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Las cartas están sobre la mesa: los gobiernos federal y regionales quieren imponer decenas de millones de ahorro, cada uno dentro de sus respectivas competencias, para que la economía belga sea más competitiva y más rentable. Todos los sectores de la clase trabajadora se verán duramente afectados por este amplio programa de austeridad.
Mientras se despide masivamente a los trabajadores de las empresas privadas, se sigue impugnando la indexación automática de los salarios y las prestaciones, se recortan las primas por horas extras y el trabajo nocturno, se aumenta la flexibilidad laboral, se restringe el derecho al subsidio de desempleo, se aplican fuertes recortes a las pensiones y al seguro médico, se reduce el número total de empleados públicos, se pone en peligro la contratación del personal docente, etc.
Y todo ello en un momento en que las condiciones de trabajo en todas partes son cada vez más insoportables: subempleo, aceleración del ritmo de trabajo, difuminación de la frontera entre la vida profesional y la vida privada, aumento de los precios debido a la inflación, recortes en todo tipo de subvenciones, aumento de los desastres medioambientales, depresión, agotamiento. ¡Basta ya!
El Gobierno afirma que no hay elección. Según la lógica de la clase dominante, hay que aumentar la competitividad para hacer frente a la caída del crecimiento económico y a la guerra comercial acentuada por las políticas económicas proteccionistas de Trump, pero también por el crecimiento de los costos de los gastos militares ligados a las tensiones y guerras imperialistas. En todos los países, las clases dominantes intentan trasladar a los trabajadores las consecuencias de “sus” crisis de sobreproducción, es decir, mercancías que ya no pueden vender con un beneficio suficiente en los mercados disponibles. El trabajo debe costar menos. Una vez más, la atención no se centra en el bienestar o las necesidades de los trabajadores, sino en la venta rentable de bienes y servicios. Rechacemos esta lógica deletérea y suicida de la burguesía.
¡No estamos solos en nuestra reacción! En 2022-23, en Gran Bretaña, decenas de miles de trabajadores de empresas de diferentes sectores lucharon durante casi un año. En 2023, en Francia, los trabajadores participaron masivamente en 14 “jornadas de acción” contra los ataques del gobierno a las pensiones. En Bélgica misma, en cuanto aparecieron las primeras “filtraciones” sobre las medidas previstas, la fuerza y el dinamismo de las movilizaciones en la manifestación intersectorial del 13 de enero y en la manifestación de los profesores del 27 de enero dieron lugar a una participación masiva de más de 30 mil manifestantes, mucho más de lo que “esperaban” o más bien “deseaban” los sindicatos. Los manifestantes se reunieron en Bruselas procedentes de todas las regiones, y el movimiento se extendió a sectores distintos de la educación y el ferrocarril, desafiando la intención inicial de los sindicatos. La movilización demostró así que el descontento va más allá de cualquier medida particular o “reforma” específica: expresa la voluntad de resistir a las intenciones de la patronal y del gobierno de hacer pagar la crisis a la clase trabajadora.
¡Basta ya! Rechacemos soportar pasivamente esta avalancha de ataques contra nuestras condiciones de vida. Nuestra primera victoria es la lucha misma. Pero para contrarrestar realmente estos ataques, necesitamos librar la batalla lo más ampliamente posible de forma unida, más allá de la empresa, el sector o la región en la que trabajemos. Todos los trabajadores están “en el mismo barco. No son movimientos separados, sino un grupo colectivo: obreros y empleados, sindicalizados y no sindicalizados, inmigrantes y autóctonos”, como dijo un profesor en huelga en Los Ángeles en marzo de 2023.
Nuestra fuerza reside en unir nuestras luchas en un solo movimiento
La burguesía ha comprendido muy bien que sus planes provocarán la reacción de amplios sectores de la clase. Corresponde principalmente a los sindicatos encuadrar y desviar esta resistencia esperada. Han visto crecer semana tras semana la ansiedad y el descontento de los trabajadores y están ocupando preventivamente el terreno para evitar que el descontento se manifieste en acciones “incontroladas”.
Una vez más, se recurre a tácticas ya probadas: ¡aislar y dividir a los distintos sectores cuando las medidas afectan a todos! Una manifestación sólo para el personal sanitario y social en noviembre, seguida de una jornada de acción el 13 de diciembre para protestar contra las “medidas de austeridad europeas”. Para la jornada de acción del 13 de enero, sólo se anunció una huelga contra la “reforma de las pensiones” en los ferrocarriles. Sólo mucho más tarde, bajo la presión social, los sindicatos decidieron que también participaría el sector educativo, y más tarde se sumaron otros sectores. En Valonia, los sindicatos han organizado jornadas de huelga separadas para los profesores de la comunidad francesa los días 27 y 28 de enero, evitando así una participación masiva en Bruselas el 13 de enero. La manifestación del 13 de febrero, es llevada a la “defensa del servicio público”, ¡como si a los trabajadores del sector privado o a los desempleados no debieran defenderlos! En resumen, el objetivo es planificar una serie de días de acción sin futuro, como hicieron en Francia, o intentan cada vez limitar las movilizaciones concentrándolas en determinados sectores, como hicieron en Gran Bretaña, o en aspectos particulares de los planes de austeridad, para agotar finalmente la voluntad de lucha y abrir el camino y dar concesión a las medidas de austeridad, bajo el falaz argumento de “que los sacrificios son inevitables, con la condición de que sean repartidos justamente”.
Para evitar las trampas tendidas por los sindicatos, saboteadores de las luchas al servicio de las clases dominantes, y desarrollar la contraofensiva, ser numerosos es importante pero no suficiente: también necesitamos tomar nuestras luchas en nuestras propias manos. Para ello, debemos
- crear foros de debate y toma de decisiones, como asambleas generales soberanas abiertas a todos, y unirnos en torno a reivindicaciones unificadoras;
- superar las divisiones regionales, y las divisiones entre los trabajadores del sector público y privado y los desempleados;
- contrarrestar cualquier tendencia a dividir las luchas, enviando delegaciones masivas a otros trabajadores para que se unan a la lucha;
- negándose a pagar la crisis y las guerras del capitalismo.
Es esta dinámica de solidaridad, expansión y unidad la que siempre ha hecho tambalearse a la burguesía a lo largo de la historia.
Corriente Comunista Internacional
10-02-2025
Ven a discutir a la Reunión Pública del sábado 1 de marzo en Bruselas: rue du Fort 35, 1060 Saint-Gilles de 14h a 18h.
sábado 15 marzo 2025 a 15:00h (Hora de Europa).
Estas permanencias en línea son espacios de debate abiertos a todos aquellos que deseen reunirse de manera virtual para la discusión fraternal, entre ellos y con la CCI.
Invitamos encarecidamente a nuestros lectores y simpatizantes a participar para continuar la reflexión sobre los problemas de la situación actual y confrontar nuestros puntos de vista. También pedimos se nos comunique por mail las cuestione que le gustaría se abordaran.
Los lectores que deseen participar en las sesiones en línea pueden enviarnos un mensaje esté a nuestro correo electrónico [3], indicando que pregustas le gustaría abordar, para que podamos organizar los debates de la mejor manera posible.
Los detalles técnicos para conectarse a la permanencia serán facilitados más adelante a los interesados en participar.
CCI.
Estamos asistiendo a las últimas etapas de la ruptura del «orden mundial» inaugurado por la guerra imperialista de 1939-45. Cuando el bloque imperialista ruso se derrumbó a principios de la década de 1990, la CCI anticipó que el bloque occidental también se desmoronaría. Este proceso fue inmediatamente señalado por los conflictos entre EE. UU. y sus antiguos aliados sobre la guerra en la antigua Yugoslavia y confirmado por las profundas divisiones en la invasión de Irak en 2003. Pero ahora el divorcio entre EE. UU. y las potencias europeas se ha hecho definitivo.
Esto no nos conduce hacia un mundo de paz y reconciliación. Ni mucho menos. El impulso bélico del capitalismo se intensifica, pero adopta una forma caótica, tanto más peligrosa cuanto que no existe disciplina de bloque. El futuro mismo de la humanidad está amenazado por un torbellino de guerras imperialistas, destrucción ecológica y desintegración social.
El crecimiento del militarismo sólo puede significar nuevos ataques contra el nivel de vida de la clase trabajadora, ya sometida al azote de décadas de crisis económica. Los políticos, especialmente en Europa occidental, son bastante abiertos al respecto y han decidido poner en marcha gigantescos programas de armamento: «pistolas o mantequilla», otra vez.
Por ello, la CCI organiza un tercer encuentro público internacional en línea centrado en la situación mundial actual. Es esencial que todos aquellos que entienden la necesidad de librar al mundo de un sistema capitalista en decadencia reconozcan exactamente a qué se enfrenta la clase obrera. Por ello, animamos a todos aquellos comprometidos en la búsqueda de «la verdad de este mundo» y de la forma de superar el capitalismo a que asistan a esta reunión y participen en el debate.
CCI
En recientes artículos escritos los primeros días de la segunda presidencia de Donald Trump en Estados Unidos, la CCI ya ha explicado que el peligroso caos y los estragos que ha desatado en el mundo desde que se instaló en la Casa Blanca no son una aberración individual en un sistema por lo demás estable, sino la expresión del colapso del sistema capitalista en su conjunto y de su principal potencia. El gangsterismo imprevisible de la administración de Trump refleja un orden social en ruinas. Además, la facción liberal democrática de la burguesía estadounidense que se resiste con uñas y dientes a la nueva presidencia es igualmente parte de este colapso y en ningún sentido un "mal menor" o una solución alternativa al movimiento populista MAGA (Make America Great Again) que debería apoyar la clase obrera.
Cualquiera que sea la forma política que adopte hoy el capitalismo, en su agenda sólo figuran la guerra, la crisis y la pauperización de la clase obrera. La clase obrera tiene que luchar por sus intereses de clase contra todos los sectores de la clase dominante. El resurgimiento de las luchas obreras para defender los salarios y las condiciones de vida, como ha ocurrido recientemente en Boeing y en los muelles de la costa este de EE. UU., junto con el de la combatividad en Europa, son la única promesa para el futuro.
En este artículo queremos ampliar la explicación de por qué y cómo Trump fue elegido para un segundo mandato, y porqué es más extremo y peligroso que el primero, para mostrar más claramente el destino suicida del orden burgués que lo caracteriza y la alternativa proletaria al mismo.
A finales de 2022, A mitad del mandato de Biden en la Casa Blanca, la CCI hizo este balance de la primera presidencia de Trump:
"La irrupción del populismo en el país más poderoso del mundo, coronada por el triunfo de Donald Trump en 2016, trajo cuatro años de decisiones contradictorias y erráticas, denigración de las instituciones y acuerdos internacionales, intensificando el caos global y conduciendo a un debilitamiento y descrédito del poder estadounidense y acelerando aún más su declive histórico."
La presidencia de Biden que siguió a la primera Administración de Trump no fue capaz de revertir este empeoramiento de la situación:
"...por mucho que lo proclame el equipo de Biden en sus discursos, no es una cuestión de deseos, son las características de esta fase final del capitalismo las que determinan las tendencias que está obligado a seguir, conduciendo inexorablemente al abismo si el proletariado no puede ponerle fin mediante la revolución comunista mundial."[[1]]
El principio rector del primer mandato de Trump y de su campaña electoral - "América primero"- ha continuado en su segundo mandato. Este lema rector significa que Estados Unidos solo debe actuar en su propio interés nacional en detrimento de otros, tanto "aliados" como enemigos, mediante el uso de la fuerza económica, política y militar. En la medida en que puede hacer "tratos" -en lugar de tratados- con otros países (que de todas formas pueden romperse en cualquier momento según la "filosofía" que subyace a este lema) significa que EE. UU. hace a los gobiernos extranjeros "una oferta que no pueden rechazar", según la famosa frase de la película de gángsters El Padrino. Como parece haber dicho Marco Rubio, nombrado por Trump secretario de Estado, a los gobiernos extranjeros: Estados Unidos ya no va a hablarles de intereses globales y del orden mundial, sino sólo de sus propios intereses. Sin embargo, "La Fuerza da la razón" no es un grito de guerra aglutinador para el liderazgo estadounidense.
“América Primero” fue el reconocimiento de una parte de la burguesía estadounidense de que en 2016 la política exterior que había seguido hasta entonces de ser el policía mundial para crear un nuevo orden mundial tras el colapso del bloque ruso en 1989 sólo había conducido a una serie de fracasos costosos, impopulares y sangrientos.
La nueva política reflejaba la conciencia final de que la Pax Americana[[2]] establecida después de 1945 y que garantizó la hegemonía mundial de Estados Unidos hasta la caída del Muro de Berlín, no podía restablecerse de ninguna forma. Peor aún, en la interpretación de Trump, la continuación de la Pax Americana -es decir, la dependencia de sus aliados de la protección económica y militar de Estados Unidos- significaba que estos antiguos miembros de su bloque imperialista se estaban aprovechado "injustamente" de Estados Unidos..
La Operación Tormenta del Desierto, en 1990, fue el uso masivo de poder militar por parte de Estados Unidos en el Golfo Pérsico con el objetivo de contrarrestar el aumento del desorden mundial en la geopolítica tras la disolución de la URSS. Se dirigió especialmente contra las ambiciones independentistas de sus antiguos grandes aliados en Europa.
Pero sólo unas semanas después de esta horrible masacre, estalló un nuevo conflicto sangriento en la antigua Yugoslavia. Alemania, actuando por su cuenta, reconoció a la nueva república de Eslovenia. Solo con el bombardeo de Belgrado y los Acuerdos de Dayton de 1995, Estados Unidos consiguió imponer su autoridad en la situación. La Tormenta del Desierto había estimulado, no atenuado, las tendencias centrífugas del imperialismo. Por consiguiente, se desarrolló el yihadismo islámico, Israel empezó a sabotear el proceso de paz palestino minuciosamente diseñado por EE. UU., y el genocidio de Ruanda dejó un millón de cadáveres, en el que las potencias occidentales cómplices actuaron por sus diferentes intereses. La década de 1990, a pesar de los esfuerzos estadounidenses, ilustró, no la formación de un nuevo orden mundial, sino la acentuación del sálvese quien pueda en política exterior y, por tanto, el debilitamiento del liderazgo estadounidense.
La política exterior estadounidense de los "neoconservadores" liderados por George W. Bush, que llegó a la presidencia en 2000, condujo a fracasos aún más catastróficos. Después de 2001 se lanzó otra operación militar masiva en Oriente Medio con la invasión estadounidense de Afganistán e Irak en nombre de la "guerra contra el terror". Pero en 2011, cuando Estados Unidos se retiró de Irak, no se había logrado ninguno de los objetivos previstos. Las armas de destrucción masiva de Sadam Husein -un pretexto inventado para la invasión- resultó que no existían. En Irak no se instauraron la democracia y la paz en lugar de la dictadura. No hubo retroceso del terrorismo: al contrario, Al Qaeda recibió un importante estímulo que provocó atentados sangrientos en Europa Occidental. En los propios Estados Unidos las aventuras militares, costosas tanto en dinero como en sangre vertida, fueron impopulares. Sobre todo, la guerra contra el terrorismo no consiguió alinear a las potencias imperialistas europeas u otras con Estados Unidos. Francia y Alemania, a diferencia de 1990, optaron por no participar en las invasiones estadounidenses.
Sin embargo, el retorno al "multilateralismo" en lugar del "unilateralismo" de los neoconservadores, durante la presidencia de Barack Obama (2009-2016) tampoco tuvo éxito en la restauración del liderazgo mundial de Estados Unidos. Fue en este período cuando explotaron las ambiciones imperialistas de China, como ejemplifica su desarrollo geoestratégico de la Nueva Ruta de la Seda a partir de 2013. Francia y Gran Bretaña persiguieron sus propias aventuras imperialistas en Libia, mientras que Rusia e Irán aprovecharon la semi-retirada estadounidense de las operaciones en Siria. Rusia ocupó Crimea y comenzó su agresión en la región ucraniana de Donbass en 2014.
Tras el fracaso de la monstruosa carnicería de los neoconservadores vino el fracaso diplomático de la política de "cooperación" de Obama.
¿Cómo podrían empeorar las dificultades de Estados Unidos para mantener su hegemonía? La respuesta llegó en la forma del presidente Donald Trump.
En su primera presidencia, la política “America First” de Trump empezó a destruir la reputación de Estados Unidos como aliado fiable y como líder mundial con una política y una conducta moral fiables. Además, fue durante su Administración cuando surgieron serias diferencias dentro de la clase dominante estadounidense sobre la vandálica política exterior de Trump. Aparecieron divergencias cruciales en la burguesía estadounidense sobre qué potencia imperialista era un aliado y quién un enemigo en la lucha de EE. UU. por mantener su supremacía mundial.
Trump renegó del Pacto Transpacífico, del Acuerdo de París sobre el cambio climático y del Tratado Nuclear con Irán; Estados Unidos se convirtió en un caso atípico en política económica y comercial en el G7 y el G20, aislándose así de sus principales aliados en estas cuestiones. Al mismo tiempo, la negativa estadounidense a comprometerse directamente en Oriente Medio alimentó una batalla campal de imperialismos regionales en esa región: Irán, Arabia Saudita, Turquía, Israel y Rusia, Qatar, todos intentaron por separado sacar provecho del vacío militar y del caos.
La diplomacia de Trump tendió a exacerbar estas tensiones, como su traslado de la embajada estadounidense en Israel a la controvertida ciudad de Jerusalén, disgustando a sus aliados occidentales y enfadando a los líderes árabes que aún veían a Estados Unidos como un "intermediario honesto" en la región.
Sin embargo, al reconocer a China como el contendiente más probable para usurpar la primacía estadounidense, la Administración de Trump coincidió con la opinión del resto de Washington. El "pivote" hacia Asia ya anunciado por Obama iba a incrementarse, la guerra global contra el terrorismo se suspendía oficialmente y se daba paso a una nueva era de "competencia entre grandes potencias", según la Estrategia de Defensa Nacional de febrero de 2018. Se anunció un vasto programa de varias décadas para actualizar el arsenal nuclear estadounidense y "dominar el espacio".
Sin embargo, sobre la necesidad de reducir las ambiciones y capacidades militares de Rusia -y de debilitar el potencial de esta última para ayudar a las propias maniobras globales de China- apareció una divergencia entre la ambigua política de Trump hacia Moscú y la de la facción rival de la burguesía estadounidense que tradicionalmente había visto a Rusia como un enemigo histórico en lo que respecta a su amenaza a la hegemonía estadounidense en Europa Occidental.
Al mismo tiempo, en relación con la cuestión de la política rusa, surgió una actitud diferente hacia la importancia de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la antigua alianza pieza central del bloque estadounidense, en particular sobre la obligación del tratado de que todos los miembros de la OTAN acudieran en ayuda de cualquiera de los otros que sufriera un ataque militar (es decir, Estados Unidos los protegería de la agresión rusa). Trump puso en duda esta estipulación crucial. Las preocupantes implicaciones que esto tenía para el abandono de los aliados de EE. UU. en Europa Occidental no pasaron desapercibidas en las cancillerías de Londres, París y Berlín.
Estas diferencias en política exterior se hicieron más evidentes durante la administración Biden, que siguió a la primera presidencia de Trump.
La sustitución de Trump por Joe Biden en la Casa Blanca supuestamente anunciaba una vuelta a la normalidad en la política estadounidense, en el sentido de que estaba marcada por el intento de volver a forjar viejas alianzas y crear tratados con otros países, para tratar de reparar los daños causados por las temerarias aventuras de Trump. Biden declaró: 'América ha vuelto'. El anuncio de un histórico pacto de seguridad entre EE. UU., Reino Unido y Australia en Asia-Pacífico en 2021, y el fortalecimiento del Diálogo de Seguridad Quad entre EE. UU., India, Japón y Australia, señalaron, entre otras medidas, la búsqueda de crear un cordón sanitario contra el ascenso del imperialismo chino en el Lejano Oriente.
La nueva Administración invocó una cruzada democrática mundial contra las potencias "revisionistas" y "autocráticas": Irán, Rusia, Corea del Norte y, especialmente, China.
La invasión rusa de Ucrania en 2022 proporcionó a Joe Biden los medios para imponer una vez más la autoridad militar estadounidense a las recalcitrantes potencias de la OTAN en Europa, obligándolas, en particular a Alemania, a aumentar los presupuestos de defensa y prestar apoyo a la resistencia armada de Ucrania. También ha contribuido a agotar el poder militar y económico de Rusia en una guerra de desgaste, y a mostrar la superioridad militar mundial de Estados Unidos en términos de armamento y logística que suministró al ejército ucraniano. Sobre todo, Estados Unidos, al ayudar a convertir gran parte de Ucrania en ruinas humeantes, ha demostrado a China el peligro de considerar a Rusia como un aliado potencial y las peligrosas consecuencias de su propio deseo de anexionarse territorios como Taiwán.
Sin embargo, fue evidente para el mundo que la burguesía estadounidense no estaba totalmente detrás de la política de Biden hacia Rusia, ya que el Partido Republicano en el Congreso, todavía bajo el talón de Donald Trump, dejó en claro su renuencia a proporcionar los miles de millones de dólares necesarios de apoyo al esfuerzo de guerra de Ucrania.
Si el apoyo prestado a Ucrania fue un éxito para la reafirmación del liderazgo del imperialismo estadounidense, al menos a corto plazo, su implicación en la guerra de Israel en Gaza después de octubre de 2023 empañó este proyecto. Estados Unidos quedó atrapado entre la necesidad de apoyar a su principal aliado israelí en Medio Oriente frente a los terroristas subrogados de Irán, y la temeraria determinación de Israel de jugar su propio juego y renunciar a una solución pacífica de la cuestión palestina, acentuando así el caos militar en la región.
La matanza de decenas de miles de palestinos indefensos en Gaza, cortesía de las municiones y los dólares estadounidenses, desmintió por completo la autoimagen de rectitud moral estadounidense que Biden promovió sobre la defensa de Ucrania.
Aunque el colapso del régimen de Assad en Siria y la derrota de Hezbolá en Líbano han infligido un duro golpe al régimen iraní, enemigo declarado de Estados Unidos, esto no ha disminuido la inestabilidad de la región, sobre todo en la propia Siria. Por el contrario, Estados Unidos ha tenido que seguir desplegando una parte considerable de su armada en el Mediterráneo oriental y el Golfo Pérsico, reforzar sus contingentes en Irak y Siria y hacer frente a la dramática oposición a la política estadounidense por parte de Turquía y los países árabes.
Sobre todo, la amenaza de nuevas convulsiones militares en Medio Oriente significa que el pivote hacia Asia, principal objetivo de Estados Unidos, se ha visto interrumpido.
Hemos descrito cómo los problemas producidos por el caos imperialista que se desarrolló después de 1989 condujeron a divisiones dentro de la clase dominante estadounidense sobre la política a seguir, y trazaron el crecimiento de la política populista de “América Primero” contra un curso más racional que trató de preservar las alianzas del pasado. La reelección de Trump de nuevo al poder, incluso después de la debacle de su primera presidencia, es una señal de que estas divisiones internas no han sido dominadas por la burguesía y ahora están volviendo a afectar seriamente a la capacidad de los EE. UU. para llevar a cabo una política exterior coherente y consistente, incluso hasta el punto de poner en peligro su principal preocupación de bloquear o adelantarse al ascenso de China.
A la peligrosa incertidumbre del efecto boomerang del caos político sobre la política imperialista, se suma el hecho de que el margen de maniobra de EE. UU. en el escenario imperialista mundial ha disminuido sensiblemente desde el primer mandato de Trump, y su segundo mandato se produce mientras dos grandes conflictos asolan Europa del Este y Medio Oriente.
No vamos a entrar en las causas más profundas del descalabro político dentro de la burguesía estadounidense y su Estado que las primeras acciones de Trump han demostrado dramáticamente, esto se explicará en otro artículo.
Pero en menos de un mes Trump ha apuntado que la tendencia de su política “America Primero” a deshacer la pax americana que fue la base de la supremacía mundial de EE. UU. después de 1945, se va a acelerar mucho más rápida y profundamente que en su primer mandato, entre otras cosas porque el nuevo presidente está decidido a superar las medidas de contención que entonces limitaban su campo de acción en Washington nombrando a sus secuaces, competentes o no, al frente de los departamentos de Estado.
La principal preocupación de la burguesía estadounidense después de 1989 -evitar el fin de su dominación mundial en la batalla campal del mundo post-bloques- se ha puesto patas arriba: la "guerra de cada uno contra todos" se ha convertido, en efecto, en la "estrategia" de la nueva administración. Una estrategia que será más difícil de revertir por una nueva administración más inteligente de lo que fue incluso después del primer mandato de Trump.
El objetivo de recuperar el control de Panamá; la propuesta de "comprar" Groenlandia; la propuesta salvaje de limpieza étnica de los palestinos de la Franja de Gaza y de convertir esta última en una Riviera; todos estos primeros pronunciamientos del nuevo presidente van dirigidos tanto contra sus antiguos aliados como contra sus enemigos estratégicos. En el caso de la propuesta de Gaza, que beneficiaría a su aliado Israel en la eliminación de una solución de dos Estados para Palestina, no haría sino enardecer la oposición de otras potencias árabes y además de Turquía e Irán. Gran Bretaña, Francia y Alemania ya se han declarado en contra de la propuesta de Trump para Gaza.
Pero es posible que los Estados Unidos bajo Trump fuercen un acuerdo de paz en Ucrania, que probablemente cedería el 20% de su territorio a Rusia, a lo que las potencias de Europa Occidental ya se oponen vehementemente, lo que romperá aún más la alianza de la OTAN, anteriormente el eje de la dominación internacional de Estados Unidos. El nuevo presidente exige que las estancadas economías europeas de la OTAN dupliquen con creces el gasto en sus fuerzas militares para poder defenderse por sí solas, sin Estados Unidos.
Buena parte del llamado “soft power” del imperialismo estadounidense, que es su pretensión moral de hegemonía, está siendo aniquilado casi de un plumazo: La USAID, la mayor agencia mundial de ayuda al "sur global", ha sido "echada a la trituradora" por Elon Musk. Estados Unidos se ha retirado de la Organización Mundial de la Salud, e incluso ha propuesto expedientes contra la Corte Penal Internacional por su sesgo contra Estados Unidos e Israel.
La guerra comercial proteccionista propuesta por la nueva Administración estadounidense también asestaría un golpe masivo a la estabilidad económica restante del capitalismo internacional que ha sustentado el poder militar de Estados Unidos, y sin duda repercutirá en la propia economía estadounidense en forma de una inflación aún mayor, crisis financieras y la reducción de su propio comercio. La deportación masiva de mano de obra inmigrante barata de Estados Unidos tendría consecuencias económicas negativas contraproducentes para su economía, así como para la estabilidad social.
En el momento de escribir estas líneas no es posible saber si la avalancha de propuestas y decisiones del nuevo presidente se llevarán a la práctica o si se trata de extravagantes herramientas de negociación que pueden desembocar en acuerdos temporales o algunas concesiones. Pero la dirección de la nueva política está clara. La propia incertidumbre de las medidas ya tiene el efecto de alarmar y poner en contra a antiguos y futuros aliados potenciales y obligarles a actuar por su cuenta y buscar apoyo en otra parte. Esto en sí mismo abrirá más posibilidades a los principales enemigos de EE. UU. El acuerdo de paz propuesto en Ucrania ya está beneficiando a Rusia. La guerra comercial mercantil es un regalo para China, que puede posicionarse como mejor socio económico que EE. UU.
Sin embargo, a pesar de la política autodestructiva a largo plazo de "América primero", EE. UU. no cederá la superioridad militar a su principal enemigo, China, que aún está lejos de poder enfrentarse directamente a EE. UU. en igualdad de condiciones. Y la nueva política exterior ya está creando una poderosa oposición dentro de la propia burguesía estadounidense.
La perspectiva es entonces una carrera armamentística masiva y un nuevo aumento caótico de las tensiones imperialistas en todo el mundo, con conflictos de grandes potencias que se desplazan hacia los centros del capitalismo mundial, además de exacerbar aún más sus puntos estratégicos globales.
El movimiento MAGA de Donald Trump llegó al poder prometiendo al electorado más empleo, salarios más altos y paz mundial, en lugar de la bajada del nivel de vida y las "guerras interminables" de la administración Biden.
El populismo político no es una ideología de movilización para la guerra como lo fue el fascismo.
De hecho, el crecimiento y los éxitos electorales del populismo político de la última década aproximadamente, del que Trump es la expresión estadounidense, se basan esencialmente en el fracaso creciente de la alternancia de los viejos partidos de la democracia liberal en el gobierno para hacer frente a la profunda impopularidad del vertiginoso crecimiento del militarismo, por un lado, y a los efectos pauperizadores de una crisis económica irresoluble sobre las condiciones de vida de la masa de la población, por otro.
Pero las promesas populistas de mantequilla en lugar de armas han sido y serán cada vez más contradichas por la realidad, y chocarán con una clase obrera que empieza a redescubrir su combatividad y su identidad.
La clase obrera, en contraste con los desvaríos xenófobos del populismo político, no tiene patria ni intereses nacionales y es, de hecho, la única clase internacional con intereses comunes más allá de fronteras y continentes. Su lucha por defender hoy sus condiciones de vida, que es de alcance internacional -las luchas actuales en Bélgica proporcionan otra confirmación de la resistencia de clase en todos los países-, proporciona por tanto la base para un polo alternativo al futuro suicida del capitalismo de conflictos imperialistas entre naciones.
Pero en esta perspectiva de clase, la clase obrera tendrá que enfrentarse, tanto como a los populistas, a las fuerzas antipopulistas de la burguesía, que proponen a la población una vuelta a la forma democrática del militarismo y la pauperización. La clase obrera no debe dejarse atrapar por estas falsas alternativas, ni seguir a las fuerzas más radicales que dicen que la democracia liberal es un mal menor que el del populismo. Por el contrario, debe luchar en su propio terreno de clase.
El New York Times, que es el portavoz habitualmente sobrio de la burguesía liberal estadounidense, lanzó este radical llamamiento movilizador a la población para defender el Estado democrático burgués contra el Estado autocrático de Trump en una declaración editorial del 8 de febrero de 2025:
"No se distraigan. No se sientan abrumados. No se paralicen ni se dejen arrastrar por el caos que el presidente Trump y sus aliados están creando a propósito con el volumen y la velocidad de las órdenes ejecutivas; el esfuerzo por desmantelar el gobierno federal; los ataques contra los inmigrantes, los transexuales y el propio concepto de diversidad; las exigencias de que otros países acepten a los estadounidenses como sus nuevos señores y la vertiginosa sensación de que la Casa Blanca puede hacer o decir cualquier cosa en cualquier momento. Todo esto pretende mantener al país atónito para que el presidente Trump pueda avanzar a toda velocidad en su afán por conseguir el máximo poder ejecutivo, para que nadie pueda detener la audaz, mal concebida y frecuentemente ilegal agenda que está impulsando su Administración. Por el amor de Dios, no se desconecten"[[3]].
Esto no es más que una confirmación de que toda la burguesía está utilizando sus propias y graves divisiones para dividir a la clase obrera para que elija una forma de guerra y crisis capitalista frente a otra con el fin de hacerle olvidar sus propios intereses de clase.
La clase obrera no debe dejarse arrastrar a las guerras internas o externas de la clase dominante, sino luchar por sí misma.
Como
[[1]] Los Estados Unidos: Superpotencia en la decadencia del capitalismo hoy epicentro de la descomposición social (primera parte) [9] Revista Internacional 169, 2023
[[2]] La Pax Americana después de la Segunda Guerra Mundial nunca fue una era de paz sino de guerra imperialista casi permanente. Este término se refiere más bien a la relativa estabilidad de los conflictos imperialistas mundiales, con EE. UU. como la potencia mayor, en la preparación de dos bloques para la guerra mundial antes de 1989.
[[3]] En 2003, el New York Times, que tiene fama de informar objetivamente, repitió sin embargo la mentira de que Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva como pretexto para la invasión estadounidense de Irak.
La CCI sostiene que la ola de huelgas en el Reino Unido en 2022 marcó el comienzo de una "ruptura" o diferencia con varias décadas de resignación y apatía, y creciente pérdida de identidad de clase. Fue el primero de varios movimientos de la clase trabajadora en todo el mundo, principalmente en respuesta al empeoramiento de las condiciones de vida y laborales[1]. Dos observaciones fundamentales son cruciales para nuestro análisis de una nueva fase en la lucha de clases internacional:
- Esta nueva fase no fue simplemente una reacción a los ataques inmediatos a las condiciones de los trabajadores, algo que podría medirse en términos del número de huelgas y luchas en un momento particular, sino que tiene una dimensión histórica más profunda. Es el fruto de un largo proceso de "maduración subterránea" de la conciencia de clase que ha avanzado a pesar de las enormes presiones ejercidas por la aceleración de la descomposición de la sociedad capitalista.
- Esta ruptura, que se irradia desde los centros más antiguos del capitalismo mundial, confirma que los principales bastiones del proletariado permanecen históricamente invictos desde el resurgimiento inicial de la lucha de clases en 1968, y conservan el potencial para avanzar desde las luchas defensivas económicas hacia una crítica política y práctica de todo el orden capitalista.
Estos argumentos han encontrado un escepticismo bastante extendido en el campo político proletario. Si tomamos el ejemplo de la Tendencia Comunista Internacionalista (TCI), aunque inicialmente reconocieron y celebraron algunas de las luchas que surgieron después de 2022, hemos criticado el hecho de que no lograron ver la importancia internacional e histórica de este movimiento[2], y más recientemente, parecen haberlo olvidado (como lo evidencia la falta de un balance público del movimiento) o lo han descartado como otro destello pasajero, como notamos en algunas de sus reuniones públicas recientes. Mientras tanto, un sitio web parasitario dedicado a la "investigación", Controversias, ha dedicado un artículo completo[3] a refutar nuestra noción de la ruptura, proporcionando así una justificación "teórica" para el escepticismo de otros.
Es digno de mención que el autor de este artículo ahora se ha alineado con la mayoría de aquellos que son (o simplemente afirman ser) parte de la tradición de la Izquierda Comunista, y ahora rechaza el concepto mismo de maduración subterránea. No solo eso: en un artículo sobre los principales acontecimientos de la lucha de clases en los últimos 200 años[4], abraza la idea de que todavía estamos viviendo en la contrarrevolución que se abatió sobre la clase trabajadora con la derrota de la ola revolucionaria de 1917-23. En esta visión, lo que la CCI insiste en que fue el despertar histórico del proletariado mundial después de 1968 y el fin de la contrarrevolución, fue en el mejor de los casos un mero "paréntesis" en una crónica global de derrota.
Esta visión es ampliamente compartida por varios grupos bordiguistas y por la TCI, cuyos predecesores vieron poco más en los eventos de mayo-junio del 68 en Francia, o el "Otoño Caliente" en Italia al año siguiente, que un brote de disturbios estudiantiles.
En los próximos dos artículos, en lugar de entrar en detalles sobre las luchas de los últimos dos años, queremos centrarnos en dos pilares teóricos clave para comprender nuestra noción de la ruptura: primero, la realidad de la maduración subterránea de la conciencia y, en segundo lugar, situación de no-derrota del proletariado mundial.
Recordemos brevemente las circunstancias en las que la CCI abordó en sus propias filas por primera vez la cuestión de la maduración subterránea. En 1984, en respuesta a un análisis de la lucha de clases que revelaba una seria concesión a la idea de que la conciencia de clase solo puede desarrollarse a través de la lucha abierta y masiva de los trabajadores, y en particular a un texto que rechazaba explícitamente la noción de maduración subterránea, nuestro camarada Marc Chirik escribió un texto cuyos argumentos fueron afirmados por la mayoría de la organización, con la excepción del grupo que eventualmente desertaría de la CCI en su 6º Congreso y formaría la "Fracción Externa de la CCI" (sus descendientes ahora son parte de Internationalist Perspective)[5]. Marc señaló que tal visión tiende hacia el consejismo porque ve la conciencia no como un factor activo en la lucha, sino puramente como algo determinado por las circunstancias objetivas, una forma de materialismo vulgar; y por lo tanto subestima gravemente el papel de las minorías que son capaces de profundizar la conciencia de clase incluso durante fases en las que la extensión de la conciencia de clase en el proletariado puede haber disminuido. Este enfoque consejista evidentemente tiene poca utilidad para una organización de revolucionarios que es capaz, por basarse en las adquisiciones históricas de la lucha de clases, de darse una orientación durante las fases de retroceso o derrota del movimiento de clase más amplio; pero también descarta la tendencia más general dentro de la clase a reflexionar sobre su experiencia, a discutir, a plantear preguntas sobre los temas principales de la ideología dominante, y así sucesivamente. Tal proceso puede llamarse de hecho "subterráneo" porque tiene lugar en círculos restringidos de la clase o incluso dentro de las mentes de trabajadores individuales que pueden expresar todo tipo de ideas contradictorias, pero no por eso deja de ser una realidad. Como Marx escribió en El Capital[6], "Toda ciencia sería superflua si la apariencia externa y la esencia de las cosas coincidieran directamente": de hecho, es una tarea específica de la minoría marxista ver más allá de las apariencias y tratar de discernir los desarrollos más profundos que ocurren dentro de su clase.
Cuando la CCI publicó documentos relacionados con este debate interno, la Communist Work Organization (CWO) acogió con beneplácito lo que percibió como un intento de la CCI de saldar cuentas con los residuos consejistas que aún tenían peso dentro de la organización[7]. Pero en las cuestiones de fondo planteadas por el debate, en realidad se alinearon, algo irónicamente, con la visión consejista, ya que ellos también rechazaron la noción de maduración subterránea como no marxista, como una forma de "junguianismo político"[[8]]. Decimos irónicamente porque en esa etapa la CWO había abrazado una versión de la conciencia de clase llevada a la clase desde "afuera" por "el partido", constituido por elementos de la intelligentsia burguesa, la tesis idealista de Kautsky que Lenin adoptó en ¿Qué hacer? pero luego admitió que "torció demasiado la barra" en polémica con los proto-consejistas de su época, la tendencia Economista en Rusia. Pero la ironía se disipa cuando consideramos que el materialismo vulgar y el idealismo a menudo pueden coexistir[9]Tanto para los consejistas como para la CWO en su artículo, una vez que las luchas abiertas se acaban, la clase no es más que una masa de individuos atomizados. La única diferencia es que para la CWO, este ciclo estéril solo podría romperse mediante la intervención del partido.
En nuestra respuesta[10], insistimos en que la noción de la maduración subterránea de la conciencia no era una innovación de
la CCI, sino una consecuencia directa de la noción de Marx de la revolución como el Viejo Topo que cava bajo la superficie durante largos períodos solo para salir a la superficie en ciertas condiciones dadas. Y en particular citamos un pasaje muy lúcido de Trotsky en su magistral estudio precisamente de este proceso, La Historia de la Revolución Rusa, donde escribió: "En una revolución, miramos ante todo a la injerencia directa de las masas en los destinos de la sociedad. Buscamos descubrir detrás de los eventos cambios en la conciencia colectiva... Esto puede parecer desconcertante solo para quien ve la insurrección de las masas como 'espontánea', es decir, como un motín de rebaño artificialmente aprovechado por los líderes. En realidad, la mera existencia de privaciones no es suficiente para causar una insurrección; si lo fuera, las masas estarían siempre en revuelta... Las causas inmediatas de los eventos de una revolución son cambios en el estado mental de las clases en conflicto... Los cambios en la conciencia colectiva tienen naturalmente un carácter semi oculto. Solo cuando han alcanzado un cierto grado de intensidad, los nuevos estados de ánimo e ideas irrumpen en la superficie en forma de actividades de masas".
Del mismo modo, la ola internacional de luchas que comenzó en mayo de 1968 en Francia no surgió de la nada (aunque inicialmente sorprendió a la burguesía, que había comenzado a pensar que la clase trabajadora se había "aburguesado" por la "sociedad de consumo"). Fue el fruto de un largo proceso de desprendimiento de las instituciones y temas ideológicos burgueses (como los sindicatos y los llamados partidos obreros, los mitos de la democracia y el "socialismo real" en el este, etc.), acompañado por el empeoramiento de las condiciones materiales (los primeros signos de una nueva crisis económica abierta). Este proceso también se había expresado aquí y allá en movimientos de huelga como las “huelgas salvajes” en los EE. UU. y Europa Occidental a mediados de los años 60.
Lo mismo ocurre con la ruptura de 2022, que también llegó tras una serie de huelgas en los EE. UU., Francia, etc., muchas de las cuales habían sido interrumpidas por el cierre patronal por Covid. Pero lo que sucedió después de 2022 reveló más claramente lo que había estado gestándose dentro de la clase trabajadora durante algunos años:
- El eslogan generalizado "ya basta" expresó un sentimiento cultivado durante mucho tiempo de que todas las promesas que se hicieron en el período que siguió a la "crisis financiera" de 2008 (promesas que incluían que se necesitaba un período de "austeridad" antes de que se pudiera reanudar la prosperidad) habían resultado ser mentiras, y que era hora de que los trabajadores comenzaran a plantear sus propias reivindicaciones. Fue tanto más significativo cuanto que el movimiento en Gran Bretaña surgió después de décadas de estancamiento y resignación que siguieron a las derrotas de los años 80, en particular la derrota de los mineros en 1985.
- Los eslóganes "todos estamos en el mismo barco" y "la clase trabajadora ha vuelto" expresaron una tendencia de la clase trabajadora a recuperar un sentido de sí misma como una clase con su propia existencia colectiva e intereses distintivos, a pesar de décadas de atomización impuesta por la descomposición general de la sociedad capitalista, acentuada por el desmantelamiento deliberado de muchos centros de la clase obrera de tradición combativa (minas, acero, etc.). En las luchas en Francia contra la "reforma de las pensiones", y en otros lugares, las frecuentes referencias al movimiento en Gran Bretaña que había "iniciado" el resurgimiento de la clase atestiguaron los inicios de una conciencia de que esta identidad de clase no se detiene en las fronteras nacionales, a pesar del enorme peso del nacionalismo y el populismo.
- De nuevo en el movimiento en Francia, el eslogan "Nos dan 64[[11]], nosotros les daremos 68" expresó un recuerdo definido del significado de las huelgas masivas de 1968 (un fenómeno que habíamos notado previamente en las asambleas estudiantiles en el movimiento anti-CPE de 2006, donde había un poderoso deseo de aprender de lo que sucedió en 1968).
- Así como el proceso de maduración subterránea antes de 1968 iba a dar a luz una nueva generación de elementos politizados que intentaban redescubrir la verdadera historia del movimiento revolucionario (y así la recuperación de la tradición de la izquierda comunista), en el período actual estamos viendo el desarrollo internacional de minorías que tienden hacia posiciones internacionalistas y comunistas. El hecho de que la mayoría de estos elementos y sus esfuerzos por agruparse hayan sido engendrados menos por la lucha de clases inmediata que por la cuestión de la guerra es evidencia de que los movimientos de clase actuales expresan algo más que preocupaciones sobre el deterioro de los niveles de vida. Hemos apreciado la importancia del hecho de que las luchas de la ruptura estallaran precisamente en un momento en que se les pedía a los trabajadores de Europa occidental que aceptaran congelaciones de costos de vida y salarios en nombre de apoyar la "defensa de Ucrania" contra el tirano Putin. Y nuevamente, algunas minorías en las manifestaciones contra la reforma de las pensiones en Francia fueron explícitas en rechazar los sacrificios en aras de la construcción de una economía de guerra.
- Un signo adicional del proceso de maduración también puede verse en los esfuerzos del aparato político de la burguesía por radicalizar los mensajes dirigidos a la clase trabajadora. El éxito del trumpismo en los EE. UU. puede atribuirse en gran parte a su capacidad para aprovechar las preocupaciones reales de la clase trabajadora estadounidense sobre el aumento de los precios y el efecto del gasto militar en las condiciones de vida. Y en el ala opuesta del espectro político, hemos visto el nombramiento de líderes sindicales más radicales, como en Gran Bretaña, y un movimiento definido hacia la izquierda por parte de los trotskistas, con grupos como Revolution Permanent en Francia o el Revolutionary Communist Party en Gran Bretaña cambiando su enfoque de la política identitaria para hablar ahora sobre el comunismo, el internacionalismo y la necesidad de la revolución proletaria, con el objetivo sobre todo de "absorber" a los jóvenes elementos que están haciendo preguntas serias sobre la dirección que está tomando la sociedad capitalista.
Podríamos continuar con estos ejemplos. Sin duda, serán contrarrestados por argumentos que buscan demostrar que la clase trabajadora en realidad ha olvidado más de lo que aprendió de la ola de luchas después de 1968, en particular, como lo demuestra el hecho de que ha habido pocos intentos de desafiar el control sindical de las huelgas actuales y de desarrollar formas de autoorganización. Pero para nosotros, las tendencias generales iniciadas por la "ruptura" de 2022 están solo en sus comienzos. Su potencial histórico solo puede entenderse viéndolas como los primeros frutos de un largo proceso de germinación. Volveremos a esto en la segunda parte del artículo.
Amos, 15 de enero de 2025.
[[1]] Ver en particular El retorno de la combatividad del proletariado mundial [12], Revista Internacional 169 y Tras la ruptura en la lucha de clases, la necesidad de la politización [13], Revista Internacional 171.
[[2]] Las ambigüedades de la TCI sobre la importancia histórica de la ola de huelgas en el Reino Unido [14], World Revolution 396.
[[3]] ICC: A new “Historic Rupture” in the Class Struggle since 2022? [15] (CCI: ¿Una nueva “ruptura histórica” en la lucha de clases desde 2022? - En su sitio web no está disponible en español)
[[4]] 1825-2025 - Two centuries of class struggle [16] (1825-2025 – Dos siglos de lucha de clases. En su sitio web no está disponible en español)
[[5]] Ver nuestro artículo La "Fracción Externa" de la CCI [17] en Revista Internacional 45.
[[6]] El Capital, Volumen 3, parte VII, capítulo 48.
[[7]] En Workers Voice 20, segunda serie.
[[8]] Esto fue en respuesta a nuestra cita sobre la insistencia de Rosa Luxemburgo en que "lo inconsciente precede a lo consciente" en el desarrollo del movimiento de clase, que en realidad es una aplicación de la fórmula marxista de que el ser determina la conciencia. Pero esta fórmula puede ser desfigurada si no se comprende la relación dialéctica entre los dos: no solo el ser es un proceso de devenir, en el que la conciencia evoluciona a partir de lo inconsciente, sino que la conciencia también se convierte en un factor activo en el avance evolutivo e histórico.
[[9]] Desde entonces, la CWO ha dejado de defender la tesis kautskista, pero nunca ha aclarado abiertamente por qué ha cambiado su posición.
[[10]] Reply to the CWO: On the subterranean maturation of consciousness [18] , International Review 43 (Respuesta a la CWO: Sobre la maduración subterránea de la conciencia, Revista Internacional 43 - No disponible en español)
[[11]] Es decir, la nueva edad de jubilación propuesta.
La guerra en Ucrania es, hasta la fecha, la expresión más representativa del caos imperialista mundial que implica, a diferentes niveles, a las grandes potencias imperialistas, a los países de Europa Occidental, pero también a otros países como Corea del Norte, Irán... Varios expertos de la burguesía, así como todos los grupos del medio político proletario, con excepción de la CCI, ven en esta situación un momento de la marcha hacia la Tercera Guerra Mundial. Para ellos, asistimos actualmente a la formación de dos bloques imperialistas rivales en torno a las dos grandes potencias mundiales: Estados Unidos y China. En contraste con este análisis, la CCI lo considera como una ilustración de la incapacidad de las dos grandes potencias mundiales para imponerse a la cabeza de dos bloques imperialistas. El liderazgo mundial de la más poderosa de ellas, Estados Unidos, está cada vez más en entredicho, mientras que China ni siquiera ha sido capaz de reunir los inicios de un bloque imperialista. Además, Estados Unidos está especialmente debilitado políticamente por las crecientes divisiones entre republicanos y demócratas, y el líder de los republicanos se ha apresurado a confirmar, antes y después de su nueva elección, su incapacidad no sólo como líder de guerra sino también para dirigir los asuntos del país. Ejemplo de sus sutilezas son sus amenazas de anexionarse Groenlandia cuando, de hecho, Estados Unidos ya tiene el control efectivo de este territorio, gracias en particular a una base militar.
Pero la imposibilidad actual de una nueva guerra mundial no es en absoluto contradictoria, como ilustra la realidad que tenemos ante nuestros ojos, con el desencadenamiento de guerras que implican a los países centrales del capitalismo mientras que el proletariado, en sus principales concentraciones, no está derrotado ni dispuesto a alistarse para la carnicería imperialista, a pesar de sus dificultades actuales que le impiden plantear su propia perspectiva revolucionaria.
Producto de la descomposición del capitalismo, el caos mundial actual está plagado de todos los peligros y amenazas para la supervivencia de la humanidad. La gangrena del militarismo y la guerra está por todas partes, del Báltico al Mar Rojo, de Taiwán y Corea del Norte al Sahel. La pesadilla europea de la guerra nuclear durante la Guerra Fría se reaviva ahora con las amenazas de Moscú de una nueva nuclearización del continente y la escalada que supondría el envío de tropas de los países occidentales vecinos al frente ucraniano. No nos enfrentamos a una Tercera Guerra Mundial, sino a guerras que están escalando sin control en Ucrania y, en perspectiva, en todo el mundo. Tres años después de la «operación especial» de Rusia en Ucrania, la guerra en ese país muestra todos los signos de una carrera precipitada hacia un estancamiento ciego y destructivo regido por una política de tierra quemada.
Durante la expansión mundial del capitalismo en el siglo XIX, la guerra pudo ser un medio de consolidar las naciones capitalistas, como fue el caso de Alemania cuando la guerra franco-prusiana de 1871, o de contribuir por la fuerza a la ampliación del mercado mundial mediante guerras coloniales, abriendo nuevos mercados para las naciones más desarrolladas y favoreciendo así el desarrollo de las fuerzas productivas. Más tarde, estas guerras dieron paso a la guerra imperialista para repartirse el mundo, y la Primera Guerra Mundial de 1914 marcó la entrada del capitalismo en su fase decadente. La guerra permanente entre los diversos rivales imperialistas perdió así toda racionalidad económica y se convirtió en el modo de vida del capitalismo decadente. El horror y la destrucción de la Primera Guerra Mundial se repitieron y amplificaron en la Segunda Guerra Mundial, en la que cada uno de los imperialismos rivales trató de asegurarse una posición geoestratégica mundial mediante alianzas forzadas bajo la disciplina de los respectivos jefes de los bloques imperialistas, buscando constantemente alianzas en defensa de sus respectivos intereses: «Ante el callejón sin salida total en que se encuentra el capitalismo y el fracaso de todos los “remedios” económicos, por brutales que sean, el único camino que le queda a la burguesía para intentar aflojar las garras de este callejón sin salida es el de una huida hacia adelante utilizando otros medios (por cierto, también cada vez más ilusorios) que sólo pueden ser militares» [[1]]. Hasta aquí la evolución de la guerra en los dos últimos siglos.
Pero con el hundimiento del bloque soviético, las alianzas establecidas desde la última guerra mundial y la disciplina de los viejos bloques imperialistas se han roto, sin ser sustituidas por otras nuevas. Asistimos ahora a una rivalidad de todos contra todos, en la que cada bando trata de hacer valer sus intereses en detrimento de los de los demás, cueste lo que cueste. Se desencadenan guerras interminables (Libia, Siria, Sahel, Ucrania, Oriente Próximo), que masacran y devastan poblaciones, riquezas, medios de producción y fuentes de energía, por no hablar del impacto ecológico. La situación actual de Gaza en ruinas y su población exterminada es un ejemplo flagrante, al igual que la guerra en Ucrania. Prevalece la política de tierra quemada y «Después de mí,… el diluvio».
Putin lanzó su «operación especial» en Ucrania en 2022, después de haber ocupado ya Crimea en 2014, en un intento de defender su estatus de potencia imperialista global contra el cerco de la OTAN «hasta sus mismas puertas», que es lo que significaría que, tras Polonia, Hungría y la República Checa en 1999, Estonia, Letonia y Lituania en 2004, Ucrania se hubiera unido uniera al Tratado.
En aquel momento, la administración Biden hizo saber claramente que no habría respuesta estadounidense en forma de tropas terrestres (como se vislumbraba ya con la actitud estadounidense ante la invasión de Crimea) para incitar a Rusia a comenzar una guerra que, probablemente, dejaría por los suelos su ya frágil economía y poder militar, neutralizando así sus pretensiones imperialistas como potencial aliado de China, el principal adversario de Estados Unidos. En su discurso de despedida del Departamento de Estado el 13 de enero, Joe Biden se ufanaba de la trampa tendida a Rusia: «En comparación con hace cuatro años, [...] nuestros adversarios y rivales son más débiles [...] aunque Irán, Rusia, China y Corea del Norte trabajan ahora juntos, eso es más un signo de debilidad que de fortaleza »[[2]].
Y, en efecto, la posición de Rusia se ha debilitado considerablemente con la guerra, lo que refuta tajantemente las rebuscadas teorías que afirman que todos los protagonistas de la guerra pueden aprovecharse de posibles efectos «win-win»: una irreal expansión imperialista, mejor posición geoestratégica, ganancias económicas, control de las fuentes de energía... Pero nada de esto aparece tras las humeantes ruinas de Ucrania o la ruina y el debilitamiento de Rusia.
En las fronteras de la antigua URSS también hay signos de la pérdida de influencia de Rusia sobre sus «satélites». En Georgia, que desde 2022 es considerada por la Unión Europea candidata a la integración, la victoria del partido prorruso Sueño Georgiano (sic) fue calificada de fraude y desencadenó un Georgiamaidán (siguiendo el modelo del Euromaidán ucraniano de 2014) contra el intento de Rusia de recuperar influencia en el país. Este es el significado de las protestas contra las inversiones rusas que desembocaron en la toma del Parlamento georgiano de Abjasia[[3]]. La pérdida de posiciones en la estratégica región del Cáucaso se suma a la retirada de Armenia del conflicto del Alto Karabaj favoreciendo, en cambio, un acuerdo con su rival Azerbaiyán, que recientemente se ha visto frenado por los «daños colaterales» del derribo de un avión civil por misiles rusos[[4]].
Pero el debilitamiento de la posición geoestratégica de Rusia también ha llevado a una expansión de la guerra imperialista a miles de kilómetros de Ucrania, en Siria. Moscú era (junto con Hezbolá e Irán) el principal sostén del régimen terrorista de el-Assad, que a su vez permitió el establecimiento de una base aérea y una base naval en Siria (de hecho el único acceso de Rusia al Mediterráneo) y el apoyo a su intervención en África[[5]]. Pero Rusia fue incapaz de continuar su apoyo al régimen de El-Assad, al que abandonó, según señaló el propio Trump, "porque los rusos eran demasiado débiles y estaban demasiado abrumados para ayudar al régimen en Siria porque “están demasiado ocupados con Ucrania”[[6]]. Tal declive de la autoridad del patrocinador imperialista, aún si pudiera mantener sus bases militares en Siria, o negociar nuevas relaciones en Libia, tendrá sin duda un impacto en la credibilidad del Kremlin frente a los Estados africanos que está tratando de seducir.
Rusia gasta actualmente unos 145.000 millones de dólares en Defensa, la cifra más alta desde la caída de la URSS. A finales de 2025 este gasto aumentará un 25%, es decir, un 6% del PIB. La guerra representa ya un tercio del presupuesto del Estado ruso. Putin alardea de su arsenal y sus misiles, desafiando a Estados Unidos tras haber lanzado su primer misil hipersónico «Orechnik», y no pierde ocasión de señalar que dispone de un arsenal nuclear estratégico, que se ha especulado que podría utilizarse como elemento disuasorio lanzando una bomba atómica sobre el Mar Negro. Pero tales amenazas reflejan en realidad los «aprietos» en que se ve el poder militar ruso, su debilitamiento y sus dificultades. Se calcula que el Kremlin ya ha utilizado el 50% de su capacidad militar en la guerra de Ucrania sin haber logrado aún ninguno de sus objetivos. Es más, «la mayor parte del equipo que Rusia está enviando al frente procede de arsenales de la Guerra Fría, que, aun importantes, se han visto considerablemente reducidos»[[7]]. Y gran parte de este equipamiento requiere tecnología occidental.
Uno de los principales problemas es el reclutamiento de carne de cañón entre la población, al igual que en Ucrania. Los informes sugieren que el ejército ruso está perdiendo 1.500 soldados al día en el frente. Putin ha tenido incluso que llamar a más de 10.000 soldados norcoreanos. Aunque la guerra ha pasado desapercibida en Moscú y otras grandes ciudades rusas, sus habitantes viven ahora con miedo a los ataques de drones o al reclutamiento forzoso.
La guerra en Ucrania está sin duda detrás del aumento de la producción y de las bajas tasas de desempleo. Pero la economía de guerra está consumiendo los recursos de todo el país y ya supone el doble del gasto social, por ejemplo. Dado que la finalidad de la producción bélica es la destrucción, es decir, la esterilización del capital que no puede reinvertirse ni reutilizarse, los aparentes beneficios económicos no impulsan la economía en su conjunto, sino que la hunden en la miseria.
En efecto, las previsiones de crecimiento para este año apenas se sitúan entre el 0,5% y el 1,5%, cerca de la recesión, lo que deja a la población ante una situación económica deplorable: "La economía civil se tambalea. El sector de la construcción es un buen ejemplo: debido a la caída de la demanda y al aumento de los costes (el precio de los materiales de construcción aumentó un 64% entre 2021 y 2024), el ritmo de construcción de nuevas viviendas se ha ralentizado considerablemente. Otros sectores en dificultades son el transporte de mercancías, agravado por la ralentización de la red ferroviaria, el transporte por carretera, con la subida del precio del combustible y la escasez de conductores, la extracción de minerales y la agricultura, que era el orgullo del Gobierno de Putin. En conjunto, las exportaciones han dejado de ser una fuente de crecimiento. El consumo interno se mantiene, pero las perspectivas se ensombrecen por la subida de los precios. Oficialmente, la inflación en Rusia en 2024 será del 9,52%"[[8]].
Y esto no puede en absoluto ser compensado con los supuestos beneficios económicos de la ocupación del este de Ucrania. En primer lugar, este país no tiene grandes riquezas que ofrecer. Las «joyas de la corona» de su economía, en particular la producción de electricidad, la agricultura, los yacimientos de tierras raras y el turismo, han sido aniquiladas por la guerra: « Aunque la guerra terminara mañana, harían falta años para reparar los daños y volver a los niveles de antes de la guerra »[[9]], afirman los propios ingenieros de las centrales eléctricas. Por otra parte, el bombardeo de las centrales nucleares estuvo a punto de provocar una catástrofe mayor que la de Chernóbil y puso de manifiesto el deplorable estado de las instalaciones. En cuanto al suelo, cuando no está directamente sembrado de minas o inundado por la explosión de presas, está muy contaminado[[10]], al igual que el Mar Negro.
A pesar de la perspectiva de una tregua anunciada por la nueva administración Trump, la guerra sólo puede continuar y agravarse. Tras los acuerdos de Minsk en 2014, tras la ocupación de Crimea, entre 2015 y la ofensiva rusa de 2022, se han sucedido cientos de negociaciones y acuerdos de alto el fuego sin que haya cambiado la dinámica de enfrentamiento ni se haya frenado la espiral de destrucción irracional. La propia Rusia corre el riesgo de derrumbarse. Además, para Putin, terminar la guerra sin haberla ganado significaría su propio fin, con un país sumido en el caos. Pero igualmente continuarla significaría aún más ruina y masacre. Para Zelensky y los dirigentes ucranianos, la guerra es una terrible catástrofe y, al mismo tiempo, una cuestión de supervivencia como clase dominante, ante la amenaza de que el país quede dividido entre Rusia y Polonia/Hungría, mientras que su continuación significa la desertización y despoblación del país.
En Ucrania, la guerra ha tenido consecuencias devastadoras[[11]], entre ellas una economía agotada y sometida a fuertes gastos militares. Sobrevive casi totalmente de la ayuda occidental, tanto financiera como militar. Esta dependencia se está pagando con penurias cada vez mayores para una población desmoralizada (más de 100.000 deserciones según Zelensky, hasta 400.000 según Trump) y exhausta, a la que cada año se le piden más sacrificios. En abril de 2024, el ejército ucraniano rebajó la edad de reclutamiento forzoso de 27 a 25 años. Y cuando Zelensky apeló a la «solidaridad» de las democracias occidentales para armar mejor a sus tropas, éstas le exigieron (en declaraciones de Rutte, secretario general de la OTAN, y Blinken, secretario de Estado de EE. UU.) que rebajara la edad de reclutamiento a los 18 años. ¡Sangre por acero!
Pero la ruina de esta guerra va más allá de las implicaciones directas de los dos beligerantes directos.
Detrás de la trampa ucraniana, como hemos visto, lo que está en juego es el enfrentamiento entre Estados Unidos y China. También ha tenido el efecto colateral de crear complicaciones a sus «aliados» europeos, al situar un gran conflicto militar a sus puertas, obligando a los países de la OTAN a seguir al patrocinador estadounidense, pero también sembrando la cizaña entre ellos.
Alemania en particular, arrastrada a regañadientes a un frente común con los estadounidenses, soportó todo el peso de las consecuencias de la guerra a pesar de no ser un beligerante directo. Se ha visto obligada a replantearse la diplomacia de décadas de «ostpolitik» (apertura de la RFA al Este) no sólo con Rusia sino también con otros países (Hungría, Eslovaquia, etc.) a los que había mimado económicamente en su expansión imperialista tras la reunificación alemana en 1990 y que ahora apoyan al régimen de Putin[[12]]. La guerra de Ucrania también ha tenido consecuencias desastrosas para la economía alemana por el encarecimiento de los suministros energéticos, que ha penalizado su competitividad industrial, profundizado la recesión y disparado una inflación que ha exacerbado el descontento social. Pero sobre todo por el coste de la guerra que debe asumir en parte. Alemania asumió la mayor porción de la ayuda financiera aportada por las instituciones europeas al régimen de Zelensky, pero sobre todo hizo la segunda mayor contribución en términos de ayuda militar[[13]]. Y lo hizo a regañadientes, como demostraron las tensiones (y finalmente la ruptura) del gobierno de coalición cuando el canciller Scholz abandonó su plan de reducir la ayuda militar de 7.500 millones de euros a 4.000 millones de euros de aquí a 2025.
Y a pesar de este despilfarro en una guerra que es un auténtico sumidero, lo cierto es que Alemania no consigue reforzar su posición imperialista. En efecto, el conflicto de Ucrania refuerza su imagen de gran potencia económica (sigue siendo la cuarta economía mundial), pero sigue siendo un auténtico enano militar. La burguesía alemana intenta reaccionar a esta situación por todos los medios posibles. Sólo tres días después de que las tropas rusas entraran en Ucrania en febrero de 2022, el canciller Scholz anunció en el parlamento un fondo especial de 100.000 millones de euros para gastos de defensa, en lo que los propios políticos denominaron «un punto de inflexión». Desde entonces, se ha embarcado en una carrera frenética para desarrollar la propia industria armamentística alemana y elaborar planes estratégicos que permitan a las tropas alemanas « no limitarse a la defensa nacional, sino ser operativas [...] en cualquier escenario, en cualquier parte del mundo »[[14]].
El fortalecimiento del militarismo alemán es expresión de una de las principales características de la descomposición capitalista, la actitud de «sálvese quien pueda» de cada Estado, la creciente desarticulación de las estructuras que, desde la Segunda Guerra Mundial, han tratado de disciplinarlos. Ante la guerra de Ucrania, Alemania y Francia, aparentemente en el mismo bando, el de las «democracias», tienen intereses contrapuestos. Incluso Macron, que intentó al inicio de la guerra mantener un canal especial de comunicación con Putin, optó por ser de los primeros en ofrecer la posibilidad de utilizar misiles contra territorio ruso, y de enviar soldados franceses a ocupar las zonas de fricción en caso de «alto el fuego». Esto es lo que Macron propuso a Zelensky y Trump en la reciente cumbre bajo las cúpulas benditas de Notre-Dame. Junto con Gran Bretaña, los países nórdicos y los Estados bálticos, Francia figura entre los más intransigentes en cuanto a las condiciones que deben imponerse a Putin para la «paz».
Este aumento del militarismo no perdona a ningún país, desde el más pequeño al más grande. Y se acelerará con la acentuación del caos imperialista. El llamamiento de Trump para que los países de la OTAN aumenten sus presupuestos de defensa al 5% del PIB no es nada original (de hecho, ya han aumentado considerablemente desde la cumbre de Gales en 2014[[15]]). El secretario general de la OTAN ha declarado que «se equivocan quienes no creen que el camino hacia la paz pasa por el armamento»[[16]]. Y se espera que la próxima cumbre de la OTAN, que se celebrará en La Haya en junio, eleve el objetivo al 3%.
El «peligro» del oso ruso, que ha demostrado su torpeza y debilidad en la guerra contra Ucrania, se está utilizando para aumentar el gasto en armamento en todos los países, mientras que un reciente estudio de Greenpeace muestra que los países de la OTAN, excluyendo a Estados Unidos[[17]], ya gastan casi diez veces más en defensa que Rusia. El detonante de la carrera armamentística es precisamente el hecho de que la OTAN ya no es lo que era. Y esto significa que las grandes potencias están atrapadas en un doble aprieto: o ceden a la presión de Trump (cediendo y aumentando su contribución al presupuesto de la OTAN), o asumen por su cuenta la responsabilidad del gasto en «seguridad». El resultado: más crisis económica, más conflictos, más militarismo y más caos.
La misma tendencia a la fragmentación que se observa en el escenario imperialista mundial también se puede ver dentro de muchos Estados, con la aparición de formaciones populistas irresponsables que obstaculizan la defensa de los intereses del conjunto del capital nacional. Lo vimos en Gran Bretaña con el Brexit, lo vemos en Alemania con la AfD, y lo vemos en su apogeo en Estados Unidos con la elección de Trump.
Como hemos explicado en nuestras publicaciones, el recién reelegido presidente estadounidense no es una anomalía, sino una expresión del período histórico[[18]]: la etapa final de la decadencia, la de la descomposición capitalista, caracterizada por el auge de una tendencia a la fragmentación, al «cada uno a la suya», en el seno de la clase capitalista global. La expresión de esta tendencia a la dislocación es el declive del liderazgo estadounidense, consecuencia de la desaparición de la disciplina de los bloques imperialistas que habían «ordenado» el mundo desde la Segunda Guerra Mundial.
Ante el declive de su hegemonía, Estados Unidos ha intentado reaccionar[[19]] con guerras en Irak, Afganistán y ahora, como vemos, indirectamente en Ucrania. Pero estos intentos de «reorganizar» el mundo (en interés de Estados Unidos, por supuesto) se han traducido en más caos, más indisciplina, más conflictos y más derramamiento de sangre. Tratando de apagar el fuego de la disidencia de sus rivales, Estados Unidos se ha convertido de hecho en el primer y más peligroso pirómano. Esto no ha impedido que Estados Unidos pierda su autoridad, como se desprende de la reciente situación en Oriente Medio, donde potencias como Israel y Turquía (esta última también uno de los principales bastiones de la OTAN) juegan sus propias cartas, como hemos visto recientemente en Palestina y Siria.
Trump no es de una naturaleza diferente a Biden y Obama. Su objetivo estratégico es el mismo: impedir el ascenso del principal contrincante de esta hegemonía, a saber, China[[20]]. Donde sí existen diferencias dentro de la burguesía estadounidense es en cómo gestionar la guerra en Ucrania. Biden optó por invertir muchos recursos en agotar a Rusia económica y militarmente, privando así a China de un potencial aliado estratégico, tanto en términos de capacidad militar como de alcance geográfico. Por otro lado, Trump no ve el colapso mutuo de Rusia y Ucrania como un fortalecimiento de la posición de Estados Unidos en el mundo, sino más bien como una fuente de desestabilización que desvía los recursos económicos y militares estadounidenses de la confrontación principal, la que mantiene con China. Por eso se jactó durante meses de que sería capaz de poner fin a la guerra en Ucrania al día siguiente de su toma de posesión. Por supuesto, nunca dijo cómo lo haría. Pero todos estos planes de paz son en realidad las semillas de nuevas guerras más mortíferas. Incluso una «congelación» de la situación en las posiciones actuales sería percibida por los beligerantes como una humillación inaceptable. Rusia tendría que renunciar a parte del Donbass y Odessa, y Ucrania tendría que aceptar la ruina de su economía y la pérdida de territorio, sin contrapartida alguna. ¿Y con qué garantías, además, de que no tendrían que reanudar inmediatamente las hostilidades?
Más que un deseo de paz, lo que prima son los intereses imperialistas de cada nación. Rusia se niega a aceptar, ni ahora ni en el futuro, la ampliación de la OTAN para incluir a Ucrania. Zelensky, por su parte, pide una «fuerza de mantenimiento de la paz de 200.000 hombres en la línea de contacto». Pero las recientes experiencias de «fuerzas de mantenimiento de la paz» en los países del Sahel (donde Francia, Estados Unidos y España acabaron saliendo tras la presión de las guerrillas armadas por Rusia) o en el Líbano (donde la FINUL se contentó con mirar hacia otro lado ante la invasión israelí), demuestran precisamente que la mitología de los «cascos azules» como garantes de los acuerdos de paz pertenece a un pasado de disciplina y «orden» en las relaciones internacionales, la diplomacia, etc., que ha quedado obsoleto con el avance de la descomposición capitalista. En realidad, lo que Estados Unidos pretende es arrastrar a sus aliados de la OTAN, y sobre todo a los países europeos, al atolladero ucraniano[[21]] pero bajo la protección, en el sentido más gansteril de la palabra, de los recursos tecnológicos y la autoridad del ejército estadounidense. Las guerras actuales no dan lugar a situaciones en las que al menos una clara coalición de fuerzas a favor de uno de los beligerantes permitiría evitar la perspectiva de nuevos conflictos. Por el contrario, son guerras de posiciones insostenibles que generan nuevos conflictos, nuevos escenarios de caos y masacre.
El escenario al que nos dirigimos no es ni la paz ni la Tercera Guerra Mundial. El futuro que puede ofrecernos el capitalismo es el caos generalizado, la multiplicación de focos de tensión y conflicto en todos los continentes, la invasión por el militarismo y la guerra de todas las esferas de la vida social, desde las guerras comerciales hasta el chantaje sobre los suministros mundiales, guerras que son una de las principales causas de la degradación del medio ambiente, guerras que invaden las comunicaciones (la desinformación es un arma de guerra), y sobre todo guerras y militarismo que exigen cada vez más ataques a las condiciones de vida de la población, especialmente del proletariado en las grandes concentraciones de Europa y América. Cuando se le preguntó al ilustre Mark Rutte de dónde pensaba sacar los miles de millones de euros necesarios para aumentar los gastos militares, su respuesta no pudo ser más arrogante y explícita: «Debemos preparar a la población para recortes en las pensiones, la sanidad y los sistemas de seguridad social, con el fin de aumentar el presupuesto de armamento al 3% del PIB de cada país»[[22]].
La principal víctima de este torbellino de caos, guerras, militarismo, desastres medioambientales y enfermedades es la clase trabajadora mundial. Como principal suministradora de carne de cañón para los ejércitos de los países directamente en guerra, pero también como principal víctima de los sacrificios, la austeridad y la miseria que exige el mantenimiento del militarismo. En el artículo que publicamos en el segundo aniversario de la guerra en Ucrania[[23]], subrayábamos: «La burguesía ha exigido enormes sacrificios para alimentar la máquina de guerra en Ucrania. Frente a la crisis y a pesar de la propaganda, el proletariado se levantó contra las consecuencias económicas de este conflicto, contra la inflación y la austeridad. Es cierto que a la clase obrera todavía le cuesta establecer el vínculo entre militarismo y crisis económica, pero se ha negado a hacer sacrificios: en el Reino Unido con un año de movilizaciones, en Francia contra la reforma de las pensiones, en Estados Unidos contra la inflación y la precariedad laboral».
Este clima de no resignación ante el deterioro progresivo de sus condiciones de vida sigue expresándose, como hemos visto recientemente en huelgas en Canadá, Estados Unidos, Italia y más recientemente en Bélgica[[24]], donde volvieron a oírse expresiones de hartazgo incluso antes de que se aplicaran los nuevos planes de austeridad. Por supuesto, esta ruptura con la pasividad de años anteriores no implica que el proletariado en su conjunto haya tomado conciencia del vínculo entre el deterioro de sus condiciones de vida y la guerra, y menos aún de sus posibilidades de impedir el destino bélico hacia el que el capitalismo nos conduce inexorablemente.
Pero también es cierto que existen minorías en la clase que sí se plantean muchas preguntas, que son numéricamente muy pequeñas pero políticamente muy importantes, y que hay un desarrollo de la reflexión sobre las perspectivas que puede ofrecer el capitalismo y también sobre el desarrollo de una alternativa revolucionaria del proletariado. Ya lo hemos visto, a pesar de todas sus limitaciones, durante la Semana de Acción de Praga[[25]]. Pero también lo vemos, por ejemplo, en la creciente participación en nuestras reuniones públicas y en los francos y fructíferos debates que tienen lugar en ellas. Las armas con las que el proletariado puede derrotar al capitalismo son su lucha, su unidad y su conciencia. En la situación actual, asistimos ciertamente al avance del capitalismo hacia la destrucción, arrastrando a la humanidad entera a la barbarie, pero asistimos también a un lento y difícil desarrollo hacia el otro polo, el de la revolución.
Hic Rodas/Valerio.
30.01.2025
[[1]] Guerra , Militarismo y bloques imperialistas [21] (2º Parte). Revista Internacional 53.
[[2]] Extracto de Le Monde, 15 de enero de 2025.
[[3]] «Incluso los satélites rusos de toda la vida se han convertido en un quebradero de cabeza para Putin. Tomemos el pequeño pero espectacular caso de Abjasia, la región separatista de Georgia: en noviembre, ante un plan que habría dado a Rusia una influencia aún mayor sobre su economía, los abjasios asaltaron su parlamento y derrocaron a su gobierno». La guerra fría que quiere Putin, Andrei Kolesnikov, en Foreign Affairs 23 ene. 2025
[[4]] «Armenia -un país bajo la protección de Moscú y fuertemente dependiente de Rusia en varios sectores económicos-, otrora «socio estratégico» de Rusia en el Cáucaso, ha quedado en cenizas de su reciente guerra con Azerbaiyán: en otoño de 2023, Rusia sólo pudo quitarse de en medio cuando fuerzas azerbaiyanas bien armadas tomaron el enclave armenio del Alto Karabaj y, aparentemente de la noche a la mañana, expulsaron de allí a más de 100. 000 armenios. Hoy, Armenia está concluyendo un tratado de asociación estratégica con Estados Unidos e intentando ingresar en la Unión Europea». La guerra fría que Putin quiere, Andrei Kolesnikov, en Foreign Affairs 23 de enero de 2025
[[5]] «Rusia ha proporcionado [...] apoyo material y diplomático que ha permitido a oficiales militares tomar el poder por la fuerza en Mali en 2021, Burkina Faso en 2022 y Níger en 2023 [...] también está enviando armas a Sudán, prolongando la guerra civil del país y la crisis humanitaria resultante, y ha proporcionado apoyo a las milicias Houthi en Yemen» Putin's Point of No Return, Andrea Kendall-Taylor y Michael Kofman, en Foreign Affairs, 18 de diciembre de 2024.
[[6]] America Needs a Maximum Pressure Strategy in Ukraine, Alina Polyakova, en Foreign Affairs, 31 de diciembre de 2024.
[[7]] La seguridad de Ucrania depende ahora de Europa, Elie Tenenbaum y Leo Litra, en Foreign Affairs, 3 de diciembre de 2024
[[8]] «El 95% de todos los componentes extranjeros encontrados en las armas rusas en el campo de batalla ucraniano proceden de países occidentales», The Russian Economy Remains the Putin's Greatest Weakness, Theodore Bunzel y Elina Ribakova, Foreign Affairs, 9 de diciembre de 2024.
[[10]] Véase el artículo de la Revista Internacional 172. [23]
[[11]] Véase en la Revista Internacional 170 [24] el «Informe sobre las tensiones imperialistas».
[[12]] Véase en la Revista Internacional 170 [24] el «Informe sobre las tensiones imperialistas».
[[13]] En febrero de 2024, Estados Unidos había aportado 43.000 millones de euros y Alemania 10.000 millones (el doble que Gran Bretaña y casi cuatro veces más que Francia).
[[14]] Discurso del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ante los jefes del Comité Militar de la OTAN el 12 de diciembre.
[[15]] El muy «pacifista» gobierno español ha aumentado su presupuesto militar en un 67% en la última década.
[[16]] «Para evitar la guerra, la OTAN debe gastar más». Una conversación con el Secretario General de la OTAN, Mark Rutte. carnegieendowment.org [25] 12.12.2024
[[17]] Christopher Steinmetz, Herbert Wulf: ¿Cuándo es suficiente? Una comparación del potencial militar de la OTAN y Rusia. Publicado por Greenpeace. Véase también «Think big and do big». Citado en Le Temps de la mentalité de guerre.
[[18]] Ver Triunfo de Trump: Un paso gigantesco en la descomposición del capitalismo [26], donde explicamos por qué es también un factor activo en la acentuación de este proceso autodestructivo.
[[19]] «Nuestro primer objetivo es impedir la aparición de un nuevo rival» (Extracto de un documento secreto del Departamento de Defensa estadounidense de 1992 atribuido a Paul Wolfowitz -subsecretario neoconservador de Defensa de 2001 a 2005- publicado por el New York Times y por supuesto negado por todos los funcionarios de la administración). En La géopolitique de Donald Trump, Le Monde Diplomatique, enero de 2025.
[[20]] Véase el «Informe sobre las tensiones imperialistas [27]» en la Revista Internacional 170.
[[21]] «El despliegue militar de la coalición europea requeriría un importante componente terrestre de al menos cuatro o cinco brigadas de combate multinacionales combinadas bajo una estructura de mando permanente. Las tropas se estacionarían en el este de Ucrania y tendrían que estar preparadas para el combate, ser móviles y adaptarse a las condiciones ucranianas. Se necesitaría un fuerte componente aéreo que incluyera patrullas aéreas de combate, radares aerotransportados para detectar aviones o misiles, defensas aéreas terrestres y capacidades de reacción rápida para impedir los bombardeos y ataques aéreos rusos. Algunos de estos sistemas podrían operarse desde bases aéreas fuera de Ucrania. Por último, un componente marítimo podría ayudar a asegurar las líneas de comunicación de ultramar, pero en virtud de la Convención de Montreux, que rige el paso por los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, Turquía tendría que permitir primero el acceso al Mar Negro de un número limitado de buques de guerra occidentales» («Ukraine's security now depends on Europe», Elie Tenenbaum y Leo Litra en Foreing Affairs, 3 de diciembre de 2024). En otras palabras, la ocupación rusa del Donbás habría conducido finalmente a una ocupación por parte de los países europeos... de la OTAN.
[[22]] «Le temps de la mentalité de guerre» en https://www.german-foreign-policy.com/fr/news/detail/9801 [28]
[[23]] Véase El capitalismo solo tiene un futuro: la barbarie y el caos. [29]
[[24]] Véase Informe sobre el encuentro público en línea: Un debate internacional para comprender la situación mundial. [30]
[[25]] Véase Semana de Acción en Praga. [31] Algunas lecciones [31]...
En la primera parte de este artículo, mostramos que el llamado ‘Lenin de la ecología’, Andreas Malm, defiende en realidad una concepción completamente burguesa de la cuestión y se erige en defensor y agente del capitalismo de Estado con una visión que pretende propagar a la clase obrera.
A primera vista, Malm afirma ser marxista, lo que le confiere una postura aparentemente radical, pero luego procede a distorsionar por completo la teoría marxista. El uso descarado del doble lenguaje, típico del movimiento trotskista, que dice una cosa pero en realidad defiende su contraria, así como otras falsificaciones y ocultaciones, le permiten realizar el extraordinario truco tanto de eliminar la responsabilidad del sistema capitalista en la gravedad de la crisis ecológica como de oscurecer la perspectiva que se ofrece a la humanidad como salida de esta pesadilla: el comunismo, del que es portadora la clase explotada, el proletariado, sepulturero del capitalismo.
En esta parte, mostraremos por qué y cómo el capitalismo es incapaz de aportar una solución a la crisis ecológica, por qué y cómo es la clase revolucionaria de nuestro tiempo, el proletariado, la única que tiene la llave para hacerlo, y por qué la cuestión social y la cuestión ecológica sólo pueden resolverse al mismo tiempo destruyendo las relaciones de producción capitalistas y sustituyendo el sistema capitalista por una sociedad libre de explotación, el comunismo.
Malm parece basarse en el marxismo. Afirma que «el capitalismo es un proceso específico que se desarrolla como una apropiación universal de los recursos biofísicos, porque el capital mismo tiene una sed única e insaciable de plusvalía derivada del trabajo humano por medio de sustratos materiales. El capital, podríamos decir, es supraecológico, un omnívoro biofísico con su propio ADN social»[1]. Del mismo modo, se refiere al propio Marx: «el Libro III de El Capital, muestra el modo en que las relaciones de propiedad capitalistas «provocan un hiato irremediable en el complejo equilibrio del metabolismo social compuesto por las leyes naturales de la vida»; la teoría de la ruptura metabólica -del hiato- permite explicar un gran número de fenómenos, desde los desequilibrios en el ciclo del nitrógeno hasta el cambio climático[2]». Pero pronto queda claro que no se trata más que de una farsa. De hecho, a medida que avanzan las páginas, se produce un cambio. Queda claro que el anticapitalismo de Malm, especialista en doble lenguaje, no se dirige contra el capitalismo en su conjunto, sino que se reduce al mero cuestionamiento de algunos de sus componentes. En particular, el sector de producción de combustibles fósiles, petróleo y gas, al que culpa del calentamiento global. Al final, nunca incrimina al sistema capitalista como tal en el desastre ecológico (que reduce al calentamiento global). Al apuntar sólo a ciertos sectores de la burguesía o a ciertos Estados (los que dominan el planeta) y al denunciar como problema central sólo la actitud de «Business as usual, seguir como siempre» de la clase dominante ante la emergencia climática, está absolviendo de hecho al capitalismo como modo de producción de la responsabilidad por la crisis climática.
Además, Malm critica el escandaloso cinismo y la falta de preocupación por el planeta y de humanidad del jefe de Exxon, Rex Tillerson, quien afirma: «Mi filosofía es ganar dinero. Si puedo perforar y ganar dinero, eso es lo que quiero hacer». Pero aquí, al centrarse únicamente en Tillerson, Malm (¡con pleno conocimiento de causa para alguien que dice ser marxista!) oculta a sabiendas el hecho de que la «filosofía» de Tillerson es, de hecho, ¡la de TODA la clase dominante! El prestidigitador Malm eclipsa la naturaleza explotadora y la búsqueda desenfrenada del máximo beneficio inherentes al capitalismo en su conjunto[3]. ¡En el colmo de la hipocresía y el disimulo, y al modo típicamente trotskista, Malm admite (¡y en última instancia defiende!) la existencia de una ‘admisible’ explotación capitalista de la naturaleza!
Además, Malm señala al unísono los «dos informes publicados con motivo de la COP21 [que] subrayan hasta qué punto las emisiones de CO2 son indisociables de dicha polaridad. El 10% más rico de la humanidad es responsable de la mitad de las emisiones actuales vinculadas al consumo, mientras que la mitad más pobre es responsable del 10% de las emisiones. La huella de carbono per cápita del 1% más rico es 175 veces superior a la del 10% más pobre: las emisiones per cápita del 1% más rico de Estados Unidos, Luxemburgo o Arabia Saudí son 2.000 veces superiores a las de los habitantes más pobres de Honduras, Mozambique o Ruanda.[4] »Malm concluye que «si existe una lógica global del modo de producción capitalista con la que se articulará el aumento de las temperaturas, es sin duda la del desarrollo desigual y combinado. El capital se desarrolla atrayendo a su órbita otras relaciones, mientras él sigue acumulando. Las personas atrapadas en relaciones externas pero integradas -pensemos en los pastores del noreste de Siria- obtendrán poco o ningún beneficio de ello, y puede que ni siquiera se acerquen al trabajo asalariado. Algunos amasan recursos mientras que otros, fuera de la máquina de extorsión pero en su órbita, luchan por tener una oportunidad de producirlos[5]».
En resumen, según Malm, el mundo se divide simplemente entre ‘ricos’ y ‘pobres’, entre ‘beneficiarios’ y ‘víctimas’ del sistema, según una distribución geográfica ‘desigual’ entre un Norte rico y un Sur pobre. En otras palabras, este es el lugar común de la ideología burguesa dominante, que se difunde desde los informes de la ONU a todos los medios de comunicación burgueses, pasando por... ¡las columnas de la prensa trotskista! La posición de Malm es incluso idéntica a la del Estado chino, para quien «la crisis climática es el resultado de un modelo de desarrollo económico muy desigual que se ha extendido a lo largo de los dos últimos siglos, permitiendo a los países ricos de hoy alcanzar los niveles de renta que tienen, en parte porque no han tenido en cuenta los daños medioambientales que ahora amenazan la vida y el estilo de vida de los demás[6]». Un planteamiento basado en la defensa por parte de China del concepto de «responsabilidad común pero diferenciada», que exige que la gobernanza climática mundial respete las necesidades de desarrollo de los países más pobres. ¡Así que ahora Malm es un apóstol del imperialismo chino!
A menos que consideremos a la República Popular China como una expresión de la vanguardia proletaria y marxista, ¡lo que da una idea al lector de la validez de lo que Malm quiere hacer pasar por marxismo!
Esta concordancia de puntos de vista entre la ideología oficial del Estado chino y Malm no debe para nada al azar. La concepción de un mundo capitalista dividido en ‘dominados’ y ‘dominadores’, donde las lacras que asolan la sociedad son atribuibles únicamente a los grandes imperialismos que ‘victimizan’ a los pequeños, está en línea con el pensamiento trotskista. Establece constantemente una distinción entre los diferentes Estados, para la cual sólo los grandes Estados son imperialistas. Es como si hubiera una diferencia fundamental entre los grandes jefes mafiosos que dominan la escena y los gángsteres de barrio; en la práctica, ¡la única diferencia está en los medios de que disponen!
La concentración cada vez mayor del capital crea por su propia naturaleza un desequilibrio dentro del mundo capitalista, cuyo corolario y consecuencia es la existencia de periferias marginadas. Se trata de un hecho histórico permanente del capitalismo, inscrito en sus genes. Se concreta en la existencia de Estados capaces de ejercer la hegemonía mundial, mientras que los demás se ven privados de ella. El encantador Malm hipnotiza al público centrándose en la apariencia y la superficie de las cosas para crear la ilusión de que, en última instancia, existe una solución dentro de cada Estado nacional, ¡siempre que se gestione mejor y se busque una mayor ‘armonía’ entre las naciones!
De este modo, Malm consigue eliminar del campo de la reflexión los puntos clave que son la única manera de proporcionar una base sólida sobre la que plantear adecuadamente la cuestión de los efectos del modo de producción capitalista sobre la naturaleza:
- la realidad de que el capital es una relación social que trasciende las fronteras de cada Estado nacional y existe a escala mundial; cuya principal «polarización» (por utilizar su propia humeante terminología) se expresa en el antagonismo fundamental e irreductible entre las dos principales clases sociales que componen la sociedad capitalista, el proletariado y la burguesía. Como señala Marx, «la producción basada en el capital crea, por una parte, la industria universal (...) y, por otra, un sistema de explotación universal de las propiedades naturales y humanas[7]».
- Al mismo tiempo Malm pasa por alto el hecho de que «para producir, los hombres entran en relaciones y relaciones determinadas entre sí, y sólo dentro de los límites de estas relaciones sociales se establece su acción sobre la naturaleza, es decir, tiene lugar la producción[8]». En otras palabras, es a través de la intercesión de las diferentes formas de organización social que se han sucedido en la historia como se establece la relación entre la humanidad y la naturaleza. Para comprender los orígenes de la actual crisis ecológico-climática, debemos partir de la existencia del modo de producción capitalista y de sus efectos sobre la naturaleza.
El otro ámbito en el que Malm niega el marxismo es el de la alternativa al sistema capitalista. Para Malm, en los países centrales del capitalismo, es el individuo quien debe actuar mediante el sabotaje para influir en la política del Estado capitalista: «En una realidad científicamente fundada, Ende Gelände[9] es el tipo de acción cuyo número y escala habría que multiplicar por mil. Dentro de los países capitalistas avanzados y en las zonas más desarrolladas del resto del mundo, no hay escasez de objetivos adecuados: todo lo que tenemos que hacer es mirar a nuestro alrededor para encontrar la central eléctrica de carbón más cercana, el oleoducto, el todoterreno, el aeropuerto y el centro comercial suburbano en expansión... Este es el terreno en el que un movimiento climático revolucionario tendría que levantarse en una ola poderosa y cada vez más acelerada[10]». En otras palabras, Malm no hace más que proponer una versión más radical de un movimiento ciudadano, que ya no se contenta con actuar por la vía legal, sino que no debe rehuir actuar contra los barones o los sectores del capitalismo señalados como responsables del calentamiento climático, atacando a sus empresas o a los productos que comercializan.
De manera más general, para luchar contra los «motores de la crisis climática», Malm multiplica las referencias a diversos movimientos sociales de la historia (apartheid, abolición de la esclavitud... ¡sin preocuparse de su naturaleza de clase! ) en un magma en el que es imposible reconocer en qué fuerza social podemos apoyarnos para encontrar una salida a la situación de pesadilla provocada por el capitalismo: «En la medida en que el capitalismo actual está totalmente saturado de combustibles fósiles, casi todos los que participan en un movimiento social bajo su reinado están luchando objetivamente contra el calentamiento global, les importe o no, sufran o no sus consecuencias. Los brasileños que protestan contra el encarecimiento de los billetes de autobús y exigen la gratuidad del transporte enarbolan de hecho la bandera de la quinta medida del programa expuesto, mientras que los ogoníes que desalojan a Shell se ocupan de la primera[11]. Del mismo modo, los trabajadores europeos del automóvil que luchan por sus puestos de trabajo, en consonancia con el tipo de conciencia sindical que siempre han poseído, tienen interés en reconvertir sus fábricas para la producción de las tecnologías necesarias para la transición energética -turbinas eólicas, autobuses- en lugar de verlas desaparecer para un destino de bajos salarios. Todas las luchas son luchas contra el capital de los combustibles fósiles: los afectados sólo tienen que ser conscientes de ello.[12] ».
La hinchada pretensión de Malm de actualizar el marxismo para hacer frente a la realidad del cambio climático, estableciendo las nuevas «polarizaciones» que pasarían a regir el mundo capitalista y que sustituyen al antagonismo fundamental entre las dos clases principales de la sociedad capitalista, la clase explotada (el proletariado) y la clase explotadora (la burguesía), sólo tiene un objetivo: negar la naturaleza revolucionaria del proletariado. Dedicado a demostrar que el comunismo no puede representar en modo alguno una alternativa realista y creíble a la catástrofe medioambiental, y que la lucha del proletariado es incapaz de desempeñar papel alguno contra la crisis climática, Malm silencia y pasa pura y simplemente por alto la existencia, el papel y la perspectiva revolucionaria de la clase obrera. Si se refiere aquí y allá al proletariado o a su historia, es sólo como clase explotada o como simple categoría sociológica de la sociedad capitalista ahogada en el conjunto indiferenciado del pueblo, para reservarle un papel de extra irrelevante o diluyéndola en movimientos interclasistas, que precisamente constituyen un peligro mortal para ella y su acción como clase autónoma con intereses distintos de los de otras categorías sociales.
Una vez más, Malm hace aquí su contribución a las campañas burguesas para prolongar las dificultades del proletariado para reconocerse como la fuerza que está detrás de la transformación de la sociedad, como la clase revolucionaria de nuestro tiempo, a la que el advenimiento del capitalismo ha hecho emerger históricamente como su sepulturero.
Las falsificaciones burguesas de Malm sobre la naturaleza del capitalismo y su responsabilidad en la destrucción del medio ambiente nos obligan a restablecer algunas adquisiciones fundamentales del marxismo que Malm niega, oculta o abandona (según las diferentes necesidades dictadas por el papel ideológico que desempeña en beneficio del Estado burgués) y con las que Malm está en flagrante contradicción. Ante todo, el propio Manifiesto Comunista.
Malm ve el capitalismo sólo como la suma de sus diferentes componentes y niega, más allá de la realidad del mundo capitalista por definición marcado por la competencia y la división entre naciones, la unidad del sistema capitalista como modo de producción, así como el terreno universal de su existencia y dominación.
«Impulsada por la necesidad de salidas cada vez más amplias para sus productos, la burguesía conquista el mundo entero. Tiene que anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear relaciones en todas partes. Al explotar el mercado mundial, la burguesía ha hecho cosmopolitas la producción y el consumo de todos los países. (...) Ha eliminado la base nacional de la industria. Las antiguas industrias nacionales han desaparecido y siguen desapareciendo cada día. Estas industrias ya no utilizan materias primas locales, sino materias primas procedentes de las regiones más lejanas, y sus productos acabados ya no se consumen únicamente en el propio país, sino en todas las partes del mundo a la vez. Las antiguas necesidades, que se satisfacían con productos nacionales, están dando paso a nuevas necesidades, que requieren productos de los países y climas más lejanos para satisfacerlas. La autosuficiencia y el aislamiento regional y nacional del pasado han dado paso a una circulación general, a una interdependencia general de las naciones[13]».
Como señala Rosa Luxemburgo, esto ha significado que «desde su creación, el capital ha recurrido a todos los recursos productivos del globo. En su afán por apropiarse de las fuerzas productivas para su explotación, el capital recorre el mundo entero, se procura medios de producción en todos los rincones del planeta, adquiriéndolos si es necesario por la fuerza, en todas las formas de sociedad, en todos los niveles de civilización». Para satisfacer su insaciable necesidad de beneficios, «es necesario (...) que el capital pueda disponer progresivamente de toda la tierra para asegurarse una elección ilimitada de medios de producción en cantidad y calidad. Así como la producción capitalista no puede contentarse con las fuerzas activas y los recursos naturales de la zona templada, sino que necesita todos los países y todos los climas para su desarrollo, tampoco puede limitarse a la explotación de la fuerza de trabajo de la raza blanca. Para cultivar las regiones donde la raza blanca es incapaz de trabajar, el capital debe recurrir a las demás razas. En cualquier caso, necesita poder movilizar sin restricciones todas las fuerzas de trabajo del globo para explotar, con su ayuda, todas las fuerzas productivas del suelo (...)[14]».
Contrariamente a lo que afirma Malm, éste es el punto de partida de cualquier reflexión que pretenda establecer la responsabilidad del Capital en la crisis ecológica: no el marco local y estrecho de la nación y su Estado, sino el nivel internacional y global.
En la fase histórica de ascenso de su sistema, «la burguesía, en el curso de su dominación de clase que cuenta apenas con un siglo de existencia, ha creado fuerzas productivas más numerosas y más colosales que todas las generaciones pasadas juntas»[15] y, en consecuencia, ha desempeñado un papel históricamente progresivo. Pero este desarrollo de las fuerzas productivas entre el barro y la sangre por el sistema capitalista de producción se basa, tanto social como ambientalmente, en una devastación de consecuencias aterradoras.
Para la clase explotada, «las primeras décadas de la gran industria tuvieron efectos tan devastadores sobre la salud y las condiciones de vida de los trabajadores, provocaron una mortalidad y una morbilidad tan espantosas, tales deformidades físicas, tal abandono moral, epidemias, ineptitud para el servicio militar, que la existencia misma de la sociedad parecía profundamente amenazada[16]».
Como con la naturaleza. En América, por ejemplo, «...el cultivo del tabaco agotó la tierra tan rápidamente (tras sólo tres o cuatro cosechas) que durante el siglo XVIII su producción tuvo que trasladarse de Maryland a los Apalaches. La transformación del Caribe en un monocultivo de azúcar provocó la deforestación, la erosión y el agotamiento del suelo. Las plantaciones de caña de azúcar introdujeron la malaria en los trópicos americanos. (...) En cuanto a las fabulosas minas de plata de México y Perú, se agotaron en pocas décadas, dejando entornos intensamente contaminados. (...) También podríamos mencionar la práctica desaparición del castor, del bisonte americano y de la ballena de Groenlandia a finales del siglo XIX, en relación con la industrialización, ya que las pieles de bisonte constituían excelentes correas de transmisión y el aceite de ballena un excelente lubricante para la maquinaria de la revolución industrial»[17] En otras partes del mundo, las mismas causas tuvieron los mismos efectos: «El árbol de la gutapercha desapareció de Singapur en 1856, y después de muchas islas de Malasia. A finales del siglo XIX, la fiebre del caucho se apoderó del Amazonas, provocando masacres de indios y deforestación. A principios del siglo XX, los árboles de caucho se trasladaron de Brasil a Malasia, Sri Lanka, Sumatra y luego a Liberia, donde empresas británicas y estadounidenses (Hoppum, Goodyear, Firestone, etc.) establecieron enormes plantaciones. Estas plantaciones destruyeron varios millones de hectáreas de bosque, agotaron el suelo e introdujeron la malaria[18]».
En El Capital, Marx denuncia que el «progreso capitalista», que no significa otra cosa que el saqueo generalizado del trabajador y del suelo, conduce a la ruina de los recursos naturales, de la tierra y de la clase obrera. Basándose en los trabajos científicos de su época, desarrolla que los efectos de la explotación y de la acumulación capitalistas son igualmente destructivos sobre el planeta y sobre la fuerza de trabajo del proletariado: «En la agricultura moderna, como en la industria urbana, el aumento de la productividad y el mayor rendimiento del trabajo se compran al precio de la destrucción y del agotamiento de la fuerza de trabajo. Además, cada avance en la agricultura capitalista es un avance no sólo en el arte de explotar al trabajador, sino también en el arte de despojar el suelo; cada avance en el arte de aumentar su fertilidad por un tiempo es un avance en la ruina de sus fuentes duraderas de fertilidad. Cuanto más se desarrolla un país, los Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo, sobre la base de la gran industria, más rápidamente se realiza este proceso de destrucción. Por consiguiente, la producción capitalista sólo desarrolla la técnica y la combinación del proceso de producción social agotando al mismo tiempo las dos fuentes de las que brota toda riqueza: la tierra y el trabajador»[19]. Desde el principio, el capitalismo se ha afirmado como destructor TANTO de la naturaleza, COMO de la fuerza de trabajo del proletariado.
La principal manifestación de la entrada del sistema capitalista en la decadencia, una vez ‘unificado’ el mercado mundial, la guerra y el estado de guerra permanente del capitalismo tienen consecuencias profundamente ecocidas. Si bien «las dos guerras mundiales y los enfrentamientos de la Guerra Fría y de la descolonización provocaron destrucciones ecológicas a escala planetaria, (...) la preparación de los conflictos, y en particular el desarrollo, el ensayo y la producción de armamento, produjeron efectos no menos masivos. (...) Pero estos impactos directos están lejos de resumir la importancia del fenómeno bélico en la relación entre las comunidades humanas y sus entornos[20]».
«Las guerras del siglo XX también fueron decisivas en la configuración de las lógicas políticas, técnicas, económicas y culturales que rigieron la explotación y la conservación de los recursos, no sólo a escala nacional, sino también del conjunto del planeta. (...) Los efectos de las dos guerras mundiales sobre las economías y los ecosistemas (...) fueron decisivos para globalizar e intensificar (...) las extracciones a escala planetaria y para catalizar un mayor control de los poderes estatales (en el Norte) y de las empresas occidentales (en el Sur) sobre esos recursos. (...) La Segunda Guerra Mundial supuso una ruptura decisiva con el pasado (...) Catalizó la aparición de modelos de extracción excesiva, cristalizados durante el conflicto y perpetuados (...) después de la guerra (...) [La] reconfiguración a gran escala de las economías de explotación, transporte y uso afecta a «una amplia gama de materiales elevados al rango de ‘recursos estratégicos', desde la madera hasta el caucho, pasando por los combustibles fósiles. (...) El imperativo de abastecimiento de una economía de guerra conduce a la duplicación de las infraestructuras productivas y, en última instancia, al exceso de capacidad industrial.[21] »
Como ha señalado la CCI, en este período «la destrucción despiadada del medio ambiente por el capital [ha adquirido] otra dimensión y otra calidad (...); ésta es la época en que todas las naciones capitalistas se ven obligadas a competir en un mercado mundial sobresaturado; una época, por lo tanto, de una economía de guerra permanente, con un crecimiento desproporcionado de la industria pesada; una época caracterizada por la irracionalidad, la duplicación sin sentido de complejos industriales en cada unidad nacional, (...) el surgimiento de megaciudades, (...) el desarrollo de tipos de agricultura que no han sido menos perjudiciales ecológicamente que la mayoría de los diferentes tipos de industria[22]»
La «gran aceleración» de la crisis ecológica en las últimas décadas es una de las manifestaciones de la crisis histórica del modo de producción capitalista en su periodo de decadencia, llevada a su paroxismo en su fase final, la de su descomposición. Su gravedad representa ahora una amenaza directa para la supervivencia de la sociedad humana. Sobre todo, las consecuencias ecológicas del capitalismo en descomposición se entretejen y combinan con todos los demás fenómenos de la dislocación de la sociedad capitalista, la crisis económica y la guerra imperialista, interactuando y multiplicando sus efectos en una espiral devastadora cuyas repercusiones combinadas son mucho mayores que la suma de cada uno de ellos tomados aisladamente.
Ya a mediados del siglo XIX, Marx destacaba el hecho de que el capital, impulsado por la necesidad de acumular cada vez más, estaba afectando a la propia base natural de la producción y desequilibrando peligrosamente la interacción entre la humanidad y la naturaleza al provocar una ruptura irreparable de su metabolismo. La producción capitalista, al agrupar la población en grandes centros y provocar una preponderancia cada vez mayor de la población urbana, concentra, por una parte, la fuerza motriz histórica de la sociedad; por otra, perturba la circulación de la materia entre el ser humano y el suelo, es decir, impide el retorno al suelo de sus elementos consumidos por el ser humano en forma de alimento y vestimenta; viola, pues, las condiciones necesarias para la fertilidad duradera del suelo.[23] «La gran propiedad agraria reduce la población agrícola al mínimo, a una cifra que no deja de disminuir en comparación con una población industrial hacinada en las grandes ciudades, y que no deja de aumentar; crea así condiciones que provocan una ruptura irreparable de la coherencia de los intercambios sociales prescrita por las leyes naturales de la vida. Como resultado, la vitalidad de la tierra se despilfarra, y esta prodigalidad es llevada por el comercio mucho más allá de las fronteras de un Estado concreto. La industria a gran escala y la agricultura explotada industrialmente a gran escala actúan en la misma dirección[24]». Marx ya podía ver que el capitalismo estaba comprometiendo el futuro de las generaciones posteriores y, potencialmente, poniendo en peligro el futuro de la humanidad. Como hemos visto, estas predicciones se han confirmado ampliamente tras más de un siglo de decadencia del capitalismo.
El capitalismo no inauguró el saqueo de la naturaleza. Pero a diferencia de los modos de producción anteriores, que eran geográficamente más pequeños y más locales, con un impacto más limitado sobre el medio ambiente, con el capitalismo este expolio cambia de escala. Adquiere una dimensión global y un carácter de depredación cualitativamente nuevo en la historia de la humanidad. «Es sólo con el capitalismo que la naturaleza se convierte en un puro objeto para el hombre, en una pura materia de utilidad; que deja de ser reconocida como un poder en sí misma; e incluso el conocimiento teórico de sus leyes autónomas sólo aparece como una artimaña destinada a someterla a las necesidades humanas, ya sea como objeto de consumo o como medio de producción»[25].
Para el capitalismo, que consagra el reino de la mercancía y se presenta como un sistema de producción mercantil universal impulsado únicamente por la búsqueda frenética del máximo beneficio, TODO se convierte en mercancía, TODO está en venta. Así, desde la era moderna, con la construcción del mercado global, «la industrialización ha implicado la transferencia del control sobre la naturaleza a manos de un puñado de grandes capitalistas»[26]; «un número creciente de objetos naturales se han transformado en mercancías, lo que significa sobre todo que se han apropiado de ellos, perturbando tanto los entornos como las relaciones económicas y sociales. (...) La apropiación de las entidades naturales, la privatización de los seres vivos, tiene importantes consecuencias medioambientales, económicas y sociales. Todos los tipos de seres naturales se están convirtiendo en propiedades y mercancías. (...) Los objetos de la naturaleza no son espontáneamente mercancías: las mercancías son el resultado de una construcción, de una apropiación (a veces violenta) unida a una transformación que permite hacer que el objeto se ajuste a los intercambios del mercado»[27].
El capitalismo sólo ve la Tierra y la naturaleza como un «don gratuito» (Marx), una reserva de recursos puesta «providencialmente» a su disposición, de la que puede extraer sin límite, para convertirla en una de las fuentes de sus beneficios. «En el orden económico actual, la naturaleza no está al servicio de la humanidad, sino del capital; no es la necesidad de la humanidad de vestirse, alimentarse y cultivarse la que domina la producción, sino la necesidad del capital de obtener beneficios, de obtener oro. Los recursos naturales se explotan como si las reservas fueran infinitas e inagotables. Con las consecuencias nefastas de la deforestación para la agricultura y el exterminio de animales y plantas útiles, el carácter finito de las reservas disponibles revela la bancarrota de este tipo de economía»[28].
Por tanto, el capitalismo no sólo obtiene su riqueza de la explotación de la principal mercancía, la fuerza de trabajo del proletariado, sino también de la explotación de la naturaleza. «El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es tanto la fuente de los valores de uso (¡que son, después de todo, la verdadera riqueza!) como del trabajo, que a su vez es sólo la expresión de una fuerza natural, la fuerza de trabajo humana. [...] Y sólo en la medida en que el hombre, desde el principio, actúa como propietario en relación con la naturaleza, esta fuente primaria de todos los medios y materiales de trabajo, sólo si la trata como un objeto que le pertenece, su trabajo se convierte en fuente de valores de uso y, por tanto, de riqueza[29]».
La causa de la crisis climática no reside en las ‘actividades humanas’ en general o en determinados sectores de la actividad económica del capitalismo, sino en la existencia del propio modo de producción capitalista. Dado que el capitalismo obtiene su riqueza de dos fuentes: la explotación de la naturaleza y la explotación de la fuerza de trabajo del proletariado, ambas transformadas en mercancías, no tiene solución para la crisis ecológica. Sólo puede explotar ambas hasta el agotamiento y la destrucción. Por eso la cuestión social y la cuestión ecológica van de la mano y sólo pueden ser resueltas al mismo tiempo y por el proletariado, única clase que tiene interés en abolir todas las formas de explotación.
Esto es precisamente lo que Malm niega, como de costumbre, de manera perentoria, sin verdadera argumentación, cuando decreta que: «En un mundo capitalista más caliente, la máquina de extorsión no puede hacer otra cosa que extraer la misma cantidad de plusvalía exprimiendo a los trabajadores hasta la última gota de sudor. Pero más allá de un punto de inflexión determinado localmente, esto puede simplemente dejar de ser posible. ¿Está al acecho una revolución obrera victoriosa? Probablemente no (...) La extracción de plusvalía sigue siendo probablemente la máquina central de extorsión, pero los efectos explosivos del cambio climático no se transmiten directamente a lo largo de este eje.[30] ». Para él, la crisis climática y la cuestión social pertenecen a esferas completamente separadas, sin ninguna conexión o relación entre ellas. Y como la lucha del proletariado no se desarrolla específicamente contra los efectos de la crisis ecológica, sino en el terreno de las condiciones que le impone el capitalismo, Malm concluye que la naturaleza y la ecología no entran en el campo de su lucha a escala histórica por la emancipación, que no es capaz de integrar la cuestión ecológica, de la relación entre el ser humano y la naturaleza, en su perspectiva revolucionaria.
Los científicos y los especialistas en medio ambiente identifican generalmente la producción basada en el intercambio de mercancías, la «mercantilización» y la sobreexplotación de la naturaleza, y el sistema de propiedad privada como los factores centrales responsables de la crisis ecológica, y subrayan la necesidad de una solución a escala universal. Los diagnósticos que presentan condenan indudablemente el modo de producción capitalista y apuntan indiscutiblemente en la dirección del proyecto de sociedad comunista llevado adelante por el proletariado. Sin embargo, ¿qué hacen en la práctica? Ciegamente, o como cómplices más o menos voluntarios de la clase dominante, no hacen más que proponer callejones sin salida o aberraciones sin perspectivas de solución: pedir al Estado que mejore las leyes y reglamentos, que regule mejor, inspirarse en la relación (¡idealizada!) con la naturaleza de las sociedades primitivas, volver a la agricultura a pequeña escala, individual y parcelaria, producir localmente, etc. En cualquier caso, todos convergen en buscar soluciones dentro y bajo las condiciones de la sociedad actual, al tiempo que ignoran y ocultan la perspectiva del comunismo, precisamente el ÚNICO proyecto social que propone librar al mundo del intercambio de mercancías y de la explotación, que todos consideran la causa fundamental de la crisis climática. Una vez más, Malm no es una excepción,[31] sumándose al coro de las campañas burguesas dándoles su respaldo trotskista.
Al mismo tiempo, el capitalismo ha creado las premisas de la abundancia material (que se revelan en la existencia de crisis de sobreproducción que apuntan a la posibilidad de superar la explotación) y también las formas sociales necesarias para la transformación económica de la sociedad, el proletariado, la clase destinada a convertirse en su sepulturero.
La generalización de la mercancía por el modo de producción capitalista afectó en primer lugar a la fuerza de trabajo utilizada por los seres humanos en su actividad productiva. El proletariado, clase productora de todas las mercancías, privado de los medios de producción, no tiene, para sobrevivir, otra mercancía que vender en el mercado que su fuerza de trabajo a aquellos quienes detentan esos medios de producción, la clase capitalista. Sólo quien está sometido a la explotación, a la venta de su fuerza de trabajo, puede tener interés en rebelarse contra las relaciones capitalistas basadas en la mercancía. Puesto que la abolición de la explotación es esencialmente sinónimo de la abolición del trabajo asalariado, sólo la clase que sufre esta forma específica de explotación, producto del desarrollo de estas relaciones de producción, es capaz de dotarse de una perspectiva para superarlas.
De ahí el hecho de que «de todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las otras clases decaen y desaparecen con la gran industria, mientras que el proletariado es su propio producto. Las clases medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino, todos luchan contra la burguesía para preservar de la extinción su existencia de clase media. No son revolucionarias, sino conservadoras. Es más, son reaccionarias porque pretenden dar la vuelta a la rueda de la historia[32]». «Lo que distingue a nuestra época (...) es que ha simplificado la oposición de clases. La sociedad en su conjunto está cada vez más dividida en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado[33]». Es del lugar específico que ocupa el proletariado en el seno de las relaciones de producción capitalistas de donde deriva la capacidad de afirmarse como fuerza social capaz de desarrollar una conciencia y una práctica capaces de «revolucionar el mundo existente», de «transformar prácticamente el estado de cosas existente»[34]. La lucha del proletariado contra los efectos de la explotación y las condiciones que le impone el capitalismo sólo puede triunfar realmente si se fija como objetivo la abolición de la propia explotación y la instauración del comunismo. Por eso «el comunismo no es (...) ni un estado de las cosas que deba crearse, ni un ideal según el cual deba regularse la realidad (...) [Es] el movimiento real que suprime el presente estado de las cosas. Las condiciones de este movimiento resultan de las premisas hoy en existencia[35]».
La compraventa de la riqueza producida sólo puede desaparecer si la riqueza de la sociedad es apropiada por ella colectivamente. «La apropiación [por el proletariado de todos los medios de producción] (... ) sólo puede lograrse mediante una unión que es a su vez necesariamente universal, debido al carácter del proletariado mismo, y mediante una revolución que, por una parte, derrocará el poder del anterior modo de producción e intercambio, así como el poder de la anterior estructura social, y que, por otra parte, desarrollará el carácter universal del proletariado y la energía que le es necesaria para llevar a cabo esta apropiación, una revolución en la que el proletariado se despojará también de todo lo que queda de su anterior posición social[36]». Con la toma de posesión de los medios de producción por la sociedad, la apropiación colectiva por la sociedad de la riqueza que produce, se elimina la producción de mercancías y, con ella, se suprime la explotación en todas sus formas.
La abolición del intercambio de mercancías presupone la abolición de su base misma: la propiedad privada, lo que significa el fin del derecho a poseer y apropiarse de la naturaleza: «...la tierra, verdadera materia prima de todo trabajo humano y fundamento de toda existencia humana, pertenece a la sociedad. En la fase más avanzada de su desarrollo, la sociedad recupera lo que ya poseía en sus orígenes. Todos los pueblos que han alcanzado un cierto nivel de civilización han poseído la tierra colectivamente. La propiedad colectiva es la base de toda sociedad primitiva en formación, y la sociedad no es posible sin ella. Sólo con la aparición y el desarrollo de la propiedad privada y de las formas de dominación asociadas a ella (...) la propiedad común fue sustituida, al cabo de muchos años, por la propiedad privada. La expoliación del suelo y su transformación en propiedad privada fueron la causa primera de la servidumbre que, desde la antigua esclavitud hasta el asalariado «libre» del siglo XXI, pasó por todas las etapas posibles, hasta que finalmente, tras milenios de evolución, los esclavizados devuelven el suelo a la propiedad común».[37] El fin de la propiedad privada significa el fin del monopolio ejercido por unos pocos capitalistas «sobre determinadas partes de la superficie terrestre[38] [y del] privilegio de disponer de ella a voluntad con exclusión de [todos] los demás[39]».
«Con la toma de posesión de los medios de producción por parte de la sociedad, se elimina la producción de mercancías (...). La anarquía en el seno de la producción social es sustituida por una organización consciente y planificada. La lucha por la existencia individual cesa. De este modo, por primera vez, el hombre se separa, en cierto sentido, definitivamente del reino animal, pasa de unas condiciones de existencia animales a unas condiciones verdaderamente humanas. El círculo de condiciones de vida que rodea al hombre, que hasta entonces dominaba al hombre, pasa ahora a estar bajo el dominio y control de los hombres que, por primera vez, se convierten en verdaderos y conscientes dueños de la naturaleza, porque se ha convertido en maestro de su propia organización social (...) Sólo a partir de este momento los hombres harán su propia historia con plena conciencia; sólo a partir de este momento las causas sociales puestas en marcha por ellos tendrán también de manera preponderante, y en medida cada vez mayor, los efectos deseados por ellos[40]».
Esta nueva etapa de la historia de la humanidad, verdadero salto del reino de la necesidad a la libertad, del gobierno de los hombres a la administración de las cosas, inaugura una nueva era: el comunismo tendrá que abordar en primer lugar la prioridad de alimentar, vestir y cuidar a toda la humanidad, así como empezar a reparar los daños causados por los estragos de la producción capitalista en el medio ambiente. La generalización de la condición de productor a todos los miembros de la sociedad, y la liberación de las fuerzas productivas de las limitaciones y restricciones de la producción capitalista y la obtención de beneficios, dará lugar a una explosión de creatividad y productividad a una escala inimaginable en las condiciones sociales actuales. Al instituir una relación nueva y más elevada entre el ser humano y la naturaleza, será el comienzo de una humanidad mundial unificada, consciente de sí misma y en armonía con la naturaleza: «la libertad en esta esfera sólo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente su metabolismo con la naturaleza, lo pongan bajo su control común, (...); lo realicen con el menor gasto posible de energía y en las condiciones más dignas y más acordes con su naturaleza humana[41]».
El desarrollo del modo de producción comunista introducirá un tipo totalmente diferente de equipamiento del suelo y del subsuelo; tendrá como objetivo una mejor distribución de los seres humanos por todo el globo y la eliminación de la oposición entre la ciudad y el campo.
Con vistas a «instituir sistemáticamente [el metabolismo entre el hombre y la tierra] como ley reguladora de la producción social»[42], el comunismo no tendrá más remedio que reapropiarse e integrar críticamente las mejores aportaciones de las sociedades del pasado, partiendo de una mejor comprensión de la relación más armoniosa entre el ser humano y la naturaleza que prevaleció durante el largo periodo del comunismo primitivo, al tiempo que integra y transforma todos los avances científicos y tecnológicos desarrollados por el capitalismo[43].
El comunismo pone fin a la relación de depredación y saqueo de la naturaleza de las sociedades de clase para sustituirla por «el trato conscientemente racional de la tierra como propiedad común eterna, y como condición inalienable de la existencia y reproducción de la cadena de sucesivas generaciones humanas»[44].
Para concluir, contra todos los falsificadores burgueses como Malm[45], reafirmamos, con Marx, que al situar la satisfacción de las necesidades humanas en el centro de su modo de producción, al invertir las relaciones entre los seres humanos así como las de todo el género humano con la naturaleza, «el comunismo» representa la única y «verdadera solución del antagonismo entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre»[46] que se ofrece a la humanidad para abrirle las puertas del futuro.
El comunismo está a la orden del día desde que el modo de producción capitalista entró en su periodo de decadencia a principios del siglo XX, cuando las relaciones de producción burguesas, que se habían vuelto demasiado estrechas, chocaron definitivamente con el desarrollo de fuerzas productivas que ya no podían contener.
A diferencia de las clases revolucionarias del pasado, todas las cuales crearon nuevos sistemas de explotación y pudieron desarrollar sus nuevas relaciones de producción en el seno de las viejas relaciones de producción, que habían quedado obsoletas, antes de aniquilarlas definitivamente, el proletariado, primera clase de la historia a la vez explotada y revolucionaria, sin ningún apoyo material en el seno de las relaciones de producción capitalistas, debe romper primero el poder político de la clase dominante para establecerse como clase dominante. Con sólo su conciencia y su capacidad organizativa como armas de combate, sólo una vez lograda la destrucción del Estado burgués -de todos los Estados- y asegurada la toma del poder revolucionario a escala mundial, podrá avanzar en su proyecto de nueva sociedad, inaugurar la transformación comunista de la sociedad.
En la actual situación histórica de descomposición, fase última de la decadencia del capitalismo, y frente a la espiral de destrucción que está poniendo en marcha y que amenaza el futuro de la civilización, e incluso la supervivencia de la humanidad, el tiempo ya no está de su parte, pero sólo ella, como clase revolucionaria de nuestro tiempo, tiene la llave para salir de esta situación de pesadilla. Conserva todo su potencial para llevar a buen puerto su proyecto histórico. La única alternativa válida para quienes buscan una salida a las calamidades capitalistas es, sin dejarse llevar por el pánico ante la situación inmediata, trabajar con determinación para crear las condiciones necesarias para el surgimiento del comunismo, para acelerar el proceso que conduzca a este acto de liberación mundial, uniéndose a la lucha de la clase oprimida en su esfuerzo por desarrollar la conciencia de su acción y su movimiento hacia el cumplimiento de su misión histórica.
Scott
[1] Andreas Malm, L'anthropocène contre l'histoire, Editions La Fabrique, 2017, p.137
[2] Andreas Malm, Avis de Tempête, Nature et culture dans un monde qui se réchauffe, Editions La Fabrique, 2023, p.155 (Edición en inglés: Andreas Malm, The Progress of This Storm, Verso, 2017.
[3] «El capital aborrece la ausencia de beneficio o el beneficio mínimo, como antes se decía que la naturaleza aborrece el vacío. Que el beneficio sea adecuado, y el capital se vuelve valiente: un 10% asegurado, y puede emplearse en cualquier parte; con un 20% se calienta; con un 50%, es locamente temerario; al 100% pisotea todas las leyes humanas; 300%, y no hay crimen que no se atreva a cometer, aun a riesgo de la horca. »Th. J. Dunning, citado por Marx en el Libro I de El Capital Ediciones Sociales, 1950, tomo 3, p.202)
[4] Andreas Malm, Avis de Tempête, Nature et culture dans un monde qui se réchauffe, Editions La Fabrique, 2023, p.164-65
[5] Andreas Malm, L'anthropocène contre l'histoire, Editions La Fabrique, 2017, p.190-91
[6] Sha Zukang, «Foreword”, en Promoting Development and Saving the Planet, p. VII citado por C. Bonneuil, J.B. Fressoz, L'événement Anthropocène - La Terre, l'histoire et nous, Seuil, 2013, p.252; Este enfoque fue defendido por el ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, en la Cumbre de Acción por el Clima de 2019 y por el primer ministro chino, Li Kequiang, en la Comisión Mundial sobre Adaptación de 2019.
[7] Marx, New York Daily Tribune, 1853.
[8] Marx, Trabajo asalariado y capital, 1847, Editions sociales, 1969, p.29.
[9] «(En español: ‘hasta aquí y no más allá’) es un movimiento social alemán de desobediencia civil destinado a alertar sobre las acciones que promueven el cambio climático, en particular la minería del carbón.» (Wikipedia)
[10] Andreas Malm, L'anthropocène contre l'histoire, Editions La Fabrique, 2017, p.210
[11] Véanse los puntos del «programa de transición verde» de Malm, en la primera parte de nuestro artículo, párrafo: «Un método y un enfoque burgueses hasta la médula.”
[12] Andreas Malm, L'anthropocène contre l'histoire, Editions La Fabrique, 2017, p.206
[13] Marx-Engels, Manifiesto del Partido Comunista, 1847, Ed. Le Livre de Poche, 1973, pp.9-10
[14] Rosa Luxemburgo, La acumulación del capital, III: Las condiciones históricas de la acumulación, 26: La reproducción del capital y su entorno.
[15] El Manifiesto Comunista, 1847, I) Burgueses y Proletarios.
[16] R. Luxembourg, Introduction à l'économie politique,1907, https://www.marxists.org/francais/luxembur/intro_ecopo/intro_ecopo_51.htm [34]
[17] C. Bonneuil, J.B. Fressoz, L'événement Anthropocène - La Terre, l'histoire et nous, Seuil, 2013, p.260.
[18] Idem, p. 267.
[19] Karl Marx, El Capital - Libro Primero - El desarrollo de la producción capitalista, Cuarta Sección: La producción de plusvalía relativa, Capítulo XV: El maquinismo y la gran industria.
[20] J.B. Fressoz, F. Graber, F. Locher, G. Quenet, Introduction à l'histoire environnementale, Ed. La Découverte, 2014, p.92-93.
[21] Ídem, p. 96-97.
[22] «Ecologie : c'est le capitalisme qui pollue la Terre [3]”, Revue internationale n°63 (4º trimestre 1990).
[23] Karl Marx, El Capital, Libro I.
[24] Karl Marx, El Capital, Libro III.
[25] Marx, Manuscritos de 1857-1858 conocidos como los «Grundrisse”, Éditions sociales, París, 2011, p.371.
[26] B. Fressoz, F. Graber, F. Locher, G. Quenet, Introduction à l'histoire environnementale, Ed. La Découverte, 2014, p.61
[27] Ídem, p. 56-57.
[28] Anton Pannekoek, Zeitungskorrespondenz Nr.75, 10 de julio de 1909.
[29] Marx, Engels, Programas socialistas, crítica de los proyectos de Gotha y Erfurt.
[30] Andreas Malm, L'anthropocène contre l'histoire, Editions La Fabrique, 2017, p.190-91.
[31] Elucidaciones similares se pueden encontrar en la obra de otro «pensador brillante» de la «ecología crítica”, Fabian Scheidler, que también es ampliamente elogiado: «No se diseña una nueva sociedad en un tablero de dibujo de la misma manera que se diseña un nuevo recinto interior, una máquina o una fábrica. Las nuevas formas de organización social son el resultado de conflictos persistentes y procesos de convergencia entre distintos grupos. Lo que surge al final nunca puede ser, en principio, el resultado de un único plan, sino la consecuencia de muchos planes, contradictorios o convergentes. (...) Los grandes cambios de sistema no son el resultado de una transición lenta y gradual de un modo de organización a otro, ni de una ruptura deliberada con el pasado según el modelo de la Revolución de Octubre en Rusia. (...) Lo que no hay efectivamente es un plan maestro para construir un nuevo sistema que sustituya al anterior. No sólo no existe tal plan, sino que no quedan muchas personas que piensen que debería haberlo». (F. Scheidler, La Fin de la mégamachine. Sur les traces d'une civilisation en voie d'effondrement, capítulo 11 Possibilités, sortir de la mégamachine, Ed. Seuil, 2020, P.445-50).
[32] Marx-Engels, Manifiesto del Partido Comunista, 1847, Ed. Le Livre de Poche, 1973, p.19 ; «Los campesinos, aunque son explotados de muchas maneras y pueden librar luchas a veces muy violentas para limitar su explotación, nunca pueden fijarse como objetivo de estas luchas la abolición de la propiedad privada, puesto que ellos mismos son pequeños propietarios o, viviendo junto a ellos, aspiran a llegar a serlo. E incluso cuando los campesinos crean estructuras colectivas para aumentar sus ingresos mejorando su productividad o la comercialización de sus productos, es generalmente en forma de cooperativas, que no cuestionan ni la propiedad privada ni el intercambio mercantil. En resumen, las clases y capas sociales que aparecen como vestigios del pasado (campesinos, artesanos, profesiones liberales, etc.), que sólo existen porque el capitalismo, aunque domine totalmente la economía mundial, es incapaz de transformar a todos los productores en asalariados, no pueden ser portadoras de un proyecto revolucionario. Al contrario, la única perspectiva con la que pueden soñar es la del retorno a una mítica «edad de oro» del pasado: la dinámica de sus luchas específicas sólo puede ser reaccionaria». (Revista Internacional n°73, “¿Quién puede cambiar el mundo? El proletariado es la clase revolucionaria” [35]
[33] Marx-Engels, Manifiesto del Partido Comunista, 1847, Ed. Le Livre de Poche, 1973, p.6
[34] Marx, La ideología alemana (1846).
[35] Marx-Engels, La ideología alemana, Éd. Sociales, París, 1968, p. 64
[36] Marx-Engels, La ideología alemana, Éd. Sociales, París, 1968, p. 103-104.
[37] August Bebel, «Die Frau und der Sozialismus”, Kapitel 22, Sozialismus und Landwirtschaft, 1. Aufhebung des Privateigentums an Grund und Boden, (traducción nuestra).
[38] «Cuando la sociedad haya alcanzado un grado superior de organización económica, el derecho de propiedad de unos cuantos individuos sobre las tierras que componen el globo parecerá tan absurdo como loco parece el derecho de propiedad de un hombre sobre otro. Ninguna sociedad, ninguna nación, ni siquiera todas las naciones son propietarias de la tierra: son simplemente sus poseedores, sus usufructuarios, obligados como ‘boni patres familias’ (como buenos padres) a transmitirla en forma mejorada a las generaciones futuras”. Karl Marx, El Capital - Libro III, El proceso general de la producción capitalista, §6: La transformación de una parte de la ganancia en renta de la tierra, Capítulo XLVI: La renta de la tierra edificada. Rentas mineras. El precio de la tierra.
[39] Karl Marx, El Capital - Libro III, El proceso general de la producción capitalista, §6: La transformación de una parte de la ganancia en renta de la tierra, Capítulo XXXVII: Introducción.
[40] F. Engels, Anti-Dühring, Editions sociales, París, 1977, p. 319, traducción de Émile Bottigelli.
[41] Karl Marx, El Capital - Libro III, El proceso general de la producción capitalista, §7: La renta y su fuente, Capítulo XLVIII: La fórmula tripartita.
[42] Karl Marx, El Capital - Libro I, El desarrollo de la producción capitalista, Sección IV: La producción de plusvalía relativa, Capítulo XV: El maquinismo y la gran industria -§X. - La gran industria y la agricultura (en Ed. La Pléiade, Œuvres : Economie-I, p.998)
[43] «Desde los enormes progresos realizados en las ciencias naturales durante este siglo, estamos cada vez más en condiciones de conocer las consecuencias naturales lejanas, al menos de nuestras acciones más corrientes en el campo de la producción, y, en consecuencia, de aprender a controlarlas. Pero cuanto más ocurra esto, tanto más los hombres no sólo sentirán, sino que volverán a saber que son uno con la naturaleza.» (Engels, La dialéctica de la naturaleza, Éditions Sociales, París, 1977, pp. 180-181, traducción de Émile Bottigelli).
[44] K. Marx, El Capital - Libro III, El proceso general de la producción capitalista, § 6: La transformación de una parte de la ganancia en renta de la tierra, Capítulo XLVII: La génesis de la renta capitalista de la tierra, 5: La aparcería y la propiedad parcelaria.
[45] O à la Scheidler.
[46] Karl Marx, Manuscritos de 1844.
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[19] https://es.internationalism.org/en/tag/vida-de-la-cci/debates-internos
[20] https://es.internationalism.org/en/tag/desarrollo-de-la-conciencia-y-la-organizacion-proletaria/corriente-comunista-internacional
[21] https://es.internationalism.org/revista-internacional/198804/1268/guerra-militarismo-y-bloques-imperialistas-ii
[22] https://es.internationalism.org/content/5049/revista-internacional-171
[23] https://es.internationalism.org/content/5138/revista-internacional-2024-numero-172
[24] https://es.internationalism.org/content/4860/revista-internacional-170
[25] https://carnegieendowment.org/?lang=en
[26] https://es.internationalism.org/content/5165/triunfo-de-trump-en-estados-unidos-un-paso-gigantesco-en-la-descomposicion-del
[27] https://es.internationalism.org/content/5006/informe-sobre-las-tensiones-imperialistas-para-el-25o-congreso-de-la-cci
[28] https://www.german-foreign-policy.com/fr/news/detail/9801
[29] https://es.internationalism.org/content/5056/despues-de-ucrania-el-oriente-medio-el-capitalismo-solo-tiene-un-futuro-la-barbarie-y
[30] https://es.internationalism.org/content/5276/reunion-publica-en-linea-un-debate-internacional-para-comprender-la-situacion-mundial-y
[31] https://es.internationalism.org/content/5161/semana-de-accion-de-praga-algunas-lecciones-y-algunas-respuestas-las-calumnias
[32] https://es.internationalism.org/en/tag/acontecimientos-historicos/guerra-ucrania
[33] https://es.internationalism.org/en/tag/3/47/guerra
[34] https://www.marxists.org/francais/luxembur/intro_ecopo/intro_ecopo_51.htm
[35] https://es.internationalism.org/revista-internacional/199307/1964/quien-podra-cambiar-el-mundo-i-el-proletariado-es-la-clase-revoluc
[36] https://es.internationalism.org/en/tag/3/50/medio-ambiente