Lucha de clases en Sudáfrica (III): Del movimiento de Soweto a la subida al poder de la ANC

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En el artículo anterior sobre el movimiento obrero en Sudáfrica (Revista Internacional n° 155), pusimos de relieve la eficacia del sistema de apartheid combinado con la acción de sindicatos y partidos, hasta finales de los años 60 cuando, ante el inédito desarrollo de la lucha de clases, la burguesía tuvo que «modernizar» su dispositivo político y dejar de lado ese sistema, pues tuvo que enfrentarse a un proletariado sudafricano que, con sus luchas masivas, se estaba inscribiendo en las oleadas de luchas que marcaron a nivel mundial el final de los años 1960 y principio de los 70.

En esta introducción queremos insistir ante el lector sobre la importancia de las cuestiones que ese artículo anterior trataba. Ante movimientos sociales nuevos, la burguesía sudafricana hubiera seguido utilizando sus armas tradicionales más brutales, o sea sus fuerzas militares y policiacas, pero la dinámica del enfrentamiento entre les clases contenía aspectos inéditos en ese país, pues la clase obrera nunca antes había demostrado tal combatividad y desarrollo de su conciencia; tampoco antes la burguesía había usado maniobras tan sofisticadas, en particular la de recurrir al arma del sindicalismo de base, animado par la extrema izquierda del capital. En ese enfrentamiento entre las dos verdaderas clases históricas, la determinación del proletariado irá hasta provocar objetivamente el desmantelamiento del sistema de apartheid lo que se plasmó en la reunificación de todas las fracciones de la burguesía para hacer frente a la marea de luchas de la clase obrera.

Antes de todo eso, tras la oleada de luchas que marcó el periodo de 1973/1974 [1], se asistió en 1976 a una contundente «prorroga» de ese episodio de lucha: el levantamiento de la juventud escolarizada. En junio de aquel año, unos diez mil jóvenes se lanzaron a las calles para protestar contra la enseñanza obligatoria en afrikáans y, más en general, contra las malas condiciones de vida impuestas por el sistema de apartheid. Fue un movimiento juvenil, inmediatamente seguido por la movilización de miles de adultos, obreros activos y desempleados. Zarandeado por esa formidable sacudida proletaria, el poder replicó, como de costumbre, dando suelta a sus perros sanguinarios, las fuerzas represivas, sobre los manifestantes, asesinando a cientos de ellos, niños incluidos:

«Desde las grandes huelgas de 1973-74, se abrió otro frente de lucha en Sudáfrica: el de los escolares y estudiantes negros cuya cólera explotó en junio de 1976 en Soweto. Desde entonces, la insurrección popular apenas si ha conocido calma. La violenta represión policial (unos 500 muertos sólo en la barriada de Soweto, cientos de otros más por todo el país, y miles de heridos) solidificó al conjunto del pueblo negro en ese combate común.

Entre los jóvenes de los inicios del movimiento popular, muchos cayeron bajo los tiros de la policía en manifestaciones no violentas o en incursiones de milicias civiles en los barrios negros. Los adultos, animados por el arrojo y la determinación de la joven generación, se unieron a ella, siguiendo las consignas lanzadas por sus portavoces: se organizaron, en varias ocasiones, huelgas obreras y boicoteos a los transportes en las barriadas negras de Johannesburgo y Ciudad del Cabo. Fueron masivamente secundadas, incluso entre las poblaciones mestizas de la provincia de Ciudad del Cabo. A las destrucciones de edificios escolares, bares, administraciones, y medios de transporte que habían marcado los inicios de la revuelta popular, les siguieron campañas más dirigidas, pero tan secundadas como aquéllas. Boicot de clases y exámenes hasta la liberación de los jóvenes encarcelados, duelo general en memoria de las víctimas de la represión, boicot de los establecimientos de bebidas, grandes almacenes, fiestas navideñas». [2]

Ahí estamos ante un gran movimiento insurreccional proletario contra la miseria general impuesta por una de las formas más brutales del capitalismo, o sea el apartheid. Un levantamiento de dignidad por parte de una juventud que así hacía eco a la reanudación de la lucha de clases internacional de las grandes huelgas obreras que hubo a principios de los 70 en varios países del mundo. Un movimiento que fue extendiéndose desde las zonas industriales del país atrayendo y mezclando en un mismo combate a obreros y población de toda edad. Ante una lucha de tal magnitud, evidentemente, ante una cólera proletaria desbordante y tendente a sacudir el sistema, el poder brutal no pudo ocultar su pánico, aplicando el terror más sangriento, a riesgo de suscitar la indignación general en el país e incrementar la cólera y la movilización de toda la población de Soweto y más allá. Obreros, desempleados, familias con niños se unieron al combate de los jóvenes escolarizados, sufriendo ellos también los porrazos y los disparos de las fuerzas del orden que causaron miles de víctimas.

Pero lo único que lograron las matanzas fue radicalizar el movimiento que se mantuvo hasta 1977 con huelgas y manifestaciones masivas, tendiendo a politizarse, suscitando un florecimiento de cantidad de comités de lucha, asociaciones llamadas «civics»[3] formadas mayoritariamente por trabajadores (sindicalizados o no), desempleados, jóvenes y los padres de éstos.

 «Las civics se desarrollaron con rapidez en Ciudad del Cabo a finales de los años 70. Prolongaban en cierto modo las formas organizativas en los townships que habían aparecido durante los movimientos de junio de 1976 en Transvaal. Hay casi tantas historias específicas como hubo organizaciones, pues solían surgir a partir de necesidades particulares de un township o de un barrio. Muchas aparecieron con la forma de comités de lucha ya fuera para organizar el boicot de los transportes públicos a causa del aumento de tarifas, ya para boicotear los alquileres por haberlos aumentado. Algunos tomaron la forma de comités políticos sobre todos los problemas de la comunidad. El movimiento era muy diverso: asociaciones de culto, religiosas, juveniles, estudiantiles, de padres de alumnos, se fueron asimilando progresivamente a la noción de «civics». No había pues un comité por barrio o township; había un complejo cruce de compromisos militantes y campos de intervención»[4].

Fue aquél un poderoso movimiento social que concretó a un alto nivel algunas de las características de la oleada de luchas a escala internacional. Es impresionante ver cómo la alta combatividad de la clase obrera que se concretó en huelgas masivas se plasmó también en una fuerte voluntad de autoorganización que explica la multiplicación de las civics. Por lo que sabemos nosotros, fue la primera vez que hubo, en Sudáfrica (y en todo el continente), tales formas de auto-organización: durante varios años, la vida social de muchos barrios fue cosa de los propios habitantes, debatiéndose todos los temas, tomando a cargo todos los problemas que les concernían. Fue eso lo que más inquietó a la burguesía que veía cómo su autoridad se le iba de las manos. Hay que notar, sin embargo, que algunos comités tomaron, en ciertos lugares, un tinte interclasista o un toque religioso, sobre todo a medida que las fuerzas burguesas (sindicatos, partidos, iglesias, etc.) iban infiltrándose en ellos. Debe quedar claro, sin embargo, que las civics, a pesar de lo heterogéneo ideológicamente que las caracterizaba, fueron sobre todo el producto de una auténtica lucha de clase proletaria. La auto-organización del levantamiento de Soweto fue, además, un paso adelante en la politización que había caracterizado al proletariado sudafricano en el poderoso movimiento de luchas de 1973-1974, especialmente en lo que se refiere a solidaridad y unidad en el combate de clase. Puede así establecerse un vínculo evidente de continuidad entre ambos movimientos de lucha, retomando el segundo el relevo del primero para ir más lejos en el desarrollo de la conciencia de clase, como lo ilustra la cita siguiente sobre el balance de la oleada de luchas precedentes:

«El desarrollo de la solidaridad de los trabajadores negros durante la acción y la toma de conciencia de su unidad de clase han sido subrayadas por muchos observadores. Esa adquisición de las luchas, que no es cuantificable, aquellos la consideran como lo más positivo para la continuación de la organización del movimiento obrero negro. (…) Las huelgas eran también políticas: el que los obreros pidieran que se les duplicara el salario no era una señal de candidez o de estupidez de los africanos. Lo que eso expresa es el rechazo de su situación y su deseo de una sociedad totalmente diferente. Los obreros volvieron al trabajo con unas cuantas adquisiciones modestas, pero siguen estando tan insatisfechos ahora como lo estaban antes de las huelgas». (Brigitte Lachartre, ídem) De eso puede deducirse que un buen número de protagonistas de las huelgas de 1973-74 formaron después parte del movimiento insurreccional de Soweto en cuyo seno, gracias a su experiencia adquirida, pudieron desempeñar un papel determinante en la radicalización y la politización. Tales potencialidades en el desarrollo de la combatividad y de la conciencia acabarían metiéndole miedo a la burguesía que no tuvo más remedio que tomar plena conciencia de lo que estaba sucediendo tanto a nivel interior como en el plano interimperialista.

Las grandes potencias imperialistas entran en danza

El movimiento de Soweto se prolongó en huelgas y manifestaciones hasta 1977 y también se prolongó la represión policiaca que volvió a causar gran cantidad de víctimas, entre las cuales un muchacho, Steve Biko, militante del movimiento de la Conciencia Negra. El asesinato de este joven en las dependencias policiales hizo revivir las luchas, incrementándose las manifestaciones de indignación, convirtiéndose así la víctima en «mártir» del apartheid, especialmente para todos los defensores de la «causa negra» y más allá de las fronteras. Hubo entonces en África, en las Américas y sobre todo en Europa innumerables manifestaciones contra el régimen de apartheid dirigidas por sindicatos y partidos de izquierda, en cuyas pancartas se leía, en Francia, por ejemplo, consignas como: «Contra las relaciones amistosas (turismo, deporte, cultura) franco-sudafricanas; contra la emigración francesa a Sudáfrica; contra las ventas de armas y tecnología a Sudáfrica; contra las importaciones de productos sudafricanos, etc.». (B. Lachartre, ídem)

Consciente de la intensificación del movimiento y, en especial, la radicalización de la juventud proletaria de Soweto, el bloque imperialista de la OTAN aumentó la presión sobre su aliado sudafricano (incluida la economía con el boicot de productos sudafricanos) para evitar la desestabilización política que podía acabar siendo amenazante. Pero fue sobre todo para atajar la explotación ideológica de los acontecimientos por el bloque ruso, el cual, además de armar y financiar al ANC, se dedicó a instrumentalizar abiertamente las diferentes manifestaciones que circulaban por el mundo contra el régimen de apartheid. Fue en ese contexto en el que los dirigentes sudafricanos acabaron por aceptar los «consejos» de sus padrinos occidentales al haber tomado conciencia de los riesgos. Pudo así observarse incluso entre los dirigentes sudafricanos más extremistas un cambio de tono o de táctica hacia los huelguistas:

«Si no logramos crear una clase media fuerte entre los negros, acabaremos teniendo problemas serios.» (Botha, ministro de defensa). «Debemos dar lo suficiente a los negros para que tengan fe en el desarrollo separado (expresión suave para designar el sistema de apartheid) de modo que deseen proteger lo que poseen contra los agitadores. No nos ocurrirá nada si damos a esa gente lo suficiente para que tengan miedo a perder lo que poseen…Una persona feliz no puede hacerse comunista.» (Kruger, ministro de Policía y Justicia).

Y así el gobierno de Pretoria decidió hacer una serie de concesiones ante las reivindicaciones de los jóvenes en lucha, retirando, por ejemplo, su ley para imponer a los alumnos africanos la enseñanza en afrikáans y anulando la prohibición a los habitantes de Soweto de poseer o construir sus propias casas y reconociéndoles derechos de asociación, o sea la existencia de organizaciones sindicales y políticas.

Cierto es que el capital sudafricano (más bien su sector más «ilustrado») no había esperado el movimiento de Soweto para empezar a orientarse hacia la moderación del régimen de apartheid para así frenar mejor las luchas obreras:

«La sociedad se había movido. El sistema, una vez más, ya no estaba protegido contra una desestabilización. El gobierno y la patronal sudafricanos iban a rectificar algunas cosas, para así encuadrar lo más burocráticamente posible las evoluciones sociopolíticas. La Bantu Labour Regulation Act de 1973 vino así a completar el arsenal de las leyes laborales. Instauró dos tipos de comités de empresa: Comités (working committee) compuestos únicamente de representantes de los trabajadores; el comité de enlace (liaison committee) compuesto por representantes del empleador y de los empleados en igual cantidad (…) Y el Urban Training Project jugó bien la partida intentado utilizar esos comités de fábrica para estabilizar a los sindicatos que coordinaba». (Claude Jacquin, ídem)

La instalación de ese dispositivo bastante antes de que estallara el movimiento de revuelta de Soweto expresó claramente la voluntad de la burguesía sudafricana de tener en cuenta la evolución de una situación cuyo control tendía a írsele de las manos. Sacando así las lecciones de la primera oleada de luchas de los años 1972-74, aquélla acabó tomando unas medidas audaces, las principales de ellas para dar más poder a los sindicatos africanos aumentando su número y ampliando sus derechos con el objetivo declarado de evitar «desórdenes políticos»[5]. Pero eso resultó ser muy insuficiente para impedir que las luchas se desarrollaran, como lo demostró el movimiento de Soweto.

La lucha de clases proletaria hizo tambalearse al sistema de apartheid

Con el objetivo manifiesto de frenar la lucha de clase proletaria, el poder sudafricano dio un gran vuelco decidiéndose a instaurar nuevas orientaciones políticas para desmantelar progresivamente el sistema de apartheid, o sea, concretamente, la disolución de las barreras raciales y la inserción de los movimientos nacionalistas negros en el juego político democrático. Para llegar a eso, el régimen de apartheid tuvo que ser muy seriamente sacudido desde sus cimientos.

Así pues, a mediados de los años 1970 todo cambia debido a la irrupción de la lucha de clases, pues la burguesía no había estado hasta entonces alarmada por la cuestión social:

 «Los sucesos de Soweto, de junio de 1976, iban a confirmar el cambio político en curso en el país. La revuelta de los jóvenes de Transvaal se añadió al renacimiento del movimiento obrero negro desembocando en los grandes movimientos sociales y políticos de los años ochenta. Tras las huelgas de 1973, los enfrentamientos de 1976 cierran así el periodo de la derrota». (C. Jacquin, ídem)

Se trata aquí de un verdadero vuelco de situación puesto que el apartheid se había concebido ante todo contra la lucha de clases, con la clara finalidad de evitar que se manifestara concretamente una clase obrera multirracial[6], mediante la segregación, atribuyendo «derechos y privilegios» a unas fracciones de la clase obrera, de tal modo que la teoría de la pretendida «supremacía» de los blancos sobre los negros se plasmaba concretamente en empleos (cualificados) y otras muchas ventajas exclusivas para los obreros de origen europeo, mientras que sus camaradas africanos, indios y mestizos tenían que contentarse con condiciones de trabajo, de salario y de existencia mucho más desfavorables[7]. Y así, el régimen de apartheid logró corromper una buena parte de la clase obrera de origen europeo haciéndola adherirse voluntaria o pasivamente a su sistema segregacionista. Lo cual se saldó por todo un largo período (entre 1940 y 1980) de división del proletariado sudafricano, entorpecido de esa manera en su capacidad para desarrollar luchas que pudieran poner trabas a la buena marcha del capitalismo.

Giro histórico del sistema de apartheid

Y ese giro en la situación se concretó también en el acercamiento entre las fracciones de la burguesía procedentes de las dos antiguas potencias coloniales, o sea de Gran Bretaña y Holanda, fracciones que, ante el auge de las luchas proletarias, tendieron a la unidad de todos sus componentes étnicos, decidiendo olvidar su odio mutuo y sus viejas divergencias ideológicas y unirse tras el capital nacional sudafricano como un todo.

Fue un giro verdaderamente histórico en la vida de la burguesía sudafricana en general y, en particular, en la fracción afrikáner. En efecto, desde la terrible «guerra de los Boers»[8] de 1899 a 1902, que enfrentó a afrikáners y británicos, en la que éstos aplastaron a aquellos, el odio entre descendentes de colonos llegados de aquellas dos antiguas potencias coloniales fue visible hasta la víspera del final del apartheid, aun cuando tuvieron que gobernar el país juntos en varias ocasiones. Una fracción importante de afrikáners soñaba con tomar venganza del Imperio británico, como lo ilustra el hecho de que durante la II Guerra mundial una buena parte de los dirigentes afrikáners (sobre todo los militares) expresaron abiertamente su apoyo al régimen hitleriano, su referencia ideológica, decidiendo también el abandono de la Commonwealth y el cambio de nombre del país, Unión Sudafricana por el actual de República de Sudáfrica.

Para abordar el gran giro histórico que fue el desmontaje del apartheid, el capital sudafricano encontró a un aliado estratégico de primer orden, o sea el sindicalismo, y además de nuevo cuño, el «sindicalismo radical» de «base» (como veremos luego), único capaz, según aquél, de contener las oleadas de lucha que lo amenazaban cada vez más peligrosamente. Y esta vez, debido a la importancia de lo que estaba en juego en aquel entonces, fueron todos los actores principales y decisivos de la burguesía sudafricana quienes asumieron claramente la nueva orientación, incluidos pues los dirigentes afrikáners, o sea los guardianes del apartheid más reaccionarios, por no decir fascistas, tales como Botha, Kruger, etc. Y, como veremos luego, fueron esos, en compañía de De Klerk (antiguo presidente) quienes teleguiaron directamente el proceso de negociación con el ANC de Mandela con el objeto de destruir el sistema de apartheid.

Para salvar su sistema, la burguesía hizo surgir nuevos sindicatos

Ante el desmoronamiento de todos los antiguos aparatos sindicales causado por los embates de las luchas de los años 1970, y eso a pesar del reforzamiento del Estado en sus medios de acción, la burguesía decidió entonces recurrir directamente a lo que se ha dado en llamar «sindicalismo de base» o «shop-stewards», con forma de nuevos sindicatos «combativos» que se pretendían «independientes respecto a las grandes centrales sindicales».

 «(…) Durante los años setenta, se desarrollaron varias corrientes sindicales, diferenciándose con el trasfondo de la reanudación de los conflictos sociales. Sus historias se entrecruzan al ritmo de escisiones y unificaciones. Y así se desarrollaron tres proyectos sindicales basados en unos cuantos postulados políticos e ideológicos distintos.

El primero se constituyó (o reconstituyó) en torno a la tradición sindical del South African Congress of Trade Unions (SACTU) y de su vínculo con el African National Congress (ANC). El segundo se formó en los contornos del nuevo Black Consciousness (Movimiento de la Conciencia Negra). Formará, en particular, el Council of Unions of South Africa (CUSA). Y, en fin, el último en aparecer lo hizo de manera original, sin vínculo aparente con una corriente política conocida: la Federation of South African Trade Unions (FOSATU) que surgió en 1979». (C. Jacquin, ídem)

Fue una recomposición radical del dispositivo sindical para así neutralizar las luchas obreras mediante nuevos instrumentos, al no poderlas impedir. Lo que, ante todo, eso muestra es que el poder dirigente sudafricano era muy consciente del peligro que representaba el desarrollo de la lucha de clases desde 1973 hasta el movimiento de Soweto en 1976 y después. Ese poder constató que el sistema de apartheid en todas sus formas no se adaptaba a una combatividad obrera acompañada de una toma de conciencia creciente por parte del proletariado sudafricano. Más claramente, el poder burgués se hizo cargo de que el sistema de sindicalización basado en la división de los trabajadores por orígenes étnicos no era ya el idóneo y que, por lo tanto, los grandes aparatos sindicales, como el TUCSA (Trade Union Council of South Africa) no tenían ya la menor credibilidad entre los obreros combativos sobre todo de la nueva generación. De ahí la emergencia de esos nuevos sindicatos para desempeñar la función de un sindicalismo de «base», de «combate», «independiente» de los aparatos sindicales. El pasaje siguiente del libro de Jacquin sobre la FOSATU (Federation of South Africa Trade Unions) es elocuente sobre la realidad de esos nuevos sindicatos:

 «(…) Nuestro estudio se dedica especialmente a esa corriente sindical (FOSATU), formada a partir de redes de intelectuales y estudiantes, productos de una fase específica de la evolución socio-económica del país.

(…) Así, en apenas diez años, un grupo de intelectuales (mayoritariamente blancos) y de obreros negros creó una forma nueva de organización sindical. Se presentará primero como una referencia independiente del ANC y radicalmente opuesta al Partido Comunista. Dirigirá una gran parte de los movimientos de huelga de los años 1980».

Ahí tenemos un agrupamiento sindical muy «radical» y «crítico» respecto a los aparatos sindicales y políticos, pero también de una gran singularidad respecto a lo que fue el sistema de apartheid al ser capaz de reunir a blancos y negros, obreros e intelectuales, opositores políticos radicales de diversa obediencia, en resumen, un nuevo aparato sindical llamado a hacer un gran papel en la vida política sudafricana. Igual que para la burguesía de los grandes países industriales europeos, frente a la radicalización de la lucha obrera, el capital sudafricano se vio obligado a recurrir al «sindicalismo de base»[9]. E igual también que en Europa, en esos «sindicatos radicales» había en general cantidad de izquierdistas y así era en la FOSATU dirigida más o menos claramente por gentes próximas al Unity Movement, o sea los trotskistas. Volveremos más tarde sobre esto. ¿Cómo van a realizar los nuevos sindicatos de base, una vez formados, su sucia labor a la cabeza o desde dentro de los movimientos de lucha de Soweto?

Las luchas de Soweto emponzoñadas por los sindicatos y las confusiones ideológicas del proletariado

Como era de esperar, las concesiones del poder no pudieron calmar de verdad el movimiento de Soweto, sino, al contrario, lo que lograron fue radicalizarlo, aunque también consiguieron dividir a sus actores tanto en el ámbito escolar como entre los obreros. Algunas organizaciones, por ejemplo, querían contentarse más o menos con lo concedido por el gobierno, mientras que otras, de apariencia más radical exigían más. Se trata ahí de un reparto de tareas clásico en el trabajo de división de los sindicatos. En efecto, además de la FOSATU, entre los nuevos sindicatos radicales, el Black Allied Worker Union (B.A.W.U., Sindicato de trabajadores negros reunidos) hizo un importante papel. Creado en 1973, tras las grandes huelgas de Johannesburgo, militaba por el agrupamiento exclusivo de los trabajadores negros de todas las categorías y de todos los ramos industriales.

«(…) Sus objetivos eran principalmente: ‘‘organizar y unificar a los trabajadores negros en un movimiento obrero potente, capaz de obtener respeto y reconocimiento de hecho de los empleadores y del gobierno; mejorar los conocimientos de los trabajadores con programas educativos generales y especializados, para promover sus cualificaciones; representar a los trabajadores negros y sus intereses en el mundo laboral”». (Brigitte Lachartre, ídem)

O sea, un sindicato creado exclusivamente por y para los trabajadores negros, de ahí su oposición a todos los demás sindicatos, (incluso aquellos que estaban formados por 99 % de negros). La orientación de ese sindicato fue especialmente perniciosa, pues daba la impresión de realizar una «segregación positiva» al pretender cumplir objetivos muy legítimos, la mejora de los conocimientos de los trabajadores negros, por ejemplo, o también promocionar sus cualificaciones. Y así pudo «seducir» a un gran número de obreros con una escasa conciencia de clase. O, dicho de otra manera, era fatal que su existencia y actuación fuera un obstáculo para la unidad en la lucha entre obreros de todos los orígenes étnicos. Y por si fuera poco, el B.A.W.U. se dirigió de inmediato hacia el movimiento de la Conciencia Negra:

«Esa posición refleja la actitud general de las diferentes organizaciones que componen el movimiento de la Conciencia Negra, especialmente la de los estudiantes negros (South African Students Organisation, S.A.S.O), que se había separado de la Unión Nacional de Estudiantes sudafricanos (N.U.S.A.S.) para, según sus militantes, huir del paternalismo de que dan prueba todos los blancos, sean cuales sean, hacia los negros». (Brigitte Lachartre, ídem)

Los grupos en el medio estudiantil adoptaron así claramente y sin ambages la orientación del sindicato B.A.W.U, o sea que se volvieron abiertamente racistas y desempeñaron el mismo papel de división en las filas obreras que los sindicatos blancos más racistas. Se está ahí claramente muy lejos de la defensa de los intereses comunes du proletariado sudafricano, ni siquiera de los proletarios de la fracción negra de la clase obrera. Y, de hecho, tras ese agrupamiento o alianza entre obreros y estudiantes lo que se comprueba, sobre todo, es la nocividad de la cuestión racial, sobre todo cuando ésta se expresa en términos de una «conciencia negra» pretendidamente opuesta a una «conciencia blanca», pero sobre todo opuesta a la conciencia de clase proletaria. Y eso cuando precisamente las condiciones estaban ampliamente reunidas para la unidad en la lucha como lo demostraron los movimientos de huelga que se produjeron en el país donde muchos sectores obreros combatían por reivindicaciones de clase y no de raza, lo que, por otra parte, les ayudó en su éxito. Además, a las dificultades de la alianza entre obreros y estudiantes basada en la división racial y sindical vinieron a añadirse el corporativismo y el espíritu pequeñoburgués de los intelectuales muy presentes en ese movimiento de luchas. Por eso, y a pesar de la fuerte dinámica creada por la reanudación general de la lucha a principios de los años 1970, la combatividad de los obreros y de la juventud de Soweto se desvió hacia una vía muerta; el movimiento fue extraviado y dividido por las rivalidades entre camarillas étnicas, corporativistas y pequeñoburguesas, lo que acabó ahogando todo intento de orientación genuinamente proletaria de la lucha.

 «(…) Uno de los aspectos importantes y no menos sorprendentes de la creación de los sindicatos africanos de Natal, es el papel que desempeñaron algunos grupos de universitarios, estudiantes o profesores de raza blanca. La importancia del papel del puñado de intelectuales que se comprometió a fondo con los trabajadores africanos no significa, ni mucho menos, que la Universidad sudafricana sea la vanguardia de la contestación y del combate por la liberación de las masas negras. El conservadurismo y el racismo de la juventud afrikáner, la indiferencia de los estudiantes anglófonos y el corporativismo de los intelectuales de oficio son la regla general. En cuanto a los estudiantes negros, tras haberse separado voluntariamente de las organizaciones estudiantes blancas (en 1972), parece como si su combate por su propia supervivencia como grupo y su participación al movimiento de la Conciencia Negra hayan acaparado la totalidad de su fuerza militante». (Brigitte Lachartre, ídem)

O sea, hablando claramente, en esas condiciones, la vanguardia verdaderamente proletaria apenas si podía avanzar, maniatada y encuadrada muy pronto tanto por los sindicalistas nacionalistas o racistas, como por las facciones corporativistas de la pequeña burguesía de intelectuales más o menos teledirigida bajo mano por diferentes grupos políticos como el PC, el ANC y algunos izquierdistas. A partir de ahí se aprecian mejor los límites en el desarrollo de la conciencia de clase, en particular en la juventud de Soweto cuya lucha fue la primera experiencia como miembros de la clase proletaria.

El ANC desvía la lucha de la juventud de Soweto hacia la lucha armada imperialista

Tras haberse infiltrado en los diferentes órganos de lucha de la juventud obrera de Soweto, el ANC amplió su control sobre muchos jóvenes radicales procedentes de las civics, logrando enrolarlos en la lucha armada mandándolos a campos de entrenamiento militar situados en los países vecinos. La ANC quería sobre todo acaparar a los más activos del movimiento de Soweto que intentaban huir la represión policiaca del poder sudafricano, prometiéndoles una sórdida más que sólida formación para luchar mejor contra el régimen de apartheid. Una vez allí, muchos jóvenes críticos eran a menudo encarcelados cuando no eran condenados a muerte.

«Los soldados del ANC disgustados por esa política no tenían derecho a discutirla en nombre de la disciplina. En 1983, el ANC, que participaba en la guerra civil angoleña, mandaba a ella a soldados contestatarios, sobre todo para quitárselos de encima. Y se reprimió a los cientos de supervivientes de regreso cuando se amotinaron al año siguiente. Para ello, existía en Mozambique un campo-cárcel del ANC, el de Quatro, donde se aplicaba la tortura contra los opositores internos recalcitrantes.» [10]

O sea que antes incluso de que alcanzara el poder, el ANC se comportaba ya como verdugo de la clase obrera. Lo que, en cambio, no cuenta el grupo trotskista francés Lucha Ouvrière es que el partido de Mandela estaba implicado en la guerra de Angola en los años 1980 por cuenta del antiguo bloque imperialista ruso, de ahí viene el apoyo que tenía de los países vecinos (enemigos del bloque de la OTAN) o sea Mozambique, Angola, Zimbabue, etc. Era la época en que ANC y PC articulaban su lucha de «liberación nacional» con los enfrentamientos entre potencias imperialistas de los dos bloques (Este/Oeste) apoyándose sin ambages en Moscú. Y el poder gubernamental sudafricano hacía lo mismo y, a la vez que destrozaba militarmente las luchas en el interior, desempeñaba en el exterior, en el África austral, el papel de «gendarme delegado» del bloque imperialista occidental, de ahí su alistamiento militar, como el des sus rivales, en la guerra de Angola y en los países vecinos.

De la FOSATU al COSATU, el sindicalismo sudafricano al servicio del capital nacional

Desde que el capitalismo entró en decadencia (marcada por el primer conflicto imperialista mundial de 1914), el sindicalismo, por todas partes, dejó de ser un verdadero órgano de lucha para la clase obrera, más todavía, se convirtió, en realidad, en instrumento contrarrevolucionario al servicio del Estado capitalista. La historia de la lucha de clases en Sudáfrica lo ha demostrado con creces[11]. Además, la historia del sindicalismo, personificada en la FOSATU (Federation of South African Trade Unions) y el COSATU (Congress of South African Trade Unions) nos muestran la potencia de un sindicalismo nuevo capaz de pesar simultáneamente sobre un proletariado de gran combatividad y sobre un régimen de apartheid trasnochado. En efecto, la FOSATU usó su «ingenio» perniciosamente eficaz hasta el punto de hacerse oír a la vez por el explotado y el explotador consiguiendo así «gestionar» arteramente los conflictos entre los dos verdaderos protagonistas, pero al servicio, en última instancia, de la burguesía. De igual modo, la confederación hizo un papel de «facilitador» en la «transición pacífica» entre el «poder blanco» y el «poder negro» concretándose todo ello en la instauración de un gobierno de «unión nacional».

Nacimiento y características de la FOSATU

Fundada en 1979, fue el fruto de una recomposición sindical, continuidad, tras su disolución o autodisolución, de los antiguos sindicatos principales, después de los vigorosos movimientos de huelga de 1973 que sacudieron fuertemente todo el país.

Esa nueva corriente sindical dio nacimiento a los sindicatos más importantes de la industria (exceptuando el de la minería), tales como la automoción, la química, la metalurgia, el textil, etc. El año mismo en que se fundó la FOSATU, el Estado sudafricano le facilitó la tarea al haber decidido acordar el título de «empleado»[12] a todos los negros incluidos los de los bantustanes, y algún tiempo después, de todos los trabajadores africanos procedentes de países vecinos. Eso significó un formidable impulso para la sindicalización de los trabajadores de todos los sectores del país, de modo que la FOSATU pudo sacar amplio provecho después para construir su propio «proyecto de desarrollo».

«Esa corriente sindical ha desarrollado a principios de los años 80 un proyecto sindical original y ello sobre la base de un concepto de independencia explícita respecto a las principales fuerzas políticas; se formó a partir de redes de intelectuales y universitarios, productos también éstos de la evolución socio-económica del país; correspondía a una verdadera mutación social y económica del país y acompañó la transformación progresiva de la organización del mercado del trabajo.» (C. Jacquin, ídem)

Fue pues en ese contexto en el que esa corriente sindical se propulsó queriendo ser a la vez «izquierda sindical» e «izquierda política» y en el que muchos de sus dirigentes fueron influidos por la ideología crítica trotskista y estalinista:

«Hacia finales de los años veinte, hubo militantes convencidos por las críticas trotskistas que se separaron del Partido Comunista. Algunos de ellos fueron dirigentes de un movimiento bastante amplio en los años cuarenta llamado Unity Movement. Un conocido sindicalista de los años treinta y cuarenta, Max Gordon, era trotskista.

Esa corriente se fragmentó y se debilitó grandemente a finales de los años cincuenta. Pero sigue habiendo en Ciudad del Cabo, en los años setenta, una fuerte implantación de esos grupos, principalmente entre los profesores mestizos.

(…) Durante las entrevistas hechas en Ciudad del Cabo, en 1982 y 1983, pudimos nosotros comprobar que el dirigente del sindicato de trabajadores municipales, John Erentzen, había sido miembro del Unity Movement. Marcel Golding, antes de entrar en la dirección sindical de mineros y convertirse en uno de sus dirigentes, formó parte de un grupo de estudio de orientación trotskista».

 «(…) Alec Elwin (primer secretario de la FOSATU) dice haber estado influido al principio por los franceses Althusser y Poulantzas. Menciona la importancia para personas como él del debate que había en Gran Bretaña de los años setenta sobre la cuestión de los shop-stewards (delegados de taller) y de la organización en la base. Otro factor importante para esa generación de intelectuales radicales fueron los aportes de un análisis marxista renovado sobre el apartheid (por personas como Martin Legassick) respecto a las relaciones de producción capitalista. Se iba despejando así, progresivamente, una teoría alternativa a la del Partido Comunista.» (C. Jacquin, ídem)

En esas citas se percibe claramente el papel desempeñado históricamente[13] por la corriente trotskista o su «nebulosa» en los sindicatos en general y en el sindicalismo de base en particular. Como hemos visto anteriormente, la corriente trotskista participó en la formación de los nuevos sindicatos radicales tras las luchas de clase de los años 1970. En ese marco, cabe señalar una faceta específica del aporte del trotskismo a la contrarrevolución, el «entrismo»[14] en los partidos socialdemócratas (y en los sindicatos). O sea, claramente, «entrar» de tapadillo, en esas organizaciones burguesas con la pretensión de, llegado el momento, apoderarse de su dirección y tomar la vía de la revolución. Esa práctica, ya de por sí antiproletaria, manifiesta el desprecio hacia la clase obrera en cuyo nombre sus practicantes, disfrazados, pretenden actuar.[15] Otra consecuencia de esa practica es que es imposible identificar formalmente a los «entristas», y conocer así, incluso por aproximación, la cantidad de dirigentes de la FOSATU bajo influencia trotskista en un momento u otro de sus recorridos en el seno de los sindicatos sudafricanos.

Podemos aquí afirmar la idea de que los dirigentes de la «izquierda sindical» encarnada por FOSATU/COSATU estuvieron influidos por diferentes ideologías burguesas que iban desde el trotskismo a la socialdemocracia, pasando por el estalinismo, el sindicalismo tipo Solidarnosc (Polonia), el Partido de los Trabajadores de Lula (Brasil), según la oportunidad o los obstáculos ante la realización de su «proyecto sindical».

«En octubre de 1983 el periódico Fosatu work news publicó un artículo de doble página central sobre Solidarnosc y Polonia. El hilo conductor es bastante parecido a lo que dirigentes de FOSATU podían pensar de los procesos sudafricanos: crecimiento industrial, escasa mejora del estatuto social obrero, represión, exigencia de control, diferenciación interna en el sindicato y evolución del grupo Walesa… Y el artículo termina por: ‘‘la lucha de los trabajadores polacos es una inspiración para todos los demás trabajadores en lucha’’. (…) En 1985, los números 39 y 40 publican un largo articulo de reportaje sobre el Partido de los Trabajadores de Brasil (PT)». (C. Jacquin, ídem)

En esa cita, pueden observarse claramente algunas similitudes en las actuaciones de la FOSATU con los sindicatos respectivos de Walesa y Lula, sobre todo en el modo de prepararse para acceder a lo más alto del Estado.

Pertrechada así con su experiencia maniobrera político-sindical adquirida en las luchas de los años 1970/1980, la FOSATU podía sin mayores riesgos ponerse abiertamente al servicio del capital nacional sudafricano aprovechándose de su renombre para trabajar por la construcción de un nuevo sindicalismo librado de los antiguos aparatos sindicales arcaicos procedentes del apartheid, haciendo prevalecer su nebulosa doctrina sindical y apoyándose en los obreros industriales como lo indicaba el texto de su primer congreso:

«La federación estará sobre todo formada por sindicatos de ramos industriales, pues utilizar el marco de las estructuras industriales existentes es el mejor medio para favorecer la unidad obrera y el interés de los trabajadores y también porque es el mejor medio para centrarnos en los ámbitos de las preocupaciones obreras. Esto, sin embargo, no significa apoyo a las actuales relaciones industriales. (…) ausencia de división racial (no racialism), control obrero (workers control), sindicatos de ramo, organización en la base, solidaridad obrera internacional, unidad sindical». (C. Jacquin, ídem)

Si se sitúa ese posicionamiento político-sindical de la FOSATU en el contexto del apartheid, puede comprenderse la relativa facilidad con la que la Federación pudo atraer a muchos obreros combativos o conscientes de la necesidad de su unidad en la lucha por encima de las fronteras étnicas. La Federación usó su «imagen combativa» ante muchos obreros durante las luchas de los años 1970-1980 para granjearse su confianza; de ahí le viene su estatuto de primer sindicato en el sector industrial. Con su aparato de «sindicalismo combativo» bien organizado entró en discusiones con otros sindicatos que habían conservado cierta influencia para federarlos, eso sí con dificultades sobre todo aquellos que estaban bajo control del tándem ANC-PC. Chocó así contra la hostilidad o las reticencias de otras corrientes sindicales en su propio seno, hasta convencerlas o marginalizarlas, como ocurrió con el sindicato de mineros (NUM) o con algunos sindicatos próximos a Conciencia Negra.

La FOSATU se prepara para ingresar en los grandes aparatos políticos

En su origen (1979), la FOSATU estaba formada por tres sindicatos inscritos (legalmente) y nueve no inscritos[16], lo que quiere decir que esta segunda categoría predominaba y su peso se plasmaba en las opciones ideológicas y estratégicas de la federación. Eso hasta que la FOSATU decidió dar el giro hacia su integración institucional, o sea convirtiéndose cada día más en interlocutor del poder (permaneciendo, eso sí, «radical»).

«El debate sobre la inscripción tomó la forma de una viva polémica contra los sindicatos de la FOSATU que se habían inscrito. El ataque vino de la GWU (pro Conciencia Negra) y, con mayor virulencia todavía, de la SAAWU (pro ANC). Los argumentos eran casi iguales: pérdida de independencia ante el Estado y traba a un verdadero funcionamiento democrático para los sindicatos que debían doblegarse ante los controles oficiales, etc.

(…) Hubo otros debates durante las negociaciones. Y fue la forma de la futura Confederación lo que más preocupó a la dirección de la FOSATU. Había que convencer de que el modelo de la FOSATU era el mejor adaptado con sus secciones sindicales de empresa, sus sindicatos por ramo industrial, sus estructuras regionales (interprofesionales, diríamos nosotros según la terminología del sindicalismo francés), su democracia en la base con los shop-stewards, etc.

(…) La dirección de la FOSATU acabó convenciendo a la mayoría de sus asociados sobre temas propiamente sindicales. Pero es importante señalar aquí que el proceso unitario hacia la fundación del COSATU se clarificó cuando la SAAWU cambió de posición, a nuestro parecer, después de que las direcciones en el exilio de la ANC y del Partido Comunista decidieran, también ellas, modificar su actitud. Y también cuando la NUM, sindicato minero miembro del CUSA y con mucho su principal afiliado, decidió, en diciembre de 1984, romper con su federación y participar plenamente y hasta el final en el lanzamiento del COSATU [17]». (C. Jacquin, ídem)

Y así, claramente, al haber integrado en su seno al sindicato minero (NUM), la FOSATU se impuso definitivamente en los sectores decisivos de la economía del país, convirtiéndose desde entonces en socio obligado del poder. Y así reforzó su control sobre les sectores más combativos de la clase obrera, tomando, desde entonces, la iniciativa de federar a las principales centrales sindicales con éxito.

Así fue el notable itinerario de la FOSATU, la cual logró, magistralmente, federar a los principales sindicatos influyentes en una gran confederación a escala del país que se concretó en la creación del Congress of South African Trade Union (COSATU).

Una vez más la FOSATU mostró su «genio político» y su destreza en lo organizativo, pasando de una oposición radical de izquierda a una unión con los grandes aparatos burocráticos nacionalistas con el objetivo evidente de acceder al poder burgués y sin que hubiera reacciones obreras, abiertas al menos, hostiles a ese proceso. Sí que puede apreciarse de qué manera procedieron esos «sargentos alistadores» para llevar a la clase obrera hacia el redil de los aparatos burgueses de izquierda, con método y por etapas. Primer tiempo: «radicalismo» sindical y político de izquierda para seducir mejor a los obreros combativos; segundo tiempo: unificación de aparatos sindicales; y tercero: favorecer la formación de un amplio frente sindical y político para gobernar «con cordura» el post-apartheid.

Cierto es que para la unidad sindical y política, el COSATU no pudo integrar a dos corrientes próximas a «Conciencia Negra» y al PAC [18]. Ambos prefirieron quedarse en la oposición con su propia federación unitaria: el National Council of Trade Unions (NACTU). Tampoco estaban otros pequeños sindicatos blancos o corporativistas. Aunque, en realidad, éstos no poseían una influencia decisiva en la organización de las luchas, comparados con el COSATU.

Sea como fuere, el COSATU se abrió su camino y gracias a él, los dirigentes de la ex-FOSATU van a poder proseguir su «misión sindical» hasta nuestros días, ejerciendo su función de gestor, muy responsable, del capital sudafricano, como ministros o grandes patronos de empresas.

El control de los comités de lucha (civics) baza de agrias batallas de aparatos sindicales-políticos

Al haberse generalizado y al haber tomado a cargo durante largo tiempo (globalmente entre 1976 y 1985) toda la vida social de los barrios principales de las ciudades industriales, las civics acabaron siendo la baza en juego de todos los órganos de poder en Sudáfrica. O, dicho de otra manera, su control acarreó agrias disputas entre rufianes sindical-políticos.

«Uno de los grandes problemas que tuvo que encarar el nuevo movimiento sindical fue, especialmente, el del desarrollo de otra forma de organización de la población negra, las civics, o “community associations”. Bajo este término se agruparon a menudo cantidad de formas asociativas, implantándose en los townships.

Queda por hacer un gran trabajo sobre esos movimientos pues no se han granjeado la misma atención que les sindicatos por parte de los investigadores.

(…) Se piensa que el desarrollo de las civics se hizo sobre todo a partir de Ciudad del Cabo bajo el impulso de dos corrientes políticas en competencia en aquel entonces en la región: la de la izquierda política independiente (la nebulosa política heredera del Unity Mouvment) y la vinculada o influida por el ANC. Las redes de asociaciones se dividieron según las simpatías políticas. Y fue así como en Ciudad del Cabo los militantes del Unity Movement formaron con las asociaciones que controlaban la “Federation of Cap Civic Associations” y los militantes del ANC y del Partido Comunista formaron por su parte el Cape Area Housing Action Committee (CAHAC). Esa cartelización se acentuó después en el ámbito nacional con, además, la actividad propia del partido Azapo (heredero del movimiento de la Conciencia Negra) y las de militantes y simpatizantes del PAC (Pan-Africanist Congress). A mediados de los años 80, la mayoría de las corrientes políticas aparecían así públicamente bajo los estandartes de agrupamientos de las civics que contralaban». (C. Jacquin, ídem)

No podemos sino compartir la opinión del autor citado de que las civics no se beneficiaron de la misma atención que los sindicatos por parte de los investigadores y que queda un importante trabajo por hacer sobre esos movimientos. Dicho lo cual, otro elemento importante que hay que subrayar es el encarnizamiento pertinaz de que dieron prueba los buitres sindicales y políticos para neutralizar las organizaciones surgidas de las luchas insurreccionales de Soweto. Para echar mano de un movimiento del que no habían sido iniciadoras, todas esas fuerzas burguesas se dedicaron, mediante infiltración y demás maniobras al uso, a desmantelar las diferentes asociaciones llamadas civics, logrando, finalmente, controlarlas y usarlas como instrumentos de lucha de influencia para conquistar el poder. En 1983, por ejemplo, hubo una serie de manifestaciones y huelgas que fueron movilizando a más y más gente, en torno a Soweto en particular, pero también en otras regiones. Fue el momento que escogió el ANC para acentuar su control sobre los movimientos sociales creando un organismo al que llamaron United Democratic Front (Frente Democrático Unido), una especie de «foro» o más bien una simple «red» en la que el partido de Mandela logró atrapar a muchas civics. Y lo mismo hicieron los rivales del ANC que no tardaron en replicar disputándole la caza a los mismos grupos autónomos y eso sin que faltara a menudo la violencia criminal por parte de unos y otros.

«(…) Se desarrollaron polémicas más y más violentas al ritmo de los grandes conflictos sociales. Una huelga general, un stay-away local o regional, cuando no un boicot de comercios regentados por blancos, se dirigen indistintamente a los empleados de fábricas y a la población de los townships. En regiones como las de Puerto Elizabeth o de East-London, en donde ya había entonces como mínimo 50 % de desempleados, no era posible organizar movimientos de tal amplitud sin apoyarse en la complementariedad de las civics y de los sindicatos. Cada parte afirmaba evidentemente esa convicción unitaria. Pero lo que estaba en juego políticamente era de tal importancia que cada una de ellas procuraba ejercer una presión hegemónica sobre la otra. Hubo todo tipo de conflictos incluso entre asociaciones controladas por la AZAPO (Organización del Pueblo de Azania) y ciertos sindicatos.

(…) Abundan ejemplos de violencias físicas. Los dirigentes de la FOSATU se quejaban de que, por falta de una centralización real, había grupos de jóvenes, vinculados a las civics, que a veces agredían a trabajadores que estaban haciendo normalmente su trabajo. Y ha habido chóferes de autobús atacados, incluso matados, por jóvenes que no entendían, o simplemente ignoraban, la oposición sindical a tal o cual llamamiento». (C. Jacquin, ídem

Las civics fueron saboteadas por las diferentes fuerzas sindicales, nacionalistas y demócratas que se disputaban su control. El ANC y sus rivales no vacilaron en someter a jóvenes para que se mataran unos a otros o atacaran o mataran a obreros activos como los conductores de bus. Y todo eso a favor del enemigo común de unos y otros, o sea el capital nacional. Sin ninguna duda, en esto, fue el ANC a quien debe imputársele la mayor cantidad de crímenes cometidos contra la juventud de Soweto por haber alistado para un campo imperialista a un gran número de antiguos miembros de las civics y haberlos enviado a la masacre en nombre de la pretendida “liberación nacional” (ver el capítulo anterior).

Huelgas con trasfondo de recesión económica

Volvamos a las huelgas que, en 1982-83, se produjeron contra las medidas de austeridad aplicadas por el gobierno, huelgas que estallaron en muchos sectores, en las minas y en la automoción en particular, movilizando a decenas de miles de obreros, afectando fuertemente a las factorías de General Motors, Ford, Volkswagen, etc. Ocurrió en Sudáfrica como en otros países en aquel tiempo, golpeada como lo fue por la crisis económica que la hundió en una profunda recesión.

La recesión que se abre en 1981-82 está marcada por el agotamiento de todo un sistema, incluido el plano institucional. Entre 1980 y 1985, las quiebras de empresas se incrementaron en 500%. Los tipos de descuento pasaron de 9,5% a 17% durante el año 1981, alcanzando 18% en 1982 y 25% en agosto de 1985. En 1982, el país se beneficiaba todavía de un superávit de 662 millones de rands; en 1983, al contrario, lo que hubo fue un déficit de 93 millones de rands. El rand valía 1,09 $US en 1982, y menos de 0,37 $ a finales de 1985. El total de las inversiones pasó de 2 346 millones de rands en 1981 a 1 408 millones en 1984. Ese mismo año, la deuda externa alcanzó 248 mil millones de $, de los cuales 13 mil millones a corto plazo. La producción manufacturera bajó en volumen, los costes salariales aumentaron, el desempleo creció, el volumen de exportaciones disminuyó». (C. Jacquin, ídem)

Ante la amplitud de la recesión, el gobierno sudafricano tuvo que tomar medidas draconianas contra las condiciones de vida de la clase obrera, o sea despidos masivos y bajas de salarios, etc. Por su parte, a pesar de su gran debilitamiento debido sobre todo a las peleas de camarillas en la que estaban enzarzados el ANC y sus competidores, la clase obrera no se iba a quedar de brazos cruzados, y acabó por lanzarse a la lucha, mostrando una vez más, que su combatividad permanecía intacta. Un ejemplo esclarecedor de lo anterior es que en el año 1982 la mayoría de los conflictos lo fueron por reivindicaciones salariales (170), después fueron los problemas de despidos y de reducción de plantillas (56), mientras que los conflictos para que se reconociera tal sindicato no acarrearon sino 12 huelgas. Esto es importante pues significa que para los obreros entrar en lucha no implica necesidad de sindicarse.

Importa sobre todo saber que en el bienio de 1982-1983, Sudáfrica estuvo marcada por un aumento ininterrumpido de huelgas. Y en ese contexto, hay que señalar una vez más el papel antiobrero del sindicalismo radical:

«Fueron los sindicatos de la FOSATU los que totalizaron más huelgas, especialmente en la metalurgia y la automoción. Fue pues en las regiones donde esas industrias son más numerosas donde hubo más conflictos. La región del Eastern-Cap, especialmente en las ciudades de Puerto Elisabeth y Uitenhage donde hubo las cifras más elevadas de huelgas: 55.150 huelguistas en esa región, en 1982, de entre los cuales 51.740 en el automóvil. Fue en el East Rand donde se concentró la mayoría de movimientos en la metalurgia: 40 con un total de 13.884 huelguistas. Estas cifras pueden compararse a los 30.773 huelguistas para toda la región de Johannesburgo, comprendidos todos sus sectores (…) Estas comparaciones permiten medir el peso relativo la FOSATU en aquel entonces respecto al conjunto del movimiento sindical independiente…». (C. Jacquin, ídem) Incluso cuando está muy encuadrada, la clase obrera es batalladora y lucha en un terreno de clase negándose a soportar sin reaccionar los ataques económicos de la burguesía. Es evidente que los obreros en lucha estaban bajo fuerte control del sindicalismo, especialmente el de base, poniéndose éste a la cabeza del movimiento para controlarlo y acabar saboteando las huelgas antes de que éstas acabaran afectando a los intereses del capital nacional sudafricano. En este sentido es importante hacer notar que, durante los movimientos de huelga de 1982, no se le otorgó ningún papel a las civics, al contrario, todo habría sido cosa de los sindicatos, especialmente de la FOSATU, la cual pudo apoyarse en sus organizaciones de base radicalizadas para hacer valer la supremacía de su «combatividad», disuadiendo de todo intento de organización autónoma fuera de los aparatos constituidos como interlocutores del Estado.

En 1984-85, estallaron huelgas importantes en Transvaal/Puerto-Elisabeth movilizando a decenas de miles de obreros y de habitantes en general, mezclándose reivindicaciones múltiples (salarios, educación, vivienda, derecho de voto, etc.). En efecto, paralelamente a las huelgas de los mineros y otros asalariados, fueron boicoteados activamente comercios pertenecientes a blancos, los transportes públicos fueron activamente boicoteados, y miles de jóvenes se negaron a integrar las filas del ejército.

Ante esos movimientos de contestación, el poder sudafricano replicó tendiendo una «pequeña zanahoria» con una mano y escondiendo una «gruesa estaca» en la otra. Decidió, por un lado, acordar a los ciudadanos de color (indios y mestizos) y a los negros el derecho a elegir a sus propios diputados o representantes municipales pertenecientes a sus propias comunidades. Y, del otro lado, su única respuesta a las reivindicaciones salariales y a las condiciones de vida fue la instauración del estado de sitio. Fue la ocasión de encarnizarse contra los huelguistas a los que acusó de hacer «huelgas políticas» para justificar una represión implacable, asesinando a muchos obreros, despidiendo a 20 000 mineros, encarcelando a miles más.

1986/1990, huelgas con trasfondo de grandes maniobras políticas en la burguesía

En realidad, entre 1982 y 1987 el país vivió un incremento ininterrumpido de huelgas, manifestaciones y enfrentamientos cruentos con las fuerzas del orden.

«El 9 de agosto, la NUM lanzó una huelga en las minas. 95% de los sindicados consultados, siguiendo la ley, había votado a favor de la huelga. Esta afectó a todas las minas en las que la NUM estaba implantada, o sea 28 de oro y 18 de carbón. Este conflicto fue, con mucho, la huelga más larga en las minas sudafricanas (el conflicto de 1946 había durado 5 días); duró 21 días, fueron 5,25 millones de jornadas de paro. (…) La NUM echó todas sus fuerzas en la batalla, su mayor reto desde que se creara en 1982. Revindicaba 30% de aumento de sueldos, una prima de riesgo, un capital de 5 años de salario a entregar a las familias de los mineros muertos en accidentes en lugar de los dos años precedentemente, 30 días de vacaciones pagadas y que se designara el 16 de junio, aniversario de las revueltas de Soweto, día de conmemoración pagado.

Las compañías mineras perdieron 17 millones de rands en el conflicto, pero no cedieron en casi nada. La coordinación de la patronal minera le resultó eficaz. Las direcciones se mantuvieron en una firmeza extrema, empezando por la de la AngloAmerican [19]«(C. Jaquin, ídem).

Una vez más, la clase obrera dio prueba de una combatividad ejemplar, aunque no fue suficiente para hacer retroceder a la burguesía que se negó a ceder sobre las reivindicaciones principales de los huelguistas. La patronal y el Estado, además, pudieron contar con el control de los obreros por parte de unos sindicatos, ciertamente «radicales» pero sobre todo muy «responsables» en cuanto se trata de preservar los intereses del capital nacional. Y, a pesar de eso, la clase obrera no cedió y reanudó la lucha masivamente al año siguiente, en 1988, durante el que hubo hasta 3 millones de huelguistas para una huelga de tres días, entre el 6 y el 8 de junio.

En lo político, el acontecimiento más relevante de esos años 80 se produjo en 1986. En ese año empezó a concretarse el verdadero giro político que dio fin al régimen de apartheid que encarnaban sobre todo los afrikáners para quienes era el modo «natural» de gobierno. Así, tras haber regulado definitivamente la «cuestión sindical» al integrar en el ámbito del Estado a los principales sindicatos (FOSATU/COSATU), el poder de entonces decidió instaurar la vertiente política de su reforma constitucional. Se organizaron, en ese marco, encuentros secretos entre dirigentes blancos sudafricanos [20] y responsables del ANC incluido Mandela, el cual, desde su celda, pudo recibir regularmente entre 1986 y 1990 a emisarios del gobierno afrikáner para la reconstrucción del país sobre nuevas bases no raciales y en acuerdo con los intereses del capital nacional. Los encuentros entre nacionalistas africanos y gobierno sudafricano prosiguieron hasta 1990, año de la liberación de Mandela y del final del apartheid, la legalización del PC sudafricano y del ANC. Ni que decir tiene que el contexto internacional tuvo una influencia fundamental en este proceso.

Por un lado, la caída del muro de Berlín significó el hundimiento repentino y brutal del aliado principal del ANC-PC, el bloque soviético, así como el propio desprestigio del «modelo soviético» que hasta entonces era el del ANC; esto obligó entonces al ANC a revisar su actitud «anti-imperialista» de antaño. La desaparición del bloque soviético, además, significó que la perspectiva del ANC en el poder ya no era un peligro, en el plano imperialista, para la burguesía sudafricana proccidental. Eso explica el anuncio de presidente sudafricano, Frederick De Klerk, en febrero de 1990, ante el parlamento, de su decisión de legalizar al ANC, al PC y todas las demás organizaciones prohibidas, con la perspectiva de una negociación global. Éstos fueron los argumentos para justificar su decisión:

«La dinámica actual en la política internacional también ha creado nuevas oportunidades para Sudáfrica. Se han realizado importantes progresos, entre ellos, en nuestros contactos exteriores, sobre todo allí donde antes había límites de tipo ideológico. (…) El desmoronamiento del sistema económico en Europa del Este ha sido también una señal (…) Quienes pretenden imponer a Sudáfrica semejante sistema en quiebra deberían comprometerse en una revisión total de su manera de ver.»

En realidad, «quienes pretenden imponer a Sudáfrica semejante sistema en quiebra» (que son la coalición que gobierna Sudáfrica hoy) decidieron entonces comprometerse efectivamente en una revisión total de sus posturas, ingresando definitivamente en las filas de los gestores del capital nacional, empezando por el COSATU.

«A principios de los 90, el debate en el COSATU sobre el estatuto obrero acaba finalmente elaborando una serie de derechos elementales (…) para añadirse a las propuestas constitucionales del ANC. Se acabó ya lo de un «programa político» sea el que sea (…);

 - Conocidos representantes nacionalistas de la NUMDSA (sindicato afiliado al COSATU) se adhieren al Partido comunista durante el año 1990. Entre otros, Moses Mayekiso es elegido miembro de la dirección provisional del partido ya legalizado de nuevo;

- En julio de 1991 el cuarto congreso del COSATU confirma una alianza entre el sindicato minero (NUM) y el metalúrgico-automoción (NUMSA). Entre ellos dos poseen 1000 delegados de los 2.500 presentes;

(…) Uno de los textos votados en ese congreso sindical dice: ‘‘Somos partidarios de formar a nuestros miembros, animándolos a entrar en el ANC y el Partido comunista’’». (C. Jacquin, ídem)

A partir de entonces, toda la burguesía sudafricana unida entró en una nueva era, la llamada era «democrática» y, claro está, se invitó a toda la población, a la clase obrera en particular, a unirse tras los nuevos dirigentes para construir un Estado multirracial democrático y así la «fiesta» pudo comenzar.

«La cooptación no ha hecho sino comenzar, pero ya casi no queda ninguna gran empresa que no ande buscando unos cuantos mandos del ANC para integrarlos en su dirección. Una verdadera «generación Mandela» se ha integrado así en las estructuras públicas o privadas perdiendo rápidamente toda fidelidad a las antiguas doctrinas. Convocar a la ‘‘sociedad civil’’ ha acabado siendo la clave de todos los discursos para construir el puente entre el movimiento social todavía muy fuerte y las componendas en la cumbre. Pero para quienes recuerdan los temas políticos de los años ochenta, el deslizamiento terminológico no es puramente formal». (C. Jacquin, ídem)

En resumen, que, por su naturaleza misma de clase burguesa, la izquierda político-sindical no podía, ni mucho menos, ir en contra del sistema capitalista, por mucha palabrería ultrarradical y obrerista anticapitalista, pretendidamente por la «defensa de la clase obrera», que tuviera. Al fin y al cabo, la izquierda sindical aparece como lo que es: un temible y eficaz alistador de obreros para la izquierda del capital. Y su contribución principal fue sin duda el haber conseguido construir a sabiendas la trampa «democrática/unidad nacional» en la que la burguesía pudo hacer caer a la clase obrera. Y, aprovechándose de ese ambiente de «euforia democrática», debido, en gran parte a la liberación de Mandela y sus compañeros en 1990, el poder central tuvo que apoyarse en su «nuevo muro sindical» formado por el COSATU y su «ala izquierda» para desviar sistemáticamente los movimientos de lucha hacia reivindicaciones de tipo «democrático», de «derechos cívicos», «igualdad racial», etc., a pesar de que los obreros iban a la huelga por reivindicaciones salariales o para mejorar sus condiciones de vida. De hecho, entre 1990 y 1993 cuando se formó precisamente un gobierno de «unión nacional de transición», las huelgas y las manifestaciones eran escasas y sólo se encontraban frente a oídos sordos en el nuevo poder. Y menos caso se les hizo porque, además, al veneno de las ilusiones democráticas, vino a añadirse una terrible tragedia en el seno de la clase obrera negra cuando, en 1990, las tropas de Mandela y las del jefe zulú Buthelezi se enfrentaron militarmente por le control de las poblaciones de los townships. Este conflicto duró cuatro años e hizo más de 14 000 muertos y destrucciones masivas de viviendas obreras. Para los revolucionarios marxistas aquella lucha sangrienta entre camarillas nacionalistas negras no hizo sino confirmar, una vez más, la naturaleza burguesa (y reaccionaria) de aquellos bandidos que lo único que expresaban de esa manera era la prisa que tenían por apoderarse de los mandos del Estado para probar así su aptitud para gestionar los intereses superiores del capital sudafricano. Ese era el objetivo central del proyecto de la burguesía cuando decidió iniciar el proceso que llevó al desmantelamiento del apartheid y a la «reconciliación nacional» entre todas sus fracciones que se andaban a matar bajo el apartheid.

Ese proyecto será fielmente instaurado por Mandela y el ANC entre 1994 y 2014, incluso matando, si hacía falta, a muchos obreros que resistían a la explotación y la represión.

Lassou, septiembre de 2016


[1] Hablamos a menudo de los años 73-74 y luego de 1976 sin mencionar el año 1975. Cierto es que en ese año hubo menos luchas, fue como una especie de “pausa” antes de la “tempestad de Soweto”.

[2] Brigitte Lachartre, Luttes ouvrières et libération en Afrique du Sud, Ediciones Suros, 1977.

[3]  Civics o CBO (Community Based Organisations): “asociaciones populares, a menudo con base geográfica de barrio o calle, cuyos miembros se autoorganizan y deciden sus objetivos”. Definición sacada de La figure ouvrière en Afrique du Sud, Karthala, 2008.

[4] Claude Jacquin, Une Gauche syndicale en Afrique du Sud (en 1978-1993), Ediciones l’Harmattan, 1994. Este autor es periodista e investigador especializado en los nuevos sindicatos sudafricanos. Lo volveremos a citar en este artículo cuando aporte elementos pertinentes para comprender la situación. No por eso nos asociamos a sus apreciaciones y así expresaremos, en su caso, nuestras reservas al respecto.

[5] Expresión de un dirigente sudafricano citado en el artículo "Desde la Segunda Guerra mundial hasta mediados de los años 1970"en la Revista Internacional n°155.

[6] Ver el artículo "Sudáfrica: del nacimiento del capitalismo a la víspera de la Segunda Guerra mundial", Revista internacional n° 154, sobre las razones del apartheid y sus consecuencias nefastas para la lucha de la clase obrera.

[7] De hecho, las primeras medidas discriminatorias fueron instauradas en la Unión Sudafricana por el gobierno laborista en 1924 en el cual participaban afrikáners.

[8] Ver Revista Internacional n°154, "Sudáfrica: del nacimiento del capitalismo a la víspera de la Segunda Guerra mundial", sobre ese conflicto (que causó miles de víctimas) y sus repercusiones en las relaciones entre las dos antiguas potencias coloniales.

[9] Ver el folleto de la CCI Los sindicatos contra la clase obrera, que aborda ampliamente el tema del "sindicalismo de base" y su naturaleza.

[10] "L’Afrique du Sud : de l’apartheid au pouvoir de l’ANC" («Sudáfrica: del apartheid al poder de la ANC»), Cercle Léon Trotsky, http://www.lutte ouvriere.org/documents/archives/cercle-leon-trotsky/article/afrique-du-sud-de-l-apartheid-au-9666.

[11] Ver el artículo de la Revista internacional n° 154 " Del nacimiento del capitalismo a la víspera de la Segunda Guerra Mundial " y en el°155 "De la IIª Guerra Mundial hasta mediados de los años 1970".

[12] Bajo el apartheid, a un sudafricano negro, aunque hubiera trabajado durante años en el país, no se le consideraba como "empleado", pues este término quedaba reservado para los "derechohabientes", o sea, sobre todo, los trabajadores blancos (y en menor medida los mestizos e indios).

[13] Ver al respecto en Revista Internacional, n° 154 "Del nacimiento del capitalismo a la víspera de la Segunda Guerra Mundial " y n° 155 « De la IIª Guerra Mundial hasta mediados de los años 1970".

[14] El entrismo en los partidos de izquierda (PS/PC) lo teorizó León Trotski en los años 1930. Puede leerse el folleto de la CCI, en francés, Le trotskisme contre la classe ouvrière. Traducción al español en http://es.internationalism.org/cci/200605/911/el-trotskismo-contra-la-clase-obrera

[15] No es casualidad si muchos de esos dirigentes de base (incluido Marcel Golding) dejaron el sindicalismo cuando feneció el régimen de apartheid para hacerse acaudalados hombres de negocios o políticos influyentes (sobre esto trataremos en el próximo artículo).

[16] Según el apartheid, los sindicatos inscritos son los reconocidos por el Estado, mientras que a los no inscritos se les toleraba hasta cierto punto aunque no fueran reconocidos por la ley.

[17] La NUM se creó en 1982. Dijo tener 20 000 miembros en 1983, y 110.000 en 1984. Al principio era hostil a la inscripción estatal.

[18] PAC : Pan-Africanist Congress, escisión del ANC en los años 1950, partido ultranacionalista (negro).

[19] Esta compañía, cuyo patrón (Oppenheimer) fue uno de los mayores apoyos a la sindicalización de los africanos, fue, en cambio, especialmente implacable frente a las  reivindicaciones de los asalariados (sindicados o no).

[20] Una delegación de la patronal sudafricana acudió a Zambia en 1986 para entrevistarse con la dirección del ANC. Después hubo intercambio de cartas desde 1986 a 1990 entre Mandela y Botha, jefe del Estado de Sudáfrica, luego con De Klerk que le sucedió en 1989. Todo ello se concretó en la liberación del dirigente del ANC en 1990, anunciando así el fin del apartheid.

 

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