar a superar esas vacilaciones:
«... lo importante no es el número, sino que se expresen de modo exacto las ideas y la política del proletariado verdaderamente revolucionario» (op.cit., tesis 17).
Como todo partido auténtico del proletariado, el Partido bolchevique era parte integrante del movimiento de la clase. Sus militantes eran los más activos en las luchas, en los soviets, en los consejos de fábrica, en los mítines y reuniones. Las jornadas de julio pusieron en evidencia ese compromiso inquebrantable del Partido con la clase.
Como vimos en el primer capítulo, la situación a finales de junio se hacía insostenible por el hambre, la guerra, el caos, el sabotaje de los soviets, la política de encubrir a la burguesía y no hacer nada del Comité ejecutivo central en manos de los social-traidores. Los obreros y los soldados, sobre todo los de la capital, empezaban a sospechar abiertamente de los social-traidores. Cada vez la impaciencia, la desesperación, la rabia eran más fuertes en las filas obreras, impulsándolas a tomar ya el poder mediante una acción de envergadura. Sin embargo, las condiciones no estaban todavía reunidas:
– los obreros y soldados de las provincias no estaban al mismo nivel político que sus hermanos de Petrogrado;
– los campesinos confiaban todavía en el Gobierno provisional;
– en los propios obreros de Petrogrado la idea que reinaba no era realmente tomar el poder sino hacer un acto de fuerza para obligar a los dirigentes «socialistas» a «tomar de verdad el poder», o sea, pedir a la quinta columna de la burguesía que tome el poder en nombre de los obreros.
En tal situación lanzarse al enfrentamiento decisivo con la burguesía y sus secuaces era embarcarse en una aventura que podía comprometer definitivamente el destino de la Revolución. Era un choque prematuro que podía saldarse con una derrota definitiva.
El Partido bolchevique desaconseja la acción, pero al ver que las masas no le hacen caso y siguen adelante, no se retira y dice «allá os apañéis». El Partido participa en la acción tratando de que no se convierta en una aventura desastrosa y en que los obreros saquen de ella el máximo de lecciones para preparar la insurrección definitiva. Lucha con todas sus fuerzas para que sea el propio Soviet de Petrogrado, mediante una discusión seria y dándose los dirigentes adecuados, quien se ponga de acuerdo con la orientación política que reina en las masas.
Sin embargo, el movimiento fracasa y sufre una derrota. La burguesía y sus acólitos mencheviques y social-revolucionarios lanzan una violenta represión contra los obreros y, sobre todo, contra los bolcheviques. Estos pagaron un duro precio: detenciones, ajusticiamientos, destierro... Pero ese sacrificio ayudó decisivamente a la clase a limitar los efectos de la derrota sufrida y a plantear de manera más consciente y organizada, en mejores condiciones, la insurrección.
Este compromiso del partido con la clase permite, a partir de agosto, una vez pasados los peores momentos de reacción burguesa, la plena sintonía partido-clase imprescindible para el triunfo de la revolución:
«En los días de la Revolución de febrero se puso de manifiesto toda la labor realizada anteriormente por los bolcheviques, durante muchos años, y hallaron su sitio en la lucha los obreros avanzados educados por el partido; pero no hubo una dirección por parte de éste. En los acontecimientos de abril, las consignas del partido pusieron de manifiesto su fuerza dinámica, pero el movimiento se desarrolló de forma espontánea. En junio se exteriorizó la inmensa influencia del partido, pero las masas obreras entraban en acción todavía dentro del marco de una manifestación organizada oficialmente por los adversarios. Hasta julio, el Partido bolchevique, impulsado por la fuerza de la presión de las masas, no se lanza a la calle contra todos los demás partidos y define el carácter fundamental del movimiento, no sólo con sus consignas, sino también con su dirección organizada. La importancia de una vanguardia compacta aparece por primera vez con toda su fuerza durante las Jornadas de julio, cuando el partido evita, a un precio muy elevado, la derrota del proletariado y garantiza el porvenir de la revolución» (Trotski, op.cit., tomo II, capítulo ¿Podían los bolcheviques tomar el poder en julio?).
La situación de doble poder que domina todo el período que va desde febrero a octubre es una situación inestable y peligrosa. Su prolongación excesiva sin que ninguna de las dos clases acabe imponiéndose es sobre todo dañina para el proletariado: sí la incapacidad y el caos que caracterizan en esos momentos a la clase gobernante acentúan su desprestigio, al mismo tiempo, provocan el cansancio y desorientación de las masas obreras, las desangran en combates estériles y empieza a enajenar las simpatías de las clases intermedias hacia el proletariado. Por ello éste necesita decantar, decidir, la situación, tomando el poder mediante la insurrección.
«O la revolución avanza a un ritmo rápido, tempestuoso y decidido, derriba todos los obstáculos con mano de hierro y se da objetivos cada vez más avanzados, o pronto retrocede de su débil punto de partida y resulta liquidada por la contrarrevolución» (Rosa Luxemburgo, La Revolución rusa, cap. I).
La insurrección es un arte. Necesita hacerse en el momento preciso de la evolución de la situación revolucionaria, ni prematuramente con lo cual fracasaría; ni demasiado tarde, con lo cual, una vez pasada la oportunidad, el movimiento revolucionario se iría desintegrando víctima de la contrarrevolución.
A principios de septiembre la burguesía, a través de Kornilov, intenta un golpe de Estado que constituye la señal de la ofensiva final de la burguesía para derribar a los soviets y restablecer plenamente su poder.
El proletariado, con el concurso masivo de los soldados, hizo fracasar la intentona y, con ello se aceleró la descomposición del Ejército: los soldados de numerosos regimientos se pronunciaban a favor de la Revolución, expulsando a los oficiales y organizándose el consejo de soldados.
Como hemos visto antes, la renovación de los soviets desde mediados de agosto estaba decantando claramente la relación de fuerzas en favor del proletariado. La derrota del golpe de Kornilov aceleró el proceso.
Desde mediados de septiembre una marea de resoluciones reclamando la toma del poder (Krondstadt, Ekaterinoslav, etc.) surge de los soviets locales o regionales: el Congreso de soviets de la región norte, celebrado el 11-13 de octubre, llama abiertamente a la insurrección. En Minsk, el Congreso regional de soviets decide apoyar la insurrección y enviar tropas de soldados favorables a la revolución. El 12 de octubre,
«... los obreros de una de las fábricas más revolucionarias de la capital (Stari Parviainen), reunidos en asamblea general, acuerdan: “declaramos firmemente que nos echaremos a la calle cuando lo juzguemos necesario. No nos asusta la lucha que se aproxima y estamos firmemente convencidos que saldremos de ella victoriosos» (Trotski, Historia de la Revolución rusa, tomo II, cap. El comité militar revolucionario).
El 17 de octubre, el Soviet de soldados de Petrogrado decide:
«La guarnición de Petrogrado deja de reconocer al Gobierno provisional. Nuestro gobierno es el Soviet de Petrogrado. Acataremos solamente las órdenes del Soviet de Petrogrado dadas por su Comité militar revolucionario» (J. Reed, Diez días que estremecieron al mundo).
El Soviet distrital de Vyborg decide una marcha para apoyar dicha Resolución, a la que se unen los marinos. Un diario liberal de Moscú –citado por Trotski- describe así el ambiente en la capital:
«en los barrios, en las fábricas de Petrogrado, Nevski, Obujov y Putilov, la agitación bolchevique por el levantamiento alcanza su mayor intensidad. El estado de ánimo de los obreros es tal que están dispuestos a ponerse en marcha en cualquier momento».
La aceleración de las insurrecciones campesinas en septiembre constituye otro elemento de la maduración de las condiciones necesarias para la insurrección:
«Teniendo la mayoría de los Soviets de las dos capitales, permitir el aplastamiento de la insurrección campesina significaría perder, y perder merecidamente, toda la confianza de los campesinos, significaría equipararse ante sus ojos a los Liberdan y demás miserables» (Lenin, La crisis ha madurado, parte VI).
Pero es a nivel mundial donde está el factor clave de la Revolución. Esto lo pone en claro Lenin en una Carta a los camaradas bolcheviques del Congreso de soviets de la región norte (8 de octubre del 17):
«Nuestra revolución vive momentos críticos en extremo. Esta crisis ha coincidido con la gran crisis de crecimiento de la revolución socialista mundial y de la lucha del imperialismo mundial contra ella. Sobre los dirigentes responsables de nuestro partido recae una gigantesca tarea, cuyo incumplimiento amenaza la bancarrota completa del movimiento proletario internacionalista. El momento es tal que la demora equivale verdaderamente a la muerte».
En otra carta (el 1º de octubre del 17) precisa:
«Los bolcheviques no tienen derecho a esperar al Congreso de los soviets, deben tomar el poder inmediatamente. Con ello salvarán tanto la revolución mundial (pues, de otro modo, existe el peligro de una confabulación de los imperialistas de todos los países, que después de los ametrallamientos en Alemania serán complacientes unos con otros y se unirán contra nosotros) como la revolución rusa (pues, de otro modo, la ola presente de anarquía puede ser más fuerte que nosotros)».
Esta conciencia de la responsabilidad internacional del proletariado ruso no era algo que únicamente entendían Lenin y los bolcheviques. Al contrario, muchos sectores obreros participaban de ella:
– el 1o de Mayo de 1917, «en todos los ámbitos de Rusia los prisioneros de guerra tomaban parte en las manifestaciones al lado de los soldados, bajo banderas comunes y a veces entonando el mismo himno en varios idiomas... Cuando el ministro kadete Schingarev defendió el decreto de Guchkov contra la “excesiva indulgencia” hacia los prisioneros alemanes, se vio rechazado por los soldados que adoptaron una resolución reforzando un mejor trato hacia los prisioneros» (Trotski, op. cit., tomo I, capítulo «Los gobernantes y la guerra»).
– «Habló un soldado del frente rumano, un hombre flaco, de expresión trágica y ardiente. “Camaradas –gritó– en el frente sufrimos hambre y nos helamos. Morimos por nada. Que los camaradas norteamericanos transmitan a América que nosotros nos batiremos hasta morir por nuestra revolución. ¡Resistiremos con todas nuestras fuerzas hasta que se alcen en nuestra ayuda todos los pueblos del mundo! ¡Digan a los obreros norteamericanos que se levanten y luchen por la Revolución social!» (J. Reed, op.cit., capítulo II).
El Gobierno Kerenski intentó desplazar los regimientos de soldados más revolucionarios de Petrogrado, Moscú, Vladimir, Reval etc., hacia el frente o a regiones perdidas como medio de descabezar la lucha. En combinación con esta medida, la prensa liberal y menchevique inició una furiosa campaña de calumnias contra los soldados acusándoles de «cómodos», de «no exponer su vida por la patria», etc. Los obreros de la capital respondieron inmediatamente, y numerosas asambleas de fábrica apoyaban a los soldados, pedían todo el poder para los soviets y tomaban acuerdos para armar a los obreros.
En este marco, el Soviet de Petrogrado decide en una reunión el 9 de octubre crear un Comité militar revolucionario con el propósito inicial de controlar al gobierno, aunque pronto se transformará en centro organizador de la insurrección. En él se agrupan representantes del Soviet de Petrogrado, el Soviet de Marinos, el soviet de la Región de Finlandia, el Sindicato Ferroviario, el Congreso de Consejos de fábrica y la Guardia Roja.
Esta última era un cuerpo obrero que:
«... se formó por primera vez durante la Revolución de 1905 y volvió a renacer en los días de marzo de 1917, cuando se necesitaba una fuerza para mantener el orden en la ciudad. En esta época los Guardias Rojos estaban armados y todos los esfuerzos del gobierno provisional para desarmarlos resultaron estériles. A cada crisis que se producía en el curso de la revolución, los destacamentos de la Guardia Roja aparecían en las calles, no adiestrados ni organizados militarmente, pero llenos de entusiasmo revolucionario» (J. Reed, op.cit., cap. «Notas y aclaraciones»).
Apoyado en este reagrupamiento de fuerzas de clase, el Comité militar revolucionario (en adelante lo llamaremos CMR) convocó una Conferencia de Comités de regimiento que el 18 de octubre discutió abiertamente la cuestión de la insurrección, pronunciándose la mayoría por ella excepto 2 que estaban en contra y otros dos que se declararon neutrales (hubo otros 5 regimientos más que no acudieron a la Conferencia). Del mismo modo, tomó una Resolución a favor del armamento de los obreros.
Esta Resolución ya se estaba aplicando en la práctica, los obreros en masa acudían a los arsenales del Estado y reclamaban la entrega de armas. Cuando el Gobierno prohibió tales entregas, los obreros y empleados del Arsenal de la fortaleza Pedro y Pablo (baluarte reaccionario) decidieron ponerse a disposición del CMR y en contacto con otros arsenales organizaron la entrega de armas a los obreros.
El 21 de octubre, la Conferencia de Comités de regimiento acordó la siguiente Resolución:
«1º La guarnición de Petrogrado y región promete al CMR sostenerlo enteramente en toda su acción; 2º La guarnición se dirige a los cosacos: os invitamos a las reuniones de mañana, ¡sed, bienvenidos hermanos cosacos!; 3º El Congreso panruso de los soviets debe tomar todo el poder. La guarnición promete poner todas sus fuerzas a disposición del Congreso. Contad con nosotros, representantes auténticos del poder de los soldados, obreros y campesinos. Estamos en nuestros puestos, resueltos a vencer o morir» (citado por Trotski).
Podemos ver aquí los rasgos característicos de la insurrección obrera: iniciativa creadora de las masas, organización sencilla y admirable, discusiones y debates que dan lugar a Resoluciones que sintetizan la conciencia que van adquiriendo las masas, recurso a la convicción y la persuasión –el llamamiento a los Cosacos para que abandonaran el bando gubernamental o el mitin apasionado y dramático de los soldados de la fortaleza Pedro y Pablo celebrado el 23 de octubre y que decidió no obedecer más que al CMR. Todo ello son los rasgos característicos de un movimiento de emancipación de la humanidad, de protagonismo directo, apasionado, creador, de las masas de explotados.
La jornada del 22 de octubre convocada por el Soviet de Petrogrado selló definitivamente la insurrección: se reunieron mítines y asambleas en todos los barrios, en todas las fábricas, que acordaron masivamente: «Abajo Kerenski», «todo el poder para los soviets». Fue un acto gigantesco donde obreros, empleados, soldados, muchos cosacos, mujeres, niños, soldaron abiertamente su compromiso con la insurrección.
No es posible en el marco de este artículo contar todos sus pormenores (remitimos al libro ya mencionado de Trotski o al de J. Reed). Lo que pretendemos dejar claro es el carácter masivo, abierto, colectivo, de la insurrección.
«La insurrección fue determinada, por decirlo así, para una fecha fija: el 25 de octubre. Y no fue fijada en una sesión secreta, sino abierta y públicamente, y la revolución triunfante se hizo precisamente el 25 de octubre (6 de noviembre), como había sido establecido de antemano. La historia universal conoce un gran número de revueltas y revoluciones: pero buscaríamos en ella otra insurrección de una clase oprimida que hubiera sido fijada anticipada y públicamente para una fecha señalada, y que hubiera sido realizada victoriosamente en el día indicado de antemano. En este sentido y en varios otros, la Revolución de noviembre es única e incomparable» (Trotski, La Revolución de noviembre, 1919).
Los bolcheviques plantearon claramente desde septiembre la cuestión de la insurrección en las asambleas de obreros y soldados, ocuparon los puestos más combativos y decididos dentro del CMR, la Guardia roja; se desplazaron a los cuarteles donde había más dudas o que estaban por el Gobierno provisional, a convencer a los soldados, el discurso de Trotski fue crucial para convencer a los soldados de la fortaleza de Pedro y Pablo; denunciaron sin tregua las maniobras, las dilaciones, las trampas de los mencheviques; lucharon para que el IIº Congreso de los soviets se convocara frente al sabotaje de los socialtraidores.
Sin embargo, no fueron los bolcheviques sino todo el proletariado de Petrogrado quien decidió y ejecutó la insurrección. Los mencheviques y socialrevolucionarios intentaron repetidas veces retrasar sine die la celebración del IIº Congreso de los soviets. Fue por la presión de las masas, la insistencia de los bolcheviques, el envío de miles de telegramas de los soviets locales reclamando su convocatoria, lo que, finalmente, obligó al CEC –guarida de los socialtraidores– a convocarlo para el 25.
«Después de la revolución del 25 de octubre, los mencheviques, y ante todo Martov, hablaron mucho acerca de la usurpación del poder a espaldas del soviet y de la clase obrera. Es difícil imaginarse una deformación más desvergonzada de los hechos. Cuando en la sesión de los soviets decidimos por mayoría la convocatoria del IIº Congreso para el 25 de octubre, los mencheviques decían: “vosotros decidís la revolución”. Cuando, con la mayoría abrumadora del Soviet de Petrogrado nos hemos negado a dejar partir a los regimientos de la capital, los mencheviques decían: “Esto es el principio de la insurrección”. Cuando en el Soviet de Petrogrado hemos creado el CMR, los mencheviques hicieron constar: “este es el organismo de la insurrección armada”. Pero cuando el día decisivo estalló la insurrección prevista por medio de este organismo, creado y “descubierto” anticipadamente, los mismos mencheviques gritaron: una maquinación de conspiradores ha provocado una revolución a espaldas de la clase» (Trotski, op. cit.).
El proletariado se dio los medios de fuerza –armamento general de los obreros, formación del CMR, insurrección– para que el Congreso de los soviets pudiera tomar efectivamente el poder. Si el Congreso de los soviets hubiera decidido «tomar el poder» sin esa preparación previa tal decisión hubiera sido una gesticulación vacía fácilmente desarticulable por los enemigos de la Revolución. No se puede ver el Congreso de los soviets como un acto aislado, formal, sino dentro de toda la dinámica general de la clase y, concretamente, dentro de un proceso, donde a escala mundial se desarrollaban las condiciones de la revolución y dentro de Rusia infinidad de soviets locales llamaban a la toma del poder o lo tomaban efectivamente: simultáneamente con Petrogrado en Moscú, en Tula, en los Urales, en Siberia, en Jarkov, etc., los soviets hacían triunfar la insurrección.
El Congreso de los soviets tomó la decisión definitiva, confirmando la plena validez de la iniciativa del proletariado de Petrogrado:
«Apoyándose en la voluntad de la inmensa mayoría de los obreros, los soldados y los campesinos y en la insurrección victoriosa de los obreros y la guarnición de Petrogrado, el Congreso toma en sus manos el poder... El Congreso acuerda: todo el poder en las localidades pasa a los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, llamados a asegurar un orden verdaderamente revolucionario».
Algunos historiadores a sueldo del capital están llenos de hipócritas alabanzas a la «iniciativa» e incluso la «energía revolucionaria» de los obreros y sus órganos de lucha de masas, los consejos obreros. Están llenos de comprensión por la desesperación de los obreros, soldados y campesinos, ante los sacrificios de la «Gran guerra». Pero sobre todo se presentan como los verdaderos defensores de la «auténtica Revolución rusa», contra su supuesta destrucción que los bolcheviques habrían llevado a cabo. En otras palabras, en el centro del ataque burgués contra la Revolución rusa está la oposición entre «Febrero» y «Octubre» de 1917, oponiendo así el inicio y la conclusión de la lucha por el poder que es la esencia de toda gran revolución.
La hipocresía de los que defienden la Revolucion de Febrero
para atacar la de Octubre
Rememorando el carácter explosivo, espontáneo y masivo de las luchas que comenzaron en febrero de 1917, es decir las huelgas de masas, las millones de personas que tomaron las calles, los estallidos de euforia pública, y el hecho de que el propio Lenin declarara que Rusia en este período era el país más libre de la Tierra, la burguesía opone a esto los acontecimientos de Octubre, donde había poca espontaneidad, donde las acciones se planeaban con antelación, no había huelgas, ni manifestaciones en la calle, ni asambleas de masas durante el alzamiento, cuando se tomó el poder por medio de las acciones de unos pocos miles de hombres armados en la capital, bajo el mando de un Comité militar revolucionario, directamente inspirado por el Partido bolchevique, y entonces concluye: ¿No probaría todo esto que Octubre sólo fue un golpe de los bolcheviques?, ¿un golpe contra la mayoría de la población, contra la clase obrera, contra la historia, contra la misma naturaleza humana? Y todo esto, se nos dice, persiguiendo una loca utopía marxista, que sólo podía sobrevivir a través del terror, que lleva directamente al estalinismo.
Según la clase dominante, la clase obrera en Rusia no quería nada más que lo que le había prometido el régimen de Febrero: una «democracia parlamentaria», dispuesta a «respetar los derechos humanos», y un gobierno que, al mismo tiempo que continuaba la guerra, se declaraba «partidario de una paz rápida y sin anexiones». Dicho de otra forma, la burguesía quiere hacernos creer que el proletariado ruso luchaba ¡por la misma miseria que sufre actualmente el proletariado moderno!. Si el régimen de Febrero no hubiera sido derrocado en octubre, nos vienen a decir, Rusia sería hoy un país tan próspero y poderoso como EEUU, y el desarrollo del capitalismo en el siglo xx hubiera sido pacífico.
Lo que expresa realmente esta hipócrita defensa del carácter espontáneo de los acontecimientos de febrero es el odio y el miedo que los explotadores de todos los países sienten por la revolución de Octubre. La espontaneidad de la huelga de masas, el reagrupamiento de todo el proletariado en las calles y en las asambleas generales, la formación de los consejos obreros en el calor de la lucha, son momentos esenciales en la lucha de liberación de la clase obrera.
«Indudablemente, la espontaneidad del movimiento es un síntoma de su profundidad entre las masas, de la consistencia de sus raíces, de su invencibilidad», como resaltó Lenin ([1]).
Pero en la medida en que la burguesía continúa siendo la clase dominante, en que las fuerzas políticas y armadas del Estado capitalista siguen intactas, todavía es posible que contenga, neutralice y disuelva las armas de su clase enemiga.
Los consejos obreros, esos poderosos instrumentos de la lucha obrera, que surgieron más o menos espontáneamente, no son sin embargo ni los únicos, ni necesariamente las más altas expresiones de la revolución proletaria, si bien es cierto que predominan en las primeras etapas del proceso revolucionario. La burguesía contrarrevolucionaria los infla precisamente para presentar los inicios de la revolución como su culminación, sabiendo bien lo fácil que es aplastar una revolución que se detiene a medio camino. Pero la revolución rusa no se detuvo a mitad de camino. Al ir hasta el final, al completar lo que empezó en febrero, la Revolución rusa confirmó la capacidad de la clase obrera para construir paciente, consciente y colectivamente, no sólo «espontáneamente», sino también de forma deliberada, planificada estratégicamente, los instrumentos que requiere para la toma del poder: su partido de clase marxista y sus consejos obreros, galvanizados en torno a un programa de clase y una voluntad real de gobernar la sociedad, y la estrategia y los instrumentos específicos de la insurrección proletaria.
Esta unidad entre la lucha política de masas y la toma militar del poder, entre lo espontáneo y lo planificado, entre los consejos obreros y el partido de clase, entre las acciones de millones de obreros y las de audaces minorías de la clase avanzadas, es la esencia de la revolución proletaria. Esta unidad es la que intenta disolver hoy la burguesía con sus calumnias contra el bolchevismo y la insurrección de Octubre. La destrucción del Estado capitalista, el derrocamiento del gobierno de clase de la burguesía, el principio de la revolución mundial: estos son los logros gigantescos del Octubre de 1917, el mayor y más consciente, el más atrevido capítulo hasta ahora en toda la historia de la humanidad. Octubre hizo pedazos siglos de servilismo engendrado por la sociedad de clases, demostrando que, por primera vez en la historia, existe una clase que es a la vez clase explotada y revolucionaria. Una clase capaz de gobernar la sociedad aboliendo el gobierno de las clases, capaz de liberar a la humanidad de su «prehistoria» de sumisión a fuerzas sociales ciegas. Esa es la verdadera razón por la que la clase dominante hasta ahora, y ahora más que nunca, vierte la inmundicia de sus mentiras y calumnias sobre Octubre rojo, el acontecimiento «más odiado» de la historia moderna, pero que es, de hecho, el orgullo de la conciencia de clase del proletariado. Pretendemos demostrar que la insurrección de Octubre, que los voceros y escribas del capital llaman un «golpe», fue el punto culminante, no sólo de la Revolución rusa, sino de toda la lucha de nuestra clase hasta la fecha. Como escribió Lenin en 1917:
«El hecho de que la burguesía nos odie con tanto furor es uno de los signos más evidentes de que indicamos con acierto al pueblo el camino y los medios para derrocar el dominio de la burguesía» ([2]).
“La crisis ha madurado”
El 10 de octubre de 1917, Lenin, el hombre más buscado del país, acosado por la policía por todas partes de Rusia, acudió a la reunión del Comité central del Partido bolchevique en Petrogrado, disfrazado con peluca y gafas, y redactó la siguiente resolución en una página de un cuaderno escolar:
“El CC reconoce que tanto la situación internacional de la Revolución rusa (insurrección en la flota alemana como manifestación extrema de la marcha ascendente en toda Europa de la revolución socialista mundial, luego, la amenaza del campo imperialista de estrangular la revolución en Rusia), como la situación militar (decisión indudable de la burguesía rusa y de Kerenski y compañía de entregar Petrogrado a los alemanes) y la conquista por el partido proletario de la mayoría dentro de los soviets; unido todo ello a la insurrección campesina y al viraje de la confianza del pueblo hacia nuestro Partido (elecciones de Moscú), y, finalmente, la preparación manifiesta de una segunda korniloviada (evacuación de tropas de Petrogrado, envío de cosacos hacia Petrogrado, cerco de Minsk por los cosacos, etc.), ponen al orden del día la insurrección armada.
“Reconociendo, pues, que la insurrección armada es inevitable y se halla plenamente madura, el CC insta a todas las organizaciones del Partido a guiarse por esto y a examinar y resolver desde este punto de vista todos los problemas prácticos (Congreso de los Soviets de la región del Norte, evacuación de tropas de Petrogrado, acciones en Moscú y Minsk, etc.)» ([3]).
Exactamente cuatro meses antes, el Partido bolchevique había refrenado deliberadamente el ímpetu combativo de los obreros de Petrogrado, a quienes las clases dominantes impulsaban a un enfrentamiento aislado y prematuro con el Estado. Una situación así, hubiera llevado sin la menor duda a la decapitación del proletariado ruso en la capital y a que su partido de clase quedara diezmado (ver en el número anterior de la Revista internacional nº 90 el artículo sobre las «Jornadas de julio»). El partido, superando sus propias dudas internas, se aprestaba firmemente a
«... movilizar todas sus fuerzas para imprimir en los obreros y los soldados la necesidad incondicional de una última lucha desesperada y resuelta para derrocar el gobierno de Kerenski»,
como ya lo formuló Lenin en su famoso artículo: «La crisis ha madurado».
El 29 de septiembre declaraba:
«La crisis ha madurado. Está en juego todo el porvenir de la Revolución rusa. Está en entredicho todo el honor del Partido bolchevique. Está en juego todo el porvenir de la revolución obrera internacional por el socialismo».
La explicación de la actitud completamente diferente del Partido en octubre, opuesta a la de julio, está contenida en la resolución mencionada antes con una brillante claridad y audacia marxista. El punto de partida, como siempre para el marxismo, es el análisis de la situación internacional, la evaluación de la relación de fuerzas entre las clases y las necesidades del proletariado mundial. A diferencia de la situación en julio de 1917, la resolución hace notar que el proletariado ruso ya no está solo; que la revolución mundial ha empezado en los países centrales del capitalismo.
«Echen un vistazo a la situación internacional. El crecimiento de la revolución mundial es indiscutible. La explosión de indignación de los obreros checos ha sido sofocada con increíble ferocidad, indicadora del extremado temor del gobierno. En Italia las cosas han llegado también a un estallido masivo en Turín. Pero lo más importante es la sublevación de la flota alemana» ([4]).
Es responsabilidad de la clase obrera en Rusia, no sólo aprovechar la oportunidad para romper su aislamiento internacional, impuesto hasta entonces por la guerra mundial, sino sobre todo prender las llamas de la insurrección en Europa occidental, comenzando la revolución mundial. Contra la minoría de su propio Partido que todavía se hacía eco de la argumentación menchevique pseudomarxista, contrarrevolucionaria, de que la revolución debería comenzar en un país más avanzado, Lenin mostró que en realidad las condiciones en Alemania eran mucho más difíciles que en Rusia y que el verdadero significado histórico de la revolución en Rusia era ayudar a desarrollarse la revolución en Alemania.
«Los alemanes, en condiciones diabólicamente difíciles, con un sólo Liebknecht (y, además, en presidio); sin periódicos, sin libertad de reunión, sin soviets; con una hostilidad increible de todas las clases de la población, incluido el último campesino acomodado, a la idea del internacionalismo; con una formidable organización de la burguesía imperialista grande, media y pequeña; los alemanes, es decir, los revolucionarios internacionalistas alemanes, los obreros con chaquetones de marinos, han organizado una sublevación en la flota con un uno por ciento de probabilidades de éxito.
«Nosotros, en cambio, con decenas de periódicos, con libertad de reunión, con la mayoría en los soviets; nosotros, los internacionalistas proletarios colocados en las mejores condiciones de todo el mundo, nos negaríamos a apoyar con nuestra insurrección a los revolucionarios alemanes. Razonaríamos como los Scheidemann y los Renaudel: lo más sensato es no insurreccionarse, pues si nos ametrallan, ¡¡Qué excelentes, qué juiciosos, qué ideales internacionalistas perderá el mundo!! Demostremos nuestra sensatez. Aprobemos una resolución de simpatía con los insurgentes alemanes y rechacemos la insurrección en Rusia. Eso será internacionalismo auténtico, sensato» ([5]).
Esta posición y este método internacionalista, exactamente lo opuesto a la posición burguesa-nacionalista que desarrolló el estalinismo durante la contrarrevolución, no era exclusiva del Partido bolchevique en esa época, sino la propiedad común de los obreros avanzados de Rusia con su educación política marxista. Así, a comienzos de octubre, los marinos revolucionarios de la flota del Báltico proclamaron a través de las estaciones de radio de sus barcos a los confines de la tierra el siguiente llamamiento:
«En este momento en que las olas del Báltico están manchadas de sangre de nuestros hermanos, alzamos nuestra voz: ... ¡Pueblos oprimidos de todo el mundo! ¡Izad la bandera de la revuelta!».
Pero la valoración de las fuerzas de clases a nivel mundial que hacían los bolcheviques no se limitaba a examinar el estado del proletariado internacional, sino que expresaba una clara comprensión de la situación global del enemigo de clase. Basándose siempre en un enraizado y profundo conocimiento de la historia del movimiento obrero, los bolcheviques sabían, por el ejemplo de la Comuna de París de 1871, que la burguesía imperialista, incluso en plena guerra mundial, unificaría sus fuerzas contra la revolución.
«¿No demuestra la completa inactividad de la marina inglesa en general, así como de los submarinos ingleses durante la toma de Osel por los alemanes, en relación con el plan del Gobierno de trasladarse de Petrogrado a Moscú, que se ha fraguado un complot entre los imperialistas rusos e ingleses, entre Kerenski y los capitalistas anglo-franceses, para entregar Petrogrado a los alemanes y, de esta forma, estrangular la revolución rusa?”, se pregunta Lenin, y añade, «La resolución de la Sección de soldados del Soviet de Petrogrado contra la evacuación del Gobierno de Petrogrado muestra que también entre los soldados madura el convencimiento del complot de Kerenski» ([6]).
En agosto, bajo Kerenski y Kornilov, la Riga revolucionaria fue entregada a los pies del káiser Guillermo II. Los primeros rumores de una paz por separado entre Gran Bretaña y Alemania contra la Revolución rusa alarmaron a Lenin. El objetivo de los bolcheviques no era la «paz», sino la revolución, puesto que sabían, como verdaderos marxistas, que el «alto el fuego» capitalista sólo podía ser un intermedio entre dos guerras mundiales. Era esta visión comunista de la espiral inevitable de barbarie que el capitalismo decadente en quiebra histórica, reservaba a la humanidad lo que impulsaba ahora al bolchevismo a una carrera contrarreloj para parar la guerra por medios revolucionarios proletarios. Al mismo tiempo, los capitalistas comenzaban a sabotear la producción en todas partes para desprestigiar la revolución. Estos hechos, sin embargo, a fin de cuentas contribuyeron ante los obreros a destruir el mito burgués patriota de la «defensa nacional», según el cual, la burguesía y el proletariado de la misma nación, tienen un interés común en repeler al «agresor» extranjero. Esto explica también por qué, en octubre, la preocupación de los obreros ya no era desencadenar la huelga de masas, sino mantener la producción en marcha contra la tentativa de ataque de la burguesía a sus propias fábricas.
Entre los factores que fueron decisivos para llevar a la clase obrera a la insurrección está el hecho de que la revolución estaba amenazada por nuevos ataques contrarrevolucionarios, y que los obreros, sobre todo los principales soviets, apoyaban ahora a los bolcheviques. Esos dos factores eran el fruto directo de la confrontación de masas más importante entre julio y octubre de 1917: el golpe de Kornilov en agosto. Bajo la dirección de los bolcheviques, el proletariado paró la marcha de Kornilov a la capital, esencialmente ganándose a sus tropas, y saboteando su transporte y logística gracias a los obreros de los ferrocarriles, del correo y otros. En esta acción, durante la que los soviets se revitalizaron como organización revolucionaria de toda la clase, los obreros descubrieron que el Gobierno provisional de Petrogrado, dirigido por el socialista revolucionario Kerenski y por los mencheviques, estaba implicado en el complot contrarrevolucionario. A partir de ese momento, los obreros comprendieron que esos partidos se habían convertido en una verdadera «ala izquierda del capital», y empezaron a inclinarse hacia los bolcheviques.
«Todo el arte de la táctica consiste en captar el momento en que la totalidad de las condiciones son más favorables para nosotros. El alzamiento de Kornilov creó esas condiciones. Las masas, que habían perdido su confianza en los partidos que tenían la mayoría en el soviet, vieron la amenaza concreta de la contrarrevolución. Creyeron entonces que los bolcheviques estaban llamados a vencer esa amenaza» ([7]).
El test más claro que da prueba de las cualidades revolucionarias de un partido obrero es su capacidad para plantear la cuestión del poder.
«Cuando el partido proletario pasa, de la preparación, la propaganda, la organización, la agitación, a la lucha inmediata por el poder, a la insurrección armada contra la burguesía, se produce el reajuste más gigantesco. Todo lo que hay en el partido de indecisión, de escepticismo, de oportunismo, de elementos mencheviques, se levanta contra la insurrección» ([8]).
Pero el Partido bolchevique superó esta crisis, aplicándose firmemente a la lucha armada por el poder y demostrando así sus cualidades revolucionarias sin precedente.
El proletariado toma el camino de la insurrección
En febrero de 1917 se suscitó una situación llamada de «doble poder». Junto al Estado burgués, y opuesto a él, los consejos obreros aparecían como un gobierno potencial alternativo de la clase obrera. Puesto que en realidad no pueden coexistir dos gobiernos opuestos de dos clases enemigas, puesto que necesariamente uno tiene que destruir al otro para imponerse a la sociedad, ese período de doble poder es necesariamente corto e inestable. Esa fase no se caracteriza, desde luego, por una «coexistencia pacífica» o una mutua tolerancia. Podrá tener una apariencia de equilibrio social. En realidad es una etapa decisiva en la guerra civil entre el trabajo y el capital.
La falsificación burguesa de la historia está obligada a enmascarar la lucha a vida o muerte que tuvo lugar entre febrero y octubre de 1917 para presentar la revolución de Octubre como un «golpe bolchevique». Una prolongación «anormal» de ese período de «doble poder» habría significado necesariamente el fin de la revolución y de sus órganos. Los soviets son reales únicamente «como órgano de insurrección, como órgano del poder revolucionario. Fuera de ello, los soviets no son más que un mero juguete que sólo puede producir apatía, indiferencia y decepción entre las masas, que están legítimamente hartas de la interminable repetición de resoluciones y protestas» ([9]).
Aunque la insurrección proletaria no es más espontánea que el golpe militar contrarrevolucionario, los meses antes de octubre, ambas clases manifestaron repetidamente su tendencia espontánea a la lucha por el poder. Las Jornadas de julio y el golpe de Kornilov sólo fueron las manifestaciones más claras. La misma insurrección de Octubre en realidad empezó, no con una señal del Partido bolchevique, sino con el intento del gobierno burgués de enviar a las tropas más revolucionarias, dos tercios de la guarnición de Petrogrado, al frente, con la intención de reemplazarlos por batallones contrarrevolucionarios. Dicho de otra forma, empezó, apenas unas semanas después de la kornilovada, con un nuevo intento de aplastar la revolución, obligando al proletariado a tomar medidas insurreccionales para defenderla.
«En realidad el alzamiento del 25 de octubre en tres cuartas partes o más, fue decidido en el momento en que resistimos la salida de las tropas, se formó el Comité militar revolucionario (16 de octubre), nombramos nuestros comisarios en todas las organizaciones y formaciones de la tropa, y así aislamos completamente, no sólo al mando del distrito militar de Petrogrado, sino al gobierno... Desde el momento en que los batallones, a las órdenes del Comité militar revolucionario, se negaron a abandonar la ciudad, y no la abandonaron, tuvimos una insurrección victoriosa en la capital» ([10]).
Además, este Comité militar revolucionario, que tenía que conducir las acciones militares decisivas del 25 de octubre, no sólo no era un órgano del Partido bolchevique, sino que en su origen fue propuesto por los partidos de «izquierda» contrarrevolucionarios como un medio para imponer precisamente la retirada de las tropas de la capital bajo la autoridad de los soviets, pero fue trasformado inmediatamente por el soviet en un instrumento no sólo para oponerse a esta medida, sino para organizar la lucha por el poder.
«No, el gobierno de los soviets no era una quimera, una construcción arbitraria, una invención de los teóricos del Partido. Creció irresistiblemente desde abajo, del colapso de la industria, de la impotencia de las clases poseedoras, de las necesidades de las masas. Los soviets se habían convertido de hecho en un gobierno. Para los obreros, los soldados y los campesinos, no quedaba otro camino. No había tiempo para argumentar y especular sobre un gobierno de los soviets: había que realizarlo» ([11]).
La leyenda de un golpe bolchevique es una de las mentiras más grandes de la historia. De hecho, la insurrección se anunció públicamente de antemano a los delegados revolucionarios elegidos. El discurso de Trotski el 18 de octubre a la Conferencia de la guarnición es una ilustración de esto:
«La burguesía sabe que el Soviet de Petrogrado propondrá al Congreso de los soviets asumir el poder... Previendo la batalla inevitable, las clases burguesas se esfuerzan en desarmar a Petrogrado... A la primera tentativa de la contrarrevolución por suprimir el Congreso, responderemos por una contraofensiva que será implacable y que llevaremos hasta el fin».
El punto 3 de la resolución adoptada por la Conferencia de la guarnición, dice:
«El Congreso panruso de los soviets debe tomar el poder en sus manos y asegurar al pueblo la paz, la tierra y el pan» ([12]).
Para asegurar que todo el proletariado apoyaría la lucha por el poder, la Conferencia decidió una pacífica revista de fuerzas, que se celebraría en Petrogrado, antes del Congreso de los soviets, y se basaría en asambleas de masas y debates.
«Decenas de miles de personas anegaron el enorme edificio de la Casa del pueblo... Sobre los pilares de hierro, y en las ventanas, se suspendían guirnaldas, racimos de cabezas humanas, de piernas, de brazos. Había en el aire esa carga de electricidad que anuncia un próximo estallido. ¡Abajo Kerensky! ¡Abajo la guerra! ¡El poder a los soviets! Ni un solo conciliador se atrevió a mostrarse ante esas multitudes ardientes para oponer sus objeciones o advertencias. La palabra pertenecía a los bolcheviques» ([13]).
Trotski añade:
«La experiencia de la revolución, de la guerra, de la dura lucha, de toda una amarga vida, sube de las profundidades de la memoria de todo hombre aplastado por la necesidad y se fija en esas consignas simples e imperiosas. Esto no puede continuar así. Es preciso abrir una brecha hacia el porvenir».
El Partido no inventó este «deseo de poder» de las masas, pero lo inspiró y le dio al proletariado confianza de clase en su capacidad para gobernar. Como escribió Lenin después del golpe de Kornilov:
«Dejemos a esos de poca fe aprender de este ejemplo. Vergüenza a los que dicen: “no tenemos ninguna máquina con la que reemplazar la vieja, que gravita inexorablemente hacia la defensa de la burguesía”. Puesto que sí la tenemos. Se trata de los soviets. No temamos la iniciativa y la independencia de las masas. Confiemos en las organizaciones revolucionarias de las masas y veremos en todas las esferas de la vida del Estado el mismo poder, majestad y voluntad inquebrantable de los obreros y campesinos que han mostrado en su solidaridad y entusiasmo contra la kornilovada» ([14]).
La tarea del momento: demoler el Estado burgués
La insurrección es uno de los problemas más cruciales, complejos y exigentes, que el proletariado tiene que resolver si quiere cumplir su misión histórica. En la revolución burguesa esta cuestión es mucho menos decisiva, puesto que la burguesía podía basar su lucha por el poder en su fuerza política y económica que había ido acumulando en el seno de la sociedad feudal. Durante su revolución, la burguesía obligó a la pequeña burguesía y a la joven clase obrera a combatir por ella. Cuando se disipaba el humo de la batalla, la burguesía a menudo prefirió entregar su recién ganado poder a las antiguas clases feudales, ahora aburguesadas y domesticadas, puesto que éstas tenían la autoridad de la tradición de su parte. El proletariado, al contrario, no tiene ninguna propiedad ni poder económico dentro del capitalismo, y no puede delegar, ni su lucha por el poder, ni la defensa de su gobierno de clase a ninguna otra clase ni sector de la sociedad. Tiene que tomar él mismo el poder, arrastrando tras su liderazgo a otros estratos de la sociedad, y aceptando la plena responsabilidad, asumiendo las consecuencias y los riesgos de su lucha. En la insurrección, el proletariado revela y descubre más claro que nunca, el «secreto» de su propia existencia como la primera y la última clase explotada y revolucionaria de la historia. ¡No es de extrañar que la burguesía se aplique a vituperar la memoria de Octubre!
La tarea primordial del proletariado, de febrero en adelante, fue conquistar los corazones y las mentes de todos aquellos sectores que pudieran ganarse para su causa, y que de otro modo se podrían volver contra la revolución: los soldados, los campesinos, los funcionarios del Estado, los empleados de transportes y comunicaciones, e incluso los sirvientes de la burguesía. En vísperas de la insurrección ya se había completado esta tarea. La tarea de la insurrección era bastante diferente: la de romper la resistencia de esos cuerpos del Estado y formaciones armadas que no pueden ganarse para la causa del proletariado, pero cuya existencia continuada contiene el núcleo de la contrarrevolución más bárbara. Para romper esta resistencia, para demoler el Estado burgués, el proletariado tiene que crear una fuerza armada y colocarla bajo su propia dirección de clase con disciplina de hierro. Aunque estaban dirigidas por el proletariado, las fuerzas insurreccionales del 25 de octubre estaban compuestas esencialmente de soldados que obedecían a su mando.
«La revolución de Octubre era la lucha del proletariado contra la burguesía por el poder. Pero correspondió al mujik, a fin de cuentas, decidir el resultado de esa lucha... Lo que dio a la insurrección en la capital ese carácter de golpe rápido con un número mínimo de víctimas, fue la combinación entre el complot revolucionario, el levantamiento obrero y la lucha en autodefensa de la guarnición campesina. El Partido dirigía la insurrección. La principal fuerza motriz era el proletariado; los destacamentos obreros armados constituían la fuerza de choque; pero el desenlace de la lucha dependía de la guarnición campesina, difícil de mover» ([15]).
En realidad, el proletariado pudo tomar el poder porque fue capaz de movilizar otros estratos sociales tras su propio proyecto de clase: exactamente lo opuesto a un «golpe».
«Casi no hubo manifestaciones, combates callejeros, barricadas, todo lo que es común entender por insurrección; la revolución no necesitaba resolver un problema que ya había sido resuelto. La toma de andamiaje gubernativo podía emprenderse de conformidad con un plan, con el auxilio de destacamentos armados relativamente poco numerosos, a partir de un centro único (...) La calma callejera en Octubre, la ausencia de multitudes, la falta de combates, dio pretexto a los adversarios para hablar de la conspiración de una insignificante minoría, de la aventura de un puñado de bolcheviques (...) [Pero] en realidad, si los bolcheviques, en el último momento, consiguieron reducir a un “complot” la lucha por el poder, no se debió a que fuesen una pequeña minoría, sino a que con ellos, en los barrios obreros y en los cuarteles, militaba una aplastante mayoría férreamente nucleada, organizada y disciplinada» ([16]).
Elegir el momento adecuado: piedra angular de la lucha por el poder
Técnicamente hablando, la insurrección comunista es una simple cuestión de organización militar y de estrategia. Políticamente, es la tarea más exigente que pueda imaginarse. Y lo más difícil de todo es elegir el momento adecuado de la lucha por el poder. El principal peligro era una insurrección prematura. Hacia septiembre, Lenin ya estaba llamando incesantemente a la preparación inmediata de la lucha armada, y declarando: «¡Ahora o nunca!».
«Los bolcheviques, de no haber tomado el poder en octubre-noviembre, es muy posible que jamás lo hubiesen hecho. Al no ver en ellos una dirección firme, sino la eterna causadora discordia entre las palabras y los hechos, las masas los hubieran abandonado por engañar durante dos o tres meses sus esperanzas, como ya lo habían hecho con los socialrevolucionarios y los mencheviques» ([17]).
Por eso, Lenin, al combatir el peligro de retrasar la lucha por el poder, no sólo subrayaba los preparativos contrarrevolucionarios de la burguesía mundial, sino que sobre todo advertía contra los efectos desastrosos de las vacilaciones para los obreros, que estaban casi desesperados.
«El pueblo hambriento podría empezar a demoler todo a su alrededor de forma puramente anarquista, si los bolcheviques no son capaces de conducirlo a la batalla final. No se puede esperar sin correr el riesgo de ayudar a la confabulación de Rodzianko con Guillermo y de contribuir a la ruina completa, con la huida general de los soldados, si éstos (próximos ya a la desesperación) llegan a la desesperación completa y lo abandonan todo a su suerte» ([18]).
Elegir el momento adecuado también requiere una estimación exacta, no sólo de la relación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado, sino también de la dinámica de las capas intermedias.
«Ninguna situación revolucionaria es eterna. Entre todas las premisas de una insurrección, la más inestable se refiere al estado de ánimo de la pequeña burguesía. En los tiempos de crisis nacional, la pequeña burguesía sigue a la clase capaz de inspirarle confianza, no sólo por sus palabras, sino por sus hechos. Es capaz de impulsos y hasta de delirios revolucionarios, pero carece de resistencia, los fracasos la deprimen fácilmente y sus fogosas esperanzas pronto se cambian en desilusión. Son estas violentas y rápidas mutaciones de ánimo las que dan tanta inestabilidad a cada situación revolucionaria. Si el partido revolucionario no es lo bastante resuelto como para cambiar a tiempo en acción revolucionaria la expectativa y la esperanza de las masas populares, la marea ascendente se invertirá en reflujo: las capas intermedias se apartan de la revolución y buscan soluciones en el campo opuesto» ([19]).
El arte de la insurrección
En su lucha para persuadir al Partido de la necesidad imperiosa de una insurrección inmediata, Lenin recuperó las reflexiones de Marx (en Revolución y contrarrevolución en Alemania) sobre la cuestión de la insurrección como un «arte», que, como el arte de la guerra u otros, está sujeto a ciertas reglas cuya negligencia lleva al hundimiento del partido responsable. Según Marx, la regla más importante es:
«... no pararse nunca a mitad camino una vez que ha comenzado la insurrección; mantener siempre la ofensiva puesto que la defensiva es la muerte de todo alzamiento armado»;
sorprender al enemigo y desmoralizarlo por medio de éxitos cotidianos, «aunque sean pequeños», obligándole a batirse en retirada;
«en pocas palabras, según Danton, el gran maestro de la táctica revolucionaria: “audacia, audacia y audacia”».
Y como señaló Lenin,
«... hay que concentrar en el lugar y el momento decisivos fuerzas muy superiores, porque de lo contrario, el enemigo, mejor preparado y organizado, aniquilará a los insurgentes».
Lenin añadía:
«Confiemos en que, si se acuerda la insurrección, los dirigentes aplicarán con éxito los grandes preceptos de Danton y Marx. El triunfo de la Revolución rusa y de la revolución mundial depende de dos o tres días de lucha» ([20]).
Con este objetivo, el proletariado tuvo que crear los órganos de su lucha por el poder, un comité militar y destacamentos armados.
«Así como un herrero no puede tomar con sus manos desnudas hierro candente, tampoco el proletariado puede, con sólo sus manos, adueñarse del poder: les es preciso una organización adecuada para dicha tarea. En la combinación de la insurrección de masas con la conspiración, en la subordinación del complot a la insurrección, en la organización de la insurrección a través de la conspiración, consiste aquel capítulo complejo y lleno de responsabilidades de la política revolucionaria que Marx y Engels denominaban “el arte de la insurrección”» ([21]).
Este planteamiento centralizado, coordinado, es lo que permitió al proletariado aplastar la última resistencia armada de la burguesía y asestar un golpe terrible que la burguesía no olvidaría, y de hecho no ha olvidado hasta ahora.
«Los historiadores y políticos suelen denominar insurrección de las fuerzas elementales al movimiento de masas que, aglutinado por el odio común al antiguo régimen, carece de perspectivas claras, de métodos de lucha elaborados, de dirección que conduzca conscientemente a la victoria. Los historiadores oficiales, por lo menos los democráticos, se complacen en presentar esta insurrección de las fuerzas elementales como una calamidad inevitable cuya responsabilidad recae sobre el antiguo régimen. La verdadera razón de esta indulgencia es que las insurrecciones de las fuerzas “elementales” no pueden trascender los marcos del régimen burgués (...) Lo que sí niega y tacha de “blanquismo”, o peor aún, de bolchevismo, es la preparación consciente de la insurrección, el plan, la conspiración» ([22]).
Esto es lo que todavía más enfurece a la burguesía: la audacia con la que la clase obrera le arrebató el poder. La burguesía –todo el mundo– sabía que se estaba preparando un alzamiento. Pero nadie sabía cómo y cuándo atacaría el enemigo. Al asestar su golpe definitivo, el proletariado se aprovechó plenamente de la ventaja de la sorpresa, de la elección del terreno de batalla. La burguesía esperaba que su enemigo fuera lo bastante ingenuo y «democrático» para decidir la cuestión de la insurrección públicamente, en presencia de la clases dirigentes, en el Congreso panruso de los Soviets que se había convocado en Petrogrado. Allí esperaba sabotear e impedir la decisión y su ejecución. Pero cuando los delegados del Congreso llegaron a la capital, la insurrección estaba en pleno apogeo y la clase gobernante se tambaleaba. El proletariado de Petrogrado, mediante su Comité militar revolucionario, entregó el poder al Congreso de los Soviets, y la burguesía no pudo hacer nada para impedirlo. ¡Golpe! ¡Conspiración! gritaba la burguesía – y todavía grita lo mismo –; la respuesta de Lenin: golpe, no; conspiración, sí, pero una conspiración subordinada a la voluntad de las masas y las necesidades de la insurrección. Y Trotski añadía:
«Cuanto más alto sea el nivel político de un movimiento revolucionario y más serio sea su liderazgo, mayor será el lugar que ocupa la conspiración en una insurrección popular» ([23]).
¿El bolchevismo una forma de blanquismo? Las clases explotadoras lanzan de nuevo actualmente esta acusación.
«Más de una vez, los bolcheviques, mucho antes de la insurrección de Octubre, hubieron de refutar las acusaciones de sus adversarios, quienes les imputaban manejos conspirativos y blanquismo. Y, sin embargo, nadie ha combatido con mayor firmeza que Lenin el sistema de la pura conspiración. ¡Cuántas veces los oportunistas de la socialdemocracia internacional tomaron bajo su protección la vieja táctica socialrevolucionaria del terror individual contra los agentes del zarismo, resistiéndose a la crítica implacable de los bolcheviques, quienes oponían al aventurero de la intelligentsia, el camino de la insurrección de las masas! Pero al rechazar todas las variantes del blanquismo y del anarquismo, Lenin, ni por un minuto, se inclinaba ante la “sagrada” fuerza elemental de las masas».
Trotski añadía a esto:
«La conspiración no reemplaza la insurrección. Por mejor organizada que se encuentre, la minoría activa del proletariado no puede adueñarse del poder independientemente de la situación general del país. En esto, el blanquismo está condenado por la Historia. Pero sólo en esto. El teorema conserva toda su fuerza. Para la conquista del poder no basta al proletariado un alzamiento de fuerzas elementales. Necesita la organización correspondiente, el plan, la conspiración. Así es como Lenin plantea la cuestión» ([24]).
Es un hecho bien conocido que Lenin, el primero que fue completamente claro sobre la necesidad de la lucha por el poder en octubre planteando diferentes planes para la insurrección (uno centrado en Finlandia y la flota del Báltico y otro en Moscú), en algún momento defendió que fuera el Partido bolchevique, y no un órgano de los soviets, quien organizara directamente la insurrección. Los hechos probaron que la organización y el liderazgo del alzamiento por un órgano del soviet como el Comité militar revolucionario, donde por supuesto el Partido tenía la influencia dominante, es la mejor garantía para el éxito completo del alzamiento, puesto que entonces es el conjunto de la clase, y no sólo los simpatizantes del partido, el que se siente representado por sus órganos unitarios revolucionarios. Pero la propuesta de Lenin, según la burguesía, revela que para él la revolución no es tarea de las masas, sino un asunto privado del Partido ¿Por qué si no – preguntan – estaba tan rotundamente en contra de esperar al Congreso de los soviets para decidir el alzamiento? La actitud de Lenin se inscribía plenamente en el marxismo y su confianza fundada históricamente en las masas proletarias.
«Sería desastroso, o en todo caso un planteamiento puramente formal, querer esperar a la incierta votación del 25 de octubre. El pueblo tiene el derecho y el deber de decidir sobre esas cuestiones, no por el voto, sino por la fuerza; el pueblo tiene el derecho y el deber, en los momentos críticos de la revolución, de mostrar a sus representantes, incluso a sus mejores representantes, la dirección correcta, en vez de esperarlos. Esto nos lo enseña la historia de todas las revoluciones, y sería un monstruoso crimen de los revolucionarios dejar pasar el momento, cuando saben que la salvación de la revolución, las propuestas de paz, la salvación de Petrogrado, el acabar con el hambre, o la devolución de la tierra a los campesinos, depende de esto. El gobierno se tambalea, y hay que darle el último golpe ¡a cualquier precio!» ([25]).
En realidad, todos los líderes bolcheviques estaban de acuerdo con esto. Quienquiera que fuera el que dirigiera el alzamiento, el poder entregado sería entregado inmediatamente al Congreso panruso de los soviets. El Partido sabía perfectamente que la revolución no era solamente asunto suyo o de los obreros de Petrogrado, sino del conjunto del proletariado. Pero respecto a la cuestión de quién debía conducir la insurrección propiamente dicha, Lenin estaba en lo cierto cuando argumentaba que lo harían los órganos de la clase mejor preparados y en mejores condiciones para asumir la tarea de la planificación política y militar y del liderazgo político de la lucha por el poder. Trotski tenía razón al argumentar que el mejor dotado para esta tarea sería un órgano del Soviet, especialmente creado para esta tarea, y bajo la influencia del Partido. Pero no se trataba de un debate de principios, sino de un asunto vital de eficacia política. La preocupación de Lenin de que no se podía cargar con esta tarea al conjunto del aparato del Soviet, puesto que eso retrasaría la insurrección y llevaría a divulgar los planes al enemigo, era completamente válida.
Fue necesaria la dolorosa experiencia de la Revolución rusa para que después, la Izquierda comunista pudiera plantear que, aunque es indispensable la dirección política del partido de clase, tanto en la lucha por el poder como en la dictadura del proletariado, no es tarea del partido tomar el poder. Sobre esta cuestión, ni Lenin, ni otros bolcheviques (ni los espartakistas en Alemania, etc) eran claros en absoluto en 1917, ni podían serlo. Pero respecto al «arte de la insurrección», a la paciencia revolucionaria, y a la precaución para evitar levantamientos prematuros, respecto a la audacia revolucionaria necesaria para tomar el poder, los revolucionarios de hoy tienen mucho que aprender de Lenin. En particular sobre el papel del partido en la insurrección. La historia probó que Lenin tenía razón: quienes toman el poder son las masas, y el soviet aporta la organización, pero el partido de clase es el arma más indispensable de la lucha por el poder. En julio de 1917 fue el partido el que no permitió que la clase obrera sufriera una derrota decisiva. En octubre de 1917, el partido condujo a la clase al poder. Sin esta dirección indispensable no se hubiera tomado el poder.
Lenin contra Stalin
¡Pero la revolución de Octubre llevó al estalinismo! grita la burguesía sacando su argumento «definitivo». Pero en realidad lo que llevó al estalinismo fue la contrarrevolución burguesa, la derrota de la revolución en Europa occidental, la invasión y el aislamiento internacional de la Unión soviética, el apoyo de la burguesía mundial a la burocracia nacionalista que se desarrollaba en Rusia contra el proletariado y los bolcheviques.
Es importante recordar que durante las semanas cruciales de octubre de 1917, como durante los meses previos, dentro del Partido bolchevique se manifestó una corriente que reflejaba el peso de la ideología burguesa, que se oponía a la insurrección, y de la que ya Stalin era el representante más peligroso.
Ya en marzo de 1917 Stalin había sido el principal vocero en el Partido de aquellos que querían abandonar su posición internacionalista revolucionaria, apoyar el Gobierno provisional y su política de continuación de la guerra imperialista, y reagruparse con los socialpatriotas mencheviques. Cuando Lenin llamó públicamente a la insurrección, Stalin, como editor del órgano de prensa del Partido, retrasaba intencionadamente la publicación de sus artículos, mientras publicaba las contribuciones de Kamenev y Zinoviev, que estaban en contra del alzamiento, y que a menudo rompían con la disciplina del Partido, como si se tratara de la posición oficial del Partido, razón por la cual Lenin amenazó con dimitir del Comité central. Stalin continuó pretendiendo que Lenin, que estaba por la insurrección inmediata y que ahora tenía al Partido detrás, y Kamenev y Zinoviev, que saboteaban abiertamente las decisiones del Partido, eran «de la misma opinión». Durante la insurrección, el aventurero político Stalin «desapareció» – en realidad para ver qué bando ganaba antes de reaparecer defendiendo su propia posición. La lucha de Lenin y el Partido contra el «estalinismo» en 1917, contra sus manipulaciones y el sabotaje tramposo a la insurrección (a diferencia de Zinoviev y Kamenev, pues, éstos, cuando menos, actuaban abiertamente), volvió a plantearse en el Partido los últimos días de la vida de Lenin, pero esta vez en condiciones infinitamente más desfavorables.
La cumbre más alta de la historia humana
Lejos de ser un banal golpe de Estado, como miente la clase dominante, la revolución de Octubre es el punto más alto que ha alcanzado hasta ahora la humanidad en toda su historia. Por primera vez una clase explotada tuvo el valor y la capacidad de tomar el poder arrebatándoselo a los explotadores e inaugurar la revolución proletaria mundial. Aunque la revolución pronto iba a ser derrotada en Berlín, Budapest y Turín, aunque el proletariado ruso y mundial tuvo que pagar un precio terrible por su derrota – el horror de la contrarrevolución, otra guerra mundial, y toda la barbarie hasta hoy – la burguesía todavía no ha sido capaz de borrar la memoria y las lecciones de este enorme acontecimiento.
Hoy, cuando la mentalidad y la ideología descompuesta de la clase dominante destila el individualismo, el nihilismo y el oscurantismo, el florecimiento de visiones reaccionarias del mundo, como el racismo y el nacionalismo, el misticismo, el ecologismo, una ideología que desprecia los últimos vestigios de creencia en el progreso humano, el faro que encendió la revolución de Octubre marca el camino. Octubre recuerda al proletariado que el futuro de la humanidad está en sus manos, y que esas manos, son capaces de cumplir su tarea. La lucha de clases del proletariado, la reapropiación por la clase obrera de su propia historia, la defensa y el desarrollo del método científico del marxismo, ese es el programa de Octubre. Ese es hoy el programa para el futuro de la humanidad. Como Trotski escribió en la conclusión de su gran Historia de la Revolución rusa:
“Tomado en su conjunto podemos resumir el ascenso histórico de la humanidad como una serie de victorias de la conciencia sobre las fuerzas ciegas: en la naturaleza, en la sociedad, en el hombre mismo. Hasta el presente, el pensamiento crítico y creador se ha apuntado sus mayores éxitos en la lucha contra la naturaleza. Las ciencias fisicoquímicas ya han llegado a un punto en que el hombre se dispone, evidentemente, a convertirse en amo de la materia. Pero las relaciones sociales se siguen desarrollando de una manera elemental. El parlamentarismo solo ilumina la superficie de la sociedad y eso de una manera bastante artificial. Comparada a la monarquía y otras herencias del canibalismo y el salvajismo de las cavernas, la democracia representa, por supuesto, una enorme conquista. Pero no modifica de ningún modo el juego ciego de las fuerzas en las relaciones mutuas de la sociedad. Precisamente en este dominio, el más profundo del inconsciente, la insurrección de Octubre ha sido la primera en poner las manos. El sistema soviético quiere introducir un fin y un plan en los fundamentos mismos de una sociedad, donde hasta entonces reinaban simples consecuencias acumuladas.»
[1]) Lenin, La Revolución rusa y la guerra civil.
[2]) Lenin, ¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
[3]) Lenin, Reunión del CC del POSDRb, 10-23 de octubre de 1917.
[4]) Lenin, Carta a los camaradas bolcheviques que participan en el Congreso de los Soviets de la región del Norte.
[5]) Lenin, Carta a los camaradas.
[6]) Lenin, Carta a la Conferencia de la ciudad de Petrogrado.
[7]) Trotski, Las lecciones de Octubre, escrito en 1924.
[8]) Idem.
[9]) Lenin, Tesis para un informe ante la Conferencia de Octubre...
[10]) Trotski, Las lecciones de Octubre.
[11]) Trotski, Historia de la Revolución rusa.
[12]) Idem.
[13]) Idem.
[14]) Lenin, ¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
[15]) Trotski, Historia de la Revolución rusa.
[16]) Idem.
[17]) Idem.
[18]) Lenin, Carta a los camaradas...
[19]) Trotski, Historia de la Revolución rusa.
[20]) Lenin, Consejos de un ausente.
[21]) Idem.
[22]) Trotski, Historia de la Revolución rusa.
[23]) Idem.
[24]) Trotski, Historia de la Revolución rusa.
[25]) Lenin, Carta al Comité central.
Una cosa es cierta: el odio y de precio de la burguesía por la revolución proletaria que empezó en Rusia en 1917, sus esfuerzos por deformar y desvirtuar su memoria, se centran sobre todo en la organización política que encarnó el espíritu de aquel enorme movimiento insurreccional: el partido bolchevique. Esto no debería sorprendernos. Desde los días de la Liga de los comunistas y de la Iª Internacional, la burguesía siempre ha estado dispuesta a «perdonar» a la mayoría de los pobres obreros engañados por las conspiraciones y las maquinaciones de las minorías revolucionarias, a las que al contrario, ha estigmatizado invariablemente como la mismísima encarnación del diablo. Y para el capital, nadie ha sido tan diabólico como los bolcheviques, que, después de todo, se las apañaron para «seducir» a los obreros más y mejor que cualquier otro partido revolucionario en la historia.
Un elemento importante en esta inquisición antibolchevique, es la idea de que el bolchevismo, a pesar de todo su discurso sobre el marxismo y la revolución mundial, era sobre todo una expresión del atraso de Rusia. Esto no es nuevo: de hecho era una de las tonadillas favoritas del «renegado Kautsky» en el momento de la insurrección de Octubre. Pero después ha adquirido una considerable respetabilidad académica. Uno de los estudios mejor documentados sobre los líderes de la revolución rusa, el libro de Bertram Wolfe, Three who made a revolution (Tres que hicieron una Revolución), escrito en la década de 1950, desarrolla esta idea aplicándosela a Lenin. Según esta visión, la posición de Lenin sobre la organización política proletaria como un cuerpo «reducido» compuesto de revolucionarios convencidos, pertenece más a las concepciones conspirativas y secretas de los narodnikis y de Bakunin, que a Marx. Esos historiadores, a menudo contrastan esta visión con las concepciones más «sofisticadas», «europeas» y «democráticas» de los mencheviques. Y por supuesto, ya que la forma de la organización revolucionaria está conectada con la forma de la revolución propiamente dicha, la organización democrática menchevique podría habernos legado una Rusia democrática, mientras que la organización dictatorial bolchevique nos legó una Rusia dictatorial.
No sólo los voceros oficiales de la burguesía venden esas ideas. También lo hacen, aunque con un envoltorio diferente, los anarquistas de toda calaña, que se especializan en la postura de «ya os lo habíamos dicho» sobre la revolución rusa.
«Ya sabíamos que el bolchevismo era peligroso y que terminaría en lágrimas -¿Adónde, si no, podía conducir todo ese discurso sobre el partido, el Estado del período de transición y la dictadura del proletariado?»
No contestaremos aquí a todas las calumnias contra el bolchevismo, nos limitaremos a dos episodios esenciales de la Revolución rusa que ponen de relieve el papel de la vanguardia en la lucha revolucionaria de la clase obrera: las Tesis de Abril defendidas por Lenin cuando regresó a Rusia en 1917, y las Jornadas de Julio.
Las Tesis de Abril, breve y agudo documento, es un punto de partida para refutar todas las mentiras sobre el partido bolchevique, y para reafirmar algo esencial sobre este partido: que no fue el producto de la barbarie rusa, del anarcoterrorismo distorsionado, o del ansia inagotable de poder de sus dirigentes. El bolchevismo fue un producto, en primer lugar, del proletariado mundial. Inseparablemente ligado a toda la tradición marxista, no fue en absoluto la simiente de una nueva forma de explotación y opresión, sino la vanguardia de un movimiento para acabar con toda explotación.
De febrero a abril
Hacia finales de febrero de 1917, los obreros de Petrogrado lanzaron huelgas masivas contra las intolerables condiciones de vida impuestas por la guerra imperialista. Las consignas del movimiento se politizaron rápidamente. Los obreros reclamaban el final de la guerra y el derrocamiento de la autocracia. A los pocos días la huelga se había extendido a otras ciudades, y los obreros tomaron las armas y confraternizaron con los soldados; la huelga de masas tomó el carácter de un alzamiento.
Repitiendo la experiencia de 1905, los obreros centralizaron la lucha por medio de Soviets de diputados obreros, elegidos por las asambleas de fábrica y revocables en todo momento. A diferencia de 1905, los soldados y campesinos empezaron a seguir este ejemplo a gran escala. La clase dirigente, reconociendo que los días de la autocracia estaban contados, se deshizo del zar y llamó a los partidos del liberalismo y de «izquierda», en particular a los elementos anteriormente proletarios que recientemente se habían pasado al campo burgués al apoyar la guerra, a formar un Gobierno provisional, con la intención de conducir a Rusia hacia un sistema de democracia parlamentaria. En realidad, se suscitó una situación de doble poder, puesto que los obreros y los soldados, sólo confiaban realmente en los Soviets y el Gobierno provisional no estaba todavía en una posición suficientemente fuerte como para ignorarlos, y todavía menos para disolverlos. Pero esta profunda división de clases estaba parcialmente obscurecida por la niebla de la euforia democrática que cayó sobre el país tras la revuelta de febrero. Con el zar fuera de juego y la población disfrutando de una inaudita libertad, todos parecían estar a favor de la «revolución», incluyendo los aliados democráticos de Rusia, que esperaban que esto permitiría a Rusia participar más efectivamente en el esfuerzo de la guerra.
Así, el Gobierno Provisional se presentaba a sí mismo como el guardián de la revolución; los soviets estaban dominados políticamente por los mencheviques y los socialrevolucionarios, que hacían todo lo que podían para reducirlos a un cero a la izquierda del régimen burgués recién instalado. En resumen, todo el ímpetu de la huelga de masas y del alzamiento –que en realidad era una manifestación de un movimiento revolucionario más universal, que estaba fermentándose en los principales países capitalistas como resultado de la guerra– estaba siendo desviado hacia fines capitalistas.
¿Dónde estaban los bolcheviques en esta situación tan llena de riesgos y promesas? Estaban en una confusión casi completa:
«Para el bolchevismo, los primeros meses de la revolución habían sido un período de desconcierto y vacilación. En el «Manifiesto del Comité central bolchevique», elaborado tras la victoria de la insurrección, leemos que «los obreros de los talleres y las fábricas, y asimismo las tropas amotinadas, deben elegir inmediatamente a sus representantes para el Gobierno provisional revolucionario»... Se comportaron, no como representantes de un partido proletario que prepara una lucha independiente por el poder, sino como el ala izquierda de una democracia que, habiendo anunciado sus principios, pretendía jugar por un tiempo indefinido el papel de leal oposición» ([1]).
Cuando Stalin y Kamenev tomaron el timón del partido en marzo, lo llevaron aún más a la derecha. Stalin desarrolló una teoría sobre las funciones complementarias del Gobierno provisional y los soviets. Peor aún, el órgano oficial del partido, Pravda, adoptó abiertamente una posición «defensista» sobre la guerra:
«Nuestra consigna no es el sinsentido de «¡abajo con la guerra!». Nuestra consigna es presionar al Gobierno Provisional con el fin de impulsarle... a intentar inducir a todos los países beligerantes a abrir negociaciones inmediatas... y hasta entonces cada hombre debe permanecer en su puesto de combate» ([2]).
Trotski cuenta que muchos elementos en el partido se sintieron profundamente intranquilos, e incluso furibundos con esta deriva oportunista del partido, pero no estaban armados programáticamente para responder a la posición de la dirección, puesto que parecía estar basada en una perspectiva que había sido desarrollada por el propio Lenin, y que había sido la posición oficial del partido durante una década: la perspectiva de la «dictadura democrática de los obreros y campesinos». La esencia de esta teoría había sido que, aunque económicamente hablando, la naturaleza de la revolución que se desarrollaba en Rusia era burguesa, la burguesía rusa era demasiado débil para llevar a cabo su propia revolución, y por eso la modernización capitalista de Rusia debería asumirla el proletariado y las fracciones más pobres del campesinado. Esta posición estaba a medio camino entre la de los mencheviques –que decían ser marxistas «ortodoxos» y argumentaban que la tarea del proletariado era dar apoyo crítico a la burguesía contra el absolutismo, hasta que Rusia estuviera lista para el socialismo- y la de Trotski, cuya teoría de la «revolución permanente», que desarrolló tras los acontecimientos de 1905, insistía en que la clase obrera se vería impulsada al poder en la próxima revolución, forzada a empujar más allá de la etapa burguesa de la revolución, hacia la etapa socialista, pero sólo podría hacerlo si la revolución rusa coincidía con, o emanaba de, una revolución socialista en los países industrializados.
En realidad, la teoría de Lenin había sido como mucho un producto de un período ambiguo, en el que cada vez era más obvio que la burguesía no era una fuerza revolucionaria, pero en el que todavía no estaba claro que había llegado el período de la revolución socialista internacional. Pese a todo, la superioridad de la tesis de Trotski se basaba precisamente en el hecho de que partía de un marco internacional, más que del terreno puramente ruso; y el propio Lenin, a pesar de sus múltiples discrepancias con Trotski en esa época, se había inclinado después de 1905 en varias ocasiones hacia la noción de la revolución permanente.
En la práctica, la idea de «la dictadura democrática de los obreros y campesinos» se mostró insustancial; los «leninistas ortodoxos» que repetían esta fórmula en 1917, la usaban como una cobertura para deslizarse hacia el menchevismo puro y duro. Kamenev argumentó, forzando la barra, que puesto que la fase burguesa de la revolución todavía no se había completado, era necesario dar un apoyo crítico al Gobierno provisional; esto a duras penas cuadraba con la posición original de Lenin, que insistía en que la burguesía se comprometería inevitablemente con la autocracia. Incluso había serias presiones hacia la reunificación de los mencheviques y los bolcheviques.
Así, el Partido bolchevique, desarmado programáticamente, se encaminaba hacia el compromiso y la traición. El futuro de la revolución colgaba de un hilo cuando Lenin volvió del exilio.
En su Historia de la Revolución rusa, Trotski nos da una descripción gráfica de la llegada de Lenin a la estación de Finlandia el 3 de abril de 1917. El soviet de Petrogrado, que todavía estaba dominado por los mencheviques y los socialrevolucionarios, organizó una gran fiesta de bienvenida y agasajó a Lenin con flores. En nombre del Soviet, Chkeidze saludó a Lenin con estas palabras:
«Camarada Lenin... te damos la bienvenida a Rusia... consideramos que la tarea principal de la democracia revolucionaria en este momento es defender nuestra revolución contra todo tipo de ataque, tanto del interior como del exterior... Esperamos que te unas a nosotros en la lucha por este objetivo» ([3]).
La respuesta de Lenin no se dirigió a los líderes del Comité de bienvenida, sino a los cientos de obreros y soldados que se apiñaban en la estación:
«Queridos camaradas, soldados, marineros y obreros. Me siento feliz de saludar en vosotros a la victoriosa Revolución rusa, de saludaros como la vanguardia del ejército proletario internacional... No está lejos la hora en que, al llamamiento de nuestro camarada Karl Liebnechkt, el pueblo volverá las armas contra sus explotadores capitalistas... La revolución rusa que habéis hecho, ha abierto una nueva época. ¡Larga vida a la revolución socialista mundial!» ([4]).
Desde el mismo momento en que llegó, Lenin aguó el carnaval democrático. Esa noche, Lenin elaboró su posición en un discurso de dos horas, que más tarde dejaría casi sin sentido a todos los buenos demócratas y sentimentales socialistas, que no querían que la revolución fuera más lejos de lo que había ido en Febrero, que habían aplaudido las huelgas de masas obreras cuando derrocaron al zar y permitieron que el Gobierno provisional asumiera el poder, pero que temían una polarización de clases que fuera más allá. Al día siguiente, en una reunión conjunta de bolcheviques y mencheviques, Lenin expuso lo que iba a conocerse como sus Tesis de Abril, que son lo bastante cortas como para reproducirlas completas aquí:
“1. En nuestra actitud ante la guerra, que por parte de Rusia sigue siendo indiscutiblemente una guerra imperialista, de rapiña, también bajo el nuevo gobierno de Lvov y Cia., en virtud del carácter capitalista de este gobierno, es intolerable la más pequeña concesión al «defensismo revolucionario».
“El proletariado consciente sólo puede dar su asentimiento a una guerra revolucionaria, que justifique verdaderamente el defensismo revolucionario, bajo las siguientes condiciones: a) paso del poder a manos del proletariado y de los sectores más pobres del campesinado a él adheridos; b) renuncia de hecho, y no de palabra, a todas las anexiones; c) ruptura completa de hecho con todos los intereses del capital.
“Dada la indudable buena fe de grandes sectores de defensistas revolucionarios de filas, que admiten la guerra sólo como una necesidad y no para fines de conquista, y dado su engaño por la burguesía, es preciso aclararles su error de un modo singularmente minucioso, paciente y perseverante, explicarles la ligazón indisoluble del capital con la guerra imperialista y demostrarles que sin derrocar el capital es imposible poner fin a la guerra con una paz verdaderamente democrática y no con una paz impuesta por la violencia.
“Organizar la propaganda más amplia de este punto de vista en el ejército de operaciones.
“Confraternización en el frente.
“2. La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado.
“Este tránsito se caracteriza, de una parte, por el máximo de legalidad (Rusia es hoy el más libre de todos los países beligerantes); de otra parte, por la ausencia de violencia contra las masas y, finalmente, por la confianza insconciente de éstas en el gobierno de los capitalistas, los peores enemigos de la paz y el socialismo.
“Esta peculiaridad exige de nosotros habilidad para adaptarnos a las condiciones especiales de la labor del partido entre masas inusitadamente amplias del proletariado, que acaban de despertar a la vida política.
“3. Ningún apoyo al Gobierno provisional; explicar la completa falsedad de todas sus promesas, sobre todo de la renuncia a las anexiones. Desenmascarar a este gobierno, que es un gobierno de capitalistas, en vez de propugnar la inadmisible e ilusoria «exigencia» de que deje de ser imperialista.
“4. Reconocer que, en la mayor parte de los Soviets de diputados obreros, nuestro partido está en minoría y, por el momento, en una minoría reducida, frente al bloque de todos los elementos pequeñoburgueses y oportunistas –sometidos a la influencia de la burguesía y que llevan dicha influencia al seno del proletariado–, desde los socialistas populares y los socialistas revolucionarios hasta el Comité de organización (Chjeídze, Tsereteli, etc.), Steklov, etc., etc.
“Explicar a las masas que los Soviets de diputados obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario y que, por ello, mientras este gobierno se someta a la influencia de la burguesía, nuestra misión sólo puede consistir en explicar los errores de su táctica de un modo paciente, sistemático, tenaz y adaptado especialmente a las necesidades prácticas de las masas.
“Mientras estemos en minoría, desarrollaremos una labor de crítica y esclarecimiento de los errores, propugnando al mismo tiempo la necesidad de que todo el poder del Estado pase a los Soviets de diputados obreros, a fin de que, sobre la base de la experiencia, las masas corrijan sus errores.
“5. No una república parlamentaria –volver a ella desde los Soviets de diputados obreros sería dar un paso atrás–, sino una república de los Soviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba.
“Supresión de la policía, del ejército y de la burocracia.
“La remuneración de los funcionarios, todos ellos elegibles y revocables en cualquier momento, no deberá exceder del salario medio de un obrero cualificado.
“6. En el programa agrario, trasladar el centro de gravedad a los Soviets de diputados braceros.
“Consfiscación de todas las tierras de los latifundistas.
“Nacionalización de todas las tierras del país, de las que dispondrán los Soviets locales de diputados de braceros y campesinos. Creación de Soviets especiales de diputados campesinos pobres. Hacer de cada gran finca (con una extensión de unas 100 a 300 deciatinas, según las condiciones locales y de otro género y a juicio de las instituciones locales) una hacienda modelo bajo el control de diputados braceros y a cuenta de la administración local.
“7. Fusión inmediata de todos los bancos del país en un Banco Nacional único, sometido al control de los Soviets de diputados obreros.
“8. No «implantación» del socialismo como nuestra tarea inmediata, sino pasar únicamente a la instauración inmediata del control de la producción social y de la distribución de los productos por los Soviets de diputados obreros.
“9. Tareas del partido:
“a) celebración inmediata de un congreso del partido;
“b) modificación del programa del partido, principalmente:
“1) sobre el imperialismo y la guerra imperialista,
“2) sobre la posición ante el Estado y nuestra reivindicación de un «Estado-Comuna»
“3) reforma del programa mínimo, ya anticuado;
“c) cambio de denominación del partido.
“10. Renovación de la Internacional.
“Iniciativa de constituir una Internacional revolucionaria, una Internacional contra los socialchovinistas y contra el «centro»” (Lenin, Obras escogidas).
La lucha por el rearme del partido
Zalezhski, un miembro del Comité Central del partido bolchevique en esa época, resumía la reacción a las Tesis de Lenin dentro del partido y en el movimiento en general: «Las Tesis de Lenin produjeron el efecto del estallido de una bomba» ([5]). La reacción inicial fue de incredulidad, y una lluvia de anatemas cayó sobre Lenin: que si había estado demasiado tiempo en el exilio, que si había perdido el contacto con la realidad rusa; sus perspectivas sobre la naturaleza de la revolución habrían caido en el trotskismo; por lo que respecta a su idea de la toma del poder por los soviets, habría vuelto al blanquismo, al aventurerismo, al anarquismo. Un antiguo miembro del Comité central bolchevique, fuera del partido en ese momento, planteó así el problema: «Durante muchos años, el puesto de Bakunin en la Revolución rusa estaba vacante, ahora ha sido ocupado por Lenin» ([6]). Para Kamenev, la posición de Lenin impediría que los bolcheviques actuaran como un partido de masas, reduciendo su papel al de «un grupo de comunistas propagandistas».
Esta no era la primera vez que los «viejos bolcheviques» se agarraban a fórmulas anticuadas en nombre del leninismo. En 1905, la reacción inicial bolchevique a la aparición de los soviets se basó en una interpretación mecánica de las críticas de Lenin al espontaneismo en ¿Qué hacer?; la dirección llamó al Soviet de Petrogrado a subordinarse al partido o a disolverse. El propio Lenin rechazó rotundamente esta actitud, siendo uno de los primeros en comprender la significación revolucionaria de los soviets como órganos del poder político del proletariado, e insistió en que la cuestión no era «soviet o partido», sino ambos, puesto que sus funciones eran complementarias.
Ahora, una vez más, Lenin tenía que dar a esos «leninistas» una lección sobre el método marxista, para demostrar que el marxismo es todo lo contrario de un dogma muerto; es una teoría científica viva, que tiene que verificarse constantemente en el laboratorio de los movimientos sociales. Las Tesis de Abril fueron el ejemplo de la capacidad del marxismo para descartar, adaptar, modificar o enriquecer las posiciones previas a la luz de la experiencia de la lucha de clases:
“Por ahora es necesario asimilar la verdad indiscutible de que un marxista debe tener en cuenta la vida real, los hechos exactos de la realidad, y no seguir aferrándose a la teoría de ayer, que, como toda teoría, en el mejor de los casos, sólo traza lo fundamental, lo general, sólo abarca de un modo aproximado la complejidad de la vida. «La teoría, amigo mío es gris; pero el árbol de la vida es eternamente verde”» ([7]).
Y en la misma carta, Lenin reprende a «aquellos «viejos bolcheviques», que ya más de una vez desempeñaron un triste papel en la historia de nuestro Partido, repitiendo una fórmula tontamente aprendida, en vez de dedicarse al estudio de las peculiaridades de la nueva y viva realidad».
Para Lenin, la «dictadura democrática» ya se había realizado en los Soviets de diputados obreros y campesinos, y como tal ya se había convertido en una fórmula anticuada. La tarea esencial para los bolcheviques ahora era empujar adelante la dinámica proletaria en este amplio movimiento social, que estaba orientada hacia la formación de una Comuna-Estado en Rusia, que sería el primer poste indicador de la revolución socialista mundial. Se podría hacer una controversia sobre el esfuerzo de Lenin por salvar el honor de la vieja fórmula, pero el elemento esencial en su posición es que fue capaz de ver el futuro del movimiento y, así, la necesidad de romper el molde de las teorías desfasadas.
El método marxista no sólo es dialéctico y dinámico, también es global, es decir, que plantea cada cuestión particular en el marco histórico e internacional. Y esto es lo que permitió a Lenin, por encima de todo, comprender la verdadera dirección de los acontecimientos. De 1914 en adelante, los bolcheviques, con Lenin al frente, habían defendido la posición internacionalista más consistente contra la guerra imperialista, viendo que era la prueba de la decadencia del mundo capitalista, y así, de la apertura de una época de revolución proletaria mundial. Esta era la base de granito de la consigna de «transformar la guerra imperialista en guerra civil», que Lenin había defendido contra todas las variedades de chovinismo y pacifismo. Fuertemente asido a este análisis, Lenin no se dejó llevar ni por un momento por la idea de que el acceso al poder del Gobierno Provisional cambiara la naturaleza de la guerra imperialista, y no ahorró dardos para con los bolcheviques que habían caído en este error:
«Pravda pide al Gobierno que renuncie a las anexiones. Pedir al Gobierno de capitalistas que renuncie a las anexiones es un sinsentido, una flagrante burla» (8).
La reafirmación intransigente de la posición internacionalista era en primer lugar una necesidad para detener la pendiente oportunista del partido, pero también era el punto de partida para liquidar teóricamente la fórmula de la «dictadura democrática», y todas las apologías de los mencheviques para apoyar a la burguesía. Al argumento de que la atrasada Rusia no estaba aún madura para el socialismo, Lenin respondía como un verdadero internacionalista, reconociendo en la tesis 8 que «no es nuestra tarea inmediata introducir el socialismo». Rusia por sí misma no estaba madura para el socialismo, pero la guerra imperialista había demostrado que el capitalismo mundial, globalmente estaba más que maduro. De ahí el saludo de Lenin a los obreros en la estación de Finlandia; los obreros rusos, al tomar el poder, estarían actuando como la vanguardia del ejército proletario internacional. De ahí también el llamamiento a una nueva Internacional al final de las Tesis. Y para Lenin, como para todos los auténticos internacionalistas del momento, la revolución mundial no era un deseo piadoso, sino una perspectiva concreta surgida de la revuelta proletaria internacional contra la guerra -huelgas en Gran Bretaña y Alemania, manifestaciones políticas, mítines y confraternización en las fuerzas armadas de varios países, y por supuesto la marea revolucionaria creciente en la propia Rusia. Esa perspectiva, que en ese momento era embrionaria, iba a confirmarse tras la insurrección de Octubre por la extensión de la oleada revolucionaria a Italia, Hungría, Austria, y sobre todo Alemania.
El «anarquismo» de Lenin
Los defensores de la «ortodoxia» marxista acusaron a Lenin de blanquismo y bakuninismo por la cuestión de la toma del poder y de la naturaleza del Estado posrevolucionario. Blanquismo, porque supuestamente estaba a favor de un golpe de Estado a cargo de una minoría –sea por los bolcheviques solos, o incluso por el conjunto de la clase obrera industrial sin contar con la mayoría campesina. Bakuninismo, porque el rechazo de las Tesis de la república parlamentaria era una concesión a los prejuicios antipolíticos de los anarquistas y sindicalistas.
En sus Cartas sobre la táctica, Lenin defendió sus Tesis de la primera acusación de esta manera:
«En mis tesis, me aseguré completamente de todo salto por encima del movimiento campesino o, en general, pequeñoburgués, aún latente, de todo juego a la «conquista del poder» por parte de un Gobierno obrero, de cualquier aventura blanquista, puesto que me refería directamente a la experiencia de la Comuna de París. Como se sabe, y como lo indicaron detalladamente Marx en 1871 y Engels en 1891, esta experiencia excluía totalmente el blanquismo, asegurando completamente el dominio directo, inmediato e incondicional de la mayoría y la actividad de las masas, sólo en la medida de la actuación consciente de la mayoría misma.
«En las tesis reduje la cuestión, con plena claridad, a la lucha por la influencia dentro de los Soviets de diputados obreros, braceros, campesinos y soldados. Para no dejar ni asomo de duda a este respecto, subrayé dos veces, en las tesis, la necesidad de un trabajo de paciente e insistente «explicación», que se adapte a las necesidades prácticas de las masas.»
Por lo que concierne a una vuelta atrás a una posición anarquista sobre el Estado, Lenin señaló en abril, como haría con mayor profundidad en El Estado y la Revolución, que los marxistas «ortodoxos», representados en figuras como Kautsky y Plejanov, habían enterrado las enseñanzas de Marx y Engels sobre el Estado bajo un montón de estiercol de parlamentarismo. La Comuna de París había mostrado que la tarea del proletariado en la revolución no era conquistar el viejo Estado, sino destruirlo de arriba abajo; que el nuevo instrumento del gobierno proletario, la Comuna-Estado, no estaría basado en el principio de la representación parlamentaria, la cual, al fin y al cabo, sólo era una fachada para ocultar la dictadura de la burguesia, sino en la delegación directa y la revocabilidad desde abajo de las masas armadas y autorganizadas. Al formar los soviets, la experiencia de 1905 y la de la revolución que emergía en 1917, no solo confirmaba esta perspectiva, sino que la llevaba más lejos. Mientras que en la Comuna, que se concebía como «popular», todas las clases oprimidas de la sociedad estaban igualmente representadas, los soviets eran una forma superior de organización, porque hacían posible que el proletariado se organizara autónomamente dentro del movimiento de las masas en general. Globalmente los soviets constituían un nuevo estado, cualitativamente diferente del viejo Estado burgués, pero un Estado al fin y al cabo –y en este punto Lenin se distinguia cuidadosamente de los anaquistas:
“... el anarquismo es la negación de la necesidad del Estado y del poder estatal en la época de transición del dominio de la burguesía al dominio del proletariado. Mientras que yo defiendo, con una claridad que excluye toda posibilidad de confusión, la necesidad del Estado en esta época, pero –de acuerdo con Marx y con la experiencia de la Comuna de París–, no de un Estado parlamentario burgués de tipo corriente, sino de un Estado sin un ejército permanente, sin una policía opuesta al pueblo, sin una burocracia situada por encima del pueblo.
“Si el Sr. Plejanov, en su Edinstvo, grita a voz en grito sobre anarquismo, con ello sólo demuestra, una vez más, que ha roto con el marxismo» ([8]).
El papel del partido en la revolución
La acusación de que Lenin estaba planeando un golpe blanquista, es inseparable de la idea de que buscaba el poder solo para su partido. Esto iba a ser un tema central de toda la propaganda burguesa subsiguiente sobre la revolución de Octubre: que no habría sido mas que un golpe de Estado llevado a cabo por los bolcheviques. No podemos entrar aquí a tratar todas las variedades y matices de esa tesis. Trotski aporta una de las mejores respuestas a esto en su Historia de la Revolución Rusa, cuando muestra que no fue el partido, sino los soviets, los que tomaron el poder en Octubre. Pero una de las grandes líneas de esta argumentación es la que plantea que la visión de Lenin sobre el partido como una organización compacta y fuertemente centralizada, llevaba inexorablemente al golpe de mano de 1917, y por extensión, al terror rojo y finalmente al estalinismo.
Toda esta historia retrotrae a la escisión original entre bolcheviques y mencheviques, y este no es el lugar para analizar en detalle esta cuestión clave. Baste decir que ya desde entonces, la concepción de Lenin sobre la organizacón revolucionaria se tachó de jacobina, elitista, militarista, e incluso terrorista. Se ha citado a autoridades marxistas tan respetadas como Luxemburg y Trotski para apoyar esta visión. Por nuestra parte, no negamos que la visión de Lenin sobre la cuestión de la organización, tanto en ese período como después, contiene errores (por ejemplo su adopción en 1902 de la tesis de Kaustky de que la conciencia viene «de fuera» de la clase obrera, aunque después Lenin repudiara esta posición; también ciertas de sus posiciones sobre el régimen interno del partido, y sobre la relación entre el partido y el Estado, etc.). Pero a diferencia de los mencheviques de esa época, y de sus numerosos sucesores anarquistas, socialdemócratas y consejistas, no tomamos esos errores como punto de partida, de la misma forma que no abordamos un análisis de la Comuna de París o de la revolución de Octubre partiendo de los errores que cometieron –incluso si fueron fatales. El verdadero punto de partida es que la lucha de Lenin a lo largo de toda su vida por construir una organización revolucionaria es una adquisición histórica del movimiento obrero, y ha dejado para los revolucionarios de hoy las bases indispensables para comprender, tanto cómo funciona internamente una organización revolucionaria, como cuál debe ser su papel en la clase.
Respecto a este último punto, y contrariamente a muchos análisis superficiales, la concepción de una organización «de minorías», que Lenin contraponía a la visión de una organización «de masas» de los mencheviques, no era simplemente el reflejo de las condiciones impuestas por la represión zarista. De la misma forma que las huelgas de masas y los alzamientos revolucionarios de 1905 no eran los últimos ecos de las revoluciones del siglo xix, sino que planteaban el futuro inmediato de la lucha de clases internacional en el amanecer de la época de la decadencia del capitalismo, así la concepción bolchevique de un partido «de minorías», de revolucionarios entregados, con un programa absolutamente claro y que funcionara centralizadamente, era un anticipo de la función y la estructura del partido que imponían las condiciones de la decadencia capitalista, la época de la revolución proletaria. Puede que, como reivindican muchos antibolcheviques, los mencheviques miraran hacia Occidente para establecer su modelo de organización, pero también miraban atrás, copiando el viejo modelo de la socialdemocracia, de partidos de masas que engloban a la clase, organizan a la clase y representan a la clase, particularmente a través del proceso electoral. Y frente a todos los que plantean que eran los bolcheviques los que estaban anclados en las condiciones arcaicas de Rusia, copiando el modelo de las sociedades conspirativas, hay que decir que en realidad los bolcheviques eran los únicos que miraban adelante, a un período de masivas turbulencias revolucionarias que ningún partido podía organizar, planificar ni encapsular, pero que al mismo tiempo hacían más vital que nunca la necesidad del partido.
«En efecto, dejemos de lado la teoría pedante de una huelga demostrativa montada artificialmente por el partido y los sindicatos y ejecutada por una minoría organizada y consideremos el cuadro vivo de un verdadero movimiento popular surgido de la exasperación de los conflictos de clase y de la situación política que explota con la violencia de una fuerza elemental... La tarea de la socialdemocracia consistirá entonces, no en la preparación o la dirección técnica de la huelga, sino en la dirección política del conjunto del movimiento» ([9]).
Esto es lo que escribió Rosa Luxemburg en su análisis magistral de la huelga de masas y las nuevas condiciones de la lucha de clases internacional. Así, Luxemburg, que había sido una de las críticas más furibundas de Lenin cuando la escisión de 1903, convergía con los elementos fundamentales de la concepción bolchevique del partido revolucionario.
Estos elementos se plantean con meridiana claridad en las Tesis de Abril, que como ya hemos visto, rechazan cualquier visión que intente imponer la revolución «desde arriba»:
«Mientras estemos en minoría, desarrollaremos una labor de crítica y esclarecimiento de los errores, propugnando al mismo tiempo la necesidad de que todo el poder del Estado pase a los Soviets de diputados obreros, a fin de que, sobre la base de la experiencia, las masas corrijan sus errores».
Este trabajo de «explicación sistemática, paciente y persistente» es precisamente lo que quiere decir la dirección política en un período revolucionario. No podía plantearse pasar a la fase de la insurrección hasta que las posiciones de los bolcheviques triunfaran en los soviets, y a decir verdad, antes de que esto pudiera plantearse, tenían que triunfar las posiciones de Lenin en el propio partido bolchevique, y esto requirió una áspera lucha sin compromisos desde el mismo momento en que Lenin llegó a Rusia.
«No somos charlatanes. Sólo hemos de basarnos en la conciencia de las masas» ([10]). En la fase inicial de la revolución, la clase obrera había entregado el poder a la burguesía, lo cual no debería sorprender a ningún marxista «puesto que siempre hemos sabido e indicado reiteradamente que la burguesía se mantiene no sólo por medio de la violencia, sino también gracias a la falta de conciencia, la rutina, la ignorancia y la falta de organización de las masas» ([11]). Por eso, la tarea principal de los bolcheviques era hacer avanzar la conciencia de clase y la organización de las masas.
Esta función no complacía a los «viejos bolcheviques», que tenían planes más «prácticos». Querían tomar parte en la revolución burguesa que se estaba produciendo, y que el partido bolchevique tuviera una influencia masiva en el movimiento tal cual era. En palabras de Kamenev, estaban horrorizados de pensar que el partido pudiera quedarse al margen, con sus posiciones «puristas», reducido a la función de «un grupo de propagandistas comunistas». Lenin no tuvo ninguna dificultad para combatir esta trampa: ¿acaso los chovinistas no habían arrojado los mismos argumentos contra los internacionalistas al principio de la guerra mundial, diciendo que ellos permanecían vinculados a la conciencia de las masas mientras que los bolcheviques y los espartaquistas se habían convertido en sectas marginales? Para un camarada bolchevique debe haber sido particularmente irritante oir los mismos argumentos; pero esto no embotó la agudeza de la respuesta de Lenin:
«El camarada Kamenev contrapone «el partido de las masas» a “un grupo de propagandistas”. Pero las “masas” se han dejado llevar precisamente ahora por la embriaguez del defensismo “revolucionario”. ¿No será más decoroso también para los internacionalistas saber oponerse en un momento como éste a la embriaguez “masiva” que “querer seguir” con las masas, es decir, contagiarse de la epidemia general? ¿Es que no hemos visto en todos los países beligerantes europeos cómo se justificaban los chovinistas con el deseo de “seguir con las masas”? ¿No es obligatorio, acaso, saber estar en minoría durante cierto tiempo frente a la embriguez “masiva”? ¿No es precisamente el trabajo de los propagandistas en el momento actual el punto central para liberar la línea proletaria de la embriaguez defensista y pequeñoburguesa “masiva”? Cabalmente la unión de las masas, proletarias y no proletarias, sin importar las diferencias de clase en el seno de las masas, ha sido una de las premisas de la epidemia defensista. No creemos que esté bien hablar con desprecio de “un grupo de propagandistas” de la línea proletaria» ([12]).
Esta postura, esta voluntad de ir contra la corriente y quedar en minoría defendiendo tajante y claramente los principios de clase, no tiene nada que ver con el purismo o el sectarismo. Al contrario, se basa en la comprensión del movimiento real de la clase, y a partir de ahí, en la capacidad para prestar una voz y una dirección a los elementos más radicales del proletariado.
Trotski muestra cómo Lenin se apoyó en esos elementos para ganar al partido a sus posiciones y para defender «la línea proletaria en el conjunto de la clase»:
“Lenin halló un punto de apoyo contra los viejos bolcheviques en otro sector del partido, ya templado, pero más fresco y más ligado con las masas. Como sabemos, en la revolución de Febrero los obreros bolcheviques desempeñaron un papel decisivo. Estos consideraban natural que tomase el poder la clase que había arrancado el triunfo.
«Estos mismos obreros protestaban vehementemente contra el rumbo Kamenev-Stalin, y el distrito de Viborg amenazó incluso con la expulsión de los “jefes” del partido. El mismo fenómeno podía observarse en provincias. Casi en todas partes había bolcheviques de izquierda acusados de maximalismo e incluso de anarquismo. Lo que les faltaba a los obreros revolucionarios para defender sus posiciones eran recursos teóricos, pero estaban dispuestos a acudir al primer llamamiento claro que se les hiciese.
«Hacia este sector de obreros, formado durante el auge del movimiento, en los años 1912 a 1914, se orientó Lenin» ([13]).
Esto también fue una expresión de la comprensión de Lenin del método marxista, que sabe ver más allá de las apariencias para discernir la verdadera dinámica del movimiento social. Y como ejemplo contrario, en cambio, cuando a comienzos de la década de 1920 Lenin se inclinó hacia el argumento de «permanecer con las masas» para justificar el Frente Unido y la fusión organizativa con los partidos centristas, fue un signo de que el partido estaba perdiendo sus amarras con el método marxista, y se deslizaba hacia el oportunismo. Pero al mismo tiempo esto fue la consecuencia del aislamiento de la revolución y de la fusión de los bolcheviques con el Estado de los soviets. En el momento cumbre de la marea revolucionaria en Rusia, el Lenin de las Tesis de Abril no fue un profeta aislado, ni un demiurgo que se elevaba por encima de las masas vulgares, sino la voz más clara de la tendencia más revolucionaria en el proletariado; una voz que indicó con precisión el camino que llevaba a la insurrección de Octubre.
[1]) Trotski, Historia de la Revolución rusa.
[2]) Idem.
[3]) Idem.
[4]) Idem.
[5]) Idem.
[6]) Idem.
[7]) Lenin, Carta sobre la tactica. La cita es de Mefistofeles en el Faust de Goethe.
[8]) Idem.
[9]) Huelga de masas, partido y sindicatos, Rosa Luxemburg.
[10]) «Segundo discurso de Lenin cuando llego a Petrogrado», citado por Trotski, Historia de la Revolucion rusa.
[11]) Lenin, Carta sobre la tactica.
[12]) Idem.
[13]) Trotski, Historia de la Revolución rusa.
Las Jornadas de Julio de 1917 son uno de los momentos más importantes, no sólo de la revolución rusa, sino de toda la historia del movimiento obrero. Esencialmente en tres días, del 3 al 5 de Julio, tuvo lugar una de las mayores confrontaciones entre burguesía y proletariado, que aunque se saldó con una derrota de la clase obrera, abrió la vía a la toma del poder cuatro meses después, en octubre de 1917. El 3 de julio, los obreros y los soldados de Petrogrado, se alzaron masiva y espontáneamente, reivindicando que todo el poder se transfiriera a los consejos obreros, a los soviets. El 4 de julio, una manifestación armada de medio millón de participantes reclamaba que el soviet se hiciera cargo de las cosas y tomara el poder, pero volvieron a casa pacíficamente por la tarde, siguiendo los llamamientos de los bolcheviques. El 5 de julio tropas contrarrevolucionarias se apoderaron de la capital de Rusia y empezaron la caza del bolchevique y la represión a los obreros más avanzados. Pero al evitar una lucha prematura por el poder, el proletariado mantuvo sus fuerzas revolucionarias intactas. El resultado es que la clase obrera fue capaz de sacar las lecciones de todos aquellos acontecimientos, y en particular de comprender el carácter contrarrevolucionario de la democracia burguesa y de la nueva ala izquierda del capital: los mencheviques y los socialrevolucionarios (eseristas), que habían traicionado la causa de los obreros y los campesinos pobres y se habían pasado a la contrarrevolución. En ningún otro momento de la revolución rusa como en estas 72 horas dramáticas fue tan grave el riesgo de una derrota decisiva del proletariado, y de que el Partido bolchevique viera diezmadas sus fuerzas. En ningún otro momento resultó ser tan crucial la confianza de los batallones dirigentes del proletariado en su partido de clase, en la vanguardia comunista. 80 años después, frente a las mentiras de la burguesía sobre la «muerte del comunismo», y particularmente sus denigraciones de la Revolución rusa y el bolchevismo, la defensa de las verdaderas lecciones de las Jornadas de julio, y globalmente de la revolución proletaria es una de las responsabilidades principales de los revolucionarios. Según la burguesía, la revolución rusa fue una lucha «popular» por una república parlamentaria burguesa, la «forma de gobierno más libre del mundo», hasta que los bolcheviques «inventaron» la consigna «demagógica» de «todo el poder a los soviets», e impusieron gracias a un «golpe» su «dictadura bárbara» sobre la gran mayoría de la población trabajadora. Sin embargo, un leve vistazo a los hechos de 1917 es suficiente para mostrar tan claro como la luz del día, que los bolcheviques estaban junto a la clase obrera, y que fue la democracia burguesa la que estaba en el bando de la barbarie, del golpismo, y de la dictadura de una ínfima minoría sobre los trabajadores.
Una provocación cínica de la burguesía
y una trampa contra los bolcheviques
Las Jornadas de Julio de 1917 fueron desde el principio una provocación de la burguesía con el propósito de decapitar al proletariado aplastando la revolución en Petrogrado, y eliminando al partido bolchevique antes de que, globalmente, el proceso revolucionario en toda Rusia estuviera maduro para la toma del poder por los obreros.
El alzamiento revolucionario de febrero 1917 que condujo a la sustitución del zar por un gobierno provisional «democrático burgués», y al establecimiento de los consejos obreros como centro proletario de poder rival, fue ante todo el producto de la lucha de los obreros contra la guerra imperialista mundial que comenzó en 1914. Pero el gobierno provisional, y los partidos mayoritarios en los soviets, los mencheviques y los eseristas, contra la voluntad del proletariado, se aprestaron a la continuación de la guerra, a la prosecución del programa imperialista de rapiña del capitalismo ruso. De esta forma, no sólo en Rusia, sino en todos los países de la Entente (la coalición contra Alemania), se le proporcionaba una nueva legitimidad pseudorevolucionaria a la guerra, al mayor crimen de la historia de la humanidad. Entre febrero y julio de 1917 fueron asesinados o heridos varios millones de soldados, incluyendo la flor y nata de la clase obrera internacional, para dilucidar la cuestión de cuál de los principales gángsteres imperialistas capitalistas dirigiría el mundo. Aunque inicialmente muchos obreros rusos creyeron las mentiras de los nuevos dirigentes, de que era preciso continuar la guerra «para conseguir de una vez por todas una paz justa y sin anexiones», mentiras que ahora salían de las bocas de «demócratas» y «socialistas» de pro, hacia junio de 1917, el proletariado había vuelto a la lucha contra la carnicería imperialista con energía redoblada. Durante la gigantesca manifestación del 18 de junio en Petrogrado, las consignas internacionalistas de los bolcheviques por primera vez eran mayoritarias. Hacia comienzos de julio, la mayor y más sangrienta ofensiva militar rusa desde el «triunfo de la democracia» terminaba en fiasco; el ejército alemán había roto las líneas rusas en el frente en varios puntos. Era el momento más crítico para el militarismo ruso desde el comienzo de la «Gran Guerra». Las noticias del fracaso de la ofensiva ya habían llegado a la capital, avivando las llamas revolucionarias, mientras que aún no habían alcanzado el resto del gigantesco país. De esta situación desesperada surgió la idea de provocar una revuelta prematura en Petrogrado, para, en esta ciudad, aplastar a los obreros y a los bolcheviques, y después culpar del fracaso de la ofensiva militar a la «puñalada trapera» asestada por el proletariado de la capital a los que se encontraban en el frente.
La situación objetiva no era en absoluto desfavorable para llevar a cabo este plan. Aunque los principales sectores obreros de Petrogrado fueran por delante de las orientaciones de los bolcheviques, los mencheviques y los eseristas todavía tenían una posición mayoritaria en los soviets, y guardaban una posición dominante en las provincias. En el conjunto de la clase obrera, incluso en Petrogrado, todavía había fuertes ilusiones sobre la capacidad de los mencheviques y los eseristas de servir la causa del proletariado. A pesar de la radicalización de los soldados, mayoritariamente campesinos en uniforme, un número considerable de regimientos importantes todavía eran leales al gobierno provisional. Las fuerzas de la contrarrevolución, después de una fase de desorganización y desorientación tras la «revolución de Febrero», estaban ahora en el punto culminante de su reconstitución. Y la burguesía tenía una carta marcada en la manga: documentos y testimonios falsificados que supuestamente probarían que Lenin y los bolcheviques eran agentes a sueldo del Kaiser alemán.
Este plan representaba sobre todo una trampa para el Partido bolchevique. Si el partido se ponía a la cabeza de una insurrección prematura en la capital, se desprestigiaría ante el proletariado ruso, apareciendo como representante de una política aventurera irresponsable, e incluso para los sectores atrasados, como apoyo al imperialismo alemán. Pero si se desentendía del movimiento de masas se aislaría peligrosamente de la clase, dejando a los obreros a su suerte. La burguesía esperaba que el partido picara, pero el partido decidió y su decisión forjaría su destino.
La pandilla de contrarrevolucionarios (centurias negras, antisemitas)
organizada por las «democracias» occidentales
¿Eran realmente las fuerzas antibolcheviques excelentes demócratas y defensores de la «libertad del pueblo» como pretendía la propaganda burguesa? Las dirigían los kadetes, el partido de la gran industria y de los grandes terratenientes; el comité de oficiales, que representaba alrededor de 100 000 mandos que preparaban un golpe militar; el pretendido soviet de las tropas contrarrevolucionarias cosacas; la policía secreta y el grupo antisemita de las «centurias negras»
«... tal es el medio del que surge el ambiente de pogromo, las tentativas de organizar pogromos, los disparos contra los manifestantes, etc.» ([1])
Pero la provocación de Julio fue un golpe contra la maduración de la revolución mundial asestado, no sólo por la burguesía rusa, sino por la burguesía mundial, representada por los aliados de guerra de Rusia. En este intento artero de ahogar en sangre la revolución inmadura que todavía está apenas surgiendo, podemos reconocer las formas de la vieja burguesía democrática: la burguesía francesa, que ha acumulado una larga y sangrienta tradición de provocaciones semejantes (1791, 1848, 1870), y la burguesía británica con su incomparable experiencia e inteligencia política. De hecho, en vista de las crecientes dificultades de la burguesía rusa para combatir eficazmente la revolución y mantener el esfuerzo de guerra, los aliados occidentales de Rusia habían sido la principal fuerza, no sólo en la financiación del frente ruso, sino también en lo que se refiere a aconsejar y fundar la contrarrevolución en aquel país. El Comité provisional de la Duma estatal (parlamento)
«... servía de tapadera legal a la labor contrarrevolucionaria, generosamente alimentada con recursos financieros por los bancos y las embajadas de la Entente» ([2]), como lo recuerda Trotski.
«En Petrogrado abundaban las organizaciones secretas y semisecretas de oficiales, que gozaban de la protección de las altas esferas y eran pródigamente sostenidas por las mismas. En la información secreta suministrada por el menchevique Liber, casi un mes antes de las jornadas de julio, se decía que los oficiales conspiradores estaban en relaciones directas con Sir Buchanan. ¿Acaso podían los diplomáticos de Inglaterra dejar de preocuparse del próximo advenimiento de un poder fuerte?» ([3]).
No fueron los bolcheviques, sino la burguesía la que se alió con los gobiernos extranjeros contra el proletariado ruso.
Las provocaciones políticas
de una burguesía sedienta de sangre
A comienzos de julio, tres incidentes amañados por la burguesía fueron suficientes para desencadenar una revuelta en la capital.
El partido kadete retira sus cuatro ministros del gobierno provisional
Puesto que los mencheviques y los eseristas habían justificado hasta entonces su rechazo de la consigna de «todo el poder a los soviets» por la necesidad de colaborar, fuera de los consejos obreros, con los kadetes como representantes de la «democracia burguesa», la retirada de éstos tenía la finalidad de provocar, entre los obreros y los soldados, una nueva exigencia de reivindicaciones favorables a que todo el poder recayera en los soviets.
«Suponer que los kadetes podían no prever las consecuencias que tendría el acto de sabotaje que realizaban contra los soviets, significaría no apreciar en su justo valor a Miliukov. El jefe del liberalismo aspiraba evidentemente a empujar a los conciliadores a una situación difícil, de la cual sólo se podría salir con ayuda de las bayonetas: por aquellos días, estaba firmemente convencido de que era posible salvar la situación mediante un golpe audaz de fuerza» ([4]).
La presión de la Entente sobre el Gobierno provisional
La Entente obliga al Gobierno provisional a confrontar la revolución por las armas o a ser abandonado por sus aliados.
«Entre bastidores, los hilos se concentraban en las manos de las embajadas y de los gobiernos de la Entente. En la Conferencia interaliada que se había inaugurado en Londres, los amigos de Occidente se “olvidaron” de invitar al embajador ruso (...) El escarnio de que era objeto el embajador del gobierno provisional y la significativa salida de los kadetes del ministerio – ambos acontecimientos tuvieron lugar el 2 de julio – perseguían el mismo fin: acorralar a los conciliadores» (5).
El Partido menchevique y los eseristas, que todavía estaban en proceso de adhesión a la burguesía, eran aún inexpertos en su función, y estaban llenos de dudas y vacilaciones pequeñoburguesas, y además aún encontraban en sus filas pequeñas oposiciones internacionalistas y proletarias; no estaban iniciados en el complot contrarrevolucionario, pero maniobraban como podían para cumplir la función que les habían encomendado sus dueños y dirigentes burgueses.
La amenaza de trasladar al frente los regimientos de la capital
De hecho la explosión de la lucha de la clase en respuesta a estas provocaciones no la iniciaron los obreros, sino los soldados, y no incitaron a ella los bolcheviques, sino los anarquistas.
«En general, los soldados eran más impacientes que los obreros, porque vivían directamente bajo la amenaza de ser enviados al frente y porque les costaba mucho más trabajo asimilar las razones de estrategia política. Además tenían un fusil en la mano, y desde febrero el soldado se inclinaba a sobreestimar el poder específico de esta arma» ([5]).
Los soldados se aplicaron inmediatamente a ganar a los obreros para su acción. En la fábrica Putilov, la mayor concentración obrera de Rusia, hicieron su avance más decisivo:
«Unos 10 000 obreros se congregaron frente a las oficinas de la administración. Los ametralladoristas decían, entre gritos de aprobación de los obreros, que habían recibido orden de marchar al frente el 4 de julio, pero que ellos habían decidido «no al frente alemán, no contra el proletariado de Alemania, sino contra sus propios capitalistas». Los ánimos se excitaron. «¡Vamos, vamos!» gritaban los obreros» ([6]).
En unas horas, todo el proletariado de la ciudad se había alzado y armado, y se reagrupaba alrededor de la consigna «todo el poder a los soviets», la consigna de las masas.
Los bolcheviques evitan la trampa
La tarde del 3 de julio, llegaron delegados de los regimientos de ametralladoras para intentar ganar el apoyo de la conferencia de ciudad de los bolcheviques y quedaron pasmados al enterarse de que el partido se pronunciaba en contra de la acción. Los argumentos que daba el partido, que la burguesía quería provocar a Petrogrado para culparle del fracaso en el frente –que la situación no estaba madura para la insurrección armada y que el mejor momento para una acción contundente inmediata sería cuando todo el mundo se enterara del colapso en el frente–, muestran que los bolcheviques captaron inmediatamente el significado y el riesgo de los acontecimientos. De hecho, ya desde la manifestación del 18 de junio, los bolcheviques habían estado advirtiendo contra una acción prematura.
Los historiadores burgueses han reconocido la destacada inteligencia política del partido en ese momento. Ciertamente el Partido bolchevique estaba plenamente convencido de la necesidad imperativa de estudiar la naturaleza, la estrategia, y las tácticas de la clase enemiga, para ser capaz de responder e intervenir correctamente en cada momento. Estaba embebido de la comprensión marxista de que la toma revolucionaria del poder es en cierto modo un arte o una ciencia, y que tanto una insurrección en un momento inoportuno, como no tomar el poder en el momento justo, son igualmente fatales.
Pero por mucho que el análisis del partido fuera correcto, haberse quedado ahí hubiera significado caer en la trampa de la burguesía. El primer punto de inflexión decisivo de las jornadas de julio se produjo la misma noche que el Comité central y el Comité de Petrogrado del Partido decidieron legitimar el movimiento y ponerse a su cabeza, pero para garantizar su «carácter pacífico y organizado». Contrariamente a los acontecimientos espontáneos y caóticos del día anterior, las gigantescas manifestaciones del 4 de julio dejaron ver «la mano del partido intentando imponer orden». Los bolcheviques sabían que el objetivo que se habían trazado las masas – obligar a que los dirigentes mencheviques y eseristas del soviet tomaran el poder en nombre de los consejos obreros – era imposible que se produjera. Los mencheviques y eseristas, que la burguesía presenta hoy como los auténticos representantes de la democracia soviética, ya estaban entonces integrándose en la contrarrevolución, y sólo esperaban una oportunidad para liquidar los consejos obreros. El dilema de la situación, el hecho de que la conciencia de las masas obreras era aún insuficiente, se concretó en la famosa anécdota del obrero encolerizado que agitaba su puño en torno al mentón de uno de los ministros «revolucionarios» gritándole: «¡hijo de puta! toma el poder puesto que te lo estamos entregando». En realidad los ministros y dirigentes traidores de los soviets, dejaban pasar el tiempo hasta que llegaran los regimientos leales al gobierno.
Para entonces los obreros se estaban percatando por sí mismos de las dificultades de transferir todo el poder a los soviets mientras los traidores y los conciliadores ocuparan su dirección. Puesto que la clase todavía no había encontrado el método de transformar los soviets desde dentro, intentaba en vano imponer por las armas su voluntad desde fuera.
El segundo punto de inflexión decisivo vino con el llamamiento del orador bolchevique a decenas de miles de obreros de Putilov y otros, el 4 de julio, al final de un día de manifestaciones de masas; Zinoviev comenzó con una broma, para rebajar la tensión, y terminó con un llamamiento a volver a casa pacíficamente que los obreros siguieron. El momento de la revolución no es ahora, pero se acerca. Nunca se había probado más espectacular la frase de Lenin de que la paciencia y el buen humor son cualidades indispensables de los revolucionarios.
La capacidad de los bolcheviques de conducir al proletariado a sortear la trampa de la burguesía no se debía solamente a su inteligencia política. Sobre todo fue decisiva la confianza del partido en el proletariado y en el marxismo, que le permitía basarse plenamente en la fuerza y el método que representa el futuro de la humanidad, y evitar así la impaciencia de la pequeña burguesía. Fue decisiva la profunda confianza que había desarrollado el proletariado ruso en su partido de clase, que permitió al partido permanecer con las masas e incluso dirigirlas, aunque no compartían ni sus objetivos inmediatos ni sus ilusiones. La burguesía fracasó en su tentativa de abrir un foso entre el partido y la clase, foso que hubiera significado la derrota segura de la Revolución rusa.
«Era un deber ineludible del partido proletario permanecer al lado de las masas, esforzarse por dar un carácter lo más pacífico y organizado posible a sus justas acciones, no hacerse a un lado, ni lavarse las manos como Pilatos, basándose en el pedantesco argumento de que las masas no estaban organizadas hasta el último hombre y de que en su movimiento suele haber excesos» ([7]).
Los pogromos y las calumnias de la contrarrevolución
En la mañana del 5 de julio, temprano, tropas del gobierno empezaron a llegar a la capital. Empezó un trabajo de dar caza a los bolcheviques, de privarles de sus escasos medios de publicación, de desarmar y culpar de terrorismo a los obreros, y de incitar a pogromos contra los judíos. Los salvadores de la civilización, movilizados contra la «barbarie bolchevique», recurrieron esencialmente a dos provocaciones para movilizar a las tropas contra los obreros.
La campaña de mentiras según la cual los bolcheviques eran agentes alemanes
«El gobierno y el Comité Ejecutivo habían intentado inútilmente conquistarlos, valiéndose de su autoridad: los soldados no se movían, sombríos, de los cuarteles, y esperaban. Hasta la tarde del 4 de julio los gobernantes no descubrieron, al fin, un recurso eficaz: enseñar a los soldados de Preobrajenski un documento que demostraba, como dos y dos son cuatro, que Lenin era un espía alemán. Esto surtió efecto. La noticia circuló de un regimiento a otro (...) El estado de ánimo de los regimientos neutrales se modificó» ([8]).
En particular se empleó en esta campaña a un parásito político llamado Alexinski, un bolchevique renegado que había sido apoyado ya antes para intentar crear una oposición de «ultraizquierda» contra Lenin, pero que al haber fracasado en sus ambiciones se convirtió en un enemigo declarado de los partidos obreros. Como resultado de esta campaña, Lenin y otros bolcheviques se vieron obligados a ocultarse, mientras que Trotski y otros fueron arrestados.
«Lo que el poder necesita no es un proceso judicial, sino acosar a los internacionalistas. Encerrarlos y tenerlos presos: eso es lo que precisan los señores Kerenski y Cía» (10).
La burguesía no ha cambiado. 80 años después organiza una campaña similar con la misma «lógica» contra la Izquierda comunista. Entonces, en 1917, puesto que los bolcheviques se niegan a apoyar a la Entente, es que ¡están de parte de los alemanes! Ahora, puesto que la Izquierda comunista se negó a apoyar al bando imperialista «antifascista» en la Segunda Guerra mundial, ella y sus sucesores de hoy deben haber estado de parte de los alemanes. Campañas «democráticas» del Estado que preparan futuros pogromos.
Los revolucionarios actuales, que a menudo subestiman el significado de estas campañas contra ellos, tienen mucho que aprender aún del ejemplo de los bolcheviques tras las jornadas de julio, que movieron cielo y tierra en defensa de su reputación en la clase obrera. Más tarde Trotski habló de julio de 1917 como «el mes de la calumnia más gigantesca de la historia de la humanidad», pero incluso aquellas mentiras se quedan cortas comparadas con las actuales según las cuales el estalinismo sería el comunismo.
Otra forma de atacar la reputación de los revolucionarios, tan vieja como el método de la denigración pública, y que normalmente se ha usado en combinación con ésta, es la actitud del Estado de animar a elementos no proletarios y antiproletarios, que pretenden presentarse como revolucionarios, a entrar en acción.
«Es indudable que, tanto en los acontecimientos del frente como en los de las calles de Petrogrado, la provocación desempeñó su papel. Después de la Revolución de Febrero, el Gobierno había mandado al ejército de operaciones a un gran número de ex gendarmes y policías. Ninguno de ellos, naturalmente, quería combatir. Temían más a los soldados rusos que a los alemanes. Para hacer olvidar su pasado, se presentaban como los elementos más extremos del Ejército, azuzaban a los soldados contra los oficiales, gritaban más que nadie contra la disciplina y la ofensiva y, con frecuencia, se proclamaban incluso bolcheviques. Apoyándose recíprocamente por el lazo natural de la complicidad, crearon una especie de orden, muy original, de la cobardía y de la abyección. Por su mediación penetraban entre las tropas y se difundían rápidamente los rumores más fanáticos, en los cuales el ultrarrevolucionarismo se daba la mano con el reaccionarismo más oscurantista. En los momentos críticos, estos sujetos eran los primeros que daban la señal de pánico. La prensa había hablado repetidas veces de la labor desmoralizadora de policías y gendarmes. En los documentos secretos del propio Ejército se alude a ello con no menos frecuencia. Pero el mando superior se hacía el sordo y prefería identificar a los provocadores reaccionarios con los bolcheviques» ([9]).
Francotiradores disparan contra las tropas que llegan a la ciudad,
a las que se decía que los disparos eran de los bolcheviques
«La deliberada insensatez de aquellos disparos excitaba profundamente a los obreros. Era evidente que provocadores expertos acogían a los soldados con plomo con el fin de inyectarles, desde el primer momento, el morbo antibolchevique. Los obreros se apresuraban a explicárselo a los soldados, pero no les dejaban llegar hasta ellos; por primera vez, desde las jornadas de febrero, el junker y el oficial se interponían entre el obrero y el soldado» ([10]).
Viéndose forzados a trabajar en la semi ilegalidad tras las jornadas de julio, los bolcheviques tuvieron que combatir contra las ilusiones democráticas de quienes, en sus propias filas, pensaban que debían comparecer ante un tribunal contrarrevolucionario para responder a las acusaciones de que fueran agentes alemanes. Lenin reconoció en esto otra trampa tendida al partido.
«Actúa la dictadura militar. En este caso es ridículo hablar de “justicia”. No se trata de “justicia”, sino de un episodio de la guerra civil» ([11]).
Pero si el partido sobrevivió al periodo de represión que siguió a las jornadas de julio, fue sobre todo por su tradición de vigilancia respecto a la defensa de la organización contra todos los intentos del Estado de destruirla. Hay que señalar, por ejemplo, que el agente de policía Malinovski, que se las había apañado antes de la guerra para ser miembro del comité central del partido directamente responsable de la seguridad de la organización, si no hubiera sido desenmascarado previamente (a pesar de la ceguera de Lenin), hubiera sido el encargado de ocultar a Lenin, Zinoviev, etc, tras las Jornadas de julio. Sin esa vigilancia en la defensa de la organización, el resultado hubiera sido probablemente la liquidación de los líderes revolucionarios más experimentados. En enero-febrero de 1919, cuando fueron asesinados en Alemania, Luxemburg, Jogisches, Liebknecht y otros veteranos del KPD, parece que las autoridades fueron advertidas previamente por un agente de policía «de alto rango» infiltrado en el partido.
Balance de las Jornadas de julio
Las Jornadas de julio pusieron de manifiesto una vez más el gigantesco potencial revolucionario del proletariado, su lucha contra el fraude de la democracia burguesa, y el hecho de que la clase obrera es un factor contra la guerra imperialista frente a la decadencia del capitalismo. En las jornadas de julio no se planteaba el dilema «democracia o dictadura», sino que se planteó la verdadera alternativa a la que se enfrenta la humanidad, dictadura del proletariado o dictadura de la burguesía, socialismo o barbarie, sin que todavía pudiera darse una respuesta. Pero lo que ilustraron sobre todo las Jornadas de julio es el papel indispensable del partido de clase del proletariado. No hay que extrañarse, pues, si la burguesía hoy «celebra» el 80 aniversario de la Revolución Rusa con nuevas denigraciones y maniobras contra el medio revolucionario actual.
Julio de 1917 también mostró que es indispensable superar las ilusiones en los partidos renegados ex obreros, en la izquierda del capital, para que el proletariado pueda tomar el poder. De hecho esa fue la ilusión principal de la clase durante las Jornadas de julio. Pero esta experiencia fue decisiva. Las Jornadas de julio esclarecieron definitivamente, no sólo para la clase obrera y los bolcheviques, sino también para los propios mencheviques y eseristas, que éstos dos últimos partidos habían abrazado irrevocablemente la causa de la contrarrevolución. Como escribió Lenin a principios de septiembre:
«...en aquel entonces, Petrogrado no podía haber tomado el poder ni siquiera materialmente, y si lo hubiera hecho, no lo habría podido conservar políticamente, porque Tsereteli y Cía. no habían caído aún tan bajo como para apoyar la cruel represión. He aquí por qué, en aquel entonces, entre el 3 y el 5 de julio de 1917, en Petrogrado, la consigna de la toma del poder hubiera sido incorrecta. En aquel entonces, ni siquiera los bolcheviques tenían, ni podían tener, la decisión consciente de tratar a Tsereteli y Cía. como contrarrevolucionarios. En aquel entonces, ni los soldados, ni los obreros podían tener la experiencia aportada por el mes de julio» ([12]).
A mitad de julio Lenin ya había sacado claramente esta lección:
«A partir del 4 de julio, la burguesía contrarrevolucionaria, del brazo de los monárquicos y de las centurias negras, ha puesto a su lado a los eseristas y mencheviques pequeñoburgueses, apelando en parte a la intimidación, y ha entregado de hecho el poder a los Cavaignac, a una pandilla militar que fusila en el frente a los insubordinados y persigue en Petrogrado a los bolcheviques» ([13]).
Pero la lección esencial de julio fue el liderazgo del partido. La burguesía ha empleado a menudo la táctica de provocar enfrentamientos prematuros. Tanto en 1848 o 1870 en Francia, como en 1919 o 1921 en Alemania, en todos estos casos el resultado fue una represión sangrienta del proletariado. Si la Revolución rusa es el único gran ejemplo de que la clase obrera ha sido capaz de eludir la trampa e impedir una derrota sangrienta es, en gran parte, porque el partido bolchevique de clase fue capaz de cumplir su papel decisivo de vanguardia. Al evitar a la clase obrera una derrota semejante, los bolcheviques salvaban de quedar pervertidas por el oportunismo las profundas lecciones revolucionarias de la famosa introducción de Engels en 1895 a La Lucha de clases en Francia de Marx, especialmente su advertencia:
«Y sólo hay un medio para poder contener momentáneamente el crecimiento constante de las fuerzas socialistas en Alemania e incluso para llevarlo a un retroceso pasajero: un choque a gran escala con las tropas, una sangría como la de 1871 en París» ([14]).
Trotski resumía así el balance de la acción del partido:
«Si el partido bolchevique, obstinándose en apreciar de un modo doctrinario el movimiento de julio como “inoportuno”, hubiera vuelto la espalda a las masas, la semi-insurrección habría caído bajo la dirección dispersa e inorgánica de los anarquistas, de los aventureros que expresaban accidentalmente la indignación de las masas, y se habría desangrado en convulsiones estériles. Y, al contrario, si el Partido, al frente de los ametralladoristas y de los obreros de Putilov, hubiera renunciado a su apreciación de la situación y se hubiera deslizado hacia la senda de los combates decisivos, la insurrección habría tomado indudablemente un vuelo audaz, los obreros y soldados, bajo la dirección de los bolcheviques, se habrían adueñado del poder, para preparar luego, sin embargo, el hundimiento de la revolución. A diferencia de febrero, la cuestión del poder en el terreno nacional no habría sido resuelta por la victoria en Petrogrado. La provincia no habría seguido a la capital. El frente no habría comprendido ni aceptado la revolución. Los ferrocarriles y los teléfonos se habrían puesto al servicio de los conciliadores contra los bolcheviques. Kerensky y el Cuartel general habrían creado un poder para el frente y las provincias. Petrogrado se habría visto bloqueado. En la capital se habría iniciado la desmoralización. El gobierno habría tenido la posibilidad de lanzar a masas considerables de soldados contra Petrogrado. En estas condiciones el coronamiento de la insurrección habría significado la tragedia de la Comuna petrogradesa.
“Cuando en el mes de julio se cruzaron los caminos históricos, sólo la intervención del partido de los bolcheviques evitó que se produjeran las dos variantes que entrañaban el peligro fatal tanto en el espíritu de las Jornadas de junio de 1848, como en el de la Comuna de París de 1871. El partido, al ponerse audazmente al frente del movimiento, tuvo la posibilidad de detener a las masas en el momento en que la manifestación empezaba a convertirse en colisión en la cual los contrincantes iban a medir sus fuerzas con las armas. El golpe asestado en julio a las masas y al Partido fue muy considerable. Pero no fue un golpe decisivo. (...) La clase obrera no salió decapitada y exangüe de esa prueba, sino que conservó completamente sus cuadros de combate, los cuales aprendieron mucho en esa lección.» ([15])
La historia probó que Lenin tenía razón cuando escribía:
«Empieza un nuevo periodo. La victoria de la contrarrevolución ha hecho que las masas se desilusionen de los partidos eserista y menchevique y desbroza el camino que llevará a esas masas a una política de apoyo al proletariado revolucionario.» ([16])
[1]) Lenin, Obras completas, t. 32, «¿Dónde está el poder y dónde, la contrarrevolución?».
[2]) Trotski, Historia de la revolución rusa.
[3]) Idem. Buchanam era un diplomático británico en Petrogrado.
[4]) Idem.
[5]) Idem.
[6]) Idem.
[7]) Lenin, Obras completas, t. 34, «Sobre las ilusiones constitucionalistas».
[8]) Trotski, op. cit.
[9]) Trotski, op. cit. Una función similar, que fue incluso más catastrófica, hicieron esos elementos ex policías y lumpen proletarios, mezclándose entre los «soldados de Spartakus» y los «inválidos revolucionarios» durante la revolución alemana, particularmente durante la trágica «semana Spartakus» en Berlín, en enero de 1919.
[10]) Trotski, op. cit.
[11]) Lenin, Obras, t. 32, «¿Deben los dirigentes bolcheviques comparecer ante los tribunales?»
[12]) Lenin, Obras, t. 34, «Rumores sobre una conspiración».
[13]) Lenin, Obras, t. 34, «A propósito de las consignas».
[14]) Engels, «Introducción» a Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850.
[15]) Trotski, op. cit.
[16]) Lenin, Obras, t. 34, «Sobre las ilusiones constitucionalistas».
Ante esta degeneración muchos trabajadores creen, aceptando las mentiras de la burguesía, que la Revolución rusa estaba «podrida desde dentro», que los bolcheviques se aprovecharon de los trabajadores rusos para encumbrarse en el poder ([1]). Al retratar así Octubre, la burguesía no hace más que aplicar a la revolución rusa, el cliché de lo que siempre ha sido su propia política: el engaño, el embaucamiento de masas. Sin embargo, el curso de los acontecimientos posteriores a la insurrección de Octubre, está regido por las “leyes históricas” de las revoluciones proletarias y no por las del maquiavelismo político clásico de la burguesía: “La revolución rusa no hizo más que confirmar lo que constituye la lección básica de toda gran revolución, la ley de su existencia,
o la revolución avanza a un ritmo rápido, tempestuoso y decidido, derriba todos los obstáculos con mano de hierro y se da objetivos cada vez más avanzados o pronto retrocede de su débil punto de partida y resulta liquidada por la contrarrevolución” ([2]).
Si el formidable caudal de experiencias de febrero a octubre de 1917, muestra a los trabajadores que es posible derribar el Estado burgués, la tragedia de la degeneración de esta revolución nos enseña otra lección igualmente valiosa: la revolución proletaria sólo puede subsistir extendiéndose al conjunto del planeta.
[1]) Desgraciadamente, como consecuencia de la terrible decepción que supuso el fracaso de la revolución, también entre los revolucionarios se han desarrollado teorías como las de los consejistas que presentan la Revolución rusa como una simple revolución burguesa y al Partido bolchevique como un partido burgués. O, como es el caso de los bordiguistas, que definen una doble naturaleza (burguesa y proletaria) de la Revolución rusa. Hemos criticado estos errores en los artículos de la Revista internacional nº 12 y 13: «Octubre de 1917: principio de la revolución proletaria».
[2]) Rosa Luxemburgo, La Revolución rusa.
«El destino de la revolución en Rusia, dependía totalmente de los acontecimientos internacionales. Lo que demuestra la visión política de los bolcheviques, su firmeza de principios y su amplia perspectiva es que hayan basado toda su política en la revolución proletaria mundial» ([1]).
En efecto, desde 1914, cuando la Primera Guerra mundial abrió el periodo de decadencia del capitalismo, los bolcheviques estuvieron en la vanguardia de los revolucionarios, al señalar que la alternativa a las guerras mundiales sólo podía ser la revolución mundial del proletariado.
Con esa orientación firmemente internacionalista, Lenin y los bolcheviques ven en la revolución Rusa:
«... sólo la primera etapa de las revoluciones proletarias que inevitablemente surgirán como consecuencia de la guerra».
Para el proletariado ruso, la suerte de la revolución dependía en primer lugar de las insurrecciones obreras en otros países, principalmente en Europa.
La revolución en Rusia luchó con todas sus fuerzas
por extenderse a otros países
La Revolución rusa no se limitó a confiar pasivamente su destino al surgimiento de la revolución proletaria en otros países, sino que a pesar de las inmensas dificultades que enfrentaba en la propia Rusia, tomó continuamente iniciativas para extender la revolución. De hecho el Estado que surge de la revolución se concibe a sí mismo como el primer paso hacia la «República internacional de los soviets», delimitado no por las fronteras artificiales de las naciones capitalistas, sino por las fronteras de clase ([2]). Por ejemplo, una propaganda sistemática fue llevada a cabo hacia los prisioneros de guerra incitándoles a unirse a la revolución internacional, y quienes lo deseaban tenían la posibilidad de ser ciudadanos rusos. Como consecuencia de esa propaganda, se constituyó la Organización socialdemócrata de prisioneros de guerra en Rusia, que llamaba a los trabajadores alemanes, austriacos, turcos..., a la insurrección para poner fin a la guerra, y extender la Revolución rusa.
Pero la clave de la extensión de la revolución estaba en Alemania, y hacia los trabajadores alemanes se volcó con todas sus fuerzas la revolución rusa. Desde que pudo instalarse una embajada en Berlín (abril de 1918), ésta se transformó en una especie de cuartel general de la revolución en Alemania. El embajador ruso, Joffe, compraba información secreta a funcionarios alemanes, y se la pasaba a los revolucionarios alemanes para que desenmascararan la política imperialista del Gobierno, compró igualmente armas para los revolucionarios, imprimía en la propia embajada toneladas de propaganda revolucionaria, y todas las noches, los revolucionarios alemanes acudían subrepticiamente a la embajada para discutir los preparativos de la insurrección.
Las prioridades de la revolución mundial hacen que los trabajadores rusos sacrifiquen de sus propias raciones tres trenes cargados de trigo para ayudar a los obreros alemanes.
Cabe imaginarse cómo se vivieron en Rusia los primeros momentos de la revolución en Alemania. Cuando ésta estalló, en una impresionante concentración de trabajadores ante el Kremlin:
«decenas de miles de trabajadores estallaron en salvajes gritos. Jamás he vuelto a ver una cosa por el estilo. Hasta bien entrada la tarde, los obreros y los soldados del Ejército rojo desfilaron. La revolución mundial había llegado. La masa del pueblo oía el férreo eco de sus pisadas. Nuestro aislamiento había terminado» ([3]).
Como contribución a esa revolución mundial en marcha, aunque desgraciadamente con retraso, en marzo de 1919 tiene lugar en Moscú el primer congreso de la Internacional comunista, que se concebía a sí misma en estos términos:
«Nuestra tarea es generalizar la experiencia revolucionaria de la clase obrera, depurar el movimiento de mezclas impuras de oportunismo y socialpatriotismo, unir las fuerzas de todos los partidos verdaderamente revolucionarios del proletariado mundial y de ese modo, facilitar y acelerar la victoria de la Revolución comunista en el mundo entero» ([4]).
Sin embargo ese proletariado fue masacrado en Berlín, Viena, Budapest, Munich,...y la Internacional comunista empezó a hacer concesiones al parlamentarismo, al sindicalismo, a la liberación nacional. Del mismo modo, la extensión de la revolución, se confía entonces a la «guerra revolucionaria», que los mismos bolcheviques, como veremos más adelante, habían rechazado cuando el tratado de Brest-Litovsk en 1918 ([5]). En diciembre de 1920, en ese camino de degeneración, el Ejecutivo ampliado de la IC lanza la nefasta consigna del «Frente único», ante la convicción de que la revolución europea se aleja.
La lógica «fatalista» tan propia de la filosofía burguesa, considera que «una cosa es... lo que termina por ser». Así las cosas, la Internacional comunista, como tantos otros titánicos esfuerzos de los trabajadores, y los revolucionarios, se nos presentan, ya desde sus orígenes, como el plan preconcebido por los «maquiavélicos» bolcheviques para conseguir «un instrumento de la defensa del Estado capitalista ruso». Pero como decíamos, esa es la lógica de la burguesía. Para el proletariado en cambio, la degeneración de la Revolución rusa, y de la propia Internacional comunista, son el resultado de una derrota de la clase obrera, de una lucha encarnizada contra la reacción más bestial por parte del capitalismo mundial. Si según nos explica hoy la burguesía, «bastaba dejar pasar el tiempo» para que la revolución quedara en agua de borrajas... ¿Por qué entonces todos los capitalistas del mundo se empeñaron en ahogar la Revolución rusa?
El cerco capitalista a la Revolución rusa
Entre 1917 y 1923, hasta que fracasa la tentativa revolucionaria del proletariado mundial, todos los capitalistas se reúnen en una cruzada internacional bajo la consigna: ¡Ahogar el bolchevismo!. En esa cruzada aparecen juramentados, desde el imperialismo alemán a los generales zaristas, y las «democracias» occidentales de la Entente, que pocos meses antes estaban enzarzados en la primera carnicería imperialista mundial. Esa es otra lección esencial de la revolución de Octubre: cuando la insurrección obrera amenaza la existencia misma del capitalismo, los explotadores dejan a un lado sus divergencias para aplastar la revolución.
El imperialismo alemán
La primera barrera que sufre la extensión de la revolución rusa es el cerco de los ejércitos del Kaiser. Si bien es cierto que la revolución rusa, como el conjunto de la oleada revolucionaria, surge como respuesta a la Primera Guerra mundial, también es verdad que esa guerra mundial crea «las condiciones más difíciles y anormales», como decía Rosa Luxemburgo, para el desarrollo y la extensión de la revolución.
La paz era una necesidad imperiosa, y como tal figuraba en primer lugar de las prioridades de la revolución en Rusia. El 19 de noviembre, empezaron las conversaciones de paz en Brest-Litovsk, que eran «retransmitidas» por radio noche a noche por los delegados soviéticos, no sólo para los propios trabajadores rusos, sino también para los prisioneros de guerra, y en definitiva para los trabajadores del mundo entero. Al fin y al cabo habían ido a Brest sin ninguna confianza en las intenciones de «paz» del imperialismo alemán:
«No ocultamos a nadie que no consideramos capaces de una paz democrática a los actuales gobiernos capitalistas; sólo la lucha revolucionaria de las masas trabajadoras contra sus Gobiernos puede acercar a Europa una paz semejante, y su plena realización no está asegurada más que por una revolución proletaria victoriosa en todos los países capitalistas» ([6]).
A comienzos de 1918 empiezan a llegar noticias de las huelgas y motines en Alemania, Austria, Hungría... ([7]), lo que anima a los bolcheviques a dilatar las negociaciones, pero finalmente esas revueltas son aplastadas, por lo que Lenin, de nuevo en minoría dentro del partido bolchevique, defiende la necesidad de firmar cuanto antes el tratado de paz. La extensión de la revolución, la causa por la que luchan denodadamente, no puede confiarse a la «guerra revolucionaria», que propugnan los «comunistas de izquierda» ([8]) sino a la maduración de la revolución en Alemania:
«Es admisible por completo que con tales premisas, no sólo sería «conveniente», sino absolutamente obligatorio aceptar la posibilidad de la derrota y de la pérdida del Poder soviético. Sin embargo está claro que esas premisas no existen. La revolución alemana madura, pero es evidente que no ha llegado aún a su estallido, que no ha llegado todavía a la guerra civil en Alemania. Es evidente que nosotros no ayudaríamos, sino que obstaculizaríamos el proceso de maduración de la revolución en Alemania si «aceptásemos la posibilidad de la pérdida del poder soviético». Con ello ayudaríamos a la reacción alemana, le haríamos el juego, dificultaríamos el movimiento socialista en Alemania, apartaríamos del movimiento socialista a grandes masas de proletarios y semiproletarios de Alemania que no se han incorporado aún al socialismo y que se verían atemorizados por la derrota de la Rusia soviética, de la misma manera que la derrota de la Comuna en 1871 atemorizó a los obreros ingleses» ([9]).
Así se expresa el dilema que se vive en un bastión donde el proletariado ha tomado el poder, pero que momentáneamente está aislado, que no ha logrado extenderse con insurrecciones triunfantes en otros países: ¿Ceder el bastión o negociar, y por tanto claudicar ante una fuerza militarmente muy superior, para tratar de obtener un respiro, y manteniendo el bastión revolucionario seguir ayudando a la revolución mundial? Rosa Luxemburgo, quien por cierto en un primer momento no estuvo de acuerdo con las negociaciones de Brest-Litovsk, resume, sin embargo, con tremenda claridad, cómo lo único que puede desbloquear esa contradicción en un sentido favorable a la revolución es la lucha del proletariado alemán:
«Todo el cálculo de la batalla comprometida por los rusos para la paz, se asentaba en efecto sobre esta hipótesis tácita: que la revolución en Rusia debía ser la señal del levantamiento revolucionario del proletariado en Occidente (...). En ese caso solamente, pero también indudablemente, la revolución rusa hubiera sido el preludio de la paz generalizada. Hasta ahora nada de eso ha sucedido. La revolución rusa ha sido –al margen de algunos valerosos esfuerzos del proletariado italiano (huelga general del 22 de Agosto en Turín)– dejada de la mano por los proletarios de todos los países. Y sin embargo, la política de clase del proletariado internacional, por naturaleza y por esencia, sólo puede ser realizada internacionalmente...» ([10]).
Finalmente el Alto mando alemán reanudó por sorpresa, el 18 de Febrero, las operaciones militares («el salto de esa fiera es muy rápido» había advertido Lenin) y en apenas una semana estaba a las puertas de Petrogrado y finalmente el Gobierno ruso hubo de aceptar una paz aún en peores condiciones: en la primavera de 1918, los ejércitos alemanes ocupaban las antiguas provincias bálticas, la mayor parte de Bielorusia, toda Ucrania, el norte del Caúcaso, y, posteriomente incumpliendo los propios acuerdos de Brest, Crimea y Transcaucasia (excepto Bakú y el Turquestán).
No pensamos, en continuidad con la que defendió la Izquierda comunista italiana ([11]), que la paz de Brest-Litovsk representase un paso atrás de la revolución, sino que venía impuesta por esa contradicción que antes señalábamos entre el mantenimiento del bastión proletario y la extensión de la revolución. La solución a esa contradicción no está en la mesa de negociaciones, ni en el frente militar, sino en la respuesta del conjunto del proletariado mundial. Precisamente, cuando los capitalistas lograron derrotar la oleada revolucionaria, el Gobierno ruso aceptó la «política exterior» convencional de los Estados capitalistas y firmó los acuerdos de Rapallo en abril de 1922, que ni por su forma (acuerdos secretos), ni por supuesto por su contenido (apoyo militar del ejercito ruso al Gobierno alemán) tienen nada que ver con Brest-Litovsk, ni con la política revolucionaria del proletariado.
Cuando la IC, en pleno proceso de degeneración, llama a los trabajadores alemanes a una reacción desesperada en Marzo de 1923 (la llamada «acción de Marzo»), las armas de que se valen las tropas gubernamentales alemanas para masacrar a los trabajadores, les han sido vendidas por el Gobierno ruso.
El hostigamiento continuo de las «democracias» occidentales
Los aliados de la Entente, las «democracias avanzadas de Occidente», no escatimaron esfuerzos para ahogar la revolución rusa. En Ucrania, en Finlandia, en los países bálticos, en Besarabia, Gran Bretaña y Francia instalaron gobiernos que apoyaron a los ejércitos blancos contrarrevolucionarios.
No contentos con esto, decidieron además intervenir directamente en Rusia: el 3 de Abril desembarcaban tropas japonesas en Vladivostok. Posteriormente llegarían destacamentos franceses, ingleses y americanos:
«Desde el comienzo de la revolución de Octubre, las potencias de la Entente se han puesto del lado de los partidos y gobiernos contrarrevolucionarios de Rusia. Con la ayuda de los contrarrevolucionarios burgueses se han anexionado Siberia, Ural, los bordes de la Rusia Europea, el Caúcaso y el Turquestán. Roban de esas comarcas las materias primas (madera, petróleo, manganeso, etc.). Con la ayuda de las bandas checoslovacas a su servicio, han robado las reservas de oro de Rusia. Bajo la dirección del diplomático ingles Lockhart, espías ingleses y franceses han hecho saltar puentes y destruido ferrocarriles e intentado obstaculizar el aprovisionamiento de víveres. La Entente ha sostenido con fondos, armas, y ayuda militar a los generales reaccionarios Denikin, Koltchak, Krasnov, que han fusilado y ahorcado a miles de obreros y campesinos en Rostov, Yusovka, Novorossijsk, Omsk...» ([12]).
A principios de 1919, es decir justo cuando estalla la revolución en Alemania, Rusia está completamente aislada del exterior, y enfrentada a uno de los momentos de mayor actividad tanto de los ejércitos blancos, como de las tropas de las «democracias occidentales». Los bolcheviques proclaman de nuevo, ante los soldados enviados por los capitalistas a aplastar la revolución, la necesidad del internacionalismo proletario:
«No vais a luchar contra enemigos (decía una hoja distribuida entre las tropas inglesas y americanas en Arkángel) sino contra trabajadores como vosotros; y nosotros os preguntamos, ¿vais a aplastarnos?... Sed leales a vuestra clase y negaos a hacer el trabajo sucio de vuestros amos...» ([13]).
Y de nuevo los llamamientos de los bolcheviques (otra vez se editan periódicos como The Call –el llamamiento– en inglés, La Lanterne –la linterna–, en francés, ...) vuelven a hacer efecto en las tropas enviadas a combatir la revolución:
«El 1º de Marzo de 1919, estallan motines en las tropas francesas. Antes, una compañia de infantería británica se habia negado como un sólo hombre a volver a su puesto en el frente, y poco después lo hizo una compañía americana» ([14]).
En Abril de 1919, las tropas y la flota francesas han de ser retiradas, pues en Francia crece la indignación de los trabajadores ante el fusilamiento de Jeanne Labourbe (una militante comunista que hacia propaganda en pro de la confraternización entre los soldados franceses y los rusos). Del mismo modo, las tropas inglesas habrán de ser repatriadas pues en Inglaterra, en Italia, etc., se producen manifestaciones obreras contra el envío de tropas o armamentos a los ejércitos contrarrevolucionarios. Por ello las «democracias» occidentales se vieron obligadas a cambiar de táctica, y utilizar, en el hostigamiento a la revolución rusa, las tropas de las naciones que ellas mismas habían contribuido a crear sobre las ruinas del antiguo imperio ruso, como un «cordón sanitario» contra la extensión de la revolución. En Abril de 1919, tropas polacas ocuparon una parte de Bielorusia y Lituania. En abril de 1920, ocupan Kiev en Ucrania, y finalmente en mayo-junio de 1920, el gobierno polaco, apoyando al general blanco Denikin se hizo con el control de casi toda Ucrania. Igualmente, Enver Pachá, líder de la revolución «antifeudal» de los jóvenes turcos, acabó encabezando una revuelta antisoviética en el Turquestán, en Octubre de 1921.
La reacción interior
Después de la insurrección de octubre y la toma del poder en toda Rusia, los restos de la burguesía, del ejército, las castas militares reaccionarias (cosacos, tekineses...) empiezan inmediatamente a reagrupar sus fuerzas, tras la bandera del Gobierno provisional (la misma curiosamente que hoy, con Yeltsin, ondea en el Kremlin) formándose los primeros ejércitos «blancos» al mando de Kaledin, atamán de los cosacos del Don.
El inmenso caos y la penuria que atravesaba la aislada Rusia, la «autodesmovilización» de los restos del ejército heredado del zarismo, lo magro de las fuerzas armadas revolucionarias , pero sobre todo debido a la acción del imperialismo alemán y de los imperialismos occidentales en ayuda de los ejércitos blancos, inclinó progresivamente la relación de fuerzas en la guerra civil. A mediados de 1918, el territorio bajo dominio de los Soviets se reduce a lo que en la época feudal era el principado de Moscovia, y la revolución tiene que hacer frente a la revuelta de la «legión checa» y al Gobierno «antibolchevique» de Samara ([15]), que cortaban la necesaria comunicación con Siberia. A estos acabarían sumándose luego los cosacos de Krasnov (el general derrotado en Púlkovo en los primeros días de la insurrección, y que había sido detenido y posteriormente liberado por los bolcheviques), el ejercito de Denikin en el Sur, Kaledin en el Don, Kolchak en el Este, Yudenitch en el norte... En resumen una sangrienta orgía de terror, de matanzas, asesinatos y atrocidades de todo tipo, aplaudida por los «demócratas» y bendecida por los «socialistas» que en Alemania, Austria, Hungría..., aplastaban las insurrecciones obreras.
Los historiadores burgueses presentan esas bestialidades de la guerra civil, «como en todas las guerras», fruto del «salvajismo» de los hombres. Pero la atroz guerra civil, que sacudió Rusia durante tres años, que costó junto a los enfermedades y el hambre causados por el bloqueo económico impuesto a la población en Rusia, siete millones de muertos, fue una imposición del capitalismo mundial.
Junto a los ejércitos occidentales, junto a las «bandas blancas», operaban al mismo tiempo contra la revolución el sabotaje y las conspiraciones contrarrevolucionarias de la burguesía y la pequeña burguesía. En julio de 1918, Savinkov ([16]) organizó con fondos dispensados por el embajador francés Noulens, un motín en Yaroslav donde se sostuvieron dos semanas de auténtico terror y venganza contra todo lo que oliera a proletario, revolucionario, bolchevique. También en julio, apenas unos días después del desembarco franco-británico en Murmansk, los socialistas revolucionarios de izquierdas organizaron una tentativa de golpe de Estado, tras asesinar al embajador alemán, conde Mirbach, con objeto de provocar una reanudación inmediata de las hostilidades con Alemania. Lenin lo definió como «otro monstruoso coletazo del pequeño burgués». ¡Solo le faltaba a la revolución en ese momento, una guerra abierta con Alemania!
La revolución se debatía entre la vida y la muerte. Sobrevivir, a la espera de la revolución en Europa, exigía un sinfín de sacrificios, en el terreno económico como veremos más adelante, pero también en el terreno político. No entraremos en este artículo, en analizar por ejemplo la cuestión del aparato represivo o del ejército regular ([17]), sobre las que la revolución rusa proporciona un sinfín de lecciones. Si nos interesa, no obstante destacar que el paso de la necesaria violencia revolucionaria al terror, así como la sustitución de las milicias obreras por un ejército jerarquizado, cada vez más autónomo de los Consejos obreros, son en gran parte consecuencias del aislamiento de la revolución, de la cada vez más adversa correlación de fuerzas entre burguesía y proletariado mundiales, que es en definitiva lo que decanta el curso de la revolución que ha «triunfado» en un solo país.
Entre una Checa que en el momento de su formación en Noviembre de 1917, cuenta con apenas 120 hombres y que no dispone ni de coches para hacer las detenciones; y el monstruoso aparato policiaco del GPU, utilizado precisamente por Stalin contra los propios bolcheviques, no hay una «evolución lógica», sino una degeneración resultado de la derrota de la revolución. Del mismo modo, entre la «guardia roja» que por mandato de los Soviets controla las unidades militares; y un ejército regular donde se reinstauran el reclutamiento obligatorio (Abril de 1919), la disciplina cuartelaria, el saludo militar, y en el que en Agosto de 1920 hay ya 315 000 «spetsys» militares («especialistas» procedentes del antiguo ejército zarista) no hay una continuidad prevista de antemano por los «maquiavélicos» bolcheviques, sino el aplastante peso de las exigencias de la lucha entre un bastión proletario que necesita el aire de la revolución internacional para sobrevivir, y una feroz contrarrevolución mundial, que cada vez fue más potente, porque cada vez amputaba, con derrotas, más partes del cuerpo del proletariado mundial.
La asfixia económica
En las condiciones del aislamiento de la revolución, del hostigamiento permanente de los capitalistas, del sabotaje interior, e independientemente de las ilusiones de los bolcheviques sobre la posibilidad de introducir una lógica distinta a la economía, la verdad es que como reconocía el mismo Lenin, la economía en la Rusia de 1918-1921, era la de una «fortaleza sitiada», un bastión proletario, que trataba de aguantar, en las peores circunstancias, a la espera de la extensión de la revolución ([18]).
La terrible penuria económica que padeció la revolución en Rusia, no es la consecuencia de la miseria que trae aparejado el socialismo, sino de la imposibilidad de romper con la miseria cuando la revolución proletaria queda aislada. La diferencia es sin duda sustancial: mientras que de la primera tesis, los capitalistas esperan que los obreros saquemos la lección de que «es mejor no hacer la revolución, y destruir el capitalismo, que mal que bien nos permite sobrevivir», de la segunda se extrae una lección fundamental de la lucha obrera, desde las huelgas en la fábrica más pequeña hasta las revoluciones que ocupan un país entero:
«... si no extendemos las luchas, si la revolución queda aislada, no podemos vencer al capitalismo».
La revolución obrera en Rusia surge frente a la Primera Guerra mundial, y por tanto hereda también de ésta el caos económico, los racionamientos, la supeditación de la producción a las necesidades de la guerra. Aislada, habrá de sufrir además los estragos de la guerra civil, y la intervención militar de las «democracias» occidentales. Estas, que mostraban su rostro «humanitario» en Versalles, bajo el lema «vive y deja vivir» no dudaron, sin embargo en dictar un drástico bloqueo económico que se extendió desde marzo de 1918, hasta comienzos de 1920 (pocos meses antes de la derrota definitiva del último «ejército blanco» de Wrangel) y que impedía incluso la llegada a Rusia de los envíos solidarios que los proletarios de otros países hacían a sus hermanos de clase, en Rusia.
Así, la población se vio privada, por ejemplo, de combustible. El frío sembraba Rusia de cadáveres. Como consecuencia del cerco establecido por los capitalistas, el carbón de Ucrania se mantuvo inaccesible hasta 1920 y el petróleo de Bakú y el Caucaso estuvo en manos inglesas desde el verano de 1918 hasta finales de 1919. El total de combustible que llegaba en aquel momento a las ciudades rusas, no suponía ni siquiera el 10 % de los suministros normales antes de la Primera Guerra mundial.
En las ciudades se pasaba un hambre atroz. Desde la guerra imperialista el azúcar y el pan, se encontraban racionados. Con la guerra civil, el bloqueo económico, y el sabotaje de los campesinos que escondían gran parte de la cosecha, para después venderlas en el mercado negro, ese racionamiento alcanzó niveles infrahumanos. En Agosto de 1918, cuando se habían ya agotado por completo las existencias de víveres en los almacenes de las ciudades, se decidió diferenciar las raciones:
– los obreros de la industria pesada recibían la ración de primera categoría, que proporcionaba aproximadamente de 1200 a 1900 calorías/día, es decir la cuarta parte de sus necesidades reales. Este tipo de ración se hizo luego extensiva, con el transcurso de la guerra civil, a los familiares de los alistados en el Ejército rojo.
– la ración inferior representaba la cuarta parte de la anterior, y era la que se proporcionaba a los burgueses. El resto de los trabajadores obtenía una ración «media», tres veces mayor que la inferior.
En Octubre de 1919, con el general blanco Yudenitch a las puertas de Petrogrado, Trotski describe a la población que tenía que encargarse de frenar las acometidas de los guardias blancos, como un amasijo de espectros:
«Por aquella época, los obreros de Petrogrado tenían un aspecto lamentable, con sus caras pardas como la tierra por falta de alimento, con sus trajes que se les caían de lo rotos, con sus botas agujereadas, que muchas veces ni siquiera casaban» ([19]).
En enero de 1921, aún después de acabada la guerra civil, la ración de pan negro es de 800 gramos para los trabajadores de las empresas a fuego continuo, y de 600 gramos para diversos trabajadores de choque; y se rebaja a 200 gramos para los portadores de la «carta B» (parados). Lo mismo puede decirse del arenque, que otras veces había ayudado a salvar la situación y que ahora faltaba por completo. Las patatas llegaban casi siempre heladas a las ciudades, pues el estado de las vías férreas y de las locomotoras era lamentable (el 20 % de su potencial de antes de la guerra). A principios del verano de 1921, una hambruna atroz sacudió las provincias orientales, así como la región del Volga. Existían en ese momento según las estadísticas reconocidas por el propio Congreso de los Soviets entre 22 y 27 millones de necesitados, que padecían hambre, frío, epidemias de tifus ([20]), difteria, gripe...
A los escasos suministros, se unía la especulación. Para conseguir algo con lo que completar las raciones oficiales, había que recurrir al mercado negro: la «sujarevka» (nombre tomado de la Plaza Sujarevski de Moscú, donde se realizaban semiclandestinamente este tipo de transacciones). La mitad del grano que llega a las ciudades viene del comisariado de Abastecimiento, la otra mitad se consigue en el mercado negro (a un precio 10 veces superior al oficialmente fijado). Existe otra forma de sobrevivir: el estraperlo, el transporte ilegal de productos manufacturados al campo, para intercambiarlos allí con los campesinos por víveres. Pronto, la tipología de la revolución acuñó un nuevo personaje: el «hombre del saco» que en desvencijados trenes de mercancías, lleva a los pueblos sal, cerillas, a veces un par de botas o un poco de petróleo en una botella, para cambiarlos por unos kilos de patatas y algo de harina. En Septiembre de 1918, el Gobierno reconoció tácitamente el estraperlo, limitándolo únicamente a 1’5 puds (aproximadamente 25 kilos) de trigo. Desde entonces el hombre del saco pasó a denominarse el «hombre del pud y medio», sin que cesara de proliferar. Cuando en las fábricas se empezó a pagar en los propios productos que los obreros fabricaban, se extendió igualmente la práctica de que los propios trabajadores se transformaban en «hombres del saco», vendiendo por los pueblos, correas, herramientas...
En cuanto a las condiciones de trabajo, la tremenda miseria, el aislamiento de la revolución y la guerra civil, las agravaron brutalmente, dando al traste con las reivindicaciones obreras e incluso con las medidas que el propio Gobierno adoptaba para satisfacerlas:
«Cuatro días después de la revolución, se publicó un decreto que establecía la jornada de 8 horas, y la semanal de 48 horas, prohibiendo el trabajo a los menores de 14 años y limitando el de las mujeres. Un año después el Narkomtrud (comisariado del pueblo para el Trabajo) tuvo que volver a recordar la obligatoriedad de este decreto. Estas prohibiciones tuvieron poco efecto, en el periodo de extrema escasez de mano de obra de la guerra civil» ([21]).
Lenin mismo que había abominado del «taylorismo», es decir del trabajo a destajo, calificándolo como el «encadenamiento del hombre a la máquina», cedió finalmente a las exigencias de incrementar la producción, instituyendo los «sábados comunistas», por los que los trabajadores apenas recibían una comida, que además por lo general acababan pagando, convencidos de estar apoyando la revolución. En la confianza aún de que la revolución proletaria podía ser inminente en Europa, defendiendo por tanto en ese sentido la supervivencia del bastión proletario, privados además como veremos más adelante de sus Soviets, de sus asambleas obreras, de su lucha de clases contra la explotación capitalista, los sectores más combativos y más conscientes de la clase trabajadora se fueron progresivamente encadenando a las formas más brutales de la explotación capitalista vigente en Rusia.
Aún así a pesar de esa sobreexplotación, las fábricas rusas, producían cada vez menos, por un lado por la propia pérdida de productividad de un proletariado desnutrido, pero también por el propio caos de la economía rusa: Aún en 1923, tres años después del final de la guerra civil, el conjunto de la industria rusa, funcionaba al 30 % de la capacidad de 1912. Sólo en la pequeña industria, la productividad del obrero era el 57 % de la de 1913. Esta pequeña industria, desarrollada sobre todo a partir de 1919, era en gran parte rural (de hecho su producción era esencialmente de herramientas, ropa, muebles..., para el mercado campesino local) y en ella los obreros trabajaban en condiciones muy similares a las de la agricultura (el trabajo por horas, en particular). Habida cuenta de las dificilísimas condiciones de existencia en las ciudades, que antes veíamos, gran parte de los trabajadores emigró al campo, y se integró dentro de esta producción a pequeña escala. Y aún dentro de las ciudades, los obreros dejaban las grandes factorías para entrar a trabajar en pequeños talleres, donde podían obtener piezas para intercambiar con el campesinado. En 1920, el número total de asalariados en la industria era de 2 200 000 trabajadores, de los cuales sólo 1400 000 estaban empleados en establecimientos de más de 30 obreros.
Con la entrada en vigor de la NEP (Nueva política económica) en 1921 ([22]), las empresas del Estado, tienen que hacer frente a la competencia de los capitalistas «privados» de Rusia, o a los recién llegados inversionistas extranjeros, por lo que, como en cualquier economía capitalista, el Estado-patron necesitaba producir más y más barato. Tras la desmovilización de la guerra civil, y la entrada en vigor de la NEP, se produjo una oleada de despidos, que por ejemplo en los ferrocarriles, alcanzó a la mitad de la plantilla. El paro empezó a extenderse con fuerza a partir de 1921. En 1923 había en Rusia 1 millón de parados oficialmente censados.
La cuestión campesina
El campesinado representaba en Rusia el 80 % de la población. En la insurrección el congreso de los Soviets adoptó el «Decreto sobre la tierra», que trata de hacer frente a la necesidad de decenas de millones de campesinos, de hacerse con un trozo de tierra del que poder alimentarse, y al mismo tiempo, eliminar las grandes propiedades agrarias, que no sólo eran el azote de esos campesinos, obligados a trabajar en condiciones arcaicas, sino además el punto de apoyo de la contrarrevolución. Sin embargo, las medidas tomadas no contribuyeron a formar grandes unidades de explotación, en las que los trabajadores agrícolas, pudieran ejercer un mínimo control obrero. Al contrario, a pesar de iniciativas como los «comités de trabajadores agrícolas», o como luego los Koljozi («granjas colectivas»), o los Sovjozi («granjas soviéticas», llamadas también «fábricas socialistas de grano», pues su misión era la de abastecer de cereales al proletariado de las ciudades, lo que se extendió fue la pequeña unidad campesina, de dimensiones ridículas, y que apenas daba para subsistir a la propia familia del campesino. Las explotaciones agrarias de menos de 5 hectáreas, que en 1917 representaban el 58 % del total, alcanzaron en 1920, el 86 % del total de la tierra cultivable. Por supuesto estas explotaciones, dado los exiguo de su producción, no podían suponer ningún alivio para el hambre en las ciudades. Las medidas de «requisa forzosa» con que los bolcheviques intentaron en un primer momento obtener los alimentos que se necesitaban para cubrir las necesidades del proletariado y del Ejército rojo se saldaron no sólo con un fracaso lamentable en cuanto a la cantidad de lo recolectado, sino que además empujó a gran parte de estos campesinos a los ejércitos blancos, o bien a bandas armadas, a menudo muy numerosas, que combatían a veces a los ejércitos blancos y a veces a los bolcheviques, como fue el caso del anarquista Majno en Ucrania.
A partir del verano de 1918, el Estado trató de apoyarse en los campesinos medios, para obtener mejores resultados: en el primer año de la revolución, el Comisariado de Abastos, había recogido apenas 780 mil toneladas de grano; de Agosto de 1918 a Agosto de 1919 consiguió dos millones de toneladas. Sin embargo, el campesino propietario de una explotación agrícola «media», no estaba dispuesto a colaborar:
«El campesino medio produce más artículos alimenticios de los que necesita, y en cuanto tiene excedentes de cereales, se convierte en un explotador del obrero hambriento (...) Aquí está nuestra misión fundamental, y en ello estriba la contradicción fundamental; el campesino, en cuanto que trabajador, de hombre que vive de su propio trabajo, que ha padecido la opresión del capitalismo está al lado del obrero; pero el campesino, en su calidad de propietario, del que tiene excedentes de cereales, está acostumbrado a considerarlos como propiedad suya, que puede vender libremente» ([23]).
Tampoco aquí podían los bolcheviques llevar a la práctica otra política, que la que les venía impuesta por el curso desfavorable de la relación de fuerzas entre la revolución obrera y el capitalismo dominante. La solución a ese cúmulo de contradicciones, no estaba en las manos del Estado ruso, ni residía en las relaciones entre el proletariado y el campesinado en Rusia. La solución, sólo podía venir del proletariado internacional:
«En el IXº Congreso del Partido, en marzo de 1919, que proclamó la política de conciliarse con el campesino medio, Lenin tocó uno de los puntos dolorosos de la agricultura colectiva; se conseguiría ganar al campesino medio para la sociedad comunista «únicamente... cuando facilitemos y mejoremos las condiciones económicas de su vida». Pero ahí estaba la dificultad. «Si pudiésemos darle mañana 100 000 tractores de primera clase, dotados de gasolina, suministrarle mecánicos (sabéis muy bien que por el momento esto es pura utopía), el campesino medio diría: ’estoy a favor de la comuna (es decir del comunismo).’ Pero para hacer eso es necesario primero vencer a la burguesía internacional, obligarla a que nos dé esos tractores». Lenin no seguía el silogismo. Edificar el socialismo en Rusia era imposible sin la agricultura socializada, y socializar la agricultura era imposible sin tractores, y obtener tractores era imposible sin una revolución proletaria internacional» ([24]).
La economía de los primeros años de la revolución en Rusia, no esta marcada, ni en el periodo del «comunismo de guerra», ni en el de la NEP, por ningún vestigio de socialismo, sino por las asfixiantes condiciones que el aislamiento impone a la revolución:
«Más aún teníamos razón nosotros al pensar que si la clase obrera europea hubiera conquistado el poder antes, habría tomado a remolque a nuestro país atrasado –por la economía y la cultura–, y así nos habría sin duda alguna ayudado por medio de la técnica y la organización y nos habría permitido, corrigiendo y modificando en parte o totalmente nuestros métodos de comunismo de guerra, dirigirnos hacia una economía socialista verdadera» ([25]).
La derrota de la oleada revolucionaria del proletariado mundial, llevó también a la muerte al bastión proletario ruso. A partir de la muerte de la revolución pudo reconstruirse en Rusia, una nueva burguesía:
«La burguesía rusa se reconstruye con la degeneración interna de la revolución, no a partir de la burguesía zarista, eliminada por el proletariado en 1917, sino a partir de la burocracia parasitaria del aparato de Estado, con el que se confundió cada vez más, bajo la dirección de Stalin, el Partido bolchevique. Es esta burocracia del Partido-Estado la que al eliminar, a finales de los años 20, todos los sectores susceptibles de reconstruir una burguesía privada y a los que se había aliado para asegurar la gestión de la economía (propietarios campesinos, especuladores de la NEP) tomó el control de esta economía» ([26]).
El agotamiento de los consejos obreros
Como consecuencia del aislamiento de la revolución, se producen no sólo el hambre y las guerras, sino también la progresiva pérdida del principal capital de la revolución: la acción masiva y consciente de la clase obrera, que veíamos extenderse y profundizarse entre febrero y octubre de 1917 ([27]).
A finales de 1918, el número de obreros de Petrogrado era el 50 % del que existía finales de 1916, y en el otoño de 1920, al final de la guerra civil, la que había sido cuna de la revolución había perdido casi el 58 % de la población total. Moscú, la nueva capital, se había despoblado en un 45 %, y el conjunto de las capitales de provincia en un 33%. Gran parte de esos trabajadores se alistaron en el Ejército rojo, o se pusieron al servicio del Estado:
«Cuando las cosas se pusieron graves en el frente, nos volvimos al Comité central del partido y al Presidium del comité central sindical y de esas dos fuentes enviamos proletarios destacados al frente y allí crearon el Ejército rojo a su propia imagen y semejanza» ([28]).
Cada vez que el Ejército rojo, compuesto mayoritariamente de campesinos, retrocedía en desbandada o cundían las deserciones, se reclutaban brigadas de los trabajadores más decididos y conscientes, para colocarlos en vanguardia de las operaciones militares o como «barrera de contención» contra las deserciones campesinas. Pero también, cada vez que había que tomar la responsabilidad de reprimir el sabotaje, de organizar el caos de los suministros, los bolcheviques recurrían a la célebre consigna de Lenin: «¡Aquí hace falta energía proletaria!», y así, esa energía de la clase revolucionaria, se fue alejando cada vez más de los centros donde había nacido, y donde se había acrisolado: los Consejos Obreros, los Soviets, y se fue integrando, cada vez más, en el servicio del Estado, es decir, a la larga, en la burocracia parasitaria, en el órgano que sería el motor de la contrarrevolución ([29]). Como consecuencia de ello, se produjo una progresiva desvitalización de esos mismos Soviets:
«Cuando la tarea principal del gobierno era organizar la resistencia al enemigo y nos era obligado rechazar todos los ataques, la dirección se ejercía casi exclusivamente mediante órdenes y la dictadura del proletariado revestía, naturalmente, la forma de una dictadura proletaria militar. Entonces, los amplios órganos de poder soviético, las asambleas plenarias de los Soviets casi desaparecieron y la dirección pasó exclusivamente a los Comités ejecutivos, es decir, a órganos limitados, a comités de tres o cinco personas, etc. Con frecuencia, sobre todo en las regiones próximas a la línea del frente, los órganos «regulares» del poder soviético, es decir los órganos elegidos por los trabajadores, fueron reemplazados por los «comités revolucionarios» locales que, en lugar de someter los problemas a examen de las asambleas de masas, los resolvían por propia iniciativa» ([30]).
Y esa pérdida de reflexión y discusión colectivas, se daba no sólo en las asambleas, en los soviets locales, sino a todo lo largo y ancho del tejido de los consejos obreros. A partir de 1918, el Congreso soberano de los Soviets, que debía reunirse, cada tres meses, pasó a hacerlo una vez al año. Incluso el Comité central de los Soviets, en muchas ocasiones no podía llevar adelante discusiones y decisiones colectivas. Cuando en el VIIº Congreso de los Soviets (diciembre de 1919), la representante del Bund (Partido comunista judío) pregunta qué ha estado haciendo el Comité ejecutivo central, Trotski le responde: «¡El CEC está en el frente de batalla!».
Al final, no sólo las decisiones sino la vida política misma se concentraban en las manos del partido bolchevique. Kamenev en el IXº Congreso del Partido bolchevique señalaba: «Administramos Rusia, y no podemos administrarla más que a través de los comunistas» (el subrayado es nuestro). Nosotros estamos de acuerdo, en cambio, con Rosa Luxemburgo, quien en La Revolución rusa (op. cit.) critica:
«“Gracias a la lucha abierta y directa por el poder –escribe Trotski– las masas trabajadoras acumulan en un tiempo brevísimo una gran experiencia política, y en su desarrollo político trepan rápidamente un peldaño tras otro”. Aquí Trotski se refuta a sí mismo y a sus amigos. ¡Justamente porque es así, bloquearon la fuente de la experiencia política y este desarrollo ascendente al suprimir la vida pública! (...) Las tareas gigantescas que los bolcheviques asumieron con coraje y determinación exigen el más intenso entrenamiento político y acumulación de experiencias por las masas!».
En ese mismo sentido se expresó la Izquierda comunista italiana, al trazar un balance de las causas de la derrota de la Revolución rusa:
«Aunque Marx, Engels, y sobre todo Lenin hubieran señalado muchas veces la necesidad de oponer al Estado su antídoto proletario, capaz de impedir su degeneración, la revolución rusa, lejos de asegurar el mantenimiento y la vitalidad de las organizaciones de clase del proletariado, las esteriliza al incorporarlas al aparato de Estado, devorando así su propia sustancia» (Bilan nº 28).
Poco importó que para tratar de preservar el peso político de la clase obrera, se primara la representación de ésta en el Estado (un delegado por cada 25 mil obreros, mientras que 125 mil campesinos, elegían también un solo delegado), ya que el problema era la absorción de esos trabajadores en el propia maquinaria reaccionaria del Estado.
Finalmente, cuando se completó la derrota de la revolución proletaria en Europa, ni siquiera el férreo control que sobre la sociedad mantenía el Partido Bolchevique, pudo evitar que el capitalismo dominante a nivel mundial y por tanto también en la propia Rusia, atrapara el Estado, y lo llevara en una dirección absolutamente opuesta a la que pretendían los comunistas:
«La máquina escapa de las manos de quien la conduce: se diría que hay quien maneja el volante y conduce esta máquina, pero que ésta sigue una dirección diferente a la que se quiere, como si estuviera controlada por una mano secreta, clandestina que sólo Dios sabe de quién es, puede ser de un especulador o de un capitalista privado, o de ambos a la vez. El hecho es que la máquina no va en la dirección que quiere el que está al volante, a veces va más bien en sentido contrario» ([31]).
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«Los bolcheviques temían que la contrarrevolución viniera con los ejércitos blancos y otras expresiones directas de la burguesía, y defendieron la revolución contra esos peligros. Temían la vuelta de la propiedad privada a través de la persistencia de la pequeña producción, y en particular del campesinado. Pero el peor peligro de la contrarrevolución, no vino ni de los «Kulaks», ni de los obreros desgraciadamente masacrados en Kronstadt, ni del «complot blanco» que los bolcheviques veían tras esta revuelta. Fue sobre el cadáver de los obreros alemanes masacrados en 1919 como la contrarrevolución ganó, y fue a través del aparato burocrático de lo que se suponía debía ser el «semi-Estado» del proletariado como se expresó más poderosamente» ([32]).
La salida a la situación creada, con la insurrección de Octubre de 1917, no estaba en Rusia. Como señaló Rosa Luxemburgo: «En Rusia solamente podía plantearse el problema. No podía resolverse». La clave de la evolución de la situación estaba en el proletariado internacional. En realidad, mientras se esperaba la respuesta de éste, la oleada revolucionaria que siguió a la Primera Guerra mundial, iba siendo aplastada, como veremos en el próximo artículo de esta serie. De este modo, el curso de los acontecimientos en Rusia, estuvo marcado por una acumulación de contradicciones, de búsqueda desesperada de soluciones, sin poder cortar el «nudo gordiano» de todas ellas: la extensión de la revolución:
«En todo caso, la situación fatal en que hoy se encuentran los bolcheviques es, al igual que la mayoría de sus errores, una consecuencia del carácter, por el momento insoluble, del problema al que están confrontados por el proletariado internacional, y en primera línea por el proletariado alemán. Realizar la dictadura del proletariado y la revolución socialista en un sólo país, cercado por una bestial dominación reaccionaria imperialista y asediado por la más sangrante de las guerras generales que haya conocido la historia humana, es la cuadratura del círculo. Cualquier partido revolucionario estaría condenado a fracasar en esta tarea y a perecer, por mucho que base su política en la voluntad de vencer y la fe en el socialismo internacional, o en la confianza en sí mismo» ([33]).
La Revolución rusa ha sido la experiencia más importante, la más rica de enseñanzas de la historia del movimiento obrero. Las futuras luchas revolucionarias del proletariado no lo serán si no hacen el esfuerzo de volver a hacer suyas sus múltiples lecciones. Pero, sin lugar a dudas, la primera de esas lecciones es la confirmación del ya antiguo y nunca tan actual grito de guerra del marxismo: «Proletarios de todos los países, ¡uníos!» y el convencimiento de que esa consigna no es una «idea hermosa» sino la condición previa y vital para el triunfo de la revolución comunista. El aislamiento internacional es la muerte de la revolución.
[1]) Idem
[2]) La primera constitución soviética de 1918 reconocía la ciudadanía «a todos los extranjeros que residan en el territorio de la Federación Soviética con tal de que pertenezcan a la clase obrera o al campesinado que no explota mano de obra».
[3]) Radek, citado por E.H. Carr, La Revolución bolchevique.
[4]) «Manifiesto de la Internacional comunista a los proletarios del mundo entero», en Los Cuatro primeros congresos de la Internacional comunista.
[5]) Las sesiones del IIº Congreso de la IC se celebraron ante un mapa donde se reflejaban los avances del Ejército rojo, en su contraataque sobre Polonia en verano de 1920. Como es sabido, lo único que logró esta incursión militar fue que los proletarios polacos cerraran filas en torno a su burguesía, siendo así derrotado el Ejercito rojo a las puertas de Varsovia.
[6]) Trotski, citado por E.H. Carr, op. cit.
[7]) En enero de 1918, estalló una huelga de medio millón de obreros en Berlín, que se extendió a Hamburgo, Kiel, el Rhur, Leipzig..., y se constituyeron los primeros Consejos obreros. Al mismo tiempo surgieron revueltas obreras en Viena y Budapest, que incluso la mayoría de periodistas burgueses (cf. E. H. Carr, op. cit.) decían que estaban relacionadas con la Revolución rusa, y más concretamente con las negociaciones de Brest-Litovsk.
[8]) Ver en la Revista internacional, nos 8 y 9: «La Izquierda comunista en Rusia».
[9]) Lenin, Obras escogidas.
[10]) «La responsabilidad histórica», Cartas de Spartacus, nº 18. Editada –en francés– en Rosa Luxembourg, Contre la guerre, par la revolution.
[11]) Ver en Revista internacional nº 8: «La Izquierda comunista en Rusia», y Revista internacional nos 12 y 13: «Octubre de 1917: principio de la revolución proletaria».
Ver también nuestro folleto –en francés– El periodo de transición del capitalismo al socialismo, donde a propósito de la experiencia rusa, examinamos el problema de las negociaciones del bastión proletario con los gobiernos capitalistas.
[12]) «Tesis del Iº Congreso de la IC sobre la situación internacional y la política de la Entente», en Los cuatro primeros congresos de la Internacional comunista.
[13]) Citado en E. H. Carr, op. cit.
[14]) E.H. Carr, op. cit.
[15]) Este Gobierno llegó a controlar todo el medio y bajo Volga. En octubre de 1918, se produjo el levantamiento de 400 mil “alemanes del Volga” que instituyeron en ese territorio una “Comuna de obreros”. La llamada “legión checa” eran prisioneros de guerra checoslovacos que fueron autorizados por el Gobierno ruso a abandonar Rusia por Vladivostok. En el camino 60 mil de los 200 mil con que contaba la expedición, se amotinaron, (hay que decir también que cerca de 12 000 soldados de esta “legión” engrosaron el Ejército rojo) creando bandas armadas dedicadas al saqueo y al terror.
[16]) Este antiguo socialrevolucionario sirvió en septiembre de 1917 de intermediario clandestino entre Kerensky y Kornilov. En enero de 1918 organizó un atentado contra Lenin, y luego fué nombrado representante de los “blancos” en París, donde por supuesto se codeaba no sólo con los servicios secretos de los “aliados”, sino con ministros, generales..., que en premio a su “democrática” labor le pusieron al mando de las escuadras de saboteadores, los llamados “verdes”.
[17]) Ver en la Revista internacional no 3, «La degeneración de la revolución rusa»; en las nos 8 y 9, «La Izquierda comunista en Rusia»; en las nos 12 y 13, «Octubre de 1917: principio de la revolución proletaria».
[18]) El socialismo jamás existió en Rusia, ya que exige la victoria a escala mundial del proletariado sobre la burguesía. La política económica de un bastión proletario aislado no puede sino ser dictada por el capitalismo dominante a escala mundial. El “socialismo en un sólo país” no es más que el taparrabo de la contrarrevolución estalinista, como siempre lo han denunciado los revolucionarios. Convidamos el lector interesado por estudiar más profundamente este tema a consultar la Revista internacional no 3, “la degeneración de la Revolución rusa”, o el capítulo “La Revolución rusa y la corriente consejista” en nuestro folleto Rusia 1917, comienzo de la Revolución mundial”.
[19]) Mi vida.
[20]) Las epidemias de tifus fueron tan extensas y tan repetidas, que Lenin mismo sostuvo: «o la revolución acaba con los piojos o los piojos acaban con la revolución».
[21]) E.H. Carr, op. cit.
[22]) A pesar de lo que entonces pensaban muchos de los miembros de la Izquierda comunista en Rusia, la NEP, no significaba una vuelta al capitalismo, pues en Rusia nunca hubo una economía socialista. Tomamos posición frente a esta cuestión de la NEP, en Revista internacional no 2: «Respuesta a Workers Voice», y nos 8 y 9: «La Izquierda comunista en Rusia».
[23]) Lenin, citado en E.H. Carr, op. cit.
[24]) E. H. Carr, op. cit.
[25]) Lenin, «La NEP y la revolución», en Teoría económica y Economía política en la construcción del socialismo.
[26]) De nuestro suplemento: No muere el comunismo, sino su peor enemigo el estalinismo.
[27]) Ver artículo en Revista internacional no 71.
[28]) Trotski, citado en E. H. Carr, op. cit.
[29]) Hemos expuesto nuestra posición sobre el papel del Estado en el periodo de transición, y las relaciones de los Consejos obreros con ese Estado, precisamente sacando lecciones de la experiencia rusa en el folleto El periodo de transición del capitalismo al socialismo, y en Revista internacional nos 8, 11, 15, 18. Asimismo, sobre nuestra crítica a la idea de que el partido toma el poder en nombre de la clase obrera, ver Revista internacional nos 23 y 34-35.
[30]) Trotski, La Teoría de la revolución permanente.
[31]) Lenin, Informe político del Comité central al Partido, 1922.
[32]) Introducción al folleto de la CCI: El periodo de transición del capitalismo al socialismo, editado en francés.
[33]) Rosa Luxemburgo: «La tragedia rusa». Cartas de Spartacus, nº 11, sept. de 1918.
Links
[1] https://es.internationalism.org/en/tag/historia-del-movimiento-obrero/1917-la-revolucion-rusa
[2] https://es.internationalism.org/en/tag/2/26/la-revolucion-proletaria
[3] https://es.internationalism.org/en/tag/2/37/la-oleada-revolucionaria-de-1917-1923
[4] https://es.internationalism.org/files/es/conquista_soviets.pdf