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La conciencia de clase y el papel de los revolucionarios | Corriente Comunista Internacional

La conciencia de clase y el papel de los revolucionarios

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«Cuando el proletariado anuncia la disolución del orden actual del mundo, anuncia de hecho el secreto de su propia existencia, porque representa la disolución efectiva de ese orden del mundo» (Marx).

Esa destrucción no es una acción ciega y totalmente determinada como algo directo, engendrado mecánicamente por una serie de causas económicas. Al contrario, exige de quien la realiza la plena conciencia de la meta que quiera alcanzar.

Pero si nos atenemos a una visión burguesa de la historia, esa conciencia, que se define como un sentimiento que se tiene de la existencia, no pasa de ser la categoría intelectual y subjetiva de un conjunto de ideas que se aplica a aprehender lo que existe.

Pues para cualquier ciencia burguesa, el pensamiento, la conciencia, separados del movimiento general de la materia, son ante todo una cuestión de individuos aislados o de grupos con intereses comunes. Por eso razonando siempre con las mismas y burdas deformaciones de la ideología dominante, el pensamiento burgués no entiende el proceso de la toma de conciencia más que como un mecanismo puramente mental que llevaría al individuo e incluso a un grupo social, tras una serie de causas (reacción-reflexión-acción), a tomar conciencia de lo que es. Aplicando ese proceso del ser aislado al de una clase social, esa manera de pensar termina por simbolizar e inmovilizar a las clases sociales bajo una forma individual y mítica. El proletariado aparece entonces bajo una apariencia “congelada”, objetiva como simple categoría económica.

Y así, siguiendo ese proceso mental de la ideología dominante, se “empaqueta” al proletariado bajo la forma de un bloque compacto que tendría que “tomar conciencia” –como un individuo- de quién es y de lo que tiene que llevar a cabo. Y acaban por concluir que el proletariado ya no existe sino como clase para el capital; o que basta con esperar a que esa “masa” activa tome conciencia de manera homogénea y simultánea en el cerebro de cada obrero; o que el proletariado no es sino una especie de cuerpo humano cuya cabeza sería el partido, los pies serían los consejos y así...

Esa manera totalmente errónea de ver el proceso histórico de una clase social, que ya fue criticada por Marx en las Tesis sobre Feverbach, se explica por el hecho de que la burguesía es incapaz de ponerse a sí misma en entredicho y no puede pensar el mundo más que en estratificaciones, categorías y separaciones arbitrarias. Para ella sólo existe una realidad consumada y acabada, una realidad del mundo ajena a toda práctica, una materia inmutable, un pensamiento que se aplica como un velo exterior a la realidad sin transformarla.

Forma y contenido, objeto percibido y sujeto pensante, idea y materia, teoría y práctica van asociados y pegados uno a otro inseparablemente, pero siempre diferenciados y vistos cada uno con un modo propio de existencia.

El mundo de los conceptos se elabora, y se despliega, pero opuesto a ese mundo, relegado al segundo plano de la conciencia, el mundo de lo real se contenta con “estar ahí”. La unidad de esos dos mundos, que nunca es más que la de las rectas paralelas que se unen en el infinito, resulta siempre de una pirueta intelectual.

Porque, de hecho, el defecto de todo materialismo vulgar, aun cuando reconoce las determinaciones de la materia, es que sólo tiene en cuenta al objeto bajo la forma externa e independiente del sujeto y no como práctica humana. Por eso, a la conciencia de clase le basta con quedar condensada en un programa teórico y que una minoría la transporte, mientras el proletariado se agita en el mundo de lo material, incapaz de llegar a la conciencia de la clase. O, para otros, la conciencia no es para el proletariado más que una especie de respuesta instintiva e inmediata a estímulos externos; entonces, los revolucionarios, para no perturbar o violar ese metabolismo natural, lo mejor que pueden hacer es la política del avestruz y esperar a que las cosas ocurran espontáneamente.

Los revolucionarios tienen que atacar esos puntos de vista simplistas del materialismo vulgar. Porque son conscientes de que la visión que tienen de la realidad no es producto del azar o de la voluntad individual; por que el papel fundamental que tienen en la realidad social no se limita a la constatación intelectual o empírica de las condiciones objetivas y subjetivas de la revolución comunista. Y lo que podría apreciarse como demasiado abstracto o demasiado teórico de su reflexión no es más que el paso necesario para llevar a la práctica su intervención organizada, pues imaginar teóricamente un movimiento y pretender plasmar mentalmente un proceso es como querer nadar por el río y quedarse en la orilla guardando la ropa.

De ahí que los revolucionarios, por no tener intereses distintos de los del proletariado, no se contenten ni con esquemas o representaciones abstractas, ni con descripciones periodísticas e inmediatas de la realidad social. Como parte de un todo, como productos y factores de un proceso histórico, su reflexión teórica es, en definitiva, una toma de postura política de la realidad, un deseo de transformación radical de la sociedad[1].

En este sentido, las reflexiones sobre la conciencia de clase y el papel de los revolucionarios y del partido, no tienen que ser abordadas por su lado puramente teórico. Los primeros elementos para un análisis que aquí lanzamos se limitan por ahora a trazar las líneas generales; otros factores surgidos en la experiencia misma de la lucha de clases vendrán a reforzar, a modificar o a precisar numerosos puntos. Unicamente la actividad de la clase puede, en última instancia, confirmar o invalidar la teoría revolucionaria.

«Y todos los sistemas que llevan la teoría hacia el misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la compresión de esta práctica». Carlos MARX: “Tesis sobre Feverbach”.

LAS CONDICIONES DE LA REVOLUCION COMUNISTA

I.- El modo de producción capitalista, basado en la ley del valor, sólo puede ser superado por la acción de una clase consciente en su conjunto y unida mundialmente: el proletariado. Esta condición es de una importancia tal que es la única que puede esclarecernos sobre el carácter específico de la revolución comunista y del paso de un modo de producción basado en la ley del valor a un modo de existencia superior.

Porque de hecho hay un abismo entre lo que la humanidad ha conocido hasta ahora a nivel de su desarrollo histórico y el salto cualitativo que tendrá que realizar para clausurar este ciclo y liberar el hombre de toda explotación sea cual fuere.

Y esa gran diferencia es tanto más difícil de concebir por cuanto la sucesión de los diferentes modos de producción en la historia se ha ido desarrollando como un proceso necesario determinado y más o menos inconsciente, al haber sido realizado en las revoluciones pasadas por una clase que ya gozaba del poder económico en el antiguo modo de producción ya caduco. La diferencia cualitativa se mide a nivel de la conciencia histórica que exigirá la destrucción del modo de producción capitalista y la transición hacia el comunismo. Esa conciencia, lejos de quedar reducida a un simple fenómeno mental, ideológico o individual, tiene que situarse en el contexto de una clase social.

II.- El concepto de clase social debe de ser comprendido no como simple clasificación o categoría económica o suma de individuos aislados sino esencialmente como devenir histórico forjado por intereses políticos comunes.

El proletariado no existe verdaderamente como clase sino es a través del movimiento histórico que lo opone al capitalismo, y este movimiento no tiene fundamento real más que en el proceso de la toma de conciencia que le acompaña.

La revolución comunista se desmarca así fundamentalmente de todas las revoluciones anteriores porque, por primera vez en la historia de la humanidad, una clase revolucionaria, portadora de nuevas relaciones sociales, no tiene ningún poder económico en la vieja sociedad. El proletariado es la primera y la última clase revolucionaria de la historia que es a la vez la clase explotada. Esto implica que necesita una plena conciencia de sus fines históricos, aunque ya le obligue a ello al lugar socio-económico que ocupa en el modo de producción capitalista; pues es la única clase que tiene la posibilidad objetiva y subjetiva para tomar conciencia de la sociedad en su conjunto. El proletariado no posee ninguna raíz económica en el suelo capitalista; y al no tener raíces, tampoco pueden circular por ella las ramificaciones de la ideología y no puede surgir de ellas nuevas semillas para una nueva explotación del hombre por el hombre.

Mientras que la Ideología presupone una superestructura político-jurídica y una infraestructura económica determinada por fuerzas productivas que siguen dominando al hombre, el proceso de toma de conciencia tiene que ser para el proletariado condición previa a la toma del poder y al cambio total de la infraestructura que deja el capitalismo.

III.- El proletariado es la única clase en la historia, cuyas necesidades históricas, es decir la destrucción del sistema de explotación, coinciden plenamente con sus intereses de clase revolucionaria, intereses que además van ligados con los de la humanidad entera.

Ninguna otra clase o capa de la sociedad puede llevar en sí ese porvenir histórico - la necesidad de destruir el sistema de explotación -. Las demás no pueden llegar a la conciencia de la necesidad de la transformación del conjunto de la sociedad, aunque puedan llegar a tener un sentimiento más o menos claro de la barbarie social en que se vive; sentimiento que, por lo demás, acaba siendo recuperado, de una u otra manera, por la clase dominante y la ceguera de la ideología burguesa.

Desde el punto de vista capitalista, y por lo tanto ideológico, resulta imposible la comprensión del carácter histórico y transitorio de la sociedad. Porque, para la burguesía, las relaciones sociales son algo fijado para siempre, eterno, algo por encima de la voluntad humana. Aunque la burguesía en sus mistificaciones contra la clase obrera hile más o menos fino y opere con cierta lucidez, ello no quita de que habrá de poner todo su esfuerzo para que desaparezca de la conciencia social la realidad de la lucha de clase. Los límites objetivos de la producción capitalista implican los límites de su “conciencia” que precisamente a causa de esos límites, no es más que simple ideología.

Por eso, los principales embustes de la burguesía hoy en día son los que pretenden que la clase obrera se crea que una nueva gestión del sistema más adecuada puede retasar indefinidamente el hundimiento del capitalismo.

IV.- Conciencia de clase, lejos de coincidir con el concepto “ideología”, es ante todo, su negación primera, su antítesis fundamental. De lo que se trata hoy es de sacar al hombre del letargo en el que está hundido, de hacer un mundo consciente de sí mismo y de sus acciones, lo que ninguna ideología es capaz de realizar. Por que la ideología, producto de factores económicos y de una realidad social alienada, otorga a los objetos una existencia autónoma, y al conocimiento un poder de abstracción fuera de toda contingencia material; por eso le es imposible operar una crítica y práctica de la sociedad.

La conciencia de clase revolucionaria lejos de ser simplemente la que precede a la acción y la dirige hacia un fin determinado, es sobre y ante todo proceso de transformación de la sociedad; un proceso vivo que, al ser consecuencia del desarrollo y la exacerbación de la contradicción del mundo capitalista decadente, obliga a una clase social a realizar lo esencial de su existencia a través de la negación práctica y teórica (y por lo tanto consciente) de sus condiciones de vida. La historia de ese proceso es la historia de la lucha del proletariado y de las de las minorías revolucionarias que han surgido cojo parte comprometida del combate.

LAS CARACTERISTICAS DE LA TOMA DE CONCIENCIA.

I.- Las diferencias fundamentales entre ideología y conciencia de clase estriban en el origen mismo de la ideología y sus raíces materiales, raíces que se hunden en la historia de la división del trabajo, de la separación entre los productores y su producto, de la autonomía de las relaciones de producción y del dominio que sobre el hombre ejerce la forma material de su propio trabajo. Las leyes inherentes al capitalismo, leyes que se caracterizan por el predominio del trabajo muerto sobre el trabajo vivo, la preponderancia del valor de cambio sobre el valor de uso y el fetichismo del valor, llevan a la transformación de las relaciones sociales en relaciones entre cosas y condicionan la aparición de relaciones jurídicas cuyo criterio básico es el individuo aislado.

Son esa leyes también lo que, a través de la especialización, quita al hombre la imagen de la totalidad y lo mantiene preso en una serie de categorías separadas, aisladas o independientes unas de otras, (la nación, la fábrica, el barrio). La visión de la totalidad ya no es entonces sino pura suma de dominios particulares del “saber”, saber que además está detentado por especialistas.

La conciencia de clase, por su parte, se afirma como visión de la totalidad y conciencia del conjunto de la clase. Es un proceso eminentemente colectivo. Su punto de partida es el de una clase unificada en la lucha, dispuesta a destruir las relaciones sociales capitalistas, implica el predominio determinante del todo sobre las partes. Pero esa totalidad sólo puede plantearse si el sujeto que la plantea es también él una totalidad, y ese punto de vista de la totalidad como sujeto, únicamente una clase lo representa. Por eso es por lo que el proletariado para unificarse como clase consciente, tendrá que destrozar la compartimentación, las separaciones, las fronteras sean cuales fueren, e imponer la dictadura de sus consejos obreros por encima de las naciones.

Otra consecuencia de la reificación en la conciencia social es la separación entre las partes respecto del todo, la meta parcial y la final, la lucha económica y la lucha política. En este periodo de decadencia del capitalismo en que toda reforma se ha vuelto imposible y en que la revolución se ha puesto a la orden del día, las luchas económicas tienden a transformarse en luchas políticas y a enfrentarse de lleno al sistema. El proletariado está llamado a transformar conscientemente la sociedad; por eso, la visión de la totalidad le exige comprender la contradicción dialéctica entre interés inmediato y meta final, entre momento aislado y totalidad. El momento aislado, es decir situación como clase atomizada y mistificada, está ligado al capitalismo; por eso el proletariado tiene que unificarse mundialmente y pasar de ser categoría económica a clase revolucionaria. La obrera es la única clase capaz de llevar a cabo esa unificación en clase consciente pues el carácter de trabajo asociado la confiere la posibilidad de aquella visión global.

II.- La naturaleza de la toma de conciencia, es decir fundamentalmente conciencia de clase, nos permite entender la diferencia fundamental que consideremos que hay entre ideología y conciencia. No es por una especie de purismo de lengua por lo que afirmaremos que no existe ni “ideología proletaria” ni “ciencia revolucionaria”, de la misma manera que no existe para una minoría revolucionaria la posibilidad de “transportar” o “encarnar” la conciencia de clase.

Los leninistas y bordiguistas de cualquier tendencia, que reducen todo un fenómeno histórico –a la vez práctico y teórico- a la simple expresión de una reflexión plasmada en el Programa, patrimonio del partido, aprehenden la naturaleza de la conciencia de clase con el mismo tipo de “razonamiento” que el de los místicos cuando afirman que la hostia es la encarnación del cuerpo de Cristo.

Efectivamente, la ideología y el misticismo existen porque la separación entre trabajo manual y trabajo intelectual ha hecho posible la aparición de un pensamiento que se caracteriza por la distancia que intenta poner entre su propia realidad y las condiciones materiales de su existencia y por la preocupación de aparecer como pensamiento independiente y autónomo, agente causal único del movimiento que ánima a la materia. Al comprender la realidad como una serie de mediaciones, de etapas necesarias entre el hombre y la materia, la ideología burguesa se niega a reconocer su verdadero origen. Al otorgar a la realidad una existencia independiente, la ideología burguesa contrapone a la metafísica un idealismo de la acción, considerando el comportamiento teórico como único válido y causa verdadera de la acción y relegando la práctica a algo simplemente natural.

La conciencia de clase, por su parte, coincide totalmente con la realidad social en la medida en que tiene su razón de ser en el desarrollo histórico de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción y que la necesidad de un cambio radical de las relaciones de producción exige una visión global y verdadera del conjunto de la realidad social.

La conciencia de clase reconoce su origen y objeto: el proletariado como núcleo vivo de la producción, clase social en permanente devenir. El proceso de toma de conciencia del proletariado, basado en la unidad dialéctica entre el ser y el pensamiento, rechaza cualquier tipo de intermediario ó de mediador entre la existencia y la conciencia. Se hace conciencia de sí y vuelve a realizar la unidad entre el hombre y la realidad.

III.- El proletariado está obligado a vender su fuerza de trabajo como simple objeto. Esta objetivización y la ruptura ente la fuerza de trabajo (objeto sometido a la explotación) y el sujeto que la vende es lo que permite que la toma de conciencia se realice. Por medio de su lucha contra la explotación capitalista el proletariado llega a percibirse a la vez como sujeto y como objeto del conocimiento. Este percibirse y la conciencia de su total desamparo e inhumanidad es a la vez puesta al desnudo de la sociedad y destrucción de ésta.

Al destruir la sociedad en su conjunto el proletariado no hace sino enunciar la esencia de su propia existencia porque es, precisamente, la negación de la sociedad, pues la única relación social que hay entre Capital y proletariado es la lucha de clases. La realización del proletariado como clase para sí pasa por la destrucción del sistema; la conciencia es factor y producto del proceso. El conocimiento de sí es, para la clase obrera, conocimiento de la esencia de la sociedad; no es toma de conciencia sobre algo, sobre un objeto, sino conciencia de sí, objeto de esa conciencia, precisamente porque es ya práctica (práxis) y opera una modificación en el objeto. Al dar cuenta del carácter objetivo del trabajo como mercancía, ese proceso acaba poniendo al desnudo el fetichismo de toda mercancía y descubrir el carácter social y temporal de la relación capital-trabajo.

Las ilusiones, las mistificaciones, la compartimentación que la ideología impone al pensamiento no son, pues, sino expresión mental de una realidad vuelta también “cosa” (reificada), la expresión mental de una estructura económica basada en la explotación del hombre por el hombre, y cuya negación no puede llevarse a cabo con un simple movimiento del pensamiento sino por la superación práctica. Por eso, la conciencia de clase no es simplemente un poner en entredicho teóricamente al sistema capitalista; es ante todo crítica y destrucción material del sistema en su conjunto.

La conciencia de clase, al dar cuenta del carácter histórico de las leyes económicas, descubre entonces el carácter histórico y transitorio del modo de producción capitalista, ve los límites objetivos de éste y analiza los períodos históricos de la sociedad. Es ir descubriendo un proceso que acopla teoría y práctica porque cada vez que se hunde una ilusión en el antiguo sistema, cada vez que una mistificación aparece como lo que es, ello corresponde a una voluntad práctica de destrucción de la esclavitud salarial.

IV.- Si bien la conciencia histórica surge porque el proletariado tiene que llegar al conocimiento total de la realidad a partir de su punto de vista de clase, ello no implica, sin embargo, que ese conocimiento aparezca inmediatamente.

Muy al contrario, el carácter de clase del proceso de toma de conciencia supone un desarrollo heterogéneo y doloroso de una práctica y una teoría obreras enfrentadas desde el principio a la presión permanente de la clase burguesa.

El proletariado, sea cual fuere su unidad en la lucha, no actúa como individualidad única y dirigida mecánicamente hacia una meta. La contradicción dialéctica que hay entre ser la clase explotada, su total indigencia en la sociedad, lo determina para ser la primera víctima de la ideología burguesa. Al no poder desarrollar su conciencia según los principios estables de una ideología o de una serie de recetas prácticas, por ser a la vez sujeto y objeto del conocimiento, el proletariado sólo puede tomar conciencia de su situación en un proceso real ligado a las condiciones materiales de su existencia social.

Son esas condiciones objetivas y la opresión cada vez mayor de la ideología dominante lo que obliga al proletariado a segregar, integradas en la tendencia de irse haciendo clase revolucionaria, a la minorías revolucionarias con vistas a acelerar el proceso de teorización de las experiencias históricas de la clase y de su difusión dentro de la luchas. La conciencia de clase no es, por lo tanto, un “espejo” de la realidad, un reflejo mecánico de la situación económica de la clase obrera, pues en ese caso no tendría ningún papel activo, ni tampoco crece espontáneamente en el terreno de la explotación capitalista.

La conciencia de clase surge en realidad de la convergencia de varios factores, entre los que las premisas económicas, aunque indispensables, son netamente insuficientes. La lucha económica de la clase obrera no basta para engendrar todo el movimiento teórico y práctico; no es el mago creador ni la máquina todopoderosa que es principio de todo y que algunos espontaneístas adoran como ídolo.

La lucha de la clase no es una entidad en sí, separada del mundo y detonador del movimiento de la materia; es el mundo, por él forjada y forja a su vez.

De ahí que únicamente la reunión de varios elementos que aparecen en el desarrollo y despliegue de la lucha de clases, pueda, en última instancia, llevar la conciencia socialista a su nivel histórico más alto. Esos elementos son fundamentalmente los siguientes:

a) la violencia económica permanente que aguanta el proletariado y su situación de clase explotada.

b) Las bases y datos objetivos del período y el nivel a que han llegado las contradicciones del sistema (decadencia del capitalismo y agudización de la crisis).

c) El nivel de la lucha de clases como respuesta a esa situación y la tendencia más o menos desarrollada de la clase obrera para organizarse como clase autónoma.

d) La influencia cada vez más decisiva de los grupos revolucionarios en las luchas, y la capacidad del proletariado para volver a apropiarse de su teoría revolucionaria.

Ninguno de los elementos expuestos puede ser considerado en sí, separándolo de los demás para erigirlo como principio causal único del movimiento.

Resulta evidente que la violencia económica o la teoría revolucionaria se imponen como factores activos en el desarrollo de la conciencia proletaria, pero no son por sí mismo la causa primera del proceso. Andar buscando la causa predominante y aislada a todo un movimiento no es más que pretender estancarlo entrando en la pelea tonta y estéril de qué es antes: ¿el huevo o la gallina?.

EL PAPEL DE LOS REVOLUCIONARIOS Y DEL PARTIDO

Definir la conciencia del proletariado como proceso histórico propio de una clase social y que se caracteriza por la afirmación en la escena histórica del “ser consciente” es no ir más allá de la simple confirmación pasiva.

Si nos quedamos ahí, sólo habríamos platicado teóricamente sobre las características de la toma de conciencia sin entender las razones objetivas que nos empujan a formular definiciones. Y es precisamente superando lo puramente teórico de su actividad como los revolucionarios toman conciencia de su papel histórico como elementos activos de un todo.

No se puede tirar abajo todo un sistema de explotación únicamente con las ganas y algunas reflexiones filosóficas. Para acelerar el proceso de toma de conciencia de la clase obrera y que ésta se organice como clase autónoma, los revolucionarios tienen que asumir toda su responsabilidad frente a aquella; responsabilidad que exige una clara visión de su función, una puntualización de las tareas históricas para las que se han constituido.

I.- La naturaleza y función de los grupos revolucionarios y del partido sólo pueden explicarse mediante la naturaleza profundamente contradictoria del proceso de la toma de conciencia de la clase obrera, contradicción que acompaña al movimiento mismo de la lucha de clases y que seguirá marcando el período de transición entre el capitalismo y el comunismo, hasta la desaparición de todas las clases.

Contradicción entre la situación de la clase obrera como clase explotada y sus tareas históricas que van hacia la abolición de cualquier explotación. Contradicción entre que sea imposible para la clase obrera el fabricarse una “ideología” proletaria en base a un poder económico inexistente y la necesidad adquirida con plena conciencia de su meta histórica. Por eso, el proletariado se ve obligado:

- por un lado, asumir en la práctica, en y mediante sus luchas cotidianas, la condición fundamental para la revolución comunista: «la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos» (Primera Internacional).

-Por otro, a preparar las armas teóricas que le son indispensables par su emancipación consciente aún siéndole imposible librarse por completo de la influencia de la ideología dominante.

Las minorías revolucionarias aparecen como producto de esta necesidad contradictoria. Surgen formando parte integrante del proletariado y, sin embargo no por ello son miembros sociológicos de él. La clase económica dominante es la que posee los medios de producción materiales e ideológicos; la clase obrera, por su parte, es incapaz de engendrar una cultura o una ideología que sería para ella “sociológicamente inmanente”, pues ello implicaría un interés económico que tendería a perpetuar su situación de clase explotada. Por eso, es un criterio político el que define a los revolucionarios como miembros efectivos del proletariado y les asigna la tarea de teorizar las experiencias adquiridas por su clase de manera que lo lleguen a ser del mayor número posible.

II.- La imperiosa necesidad para el proletariado de llevar a cabo un cambio radical consciente de la antigua sociedad, una transformación la vez práctica y teórica le exige una visión clara, «una neta comprensión de las condiciones, del desarrollo y de los objetivos generales del movimiento proletario» (Manifiesto Comunista). Mientras haya antagonismos de clase y explotación capitalista, esa visión de la meta final del movimiento seguirá enfrentándose a la influencia impositiva de la ideología burguesa y por eso no será algo que tendrá inmediatamente todo el proletariado. La difusión en profundidad de la teoría revolucionaria proletaria al conjunto de clase no es un fenómeno “natural” que sigue una progresión matemática lineal, sino ante todo, el resultado del esfuerzo organizado de la clase. La tentativa consciente de la clase obrera por darse una teoría revolucionaria y sacar las lecciones de las luchas pasadas se materializa en la aparición de minorías revolucionarias y que éstas en los períodos de auge revolucionario, se constituyan en Partido.

Esa constante determinación en el proletariado para la constitución de un partido revolucionario no tiene nada que ver con la acción voluntarista de individuos o grupos de individuos que tienen la pretensión de construir un partido revolucionario con vistas a suplir la acción de la clase en su conjunto. El resurgir de la teoría revolucionaria así como el los de grupos revolucionarios no es el fruto de la voluntad individual ni el producto de algún que otro principio novedoso «descubierto por tal o cual reformador del mundo» (Marx) sino la cristalización del desarrollo de una lucha de clases real y de una necesidad vital en el proletariado.

III.- No es, pues, a nivel abstracto como el proletariado se ha pensado como clase, sino a nivel de su acción concreta, por sus luchas incesantes, en las condiciones objetivas que le impone el periodo. De esta práctica histórica ha surgido no precisamente una serie de principios dogmáticos aplicados cual recetas teóricas a la lucha de clases, sino la expresión teórica de la experiencia. La teoría revolucionaria no es una suma definitiva o invariante de principios, sino el reflejo de la actividad concreta de la clase obrera explicitado y globalizado a nivel teórico por los grupos revolucionarios y reapropriado por la clase. Así a cada problema que la lucha y la organización de la clase han comprobado, corresponde un nuevo aporte teórico, que será a su vez transformado en realidad práctica por la incidencia que tendrá en luchas futuras. Producto, entonces, del ente social de las luchas, la teoría toma su energía en la práctica y a su vez clarifica políticamente las luchas venideras.

La teoría revolucionaria, que se desarrolla, pues, a partir de las luchas concretas de la clase y que los grupos revolucionarios transportan, no es, ni mucho menos, el tesoro oculto de éstos. El papel mismo de los revolucionarios y del Partido cristalizan precisamente la contraria y fundamental preocupación, la de que el proletariado vuelva siempre a recuperar lo adquirido en sus experiencias históricas para que lleguen a ser la realidad de la mayoría. Su función consiste en difundir la teoría en la clase, sabiendo muy bien que sólo puede hacerse en su seno y no como si una teoría pudiera “inyectarse” en una práctica o que la teoría fuera un primer y permanente fermento químico de todo un movimiento histórico.

Teoría y práctica se completan, se interpenetran; favorecer una en detrimento de la otra, insistir en el factor causal de la teoría, o al contrario, ignorar lo activo de la teoría, corre el riesgo de llevarnos por las vías peligrosas del voluntarismo o del academismo.

IV.- No es porque hayan grupos revolucionarios por lo que el proletariado es una clase revolucionaria. Si la burguesía pudiera cargárselos a todos y que desaparecieran de la faz de la tierra, lo único que haría es retrasar los plazos de su propia muerte sin poder parar la lucha de clase ni impedir que la obrera volviera a reconstruir, a segregar grupos revolucionarios. No por destruir los capullos y las primeras flores del árbol se destruye para siempre la posibilidad de reproducción.

En este orden de cosas, los revolucionarios, aún no teniendo intereses diferentes y sin estar separados del proletariado, no son, sin embargo, sinónimos de la clase. Sólo son una parte de ella, la parte más decidida, la que, sin ser el “Estado mayor” de un ejército inconsciente y encuadrado ni “el gran timonel” ese de la revolución, esboza los grandes ejes generales de la lucha, la que indica la dirección final del movimiento. Su función no es la de preparar la dirección “técnica” de las luchas, no son los revolucionarios quienes «con consignas justas dan nacimiento orgánicamente a las condiciones y a las posibilidades de la organización técnica del proletariado» (Lukacs). Su papel no es el de organizar a la clase ni dirigir la organización autónoma de la clase obrera con recetas prácticas sobre tal o cual forma de organización unitaria, sino la de señalar y poner siempre por delante la dirección política general hacia donde debe ir el movimiento.

V.- El que el partido no tenga que sustituir a la clase no significa en absoluto que su existencia sea un mal necesario e inevitable que habría que atenuar o evitar en la medida de lo posible. Los revolucionarios y el partido existen como productos necesarios, elementos indispensables en el proceso de toma de conciencia de la clase proletaria. Negar su función so pretexto de errores substitucionistas en el pasado, es dar prueba de purismo estéril y pretender quitar al proletariado una de sus armas vitales. Su tarea histórica, lejos de ser la concreción de una especie de paliativo, forma parte de la tendencia general de la clase obrera a constituirse como clase revolucionaria consciente. Por ser los elementos más combativos y más decididos de la clase obrera, los revolucionarios desarrollan en las luchas proletarias una intervención organizada con la permanente perspectiva de mostrar la meta final del movimiento. Su participación activa en las luchas ejerce una influencia decisiva en la organización global del movimiento de la clase: influencia que puede materializarse concretamente en la dirección política general de la lucha y en la aceleración del proceso de constitución del proletariado como clase autónoma para la toma del poder y la destrucción de la esclavitud asalariada.

Los revolucionarios y el partido no tendrán que substituirse a la clase. Eso significa que su función, aún siendo indispensable, no tiene un fin en sí, no es una obra acabada y perfecta que podría actuar en lugar de la clase obrera o capaz de hacer que penetre en el movimiento de masas espontáneo de la clase una especie de “verdad inminente” para “sacar” al proletariado de la necesidad económica de su origen y “colocarlo” en la acción consciente y revolucionaria. Así pues, por ser un elemento activo y perteneciente al proletariado, comprometido de lleno en el desarrollo de la toma de conciencia por la clase, el partido no es ni la mediación entre teoría y práctica, ni entre experiencia y conciencia. Uno y otra, el partido y la clase materializan la unidad entre teoría y práctica; esta unidad es idéntica para ambos, no hay intermediarios. Sólo hay intermediarios ente cosas previamente separadas. Esa unidad es un proceso vivo que determina tanto al partido como a la acción de la clase en su conjunto y a su organización unitaria en Consejos. Pretender que el partido es la mediación entre teoría y práctica significa considerar la teoría como algo externo al proletariado, como patrimonio exclusivo del partido, el cual sería entonces la única fuerza capaz de “cambiar el sentido de la praxis”; esto implica la castracíón del proletariado de toda capacidad consciente y política en su conquista del poder. Según ese razonamiento, los Consejos obreros acabarían siendo cáscaras vacías, órganos administrativos y estatales a los que el partido pretendería aportar el contenido revolucionario. La consecuencia lógica de esta visión es la de poner en manos del partido la dirección real de la sociedad y la de ponerlo a la cabeza del estado de la dictadura del proletariado.

El partido no es una organización directiva o ejecutiva, no es un órgano que el proletariado crea para que tome el poder. La idea según la cual la dirección de la dictadura obrera es cosa de un partido de masas durante el período revolucionario demuestra una muy grave incomprensión en lo que se refiere a la finalidad política real del partido. El partido no anda buscando hincharse como un globo incorporando la mayor cantidad de gente que se pueda. Su función no es la de un partido único totalitario y de Estado. Muy al contrario, el partido seguirá siendo la expresión de una parte de la clase y su razón de ser tenderá a desaparecer conforme la conciencia socialista vaya haciéndose cosa propia del conjunto de la clase.

CONCLUSIÓN

La inadecuación entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas llegó a tal grado de agudización en el período de la Primera Guerra Mundial que desde entonces y hoy aún más aparece el carácter embaucador de ideologías que corresponden a relaciones sociales totalmente caducadas. Todo esto obliga a la burguesía a emplear todo un arsenal de embustes y mistificaciones con objeto de desviar a las luchas obreras de su verdadero objetivo.

Las diferencias entre nuestra época y el período ascendente del capitalismo ejercen una influencia fundamental en la unidad entre teoría y la práctica, reforzándola, precisamente porque el desarrollo de las condiciones objetivas permite la revolución comunista.

Y como en período de decadencia del capitalismo, la revolución comunista se ha vuelto posibilidad objetiva y que la práctica de las luchas se va radicalizando en ese sentido, la teoría tiende cada vez más a comprender el objeto primero de su análisis: la conciencia de clase como unidad real de ambas – teoría y práctica – afianzándose en su proceso que no es sino el proceso del ser consciente. Ese reforzamiento de la unidad entre el ser social del proletariado y su teoría se plasma, a todo lo largo de la historia de la clase obrera en este periodo de decadencia, en la aparición de organizaciones revolucionarias de la clase que se dan como objetivo no ya la mejora de las condiciones de existencia del proletariado dentro del sistema capitalista, sino poner en evidencia la necesidad para la clase obrera de destruir el modo de producción capitalista por la violencia, y la toma del poder político con sus organizaciones autónomas.

En el período ascendente del capitalismo las minorías revolucionarias sólo podían surgir en un marco limitado, en el de la organización permanente del proletariado en partidos de clase o sindicatos en una lucha por reformas reales y duraderas. Hoy en día, cualquier forma permanente de organización de la clase está condenada sin remedio o bien a quedar integrada en la contrarrevolución o a desaparecer; en cuanto a las minorías revolucionarias, éstas no se limitan simplemente a teorizar lo adquirido en las experiencias proletarias, sino que además su práctica en el seno de la lucha de clases puede ser un auténtico factor de transformación y de esclarecimiento de la perspectiva histórica de la lucha. La teoría ya no sólo tiende entonces a realizarse en la práctica, sino que la realidad misma tiende a integrar y va integrando el pensamiento, es decir que el proletariado va apropiándose de nuevo la teoría al tomar conciencia, tras una lucha, de las fronteras de clase como de una experiencia adquirida en su pasado histórico.

El programa revolucionario no es, pues, un simple conjunto de posiciones más o menos flexible según las variaciones de la actualidad, sino que es algo tejido con el hilo histórico que une los deferentes momentos en que el proletariado ha irrumpido como clase pensante y actuante de y hacia su misión histórica, la destrucción del capitalismo.

La intervención de los revolucionarios no representa otra cosa sino el esfuerzo del proletariado para alcanzar la conciencia de sus verdaderos intereses con el fin de ir más allá de la simple comprobación empírica de fenómenos particulares, buscándoles la relación con los principios generales surgidos de la experiencia histórica.

Insistir constantemente en las fronteras de clase y esclarecer con cada vez mayor profundidad la meta histórica de la clase obrera no es, en fin de cuentas otra cosa que la concreción de la necesidad para la clase de tomar plena conciencia de su propia práctica; la existencia de organizaciones revolucionarias es consecuencia de esa necesidad. Al preceder y a la vez completar la conquista del poder por la clase obrera uy sus Consejos, la toma de conciencia anuncia un modo de producción en el cual los hombres, por fin dueños de las fuerzas productivas, las desarrollarán con pleno conocimiento para que de una vez termine el reino de la necesidad y empiece el de la libertad.

J.L. Julio de 1976.


[1] Hoy, tiempo de revolución social y en que el proletariado vuelve a la escena de la historia, la intervención es tanto más vital por el medio siglo de contrarrevolución y de confusión que ha venido pesando sobre la lucha de clase obrera, falsificándose burdamente la teoría revolucionaria, lo que ha ido arrastrando a algunos grupos hacia las aguas putrefactas de aquella; lo que exige a las minorías revolucionarias actuales una clarificación teórica indispensable con vistas a una práctica organizada dentro de las luchas.