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Nazismo y Democracia: todos culpables de la masacre de los judíos | Corriente Comunista Internacional

Nazismo y Democracia: todos culpables de la masacre de los judíos

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Hace 60 años tuvo lugar la revuelta del ghetto de Varsovia; e, ironía de la historia, hace exactamente 100 años, en 1843, Karl Marx publicaba La cuestión judía, texto que marcaba significativamente la evolución de Marx, de la democracia radical al comunismo. Volveremos sobre este texto en otro artículo; aquí baste decir que Marx, aún apoyando la abolición de todas las trabas feudales impuestas a los judíos en su participación en la sociedad civil, señalaba los límites inherentes a una emancipación únicamente “política” fundada en el ciudadano atomizado, y mostraba que la verdadera libertad no podía cumplirse más que a nivel social, por la creación de una comunidad unificada que supere las relaciones mercantiles, origen subyacente de la división de los hombres en diferentes unidades en competencia.

En aquella época, en 1843, el capitalismo ascendente planteaba de manera inmediata la cuestión de acabar con todas las formas de discriminación feudal contra los judíos, incluyendo su encierro en el ghetto. En 1943, los pocos judíos de Varsovia que quedaban, se sublevaron, no sólo contra la restauración del ghetto, sino también contra su exterminación física –trágica expresión del paso del capitalismo de su fase ascendente a la de su decadencia.

En 2003, cuando el declive capitalista llega a su fase más avanzada, parece que el capitalismo no ha resuelto aún la cuestión judía; los conflictos imperialistas Oriente Medio y el resurgir de un islam radical han resucitado viejos mitos antisemitas, y el sionismo, que se presentaba como el libertador de los judíos, además de encerrar a millones de ellos en una nueva trampa mortal, se ha convertido él mismo en una fuerza de opresión racial, dirigida esta vez contra la población árabe de Israel y Palestina.

 Pero aquí queremos examinar una forma de tratar el holocausto en el plano artístico, en la película de Polansky, El pianista, que ha recibido recientemente muchas alabanzas, además de la Palma de Oro en el festival de Cannes del 2002, el premio a la mejor película durante las ceremonias artísticas (BAFTA) de Londres, y varios óscars en Hollywood.

Un holocausto capitalista

Polanski es él mismo un refugiado del ghetto de Cracovia, y está claro que esta película constituye una toma de posición que tiene una dimensión personal. El pianista es un retrato notablemente fidedigno de las Memorias de un superviviente del ghetto de Varsovia, el pianista Vladislav Szpilman, que las escribió inmediatamente tras la guerra, y que acaban de ser reeditadas recientemente por Victor Gollanz en 1999, y han aparecido después en formato “libro de bolsillo” en el 2002. A pesar de ciertos adornos, el escenario se mantiene muy parecido a la presentación simple y no sentimental que hizo Szpilman de los horrible hechos que vivió; a veces hasta en los más pequeños detalles.

Nos cuenta la historia de una familia judía cultivada que decidió vivir en Varsovia al principio de la guerra, y por eso se vio sometida a la marcha forzada, gradual pero inexorable, hacia las cámaras de gas. Empezando por pequeñas humillaciones, como el decreto sobre la obligatoriedad de llevar la Estrella de David, se nos muestran todas las etapas, desde el momento en que toda la población judía de la ciudad se concentra en un ghetto reconstituido, donde la mayoría vive en condiciones sanitarias y laborales atroces, hasta la muerte lenta por hambre. Sin embargo, la aparición de una clase de aprovechados y la formación de una fuerza de policía judía y de un Consejo judío completamente sometidos a la ocupación, muestran que, incluso en el ghetto, las divisiones de clases continuaban existiendo entre los mismos judíos. La película, igual que el libro, muestra cómo, durante ese periodo, los actos aparentemente aleatorios y de una crueldad inimaginable de las SS(1) y de otros órganos de la domina­ción nazi, tenían una “racionalidad”: la de inculcar el terror y destruir toda voluntad de resistencia. Al mismo tiempo, el lado más “suave” de la propaganda nazi, alienta todo tipo de falsas esperanzas y sirve igualmente para impedir cualquier idea de resistencia. Esto se ve muy claramente cuando co­mien­za el proceso final de las deportaciones, y se embarca a miles de personas en vagones de ganado que tienen que llevarlos a los campos de la muerte: mientras esperan que lleguen los trenes, aún discuten para saber si serán exterminados o utilizados para trabajar; se dice que esas discusiones se produjeron en las mismas puertas de las cámaras de gas.

Es cierto que el Holocausto fue uno de los acontecimientos más terribles de toda la historia de la humanidad. De hecho, se ha desarrollado toda una ideología con el fin de defender la segunda guerra imperialista mundial como una guerra “justa” a partir del carácter pretendidamente único de la “Shoah”, ideología según la cual, frente a una monstruosidad sin igual, era ciertamente necesario apoyar el mal menor que constituía la democracia. Los apologistas de izquierda de la guerra pretenden incluso que el nazismo, al haber introducido el esclavismo y volver a las ideologías paganas precapitalistas, constituía una especie de regresión respecto al capitalismo, el cual, en comparación, sería pues progresista. Pero lo que resalta claramente de todo este periodo, es que el holocausto nazi contra los judíos no fue en absoluto único. No solamente los nazis asesinaron a millones de personas de “razas inferiores” como los eslavos o los gitanos, etc, así como oponentes políticos de toda clase, burgueses o proletarios; sino que su Holocausto se produjo al mismo tiempo que el holocausto estalinista, que no fue menos devastador, y que el holocausto democrático en forma de bombardeos de las ciudades alemanas, de ataques nucleares en Hiroshima y Nagasaki, y del hambre deliberadamente impuesta a la población alemana tras la guerra. El trabajo esclavista tampoco ha sido característico del nazismo; el estalinismo en particular lo empleó enormemente en la construcción de su maquinaria de guerra. Todo esto era expresión de una degeneración extrema del capitalismo, en particular en una fase en que había vencido a la clase obrera y tenía las manos libres para dejarse llevar por sus pulsiones más profundas a la autodestrucción. Pero siempre había una lógica capitalista tras eso, como lo demuestra el folleto Auschwitz ou le grand alibi (Auschwitz la gran coartada), publicado por el Partido comunista internacional.

Este folleto desenmascara la razón material más elemental de la “elección” de los judíos por los nazis –la necesidad de sacrificar una parte de la pequeña burguesía arruinada para movilizar su otra parte “aria” tras el capital y la guerra– y la descripción que hace de la economía del Holocausto, refleja fielmente los acontecimientos del ghetto de Varsovia:

«En tiempos “normales”, y cuando se trata de poca cantidad, el capitalismo puede dejar que revienten sólos los hombres que rechaza del proceso de producción. Pero le era imposible hacerlo en plena guerra y tratándose de millones de personas: un “desorden” semejante lo habría paralizado todo. Era necesario que el capitalismo organizara su muerte.

Además, no los mató enseguida. Para empezar, los retiró de la circulación, los agrupó, los concentró. Y les hizo trabajar subalimentándolos, es decir, sobreexplotándolos a muerte. Matar a las personas con el trabajo es un viejo método del capital. Marx escribía en 1844: «Para que tenga éxito, la lucha indistrial exige numerosos ejércitos, que podemos concentrar en un momento dado, o diezmar copiosamente». Era preciso que toda esa gente pagara por los gastos de su vida, mientras vivían, y después por los de su muerte. Y que produjeran plusvalía tanto tiempo como pudieran. Puesto que el capitalismo no puede ejecutar a los hombres que ha condenado, si no saca beneficios incluso de matarlos».

La sublevación de Varsovia y la indiferencia de las grandes potencias

Al principio de la película –estamos en septiembre de 1939– vemos a la familia Szpilman escuchando la radio, que anuncia que Francia y Gran Bretaña han declarado la guerra a Alemania. La familia festeja el acontecimiento, porque piensan que su liberación está al alcance de la mano. A lo largo de la película, el abandono total y completo de los judíos de Varsovia y de hecho, de Polonia misma, queda cada vez más claro, y las esperanzas puestas en las potencias democráticas se revelan totalmente sin fundamento.

En Abril de 1943, la población del ghetto ha pasado, de prácticamente medio millón, a 30000; muchos de los que quedan son jóvenes seleccionados para cumplir trabajos pesados. En ese momento, ya no queda ninguna duda desde hace tiempo, de la “solución” nazi al problema judío. La película muestra los contactos de Szpilman con ciertos personajes en la clandestinidad; uno de ellos, Jehuda Zyskind, se describe en el libro como un “socialista idealista” que, muchas veces, casi convence a Szpilman de la posibilidad de un mundo mejor (el libro revela que Zyskind y toda su familia fueron asesinados en su casa, después de haber sido descubiertos mientras seleccionaban literatura clandestina en torno a una mesa). Szpilman era un artista, y no un personaje profundamente político; nos lo muestran transportando armas clandestinamente en sacos de patatas, pero él escapó del ghetto antes de la sublevación. Ni él ni la película abordan con mucho detalle las corrientes políticas que operaban en el ghetto. Parece que principalmente estaban compuestas de antiguas organizaciones proletarias que ahora se situaban esencialmente en un terreno nacionalista radical, de una u otra forma –el ala extrema izquierda del sionismo y de la socialdemocracia, los bundistas, y el Partido comunista oficial. Estos grupos son los que organizaron los lazos con la resistencia “nacional” polaca y consiguieron proporcionar clandestinamente armas al ghetto, preparando la sublevación de finales de abril de 1943 bajo los auspicios de la organización judía de combate. A pesar del número irrisorio de armas y municiones a su disposición, los insurgentes consiguieron tener en jaque al ejército alemán durante un mes. Esto no hubiera sido posible sin el apoyo de una gran proporción de la población hambrienta que se sumó de una u otra forma a la revuelta. En este sentido, la sublevación tuvo un carácter popular, y no puede reducirse a las fuerzas burguesas que lo organizaron; pero tampoco fue una acción con un carácter proletario, y no podía de ninguna manera poner en cuestión la sociedad que genera ese tipo de opresión y de horrores. De hecho era, muy conscientemente, una revuelta sin perspectivas, en la que la motivación preponderante de los rebeldes, era morir al principio, antes que ser llevados como ganado a los campos de la muerte. Sublevaciones similares ocurrieron en otras ciudades como Vilno, e incluso en los campos de concentración hubo sabotajes y motines armados. Esas revueltas sin esperanza son el producto clásico de una evolución en la que el proletariado ha perdido la capacidad de actuar en su terreno de clase. Toda la tragedia se repitió el año siguiente a gran escala, durante la revuelta general de Varsovia, que se terminó con la destrucción de la ciudad, igual que el ghetto había sido completamente arrasado tras la revuelta de los judíos.

En ambos casos, se puede demostrar la hipocresía y la doblez de las fuerzas de la democracia y de la “patria del socialismo”, que proclamaban que su único objetivo al implicarse en la guerra, era liberar a los oprimidos por la dominación nazi.

En su libro While Six million Died (Secker and Warburg, Londres 1968) Arthur Morse cita una de las últimas proclamaciones de los protagonistas de la revuelta del ghetto:

«Sólo la fuerza de las naciones aliadas puede aportar una ayuda inmediata y activa ahora. En nombre de millones de judíos quemados, asesinados y quemados vivos. En nombre de los que luchan y de los que están condenados a morir, llamamos al mundo entero... Nuestros aliados más próximos, deben comprender al menos el grado de responsabilidad producto de semejante apatía frente al crimen sin precedente cometido por los nazis contra toda una nación, cuyo epílogo trágico está ahora a punto de jugarse. La sublevación heroica, sin precedente en la historia, de los hijos condenados del ghetto, tiene al menos que despertar al mundo para actuar conforme a la gravedad del momento».

Este pasaje ilustra muy claramente, al mismo tiempo, la comprensión que tenían los protagonistas de la revuelta de que estaban condenados y sus ilusiones sobre las buenas intenciones de las potencias aliadas.

¿Qué hacían en realidad los Aliados contra los crímenes nazis cuando ardía el ghetto de Varsovia? En el mismo momento –el 19 de Abril de 1943– Gran Bretaña y América habían organizado en las Bermudas una conferencia sobre el problema de los refugiados. Como Morse muestra en su libro, las potencias democráticas habían sido directamente informadas del memorándum de Hitler de Agosto 1942, que formalizaba el plan de exterminio de toda la población judía europea. Sin embargo sus representantes fueron a la Conferencia de las Bermudas con un mandato que debía asegurar que no se haría nada sobre ese tema.

«El departamento de Estado ha establecido un memorandum para la orientación de los delegados a la Conferencia de las Bermudas. Los americanos fueron instruidos para no limitar la cuestión a la de los refugiados judíos, para no suscitar cuestiones de fe religiosa o de raza llamando a un apoyo público, ni prometiendo fondos americanos; para no comprometerse en lo que concierne al transporte por barco de refugiados; para no retrasar el programa marítimo militar proponiendo que los transportes de vuelta vacíos carguen refugiados en ruta; para no transportar refugiados del otro lado del océano si se les encontraba emplazamiento en los campos de refugiados de Europa; para no esperar un solo cambio en las leyes americanas de inmigración; para no ignorar las necesidades del esfuerzo de guerra y las necesidades de la población americana en dinero y alimentación; para no establecer nuevas agencias de apoyo a los refugiados, puesto que el Comité intergubernamental estaba ya para eso.

El delegado británico, Richard Kidston Law, añadió algunas negativas a la larga lista aportada por sus amigos americanos. Los británicos no considerarían hacer ningún llamamiento directo a los alemanes, no cambiarían prisioneros por refugiados, y no levantarían el bloqueo de Europa para enviar aprovisionamiento de socorro. Mr Law añadió el peligro que supondría para los aliados el “desembarco” de un gran número de refugiados, algunos de los cuales podrían ser simpatizantes del Eje, ocultos bajo la máscara de personas oprimidas».

Al final de la Conferencia, la “continuación” de sus actividades se puso en manos de un Comité Intergubernamental –el precursor de la ONU– que ya era bien conocido por... no hacer nada.

Esto no fue una expresión aislada de inercia burocrática. Morse cuenta otros espisodios, como la oferta que hizo Suecia de recoger a 20000 niños judíos de Europa, oferta que pasó de oficina en oficina en Gran Bretaña y América y fue finalmente enterrada. Y el folleto Auschwitz… cuenta la historia, aún más impactante, de Joel Brandt, el líder de la organización judía húngara, que negoció con Adolf Eichman la liberación de un millón de judíos, a cambio de 10 000 camiones. Pero como dice el folleto: «¡No sólo los judíos, sino también las SS, se habían tragado la propaganda humanitaria de los Aliados! ¡Los aliados no querían ese millón de judíos! Ni por 10 000 camiones, ni por 5 000, ni por nada». El mismo género de ofertas de parte de Rumanía y de Bulgaria fue rechazado igualmente. Según palabras de Roosvelt, «transportar tanta gente desorganizaría el esfuerzo de guerra».

Este breve repaso del cinismo total de los aliados, sería incompleto si no mencionáramos cómo el Ejército Rojo, que había llamado a los polacos a sublevarse contra los nazis, mantuvo sus tropas en los accesos a Varsovia durante la sublevación de 1944, dejando a los nazis la tarea de aplastar a los insurgentes. Ya hemos explicado las razones en nuestro artículo, “Las masacres y los crímenes de las grandes democracias” en la Revista internacional nº 66:

«De hecho Stalin decidió, ante la amplitud de la insurrección (...) “dejar Varsovia cocerse en su propia salsa”, con el objetivo evidente de tragarse Polonia sin encontrar obstáculos serios por parte de la polblación polaca. En caso de éxito de la insurrección de Varsovia, el nacionalismo se habría reforzado considerablemente y habría podido poner serios obstáculos contra los designios del imperialismo ruso. Al mismo tiempo inauguraba su papel de gendarme antiproletario, frente a la amenaza potencial obrera en Varsovia».

Y si se piensa que semejante crueldad sería específica del odioso dictador Stalin, el artículo señala que esa táctica de “dejar cocerse en su propia salsa” había sido antes adoptada por Churchill, en respuesta a las huelgas obreras masivas que se produjeron el mismo año en el norte de Italia; una vez más, los Aliados dejaron que los carniceros nazis hicieran el trabajo sucio en su lugar. El artículo, que se escribió en 1991, muestra después que “los países occidentales” emplearon una táctica completamente idéntica después de la guerra del Golfo frente a las sublevaciones Kurdas y chiitas contra Sadam.

La supervivenvia de la solidaridad humana

El hecho de que Szpilman haya sobrevivido a esta pesadilla, es desde luego, notable; en gran parte se debe a la combinación de una suerte extraordinaria, y al respeto que la gente tenía por su arte musical. Fue alejado involuntariamente de los vagones de ganado por un policía judío compasivo, mientras sus padres, su hermano y sus dos hermanas fueron embarcados y llevados a su destino. Después de ser sacado clandestinamente del ghetto, fue acogido por músicos polacos relacionados con la resistencia. Sin embargo, al final quedó totalmente solo, debiéndole la vida a un oficial alemán, Wilm Hosenfeld, que lo alimentó y lo escondió en un granero en el mismo cuartel general de las fuerzas de ocupación alemanas, que estaban a punto de desintegrarse. El libro contiene un apéndice con extractos del diario de Hosen-

feld. Nos cuenta que era un católico idea­lista asqueado por el régimen nazi y que salvó algunos otros judíos y víctimas del terror.

Hubo muchos pequeños actos de valentía y de humanidad de este tipo durante la guerra. Los polacos, por ejemplo, tienen una espantosa reputación de antisemitas, particularmente porque los combatientes judíos que se escapaban del ghetto, también fueron asesinados por los milicianos de la resistencia nacional polaca. Pero el libro señala que los polacos salvaron más judíos que cualquier otra nación.

Fueron actos individuales, no expresiones de un movimiento proletario colectivo como lo fue la huelga contra las medidas antijudías y las deportaciones, que comenzó en los astilleros de Amsterdam en Febrero de 1941 (cf. nuestro libro sobre la Izquierda Holandesa –sólo en francés e inglés). Sin embargo dan una pequeña muestra de que, incluso en medio de las más horribles orgías de odio nacionalista, existe una solidaridad humana que puede elevarse por encima de eso. Al final de la película, tras la derrota del ejército alemán, vemos a uno de los amigos músicos de Szpilman pasar ante un grupo de prisioneros de guerra alemanes. Va a la barrera para insultarlos; pero queda desconcertado cuando uno de ellos corre hacia él y le pregunta si conoce a Szpilman y le pide ayuda. Es Hosenfeld. Pero el músico es apartado por los guardias antes de que pueda saber el nombre y los detalles respecto a Hosenfeld. Avergonzado de su actitud inicial, el músico cuenta a Szpilman –que ha recuperado su trabajo de pianista en la radio de Varsovia– lo que ha pasado. Szpilman pasó años buscando el rastro de su salvador, sin éxito, aunque proporcionó ayuda a los miembros de su familia. Y nos enteramos de que Hosenfeld murió en un campo de trabajo ruso a principios de los años 50 –un último recuerdo de que la barbarie no se limitaba al imperialismo perdedor.

No cabe duda de que la burguesía continuará explotando el Holocausto para reforzar el mito de la democracia y justificar la guerra. Y en la situación actual, si las mejores expresiones artísticas pueden dar una apreciación profunda de las verdades sociales e históricas, muy raramente están armadas de un punto de vista proletario que les permita resistir las tentativas de recuperación. El resultado es que la burguesía tratará de utilizar las tentativas honradas de describir los hechos, para servir a sus fines deshonrosos. Hoy asistimos a las tentativas asqueantes de presentar la nueva ofensiva imperialista en el Golfo, como una batalla para salvarnos de las atrocidades que prepara el “nuevo Hitler”, Sadam Husein. Pero los preparativos de guerra actuales revelan con una claridad creciente que es el capital como un todo el que prepara un nuevo holocausto para la humanidad y que son las grandes potencias democráticas las que empujan hacia el abismo. Un nuevo holocausto superaría con mucho todo lo que ocurrió en la década de 1940, puesto que implicaría la destrucción de la humanidad. Pero contrariamente a 1940, hoy el proletariado mundial no ha sido pulverizado ni es incapaz de actuar en su propio terreno de clase; por eso no es tarde para impedir que el capitalismo imponga su “solución final” y para reemplazar su sistema putrefacto por una sociedad auténticamente humana.

Amos (Febrero 2003)

 1) El libro, y la película, muestran cómo Szpilman y su familia son testigos de una redada en el apartamento de enfrente del suyo. Otra familia acaba de sentarse a cenar, cuando aparecen las SS y piden que se levante todo el mundo. Un anciano paralítico no puede, y dos soldados de las SS lo cogen de la silla de ruedas y lo tiran por la ventana. A los niños no se les trataba mejor, como señala friamente este pasaje del libro: «Salimos, escoltados por dos policías, en dirección a la puerta del ghetto. Habitualmente estaba guardada por oficiales de policía judíos, pero hoy toda una unidad de la policía alemana verificaba al detalle los papeles de todos los que salían del ghetto para ir al trabajo. Un niño de 10 años llegó corriendo por el callejón. Estaba muy pálido, y tan asustado que olvidó quitarse la gorra ante un policía alemán que venía en su dirección. El alemán se paró, sacó su revolver sin decir una palabra, apuntó a la sien del niño y disparó. El niño cayó a tierra, agitó los brazos, quedó rígido y murió. El policía enfundó tranquilamente su pistola en la cartuchera, y siguió su camino. Yo lo miraba: no presentaba siquiera características particulares de brutalidad y no parecía enfadado. Era un hombre normal, plácido, que venía de cumplir una de sus numerosas pequeñas obligaciones cotidianas y después la había apartado de su cabeza para atender otros asuntos más importantes que le esperaban».