Debates sobre movilizaciones en España- Un esfuerzo de desarrollo de la conciencia que prepara las luchas futuras

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Debates sobre movilizaciones en España

Un esfuerzo de desarrollo de la conciencia que prepara las luchas futuras

De las múltiples cuestiones que se han debatido vamos a comentar tres de ellas: el papel de las Asambleas y su oposición a la democracia, la necesidad de destruir el capitalismo y ¿sería una alternativa el cooperativismo?

Mientras la democracia conserva y defiende el capitalismo, las Asambleas son un arma de lucha contra él

En ambos debates la inmensa mayoría de quienes intervenían defendían las Asambleas como medio de lucha, organización y clarificación. Incluso los que de forma minoritaria se hacían ilusiones sobre las posibilidades que pudiera ofrecer la democracia resaltaban que para ellos el marco de debate y decisión eran las Asambleas.

Una compañera hizo una denuncia muy clara de la democracia: “Yo he nacido en democracia y la rechazo. La democracia te individualiza y te atomiza, el voto se plantea como un asunto egoísta de interés individual. El segundo principio de la democracia es la delegación del poder. Tu capacidad de decisión se limita en confiar ciegamente en un político que hace y deshace en tu nombre. La democracia te hace individualista e irresponsable”.

Frente a ello, la compañera resaltaba que “lo que he visto en las Asambleas es lo contrario. Aprendemos a vernos como parte de un colectivo. Tu criterio personal se refuerza con el de los demás tanto si es contrario como si es coincidente. Te sientes dentro de una comunidad. Participas y te haces responsable de lo que se dice y lo que se decide”.

Las Asambleas son un lugar de encuentro, un espacio colectivo de pensamiento, discusión, decisión y acción. Un compañero señalaba la necesidad de que el cambio revolucionario se acompañe de un “cambio individual”: “si no nos cambiamos interiormente, si cada uno de nosotros no actúa de manera solidaria, la sociedad no cambiará”, a lo que otro compañero le respondía: “las asambleas no son solamente un lugar para discutir y decidir, las asambleas cambian a los participantes, se sienten solidarios, aprenden, se atreven a pensar, a confiar en si mismos. Es el cambio también de las personas”.

¿Habría oposición entre lo que puedan pensar pequeñas minorías y lo que piensa la masa de la asamblea? ¿La posición mayoritaria de la asamblea serviría para aplastar las diferentes posiciones minoritarias?

En la democracia el momento de las votaciones es cuidadosamente elegido y preparado por la burguesía: con campañas electorales y maniobras ideológicas se hace lo que sea para que esa foto estática que representa la votación de la masa atomizada de millones de individuos refleje lo que a la burguesía le interesa y ¡a eso le llaman voluntad popular!

Las decisiones de las Asambleas no se pueden sacralizar evidentemente. La clase obrera sufre el impacto permanente de la ideología burguesa, las fuerzas de la burguesa con coloración “obrera” (los sindicatos, los partidos de izquierda y de extrema izquierda) no se van de las Asambleas sino que intervienen activamente para desnaturalizarlas y desviarlas de un terreno de clase. Por las razones anteriores y por la inexperiencia y las vacilaciones que inevitablemente existen en las filas obreras, las Asambleas toman y tomarán decisiones que van en contra de los intereses de la clase obrera y de la liberación de la humanidad –ambos van juntos. O adoptarán decisiones ambiguas o contradictorias.

Pero a diferencia de la democracia, las decisiones de las Asambleas son revocables, pueden cambiar mediante el debate, reflejan una evolución en la conciencia de la clase obrera y en las relaciones de fuerza entre las clases. Las Asambleas permiten que los obreros piensen colectivamente, ya no es la opinión de cada cual en un momento dado, sino la interacción entre los pensamientos, las iniciativas, pero igualmente los sentimientos y las pasiones, de muchos obreros.

En ese terreno, las pequeñas minorías que expresan las posiciones más claras del proletariado deben mantenerse organizadas y unidas, deben poder expresarse. La trampa del apoliticismo ([1]) que en realidad es la hoja de parra con la que fuerzas burguesas se ocultan para dominar las asambleas y destruirlas desde dentro. Las minorías revolucionarias deben poder expresarse con entera libertad en las asambleas, hacer circular su prensa sin restricciones. Sus posturas sin embargo no pueden imponerse por golpe de mano o por manipulación, ganarán a la mayoría por la convicción, por la clarificación, por la capacidad de ayudar a que la mayoría proletaria exprese sus verdaderas posiciones e intereses.

Para que la humanidad pueda vivir el capitalismo debe morir

Tanto en Valencia como en Alicante ha habido intervenciones que insistían en que la lucha debe orientarse hacia la destrucción del capitalismo. Un compañero afirmaba: “El capitalismo lleva 100 años de decadencia y eso se ha plasmado en guerras, en constantes crisis económicas, paro endémico, hoy todo se agrava y la gente comprende que no hay futuro bajo este sistema”. Una compañera que había manifestado ilusiones sobre la posibilidad de una reforma del sistema, añadía sin embargo que “cuanto más busco un capitalismo social más me doy cuenta que el capitalismo no es necesario”. A un compañero que decía que “de todos los sistemas existentes el capitalismo es el menos malo y si alguien me ofrece una alternativa que me convenza yo le seguiré”, otro compañero le respondía: “no es una cuestión de elegir en un laboratorio entre un sistema y otro sistema, es una cuestión de necesidad. Se hace necesario destruir el capitalismo por que no ofrece otra cosa que paro, guerras, destrucción ecológica, es un atolladero bárbaro para la humanidad”.

Mientras un compañero hablaba de “darle un rostro humano al capitalismo” mediante medidas como imponer una tasa a los bancos, otros compañeros insistían en que las raíces de la miseria, el paro, las guerras, que el capitalismo provoca, no están en los bancos ([2]) sino en todo el sistema de relaciones de producción en su conjunto que al caer constantemente en la sobreproducción y haber alcanzado sus límites históricos, niega cualquier futuro a la humanidad.

Este debate sobre “reforma del capitalismo o revolución contra el capitalismo” retoma en la práctica el viejo eslogan de la Tercera Internacional: “para que la humanidad pueda vivir el capitalismo debe morir”. Evidentemente no es aún ni mucho menos un debate de masas sino que se halla circunscrito a pequeñas minorías, pero tiene una significación profunda: se está desarrollando una conciencia de que los problemas no se resuelven con cambios de gobierno, reformas, medidas etc., se empieza a comprender que el problema está en el capitalismo mismo, en la necesidad de destruirlo “a finales de los 60, la idea de que la revolución era posible podía estar relativamente extendida, pero la idea de que fuera indispensable no podía imponerse. Hoy, al contrario, la idea de que la revolución sea necesaria puede tener un eco nada desdeñable pero que sea posible está poco extendida” ([3]).

¿Son el cooperativismo y la autogestión una alternativa?

En la reunión de Alicante hubo una animada discusión sobre el cooperativismo y la autogestión. Se estaba de acuerdo en que había que destruir el capitalismo pero ¿cómo hacerlo?

El hecho de que pequeños colectivos organizaran la producción, los servicios, la sanidad, la enseñanza, de forma autogestionada y sin buscar una ganancia, podría servir para “visualizar” de manera concreta en masas más amplias que una alternativa al capitalismo es posible. Se habló de redes de empresas autogestionadas como en Argentina, las cuales intercambiaban entre si y se salían del circuito capitalista. Se comentó sobre bancos de tiempo, comercio de barrio donde directamente se compre lo producido en huertos urbanos ecológicos etc.

Otros compañeros señalaban que las cooperativas más allá de las buenas intenciones de sus promotores se habían convertido en empresas capitalistas tan explotadoras como las demás y produciendo el mismo tipo de mercancías que las demás. Se puso ejemplos como Eroski o Consum ([4]). Se señaló que no podían eludir las leyes no escritas de la competencia a muerte por el mercado, ni tampoco las reglamentaciones escritas del capitalismo de Estado –la regulación exhaustiva que el Estado ejerce sobre la economía incluidos los regímenes como USA que se dicen ultraliberales– y que a partir de ahí tenían que explotar a los trabajadores, establecer jerarquías y distinguir entre la masa explotada y la minoría privilegiada “gestora” y todo esto se imponía en medio de divisiones y enfrentamientos crecientes entre los “socios”. Un compañero en Alicante dijo con toda franqueza que las cooperativas y demás espacios libres autogestionados debían “ser muy competitivos y emplear las mismas armas que las empresas constituidas” pues de lo contrario sucumbirían. Es decir, reconocía que tanto las cooperativas como cualquier espacio autogestionado no podía eludir el “terreno de juego” que imponen las relaciones capitalistas de producción y la intervención totalitaria del Estado, por lo que, con mayor o menor resistencia, tenían que ser absorbidos por ellos.

Pero un compañero dio un argumento a nuestro juicio crucial: “el feudalismo pudo desarrollarse dentro del esclavismo y el capitalismo dentro del feudalismo pero el comunismo –la sociedad a la que aspira el proletariado– no. Es imposible el socialismo en un solo país y menos aún el socialismo en una sola empresa o barrio. El comunismo tiene que construirse a escala mundial porque parte de lo que es ya el capitalismo un sistema mundial pero desgarrado por Estados, fronteras y clases”.

Los compañeros que abogan por cooperativas y autogestión avanzan el siguiente argumento: “una alternativa de cambio global y mundial resulta muy abstracta para la gran mayoría que necesitan ver y tocar ese cambio revolucionario. En lugar de alternativas abstractas hay que dar medidas concretas”.

Sin embargo, la lucha del proletariado por el comunismo –la comunidad humana mundial– tiene necesariamente una primera etapa de destrucción del Estado capitalista en todos los países, a partir de la cual se inicia el proceso de transformación social. Esa lucha política no se basa en nada abstracto sino en reivindicaciones, medios de organización y de lucha que anuncian embrionariamente, que son la semilla, de la nueva sociedad.

Cuando los obreros se rebelan contra los despidos, cuando propugnan que cualquier parado o jubilado aunque no tengan trabajo dispongan de un subsidio suficiente, están rechazando la presente sociedad donde si el capital no obtiene beneficios la mayoría se ve condenada al paro y el hambre. Frente a ello van en el sentido de una sociedad diferente donde toda la actividad productiva esté orientada a la plena satisfacción de la necesidades humanas y no a la ganancia y la guerra.

Cuando en las luchas y en las asambleas se desarrolla la solidaridad ésta no es únicamente un medio de unión es igualmente la prefiguración embrionaria de la nueva sociedad que tendrá como pilar la solidaridad frente a esta sociedad que tiene la competencia y el “todos contra todos” como pilares.

Las propias Asambleas llevan en germen una organización de la sociedad sin estado puesto que se basan en romper con lo que denunciaba Engels –la veneración supersticiosa del Estado– que significa la pasividad de la mayoría que todo tiene que confiarlo en burócratas y especialistas.

Todo esto puede parecer “ideales” o “abstracciones” pero no lo son en un doble sentido: primero porque expresan la fuerza colectiva de la clase revolucionaria, el proletariado; segundo, porque anuncian y desarrollan los pilares de la nueva sociedad: la solidaridad, la confianza, la acción consciente y colectiva.

Smolni, 22/7/11


[2]) En Sobre Proudhon Marx señala “es una fantasía genuinamente filistea considerar que el capital que produce interés es la forma principal del capital y tratar de convertir una aplicación particular del crédito –una supuesta abolición del interés– en la base de la transformación de la sociedad. En efecto, esa fantasía ya había sido minuciosamente desarrollada por los portavoces económicos de la pequeña burguesía inglesa del siglo XVII”

http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/oe2/mrxoe204.htm

[3]) Resolución sobre la situación internacional del 18o Congreso de la CCI, Revista Internacional no 138,

http://es.internationalism.org/node/2629

[4]) En el “Manifiesto Inaugural” de la Primera Internacional (1864) Marx analiza de forma comprensiva a la vez que crítica el cooperativismo “Pero estaba reservado a la Economía política del trabajo el alcanzar un triunfo más completo todavía sobre la Economía política de la propiedad. Nos referimos al movimiento cooperativo, y, sobre todo, a las fábricas cooperativas creadas, sin apoyo alguno, por la iniciativa de algunas “manos” audaces. Es imposible exagerar la importancia de estos grandes experimentos sociales que han mostrado con hechos, no con simples argumentos, que la producción en gran escala y al nivel de las exigencias de la ciencia moderna, puede prescindir de la clase de los patronos, que utiliza el trabajo de la clase de las “manos”; han mostrado también que no es necesario a la producción que los instrumentos de trabajo estén monopolizados como instrumentos de dominación y de explotación contra el trabajador mismo; y han mostrado, por fin, que lo mismo que el trabajo esclavo, lo mismo que el trabajo siervo, el trabajo asalariado no es sino una forma transitoria inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo asociado que cumple su tarea con gusto, entusiasmo y alegría. Roberto Owen fue quien sembró en Inglaterra las semillas del sistema cooperativo; los experimentos realizados por los obreros en el continente no fueron de hecho más que las consecuencias prácticas de las teorías, no descubiertas, sino proclamadas en voz alta en 1848. Al mismo tiempo, la experiencia del período comprendido entre 1848 y 1864 ha probado hasta la evidencia que, por excelente que sea en principio, por útil que se muestre en la práctica, el trabajo cooperativo, limitado estrechamente a los esfuerzos accidentales y particulares de los obreros, no podrá detener jamás el crecimiento en progresión geométrica del monopolio, ni emancipar a las masas, ni aliviar siquiera un poco la carga de sus miserias. Este es, quizá, el verdadero motivo que ha decidido a algunos aristócratas bien intencionados, a filantrópicos charlatanes burgueses y hasta a economistas agudos, a colmar de repente de elogios nauseabundos al sistema cooperativo, que en vano habían tratado de sofocar en germen, ridiculizándolo como una utopía de soñadores o estigmatizándolo como un sacrilegio socialista”,

http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/oe2/mrxoe201.htm