La Izquierda Comunista y la continuidad del marxismo – II

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La Izquierda Comunista y la continuidad del marxismo - II

Esta segunda y última parte, destaca valiosas lecciones acerca de cómo las
organizaciones revolucionarias que segrega el proletariado a lo largo de su
historia son instrumentos indispensables para su combate por el comunismo.
Desde hace varios años, la combatividad y el avance en la toma de conciencia de
la clase obrera le plantea a ésta y en 
particular a sus elementos politizados y destacadamente a la nueva
generación la búsqueda de una claridad de las posiciones proletarias, en este
sentido, el texto refiere importantes elementos para orientarse en esa
dirección, concretamente para que identifiquen al movimiento de la izquierda
comunista que se desarrolla actualmente como los herederos directos y genuinos
de las organizaciones comunistas que han construido el movimiento obrero, para
que se acerquen a este medio, discutan con él, lo nutran con sus aportaciones y
energía.



10. El aislamiento de la revolución
en Rusia resultó, como hemos dicho, en un creciente divorcio entre la clase
obrera y un incremento de la maquinaria estatal burocrática -siendo la
expresión más trágica de este divorcio la supresión de la revuelta  de los marineros y los obreros de Kronstadt
por el propio Partido Bolchevique del proletariado, el cual se había integrado
cada vez más en el Estado.

Pero precisamente porque
fue un verdadero partido proletario, el bolchevismo también produjo numerosas
reacciones internas contra su propia degeneración. Lenin mismo -quien en 1917
había sido el vocero más decidido del ala de izquierda del partido- hizo
algunas críticas pertinentes del deslizamiento del partido dentro del
burocratismo, particularmente hacia el fin de su vida;  y por el mismo periodo, Trotski llegó a ser
el principal representante de una oposición de izquierda que vio la
restauración de las normas de la democracia proletaria dentro del partido, y el
cual combatió las expresiones más notorias de la contrarrevolución estalinista,
particularmente la teoría del "socialismo en un solo país". Pero, en gran
medida porque el bolchevismo había socavado su propio papel como una vanguardia
proletaria a través de su fusión con el Estado, las corrientes de izquierdas
más importantes dentro del partido tendieron a agruparse en torno a conocidas
figuras que fueron capaces de permanecer más cercanos a la clase que a la
máquina estatal.

Ya en 1919, el grupo Centralismo Democrático (los Decistas), dirigido por Ossinski, Smirnov y
Sapranov, habían empezado a ganar contra el "marchitamiento" de los soviets y
el incremento del alejamiento de los principios de la Comuna de París. Críticas
similares fueron hechas en 1921 por el grupo Oposición Obrera dirigido por
Kolontai y Shliapnikov, si bien este último era menos riguroso y durable que el
grupo Decista, el cual continuó jugando un papel importante  por los años 20, y el cual desarrolló un
acercamiento similar al de la Izquierda italiana. En 1923, el Grupo Obrero
dirigido por Miasnikov editó su Manifiesto e hizo una importante
intervención en las huelgas obreras de ese año. Sus posiciones y análisis
fueron cercanos a los del KAPD.
Todos estos grupos no sólo emergieron del Partido Bolchevique; ellos continuaron la lucha dentro del
Partido por un retorno a los principios originales de la revolución. Pero como
las fuerzas de la contrarrevolución burguesa ganaron terreno dentro del
partido, la cuestión clave llegó a ser la capacidad de las varias oposiciones
para ver la naturaleza real de esta contrarrevolución y romper  con una lealtad sentimental a sus expresiones
organizadas. Esto probó la divergencia fundamental entre Trotski y la Izquierda
Comunista Rusa: mientras que el primero iba a permanecer a través de su vida
aferrado a la noción de la defensa de la Unión Soviética y aún  a la naturaleza obrera de los partidos
estalinistas, los comunistas de izquierda vieron que el triunfo del estalinismo
-incluyendo sus giros de "izquierda", la cual confundía a muchos de los
seguidores de Trotski- significaba el triunfo del enemigo de clase e implicaba
la necesidad de una nueva revolución.

Sin embargo, muchos de los mejores elementos en la oposición troskista -los llamados "irreconciliables"-
fueron ganados por las posiciones de la Izquierda Comunista a finales de los
años 20 y principios de los 30. Pero el terror estalinista ciertamente había
eliminado a estos grupos para fines de la década.



11. Los años 30 fueron, en palabras de Víctor Serge, "medianoche en el siglo". Las últimas
chispas de la oleada revolucionaria -la huelga general en GB en 1926, la
insurrección de Shangai de 1927- se habían ya consumido. Los partidos
comunistas se habían convertido en partidos de defensa nacional; el terror
fascista y estalinista estaba en su mayor ferocidad precisamente en aquellos
países donde el movimiento revolucionario había alcanzado sus mayores cotas; y
el mundo capitalista entero se estaba preparando para otro holocausto mundial.
En estas condiciones, las minorías revolucionarias sobrevivientes tenían que
encarar el exilio, la represión, y un creciente aislamiento. Como la clase en
su conjunto sucumbió a la desmoralización y a las ideologías de la burguesía,
los revolucionarios no podían esperar tener un impacto inmediato en las luchas
de la clase obrera.

El fracaso de Trotski para entender esto llevó a su oposición de izquierda en una
dirección crecientemente oportunista -el "giro francés" de regreso dentro de
los partidos socialdemócratas, la capitulación ante el fascismo, etc.- en la
vana esperanza de "conquistar a las masas". La salida final de este curso, para
el trotskismo más que para Trotski mismo, fue la integración dentro de la
máquina de guerra burguesa durante los años 40. Desde ese tiempo el
trotskismo, como la socialdemocracia y el estalinismo, han sido parte del
aparato político del capitalismo, y pese a todas sus pretensiones, no tiene
nada que ver con la continuidad del marxismo.

12. En contraste a esta trayectoria, la fracción de la izquierda italiana alrededor de
la revista Bilán definió correctamente las tareas del momento: primero,
no traicionar los principios elementales del internacionalismo enfrentados con
la marcha hacia la guerra; segundo, sacar un "balance" del fracaso de la oleada
revolucionaria y de la Revolución Rusa en particular, y elaborar las lecciones
adecuadas que pudieran servir como un fundamento teórico para los nuevos
partidos que emergerían en una reanudación futura de la lucha de clases.

La guerra en España fue una
dura prueba particular para los revolucionarios en esa época, muchos de los
cuales capitularon ante los cantos de sirena del antifascismo y fracasaron en
ver que la guerra era  imperialista en
ambos bandos, un ensayo general para la guerra que venía. Bilán sin
embargo estudió firmemente, llamando a la lucha de clases contra ambos bandos
de la burguesía tanto el fascista como el republicano, al igual que Lenin había
denunciado ambos campos en la Primera Guerra Mundial.

Al mismo tiempo, las
contribuciones teóricas hechas por esta corriente -la cual más tarde abarcaba
fracciones en Bélgica, Francia y México- fueron inmensas y realmente
irremplazable. En sus análisis de la degeneración de la Revolución Rusa
-la  cual nunca la llevó a cuestionar el
carácter proletario de 1917; en sus investigaciones dentro de los problemas de
un futuro periodo de transición, en su trabajo de la crisis económica y los
fundamentos de la decadencia capitalista; en su rechazo de la posición de la
Internacional Comunista de apoyo a las luchas de "liberación nacional"; en su
elaboración de la teoría del partido y de la fracción; en sus incesantes pero
fraternales polémicas con otras corrientes políticas proletarias; en estas y
muchas otras áreas, la fracción de izquierda italiana indudablemente llevó a
cabo su tarea de construir las bases programáticas para las organizaciones
proletarias del futuro.

13. La fragmentación de los grupos de la izquierda comunista en Alemania fue
completada por el terror nazi, aún si todavía realizó alguna actividad
revolucionaria clandestina bajo el régimen de Hitler. Durante los años 30, la
defensa de las posiciones revolucionarias de la Izquierda alemana fue
ampliamente hecha en Holanda, particularmente a través del trabajo del Grupo de
los Comunistas Internacionalistas, pero también en América con el grupo
dirigido por Paul Mattick. Como Bilán, la Izquierda alemana permaneció
fiel al internacionalismo frente a todas las guerras imperialistas locales las
cuales prepararon el camino a la carnicería mundial, resistiendo las
tentaciones de la "defensa de la democracia".

Continuó la profundización de su comprensión de la
cuestión sindical, de las nuevas formas de organización obrera en la época de
la decadencia capitalista, de las raíces materiales de la crisis capitalista,
de la tendencia hacia el capitalismo de estado. También mantuvo una importante
intervención en la lucha de clases, particularmente hacia el movimiento de los
desempleados. Pero la izquierda alemana, traumatizada por la derrota de la
Revolución Rusa, se deslizó cada vez más dentro de la negación consejista de la
organización política -y de esta manera de cualquier papel claro para sí misma.
Junto a esto tuvo un total rechazo del bolchevismo y de la Revolución Rusa,
calificándola como burguesa desde el principio. Estas teorizaciones fueron las
semillas de su futura muerte. Si bien el comunismo de izquierda en Holanda
continuó aún bajo la ocupación nazi y dio nacimiento a una organización
importante después de la guerra -el Spartacusbund, el cual inicialmente
retrocedió hacia las posiciones pro-partido del KAPD- las concesiones de la
izquierda alemana al anarquismo sobre la cuestión organizacional lo hizo
crecientemente difícil para mantener cualquier clase de continuidad
organizacional en los últimos años. Hoy estamos muy cerca de la extinción
completa de esta corriente.



14. La Izquierda
italiana, por otra parte, mantuvo una cierta continuidad organizativa no sin
pagar el precio exacto por la contrarrevolución. Justo antes de la guerra, la
Fracción Italiana estaba en peligro de la dispersión por la "teoría de la
economía de guerra" que negaba la inminencia de la guerra mundial, pero su
trabajo continuó, particularmente a través de la aparición de una fracción
francesa en medio del conflicto imperialista. Hacia el fin de la guerra, el
estallido de grandes luchas proletarias en Italia creó una fuerte confusión en
las filas de la fracción, con la mayoría retornando a Italia para formar, junto
con Bordiga quien había estado inactivo políticamente desde finales de los años
20, el Partido Comunista Internacionalista (PCI) de Italia, el cual si bien
estaba opuesto a la guerra imperialista fue formado sobre bases programáticas
no claras y con un falso análisis del periodo, creyó ser uno de los combates
revolucionarios más avanzados.



Esta orientación política fue
rechazada por la mayoría de la fracción francesa la cual vio más rápidamente
que el periodo seguía siendo de contrarrevolución triunfante, y consecuentemente
que las tareas de la fracción no habían sido completadas. La Izquierda
Comunista de Francia así continuó el trabajo en el espíritu de Bilán, y
si bien no descuidaba su responsabilidad de intervenir en las luchas inmediatas
de la clase, focalizaba sus energías en el trabajo de clarificación política y
teórica e hizo un importante número de avances, particularmente sobre la
cuestión del capitalismo de estado, el periodo de transición, los sindicatos y
el partido. Mientras que mantenía el rigor en el método marxista tan típico de
la izquierda italiana, también fue capaz de integrar algunas de las mejores
contribuciones de la izquierda alemana holandesa dentro de su armamento
programático.



15. Por 1952,
sin embargo, fuertemente convencida de la inminencia de una tercera guerra
mundial, la Izquierda Comunista de Francia había efectivamente entrado en una
desbandada. En el mismo año, el Partido Comunista Internacionalista de Italia
se dividió entre la tendencia "bordiguista" y la tendencia dirigida por
Honorato Damen, un militante quien había permanecido políticamente activo en
Italia a través del periodo fascista. La tendencia "bordiguista" fue más clara
en su comprensión de la naturaleza reaccionaria del periodo, pero en sus
esfuerzos para permanecer firme en su defensa del marxismo tendía a deslizarse
dentro del dogmatismo. Su (¡nueva!) teoría de la "invarianza del marxismo" lo
llevó a ignorar de manera creciente los avances hechos por la fracción en los
años 30 y a retroceder a la "ortodoxia" de la Internacional Comunista
sobre muchas cuestiones. Los variados grupos bordiguistas de hoy (al menos tres
de los cuales se autonombran el "Partido Comunista Internacional") son los
descendientes directos de esta tendencia.



La tendencia Damen fue mucho
más clara sobre cuestiones políticas de base como el papel del partido, los
sindicatos, la liberación nacional y el capitalismo de estado, pero nunca fue a
las raíces de los errores cometidos en la formación original del PCI. Durante
los años 50 y los 60, estos grupos se estancaron políticamente, con la
corriente bordiguista en particular "protegiéndose" ellos mismos tras un muro
de sectarismo. La burguesía había estado muy cerca de eliminar a todas las
expresiones organizadas del marxismo, en romper el hilo vital que liga a las
organizaciones revolucionarias del presente a las grandes tradiciones del
movimiento obrero.



16. A finales de
los años 60, sin embargo, el proletariado reapareció en la escena de la
historia  con la huelga general en
Francia en mayo de 1968, y la subsecuente explosión de combates obreros alrededor
del mundo. Esta reanudación dio nacimiento a una nueva generación de elementos
politizados en búsqueda de una claridad de posiciones comunistas, inspiró nueva
vida a los grupos revolucionarios existentes y eventualmente produjo nuevas
organizaciones las cuales vinieron a renovar la herencia comunista de
izquierda. Inicialmente, este nuevo medio político proletario reaccionó contra
la imagen "autoritaria" del bolchevismo, estuvo profundamente impregnado por la
ideología consejista, pero en la medida en que iba madurando, fue capaz de
poner sus prejuicios antiorganizacionales atrás suyo y ver su continuidad con
la tradición marxista en su conjunto.



No es accidental que hoy la mayoría de los grupos
del medio revolucionario existente son descendientes de la corriente de
Izquierda italiana, la cual ha puesto un énfasis fuerte en la cuestión
organizacional y la necesidad de preservar una tradición revolucionaria
intacta. Tanto los grupos bordiguistas 
como el Buró Internacional por el Partido Revolucionario son los herederos
del Partido Comunista Internacionalista de Italia, mientras que la Corriente
Comunista Internacional en gran medida es la descendiente de la Izquierda
Comunista de Francia.



17. La
reanudación proletaria de finales de los años 60 ha seguido un tortuoso camino,
de avances y retrocesos, encontrando muchos obstáculos sobre el camino, ninguno
tan grande que la gran campaña burguesa acerca de la muerte del comunismo,
parte de la cual ha implicado ataques directos sobre la misma  izquierda comunista, falsamente vilipendiado
como la fuente de la corriente "negacionista" que negaba la existencia de las
cámaras de gas nazis.



Las dificultades de este
proceso en su conjunto han puesto muchas dificultades en el camino del medio
revolucionario mismo, retardando su crecimiento y obstruyendo su unificación.
Pero a pesar de estas debilidades, el movimiento de la Izquierda Comunista de
hoy se mantiene como la única continuación viviente del auténtico marxismo, el
único "puente posible" para la formación del futuro partido comunista mundial.
Es así vitalmente importante que los nuevos elementos militantes que siguen
destacándose en todo el mundo se enlacen con los grupos de la izquierda
comunista, debatan con ellos y al final unan sus fuerzas; al hacer esto,
estarán haciendo su propia contribución a la construcción del partido
revolucionario, sin el cual la revolución no puede tener éxito.



CCI, septiembre
de 1998