Hace 25 años, en mayo de 1980, el ciclo de las Conferencias internacionales de la Izquierda comunista, que había arrancado a iniciativa del Partido comunista internacionalista (PCInt, Battaglia communista) unos años atrás, se terminó en el desorden y la confusión después de una moción sobre el partido propuesta por Battaglia comunista y la Comunist Workers Organisation. Esta moción tenía la clara intención de excluir a la CCI a causa de su posición supuestamente “espontaneista” sobre la cuestión de la organización.
Esas conferencias habían sido saludadas por la CCI por el avance positivo que eran para salir de la dispersión y los malentendidos entre los grupos, lo cual constituía una plaga para el medio proletario internacional. Las conferencias representan aún una experiencia válida de la cual la nueva generación de revolucionarios que hoy aparece puede sacar muchas lecciones y es importante para esta nueva generación apropiarse de los debates que han tenido lugar en las conferencias y alrededor de ellas. Sin embargo, no podemos ignorar los efectos negativos que se ocasionaron por la manera en la cual fueron interrumpidas. Un rápido vistazo al triste estado actual del medio político proletario muestra que todavía soportamos las consecuencias de ese fracaso para crear un marco organizado para un debate fraternal y una clarificación política entre los grupos de tradición de la Izquierda comunista.
Después del coqueteo del BIPR con los parásitos de la “Fracción Interna” de la CCI y con el aventurero que se esconde detrás del “Círculo de Comunistas internacionalistas” en Argentina, las relaciones entre esta organización y la CCI nunca habían sido tan malas. Los grupos de la tradición bordiguista o bien han permanecido autosatisfechos en la torre de marfil del aislamiento sectario en la cual se pusieron al abrigo de las conferencias de finales de los años 70 o –como en el caso de le Proletaire–, se han manifestado no menos propensos que el BIPR para tragarse las adulaciones de la FICCI. En todos los casos, los bordiguistas aún no se han recuperado de la crisis traumática que los golpeó en 1981 y de la cual sólo han sacado muy pocas lecciones en lo que toca a sus debilidades más importantes. Los últimos herederos de la izquierda alemana/holandesa, al mismo tiempo, han perdido ahora toda sustancia. Todo ello en el momento en el cual la nueva generación de elementos en búsqueda voltea hacia el movimiento comunista organizado para encontrar una guía y responder a sus aspiraciones, en un momento en el cual los retos de la historia nunca habían sido tan agudos.
Cuando Battaglia tomó la decisión de sabotear la participación de la CCI a las conferencias, afirmaba que había “asumido la responsabilidad que se debe suponerse en una fuerza revolucionaria seria” (Respuesta al Llamamiento que la CCI dirigió al medio proletario de 1983). Volviendo sobre la historia de esas conferencias queremos mostrar, entre otras cosas, la real responsabilidad de esa corriente en la desorganización de la Izquierda comunista.
No tratamos de hacer un informe exhaustivo de las discusiones en las conferencias y lo que de ellas se desprendió. Los lectores pueden remitirse a varias publicaciones que contienen los textos y las actas de esas conferencias, si bien son un tanto escasos ahora, de modo que ayuda para crear archivos en línea de esas publicaciones es bienvenida. Nuestro objetivo es resumir los principales temas que se abordaron en las reuniones y, sobre todo, examinar las razones centrales del fracaso de esas reuniones.
La salida de un largo periodo de dispersión: el contexto de las conferencias internacionales
La dispersión de las fuerzas de la izquierda comunista no era un fenómeno nuevo en 1976. La Izquierda comunista tiene sus orígenes en las Fracciones de izquierda de la Segunda internacional que entablaron el combate contra el oportunismo a partir de finales del siglo xix. Tambien ese combate se llevó a cabo de forma dispersa.
Así, cuando Lenin emprendió la lucha contra el oportunismo menchevique en el partido ruso, la primera reacción de Rosa Luxemburg fue la de ponerse del lado de los mencheviques. Cuando Luxemburg empezó a percibir la profundidad real de la capitulación de Kautsky, Lenin tardó en darse cuenta cuenta que ella tenía razón. Todo esto se debía a que los partidos de la Segunda Internacional estaban formados sobre una base nacional y realizaban casi toda su actividad a nivel nacional; la Internacional era más una federación de partidos nacionales que un partido mundial único. Aunque la Internacional comunista se comprometió en superar esas particularidades nacionales, siguieron teniendo éstas un peso muy importante. No hay ninguna duda de que las fracciones comunistas de izquierda que comenzaron a reaccionar contra la degeneración de la IC a principios de los años 20 estaban también afectadas por ese peso; la izquierda, de nuevo, respondía de manera muy dispersa al desarrollo del oportunismo en la Internacional proletaria. La expresión más peligrosa y la más perjudicial de esta separación fue la zanja que casi inmediatamente dividió a la izquierda alemana de la izquierda italiana a partir de los años 20. Bordiga tendió a identificar el acento puesto por la Izquierda alemana en los consejos obreros con “el consejismo de fábrica” de Gramsci; y la Izquierda alemana no alcanzó realmente a ver en la izquierda italiana “leninista” un aliado posible contra la degeneración de la IC.
La contrarrevolución que golpeó con toda su rudeza a fines de los años 20 dispersó aún más las fuerzas de la izquierda, aún y cuando la Fracción italiana en el exilo trabajó con ahínco para combatir esa tendencia, tratando de establecer los fundamentos para una discusión y una cooperación internacionales sobre una base de principios. Así, la Fracción italiana abrió sus columnas a los debates con los internacionalistas holandeses, con los grupos disidentes de la oposición de izquierda y otros más. Esta apertura de espíritu que mostraba Bilan era –entre otros tantos avances programáticos más generales realizados por la Fracción en el exilio– una de las primeras víctimas en la formación oportunista del Partido comunista internacionalista en Italia al término de la guerra. Sucumbiendo ante una buena dosis de estrechez de espíritu nacional, la mayoría de la fracción italiana saludó las luchas obreras en Italia en 1943, sin tomar distancia para considerarlas en el contexto histórico global, y se precipitó para disolver la Fracción y proclamar la fundación de un nuevo partido (¡solamente en Italia!). Ese agrupamiento precipitado de varias fuerzas muy heterogéneas no cimentó la unidad de la Izquierda italiana sino que provocó nuevas divisiones. Primero, en 1945, con la Fracción en Francia cuya mayoría se opuso a la disolución de la Fracción italiana y criticó las bases oportunistas del nuevo partido. La Fracción francesa fue expulsada sumariamente de la organización internacional del PCI (La Izquierda comunista internacional) y formó la Izquierda comunista de Francia. En 1952 el mismo PCI sufrió una gran separación entre las dos alas principales del partido –los “damenistas” alrededor de Battaglia comunista y los “bordiguistas” en torno a Programa comunista, desarrollando este último en particular una justificación teórica del sectarismo más rígido, considerándose como el único partido proletario en todo el planeta (lo que no ha impedido otras rupturas y la coexistencia de varios “solos y únicos” Partidos comunista internacional en los años 70). Ese sectarismo es seguramente un tributo pagado a la contrarrevolución. Por un lado, era la expresión de una tentativa para mantener los principios en un ambiente hostil construyendo un muro de fórmulas incambiables sobre posiciones adquiridas a un enorme precio. Y por otro, expresaba la tendencia creciente a que los revolucionarios se quedaran aislados de su clase y a existir en un mundo de pequeños grupos, lo cual reforzaba el espíritu de círculo y un divorcio, análogo al de las sectas, con las necesidades reales del movimiento.
Empero, después de los áridos años 50 que representaron el nadir del medio revolucionario internacional, el clima social comenzó a cambiar. El proletariado volvió a la escena de la historia con las huelgas de mayo del 68, un movimiento que tuvo una dimensión política profunda ya que planteaba la cuestión de una nueva sociedad dando nacimiento a una plétora de grupos a los que su búsqueda de coherencia revolucionaria los conducía de manera natural hacia una reapropiación de las tradiciones de la Izquierda comunista. Entre los primeros en reconocer la nueva situación estaban los camaradas de la antigua ICF que ya habían retomado una actividad política con algunos jóvenes elementos que habían conocido en Venezuela y que formaron el grupo Internacionalismo en 1964. Después de los acontecimientos de mayo del 68, los camaradas de Internacionalismo se fueron a Europa para intervenir en el nuevo medio proletario que ese movimiento masivo había hecho nacer. Esos camaradas animaron, en particular, a los viejos grupos de la Izquierda italiana, los cuales tenían la ventaja de contar con una prensa y una forma organizativa estructurada, para actuar en tanto que centro del debate y de contacto entre los nuevos elementos en búsqueda, organizando una conferencia internacional. Recibieron una respuesta glacial, ya que las dos alas de la Izquierda italiana sólo veían en mayo 68 (al igual que en el otoño rampante italiano) una llamarada de agitación estudiantil. Después de varias tentativas frustradas para convencer a los grupos italianos de asumir su papel (ver la carta de la CCI a Battaglia en el folleto Tercera conferencia de los grupos de la Izquierda comunista, mayo 1980, Actas) los camaradas de Internacionalismo y del grupo Révolution internationale nuevamente formado en Francia, concentraron sus esfuerzos en el agrupamiento de los elementos nuevos producidos por el regreso del movimiento de la clase. En 1968, dos grupos en Francia –Cuadernos del comunismo de consejos y el grupo Comunistas de consejos de Clermont-Ferrand– se reunieron con el grupo Révolution internationale haciendo surgir Révolution internationale “nueva serie” que formaba entonces una tendencia internacional junto con Internacionalismo e Internationalism en los Estados Unidos. En 1972, Internationalism propuso una red internacional de correspondencia. Una vez más, los grupos italianos se pusieron al margen de este proceso aunque éste daba ya resultados positivos, en particular, una serie de conferencias en 1973-74, que reunía a la vez a RI y a algunos de los nuevos grupos de Inglaterra, entre ellos, World Revolution el cual se sumaría a la tendencia internacional que daría lugar a la CCI en 1975 (compuesta entonces por seis grupos: RI, Internationalism, WR, Internacionalismo, más Acción proletaria en España y Rivoluzione internazionale en Italia).
Primera Conferencia, Milán 1977
El ciclo de conferencias internacionales de la izquierda comunista se abrió en 1976 cuando Battaglia salió finalmente de su aislamiento en Italia y envió una propuesta de reunión internacional a un cierto número de grupos en el mundo.
La lista de los grupos era la siguiente:
– Francia: Révolution internationale, Pour une intervention communiste, Union ouvrière, Combat communiste;
– Inglaterra: Communist workers organisation, World revolution;
– España: Fomento obrero revolucionario;
– USA: Revolutionary workers group;
– Japón: Japan revolutionary communist league, Revolutionary marxist fraction (Kahuamura-Ha);
– Suecia: Forbundent arbetarmakt (Workers power league);
– Portugal: Combate.
La introducción al folleto Textos y actas de la Conferencia internacional organizada por el Partido comunista internacionalista (Battaglia comunista)”, apuntaba que
“muy rápidamente, una selección “natural” se efectuó por la disolución de Union ouvrière y de RWG y por la interrupción de relaciones con Combat communiste cuyas posiciones políticas son probadamente incompatibles con los temas de la Conferencia…Por otro lado, las relaciones con el grupo portugués han sido interrumpidas después de un encuentro entre sus representantes y un enviado del PCInt a Lisboa, reencuentro en el curso del cual se constató el alejamiento de ese grupo en relación a los fundamentos del movimiento comunista. La organización japonesa no ha dado, en cambio, ninguna respuesta. Se puede suponer que no han recibido “El Llamado” del PCInt”.
El grupo sueco manifestó su interés pero no pudo participar.
Era un paso adelante importante que daba Battaglia, un reconocimiento de la importancia fundamental, no sólo de la necesidad de los ‘lazos internacionales’ (lo que cualquier grupo izquierdista puede reivindicar) sino del deber internacionalista de superar las divisiones en el movimiento revolucionario mundial y trabajar para su centralización y, en definitiva, su agrupamiento. La CCI saludó calurosamente la iniciativa de Battaglia como un golpe serio asestado al sectarismo y a la dispersión; además, su decisión para participar en la iniciativa tuvo un efecto saludable sobre su propia vida política ya que no estábamos enteramente inmunizados contra la funesta tendencia a considerarse el “solo y único” grupo revolucionario. Después de los cuestionamientos que habían sido planteados por la CCI sobre el carácter proletario de los grupos provenientes de la izquierda italiana, siguió una discusión sobre los criterios para juzgar la naturaleza de clase de las organizaciones políticas lo cual dio lugar después a una resolución sobre los grupos políticos proletarios adoptada en el congreso internacional de la CCI en 1976.
Había sin embargo numerosas debilidades importantes en la propuesta de Battaglia y en la conferencia que ésta suscitó en Milán en abril-mayo de 1977.
De entrada, la propuesta de Battaglia carecía de criterios claros de participación. En su origen, la razón dada para el llamado a la Conferencia era sobre qué significaba –con la distancia, está plenamente confirmado– el fenómeno en curso de la adopción del “Eurocomunismo” por algunos de los principales Partidos comunistas de Europa. Las implicaciones de una discusión sobre eso que Battaglia llamaba la “socialdemocratización” de los PC no eran claras, más importante aún, la propuesta no alcanzaba a definir las posiciones de clase esenciales que garantizarían que toda reunión internacional era una concentración de grupos proletarios y que excluiría el ala de izquierda del capital. La ambigüedad sobre esta cuestión no era nada nuevo para Battaglia que, en el pasado, había hecho llamados a una reunión internacional con los trotskistas de Lutte ouvrière. En esta ocasión la lista de invitados también incluía a izquierdistas radicales tales como el grupo japonés y Combate comunista. La CCI insistió pues para que la Conferencia adoptara un mínimo de principios fundamentales que excluyera a los izquierdistas pero también a aquéllos que, aún defendiendo algunas posiciones de clase, se oponían a la idea de un partido de clase. La meta de la conferencia era pues encarar el cómo hacer parte de un proceso a largo plazo que condujera a la formación de un nuevo partido mundial.
Al mismo tiempo, las conferencias se alzaban directamente contra un sectarismo que ya estaba dominando el movimiento. Para comenzar, Battaglia parecía haber decidido que ella sería el único representante de la Izquierda italiana y por lo tanto no había invitado a ningún grupo bordiguista a la Conferencia. Esta actitud se reflejaba también en el hecho de que el llamado no estaba dirigido a la CCI como tal (que ya tenía una sección en Italia) sino solamente a algunas secciones territoriales de la CCI. Después, vimos la súbita decisión del grupo “Por una intervención comunista” de no participar, mientras que al principio estaba de acuerdo. En una carta fechada el 25/04/77 escribió que esa reunión no sería otra cosa que un “diálogo de sordos”. En tercer lugar, en la misma reunión, hubo una pequeña manifestación de aquello que más tarde sería un problema fundamental: el fracaso de la Conferencia para adoptar posiciones comunes. Al término de la reunión, la CCI propuso un corto documento que resumía los acuerdos y desacuerdos que habían surgido de la discusión. Era demasiado para Battaglia. Aún cuando este grupo se había dado objetivos grandiosos para la Conferencia –“las grandes líneas de una plataforma de principios fundamentales, de manera que nos permita empezar a trabajar en común; un buró internacional de coordinación” (Tercera circular del PCInt, febrero de 1977)– mucho antes de que se establecieran las premisas para un tal paso, se desanimó con solo pensar en firmar con la CCI una propuesta tan modesta como un resumen de acuerdos y desacuerdos.
De hecho, los únicos grupos capaces de participar a la reunión de Milán eran Battaglia y la CCI. La Communist Workers Organisation estaba de acuerdo en acudir –lo que era un gran avance ya que había llegado hasta la ruptura de toda relación con la CCI, tratándola de “contrarrevolucionaria” debido a su análisis de la degeneración de la Revolución rusa– pero no pudo asistir por razones prácticas. Ídem para el grupo en torno a Munis en España y en Francia, el FOR. Sin embargo esta discusión había abordado muchos de los puntos y fijó toda una serie de cuestiones cruciales, resumidas en la propuesta de toma de posición común de la CCI que señalaba cuáles habían sido éstas:
– un acuerdo sobre el hecho de que la sociedad capitalista estaba en una época de decadencia, si bien el análisis de las causas de ésta eran diferentes: la CCI defendía la tesis de Rosa Luxemburg según la cual la contradicción fundamental que ha producido la caída del capitalismo en la decadencia es el problema de la realización de la plusvalía, mientras que para Battaglia, esto era secundario en relación al problema de la baja de la tasa de ganancia;
– un acuerdo sobre la apertura de una nueva fase de crisis económica aguda;
– un desacuerdo sobre la significación del movimiento de clase de finales de los años 60 y principios de los 70, para la CCI representaban el signo del fin de la contrarrevolución mientras que, para Battaglia, era aún la contrarrevolución la que dominaba;
– un acuerdo sobre el papel contrarrevolucionario de los PC y de los PS, si bien la CCI criticó la definición de esas organizaciones como oportunistas o reformistas dada por Battaglia, ya que tales adjetivos sólo pueden aplicarse a organizaciones proletarias afectadas por la ideología burguesa;
– un acuerdo sobre el hecho que los sindicatos eran organizaciones de la burguesía, pero un desacuerdo sobre cómo intervenir en ellos. Battaglia hablaba aún de un trabajo en los sindicatos, que se podía incluso hacerse elegir en los “comités de fábrica” del sindicalismo de base. Al mismo tiempo, Battaglia hablaba de formar sus propios “grupos de fábrica”, a los cuales llamaba “grupos comunistas de fábrica” o “comités comunistas sindicales”;
– esta cuestión de los grupos de fábrica fue un punto no menos importante de discusión, Battaglia los veía como una correa de transmisión entre el partido y la clase y la CCI argumentaba sobre el hecho de que tales correas de transmisión no podían existir en la decadencia ya que en tal etapa no podía haber órganos de masas permanentes para remplazar a los sindicatos;
– esta cuestión estaba ligada a grandes desacuerdos sobre la cuestión del partido y de la conciencia de clase, Battaglia defiende la tesis de Lenin según la cual la conciencia debe ser aportada a los obreros “desde el exterior”, por el partido. Esta cuestión sería retomada en la siguiente conferencia.
Estas cuestiones han seguido siendo puntos de desacuerdo entre la CCI y Battaglia (y el BIPR) desde las conferencias (con un giro importante efectuado por el BIPR hacia el abandono de la noción misma de decadencia –ver los artículos recientes de la Revista internacional). Sin embargo, esto no representaba de ninguna manera un diálogo de sordos. Battaglia realmente evolucionó sobre la cuestión sindical, al menos hasta retirar el término “sindical” de sus grupos de fábrica. De la misma manera, entre algunas de las respuestas de la CCI a Battaglia sobre la conciencia de clase durante la reunión de Milán revelaban un “antileninsimo” visceral que la CCI tuvo que combatir en sus propias filas en los años que siguieron, en particular, en el debate con lo que se llamaría “la Fracción externa de la CCI” después de 1984. En resumen, era una discusión que podía conducir a clarificaciones de ambos lados y que tenía un gran interés para el medio político en su conjunto. La Conferencia sacaba, en efecto, un balance positivo de su trabajo en la medida en que hubo un acuerdo para continuar ese proceso.
Segunda Conferencia: Paris, noviembre de 1978
Esa conclusión se concretó en el hecho que la Segunda conferencia iba a marcar un paso adelante respecto a la primera. Estuvo mejor organizada, con criterios políticos de participación claros y logró juntar a más organizaciones que la primera. Muchos documentos de discusión fueron publicados así como las actas (ver volumen I y II del folleto Segunda conferencia de los grupos de la Izquierda comunista… aún disponible en francés).
Esta vez la Conferencia se abrió con muchos participantes: Battaglia, la CCI, la CWO, el Nucleo comunista internazionalista (Italia), Fur Kommunismen (Suecia) y FOR. Otros tres grupos que se declararon favorables a esta conferencia no pudieron estar presentes: Arbetarmakt, Il Leninista de Italia y la Organización comunista revolucionaria de Argelia.
Los temas de la reunión, de entrada, daban continuidad a la discusión de la Primera conferencia –la crisis y los fundamentos económicos de la decadencia capitalista, el papel del partido. Hubo también una discusión sobre el problema de las luchas de liberación nacional que era un escollo para la mayor parte de los grupos de tradición bordiguista. Esos debates representaron una importante contribución en un proceso más general de clarificación. Primeramente, permitieron a varios de los grupos que participaban en la conferencia ver que había muchas cosas en común para comprometerse en un proceso de agrupamiento, lo que no ponía en tela de juicio el marco general de las conferencias. Era el caso para la CCI y el grupo sueco Fur Kommunismen. En segundo lugar, esos debates aportaron un punto de referencia inestimable para el medio en su conjunto –incluyendo a los elementos que no pertenecían a un grupo en particular pero que buscaban una coherencia revolucionaria.
Sin embargo, esta vez, el problema del sectarismo iba a aparecer de manera mucho más aguda.
Los grupos bordiguistas fueron invitados a la Segunda conferencia pero su respuesta fue una expresión clásica de su rechazo a comprometerse en el movimiento real, de una actitud profundamente sectaria. El partido llamado PCI “de Florencia” (que se separó del principal grupo bordiguista Programma en 1972 y publica Il Partito comunista) respondió que no quería tener nada que ver con ningún “misionero de la unificación”. Pero, como lo subrayó nuestra respuesta en “La Segunda conferencia internacional”, Revista internacional no 16, la unificación no era ciertamente la cuestión inmediata:
“la hora no ha sonado todavía para la unificación en un solo partido de diferentes grupos comunistas que existen actualmente”.
Ese mismo artículo se dirigía también a la respuesta de Programma:
“un poco diferente –en cuanto al fondo de la argumentación– es el artículo de Programma, respuesta del segundo PCI. Lo que le distingue esencialmente es su tosquedad. El título del artículo “La lucha entre fottenti y fottuti” (literalmente entre el que da y el que le dan) muestra ya la “altura” donde se pone el PCI Programma, altura realmente poco accesible para los demás. ¿Habría que creer que Programma está a tal punto impregnado por costumbres estalinistas que no pueden concebir la confrontación de posiciones entre revolucionarios mas que en términos de ‘violadores’ y ‘violados’? Para Programma, ninguna discusión es posible entre grupos que se reclaman y se sitúan en el terreno del comunismo, especialmente imposible entre esos grupos. Se puede en rigor, marchar con los troskistas y otros maoístas en un comité fantasma de soldados, o aún más, firmar con estos mismos y con otros izquierdistas volantes comunes por la ‘defensa de obreros emigrados’, pero jamás encarar la discusión con otros grupos comunistas, menos aún entre los numerosos partidos bordiguistas. Aquí no puede reinar sino una relación de fuerza, si no se les puede destruir entonces ¡ignorar hasta su existencia! Violación o impotencia, tal es la única alternativa en la cual Programma quisiera encerrar el movimiento comunista y las relaciones entre los grupos. No teniendo otra visión, la ve por todos lados y la atribuye a voluntad a los otros. Una Conferencia internacional de los grupos comunistas no puede, a sus ojos, ser otra cosa ni tener otro objetivo que el de pervertir a algunos elementos del otro grupo. Y si Programma no ha venido, no es ciertamente porque le falten deseos de ‘violar’ sino porque teme ser impotente… Para Programma sólo se puede discutir consigo mismo. Por temor a ser impotente en una confrontación de posiciones con otros grupos comunistas, Programma se refugia en el ‘placer solitario’. Esta es la virilidad de una secta y el único medio de satisfacción.”
El PCI también había puesto por delante otra excusa: la CCI es “antipartido”. Otros más rechazarían la participación porque estaban contra el partido –Spartacusbund (Holanda) y el PIC que, como lo subraya el artículo, preferían mucho más la compañía del ala izquierda de los socialdemócratas que la de los “bordiguistas-leninistas”. Y en fin:
“A la Conferencia aún le faltaba por presenciar el espectáculo del comportamiento del grupo FOR. Este grupo, después de haber dado su plena adhesión a la Primera conferencia de Milán y su acuerdo para la realización de la Segunda contribuyendo con textos para la discusión, se retracta en la apertura de ésta con el pretexto de no estar de acuerdo con el primer punto del orden del día, a saber, sobre la evolución de la crisis y sus perspectivas. El FOR desarrolla la tesis de que el capitalismo no está en crisis económica. La crisis actual no sería sino una crisis coyuntural como las que el capitalismo ha conocido y superado a lo largo de su historia. La crisis no abre pues ninguna perspectiva nueva, mucho menos una reanudación de las luchas del proletariado, todo lo contrario. El FOR, en cambio, profesa una tesis de ‘crisis de civilización’ totalmente independiente de la situación económica. Se encuentran en esta tesis los resabios del modernismo, herencia del situacionismo. No abriremos aquí un debate para demostrar que a los marxistas les parece absurdo hablar de decadencia y de hundimiento de una sociedad histórica, basándose únicamente en manifestaciones superestructurales y culturales sin referirse a su estructura económica, afirmando incluso que esta estructura –fundamento de toda sociedad– no conoce sino un reforzamiento y su más completo desarrollo. Es esta una actitud que se aproxima más a las divagaciones de un Marcuse que al pensamiento de Marx. Así, el FOR funda su actividad revolucionaria no sobre un determinismo económico objetivo sino sobre un voluntarismo subjetivo lo cual es atributo de todos los grupos contestatarios. Pero debemos preguntarnos algo: ¿son esas aberraciones la razón fundamental que ha dictado al FOR el retirase de la Conferencia? Ciertamente no. En su rechazo a participar a la Conferencia y, al retirarse del debate, se manifiesta ante todo su espíritu de capilla, de cada uno para sí, espíritu que impregna aún fuertemente a los grupos que se reclaman de del comunismo de izquierda” (1).
En resumidas cuentas, era muy evidente que el sectarismo era un problema en sí mismo. Sin embargo, la Conferencia rechazó el apoyar la propuesta de la CCI de hacer una toma de posición en común rechazando ese tipo de actitudes (si bien el Núcleo estaba a favor de tal propuesta). Las razones dadas eran que la actitud de los grupos no era el problema –el problema era las divergencias políticas. Esto era cierto para grupos como Spartacusbund y el PIC que, al rechazar el partido de clase, mostraban claramente que no podían aceptar los criterios. Pero lo que era falso es la idea según la cual la actividad política sólo reside en la defensa o el rechazo de posiciones políticas. La actitud, la trayectoria, el comportamiento y la práctica organizativa de los grupos políticos y de sus militantes tienen una gran importancia y la actitud sectaria cae justamente en esa categoría.
Hemos recibido la misma respuesta del BIPR en reacción a una de las crisis en la CCI. Según el BIPR, la tentativa de comprender las crisis internas hablando de problemas como el espíritu de círculo, el comportamiento clánico o el parasitismo es sólo una forma de evitar las cuestiones “políticas”, y más aún, una camuflaje deliberado. Con esa óptica, los problemas organizativos de la CCI se podrían explicar por nuestra visión errónea de la situación internacional o del periodo histórico; el impacto cotidiano de las costumbres y de la ideología burguesa en el seno de las organizaciones proletarias no tendría el más mínimo interés. Pero la prueba más clara de que el BIPR es deliberadamente ciego en esta materia ha sido aportada por su conducta lamentable en los últimos ataques contra la CCI perpetrados por los parásitos de la FICCI y del aventurero que se esconde detrás del “Círculo” en Argentina. Incapaz de ver la motivación real de esos grupos, que no tiene nada que ver con la clarificación de diferencias políticas, el BIPR se volvió directamente cómplice de su actividad destructiva (2). Las cuestiones de comportamiento no son falsas cuestiones para la vida política proletaria. Al contrario, son una cuestión de principio, ligada a una necesidad vital para toda forma de organización de la clase obrera: el reconocimiento de un interés común opuesto a los intereses de la burguesía. En pocas palabras, la necesidad de la solidaridad –y ninguna organización proletaria puede ignorar esta cuestión elemental sin tener que pagar un alto precio. Esto se aplica también al problema del sectarismo, que es también un medio para debilitar los lazos de solidaridad que deben unir a las organizaciones de la clase obrera. Al haberse negado a condenar el sectarismo en la Segunda conferencia, socavaron las bases mismas que las habían suscitado –la necesidad urgente de ir más allá del espíritu de cada uno para sí y trabajar por la unidad real del movimiento revolucionario. Al haber rechazado toda toma de posición en común, las Conferencias caían también en la trampa del sectarismo.
Según la definición de Marx: “la secta ve su razón de ser y su pundonor no en lo que tiene en común con el movimiento de la clase, sino en la característica que la distingue del movimiento” (Marx a Schwetzer, Correspondencia). Es una definición exacta del comportamiento de varios de los grupos que participaron en las Conferencias internacionales.
Tercera conferencia, Paris, mayo de 1980
Aún cuando permanecimos optimistas sobre el trabajo de la Segunda conferencia porque había marcado un avance significativo respecto a la Primera, los signos de peligro seguían ahí. Y se convertían en una alerta en la Tercera conferencia.
Los grupos que asistieron fueron: la CCI, Battaglia, la CWO, l’Eveil internationaliste, los Nuclei leninisti internazionalisti (salidos de un reagrupamiento entre Nuclei y Il Leninista) la Organización comunista revolucionaria de Argelia (que sin embargo no estuvo presente físicamente) y el Groupe communiste internationaliste que asistía como “observador” (3).
Las principales cuestiones en el orden del día eran de nuevo la crisis, sus perspectivas y las tareas de los revolucionarios en la actualidad. El balance sacado por la CCI de esta conferencia, “Algunas observaciones generales sobre las contribuciones para la Tercera conferencia internacional…”, publicado en el folleto la Tercera conferencia, hacía sobresalir una serie de puntos de acuerdo importantes que estaban en la base de la Conferencia:
– el capitalismo hace frente a una crisis que se profundiza y que conduce al sistema a una tercera guerra mundial;
– esta guerra será imperialista y los revolucionarios deberán denunciar ambos campos;
– los comunistas deben tener como meta el contribuir a la acción revolucionaria de su clase, única alternativa a una marcha hacia la guerra;
– la clase obrera debe liberarse de la influencia de partidos y sindicatos “obreros”, y ahí, la actividad de los revolucionarios sigue siendo vital.
Al mismo tiempo, el texto notaba que había enormes desacuerdos sobre el curso histórico, con Battaglia en particular, quien sostenía que podía haber simultáneamente un curso a la guerra y un curso a la revolución y que no era tarea de los revolucionarios decidir cuál de ellos iba a prevalecer. La CCI, por su lado, basándose en el método de la Fracción italiana en los años 30, insistía en el hecho que un curso a la guerra sólo podría establecerse sobre la base de un debilitamiento y de una derrota de la clase obrera y que, en el mismo sentido, una clase que iba a una confrontación revolucionaria con el capitalismo no podía estar encuadrada en una marcha hacia la guerra. Agregaba que era vital para los revolucionarios tener una posición tan clara como fuera posible sobre la tendencia dominante, ya que la forma y el contenido de su actividad deben ser adaptadas a las conclusiones que de ello se saquen.
La cuestión de los grupos de fábrica volvió a representar un escollo para los grupos. Presentado por Battaglia como una manera para desarrollar una influencia real y concreta en la clase, para la CCI esta concepción tenía como base una nostalgia por las épocas de las organizaciones permanentes y a gran escala tales como los sindicatos. La idea de que los pequeños grupos revolucionarios de hoy podían crear tal red de influencia, como las “correas de transmisión entre el partido y la clase”, revelaba cierta megalomanía sobre las posibilidades reales de la actividad revolucionaria en este periodo. Al mismo tiempo, sin embargo, la separación entre esta actitud y una comprensión del movimiento real podía tener como consecuencia una seria subestimación del trabajo auténtico que podían hacer los revolucionarios, una incapacidad para comprender la necesidad de intervenir en las formas reales de organización que habían empezado a aparecer en las luchas del 78-80: no solamente las asambleas generales y los comités de huelga (que harían su aparición más espectacular en Polonia pero que ya se habían antes manifestado en la huelga de los estibadores de Rótterdam), sino también los grupos y los círculos formados por las minorías combativas durante las huelgas o después de ellas. Sobre esta cuestión, la visión de la CCI era cercana a la desarrollada por los NLI en sus críticas al esquema “grupo de fábrica” de Battaglia.
Sin embargo, toda posibilidad de desarrollar la discusión sobre esta cuestión u otras se redujo a nada por la victoria definitiva del sectarismo sobre las conferencias.
En primer lugar, se rechazó la propuesta de la CCI de hacer una declaración común frente a la amenaza de guerra que era entonces, ciertamente, una cuestión central después de la invasión de Afganistán por Rusia:
“La CCI pide que la conferencia tome posición sobre esta cuestión y propone una resolución, a discutir y enmendar si fuera necesario, para afirmar en conjunto la posición de los revolucionarios frente a la guerra. El PCInt la rechazó y, después le siguieron la CWO y l’Eveil internationaliste. La Conferencia enmudece. Tomando en cuenta los criterios de participación a la conferencia, todos los grupos presentes compartían inevitablemente la misma posición de fondo sobre la actitud que debe asumir el proletariado en caso de un conflicto mundial o frente a su amenaza. “¡Pero cuidado!” nos dicen los grupos partidarios del silencio, “¡es que nosotros no firmamos con cualquiera! ¡No somos oportunistas!” Nosotros les respondemos: oportunismo es traicionar los principios en la primera oportunidad. Lo que proponemos no es traicionar un principio sino afirmarlo con el máximo de nuestras fuerzas. El principio internacionalista es uno de los más altos y de los más importantes para la lucha proletaria. Cualesquiera que sean las divergencias que separan a los grupos internacionalistas, pocas organizaciones políticas en el mundo lo defienden de manera consecuente. La conferencia debe hablar sobre la guerra y debe hacerlo lo más fuerte posible.
“El contenido de ese brillante razonamiento “no oportunista” es el siguiente: ya que las organizaciones revolucionarias no lograron ponerse de acuerdo sobre todas las cuestiones, no deben entonces hablar de aquellas cosas en las cuales están de acuerdo desde hace mucho tiempo. La especificidad de cada grupo prima por principio sobre lo que hay de común en todos. Eso es el sectarismo. El silencio de tres Conferencias es la demostración más nítida de la impotencia a que conduce el sectarismo” (Revista internacional no 22, “El sectarismo, una herencia de la contrarrevolución que debe ser superada”).
Ese problema no ha desaparecido: se ha manifestado en 1999 y en 2003 en las respuestas a las propuestas más recientes de la CCI para hacer una declaración común contra la guerra en los Balcanes y en Irak.
En segundo lugar, el debate sobre el partido se interrumpió súbitamente al término de la reunión por la propuesta de Battaglia y de la CWO de establecer un nuevo criterio, formulado de tal manera para eliminar a la CCI a causa de su posición que rechaza la idea de que el debe toma el poder en la revolución. Ese nuevo criterio era:
“el partido proletario, un organismo que es indispensable para la dirección política del movimiento de la clase revolucionaria y del poder revolucionario mismo”.
Esto significaba poner fin a un debate incluso antes de que éste haya comenzado. Según Battaglia, era marca de un proceso de selección que eliminaba orgánicamente a los “espontaneistas” de las filas de la Conferencia, dejando sólo a los que estaban seriamente interesados en la construcción del partido revolucionario. De hecho, todos los grupos que asistían a la Conferencia estaban, por definición, comprometidos en la construcción del partido en tanto que perspectiva de largo plazo. Únicamente la discusión –enlazada con la práctica real de los revolucionarios– podía resolver los desacuerdos más importantes sobre la estructura y función del partido.
En realidad, el criterio de Battaglia y la CWO muestra que esos grupos no habían llegado ellos mismos a una posición clara sobre el papel del partido. En el momento de la Conferencia, elaborando frecuentemente grandes frases sobre el partido, “capitán” de la clase, Battaglia, insistiendo sobre la necesidad para el partido de permanecer diferenciado del Estado, rechazaba normalmente la visión bordiguista más “franca” que se sitúa como abogado de la dictadura del partido. En la Segunda conferencia, la CWO había elegido polemizar principalmente contra los criterios que hacía la CCI de los errores “substitucionistas” de los bolcheviques y declaraba categóricamente que el partido toma el poder, aunque “a través” de los soviets. Así, esos dos grupos difícilmente podían declarar “terminado” el debate. Pero la razón por la cual Battaglia –que comenzó las Conferencias sin ningún criterio y se volvía ahora fanática de los criterios especialmente “selectivos”– puso por delante ese criterio no era de ninguna manera una voluntad de clarificación, sino un impulso sectario para deshacerse de la CCI, vista como un rival que tenía que ser excluido, y así presentarse como el único polo internacional de agrupamiento. De hecho, esto se convertiría cada vez más en la práctica y la teoría del BIPR en los años 80 y 90, hasta el punto mismo de abandonar el concepto de campo proletario y de declarar ser la única fuerza que trabaja por el partido mundial.
Es importante comprender, además, que la otra cara del sectarismo es siempre el oportunismo y el trapicheo con los principios. Eso es lo que demostró el método con el cual ese nuevo criterio se puso en marcha –después de las negociaciones en los pasillos con la CWO y sacado de la manga sólo cuando el otro grupo que realmente se habría opuesto, el NCI, había ya dejado la Conferencia (esta maniobra es conocida con el nombre de “filibustería” en los parlamentos burgueses y evidentemente no debe haber sitio para ella en una reunión de grupos comunistas). Contra tales métodos, la carta de la CCI escrita a Battaglia después de la conferencia (publicada en la Tercera conferencia) mostraba lo que tendría que haber sido una actitud responsable:
“Si, efectivamente, ustedes pensaban que era el momento para introducir un criterio suplementario, mucho más selectivo, para la convocatoria de futuras conferencias, la única actitud seria, responsable y compatible con la preocupación de la claridad y de discusión fraterna que debe animar a los grupos revolucionarios, habría sido la de pedir explícitamente que esta cuestión sea puesta en el orden del día de la conferencia y que se hayan preparado textos sobre ella. Pero, en ningún momento en el curso de la preparación de la Tercera conferencia, han planteado ustedes explícitamente tal cuestión. Solo después de las transacciones secretas con la CWO, al término de la Conferencia, ustedes lanzaron su bombita.
“¿Cómo comprender su doble cara y la disimulación deliberada de sus reales intenciones? Por nuestra parte, nos es difícil no ver otra cosa que la voluntad de esquivar el debate de fondo, única cosa que hubiera permitido que la eventual introducción de un criterio suplementario sobre la función del partido hubiera tenido un sentido. Es por ello por lo que para poder llevar a cabo ese debate de fondo, aunque consideramos que una ‘selección’ sobre este punto sería muy prematura incluso después de tal discusión, hemos propuesto poner en el orden del día de la próxima conferencia la cuestión del partido, su naturaleza, su función y la relación partido-clase a partir de un texto histórico sobre la cuestión en le movimiento obrero y la verificación histórica de esas concepciones (proyecto de resolución presentado por la CCI). Es esta discusión la que ustedes han querido evitar (¿tanto les molesta?) y ello quedó claramente de manifiesto al término de la Conferencia cuando rechazaron explicar lo que ustedes entendían, en su propuesta de criterio, por la formulación de ‘el partido proletario, organismo indispensable en la dirección política del movimiento de clase revolucionario y del poder revolucionario mismo’. Para todos los participantes era claro que la única voluntad no era la de clarificar el debate sino ‘deshacerse’ en las conferencias de aquellos elementos que ustedes califican de ‘espontaneistas’ y principalmente de la CCI.
“Por otro lado, esta manera insolente de actuar que expresa el más grande desprecio con respecto al conjunto de grupos participantes, de los que estaban presentes físicamente, pero igualmente y sobre todo, de aquéllos que por razones materiales no pudieron venir y, más allá de esos grupos, del conjunto del medio revolucionario para el cual las conferencias eran un punto de referencia, tal manera de actuar parece indicar que Battaglia comunista consideraría las Conferencias como algo suyo, que puede hacer y deshacer a su antojo, según su humor del momento. ¡No camaradas! Las Conferencias no son propiedad de Battaglia, ni siquiera del conjunto de los grupos organizadores. Las Conferencias pertenecen al proletariado porque constituyen un momento en el difícil y tortuoso camino de su toma de conciencia y de su marcha hacia la revolución. Y ningún grupo puede atribuirse sobre ellas un derecho de vida o muerte a través de una simple actitud poco pensada o de un rechazo temeroso de debatir a fondo los problemas que enfrenta la clase obrera”.
El oportunismo que se manifestó en la actitud de Battaglia y de la CWO se confirmó plenamente en la Cuarta Conferencia realizada en Londres en 1982. No solamente fue un fiasco desde el punto de vista de la organización, con mucho menos participantes que las conferencias precedentes, sin publicación de textos ni de actas, sin seguimiento, sino que representó también una alteración peligrosa de los principios, ya que el único nuevo grupo presente era el grupo “Por la unidad de los militantes comunistas” (Scum, en siglas inglesas)” –un grupo estalinista radical en relación directa con el nacionalismo kurdo, lo que es ahora el Partido comunista de trabajadores de Irán (conocido también bajo el nombre de “Hejmatistes”). Ese “rigor” sectario hacia la CCI y el medio proletario iba de la mano con una actitud muy complaciente con respecto a la contrarrevolución. El BIPR iba a reproducir de manera repetida esta actitud oportunista escandalosa para el agrupamiento, como lo pusimos en evidencia en el artículo: “Una polémica con el BIPR: una política oportunista de agrupamiento que no lleva mas que a abortos” (Revista internacional no 121).
Los años de la verdad para los revolucionarios
Los años 70 han sido años de crecimiento para el movimiento revolucionario que recogía todavía los frutos del primer asalto de las luchas obreras a finales de los 60. Pero desde principios de los 80, el ambiente político era considerablemente sombrío. La invasión por Rusia de Afganistán, la respuesta agresiva de Estados Unidos, marcaban de manera clara una exacerbación de los conflictos interimperialistas en los cuales empezaba a tomar terriblemente forma la amenaza de una guerra mundial. La burguesía hablaba cada vez menos de un futuro brillante que nos reservaría y comenzaba a hablar cada vez más el lenguaje del realismo, cuyo símbolo claro era el estilo de la “Dama de hierro” en Gran Bretaña.
Al principio de esa década, la CCI decía que los años de ilusión habían terminado y que comenzaban los años de la verdad. Confrontados al profundizamiento dramático de la crisis y a la aceleración de los preparativos de guerra, nosotros defendíamos el hecho de que la clase obrera iba a ser obligada a llevar sus luchas a un nivel más elevado y que el decenio siguiente iba a ser decisivo en lo que concernía a la determinación del destino final del capitalismo. El proletariado, bajo el apremio de la brutal necesidad, puso en efecto a un nivel mucho más elevado los retos de la lucha de clases. En Polonia, en agosto de 1980, presenciamos el regreso de la huelga de masas clásica que demostraba la capacidad de la clase obrera para organizarse a escala de un país entero. Aunque ese movimiento quedó aislado y finalmente aplastado por la represión brutal, la ola de luchas que comenzó en Bélgica en 1983 mostraba que los obreros de los países clave en Europa occidental estaban listos para responder a los nuevos ataques contra sus condiciones de vida impuestos por la crisis. Los revolucionarios tenían numerosas e importantes ocasiones para intervenir en el movimiento y, sin embargo, no era un periodo “fácil” para el militantismo comunista. La gravedad de la situación demandaba demasiado para aquéllos que no estaban listos para un compromiso de largo plazo por la causa del comunismo que necesariamente exigía, o bien se quedarían en el movimiento con toda clase de ilusiones pequeño burguesas heredadas de los días felices de los años 60. Al mismo tiempo, a pesar de la importancia de las luchas obreras de esa época, esas luchan no lograron izarse a un nivel suficiente de politización. Las luchas de los mineros ingleses, de los trabajadores de la educación en Italia, de los ferroviarios en Francia, la huelga general en Dinamarca…Todos esos movimientos y muchos otros expresaron claramente la desconfianza abierta de una clase que no estaba derrotada y que continuaba siendo un obstáculo para la marcha de la burguesía hacia la guerra mundial, pero esos movimientos no plantearon la perspectiva de una nueva sociedad, no ponían claramente por delante la identidad de la clase obrera como fuerza revolucionaria del porvenir. No producirían, en consecuencia, una nueva generación de grupos proletarios y de militantes.
El resultado global de esa relación de fuerzas entre las clases iba a constituir eso que llamamos la fase de descomposición del capitalismo, en la cual, ninguna de las dos clases históricas es capaz de plantear claramente la alternativa guerra o revolución. Para el medio revolucionario, los “años de la verdad” iban a revelar sin piedad toda su debilidad. El PCI (Programma) sufre una crisis devastadora a principios de los años 80, resultado de una carencia vital en su armamento programático –principalmente, sobre la cuestión de las luchas de liberación nacional que condujo a la penetración en sus filas de elementos abiertamente nacionalistas e izquierdistas. La crisis de la CCI en 1981 (que culminaba con la separación causada por la tendencia “Chenier”) era en gran medida el precio que tuvo que pagar por su debilidad para asimilar las cuestiones organizativas, mientras que la ruptura con la “Fracción externa de la CCI” mostraba que la Corriente tenía aún cuentas por saldar con los restos del consejismo de sus primeros años. El 1985, el BIPR se formaba sobre la base de un matrimonio entre Battaglia y la CWO. La CCI caracterizó esto como un “bluff oportunista”; el fracaso del BIPR, como consecuencia, para construir una organización internacional realmente centralizada, probaba que esa definición era más que justa.
Estos problemas no se habrían manifestado ciertamente si las Conferencias no hubiesen sido saboteadas a principios de esa década. Pero la ausencia de conferencias significaba que, una vez más, el medio proletario tenía que enfrentarlos de manera dispersa. Es casi un símbolo que las conferencias fracasaran en la víspera misma de la huelga de masas en Polonia, subrayando la dificultad del medio internacional para ser capaz de hablar con una sola voz, no solamente sobre la cuestión de la guerra sino también sobre una expresión tan abierta y estimulante como la alternativa proletaria.
De la misma manera, las dificultades a las cuales hace frente el medio político proletario hoy en día, no son del todo el producto del fracaso de las conferencias internacionales: tal como acabamos de verlo, las dificultades tienen raíces mucho más profundas y mucho más extendidas. Pero no hay ninguna duda de que la ausencia de un marco organizado de debate político y de cooperación ha contribuido a acentuarlas.
No obstante, dada la aparición de una nueva generación de grupos y de elementos proletarios, la necesidad de un marco organizado se presentará ciertamente en el futuro. Una de las primeras iniciativas del NCI en Argentina había sido la de hacer una propuesta en ese sentido, pero sólo tuvo el vacío como respuesta de casi todos los grupos del medio proletario. Propuestas como esas serán sin embargo realizadas en el futuro, aún si la mayoría de grupos “establecidos” son cada vez manos capaces de hacer una contribución, aunque sólo sea un poco positiva, al desarrollo del movimiento. Cuando esas propuestas empiecen a dar sus frutos, deberán seguramente reapropiarse de las lecciones de las conferencias de 1976-80.
En su carta a Battaglia en su folleto “la Tercera conferencia”, la CCI despejaba las lecciones más importantes:
“– Importancia de esas conferencias para el medio revolucionario y para el conjunto de la clase,
“– necesidad de tener criterios,
“– necesidad de pronunciarse,
“– rechazo a toda precipitación,
“– necesidad de la discusión más profunda sobre las cuestiones cruciales enfrentadas por el proletariado”.
Si estas lecciones son asimiladas por la nueva generación, entonces el primer ciclo de conferencias no habrá fracasado completamente en su tarea.
Amos
Apéndice: notas breves
sobre los grupos mencionados
Algunos de los grupos mencionados en este artículo desaparecieron poco después.
Spartacusbond
Este grupo era uno de los últimos representantes que quedaban de la Izquierda holandesa, pero en los años 70, era ya sólo una sombra del comunismo de consejos de 1930 y de Spartacus Bond de la posguerra que reconocía la necesidad de un partido proletario.
Forbundet Arbetarmkt
Un grupo sueco que representaba una curiosa mezcla de consejismo e izquierdismo. Definía a la URSS como “el modo burocrático de Estado de producción” y apoyaba las luchas de liberación nacional y el trabajo en los sindicatos. Sin embargo, había divergencias considerables en su seno y algunos miembros lo abandonaron a finales de los 70 para sumarse a la CCI.
Pour une Intervention communiste
Salido de la CCI en Francia en 1973, diciendo que la CCI no intervenía demasiado (para el PIC, esto quería decir el producir sin fin cantidades de volantes). El grupo evolucionó rápidamente hacia las posiciones semiconsejistas y acabo disolviéndose.
Nuclei comunista internazionalista
Este grupo salió del PCI (Programa) en Italia a finales de los 70 y tenía al principio una actitud mucho más abierta frente a la tradición de Bilan y del medio proletario existente, una actitud que puede verse en muchas de sus intervenciones en las conferencias. En la época de la Tercera conferencia, se agrupó con Il Leninista para formar los Nuclei leninisti internazionalisti. Poco después, constituirá la Organizzazione comunista internazionalista que acabaría cayendo en el izquierdismo. La debilidad inicial del NCI sobre la cuestión nacional había encontrado el terreno para echar raíces ya que la OCI intervino para apoyar abiertamente a Serbia en la guerra en 1999 y a Irak en las dos guerras del Golfo.
Fomento obrero revolucionario
Corriente fundada por Grandizo Munis en los años 50. Munis había roto con el trotskismo sobre la cuestión de la defensa de la URSS y había evolucionado hacia posiciones de la Izquierda comunista. Las confusiones del grupo sobre la crisis y la muerte de Munis, que era muy carismático, dieron un golpe mortal a esa corriente que desaparecería en los años 90.
L’Eveil internationaliste (el Despertar internacionalista)
Este grupo apareció en Francia a finales de los años 70 después de una ruptura con el maoísmo. En la Tercera Conferencia, pretendió dar lecciones a los demás grupos sobre sus insuficiencias en materia de teoría y de intervención y desapareció sin dejar huellas poco tiempo después.
Organización comunista revolucionaria de Argelia
Conocida alguna vez con el nombre de TIL, nombre de su periódico, Travailleurs immigrés en lutte. Apoyaba las conferencias pero afirmaba que no podía participar físicamente por razones de seguridad. Esto formaba parte de un problema mucho más amplio –evitar la confrontación con el medio revolucionario. No logró sobrevivir mucho tiempo durante los años 80.
1 Es interesante notar que el FOR parece haberse anotado una victoria póstuma en esa conferencia. Hay toda una similitud impactante entre su idea que la sociedad capitalista es decadente, pero no la economía capitalista, y el nuevo descubrimiento del BIPR de una distinción entre el modo capitalista de producción (no decadente) y la formación social capitalista (decadente). Ver en particular el texto de Battaglia: “Decadencia y descomposición, productos de la confusión” y nuestra respuesta en nuestro sitio Web en francés.
2 Ver en particular: “Carta abierta a los militantes del BIPR” en nuestro sitio Web.
3 La actitud del GCI en la Conferencia mostraba, como lo habíamos observado en la Revista internacional no 22, que no tenía un lugar en una reunión de revolucionarios. Aún cuando la CCI no había desarrollado todavía su comprensión del fenómeno del parasitismo político en la época de las conferencias, el GCI mostraba ya todas las características distintivas: fue a la conferencia sólo para denunciarla como una “mistificación”, insistía en el hecho de que estaba presente en tanto que observador y que se le debía permitir hablar sobre todas las cuestiones, y en un momento dado, provocó casi una pelea a puñetazos. En resumen, es un grupo que existe para sabotear el movimiento proletario. En la conferencia hizo grandes declaraciones a favor del “derrotismo revolucionario” y del “internacionalismo de acción y no sólo de palabra”. El valor de esas frases puede medirse en la sarta de apologías a las bandas nacionalistas en Perú y en El Salvador que hace el GCI en su sitio, y de su visión actual según la cual hay un núcleo proletario para la “Resistencia” en Irak.
Durante varias semanas, el proletariado de Europa ha soportado el frenesí mediático de las consultas electorales. Con su cinismo de costumbre, la burguesía, que controla todos los medios de información, ha sacado provecho de la situación para relegar a un segundo plano los horrores de la barbarie de su sistema. Así, las informaciones sobre Irak, país que se ha ido sumiendo en una ferocidad sin nombre cada día más exterminadora, sobre la hambruna que amenaza a la tercera parte de la población nigerina y tantas y tantas otras situaciones dramáticas del planeta, han cedido el sitio a una exhibición de varias puestas en escena del circo electoral.
Referendos sobre la Constitución europea, organizados por las clases dominantes francesa y holandesa, elecciones legislativas en Gran Bretaña, elecciones en Renania, región más poblada de Alemania, cada vez todas las fuerzas burguesas (partidos de izquierda, de derecha, extrema derecha, izquierdistas, sindicatos) se ponen frenéticas a dirigir la orquesta de la murga electoral.
Dramatizando lo que está en juego en el referéndum europeo (el porvenir de Europa exigiría el “voto popular”), llamando a votar a favor o en contra de la política de austeridad del gobierno de Schröder o a favor o en contra el gobierno de Blair que “ha mentido” sobre los objetivos de la guerra en Irak, la clase dominante, invariablemente, ofrece a los proletarios un desahogo al profundo malestar social.
Gracias a sus patrañeras campañas electorales la clase dominante puede evitar que se acuse al capitalismo, ocultando la quiebra de su modo de producción. Ante un angustiante porvenir, el miedo al desempleo, al hastío de una interminable austeridad y de la precariedad, preocupaciones hoy centrales en los medios obreros, la burguesía usa y abusa de sus citas electorales para destruir la reflexión de los obreros sobre esos problemas, explotando sus ilusiones, todavía muy fuertes en el proletariado, hacia la democracia y el juego electoral.
Negarse a participar en el circo electoral no es algo evidente para el proletariado, pues la mistificación electoral está estrechamente vinculada al corazón mismo de la ideología de la clase dominante, la democracia. Toda la vida social en el capitalismo está organizada por la burguesía en torno al mito del Estado “democrático” (1). Este mito se basa en la mentira de que todos los ciudadanos son “iguales” y “libres” de “escoger”, mediante el voto, a los representantes políticos que desean y el parlamento es presentado como el reflejo de la “voluntad popular” (2). Esta estafa ideológica es difícil de desmontar por la clase obrera, por el hecho de que la mistificación electoral se apoya en parte en algunas verdades que permiten destruir la reflexión sobre si es útil el voto o no lo es. La burguesía se apoya en la historia del movimiento obrero, recordando las luchas heroicas del proletariado por conquistar el derecho de voto, para así desarrollar aquélla su propaganda. Para ello, no vacila en mentir y falsificar los acontecimientos. Los partidos de izquierda y los sindicatos, por ejemplo, no paran de recordar los combates de la clase obrera del pasado por la obtención del sufragio universal. Los trotskistas, aunque relativicen a veces la importancia de las elecciones para el proletariado, no pierden una ocasión de participar en ellas reivindicándose de las posiciones de la IIIª Internacional sobre la “táctica” del “parlamentarismo revolucionario” o la utilización de las elecciones para, pretendidamente, hacer oír la voz de los intereses obreros y defender la política de una izquierda que se pretende “anticapitalista”. En cuanto a los anarquistas, unos participan y otros llaman a la abstención. Ante toda esa confusión ideológica, sobre todo la que pretende apoyarse en la experiencia y en las tradiciones de la clase obrera, es necesario volver a las verdaderas posiciones defendidas por el movimiento obrero y sus organizaciones revolucionarias sobre la cuestión electoral. Y no solo por sí mismas, sino en función de los diferentes períodos de la evolución del capitalismo y de las necesidades de la lucha revolucionaria del proletariado.
La cuestión de las elecciones en el siglo XIX en la fase ascendente del capitalismo
El xix fue el siglo del pleno desarrollo del capitalismo durante el cual la burguesía utiliza el sufragio universal y el Parlamento para luchar contra la nobleza y demás fracciones retrógradas. Como lo subraya Rosa Luxemburg, en 1904, en su texto Socialdemocracia y parlamentarismo:
“El parlamentarismo, lejos de ser un producto absoluto del desarrollo democrático, del progreso de la humanidad y demás lindezas de ese estilo, es, al contrario, una forma histórica determinada de la dominación de clase de la burguesía, es el reverso de esa dominación, de su lucha contra el feudalismo. El parlamentarismo burgués será una forma viva mientras dure el conflicto entre la burguesía y el feudalismo”.
Con el desarrollo del modo de producción capitalista, la burguesía suprimió la servidumbre, extendiendo el salariado para las necesidades de su economía. El Parlamento es el ruedo en el que los diferentes partidos, representantes de los diferentes grupos que existen en la burguesía, se enfrentan para decidir la composición y las orientaciones del gobierno que asume el ejecutivo. El Parlamento es el centro de la vida de la burguesía, pero en ese sistema democrático parlamentario, solo los notables son electores. Los proletarios no tienen derecho a la palabra, ni derecho a organizarse. Con la impulsión de la Iª y después de la IIª Internacional, los obreros van a entablar luchas sociales de gran alcance, sacrificando a menudo sus vidas, por obtener mejoras en sus condiciones de vida (reducción de la jornada laboral, de 14 o 12 horas a 10, prohibición del trabajo infantil y de los trabajos duros para las mujeres). Al ser entonces todavía el capitalismo un sistema en plena expansión, su derrocamiento por la revolución proletaria no estaba al orden del día. Por eso la lucha reivindicativa en el terreno económico mediante los sindicatos y la lucha de sus partidos políticos en el parlamentario permitieron al proletariado arrancar reformas ventajosas en el seno del sistema.
“Esa participación le permitía, a la vez, presionar a favor de esas reformas y utilizar las campañas electorales como medio de propaganda y de agitación en torno al programa proletario y emplear el Parlamento como tribuna para denunciar la ignominia de la política burguesa. Por eso la lucha por el sufragio universal fue durante todo el siglo xix en muchos países una de las ocasiones más importantes de movilización del proletariado” (3).
Fueron estas posiciones defendidas por Marx et Engels a lo largo del período ascendente del capitalismo las que explican su apoyo a la participación del proletariado en las elecciones.
La corriente anarquista, en cambio, se opuso a esa política basada en una visión histórica y un concepto materialista de la historia. El anarquismo se desarrolló en la segunda mitad del siglo xix como expresión de la resistencia de las capas pequeño burguesas (artesanos, comerciantes, pequeños campesinos) al proceso de proletarización que les privaba de su “independencia” social del pasado. La visión de los anarquistas de la “rebelión” contra el capitalismo era puramente idealista y abstracta. No es pues casualidad si una gran parte de los anarquistas, entre ellos Bakunin, figura legendaria de esa corriente, no veía al proletariado como clase revolucionaria, tendiendo a sustituirlo por la noción burguesa de “pueblo”, que engloba a todos cuantos sufren, sea cual sea el lugar que ocupan en las relaciones de producción, sea cual sea su capacidad para organizarse, para ser conscientes de sí mismos como fuerza social. En esta lógica, para el anarquismo, la revolución es posible en cualquier momento y, por lo tanto, toda lucha por reformas es, básicamente, una obstáculo en la perspectiva revolucionaria. Para el marxismo, ese radicalismo de fachada es un ilusorio espejismo de corta duración, pues expresa
“... la incapacidad de los anarquistas para comprender que la revolución proletaria, la lucha directa por el comunismo no estaba al orden del día porque el sistema capitalista no había agotado todavía su misión histórica, y que para el proletariado era todavía necesaria su consolidación como clase, para arrancarle a la burguesía todas las reformas a su alcance para así fortalecerse para la lucha revolucionaria del futuro. En un período en que el Parlamento era un verdadero espacio de lucha entre fracciones de la burguesía, el proletariado tenía los medios de entrar en él sin tener que subordinarse a la clase dominante; esta estrategia se volvió imposible con la entrada del capitalismo en su fase decadente, totalitaria” (4).
La cuestión de las elecciones en el siglo xx, en la fase de decadencia del capitalismo
Con la entrada en el siglo xx, el capitalismo terminó su conquista del mundo y, al chocar con los límites de su expansión geográfica, se encontró también con los límites objetivos de los mercados y de las salidas a su producción. Las relaciones de producción capitalistas se transforman en trabas para el desarrollo de las fuerza productivas. El capitalismo, como un todo, entra entonces en un período de crisis y de guerras a escala mundial (5).
Semejante trastorno, sin precedentes en la vida del capitalismo, va a provocar una modificación profunda en la vida política de la burguesía, en el funcionamiento de su aparato de Estado y en las condiciones y medios de lucha del proletariado. El papel del Estado se vuelve preponderante, pues solo él puede asegurar “el orden”, mantener la cohesión de una sociedad capitalista desgarrada por sus contradicciones. Es cada más evidente que los partidos burgueses acaban siendo instrumentos del Estado encargados de hacer aceptar la política de éste. Así, las exigencias de la Primera Guerra mundial y el interés nacional prohíben el debate democrático en el Parlamento, imponiendo una disciplina absoluta a todas las fracciones de la burguesía nacional. Y, después, esa situación se mantendrá y se reforzará. El poder político tenderá a desplazarse del legislativo al ejecutivo, y el Parlamento burgués acabará siendo una cáscara vacía sin prácticamente ningún poder decisorio. Fue esta realidad la que va a definir claramente la Internacional comunista en 1920, con ocasión de su IIº Congreso:
“La actitud de la IIIª Internacional hacia el parlamentarismo no viene determinada por una nueva doctrina, sino por el cambio de función del propio Parlamento. En la época anterior, el Parlamento como instrumento del capitalismo en vías de desarrollo, trabajó, en cierta manera, por el progreso histórico. En cambio, en las condiciones actuales, en esta época de barbarie imperialista, el Parlamento se ha convertido en instrumento de la mentira, de la engañifa, de la violencia y a la vez en una exasperante jaula de cotorras... Hoy, el Parlamento no podrá ser en ningún caso, para los comunistas, el teatro de una lucha por reformas y la mejora del vivir de la clase obrera, como así fue en el pasado. El centro de gravedad de la vida política se ha desplazado fuera del Parlamento, y eso de una manera definitiva” (6).
Desde entonces, imposible para la burguesía otorgar, sea cual sea el ámbito, económico o político, reformas reales y duraderas en las condiciones de vida de la clase obrera. Lo que la burguesía impone al proletariado es lo contrario: cada día más sacrificios, más miseria, explotación y barbarie. Los revolucionarios son entonces unánimes en reconocer que el capitalismo había alcanzado sus límites históricos y había entrado en su período de declive, de decadencia como quedó patente con el estallido de la Primera Guerra mundial. La alternativa ha sido desde entonces: socialismo o barbarie. La era de reformas quedaba definitivamente cerrada y los obreros ya nada podrían conquistar en el terreno electoral.
Va a desarrollarse, sin embargo, un debate central durante los años 1920 en la Internacional comunista sobre la posibilidad, defendida por Lenin y el partido bolchevique, de utilizar la táctica del “parlamentarismo revolucionario”. Ante la cantidad de problemas que planteaba la entrada del capitalismo en su período de decadencia, el pasado seguía pesando en la clase obrera y sus organizaciones.
La guerra imperialista, la revolución proletaria en Rusia y después el reflujo de la oleada de luchas proletarias a nivel mundial a partir de 1920, llevaron a Lenin y sus camaradas a creer que podría destruirse el Parlamento desde dentro, y utilizar la tribuna parlamentaria de manera revolucionaria, como lo había hecho Karl Liebknecht en el Parlamento alemán para denunciar la participación en la Primera Guerra mundial. De hecho, esa “táctica” errónea va a llevar a la IIIª Internacional hacia compromisos cada vez mayores con la clase dominante. Además, el aislamiento de la revolución rusa, la imposibilidad de su extensión hacia el resto de Europa tras el aplastamiento de la revolución en Alemania, van a llevar a los bolcheviques y a la Internacional, y, al cabo, a todos los partidos comunistas, hacia un oportunismo desenfrenado. Y será este oportunismo el que acabará arrastrándolos hasta poner en entredicho las posiciones revolucionarias del Primero y el 2º congresos de la Internacional comunista para acabar hundiéndose en la degeneración en los congresos posteriores, hasta la traición y el ascenso del estalinismo, punta de lanza de la contrarrevolución triunfante (7).
Fue contra esa degeneración, contra ese abandono de los principios proletarios contra lo que se rebelaron las fracciones más a la izquierda en los partidos comunistas. La Izquierda italiana, para empezar, con Bordiga a su cabeza, el cual, ya antes de 1918, preconizaba el rechazo de la acción electoral. Conocida primero como “Fracción comunista abstencionista”, se constituyó formalmente tras el congreso de Bolonia de octubre de 1919. En una carta enviada de Nápoles a Moscú, la Fracción afirmaba que un verdadero partido que se adhería a la Internacional comunista, sólo podría crearse con bases antiparlamentaristas (8). Las izquierdas alemana y holandesa desarrollarán a su vez la crítica del parlamentarismo, sistematizándola. Antón Pannekoek denuncia claramente la posibilidad de utilizar el Parlamento para los revolucionarios, pues semejante táctica solo podría llevarlos a hacer compromisos y concesiones a la ideología dominante. Sólo servía para inyectar una falsa vitalidad a esas instituciones moribundas, para incrementar la pasividad de los trabajadores cuando lo que necesita la revolución, para echar abajo al capitalismo e instaurar la sociedad comunista es la participación activa y consciente del proletariado entero.
En los años 1930, la Izquierda italiana, en su revista Bilan, mostrará de manera concreta cómo fueron desviadas las luchas de los proletarios españoles y franceses hacia el terreno electoral. Bilan afirmaba con razón que fue la “táctica” de los frentes populares en 1936 lo que permitió alistar al proletariado como carne de cañón en la IIª Guerra imperialista. Al terminar aquel espantoso holocausto, la Izquierda comunista de Francia publica la revista Internationalisme (de la que la CCI procede), y denunciará con claridad la “táctica” del parlamentarismo revolucionario:
“La política del parlamentarismo revolucionario fue de una gran ayuda en el proceso de corrupción de los partidos de la IIIª Internacional y las fracciones parlamentarias sirvieron de fortaleza al oportunismo, tanto en los partidos de la IIIª como, antaño, en los de la IIª Internacional. La verdad es que el proletariado no puede utilizar para su lucha emancipadora “el medio de lucha política” propio de la burguesía y destinado a someterlo… El parlamentarismo revolucionario como actividad real no existió nunca por la sencilla razón de que la acción revolucionaria del proletariado, cuando esa situación se presenta ante él, exige la movilización de clase en un plano fuera del capitalismo, y no la toma de posiciones en el interior de la sociedad capitalista” (9).
Desde entonces, el antiparlamentarismo, la no participación en las elecciones, es una frontera de clase entre organizaciones proletarias y organizaciones burguesas. En esas condiciones, desde hace más de 80 años, las elecciones han sido utilizadas, a escala mundial, por todos los gobiernos, sea cual sea su color político, para desviar el descontento obrero hacia un terreno estéril y prestigiar el mito de la “democracia”. No es además casualidad si, hoy, contrariamente al siglo xix, los Estados “democráticos” llevan a cabo una lucha sin cuartel contra el abstencionismo y la desafección hacia los partidos, pues la participación de los obreros en las elecciones es esencial para perpetuar las ilusiones democráticas. Eso es precisamente lo que, de manera flagrante, han ilustrado las recientes elecciones en Europa. En ese plano, éstas han sido un “ejemplo paradigmático”.
Las elecciones no son sino una mistificación y la “Europa social” una patraña
En contra de la propaganda indigesta que nos ha presentado la victoria del “No” a la Constitución europea, tanto en Francia como en Holanda, como una “victoria del pueblo”, dando a entender que serían las urnas las que gobiernan, hay que afirmar una vez más que las elecciones son una mascarada. Cierto que puede haber divergencias en el seno de las diferentes fracciones que componen el Estado burgués sobre cómo defender mejor los intereses del capital nacional, pero, básicamente, la burguesía organiza y controla el circo electoral para que el resultado sea conforme a sus necesidades de clase dominante. Por eso y para eso, el Estado capitalista organiza, planifica, manipula y utiliza unos medios de comunicación a sus órdenes. Puede haber, sin embargo, “accidentes”, como ocurre a menudo en Francia (hoy con la victoria del No en el referéndum, en 2002 con el partido de extrema derecha Frente Nacional en segunda posición en las elecciones presidenciales, en 1997 con la victoria de la izquierda en las legislativas anticipadas o, en 1981, con la de Mitterrand en las presidenciales), pero no tienen evidentemente nada que ver con no se sabe qué puesta en entredicho, por mínima que sea, del orden capitalista. Esa dificultad de la burguesía francesa para que las urnas digan lo que de ellas espera, revela una debilidad histórica y un arcaísmo de su aparato político (10), que no existen en países como Alemania o Gran Bretaña (11).
Esa debilidad no significa ni mucho menos que el proletariado pueda sacar provecho de ella para imponer otra orientación a la política de la burguesía. En efecto (y es algo que cada proletario podrá comprobar de su propia experiencia participativa en la mascarada electoral), desde finales de los años 1920 hasta hoy, sea cual sea el resultado de las elecciones, salga la derecha o la izquierda victoriosa de las urnas, es, al fin y al cabo, la misma política antiobrera la que se acaba aplicando.
Dicho de otra manera, el Estado “democrático” se las arregla siempre para defender los intereses de la clase dominante y del capital nacional, independientemente de las consultas electorales organizadas con cadencias aceleradas (12).
La focalización orquestada por la burguesía europea en torno al referéndum sobre la Constitución logró captar la atención de los obreros y persuadirles de que la construcción de Europa estaba en juego para su propio porvenir y el de sus hijos. ¡Vaya cuento! Nada más falso. Lo que se jugaba a través de la adopción de la nueva Constitución, era, para la clase dominante de los Estados fundadores de Europa, en el contexto de la ampliación a 25 países miembros, la capacidad para ejercer en el seno de las instituciones europeas una influencia equivalente a la que poseían antes del ingreso de los nuevos Estados miembros, pues el peso relativo de cada uno de ellos ha ido disminuyendo.
La clase obrera no tiene por qué tomar partido en las luchas de influencia entre fracciones de la burguesía. En realidad, esa Constitución europea lo único que hacía era asentar una política ya implantada hoy, una política ajena, de todas maneras, a los intereses de la clase obrera. La clase obrera seguirá estando tan explotada con el “No” como con el “Sí”.
La clase obrera debe rechazar tanto la ilusión de poder utilizar el Parlamento nacional en su lucha contra la explotación capitalista como la de creer que podría hacerlo en el Parlamento europeo (13).
En ese concierto de hipocresía y falsedad, la palma se la llevan, por un lado, las fuerzas de izquierda que se agruparon para decir No a la Constitución y que pretenden que se podría construir “otra Europa”, más “social” y, por otro, a los populistas de todo pelaje que explotan los miedos, la desesperanza, la incertidumbre sobre el porvenir que hay en la población y en buena parte de la clase obrera. Como en Francia y en Alemania, por ejemplo, en Holanda se ha agravado del desempleo (cuya tasa ha pasado de 2 % en 2003 a 8 % hoy) y se han incrementado los ataques contra la protección social.
Ha sido precisamente contra esos ataques si ha habido en ese país un principio de movilización social importante. El retorno del proletariado al escenario social (14) significa que en su seno se está abriendo camino una reflexión profunda sobre el porqué del desempleo masivo, sobre unos ataques que se repiten sin cesar, sobre el desmantelamiento del sistema de pensiones y de protección social. La política antiobrera de burguesía y la necesaria réplica proletaria contra ella, acabarán por provocar una toma de conciencia creciente en la clase obrera sobre la quiebra histórica del capitalismo. Es precisamente para sabotear ese principio de toma de conciencia si los vendedores de una Europa más “social” se agitan por doquier, pidiendo al Estado capitalista que arbitre el conflicto entre clases sociales antagónicas, exhortando a los obreros a movilizarse contra el liberalismo con el único objetivo de que se sometan más fácilmente a la mentira del Estado “social”, nueva mercancía adulterada tan vendida en fiestas, foros y salones del altermundialismo (15). El objetivo de toda esa propaganda ideológica es recuperar el descontento social para llevarlo hacia el terreno burgués de las urnas. Así, el referéndum en Francia ha sido presentado como un medio de rechazar una política, de expresar el hastío, hasta el punto de que parecía un desahogo para el descontento social que se ha ido acumulando desde hace años y años. Por eso, las fuerzas de izquierda “anticapitalistas” han gritado victoria, convocando ya a los obreros a mantenerse alerta para los próximos comicios electorales en los que “se tratará de transformar, una vez más en las urnas, la victoria del No en el referéndum”. Y esa misma política de desvío del descontento social se ha practicado en Alemania. Aquí a los obreros se les ha ofrecido para expresar su descontento social la posibilidad de sancionar a la coalición de Schröder en las recientes elecciones regionales de Renania.
En la fase decadente de los modos de producción anteriores al capitalismo, una táctica deliberada, perfecta y conscientemente asumida por las clases dominantes, consistía en proporcionar ocasiones a los explotados para que se desahogaran en fiestas de carnaval u otros festejos, en los que todo estaba permitido, o acudiendo a ruedos para contemplar combates hasta la muerte o justas deportivas.
Con la misma finalidad, la burguesía ha normalizado el embrutecimiento mediante competiciones deportivas bien reglamentadas y utiliza el circo electoral para que se desahogue la cólera obrera. No solo ya hunde la burguesía al proletariado en la pauperización total, sino que además lo humilla regalándole “juegos y circo electoral”. ¡El proletariado no debe participar en la fabricación de sus propias cadenas, sino que debe romperlas!
¡Contra el fortalecimiento del Estado capitalista, los obreros deben replicar con su voluntad de destruirlo!
Hoy como ayer, al proletariado no le queda otra alternativa. O se deja arrastrar al terreno electoral, al terreno de los Estados burgueses que organizan su explotación y su opresión, terreno en el que estará obligatoriamente desmembrado y sin fuerzas para resistir a los ataques del capitalismo en crisis. O, al contrario, desarrolla sus luchas colectivas de manera solidaria y unida, para defender sus condiciones de vida. Sólo de esta manera podrá volver a encontrarse con lo que siempre ha sido su fuerza como clase revolucionaria: su unidad y su capacidad para luchar fuera y contra todas las instituciones burguesas (Parlamento y elecciones) para echar abajo el capitalismo. Solo de esa manera podrá edificar, en el futuro, una nueva sociedad librada de la explotación, de la miseria y de las guerras.
La alternativa que hoy se plantea es la misma que la que despejaron las izquierdas marxistas en los años 1920: electoralismo y mistificación de la clase obrera o desarrollo de su conciencia de clase y extensión de las luchas hacia la revolución.
D.
(26/06/2005)
1 Léase nuestro artículo “La mentira del Estado democrático”, Revista Internacional n° 76.
2 Como contribución a la defensa de la democracia burguesa, citemos le Monde diplomatique, voz cantante del movimiento altermundialista, cuyo radicalismo ha acabado pariendo una nueva consigna “revolucionaria”: “Otra Europa es posible” escribe exultante su editorial del mes de junio, titulado “Esperanzas” (por la victoria del No en el referéndum y la movilización de la población). Según ese mensual, esa victoria “ya por sí sola ha sido un inesperado éxito para la democracia” lo que le permite afirmar que “El pueblo ha efectuado su gran retorno…”.
3 Plataforma de la CCI.
4 Leer nuestro artículo “Anarquismo o comunismo” en la Revista internacional n°79.
5 Léase nuestro folleto la Decadencia del capitalismo.
6 Ver La cuestión parlamentaria en la Internacional comunista, Ediciones “Programa comunista” del P.C.I. (Partido comunista internacional).
7 Ver nuestro folleto (en francés) El terror estalinista: un crimen del capitalismo, no del comunismo.
8 Fue de hecho el apoyo implícito de la IC, en el IIº Congreso mundial, a la tendencia intransigente de Bordiga lo que iba a sacar a la Fracción comunista abstencionista de su aislamiento minoritario en el partido. Léase al respecto nuestro libro la Izquierda comunista de Italia.
9 Internationalisme n°36, julio de 1948, reproducido en Revista Internacional n°36.
10 Las debilidades congénitas de la derecha en Francia tienen sus raíces en la historia misma del capitalismo francés, marcado por el peso de la pequeña y mediana empresa, del sector agrícola y del comercio. Ese arcaísmo siempre ha estado presente como una tara, en el aparato político, el cual nunca ha logrado hacer surgir un gran partido de derechas vinculado a la gran industria y las finanzas, como lo está el partido conservador en Gran Bretaña o el partido cristianodemócrata en Alemania. Al contrario, tras la IIª Guerra mundial irrumpe el “gaullismo” (De Gaulle) que va a marcar en profundidad la vida de la burguesía francesa y cuya última escoria es la UMP, partido gobernante en Francia. Para más explicaciones sobre el referéndum en Francia puede leerse la publicación de la CCI en ese país, Révolution internationale n° 357.
11 La reelección de Blair se ha hecho con la anuencia de toda la clase política, incluidos los sindicatos. Ese “socialdemócrata” ha salido reelegido porque ha sido capaz de practicar, tanto en el plano económico como en el imperialista, la política deseada al más alto nivel por el Estado británico. La controversia en torno a las “mentiras” de Blair sobre las armas de destrucción masiva en Irak permitió movilizar al electorado popular dándole la ilusión de que era posible protestar mediante las urnas, lo cual obligaría al jefe laborista a contar con la opinión de su pueblo. De hecho, como se vio cuando se desataron las hostilidades en Irak y hasta hoy, la “democracia” capitalista es perfectamente capaz de absorber la oposición pacifista a la guerra manteniendo el compromiso militar que estima necesario para preservar sus intereses. Para Alemania también, la derrota de Schröder en las elecciones regionales de Renania (1/3 de la población alemana) y la victoria de la CDU corresponden a las necesidades del capital alemán. Esa derrota ha provocado la convocatoria de elecciones anticipadas en otoño, lo que permitirá al nuevo gobierno, gracias a la legitimidad que le dará la “voluntad popular”, proseguir con la política de “reformas”, pues, para el capital alemán, es necesario que prosigan. Si, como es muy probable hoy por hoy, gana la CDU, el SPD podrá hacerse una cura de oposición, pues la coalición rojiverde en el gobierno desde 1998 está muy desprestigiada ante la clase obrera a causa del desempleo masivo (más de 5 millones de personas) y de las medidas de austeridad draconianas resultantes del “Agenda 2010”.
12 Nuestros camaradas de Internationalisme denunciaban con mucha clarividencia en mayo de 1946 en su periódico l’Etincelle (la Chispa), el referéndum en Francia por la Constitución de la IVª Republica : “Para desviar la atención de las masas hambrientas de las causas de sus miserias, el capitalismo monta la escena de la comedia electoral y las divierte con refrendos. Para engañar los retortijones de estómagos vacíos les dan papeletas de voto para que tenga algo que digerir. En lugar de pan, les tiran la “Constitución” para que mordisqueen”.
13 Leer nuestro artículo “La ampliación de la Unión Europea”, Revista internacional n° 112.
14 Leer nuestra “Resolución sobre la situación internacional del XVIº congreso de la CCI” en esta misma Revista.
15 Léase nuestro artículo “Altermundialismo, un trampa ideológica contra el proletariado”, Revista internacional n° 116.
La CCI celebró su decimosexto congreso la primavera pasada. “El Congreso internacional es el órgano soberano de la CCI”, como se dice en nuestros estatutos (1). Por eso y como siempre después de ese tipo de ocasiones, es responsabilidad nuestra dar cuenta de ellas ante la clase obrera y extraer sus principales orientaciones.
En el artículo publicado tras nuestro congreso precedente, escribíamos:“El XVº congreso tenía para nuestra organización una importancia particular, por dos razones esenciales.
“Por una parte, desde el congreso anterior, en la primavera del 2001, hemos asistido a una agravación muy importante de la situación internacional, en el plano de la crisis económica, y sobre todo en el plano de los conflictos imperialistas. Precisamente este congreso se ha desarrollado mientras ocurría la guerra de Irak, y era responsabilidad de nuestra organización precisar sus análisis, para poder intervenir de la forma más apropiada posible frente a esta situación.
“Por otra parte, este congreso se desarrolló tras haber atravesado la CCI la crisis más peligrosa de su historia. A pesar de que esta crisis se había superado, nuestra organización tenía que sacar el máximo de enseñanzas de las dificultades que había encontrado, sobre sus orígenes y los medios para enfrentarlas” (Revista internacional no 114, “XVo Congreso de la CCI; reforzar la organización frente a los retos del período”).
Los trabajos de este XVIo congreso han tenido un tono muy diferente: han puesto en el centro de sus preocupaciones el examen de la reanudación de los combates de la clase obrera y las responsabilidades que esa reanudación acarrea para nuestra organización, especialmente frente a la aparición de una nueva generación que se está girando hacia una perspectiva política revolucionaria.
La barbarie militarista sigue evidentemente incrementándose en un mundo capitalista enfrentado a una crisis económica insuperable. En el Congreso se presentaron, se discutieron y se adoptaron informes específicos sobre los conflictos imperialistas. Lo esencial de esos informes se recogió en la Resolución sobre la situación internacional que publicamos en esta Revista.
Como se recuerda en esa resolución, la CCI define el período histórico actual como la fase postrera de la decadencia del capitalismo, la fase de descomposición de la sociedad burguesa, la de su putrefacción de raíz. Como ya lo hemos dicho en múltiples ocasiones, la descomposición se debe a que, frente al hundimiento histórico irremediable de la economía capitalista, ninguna de las dos clases antagónicas de la sociedad, la burguesía y el proletariado, logra imponer su respuesta propia: la guerra mundial aquélla y la revolución comunista éste. Esas condiciones históricas determinan las características fundamentales de la vida de la sociedad burguesa actual. Con ese análisis de la descomposición es cómo se puede comprender la permanencia y la agravación de toda una serie de calamidades que abruman hoy a la humanidad, y en primer lugar la barbarie bélica, pero también fenómenos como la destrucción ineluctable del medio ambiente o las terribles consecuencias de las “catástrofes naturales” como la provocada por el tsunami el invierno pasado. Esas condiciones históricas de la descomposición son un enorme peso en los hombros del proletariado y también de sus organizaciones revolucionarias. Son una de las causas más importantes de las dificultades que ha encontrado nuestra clase y nuestra organización desde principios de los años 90, como así lo hemos escrito en artículos anteriores:
“Los diferentes factores que son la fuerza del proletariado chocan directamente con las diferentes facetas de la descomposición ideológica :
“– la acción colectiva, la solidaridad, encuentran frente a ellas la atomización, el “sálvese quién pueda”, el “arreglárselas por su cuenta” ;
“– la necesidad de organización choca contra la descomposición social, la dislocación de las relaciones en que se basa cualquier vida en sociedad ;
“– la confianza en el porvenir y en sus propias fuerzas se ve minada constantemente por la desesperanza general que invade la sociedad, el nihilismo, el “no future” ;
“– la conciencia, la clarividencia, la coherencia y unidad de pensamiento, el gusto por la teoría, deben abrirse un difícil camino en medio de la huida hacia quimeras, drogas, sectas, misticismos, rechazo de la reflexión y destrucción del pensamiento que están definiendo a nuestra época” (“La descomposición, fase última de la decadencia del capitalismo”, Revista internacional no 107).
Especialmente, la crisis de la CCI que mencionábamos antes solo podría comprenderse gracias a un análisis de la descomposición que permite sobre todo explicar cómo es posible que unos militantes con muchos años en nuestra organización, los que formaron la pretendida Fracción interna de la CCI (FICCI), se pusieran a portarse como unos fanáticos histéricos en busca de chivos expiatorios, como unos hampones y, al cabo, como soplones (2).
La reanudación de los combates de clase
El XVo congreso verificó entonces que la CCI había superado su crisis de 2001, sobre todo porque comprendió por qué había sido una expresión en nuestro seno de los efectos de la descomposición. También constató las dificultades que seguía teniendo la clase obrera en sus luchas contra los ataques capitalistas, y en especial, su falta de confianza en sí misma.
Sin embargo, desde ese congreso celebrado en la primavera de 2003, como lo señalaba la reunión plenaria del órgano central de la CCI del otoño de ese año:
“Las movilizaciones a gran escala en la primavera de 2003 en Francia y Austria han significado un giro en la lucha de clases desde 1989. Son el primer paso significativo en la recuperación de la combatividad obrera tras el período más largo de reflujo desde 1968” (Revista internacional n° 119).
Un giro así en la lucha de clases no fue una sorpresa para la CCI pues ya su XVº lo anunciaba en perspectiva. En el artículo de presentación de dicho Congreso escribimos lo siguiente:
“La CCI ya ha puesto en evidencia, muchas veces, que la descomposición de la sociedad capitalista ejerce un peso negativo en la conciencia del proletariado. Igualmente, desde el otoño de 1989, la CCI subrayó que el hundimiento de los regímenes estalinistas iba a provocar “dificultades crecientes para el proletariado” (título de un artículo de la Revista internacional nº 60). Desde entonces, la lucha de clases ha confirmado con creces esa previsión.
“Frente a esta situación, el congreso ha reafirmado que la clase conserva todas sus potencialidades para llegar a asumir sus responsabilidades históricas. Es verdad que aún está hoy en una situación de retroceso importante de su conciencia, tras las campañas burguesas que asimilan marxismo y comunismo a estalinismo, y establecen una continuidad entre Lenin y Stalin. También, la situación actual se caracteriza por la notable pérdida de confianza del proletariado en sus propias fuerzas, y en su capacidad para entablar incluso luchas defensivas contra los ataques de sus explotadores, que puede conducirle a perder de vista su identidad de clase. Y hay que destacar que esa tendencia a la pérdida de confianza en la clase se expresa incluso en las organizaciones revolucionarias, particularmente en forma de arrebatos súbitos de euforia frente a movimientos como el de finales de 2001 en Argentina (presentado como un formidable empuje del proletariado, cuando estaba empapado de interclasismo). Pero una visión materialista, histórica, a largo plazo, nos enseña, parafraseando a Marx, “que no se trata de considerar lo que tal o cual proletario, o incluso el conjunto del proletariado, toma hoy por la verdad, sino de considerar lo que es el proletariado, y lo que históricamente se verá conducido a hacer conforme a su ser” (la Sagrada familia). Esa visión nos muestra particularmente que, frente a los golpes más y más fuertes de la crisis del capitalismo, que se traducen por ataques cada vez más feroces, la clase reacciona, y reaccionará necesariamente desarrollando su combate” (“15º congreso de la CCI”, Revista internacional no 114).
Lo que permitió que nuestra organización no cayera en el escepticismo, la desmoralización incluso, ha sido el método marxista, cuando, durante una década, el proletariado mundial quedó dañado en su combatividad y en su conciencia del contragolpe provocado por el desmoronamiento de los regímenes a los que todos los sectores de la clase burguesa presentaban como regímenes “socialistas” u “obreros”. Ese mismo método, que exige estar siempre alerta ante las nuevas situaciones, nos permitió afirmar que quedaba cerrado el largo período de retroceso de la clase obrera, tras su derrota ideológica de 1989. Esto lo hemos plasmado en nuestra resolución sobre la situación internacional adoptada por el reciente XVIº congreso:
“Pero a pesar de todas estas dificultades, este período de retroceso no ha significado, ni mucho menos, el "fin de la lucha de clases". Incluso en los años 1990 hemos visto algunos movimientos (como los de 1992 y de 1997) que ponían de manifiesto que la clase obrera conservaba aún intactas reservas de combatividad. Ninguno de esos movimientos supuso, no obstante, un verdadero cambio en cuanto a la conciencia en la clase. De ahí la importancia de los movimientos que han aparecido más recientemente, que aún careciendo de la espectacularidad y notoriedad ("le Grand soir") de los que tuvieron lugar por ejemplo en Francia en Mayo de 1968, sí representan, en cambio, un giro en la relación de fuerzas entre las clases. Las luchas de 2003-2005 se han caracterizado porque:
“- implican a sectores muy significativos de la clase obrera de los países del centro del capitalismo (por ejemplo en Francia en 2003);
“- manifiestan una mayor preocupación por problemas más explícitamente políticos. En particular los ataques a las pensiones de jubilación plantean la cuestión del futuro que la sociedad capitalista puede depararnos a todos;
“- Alemania reaparece como foco central de las luchas obreras, lo que no sucedía desde la oleada revolucionaria de 1917-23;
“- la cuestión de la solidaridad de clase se plantea de una forma mucho más amplia y más explícita de lo que se planteó en los años 1980, como hemos visto, sobre todo, en los movimientos más recientes en Alemania” (Resolución publicada en esta misma Revista).
Esa evolución de las luchas del proletariado nos ha permitido comprender plenamente las campañas sobre el llamado “altermundialismo”, promovidas por amplios sectores de la burguesía desde principios del siglo xxi, campañas que se han concretado en particular en la celebración de “foros sociales” mundiales y europeos altamente mediatizados. La clase capitalista era consciente de que el retroceso que logró imponer a su enemigo mortal gracias a las campañas sobre la “muerte del comunismo”, el “fin de la lucha de clases”, “la desaparición de la clase obrera” incluso, no iba a ser algo definitivo y era necesario promover otros temas para tomar la delantera ante el inevitable despertar de las luchas y de la conciencia proletarias.
Esas campañas burguesas no solo van dirigidas a las grandes masas obreras. Su objetivo es también alistar y desviar hacia un atolladero a los elementos más politizados que miran hacia la perspectiva de otra sociedad librada de las calamidades que el capitalismo engendra. Y así la Resolución adoptada por el XVIo congreso deja constancia de que las diferentes expresiones del viraje en la relación de fuerzas entre las clases
“... se ven acompañadas del surgimiento de una nueva generación de elementos que tratan de encontrar claridad política. Esta nueva generación se expresa tanto en una nueva afluencia de elementos netamente politizados, como en nuevas capas de trabajadores que, por vez primera, se incorporan a las luchas. Como se ha podido comprobar en algunas de las manifestaciones más importantes, se están forjando las bases de una unidad entre esta nueva generación y la llamada "generación de 1968" en la que se incluyen tanto la minoría política que reconstruyó el movimiento comunista en los años 1960 y 1970, como sectores más amplios de trabajadores que vivieron la rica experiencia de luchas de la clase obrera entre 1968 y 1989”.
La responsabilidad de la CCI ante el resurgir de nuevas fuerzas revolucionarias
Otra preocupación esencial del XVIo congreso ha sido la de poner a nuestra organización a la altura de sus responsabilidades ante el surgimiento de esos nuevos elementos que se están orientando hacia las posiciones de clase de la Izquierda comunista. Así aparece claramente en la Resolución de actividades adoptada por el Congreso:
“El combate para ganarse a la nueva generación para las posiciones de clase y el militantismo es hoy central en todas nuestras actividades. Esto no sólo en la intervención, sino en toda nuestra reflexión política, nuestras discusiones y preocupaciones militantes. (…)
“La labor actual de agrupamiento de las fuerzas revolucionarias es antes que nada la del fortalecimiento político, geográfico y numérico de la CCI. Sigue el crecimiento de las secciones, incapaces durante años algunas de ellas de integrar a nuevos miembros, la concreción de una verdadera sección en India, la preparación de las bases para una sección en Argentina. Todo ello es central en nuestras perspectivas”
Esa labor de agrupamiento de las nuevas fuerzas militantes exige en particular que se las defienda contra todos los intentos de destruirlas o llevarlas hacia atolladeros. Y esta defensa solo podrá realizarse si la propia CCI sabe defenderse contra los ataques de que es objeto. El congreso anterior ya constató que nuestra organización fue capaz de repeler los ataques inicuos de la FICCI, impidiéndole que lograra el objetivo abiertamente declarado de ésta, o sea, la destrucción de la CCI, o, al menos, la mayor cantidad de secciones posible. En octubre de 2004, la FICCI montó una nueva ofensiva contra nuestra organización apoyándose en una serie de posiciones calumniosas de un “Círculo de comunistas internacionalistas” basado en Argentina y que se presentaba como el continuador del “Núcleo comunista internacional” (NCI) con el que la CCI había desarrollado discusiones y contactos desde finales de 2003. Lamentablemente, el BIPR hizo su contribución en esta maniobra vergonzosa publicando, en varias lenguas y dejándola durante varios meses en su página Web, una declaración de lo más mentiroso e histérico contra nuestra organización. Actuamos con rapidez publicando una serie de documentos en nuestra página Web para rechazar ese ataque de modo que nuestros agresores acabaron dando la callada por respuesta. Al “Círculo” se le cayó la careta, apareciendo como lo que es, una ficción inventada por el ciudadano B., un aventurerillo del hemisferio austral, de poca monta pero con un morro descomunal y una pretensión sin límites: su página Web, que no había parado un instante con una actividad frenética durante las tres primeras semanas de octubre de 2004, desde el 23 de ese mes es un desierto. La FICCI, tras haberse creído (o hacer creer) durante varios meses la realidad de ese “Círculo”, ahora ya no dice nada sobre el tema. El BIPR, por su parte, ha quitado de su página Web el comunicado de B., pero sin más explicaciones y negándose a publicar el aviso del verdadero NCI sobre las actuaciones de B.
Porque el combate contra esa ofensiva de la “triple alianza” entre el aventurerismo (B.), el parasitismo (FICCI) y el oportunismo (BIPR) ha sido también un combate por la defensa del NCI, que representa un esfuerzo de un pequeño núcleo de camaradas para desarrollar una compresión de posiciones de la Izquierda comunista en relación con la CCI (3).
“La defensa del NCI frente a los ataques conjuntos del “Círculo”, de la “Ficci” y del BIPR muestra el camino a toda la CCI para desarrollar la organización. Esta defensa se basa en:
“- una profunda confianza en la nueva generación, confianza basada en una visión histórica, a largo plazo; (...)
“- ser capaces de trasmitir, con convicción y entusiasmo, nuestras posiciones y nuestra visión del militantismo, de desarrollar la solidaridad proletaria como herramienta básica para la unificación de las fuerzas de clase; (...)
“- acoger a la nueva generación, ni con escepticismo ni “miedo al éxito”, sino con los brazos abiertos, construyendo sobre lo que es positivo en ella para así poder superar sus debilidades;
“- concretar las lecciones aprendidas en la organización, para, con determinación y tras una reflexión de fondo, proteger a los elementos en búsqueda de los peligros del espíritu de círculo, del clanismo, de los gurús y del aventurerismo;
“- usar al máximo todos los medios a nuestra disposición, en acuerdo con las necesidades de la situación, como partes de una estrategia global, desde la correspondencia a las visitas, pasando por Internet, nuestra prensa y nuestras reuniones públicas; combinar la rapidez de nuestras reacciones y el trabajo a largo plazo, un trabajo decidido incluso ante derrotas inmediatas” (Resolución de actividades)
Ante esa labor hacia las personas en búsqueda, la CCI debe poner en práctica una política decidida de intervención. Pero también debe poner el mayor cuidado tanto en la pertinencia de los argumentos en las discusiones como a la cuestión del comportamiento político:
“Siguiendo ese esfuerzo, debemos procurar:
“- establecer o aumentar el impacto de la CCI en todos los países en los que tenemos secciones, pero también en zonas como Rusia o Latinoamérica, estimulando debates (reuniones, foros en Internet), polémicas, correspondencias, revista de prensa, favoreciendo la formación de círculos de discusión y promoviendo su trabajo;
“- atraer a las gentes proletarias hacia nosotros, gracias a la profundidad de nuestros argumentos, pero también a nuestra capacidad para hacernos respetar. La determinación de la CCI en la defensa de los principios, nuestra capacidad para reaccionar contra las maniobras destinadas a sabotear el agrupamiento, eso es lo que hará que ganemos la confianza de las expresiones proletarias, y amedrentar o inhibir a los elementos destructores
“- promover los métodos proletarios de clarificación, de agrupamiento y de comportamiento; (…)
“- intensificar nuestra ofensiva contra el parasitismo, no solo contra la “Ficci”, sino también contra grupos que tienen un impacto internacional como el GCI.”
Por otro lado, el surgimiento de nuevas fuerzas comunistas debe ser un poderoso aguijón que estimule la reflexión y las energías, no solo de los militantes sino también de elementos que fueron afectados por el retroceso de la clase obrera a partir de 1989:
“Los efectos de los acontecimientos históricos contemporáneos en las capas más politizadas de la clase son muy profundos. Estos hechos ya han empezado a despertar la conciencia de una nueva generación para la que el atolladero del capitalismo es una realidad en la que han nacido los elementos de esas nuevas generaciones, pero carecen de formación política o de experiencia de clase. Van a despertar a quienes, en los años 1980 o 90, bajo los primeros efectos de la descomposición, permanecían escépticos sobre una posible política proletaria. Los efectos del actual desarrollo histórico van a hacer volver a la política a una parte de la generación de 1968, que fue entonces desviada y emponzoñada por el izquierdismo. De hecho ya han comenzado a reactivarse antiguos militantes, no sólo de la CCI, sino también de otras organizaciones proletarias. Cada una de las expresiones de esa fermentación representa un valiosísimo potencial para la recuperación de la identidad de clase, de la experiencia de lucha, y de la perspectiva histórica del proletariado. Pero esos potenciales sólo llegarán a materializarse si son agrupados por una organización que representa la conciencia histórica, un método marxista y una experiencia organizativa que, actualmente, sólo la CCI puede ofrecer. Esto hace que el desarrollo continuo y a largo plazo de las capacidades teóricas, la comprensión militante y la centralización de la organización, resulten cruciales para la perspectiva histórica.”
El congreso ha señalado, en efecto, la enorme importancia del trabajo teórico en la situación actual:
“La organización no puede cumplir sus responsabilidades ni hacia las minorías revolucionarias ni hacia la clase en su conjunto, si no es capaz de comprender el proceso de preparación del partido en el contexto más amplio de la evolución general de la lucha de clases. La capacidad de la CCI para analizar los cambios en la relación de fuerzas entre las clases, y para intervenir en las luchas y en la reflexión política que se da en el seno de la clase obrera, tiene una gran importancia a largo plazo en la evolución de la lucha de clases. Pero incluso ahora, es decir a corto plazo, resulta crucial para conquistar nuestro papel dirigente frente a la nueva generación politizada. El que la CCI haya sido capaz de reconocer con rapidez el final cercano del largo retroceso de la combatividad, y sobre todo de la conciencia del proletariado, que se produjo después de 1989, es una primera prueba de la necesaria renovación teórico-política. En estos dos últimos años, hemos comenzado también a adaptar nuestra intervención a las condiciones actuales, a la realidad de la reflexión subterránea, a lo enorme de lo que está en juego, al nivel político tan bajo en la clase y a las grandes dificultades en las luchas inmediatas. La organización debe continuar esta reflexión teórica, sacando un máximo de lecciones concretas de su intervención, abandonando los esquemas del pasado.”
Al mismo tiempo, esa reflexión debe hacerse de carne y hueso, concretándose eficazmente en nuestra propaganda, y para ello, es necesario que la organización dé el mayor apoyo al principal medio de difusión de sus posiciones, o sea, la prensa:
“La evolución de la situación mundial plantea exigencias nuevas y mayores en la calidad de nuestra prensa y su distribución. Por Internet, la organización se ha abierto a una dimensión cuantitativa y cualitativamente nueva de su intervención por vía de prensa. Durante el reciente combate contra la alianza entre el oportunismo y el parasitismo, y gracias a ese medio, la CCI ha podido desarrollar, por vez primera desde la época en que existía una prensa revolucionaria diaria, una intervención en la que fue decisiva la capacidad de replicar inmediatamente. De igual modo, la rapidez con la que la organización ha sido capaz de publicar en su página Web en alemán sus panfletos y análisis sobre las luchas de los obreros de Mercedes y Opel, nos muestra el camino que seguir. El uso creciente de nuestra prensa para organizar y sintetizar debates, para hacer propuestas y lanzar iniciativas hacia las personas en búsqueda, subraya su importancia cada vez mayor como instrumento privilegiado para el agrupamiento, el desarrollo político y numérico de la organización.”
En fin, el congreso ha dedicado una muy particular atención a la cuestión que figura al final de la plataforma de nuestra organización:
“Las relaciones que se establecen entre las diferentes partes y militantes de la organización llevan necesariamente los estigmas de la sociedad capitalista y no pueden, pues, constituir un islote de relaciones comunistas dentro de ella. Sin embargo no pueden estar en contradicción flagrante con los objetivos perseguidos por los revolucionarios, por lo que se apoyan necesariamente en una solidaridad y confianza mutuas, que son signos de pertenencia de la organización a la clase portadora del comunismo”.
Por eso, la Resolución de actividades pone de relieve que:
“La fraternidad, la solidaridad y el sentido de la comunidad forman parte de los instrumentos más importantes en la construcción de la organización, de la capacidad para ganar a nuevos militantes y conservar la convicción militante”.
Esta exigencia, como todas a las que debe hacer frente una organización marxista, requiere una reflexión teórica:
“En la medida que las cuestiones de organización y de comportamiento están hoy en el centro de los debates tanto en el interior como en el exterior de la organización, un eje central de nuestro trabajo teórico en los dos próximos años será la discusión de los diferentes textos de orientación (…), especialmente el texto sobre la ética. Estas cuestiones nos llevan a las raíces de las recientes crisis de la organización, van a las bases fundamentales de nuestro compromiso militante, y son cuestiones centrales para la revolución en esta época de la descomposición. Estas cuestiones están llamadas a desempeñar un papel crucial en la renovación de la convicción militante y en la renovación del gusto por la teoría y por el método marxista que aborda cada cuestión desde un planteamiento histórico y teórico”.
Publicamos en los números 111 y 112 de la Revista internacional le esencial de un texto de orientación adoptado por nuestra organización sobre “La confianza y la solidaridad en la lucha del proletariado” que dio lugar a una profunda discusión en la CCI. Hoy, sobre todo tras unos comportamientos de miembros de la “FICCI” en ruptura total con las bases de la moral proletaria, hemos decidido profundizar esa cuestión en torno a un nuevo texto de orientación que trata de la ética del proletariado, texto cuya versión final publicaremos más tarde. Con esta perspectiva, el XIVº congreso, como así ocurre en la mayoría de los congresos de la CCI, dedicó gran parte de su orden del día a un tema teórico general y haciendo balance de las discusiones llevadas ya a cabo sobre la ética.
Perspectivas enardecedoras
Los congresos de la CCI son siempre momentos de entusiasmo para el conjunto de sus miembros. No podía ser de otra forma cuando militantes venidos de tres continentes y de trece países, animados por las mismas convicciones, se encuentran para discutir juntos las perspectivas del movimiento histórico del proletariado. Pero el XVIo congreso resultó aún más estimulante que la mayoría de los que le precedieron.
Durante casi la mitad de sus treinta años de vida, la CCI ha existido (en el próximo número de la Revista publicaremos un artículo sobre su historia) mientras el proletariado sufría un retroceso de su conciencia, una asfixia de sus luchas y un agotamiento de nuevas fuerzas militantes. Durante más de una década una de las consignas centrales de nuestra organización fue “resistir”. Ha sido una prueba difícil y algunos de los “viejos” militantes no han podido aguantarla (sobre todo los que constituyeron la FICCI y los que abandonaron el combate en los momentos de crisis que hemos conocido en este período).
Actualmente que la perspectiva empieza a aclararse, podemos decir que la CCI, como un todo, ha superado esta prueba. Incluso ha salido fortalecida de ella. Un fortalecimiento político, como pueden juzgar los lectores de nuestra prensa (de quienes recibimos un número creciente de cartas de apoyo). Pero también un fortalecimiento numérico ya que, en el momento actual, las nuevas adhesiones son más numerosas que las dimisiones que conocimos en la crisis de 2001. Y lo que es más destacable, es que un número significativo de estas adhesiones es de gente joven, que no ha sufrido ni ha tenido que superar las deformaciones debidas a la militancia en organizaciones izquierdistas. Elementos jóvenes cuyo dinamismo y entusiasmo sustituyen y superan con creces las cansadas y gastadas “fuerzas militantes” que nos han abandonado.
El entusiasmo de los militantes que participaron en el Congreso ha tenido su mejor expresión en los camaradas que hicieron el discurso de apertura y el de las conclusiones. Fueron dos compañeros de la nueva generación, que ni siquiera eran miembros de ella en el congreso anterior. La decisión de confiarles esa tarea no se debió a no se sabe qué demagogia “projuvenil”: todos los delegados saludaron la calidad y la profundidad de sus intervenciones.
El entusiasmo que se ha vivido durante el XVIo congreso ha sido lúcido. No tiene nada que ver con la euforia ilusoria que se vivió en otros congresos de nuestra organización (euforia que a menudo fue propia de quienes después nos han dejado). La CCI, después de 30 años de existencia, ha aprendido (4), a veces dolorosamente, que el camino que conduce a la revolución no es ninguna autopista, que es sinuoso, y está sembrado de trampas que la clase dominante tiende a su enemigo mortal, la clase obrera, para desviarla de su objetivo histórico.
Los miembros de nuestra organización saben bien actualmente que la militancia no es fácil; que hace falta no solamente una sólida convicción, sino además abnegación, tenacidad y paciencia.
Si embargo, hacen suya la frase de Marx en una carta a J. P. Becker:
“He podido comprobar siempre que los caracteres verdaderamente bien forjados, en cuanto se han metido en la vía revolucionaria, sacan constantemente nuevas fuerzas de la derrota, y se vuelven cada día más resueltos a medida que el fluir del río de la historia los lleva más lejos”.
La conciencia de la dificultad de nuestra tarea no es para desanimarnos. Al contrario, es un factor suplementario de nuestro entusiasmo
Actualmente, el número de participantes en nuestras reuniones públicas ha aumentado sensiblemente, y nos llegan cada vez más correos de Grecia, Rusia, Moldavia, Portugal, Brasil, Argentina, Argelia, Senegal, Irán, Corea, para solicitar directamente su candidatura a nuestra organización, para proponer y desarrollar discusiones o simplemente pedir las publicaciones, pero siempre con una perspectiva militante. Todas esas personas nos permiten confiar en el desarrollo de la presencia de posiciones comunistas en los países donde la CCI no tiene todavía sección, incluso la creación de nuevas secciones en esos países. Saludamos a estos camaradas que vienen hacia las posiciones comunistas y hacia nuestra organización. Nosotros les decimos:
“Habéis hecho una buena elección, la única elección posible si tenéis la perspectiva de integraros en el combate por la revolución proletaria. Pero no habéis elegido lo más fácil: no vais a ver éxitos rápidos, habréis de tener paciencia y tenacidad y no desmoralizaros cuando los resultados no estén a la altura de vuestras esperanzas. Pero no estaréis solos: los militantes actuales de la CCI estarán a vuestro lado y son conscientes de la responsabilidad que el paso que habéis dado representa para ellos. Su voluntad, tal y como se expresa en el XVIo congreso, es la de estar a la altura de esa responsabilidad”.
Corriente comunista internacional
1 No es ni mucho menos una “originalidad de la CCI”, sino una tradición del movimiento obrero. Pero hay que decir que esa tradición ha sido abandonada por la corriente “bordiguista” (en nombre del rechazo del “democratismo”) y que no está muy viva en el Partito comunista internazionalista (Battaglia comunista) componente principal del Buró internacional para el partido revolucionario (BIPR) el cual, en sesenta años de existencia solo ha celebrado siete congresos.
2 Sobre la crisis de la CCI y las maniobras de la FICCI, puede leerse “Amenazas de muerte contra militantes de la CCI”, “Reuniones públicas de la CCI prohibidas a los soplones”, “Los métodos policíacos de la FICCI” (en nuestra prensa territorial e Internet, especialmente, en los nos 354, 338 y 330 de Révolution internationale) así como “Conferencia extraordinaria de la CCI : el combate por la defensa de los principios organizativos”, Revista internacional n° 110. El artículo de presentación del XVº congreso publicado en la Revista internacional n° 114 trata también más ampliamente sobre este tema: “Pero para estar a la altura de sus responsabilidades, es preciso también que las organizaciones revolucionarias den la talla para enfrentarse, no sólo a los ataques directos que trata de asestarles la clase dominante, sino también a la penetración en su seno del veneno ideológico que ésta difunde en el conjunto de la sociedad. En particular es su deber combatir los efectos más deletéreos de la descomposición que, de la misma forma que afectan la conciencia del conjunto del proletariado, pesan igualmente en el cerebro de sus militantes, destruyendo su convicción y su voluntad de obrar por la causa revolucionaria. La CCI ha tenido que enfrentarse en el último periodo precisamente a ese ataque de la ideología burguesa favorecido por la descomposición. La voluntad de defender la capacidad de la organización para asumir sus responsabilidades ha estado en el centro de las discusiones del congreso sobre las actividades de la CCI”.
3 Ver al respecto nuestro artículo “El Núcleo comunista internacional: una expresión del esfuerzo de toma de conciencia del proletariado en Argentina”, Revista internacional n° 120.
4 En realidad, habría que decir “ha vuelto a aprender”, puesto que de eso eran muy conscientes las organizaciones comunistas del pasado y, particularmente, la Fracción italiana de la Izquierda comunista de la que se reivindica la CCI.
1. En 1916, en el capítulo introductorio del Folleto de Junius, Rosa Luxemburg explicaba el significado histórico de la Primera Guerra mundial:
“Federico Engels dijo una vez: “La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie”. Pero ¿qué significa “regresión a la barbarie” en la etapa actual de la civilización europea? Hasta ahora leíamos estas palabras sin reflexionar y las repetíamos sin darnos cuenta de su terrible gravedad. En este momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. El triunfo del imperialismo conduce a la liquidación de la civilización; de manera esporádica durante una de las guerras modernas, pero definitivamente si el período de guerras mundiales que ahora se inicia se mantiene imparable hasta sus últimas consecuencias. Es exactamente lo que Federico Engels pronosticó, una generación antes que nosotros, hace cuarenta años. Hoy nos encontramos ante esa alternativa: o triunfo del imperialismo y con ello decadencia de toda civilización lo que, como en la antigua Roma, conlleva la despoblación, la desolación, la degeneración, en definitiva un enorme cementerio; o victoria del socialismo, es decir de la lucha consciente del proletariado contra el imperialismo y contra su método de actuación: la guerra. Ese es el dilema en que se encuentra la historia de la humanidad, una disyuntiva que aún debe resolverse según actúe el proletariado consciente. El proletariado debe inclinar decisivamente la balanza mediante su combate revolucionario. De ello depende el porvenir de la civilización y de la humanidad.»
La guerra en el capitalismo decadente
2. Casi noventa años más tarde el laboratorio de la historia ha demostrado sobradamente la claridad y la precisión del diagnóstico efectuado por Rosa Luxemburg, esto es, que el conflicto que estalló en 1914 inauguró un “periodo de guerras ilimitadas” que conducirían, si no encontraban respuesta, a la destrucción de la civilización.
Sólo veinte años después de que la rebelión del proletariado pusiera fin a la Primera Guerra mundial pero no lograra acabar con el capitalismo, estallaba la Segunda Guerra mundial imperialista que superó con creces la profundidad y la extensión de la barbarie alcanzada durante la primera. Esta nueva carnicería se caracterizó no sólo por el exterminio masivo y sistemático de seres humanos en los campos de batalla; sino, ante todo y sobre todo, por el genocidio de pueblos enteros, por la masacre de millones de civiles en los campos de la muerte de Auschwitz o Treblinka o machacados por los bombardeos que arrasaron ciudades enteras desde Coventry, Hamburgo y Dresde, hasta Hiroshima y Nagasaki.
Por si mismo, el período 1914-1945 ya habría bastado para confirmar que el sistema capitalista se había adentrado, de manera irreversible, en una etapa de decadencia; que se había convertido ya en un obstáculo fundamental para las necesidades de la humanidad.
3. Los 60 años transcurridos desde 1945 no han puesto en absoluto en entredicho esa conclusión, por mucho que la propaganda burguesa se empeñe en proclamar lo contrario, como sí el capitalismo pudiera vivir su declive histórico durante una década, y salir milagrosamente de él en la década siguiente. Antes incluso de que acabase la segunda carnicería imperialista, dos nuevos bloques imperialistas empezaron ya a actuar para hacerse con el control del planeta. Tanto es así que los Estados Unidos llegaron incluso a retrasar la finalización de la guerra contra Japón, no para ahorrar víctimas entre sus propias tropas sino para poder hacer una espectacular demostración de su terrorífico poderío militar borrando del mapa Hiroshima y Nagasaki. El destinatario de tal exhibición no era desde luego un Japón ya derrotado sino el nuevo rival ruso. Pero es que, pocos años más tarde, los dos nuevos bloques imperialistas se habían dotado ya de suficiente armamento no ya para destruir la civilización, sino para acabar con cualquier signo de vida en el planeta. Durante los cincuenta años siguientes a 1945 la humanidad ha vivido acogotada por el Equilibrio del Terror (cuyas siglas en inglés: MAD – Mutual Assured Destruction – también pueden traducirse por “el loco”). En las regiones subdesarrolladas de la Tierra millones de personas sufrieron terribles hambrunas, mientras la maquinaria de guerra de las grandes potencias imperialistas acaparaba todos los recursos del trabajo humano y de las innovaciones científicas que exigía su insaciable apetito. Además otros tantos millones de seres humanos murieron en las llamadas “guerras de liberación nacional” que eran en realidad la expresión de las sangrientas rivalidades entre las grandes superpotencias en Corea, Vietnam, el subcontinente indio, África y Oriente Medio.
4. El discurso de la burguesía dice que fue ese Equilibrio del Terror lo que “salvó” al mundo de un tercer, y probablemente definitivo, holocausto imperialista. Por ello debíamos estarle agradecidos a la bomba. Pero si una tercera Guerra mundial no acabó por estallar se debió en realidad a que:
– en un primer momento, los dos nuevos bloques imperialistas que se habían formado necesitaban organizarse y condicionar con nuevos lemas ideológicos a la población para poder movilizarla contra un nuevo enemigo. Por otro lado, el boom de la reconstrucción (financiada por el plan Marshall) de las economías destruidas durante la Segunda Guerra mundial, permitió un cierto sosiego de las tensiones imperialistas.
– posteriormente, a finales de los años 60, cuando ya el “boom” económico de a reconstrucción tocaba a su fin, el capitalismo no tenía ya enfrente a un proletariado derrotado como durante la crisis de los años 30, sino a una nueva generación de trabajadores dispuestos a defender sus intereses de clase frente a las exigencias de sus explotadores. En el capitalismo decadente, la guerra mundial requiere la movilización activa y completa del proletariado. Por ello, las oleadas internacionales de huelgas obreras que comenzaron con la huelga general en Francia en mayo de 1968, pusieron en evidencia que, durante los años 1970 y 80, que no existían las condiciones de esa movilización para la guerra.
5. El desenlace definitivo de la larga rivalidad que sostuvieron el bloque ruso y el norteamericano no fue pues una guerra mundial, sino el hundimiento del bloque ruso. Incapaz de competir económicamente con la potencia americana muchísimo más avanzada, así como de reformar sus rígidas instituciones políticas; cercada militarmente por su rival, y – como pusieron de manifiesto las huelgas de masas en Polonia en 1980 – incapaz también de alistar al proletariado para la guerra, el bloque imperialista ruso hizo implosión en 1989. Este triunfo de Occidente fue rápidamente presentado como el signo anunciador de un nuevo período de paz mundial y prosperidad. Pero igualmente sin tardanza estallaron nuevos conflictos imperialistas que tomaron una nueva forma pues ya no existía la conocida unidad del bloque occidental sino que entre los antaño aliados surgían ahora feroces rivalidades imperialistas, y la Alemania recién reunificada planteaba su candidatura para ser la principal potencia mundial capaz de rivalizar con los Estados Unidos. No obstante, en esta nueva etapa de los conflictos imperialistas es menos posible aún que antes el estallido de una guerra mundial, ya que:
– la formación de nuevos bloques se ve retrasada por la por las divisiones internas entre las potencias que, lógicamente, deberían formar un nuevo bloque rival frente a los Estados Unidos, en especial, las potencias europeas más importantes: Alemania, Francia y Gran Bretaña.. La Gran Bretaña no ha abandonado su tradicional política de impedir que otra potencia mayor domine Europa, mientras sigue teniendo muy buenas razones históricas para limitar en lo posible su eventual subordinación a Alemania. Tras la ruptura de la vieja disciplina debida a la existencia de dos bloques imperialistas antagónicos, lo que prevalece en las relaciones internacionales es “el cada uno a la suya”.
– la aplastante superioridad militar de los Estados Unidos, sobre todo si se les compara con Alemania, hace imposible cualquier enfrentamiento directo contra EE.UU. por parte de sus rivales.
– el proletariado no está derrotado. Es verdad que el período abierto con el hundimiento del bloque del Este ha sumido al proletariado en una importante desorientación (sobre todo por el impacto de las campañas ideológicas a propósito de la “muerte del comunismo” y el “fin de la lucha de clases”), pero la clase obrera de las principales potencias capitalistas aún no está predispuesta para dejarse sacrificar en una nueva carnicería mundial.
Por todo ello, los principales conflictos militares del período post-1989 han tomado en la mayoría de las ocasiones la forma de “guerras indirectas”, caracterizadas por que en ellas la potencia mundial dominante ha intentado contrarrestar al creciente desafío a su autoridad, mediante espectaculares demostraciones de fuerza contra potencias de cuarta categoría. Tales han sido los casos de la primera Guerra del Golfo en 1991, del bombardeo de Serbia en 1999, o de las “guerras contra el terrorismo” en Afganistán e Irak tras el atentado contra las Torres gemelas en 2001. En estas guerras se ha ido viendo cada vez más claro cuál es la estrategia global y precisa que persiguen los Estados Unidos: conseguir un completo dominio de Oriente Medio y Asia Central para así cercar militarmente a sus principales rivales (Europa y Rusia), cerrándoles las salidas, y tener en su mano poder cortarles el acceso a las fuentes de energía.
Tras 1989, el mundo ha visto también el estallido de multitud de conflictos regionales y locales – a veces subordinados a la estrategia de EE.UU. y a veces, en cambio, contrariándola – que han extendido la muerte y la destrucción sobre continentes enteros. Tales conflictos han ocasionado millones de muertos, de mutilados y de desplazados, en países africanos como Congo, Sudán, Somalia, Liberia, Sierra Leona y, ahora, amenazan con sumergir a países de Oriente Medio y Asia Central en una situación de guerra civil permanente. En ese proceso asistimos también al alza del fenómeno del terrorismo, que frecuentemente es producto de la acción de fracciones de la burguesía no controladas por ningún estado en particular, y que constituye un elemento suplementario de inestabilidad, llevando además estos mortíferos conflictos al corazón mismo del mundo capitalista (11 de Septiembre, atentados de Madrid…).
6. Aunque la guerra mundial no sea hoy una amenaza tangible para la humanidad como si lo ha sido durante la mayor parte del siglo xx, no por ello la alternativa socialismo o barbarie ha perdido urgencia. En cierta forma es aún más urgente, pues la guerra mundial exigiría una movilización activa del proletariado, mientras que hoy la clase obrera hace frente al peligro de verse progresiva e insidiosamente empantanada en la barbarie:
– la proliferación de guerras locales y regionales podría devastar regiones enteras del planeta haciendo con ello imposible que el proletariado de esas regiones pueda contribuir a la guerra de clases. Eso atañe muy claramente a las muy peligrosas rivalidades que enfrentan a las dos grandes potencias militares del subcontinente indio (India y Pakistán). Y no le van a la zaga la espiral de aventuras militares llevadas a cabo por Estados Unidos. Por mucho que estos pretendan crear un nuevo orden mundial bajo sus auspicios, lo cierto es que el resultado de tales aventuras ha sido no sólo agravar el caos y los antagonismos ya existentes, sino incluso acentuar y agravar la propia crisis histórica del liderazgo norteamericano. La situación actual en Irak así lo confirma con rotundidad. Y sin aspirar siquiera a la reconstrucción de Irak, los Estados Unidos se ven empujados a lanzar nuevas amenazas contra Siria e Irán. Las recientes iniciativas de la diplomacia norteamericana para establecer un diálogo con las potencias europeas sobre la situación de Siria, de Irán o del mismo Irak, no debe hacernos pensar que se rebaja el nivel de tales amenazas. Lo que demuestra la crisis que hoy se vive en Líbano es que los Estados Unidos no tienen tiempo que perder en su afán por lograr un completo dominio de Oriente Medio, objetivo éste que ha de conducir a una fuerte exacerbación de las tensiones imperialistas en general, ya que ninguna de las principales potencias imperialistas puede permitirse dejarles el terreno libre en esta región de una importancia estratégica vital. Esta perspectiva también se dibuja en las intervenciones norteamericanas cada vez más descaradas contra la influencia rusa en países de la antigua URSS (Georgia, Ucrania, Kirguizistán), así como en los importantes desacuerdos que han surgido respecto a la venta de armas a China. En un momento en que precisamente China está afirmando cada vez más sus ambiciones imperialistas, amenazando militarmente a Taiwán y azuzando las tensiones con Japón; resulta que Francia y Alemania se ponen a la vanguardia del movimiento para levantar el embargo de venta de armas a China, decretado tras la matanza de la plaza Tian’anmen en 1989.
– si hay una filosofía que marca el período actual esa es la del “cada uno a la suya”, pero ésta no afecta únicamente a las rivalidades imperialistas, sino también al funcionamiento vital mismo de la sociedad. La aceleración de la atomización social y de todos los venenos ideológicos que de ello se derivan (la gangsterización, la huida hacia el suicidio, la irracionalidad y la desesperación) plantea el riesgo de hacer definitivamente imposible que la clase obrera recupere su identidad de clase y, con ello, la única perspectiva posible de un mundo diferente basado, no en la desintegración social, sino en una verdadera comunidad y en la solidaridad.
– la pervivencia del modo de producción capitalista ya caduco añade al peligro de la guerra imperialista, una nueva amenaza a la posibilidad de construir una nueva sociedad humana. Nos referimos al imparable deterioro del medio ambiente del planeta. Por mucho que varias conferencias científicas hayan alertado sobre ese riesgo, lo cierto es que la burguesía es incapaz de poner en marcha las medidas mínimas para reducir, por ejemplo, el efecto invernadero. El “tsunami” que asoló el sudeste asiático ha demostrado cómo la burguesía es incapaz de mover un solo dedo para proteger a la especie humana de la potencia devastadora e incontrolada de la naturaleza. Y hay que pensar que los efectos del calentamiento global de la Tierra serán aún mucho más devastadores y extensos. Además, el hecho de que las consecuencias más catastróficas de este deterioro puedan parecer aún muy lejanas, hace extremadamente difícil que el proletariado pueda ver en él hoy un motivo de lucha contra el sistema capitalista.
7. Por todas estas razones, los marxistas tienen razón no sólo cuando concluyen que la alternativa socialismo o barbarie sigue teniendo hoy la misma vigencia que en 1916, sino también al afirmar que el avance de la barbarie puede arruinar las bases futuras del socialismo. La historia les confirma no únicamente que el capitalismo es desde hace mucho tiempo una formación social históricamente superada, sino también que esa decadencia que se inició nítidamente con la Primera Guerra mundial, se ha adentrado ya en su fase terminal: la fase de descomposición. Pero no se trata de la descomposición de un organismo ya muerto sino de un pudrimiento en vida, de una gangrena creciente del capitalismo, que se aferra a una prolongada y dolorosa agonía cuyas convulsiones mortales amenazan con arrastrar con él a la muerte al conjunto del género humano.
La crisis
8. La clase capitalista no tiene futuro alguno que ofrecer a la humanidad. Ha sido ya condenada por la historia. Precisamente por ello debe recurrir a todos los medios a su alcance para tratar de ocultar o de negar tal veredicto, para tratar de desprestigiar las previsiones realizadas por el marxismo de que el capitalismo como, por otra parte, todos los anteriores modos de producción está abocado a entrar en una etapa de decadencia y a desaparecer. La clase capitalista se esfuerza pues en segregar a modo de anticuerpos ideológicos con objeto de refutar esta conclusión fundamental del método del materialismo histórico:
– ya antes incluso de la definitiva entrada del capitalismo en su etapa de decadencia, el ala revisionista de la socialdemocracia empezó a poner en duda la visión “catastrofista” de Marx, y a postular, en cambio, que el capitalismo podría continuar existiendo indefinidamente, de lo que deducía que el socialismo no podría alcanzarse a través de la violencia revolucionaria, sino a través de un proceso de cambios pacíficos y democráticos;
– en los años 20, las destacadas tasas de crecimiento industrial en los Estados Unidos llevaron a un “genio” como Calvin Coolidge a proclamar el triunfo del capitalismo, y eso en vísperas nada más y nada menos que del gran “crac” de 1929;
– durante el período de reconstrucción que siguió a la Segunda Guerra mundial, afamados burgueses como Macmillan les refregaban a los obreros eso del “nunca habéis estado mejor”, mientras los sociólogos elucubraban teorías sobre la “sociedad de consumo”, el “aburguesamiento de los trabajadores”, e incluso los más radicales como Marcuse se afanaban en buscar “nuevas vanguardias” con las que sustituir a los apáticos proletarios;
– tras 1989 hemos asistido a una verdadera crisis de sobreproducción de nuevas teorías, esforzándose todas ellas en explicar que la situación presente no se parecía en nada a lo anterior, y hasta qué punto las teorías de Marx habían quedado anticuadas: la del “final de la historia”, la de la “muerte del comunismo”, la de la “desaparición de la clase obrera”, la globalización, la revolución de los microprocesadores, la economía Internet, la aparición en Oriente de nuevos gigantes económicos cuyos más modernos exponentes serían India o China, etc., etc. Estas teorías resultaban tan persuasivas que acabaron deslumbrando a una nueva generación que se planteaba preguntas sobre el futuro que el capitalismo podría deparar al mundo. Y hay que decir que no sólo a ellos sino que también, y esto es aún más preocupante, tales teorías fueron retomadas, recubiertas con un envoltorio marxista, incluso por elementos de la Izquierda comunista.
En resumidas cuentas que el marxismo ha debido llevar siempre una batalla contra quienes, al menor signo de vida del capitalismo, se han apresurado a proclamar que este tenía ante sí un brillante porvenir. Ante cada florecimiento de este tipo de “teorías” el marxismo ha sabido no capitular ante las apariencias más inmediatas sino mantener una visión histórica y a largo plazo. Las grandes sacudidas de la historia han terminado dándole siempre la razón en esa batalla:
– el “optimismo” plácido de los revisionistas se vino abajo con los acontecimientos verdaderamente catastróficos de 1914-1918, y la respuesta revolucionaria del proletariado que éstos provocaron;
– Calvin Coolidge y sus cofrades quedaron reducidos al silencio por la crisis económica más profunda de la historia del capitalismo que desembocó en el desastre absoluto de la Segunda Guerra mundial imperialista;
– la reaparición de las crisis a finales de los años 1960 “tapó” las bocas de quienes pocos años antes decían que ésta era prácticamente una reliquia del pasado. De igual modo la reanudación de las luchas obreras en respuesta a esta crisis tampoco les permitió mantener mucho más tiempo la patraña de que la clase obrera estaba aburguesada.
El mismo fin ha corrido la proliferación de teorías sobre “el nuevo capitalismo”, “la sociedad post-industrial”, etc. Gran parte de la base sobre la que se sustentaban ha quedado ya desenmascarada por el imparable avance de la crisis. Así las esperanzas que se depositaron en las economías de los Tigres o de los Dragones asiáticos quedaron defraudadas por el repentino batacazo de estos países en 1997; en cuanto a la revolución de las “empresas.com”, Internet, etc. se reveló, más pronto que tarde, como un auténtico fiasco. Otro tanto cabe decir de las “nuevas industrias” en los sectores de informática, comunicaciones, que se han mostrado tan vulnerables a la recesión como la “vieja industria” siderúrgica o los astilleros. Y aunque en multitud de ocasiones le hayan dado por muerta, lo cierto es que la clase obrera sigue levantando la cabeza como vimos por ejemplo en los movimientos en Austria y Francia en 2003, o en las luchas en España, Gran Bretaña y Alemania en 2004.
9. No obstante no podemos caer en el error de subestimar la capacidad mistificadora de tales ideologías en el momento actual, ya que, como todas las mistificaciones, se apoya en toda una serie de “medias verdades”, como que:
– a causa de la crisis de sobreproducción y de las implacables leyes de la competencia el capitalismo ha creado, en las últimas décadas, y en los principales centros de sus sistema, gigantescos desiertos industriales y ha arrojado a millones de trabajadores al desempleo permanente o a un empleo improductivo y mal pagado en el sector “servicios”. Por esas mismas causas una gran cantidad de empleos industriales han sido deslocalizados hacia regiones del “Tercer Mundo” donde se pagan salarios más bajos. Muchos de los sectores tradicionales de la clase obrera se han visto diezmados en ese proceso lo que, sin duda, ha agravado las dificultades del proletariado;
– el desarrollo de nuevas tecnologías ha permitido aumentar tanto la tasa de explotación, como también la velocidad de circulación a escala mundial de capitales y mercancías;
– el retroceso padecido por la lucha de clase en las dos últimas décadas hace difícil que la nueva generación de trabajadores pueda concebir al proletariado como único sujeto capaz de protagonizar el cambio social;
– la clase capitalista ha demostrado una importante capacidad para gestionar la crisis del sistema manipulando, e incluso trampeando, sus propias leyes de funcionamiento.
Podríamos hablar de otros ejemplos, pero ninguno podría servir de base para poner en entredicho la senilidad fundamental del sistema capitalista.
10. La decadencia del capitalismo, en contra de lo que pronosticaron algunos elementos de la Izquierda comunista alemana en los años 1920, nunca ha podido interpretarse como un derrumbe repentino del sistema. Tampoco como el bloqueo absoluto del desarrollo de las fuerzas productivas que erróneamente planteó Trotski en los años 30. Como ya subrayó Marx, la burguesía se hace inteligente en tiempos de crisis y es capaz de aprender de sus propios errores. Durante la década de 1920 fue la última ocasión en que la burguesía creyó realmente poder retornar al liberalismo, al “laissez-faire” del siglo xix. Esto se explica porque la Primera Guerra mundial, aunque resultado en última instancia de las contradicciones económicas del sistema, estalló sin embargo antes de que esas contradicciones pudieran manifestarse en términos “puramente” económicos. La crisis de 1929 fue pues la primera crisis económica mundial del período de la decadencia. Tras esa experiencia la burguesía reconoció la necesidad de un cambio fundamental. Pese a las pretensiones ideológicas contrarias, ninguna fracción de la burguesía pondrá jamás en entredicho la necesidad de que el Estado ejerza su control sobre la economía en general; la necesidad de abandonar la idea de “equilibrio contable” y apostar por el déficit y por todo tipo de manipulaciones ; la necesidad de contar con un enorme sector de armamento en el centro de la actividad económica. Esa misma razón lleva al capitalismo a emplear todos los medios a su alcance para evitar la autarquía que dominó la economía en los años 30. Y aunque se acentúe la tentación de la guerra comercial y de liquidar los organismos internacionales heredados del período de los bloques imperialistas, lo cierto es que una gran parte de estos han sobrevivido debido a que las principales potencias capitalistas entienden la necesidad de poner ciertos límites a la desenfrenada concurrencia económica entre los distintos capitales nacionales.
El capitalismo se mantiene pues en vida gracias a la intervención consciente de la burguesía que ya no puede permitirse verse sometida a la “invisible mano del mercado”. Pero también es verdad, por otra parte, que las soluciones adoptadas se convierten en sí mismas en mayores problemas:
– el recurso al endeudamiento acumula en realidad enormes problemas para el futuro;
– la desmesurada hinchazón del aparato estatal y del sector armamentístico genera tremendas tensiones inflacionistas.
Para enfrentar estos problemas, desde los años 1970, se han puesto en práctica diferentes políticas económicas, unas veces de tipo “keynesiano” y otras “neo-liberales”, pero como ninguna de ellas podía atacar las verdaderas causas de la crisis, tampoco han servido para superarla. Sí es, en cambio, muy significativo el empeño que ha puesto la burguesía para seguir proporcionándole el aire que le falta a la economía y frenar así, mediante un gigantesco endeudamiento, su tendencia a la quiebra. En este aspecto, y durante los años 90, fue la economía norteamericana la que marcó la pauta a seguir, y hoy cuando el “crecimiento” artificial de ésta empieza a desfallecer, le toca a la burguesía china convertirse en el nuevo “el Dorado”. Es verdad que en comparación con la ineptitud de la URSS y de los estados estalinistas de la Europa del Este para adaptarse políticamente a la necesidad de “reformas económicas”, la burocracia china (mascarón de proa del actual “boom”) sí ha conseguido asombrosamente la hazaña de mantenerse con vida. Algunas de las críticas que se hacen a la noción de decadencia del capitalismo presentan precisamente esto como la demostración de que el sistema capitalista tiene aún capacidad de desarrollarse y de lograr un crecimiento real.
La verdad es que el actual “boom” chino no pone en entredicho el declive general de la economía capitalista mundial, puesto que a diferencia de lo que sucedía en el período ascendente del capitalismo:
– el actual crecimiento industrial de China no forma parte de un proceso global de expansión. Todo lo contrario ya que tiene como corolario directo la desindustrialización y el estancamiento de las economías más avanzadas, que deslocalizan hacia China en busca de menores costes laborales;
– el proletariado chino no tiene ante sí la perspectiva de una mejora significativa de sus condiciones de vida, sino que es previsible que sufra cada vez más ataques contra sus condiciones de vida y trabajo, y una acrecentada pauperización de enormes masas de trabajadores y campesinos fuera de las principales zonas de crecimiento;
– ese crecimiento frenético no contribuirá a una expansión global del mercado internacional, sino a profundizar la crisis mundial de sobreproducción pues dado que la capacidad de consumo de las masas chinas es sumamente restringida, la mayor parte de los producido allí se dirige hacia la exportación a los países capitalistas más desarrollados;
– la irracionalidad fundamental del “despegue” chino aparece en toda su magnitud cuando se ven los brutales niveles de contaminación que engendra, lo que evidencia claramente cómo la presión imperativa que sufre cada capital nacional para explotar a mansalva sus recursos naturales para poder ser competitivo en el mercado mundial conduce a una terrible degradación del medio ambiente planetario;
– a imagen y semejanza del sistema capitalista en su conjunto, la totalidad del crecimiento de China está basado en una montaña de deudas que jamás podrá compensar con una verdadera expansión en el mercado mundial.
Hasta la propia burguesía reconoce la fragilidad de este tipo de “boom”, y no esconde la alarma que le inspira la “burbuja” de la economía china. Y no porque le disgusten los niveles bestiales de explotación sobre los que está fundamentada, ni mucho menos, ya que son precisamente estos lo que hace atractivo invertir en China, sino por la excesiva dependencia del conjunto de la economía mundial respecto al mercado chino, y por tanto por las catastróficas consecuencia de un hundimiento de esta economía no sólo para China (que reviviría una situación de violenta anarquía como la de los años 1930), sino para toda la economía mundial.
11. El crecimiento económico actual del capitalismo lejos de desmentir la realidad de la decadencia, la confirma plenamente, puesto que no tiene nada que ver con los ciclos de crecimiento del siglo xix, basados en una verdadera expansión en los sectores periféricos de la producción, en la conquista de los mercados extra-capitalistas. Es cierto que el capitalismo entró en su fase de decadencia bastante antes de que tales mercados se agotasen, como también que el capitalismo ha tratado de utilizar de la mejor forma posible lo que ha ido quedando de estas áreas económicas, como salida para su producción. Ahí están los ejemplos del crecimiento de Rusia durante los años 1930, o la integración de lo que quedaba en el sector agrario durante la reconstrucción que siguió a la Segunda Guerra mundial. Pero la tendencia dominante en el capitalismo decadente es, desde luego, el recurso a un mercado artificial basado en el endeudamiento.
Hoy no puede negarse que el frenético “consumo” de las dos últimas décadas se ha basado completamente en un endeudamiento de los hogares, que alcanza ya proporciones escalofriantes: billones de libras esterlinas en el caso de Gran Bretaña; el 25 % del Producto interior bruto en EE.UU., etc. No es de extrañar, ya que los gobiernos no sólo fomentan este descomunal endeudamiento de las familias, sino que ellos mismos practican esa misma política a una escala aún mayor.
12. Por otra parte, el crecimiento económico capitalista actual es un ejemplo de lo que Marx llamaba “el crecimiento del declive” (Grundisse), ya que es uno de los factores más importantes de la destrucción del medio ambiente. Los incontrolables niveles de contaminación en China, la enorme aportación de Estados Unidos al aumento de los gases que provocan el “efecto invernadero”, la explotación sin freno de lo que queda de masas forestales…, cuanto presuntamente más “crece” el capitalismo, tanto más se pone de manifiesto que no puede solucionar la crisis de la ecología, que sólo podrá resolverse verdaderamente planteando unas nuevas bases para la producción, es decir con “un plan para la vida de la especie humana” (Bordiga) en armonía con su entorno natural.
13. Con “boom” o con “recesión”, lo cierto es que la realidad que subyace sigue siendo la misma: el capitalismo es incapaz de regenerarse espontáneamente. Los ciclos naturales de acumulación han pasado a la historia. En la primera etapa de la decadencia, entre 1914 y 1968, el ciclo crisis-guerra-reconstrucción reemplazó al ya obsoleto ciclo de expansión y recesión. Pero en 1945, la Izquierda comunista francesa ya demostró tener razón al afirmar que tras la ruina de la guerra mundial no habría una marcha automática hacia la reconstrucción. Lo bien cierto es que si la burguesía norteamericana se dedicó a relanzar las economías europeas y japonesa mediante el Plan Marshall, fue sobre todo debido a la necesidad de anexionar estos países en su área de influencia imperialista, impidiéndoles así la tentación de caer en brazos del bloque rival. Así pues el “boom” económico más importante del siglo xx fue en realidad el resultado de la pugna interimperialista.
14. En su etapa de decadencia, las contradicciones económicas del capitalismo le empujan a la guerra, pero ésta no resuelve tales contradicciones, sino que más bien las agudiza. En todo caso hoy no cabe ya hablar de un ciclo crisis-guerra-reconstrucción y sí, en cambio, de cómo la crisis actual, dada la incapacidad del capitalismo para darle salida a través de una Guerra mundial, constituye el factor primordial de la descomposición del sistema, es decir de su marcha hacia la autodestrucción.
15. Muchas de las críticas que se hacen a la afirmación de que el capitalismo es hoy un sistema decadente, parten de que este análisis supondría una visión fatalista, ya que tanto un hundimiento automático del sistema como su destrucción espontánea por parte del proletariado, haría innecesaria la intervención de un partido revolucionario. Por supuesto que la burguesía ha demostrado ya sobradamente que no va a permitir que su economía se hunda sin más. Sin embargo, abandonado a su propia suerte, el capitalismo sí se encamina a una devastación completa a través de guerras y otros tantos desastres. En ese sentido puede afirmarse que está “condenado” a desaparecer. No existe, en cambio, certeza alguna de que la respuesta del proletariado esté a la altura de ese reto. No hay “fatalidad” alguna predestinada en el libro de la historia. Como Rosa Luxemburg escribió en el capítulo introductorio del Folleto de Junius:
“El socialismo es el primer movimiento popular en la historia que se impone como objetivo y que tiene como mandato histórico dar a la acción social de los hombres un sentido consciente, introducir en la historia un pensamiento metódico y, consecuentemente una voluntad libre. He aquí por que Federico Engels decía que la victoria definitiva del proletariado socialista supone un salto para la humanidad del reino animal al reino de la libertad. Pero este “salto” se inscribe igualmente en las leyes inalterables de la historia, sucediendo a los miles de escalones precedentes de una evolución lenta y tortuosa. Pero jamás se logrará si, del conjunto de premisas materiales acumuladas por la evolución, no surge la chispa de la voluntad consciente de la gran masa popular. La victoria del socialismo no caerá del cielo como una bendición del destino. Sólo se ganará a través de una larga serie de enfrentamientos entre las viejas y las nuevas fuerzas, y en el transcurso de esos enfrentamientos el proletariado internacional realizará su aprendizaje bajo la dirección de la socialdemocracia, intentará tener en sus manos su propio destino y adueñarse del timón de la vida de la sociedad, para dejar de ser el juguete pasivo de la historia e intentar convertirse en su guía consciente.”
El comunismo es pues la primera sociedad en la que la humanidad tendrá el dominio consciente de su capacidad productiva. Y dado que en la lucha proletaria los objetivos y los medios no pueden estar en contradicción, el movimiento hacia el comunismo ha de ser “el movimiento consciente de la inmensa mayoría” (Manifiesto comunista), es decir que la profundización y la extensión de la conciencia de clase representan la medida indispensable del progreso hacia la revolución y la superación definitiva del capitalismo. Ese proceso es, necesariamente, difícil, desigual y heterogéneo porque emana de una clase explotada que carece de todo poder económico en la vieja sociedad, y que se ve sometida constantemente a la dominación y a las manipulaciones ideológicas de la clase dominante. Carece por tanto de cualquier tipo de garantía a priori. Todo lo contrario, pues es perfectamente posible que el proletariado, ante la inmensidad sin precedentes de su tarea histórica, no logre estar a la altura de su responsabilidad histórica, con las terribles consecuencias que eso supondría para la humanidad.
La lucha de clases
16. El nivel más alto hasta ahora alcanzado por la conciencia de clase ha sido la insurrección de Octubre de 1917. Aunque la historiografía burguesa así como sus pálidos reflejos anarquistas y otras ideologías de la misma ralea, han tratado de negarlo diciendo que Octubre de 1917 fue en realidad un golpe de Estado perpetrado por unos bolcheviques ávidos de poder, lo cierto es que Octubre significó que el proletariado se daba cuenta de que la humanidad no tenía más alternativa que hacer la revolución en todos los países. Pero esta comprensión no arraigó con la necesaria profundidad ni se extendió lo suficiente en el conjunto de la clase obrera. Por ello fracasó la oleada revolucionaria, ya que el resto de los trabajadores del mundo, y sobre todo los de Europa, fueron incapaces de desarrollar una comprensión política global que les habría permitido responder conforme a lo que requería el nuevo período de guerras y revoluciones abierto en 1914. Este fracaso trajo como consecuencia, a partir de finales de los años 20, el advenimiento del retroceso más largo y más profundo que el proletariado haya conocido jamás. Este retroceso no se plasmó tanto en la combatividad de los trabajadores –de hecho durante las décadas de 1930 y 1940 aparecieron puntualmente explosiones de combatividad de clase–, sino sobre todo en lo tocante a la conciencia, ya que, políticamente, la clase obrera se adhirió activamente a los programas antifascistas de la burguesía, como fue el caso en España en 1936-39 y en Francia en 1936, o a los de defensa de la democracia y de la “patria” estalinista durante la Segunda Guerra mundial. Este profundo retroceso en su conciencia también pudo apreciarse en la práctica desaparición de las minorías revolucionarias en los años 1950.
17. Pero de nuevo el resurgimiento histórico de las luchas en 1968 volvió a plantear la perspectiva, a largo plazo, de la revolución proletaria, aunque esto no fue algo explícito y consciente más que para una minoría de la clase que originó un renacimiento del movimiento revolucionario a escala internacional. Las oleadas de luchas obreras entre 1968 y 1989 mostraron avances importantes en el terreno de la conciencia, pero tendían a situarse en el terreno de las luchas inmediatas sobre aspectos tales como la extensión y la organización de las luchas, etc. Su punto más débil fue, sin duda, la falta de profundización política, lo que frecuentemente se reflejaba en un rechazo a la política, consecuencia sobre todo de la contrarrevolución estalinista. Pero es que, en el terreno político, la burguesía demostró una sobrada capacidad para maniobrar y confundir a los trabajadores. En un primer momento a través de las ilusiones en el “cambio” encarnado por la llegada al poder de los gobiernos de izquierda en los años 70. Posteriormente, en los años 1980, jugando la baza de que esos mismos partidos de izquierda sabotearan desde dentro las propias luchas. Si bien puede decirse que esas oleadas de luchas consiguieron impedir la marcha a una nueva guerra mundial, también es verdad que su incapacidad para lograr una dimensión histórica y política ha supuesto la entrada de la sociedad en la fase de su descomposición.
El acontecimiento histórico con el que se inaugura esta nueva etapa, o sea el hundimiento del bloque del Este, constituyó tanto una consecuencia como un factor agravante de la propia descomposición. Las convulsiones que se vivieron a finales de los años 1980 fueron por un lado consecuencia de las dificultades políticas del proletariado pero también – puesto que dieron lugar a una incesante matraca propagandística sobre la muerte del comunismo y de la lucha de clases– han sido claves para ocasionar el severo retroceso experimentado por la conciencia en la clase, hasta el extremo de hacer que los trabajadores pierdan de vista su fundamental identidad de clase. Eso ha permitido que la burguesía pueda pues alardear de haber vencido a la clase obrera, sin que ésta, hasta el momento presente, haya sido capaz de evidenciar la fuerza suficiente con la que desmentir esta afirmación.
18. Pero a pesar de todas estas dificultades, este período de retroceso no ha significado, ni mucho menos, el “fin de la lucha de clases”. Incluso en los años 1990 hemos visto algunos movimientos (como los de 1992 y de 1997) que ponían de manifiesto que la clase obrera conservaba aún intactas reservas de combatividad. Ninguno de esos movimientos supuso, no obstante, un verdadero cambio en cuanto a la conciencia en la clase. De ahí la importancia de los movimientos que han aparecido más recientemente, que aún careciendo de la espectacularidad y notoriedad de los ocurridos por ejemplo en Francia en Mayo de 1968, sí representan, en cambio, un giro en la relación de fuerzas entre las clases. Las luchas de 2003-2005 se han caracterizado por que:
– implican a sectores muy significativos de la clase obrera de los países del centro del capitalismo (por ejemplo en Francia en 2003);
– manifiestan una mayor preocupación por problemas más explícitamente políticos. En particular los ataques a las pensiones de jubilación plantean la cuestión del futuro que la sociedad capitalista puede depararnos a todos;
– Alemania reaparece como foco central de las luchas obreras, lo que no sucedía desde la oleada revolucionaria de 1917-23;
– la cuestión de la solidaridad de clase se plantea de una forma mucho más amplia y más explícita de lo que se planteó en los años 1980, como hemos visto, sobre todo, en los movimientos más recientes en Alemania;
– se ven acompañadas del surgimiento de una nueva generación de elementos que tratan de encontrar claridad política. Esta nueva generación se expresa tanto en una nueva afluencia de elementos netamente politizados, como en nuevas capas de trabajadores que, por vez primera, se incorporan a las luchas. Como se ha podido comprobar en algunas de las manifestaciones más importantes, se están forjando las bases de una unidad entre esta nueva generación y la llamada “generación de 1968” en la que se incluyen tanto la minoría política que reconstruyó el movimiento comunista en los años 1960 y 1970, como sectores más amplios de trabajadores que vivieron la rica experiencia de luchas de la clase obrera entre 1968 y 1989.
19. Contradiciendo la percepción característica del empirismo que no ve más allá del aspecto superficial y que permanece ciega ante las tendencias subyacentes más profundas, lo cierto es que la maduración subterránea de la conciencia no quedó eliminada por el retroceso general de la conciencia en la clase tras 1989. Una de las características de ese proceso subterráneo es que, en sus inicios, se manifiesta sólo a través de una minoría, pero la ampliación de esa minoría expresa el avance y el desarrollo de un fenómeno más amplio en el seno de la clase obrera. Después de 1989 ya apareció una pequeña minoría de elementos politizados que se planteaban cuestiones respecto a las campañas de la burguesía sobre la “muerte del comunismo”. Esta pequeña minoría se ha visto hoy reforzada por una nueva generación que manifiesta abiertamente su inquietud ante la orientación global que va tomando la sociedad burguesa. El significado de este hecho es, en un plano más general, que el proletariado no está derrotado y que sigue estando vigente el curso histórico hacia masivos enfrentamientos de clase que se abrió en 1968. Pero, más concretamente, el “giro” del que antes hablábamos, conjugado con el surgimiento de una nueva generación de elementos que tratan de buscar clarificarse; evidencia que hoy la clase obrera se encuentra en los primeros momentos de un nuevo intento de asalto contra el capitalismo, tras el fracaso de la tentativa de 1968-89.
En el día a día, la clase obrera debe hacer frente a la tarea, aparentemente elemental, de reafirmar su identidad de clase. Pero no olvidemos que, tras esta cuestión, lo que se juega es la perspectiva de una imbricación mucho más estrecha entre la lucha inmediata y la lucha política. Lo que se plantean las luchas en el período de la descomposición puede parecer quizás más “abstracto”, cuando en realidad se trata de cuestiones más globales como son la necesidad de la solidaridad de clase frente a la atomización que reina en el ambiente, el desmantelamiento del Estado del bienestar, la omnipresencia de la guerra, la amenaza que se cierne sobre el medio ambiente del planeta. En definitiva la cuestión del porvenir que puede depararnos esta sociedad y, por tanto, la de una sociedad diferente.
20. En ese proceso de politización hay dos aspectos que hasta ahora han tendido más a inhibir la lucha de clase, pero que están llamados a jugar un papel cada vez más estimulante de los movimientos del futuro. Nos referimos al desempleo masivo y a la cuestión de la guerra.
En las luchas de los años 80, cuando ya el desempleo masivo se hacía cada vez más evidente, ni la lucha de los trabajadores en activo contra los despidos, ni la resistencia de los parados en la calle, alcanzaron niveles significativos. No vimos, desde luego un movimiento de los parados comparable al de los años 1930 en Estados Unidos aún cuando entonces la clase obrera vivía un período de profunda derrota. Durante las recesiones de los 80, los desempleados se vieron confrontados a una terrible atomización, sobre todo la joven generación de proletarios que carecía por completo de experiencia en el trabajo y en el combate colectivos. Pero es que cuando los trabajadores en activo llevaron a cabo grandes luchas contra los despidos (como en el caso de los mineros en Gran Bretaña), el fracaso de tales movilizaciones fue además utilizado por la clase dominante para acentuar los sentimientos de pasividad y de desesperanza. Aún hace poco hemos visto este tipo de reacciones, por ejemplo ante la quiebra de la empresa automovilística Rover en Gran Bretaña, donde la única “alternativa” que se presentaba a los trabajadores era la elección de los nuevos patrones que debían hacerse cargo de la empresa. Sin embargo, teniendo en cuenta la reducción del margen de maniobra de la burguesía, y su creciente dificultad para dar subsidios a los parados, la cuestión del desempleo está destinada a convertirse en un potente factor subversivo, favoreciendo la solidaridad de activos y parados, e impulsando en el conjunto de la clase obrera una reflexión más profunda y más activa sobre la quiebra del sistema.
Otro tanto puede decirse en lo concerniente a la guerra. A comienzos de los años 1990, las primeras guerras de la etapa de la descomposición capitalista (la guerra del Golfo, las guerras balcánicas) tendieron sobre todo a reforzar los sentimientos de impotencia inspirados por las campañas sobre el hundimiento del bloque del Este, en un momento en que las coartadas de la “intervención humanitaria” en África o en los Balcanes gozaban aún de una cierta credibilidad. Pero después de 2001, y la “guerra contra el terrorismo”, la naturaleza engañosa e hipócrita de las justificaciones de la burguesía para la guerra se han hecho, en cambio, cada vez más evidentes, por mucho que el despliegue de enormes movilizaciones pacifistas haya contribuido en gran medida a diluir el cuestionamiento político que tales guerras habían suscitado. Las guerras de hoy tienen además un impacto cada vez más directo sobre la clase obrera, aunque éste se limite especialmente a los países que se ven directamente implicados en tales conflictos. En Estados Unidos, por ejemplo, esto puede apreciarse en que cada vez son más las familias que cuentan entre sus miembros, a proletarios de uniforme muertos o heridos; pero, sobre todo, en el coste económico exorbitante de las aventuras militares que crece proporcionalmente a la disminución del salario social. Y puesto que las tendencias militaristas del capitalismo tienden a desarrollarse en una espiral en continuo aumento, que cada vez escapa más al control de la propia clase dominante, puede deducirse que los problemas de la guerra y su relación con la crisis van a conducir también a una reflexión, mucho más profunda y más amplia, sobre lo que está en juego hoy en la historia.
21. Paradójicamente, sin embargo, la inmensidad de estas cuestiones es una de las principales causas de que la reanudación de las luchas a la que hoy asistimos, parezca mucho más limitada y menos espectacular, en comparación con los movimientos que marcaron la reaparición del proletariado a finales de los años 1960. Frente a problemas tan vastos como son la crisis económica mundial, la destrucción del medio ambiente o la espiral del militarismo, las luchas defensivas cotidianas pueden parecer ineficaces e impotentes. Hasta cierto punto este sentimiento refleja una verdadera comprensión de que no existe solución posible a las contradicciones que acosan al capitalismo. También hemos de ver que, mientras en los años 1970 la burguesía disponía aún de un arsenal de mistificaciones que supuestamente iban a mejorar nuestra existencia, los esfuerzos que la burguesía hace hoy por convencernos de que vivimos en una época de crecimiento y de prosperidad nunca antes vista, recuerdan más bien el empeño del hombre agonizante que se niega a admitir la cercanía de su defunción. Si la decadencia del capitalismo es la época de las revoluciones sociales es, precisamente, porque las luchas de los explotados no pueden conducirles ya a mejora alguna de sus condiciones de vida. Que las luchas pasen del nivel defensivo al ofensivo será desde luego una tarea muy difícil, pero la clase obrera no tendrá más opción que franquear este paso tan sumamente arduo, que la intimida. Como todos los saltos cualitativos habrá de estar precedido por multitud de pequeños pasos, desde huelgas por el pan, hasta la formación de pequeños grupos de discusión en el mundo entero.
22. Ante la perspectiva de la politización de la lucha, las organizaciones revolucionarias tienen un papel único e irremplazable. Sin embargo, la conjunción de los efectos cada vez mayores de la descomposición, con debilidades teóricas y organizativas que vienen de lejos y el oportunismo en la mayoría de las organizaciones políticas proletarias, hacen ver la incapacidad de la mayor parte de esos grupos para poder responder a las exigencias de la historia. El exponente más claro de esto es la dinámica negativa en la que, desde hace algún tiempo, se ve atrapado el BIPR (Buró internacional por el partido revolucionario); no sólo por su total incapacidad para comprender la nueva fase de la descomposición, conjugada además con su abandono de un concepto teórico clave como es el de la decadencia del capitalismo; sino, y esto es aún más desastroso, por su desprecio de los más elementales principios de solidaridad y de comportamiento proletarios, que pone de manifiesto con sus flirteos con el parasitismo y el aventurerismo. Esta regresión resulta más grave si se tiene en cuenta que hoy existen las premisas de la construcción del partido comunista mundial. Al mismo tiempo, el hecho de que los grupos del medio político proletario se descalifiquen ellos mismos en el proceso que lleva a la formación del partido de clase acentúa aún más el papel crucial que la CCI debe ocupar en ese proceso. Cada vez se ve más claro que el futuro partido no será el resultado de una suma “democrática” de los diferentes grupos del medio, sino que la CCI constituye ya el esqueleto del futuro partido. Pero para que el partido tome cuerpo la CCI debe demostrar que está a la altura de la tarea que el desarrollo de la lucha de clases y la emergencia de la nueva generación de elementos en búsqueda le impone.
La revolución de 1905 se produjo cuando el capitalismo empezaba a entrar en su período de declive. La clase obrera se vio entonces ante la necesidad no de luchar por reformas en el seno del capitalismo sino de llevar a cabo una lucha contra el capitalismo para derribarlo, una lucha, pues, en la que más que concesiones en el plano económico, lo central era la cuestión del poder.
El proletariado respondió ante este reto creando las armas de su combate político: la huelga de masas y los soviets.
En la primera parte de este artículo (Revista internacional n°120), veíamos cómo se desarrolló la revolución a partir de una petición al Zar en enero de 1905 hasta llegar a poner en entredicho abiertamente el poder político de la clase dominante. Mostrábamos que se trató de una revolución proletaria que confirmó la naturaleza revolucionaria de la clase obrera y que fue a la vez una expresión y un catalizador en el desarrollo de la toma de conciencia de la clase revolucionaria. Demostramos que la huelga de masas de 1905 no tuvo nada que ver con la visión confusa que de ella tenía la corriente anarcosindicalista que se estaba desarrollando en aquella misma época (ver los artículos en los nos 119 y 120 de la Revista internacional), una visión que consideraba la huelga de masas como un medio de transformación económica inmediata del capitalismo.
Rosa Luxemburg dejó claro que la huelga de masas unía la lucha económica de la clase obrera a la política y, de este modo, marcaba un desarrollo cualitativo en la lucha de clases, aunque en aquel entonces era imposible comprender plenamente las consecuencias del cambio histórico en el modo de producción capitalista:
“En Rusia, la población laboriosa y a la cabeza de ésta, el proletariado, llevan adelante la lucha revolucionaria sirviéndose de la huelga de masas como del arma más eficaz para conquistar precisamente esos mismos derechos y condiciones políticas cuya necesidad e importancia en la lucha por la emancipación de la clase obrera fueron demostradas por Marx y Engels, quienes las defendieron con todas sus fuerzas en el seno de la internacional, oponiéndose al anarquismo. De este modo, la dialéctica de la historia, la roca sobre la cual reposa toda la doctrina del socialismo marxista, tuvo por resultado que el anarquismo ligado indisolublemente a la idea de la huelga de masas haya entrado en contradicción con la práctica de la propia huelga de masas. Y esta última a su vez, combatida en otra época como contraria a la acción política del proletariado, aparece hoy como el arma más poderosa de la lucha política por la conquista de los derechos políticos” (1).
Los soviets fueron también la expresión de un cambio cualitativo importante en el modo de organización de la clase obrera. De igual modo que la huelga de masas, los soviets no fueron un fenómeno específicamente ruso. Trotski, como Rosa Luxemburg, puso de relieve ese cambio cualitativo, aunque tampoco él, como Luxemburg, no dispusiera de los medios para captar plenamente lo que significaban:
“El soviet organizaba a las masas obreras, dirigía huelgas y manifestaciones, armaba los obreros y protegía a la población contra los pogromos. Sin embargo, hubo otras organizaciones revolucionarias que hicieron lo mismo antes, al mismo tiempo y después de él, y nunca tuvieron la misma importancia. El secreto de esta importancia radica en que esta asamblea surgió orgánicamente del proletariado durante la lucha directa, determinada en cierto modo por los acontecimientos, que libró al mundo obrero “por la conquista del poder”. Si los proletarios, por su parte, y la prensa reaccionaria por la suya dieron al soviet el título de “gobierno proletario” fue porque, de hecho, esta organización no era otra cosa que el embrión de un gobierno revolucionario. El soviet detentaba el poder en la medida en que la potencia revolucionaria de los barrios obreros se lo garantizaba; luchaba directamente por la conquista del poder, en la medida que éste permanecía aún en manos de una monarquía militar y policiaca.
“Antes de la aparición del soviet encontramos entre los obreros de la industria numerosas organizaciones revolucionarias, dirigidas sobre todo por la socialdemocracia. Pero eran formaciones “dentro del proletariado”, y su fin inmediato era luchar “por adquirir influencia sobre las masas”. El soviet, por el contrario, se transformó inmediatamente en “la organización misma del proletariado”; su fin era luchar por “la conquista del poder revolucionario”.
“Al ser el punto de concentración de todas las fuerzas revolucionarias del país, el soviet no se disolvía en la democracia revolucionaria; era y continuaba siendo la expresión organizada de la voluntad de clase del proletariado” (2).
El significado verdadero a la vez de la huelga de masas y de los soviets sólo podían percibirse a la luz de un contexto histórico correcto, comprendiendo cómo y por qué los cambios de las condiciones objetivas del capitalismo determinaban las tareas y los medios de acción tanto de la burguesía como del proletariado.
En la última década del siglo xix, el capitalismo entró en un período de cambio histórico. El dinamismo que le había permitido extenderse a través del planeta seguía vivo gracias a la promoción económica de países como Japón y Rusia, pero ya habían empezado a aparecer en diferentes partes del mundo crecientes tensiones y desequilibrios en la sociedad.
El mecanismo de alternancia regular entre crisis y bonanza económica analizado por Marx a medidos del siglo xix, había empezado a alterarse con crisis más largas y profundas (3). Tras bastantes años de paz relativa, al final del siglo xix y principio del xx aparecieron tensiones crecientes entre los imperialismos rivales, pues la lucha por los mercados y las materias primas sólo empezaba a poder llevarse a cabo expulsando una potencia a la otra. Esto quedó ilustrado con los “empujones por África” (“Scramble for Africa”) cuando, en el plazo de 20 años, un continente entero se encontró repartido entre potencias coloniales y sometido a la explotación más brutal que se haya visto jamás. Los “empujones por África” llevaron a choques diplomáticos frecuentes y a enfrentamientos militares, como los incidentes de Fachoda en 1898, tras los cuales el imperialismo inglés obligó a su rival francés a cederle el Alto Nilo.
Durante ese mismo período, la clase obrera se había lanzado a una serie de huelgas cada vez más intensa y extensa. En Alemania, por ejemplo, la cantidad de huelgas pasó de 483 en 1896 a 1468 en 1900, volviendo a caer a 1144 y 1190 en 1903 y 1904 respectivamente (4). En Rusia en 1898 y en Bélgica en 1902, se desarrollaron huelgas de masas, signos anticipadores de las de 1905. El desarrollo del sindicalismo revolucionario y del anarcosindicalismo fue, en parte, una consecuencia de esa creciente combatividad. El desarrollo de estas formas de lucha se debía al oportunismo cada vez mayor de muchos sectores del movimiento obrero, como lo hemos expuesto en la serie de artículos que hemos empezado a escribir sobre ese tema (5).
Así, para cada una de las dos clases principales, el período era el de un inmenso cambio en el cual los nuevos planteamientos exigían nuevas respuestas cualitativamente diferentes. Para la burguesía, era el final de un período de expansión colonial y el principio de un período de rivalidades imperialistas cada vez más agudas que iba a llevar a la guerra mundial en 1914. Para la clase obrera, ese cambio significaba el fin de una época en la que las reformas podían ser conquistadas en un marco legal o semilegal establecido por la clase dominante, y el principio de otra época en la que sus intereses no podían defenderse si no era cuestionando el Estado burgués. Esta situación acabaría desembocando en última instancia en la lucha por el poder en 1917 y la oleada revolucionaria que le siguió. 1905 fue el “ensayo general” de ese enfrentamiento con lecciones válidas para aquella época pero válidas siempre hoy para quienes quieren verlas.
Rusia no era una excepción en esa tendencia general, pero las características del desarrollo de la sociedad rusa debían llevar al proletariado a enfrentarse, más rápida y profundamente, a algunas consecuencias del nuevo período que se iniciaba.
Aunque más lejos consideraremos los aspectos peculiares de Rusia, es necesario primero dejar claro que la causa subyacente de la revolución eran las condiciones que afectaban a la clase obrera como un todo, como así lo subrayó Rosa Luxemburg:
“De igual modo hay mucha exageración en la idea que nos hacíamos de la miseria del Imperio zarista antes de la revolución. La categoría de obrero que es actualmente la más activa y ardiente, tanto en la lucha económica como en la política, la de los trabajadores de la gran industria de las grandes ciudades, tenía un nivel de vida apenas inferior al de las categorías correspondientes del proletariado alemán; en cierto número de oficios encontramos salarios iguales e incluso superiores a los existentes en Alemania. Del mismo modo, en lo que respecta a la duración del trabajo, la diferencia entre las grandes empresas industriales de los dos países es insignificante. La idea de un pretendido ilotismo material y cultural de la clase obrera rusa no reposa sobre nada sólido. Si se reflexiona un poco es refutada por el hecho mismo de la revolución y el papel eminente que en ella desempeñó el proletariado. Los obreros de la gran industria de San Petesburgo, de Varsovia, de Moscú y de Odesa que encabezaban el combate, están mucha más próximos del tipo occidental en el plano cultural e intelectual de lo que se imaginan los que consideran al parlamentarismo burgués y a la práctica sindical regular como la única e indispensable escuela del proletariado. El desarrollo industrial moderno de Rusia y la influencia de quince años de socialdemocracia dirigiendo y animando la lucha económica han logrado, incluso en ausencia de garantía exteriores del orden legal burgués, un trabajo civilizador importante” (6).
Es cierto que el desarrollo del capitalismo en Rusia se basaba en una explotación feroz de los obreros, con unas jornadas de trabajo largas y unas condiciones que recordaban las del siglo anterior en Inglaterra, pero las luchas obreras se desarrollaron rápidamente a finales del xix y principios del xx.
Ese desarrollo podía observarse en particular, en las factorías Putilov de San Petersburgo, donde se fabricaban armas y navíos. Las factorías empleaban a miles de obreros y en ellas podía producirse a una escala capaz de hacer la competencia a sus rivales más desarrolladas del extranjero.
Los obreros de esas factorías crearon una tradición de combatividad. Fueron un elemento central en las luchas revolucionarias del proletariado ruso tanto en 1905 como en 1917. Las factorías Putilov sobresalían por su tamaño, pero era ya una ilustración de la tendencia general en Rusia al desarrollo de grandes fábricas.
Entre 1863 et 1891, la cantidad de fábricas en la Rusia europea pasó de 11 810 a 16 770, o sea 42 % de aumento, y el número de obreros de 357 800 a 738 100, o sea 106 % de incremento (7). En regiones como la de San Petersburgo, disminuía el número de fábricas, mientras que el de obreros se incrementaba, lo cual indica una tendencia mayor todavía a la concentración de la producción y, por lo tanto, del proletariado (8).
La situación de los ferroviarios en Rusia confirma el argumento de Rosa Luxemburg sobre la situación de los sectores más avanzados de la clase obrera rusa. En lo material, hubo adquisiciones significativas: entre 1885 y 1895, los salarios reales en los ferrocarriles se incrementaron en 18% de media, aunque esta media oculta grandes disparidades entre diferentes puestos de trabajo y regiones del país.
En el plano de la cultura proletaria, una tradición de lucha remontaba a los años 1840-1850, cuando los siervos fueron movilizados para construir los ferrocarriles. Pero fue en el último cuarto de siglo cuando los ferroviarios llegaron a ser la fracción central del proletariado urbano con una experiencia significativa de la lucha: entre 1875 y 1884, hubo 29 “incidentes” y en la década siguiente, 33.
Cuando, después de 1895, empezaron a degradarse las condiciones de trabajo, los ferroviarios reaccionaron:
“... entre 1895 y 1904 el número de huelgas ferroviarias fue tres veces superior al de los dos decenios precedentes juntos... Las huelgas de finales de los años 1890 eran más determinadas y menos defensivas... Tras 1900, los trabajadores respondieron al inicio de la crisis económica con una resistencia y una combatividad crecientes y los metalúrgicos de los ferrocarriles actuaban con frecuencia de manera concertada con los obreros de la industria privada; los agitadores políticos, la mayoría socialdemocratas, tenían una influencia significativa” (9).
En la revolución de 1905, los ferroviarios iban a desempeñar un papel de primer plano, poniendo su habilidad y experiencia al servicio de toda la clase obrera, impulsando la extensión de la lucha y el paso de la huelga a la insurrección. No fue una lucha de pordioseros que el hambre lleva a amotinarse ni una lucha de campesinos vestidos de obreros, sino la de una parte vital y dotada de una elevada conciencia de clase del proletariado internacional. Fue en esas condiciones, en ese contexto común a la clase obrera internacional, en el que tuvieron un fuerte impacto los aspectos particulares de la situación en Rusia, la guerra con Japón en el extremo oriente y la represión política en el interior.
La guerra entre Rusia y Japón de 1904-1905 fue una consecuencia de las rivalidades imperialistas entre esas dos nuevas potencias capitalistas de finales del siglo xix. El enfrentamiento se fue perfilando en los años 1890 en torno a la cuestión de sus influencias respectivas en China y Corea. A principios de la década de 1890 se iniciaron las obras del Transiberiano, línea que debía permitir a Rusia penetrar en Manchuria, a la vez que Japón desarrollaba intereses económicos en Corea. Las tensiones se fueron incrementando durante esa década pues Rusia obligó a Japón a retirarse de una serie de posiciones que tenía en el continente; y llegaron a su punto álgido cuando Rusia empezó a desarrollar sus propios intereses en Corea.
Japón propuso que se pusieran de acuerdo los dos para respetar cada cual la esfera de influencia del otro. Al no responder Rusia, Japón lanzó un ataque sorpresa sobre Port Arthur en enero de 1904.
La enorme disparidad entre las fuerzas militares de ambos protagonistas hacía prever el resultado de la guerra como algo ya resuelto de antemano. Al principio, su declaración fue saludada en Rusia por una explosión de fervor patriótico y la denuncia de esos “insolentes mongoles” en manifestaciones estudiantiles de apoyo a la guerra.
No hubo victoria rápida ni mucho menos. El Transiberiano no estaba terminado de modo que las tropas no podían ser trasladadas rápidamente al frente; el ejército ruso tuvo que retroceder; en mayo, la guarnición quedó aislada y la flota rusa mandada para relevarla fue destruida; y el 20 diciembre, tras un asedio de 156 días, caía Port Arthur.
En lo que a medios militares se refiere, no había precedentes para aquella guerra. Se enviaron millones de soldados al frente, en Rusia fueron llamados 1 200 000 reservistas; la industria se puso al servicio de la guerra, lo que desembocó en penurias y una agravación de la crisis económica. En la batalla de Mukdon en marzo de 1904, combatieron 600 000 hombres durante dos semanas, dejando 160 000 muertos.
Fue hasta entonces la mayor batalla de la historia y un signo anunciador de lo que iba a ser 1914. La caída de Port Arthur significó para Rusia la pérdida de su flota del pacífico y la humillación de la autocracia. Lenin extrajo de esos acontecimientos grandes lecciones:
“Pero aún es mayor la importancia que la catástrofe militar sufrida por la autocracia reviste como síntoma del derrumbe de todo nuestro sistema político. Los tiempos en que las guerras eran libradas por mercenarios o por representantes de una casta semiaislada del pueblo, han pasado para no volver (...) La guerras las libran ahora los pueblos, y esto hace que hoy se destaque con claridad una de las grandes cualidades de la guerra, a saber: la que pone de manifiesto de modo tangible, ante los ojos de decenas de miles de personas, la discordia existente en el pueblo y el gobierno, que hasta hoy sólo era evidente para una pequeña minoría consciente. La crítica que todos los rusos progresistas, la socialdemocracia y el proletariado de Rusia formulaban contra la autocracia se ve confirmada ahora por la critica de las armas japonesas, hasta el punto de que la imposibilidad de seguir viviendo bajo la autocracia la sienten ahora, cada vez más, inclusive quienes no saben lo que la autocracia significa, inclusive quienes, aún sabiéndolo, desearían con toda su alma mantener en pie el régimen autocrático. La incompatibilidad de la autocracia con los intereses de todo el desarrollo social, con los intereses de todo el pueblo (excepto un puñado de funcionarios y mangantes) se puso de manifiesto el día en que el pueblo se vio obligado a pagar con su sangre las cuentas del Gobierno autocrático. Su estúpida y criminal aventura colonialista ha metido a la autocracia en un callejón sin salida, del cual el pueblo podrá salir sólo por si mismo, y sólo derrocando al zarismo” (10).
En Polonia, el impacto económico de la guerra fue especialmente devastador: entre 25 y 30 % de los obreros de Varsovia fueron despedidos, para otros los salarios se redujeron hasta la mitad. En mayo de 1904, hubo enfrentamientos entre obreros y policía ayudada ésta por los cosacos. La guerra empezaba a provocar una oposición cada vez más fuerte. Durante el “domingo sangriento”, cuando las tropas empezaron a aplastar a los obreros que habían ido a presentarle una súplica al Zar,
“No en vano los obreros de Petesburgo gritaban a los oficiales –según informan todos los corresponsales extranjeros– que tenían más éxito en su lucha contra el pueblo ruso que contra los japoneses” (11).
Después, se rebelaron sectores del ejército contra la situación que se les imponía, poniéndose del lado de los obreros:
“La moral de los soldados se ha debilitado mucho con la derrota en Oriente y la incapacidad notoria de sus dirigentes. Después el descontento creció ante la resistencia del Gobierno a mantener su promesa de una rápida desmovilización. El resultado fueron motines en muchos regimientos y, en ciertos momentos, batallas campales. Los informes de tales desordenes veían de los sitios más recónditos como Grodno y Samara, Rostov y Kursk, desde Rembertow hasta Varsovia, de Riga a Letonia y Viborg en Finlandia, de Vladivostok a Irkutsk.
En otoño el movimiento revolucionario en la marina se había hecho más fuerte y, como consecuencia, se produjo un motín en Octubre en la base naval de Cronstadt, en el Báltico; motín que con el que se acabó empleando la fuerza.
Aún le siguió otro motín en la flota del Mar Negro, en Sebastopol, que estuvo en cierto momento a punto de controlar toda la ciudad” (12).
En su llamamiento a la clase obrera de mayo de 1905, los bolcheviques plantearon la cuestión de la guerra y de la revolución como un único problema:
“¡Camaradas! En Rusia nos encontramos ahora en vísperas de grandes acontecimientos. Nos lanzamos al furioso combate contra el Gobierno autocrático zarista y tenemos que llevar esta lucha hasta su victorioso desenlace. ¡Véase a qué extremos de desventura ha arrastrado a todo el pueblo ruso este Gobierno de verdugos y tiranos, de cortesanos venales y lacayos del capital! El Gobierno zarista ha arrojado al pueblo ruso a la insensata guerra contra el Japón. Cientos de miles de jóvenes vidas humanas le han sido arrebatadas al pueblo, para sacrificarlas en Extremo Oriente. No hay palabras para expresar todas las calamidades que esta guerra trae consigo. ¿Y por qué se combate? ¡Por la posesión de Manchuria, territorio que nuestro rapaz Gobierno zarista arrebató a China! Se derrama la sangre rusa y se arruina nuestro país en la disputa por un territorio ajeno. Cada vez es más dura la vida del obrero y del campesino, cada vez les aprietan más el dogal al cuello los capitalistas y los funcionarios, y mientras tanto el Gobierno zarista envía al pueblo a expoliar tierras ajenas. Los incapaces generales zaristas y los funcionarios venales han causado la pérdida de la flota rusa, dilapidado cientos de miles de millones del patrimonio del pueblo, sacrificado ejércitos enteros, pero la guerra sigue e inmola nuevas vidas. El pueblo se hunde en la ruina, la industria y el comercio se paralizan, el hambre y el cólera son inminentes, pero el Gobierno autocrático zarista, en su loca ceguera, sigue impertérrito su camino, dispuesto a que Rusia perezca con tal de que se salve el puñado de verdugos y tiranos. Y por si la guerra contra Japón no bastara, desencadenan ahora otra: la guerra contra todo el pueblo ruso” (13).
La guerra también servía para desviar el movimiento creciente contra la política opresiva de la autocracia. Se mencionaban estas palabras de Plehve, ministro del Interior, en diciembre de 1903: “para impedir la revolución necesitamos una pequeña guerra victoriosa” (14).
El poder de la autocracia se había fortalecido tras el asesinato del zar Alejandro II en 1881 por miembros de Voluntad del pueblo, un grupo que había decidido usar el terrorismo contra la autocracia (15).
Se tomaron nuevas “medidas de excepción” para poner fuera de la ley toda acción política, pero fueron en realidad la norma: ““Es cierto que ... entre la promulgación del Estatuto del 14 de Agosto de 1881 y la caída de la dinastía en Marzo de 1917, no hay un solo instante en que las “medidas de excepción” no hayan estado en vigor en alguna parte del país o en su mayor parte” (16).
El “nivel reforzado” de esas medidas permitía a los gobernadores de las regiones concernidas encerrar a las personas durante tres meses sin juicio, prohibir toda conversación privada o pública, clausurar fábricas y almacenes, deportar a individuos. Le “nivel extraordinario” era, en realidad, la ley marcial impuesta en una región, con detenciones arbitrarias, encarcelamientos y multas. El uso de soldados contra las huelgas y las manifestaciones era de lo más corriente y muchos obreros fueron matados en las luchas. La cantidad de obreros encarcelados o en presidios se incrementaba por toda Rusia, al igual que la de exilados hacia los confines extremos del país.
Durante aquel período se incrementó regularmente la proporción de obreros acusados de crímenes contra el Estado. En 1884-90, la cuarta parte de los acusados eran trabajadores manuales; en 1901-1903, eran ya las tres quintas partes. Esto refleja el cambio habido en el movimiento revolucionario, entre un movimiento dominado por los intelectuales a otro compuesto de obreros, como la decía un carcelero con este comentario:
“¿Por qué acuden cada vez más campesinos politizados? Antes eran caballeros, estudiantes y jovencitas, pero ahora son obreros campesinos como nosotros” (17).
Junto a esas formas “légales” de opresión, el Estado ruso empleó otros medios. Por un lado, alentaba el antisemitismo, cerrando los ojos ante los pogromos y las matanzas a la vez que aseguraba una protección del grupo que ejecutaba la labor, la Unión del pueblo ruso, más conocida por los Cien negros, abiertamente apoyada por el Zar. Se denunciaba a los revolucionarios como parte de un complot dirigido por los judíos para tomar el poder. Esta estrategia iba a ser utilizada contra los revolucionarios de 1905 y para castigar a los obreros y los campesinos.
Por un lado, el Estado intentaba apaciguar a la clase obrera creando una serie de “sindicatos policíacos” dirigidos por el coronel Zubatov. La labor de esos sindicatos consistía en atajar el ardor revolucionario de la clase obrera manteniéndolo dentro de las reivindicaciones económicas inmediatas, pero los obreros de Rusia empujaron esos límites al máximo y después, en 1905, acabaron saltándoselos. Lenin estimaba que la situación política en Rusia “... “incita” vivamente a los obreros que están llevando a cabo la lucha económica a ocuparse de cuestiones políticas” (18), y defendía que la clase obrera podía utilizar esos sindicatos si los revolucionarios sabían poner en evidencia las trampas que tendía la clase dominante.
“En ese sentido podemos y debemos decir a los Zubátov y a los Ozerov: ¡Trabajen ustedes, señores, trabajen!. Por cuanto tienden ustedes una celada a los obreros... nosotros ya nos encargaremos de desenmascararles. Por cuanto dan ustedes un paso efectivo hacia delante –aunque sea en forma del más “tímido zigzag” pero un paso hacia delante– les diremos: ¡Sigan, sigan!. Un paso efectivo hacia delante no puede ser sino una aplicación efectiva, aunque minúscula, del campo de acción de los obreros. Y toda ampliación semejante ha de beneficiarnos y precipitará la aparición de asociaciones legales en las que no sean los provocadores quienes pesquen a los socialistas, sino los socialistas quienes pesquen adeptos” (19).
De hecho, cuando estalló la revolución, primero en 1905 y luego en 1917, no fueron los sindicatos los que salieron reforzados sino que se creó una nueva organización adaptada a la tarea que ante sí tenía el proletariado: los soviets.
Si bien los factores expuestos arriba permiten explicar por qué los acontecimientos de 1905 ocurrieron en Rusia, no por ello son solo significativos del contexto ruso. ¿Qué es lo significativo en 1905? ¿Qué lo define?
Un aspecto llamativo de 1905 fue el desarrollo de la lucha armada en diciembre. Trotski hizo una vehemente reseña de la batalla que hubo en Moscú cuando la clase obrera de la región levantó barricadas para defenderse contra las tropas zaristas mientras la Organización combatiente socialdemócrata estaba llevando a cabo una guerrilla por las calles y las casas:
“El siguiente relato dará una idea de lo que fueron los combate. Avanzaba una compañía de georgianos (20), que contaban con los hombres más intrépidos. Se componía su destacamento de veinticuatro tiradores, avanzando en perfecto orden, de dos en dos. Advertidos por la multitud de que dieciséis dragones, al mando de un oficial venían a su encuentro, la compañía se desplegó empuñando los máuseres y, en cuanto apreció la patrulla, ejecutó unos disparos simultáneos. El oficial cayó herido y los caballos, situados en primera línea, también heridos, se encabritaron. Se apoderó de la tropa una confusión tal, que los soldados fueron incapaces de disparar. Así, la compañía obrera no había hecho más de 100 disparos, mientras los dragones se daban a una fuga desordenada, dejando tras sí algunos heridos y muertos. “Marchaos ahora –decían apresuradamente los espectadores– la artillería estará aquí en un instante”. En efecto no tardó en aparecer y, con sus primeras descargas, comenzaron a caer personas, heridas o muertas, en medio de esa multitud desarmada que no se había imaginado que podría servir de blanco al ejército. Pero los georgianos se preparaban entretanto y volvieron a disparar contra las tropas. La compañía obrera era casi invulnerable, protegida por la simpatía general” (21).
No es sin embargo la lucha armada, por muy valiente que fuera, lo que define 1905. La lucha armada fue evidentemente una expresión de la lucha entre les clases por el poder, pero marcó la fase última, pues surge cuando el proletariado está enfrentado a los contraataques eficaces de la clase dominante. Los obreros, primero, intentaron ganarse a las tropas, pero los enfrentamientos se multiplicaron cada día más, volviéndose más y más sangrientos. La lucha armada fue un intento por defender unas zonas bajo control de la clase obrera y no una tentativa de extender la revolución. Doce años más tarde, cuando los trabajadores volvieron a enfrentarse a los soldados, su éxito fue haberse ganado a partes importantes de los ejércitos y de la marina, lo cual fue una garantía de supervivencia y de avance de la revolución.
Además, los enfrentamientos armados entre la clase obrera y la burguesía tenían ya una larga historia. Los primeros años del movimiento obrero en Inglaterra estuvieron marcados por choques violentos. Por ejemplo, en 1800 y 1801, hubo una oleada de motines contra el hambre, algunos de los cuales parecían haber sido planificados de antemano con documentos impresos llamando a los obreros a reunirse. Un año más tarde hubo informes diciendo que los obreros se estaban entrenando en el manejo de las picas y que había asociaciones secretas que conspiraban por la revolución. Durante la década siguiente, el movimiento “luddiste”, que a sí mismo se nombraba “Ejército de los enderezadores”, se desarrolló como reacción contra el empobrecimiento de miles de tejedores.
Unos años más tarde, los “Chartistas de la Fuerza física”, prepararon planes de insurrección. Las jornadas de junio de 1848 y sobre todo la Comuna de Paris en 1871 vieron cómo estallaba a la luz del día el violento enfrentamiento entre las clases. En Estados Unidos, la explotación feroz que había acompañado la acelerada industrialización del país provocó una violenta oposición, como fue el caso de los Molly Maquires que se habían especializado en el asesinato de patronos y transformaban las huelgas en conflictos armados (22). Lo que caracterizó 1905, no fue el enfrentamiento armado, sino la organización del proletariado con unas bases de clase para alcanzar sus objetivos generales. De ahí un nuevo tipo de organización, los soviets, con nuevos objetivos, y que, necesariamente, debían suplantar a los sindicatos.
En uno de los primeros estudios y más importantes sobre los soviets, Oskar Anweiler afirma que:
“... Será más conforme a la realidad histórica mantener que éstos últimos (los soviets de 1905), al igual que los soviets de 1917, se desarrollaron durante largo tiempo sin deberle nada al partido bolchevique ni a si ideología y que, de entrada, no buscaban para nada conquistar el poder del Estado” (23).
Es una buena evaluación de la primera etapa de los soviets, pero deja de ser verdad para las siguientes cuando se da a entender que la clase obrera se habría contentado con seguir al cura Gapone y seguir rogando al “Padrecito” (el Zar). Entre enero y diciembre de 1905, algo cambió. Comprender qué cambió y cómo es la clave para entender 1905.
En el primer artículo de esta serie, subrayamos el carácter espontáneo de la revolución. Las huelgas de enero, octubre y diciembre, parecían haber surgido de no sé sabe dónde, haber prendido con la lumbre de unos acontecimientos en apariencia insignificantes como lo fue el despido de dos obreros de una fábrica. Las acciones desbordaron incluso a los sindicatos más radicales:
“El 30 de Septiembre, comenzó la agitación en los talleres de las líneas Kursk y Kazán. Estas dos vías estaban preparadas para abrir la campaña del primero de Octubre. El sindicato las retuvo. Fundándose en la experiencia de las huelgas de empalmes de febrero, abril y junio, preparaba la huelga general de los ferrocarriles para el momento de convocatoria de la Duma; en aquel momento, se oponía a toda acción separada. Pero la fermentación no se apaciguaba. El 20 de septiembre se había inaugurado en Petersburgo la Conferencia oficial de los representantes ferroviarios, en relación a las cajas de retiro. La Conferencia tomó sobre sí la ampliación de sus poderes y, con el aplauso de todos los ferroviarios, se transformó en un congreso independiente, sindical y político. De todas partes llegaron felicitaciones al congreso. La agitación crecía. La idea de una huelga general inmediata en los ferrocarriles comenzaba a abrirse paso en el radio de Moscú” (24).
Los soviets se desarrollaron con unas bases que iban más allá de la vocación del sindicato. El primer organismo que puede considerarse como soviet aparece en Ivanovo-Voznesensk en la Rusia central. El 12 de mayo estalla una huelga en una fábrica de la ciudad que era conocida como el Manchester ruso y, en unos cuantos días, se cerraron todas las fábricas y más de 32 000 obreros se pusieron en huelga. Tras una sugestión de un inspector de la fábrica, fueron elegidos delegados para representar a los obreros en las discusiones. La Asamblea de delegados, compuesta por unos 120 obreros, se reunió con regularidad durante las semanas siguientes. Su objetivo era conducir la huelga, impedir acciones y negociaciones separadas, asegurar el orden y organizar las acciones obreras y que el trabajo solo cesara tras una orden suya. El soviet emitió una gran cantidad de reivindicaciones, a la vez económicas y políticas, incluida la jornada de 8 horas, un salario mínimo más elevado, que se pagaran los días de baja por enfermedad o maternidad, libertad de reunión y de palabra. Creó después una milicia obrera para proteger a la clase de los ataques de los Cien Negros, impedir los enfrentamientos entre los huelguistas y los que todavía seguían trabajando, mantener el contacto con los obreros de las zonas más alejadas.
Las autoridades cedieron ante la fuerza organizada de la clase obrera pero empezaron a reaccionar hacia finales de mes prohibiendo la milicia. Una asamblea masiva a principios de junio fue atacada por los Cosacos, que mataron a varios obreros y detuvieron a otros. La situación se fue degradando más al final del mes: hubo motines y otros enfrenamientos con los Cosacos. Se lanzó una nueva huelga en julio, implicando a 10 000 obreros, pero fue derrotada al cabo de tres meses con la única conquista aparente de la reducción de la jornada de trabajo.
En ese primer esfuerzo podía ya percibirse la naturaleza fundamental de los soviets: unificación de los intereses económicos y políticos de la clase obrera, y al unir a los trabajadores con una base de clase más que corporativa, el soviet tendió a ser cada día más político, lo cual, irremediablemente, llevaba a un enfrentamiento entre el poder establecido de la burguesía y el poder emergente del proletariado. El que la cuestión de la milicia obrera fuera central en la vida del soviet de Ivanovo-Voznesensk no se debió a la amenaza militar inmediata que esa milicia presentaba, sino a que planteaba la cuestión del poder de clase.
Esa tendencia a crear poderes opuestos al oficial por todas partes está presente en todo el relato de Trotski sobre 1905. Eso es lo que se planteó explícitamente en 1917 con la situación de doble poder:
“Si el Estado es la organización de una supremacía de clase y la revolución la sustitución de la clase dominante, el paso del poder de unas manos a otras ha de crear necesariamente antagonismos en la situación del Estado, principalmente bajo la forma de una dualidad de poderes. La relación de fuerzas entre las clases no es un dato matemático que puede calcularse de antemano. Mientras que el viejo régimen ha perdido su equilibrio, una nueva relación de fuerzas sólo puede establecer como resultado de su verificación recíproca en la lucha. Y eso es la revolución” (25).
La situación de doble poder no se alcanzó en 1905, pero la cuestión se planteódesde el principio:
“El soviet, desde el momento en que fue instituido hasta el de su pérdida, permaneció bajo la poderosa presión del elemento revolucionario, el cual, sin perderse en consideraciones vanas, desbordó el trabajo de la inteligencia política.
“Cada uno de los niveles de la representación obrera estaba predeterminado, “la táctica” a seguir se imponía de manera evidente. No había que examinar los métodos de lucha, apenas se contaba con el tiempo de formularlos...” (26).
Esa es la cualidad esencial del soviet y eso es lo que lo distingue de los sindicatos. Los sindicatos son un arma de lucha del proletariado en el capitalismo, los soviets son un arma en su lucha contra el capitalismo, por su derrocamiento. En un principio no se oponen, por el hecho de que ambos surgen de las condiciones objetivas de la lucha de clase de su época y están en continuidad puesto que ambos luchan por los intereses de la clase obrera; pero acaban oponiéndose cuando la forma sindical sigue existiendo después de que su contenido de clase –su papel en la organización de la clase y en el desarrollo de su conciencia– se haya transferido a los soviets. En 1905, esa oposición no apareció todavía; los soviets y los sindicatos podían coexistir y, en cierto modo, reforzarse mutuamente, pero, implícitamente, esa oposición estaba inscrita en la manera con la que los soviets pasaban por encima de los sindicatos.
Les huelgas de masas que se desarrollaron en octubre de 1905 desembocaron en la creación de otros muchos soviets, con el de San Petersburgo a la cabeza. En total se han identificado entre 40 y 50 soviets así como también algunos soviets de soldados y de campesinos. Anweiler insiste en sus variopintos orígenes:
“Su nacimiento se produjo o bien de forma mediatizada, en el marco de organizaciones de viejo tipo –comités de huelga o asambleas de diputados, por ejemplo– o bien de forma inmediata, por iniciativa de las organizaciones locales del partido socialdemocrata, que en este caso tenían una influencia decisiva en el soviet. La linde entre el comité de huelga puro y simple y el consejo de diputados obreros realmente digno de ese nombre con frecuencia era difusa, y sólo en los principales centros de la revolución y de la clase trabajadora como (dejando aparte San Petesburgo) Moscú, Odessa, Novorossiisk y la cuenca del Donetz, los consejos tuvieron una forma organizativa netamente diferente” (27).
Por su novedad, seguían el flujo y el reflujo de la marea revolucionaria:
“La fuerza del soviet residía en el animo revolucionario, la voluntad de combate de las masas, frente a la debilidad del régimen imperial. En esos “días de la libertad”, las masas obreras, exaltadas, respondían con entusiasmo a los llamamiento del órgano que ellos mismos habían elegido; cuando se relaja la tensión y la indolencia y la decepción se abren paso, los soviets pierden su influencia y su autoridad” (28).
Los soviets y la huelga de masas surgieron a partir de las condiciones de existencia objetivas de la clase obrera exactamente como los sindicatos lo habían hecho antes que ellos:
“Los consejos de diputados obreros se formaron respondiendo a una necesidad práctica, suscitada por la coyuntura de entonces: había que tener una organización que gozara de una autoridad indiscutible, libre de toda tradición, que reagrupara de golpe a las masas diseminadas e inconexas; esta organización debía ser una punto donde confluir todas las corrientes revolucionarias dentro del proletariado; debía tener iniciativa y capacidad para controlarse ella misma de forma automática; y lo esencial, en fin, poder crearla en veinticuatro horas” (29).
Por eso es por lo que en el siglo xx, después de 1905, la forma del soviet, como tendencia o como realidad, volvió a aparecer en ciertos momentos cuando la clase obrera estaba en la ofensiva:
“El movimiento en Polonia, por su carácter masivo, por su rapidez, por su extensión por encima de las categorías y regiones, no solo confirma la necesidad sino también la posibilidad de una generalización y autoorganización de la lucha” (30).
“El habitual empleo masivo y sistemático de la mentira por parte de las autoridades, al igual que el control totalitario ejercido por el Estado sobre todos y cada uno de los aspectos de la vida social, empuja a los obreros polacos a llevar la autoognaización de la clase mucho más lejos de lo que habíamos visto hasta ahora” (31).
North, 14/06/05
La continuación de este artículo aparecerá en el próximo número de la Revista internacional y podrá consultarse próximamente en nuestra página Web. Tratará, en particular de las cuestiones siguientes:
– Es el soviet de los diputados obreros de San Petersburgo el punto culminante de la revolución de 1905; es la más patente ilustración de lo que es esa arma de la lucha revolucionaria que el soviet es: una expresión de la lucha misma, para desarrollarla al máximo y masivamente, agrupando al conjunto de la clase.
– La práctica revolucionaria de la clase obrera clarificó la cuestión sindical mucho antes de que lo comprendiera teóricamente. Cuando se creaban sindicatos en 1905, tendían a desbordar el marco de su función pues eran arrastrados por la marea revolucionaria. Después de 1905, declinaron rápidamente y en 1917, fue en los soviets donde la clase obrera se organizó para entablar el combate contra el capital.
– La tesis según la cual la revolución de 1905 se debió al atraso de Rusia es un error que sigue hoy teniendo algún peso. En contra de semejante idea, tanto Lenin como Trotski dejaron claro que el capitalismo se había desarrollado en Rusia a un alto nivel).
1 Rosa Luxemburg, Huelga de masas, partido y sindicatos.
2 Trotski, 1905 - Resultados y perspectivas, capitulo “Conclusiones”.
3 Ver nuestro folleto la Decadencia del capitalismo.
4 The International Working class Movement, Progress Publishers, Moscow 1976.
5 Revista internacional no 118: “Historia del movimiento obrero. ¿Qué distingue al movimiento sindicalista revolucionario?”; Revista internacional n° 120: “Historia del movimiento obrero. El anarco-sindicalismo frente al cambio de época: la CGT francesa hasta 1914”.
6 Rosa Luxemburg: Huelga de masas, partidos y sindicatos.
7 Lenin, El desarrollo del capitalismo en Rusia.
8 Lenin, Idem.
9 Henry Reichamn, Railways and revolution, Russia, 1905. University of California Press, 1987.
10 Lenin, “La caída de Port Arthur”, Obras completas.
11 Lenin, “Jornadas revolucionarias”, Obras completas.
12 David Floyd, Rusia en revuelta.
13 Lenin, “El Primero de Mayo”, Obras completas.
14 Un trabajo más reciente relativiza esa visión, diciendo que es evidente que “probablemente eso indica que… Plevhe no parecía poner objeciones a que Rusia entrara en guerra contra Japón, con la idea de que un conflicto bélico desviaría a las masas de las preocupaciones políticas” (Ascher, The revolución of 1905).
15 El hermano de Lenin formaba parte de un grupo que se inspiraba de la Voluntad del pueblo. Fue ahorcado en 1887 tras un intento de asesinato del zar Alejandro III.
16 Edward Crankshaw, The shadow of the Winter Palace.
17 Teodor Shanin, 1905-07. Revolution as a moment of truth.
18 Lenin, Que hacer.
19 Idem.
20 Era el nombre que se daba a las unidades combatientes individuales. Trotski las nombra colectivamente como los druzhinniki.
21 Trotski, 1905.
22 Ver Dynamite, de Louis Adamic, Rebel Press, 1984.
23 Los Consejos obreros.
24 Trotski, 1905.
25 Trotski, Historia de la Revolución rusa.
26 Trotski, 1905.
27 Los Consejos obreros.
28 Idem.
29 Trotski, op.cit.
30 Revista internacional no 23: “Huelgas de masas en Polonia 1980: el proletariado abre una nueva brecha”.
31 Revista internacional no 24: “La dimensión internacional de las luchas obreras en Polonia”.
Links
[1] https://es.internationalism.org/en/tag/corrientes-politicas-y-referencias/izquierda-comunista
[2] https://es.internationalism.org/en/tag/2/31/el-engano-del-parlamentarismo
[3] https://es.internationalism.org/en/tag/desarrollo-de-la-conciencia-y-la-organizacion-proletaria/corriente-comunista-internacional
[4] https://es.internationalism.org/en/tag/vida-de-la-cci/resoluciones-de-congresos
[5] https://es.internationalism.org/en/tag/21/226/hace-100-anos-la-revolucion-de-1905-en-rusia
[6] https://es.internationalism.org/en/tag/historia-del-movimiento-obrero/1905-revolucion-en-rusia