Programa y práctica

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El artículo anterior de esta serie nos llevó hasta la labor realizada por el movimiento revolucionario al salir de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. Mostrábamos cómo, a pesar de tal desastre, los mejores elementos del movimiento marxista se mantuvieron firmes en la perspectiva del comunismo. Su convicción a este respecto no desapareció a pesar de que la Guerra mundial no acarreó, al contrario de lo que preveían muchos revolucionarios, un nuevo surgimiento del proletariado contra el capitalismo y a pesar también de que la guerra agravó más si cabe la derrota ya terrible que se abatió sobre la clase obrera en los años 1920 y 1930. Nos dedicamos sobre todo a la labor de la Gauche communiste de France (izquierda comunista de Francia, ICF) probablemente la única organización en comprender que las tareas del momento seguían siendo las propias de una fracción, con el fin de preservar y profundizar las adquisiciones teóricas del marxismo para así tender un puente hacia los futuros movimientos proletarios que crearían las condiciones para la reconstrucción de un verdadero partido comunista. Ese fue el proyecto de las fracciones de Izquierda italiana y belga antes de la guerra, incluso si una parte importante de esta izquierda comunista internacional perdió de vista tal proyecto con la euforia de corta duración que surgió tras la reanudación de las luchas obreras en Italia en 1943 y la fundación del Partido Comunista Internacionalista en dicho país.

En el marco de ese esfuerzo por desarrollar la labor de las fracciones de izquierda antes de la guerra, la ICF prosiguió el trabajo consistente en sacar las lecciones de la revolución rusa y examinar los problemas del período de transición: la dictadura del proletariado, el Estado de transición, el papel del partido y la eliminación del modo de producción capitalista. Reeditamos y presentamos la tesis de la ICF sobre el papel del Estado, para que sirva de base a debates futuros sobre el período de transición en el seno del medio revolucionario que estaba renaciendo a principios de los años 1970.

Pero antes de dedicarnos a un estudio de esos debates, debemos dar una vuelta atrás a una etapa histórica decisiva de la historia del movimiento obrero: la de España 1936-37. Como hemos de argumentar, nosotros no somos de quienes consideran los acontecimientos allí ocurridos como un modelo de revolución proletaria que habría ido más lejos que cualquier punto alcanzado en Rusia en 1917-21. Lo cual no quita que, sin lugar a dudas, la guerra en España nos ha enseñado muchas cosas, por mucho que sus lecciones lo sean en negativo. Nos ofrece en especial una visión de conjunto muy importante de las insuficiencias de la visión anarquista de la revolución y una reafirmación sólida de la visión preservada y desarrollada por las tradiciones auténticas del marxismo. Hemos de insistir en esto, pues durante las últimas décadas, esas tradiciones han sido tildadas de trasnochadas y pasadas de moda y porque, además, entre la minoría politizada de la generación actual, las ideas anarquistas bajo diferentes formas han adquirido una influencia indiscutible.

Esta serie siempre se ha basado en la convicción de que únicamente el marxismo propone un método coherente para comprender qué es el comunismo y su necesidad y, apoyándose en la experiencia histórica de la clase obrera, también es una posibilidad real y no sólo el deseo de un mundo mejor. Por eso es por lo que una gran parte de esta serie se reanudó estudiando los avances y los errores del ala marxista del movimiento obrero en su esfuerzo por comprender y elaborar el programa comunista. Por la misma razón, este estudio también se ocupó en algunas de sus páginas de los intentos del movimiento anarquista por desarrollar su visión de la futura sociedad. En el artículo “Anarquismo o comunismo” ([1]), planteábamos que la visión anarquista tiene sus orígenes históricos en la resistencia de las capas de la pequeña burguesía, artesanos y pequeños campesinos, al proceso de proletarización, producto inevitable de la emergencia y la expansión del modo de producción capitalista. Cierta cantidad de corrientes anarquistas forman parte claramente del movimiento obrero, pero ninguna de ellas consiguió borrar completamente esas marcas pequeñoburguesas de nacimiento. El artículo de la Revista Internacional no 79 muestra cómo, en el periodo de la Primera Internacional, la ideología anarquista, mirando sobre todo hacia el pasado, expresó la resistencia del clan formado en torno a Bakunin ante los avances teóricos del marxismo a tres niveles cruciales: en el concepto de la organización de los revolucionarios, muy infectada por los métodos conspirativos de unas sectas ya caducas; en el rechazo del materialismo histórico a favor de una idea voluntarista e idealista de las posibilidades de revolución; y en cómo conciben la futura sociedad, vista como una red de comunas autónomas ligadas entre sí por el intercambio de mercancías.

A pesar de ello, con el desarrollo del movimiento obrero en la segunda mitad del siglo xix, las tendencias más importantes del anarquismo tendieron a integrarse con más firmeza en la lucha del proletariado y en la perspectiva de una nueva sociedad; así fue sobre todo con la corriente anarcosindicalista, si bien es cierto que, al mismo tiempo, la faceta del anarquismo como expresión de la revuelta de la pequeña burguesía se mantuvo por medio de las “acciones ejemplares” como las de la banda de Bonnot, entre otras ([2]). La realidad de la tendencia proletaria quedó patente en la capacidad de algunas corrientes anarquistas para tomar posiciones internacionalistas ante la Iª Guerra Mundial (y en menor medida, ante la Segunda) y en la voluntad de elaborar un programa más claro para su movimiento. Así, durante el período de finales del xix hasta los años 1930 hubo varios intentos por elaborar documentos y plataformas que podrían ser guías para instaurar el “comunismo libertario” mediante la revolución social. Un ejemplo evidente fue La conquista del pan de Kropotkin que apareció primero en versión íntegra en francés en 1892 y más de diez años después, en inglés ([3]). A pesar de que Kropotkin traicionó el internacionalismo en 1914, ese texto y otros suyos forman parte del corpus clásico del anarquismo y merecen una crítica mucho más desarrollada que lo que podemos hacer en este artículo.

En 1926, Majnó, Arshinov y otros publican la Plataforma de la Unión General de Anarquistas ([4]). Fue el acto fundador de la corriente “Plataformista” del anarquismo, la cual llama a un examen más profundizado de la trayectoria histórica del plataformismo desde finales de los años 1920 hasta nuestros días. Su principal interés está en las conclusiones que saca del fracaso del movimiento anarquista en la Revolución rusa, especialmente la idea de que los revolucionarios anarquistas deben agruparse en su propia organización política, basada en un programa claro para la instauración de una nueva sociedad. Fue especialmente esta idea la que atrajo las iras de otros anarquistas –nada menos que Volin y Malatesta– que la consideraron como la expresión de una especie de anarco-bolchevismo.

Sin embargo, en este artículo nos vamos a interesar sobre todo por la teoría y la práctica de la tendencia anarcosindicalista de los años 1930. Tampoco aquí hay penuria de material. En nuestra serie más reciente sobre la decadencia del capitalismo, publicada en esta Revista, mencionábamos el texto del anarcosindicalista ruso exiliado Gregori Maksimoff, Mi credo social. Editado en plena Gran Depresión, fue un testimonio de una notable clarividencia sobre la decadencia del sistema capitalista, un tema casi nunca tratado por los anarquistas de hoy ([5]). El texto contiene también una sección en la que describe las ideas de Maksimoff sobre la organización de la nueva sociedad. En aquel período había también debates importantes en el medio anarcosindicalista “internacional” creado en 1922 (la Asociación Internacional de Trabajadores, AIT) sobre cómo pasar del capitalismo al comunismo libertario. Y sin duda el escrito más pertinente fue el folleto de Isaac Puente, El comunismo libertario. Se publicó en 1932, destinado a servir de base a la plataforma de la CNT en el Congreso de Zaragoza de 1936, por lo que puede suponerse que influyó en la política de la CNT durante la inmediata “revolución española”. Volveremos a esto, pero antes queremos examinar algunos debates que hubo en la AIT, puestos de relieve en el muy instructivo trabajo de Vadim Damier, Anarcho-syndicalism in the 20th Century (el anarcosindicalismo en el s. xx) ([6]).

Uno de los principales debates –sin duda a causa del auge espectacular de las técnicas fordistas-­tayloristas de producción de masas en los años 1920– se centró en saber si sí o no, ese tipo de racionalización capitalista y, evidentemente, también el proceso de industrialización, eran una expresión del progreso, que hacían de la sociedad comunista libertaria una perspectiva más tangible, o, sencillamente, una intensificación de la sumisión de la humanidad a la máquina. Hubo tendencias diferentes que aportaron sus matices diversos a la discusión, pero, a grandes rasgos, la demarcación se hizo entre los anarco-comunistas, favorables al segundo análisis y que articularon su posición con un llamamiento a dar el paso inmediato al comunismo; esto se consideraba posible incluso (o sobre todo), en una sociedad esencialmente agraria. La posición alternativa la defendían sobre todo las tendencias vinculadas a la tradición sindicalista-revolucionaria, con una visión más “realista” de las posibilidades que ofrecía la racionalización capitalista a la vez que planteaban que se necesitaría algún tipo de régimen de transición económica durante el cual seguirían existiendo formas monetarias.

Esas divergencias atravesaron algunas secciones nacionales (como la FAUD alemana). La FORA ([7]) argentina parece que tuvo una visión más homogénea que defendió con cierta convicción, estando en la vanguardia de las perspectivas “anti-industriales”. Rechazó abiertamente las premisas del materialismo histórico, al menos tal como las comprendió la FORA (para la mayoría de los anarquistas, “marxismo” viene a ser como un cajón de sastre donde meten a cualquiera que les parezca estar entre, por un lado, el estalinismo o la socialdemocracia y, por otro, el trotskismo y la izquierda comunista) a favor de una visión de la historia en la que la ética y las ideas no tienen menos importancia que el desarrollo de las fuerzas productivas. Rechazaron categóricamente la idea de que la nueva sociedad podría formarse basándose en la antigua, por eso no sólo criticaron el proyecto de construcción del comunismo libertario sobre los cimientos de la estructura industrial existente, sino también el proyecto sindicalista de organizar a los obreros en sindicatos industriales que, una vez llegada la revolución, se encargarían de esas estructuras dirigiéndolas en nombre del proletariado y de la humanidad. Propusieron una nueva sociedad organizada en una Federación de comunas libres; la revolución sería une ruptura radical con todas las formas antiguas y obraría por el paso inmediato a la etapa de la libre asociación. Una declaración del Vº Congreso de la FORA en 1905 –que, según lo afirmado por Eduardo Colombo, iba a ser su base política para muchos años– exponía las críticas de la FORA a la forma sindical: “No debemos olvidar que un sindicato es sólo un subproducto económico del sistema capitalista, nacido de las necesidades de esta época. Mantenerlo tras la revolución significaría mantener el sistema que lo ha generado. La doctrina llamada del sindicalismo revolucionario es una ficción. Nosotros, como anarquistas, aceptamos los sindicatos como armas en la lucha e intentamos que estén lo más cerca posible de nuestros ideales revolucionarios... O sea, que no aceptaremos estar dominados por los sindicatos en lo que a ideas se refiere. Nuestra intención es dominarlos. En otras palabras, poner a los sindicatos al servicio de la difusión, de la defensa y de la afirmación de nuestras ideas en el seno del proletariado” ([8]).

Sin embargo, las diferencias entre “foristas” y sindicalistas respecto a la forma sindical quedaron bastante oscuras en muchos aspectos: por un lado, la FORA se concebía como una organización de trabajadores anarquistas más que como un sindicato “de todos los trabajadores” pero, por otra parte, surgió y se concebía como formación de tipo sindical organizadora de huelgas y otras formas de acción de clase.

Lo incierto de esas divergencias no impidió que originaran confrontaciones animadas durante el IV Congreso de la CNT en Madrid en 1931, con dos enfoques defendidos sobre todo por la CGT-SR ([9]) francesa por un lado y la FORA por otro. Damier hace las apostillas siguientes sobre los enfoques de la FORA: “Las ideas de la FORA contienen una crítica, brillante para aquel entonces, del carácter alienante y destructor del sistema industrial-capitalista: las propuestas de la FORA anticiparon en medio siglo las recomendaciones y propuestas del movimiento ecologista contemporáneo. Sin embargo, su crítica tenía una debilidad importante: un rechazo categórico a elaborar nociones más concretas sobre la sociedad del futuro, cómo llegar a ella, cómo prepararse. Según el pensamiento de los teóricos argentinos, eso habría menoscabado la espontaneidad revolucionaria y la creatividad de las propias masas. Los obreros anarquistas argentinos insistían en que la realización del socialismo no era una cuestión de preparación técnica y organizativa, sino más bien de difusión de sentimientos de libertad, igualdad y solidaridad” ([10]).

La perspicacia de la FORA sobre el carácter de las relaciones sociales capitalistas –como las que se expresan en la forma sindical– son sin duda interesantes, pero lo que perjudica a una gran parte de esos debates es lo erróneo de su punto de partida, la ausencia de método consecuencia de su rechazo del marxismo cuando no la falta de voluntad para discutir con las corrientes marxistas auténticas de entonces. La crítica del materialismo histórico por la FORA parece sobre todo una crítica de una versión rígidamente determinista del marxismo, típica de la IIª Internacional y de los partidos estalinistas. Repitámoslo, la FORA tenía razón cuando atacaba la naturaleza alienada de la producción capitalista y rechazaba la idea de que el capitalismo fuera progresista por sí mismo –sobre todo en un periodo en el que las relaciones sociales capitalistas ya habían demostrado que se habían vuelto un obstáculo irremediable para el desarrollo humano; en cambio, su evidente rechazo a la industria como tal aparecía como algo abstracto desembocando en una nostalgia trasnochada de las comunas rurales locales.

Quizás lo más importante sea la ausencia de toda relación entre esos debates y las experiencias entre las más importantes de la lucha de clases en la nueva época iniciada por las huelgas de masas en Rusia en 1905 y la oleada revolucionaria internacional de 1917-23. Esos acontecimientos mundiales e históricos, entre los que se incluye evidentemente, la Primera Guerra imperialista, ya habían demostrado el agotamiento de las formas antiguas de organización obrera (partidos de masas y sindicatos), originando las nuevas: por un lado los soviets o consejos obreros, constituidos en el calor de la lucha y no como estructura preexistente a ella; por otro lado, la organización de la minoría comunista ya no vista como partido de masas que actúa sobre todo en el terreno de la lucha por reformas. La formación de los sindicatos revolucionarios o industriales en la segunda parte del siglo xix y en las décadas siguientes fueron, en gran parte, tentativas de una fracción radical del proletariado por adaptarse a la nueva época sin renunciar a los viejos conceptos sindicalistas (e incluso socialdemócratas) de instaurar progresivamente una organización de masas de trabajadores en el interior del capitalismo, con la finalidad de tomar el control de la sociedad en una fase de crisis aguda. La prevención de la FORA contra la idea de construir una nueva sociedad en el mismo hueco dejado por la antigua estaba justificada. Sin embargo, sin ninguna referencia seria a la experiencia de la huelga de masas y de la revolución, cuya dinámica fue analizada con tanta perspicacia por Rosa Luxemburg en Huelga de masas, partido y sindicatos, folleto escrito en 1906, o las nuevas formas de organización que Trotski, por ejemplo, definió como fruto de la revolución de 1905 en Rusia de una importancia crucial, la FORA volvió a caer en una esperanza difusa de transformación repentina y total, pareciendo incapaz de examinar los vínculos reales entre las luchas defensivas del proletariado y la lucha por la revolución.

El opúsculo El comunismo liber​tario de Isaac Puente

En los debates de 1931, la mayoría de la CNT española se puso del lado de los anarcosindicalistas más tradicionales. Sin embargo, las ideas “comunitarias” persistieron y el programa de Zaragoza de 1936, basado en el folleto de Puente, contenía elementos de ambas tendencias.

El folleto de Puente ([11]) expresa claramente un enfoque proletario y su meta final es el comunismo “libertario”, o sea lo que nosotros llamaríamos sencillamente comunismo, una sociedad basada en el principio, como dice Puente, “de cada uno según su aptitud… a cada uno según sus necesidades”. Y al mismo tiempo es una expresión bastante clara de la indigencia teórica propia de la visión anarquista del mundo.

Una gran parte del principio del texto está dedicada a argumentar contra todos los prejuicios que proclaman que los trabajadores son unos ignorantes y estúpidos, incapaces de emanciparse por sí mismos, que desprecian la ciencia, el arte y la cultura, que necesitan una élite intelectual, un arquitecto “social” o un poder policiaco, para administrar la sociedad en su nombre. Esta polémica está perfectamente justificada. Sin embargo, cuando escribe que “Lo que llamamos buen sentido, rapidez de visión, capacidad de intuición, iniciativa y originalidad, no se compran ni venden en las universidades”, hemos de recordar que la teoría revolucionaria no es únicamente buen sentido: sus propuestas, al ser dialécticas, suelen ser consideradas como exageradas y absurdas desde el punto de vista del “viejo buen sentido” que Engels ridiculiza en Del socialismo utópico al socialismo científico (1880) ([12]). La clase obrera no necesita educadores por encima de ella para librarse del capitalismo, pero sí necesita una teoría revolucionaria que le permita ir más lejos que las meras apariencias y comprender las evoluciones más profundas que actúan en la sociedad.

Las insuficiencias del anarquismo, a ese respecto, aparecen en todas las tesis principales del texto de Puente. Respecto a los medios utilizados por la clase obrera para enfrentarse y derribar al capitalismo, Puente, a imagen de los debates de la AIT de aquel tiempo, para nada tiene en cuenta toda la dinámica de la lucha de clases en la época de la revolución, que se inicia con la huelga de masas y la aparición de la forma “Consejo”. En lugar de ver que las organizaciones que realizarán la transformación comunista plasman la ruptura radical con las viejas organizaciones de clase que se habían integrado en la sociedad burguesa, Puente insiste en que “El comunismo libertario se basa en organismos existentes ya, merced a los cuales se puede organizar la vida económica en la ciudad y en los pueblos teniendo en cuenta las necesidades peculiares de cada localidad. Son el sindicato y el municipio libre”. Es aquí donde Puente alía sindicalismo y comunitarismo: en las ciudades, los sindicatos tomarán el control de la vida pública, en el campo serán las asambleas tradicionales del pueblo. Las actividades de esos órganos se consideran sobre todo como algo local: pueden también federarse y formar estructuras nacionales donde sea necesario, pero según Puente el producto excedentario de unidades económicas locales debe intercambiarse con el de otras. En otras palabras, ese comunismo libertario puede coexistir con relaciones de valor, no sabiendo si se trata de medidas transitorias o de algo que existirá siempre.

Mientras tanto, la transformación se desarrolla mediante “la acción directa” y no mediante la responsabilidad en el ámbito político, esfera que se identifica totalmente con el Estado actual. Por medio de un cuadro comparativo entre “La organización a base política, común a todos los regímenes que se basan en el Estado, y la organización [económica de la sociedad, que evita el Estado]”, Puente diseña el carácter jerárquico y explotador del Estado, oponiéndole la vida democrática de sindicatos y municipalidades libres, basada sobre decisiones tomadas por las asambleas y sobre necesidades comunes. Hay dos problemas fundamentales en este enfoque: primero, es incapaz de explicar que los sindicatos –incluidos los sindicatos anarcosindicalistas como la CNT– nunca fueron un modelo de autoorganización o de democracia, sino que están sometidos a una presión muy fuerte para integrarse en la sociedad capitalista, para convertirse, también ellos, en instituciones burocráticas que tienden a incorporarse al Estado. Y, segundo, ignora la realidad de la revolución, en la que la clase obrera se verá necesariamente enfrentada a una conjunción de problemas que son inevitablemente políticos: la autonomía organizativa y teórica de la clase obrera respecto a los partidos y las ideologías de la burguesía, la destrucción del Estado capitalista y la consolidación de sus propios órganos de poder. La realidad de la guerra que estalló en España poco después del Congreso de Zaragoza iba a dejar crudamente a la luz del día esas profundas lagunas del programa libertario.

Pero hay otro problema no menos decisivo: la incapacidad del texto para tomar en cuenta la dimensión internacional, de modo que solo aparece una perspectiva estrictamente nacional. Cierto es que el texto rebate el principal de los numerosos “prejuicios”, el de “Atribuir carácter pasajero a las crisis”. Como Maksimoff, la gran depresión de los años 30 parece haber convencido a Puente de que el capitalismo es un sistema en declive, y el párrafo siguiente del mismo capítulo tiene al menos una dimensión más global, mencionándose la situación de la clase obrera en Italia y en Rusia. Pero no hay el más mínimo esbozo de evaluación de la relación de fuerzas entre las clases, y esto era una tarea primordial para los revolucionarios tras un período de apenas 20 años que conoció la Guerra mundial, una oleada revolucionaria internacional y la serie de derrotas catastróficas para el proletariado. Y cuando se trata de examinar el potencial para el comunismo libertario en España, es casi como si el mundo exterior no existiera: hay toda una amplia parte dedicada a estimar los recursos económicos de España y sus naranjas, manzanas, algodón, madera, aceite y demás. El objetivo de tales cálculos es mostrar que España podría existir como un islote autosuficiente de comunismo libertario. Cierto, Puente afirma que “la implantación del comunismo libertario en nuestro país, aisladamente de los otros de Europa, nos acarreará, como es de presumir, la enemiga de las naciones capitalistas. Pretextando la defensa de los intereses de sus súbditos, el imperialismo burgués tratará de intervenir por las armas para hundir nuestro régimen naciente”. Pero tal intervención se vería entorpecida por la amenaza o de una revolución social en el país del agresor o de la guerra mundial contra las demás potencias. Los capitalistas extranjeros preferirían recurrir a ejércitos mercenarios antes que a los suyos propios como lo hicieron en Rusia: en ambos casos, los trabajadores deben estar dispuestos a defender la revolución con las armas en la mano. También, los Estados capitalistas intentarían imponer un bloqueo económico mediante buques de guerra, lo cual podría acarrear problemas pues España no dispone de ciertos recursos esenciales, especialmente el petróleo, estando obligada a importarlo. La solución al bloqueo de importaciones no es, sin embargo, difícil de encontrar: “Por ello, en caso de bloqueo, sería menester enfocar las actividades de conjunto a la intensificación de los sondeos en busca de petróleo (…). El petróleo puede [también] obtenerse por destilación de la hulla y de los lignitos, ambos abundantes en nuestro país.”

Resumiendo: para instaurar el comunismo libertario, España deberá volverse autárquica. Es la visión en estado puro de la anarquía en un solo país ([13]). La incapacidad de partir del punto de vista del proletariado mundial acabaría siendo otro error irremediable cuando España se convirtió en escenario de un conflicto imperialista mundial.

Los acontecimientos de 1936-37: ¿revolución social o guerra imperialista?

El modelo anarcosindicalista de la revolución tal como se expone en el texto de Puente y el programa de Zaragoza iba a aparecer definitivamente a la luz del día impugnados por los acontecimientos importantes históricos que desencadenó el golpe de Estado franquista de julio de 1936.

No es éste el lugar para escribir una narración detallada de aquellos sucesos. Nos limitaremos a recordar su esquema general para reafirmar la visión de la izquierda comunista de aquel entonces, o sea: la incoherencia congénita de la ideología anarquista se había convertido en el medio para traicionar a la clase obrera.

No hay mejor análisis de los primeros instantes de la guerra en España que el artículo publicado en el periódico de la Fracción de izquierda italiana, Bilan no 34, octubre-noviembre de 1936 y reeditado en la Revista internacional no 6 ([14]). Los camaradas de Bilan lo escribieron muy poco después de lo acaecido, sin duda tras haber compulsado una masa de informaciones muy confusas y desconcertantes. Hay que subrayar la manera con la que los compañeros de Bilan lograron librarse de la enorme confusión ambiente, de las falsificaciones de la “revolución española” en sus dos versiones: la más difundida en aquella época por los poderosos medios de comunicación controlados por demócratas y estalinistas, o sea, la de una especie de revolución democrática burguesa contra la reacción feudal-fascista; o la versión de anarquistas y trotskistas que, aun presentando la lucha en España como una revolución social que habría ido mucho más lejos que cualquier momento alcanzado en 1917 en Rusia, también sirvió para reforzar la opinión dominante según la cual la lucha era una barrera popular contra el avance del fascismo en Europa.

El artículo de Bilan reconoció plenamente que, ante el ataque de las derechas, la clase obrera, sobre todo la de su centro neurálgico de Barcelona, replicó con sus propias armas de clase: huelga espontánea de masas, manifestaciones callejeras, confraternización con los soldados, armamento general de los trabajadores, formación de comités de defensa y de milicias con base en los barrios, ocupación de las fábricas y elección de comités de fábrica. Bilan reconoció también que fueron los militantes de la CNT-FAI quienes desempeñaron por todas partes el papel de primer plano en el movimiento, el cual, además, se había extendido por la mayoría de la clase obrera barcelonesa.

Y fue, sin embargo, precisamente en ese momento en que la clase obrera estaba a punto de tomar el poder político en sus propias manos, cuando las debilidades programáticas del anarquismo, su insuficiencia teórica, iban a revelarse como un obstáculo letal.

Primero, el fracaso del anarquismo para comprender el problema del Estado condujo no sólo a dejar escapar la posibilidad de una dictadura proletaria –por aquello de que el anarquismo está “en contra de todo tipo de dictadura”– pero quizás lo peor fue que condujo al desarme total de los obreros frente a las maniobras de la clase dominante, la cual consiguió reconstituir un poder de Estado con formas nuevas y “radicales”, pues sus fuerzas tradicionales habían quedado paralizadas frente a la sublevación proletaria. El Comité Central de Milicias y el Consejo Superior de Economía fueron instrumentos clave contra el fascismo:

La constitución de un Comité Central de las milicias debía dar la impresión del inicio de una fase de poder proletario y la constitución del Consejo Central de Economía la ilusión de que se entraba en una fase de gestión de una economía proletaria.

“Sin embargo, lejos de ser organismos de dualidad de poder, se trataba de organismos con una naturaleza y función capitalista ya que, en lugar de constituirse sobre la base del impulso del proletariado buscando formas de unidad de la lucha para plantearse el problema del poder, fueron desde su comienzo órganos de colaboración con el Estado capitalista.

“El CC de las Milicias de Barcelona será por otra parte un conglomerado de partidos obreros y burgueses, y de sindicatos, y no un organismo del tipo de los Soviets que surge de un planteamiento de clase, espontáneamente y en donde se puede verificar la evolución de la conciencia de los obreros. Ese organismo se unirá a la Generalitat para luego desaparecer por simple decreto cuando se constituya, en Octubre, el nuevo Gobierno de Cataluña.

“El CC de Milicias representará el arma inspirada por el capitalismo para arrastrar a los proletarios, por medio de la organización de las milicias, fuera de las ciudades y de sus lugares hacia los frentes territoriales donde fueron despiadadamente masacrados. Representará también el órgano que restablece el orden en Cataluña, no con los obreros que han sido dispersados en los frentes sino contra ellos. Es cierto que el ejército regular fue prácticamente disuelto, pero será reconstituido gradualmente con las columnas de milicianos donde el Estado Mayor se conserva netamente burgués con los Sandino, los Villalba y consortes. Las columnas fueron voluntarias y pudieron conservarse así hasta el momento en que desapareció la embriaguez y la ilusión de la revolución y reapareció la realidad capitalista. Entonces se caminará a grandes pasos hacia el restablecimiento oficial del ejército regular y el servicio obligatorio” ([15]).

La participación inmediata de la CNT y del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, situado éste en un espacio entre la izquierda de la socialdemocracia y el trotskismo) en esas instituciones burguesas fue un golpe muy duro asestado contra la posibilidad para los órganos de clase creados en la calle y las fábricas durante las jornadas de julio de centralizarse y establecer un auténtico doble poder. Al contrario, esos comités se vieron pronto vaciados de su contenido proletario e incorporados en las nuevas estructuras del poder burgués.

Segundo, había una cuestión política candente que no se encaraba y que los anarquistas eran incapaces de encarar al no disponer de un método de análisis de las tendencias históricas en el interior mismo de la sociedad capitalista: la cuestión de la naturaleza del fascismo y de lo que Bordiga llamó su “peor producto”, el antifascismo. El avance del fascismo fue uno de los fenómenos en que se plasmó la serie de derrotas históricas de la revolución proletaria, preparándose así la sociedad burguesa para una segunda carnicería interimperialista, pero el antifascismo también fue un grito de alistamiento para la guerra imperialista, fue un llamamiento a los trabajadores para que abandonaran la defensa de sus propios intereses de clase en nombre de una “unión sagrada” nacional. Fue sobre todo esa ideología de la unidad contra el fascismo lo que permitió a la burguesía quitarse de en medio el peligro de revolución proletaria desviando la lucha de la clase desde las ciudades hacia un conflicto bélico en el frente. El llamamiento a sacrificarlo todo por la lucha contra Franco llevó incluso a los más apasionados defensores del comunismo libertario, como Durruti, a aceptar tal enorme maniobra. Las milicias acabaron incorporándose en el Comité Central de Milicias Antifascistas, un órgano dominado por partidos y sindicatos como la izquierda republicana y nacionalista, los socialistas y los estalinistas, abiertamente enemigos de la revolución proletaria, convirtiéndose en instrumentos de una guerra entre dos facciones capitalistas, un conflicto que casi inmediatamente se transformó en un campo de batalla interimperialista global, un ensayo para la Guerra mundial que se avecinaba. Sus formas democráticas, como la elección de oficiales, no cambió fundamentalmente nada. Cierto, las principales fuerzas burguesas del mando –estalinistas y republicanos– no estaban a gusto con esas formas, insistiendo más tarde para que se integraran totalmente en un ejército burgués tradicional, como así lo había anticipado Bilan. Pero también, como lo entendió Bilan, el golpe fatal ya había sido asestado durante las primeras semanas tras el golpe de Estado militar.

Y lo mismo ocurrió con el ejemplo más evidente de la quiebra de la CNT, la decisión de cuatro de sus dirigentes más conocidos, incluido el radical García Oliver, de aceptar ser ministros en el gobierno central de Madrid, acto de traición agravado por su infame declaración de que gracias a su participación en el gabinete, el Estado republicano “había dejado de ser una fuerza de opresión sobre la clase obrera, de igual modo que el Estado ya no es el organismo que divide a la sociedad en clases. Y ambos tenderán cada vez menos a oprimir al pueblo gracias a la intervención de la CNT” ([16]). Fue la última etapa de una trayectoria, iniciada hacía ya tiempo, de degeneración lenta de la CNT. En una serie de artículos sobre la historia de la CNT, mostramos cómo la CNT, a pesar de sus orígenes proletarios y las convicciones profundamente revolucionarias de gran cantidad de sus militantes, no pudo resistir, en esta época de totalitarismo de Estado del capitalismo, a la tendencia imparable para las organizaciones obreras permanentes de masas a integrarse en el Estado. Esto quedó demostrado ya antes de julio del 36 cuando la CNT, en las elecciones de febrero de ese año, abandonó su abstencionismo tradicional por el apoyo táctico al Frente Popular ([17]). En el período justo después del golpe de Estado de Franco, con un gobierno republicano a la deriva, el proceso de participación anarquista en el Estado burgués se fue acelerando a todos los niveles. Ya antes del escándalo de los cuatro ministros anarquistas, la CNT había entrado en el gobierno territorial de Cataluña, la Generalitat, y también hubo, a nivel local (tal vez en conformidad con esa idea más bien borrosa de los “municipios libres”), militantes anarquistas que acabaron siendo representantes y responsables de órganos de la administración local, o sea las unidades de base del Estado capitalista. Como cuando la traición de la socialdemocracia en 1914, no se trataba tampoco aquí de una cuestión de unos cuantos malos jefes, sino el resultado de un proceso gradual de la integración del aparato organizativo como un todo en la sociedad burguesa y su Estado. Bien es verdad que hubo en la CNT-FAI y en el movimiento anarquista en general, tanto dentro como fuera de España, voces proletarias contra tal trayectoria, aunque, como veremos en la segunda parte de este artículo, pocas de ellas llegaron hasta las raíces teóricas subyacentes de la traición.

Sí, ¿y de las colectividades, qué? Los anarquistas más entregados y valientes, como Durruti, ¿no insistieron en que avanzar en la revolución social era la mejor manera de vencer a Franco? ¿Acaso no fueron ante todo los ejemplos de fábricas y alquerías autogestionadas, todos los intentos por liquidar la forma salarial en cantidad de pueblos de toda España, lo que convenció a muchos, incluidos marxistas como G. Munis ([18]), de que la revolución social en España había alcanzado cotas desconocidas en Rusia con su rápida caída en el capitalismo de Estado?

Bilan, al contrario, se negó a idealizar las ocupaciones de fábricas:

Cuando los obreros reanudaron el trabajo allí donde los patronos habían huido o habían sido fusilados por las masas, se constituyeron Consejos de Fábrica que fueron la expresión de la expropiación de dichas empresas por los trabajadores. Aquí intervinieron rápidamente los sindicatos para establecer normas con el fin de constituir una representación proporcional de los miembros de la CNT y de la UGT. En fin, al tiempo que se efectúa la vuelta al trabajo con la petición de los obreros de la semana de 36 horas y el aumento de salarios, los sindicatos intervienen para defender la necesidad de trabajar a pleno rendimiento para la organización de la guerra sin respetar demasiado una reglamentación del trabajo y del salario.

“Ahogados de inmediato, los comités de fábrica y los comités de control de las empresas donde la expropiación no se realizó (en consideración al capital extranjero o por otras razones) se transformaron en órganos para activar la producción y, por eso mismo, se diluyeron en su significado de clase. No se trata ya de organismos creados durante una huelga insurreccional para derribar al Estado sino de organismos orientados hacia la organización de la guerra, condición esencial para permitir la supervivencia y reforzamiento de dicho Estado” ([19]).

Damier no se detiene mucho rato en analizar las condiciones vividas en las fábricas “controladas por los trabajadores”. Es significativo que pase más tiempo examinando las formas democráticas de las colectividades rurales, su profunda preocupación por el debate y la autoeducación mediante asambleas y comités regulares y elegidos, sus intentos para acabar con el sistema salarial. Fueron esfuerzos heroicos si la menor duda, pero las condiciones del aislamiento rural hicieron que fuera menos urgente para el Estado capitalista atacar las colectividades campesinas mediante artimañas o abiertamente por la fuerza. En resumen, esos cambios que hubo en el campo no alteraron el proceso general de recuperación burguesa que se concentró en las ciudades y las fábricas en donde Estado capitalista impuso rápida y brutalmente la disciplina en el trabajo en pro de la economía de guerra cosa que no habría podido realizar sin la ficción del “control sindical” por medio de la CNT:

El hecho más interesante en este terreno es el siguiente: a la expropiación de las empresas en Cataluña, a su coordinación efectuada por el Consejo de Economía en Agosto, al decreto del Gobierno en Octubre dando las normas para pasar a la “colectivización”, sucedieron cada vez nuevas medidas para someter a los proletarios a una disciplina en las fábricas, disciplina que nunca hubiera sido tolerada viniendo de los antiguos patronos.

“En Octubre la CNT lanzará sus consignas sindicales por medio de las cuales prohibirá las luchas reivindicativas de cualquier tipo y hará del aumento de la producción el deber más sagrado del proletariado. Aparte del hecho que hemos rechazado ya frente al engaño [en Rusia] que consiste en asesinar físicamente a los proletarios en nombre de la “construcción de un socialismo” que nadie atisba aún, ¡declaramos abiertamente que, a nuestro entender, la lucha en las empresas no debe cesar ni un momento mientras subsista la dominación del Estado capitalista! Es verdad que los obreros deberán hacer sacrificios después de la revolución proletaria, pero un revolucionario nunca podrá predicar el fin de la lucha reivindicativa para llegar al socialismo. Ni siquiera después de la revolución les quitaremos el arma de la huelga a los obreros, y es más evidente todavía que cuando el proletariado no tiene el poder –y así es en España– la militarización de las fábricas equivale a la militarización de las fábricas en cualquier Estado capitalista en guerra” ([20]).

Bilan se ciñe al principio de base de que revolución social y guerra imperialista son tendencias diametralmente opuestas en la sociedad capitalista. La derrota de la clase obrera –ideológica en 1914, física e ideológica en los años 1930– dejó abierto el camino hacia la guerra imperialista. La lucha de clases, al contrario, no puede llevarse a cabo sino es en detrimento de la economía de guerra. Huelgas y motines no fortalecen la guerra nacional. Fueron la irrupciones revolucionarias de 1917 y 1918 las que obligaron a los imperialismos beligerantes a poner fin inmediato a las hostilidades.

Es lo mismo para la guerra revolucionaria. Pero solo puede llevarse a cabo cuando la clase obrera está en el poder, algo que Lenin y quienes se le unieron en el partido bolchevique dejaron claro entre febrero y octubre de 1917. E incluso en ese caso, las exigencias de una guerra revolucionaria en la que se lucha en frentes territoriales no crean, ni mucho menos, las mejores condiciones para el desarrollo del poder de la clase y la transformación social radical. De tal modo que entre 1917 y 1920, el Estado soviético derrotó a las fuerzas contrarrevolucionarias internas y externas en lo militar, pero a un precio muy elevado: el de la erosión del control político por parte de la clase obrera y el proceso de autonomía del aparato de Estado.

Esa oposición fundamental entre guerra imperialista y revolución social quedó confirmada por doble con los acontecimientos de mayo del 37.

Una vez más entonces, pero esta vez ante una provocación de estalinistas y otras fuerzas del Estado, que intentaron apoderarse de la central telefónica controlada a la sazón por los trabajadores, el proletariado de Barcelona replicó masivamente y con sus propios métodos de lucha: huelga de masas y barricadas. El “derrotismo revolucionario” propugnado por la Izquierda italiana, condenado como una locura traicionera por prácticamente todas las tendencias políticas, desde los liberales hasta grupos como Unión Comunista, lo llevaron a la práctica los trabajadores de Barcelona. Fue más que nada una reacción de defensa a un ataque por parte de las fuerzas represivas del Estado republicano, pero eso sí, una vez más, fue la antagonismo entre los trabajadores y el conjunto de la máquina estatal, cuyos portavoces más ignominiosos no vacilaron en tratarlos de traidores, saboteadores del esfuerzo de guerra. E, implícitamente, fue en efecto un reto directo a la guerra contra el fascismo, no menos que el motín de Kiel de 1918 había sido un reto contra el esfuerzo de guerra del imperialismo alemán y, por extensión, contra el conflicto interimperialista como un todo.

Los defensores notorios del orden burgués iban a replicar con el terror contra los trabajadores. Detuvieron a revolucionarios, los torturaron, los mataron. Camillo Berneri, el anarquista italiano que había expresado abiertamente sus críticas a la política de colaboración de la CNT fue uno de los numerosos militantes secuestrados y asesinados, en la mayoría de los casos por esbirros del Partido “Comunista”. Pero la represión se ejerció sobre los trabajadores sólo cuando los portavoces de la “izquierda”, de la CNT y del POUM, atemorizados sobre todo por una fractura en el frente antifascista, acabaron por convencerles de que dejaran las armas y volvieran al trabajo. La CNT –como el SPD cuando la revolución alemana de 1918– era indispensable para la restauración del orden burgués.

C D Ward

En la segunda parte de este artículo, estudiaremos algunas tendencias anarquistas que denunciaron la traición de la CNT durante la guerra en España –los Amigos de Durruti, por ejemplo, en 1937-38, o un representante más reciente del anarcosindicalismo como Solidarity Federation en Gran Bretaña. Procuraremos mostrar que por muy saludables que fueran esas reacciones proletarias, en raras ocasiones sacaron a la luz las debilidades subyacentes del “programa” anarquista.

[1]) Volumen I de la serie, Revista Internacional no 79. En la serie “El comunismo no es un bello ideal, sino una necesidad material”, cap. 10 “¿Anarquismo o comunismo?” http://es.internationalism.org/rint79anar (1994).

[2])  En nuestro artículo de la Revista Internacional no 120 (2005), “El anarcosindicalismo frente al cambio de época; la CGT francesa hasta 1914” http://es.internationalism.org/rint/2005/120_CGT.html, subrayábamos que esa orientación de ciertas corrientes anarquistas hacia los sindicatos se debía más a la búsqueda de un público más receptivo a su propaganda que a una verdadera comprensión de la naturaleza revolucionaria de la clase obrera.

[3])  En castellano hay una versión en http://bivir.uacj.mx/libroselectronicoslibres/Autores/PedroKropotkin/Kropotkin,%20Pedro%20-%20La%20conquista%20del%20pan.pdf

[5]) “Decadencia del capitalismo (X) – Para los revolucionarios, la Gran Depresión confirma la caducidad del capitalismo” http://es.internationalism.org/rint146-decadencia (2011).

[6])  En inglés, Black Cat Press, Edmonton, 2009. Inicialmente se publicó en ruso 2000. Damier es miembro de KRAS, sección rusa de la AIT. La CCI ha publicado varias declaraciones internacionalistas de KRAS sobre las guerras en la antigua URSS.

[7]) Federación Obrera Regional Argentina.

[8]) Traducido por nosotros del inglés: “Anarchism in Argentina and Uruguay” en Anarchism Today, Ed. por J. Apter y J. Joll. Nueva York: MacMillan, 1971. Accesible en Internet en http://www.libcom.org/files/Argentina.pdf.

[9]) Esa organización –SR significa “Sindicalista Revolucionario”– fue el resultado de una escisión en 1926 de la CGT “oficial” que, en aquel entones, estaba dominada por el Partido Socialista. Fue un grupo relativamente pequeño. Desapareció bajo el régimen de Pétain durante la IIª Guerra Mundial. Su portavoz principal en el Congreso de Zaragoza fue Pierre Besnard.

[10]) Vadim Damier, obra citada, pp 110-11.

[12])  “A primera vista, este método discursivo nos parece extraordinariamente razonable, porque es el del llamado sentido común. Pero el mismo sentido común, personaje muy respetable de puertas adentro, entre las cuatro paredes de su casa, vive peripecias verdaderamente maravillosas en cuanto se aventura por los anchos campos de la investigación; y el método metafísico de pensar, por muy justificado y hasta por necesario que sea en muchas zonas del pensamiento, más o menos extensas según la naturaleza del objeto de que se trate, tropieza siempre, tarde o temprano, con una barrera franqueada, la cual se torna en un método unilateral, limitado, abstracto, y se pierde en insolubles contradicciones, pues, absorbido por los objetos concretos, no alcanza a ver su concatenación; preocupado con su existencia, no para mientes en su génesis ni en su caducidad; concentrado en su estatismo, no advierte su dinámica; obsesionado por los árboles, no alcanza a ver el bosque.” Http://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/dsusc/2.htm.

[13]) Nuestro artículo sobre la CGT, citado en la nota 2, plantea el mismo problema acerca de un libro de dos líderes de la organización anarcosindicalista francesa en 1909: “La lectura del libro de Pouget y Pataud (Cómo haremos la revolución), ya citado, es muy instructiva a ese respecto, pues describe una revolución puramente nacional. Los dos autores anarcosindicalistas no esperaron a Stalin para plantear la construcción del “anarquismo en un solo país”: tras haber triunfado la revolución en Francia, hay todo un pasaje del libro dedicado a describir el sistema de comercio exterior que sigue funcionando según el modo comercial, mientras que en el interior de las fronteras nacionales, se produce según el modo comunista”.

[14]) Véase el libro de la CCI España 1936, Franco y la República masacran al proletariado, con una selección de artículos de Bilan, 1936, publicado también en internet: http://es.internationalism.org/booktree/539.

[15]) Ídem, http://es.internationalism.org/libros/1936/cap1/1_leccion.

[16]) Hemos traducido esta declaración del libro en inglés de Vernon Richards, Lessons of the Spanish Revolution, c. VI, p 69.

[17]) Léase al respecto la serie sobre la historia de la CNT en los nos 129 a 133 de la Revista Internacional (2008), especialmente el artículo “El antifascismo, el camino a la traición de la CNT (1934-36)”. http://es.internationalism.org/rint133-cnt.

[18]) Munis fue el militante más conocido del Grupo bolchevique-leninista en España que estaba relacionado con la tendencia de Trotski. Más tarde rompería con el trotskismo por el alistamiento de esta corriente en la IIª Guerra mundial, evolucionando en muchas posiciones hacia las de la Izquierda comunista. Ver: Revista internacional nº 58 (1984):“En memoria de Munis, militante de la clase obrera”, http://es.internationalism.org/rint/1989/58_Munis. Publicamos polémicas con el grupo fundado más tarde por Munis, Fomento Obrero Revolucionario, sobre sus posiciones sobre la guerra de España: http://fr.internationalism.org/rinte29/corresp.htm. http://fr.internationalism.org/rinte52/for.htm (en francés e inglés)

[19]) “Bilan ante los acontecimientos de España”, en España 1936, Franco y la República masacran al proletariado (Libro editado por la CCI): http://es.internationalism.org/libros/1936/cap1

[20]) Ídem.