Guerras, militarismo y bloques imperialistas en la decadencia del capitalismo

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La formidable armada desplegada por el bloque occidental en el golfo Pérsico nos ha recordado con brutalidad la naturaleza esencial del sistema capitalista, un sistema que desde su entrada en la decadencia en los inicios del siglo xx ha conducido el planeta hacia una militarización creciente de toda la sociedad, ha esterilizado o destruido considerables proporciones de trabajo humano, ha transformado el planeta en auténtico barril de pólvora.

La formidable armada desplegada por el bloque occidental en el golfo Pérsico (véase el editorial de la Revista Internacional nº 51) nos ha recordado con brutalidad la naturaleza esencial del sistema capitalista, un sistema que desde su entrada en la decadencia en los inicios del siglo xx ha conducido el planeta hacia una militarización creciente de toda la sociedad, ha esterilizado o destruido considerables proporciones de trabajo humano, ha transformado el planeta en auténtico barril de pólvora. Cuando los grandes discursos son pronunciados por parte de los principales gobiernos del mundo acerca de la limitación de armamentos o incluso llegando a hablar de desarme, los acontecimientos de Oriente Próximo proporcionan un claro desmentido sobre la ilusión de una “atenuación” de las tensiones militares e ilustran de manera patente uno de los componentes más importantes de lo que hoy está en juego en el plano imperialista: la ofensiva del bloque americano con el objetivo de proseguir el cerco del bloque ruso, lo cual exige en primer lugar meter en cintura a Irán. Estos acontecimientos, gracias a la destacada cooperación de las fuerzas navales de los principales países occidentales, ponen de relieve también que las rivalidades económicas que se agudizan entre esos mismos países no impiden su solidaridad como miembros de un mismo bloque imperialista mientras que al mismo tiempo, el clima belicista que impregna todo el planeta no se traduce sólo en tensiones bélicas entre los grandes bloques sino que repercute igualmente en enfrentamientos entre ciertos países ligados a un mismo bloque, como es el caso en el conflicto entre Irán e Irak y, detrás de éste, los principales países occidentales.

El artículo siguiente se propone tratar todos esos temas esenciales para la clase obrera, su combate y su toma de conciencia.

La guerra y el militarismo en la decadencia del capitalismo

El movimiento obrero ante la guerra

Desde sus orígenes el movimiento obrero ha prestado una atención especial a las diferentes guerras entre las naciones capitalistas. Citando un solo ejemplo, se pueden recordar las tomas de posición de la primera organización internacional de la clase obrera, la AIT ante la guerra de Secesión en Estados Unidos en 1864 ([1]) y sobre la guerra franco-alemana de 1870 ([2]). Sin embargo la actitud de la clase obrera ante las guerras burguesas ha evolucionado en la historia, yendo del apoyo a algunas de ellas a un rechazo categórico a toda participación. Así en el siglo pasado (xix), los revolucionarios pudieron realizar llamamientos a los obreros para que aportasen su apoyo a una u a otra de las naciones beligerantes (a favor del Norte contra el Sur en la guerra de Secesión norteamericana, a favor de Alemania contra Francia durante el Segundo Imperio en los inicios del enfrentamiento de 1870), mientras que la posición de base de todos los revolucionarios durante la Primera Guerra Mundial fue justamente el rechazo y la denuncia de todo apoyo a uno u otro de los campos beligerantes.

Esa modificación de la posición de la clase obrera ante las guerras se vivió precisamente en 1914, fecha que provocó la brecha decisiva en los partidos socialistas (y especialmente en la socialdemocracia alemana) entre aquellos que rechazaban todo tipo de participación en la guerra, los internacionalistas, y aquellos que reivindicaban las antiguas posiciones del movimiento obrero para así defender mejor a la burguesía nacional ([3]), este cambio se debió en realidad a la transformación de la propia naturaleza de las guerras, estrechamente relacionada con la transformación del capitalismo entre su período de ascenso y su período de decadencia ([4]).

Esa transformación del capitalismo y, por lo tanto, de la naturaleza de la guerra fue reconocida por los revolucionarios desde el inicio del siglo y especialmente durante la Primera Guerra Mundial. Sobre ese análisis, en especial, se basó la Internacional Comunista para afirmar la actualidad de la revolución proletaria. Desde sus orígenes la CCI reivindica ese análisis y en particular a las posiciones de la Izquierda Comunista de Francia que, ya en 1945, se pronunció de manera muy clara sobre la naturaleza y las características de la guerra en el período de la decadencia del capitalismo:

En la época del capitalismo ascendente, las guerras (nacionales, coloniales y las conquistas imperialistas) experimentan la marcha ascendente de fermentación, de reforzamiento y ampliación del sistema económico capitalista. La producción capitalista encontró en la guerra la continuación de su política económica por otros medios. Cada guerra se justificaba y financiaba sus gastos abriendo un nuevo campo para una mayor expansión, asegurando el desarrollo de una producción capitalista mayor.

En la época del capitalismo decadente, la guerra igual que la paz, expresa esa decadencia y contribuye en acelerarla poderosamente.

Sería erróneo ver en la guerra un fenómeno en sí, negativo por definición, destructor y obstáculo al desarrollo de la sociedad, en oposición a la paz, que sería presentado como el curso normal positivo del desarrollo continuo de la producción de la sociedad. Sería introducir un concepto moral en un curso objetivo, económicamente determinado.

La guerra fue el medio indispensable para el capitalismo de abrirle posibilidades de desarrollo ulterior, en la época en la que estas posibilidades existían y no podían abrirse camino sino mediante la violencia. Al mismo tiempo el hundimiento del mundo capitalista, tras haber agotado históricamente todas las posibilidades de desarrollo, encuentra en la guerra moderna, la guerra imperialista, la expresión de ese hundimiento que, sin abrir ninguna posibilidad de desarrollo ulterior para la producción, no hace sino hundir en el abismo las fuerzas productivas y acumular a un ritmo acelerado ruinas sobre ruinas.

No existe una oposición fundamental en el régimen capitalista entre guerra y paz, sino que existe una diferencia entre dos fases, una ascendente y otra decadente, de la sociedad capitalista y, por lo tanto, una diferencia de función de la guerra (en relación a la guerra y a la paz) entre estas dos fases respectivas.

Si durante la primera fase, la guerra tiene por función asegurar la ampliación del mercado de cara a una más amplia producción de bienes de consumo, durante la segunda fase, la producción gravita esencialmente sobre la producción de medios de destrucción, es decir para la guerra. La decadencia de la sociedad capitalista encuentra su expresión más impactante en que a diferencia de las guerras para el desarrollo económico (período ascendente), la actividad económica se limita esencialmente a la guerra (período decadente).

Esto no quiere decir que la guerra se haya convertido en el fin de la producción capitalista, el fin sigue siendo para el capitalismo la producción de plusvalor, lo que significa que la guerra adquiere un carácter permanente, y se ha convertido en el modo de vida del capitalismo decadente” ([5]).

La confirmación del análisis de la izquierda comunista

Esas líneas se escribieron en julio de 1945, cuando la guerra mundial acababa apenas de terminar en Europa y proseguía todavía en Extremo Oriente. Todo lo que ha pasado desde entonces no ha hecho sino confirmar, con creces, el análisis que en ellas se expresaban, mucho más allá de lo que anteriormente pudo haberse conocido. En efecto mientras que al día siguiente de la guerra mundial se pudo asistir, hasta el inicio de los años 30, a cierta atenuación de los antagonismos interimperialistas al mismo tiempo que a una reducción significativa de los armamentos en el mundo, nada de eso ocurrió al día siguiente de la Segunda Guerra Mundial. Las cerca de 150 guerras que, desde que se restableció la “paz”, ha habido en el mundo ([6]), con sus decenas de millones de muertos, han probado ampliamente que “no existe una oposición fundamental en el régimen capitalista entre la guerra y la paz” y que “la guerra, al ser permanente, se ha convertido en el modo de la vida del capitalismo decadente”. Y lo que caracteriza a todas esas guerras, como las dos guerras mundiales, es que en ningún momento, al contrario que las del siglo xix, permitieron el menor progreso en el desarrollo de las fuerzas productivas; al contrario el único resultado que han tenido son las destrucciones masivas, dejando completamente exangües a los países en donde ocurrieron (sin contar las horribles masacres que acarrearon). Entre una multitud de ejemplos de guerras sucedidas desde 1945, puede servir de ejemplo la de Vietnam que debía permitir, según decían los que en los años 60 y 70 manifestaban con las banderas del FNL, la construcción de un país nuevo y moderno, donde los habitantes serían liberados de las calamidades que les habían abrumado durante el antiguo régimen de Saigón. Tras la reunificación del país en 1975, no sólo las poblaciones vietnamitas no han conocido la paz (los antiguos “ejércitos de liberación” se convirtieron en ejército de ocupación en Camboya), sino que además su situación económica no ha dejado de degradarse hasta el punto de que, en su último congreso, el partido dirigente se ha visto obligado a reconocer la quiebra de la economía.

Las destrucciones de las dos guerras mundiales y sus consecuencias

Con todo lo catastróficas que hayan sido, las destrucciones provocadas por las diferentes guerras habidas desde 1945, y que han afectado sobre todo a los países débilmente desarrollados, son menores, evidentemente, que las de la Primera y sobre todo que las de la Segunda Guerra Mundial que afectaron sobre todo a los países más desarrollados del mundo, especialmente los de Europa occidental. Esas dos guerras, a diferencia de las del siglo xix, por ejemplo la de 1870 entre Francia y Alemania, son la imagen viva de las transformaciones sufridas por el capitalismo de aquella época. Así la guerra de 1870, al permitir la reunificación de Alemania fue para este país una de las condiciones más importantes de su formidable desarrollo de finales del siglo xix, mientras que para el país vencido, Francia, no tuvo consecuencias realmente negativas a pesar de los 5 mil millones de francos-oro pagados a Alemania por la repatriación de sus tropas. Fue durante las tres últimas décadas del siglo xix cuando Francia conocerá su desarrollo industrial más importante (ilustrado especialmente durante las exposiciones universales de París en 1878, 1889 y 1900).

Por el contrario las dos grandes guerras de este siglo, que al inicio enfrentaron a los dos mismos antagonistas, tuvieron por consecuencia principal no un nuevo paso hacia delante en el desarrollo de las fuerzas productivas, sino en primer lugar una devastación sin precedentes de tales fuerzas, y ante todo de la principal de ellas, la clase obrera.

Ese fenómeno fue ya flagrante durante la Primera Guerra Mundial. En la medida en que son las principales potencias capitalistas las que se enfrentan, la mayor parte de los soldados caídos en el frente eran obreros en uniforme. La sangría de la guerra para la clase obrera no sólo se debió a la brutalidad de los combates y a la “eficacia” de las nuevas armas utilizadas durante ella (blindados, armas químicas…), sino también al elevado grado de movilización que exigió. Al contrario de las guerras del pasado que no habían arrojado a los combates sino una proporción relativamente débil de la población masculina, será la casi totalidad de la población activa la afectada por la movilización general ([7]) y en los combates murió o quedó herida gravemente más de la tercera parte.

Por otro lado, aunque la Primera Guerra Mundial se extendió por un pequeño territorio occidental, evitando así la destrucción de las principales regiones industriales, se concretó, sin embargo, en una caída de cerca del 30% de la producción europea, una caída debida sobre todo a la sangría que significó para la economía tanto el envío al frente de lo esencial de la clase obrera como del uso de más del 50% del potencial industrial en la fabricación de armamentos, lo que se tradujo en una caída vertiginosa de las inversiones productivas que acarreó a su vez el envejecimiento, el desgaste extremo y el no reemplazo de instalaciones industriales.

Expresión del hundimiento del sistema capitalista en su decadencia, las destrucciones de la Segunda Guerra Mundial alcanzaron una escala mucho más amplia que las de la Primera. Si bien, en algunos países como Francia, hubo menos muertos que durante la Primera Guerra Mundial debido a que fue rápidamente vencida desde el inicio de las hostilidades, el número total de muertos fue casi cuatro veces mayor (unos 50 millones). Las pérdidas de un país como Alemania, la nación más desarrollada de Europa, donde vive el proletariado más numeroso y concentrado, se elevan a más de 7 millones, tres veces más que entre 1914 y 1918, entre los cuales 3 millones de civiles. Porque, en su barbarie creciente, el capitalismo ya no se contenta con devorar simplemente a los proletarios en uniforme, sino que es, desde entonces, toda la población obrera la que no es sólo movilizada para el esfuerzo de guerra (como lo fue durante el curso de la Primera Guerra Mundial) sino que paga directamente también el precio de la sangre. En algunos países, la proporción de civiles muertos supera con creces la de los soldados muertos en el frente: por ejemplo de los 6 millones de desaparecidos en Polonia (el 22% de la población) “sólo” 600.000 (por decirlo así) murieron en los combates. En Alemania por ejemplo murieron 135.000 seres humanos (más que en Hiroshima) durante las 14 horas (en tres oleadas sucesivas) que duró el bombardeo de Dresde el 13 de febrero de 1945. Casi todos civiles, claro está, y obreros en su inmensa mayoría. Los barrios obreros fueron, por cierto, los preferidos de los bombardeos aliados pues esto permitió al mismo tiempo debilitar el potencial de producción del país con menos coste que el ataque a las instalaciones industriales con frecuencia subterráneas y bien protegidas por la defensa antiaérea (aunque obviamente estas instalaciones también fueron bombardeadas) y, a la vez, destruir la única fuerza susceptible de rebelarse contra el capitalismo al final de la guerra, como ya lo había hecho entre 1918 y 1923 en ese mismo país.

En un plano material, los daños son obviamente considerables. Por ejemplo si Francia tuvo un número “limitado” de muertos (600.000 de los que 400.000 civiles) su economía se arruinó debido especialmente a los bombardeos aliados. La producción industrial bajó cerca de la mitad. Numerosos barrios urbanos eran ruinas: más de un millón de edificios dañados. Todos los puertos fueron sistemáticamente bombardeados o saboteados y obstruidos por barcos hundidos. De 83.000 kilómetros de vías férreas, 37.000 quedaron inservibles, así como 1900 viaductos y 4000 puentes de carretera. El parque ferroviario, locomotoras y vagones, se redujo a la cuarta parte de lo que era en 1938.

Alemania se puso también en cabeza de las destrucciones materiales: 750 puentes fluviales fueron destruidos de un total de 948, 2400 puentes ferroviarios y 3400 kilómetros de vías férreas (sólo en el sector ocupado por los aliados occidentales); de 16 millones de viviendas, cerca de 2 millones y medio quedaron inhabitables y 4 millones deterioradas; sólo se salvó la cuarta parte de la ciudad de Berlín y sólo Hamburgo sufrió más daños que toda Gran Bretaña. De hecho fue toda la vida económica del país la que se desarticuló provocando una situación de extremo desamparo material nunca antes vivida por la población.

“… En 1945, la desorganización era general y dramática. La recuperación fue difícil por la ausencia de materias primas, el éxodo de las poblaciones, la práctica ausencia de mano de obra cualificada, la parálisis de la circulación, el derrumbe de la administración… El marco alemán dejó de tener valor, se comerciaba mediante el trueque, el tabaco americano sirvió de moneda: la subalimentación era general; Correos ya no funcionaba; las familias vivían en la ignorancia sobre el destino de sus seres queridos, víctimas del éxodo o prisioneros de guerra; el paro general no permitía encontrar de qué vivir; el invierno de 1945-46 será especialmente duro, el carbón y la electricidad faltaban a menudo… sólo 39 millones de toneladas de hulla fueron extraídas y se fabricarán 3 millones de toneladas de acero en 1946; el Ruhr trabajaba a un 12% de su capacidad” ([8]).

Este cuadro –muy incompleto– de las devastaciones provocadas por las dos guerras mundiales y en especial por la última, ilustra de una forma especialmente cruda los cambios fundamentales que se produjeron sobre la naturaleza de la guerra entre los siglos xix y xx. Mientras que durante el siglo xix las destrucciones y el coste de la guerra no eran otra cosa que los “gastos imprevistos de la expansión capitalista” –gastos imprevistos que por lo general eran ampliamente rentabilizados, en cambio, ya desde principios del siglo xx se trata de considerables sangrías que arruinan a los beligerantes, ya se trate de los “vencedores” o de los “vencidos” ([9]). El hecho de que las relaciones de producción capitalista hayan cesado de ser la condición para el desarrollo de las fuerzas productivas y que al contrario se hayan convertido en un pesado lastre para ese desarrollo, se expresa, de un modo que no puede ser más claro, en los estragos que sufren los países que se encuentran en el corazón del desarrollo histórico de estas relaciones de producción: los países de Europa occidental. Para estos países, en especial, cada una de las dos guerras se tradujo en un retroceso importante de su peso relativo a escala mundial, tanto en lo económico y financiero como en lo militar a favor de Estados Unidos, del que de manera creciente serán dependientes. A fin de cuentas, la ironía de la historia ha querido que los dos países que más han destacado económicamente tras la Segunda Guerra Mundial a pesar de las considerables destrucciones que sufrieron fueron los dos grandes países vencidos de esta guerra: Alemania (amputada además de sus provincias orientales) y Japón. En este fenómeno paradójico existe una explicación que, lejos de desmentir nuestro análisis, lo confirma ampliamente.

En primer lugar, la recuperación de esos países sólo pudo realizarse gracias al apoyo masivo económico y financiero de Estados Unidos sobre todo mediante el plan Marshall. Apoyo que fue uno de los medios esenciales por los cuales esa potencia se aseguró una fidelidad sin fisuras por parte de aquellos países. Por sus propias fuerzas los países de Europa occidental y Japón habrían sido totalmente incapaces de obtener los “éxitos” económicos que conocieron. Pero estos éxitos se explican también, y sobre todo especialmente para Japón, por el hecho de que, durante todo un período, el esfuerzo militar de esos países –países vencidos– fue expresamente limitado por parte de los países “vencedores” a un nivel muy inferior al que éstos mantenían. Por eso la parte del PNB de Japón dedicada al presupuesto militar no ha superado nunca después de la guerra el umbral del 1%, algo muy inferior a lo que han dedicado el resto de las demás principales potencias.

El cáncer del militarismo devora la economía capitalista

Nos encontramos pues con una de las características más importantes del capitalismo en su período de decadencia tal y como fue analizada por los revolucionarios en el pasado: el enorme fardo que representa para su economía los gastos militares, no sólo en los períodos de guerra sino también en los períodos de “paz”. Al contrario de lo que podía escribir Rosa Luxemburg en La acumulación del Capital (y es la única crítica importante que se puede hacer a dicho libro) el militarismo no representa en absoluto un campo de acumulación para el capitalismo. Al contrario mientras que los bienes de producción o los bienes de consumo pueden incorporarse en el ciclo productivo como capital constante o capital variable, los gastos armamentísticos son un puro despilfarro desde el punto de vista del capital, puesto que su único propósito es convertirse en humo (incluso en sentido propio) y eso cuando no son responsables de destrucciones masivas. Esto se ilustra en un sentido “positivo” en el caso de Japón que ha podido dedicar lo esencial de su producción, especialmente en los sectores de alta tecnología, en desarrollar las bases de su aparato productivo, lo que explica (más allá de los bajos salarios pagados a sus obreros) los resultados de sus mercancías en el mercado mundial. Esta realidad se ilustra de modo claro, pero de forma negativa esta vez, en el caso de un país como la URSS cuyo atraso actual y lo agudo de sus dificultades económicas son el resultado, en una gran medida, de la enorme punción de la producción de armas: mientras que las máquinas más modernas, los obreros y los ingenieros más cualificados están casi todos movilizados en la producción de tanques, aviones o misiles, quedan pocos medios para fabricar, por ejemplo, repuestos para tractores inmovilizados o construir vagones para evitar que las cosechas se pudran en los lugares de cultivo mientras que hay enormes colas delante de las tiendas de las ciudades. No es casualidad si, hoy, la URSS intenta desembarazarse del lastre que representan para su economía los gastos militares tomando la iniciativa de un cierto número de negociaciones con los Estados Unidos para reducir los armamentos.

Y la primera potencia mundial tampoco puede evitar las consecuencias catastróficas de los gastos de armamentos para su economía: su enorme déficit presupuestario no ha cesado de progresar desde los años 80 (y que después de haber permitido la “recuperación” tan alabada de 1983, aparece hoy claramente como una de las responsables de la agravación de la crisis) y acompaña con un notable paralelismo al considerable incremento de los presupuestos de defensa desde entonces. El acaparamiento por el sector militar de la flor y la nata de las fuerzas productivas (potencial industrial y científico) no es sólo algo propio de la URSS: la situación es idéntica en Estados Unidos (la diferencia consiste en que el nivel tecnológico que se utiliza en la fabricación de los tanques en la URSS es el que se utiliza en la fabricación de los tractores en Estados Unidos y que los ordenadores para el “gran público” americano son copiados por la URSS para sus necesidades militares. En EE.UU, por ejemplo, el 60% de las inversiones públicas de investigación se dedican oficialmente al armamento (95% en realidad); el centro de investigación atómica de Los Álamos (el que fabricó la primera bomba A) es sistemáticamente el beneficiario del primer ejemplar de cada uno de los ordenadores más potentes del mundo (Cray I y Cray II, Cray III); el organismo CODASYL que definió en los años 60 el lenguaje de programación informático COBOL (uno de los más utilizados en el mundo) estaba dominado por los representantes del ejército estadounidense; el nuevo lenguaje ADA, que está llamado a convertirse en uno de los “estándares” de la informática mundial es un encargo directo del Pentágono… La lista podría alargarse aún más con ejemplos que demostrarían la subordinación de los sectores puntas de la economía a lo militar, evidenciando la considerable esterilización de las fuerzas productivas, en especial aquellas con más rendimiento, que supone la industria armamentística en EE.UU como en el resto de países ([10]).

En efecto esos datos sobre la primera potencia mundial no son sino una ilustración general de los fenómenos más destacados del capitalismo en su fase de decadencia: incluso en su período de “paz” el sistema está carcomido por el cáncer del militarismo. A nivel mundial, según las estimaciones de la ONU, 50 millones de personas están ocupadas en el sector de la defensa, de las que 500.000 son científicos. En el año 1985, se gastaron 820.000 millones de dólares en el mundo para la guerra (es decir casi el equivalente a toda la deuda del Tercer Mundo).

Esta locura se amplifica de año en año: desde el inicio del siglo xx los gastos militares (a precio constante) se han multiplicado por 35.

Las armas y las consecuencias de una tercera guerra mundial: ilustración de la barbarie del capitalismo decadente

La progresión permanente de los gastos armamentísticos se concreta especialmente en el hecho de que hoy, Europa –que sería el escenario central de una eventual Tercera Guerra Mundial– dispone de un potencial de destrucción incomparablemente más elevado que en el momento del estallido de la Segunda Guerra Mundial: 215 divisiones (contra 140), 11.500 aviones y 5200 helicópteros (contra 8700 aviones), 41600 carros de combate (contra 6000) a los que hay que añadir 86000 vehículos blindados de todo tipo. A esas cifras hay que añadir, sin contar las fuerzas navales, 31.000 piezas de artillería, 32.000 piezas anticarro y misiles de todo tipo, “convencionales” y nucleares. Las armas nucleares no desaparecerán ni siquiera si se realizara el reciente acuerdo entre la URSS y Estados Unidos sobre la eliminación de los misiles balísticos de medio alcance. Junto a todas las bombas transportadas por los aviones y los misiles de corta distancia, Europa seguirá amenazada por 20000 ojivas “estratégicas” transportadas por submarinos y misiles intercontinentales así como por decenas de miles de obuses y minas nucleares. Si una guerra estallara en Europa, aunque no sea nuclear, provocaría sobre el continente matanzas terribles (especialmente por la utilización de armas químicas y por nuevos explosivos llamados “casi nucleares” de una potencia sin comparación posible con los explosivos clásicos pero también con la parálisis de toda la actividad económica que hoy depende del transporte y de la distribución de electricidad, que se paralizarían: ¡la población superviviente a los bombardeos se moriría de hambre! Alemania, especialmente, que sería el escenario principal de los combates, quedaría prácticamente borrada del mapa. Pero una guerra de este tipo no se limitaría simplemente en emplear ese tipo de armas convencionales. Desde el momento en que uno de los campos viese degradarse su situación, tendría que utilizar primero su arsenal nuclear “táctico” (artillería con obuses nucleares y misiles de corto alcance con cargas de “débil” potencia) para ver como llegaban, rápidamente respuestas equivalentes por parte del adversario, empleando su arsenal “estratégico” compuesto por una decena de misiles cargados con una “fuerte” potencia: lo que sucedería sería simple y llanamente la destrucción de la humanidad ([11]).

Un guion así, con todo lo demencial que parezca, es de lejos el más probable en caso de que estallase una guerra en Europa: es por ejemplo el que ha pensado la OTAN en caso de que sus fuerzas fuesen superadas por el Pacto de Varsovia en caso de enfrentamiento entre tropas convencionales en esta región del mundo (el concepto estratégico que se utiliza es el de “respuesta graduada”). No hay que hacerse ninguna ilusión acerca de un posible “control” por parte de los dos bloques en caso de que se diese ese tipo de escalada: las dos guerras mundiales y en especial la última –que acabó con los bombardeos nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki- nos han mostrado ya lo absurdo que representa para la sociedad, desde el inicio de siglo XX, el modo de producción capitalista. Y esto no se expresa sólo por el peso más aplastante del militarismo sobre la economía, ni por el hecho de que la guerra haya perdido toda racionalidad económica real, se manifiesta también en la incapacidad de la clase dominante para controlar el engranaje que conduce a la guerra total. Pero si esta tendencia no es nueva, su pleno desarrollo que acompaña el hundimiento del capitalismo en su decadencia, introduce un nuevo elemento: la amenaza de una destrucción de la humanidad que sólo la lucha del proletariado puede impedir.

La segunda parte de este artículo se dedicará a evidenciar las características actuales de los enfrentamientos interimperialistas y especialmente el significado que adquiere en este contexto el despliegue de la armada occidental en el Golfo Pérsico.

RM, 30 de noviembre de 1987

[1] Ver la carta enviada el 29 de noviembre de 1864 en nombre del Consejo General de la A.I.T. (Asociación Internacional de los Trabajadores, la Iª Internacional) a Abraham Lincoln en ocasión de su reelección y la Carta al presidente Andrew Johnson el 13 de mayo de 1865.

[2] Ver los dos informes del Consejo General sobre la guerra franco-prusiana del 23 de julio y del 9 de septiembre de 1870.

[3] De esta manera saludaba la prensa oficial socialdemócrata la guerra contra Rusia en 1914: “La socialdemocracia alemana lleva acusando desde hace mucho tiempo al zarismo de ser la sangrienta muralla de la reacción europea, desde la época de Marx y Engels cuando seguían todos los hechos y gestos de este régimen bárbaro con sus análisis penetrantes… Ha llegado ya la hora de acabar con esta sociedad espantosa bajo las banderas de guerra alemanas” (Frankfurter Volksstimme 31 de julio, citado por Rosa Luxemburg en La crisis de la Socialdemocracia). A lo que Rosa Luxemburg respondía: “El bloque socialdemócrata caracterizó la guerra como de defensa de la nación alemana y la cultura europea, después de lo cual la prensa socialdemócrata procedió a bautizarla “salvadora de las naciones oprimidas”. Hindenburg pasó a ser el albacea de Marx y Engels.” (Ídem). Igualmente Lenin podía escribir en 1915: “Los socialchovinistas rusos (con Plejánov a la cabeza) se remiten a la táctica de Marx con respecto a la guerra de 1870; los alemanes (por el estilo de Lensch, David y Cía.) invocan la declaración de Engels en 1891, sobre el deber de los socialistas alemanes de defender la patria en caso de guerra contra Rusia y Francia coaligadas (…); Quienes invocan hoy la actitud de Marx ante las guerras de la época de la burguesía progresista y olvidan las palabras de Marx, de que "los obreros no tienen patria" –palabras que se refieren precisamente a la época de la burguesía reaccionaria y caduca, a la época de la revolución socialista–, tergiversan desvergonzadamente a Marx y sustituyen el punto de vista socialista por un punto de vista burgués” (V. I. Lenin, El socialismo y la guerra, (La actitud del P. O. S. D. R. ante la guerra, https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/1915sogu.htm).

[4] Por eso, corrientes políticas, como el bordiguismo o el GCI, son hoy todavía incapaces de comprender el carácter decadente del modo de producción capitalista por lo que también son incapaces de entender cómo, desde posiciones igualmente proletarias, Marx podía apoyar a Alemania contra Francia a principios de la guerra de 1870 (cuando Napoleón III aún no había sido derribado y antes de que Prusia invadiese Francia) y Lenin denunciar toda participación en la Primera Guerra Mundial.

[5] Informe de la Conferencia de julio de 1945 de la Gauche Communiste de France, recogido en el informe sobre el Curso Histórico adoptado durante el 3º Congreso de la CCI, Revista Internacional nº 18, 3º trimestre de 1979.

[6] La lista de todas estas guerras bastaría para llenar una página completa de esta Revista. A título ejemplificador podemos citar algunas entre las más sangrientas: las guerras de Indochina y África del Norte entre 1945 y 1962, que condujeron a la salida de Francia de aquella zona; las cinco guerras en las que se ha visto implicado el Estado de Israel contra los países árabes (1948, 1957, 1966, 1973 y 1982); las guerras del Vietnam y Camboya entre 1963 y 1975 (en este último país tras la intervención de Vietnam en 1978 la guerra continúa todavía); la guerra breve pero muy sangrienta entre China y Vietnam en los inicios de 1979; la guerra en Afganistán que dura ya 8 años; y la que enfrenta a Irán e Irak que dura ya 7 años. Se podrían citar además los múltiples conflictos en los que la India se ha visto involucrada tras su independencia (guerras contra Pakistán en Cachemira, en Bangladesh) y últimamente la guerra contra los tamiles en Sri Lanka. A este cuadro hay que añadir necesariamente las decenas de guerras que han devastado y continúan devastando el África negra y el África del Nordeste: Angola, Mozambique, Uganda, Congo, Etiopía, Somalia…, sin olvidar Chad.

[7] por ejemplo, las guerras napoleónicas que fueron las más importantes del siglo XIX, no involucraron a más de 500.000 hombres en Francia, para una población total de 30 millones de personas, mientras que en el curso de la Primera Guerra Mundial fueron más de 5 millones de soldados los movilizados, de una población francesa total de 39.200.000.

[8] H.Michel, La Seconde Guerre mondiale, PUF, capítulo sobre "El derrumbe de Alemania").

[9] Ya fuera durante la Primera Guerra Mundial como durante la Segunda el único país que puede considerarse vencedor fue Estados Unidos, cuyo nivel de producción al día siguiente de los conflictos era netamente superior al de antes. Pero este país, con todo lo importante que fue su papel en estas guerras, sobre todo en la Segunda, se vio beneficiado por un privilegio imposible para los países en el origen del conflicto: su territorio está a miles de kilómetros de distancia de las zonas de guerra, lo que le permitió evitar tanto las pérdidas de civiles como la destrucción de su potencial industrial y agrícola. El otro “vencedor” de la Segunda Guerra Mundial, la URSS, que accedió al final de la guerra al rango de potencia mundial, pagó con creces su “victoria” con el enorme precio de 20 millones de muertos y destrucciones materiales considerables, lo que contribuyó ampliamente en mantener su economía lejos detrás de la de Europa occidental e incluso detrás de sus propios “satélites”.

[10] La tesis de las “repercusiones tecnológicas positivas” para la economía y el sector civil de la investigación militar es puro cuento que se desmiente cuando se compara la competitividad tecnológica civil de Japón y de la RFA (que dedican entre el 0,01% y el 0,10% del PNB a la investigación militar) con la de Francia y Gran Bretaña (0,46% et 0,63%).

[11] Los estudios sobre las consecuencias de un conflicto nuclear generalizado ponen de relieve que 3 mil millones (de 5 mil millones) de seres humanos que sobrevivirían el primer día no podrían hacerlo a las sucesivas calamidades que se producirían en los días siguientes: radiactividad, rayos ultravioletas mortales tras la desaparición de la capa de ozono de la atmósfera, la glaciación debido a la nube de polvo que caería sobre toda la tierra sumiéndola en una larguísima noche. La única forma de vida que subsistiría sería la de las bacterias, o en el mejor de los casos de los insectos.