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XVIIº Congreso internacional - Resolución sobre la situación internacionalSubmitted by RevistaInternacional on Agosto 12, 2007 - 5:05pm.
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XVIIº Congreso internacional Resolución sobre la situación internacionalDecadencia y descomposición del capitalismo
1. Uno de los elementos más importantes que determinan la vida actual de la sociedad capitalista es su entrada en la fase de descomposición. La CCI, ya desde finales de los años 80, ha planteado cuáles son las causas y las características de esta fase de descomposición de la sociedad, poniendo especialmente de manifiesto que: 2. Por paradójico que pueda parecer, la situación económica del capitalismo es el aspecto de esta sociedad que resulta menos afectado por la descomposición. Ello es así, principalmente, porque justamente la situación económica es la que determina, en última instancia, los demás aspectos de la vida de este sistema incluidos los que se refieren a la descomposición. Como sucedió en los modos de producción que le precedieron, el modo de producción capitalista, que conoció un periodo ascendente hasta finales del siglo xix, también entró en su periodo de decadencia a principios del siglo xx. El origen de esta decadencia, como sucedió para otros sistemas económicos, es la creciente inadecuación entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Concretamente, en el caso del capitalismo cuyo desarrollo está condicionado por la conquista de los mercados extracapitalistas, la Primera Guerra mundial fue la primera manifestación significativa de su decadencia. En efecto, con el fin de la conquista colonial y económica del mundo por las metrópolis capitalistas, éstas se vieron obligadas a enfrentarse entre sí para disputarse sus respectivos mercados. El capitalismo entró desde entonces en un nuevo período de su historia, período que la Internacional comunista, en 1919, calificó como el de las guerras y las revoluciones. El fracaso de la oleada revolucionaria que surgió de la guerra mundial abrió igualmente la puerta a convulsiones cada vez más fuertes de la sociedad capitalista: la gran depresión de los años 30 y su consecuencia, la Segunda Guerra mundial mucho más mortífera y bárbara que la Primera. El período que le sucedió, y que algunos “expertos” de la burguesía calificaron de “Treinta años gloriosos” permitió al capitalismo ofrecer la ilusión de que había conseguido superar sus contradicciones mortales, ilusión compartida incluso por corrientes que se reivindicaban de la revolución comunista. Este periodo de “prosperidad”, resultante tanto de factores circunstanciales como de las medidas paliativas contra los efectos de la crisis económica, dio de nuevo paso a la crisis abierta del modo de producción capitalista que estalló a finales de los años 60 y que se agravó fuertemente a partir de mediados de los 70. Esta crisis abierta del capitalismo desembocó nuevamente en la alternativa anunciada por la Internacional comunista: guerra mundial o desarrollo de las luchas obreras con vistas a la destrucción del capitalismo. La guerra mundial, al contrario de lo que pensaron algunos grupos de la Izquierda comunista, no es ninguna “solución” a la crisis del capitalismo ni le permite “regenerarse” o renovarse con un crecimiento dinámico. Es el callejón sin salida en que se encuentra el sistema capitalista, la agudización de tensiones entre sectores nacionales del capitalismo, lo lleva a una inexorable huida hacia delante en el plano militar cuyo desenlace final es la guerra mundial. Efectivamente, como consecuencia de la agravación de las convulsiones económicas del capitalismo, las tensiones imperialistas conocieron a partir de los años 1970 una evidente agravación. Tales tensiones no pudieron sin embargo desembocar en una guerra mundial dado el surgimiento histórico de la clase obrera, a partir de 1968, en reacción a los primeros efectos de la crisis. Pero al mismo tiempo y aunque la clase obrera fuese capaz de contrarrestar la única perspectiva que puede ofrecer la burguesía (si es que puede hablarse de “perspectiva”), el proletariado por más que desarrollase una combatividad como no se había visto durante décadas, no fue capaz, sin embargo, de proponer su propia perspectiva, la revolución comunista. Esta situación en la que ninguna de las clases determinantes de la sociedad puede imponerle su perspectiva, en la que la clase dominante se ve reducida a “gestionar” el día a día, golpe a golpe, del hundimiento de su economía en una crisis insuperable, es lo que origina la entrada del capitalismo en su fase de descomposición. 3. Unas de las principales manifestaciones de esta ausencia de perspectiva histórica es el desarrollo de la tendencia de “cada uno a la suya” que afecta a todos los niveles de la sociedad, desde los individuos hasta los Estados. Sin embargo, no puede considerarse que en el plano de la vida económica del capitalismo haya aparecido un cambio significativo en este ámbito con la entrada del capitalismo en su fase de descomposición. En efecto, esa tendencia de “cada uno para sí”, la “competencia de todos contra todos” es una característica congénita del modo de producción capitalista. Estas características han tenido que ser temperadas, en el período de decadencia, mediante una intervención masiva del Estado en la economía que ya se puso en marcha durante la Primera Guerra mundial, y que se vio reactivada durante los años 30 especialmente con las políticas fascistas o keynesianas. Esta intervención del Estado se vio completada tras la Segunda Guerra mundial por la instauración de organismos internacionales como el FMI, el Banco mundial, la OCDE y posteriormente la Comunidad económica europea (antecesor de la actual Unión europea), con objeto de impedir que las contradicciones económicas condujesen a una desbandada general como sucedió tras el “jueves negro” de 1929. Hoy, a pesar de todos los discursos sobre “el triunfo del liberalismo”, sobre el “libre ejercicio de las leyes del mercado”, los Estados no han renunciado ni a la intervención en las economías de sus países respectivos, ni a la utilización de las estructuras encargadas de regular, en cierta forma, las relaciones entre ellos o crear otras nuevas como la Organización mundial del comercio. Ahora bien, ni tales políticas ni esos organismos, aunque hayan logrado atenuar significativamente el ritmo de hundimiento del capitalismo en la crisis, han permitido acabar con ésta, por muchos discursos que hagan para congratularse de los niveles “históricos” de crecimiento de la economía mundial y los extraordinarios índices alcanzados por los dos gigantes asiáticos: India y, sobre todo, China. Crisis económica: se acelera la huida ciega en el endeudamiento4. Las bases sobre las que asientan las tasas de crecimiento del PIB mundial de los últimos años y que hoy provocan la euforia de los burgueses y de sus lacayos intelectuales no tienen, en lo esencial, nada de novedosas. Se trata de las mismas bases que permitieron impedir que la saturación de los mercados que originó la crisis abierta a finales de los años 60 provocase la asfixia completa de la economía mundial, unas bases que se resumen en un creciente endeudamiento. En el momento actual, la principal “locomotora” del crecimiento mundial reside en los enormes déficits de la economía estadounidense, tanto a nivel presupuestario como de su balanza comercial. Se trata pues de una verdadera huida hacia adelante, que lejos de posibilitar una solución definitiva a las contradicciones del capitalismo, no hace sino anunciar un futuro aun más doloroso y estancamientos brutales del crecimiento económico como los que hemos visto desde hace ya más de 30 años. Hoy mismo, por otra parte, asistimos ya a una acumulación de las amenazas que se ciernen sobre el sector inmobiliario en Estados Unidos que ha representado uno de los motores de la economía norteamericana, y que conllevan el riesgo de catastróficas quiebras bancarias, causando angustia e incertidumbre en los ámbitos económicos. A eso viene a añadirse la perspectiva de otras quiebras de los llamados hedge funds (fondos de inversión especulativos), tras la quiebra de Amaranth sucedida en octubre de 2006. La amenaza tiene, si cabe, mayor calado pues esos organismos cuya razón de ser es la obtención de altos beneficios a corto plazo, especulando con la evolución de los tipos de cambio o el curso de las materias primas no son, ni mucho menos, francotiradores al margen del sistema financiero internacional. Son en realidad las instituciones financieras más “serias” las que colocan una parte de sus recursos en esos hedge funds. Además, las cantidades invertidas en esos organismos son considerables hasta el punto de igualar el PIB anual de un país como Francia, sirviendo de “palanca” a movimientos de capitales mucho más considerables (700 billones de dólares en 2002, o sea 20 veces más que el valor de las transacciones de bienes y servicios, o sea productos “reales”). Y no serán las peroratas de los “altermundistas” y demás denunciadores de la “financiarización” de la economía las que van a cambiar nada. Esas corrientes políticas desearían un capitalismo “limpio”, “equitativo” que dejara de lado la especulación. En realidad ésta no se debe ni mucho menos a un “mal capitalismo” que “se olvidaría” de su responsabilidad de invertir en sectores realmente productivos. Como Marx lo dejó claro desde el siglo xix, la especulación es resultado de que, en la perspectiva de una ausencia de salidas suficientes para las inversiones productivas, los poseedores de capitales prefieren rentabilizarlos a corto plazo en una gigantesca lotería, una lotería que está transformando hoy el capitalismo en un casino planetario. Pretender que el capitalismo renuncie a la especulación en el periodo actual es tan realista como pretender que los tigres se hagan vegetarianos. 5. Las tasas de crecimiento excepcionales que ahora están alcanzando países como India, y sobre todo China, no son en modo alguno una prueba de un “nuevo impulso” de la economía mundial, aunque hayan contribuido en buena medida a su elevado crecimiento en el periodo reciente. Con lo que nos encontramos otra vez como base de ese crecimiento es, paradójicamente, la crisis del capitalismo. En efecto, la dinámica esencial de ese crecimiento procede de dos factores: las exportaciones y las inversiones de capital procedentes de los países más desarrollados. Si las redes comerciales de éstos distribuyen cada vez más bienes fabricados en China en lugar de los productos fabricados en los “viejos” países industriales, es porque pueden venderlos a precios mucho más bajos, lo que acaba siendo una necesidad absoluta en el momento de una saturación creciente de los mercados y, por lo tanto, de una competencia comercial cada vez más agudizada, al tiempo que este proceso permite reducir el precio de la fuerza de trabajo de los asalariados de los países capitalistas más desarrollados. A esta misma lógica obedece el fenómeno de las “deslocalizaciones”, que es la transferencia de actividades industriales de las grandes empresas hacia países del Tercer mundo, en donde la mano de obra es muchísimo más barata que en los países más desarrollados. Hay que resaltar además que si la economía china se beneficia de esas deslocalizaciones en su territorio, también tiende a practicarlas a su vez en dirección de países en donde los salarios aun son más bajos, de África especialmente.
6. De hecho, el trasfondo del “crecimiento de dos dígitos” de China, especialmente de su industria, es el de una explotación desenfrenada de la clase obrera, la cual conoce frecuentemente condiciones de vida que recuerdan las de la clase obrera inglesa de la primera mitad del siglo xix, denunciadas por Engels en su señalada obra de 1844. Por sí sola, esa situación no es un signo de la quiebra del capitalismo, puesto que este sistema se lanzó a la conquista del mundo gracias a una explotación del proletariado igual de despiadada. Hay, sin embargo, unas diferencias fundamentales entre el crecimiento y la condición obrera en los principales países capitalistas del siglo xix y los de la China actual: La agravación de las tensiones imperialistas y del caos7. La vida económica de la sociedad burguesa, no puede sortear, en ningún país, las leyes de la decadencia capitalista, por una razón evidente, puesto que la decadencia se manifiesta en primer lugar en ese plano. Sin embargo, por esa misma razón, las manifestaciones principales de la descomposición no afectan de momento a la esfera económica. No puede decirse lo mismo de la esfera política de la sociedad capitalista, especialmente respecto a los antagonismos entre sectores de la clase dominante y particularmente en lo que a conflictos imperialistas se refiere. De hecho, la primera gran manifestación de la entrada del capitalismo en su fase de descomposición, concierne precisamente el terreno de los conflictos imperialistas: el hundimiento del bloque imperialista ruso a finales de los 80, que provocó la inmediata desaparición del bloque occidental. Donde primero se expresa hoy la tendencia de “cada uno para sí”, característica principal de la fase de descomposición, es en el plano de las relaciones políticas, diplomáticas y militares. El sistema de bloques llevaba en sí el peligro de una tercera guerra mundial, que se habría desencadenado si el proletariado mundial no hubiese sido capaz de impedirlo desde finales de los 60; sin embargo representaba cierta “organización” de las tensiones imperialistas, particularmente por la disciplina impuesta por las respectivas potencias dominantes en cada uno de los dos campos. La situación abierta desde 1989 es totalmente diferente. Cierto es que el espectro de la guerra mundial ha dejado de amenazar el planeta, pero al mismo tiempo hemos asistido a un desencadenamiento de antagonismos imperialistas y de guerras locales en las que están implicadas directamente las grandes potencias, empezando por la primera y principal: Estados Unidos. A este país, que desde hace años se ha dado el papel de “gendarme mundial”, le correspondía proseguir y reforzar ese papel ante el nuevo “desorden mundial” surgido al final de la guerra fría. En realidad, si EEUU se ha encargado de ese papel, no es, ni mucho menos, para contribuir a la estabilidad del planeta sino, sobre todo, para intentar restablecer su liderazgo mundial, puesto constantemente en entredicho, sobre todo por parte de sus antiguos aliados, debido a que ya desapareció la argamasa que aglutinaba cada uno de los bloques imperialistas, o sea, la amenaza del bloque adverso. Tras la desaparición total de la “amenaza soviética”, el único medio que le queda a la potencia estadounidense para imponer su disciplina es hacer alarde de lo que constituye su fuerza principal: la enorme superioridad de su potencia militar. Y al hacer así, la política imperialista de Estados Unidos se ha convertido en uno de los principales factores de inestabilidad del mundo. Desde el principio de los años 90 abundan los ejemplos de ello: la primera guerra del Golfo, en 1991, pretendía estrechar los lazos, que ya empezaban a desaparecer, entre los antiguos aliados del bloque occidental (y no para “hacer respetar el derecho internacional”, “mancillado” por la anexión iraquí de Kuwait, como se pretextó). Poco después estallaba en mil pedazos, en Yugoslavia, la unidad de los antiguos aliados del bloque occidental: Alemania encendía el polvorín animando a Eslovenia y Croacia a declararse independientes, mientras Francia y Gran Bretaña nos ofrecían un remake de “la Entente cordial” de principios del siglo xx, al apoyar los intereses imperialistas de Serbia, a la vez que Estados Unidos ejercía de padrino de los musulmanes de Bosnia. 8. El fracaso de la burguesía norteamericana para imponer de forma duradera su autoridad a lo largo de los años 90, incluso después de sus diferentes operaciones militares, la ha llevado a buscar un nuevo “enemigo” del “mundo libre” y de la “democracia”, que le permitiera arrastrar tras ella a las principales potencias mundiales, sobre todo aquellas que habían sido sus aliados: el terrorismo islámico. Los atentados del 11 de septiembre de 2001, que cada vez más parece claro (incluso para más de un tercio de la población norteamericana y la mitad de los habitantes de Nueva York) que fueron consentidos, cuando no preparados, por el aparato de Estado norteamericano, habían de servir de punto de partida de esta nueva cruzada. Cinco años después, el fracaso de esta política es patente. Los atentados del 11 de septiembre permitieron a Estados Unidos implicar a países como Francia o Alemania en su intervención en Afganistán. En cambio, EEUU no ha conseguido implicarlos en su aventura iraquí de 2003, impulsando, al contrario, una alianza de circunstancias entre esos dos países y Rusia contra esa intervención. Y después otros “aliados” de EEUU, comprometidos en un primer tiempo en la “coalición” que ha intervenido en Irak, como España o Italia, han abandonado el navío. Al final, la burguesía americana no ha logrado ninguno de los objetivos que se había fijado oficial u oficiosamente: la eliminación de las “armas de destrucción masiva” en Irak, el establecimiento de una “democracia” pacífica en ese país, la estabilización y una vuelta a la paz del conjunto de la región bajo la égida americana, el retroceso del terrorismo, la adhesión de la población estadounidense a las intervenciones militares de su gobierno. La cuestión de las “armas de destrucción masiva” se ha saldado rápidamente: quedó inmediatamente claro que las únicas que había en Irak eran las que había aportado la “coalición”, lo que evidentemente puso en evidencia las mentiras de la administración Bush para “vender” su proyecto de invasión de ese país. En cuanto al retroceso del terrorismo, se puede constatar que la invasión de Irak no sólo no lo atajado en absoluto, sino que, al contrario, ha sido un potente factor de su desarrollo, tanto en Irak como en otras partes del mundo, incluidas las metrópolis capitalistas, como se ha visto en Madrid en marzo de 2004 y en Londres en julio de 2005. Así, el establecimiento de una “democracia” pacifica en Irak se ha saldado por la implantación de un gobierno fantasma incapaz de mantener el menor control del país sin el apoyo masivo de las tropas estadounidenses, “control” que se limita a unas cuantas áreas de seguridad, dejando en el resto del país el campo libre a las masacres entre las comunidades chií y suní, así como a los atentados terroristas que han causado decenas de miles de víctimas tras la caída de Sadam Husein. La estabilización y la paz en Oriente Medio nunca han estado tan lejanas: en el conflicto cincuentenario entre Israel y Palestina, hemos visto cómo, en estos últimos años, se producía una agravación continua de la situación, con los enfrentamientos interpalestinos entre Al Fatah y Hamás, al igual que con el considerable descrédito del gobierno israelí, lo que supone una agravación aun más dramática de la situación. La pérdida de autoridad del gigante norteamericano en la región, tras su amargo fracaso en Irak, no es evidentemente ajeno al hundimiento y la quiebra del “proceso de paz” del que es principal valedor. Esta pérdida de autoridad es también responsable en parte, de las dificultades crecientes que experimentan las fuerzas de la OTAN en Afganistán, y de la pérdida de control del gobierno de Karzai sobre el país en beneficio de los talibanes. Por otra parte, la chulería creciente que demuestra Irán a propósito de los preparativos para la obtención del arma atómica es una consecuencia directa del hundimiento de Estados Unidos en Irak, que les impide cualquier otra intervención militar. Finalmente la voluntad de la burguesía americana de superar definitivamente el síndrome de Vietnam, es decir, las reticencias de la población norteamericana al envío de soldados a los campos de batalla, ha conseguido el resultado contrario al que buscaba. Si en un primer momento, la emoción que provocaron los atentados del 11 de septiembre permitió un reforzamiento masivo, en el seno de esta población, de los sentimientos nacionalistas, de la voluntad de una “unión nacional” y de la determinación de implicarse en la “guerra contra el terrorismo”, lo que con el paso de los años se ha ido intensificando ha sido, al contrario, el rechazo de la guerra y del envío de soldados americanos a los campos de batalla. Hoy en Irak, la burguesía de EEUU se encuentra en un auténtico callejón sin salida. Por un lado, y tanto desde el punto de vista estrictamente militar como desde el económico y político, carece de los medios para comprometer en Irak los efectivos que podrían eventualmente permitirle el “restablecimiento del orden”. Por otra parte, no puede permitirse retirarse pura y simplemente de Irak sin que aparezca todavía más claramente la quiebra total de su política y, además, se abran las puertas a una dislocación de Irak y a una desestabilización aun más considerable de toda la región. 9. Así pues, el balance del mandato de Bush hijo es, desde luego, uno de los más calamitosos de la historia de los Estados Unidos. La subida, en 2001, de los llamados “neocons” (neoconservadores) a la cabeza del Estado norteamericano, fue una verdadera catástrofe para la burguesía estadounidense. La pregunta que cabe hacerse es la siguiente ¿Cómo es posible que la primera burguesía del mundo haya llamado a ese hatajo de aventureros irresponsables e incompetentes a dirigir la defensa de sus intereses? ¿Cuál es la causa de esa ceguera de la clase dominante del principal país capitalista? De hecho la llegada del equipo Cheney, Rumsfeld, y compañía a las riendas del Estado no es el simple resultado de un monumental “error de casting” de parte de esa clase. Esto ha agravado considerablemente la situación de Estados Unidos en el plano imperialista, pero ya era la expresión del callejón sin salida en el que se encontraba un país enfrentado a la pérdida creciente de su liderazgo, y más, en general, al desarrollo de la tendencia de “cada uno a la suya” en las relaciones internacionales, característico de la fase de descomposición. La mejor prueba de ello es desde luego el hecho de que la burguesía más hábil e inteligente del mundo, la burguesía británica, se haya dejado arrastrar al callejón sin salida de la aventura iraquí. Otro ejemplo de esta propensión a elegir opciones imperialistas desastrosas por parte de las burguesías más “eficaces”, las que hasta ahora habían conseguido manejar con maestría su potencia militar, nos lo proporciona, a menor escala, la catastrófica aventura de Israel en Líbano durante el verano de 2006, una ofensiva que contaba con el beneplácito de los “estrategas” de Washington, y que, tratando de debilitar a Hizbolá, lo único que ha conseguido, en realidad, es reforzarlo. La destrucción acelerada del medio ambiente10. El caos militar que se desarrolla en el mundo, que sumerge amplias regiones en un verdadero infierno y en la desolación, sobre todo en Oriente Medio, pero también y especialmente en África, no es la única manifestación del atolladero histórico en que se encuentra el capitalismo, ni representa, a largo plazo, la amenaza más severa para la especie humana. Hoy está claro que la pervivencia del sistema capitalista tal y como funciona hasta hoy, comporta la perspectiva de destrucción del medio ambiente que había permitido el desarrollo de la humanidad. La prosecución, al ritmo actual, de la emisión de gases de efecto invernadero con el consiguiente calentamiento del planeta, anuncia el desencadenamiento de catástrofes climáticas sin precedentes (canículas, huracanes, desertificación, inundaciones...) con su séquito de calamidades espantosas para los seres humanos (hambrunas, desplazamiento de centenares de millones de seres humanos a las regiones más a salvo...). Frente a los primeros efectos visibles de esta degradación medioambiental, los gobiernos y los sectores dirigentes de la burguesía, no pueden esconder a la población la gravedad de la situación y el futuro catastrófico que se avecina. Ahora las burguesías más poderosas y la casi totalidad de los partidos políticos burgueses se pintan de verde y prometen tomar las medidas necesarias para evitarle a la humanidad esa catástrofe anunciada. Pero al problema de la destrucción del medio ambiente le sucede como al de la guerra: que todos los sectores de la burguesía se declaran en contra, aunque esta clase, desde que el capitalismo entrara en la decadencia, es incapaz de garantizar la paz. Y es que no se trata en absoluto de una cuestión de buena o mala voluntad (aunque entre los sectores que más alientan a la guerra, se pueden encontrar los intereses más sórdidos). Hasta los dirigentes burgueses más “pacifistas” son incapaces de escapar a una lógica objetiva que da al traste con sus veleidades “humanistas”, o la “razón”. De igual modo, la “buena voluntad” que exhiben cada vez más los dirigentes de la burguesía con respecto a la protección del medio ambiente, aun cuando en muchos casos sólo se trata de un mero argumento electoral, nada podrá hacer contra las obligaciones que impone la economía capitalista. Enfrentarse eficazmente al problema de la emisión de gases de efecto invernadero supone transformaciones considerables en sectores de la producción industrial, de la producción de energía, de los transportes y de la vivienda, y por tanto, inversiones masivas y prioritarias en todos esos sectores. Igualmente eso supone poner en entredicho intereses económicos considerables, tanto a nivel de grandes empresas como a nivel de los Estados. Concretamente si un Estado asumiera por su cuenta las disposiciones necesarias para aportar una solución eficaz a la resolución del problema, se vería inmediata y catastróficamente penalizado desde el punto de vista de la competencia en el mercado mundial. A los Estados, con las medidas que tienen que tomar para enfrentarse al calentamiento global, les pasa lo mismo que a los burgueses con los aumentos de los salarios obreros; que todos ellos están a favor de tales medidas… pero en las empresas del vecino. Mientras sobreviva el modo de producción capitalista, la humanidad esta condenada a sufrir cada vez más calamidades de todo tipo que este sistema agonizante no puede evitar imponerle, calamidades que amenazan su existencia misma. Así pues, como puso en evidencia la CCI hace más de 15 años, el capitalismo en descomposición supone o lleva en sí amenazas considerables para la supervivencia de la especie humana. La alternativa anunciada por Engels a finales del siglo xix: “socialismo o barbarie”, se ha convertido a lo largo del siglo xx en una siniestra realidad. Lo que el siglo xxi nos ofrece como perspectiva es, simplemente, socialismo o destrucción de la humanidad. Este es el verdadero reto al que se enfrenta la única fuerza social capaz de destruir el capitalismo, la clase obrera mundial. Continúan los combates de la clase obrera,
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