XIX Congreso de la CCI - La crisis económica revela la quiebra del capitalismo

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XIX Congreso de la CCI

La crisis económica revela la quiebra del capitalismo

1. La resolución adoptada por el precedente Congreso de la CCI ponía de entrada en
evidencia, cómo la realidad asestaba un duro golpe y desmentía rotundamente las
previsiones optimistas de los dirigentes de la clase burguesa a principios de
la última década del siglo xx,
particularmente tras el hundimiento de ese "Imperio del mal" constituido por el
bloque imperialista supuestamente socialista. Citaba la declaración, ahora
famosa, del presidente George Bush padre de marzo de 1991, anunciando el
nacimiento de un "Nuevo Orden Mundial" basado en el "respeto del derecho internacional"
y ponía en evidencia su carácter surrealista de frente al caos creciente en el
que se está hundiendo hoy la sociedad capitalista. Veinte años después de ese
"profético" discurso, y particularmente desde principios de esta nueva década,
el mundo ha dado una imagen de caos como jamás la había dado desde finales de
la Segunda Guerra Mundial. Con unas semanas de intervalo, hemos asistido a una
nueva guerra en Libia que se ha añadido a todos los conflictos sangrientos que
han tocado el planeta durante el último periodo; hemos asistido a nuevas
masacres en Costa de Marfil y también a la tragedia que ha afectado a Japón,
uno de los países más potentes y modernos del mundo. El terremoto que asoló
parte de ese país puso en evidencia, una vez más, que no existen "catástrofes
naturales" sino consecuencias catastróficas a fenómenos naturales. Mostró que
la sociedad dispone hoy de medios para construir edificios que resisten a los
sismos y que permitirían evitar tragedias como la de Haití el año pasado, pero
mostró también la falta de previsión de la que es capaz un Estado tan avanzado
como Japón. En sí mismo, el sismo hizo pocas víctimas, pero el tsunami que lo
siguió mató unas 30,000 personas en unos minutos. Más aún, al provocar un nuevo
Chernobil, puso en evidencia no sólo la falta de previsión de la clase
dominante, sino también su enfoque de aprendiz de brujo, incapaz de dominar las
fuerzas que pone en movimiento. La empresa Tepco, que explota la central
atómica de Fukuyama, no es la primera, y menos aún, la única responsable de la
catástrofe. Es el sistema capitalista en su conjunto -basado en la búsqueda
desenfrenada de ganancia, así como en la competencia entre sectores nacionales,
y no sobre la satisfacción de las necesidades de la humanidad- el que es el responsable
fundamental de las catástrofes presentes y futuras sufridas por la especie
humana. A fin de cuentas, "el Chernobil japonés" es una nueva ilustración de la
quiebra definitiva del modo de producción capitalista, cuya sobrevivencia es
una amenaza creciente para la sobrevivencia de la misma humanidad.

2. Es evidentemente la crisis actual del capitalismo mundial que expresa más
directamente la quiebra histórica de este modo de producción. Hace dos años, la
burguesía de todos los países fue invadida por un tremendo pánico ante la
gravedad de la situación económica. La OCDE no vacilaba en escribir: "La
economía mundial está presa de la recesión más profunda y sincronizada desde
décadas"
(Informe intermediario de marzo del 2009). Cuando se sabe con qué moderación
se expresa habitualmente esta venerable institución, uno puede hacerse una idea
del pavor sentido por la clase dominante frente a la quiebra potencial del
sistema financiero internacional, la caída brutal del comercio mundial (más de
13 % en 2009), la brutalidad de la recesión de las principales economías, la
oleada de quiebras que golpea o amenaza a empresas emblemáticas de la industria
tales como General Motors o Chrysler. Ese pavor de la burguesía la condujo a
convocar cumbres del G20, como la de marzo del 2009 en Londres, que decidió en
particular duplicar las reservas del Fondo Monetario Internacional y la
inyección masiva de dinero por parte de los Estados en la economía, para salvar
un sistema bancario moribundo y relanzar así, la producción. El fantasma de la
"Gran Depresión de los años 30" aparecía en las mentes, lo que llevaba a la
misma OCDE a conjurar esos demonios escribiendo: "A pesar de que se haya
calificado a veces esta severa recesión mundial de "gran recesión", estamos muy
lejos de una nueva "gran depresión", como la de los años 30, gracias a la
calidad y la intensidad de las medidas que los gobiernos toman actualmente"

(ídem). Pero como decía la resolución del XVIII Congreso, "lo propio
de los discursos de la clase dominante hoy, es olvidarse de sus discursos de
ayer"
, y el mismo informe intermediario de la OCDE de la primavera del 2011
expresa un verdadero alivio con la restauración de la situación del sistema
bancario y la reanudación económica. La clase dominante no puede hacer otra
cosa. Incapaz de dotarse de una visión lúcida, de conjunto e histórica, de las
dificultades de su sistema -puesto que esa visión la conduciría a descubrir el
callejón sin salida definitivo en el que éste se encuentra- no puede sino
comentar día a día las fluctuaciones de la situación inmediata intentando
encontrar en ésta motivos de consuelo. Entretanto, está obligada a subestimar,
a pesar que de cuando en cuando los medios masivos de información adoptan un
tono algo alarmista sobre el tema, el significado del fenómeno mayor que ha
salido a la luz desde hace dos años: la crisis de la deuda soberana de varios
Estados europeos. De hecho, esta quiebra potencial de un número creciente de
Estados, es una nueva etapa en el hundimiento del capitalismo en su crisis
insalvable. Ésta pone de relieve los límites de las políticas por las que la
burguesía logró frenar la evolución de la crisis capitalista durante varias
décadas.

3. Son ahora más de cuarenta años que el capitalismo 
está confrontado a la crisis. Mayo del 68 en Francia y el conjunto de
luchas proletarias que siguieron internacionalmente, no alcanzaron semejante
amplitud sino porque estaban alimentadas por una agravación mundial de las
condiciones de vida de la clase obrera, agravación resultante de las primeros
perjuicios de la crisis capitalista, en particular, el aumento del desempleo.
Esta crisis conoció una brutal aceleración en 1973-75 con la primera gran
recesión internacional de posguerra. Desde entonces, nuevas recesiones siempre
más profundas y ampliadas golpearon a la economía mundial hasta culminar con la
del 2008-09 que rememoró en las mentes el fantasma de los años 30. Las
medidas adoptadas por el G20 de marzo del 2009 para evitar una "Gran
Depresión", son significativas de la política de la clase dominante desde
varias décadas: se pueden resumir por la inyección de masas considerables de
créditos en las economías. Tales medidas no son nuevas. De hecho, desde hace
más de 35 años, están en el corazón mismo de las políticas llevadas por la
clase dominante para intentar escapar a la principal contradicción del modo de
producción capitalista: su incapacidad para encontrar mercados solventes
capaces de absorber su producción. La recesión de 1973-75 fue sobrepasada por
los créditos masivos dedicados a los países del Tercer Mundo pero, desde
principios de los años 80, con la crisis de la deuda de esos países, la
burguesía de los países más desarrollados tuvo que renunciar a ese pulmón de su
economía. Fueron entonces los Estados de los países más avanzados, y en primer
lugar el de los Estados Unidos, que tomaron el relevo como "locomotoras" de la
economía mundial. Los "reaganomics" (política neoliberal de la administración
Reagan) de principios de los años 80, que habían permitido un relanzamiento
significativo de la economía de ese país, se basaban en una erosión inédita y
considerable de los déficits presupuestarios mientras que Ronald Reagan
afirmaba que "el Estado no era la solución, sino el problema". Al mismo tiempo,
los déficits comerciales igualmente considerables de esa potencia, permitían
que las mercancías producidas por otros países encontraran salidas. Durante los
años 90, los "tigres" y "dragones" asiáticos (Singapur, Taiwán, Corea del Sur,
etc.) acompañaron por un tiempo a los Estados Unidos en ese papel de
"locomotora": su tasa de crecimiento espectacular los convertía en destino
importante para las mercancías de los países más industrializados. Pero esta
"historia exitosa" se fabricó al precio de un endeudamiento considerable que
condujo a esos países a mayores convulsiones en 1997 de la misma manera que la
Rusia "nueva" y "democrática", que estuvo en suspensión de pagos, decepcionó
cruelmente a los que habían apostado sobre "el fin del comunismo" para relanzar
durablemente la economía mundial. A principios de los años 2000, el
endeudamiento conoció una nueva aceleración, en particular gracias al
desarrollo asombroso de los préstamos hipotecarios a la construcción en varios
países, en particular en Estados Unidos. Entonces este país acentuó su papel de
"locomotora de la economía mundial" pero al precio de un crecimiento abismal de
las deudas -particularmente en la población norteamericana- basadas sobre todo
tipo de "productos financieros" supuestamente considerados para prevenir contra
los riesgos de cese de pagos. En realidad, la dispersión de los créditos
dudosos no suprimió en nada el carácter de espada de Damocles suspendida encima
de la economía norteamericana y mundial. Muy por contrario, esa dispersión no
hizo sino acumular  "activos tóxicos" en
el capital de los bancos que estuvieron en el origen del hundimiento de éstos a
partir del 2007 y estuvieron en el origen de la brutal recesión mundial de
2008-2009.

4. Así, como lo decía la resolución adoptada por el precedente congreso, "no es pues
la crisis financiera lo que ha originado la recesión actual. Muy al contrario,
lo que hace la crisis financiera es ilustrar que la huida hacia adelante en el
endeudamiento, que permitió superar la sobreproducción, no puede proseguir
eternamente. Tarde o temprano, la "economía real" se desquita; es decir, que lo
que está en la base de las contradicciones del capitalismo -la sobreproducción,
la incapacidad de los mercados de absorber la totalidad de las mercancías
fabricadas- vuelve a la escena."
Y esta misma resolución precisaba, tras la
cumbre del G20 de marzo del 2009, que: "la huida ciega en la deuda es uno de
los ingredientes de la brutalidad de la recesión actual. La única "solución"
que la burguesía es capaz de instaurar es... una nueva huida ciega en el
endeudamiento. El G20 no ha podido inventar una solución a la crisis por la
sencilla razón de que ésta no tiene solución."

La crisis de las deudas soberanas que se está propagando hoy, el que los Estados sean incapaces de saldar
sus deudas, constituye una ilustración espectacular de esa realidad. La quiebra
potencial del sistema bancario y la recesión, obligaron a todos los Estados a
inyectar sumas considerables en su economía mientras que las ganancias estaban
en caída libre debido al retroceso de la producción. Por eso, los déficits
públicos conocieron, en la mayoría de los países, un aumento considerable. Para
los más expuestos de entre ellos, como Irlanda, Grecia o Portugal, esto
significó una situación de quiebra potencial; la incapacidad de pagar a sus
funcionarios y de rembolsar sus deudas. Los bancos ahora se niegan a
concederles nuevos préstamos si no son a tasas exorbitantes, ya que no tienen
ninguna garantía de que les sean rembolsados. Los "planes de salvación", por parte
de la Banca Europea y del Fondo Monetario Internacional, no son sino nuevas
deudas cuyo rembolso se añade al de las deudas precedentes. Es algo más que un
círculo vicioso; es una espiral infernal. La única "eficacia" de esos planes
está en el ataque sin precedentes contra los trabajadores que éstos
representan; contra los funcionarios cuyos sueldos y efectivo son drásticamente
reducidos, pero también contra el conjunto de la clase obrera por intermedio de
recortes tremendos en la educación, la salud y las pensiones de jubilación así
como por aumentos mayores de los impuestos. Pero todos esos ataques anti-obreros,
al reducir masivamente el poder de compra de los trabajadores, no podrán sino
ser una contribución suplementaria para una nueva recesión.

5. La crisis de la deuda soberana de los PIIGS (Portugal, Islandia, Irlanda, Grecia,
España) no es sino una parte ínfima del sismo que amenaza la economía mundial.
No es porque se benefician todavía, por el momento, de la nota AAA en el índice
de confianza de las agencias de notación (esas mismas agencias que, hasta la
víspera de la desbandada de los bancos en el 2008, les habían dado la nota
máxima), que están mucho mejor las grandes potencias industriales. A finales de
abril del 2011, la agencia Standard and Poor's emitía una opinión negativa con
respecto a la perspectiva de un Quantitative Easing no 3, o
sea un tercer plan de relanzamiento del Estado federal norteamericano destinado
a apoyar la economía. En otras palabras, la primera potencia mundial corre el
riesgo de perder la confianza "oficial" en cuanto a su capacidad a rembolsar
sus deudas, si no es con un dólar fuertemente devaluado. De hecho, de forma
oficiosa, esa confianza empieza a fallar con la decisión de China y Japón,
desde el otoño pasado, de comprar masivamente oro y demás materias primas en
lugar de bonos del Tesoro americano, lo que obliga hoy al Banco Federal
Americano a comprar entre el 70 y 90 % de su emisión. Y ésta pérdida de
confianza se justifica perfectamente cuando se constata el increíble nivel de
endeudamiento de la economía norteamericana: en enero del 2010, el
endeudamiento público (Estado federal, Estados, municipios, etc.) representa
cerca del 100 % del PIB, lo que no es sino una parte del endeudamiento
total del país (que comprende también las deudas de las familias y de las
empresas no financieras) que alcanza un 300 % del PIB. Y la situación no
es mejor para los demás grandes países en que la deuda total representa, en la
misma fecha, importes del 280 % del PIB para Alemania, 320 % para
Francia, 470 % para el Reino Unido y Japón. En este país, la deuda pública
sola alcanza un 200 % del PIB. Y desde entonces, para todos los países, la
situación no ha hecho sino agravarse con los diversos planes de relanzamiento.

Así, la quiebra de los PIIGS no es sino la punta
saliente de la quiebra de una economía mundial que no puede sobrevivir, desde
hace décadas, mas que por una huida desesperada en el endeudamiento. Los
Estados que disponen de su propia moneda como el Reino-Unido, Japón y evidentemente
los Estados Unidos, pudieron enmascarar esa quiebra haciendo funcionar la
máquina a hacer billetes a todo vapor (contrariamente a los de la zona Euro,
como Grecia, Irlanda o Portugal, que no disponen de semejante posibilidad).
Pero ese trampeo permanente de los Estados, que se han convertido en verdaderos
falsificadores tras su jefe de banda que es el Estado norteamericano, no podrá
proseguir indefinidamente del mismo modo; así como no pudieron proseguirse las
trampas al sistema financiero, como lo demostró su crisis en el 2008, que casi
lo hizo estallar. Una de las manifestaciones visibles de esta realidad está en
la aceleración actual de la inflación mundial. Al volcarse de la esfera de los
bancos a la de los Estados, la crisis del endeudamiento no hace sino marcar la
entrada del modo de producción capitalista en una nueva fase de su crisis aguda
en la que se van a agravar, aún más considerablemente, la violencia y la
extensión de sus convulsiones. No hay "salida del túnel" para el capitalismo.
Este sistema no puede sino arrastrar a la sociedad hacia una barbarie siempre
creciente.

cci, mayo del 2011