De la IIª Guerra Mundial hasta mediados de los años 1970

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En el artículo anterior sobre el movimiento obrero en Sudáfrica ([1]), abordamos la historia de Sudáfrica recordando sucesivamente el nacimiento del capitalismo, de la clase obrera, del sistema del apartheid y de los primeros movimientos de lucha obrera. Terminábamos el artículo mostrando que, tras el aplastamiento de las luchas obreras de los años 1920, la burguesía (representada entonces por el Partido Laborista y el Partido Nacional afrikáner) logró paralizar por largo tiempo todas las expresiones de lucha de clase proletaria, habiendo que esperar a la víspera de la IIª Guerra mundial para ver a la clase obrera salir de su profundo letargo. Resumiendo, tras el estallido de la huelga insurreccional de 1922 en un espantoso baño de sangre, hasta finales de los años 30, el proletariado sudafricano quedó paralizado, dando así campo libre a la lucha a los partidos y grupos nacionalistas blancos y negros.

Este artículo va a poner de relieve la temible eficacia contra la lucha de clases del sistema del apartheid combinada con la acción de los sindicatos y de los partidos de la burguesía y eso hasta finales de los años 60 cuando la burguesía, frente al desarrollo inédito de la lucha de clases, tuvo que "modernizar" su dispositivo político y cambiar el sistema. En otras palabras, la burguesía tuvo que hacer frente a un proletariado sudafricano que acabó al fin por reemprender sus luchas masivamente, inscribiéndose así en las oleadas de lucha que marcaron, a nivel mundial, los últimos años 60 y los primeros de los 70.

Para evocar aquel período de luchas de la clase obrera, nos apoyamos ampliamente en la obra Luttes ouvrières et libération en Afrique du Sud (Luchas obreras y liberación en Sudáfrica), de Brigitte Lachartre ([2]), miembro del “Collectif de recherche et d’information sur l’Afrique australe” (C.R.I.A.A., Colectivo de Investigación e Información sobre el África Austral), el único centro que, por lo que sabemos nosotros, se dedica debidamente a la historia de las luchas sociales en Sudáfrica.

Efímera reanudación de la lucha de clases durante la segunda carnicería de 1939-45

Los preparativos bélicos en Europa se plasmaron en Sudáfrica en la inesperada aceleración de su proceso de industrialización, al ser los grandes países industriales de entonces los principales apoyos de la economía sudafricana: "(…) El periodo 1937-1945 estuvo marcado por una aceleración brutal del proceso industrial. Sudáfrica, entonces, tuvo que desarrollar sus propias industrias de transformación a causa de la parálisis económica de Europa en guerra y de sus exportaciones al resto del mundo" ([3]).

Esto se concretó en el reclutamiento masivo de obreros y en el aumento de los ritmos de producción. Contra los ritmos y la degradación de sus condiciones de vida, la clase obrera tuvo que despertarse brutalmente y lanzarse a la lucha: "Para las masas africanas, esa fase de intensificación industrial se plasmó en una proletarización acelerada, y más todavía por haberse alistado una cuarta parte de la población activa blanca en el servicio militar voluntario junto a los Aliados. Durante ese período, las luchas obreras y las huelgas consiguieron aumentos de sueldo importantes (13 % por año entre 1941 y 1944), incrementándose el movimiento sindical africano. (…) Entre 1934 y 1945, se anotó la cifra record de 304 huelgas en las que participaron 58.000 africanos, mestizos e indios y 6000 blancos. En 1946, el sindicato de mineros africanos, organización no reconocida legalmente, inició una importantísima oleada de huelgas por todo el país que acabó reprimida en sangre. Lo que no quitó que lograra movilizar a unos 74.000 obreros negros" ([4]).

El régimen sudafricano tuvo pues que desarrollar sus propias industrias de transformación, como también tuvo que sustituir una gran parte de la mano de obra movilizada en la carnicería imperialista. Eso significa que Sudáfrica alcanzó entonces cierto nivel de desarrollo tecnológico que le permitió dejar momentáneamente de lado a sus proveedores europeos, caso único en el continente negro.

Así, inesperadamente, la clase obrera pudo reanudar con bastante masividad su combate rebelándose contra la sobreexplotación debida a la aceleración de los ritmos de trabajo. Fue un movimiento heroico, en un contexto en que se aplicaba la ley marcial, en el que pudo arrancar aumentos de sueldo antes de que la aplastaran en un baño de sangre. Esa lucha defensiva fue sin embargo muy insuficiente para influir positivamente en la dinámica de la lucha de clases, ampliamente contenida todavía por el Estado burgués. Éste no tardo en aprovecharse del contexto bélico para reforzar su dispositivo represivo logrando al final infligir una abrumadora derrota a todo el proletariado sudafricano. La derrota, como las sufridas antes, traumatizó durante mucho tiempo a la clase obrera postrándola en la inercia, gracias a lo cual la burguesía sudafricana consolidó su victoria en el plano político sobre todo mediante la oficialización del sistema del apartheid. El Estado sudafricano, dirigido entonces por los afrikáners tras su victoria en las elecciones legislativas de 1948, decidió reforzar todas las antiguas leyes y las medidas represivas ([5]) contra la masa proletaria en general. El apartheid se convirtió así en un sistema de gobierno que permitió justificar y asumir abiertamente los actos más brutales contra la clase obrera en sus diversos componentes étnicos, especialmente contra los africanos. Esto iba desde las “pequeñas” humillaciones hasta lo más insultante: aseos separados, comedores separados, áreas de viviendas separadas, bancos públicos separados, autobuses y taxis separados, escuelas, hospitales, todo. Y todo rematado por un artículo de ley para reprimir y encarcelar a todo aquél que se arriesgara a transgredir semejantes leyes inhumanas. Y así, cada año, se detenía a más de 300.000 personas por infracción a esas leyes abyectas. Un obrero de origen europeo corría el riesgo de ir a la cárcel si se le sorprendía tomando una copa con uno negro o mestizo, por no hablar de lo que les ocurriría a éstos. En tal contexto en el que cada cual podía ir a la cárcel, inútil imaginarse una discusión política entre proletarios de etnias diferentes ([6]).

Tal situación fue una pesada losa para las capacidades de lucha de la clase obrera hasta el punto de sumirse en un nuevo período de letargo (como ya había ocurrido en los años 20) que duró hasta los años 70. Durante ese período, la lucha de clases fue sobre todo desviada por los defensores de la lucha de "liberación nacional" o sea los partidarios del ANC/PC, causa tras la cual arrastrarán con mayor o menor éxito a los obreros sudafricanos negros hasta el final del apartheid.

Partidos et sindicatos desvían las luchas hacia el terreno nacionalista

Partidos y sindicatos desempeñaron un papel de primer plano para desviar sistemáticamente las luchas obreras hacia el terreno del nacionalismo negro o blanco. No es necesario hacer una larga exposición sobre el papel del Partido Laborista contra la clase obrera. Ya fue evidente desde su participación activa en el matadero mundial de 1914-18 cuando llegó al poder para llevar a cabo abiertamente ataques violentos contra el proletariado sudafricano. A partir de entonces dejó incluso de revindicar oficialmente su pertenencia "al movimiento obrero", lo que no le impidió mantener sus lazos con los sindicatos de los que era próximo como la TUCSA (Trade Union Confederation of South Africa). Añadamos que entre 1914 y el final del apartheid, antes de descomponerse, pasaba del gobierno a la oposición, y viceversa, como cualquier otro partido burgués "clásico".

Sobre el ANC, remitimos al lector al artículo anterior de la serie publicada en la Revista Internacional no 154. Si lo evocamos aquí es sobre todo por su alianza con el PC y los sindicatos que le permitió hacer un doble papel de encuadramiento y de opresor de la clase obrera.

En cuanto al Partido Comunista, recordemos que hubo en su seno, en sus inicios, cierta oposición proletaria a su deriva nacionalista negra, deriva que aplicaba las orientaciones de Stalin y de la Tercera Internacional degenerante. Cierto es que las informaciones de que disponemos no dan idea de la importancia numérica de la política de esta oposición proletaria al Partido Comunista Sudafricano, pero fue lo bastante importante para que se interesara por ella León Trotski que intentó apoyarla.

El papel contrarrevolucionario del Partido Comunista Sudafricano bajo la batuta de Stalin

Le Partido Comunista Sudafricano, como "partido estalinista", hizo un papel contrarrevolucionario nefasto en las luchas obreras desde el principio de los años 1930, un momento en que ese partido internacionalista era presa de un proceso de degeneración profunda. Tras haber participado en los combates por la revolución proletaria al principio de su constitución en los años 20, el PC sudafricano fue rápidamente instrumentalizado por el poder estaliniano y, a partir de 1928, ejecutó con docilidad sus orientaciones contrarrevolucionarias singularmente la de aliarse con la burguesía negra. La teoría estalinista del "socialismo en sólo país" venía acompañada de la idea de que los países subdesarrollados tenían que pasar obligatoriamente por "una revolución burguesa" y, con este enfoque, el proletariado podía luchar contra la opresión colonial pero ni mucho menos por el derrocamiento del capitalismo para instaurar un poder proletario en las colonias. Esta política se plasmó concretamente desde finales de los años 1920 en una "colaboración de clase" en la que el PC sudafricano fue, primero, la "garantía proletaria" de la política nacionalista del ANC antes de acabar siendo definitivamente su cómplice activo y eso hasta hoy. Lo ilustran las palabras sin rodeos de un secretario general del PC dirigiéndose a Mandela: "Nelson (…) nosotros combatimos al mismo enemigo (…), nosotros trabajamos en el contexto del nacionalismo africano" ([7]). 

Una minoría internacionalista contra la orientación nacionalista del PC sudafricano

Esa política del PC sudafricano fue puesta en entredicho por una minoría cuyo esfuerzo intentó apoyar Trotski en persona, pero por desgracia de manera errónea. En efecto, en lugar de combatir resueltamente la orientación nacionalista y contrarrevolucionaria preconizada por Stalin en Sudáfrica, León Trotski preconiza en 1935 la actitud que los militantes revolucionarios deben tener respecto al ANC, que es la siguiente ([8]):

“1. Los bolcheviques-leninistas están a favor de la defensa del Congreso (el ANC, African National Congres) tal como es, en todos los casos en que recibe golpes de los opresores blancos y de sus agentes chovinistas en las filas de las organizaciones obreras.

“2. Los bolcheviques distinguen y oponen, en el programa del Congreso, a los progresistas contra las tendencias reaccionarias.

“3. Los bolcheviques desenmascaran ante los ojos de las masas indígenas la incapacidad del Congreso para ni siquiera lograr obtener sus propias reivindicaciones, por su política superficial, conciliadora, y lanzan, en oposición al Congreso, un programa de lucha de clases revolucionaria.

“4. Si la situación lo impone no podrán admitirse acuerdos temporales con el Congreso sino en tareas prácticas estrictamente definidas, manteniéndose la independencia total de nuestra organización y nuestra plena libertad de crítica política.”

Sorprende ver que, a pesar de la evidencia del carácter contrarrevolucionario de las orientaciones estalinistas aplicadas por el PC sudafricano respecto al ANC, Trotski procuró acomodarse a ellas con rodeos tácticos. Por un lado afirmaba: "Las bolcheviques-leninistas son favorables a la defensa del ANC" y, por otro: "Los bolcheviques desenmascaran ante los ojos de las masas indígenas la incapacidad del Congreso para ni siquiera lograr obtener sus propias reivindicaciones…".

Eso no es más que la expresión de una política de acomodo y de conciliación con una fracción de la burguesía pues nada permitía entonces atisbar la menor evolución posible del ANC hacia posiciones de clase proletarias. Pero, sobre todo, Trotski fue incapaz de ver el viraje del curso de la lucha de clases hacia la contrarrevolución que el ascenso del estalinismo significó.

Ya no puede sorprender oír al grupo trotskista [francés] Lutte Ouvrière [L.O.] intentar (80 años después), tras haber constatado el carácter erróneo de la orientación de Trotski, justificar tal orientación mediante contorsiones típicamente trotskistas diciendo, por un lado: "La política de Trotski no tuvo una influencia decisiva, pero debe guardarse en la mente …", y, por otro, L. O. afirma que el PC sudafricano: "se puso al pleno servicio del ANC cuyo carácter burgués procuró ocultar constantemente". En lugar de decir simplemente que en esto la política de Trotski era errónea y que el PC se había vuelto un partido tan burgués como el ANC, LO hace malabarismos hipócritas para ocultar la naturaleza del partido estalinista sudafricano. Y así, LO procura también enmascarar su propio carácter burgués y los vínculos sentimentales con el estalinismo.

Los sindicatos y su papel de saboteadores de las luchas.
Tentativas por un "sindicalismo revolucionario"

Cabe primero recordar que, por su papel natural de "negociadores profesionales" y de "pacificadores" de conflictos entre burguesía y proletariado, los sindicatos no pueden ser verdaderos órganos de lucha por la revolución proletaria, sobre todo en el periodo actual de decadencia del capitalismo, como lo ilustra la historia de la lucha de clases desde 1914.

Hay que subrayar sin embargo que ante la matanza de 1914-18, hubo gente obrera que reivindicaba el internacionalismo proletario que intentó crear sindicatos revolucionarios como los IWA (Industrial Workers of Africa), a semejanza de los IWW estadounidenses, o también de la ICU (Industrial and Commercial Workers Union): "(…) En 1917, un pasquín floreció por las calles de Johannesburgo, convocando a una reunión para el 19 de julio : "Vengan a discutir puntos de interés comunes a obreros blancos e indígenas". Ese texto lo publicó la International Socialist League, una organización sindicalista revolucionaria influida por los IWW estadounidenses (…) y formada en 1915 en contra de la Primera Guerra Mundial y las políticas racistas y conservadoras del Partido Laborista sudafricano y los sindicatos de oficio" ([9]). Formada, al principio, sobre todo por militantes blancos, la ISL se orientó muy pronto hacia los obreros negros, llamando en su semanario La Internacional, a "construir un nuevo sindicato que supere los límites de los oficios, los colores de piel, las razas y el sexo para echar abajo el capitalismo mediante un bloqueo de la clase capitalista".

Como lo muestra esa cita, hubo minorías revolucionarias de verdad que intentaron crear sindicatos revolucionarios con el objetivo de destruir el capitalismo y su clase dominante. La ICU nació en 1919 tras una fusión con los IWA, conociendo un desarrollo fulgurante. Por desgracia, ese sindicato abandonó rápidamente el terreno del internacionalismo proletario: "Ese sindicato creció enormemente a partir de 1924 con un punto culminante de 100 000 miembros en 1927, lo que hizo de él la mayor organización de africanos hasta el ANC de los años 1950. En los años 1930, la ICU estableció incluso secciones en Namibia, Zambia y Zimbabue antes de ir declinando poco a poco. La ICU no era oficialmente una organización sindicalista revolucionaria. Estaba más influida por ideologías nacionalistas y tradicionalistas que por el anticapitalismo, desarrollando cierta forma de burocracia” ([10]).

Como puede verse, el sindicalismo revolucionario no pudo desarrollarse durante mucho tiempo en Sudáfrica como lo afirman sus partidarios. El ICU quizás fuera un sindicato "radical" y combativo que, al principio, hasta preconizó la unidad de la clase obrera. Pero ya antes de finales de los años 1920, se orientó hacia la defensa exclusiva de la "causa negra" so pretexto de que los sindicatos oficiales (blancos), no defendían a los obreros indígenas. Uno de los dirigentes más influyentes de la ICU, Clements Kadalie ([11]), negó categóricamente la noción de "lucha de clases" y dejó de integrar a obreros blancos en su sindicato (algunos de entre los cuales, miembros del PC sudafricano). Finalmente la ICU pereció a principios de los 30 a causa de los golpes asestados por el poder de entonces y por sus propias contradicciones. A pesar de ello, muchos de sus dirigentes pudieron después proseguir sus acciones sindicales en otras agrupaciones conocidas por su nacionalismo sindical africano, mientras que otros que optaron por el internacionalismo acabaron marginalizados o dispersados.

Los sindicatos según las leyes del régimen del apartheid

Como cualquier Estado, el del régimen de apartheid también sintió la necesidad de unos sindicatos frente a la clase obrera, unos sindicatos, eso sí, moldeados según los principios del sistema segregacionista: "(…) La población sindicada sudafricana estaba organizada en sindicatos compartimentados entre sí según la raza de sus miembros. Se impuso oficialmente una primera diferencia entre los sindicatos reconocidos, o sea registrados en el ministerio de Trabajo, y las organizaciones obreras no reconocidas por el gobierno, lo cual significa que no poseen el estatuto oficial de sindicato obrero. Esa primera separación se debe, por un lado, a la ley bantú sobre los conflictos de trabajo (…), que mantenía a los africanos fuera del estatuto de "empleado", no les reconocía el derecho de formar sindicatos de pleno derecho; por otro lado, la ley sobre reconciliación en la industria (…) que autoriza a blancos, mestizos e indios a sindicarse, pero prohíbe la creación de nuevos sindicatos mixtos" ([12]).

De entrada, puede observarse ya en el concepto de sindicalismo del Estado sudafricano un cinismo indudable y un racismo muy primario. Pero, en el fondo, el objetivo oculto era evitar a toda costa la toma de conciencia en los obreros (de todos los orígenes) de que les luchas de resistencia de la clase obrera se deben sobre todo al enfrentamiento entre burguesía y proletariado, o sea las dos clases antagónicas de la sociedad. ¿Y cuál es precisamente el mejor instrumento de esa política burguesa en el terreno mismo de la clase obrera? El sindicalismo evidentemente. De ahí todas las leyes y reglamentos sobre los sindicatos decididos par le poder de entonces para una mayor eficacia de su dispositivo antiproletario. Eso sí, fue la fracción africana del proletariado el objetivo principal del régimen opresor al ser la más numerosa y combativa, de ahí la particular saña de que hizo prueba el poder burgués hacia ella: "Desde 1950, los sindicatos africanos han vivido bajo la amenaza de la ley sobre represión del comunismo, que da al gobierno el poder de declarar a toda organización, incluido un sindicato africano (pero no los demás sindicatos), "ilegal" porque se dedicaría a actividades que favorecerían los objetivos del comunismo. (…) La definición de comunismo incluye, entre otras cosas, actividades cuyo objetivo fuera provocar un "cambio industrial, social o económico". De modo que una huelga, o cualquier otra acción organizada por un sindicato para acabar con el sistema de empleos reservados u obtener aumentos salariales y mejores condiciones de trabajo, puede muy bien ser declarada favorable al "comunismo" y servir de excusa para poner al sindicato fuera de la ley" ([13]).

Lo que hay detrás de las luchas obreras para el poder sudafricano es el cuestionamiento de su sistema que ella identifica como lucha por el comunismo. Como bien sabemos, tal perspectiva era poco menos que imposible en aquel período de contrarrevolución desfavorable a las luchas de la clase obrera en su propio terreno de clase y durante el cual luchar por el comunismo venía a ser equivalente a querer instaurar un régimen de tipo estalinista.

Sin embargo, incluso en esas condiciones, los regímenes, sean cuales sean, están obligados a obstaculizar la tendencia espontánea de los obreros a luchar por la defensa de sus condiciones de vida y de trabajo. El sistema de apartheid extendido a los sindicatos era entonces el mejor medio de enfrentar tal tendencia, y cualquier sindicato que no se plegara a esas reglas corría el riesgo de ser ilegalizado.

Los principales sindicatos existentes hasta los años 1970

Son:

los sindicatos de origen europeo: siempre siguieron las orientaciones del poder colonial, apoyando, en particular, los esfuerzos bélicos en 1914-18 y en 1939-45. Asumieron también, hasta el final del sistema de apartheid e incluso más tarde, su papel de "defensores" de los intereses exclusivos de los obreros blancos, incluso cuando había en sus filas obreros “de color”[14]. Se trata de la Confederación Sudafricana de Trabajo (South African Confederation of Labor), considerada como la central obrera más racista y conservadora del país (afín al régimen de apartheid) y, por otro lado, la Confederación Sudafricana de Sindicatos (Trade Union Confederation of South Africa) cuyos lazos de complicidad con el Partido Laborista son muy antiguos. La mayoría de los trabajadores indios y “de color”, según la definición del régimen, se encuentran, por su parte, tanto en sindicatos mixtos (sobre todo de blancos, pero también con algunos mestizos) como en sindicatos de "color".

los sindicatos africanos: están vinculados, más o menos intensamente, al PC y al ANC, proclamándose defensores de los obreros africanos y por la liberación nacional. Son: el Congreso Sudafricano de Sindicatos (SACTU, South African Congress of Trade Unions), la Federación de Sindicatos Libres de Sudáfrica (FOFATSA) y el Sindicato Nacional de Mineros (NUM, National Union of Miners).

En 1974, hay 1 673 000 de afiliados a sindicatos, organizados por un lado, en 85 sindicatos exclusivamente blancos y, por otro, en 41 sindicatos mixtos que agrupaban en total 45 188 miembros blancos y 130 350 de “color”. Aunque minoritarios con relación a los afiliados de color, los blancos tenían ventajas y eran mejor considerados que aquéllos: "(…) Los sindicatos de trabajadores blancos están concentrados en los sectores económicos protegidos desde hacía mucho tiempo por el gobierno y reservados en prioridad a la mano de obra afrikáner, base electoral del partido en el poder. Así, les seis sindicatos blancos más importantes en número (…), están implantados en los servicios públicos y municipales, la industria del hierro y acero, la automovilística, la construcción mecánica, el ferrocarril y los servicios portuarios” ([15]).

Con ese tipo de dispositivo sindical, se entiende mejor el porqué de las dificultades de la clase obrera blanca para sentirse cercana a las demás sectores hermanos (el negro, el mestizo o el indio) pues las murallas férreas construidas por el sistema de separación fueron claramente insuperables para imaginarse la menor acción en común entre proletarios frente al mismo explotador.

Había, en 1974, 1.015.000 afiliados organizados en sindicatos exclusivamente “de color” y en sindicatos mixtos (o sea todos los sindicados excepto los negros africanos). "En efecto, les sindicatos blancos son racialmente homogéneos, mientras que los sindicatos de mestizos o de asiáticos se han hecho así por imposición del gobierno nacionalista" ([16]).

En el mismo periodo de 1974, los negros africanos eran el 70 % de la población activa y unos 6.300.000 estaban afiliados a sindicatos no reconocidos oficialmente, a la vez que no disponían de ningún derecho a organizarse. Es otra aberración del sistema de apartheid con su rancia burocracia, un sistema en el que el Estado y los empleadores podían emplear a personas a la vez que les negaban el estatuto de empleados y, a la vez, les dejaban crear sus propios sindicatos. ¿Cuál era pues la maniobra del poder en tal situación?

Es evidente que la tolerancia hacia las organizaciones sindicales africanas en el medio obrero por parte del poder no estaba en absoluto en contradicción con su objetivo de controlar y dividir a la clase obrera sobre una base étnica o nacionalista. Es mucho más fácil controlar una huelga encuadrada por organizaciones sindicales "responsables" (incluso sin ser legales) que tener que habérselas con un movimiento de lucha "salvaje" sin dirigentes identificados de antemano. En eso, el régimen sudafricano no hacía sino seguir las "recetas" aplicadas por todos los Estados frente al proletariado combativo.

La lucha de liberación nacional contra la lucha de la clase

En reacción a la instauración oficial del apartheid (1948), que se concretó en la prohibición formal de las organizaciones africanas, el PC y el ANC movilizaron a sus militantes, incluidos los sindicales, lanzándose a la lucha armada. A partir de entonces, el terror se empleó de una parte y de otra y la clase obrera sufrió las consecuencias, no pudiendo evitar ser alistada por unos y otros. O sea, una clase obrera en su conjunto tomada por largo tiempo de rehén por los nacionalistas de todos los bandos. "Entre 1956 y 1964, los principales líderes del ANC, del PAC ([17]), del Partido Comunista Sudafricano fueron detenidos. Los interminables juicios a que fueron sometidos se resolvieron con prisión perpetua o el destierro prorrogado de los principales jefes históricos (N. Mandela, W. Sisulu, R. Fischer…) y largas penas de cárcel para los militantes. Quienes pudieron escapar a la represión, se refugiaron en Lesoto, Ghana, Zambia, Tanzania, Botsuana. (…) Por otra parte, hay campos militares que agrupan en los países fronterizos de Sudáfrica a los refugiados o "combatientes de la libertad" que siguen un entrenamiento militar y se mantienen listos para intervenir. En el interior del país, la década 1960-1970 es la del silencio: la represión ha hecho callar a la oposición y sólo se oyen las protestas de alguna que otra organización confesional y estudiantil. Las huelgas se cuentan con los dedos de una mano y mientras los trabajadores negros doblan el espinazo, los jefes negros fantoches, designados por el gobierno nacionalista, colaboran en la política de división del país" ([18]).

Aparece ahí claramente que el proletariado sudafricano estuvo encadenado, atrapado entre la represión del poder y el callejón sin salida de la lucha armada lanzada por los nacionalistas africanos. Eso explica ampliamente la pasividad de la clase obrera durante aquel largo período que va más o menos desde los años 1940 hasta 1970 (aparte del episodio de luchas efímeras durante la segunda carnicería mundial). Esa situación fue, sobre todo, la ocasión para partidos y sindicatos de ocupar todo el terreno ideológico, intoxicando la consciencia de clase al transformar sistemáticamente toda lucha de la clase obrera en une lucha de "liberación" para unos y en defensa de los intereses de los "obreros blancos" para los otros. Eso, evidentemente, satisfacía plenamente los objetivos del enemigo de la clase obrera, o sea el capital nacional sudafricano.

Reanudación verdadera de la lucha de clases: oleadas de huelgas entre 1972 y 1975

Tras un largo período de apatía durante el cual la clase obrera estuvo muda y atenazada entre el apartheid y los defensores de la lucha de liberación, acabó aquella, felizmente, por reanudar sus luchas ([19]) en Namibia (colonia entonces de Sudáfrica) inscribiéndose en el proceso de oleadas de lucha que recorrieron el mundo entre finales de los años 60 y los 70.

El ejemplo namibio

Al igual que en Sudáfrica, la clase obrera en Namibia se encontró por un lado bajo el puño sanguinario del régimen policiaco sudafricano, y, por otro, bien encuadrada por los partidarios de la lucha de liberación nacional (la SWAPO: South-West African People's Organisation). Y, a diferencia de la clase obrera sudafricana que tenía una larga experiencia de lucha, fue la de Namibia (la cual, por lo que nosotros sabemos, no tenía ninguna experiencia), la que dio el primer paso en las luchas de los años 1970: "Habían pasado once años desde los últimos movimientos de masas africanos. El poder blanco se aprovechó de ese receso para consolidar su plan de desarrollo separado. Alardeaba a voces por el mundo entero de cómo reinaban en el plano social la calma y la estabilidad. Pero hubo dos series de acontecimientos que dieron al traste con la "paz blanca" de Sudáfrica haciendo despertar las inquietudes: el primero fue a finales de 1971 en Namibia, territorio ocupado ilegalmente la República Sudafricana y agitado, desde 1965, por la resistencia de la Organización del Pueblo del Suroeste Africano (S.W.A.P.O.) al gobierno central de Pretoria. El segundo ocurrió en 1972 en la propia Sudáfrica, en forma de huelgas espectaculares lanzadas por los chóferes de autobuses de Johannesburgo. Se atribuye generalmente a esas turbulencias el papel de detonador de los sucesos que se desencadenaron en los primeros días de enero de 1973" ([20]).

La primera huelga arrancó pues en Windhoek, capital de Namibia, y en Katutura, en su entorno urbano, donde 6000 trabajadores decidieron lanzarse a la lucha contra la opresión política y económica a que los sometía el régimen sudafricano. 12.000 trabajadores suplementarios, de una docena de centros industriales, no tardaron en seguir la misma consigna de huelga de sus camaradas de Katutura. Varios días después del inicio del movimiento hay ya 18.000 obreros de brazos cruzados, o sea la tercera parte de la población activa estimada entonces en unas 50.000 personas. A pesar de las amenazas de represión del Estado y el chantaje de la patronal, la combatividad obrera permanece intacta: "Dos semanas después del inicio de la huelga, mandaron a casi todos los huelguistas a las reservas. Los empleadores les hicieron saber que recontratarían a los ovambos (nombre étnico de los huelguistas) disciplinados, pero irían a buscar su mano de obra a otros lugares si no aceptaban las condiciones propuestas. Ante la firmeza de los trabajadores, los patronos lanzaron campañas en todas direcciones para reclutar en las demás reservas del país e incluso en Lesoto y República de Sudáfrica: no consiguieron reclutar ni a mil nuevos trabajadores de modo que se vieron obligados a dirigirse a los obreros ovambos". ([21]).

En resumen, ante la porfía de los obreros, la patronal se puso a maniobrar para dividir a los huelguistas, pero acabó por tener que ceder: "A los contratos de trabajo contra los que se había organizado la huelga, se aplicaron algunas modificaciones; se desmanteló la agencia de reclutamiento (la SWANLA: South-West African Native Labour Association) y se otorgaron sus funciones a las autoridades bantúes con la obligación de crear oficinas de reclutamiento en cada bantustán; los términos de "amos" y "servidores" se cambiaron en los contratos por los de "empleadores" y "empleados" ([22]).

Podrá decirse evidentemente, habida cuenta de todo lo que quedaba en el arsenal del sistema de apartheid dedicado al mundo laboral, que la victoria de los huelguistas no fue decisiva. Quizás, pero fue una victoria altamente simbólica y prometedora habida cuenta del contexto en que se desarrolló ese movimiento huelguístico: "La amplitud de las huelgas fue tal que hizo imposible toda acción punitiva tradicional por parte del gobierno" ([23]).

Eso significó que la relación de fuerzas empezaba a evolucionar a favor de la clase obrera, la cual supo mostrar con determinación su combatividad y su valentía contra el poder represivo. La experiencia ejemplar del movimiento de lucha de los obreros namibios se extendió además a Sudáfrica expresándose además con mayor masividad.

Huelgas y revueltas en Sudáfrica entre 1972 y 1975

Tras lo de Namibia, la clase obrera reanudó la lucha en Sudáfrica durante 1972 cuando 300 conductores de autobús de Johannesburgo se pusieron en huelga, 350 en Pretoria, 2000 estibadores en Durban y 2000 en Ciudad del Cabo. Todas las huelgas lo fueron por reivindicaciones de salario o mejoras en las condiciones de trabajo. Su importancia pudo medirse por la inquietud de la burguesía, la cual no tardó en emplear medios enormes para atajar los movimientos: "La reacción del régimen y de la patronal fue brutal y expeditiva. Arrestaron a los 300 huelguistas de Johannesburgo. Entre los de Durban, despidieron a 15. En otros sectores, en la Ferro Plastic Rubber Industries, se les penalizó con 100 rands o 50 días de cárcel por paro de trabajo ilegal. En Colgate-Palmolive (Boksburg) despidieron a todo el personal africano. En una mina de diamantes, se condenó a 80 días de cárcel a los mineros en huelga, anulándoles sus contratos y enviándolos a sus reservas" ([24]).

Esa dura reacción expresa claramente la inquietud de la clase dominante. La brutalidad que mostró la burguesía sudafricana se combinó con una dosis de realismo, pues se acordaron aumentos de sueldo a algunos sectores huelguistas para favorecer la vuelta al trabajo. Como dice Brigitte Lachartre: "Medio-victoria, medio-derrota, las huelgas de 1972 tuvieron sobre todo el efecto de sorprender a los poderes públicos, que instalaron brutalmente el decorado, negándose a negociar con los trabajadores negros, haciendo intervenir a la policía y despidiendo a los huelguistas. Algunas indicaciones cifradas permiten medir la importancia de los hechos que zarandearon al país durante los años siguientes: hay fuentes diferentes, no son del todo concordantes y subestiman bastante las cosas. Según el ministerio de Trabajo, hubo 246 huelgas en 1973, que incumbieron a 75.843 trabajadores negros. El ministerio de Policía declaró que mandó intervenir a las fuerzas de policía en 261 huelgas en el mismo año. Por su parte, los militantes sindicalistas de Durban estiman en 100.000 la cantidad de trabajadores negros que hicieron huelga en la provincia de Natal durante los tres primeros meses de 1973. En 1974, hubo 374 huelgas, cifra proporcionada por el sector industrial únicamente, y la cantidad de huelguistas habría sido de 57 656. Sólo ya Natal conoció oficialmente, entre junio de 1972 y junio del 74, 222 paros de trabajo que incumbieron a 78.216 trabajadores. A mediados de junio del 74, se contaban 39 huelgas en la metalurgia, 30 en el textil, 22 en la confección, 18 en la construcción, 15 en el comercio y la distribución. (…) Las huelgas salvajes se multiplicaron. En Durban había 30.000 huelguistas a mediados de febrero del 73, y el movimiento se extendió por el país entero".

Puede ahí comprobarse cómo Sudáfrica estuvo plenamente inmersa en las mareas sucesivas de lucha ocurridas a partir de los años 1960, oleadas que confirmaron la apertura de un desarrollo de enfrentamientos de clase a nivel mundial. Muchos de esos movimientos de huelga tuvieron que encarar la dura represión del poder y las milicias patronales, con cientos de muertos y heridos en las filas obreras. Odio y encarnizamiento por parte de las fuerzas del orden del capital contra unos huelguistas que lo único que querían eran unas condiciones dignas de vida. Por eso hay que señalar aquí el arrojo y la combatividad de la clase obrera sudafricana (especialmente la negra) que se lanzó generalmente a la lucha por solidaridad y sacando fuerza de su propia conciencia, como lo ilustra el ejemplo siguiente:

"La primera manifestación de cólera fue en una fábrica de material de construcción (ladrillos y tejas): la Coronation Brick and Tile Co, sita en las afueras industriales de Durban. 2 000 trabajadores, o sea todo el personal africano de la empresa, se ponen en huelga el 9 de enero de 1973 por la mañana. Piden que se les duplique el salario (que era entonces de 9 rands por semana) y luego que se les triplique. Se les había prometido un aumento el año anterior, pero todavía no había llegado nada."

"Los obreros de la primera fábrica cuentan cómo se inició la huelga: Los despertó un grupo de compañeros, a eso de las tres de la mañana, que les dijeron que se juntaran en el campo de fútbol en lugar de ir a fichar al trabajo. Una especie de delegación fue entonces hacia los almacenes en las afueras de Avoca para pedir a los demás obreros que se les unieran en el estadio. Esta primera fase de la huelga se desarrolló con gran alegría y buen humor, recibiéndose la consigna de huelga muy favorablemente. A nadie se le ocurrió ir más lejos. La mano de obra de Avoca acudió al estadio a través de la ciudad, en dos columnas y sin preocuparse de una circulación muy densa por las calles de la ciudad a esas horas, ni de las prohibiciones que estaban infringiendo. Al traspasar las empalizadas del estadio, todos cantaban: "Filumuntu ufesadikiza", que quiere decir: "El hombre ha muerto, pero su espíritu sigue vivo" ([25]).

Vemos aquí una forma de lucha muy diferente utilizada por la clase obrera, tomándose a sí misma a cargo, sin consultar a nadie, a sea ni a sindicatos ni a otros "mediadores sociales", lo cual desorienta a los empleadores. Y como era de esperar, el patrón de la empresa declaró que se negaba a discutir con los huelguistas en un campo de fútbol, pero que estaría dispuesto a negociar únicamente con una "delegación". Pero, debido a que ya existía un comité de empresa, los obreros se negaron en redondo a crear una delegación coreando "nuestras demandas son claras, no queremos comité, queremos 30 rands por semana". El gobierno sudafricano se puso entonces a maniobrar enviando a las autoridades zulúes (siniestros fantoches) a "dialogar" con los huelguistas a la vez que la policía estaba apostada para disparar. Al cabo, los huelguistas tuvieron que reanudar el trabajo bajo la presión múltiple y combinada de diferentes fuerzas del poder acabando por aceptar un aumento de 2,077 tras haber rechazado uno de 1,50. Los obreros volvieron al trabajo con la rabia en el alma por la insatisfacción del débil aumento obtenido. Sin embargo, al haber tenido amplio eco en la prensa, otros sectores tomaron el relevo inmediato del movimiento y se lanzaron a la lucha. "Dos días más tarde, 150 obreros de una pequeña empresa de condicionamiento de té (T.W. Beckett) cesaron el trabajo exigiendo un aumento de salario de 3 rands por semana. La dirección reaccionó llamando a policía y despidiendo a quienes se negaban a volver al trabajo. No hubo negociaciones. Uno de los empleados declaró: "Nos dieron 10 minutos para decidirnos". Unos cien obreros se negaron a volver al trabajo. Unos días después, la dirección hizo saber que contrataría a los despedidos, pero con el sueldo anterior. Casi nadie volvió al trabajo. Sería tres semanas después de comenzar la huelga cuando la empresa anunció que aceptaba para todos un aumento de 3 rands. Casi todos los obreros fueron readmitidos. (…) Al mismo tiempo que se producía esa huelga en Beckett, los obreros africanos de varias empresas de mantenimiento y reparación de barcos (J.H. Skitt and Co. Et James Brown and Hamer) cesaron también el trabajo. (…) La huelga duró varios días y se acabó acordando un aumento de 2 a 3 rands por semana" ([26]).

Apareció algo nuevo: una serie de huelgas que acaban en verdaderas victorias pues, ante la relación de fuerzas impuesta por los huelguistas, la patronal, junto con Estado, se vieron obligados a ceder a las reivindicaciones salariales de los obreros. Lo más significativo, en ese aspecto, fue lo ocurrido en la empresa Beckett que otorgó un aumento de 3 rands por semana, o sea la misma cantidad que exigían sus empleados, estando encima obligada a readmitir a la práctica totalidad de los obreros que acababa de despedir. Otro hecho notable fue la solidaridad consciente en la lucha entre obreros de etnias diferentes, concretamente entre africanos e indios. Aquel gesto magnífico ilustra la capacidad de la clase obrera para unirse en la lucha a pesar de las múltiples divisiones institucionalizadas por la burguesía sudafricana y deliberadamente asumidas y aplicadas por los sindicatos y los partidos nacionalistas. En fin de cuentas puede hablarse de una gran victoria obrera sobre las fuerzas del capital. Fue un éxito que los obreros mismos apreciaron como tal, lo que además animó a otros sectores a lanzarse a la huelga, el servicio público, por ejemplo: "El 5 febrero se entabló la acción más espectacular, pero también la más cargada de tensiones: 3000 empleados del municipio de Durban se pusieron en huelga en los sectores de limpieza, alcantarillado, electricidad y mataderos. El salario semanal de ese personal era entonces de 13 rands; las reivindicaciones eran por la duplicación de dicho salario. La contestación se extendió como la pólvora y pronto serían 16.000 obreros los que rechazaron el aumento de 2 rands propuesto por el concejo municipal. Nótese que africanos e indios actuaron muy a menudo en estrecha solidaridad, aunque el municipio mandara a sus casas a muchos empleados indios, para, según declaró, que… ¡no fueran maltratados y forzados a la huelga por los africanos! Cierto es que aunque los africanos y los indios tienen sueldos en escalas diferentes, las diferencias de salarios entre ellos no eran importantes, variando a menudo entre muy bajos y bajos. Además, si bien los indios poseen el derecho de huelga, que los africanos no tienen, tal derecho no se aplica en ciertos sectores de actividad y sólo en ciertas circunstancias. Y en los servicios públicos, considerados como "esenciales", la huelga está prohibida para todos de igual manera” ([27]).

Esa huelga, que significó la confluencia en la lucha entre los sectores privado y público, fue también algo de la mayor importancia para expresar claramente el alto nivel alcanzado por la combatividad y la conciencia de clase del proletariado sudafricano en aquel principio de los años 1970. Y eso tanto más porque esos movimientos ocurrieron como siempre en el mismo ambiente de represión brutal y sañuda, respuesta automática del régimen segregacionista, especialmente contra quienes consideraba "ilegales". Y con todo eso, la combatividad se mantuvo intacta e incluso se incrementó: "La situación seguía siendo explosiva: los trabajadores municipales habían rechazado un aumento de sueldo de 15 %; el número de fábricas afectadas por la huelga seguía incrementándose y la mayoría de los obreros del textil todavía no habían vuelto al trabajo. Dirigiéndose a los huelguistas del municipio, uno de los funcionarios los amenazó con usar la fuerza a la que tenía derecho puesto que su huelga era ilegal. (…) La muchedumbre empezó entonces a burlarse de él y a exigirle que se bajara de su pedestal. Intentando explicar que el concejo municipal ya había acordado un aumento de 15 %, los obreros le volvieron a interrumpir, gritándole que lo que ellos querían eran 10 rands de más. (…) La atmósfera de aquellos mítines solía ser eufórica y los comentarios de la multitud de huelguistas más divertidos que furiosos. Los trabajadores daban la impresión de quitarse de encima un peso que los oprimía desde hacía mucho tiempo. (…) En cuanto a las reivindicaciones formuladas en las manifestaciones, también revelan esa excitación eufórica, pues planteaban aumentos de sueldo mucho más elevados de lo que podía obtenerse realmente, yendo incluso a veces de 50 a 100 %".

Estamos aquí ante una clase obrera que se encuentra con su propia conciencia de clase y ya no se contenta con aumentos de salario, sino que se vuelve más exigente en lo que a su dignidad se refiere. Sobre todo da pruebas de confianza en sí misma como lo muestra ese episodio que hemos relatado de cuando los huelguistas se burlan abiertamente del representante de las fuerzas del orden que vino a amenazarles. Como lo dice el autor de la cita, los obreros estaban muy eufóricos y sin miedo ante las amenazas de represión policiaca del Estado. Al contrario, aquella situación en que el proletariado sudafricano demostraba su confianza en sí, su conciencia de clase, acabó sembrando desorden y pánico en el seno de la clase dominante.

La burguesía reacciona desordenadamente frente a las huelgas obreras

Ante una oleada de luchas de tal vigor, la clase dominante no iba a quedarse de brazos cruzados. Sin embargo, está claro que la gran combatividad y la determinación de los huelguistas sorprendió a los dirigentes del país, de ahí la dispersión y las incoherencias de las reacciones de los responsables de la burguesía.

Hay declaraciones de éstos que lo confirman:

El presidente de la República: "Hay organizaciones subversivas que persisten en su voluntad de incitar a partes de la población a la agitación. Sus efectos están siendo limitados con firmeza por la vigilancia constante de la policía sudafricana. Las huelgas esporádicas y las campañas de protesta que, según ciertas publicaciones -órganos del Partido Comunista- están organizadas o moralmente apoyadas por ellas, no han desembocado en ningún resultado significativo".

El ministro de Trabajo: "Las huelgas de Natal muestran, por su desarrollo, que no se trata de un problema de salarios. (…) Todo indica que se ha organizado una acción en la que los huelguistas son utilizados para obtener otra cosa que no es un simple aumento de salario. La acción de los obreros y su mala voluntad para negociar hacen evidente que la agitación por los derechos sindicales no es la solución, sólo es una cortina de humo para ocultar otras cosas…".

Un representante de la patronal: "No sé quién ha sido el primero en lanzar la idea de sustituir a los huelguistas por presos, pero esta solución merece ser estudiada. La otra solución sería emplear a blancos, pero usan pistolas de pintura inutilizables con el viento que hay. En cuanto a los presos, ¿no se les utiliza acaso para limpiar el puerto y sus alrededores?…"

Un observador sobre la actitud de los sindicatos ante las huelgas "Otro aspecto importante de la situación social en el país salió a la luz durante las huelgas: la considerable pérdida de influencia de los sindicatos oficiales. Aunque hubo miembros de dichos sindicatos implicados en algunas huelgas, la mayoría de las organizaciones sindicales eran conscientes de que la iniciativa perteneció plenamente a los trabajadores africanos no sindicados y que de nada servía querer intervenir".

Esas reacciones muestran claramente el pánico que se apoderó del Estado sudafricano a todos sus niveles, algo tanto más preocupante para la burguesía porque fueron los obreros mismos, sin iniciativas sindicales, quienes organizaron los movimientos de huelga. Las tentativas de autonomía de las luchas obreras explican perfectamente el porqué de las divisiones aparecidas abiertamente entre los dirigentes sobre los medios para atajar la dinámica de la clase obrera, como lo ilustra esta cita: "Los sectores anglófonos e internacionales del capital no tienen el mismo apego a las doctrinas racistas y conservadoras que quienes administran el Estado. Para aquéllos, lo que prevalece es la productividad y la rentabilidad –al menos en los discursos- por encima de la ideología oficial y las engorrosas legislaciones sobre las barreras de color (…). Los portavoces más avanzados de la patronal, cuyo líder Harry Oppenheimer, presidente de la Anglo-American Corporation, propone la integración progresiva de la mano de obra africana en empleos cualificados mejor remunerados, la mejora de las condiciones de vida y de trabajo de los obreros y mineros negros, así como la implantación, controlada y por etapas, del sindicalismo africano" ([28]).

Sacando las lecciones de las luchas obreras, Oppenheimer, gran patrón de una de las mayores compañías de diamantes, fue el iniciador, junto con otros, de la legalización de los sindicatos africanos para darles los medios para encuadrar mejor a la clase obrera. En el mismo sentido, estos son los argumentos  de un portavoz del "Partido progresista" aliado de dicho gran patrón: "Los sindicatos desempeñan un papel importante pues previenen los desórdenes políticos, (…) los cuales, y la historia la demuestra con creces, suelen suceder a las reivindicaciones de tipo económico. Si pueden evitarse esos desórdenes gracias al sindicalismo y las negociaciones sobre los salarios y las condiciones de trabajo, tanto más se disminuirán los demás riesgos. Y no es, desde luego, el sindicalismo el que podría agravar la situación". Al contrario de los defensores de la "línea dura" del apartheid, ese portavoz (que podríamos calificar de "avanzado") conoce bien la importancia del papel que desempeñan los sindicatos para la clase dominante como fuerzas de encuadramiento de la clase obrera y de prevención des "riesgos" y de "desórdenes políticos".

La combatividad obrera obliga a la burguesía a cambiar su dispositivo legislativo

Como era de esperar, tras sacar lecciones de las oleadas de lucha que sacudieron al país durante les primeros años 70, la burguesía sudafricana ("avanzada") tenía que replicar tomando una serie de medidas para encarar la combatividad ascendente de una clase obrera que tomaba cada día más conciencia de su fuerza y confianza en sí. "Las huelgas de 1973 estallaron en el momento en que los diputados abrían la sesión parlamentaria en Ciudad del Cabo. Como nos lo refirieron los sindicalistas de Durban, representantes de las organizaciones de empresarios y de Cámaras de Comercio acudieron en delegación para entrevistarse con el ministro de Trabajo con objeto de instalar los primeros cortafuegos ante la agitación obrera. En esta ocasión, las consultas entre Estado y patronal fueron numerosas y seguidas; no se repitieron los errores del pasado" ([29]).

Así, tras una serie de consultas entre Estado, parlamentarios y patronal se decidió "suavizar" muchas disposiciones represivas con objeto de prevenir las "huelgas salvajes" dando así más cancha a los sindicatos africanos para que pudieran asumir su "labor de control" sobre los obreros; de modo que la burguesía sudafricana se hizo más "razonable" habida cuenta de la evolución de la relación de fuerzas impuesta por la clase obrera con sus luchas masivas.

Para concluir provisionalmente sobre esas grandes oleadas de huelgas, exponemos los puntos de vista de Brigitte Lachartre ([30]) sobre dichos movimientos y el de un grupo de investigadores de Durban, cuyo balance político compartimos en lo esencial: "El desarrollo de la solidaridad de los trabajadores negros durante la acción y la toma de conciencia de su unidad de clase han sido subrayadas por muchos observadores. Esa adquisición, no cuantificable, ellos [el grupo de investigadores] la consideran como lo más positivo en la progresión de la organización del movimiento obrero negro."

Según el análisis del grupo de investigadores ([31]) citado por Brigitte Lacharte:

"Notemos, por otra parte, que la espontaneidad de las huelgas fue una de las principales razones de su éxito, comparada, en particular, con los fracasos relativos de las acciones de masas realizadas por los africanos en los años 50, un período, sin embargo, de actividad política intensa. Bastaba entonces con que las huelgas estuvieran visiblemente organizadas (…) para que la policía se apoderara rápidamente de los responsables. En aquellos años, las huelgas tal como estaban organizadas eran una amenaza mucho mayor para el poder blanco; sus exigencias no eran nimias y, desde el punto de vista de los blancos, el recurso a la violencia aparecía como la única salida posible.

La espontaneidad de las huelgas no quita que sus reivindicaciones superaron el marco puramente económico. Esas huelgas eran también políticas: si los trabajadores exigían que se les duplicara el salario no era debido a la ingenuidad o la estupidez de los africanos. Era la expresión del rechazo de su situación, de su anhelo de una sociedad totalmente diferente. Los obreros volvieron al trabajo con algunas ganancias modestas, pero no por ello están ahora más satisfechos que lo estaban antes de las huelgas…"

Compartimos lo dicho en esta cita, sobre todo el último párrafo que da una conclusión coherente al análisis global de cómo se desarrollaron las luchas. Como lo demuestran sus diferentes experiencias, la clase obrera se atreve a pasar sin barreras de la lucha económica a la política y viceversa. Retengamos en particular la idea de que las huelgas fueron también muy políticas, pues, detrás de reivindicaciones económicas, se desarrolló la conciencia política de la clase obrera sudafricana, lo cual fue una causa de inquietud para la burguesía sudafricana. En otras palabras, el carácter político de las olas de huelga de los años 1972-1975 acabó provocando serias fisuras en el sistema del apartheid obligando a los aparatos políticos e industriales del capital a revisar su dispositivo de encuadramiento de la clase obrera. Eso abrió un amplio debate en la cúpula del Estado sudafricano sobre la flexibilización de las leyes represivas y más en general sobre la democratización de la vida social, en particular, la posible legalización de sindicatos negros. Y ya en 1973 (año de los fuertes movimientos de huelga), se crearon o legalizaron diecisiete nuevos sindicatos negros añadiéndose a los trece ya existentes. O sea que fue el debate ocasionado por las luchas obreras lo que llevaría a desmontar progresivamente el apartheid pero siempre bajo la presión de las luchas obreras. Dicho claramente: al crear y reforzar las fuerzas sindicales, la burguesía quiso hacer de ellas el "bombero social" capaz de apagar las llamas de las luchas obreras. Así, aun conservando el modo clásico de encauzamiento de los movimientos sociales (nacionalismo, racismo y corporativismo), la burguesía añadió un nuevo componente de tipo "democrático" acordando o ampliando los "derechos políticos" (derechos de asociación bajo control) a las poblaciones negras. Fue el mismo proceso que permitió la llegada al poder del ANC. Sin embargo, como veremos en la continuación de estos artículos, el poder sudafricano no podrá abandonar nunca los demás medios represivos más tradicionales contra la clase obrera, o sea sus fuerzas armadas policiacas y militares. Esto lo ilustraremos en el próximo artículo con el gran movimiento de lucha de Soweto de 1976.

Lassou, junio de 2015

[1] Revista Internacional no 154.

[2] Ediciones Syros, París 1977. La simple lectura de esta obra no nos ha permitido conocer realmente a su autora, ni sus influencias políticas, aunque cuando salió su libro, parecía estar próxima al medio intelectual de la izquierda (incluso extrema izquierda) francesa, como lo hace suponer lo siguiente de su introducción: "(…) ¿Qué decir a la persona inquieta y consciente de lo que se está dirimiendo en el África austral, al militante político, al sindicalista, al estudiante? Hablarle de las luchas que allí se desarrollan es, sin duda, lo que él espera. Es también un medio tanto más seguro de atraer su atención porque se le demostrará hasta qué punto le son cercanas esas luchas y hasta qué punto su desenlace depende de la sociedad a la que pertenece. Es la opción que se ha tomado aquí: hablar de las luchas llevadas por el proletariado negro durante los últimos años. No porque no haya otras a otros niveles, y es difícil silenciarlas (las de los intelectuales de toda raza, de los cristianos progresistas…)."  

Ocurre que entre los autores (investigadores u otros) a quienes hayamos podido nosotros “encontrar” en nuestra búsqueda sobre la historia del movimiento obrero en Sudáfrica, Brigitte Lachartre es la única que se propone centrarse en las luchas obreras de la región describiendo su desarrollo con convicción y análisis detallados. Por eso es por lo que nos hemos apoyado en su trabajo como fuente principal. Y, claro está, en su caso nos reservamos el derecho a expresar nuestros desacuerdos con tal o cual aspecto de sus enfoques.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Leyes de 1924, promulgadas por los laboristas y los afrikáners en el poder en aquel entonces.

[6] Sobre las dificultades "especificas" de la clase obrera blanca ver el artículo anterior de esta serie, en Revista Internacional no 154, el capítulo. “El apartheid contra la lucha de la clase”, o en este artículo, el capítulo más abajo "La lucha de liberación nacional contra la lucha de la clase".

[7] Ver Revista internacional no 154.

[8] Cercle Léon-Trotski, Exposición del 29/01/2010, página Internet www.lutte-ouvrirère.org

[9] Lucien van der Walt. Página Internet http://www.zabalaza.net.

[10] Ídem.

[11] https://fr.wikipedia.org/wiki/Clements_Kadalie.

[12] Brigitte Lachartre, op. cit.

[13] Hepple A. Les travailleurs livrés à l’apartheid, citado por B. Lachartre, op. cit.

[14] La obsesión racial del apartheid estableció cuatro categorías: blanco, indio, “de color” (o mestizo) y negro. O sea que la expresión “de color” no significa lo mismo en Sudáfrica que en otros países.

[15] Brigitte Lachartre, op. cit.

[16] Ídem.

[17]  PanAfricanist Congress, une scission del ANC.

[18] Brigitte Lachartre, op. cit.

[19] Cf. Brigitte Lachartre.

[20] Brigitte Lachartre, op. cit.

[21] Ídem.

[22] Ídem.

[23] Ídem.

[24] Ídem.

[25] The Durban Strikes, citado por Brigitte Lachartre, ídem.

[26] Ídem.

[27] Brigitte Lachartre, op. cit.

[28] Ídem.

[29] Ídem.

[30] Ídem.

[31] Autores de Durban Strikes 1973.