60º aniversario de la liberación de los campos de concentración... Barbarie caitalista y manipulaciones ideológicas

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El año 2005 es rico en aniversarios macabros. La burguesía acaba de celebrar uno de ellos, la liberación de los campos de concentración nazis en enero de 1945, con ostentación ha superado el de las ceremonias del cincuentenario. No es de extrañar, desde luego, pues la exhibición de los crímenes monstruosos del adversario que salió derrotado de la Segunda Guerra mundial es el medio más seguro para absolver a los Aliados de sus propios crímenes contra la humanidad, cometidos durante la guerra misma y desde entonces, y presentar los valores democráticos como garantías de la civilización frente a la barbarie.

La Segunda Guerra mundial, de igual modo que la primera, fue una guerra imperialista, que enfrentó a bandidos imperialistas y la hecatombe que provocó (60 millones de muertos) confirmó de una manera tan dramática la quiebra del capitalismo. La burguesía, es consciente de que el recuerdo de ese acontecimiento debe mantenerse permanentemente fresco en el cerebro de las nuevas generaciones; la ilusión de que combatir el fascismo en el campo democrático era defender la dignidad humana y la civilización contra la barbarie. Por eso no le basta a la clase dominante con haber utilizado como carne de cañón a la clase obrera inglesa, americana, alemana, rusa o francesa, sino que es ahora a las generaciones actuales de proletarios a las que aquélla dirige en primer lugar su infecta propaganda. En efecto, aunque hoy no esté todavía dispuesta a sacrificarse por los intereses de económicos e imperialistas de la burguesía, la clase obrera sigue siendo permeable al embuste de que no sería el capitalismo la causa de la barbarie en el mundo, sino ciertos poderes totalitarios, enemigos jurados de la democracia.

La experiencia de dos guerras mundiales muestra que tuvieron características comunes que explican el grado alcanzado en la barbarie y del que son responsables todos los campos presentes:

• El armamento incorpora el grado más elevado de la tecnología, y, como el conjunto del esfuerzo de guerra, canaliza todos los recursos y fuerzas de la sociedad.

• Un grillete de hierro comprime la sociedad entera para que se pliegue ante todas las exigencias extremas del militarismo y de la producción de guerra.

• Se usan todos los medios, hasta los más extremos, para imponerse militarmente: gases asfixiantes durante la Primera Guerra mundial, unos gases que hasta su primer uso se consideraban como el arma absoluta que no se usaría nunca; la bomba atómica, el arma absoluta, contra Japón en 1945. Menos conocidos, pero más mortíferos todavía, fueron los bombardeos de Segunda Guerra mundial de ciudades y poblaciones civiles con el objetivo de aterrorizarlas y diezmarlas. Inaugurados por Alemania sobre las ciudades de Londres, Coventry y Rótterdam, fueron sistematizados y perfeccionados por el Reino Unido, cuyos bombarderos desencadenarían verdaderos huracanes de fuego en el corazón de las ciudades alcanzando unas temperaturas de más de mil grados en medio de unas espantosas hogueras.

Los crímenes alemanes o soviéticos no pueden hacer olvidar que los propios Aliados fueron habitados por el espíritu del mal, poniéndose por delante de Alemania en ciertos dominios, especialmente en el de los bombardeos de terror. Al decidir el 25 de agosto de 1940 lanzar las primeras incursiones sobre Berlín, en réplica a un ataque accidental sobre Londres, Churchill tomó la aplastante responsabilidad de una terrible regresión moral. Durante casi cinco años, el Premier británico, los comandantes del Bomber Command, Harris, en particular, se ceban en las ciudades alemanas. (…) El colmo del horror se alcanzó el 11 de septiembre de 1944 en Darmstadt. Durante un ataque magistralmente agrupado, todo el centro histórico desapareció en medio de un océano de llamas. En 51 minutos, la ciudad recibió un tonelaje de bombas superior al de toda la aglomeración londinense durante toda la guerra. Murieron 14 000 personas. En cuanto a las factorías situadas en la periferia y que sólo representaban el 0,5% del potencial económico del Reich, apenas si fueron tocadas” (Una guerra total 1939-1945, estrategias, medios, controversia, Ph. Masson)1. Los bombardeos ingleses sobre las ciudades alemanas causarían la muerte de cerca de 1 millón de personas.

El descalabro alemán y japonés del año 1945 no llevó, ni mucho menos, a una moderación de la ofensiva sobre esos países que permitiera reducir costes financieros, sino que, al contrario, tuvo el efecto de redoblar la intensidad y la brutalidad de los ataques aéreos. La razón estriba en que lo que desde entonces estaba en juego ya no era la victoria sobre esos países, algo ya adquirido. Se trataba, en realidad de evitar que, frente a los sufrimientos de la guerra, apareciesen fracciones de la clase obrera en Alemania que se rebelaran contra el capitalismo, como había ocurrido al final de la Primera Guerra mundial2. Los ataques aéreos ingleses servían para proseguir el aniquilamiento de los obreros que no habían perecido en el frente militar, hundiendo al proletariado en la impotencia y el terror.

A esa consideración se le añade otra. Estaba claro para los anglo-norteamericanos que el futuro reparto del mundo iba a enfrentar a los principales países vencedores de la Segunda Guerra mundial, Estados Unidos por un lado (y junto a este país, un Reino Unido exagüe) y, por el otro lado, la Unión Soviética, capaz entonces de reforzarse considerablemente merced a las conquistas y la ocupación militar que le permitirían vencer a Alemania. Se trata pues, para los aliados occidentales, de marcar los límites ante los apetitos imperialistas de Stalin en Europa y Asia mediante demostraciones de fuerza disuasorias. Será ésta la otra función de los bombardeos británicos de 1945 sobre Alemania y el único objetivo del empleo del arma atómica contra Japón.

El carácter cada vez más limitado de los objetivos militares y económicos que acaban siendo totalmente secundarios, pone claramente de relieve, como en Dresde, los nuevos designios de los bombardeos: “Hasta 1943, a pesar de los sufrimientos infligidos a la población, los raids podían tener todavía una justificación militar o económica al ser bombardeados los grandes puertos del norte de Alemania, el complejo del Ruhr, los centros industriales de mayor importancia o incluso la capital del Reich. Pero, a partir del otoño de 1944, ya no es lo mismo ni mucho menos. Con una técnica perfectamente rodada, el Bomber Command, que dispone de 1600 aviones y que se enfrenta a unas defensas alemanas cada día más débiles, emprende el ataque y la destrucción sistemática de ciudades medianas e incluso pequeñas aglomeraciones sin el menor interés militar o económico. La historia ha retenido la atroz destrucción de Dresde en febrero de 1945, con la excusa estratégica de neutralizar un nudo ferroviario importante de la retaguardia de la Wehrmacht implicada contra el Ejército rojo. En realidad, las perturbaciones ocasionadas a la circulación no irán más allá de las 48 horas. Ninguna justificación, sin embargo, para la destrucción de Ulm, de Bonn, de Wurtzbourg, de Hidelsheim, de todas esas ciudades medievales, de esas joyas artísticas pertenecientes al patrimonio de Europa. Todas esas antiguas ciudades desaparecerán en medio de tempestades de fuego en donde la temperatura alcanza 1000 a 2000 grados que provocan la muerte de decenas de miles de personas en unos sufrimientos atroces” (Ph. Masson).

Cuando la barbarie misma se convierte en el móvil principal de la barbarie

Hay otra característica común a los dos conflictos mundiales: al igual que las fuerzas productivas que la burguesía es incapaz de controlar bajo el capitalismo, las fuerzas destructivas que pone en marcha en una guerra total tienden a escapar a su control. De igual modo, los peores instintos desencadenados por la guerra se hacen autónomos, se autoestimulan, produciendo actos de barbarie gratuita, ya sin la menor relación con los objetivos militares buscados, por muy abominables que ya sean.

Los campos de concentración nazis se habían ido convirtiendo, durante la guerra, en una monstruosa máquina de matar a todos aquellos sospechosos de resistencia en Alemania o en los países ocupados o sometidos a vasallaje, al constituir los traslados de los detenidos a Alemania un medio de imponer el orden mediante el terror en las zonas ocupadas por Alemania. Pero el carácter cada día más expeditivo y radical de los medios empleados para deshacerse de población concentrada, de los judíos en particular, se debe menos a la necesidad de imponer el terror o el trabajo forzado. Se trata de una huida ciega en una barbarie cuyo único móvil es la barbarie misma. Junto a las matanzas masivas, lo torturadores y médicos nazis se dedicaban a hacer “experimentos” con prisioneros en los que, más que interés científico, lo que dominaba era el puro sadismo. A esos científicos, por otra parte, se les ofrecerá la inmunidad y una nueva identidad a cambio de su colaboración en proyectos clasificados “secreto militar” en Estados Unidos. La marcha del imperialismo ruso, a través de Europa del Este hacia Berlín, vino acompañada de barbaridades que tienen esa misma “lógica”:

Se aplastan columnas de refugiados bajo las cadenas de los tanques o son sistemáticamente ametralladas por la aviación. La población de aglomeraciones enteras es aplastada con cruel ensañamiento. Se crucifica a mujeres desnudas en las puertas de las granjas. Se decapita a niños o se les aplasta la cabeza a culatazos o se les tira vivos en la pocilga de los cerdos. Todos aquellos que no han podido huir o no han podido ser evacuados por la Marina en los puertos del Báltico son sencillamente exterminados. Se puede calcular el número de víctimas entre 3 o 3,5 millones (…) Sin alcanzar ese grado, esa locura asesina se extiende a todas las minorías alemanas de Sureste europeo, en Yugoslavia, en Rumania y en Checoslovaquia, a miles de Sudetes. La población alemana de Praga, instalada en la ciudad desde la Edad Media es machacada con un sadismo inaudito. Después de haber sido violadas, se les corta a las mujeres el tendón de Aquiles, condenadas a morir desangradas en el suelo con unos sufrimientos atroces. Se ametralla a los niños a la salida de las escuelas, los tiran a la calle desde los pisos más altos de los edificios o los ahogan en estanques y fuentes. A muchos pobres desgraciados los emparedan vivos en los sótanos. En total, más de 30 000 victimas... Esas matanzas se deben, en realidad, a una voluntad política, a una eliminación intencionada, favoreciendo el despertar de los instintos más bestiales.” (Ph. Masson).

De la “limpieza étnica” de las provincias alemanas del Este no solo fue responsable el ejército de Stalin, sino que se realizó gracias a la ayuda de los ejércitos británico y estadounidense. Aunque ya entonces se estaban diseñando las líneas del futuro antagonismo entre la URSS y Estados Unidos, estos dos países junto con Gran Bretaña cooperaron sin reservas en la tarea de eliminar todo peligro proletario, mediante la eliminación masiva de la población. Además, todos ellos tienen interés en que el yugo de la futura ocupación de Alemania pueda ejercerse sobre una población inerte por lo mucho que ha sufrido y que contenga la menor cantidad posible de refugiados. Este objetivo, que ya por sí solo encarna la barbarie, será la base de partida de una escalada de una bestialidad incontrolada al servicio del asesinato de masas.

En el frente de guerra extremo oriental, el imperialismo estadounidense actúa con la misma bestialidad:

Volvamos al verano de 1945. Setenta de las mayores ciudades de Japón ya han sido destruidas por el fuego como consecuencia de los bombardeos con napalm. En Tokio, un millón de civiles está sin techo y han muerto 100 000 personas. Han sido, retomando la expresión del general de división Curtis Lemay, responsable de esas operaciones de bombardeo por el fuego, “asados, hervidos y cocidos hasta la muerte”. El hijo del presidente Franklin Roosevelt, que era también su confidente, había declarado que los bombardeos debían continuar “hasta que hayamos destruido más o menos la mitad de la población civil japonesa”. El 18 de julio, el emperador del Japón telegrafía al presidente Harry S. Truman, que había sucedido a Roosevelt, para pedirle la paz una vez más. Su mensaje es ignorado. (…) Unos días después del bombardeo de Hiroshima, el vicealmirante Arthur Radford se jacta: ‘Japón acabará siendo una nación sin ciudades, un pueblo de nómadas’” (“De Hiroshima a las Torres Gemelas”, le Monde diplomatique, septiembre de 2002).

Confusión ideológica y mentiras para cubrir los cínicos crímenes de la burguesía

Hay otra característica del comportamiento de la burguesía, especialmente presente en las guerras, sobre todo cuando son guerras totales: los crímenes que ella decide que no se borren de la historia (del mismo modo que los historiadores estalinistas empezaron a hacerlo en los años 1930), los trastoca en lo contrario, en actos de valentía, actos virtuosos que habrían permitido salvar más vidas humanas que las que se suprimieron con esos actos.

Les bombardeos británicos en Alemania

Tras la victoria de los Aliados, desaparece de la realidad histórica toda una parte de la Segunda Guerra mundial:

los bombardeos de terror cayeron en el casi absoluto olvido, al igual que las matanzas perpetradas por el Ejército rojo o los repugnantes ajustes de cuentas en Europa del Este” (Ph. Masson).

Esos acontecimientos no son, claro está, conmemorados en las ceremonias de los aniversarios “macabros”, son totalmente desterrados de ellas. Solo quedan algunos testimonios de la historia, demasiado arraigados para ser arrancados abiertamente, y que son “tratados mediáticamente” para volverlos inofensivos. Así ocurre, en particular, con el bombardeo de Dresde :

“… la más “admirable” incursión de terror de toda la guerra [...] fue obra de los Aliados victoriosos. Un récord absoluto fue alcanzado el 13 y 14 de febrero de 1945: 253 000 muertos, refugiados, civiles, prisioneros de guerra, deportados del trabajo. Ningún objetivo ­militar” (Jacques de Launay, “Introducción” a la edición francesa de 1987 del libro La destrucción de Dresde.

Queda bien, en los media que comentan las ceremonias del 60º aniversario del bombardeo de Dresde, considerar la cantidad de 35 000 víctimas y cuando se evoca la de 250 000 es para atribuir inmediatamente tal estimación, para unos a la propaganda nazi y, para otros, a la propaganda estalinista. Esta última “interpretación” es, por cierto, poco coherente con la preocupación principal de las autoridades de Alemania oriental de esos años, para las cuales

había que evitar a toda costa que se extendiera la información cierta de que la ciudad había sido invadida por cientos de miles de refugiados que huían del Ejército rojo” (Jacques de Launay).

En efecto, en el momento de los bombardeos, la ciudad contaba alrededor de un millón de habitantes, entre los cuales 400 000 refugiados. Habida cuenta de cómo quedó la ciudad de aniquilada, es difícil imaginarse cómo solo pereció ¡el 3,5 % de la población (18)!

Por encima de la campaña de banalización por la burguesía del horror de Dresde, mediante la minimización de la cantidad de víctimas, hay otra para hacer aparecer la indignación legítima que ese acto de barbarie como algo típico de neonazis. Toda la publicidad que se ha hecho en torno a las manifestaciones que en Alemania agruparon a unos energúmenos, degenerados nostálgicos del Tercer Reich, para conmemorar el acontecimiento sirve, claro está, para evitar una crítica que ponga en entredicho los Aliados por miedo a ser confundido con los nazis.

El bombardeo atómico de Japón

Al contrario de los bombardeos ingleses en Alemania para los que se hizo todo por ocultar su amplitud, el empleo del arma atómica por primera y única vez en la historia, por parte de la primera democracia del mundo, fue un acontecimiento que nunca ha sido ocultado o minimizado. Al contrario, se hizo todo para que todo el mundo se enterara y que el poder destructivo de esta nueva arma apareciera claramente. Se tomaron todas las disposiciones necesarias para ello, incluso antes del bombardeo del 6 de agosto de 1945:

Fueron designadas cuatro ciudades [para ser bombardeadas]: Hiroshima (gran puerto y ciudad industrial con bases militares), Kokura (arsenal principal), Nigata (puerto, siderurgia y refinerías), et Kyoto (industrias) (…) A partir de ese momento, ninguna de esas ciudades recibió bombas: había que evitar a toda costa que fueran tocadas de tal manera que la potencia destructiva de la Bomba atómica fuera indiscutible.” (Artículo “La Bomba lanzada sobre Hiroshima” en “http://www.momes. net/dictionnaire/h/hiroshima.html”). En cuanto al lanzamiento de la segunda bomba sobre Nagasaki, corresponde a la voluntad de Estados Unidos de dejar patente que podía, cuantas veces quisiera, usar la explosión nuclear (aunque no era así, pues las bombas siguientes no estaban todavía listas).

Según la justificación ideológica de esa masacre de japoneses, era ése el único medio que permitiera obtener la capitulación de Japón salvando la vida de un millón de soldados norteamericanos. Esta es la mayor mentir propagada hasta hoy: Japón estaba desangrado y EE.UU. (gracias a haber interceptado y descifrado las comunicaciones de la diplomacia y del estado mayor nipón) sabía perfectamente que estaba dispuesto a capitular.

La lección más importante que sacar de esos seis años de carnicería mundial es que los dos campos enfrentados y los países que agrupaban, sea cual sea la ideología con la que se cubrían, estalinista, demócrata o nazi, eran todos ellos el legítimo engendro de la bestia inmunda que es el capitalismo decadente. La única denuncia de la barbarie que pueda servir los intereses de la humanidad es la que va a la raíz de esa barbarie y la utiliza como una herramienta de denuncia del capitalismo como un todo para acabar con él antes de que él acabe con la humanidad entera bajo sus ruinas.

LC-S (16 de abril de2005)


1 a Philippe Masson no se le puede sospechar desde luego de simpatías revolucionarias, pues fue jefe de la sección histórica del servicio histórico de la Marina francesa y enseñó en la Escuela superior de guerra naval.

2 Desde finales de 1943, estallan huelgas obreras en Alemania y tienden a incrementarse las deserciones en el ejército alemán. En Italia, a finales de 1942 y sobre todo en 1943, estallan huelgas en muchos lugares de los principales centros industriales del Norte.