Elecciones presidenciales del 2006: NO al voto, SI a la lucha de clases (I)

Versión para impresiónEnviar por email


Frente a la ensordecedora campaña ideológica de la burguesía para enganchar a los trabajadores en el circo electoral sexenal, iniciamos esta serie con el propósito de hacer un seguimiento regular de esta campaña para brindar elementos de reflexión al proletariado que es el destinatario central de toda esta ofensiva. En esta ocasión tratamos acerca de la posición marxista sobre la cuestión parlamentaria y electoral que es una de las fronteras de clase que delimitan al campo proletario del terreno burgués.


¿Por qué la burguesía gasta millones en el mantenimiento y perfeccionamiento del sistema parlamentario de partidos?

Sin duda, porque es la forma más apropiada de organización de la vida política de la burguesía y de su dictadura contra la clase trabajadora. Esta hoja de parra le permite al capital presumir una vida “civilizadadonde los diferentes partidos actúan en igualdad de condiciones para hacer valer sus proyectos de gobierno ante el “pueblo” (concepto interclasista que abarca por igual a la burguesía, a la pequeña burguesía, a lo que queda de los campesinos, y... al proletariado); es decir, un verdadero circo que esconde la realidad de que todos los partidos políticos que actúan en él pertenecen al capital y que sus pretendidas “diferencias” no son, al fin de cuentas, más que matices que complementan el amplio arco iris de las fuerzas del Estado capitalista que actúan contra el proletariado concertando una división del trabajo cuidadosamente diseñada para hacerle aceptar los designios de sus explotadores.

Con respecto al parlamentarismo el proletariado cuenta ya con una posición ampliamente fundamentada, la CCI resumiendo esa experiencia señala en sus Posiciones (ver contraportadas de nuestras publicaciones):

En el capitalismo decadente, las elecciones son una máscara. Todo llamamiento a participar en el circo parlamentario no hace sino reforzar la mentira de presentar las elecciones como si fueran, para los explotados, una verdadera posibilidad de escoger. La “democracia”, forma particularmente hipócrita de la dominación de la burguesía, no se diferencia en el fondo de las demás formas de la dictadura capitalista como el estalinismo y el fascismo”.

De la misma forma organizaciones revolucionarias como el Partido Comunista Obrero Alemán (KAPD), en su programa de mayo de 1920 dice: “Exhortar al proletariado a participar en las elecciones parlamentarias, significa despertar y alimentar en él la ilusión de que la crisis podría ser superada mediante recursos parlamentarios; esto supone utilizar un medio que la burguesía utilizó en su propia lucha de clase; mientras que en la situación actual, sólo los medios de lucha de clase proletarios, aplicados de forma resuelta y sin contemplaciones, pueden tener una eficacia decisiva”…. Por eso añade, “Para los comunistas, el parlamento no puede ser actualmente, en ningún caso, el teatro de una lucha por reformas y por el mejoramiento de la situación de la clase obrera, como sucedió en ciertos momentos en la época anterior.[1]

Siguiendo ese principio la Internacional Comunista en su primer Congreso define: “El parlamentarismo de gobierno se ha convertido en la forma ‘democrática’ de la dominación de la burguesía, a la que le es necesaria, en un momento dado de su desarrollo, una ficción de representación popular que exprese en apariencia ‘la voluntad del pueblo’ y no la de las clases, pero en realidad, constituye en manos del capital reinante, un instrumento de coerción y opresión.[2]

Estas adquisiciones del movimiento obrero hunden sus raíces en la convicción profunda de que la participación en el parlamento así como en los sindicatos había sido una táctica correcta cuando el capitalismo podía ofrecer algunas reformas a la clase obrera pero que se trastocó en caduca con su declinación histórica. Hoy la única función que tiene el parlamento y que explica su supervivencia, es la mistificación. Hay que insistir en dos cosas para ejemplificar esto: por un lado, en el hecho de que la clase obrera cuenta ya con casi cien años de experiencia para clarificar que con la participación parlamentaria y electoral no hay posibilidad de un cambio social y, por lo tanto, que la participación en este circo no hace sino apuntalar la ilusión de que votando o apoyando a los legisladores en el “congreso” (cámaras de senadores y diputados) los trabajadores podrán lograr beneficios reales en sus condiciones de vida y de trabajo; por el otro, no hay que olvidar que la llamada ‘voluntad del pueblo’ no es sino uno de los tantos cuentos con los que la burguesía embarca a los trabajadores para legitimar socialmente sus regímenes de gobierno escondiendo, que se trata pura y simplemente de una estrategia de su clase, para perpetuar su sistema de opresión y explotación.


¿Fueron en algún momento el parlamentarismo y las elecciones formas de lucha propias de los trabajadores?

Las elecciones y el parlamento son y han sido instrumentos de la burguesía y jamás un terreno confiable para la lucha obrera. Pero, en un periodo donde la revolución no estaba aún a la orden del día y donde el proletariado podía arrancar reformas favorables dentro del sistema tal participación permitía, a la vez, hacer presión a favor de estas reformas, utilizar las campañas electorales como medio de propaganda y agitación alrededor del programa proletario y emplear el parlamento como tribuna de denuncia de la ignominia de la política burguesa. Esta fue la razón que motivó la lucha por el sufragio universal a lo largo del siglo XIX en una gran cantidad de países de Europa donde los partidos socialistas de la época utilizaban los parlamentos burgueses para impulsar el desarrollo de la conciencia y el despertar político que fomentara la identidad del proletariado como una clase enfrentada al capital.

La aparición del parlamento en la historia del capitalismo, se dio, cuando el empuje revolucionario de la burguesía en el siglo XIX destinado a barrer las formas de dominio de las antiguas clases explotadoras. Este proceso da como resultado que la nueva clase explotada, el proletariado, comparta el interés por este avance progresista del capital pues la destrucción de los resabios feudales favorece históricamente el desarrollo de la nueva clase revolucionaria, la clase obrera; es esta la fuente no sólo del uso que hace el proletariado de los instrumentos de la clase burguesa como el sufragio, la acción parlamentaria y, en general, la democracia, sino también del apoyo, por ejemplo, a las guerras nacionalistas (formación de naciones contra la dispersión y el atraso feudal), siempre en la perspectiva de acercar el momento de la lucha decisiva y revolucionaria contra la burguesía, es decir cuando hubiera alcanzado su dominación política histórica.

No obstante, los comunistas jamás dejaron de advertir contra los peligros de una tal situación: por un lado, la plena vigencia de un colosal desarrollo económico que ofrecía no sólo una prosperidad social sino también un pretendido mentís a la perspectiva revolucionaria y, por el otro, la ruptura del lazo entre el combate por reformas inmediatas (sindicalismo, parlamentarismo) y la lucha revolucionaria final por el comunismo, lo cual degeneró en la ideología del reformismo (la limitación a la defensa inmediata y la mejora de las condiciones de vida del proletariado) y del gradualismo (la noción de que el capitalismo podría abolirse por un proceso completamente pacífico de evolución social).


¿Cuál es la estrategia electoral de la burguesía actualmente?

No basta con recordar las adquisiciones políticas del movimiento obrero para entender la utilización que hace la burguesía del circo electoral, es necesario además denunciar las trampas concretas de moda en determinado momento. En el contexto actual, cuando la crisis económica que se extiende y profundiza desde hace por lo menos cuatro décadas, amenaza con volcar sus consecuencias devastadoras de manera más acuciante sobre los trabajadores, resurge la cuestión social y tiende a colocarse cada vez más en el centro de la vida de la sociedad; una cuestión que había quedado marginada después de la campaña contra el comunismo propiciada por la muerte del estalinismo que la burguesía igualó a muerte del comunismo y del marxismo y que se desató tras la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989, este retorno es producto del desgaste de esa campaña después de dieciséis años de evidencias de que el pretendido “triunfo del capitalismo” no es más que una patraña: el fracaso de los “nuevos mercados”, el bluf de la “nueva economía” y de la “revolución informática”, pero, sobre todo el dominio del desempleo masivo y la pauperización de los obreros. Una situación que contiene la potencialidad de la toma de conciencia de los trabajadores acerca de la quiebra del capitalismo y más allá acerca de la perspectiva comunista y de que ellos son la única fuerza social actualmente capaz de realizarla.

Previniendo este peligro mortal para su dominación, la burguesía está aplicando en todos los países una estrategia muy bien diseñada contra el desarrollo de la conciencia, la combatividad, la identidad y la confianza en sí de la clase obrera:

- Poniendo en práctica una campaña de fomento a la ideología democrática, cuya fórmula pretendidamente poderosa para decidir soberanamente no es más que el acto más impotente de un miembro de la clase obrera que está llamada a hacer nada más y nada menos que la revolución comunista mundial.

- Ante el descontento que se generaliza entre los explotados acompañado, se ofrecen las elecciones como la única alternativa para manifestar la indignación y la insatisfacción crecientes ante la degradación acelerada de las condiciones de vida;

- Luego, para desvirtuar la solidaridad obrera llama a los trabajadores a “vengarse haciendo pagar al culpable”, enfocándose sobre tal o cual personaje, o partido político, descargando así el descontento social del proletariado en un “voto de castigo” tan estéril para este último pero tan productivo para la burguesía pues le permite renovar la vieja mentira de que el problema de la miseria en el capitalismo se debe a la mala gestión, por ineptitud o por corrupción, de determinado personaje o partido, escondiendo que en realidad el responsable es el capitalismo.

- La burguesía esconde que su juego democrático electoral le sirve para hacer una alternancia en el gobierno para garantizar la salud de sus mecanismos de gobierno como clase, pues los partidos sólo son la expresión orgánica del control estatal de la burguesía, los cuales se reparten las tareas para encuadrar a los trabajadores usando diferentes ideologías y mecanismos de control.

- El complemento de esta campaña está en llamar a defender el voto y a vigilar que las elecciones sean limpias. Como ya lo demostramos hace seis años, esta campaña crea la ilusión de que su opinión se respeta y que por ese medio puede cambiar las cosas. Después de todo el proceso electoral es orientado según las necesidades y los acuerdos de la clase dominante. Esta siempre tendrá en sus manos la fuerza de los medios de difusión para manipular e inducir el voto.

- Pero además puede decirse que se requiere elegir al más progresista entre los personeros de la burguesía. ¿Quiénes serían estos? Hoy cualquier llamado a apoyar a unas pretendidas fracciones progresistas de la burguesía y aprovechar las supuestas “divisiones” entre los partidos del Estado capitalista no es más que una trampa criminal contra la clase obrera. Ya desde principios de siglo una parte importante de los revolucionarios desmentían que hubiera esas divisiones y demostraban que todos los partidos de la burguesía han estado unidos siempre contra el proletariado. “Las diferencias entre liberal y clerical, entre conservador y progresista, entre burgués y pequeñoburgués, puede decirse que han desaparecido. Todo lo que los socialpatriotas y los reformistas propugnaban acerca de los desacuerdos entre los partidos y de las ‘divisiones’ utilizables (…) era ya entonces una patraña.[3]


¿Qué hacer?

La burguesía gasta una fortuna para impedir el desarrollo de la conciencia obrera a través de las campañas electorales y la práctica parlamentaria, ante la intensificación de los ataques a las condiciones de vida de los explotados que destaca la necesidad de defenderse desarrollando asambleas masivas, manifestaciones en las calles y zonas fabriles, huelgas de masas, los capitalistas ofrecen la alternativa de… ¡votar para “cambiar” el gobierno, apoyar a los diputados y senadores pues estos sabrán velar por sus intereses!

¡NO! No es el terreno del parlamento ni las elecciones las opciones para los trabajadores. La emancipación de la clase obrera deberá ser obra de ella misma, es ella quien debe asumir en sus propias manos la lucha contra la causa de su miseria que no es otra que la explotación capitalista. Aunque, hay que decir, tampoco la solución se encuentra en los actos “anti-elección” como los que alienta el EZLN (vea en este mismo número el artículo dedicado a la “6ª declaración”). Así pues, el capitalismo no deja otra alternativa a la clase obrera: la revolución proletaria.

RR/27-agosto-2005



[1]Publicado en la Revista Internacional 97, 2° trimestre de 1999.

[2]Los 4 primeros congresos de la Internacional Comunista /1, Cuadernos de P y P.

[3]H. Gorter. Jefes, partido y masas