El avance de la descomposición del capitalismo
domingo 13 de abril de 2025, 10:00 horas, Ciudad de México, 18:00 horas en España.
La aceleración y la ampliación de los efectos de la descomposición desde el advenimiento de Trump 2.0 en EE. UU. continúa. Entre los estragos para los trabajadores de todos los países están mayor caos y miseria.
El divorcio entre EE. UU. y las potencias europeas se ha hecho definitivo con la llegada al poder de Donald Trump por segunda ocasión. Para la relación del gobierno de los Estados Unidos con la burguesía de los demás países de América se anuncian cambios también históricos. En el contexto de los Bloques Imperialistas que se repartieron el mundo desde la segunda guerra mundial, México, siendo el patio trasero de los Estados Unidos ha seguido fielmente los dictados del padrino americano. Las disputas por los aranceles, la migración y el narcotráfico amenazan ahora con romper la “armonía” en que esta relación bilateral se ha mantenido. De igual manera, las amenazas de anexión de Canadá y de Groenlandia, más la recuperación del Canal de Panamá, todo ello siendo una expresión del caos en las relaciones imperialistas, representa una dificultad muy seria para la lucha de la clase trabajadora. El pudrimiento de las relaciones entre las burguesías de los países del continente americano es una expresión flagrante de la aceleración de la descomposición capitalista. La clase obrera debe rechazar los llamados nacionalistas como condición para unir sus luchas futuras por la destrucción del capitalismo mundial y sustituirlo por una nueva sociedad.
Te invitamos a la discusión política de estos aspectos y otros relacionados en nuestra reunión pública en español, que se llevará de forma presencial y virtual el domingo 13 de abril de 2025, 10:00 horas, Ciudad de México, 18:00 horas en España.
La reunión presencial se realizará en: Álvaro Obregón 185, 4º piso, Colonia Roma Norte, entre Tonalá y Monterrey (a una cuadra de Avenida Insurgentes), Ciudad de México. Participantes de otros países y lugares fuera de la Ciudad de México pueden integrarse en línea, si quieres asistir, escríbenos a [email protected] [1]
Corriente Comunista Internacional
Frente a la gravedad de la crisis climática y sus consecuencias, cada vez son más las voces que se alzan para incriminar la responsabilidad del sistema capitalista, esto es una clara indicación de que la mistificación, según la cual el Hombre -la especie humana en general- es quien está en su origen, ya no es suficiente para frustrar, para esterilizar la reflexión en curso dentro del proletariado. En la creación y adaptación permanente de la ideología burguesa, el nebuloso cajón de sastre académico-universitario del ‘Antropoceno’ es ahora sucedido por la niebla del cajón de sastre del Capitaloceno.
En particular, las teorías de Andreas Malm[1]ocupan un lugar privilegiado y son presentadas con gran publicidad y amplia repercusión internacional.
En su libro “Cómo dinamitar un oleoducto: nuevas luchas para un mundo en llamas”, señala que «ningún discurso empujará jamás a las clases dominantes a reaccionar», Andreas Malm hace un llamamiento al movimiento [ecologista] para que vaya más allá del pacifismo y recurra a la acción violenta no contra las personas sino contra la infraestructura del capitalismo fósil». Su “idea central”, resumida en ’[El Antropoceno contra la historia' (2017): no es la humanidad la que se ha convertido en una fuerza geológica -este es el significado de la palabra 'Antropoceno' acuñada por el Premio Nobel de Química holandés Paul Crutzen en 2002-, sino la economía y el capitalismo fósil que nacieron en Inglaterra con la máquina de vapor de James Watt, de ahí la preferencia de Andreas Malm por la palabra 'Capitaloceno'. El sueco busca reconciliar el marxismo y el ecologismo. (…) vincula la ecología con el marxismo, a menudo desacreditado en los círculos ecologistas por su productivismo: justifica el paso a la acción violenta en un ambiente dominado por el pacifismo; y no reniega del Estado como aliado en la transición ecológica dentro de un comunismo de guerra que teorizó en ‘El murciélago y Capital' (2020)[2]»
En ocasiones denunciado como «enemigo público nº 1[3]» y en otras alabado como un "pensador fundamental" y «uno de los más originales sobre el tema del cambio climático», es visto como el «nuevo gurú de los ecologistas radicales». La propaganda burguesa no duda en presentarlo como el «Lenin de la ecología», ¡nada menos!
Sin embargo, hay un contraste sorprendente en la forma en que la clase dominante trata al «Lenin de la ecología»: donde Lenin -y con él los revolucionarios del pasado- con el que es comparado Malm, o a los que se refiere este último, han sido condenados, calumniados, censurados, forzados al exilio, perseguidos por la policía de todas las variantes posibles de los diferentes regímenes políticos del capitalismo, con la democracia burguesa a la cabeza, Malm, en cambio, goza de reconocimiento público. Ocupa un lugar destacado en la universidad, sus libros han sido traducidos a más de una docena de idiomas y se encuentran fácilmente disponibles para un amplio público. Para aquellos que no leen, su mensaje ha sido amplificado por una gran producción cinematográfica de Hollywood (How to Blow Up a Pipeline), que muestra a un grupo de jóvenes que decide volar un oleoducto en Texas, y que ha sido ampliamente distribuida a nivel mundial. ¿Cómo explicar esta amplia publicidad global ofrecida por la clase dominante a su supuesto enemigo, a alguien que dice estar luchando contra su sistema? ¿Cuál es la razón de esta atención privilegiada por Malm de parte de la clase dominante?
La respuesta a estas preguntas y el secreto de este entusiasmo burgués por Malm se encuentra en los escritos del propio Malm. Ya en 2009, en su libro «El capital fósil», resume y condensa en unas pocas frases que casi podrían pasar desapercibidas bajo el montón de sus escritos, pero que revelan y desenmascaran la quintaesencia de su enfoque: Para él, el cambio climático «aprieta las tuercas a los marxistas, como a todos los demás. Cualquier argumento en la línea de "una solución: la revolución" o, menos sucintamente "las relaciones de propiedad socialistas son necesarias para luchar contra el cambio climático", es ahora indefendible. La experiencia de los dos últimos siglos indica que el socialismo es una solución terriblemente difícil de alcanzar; cualquier propuesta para construirlo globalmente antes de 2020 y luego comenzar a reducir las emisiones no sólo sería ridícula, sino irresponsable. (...) Si la temporalidad del cambio climático obliga a los revolucionarios a ser un poco pragmáticos, obliga a otros a empezar a pensar en medidas revolucionarias.[4] »
Por lo tanto, la lucha por el comunismo ya no estaría vigente, sino superada, obsoleta debido a la emergencia climática. Así, con este burdo juego de manos, Malm no hace más que defender y "teorizar" el vulgar «todos estamos en el mismo barco», tan apreciado por la ideología burguesa y eje central de la mistificación de la unidad nacional y de la paz entre las clases. Al rechazar la validez de la perspectiva de la revolución proletaria y el comunismo, según él, inapropiada e incapaz de proporcionar una solución a los problemas que enfrenta la humanidad en la situación histórica actual (incluida la cuestión de la devastación ecológica) Malm, de rodillas, proclama su lealtad a la clase dominante.
Su antisocialismo visceral y declarado da la medida de la validez de su "marxismo": desligado del combate por el comunismo, las referencias a Marx, Trotsky o Lenin no son ahora más que una colección de fórmulas vacías donde reinan amalgamas y falsificaciones.¡ La burguesía no tardó en darse cuenta de la utilidad que podía sacar del “marxismo” de Malm, castrado de su propósito revolucionario! Esto es lo que le valió el reconocimiento y la solicitud de la clase dominante, así como el lugar de honor que le reservaba en sus campañas oficiales.
Frente a la amenaza del calentamiento global, que identifica como la prioridad política número 1 para la humanidad, Malm, con la ayuda de toda una teoría (El Capital Fósil) que tiene el tono y la apariencia del materialismo histórico con la pretensión de actualizar y hacer avanzar el marxismo, afirma tener la solución para atacar su 'motor', la cual puede reducirse a la siguiente simple afirmación: para combatir el calentamiento global es necesario eliminar definitivamente las emisiones de gases de efecto invernadero que son responsables del mismo. Esto requiere la medida radical de erradicar el sector de los combustibles fósiles de la producción capitalista y «cerrar este negocio para siempre.[5]» ¡Y el problema estaría resuelto!
Este enfoque del rescate ecológico del planeta reducido a ‘descarbonización de todo’ ha sido denunciado como una aberración, por parte del campo ecologista y del mundo científico, (aunque ellos mismos no estén en condiciones de proporcionar alternativas reales), «un ejemplo de estrechez de miras contemporánea, que lleva al error que se ha señalado muchas veces (...): una subestimación sistemática de la multiplicidad de interacciones que caracterizan a los sistemas naturales y sociales[6].» La propia posición de Malm es objeto de crítica: «Podríamos desmantelar todos los oleoductos, todas las minas de carbón y todos los SUV y descubrir que todavía estamos condenados a la extinción “ porque todavía habría “degradación del suelo, escasez de agua dulce, disbiosis oceánica, destrucción del hábitat, etc." plaguicidas y otros productos químicos sintéticos”, siendo cada problema ‘comparable, en escala y gravedad, al colapso climático’. No estamos aquí luchando sólo contra el capital fósil, sino contra ‘todo el capital’[7]»
Como buen ideólogo burgués de la ecología, Malm encarna perfectamente el enfoque típicamente capitalista de abordar cada problema que surge en la sociedad capitalista por separado (proponiendo una supuesta ‘solución’ para cada uno) y tratarlos independientemente sin conectarlo con su raíz: el sistema capitalista en su conjunto y su crisis histórica. Un enfoque y un método muy alejados del materialismo histórico y que nada tiene que ver con el marxismo.
En un momento en que la humanidad, el proletariado mundial, se enfrenta a la aceleración de la descomposición del sistema capitalista donde los efectos combinados de la crisis económica, la crisis ecológica/climática y la guerra imperialista se suman, interactúan y multiplican sus consecuencias en una espiral devastadora, y que, entre estos diferentes factores, el de la guerra (como decisión deliberada de la clase dominante) forman el elemento acelerador decisivo de la agravación del caos y la crisis económica, ¡todo esto queda oculto por Malm![8]
En sus escritos no hay rastro de la crisis económica del capitalismo ni de las repercusiones catastróficas sobre la sociedad y el medio ambiente de la organización de la sociedad en su conjunto con vistas a la preparación permanente de la guerra desde la entrada del sistema capitalista en su decadencia. Mientras que, precisamente, el retorno de la guerra de ‘alta intensidad’ entre Estados constituye, en sí mismo y a nivel inmediato, (y hay muchas otras razones fundamentales para la imposibilidad del capital para encontrar una solución a la crisis ecológica,) una poderosa razón para abandonar las medidas de ‘transición ecológica’ y de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. De hecho: «No hay guerra sin petróleo. Sin petróleo es imposible hacer la guerra (...) Renunciar a la posibilidad de obtener suministros de petróleo abundantes y baratos, equivale simplemente a desarmarse. Las tecnologías de transporte [que no necesitan petróleo, como el hidrógeno y la electricidad] son totalmente inadecuadas para las fuerzas armadas. Los tanques eléctricos alimentados por baterías plantean tantos problemas técnicos y logísticos que deben considerarse imposibles, al igual que todo lo que funciona en tierra (vehículos blindados, artillería, vehículos de ingeniería, vehículos ligeros todo terreno, camiones) el motor de combustión interna y su combustible son tan eficientes y versátiles que sería suicida reemplazarlos.[9]»
Comprometido a convencernos de que hay una solución a la crisis climática dentro del capitalismo, Malm propone un «programa de transición ecológica» de diez puntos: «1) imponer una moratoria a todas las nuevas instalaciones de extracción de carbón, petróleo o gas natural, 2) cerrar todas las centrales eléctricas alimentadas por estos combustibles, 3) producir el 100% de la electricidad a partir de fuentes no fósiles, principalmente la energía eólica y solar 4) poner fin al desarrollo del transporte aéreo, marítimo y terrestre; la conversión del transporte terrestre y marítimo a electricidad y viento; racionar el transporte aéreo para garantizar una distribución justa hasta que pueda ser completamente reemplazado por otros medios de transporte. 5) desarrollar redes de transporte público a todos los niveles, desde el metro hasta los trenes intercontinentales de alta velocidad. 6) limitar el transporte de alimentos por barco y avión y promover sistemáticamente el abastecimiento local. 7) detener la destrucción de los bosques tropicales y poner en marcha importantes programas de reforestación; 8)aislar los edificios antiguos y requerir que los nuevos produzcan su propia energía sin emitir dióxido de carbono. 9) desmantelar la industria cárnica y dirigir las necesidades de proteínas humanas a fuentes de origen vegetal 10) dirigir la inversión pública hacia el desarrollo de las tecnologías energéticas renovables y sostenibles más eficientes, y las tecnologías de eliminación de dióxido de carbono.[10]»
Todo lo que Malm tiene el descaro de presentar como el equivalente del Manifiesto Comunista de Marx, destinado a reemplazarlo y sucederle, no es de ninguna manera diferente de lo que los gobiernos occidentales defienden (de palabra) y afirman querer implementar.
Malm solo se presenta como un defensor (¡pero cuidado, como un defensor ‘crítico’!) de las medidas de descarbonización adoptadas por los Estados occidentales. De este modo, sigue los pasos del IPCC[GIEC][11], que hace una década inauguró una nueva fase en las políticas de lucha contra el calentamiento global al presentar el uso de la geoingeniería[12] como algo ya inevitable. Para el IPCC, el Estado burgués y los gobiernos, se trata ahora de apoyarse en la alta tecnología "innovando" para "compensar" los efectos catastróficos producidos por el capitalismo y sus contradicciones sobre la naturaleza[13] «Si bien Andreas Malm aborda una crítica de la geoingeniería, no la desacredita por completo, ya que cree que será difícil prescindir de ciertas herramientas capaces de capturar carbono[14]» (es decir, las 'tecnologías de emisiones negativas', «el eufemismo utilizado para referirse a las técnicas de geoingeniería de la familia de la eliminación de dióxido de carbono sin asustar a la población.[15]») Mientras «espera algo mejor» (y puede que espere mucho tiempo) el médico de urgencias Malm ofrece su apoyo a los «medios que tiene a mano», el recurso creciente a las pócimas mágicas del Estado burgués y sus curanderos para ‘curar el Planeta’ que solo agravan exponencialmente la situación en lugar de aliviarla, generando nuevas calamidades con consecuencias cada vez más impredecibles y destructivas para la raza humana, la clase trabajadora y el sustento de la sociedad, el medio ambiente.
Según Malm, dado que esto es urgente desde el punto de vista del calentamiento global, y debido a que ya no podemos contar con la capacidad del proletariado para dotarse de sus órganos revolucionarios para desafiar el orden capitalista, debemos conformarnos con lo que tenemos a mano para apagar el incendio. Para él, como decidido adversario del comunismo, es el Estado capitalista, es decir, las decisiones estatales y la acción política en el terreno del Estado, quienes forman el alfa y omega de su visión política y delimitan su horizonte. Según él, a menos que se haga prueba de una «irresponsabilidad tan delirante como criminal», es necesario reconocer la necesidad de «abandonar el programa clásico de demolición del Estado (...) un aspecto del leninismo entre otros que parecen merecer una necrológica[16]» y concentrarse en la única herramienta que queda a disposición, el Estado burgués[17]. El «Lenin de la ecología» rechaza y abandona una de las contribuciones más importantes de Lenin al movimiento revolucionario: la restauración y clarificación de la posición marxista sobre el Estado. ¡Difícilmente podemos ir más lejos en el cuestionamiento y abandono del marxismo!
Si bien critica esta «herramienta muy imperfecta» y dado que «casi no hay posibilidades de que un Estado capitalista haga algo (...) por iniciativa propia. Debería ser forzado a hacerlo, utilizando toda la panoplia de presión popular a nuestra disposición, desde las campañas electorales hasta el sabotaje masivo.[18]» «Porque si un Estado pudiera tomar el control de los flujos comerciales, rastrear a los traficantes de vida silvestre, nacionalizar las compañías de combustibles fósiles, organizar la captura [de CO2] en el aire, planificar la economía para reducir las emisiones en aproximadamente un diez por ciento al año y hacer todas las demás cosas que deben hacerse, estaríamos bien encaminados para salir de la emergencia.[19]»
Él llama a que «se ejerza sobre él una presión popular, para cambiar las relación de fuerzas que él condensa, obligando al aparato y a las instituciones a romper los obstáculos y a empezar a moverse utilizando todos los métodos ya brevemente mencionados.[20] «(...) se requiere decisiones y decretos del Estado, o en otras palabras, el Estado debe ser arrebatado de las manos de todos los trileros y funambulistas de este mundo para que se implemente un programa de transición del tipo descrito anteriormente.[21]» Se trata, por tanto, de «aprovechar la menor oportunidad para mover al Estado en esta dirección, para romper con la normalidad de los negocios tan claramente como sea necesario y someter al control público a los sectores de la economía que están trabajando hacia el desastre.[22]»
Malm disfraza la imposibilidad y la completa incapacidad del sistema capitalista en su conjunto para dar una solución a la cuestión ecológica, haciendo pasar esta impotencia como un problema de inercia estatal, rehén de los intereses egoístas de los magnates del sector de los combustibles fósiles.
Lo que propone es hacer pleno uso de los mecanismos del Estado democrático burgués, apoyándolos con una buena dosis de ‘desobediencia civil’ por la buena causa: Malm está haciendo su contribución a los intentos de todos los Estados occidentales de llevar a las masas cada vez más abstencionistas de vuelta a las urnas. ¡Y así mantener las ilusiones sobre la democracia burguesa invitando a todos aquellos que están preocupados por el futuro del planeta a hacer de él el marco de su acción!
Y al mismo tiempo, Malm argumenta que para abordar las causas de la emergencia crónica, la coerción estatal es «necesaria y urgente» y exige «una nueva priorización de tareas para los aparatos represivos de los Estados de todo el mundo.[23]» Para justificar y legitimar la necesidad de una violencia y represión más activas por parte del Estado en el plano ecológico, toma como modelo y fuente de inspiración las drásticas medidas de control estatal y militarización de vastos sectores de la sociedad tomadas por el Estado soviético durante el comunismo de guerra en Rusia en 1918-21 frente a las intervenciones militares imperialistas, a la guerra civil y al hambre. En la misma línea, Malm recuerda los enormes sacrificios consentido por los obreros y campesinos rusos para justificar, aún hoy, la exigencia de «una forma de renuncia necesaria» y la imposibilidad «de eludir la prohibición del consumo de animales salvajes, el cese de la aviación masiva, el abandono gradual de la carne y otras cosas sinónimas de la buena vida.[24]» Un tema que, en última instancia, está al unísono con el campo burgués que aboga por la ‘sobriedad’ bajo el pretexto de defender el planeta para imponer ataques a las condiciones de vida de la clase explotada, que la crisis económica ha hecho indispensables.
En nombre de la defensa del planeta, los explotados deben actuar como ciudadanos, cumplir con las exigencias y someterse a los intereses del gran orquestador que es, en la cabeza de Malm, el Estado en lucha contra el calentamiento global.
Con una maleta llena de medidas de capitalismo de Estado bajo el brazo, Malm se está uniendo a favor de su programa llave en mano para el Estado burgués. «El llamado a la nacionalización de las empresas de combustibles fósiles y su transformación en equipos de captura directa de aire debería ser la demanda central para la transición en los próximos años.[25]» «Esto comienza con una nacionalización de todas las empresas privadas que extraen, procesan y distribuyen combustibles fósiles. La jauría desenfrenada de ExxonMobil, BP, Shell, RWE, Lundin Energy y todas las demás, tendrá que ser sometida y la forma más segura de hacerlo es llevar a estas empresas de vuelta al sector público, ya sea mediante la adquisición o la confiscación sin compensación, lo que parece más defendible.[26]»
“Hay que nacionalizarlas (...) No solo ‘deshacerse de estas empresas... sino convertirlas en empresas que presten un servicio de eliminación de carbono’. Convertirla en un servicio público para la estabilización climática.[27]”
Por lo tanto, Malm se presenta abiertamente como el administrador del Estado y del capital, nos quiere hacer creer que el Estado burgués en manos de fuerzas políticas decididas puede obligar al capitalismo a implementar la solución de abandonar los combustibles fósiles.
Para acreditar «su solución», Malm desarrolla una visión completamente mistificadora de la naturaleza del Estado burgués por encima de las clases, árbitro del interés general y del bien de todos, que puede y debe actuar por el bien común de la sociedad en su conjunto; un viejo estribillo de la ideología burguesa repetido durante décadas, especialmente por las fuerzas políticas de la izquierda capitalista (desde los socialdemócratas, los estalinistas y después de ellos los trotskistas).
Contrariamente a lo que sugiere Malm, el Estado no es «neutral», ni es el lugar donde la clase explotada puede ejercer e imponer su voluntad. ¡Al contrario! Como expresión de una sociedad dividida en clases antagónicas, el Estado es el único instrumento en manos de la clase dominante para mantener su dominación y garantizar sus intereses de clase, es por definición la herramienta de defensa de su sistema con la que impone la lógica de su sistema.
Tampoco es el Estado un órgano de ‘racionalización’, de ‘regulación’ de las contradicciones del capitalismo al que pueda dar una ‘solución’.
El dominio generalizado y creciente del Estado sobre el conjunto de la vida social durante más de un siglo no corresponde al establecimiento de soluciones viables a las contradicciones de su sistema (social, económica e imperialista) exacerbadas por su decadencia.
El desarrollo desenfrenado del Estado es, por el contrario, la expresión de las contradicciones y de la incapacidad del mundo burgués para superarlas, así como la del callejón sin salida en el que se encuentra históricamente.
En la situación histórica actual, después de más de un siglo de decadencia, la acumulación de contradicciones en la base de la existencia del sistema capitalista, y de sus efectos, se refleja en la creciente tendencia de la clase dominante a perder el control de su sistema, que se está haciendo trizas y pudriéndose en sus pies. Lejos de representar un freno a esta tendencia, el propio Estado se muestra cada vez más abiertamente como un vector de la irracionalidad destructiva que caracteriza y domina todo el sistema capitalista. El Estado y su acción se están convirtiendo en una agravante cada vez más comprobada de la crisis histórica del sistema capitalista en la fase terminal de su existencia, la de su descomposición.
Por lo tanto, no hay nada que esperar de la posibilidad de actuar sobre el terreno del Estado, y cualquier ilusión a este respecto debe ser rechazada con firmeza.
Es en este contexto que Malm nos invita a distinguir entre las diferentes partes que componen el aparato estatal, algunas de ellas más recomendables que otras, y a las que ¡en el modo clásico trotskistas!) presenta (¡críticamente!) como aliados progresistas[28]: «Esto no significa que los partidos socialdemócratas no tengan un papel que desempeñar. Por el contrario, son quizás nuestra mejor esperanza, como hemos visto en los últimos años. Nada hubiera sido mejor para el planeta que una victoria de Jeremy Corbin en el Reino Unido en 2019 y de Bernie Sanders en Estados Unidos en 2020. Si hubieran podido ponerse a cargo de los dos bastiones tradicionales del capitalismo, habría habido oportunidades reales para aprovechar la crisis actual y las que están en llamas para romper con lo de siempre.[29]» ¡Sin comentarios! Una vez más, se trata de otro engaño difundido por Malm para confundir la conciencia de los trabajadores sobre la verdadera naturaleza de estos partidos burgueses y para llevar a la población y a los trabajadores de vuelta a los partidos socialistas o socialdemócratas (que han demostrado repetidamente su naturaleza antiobrera). ¡Otra mentira destinada a ocultar el hecho de que en nuestra época todos los partidos burgueses son igualmente reaccionarios, y que no se puede esperar más de uno que de otro!
En las cuestiones del Estado, así como en las de sus fuerzas de izquierda, hay que reconocer a Malm al menos el ‘mérito’ de la claridad: desvela sin vacilar la lógica básica común a toda la corriente trotskista: ¡la defensa del capitalismo de Estado!
Las construcciones políticas de Malm son una parte integral de las campañas ideológicas de la clase dominante al servicio directo de sus intereses. ¡Su objetivo es proporcionarles el la envoltura radical y supuestamente anticapitalista que necesitan para esterilizar el comienzo de la reflexión sobre la responsabilidad del capitalismo en el desastre ecológico y desviarlo hacia el terreno del Estado y la democracia burguesa! Por lo tanto, Malm es merecedor de su condecoración de ‘la Orden de Lenin’ de la Ecología ya que:
-sus ‘teorías’ prolongan y continúan la campaña lanzada desde 1989 contra el Comunismo, esta vez en nombre del realismo frente a la crisis climática, que, por su urgencia, cambia la situación y hace inoperante la lucha por el comunismo.
-niegan que la solución a la crisis climática requiere la destrucción del Estado burgués, de las relaciones sociales capitalistas que garantiza, y la sustitución del sistema capitalista por una sociedad sin clases, la palabra revolución, en boca de Malm, cambia su significado y sólo significa el ajuste y la gestión del sistema capitalista.
-ya se trate de invocar medios a implementar propugnados por Malm -la desobediencia civil y la acción individual o masiva de sabotaje contra los principales emisores de gases de efecto invernadero (desinflar los neumáticos de los SUV de los más ricos, apuntar a un aeropuerto de jets privados o a una fábrica de cemento...)- o de su objetivo: presionar al Estado capitalista para que finalmente tome las decisiones correctas; su única vocación, en realidad es, encerrar dentro de los límites del orden capitalista, a todos los que puedan ser seducidos por este discurso. Al dejar intactas y preservar las relaciones sociales explotadoras del orden capitalista, en la raíz de los males que aquejan a la sociedad, todo es en beneficio de la clase dominante: no son más que callejones sin salida estériles que garantizan el statu quo y la impotencia.
En la siguiente parte de este artículo, discutiremos por qué las cuestiones sociales y ecológicas sólo pueden resolverse al mismo tiempo y que sólo el proletariado es el portador de la solución.
Scott.
[1] Profesor de geografía humana en la Universidad de Lund en Suecia y miembro de la organización trotskista Cuarta Internacional - Secretariado Unificado. Desde la década de 1990, Andreas Malm «se ha comprometido de manera duradera en la lucha contra la colonización de Palestina, contra la islamofobia en Europa y contra el ‘imperialismo americano’ (...) De 2002 a 2009 escribió para el periódico de un sindicato sueco, Arbetaren. A partir de 2010, escribió para el periódico Internationalen, el semanario trotskista del Partido Socialista Sueco, que forma parte del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional y del que es miembro. Participó en la revista estadounidense de izquierda radical Jacobin [6]. Es una de las personas que, desde el principio, ha participado en el Movimiento de Solidaridad Internacional en Suecia. Participa en grupos de desobediencia civil contra el cambio climático». (Wikipedia)
[3] 3 Malm fue citado como la principal inspiración para los ‘Levantamientos de la Tierra’ «abogando por la acción directa y justificando acciones extremas hasta e incluyendo la confrontación con la policía», en el decreto que intentaba disolver este movimiento por parte del Estado francés.
[4] Andreas Malm, Fossil Capital, The Rise of Steam Power and the Roots of Global Warming, Edition Verso, 2016, p. 383, [existe traducción al español, El capital fósil, el auge de la energía de vapor y las raíces del calentamiento global, editorial, Capitán Swing Libros]
[5] Andreas Malm, La Chauve-souris et le Capital, Editions La Fabrique, 2020, p.158 [existe traducción al español, El murciélago y el capital, cambio climático y guerra social, ediciones errata naturae]
[6] Hélène Torjman, La croissance verte contre la nature,, Editions la Découverte, 2021, p 247
[7] Socialalter n°59 "Sabotage: on se soulève et on casse?" [8] (Sabotaje : ¿nos levantamos y nos rompemos ?) (Agosto-Septiembre 2023) En esta entrevista, Malm presenta las críticas que le ha hecho el periodista de The Guardian George Monbiot.
[8] Frente a la actual guerra imperialista en Oriente Medio y sobre la cuestión clave del internacionalismo, Malm firma su membresía en el campo del capitalismo, eligiendo la defensa de un campo burgués (a favor del imperialismo palestino) contra otro: «Durante una conferencia en la Universidad de Estocolmo en diciembre de 2023, Andreas Malm elogia las masacres y atrocidades cometidas por Hamas durante el ataque de Hamas a Israel el 7 de octubre de 2023». (Wikipedia) Malm “ve detrás de este ataque 'la resistencia palestina', incluso afirma que es 'fundamentalmente un acto de liberación» (...) y dijo que acogía con beneplácito las respuestas de Hamás. «Uso estos videos como una droga. Me los inyecto en las venas. Los comparto con mis camaradas más cercanos», dijo. (diario del domingo, 10.04.2024) Este abyecto apoyo a las atrocidades de Hamás demuestra lo ajeno que es no solo a los intereses del proletariado, sino también a los de su enemigo.
[9] Conflicts n°42.
[10] Andreas Malm, L’anthropocène contre l’histoire, [El Antropoceno contra la historia], Editions La Fabrique, 2017, p.203
[11] GIECC Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, Quinto informe de 2014. [9]
[12] La geoingeniería es el conjunto de técnicas que tienen como objetivo manipular y modificar el clima y el medio ambiente de la Tierra.
[13] El uso total de las nuevas tecnologías es visto como un peligroso y preocupante callejón sin salida por los científicos más lúcidos: «(...) Este modelo parte de la misma visión y de las mismas estructuras socioeconómicas establecidas a finales del siglo XVIII, las de un capitalismo industrial dominado por una búsqueda frenética de recursos y eficiencia, donde el progreso técnico es el medio para estos fines. Este modo de producción nos ha llevado a donde estamos. Por lo tanto, es inútil esperar soluciones a la destrucción de la naturaleza que está en marcha. Por el contrario, (...) la instrumentalización de la vida y de los procesos vivos no hace más que profundizarse, sofisticarse y extenderse a nuevos campos, ayudada en ello por el poder de las herramientas científicas y técnicas en una dinámica perversa y contraproducente. La agricultura industrial contamina el aire, el suelo y el agua, destruye a los agricultores y los ecosistemas y ya no está destinada a alimentar a los seres humanos, sino a fabricar petróleo y productos químicos. ¿Qué hacemos? Estamos acelerando, haciendo todo lo posible para aumentar aún más la productividad y el rendimiento de los cultivos a través de la manipulación genética de las plantas (...) La extracción y el uso de combustibles fósiles emiten gases de efecto invernadero: fabricamos agrocombustibles que, al final, emiten aún más. (…) La emergencia climática es tal que estamos imaginando procesos destinados a "capturar y almacenar carbono": estos procesos no solo son extremadamente intensivos en energía y, por lo tanto, fuente de grandes emisiones de CO2, sino que debilitan la corteza terrestre, lo cual es una extraña forma de salvar el planeta. En resumen, la búsqueda de la eficiencia resulta contraproducente». (Hélène Torjman, La croissance verte contre la nature, Editions la Découverte, 2021, pp.98-99)
[14] Le Monde, 21 de abril de 2023.
[15] Hélène Torjman, La croissance verte contre la nature, Editions la Découverte, 2021, p. 97.
[16] Andreas Malm, La Chauve-souris et le Capital, Editions La Fabrique, 2020, p. 173.
[17] —¿Pero qué Estado? Acabamos de afirmar que el Estado capitalista es inherentemente incapaz de tomar estas medidas. Y, sin embargo, no hay otras formas de Estado disponibles. Ningún estado obrero basado en los soviets nacerá milagrosamente de la noche a la mañana. Ningún doble poder de los órganos democráticos del proletariado parece estar a punto de materializarse en un futuro próximo, ni en un día alguno. Esperar otra forma de Estado sería tan ilusorio como criminal, y así todos tendremos que lidiar con el lúgubre Estado burgués, enganchado como siempre a los circuitos del capital". Andreas Malm, La Chauve-souris et le Capital, Editions La Fabrique, 2020, p.173.
[18] Andreas Malm, La Chauve-souris et le Capital, Editions La Fabrique, 2020, p. 166.
[19] Ibíd.p. 192.
[20] Ibíd.p. 172.
[21] Andreas Malm, L’anthropocène contre l’histoire [El Antropoceno contra la historia], Editions La Fabrique, 2017, p. 210
[22] Andreas Malm, La Chauve-souris et le Capital, Editions La Fabrique, 2020, p. 172
[23] Ibíd.p.153-154.
[24] Ibíd.p. 188.
[25] Ibíd.p. 163.
[26] Ibíd.p. 158.
[27] Ibíd.p. 163.
[28] Partidos de izquierda, con los que Malm colabora directamente, como el Instituto La Boétie, el laboratorio de pensamiento [think tank] de La France Insoumise, en Francia. ¡Una prueba más de su pertenencia al campo burgués!
[29] Andreas Malm, La Chauve-souris et le Capital, Editions La Fabrique, 2020, p. 137.
Las imágenes de Zelensky siendo humillado por Trump en el Salón Oval de la Casa Blanca, burlado por llevar su uniforme sin corbata, pidiéndole que diera las gracias y luego mandándole callar, han despertado una ola de indignación en todo el mundo.
Que las relaciones entre las grandes burguesías sean de dominación, aplastamiento e intimidación no debería sorprendernos. Lo que ocurre es que suelen mantener sus maneras de gánsteres entre bastidores, lejos de las cámaras y los oídos indiscretos, mientras que Trump las convierte en un espectáculo a la vista de todos.
Pero la razón de esta onda expansiva en realidad es otra, mucho más profunda que la simple vulgaridad exhibida. Este acontecimiento ha arrojado ante el mundo las imágenes de una gran convulsión histórica, lo que los medios de comunicación han denominado “el gran cambio de las alianzas”. Detrás del abandono de Ucrania por Estados Unidos se esconde una ruptura con Europa y un acercamiento a Rusia, nada menos. Es la estructuración del mundo desde 1945, que después de haber sido remodelada en 1990, la que está en vías de ser barrida.
La reacción en Europa fue inmediata. De París a Londres, las cumbres se han encadenado una tras otra, un plan de 800,000 millones de euros para “rearmar Europa” fue votado, y Francia, Alemania y el Reino Unido afirmaron en voz alta y clara la necesidad de desarrollar la economía de guerra frente a la nueva amenaza rusa, ahora que la protección militar estadounidense parece caduca.
Desde entonces, en todos los países del mundo, los discursos se dan uno tras otro para advertir de la necesidad de aceptar nuevos sacrificios, porque según todas las burguesías, de cada lado de las fronteras, vamos a tener que armarnos más para proteger la paz (¡sic!). Así, India acaba de anunciar un gran proyecto para desarrollar su industria militar con el objetivo de contrarrestar las ambiciones de China en toda Asia.
“El capitalismo arrastra consigo la guerra como la nube arrastra la tempestad”, dijo Jean Jaurès desde la tribuna cierta tarde de julio de 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Esa misma perspectiva de guerra está hoy en la mente de todos. Para la clase obrera el futuro próximo es cada vez más aterrador. ¿Qué nueva catástrofe se avecina? ¿La invasión rusa de Europa? ¿Un enfrentamiento militar entre Estados Unidos y China, o entre India y China, o entre Israel e Irán? ¿Una Tercera Guerra Mundial?
El papel de las minorías revolucionarias consiste precisamente en saber discernir, en medio del ruido y el furor, entre las mentiras cotidianas, las incesantes manipulaciones y propaganda, la realidad del desarrollo histórico en curso. Sí, ¡el futuro va a ser muy difícil para la clase obrera! Tenemos que prepararnos para ello. Pero no, no es la Tercera Guerra Mundial lo que amenaza, ni siquiera la invasión de Europa. Es una barbarie menos frontal y general, más insidiosa y rastrera, pero igual de peligrosa y asesina.
El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, anunciando el fin de la URSS, reconocido oficialmente el 25 de diciembre de 1991. Para comprender la dinámica actual, hay que partir de este acontecimiento histórico.
Con el hundimiento sobre sí mismo del bloque del Este, el bloque occidental perdió su razón de ser, y Estados Unidos perdió a su enemigo mortal de más de cincuenta años -Rusia-, que quedó considerablemente debilitada. La burguesía de la primera potencia mundial comprendió inmediatamente la nueva situación histórica que se abría: el mundo dividido en dos bloques imperialistas se había acabado, la disciplina que era necesaria para mantener la cohesión de cada bloque se había acabado, la sumisión de los aliados de Estados Unidos para protegerse de los apetitos del ogro ruso se había acabado. Había llegado el momento de la fragilidad de las alianzas, del cambio de campo según las circunstancias de cada conflicto, de la explosión del “sálvese quien pueda”. Europa en particular, que había estado en el centro de la batalla Este-Oeste desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se vio liberada de este dominio. En cuanto a las naciones más sólidas y ambiciosas, el lugar de Rusia, el número 2, el gran adversario de Estados Unidos estaba en juego. Por ello, la burguesía estadounidense reaccionó inmediatamente: “Hoy nos encontramos en un momento excepcional y extraordinario... una rara oportunidad para orientarnos hacia un periodo histórico de cooperación... puede nacer un nuevo orden mundial: una nueva era, menos amenazada por el terror, más fuerte en la búsqueda de la justicia y más segura en la búsqueda de la paz”. Estas palabras, del presidente estadounidense George H. W. Bush pronunciadas en su discurso ante el Congreso el 11 de septiembre de 1990, siguen grabadas en la memoria. Al mismo tiempo -en nombre de un “nuevo orden mundial”, de “cooperación”, de “justicia” y de “paz”- los Tomawaks lanzados desde portaaviones estadounidenses y los tanques Abrams estaban en camino de aplastar Irak.
Con esta primera guerra del Golfo, en la que murieron casi 500,000 personas, Estados Unidos perseguía un doble objetivo: dar una verdadera exhibición de fuerza militar para apaciguar el creciente ardor imperialista de todas las demás naciones, en particular de sus antiguos aliados del bloque occidental, y obligarlos a todos a participar en la intervención en Irak, a obedecerles.
¿El resultado? En 1991, estalló la guerra en Yugoslavia: Francia, Gran Bretaña y Rusia apoyaron a Serbia, Estados Unidos optó por Bosnia, y Alemania por Eslovenia y Croacia. Alemania, que quería recuperar una ruta directa al Mediterráneo, ya estaba demostrando sus nuevas ambiciones. En 1994 estalló la guerra en Ruanda, con Francia del lado de los hutus y de su genocidio, y Estados Unidos del lado de los tutsis y su reconquista del poder.
Estos cinco años, 1990-1994, resumen toda la dinámica imperialista que siguió y que conocimos desde hace más de tres décadas. La “Operación antiterrorista” en Afganistán, la segunda guerra del Golfo, las intervenciones en Libia, Yemen y Siria... el resultado ha sido siempre el mismo:
- primero, una demostración de fuerza estadounidense, cuyo poder militar no tiene rival;
- después, un caos sin fin y la incapacidad de regular y estabilizar la región derrotada;
- por último, una exacerbación de las tensiones imperialistas a escala mundial, con cada nación desafiando cada vez más la hegemonía que Estados Unidos desea seguir imponiendo.
Estados Unidos, primera potencia mundial, se ha convertido también en el principal generador del “desorden mundial”.
- Contra Rusia, estacionando cada vez más fuerzas militares en las tierras de los antiguos satélites rusos;
- Contra Japón, librando una verdadera guerra comercial selectiva y reduciéndolo al estancamiento económico durante más de treinta y cinco años. En 1989, Lawrence Summers, entonces secretario del Tesoro estadounidense, declaró: “Japón representa una amenaza mayor para Estados Unidos que la URSS”;
- Contra Alemania, a la que le permitió desarrollar su economía, pero le limitó sus pretensiones militares.
Sin embargo, una nueva potencia había logrado alzarse a pesar de todo: China. “Fábrica del mundo”, auténtica locomotora económica mundial que Estados Unidos también necesita: los apetitos imperialistas chinos se agudizan cada vez más, hasta el punto de pretender ser capaz de hacerse un día con el lugar de la primera potencia mundial.
Es por ello, que, en 2011, la secretaria de Estado Hillary Clinton anunció la adopción por parte de Estados Unidos del “pivote estratégico hacia Asia”, una visión que sitúa a “Asia en el centro de la política estadounidense” y que se ilustra en términos concretos con un compromiso militar, económico y diplomático de Estados Unidos con el objetivo de aumentar su presencia e influencia en el seno de la región del Indo-Pacífico. Al año siguiente, Barack Obama confirmó esta reorientación de las fuerzas estadounidenses hacia Asia bajo el nombre de “reequilibrio”.
La respuesta de China no se hizo esperar. En 2013, anunció oficialmente sus nuevas ambiciones imperialistas mundiales. En 2013, el presidente Xi Jinping anunció el “proyecto del siglo”: la construcción de una “nueva ruta de la seda”, una red de enlaces marítimos y ferroviarios entre China, Europa y África, pasando por Kazajistán, Rusia, Bielorrusia, Polonia, Alemania, Francia, Reino Unido, Yibuti y Somalilandia. ¡Este proyecto abarca más de 68 países que representan 4.400 millones de habitantes y el 40% del PIB mundial!
El intento de Rusia de invadir Ucrania el 22 de febrero de 2022 fue una trampa. Estados Unidos provocó deliberadamente esta guerra al planear ampliar la presencia de las fuerzas de la OTAN en territorio ucraniano, en la frontera rusa, lo que sabía que sería intolerable para el Kremlin. ¿El objetivo? Arrastrar a Rusia a un atolladero, a un callejón sin salida. Ninguna guerra de ocupación desde 1945 ha tenido éxito, sea quien sea el “invasor”. Estados Unidos sabe todo esto con Vietnam.
Se trató de un plan urdido hace mucho tiempo. Todos los presidentes desde 1990, Bush padre, Clinton, Bush hijo, Obama, Trump, Biden... han continuado, uno tras otro, la misma labor de implantación de la OTAN en los países de Europa del Este.
Desde 2022 hasta el regreso de Trump, Estados Unidos informó y armó a Ucrania lo suficiente como para garantizar que la guerra duraría, para que los rusos no fueran vencidos ni vencedores, que permanecieran allí, atrapados, sacrificando las “fuerzas vivas de la nación” en el frente y desgastando todo el tejido económico en la retaguardia.
Estados Unidos ha jugado aquí una partida de billar a tres bandas. Después de todo, era fundamentalmente China el objetivo de la maniobra, siendo Rusia su principal aliado militar. Esta guerra significó también un freno al progreso de la “nueva ruta de la seda”. Y Estados Unidos aprovechó la ocasión para debilitar a Europa, sobre todo a Alemania, fuertemente dependiente de los mercados hacia el Este y del gas ruso.
Así pues, a finales de 2024, la reorientación imperialista estadounidense hacia Asia como nuevo “pivote” iniciada en 2011, empieza a tener graves repercusiones en el equilibrio del mundo:
- Según los expertos, China debía convertirse en la primera potencia mundial en 2020, luego en 2030, luego en 2040 y ahora en 2050... cuando no invierten pura y simplemente este pronóstico. En efecto, todas las señales se vuelven rojas para China: ralentización del crecimiento económico, crisis inmobiliaria, parálisis del proyecto de la ruta de la seda... incluso el objetivo de alcanzar a Estados Unidos en gastos militares es cada vez más lejano, con un presupuesto de “defensa” tres veces inferior al de su rival, ¡y así cada año!
- Aliada crucial de Estados Unidos contra la URSS durante más de cincuenta años, Europa ha perdido parte de su importancia geoestratégica con el ascenso de China, convirtiéndose sobre todo en un feroz competidor económico y en una fuente de países contestatarios, incluso enemigos, durante los conflictos armados. El discurso del ministro francés De Villepin en la tribuna de la ONU el 14 de febrero de 2003, para negarse a implicarse en la intervención militar en Irak, sigue siendo el símbolo de estos países europeos que se enfrentan cada vez más a Estados Unidos: “En este templo de las Naciones Unidas, somos los guardianes de un ideal, somos los guardianes de una conciencia. La pesada responsabilidad y el inmenso honor que nos corresponden deben llevarnos a dar prioridad al desarme en la paz. Y es un viejo país, Francia, un viejo continente como el mío, Europa, quien os lo dice hoy”. Los últimos acontecimientos de principios de 2025 han marcado definitivamente esa ruptura, una ruptura que acelerará enormemente el caos mundial.
“Escucha, seamos honestos, la Unión Europea fue concebida para cabrear a Estados Unidos”: he aquí, veintidós años después, en palabras de Donald Trump, la respuesta de la burguesía estadounidense a De Villepin y a la burguesía francesa.
El presidente estadounidense es un loco megalómano. La propaganda aprovecha este hecho, que está a la vista de todos, para poner sobre su espalda toda la podredumbre, la barbarie y la irracionalidad que se desarrollan hoy en día. Pero no es casualidad que haya sido un loco megalómano el que haya llegado a cabeza de la primera potencia mundial. Trump es el producto de la locura y la irracionalidad que gangrenan cada vez más a todo el sistema capitalista mundial. En este sentido, su presidencia no rompe con las políticas llevadas a cabo antes que él; las prolonga, las acelera y las lleva a su clímax. La política de Trump no es más que una caricatura desenmascarada de la política de toda la burguesía a la que pertenece.
¿Ha perdido Europa su importancia geoestratégica? Pues Trump está llevando las consecuencias hasta el extremo. A sus ojos, el “viejo continente” no es más que un competidor económico, así que, ¡al diablo con los acuerdos y las alianzas, al diablo con el escudo nuclear, y vivan las barreras aduaneras con extravagantes subidas de impuestos! El fin de la protección militar estadounidense tiene como objetivo obligar a todos los países de Europa a malgastar parte de sus recursos económicos en el desarrollo de sus fuerzas militares.
¿China es el principal enemigo a destruir? Entonces, cambiemos el “pivote” de Clinton y de Obama hasta el final: tenemos que arrebatar Rusia a China, aunque eso signifique sacrificar a Ucrania, hay que controlar el Canal de Panamá porque China pretende utilizarlo para construir su “nueva ruta de la seda”, y hay que avanza hacia Groenlandia porque China tiene los ojos puestos en el Ártico. El Polo Norte es actualmente uno de los puntos calientes del planeta: Rusia, China, Canadá y Estados Unidos aspiran a dominar esta zona. ¡De hecho, China ha declarado su deseo de abrir una “nueva ruta de la seda polar”!
Así, detrás de las declaraciones más descabelladas de Trump, se esconde la persecución de los objetivos centrales de toda la burguesía estadounidense: debilitar a China e impedirle definitivamente que pretenda ocupar el lugar de primera potencia mundial algún día.
La forma de actuar de Trump es, simplemente mucho más agresiva, caótica e irracional que la de sus predecesores ¡Es la quintaesencia de la agresividad, el caos y la irracionalidad del actual periodo histórico! Lo que a veces puede conducir al éxito. El 7 de febrero de 2025, tras su reunión con el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, el presidente panameño José Raúl Mulino anunció que no prolongaría la cooperación con China. Pekín declaró inmediatamente que “lamentaba profundamente” esta retirada. “China se opone firmemente a que Estados Unidos utilice la presión y la coacción para denigrar y socavar la cooperación”, declaró Lin Jian, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino.
Pero, excepciones aparte, la forma de hacer las cosas de Trump, producto del caos mundial, se está convirtiendo a su vez en un factor activo y acelerador de ese mismo caos.
Trump y su camarilla dirigen la política económica e imperialista de la primera potencia mundial de la misma manera que dirigen sus negocios: buscan las “jugadas adecuadas”, sin ningún plan a largo plazo, necesitan obtener ganancias, “ahora mismo y de inmediato”. Las consecuencias son obviamente catastróficas.
Al abandonar Ucrania, Trump ha dicho al mundo: la palabra del Estado estadounidense no vale nada, no podéis confiar en nosotros. Es más, Trump y su camarilla no buscan establecer alianzas internacionales, sino acuerdos bilaterales puntuales válidos “ahora mismo”. India, Corea del Sur y Australia están ahora especialmente preocupadas y recelosas de su “amigo americano”, cuya fiabilidad ya había quedado muy dañada por la precipitada y caótica salida de las tropas estadounidenses de Afganistán en 2021. Canadá se acerca a Europa, cuyos compromisos parecen más fiables.
Peor aún, al abandonar Europa, Trump ha roto definitivamente los lazos que quedaban después de 1990. Las consecuencias para Europa aún no son previsibles, pero cualquiera que sea el camino que se tome, resultará perjudicial para Estados Unidos: ya sea un fortalecimiento de la cohesión de las principales potencias europeas contra Estados Unidos, con una guerra comercial acrecentada y un desarrollo de la fuerza armada europea, o ya sea una mentalidad aún más exacerbada del “cada uno para sí” al seno de Europa, con una Unión Europea que se disgrega en parte; potencias que refuerzan sus economías de guerra nacional para poder jugar sus propias cartas siempre que se presente la oportunidad. Lo más probable es que ambas dinámicas coexistan, dependiendo de los conflictos y de los rincones del planeta que estén en juego. Pero en todos estos casos, Estados Unidos se enfrentará a un mundo imperialista que le será aún más hostil y menos estable, menos controlable.
Y todo ello, ¿para qué? Trump y su camarilla ni siquiera están seguros de ganarse a Rusia para ellos. De hecho, es imposible. Así que Trump ha abierto una brecha entre China y Rusia, que ya desconfiaban la una de la otra desde hace mucho tiempo. China está ocupando tierras rusas ricas en minerales en contra de los deseos del Kremlin. Rusia entró en guerra en Ucrania sin la bendición de Pekín. Este ha sido el caso de todas las “alianzas” imperialistas desde 1990: son frágiles y cambiantes. Pero nunca logrará convertir a Rusia en su aliado. Putin intentará sacar todo lo que pueda de la “buena jugada” de Trump, pero nada estable saldrá de esta “agitación de alianzas” que ya nunca lo serán.
Fundamentalmente, tras los sucesivos y constantes fracasos de la burguesía norteamericana para imponer su orden y limitar el “cada uno para sí”, Trump ha reconocido la imposibilidad de detener esta dinámica y ha declarado abierta la “guerra de todos contra todos”, como verdadera “estrategia” de la nueva administración norteamericana.
Al abandonar a Ucrania y Europa y volcarse hacia Rusia, Trump ha destruido los escasos cimientos del orden internacional que sobrevivieron al colapso de la URSS en 1990. Y no hay posible vuelta atrás.
Obviamente, dado el nivel de amateurismo e incompetencia de la camarilla de Trump, los fracasos actuales y futuros, el caos que se desarrollará en todo el mundo y los previsibles reveses económicos e imperialistas para Estados Unidos, la burguesía estadounidense intentará reaccionar y prepararse para la era post-Trump. La burguesía estadounidense tiene todo el interés de lograr borrar las payasadas y exageraciones de la camarilla de Trump, de revivir su muy eficaz “poder blando” y tratar de restaurar la credibilidad de sus palabras y compromisos. Pero en realidad ninguna vuelta atrás será posible. Porque detrás de esta aceleración de los acontecimientos se encuentra la confirmación y manifestación del impasse histórico que representa la supervivencia del capitalismo para la sociedad: la próxima administración cambiará, puede ser, la forma de su política, pero no el fondo, la confianza en la solidez de la palabra estadounidense no volverá, las alianzas destruidas con Europa no se reconstruirán, el caos en Ucrania no se detendrá y las relaciones con Rusia no se pacificarán[1].
Al contrario, el futuro, es la guerra que se extiende a Oriente Próximo, probablemente a Irán, Rusia pone el ojo en sus vecinos -Moldavia, por ejemplo- es el aumento de las tensiones en Asia, en torno a Taiwán, entre China e India... El futuro es un capitalismo mundial que se pudre de pie, revolcándose en la barbarie, el sálvese quien pueda, la multiplicación de los conflictos bélicos... El futuro es una economía de guerra que se desarrolla en todos los países y exige de la clase obrera que trabaje más, que trabaje más rápido, que gane menos, que reciba menos educación y menos atención sanitaria...
Sí, ¡este es el futuro del capitalismo! La única respuesta es la lucha de clases. La amenaza de la extensión de la barbarie guerrera puede asustar, paralizar y hacer que la gente quiera ser “protegida” por “su” Estado. Pero ese mismo Estado atacará sin piedad a “sus” trabajadores para aumentar los ritmos de producción y desarrollar su economía de guerra. De aquí surge el camino que tomará la lucha de clases en los próximos años: la negativa a apretarse más el cinturón conducirá a la lucha obrera masiva, al desarrollo de la solidaridad, de la conciencia y la organización de los trabajadores.
Desde el “verano de la ira” que estalló en 2022 en el Reino Unido, esta serie de huelgas que duraron varios meses en todos los sectores, la clase obrera a nivel mundial ha redescubierto la voluntad de luchar, de tomar las calles, de reagruparse, de discutir y de luchar unida. Esta es la única dinámica que puede ofrecer a la humanidad un futuro diferente: el futuro del derrocamiento del capitalismo, el fin de sus guerras, el fin de sus fronteras y su explotación, el futuro de la revolución proletaria por el comunismo.
Y corresponde a las minorías revolucionarias, a todos los elementos en búsqueda, a todos los que aspiran a otra perspectiva diferente de este capitalismo decadente y bárbaro, reunirse, discutir, establecer el vínculo entre la guerra, la crisis económica y los ataques a la clase trabajadora, y señalar la necesidad de luchar de forma unida, en tanto que clase.
Gracchus (24/03/2025)
[1] Además, Rusia es perfectamente consciente de que la burguesía estadounidense ya se está preparando para la era post-Trump y existe una enorme probabilidad de que la próxima camarilla en el poder provenga de la histórica tradición antirrusa de Estados Unidos, lo que hace que los actuales pseudoacuerdos sean aún más frágiles. Rusia desconfía.
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[1] mailto:[email protected]
[2] https://es.internationalism.org/en/tag/personalidades/donald-trump
[3] https://es.internationalism.org/en/tag/noticias-y-actualidad/trump-20
[4] https://es.internationalism.org/en/tag/acontecimientos-historicos/eleccion-trump
[5] https://es.internationalism.org/en/tag/3/45/descomposicion
[6] https://jacobin.com/
[7] https://www.lemonde.fr/
[8] https://www.socialter.fr/article/edito-l-impasse-ou-la-casse-sabotage
[9] https://www.ipcc.ch/site/assets/uploads/2018/02/SYR_AR5_FINAL_full_es.pdf
[10] https://es.internationalism.org/en/tag/3/50/medio-ambiente
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[12] https://es.internationalism.org/en/tag/noticias-y-actualidad/situacion-mundial-2025
[13] https://es.internationalism.org/en/tag/3/48/imperialismo