El 8 de enero de 2026, una montaña de desperdicios se derrumbó en Barangay Binaliw, en la ciudad de Cebú (Filipinas), aplastando vidas bajo toneladas de desechos capitalistas. Al menos cuatro personas perdieron la vida. Decenas más siguen desaparecidas. Pero el verdadero culpable no es ni la fuerza de gravedad ni la naturaleza, sino un sistema social que acumula basura a costa de los pobres y lo llama «desarrollo».
No fue una tragedia. Fue un crimen. Y las huellas del capitalismo están por todas partes.
El basurero de Binaliw nunca fue seguro. Era un monumento purulento, que el capitalismo dejaba en total indiferencia, explotado por «Prime Integrated Waste Solutions» bajo la cubierta de una «asociación público-privada». En realidad, era una bomba de tiempo: un basurero a cielo abierto disfrazado de vertedero subterráneo, excavado en una montaña y lleno de desechos, en contra de las normas básicas de la ingeniería y la decencia humana.
Se habían emitido advertencias y los habitantes habían protestado. El propio concejero municipal Joël Garganera había condenado el lugar calificándolo de catástrofe anunciada. Pero la municipalidad y sus socios privados persistieron. ¿Por qué? Porque, en el capitalismo, los desechos no son un problema que
haya que resolver, sino una actividad que hay que explotar. Y la vida de los trabajadores y de los pobres de las ciudades puede sacrificarse en aras de los balances financieros.
Hoy, mientras se retiran los cadáveres de entre los escombros, el Estado lleva a cabo su ritual habitual: lágrimas de cocodrilo, promesas de «investigación» y vagos discursos sobre «mejoras». Pero, como la Corriente Comunista Internacional (CCI) pone claramente en evidencia en su Manifiesto sobre la Crisis Ecológica [1], estas gesticulaciones no son más que teatro. La reforma es una mentira. La regulación no es más que una cortina de humo. El sistema no puede «repararse», pues funciona exactamente de acuerdo con sus fundamentos.
El «greenwashing (lavado verde)» del capitalismo -sus cumbres sobre el clima, sus promesas de «cero emisiones», sus chapuzas tecnocráticas- no hace más que agravar la crisis. No se trata de un mal funcionamiento. Se trata de la descomposición de un sistema. Y en su descomposición, envenena el aire, el agua, el suelo y la posibilidad misma de un futuro.
¿Quién murió en Binaliw? No fueron los ejecutivos. Tampoco los políticos. Fueron los trabajadores. Los recicladores de basura. Las familias que viven a la sombra de una montaña de basura. Han sido sacrificados en el altar de la «eficacia» capitalista, sepultados no solo bajo los desechos, sino también bajo el desprecio de un sistema que los considera también basura.
Este fenómeno no es exclusivo de Cebú. Desde Payatas hasta Delhi, desde Lagos hasta Yakarta, los pobres se ven obligados a vivir y morir entre los desechos. El capitalismo crea zonas -geográficas y humanas sacrificadas- y lo llama progreso.
La CCI no se anda con rodeos: el capitalismo es ecocida. No puede reformarse. Debe ser derrocado. La clase obrera es la única fuerza que tiene el poder y el interés de reorganizar la sociedad sobre una base racional, ecológica y humana.
Esto significa rechazar todas las ilusiones: la política electoral, las «soluciones» nacionalistas, los parches de las ONG y el activismo climático burgués. Esto significa construir un movimiento internacional y revolucionario arraigado en la lucha de clases y basado en la memoria histórica del proletariado, en particular en las lecciones de los consejos obreros de 1917-1919.
El derrumbe de Binaliw no es un hecho aislado. Es el síntoma de un sistema moribundo que nos arrastrará a todos en su caída si no actuamos. La elección no es entre una mejor gestión de los desechos y una peor, sino entre un mundo organizado para satisfacer las necesidades humanas y un mundo sepultado bajo su propia basura.
Les debemos a los muertos algo más que llorarlos. Les debemos justicia. Y la justicia no vendrá del Estado, del mercado o de las urnas electorales.
Vendrá de la calle, de las fábricas, de las asambleas de trabajadores que se niegan a ser enterrados vivos.
Que el hedor de Binaliw sea el olor del cadáver en descomposición del capitalismo. Enterremos al sistema antes de que él nos entierre a nosotros.
Internacionalismo (Filipinas)