Masacres masivas en Siria - Las potencias imperialistas alimentan la barbarie del Estado

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Masacres masivas en Siria

Las potencias imperialistas alimentan la barbarie del Estado

El poder letal del Estado moderno convierte en pequeños los crímenes de individuos asesinos de masas, indefensas. El régimen de Siria sigue demostrando su capacidad para sembrar terror a gran escala. Una ciudad tras otra es sometida a intensos bombardeos de la artillería y la población se ve atrapada en casas o sótanos, privada de alimentos y electricidad durante días, incluso semanas. Francotiradores militares secuestran a quien sale en busca de comida para sus familias. Y cuando el pueblo cae, familias enteras son exterminadas de la manera más directa y personal, ya sea por soldados regulares, o con mayor frecuencia (ya que muchos soldados han desertado de las filas del ejército disgustados por lo que se les obliga a hacer) por bandas de delincuentes conocidas como “Shabiha” o fantasmas. Las dos masacres más conocidas han acontecido en Houla y Mazraat al-Qubair, pero no son las únicas.

Con cinismo arrogante, los portavoces del régimen justifican estos asedios al afirmar que “grupos terroristas armados” se han apoderado de la ciudad en cuestión. Se culpa de las carnicerías más conocidas de mujeres y niños a la acción de esos grupos que presumiblemente lo harían para desacreditar al gobierno. El descaro de los crímenes y las mentiras del gobierno sirio no es la marca de un régimen que descansa sobre bases sólidas. Más bien refleja la desesperación de un régimen que se derrumba.

Para enfrentarse a las protestas generalizadas que estallaron contra su gobierno siguiendo la estela de los otros movimientos masivos en todo Noráfrica y Oriente Medio, Bashir al-Assad, trató de seguir los pasos de su padre: en 1982, Hafez al-Assad, enfrentó otro levantamiento en la ciudad de Hama. El régimen envió al ejército y llevó a cabo una masacre: la cifra de muertos se estima entre 17 mil y 40 mil. La rebelión fue aplastada y el régimen ha sido capaz de mantener su control sobre el país de forma más o menos indiscutible durante los últimos dos decenios y medio.

La situación ha cambiado desde 1982

Sin embargo, el terror despiadado ya no funciona de la misma manera, porque la historia ha evolucionado desde mediados de los 80. En primer lugar, la relativa estabilidad que resultó del antiguo sistema de los dos bloques (en el que Siria era el aliado más consistente de la URSS en la región) se vio debilitada por el colapso del bloque oriental y la consecuente desintegración del bloque dirigido por EU. Este profundo cambio en las “relaciones internacionales” desató los apetitos imperialistas de un gran número de Estados –pequeños, medianos y grandes–, que, de repente, se veían libres de la tutela de las antiguas superpotencias que les gobernaban desde lejos. En Oriente Medio, Irán se ha reforzado y juega su propia carta, sus ambiciones han aumentado ampliamente a causa de la invasión americana de Irak. El Irak de Saddam era un importante contrapeso a la posición de Teherán en la región, pero tras ser derrocado Hussein, el país se paralizó por el desorden interno y se rige por una débil facción chiíta que es altamente susceptible a la influencia iraní. Turquía, que en otros tiempos fue un aliado de confianza de los EU, ha empezado a jugar a su propio juego, presentándose cada vez más a sí mismo como el campeón del Oriente Medio musulmán. Incluso Israel ha estado afirmando cada vez más su independencia respecto de EU, una realidad que está siendo corroborada por las voces en Israel que piden un ataque contra las instalaciones nucleares de Irán ([1])).

Lo que empezó como una protesta popular desarmada contra el régimen de Assad se ha convertido rápidamente en una guerra de poder entre las potencias imperialistas regionales y mundiales. Irán, principal aliado de Siria en la región ([2]), se ha posicionado en pro del régimen de Assad, y ha habido informes de que miembros de la Guardia Revolucionaria u otros agentes de la República Islámica han trabajado como cómplices en la campaña de terror de Assad. Assad también ha sido protegido de Rusia y China, que han participado activamente en el Consejo de Seguridad de la ONU bloqueando las resoluciones que condenan al gobierno de Assad o que pretenden sancionarlo. Rusia ha tenido que moderar su postura ante las críticas recibidas, haciendo incipientes críticas de las masacres de Assad, pero su apoyo a una política de “no intervención” sirve para asegurarse de que las fuerzas rebeldes no consigan armas mientras que el ejército sirio mantiene su gran arsenal. Hillary Clinton, acusó a Rusia de proveer helicópteros de ataque al régimen, a lo que el ministro de exteriores ruso Lavrov, respondió que los helicópteros eran para fines “defensivos” y que igualmente el Oeste estaba secretamente armando a los rebeldes.

Esta fue la primera vez que los rusos hicieron abiertamente esta acusación, pero ha sido así durante mucho tiempo. Una vez que la oposición se unió en una fuerza política burguesa en torno al Ejército Libre de Siria y el Consejo Nacional de Siria, ha habido envíos de armas desde Arabia Saudita y Qatar. Turquía, mientras tanto, ha hecho un cambio radical de postura, poniendo fin a sus relaciones antes amistosas con el régimen de Assad, condenando su inhumanidad y ofreciendo protección a los refugiados que huyen de la masacre. En el plano militar ha acumulado fuerzas considerables en su frontera con Siria; y, en el mismo discurso en el que condena a Moscú por enviar helicópteros a Siria, Clinton sugirió que la concentración de fuerzas sirias alrededor de Aleppo, cerca de la frontera turca, “bien podría ser una línea roja para los turcos en términos de sus intereses estratégicos o nacionales” (The Guardian 13 de junio). Más recientemente, Siria ha estado derribando aviones turcos, incluyendo un avión militar que supuestamente había violado el espacio aéreo sirio, lo cual ha incrementado las tensiones entre Ankara y Damasco.

Estancamiento imperialista

Por lo tanto, la política de terror, lejos de fortalecer el poder de Assad, ha envuelto a éste en un cada vez más impredecible conflicto imperialista, lo que también tiene el efecto de agravar las divisiones religiosas y étnicas sirias: de la misma manera que los iraníes apoyan a la minoría alauí dominante, los saudíes (y a algunos yihadistas atraídos por el conflicto) pretenden imponer un régimen suní. Hay también divisiones entre cristianos y musulmanes, kurdos y árabes, todas las cuales amenazan con llegar a ser demasiado profundas como para ser manipuladas sin sumir al país en una situación de más caos, siguiendo a Irak.

Como Siria va en el camino de convertirse en un Estado fallido, y las sanciones de la ONU y las misiones de observación se muestran incapaces de detener la matanza, ha habido crecientes llamamientos para una intervención militar “humanitaria” por parte de las potencias occidentales. Después de todo, dicen sus partidarios, “funcionó” en Libia, donde Francia y la GB impusieron una “zona de exclusión aérea”, que propició la victoria de los rebeldes y el derrocamiento del régimen. Pero en el caso de Siria, los estados como GB, Francia y los EU están siendo mucho más cautelosos, a pesar de clamar con más fuerza que Assad se vaya. Hay una serie de razones para sus dudas: el terreno geográfico en Siria es mucho menos susceptible a la guerra aérea de Libia, con sus grandes extensiones de desierto. Y mientras en sus últimos días Gadafi acabó aislado internacionalmente, Siria tiene vínculos mucho más fuertes con Rusia, China e Irán. Con Israel ya incitando a EU a atacar a Irán bajo la amenaza de hacerlo ellos mismos, una escalada de la guerra en Siria también podría encender la mecha en torno a Irán, con consecuencias aún más devastadoras. Por otra parte, el ejército de Assad está mucho mejor equipado y entrenado que el libio. En conclusión, las potencias occidentales corren el riesgo de verse involucradas en un verdadero desastre en Siria y más allá, de la misma forma que les ha pasado en Afganistán e Irak; y en contraste con Libia no hay peligro de que valiosas reservas de petróleo caigan en las manos equivocadas, ya que Siria no tiene petróleo en absoluto. Las repercusiones sociales y políticas de que otro escenario de guerra se forme para las grandes potencias en esta región devastada son, por el momento al menos, demasiado inciertas para hacer que el riesgo valga la pena. Turquía está, a pesar de estar más directamente amenazada por las consecuencias de la catástrofe humanitaria en Siria, maniobrando con cierta cautela hasta el momento.

Hay un estancamiento imperialista sobre Siria, y mientras tanto sigue la matanza. Esto no significa que una intervención militar occidental pudiera evitar que ocurriera. Como podemos ver en la experiencia de Irak y Afganistán (y Libia, donde las secuelas afectan a sus vecinos ([3])), las consecuencias de la intervención militar occidental son cualquier cosa menos humanitarias. Incluso cuando sus intereses imperialistas exigen imponer un cierto orden sobre la situación y así minimizar algunas zonas de conflicto, el resultado en todos estos casos ha sido el de acelerar la tendencia hacia el caos y la violencia. Al igual que la crisis económica a la que se enfrenta ahora el capitalismo como un muro inexpugnable, la proliferación de guerras y tensiones imperialistas en todo el planeta dan testimonio de que el capitalismo se ha convertido en un callejón sin salida para la humanidad.

Amos, junio 2012


[1]) Véase la editorial de la Revista Internacional no 149:

http://en.internationalism.org/internationalreview/201206/4980/editorial-massacres-syria-iran-crisisthe-threat-imperialist-cataclys

[2])  El régimen de Assad siempre ha basado su poder en una política de dividir y gobernar, haciendo pleno uso de las diferentes divisiones religiosas y étnicas que tienen una larga historia en el país. En particular, se ha identificado con la minoría religiosa alauí, manteniendo su apoyo a este grupo (que es considerado hereje por muchos musulmanes) a través de una política combinada de repartir prebendas y privilegios e infundir un clima de temor a los miembros de la secta sobre lo que sucedería si sus protectores fueran retirados del poder. Por su parte, los mulás iraníes, para dar peso teológico a su política exterior en favor de Siria, parecen haber aceptado a los alauitas como parte de los musulmanes chiítas. 

Ver http://www.guardian.co.uk/world/2012/jun/16/minority-sect-syria-dictatorship?INTCMP=SRCH.

Este artículo muestra que, si bien muchos de los Shabiha son extraídos de la minoría alauita, hay otros, tal vez la mayoría, que están cada vez más preocupados de que se les asociará a los crímenes de Assad.

[3]) Ver http://en.internationalism.org/icconline/201205/4893/mali-coup-d-etat-which-increases-chaos