Crisis económica (II) – Los años 80 – Treinta años de crisis abierta del capitalismo

En la serie Crisis económica

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En el número anterior de la Revista internacional vimos que el capitalismo, enfrentado desde 1967 a la reaparición abierta de su crisis histórica, desplegaba los medios de intervención del Estado en la economía para tratar de frenarla y de descargar sus efectos más nocivos hacia los países más periféricos, los sectores más débiles del propio capital y, por supuesto, sobre el conjunto de la clase obrera. Analizamos la evolución de la crisis y de la respuesta del capitalismo durante los años 70. Vamos a ver ahora esta evolución a lo largo de los años 80. Este análisis nos permite comprender que toda la política que hacen los Estados de «acompañamiento de la crisis para provocar una caída lenta y escalonada» no resuelve nada, ni aporta ninguna salida sino que agrava más y más las contradicciones de fondo del capitalismo.

La crisis de 1980-82

En el IIº Congreso internacional de la CCI, celebrado en 1977([1]), pusimos de relieve que las políticas de expansión que venía empleando el capitalismo eran cada vez menos eficaces y estaban llevando a un callejón sin salida. La oscilación entre el «relanzamiento» que provocaba inflación y el frenazo que ocasionaba la recesión conducía hacia lo que los economistas burgueses llamaban la «estanflación» (recesión e inflación a la vez) mostrando la gravedad de la situación del capitalismo y el carácter insoluble de sus contradicciones: el mal incurable de la sobreproducción que, a su vez, agravaba globalmente las tensiones imperialistas de tal forma que los últimos años de la década contemplaron una considerable agudización de las confrontaciones militares y y un incremento del esfuerzo armamentístico tanto a nivel nuclear como «convencional»([2]).

Los años 80 empiezan con una recesión abierta que se prolonga hasta 1982 y que en una serie de aspectos importantes es mucho peor que la anterior de 1974-75. Hay un estancamiento de la producción (tasas negativas en Gran Bretaña y en los países europeos), aumento espectacular del desempleo, (en 1982, Estados Unidos registra en un solo mes medio millón de desempleados más), la producción industrial cae en 1982 en Gran Bretaña al nivel de 1967 y, por primera vez desde 1945, el comercio mundial cae durante 2 años consecutivos ([3]). Se producen cierres de empresas y despidos masivos a un nivel jamás visto desde la depresión de 1929. Comienza a desarrollarse una tendencia que va a continuar creciendo desde entonces: es lo que se ha dado en llamar la desertificación industrial y agrícola. Por un lado, regiones enteras de rancia tradición industrial ven el cierre sistemático de fábricas y pozos mineros y el paro se dispara hasta índices del 30%. Ocurre así en zonas como Manchester, Liverpool o Newcastle en Gran Bretaña; Charleroi en Bélgica; Lorena en Francia, Detroit en Estados Unidos. Por otra parte, la sobreproducción agrícola es tal que en numerosos países los gobiernos o bien subvencionan el abandono de vastas extensiones o bien recortan bruscamente las ayudas a explotaciones agropecuarias, lo que causa la ruina en cascada de campesinos pequeños y medios y el desempleo de los trabajadores del campo.

Sin embargo, desde 1983 se produce una reactivación de la economía que en un primer momento quedará limitada a Estados Unidos y a partir de 1984-85 alcanzará a Europa y Japón. Este relanzamiento se consigue básicamente mediante el endeudamiento colosal de Estados Unidos que hace subir la producción y progresivamente permite que las economías de Japón y Europa Occidental se incorporen al carro del crecimiento.

En eso consistió la famosa «Reaganomics»  que en su momento nos fue presentada como la gran solución a las crisis del capitalismo. Además, esta «solución»  se ofrecía como una vuelta a las «esencias del capitalismo». Frente a los «excesos» de intervención estatal que caracterizaba la política económica de los Estados durante los años 70 (el keynesianismo) y que era tildado de «socialismo» o «proclividad» al socialismo, los nuevos teóricos de la economía se presentaban como «neoliberales» y vendían a los cuatro vientos las recetas del «menos Estado», el «libre mercado» etc.

En realidad, ni la Reaganomics solucionó gran cosa (a partir de 1985, como luego veremos, hubo que pagar la factura del endeudamiento de Estados Unidos), ni suponía una «retirada del Estado», un pretendido «menos Estado». Lo que hizo el gobierno Reagan fue lanzarse a un programa masivo de rearme (lo que se dio en llamar la «Guerra de las Galaxias» que contribuyó poderosamente a poner de rodillas al bloque rival) mediante el recurso clásico al endeudamiento estatal. La famosa locomotora no se alimentaba del combustible sano constituido por una expansión real del mercado sino a través de la energía adulterada del endeudamiento generalizado.

La «nueva» política de endeudamiento

Lo único novedoso en la política de Reagan es la forma de realizar el endeudamiento. Durante los años 70 los Estados eran los responsables directos del mismo a través de déficits crecientes del gasto público financiados por el aumento de la masa monetaria. Esto suponía que era el Estado quien procuraba el dinero a los bancos para que estos prestaran a las empresas, los particulares o a otros Estados. Ello provocaba la depreciación continua del dinero y la explosión correlativa de la inflación.

Ya hemos visto el atolladero cada vez más cerrado en que se encontraba la economía mundial y especialmente la americana a finales de los años 70. Para salir al paso, en los dos últimos años de la administración Carter, el responsable de la Reserva Federal, Volker, cambia radicalmente de política crediticia. Cierra el grifo de la emisión de moneda, lo cual provocará la recesión de 1980-82, pero simultáneamente abre la vía de la financiación masiva mediante la emisión de bonos y obligaciones que se renuevan constantemente en el mercado de capitales. Esta orientación será retomada y generalizada por la administración Reagan y, más adelante, se extenderá a todos los países.

El mecanismo de «ingeniería financiera» es el siguiente: Por un lado, el Estado emite bonos y obligaciones para financiar sus enormes y siempre crecientes déficits que son suscritos por los mercados financieros (bancos, empresas y particulares). Por otra parte, empuja a los bancos a que busquen en el mercado la financiación de sus préstamos, recurriendo, a su vez, a la emisión de bonos y obligaciones y a sucesivas ampliaciones de capital (emisión de acciones). Se trata de un mecanismo altamente especulativo con el que se intenta aprovechar el desarrollo de una masa creciente de capital ficticio (plusvalía ociosa incapaz de ser invertida en nuevo capital).

De esta forma, el peso de los fondos privados tiende a ser mucho mayor que los fondos públicos en la financiación de la deuda (pública y privada):

Financiación deuda pública en USA

                       Fondos   Fondos
                      públicos  privados

1980 ………….……. 24 ………..…. 46

1985 …………….…. 45 ………..…. 38

1990 …………….…. 70 ………..…. 49

1995 …………….…. 47 …..……. 175

1997 …………….…. 40 …..……. 260

Fuente: Global Development Finance, en miles de millones de dólares.

Esto no quiere decir ni mucho menos una disminución del peso del Estado (como proclaman los «liberales») sino más bien responde a las necesidades cada vez más agobiantes de financiación (y particularmente de liquidez inmediata) que obligan a una movilización masiva de todos los capitales disponibles.

La puesta en marcha de esta política pretendidamente «liberal» y «monetarista» significa que la famosa locomotora USA es financiada por el resto de la economía mundial. Especialmente, el capitalismo japonés con un enorme excedente comercial suscribe masivamente los bonos y obligaciones del Tesoro americano así como las diferentes emisiones de empresas de ese país. El resultado es que Estados Unidos que desde 1914 era el primer acreedor mundial se convierte a partir de 1985 en deudor neto y, desde 1988, en el primer deudor mundial. Otra de las consecuencias es que a finales de los 80, los bancos japoneses poseen casi el 50% de los activos inmobiliarios americanos. Por último, esta forma de endeudamiento provoca que «mientras en el periodo 1980-82 los países industrializados versaron a los llamados países en desarrollo 49 000 millones de dólares más que lo que habían recibido, en el periodo 1983-89 son estos últimos los que han proporcionado a los primeros 242 000 millones de dólares más» (Prometeo nº 16, órgano de Battaglia comunista, «Una nueva fase en la crisis capitalista», diciembre 1998).

Para rembolsar los intereses y lo principal de los bonos emitidos lo que se hace es recurrir a nuevas emisiones de bonos y obligaciones. Ahora bien, esto significa más y más endeudamiento y se corre el riesgo de que los prestatarios abandonen la suscripción de las nuevas emisiones. Para seguir atrayéndolos, se suele recurrir a una continua apreciación del dólar mediante diferentes artificios de reevaluación de la divisa. El resultado es, por un lado, una enorme inundación de dólares sobre el conjunto de la economía mundial y, por otra parte, Estados Unidos cae en un gigantesco déficit comercial que año tras año bate nuevos récords. La misma tónica, más o menos matizada, siguen la mayoría de los Estados industrializados: juegan con la moneda como instrumento de atracción de capitales.

Todo ello conlleva una tendencia que se va a profundizar durante los años 90: la adulteración y manipulación completa de las monedas. La función clásica de la moneda bajo el capitalismo era la de medida de valor y patrón de precios, para lo cual la moneda de cada Estado debía estar respaldada por una mínimo proporcional de metales preciosos([4]). Esa reserva de metales nobles reflejaba de forma tendencial el incremento y desarrollo de la riqueza del país lo cual se traducía, también tendencialmente, en la cotización de su moneda.

Ya vimos en el artículo anterior cómo el capitalismo ha abandonado a lo largo del siglo xx esas reservas y ha dejado que las monedas circularan sin contrapartidas con los graves riesgos que ello conlleva. Sin embargo, los años 80 son un auténtico salto cualitativo hacia el abismo: al fenómeno, ya de por si grave, de monedas completamente separadas de la contrapartida en oro y plata, que se continúa agudizando a lo largo de la década, se añade, en primer lugar, el juego de apreciación/depreciación para atraer capitales lo cual provoca una tremenda especulación sobre las mismas y, en segundo lugar, el recurso, de forma más sistemática, a las llamadas «devaluaciones competitivas»: es decir, bajada por decreto de la cotización de la moneda con objeto de favorecer las exportaciones.

Esta «nueva» política económica cuyos pilares son, por una parte, la emisión masiva de bonos y obligaciones que se amplía constantemente cual bola de nieve, y, de otro lado, la manipulación fuera de toda lógica, de las monedas, conlleva un sofisticado y complicado «sistema financiero» que es en realidad una obra conjunta del Estado y las grandes instituciones financieras (bancos, cajas de ahorro y sociedades de inversión, las cuales a su vez guardan estrechos vínculos con el Estado). En apariencia es un mecanismo «liberal» y «no intervencionista», en la práctica es una construcción típica del capitalismo de Estado a la occidental, es decir, con una gestión basada en la combinación entre los sectores dominantes del capital privado y el Estado.

Esta política se nos presenta como la pócima mágica capaz de conseguir crecimiento económico sin inflación. El capitalismo durante los años 70 se había estrellado ante el dilema insoluble inflación o recesión, pero ahora, los gobernantes que, cualquiera que sea su coloración política («socialistas», de «izquierdas» o de «centro») se convierten al nuevo credo «neoliberal» y «monetarista», proclaman que el capitalismo ha superado ese dilema y que la inflación ha sido reducida a niveles del 2 al 5% sin menoscabo del crecimiento económico.

Esta política de «lucha contra la inflación» o de un pretendido «crecimiento sin inflación» se basa en las medidas siguientes:

  1. La eliminación de las capacidades productivas «excedentarias» en la industria y la agricultura. El resultado es el cierre de numerosas instalaciones industriales y los despidos masivos.
  2. El recorte drástico de subvenciones a la industria y la agricultura que empuja en la misma dirección de despidos y cierres.
  3. La presión para reducir los costes y aumentar la productividad que significa en los hechos una deflación enmascarada y gradual basada en violentos ataques contra la clase obrera de los países centrales y una baja permanente del precio de las materias primas
  4. El traslado mediante mecanismos de presión monetaria y, muy especialmente, mediante la invasión de dólares, de los efectos inflacionarios hacia los países más periféricos. Así, en Brasil, Argentina, Bolivia etc. se producen explosiones de hiperinflación llegando los precios a crecer hasta ¡ un 30% diario !.
  5. Y sobre todo, reembolsar las deudas con nuevas deudas. Al pasar de la financiación de la deuda mediante emisión monetaria a la realizada mediante emisión de títulos de deuda (bonos y obligaciones estatales, acciones de empresas etc.) se consigue aplazar algún tiempo más los efectos de la inflación. Las deudas contraídas mediante una emisión se reembolsan con nuevas emisiones. Estos títulos son objeto de una especulación desenfrenada. Con ello se sobrevalora su precio (esta sobrevaloración se complementa con la manipulación de la cotización de las monedas) y de esta manera la enorme inflación subyacente se aplaza siempre para más tarde.

La medida nº 4 no resuelve la inflación sino que simplemente la cambia de sitio (la traslada a los países más débiles). La medida nº 5 lo que consigue es aplazarla para más tarde cebando como contrapartida la bomba de la inestabilidad y el desorden a nivel financiero y monetario.

En cuanto a las medidas nº 1 a nº 3, aunque reducen realmente la inflación en el corto plazo, sus consecuencias son mucho más graves en el medio y largo plazo. En efecto, esas medidas constituyen una deflación encubierta, es decir, una reducción metódica y organizada por los Estados de las capacidades reales de producción. Como señalamos en la Revista Internacional nº 59 «La producción, que puede corresponder a bienes realmente fabricados, no es pues una producción de valor, que es lo único que interesa al capitalismo. No ha permitido una auténtica acumulación de capital. El capital global se ha reproducido sobre bases más exiguas. O sea, que el capitalismo no se ha enriquecido, al contrario se ha empobrecido»([5]).

Los procesos de desertificación industrial y agraria, la reducción enorme de costes, los despidos y empobrecimiento general de la clase obrera que se han venido operando sistemática y metódicamente por todos los gobiernos a lo largo de los años 80 y que han proseguido a una escala superior durante los 90 han supuesto un fenómeno de deflación encubierta y permanente. Mientras en 1929 se produjo una deflación brutal y abierta, el capitalismo se lanza desde los años 80 a una tendencia inédita: la deflación planificada y controlada, una especie de demolición gradual y metódica de las bases mismas de la acumulación capitalista, una suerte de desacumulación lenta pero irreversible.

La reducción de costes, la eliminación de sectores obsoletos y no competitivos, el incremento gigantesco de la productividad no son sinónimo por sí mismos de crecimiento y desarrollo del capitalismo. Es cierto que esos fenómenos acompañaron las fases de desarrollo del capitalismo en el siglo xix pero tenían sentido en la medida en que estaban al servicio de la extensión y la ampliación de las relaciones capitalistas de producción, del crecimiento y formación del mercado mundial. Su función a partir de los años 80 corresponde a un objetivo diametralmente opuesto: protegerse de la sobreproducción; y sus resultados son contraproducentes: la agravan aún más.

Por esa razón, esas políticas de «deflación competitiva» como púdicamente la llaman los economistas, en realidad si bien reducen en el corto plazo las bases de la inflación en realidad las estimulan y refuerzan en el medio y largo plazo, pues la reducción de la base de la reproducción global del capital solo puede compensarse con nuevas masas siempre crecientes de endeudamiento, por un lado, y de gastos improductivos (armamentos, burocracia estatal, financiera y comercial) de otro. Como señalamos en el Informe sobre la crisis económica de nuestro XIIº Congreso internacional, «el verdadero peligro se sitúa en que todo crecimiento, toda pretendida recuperación, está basada en un aumento considerable del endeudamiento, en un estímulo artificial de la demanda, es decir, en capital ficticio. Tal es la matriz que hace nacer la inflación porque expresa una tendencia profunda en el capitalismo decadente: el divorcio creciente entre el dinero y el valor, entre lo que ocurre en el mundo “real” de la producción de bienes y un proceso de cambio que se ha convertido en “un mecanismo tan complejo y artificial” que la misma Rosa Luxemburgo alucinaría al verlo» (Revista Internacional nº 92).

Así pues y en realidad, lo único que sostiene la baja inflación de los años 80 y 90 es el aplazamiento sistemático de la deuda mediante el carrusel de nuevos títulos de deuda que sustituyen a los anteriores y la expulsión de la inflación global hacia los países más débiles (que son cada vez más numerosos).

Todo esto se ve claramente ilustrado con la crisis de la deuda que desde 1982 estalla en los países del Tercer Mundo (Brasil, Argentina, México, Nigeria etc.). Estos Estados que con sus enormes deudas habían alimentado la expansión de los años 70 (ver la primera parte de este artículo) amenazan con declararse insolventes. Los países más importantes acuden rápidamente en su «ayuda» mediante planes de «reestructuración» de la deuda (Plan Brady) o mediante la intervención directa del Fondo monetario internacional. En realidad, lo que buscan es evitar un hundimiento brutal de esos Estados que desestabilizaría todo el sistema económico mundial.

Los remedios que emplean son una copia más de la «nueva política de endeudamiento»:

  • Aplicación de planes brutales de deflación tutelados directamente por el FMI y el Banco mundial que suponen ataques terribles a la clase obrera y a toda la población. Esos países, que durante los años 70 habían vivido el espejismo del «desarrollo», despiertan brutalmente encontrándose con la pesadilla de la miseria generalizada de la cual ya no volverán a salir.
  • Conversión de los préstamos en Deuda pública materializada en títulos que comportan intereses muy elevados (10 o 20 % más que la media mundial) y sometidos a una especulación formidable. El endeudamiento no desaparece sino que se transforma en deuda aplazada. Con ello el nivel de la deuda de los países del Tercer Mundo, lejos de bajar, crece vertiginosamente a lo largo de los años 80 y 90.

El crack de 1987

A partir de 1985 la locomotora americana comienza a renquear. Las tasas de crecimiento bajan lenta pero inexorablemente y se transmiten poco a poco a los países europeos. Políticos y economistas hablan de un «aterrizaje suave», o sea, tratan de detener un mecanismo de endeudamiento que se alimenta a sí mismo como bola de nieve en la pendiente y que provoca una especulación cada vez más incontrolable. El dólar tras años de reevaluación se devalúa bruscamente cayendo entre 1985 y 1987 en más de un 50%. Esto alivia momentáneamente el déficit americano y logra reducir el pago de intereses de la deuda, pero la contrapartida es el hundimiento brutal de la Bolsa de Nueva York que en octubre de 1987 cae un 27%.

Esta cifra es cuantitativamente inferior a la caída registrada en 1929 (más del 30%), sin embargo un cuadro comparativo de la situación de 1987 y 1929 permite comprender que los problemas son mucho más graves en 1987 (véase página precedente).

La crisis bursátil de 1987 supone una purga brutal de la burbuja especulativa que había alimentado la reactivación económica de la Reaganomics. Desde entonces, esa reactivación hace aguas por todas partes, la última mitad de los años 80 muestra unos índices de crecimiento entre el 1 y el 3 %, en la práctica, un estancamiento. Pero al mismo tiempo, la década finalizará con el hundimiento de Rusia y sus satélites del bloque del Este, un fenómeno que si bien tiene raíces en las peculiaridades de esos regímenes es fundamentalmente una consecuencia de la agravación brutal de la crisis económica mundial.

Junto al fenómeno del hundimiento del bloque imperialista ruso una tendencia muy peligrosa aparece desde 1987: la inestabilidad de todo el aparato financiero mundial, este se va a ver sometido a cataclismos cada vez más frecuentes, auténticos sismos que muestran su fragilidad y vulnerabilidad cada vez mayores.

 

Balance general de los años 80

Vamos a sacar unas conclusiones del conjunto de la década. Las haremos, como en el artículo anterior, tanto sobre la evolución de la economía como sobre la situación de la clase obrera. La comparación con los años 70 permite constatar una fuerte degradación.

Evolución de la situación económica

1) Las tasas de incremento de la producción alcanzan un máximo en 1984: el 4,9 %. La media del periodo es de 3,4 % mientras que la media de la década anterior había sido del 4,1%.

2) Se produce una amputación importante en el aparato industrial y agrícola. Es un fenómeno nuevo desde 1945 que afecta claramente a los grandes países industrializados. El siguiente cuadro referido a tres países centrales (Alemania, Gran Bretaña y USA) pone en evidencia una caída muy fuerte en industria y minería y un desplazamiento del crecimiento hacia sectores no productivos y de carácter especulativo:

Evolución de la producción
por sectores entre 1974 y 1987
(en %)

                                         Alemania        Gran Bretaña   Estados Unidos

Minería                               – 8,1               – 42,1               – 24,9

Industria                             – 8,2               – 23,8                 – 6,5

Construcción                     – 17,2                 – 5,5                  12,4

Comercio y hostelería          – 3,1                    5,0                  15,2

Finanzas y seguros              11,5                  41,9                  34,4

(Fuente: OCDE)

3) La mayoría de sectores productivos sufre un descenso en sus cifras de producción que se observa tanto en sectores catalogados como «tradicionales» (astilleros, acero, textil, minería) como en los sectores punta (automóvil, electrónica, electrodomésticos). Así, por ejemplo, en el automóvil el índice de producción de 1987 es el mismo que en 1978.

4) En la agricultura la situación es desastrosa:

  • los países del Este y del Tercer Mundo se ven obligados por primera vez desde 1945 a importar alimentos de primera necesidad;
  • en la Unión Europea se decide dejar en barbecho 20 millones de hectáreas.
  • Es cierto que se produce un incremento en la industria informática, telecomunicaciones y sectores de la electrónica, sin embargo, este crecimiento no compensa la caída en la industria pesada y la agricultura.

6)         Las fases de relanzamiento ya no afectan al conjunto de la economía mundial, son más cortas y se acompañan de fases de estancamiento (por ejemplo, entre 1987 y 1989):

  • son altas en USA durante el período 1983-85 pero después entre 1986-89 son más bajas que la media de 1970;
  • son bajas (situación global de semiestancamiento) en todos los países de Europa Occidental excepto Alemania;
  • un buen número de países del Tercer Mundo se descuelgan del tren del crecimiento y caen en el marasmo;
  • los países del Este sufren un estancamiento casi general durante toda la década (a excepción de Hungría y Checoslovaquia).

7)         Japón y Alemania logran mantener un nivel de crecimiento aceptable desde 1983. Este crecimiento es superior a la media y permite unos enormes excedentes comerciales que les transforman en importantes acreedores financieros. Sin embargo los índices de crecimiento no son tan altos como en las dos décadas anteriores:

Media de crecimiento anual del PIB
en Japón
(en %)

1960-70 ………. 8,7 %

1970-80 ………. 5,9 %

1980-90 ………. 3,7 %

(Fuente: OCDE)

8) Los precios de las materias primas experimentan una caída a lo largo de toda la década (salvo el período 1987-88). Ello permite a los países industrializados aliviar el peso de la inflación subyacente a costa de que los países del «Tercer Mundo» (productores de materias primas) se hundan progresivamente en el marasmo total.

9) La producción de armamentos sufre el mayor incremento de la historia: entre 1980 y 1988 crece un 41 % en USA según cifras oficiales. Este aumento supone, como ya fue puesto de manifiesto por la Izquierda comunista, un debilitamiento a término de la economía, como comprueba el propio capitalismo americano en sus propias carnes: a la vez que crecía sin cesar su porcentaje en la producción mundial de armamentos, descendía la parte de sus exportaciones en el comercio mundial de sectores clave como se ve en el cuadro siguiente:

Porcentaje de las exportaciones
de EE.UU. en el comercio mundial

                                            1980         1987

Máquinas herramientas           12,7         9

Automóviles                           11,5         9,4

Informática                              31           22

10) El endeudamiento sufre una explosión brutal tanto cuantitativa como cualitativamente.

  A nivel cuantitativo:

Sigue creciendo de forma descontrolada en los países del «Tercer Mundo»:

Deuda total en millones de $ países subdesarrollados

1980 ……….    580 000

1985 ……….    950 000

1988 ………. 1 320 000

(Fuente: Banco Mundial)

Se dispara de forma espectacular en EE.UU.:

Deuda total en millones de $ Estados Unidos

1970 ……….    450 000

1980 ………. 1 069 000

1988 ………. 5 000 000

(Fuente: OCDE)

Es, sin embargo, moderado en Japón y Alemania.

  A nivel cualitativo:

USA se convierte en país deudor en 1985 tras haber sido durante 71años un país acreedor.

En 1988 Estados Unidos se transforma en el país más endeudado del planeta no solo de forma cuantitativa sino cualitativamente. Así en esa fecha, mientras la deuda externa de México representa 9meses de su PNB y la de Brasil 6meses, ¡la de USA significa 2años del PNB!

El peso de la devolución de intereses de préstamos alcanza en los países industrializados una media del 19% del presupuesto estatal

11) El aparato financiero, hasta entonces relativamente estable y saneado, empieza a sufrir desde 1987 trastornos cada vez más serios:

quiebras bancarias significativas: la más grave es la de las cajas de ahorro norteamericanas en 1988 con un agujero de 500 000 millones de dólares;

se inicia una sucesión de cracks bursátiles periódicos desde 1987: en 1989 habrá otro crack aunque más moderado debido a las medidas estatales de suspensión inmediata de las cotizaciones cuando se supera el 10%;

la especulación se dispara de forma espectacular. En Japón, por ejemplo, la desmesurada especulación inmobiliaria provocará un crack en 1989 cuyas consecuencias se vienen arrastrando desde entonces.

Situación de la clase obrera

1) Asistimos a la peor oleada de despidos desde 1945. El desempleo se dispara brutalmente en los países industrializados:

Número de desempleados
en los 24 países de la OCDE

1979 ………. 18  000  000

1989 ………. 30  000  000

(Fuente: OCDE)

2) Aparece en los países industrializados desde 1984 la tendencia al subempleo (trabajo a tiempo parcial, eventual y precario) mientras que el subempleo se generaliza en los países del «Tercer Mundo».

3) Desde 1985 los gobiernos de los países industrializados adoptan medidas que favorecen los contratos eventuales so pretexto de «lucha contra el paro» de tal forma que en 1990 los contratos eventuales abarcan el 8 % de las plantillas en los países de la OCDE. El trabajo fijo comienza a descender.

4) Los salarios crecen nominalmente de forma muy modesta (media países de la OCDE entre 1980-88 del 3%) no logrando compensar la inflación pese a su nivel muy bajo.

5) Las prestaciones sociales (subsidios, sistemas de Seguridad social, subvenciones a la vivienda, sanidad y enseñanza) sufren los primeros recortes importantes.

El descenso en las condiciones de vida de la clase obrera es brutal en los países «subdesarrollados» y bastante fuerte en los países industrializados. En estos últimos ya no es suave y lento como en la década anterior pese a que los gobiernos, para evitar la unificación de las luchas, organizan de forma gradual y planificada los ataques evitando que sean demasiado bruscos y generalizados.

Sin embargo, por primera vez desde 1945 el capitalismo es incapaz de incrementar la fuerza de trabajo total: el número de asalariados crece a un ritmo inferior al de la población mundial. En 1990 la OIT maneja una cifra de 800 millones de desempleados. Este es indicador más claro de la agravación experimentada por la crisis del capitalismo y el desmentido más rotundo de las mentiras burguesas sobre la recuperación de la economía.

Adalen


[1] Ver en Revista internacional nº 11 «De la crisis a la economía de guerra», informe del IIº Congreso sobre la situación económica mundial.

[2] La década se cerraba con la invasión rusa de Afganistán que provocaría una larga y devastadora guerra.

[3] Ver en Revista internacional nº 26 «Resolución sobre la crisis».

[4] «Todo país necesita tener un fondo de reserva, tanto para su comercio exterior como para su circulación interior. Las funciones de estas reservas obedecen, pues, en parte a la función del dinero como medio interior de circulación y de pago, y en parte a su función como dinero universal» (Marx: El Capital, Libro I, Sección 1ª, Capítulo 3º). Marx especifica más adelante que «los países en los que la producción ha alcanzado un alto grado de desarrollo limitan los tesoros acumulados en los bancos al mínimo que sus funciones específicas reclaman».

[5] Informe sobre la crisis del VIIIº Congreso de la CCI.