Sobre la naturaleza y la función del partido político del proletariado (Internationalisme – oct. de 1948)

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Introducción de la CCI

El documento que aquí publicamos apareció por primera vez en 1948 en las páginas de Internationalisme, revista del pequeño grupo Gauche Communiste de France (GCI, Izquierda Comunista de Francia), que la CCI reivindica desde su fundación en 1975. Lo reproducimos a principios de los años 70, en el Bulletin d’études et de discussion que publicaba el grupo francés Révolution internationale que sería luego la sección en Francia de la Corriente Comunista Internacional. El Boletín fue, por su parte, el precursor del órgano teórico de la CCI, la Revista internacional. El objetivo de ese boletín era afianzar más sólidamente al nuevo grupo RI – y a sus jovencísimos militantes – mediante la reflexión teórica y un mejor conocimiento de la historia del movimiento obrero, incluida la relación de sus confrontaciones con los nuevos problemas teóricos planteados por la historia.[1]

El objeto principal de este texto es examinar las condiciones históricas que determinan la formación y la actividad de las organizaciones revolucionarias. Le idea misma de “determinación” es fundamental. La creación y la preservación de una organización revolucionaria son el fruto de una voluntad militante que quiere ser factor activo de la historia. Sin embargo, la forma que se da dicha voluntad no existe independientemente de la realidad social y sobre todo independiente del nivel de combatividad y de conciencia en las amplias masas de la clase obrera. La idea de que crear un partido sólo depende de la “voluntad” de los militantes era la del trotskismo en los años 1930 pero también lo fue, al final de la IIª Guerra Mundial, la del nuevo Partito Comunista Internazionalista, precursor de los múltiples grupos bordiguistas y de la actual Tendencia Comunista Internacional (ex-BIPR). El artículo de Internationalisme subraya, con toda la razón a nuestro entender, que son dos concepciones fundamentalmente diferentes de la organización política: una voluntarista e idealista, la otra materialista y marxista. En el mejor de los casos, la voluntarista no desemboca sino en oportunismo congénito - como así fue con el PCInt y sus descendientes; en el peor, en conciliación con el enemigo de clase y en paso al campo de la burguesía.

La importancia de la reflexión teórica e histórica sobre la cuestión, para la joven generación post-68, es evidente. Tal reflexión iba a preservar a la CCI (aunque no la haya inmunizado ni mucho menos) de los peores efectos del activismo y la impaciencia típicos de aquel período, que llevaron a tantos grupos hacia la nada política.

Estamos plenamente convencidos de que el texto que aquí presentamos sigue estando de plena actualidad para una nueva generación de militantes, especialmente en su insistencia en que la clase obrera no es una simple categoría sociológica sino una clase con un papel especifico que desempeñar en la historia: el de derribar el capitalismo y edificar la sociedad comunista[2]. El papel de los revolucionarios también depende de los períodos históricos: cuando la situación en que se encuentra la clase obrera le impide influir en el curso de los acontecimientos, el papel de los revolucionarios no es ignorar tal realidad y hacerse ilusiones de que su intervención inmediata podría cambiar dicho curso, sino dedicarse a una tarea mucho menos espectacular, la de preparar las condiciones teóricas y políticas para intervenir de manera determinante en las luchas de clases del futuro.

CCI, 2014.

Introducción de Internationalisme a su artículo [junio de 1948]

Nuestro grupo se ha dado la tarea de reexaminar los grandes problemas que plantea la necesidad de reconstituir un nuevo movimiento obrero revolucionario. Debe estudiar la evolución de la sociedad capitalista hacia el capitalismo de Estado, y teniendo en cuenta que lo que queda del antiguo movimiento obrero está sirviendo desde hace cierto tiempo de apoyo a una clase capitalista que lo está arrastrando tras ella, también debe examinar lo que, en ese antiguo movimiento obrero, sirve de material para esa clase, con qué fin y de qué manera. Y también hemos acabado por reconsiderar lo que, en el movimiento obrero, sigue siendo permanente y lo que ha sido superado desde el Manifiesto Comunista.

En fin, era normal que tendiéramos a estudiar los problemas planteados por la revolución y el socialismo. Con este fin hemos presentado un estudio sobre el Estado después de la revolución y hoy presentamos para la discusión un estudio sobre el problema del partido revolucionario del proletariado.

Esa cuestión es, recordémoslo, una de las más importantes del movimiento obrero revolucionario. Fue la que opuso a Marx y los marxistas a los anarquistas, a ciertas tendencias socialistas-democráticas y, después, a las tendencias sindicalistas-revolucionarias. Fue central en las preocupaciones de Marx, el cual sobre todo mantuvo una actitud crítica hacia los diferentes órganos que se nombraron partidos “obreros”, “socialistas”, Internacionales y demás. Marx, aunque participó activamente en ciertos momentos en la vida de algunos de esos organismos, no los consideró nunca de otra manera que como grupos políticos en cuyo seno, según la frase del Manifiesto, los comunistas pueden aparecer como “vanguardia del proletariado”. El objetivo de los comunistas era animar a esos organismos a llevar sus acciones lo más lejos posible y mantener en su seno la plena posibilidad de crítica y de organización autónoma. Después sería la escisión en el partido obrero socialdemócrata ruso entre las tendencias menchevique y bolchevique en torno a la idea desarrollada por Lenin en ¿Qué hacer? Luego, el problema que opuso en los grupos marxistas que habían roto con la socialdemocracia, Raden-kommunisten y el KAPD en la IIIª Internacional. Y es también en ese ámbito del pensamiento en el que se inscribe la divergencia entre el grupo de Bordiga, por un lado, y Lenin por otro, sobre la política de “frente único” preconizada por Lenin y Trotski y adoptada por la Internacional Comunista. Y fue sobre ese problema en el que se produjo una de las divergencias esenciales entre los diferentes grupos de la oposición: entre los “trotskistas” y los “bordiguistas” y fue ese problema la base de las discusiones de todos los grupos de aquel entonces.

Debemos, hoy, volver a hacer un examen crítico de todas esas expresiones del movimiento obrero revolucionario. Debemos extraer de su evolución – es decir en la manifestación de diferentes corrientes de ideas al respecto – una corriente que, a nuestro parecer, exprese de la mejor manera la actitud revolucionaria, e intentar plantear el problema para el futuro movimiento obrero revolucionario.

Debemos también reconsiderar de manera crítica los enfoques desde los que se ha abordado tal problema, ver lo que hay de permanente en la expresión revolucionaria del proletariado, pero también lo que está superado y los nuevos problemas que se plantean.

Es evidente que un trabajo así no podrá dar fruto si no se discute entre grupos y dentro de los grupos que se proponen reconstruir un nuevo movimiento obrero revolucionario.

Este estudio que presentamos aquí es pues una participación en esa discusión; es su preocupación y no tiene otra pretensión, aunque se presente en forma de tesis. Tiene sobre todo el objetivo de suscitar la discusión y la crítica, más que de aportar soluciones definitivas. Es un trabajo de investigación que busca menos el simple asentimiento o el rechazo y más animar a que surjan otros trabajos de este tipo.

La preocupación esencial de este trabajo es “la manifestación de la conciencia revolucionaria” del proletariado. Pero hay muchos problemas contenidos en lo que se refiere al partido y que sólo serán esbozados: problemas organizativos, problemas sobre las relaciones entre el partido y organismos como los consejos obreros, problemas sobre la actitud de los revolucionarios ante la constitución de varios grupos que reivindican el partido revolucionario y laboran en su construcción, problemas que plantean las tareas pre y postrevolucionarias, etc…

Es conveniente pues que los militantes que hayan comprendido que la tarea del momento es examinar esos diferentes problemas intervengan activamente en esta discusión, ya sea por medio de sus propios periódicos o boletines, ya sea en este boletín, para quienes no dispongan por ahora de un medio de expresión de ese tipo.

El papel decisivo de la conciencia para la revolución proletaria
[junio de 1948]

1. La idea de la necesidad de un organismo político activo del proletariado, para la revolución social, parecía ser algo adquirido en el movimiento obrero socialista.

Es cierto que los anarquistas siempre han estado en contra del contenido “político” dado a ese organismo. Pero esa condena viene de que entienden el término de la acción política en un sentido muy estrecho, sinónimo, para ellos, de acción por reformas legislativas: participación en las elecciones et en el parlamento burgués, etc... Pero ni los anarquistas, ni ninguna otra corriente del movimiento obrero niegan la necesidad del agrupamiento de los revolucionarios socialistas en asociaciones que, por la acción y la propaganda, se dan la tarea de intervenir y orientar la lucha de los obreros. Ahora bien, todo agrupamiento que se dé la tarea de orientar en cierta dirección las luchas sociales es un agrupamiento político.

En ese sentido, la lucha de ideas en torno al carácter político o no político que deben tener esas organizaciones sólo son palabras que ocultan, por debajo de las generalidades, unas divergencias concretas sobre la orientación, los fines que alcanzar y los medios para lograrlo. En otras palabras, se trata de divergencias precisamente políticas.

Si hoy vuelven a surgir tendencias que ponen en entredicho la necesidad de un órgano político para el proletariado, se debe a la degeneración y el paso al servicio del capitalismo de los partidos que fueron antaño organizaciones del proletariado, o sea los partidos socialistas y comunistas. Las palabras ‘político’ y ‘partidos políticos’ están sufriendo actualmente un desprestigio incluso en los medios burgueses. Sin embargo, lo que ha desembocado en quiebras estrepitosas no es la política, sino ciertas políticas. La política no es otra cosa que la orientación que se dan los humanos en su vida social; dar la espalda a esa acción es renunciar a querer orientar la vida social y, por consiguiente, querer transformarla, es soportar y aceptar la sociedad tal como es hoy.

2. La noción de clase es esencialmente una noción histórico-política, y no una simple clasificación económica. Económicamente, todos los hombres forman parte de un único y mismo sistema de producción en un período histórico determinado. La división basada en las posiciones distintas que los hombres ocupan en un mismo sistema de producción y distribución y que no sobrepasa el marco de ese sistema, no puede ser el postulado de la necesidad histórica de la superación de dicho sistema. La división en categorías económicas no es, en ese caso, sino un elemento de la contradicción interna constante que se desarrolla con tal sistema, pero que queda circunscrita dentro de sus límites. La oposición histórica es, en cierto modo, exterior, en el sentido de que se opone al sistema entero como un todo, y esa oposición se concreta en la destrucción del sistema social existente y su sustitución por otro basado en un nuevo modo de producción. La clase es la personificación de esa oposición histórica a la vez que también es la fuerza social humana que la realiza.

El proletariado no existe como clase en el pleno sentido de la palabra sino es en la orientación que da a sus luchas, no para mejorar sus condiciones de vida dentro del sistema capitalista, sino en su oposición al orden social existente. El paso de la categoría a la clase, de la lucha económica a la lucha política, no es un proceso evolutivo, no es un desarrollo continuo inherente, o sea que la oposición histórica de clase surgiría de manera automática y natural tras haber estado largo tiempo contenida en la posición económica de los obreros. Entre una y otra se realiza un salto dialéctico que consiste en la toma de conciencia de la necesidad histórica de la desaparición del sistema capitalista. Tal necesidad histórica coincide con la aspiración del proletariado a liberarse de su condición de explotado, una aspiración que contiene tal necesidad.

3. La condición fundamental determinante de todas las transformaciones sociales en la historia ha sido el desarrollo de las fuerzas productivas que acaban por volverse incompatibles con la estructura demasiado estrecha de la antigua sociedad. Y también el capitalismo, incapaz de dominar durante más tiempo las fuerzas productivas que ha desarrollado, revela su propio fin y la razón de su hundimiento, aportando así la condición y la justificación histórica de su superación por el socialismo.

Pero excepto esa condición, las diferencias en el desarrollo entre les revoluciones precedentes (incluida la revolución burguesa) y la revolución socialista, son fundamentales y requieren un estudio profundizado por parte de la clase revolucionaria.

En la revolución burguesa, por ejemplo, la condición del desarrollo de unas fuerzas de producción incompatibles con el feudalismo, seguía siendo un sistema de propiedad de clase poseedora. Por eso es por lo que el capitalismo desarrolló económicamente sus bases con lentitud y durante largo tiempo dentro del mundo feudal. La revolución política sigue la realidad económica y la consagra. Por eso también, a la burguesía no le es imprescindible una conciencia del movimiento económico y social. Es la presión de las leyes del desarrollo económico la que actúa como fuerza ciega de la naturaleza sobre la burguesía determinando su voluntad. Su conciencia queda como factor de segundo plano, retrasada respecto a los hechos. Es más una constatación que una orientación. La revolución burguesa se inscribe en la prehistoria de la humanidad en la que las fuerzas productivas todavía poco desarrolladas dominan a los hombres.

El socialismo, al contrario, se basa en un desarrollo de las fuerzas productivas incompatible con toda propiedad individual o social de una clase. Por eso el socialismo no puede sentar sus bases económicas en el seno de la sociedad capitalista. La revolución política es el primer requisito para una orientación socialista de la economía y de la sociedad. Por eso también, el socialismo solo puede realizarse con la conciencia de los objetivos del movimiento, conciencia de los medios de su realización y voluntad consciente de la acción. La conciencia socialista precede y condiciona la acción revolucionaria de la clase. La revolución socialista es el inicio de la historia en la que el hombre dominará unas fuerzas productivas que ya ha desarrollado poderosamente y es precisamente ese dominio el objetivo de la revolución socialista.

4. Por esa razón, todos los intentos por asentar el socialismo en realizaciones obtenidas en el seno de la sociedad capitalista están, por la naturaleza misma del socialismo, abocadas al fracaso. El socialismo exige en el tiempo, un desarrollo avanzado de las fuerzas productivas y por espacio, la Tierra entera, y como requisito primordial la voluntad consciente de los hombres. La demonstración experimental del socialismo en el seno de la sociedad capitalista no puede ir, en el mejor de los casos, más allá de la utopía. Y la persistencia en esa vía lleva de la utopía a una posición de conservación y de reforzamiento del capitalismo[3]. El socialismo en régimen capitalista no puede ser más que una demonstración teórica, su concreción sólo puede tener la forma de una fuerza ideológica, su realización no puede ser sino la lucha revolucionaria del proletariado contra el orden social existente.

Y puesto que la existencia del socialismo sólo puede plasmarse ante todo en la conciencia socialista, la clase que lo lleva en sí y lo personifica sólo tiene existencia histórica gracias a esa conciencia. La formación del proletariado como clase histórica es, ni más ni menos que la formación de su conciencia socialista. Son dos aspectos de un mismo proceso histórico inconcebibles por separado al ser inexistentes el uno sin el otro.

La conciencia socialista no se deriva de la posición económica de los obreros, no es el reflejo de su condición de asalariados. Por esa razón, la conciencia socialista no se forja simultánea ni espontáneamente en el cerebro de todos los obreros ni únicamente en sus cerebros. El socialismo como ideología aparece separada y paralelamente a las luchas económicas de los obreros, ambas cosas no se engendran una a la otra aunque se influyan mutuamente y se condicionen en su desarrollo, ambas cosas tienen sus raíces en el desarrollo histórico de la sociedad capitalista.

La formación del partido de clase en la historia

5. Si los obreros se transforman en “clase por sí misma y para sí misma” (según la expresión de Marx y Engels) únicamente mediante la toma de conciencia socialista, puede decirse que el proceso de constitución de la clase se identifica con el proceso de formación de los grupos de militantes revolucionarios socialistas. El partido del proletariado no es una selección, menos todavía una “delegación” de la clase, sino el modo de existencia y de vida de la clase misma. Del mismo modo que no se puede captar la materia sin el movimiento, tampoco puede comprenderse la clase sin su tendencia a constituirse en organismos políticos. “La organización del proletariado en clase, o sea en partido político” (Manifiesto Comunista) no es una fórmula casual sino que expresa el pensamiento profundo de Marx-Engels. Un siglo de experiencia ha confirmado con creces la validez de esta manera de concebir la noción de clase.

6. La conciencia socialista no se produce por generación espontánea sino que se reproduce sin cesar y, en cuanto surge, se convierte en la oposición al mundo capitalista existente, el principio activo determinante y acelerador, en la acción y por la acción, del propio desarrollo. Sin embargo, ese desarrollo está condicionando y limitado por el desarrollo de las contradicciones del capitalismo. En este sentido, la tesis de Lenin de que el partido “inyecta la conciencia socialista a los obreros” en oposición a la tesis de Rosa [Luxemburg] de la “espontaneidad” de la toma de conciencia que se realiza durante un movimiento que partiendo de la lucha económica desemboca en la lucha socialista revolucionaria, es sin duda más más exacta. La tesis de la “espontaneidad”, de apariencias democráticas, expresa, en el fondo, una tendencia mecanicista de un determinismo económico riguroso. Parte de una relación de causa a efecto: la conciencia socialista sólo sería la resultante, el efecto de un primer movimiento, o sea, la lucha económica de los obreros que la engendraría. Sería de una naturaleza básicamente pasiva con relación a las luchas económicas, las cuales serían el elemento activo. La idea de Lenin restituye a la conciencia socialista y al partido que la materializa su carácter de factor y de principio esencialmente activos. Esa idea no separa la conciencia de la vida, sino que la incluye en ella y en el movimiento.

7. La dificultad fundamental de la revolución socialista estriba en la situación compleja y contradictoria siguiente: por un lado la revolución sólo puede llevarse a cabo mediante la acción consciente de la gran mayoría de la clase obrera, y, por otro, esa toma de conciencia choca contra las condiciones a que son sometidos los obreros en la sociedad capitalista, condiciones que destruyen e impiden constantemente que los obreros tomen conciencia de su misión histórica revolucionaria. Esta dificultad no puede en ningún caso superarse únicamente mediante la propaganda teórica independientemente de la coyuntura histórica. Pero, menos todavía que mediante la propaganda pura, esa dificultad tampoco se solucionaría mediante las luchas económicas de los obreros. Las luchas de los obreros contra las condiciones de explotación capitalista dejadas a su propio desarrollo interno, podrán llevar, en el mejor de los casos, a explosiones de rebeldía, o sea, a reacciones negativas totalmente insuficientes para sus acciones positivas de transformación social, sólo posibles si posee la conciencia de la finalidad del movimiento. Ese factor sólo puede ser el elemento político de la clase que extrae su substancia teórica, no de lo contingente y lo particular de la posición económica de los obreros, sino de las posibilidades y necesidades históricas. Sólo la intervención de ese factor permite a la clase pasar de la reacción negativa a la acción positiva, de la revuelta a la revolución.

8. Sería totalmente erróneo, sin embargo, querer poner a esos órganos, expresiones de la conciencia y de la existencia de la clase, en el lugar de la propia clase, no considerando a ésta sino como una masa informe destinada a servir de material a esos órganos políticos. Eso equivaldría a proponer una idea militarista en lugar de la idea revolucionaria de la relación entre conciencia y ser, entre partido y clase. La función histórica del partido no es la de ser un estado mayor que dirige la acción de la clase vista como un ejército, ignorante, como tal, del objetivo final, de los objetivos inmediatos de las operaciones, y del movimiento de conjunto de las maniobras. La revolución socialista no tiene nada que ver con la acción militar. Su realización está condicionada por la conciencia que los propios obreros tienen al tomar sus decisiones y sus propias acciones.

El partido no actúa pues en lugar de la clase. No exige la “confianza” al estilo burgués de la palabra, o sea el ser una delegación a la que se le confía la suerte y el destino de la sociedad. Tiene únicamente la función histórica de actuar para que la clase pueda adquirir por sí misma la conciencia de su misión, de sus fines y medios que son la base de su acción revolucionaria.

9. Debe combatirse esa idea de partido “estado mayor”, que actúa por cuenta y en lugar de la clase; debe también rechazarse, con el mismo empeño, esa otra idea de que, basándose en que “la emancipación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores” (Llamamiento inaugural de la Primera Internacional) pretende negar el papel del militante y del partido revolucionario. Con el pretexto muy encomiable de no imponer su voluntad a los obreros, esos militantes se inhiben de su tarea, huyen de su propia responsabilidad poniendo a los revolucionarios a la cola del movimiento obrero.

Aquéllos se ponen fuera de la clase, negándola y poniéndose en su lugar, éstos también se colocan fuera de ella, negando la función propia de la organización de clase que es el partido, negándose como factor revolucionario y autoexcluyéndose con la prohibición que imponen a su propia acción.

10. Una idea correcta de las condiciones de la revolución socialista debe partir de los elementos siguientes, englobándolos:

  1. Si el socialismo es una necesidad, lo es porque el desarrollo alcanzado por las fuerzas de producción ya no es compatible con una sociedad dividida en clases.
  2. Esta necesidad sólo puede hacerse realidad gracias a la voluntad y la acción consciente de la clase oprimida, cuya liberación social se confunde con la liberación de la humanidad de su alienación de las fuerzas de producción a las que está sometida hasta hoy.
  3. Al ser el socialismo a la vez necesidad objetiva y voluntad subjetiva, no puede expresarse sino en la acción revolucionaria consciente de su finalidad.
  4. La acción revolucionaria es inconcebible fuera de un programa revolucionario. Y la elaboración del programa es inseparable de la acción. Y al ser el partido revolucionario un “cuerpo de doctrina y una voluntad de acción” (Bordiga) es la plasmación más acabada de la conciencia socialista y el elemento fundamental de su realización.

11. La tendencia a la constitución del partido del proletariado existe desde el nacimiento de la sociedad capitalista. Pero mientras las condiciones históricas para el socialismo no estaban lo bastante desarrolladas, la ideología del proletariado y la construcción del partido permanecieron en estado embrionario. Será con la “Liga de los Comunistas” cuando aparecerá por vez primera una forma acabada de organización política del proletariado.

Cuando se observa de cerca cómo se formaron los partidos de clase, aparece de inmediato que la organización en partido no sigue una progresión constante, sino que, al contrario, hubo períodos de gran desarrollo alternándose con otros durante los cuales desaparecía el partido. La existencia del partido no parece así depender únicamente de la voluntad de los individuos que lo componen. Son las situaciones objetivas las que condicionan su existencia. Al ser el partido sobre todo un organismo de acción revolucionaria de la clase, sólo puede existir en situaciones en las que emerge la acción de la clase. Sin condiciones para la acción de clase de los obreros (estabilidad económica y política del capitalismo, o tras profundas derrotas de las luchas obreras), el partido no puede subsistir. Se disloca orgánicamente o, si no, se ve obligado, para mantenerse, o sea para ejercer una influencia, a adaptarse a las nuevas condiciones que niegan la acción revolucionaria, y entonces el partido acaba teniendo, inevitablemente, un contenido nuevo. Se hace conformista, o sea que deja de ser el partido de la revolución.

Marx, mejor que nadie, comprendió los condicionantes de la existencia del partido. En dos ocasiones fue el artífice de la disolución de la gran organización, en 1851, tras la derrota de la revolución y el triunfo de la reacción en Europa, y una segunda vez en 1873 tras la derrota de la Comuna de París, se pronunció sin rodeos por la disolución. La primera vez se trataba de la Liga de los Comunistas; la segunda, de la Iª Internacional.

La tarea del momento para los militantes revolucionarios

12. La experiencia de la IIª internacional confirma que es imposible que el proletariado mantenga su partido en un período prolongado de una situación no revolucionaria. Lo que puso de relieve la participación final de los partidos de la IIª internacional en la guerra imperialista de 1914, fue el largo período de corrupción de la organización. La permeabilidad y la penetración, siempre posibles, de la organización política del proletariado por la ideología de la clase capitalista imperante, toman, en períodos prolongados de estancamiento y de reflujo de la lucha de clases, una amplitud tal que la ideología de la burguesía acaba sustituyendo la del proletariado, vaciándose el partido inevitablemente de su contenido de clase original para acabar siendo instrumento de clase del enemigo.

La historia de los partidos comunistas de la IIIª internacional demostró nuevamente lo imposible que es salvaguardar el partido en un período de reflujo revolucionario acabando por degenerar en un período así.

13. Por esas razones, la formación de partidos, la de una Internacional por los trotskistas en 1935 y la formación reciente de un partido Comunista Internacionalista en Italia, además de ser formaciones artificiales, no pueden ser sino proyectos de confusión y de oportunismo. En lugar de ser momentos de la constitución del futuro partido de clase, son obstáculos que lo desprestigian por lo caricaturesco del empeño. Lejos de expresar una maduración de la conciencia y una superación del viejo programa que esas formaciones han transformado en dogmas, lo único que hacen es reproducir el antiguo programa haciéndose prisioneras de esos dogmas. No es de extrañar que esas formaciones retomen las posiciones atrasadas y superadas del antiguo partido agravándolas incluso, tales como la táctica du parlamentarismo, sindicalismo, etc...

14. La ruptura de la existencia organizativa del partido no significa, sin embargo, ruptura en el desarrollo de la ideología de clase. Los reflujos revolucionarios significan en primer lugar, inmadurez del programa revolucionario. La derrota es la señal de que es necesario reexaminar de manera crítica las posiciones programáticas anteriores, y de que es obligatoria su superación en base a la experiencia viva de la lucha.

Esa labor crítica positiva de elaboración programática prosigue en los órganos surgidos del antiguo partido. Forman el elemento activo en el periodo de retroceso para la constitución del futuro partido en un periodo de nuevo empuje revolucionario. Esos organismos son los grupos o fracciones de izquierda salidos del partido tras su disolución organizativa o su alienación ideológica. Así ocurrió con la fracción de Marx en el período entre la disolución de la Liga y la constitución de la Iª Internacional, las corrientes de izquierda en la IIª Internacional (durante la Iª Guerra mundial) que hicieron surgir los nuevos partidos y la Internacional en 1919; y lo mismo con las fracciones de izquierda y los grupos que prosiguieron su labor revolucionaria desde que degeneró la IIIª Internacional. Su existencia y desarrollo son la condición del enriquecimiento del programa de la revolución y de la reconstrucción del partido del mañana.

15. El antiguo partido una vez que ha sido atrapado y ha pasado al servicio de la clase enemiga deja de ser, definitivamente, un ámbito en el que se elabora y avanza el pensamiento revolucionario y en el que pueden formarse militantes del proletariado. Es pues ignorar las bases de la noción de partido el esperar que corrientes procedentes de la socialdemocracia o del estalinismo, puedan servir como elementos de construcción del nuevo partido de clase. Los trotskistas adherentes de los partidos de la IIª Internacional o que prosiguen la práctica hipócrita de infiltración en esos partidos, con el fin de suscitar corrientes “revolucionarias” en esos medios antiproletarios con las que quisieran construir el nuevo partido du proletariado, muestran así que ellos mismos son una corriente muerta, expresión de un movimiento pasado y no del futuro.

De igual modo que el nuevo partido de la revolución no puede constituirse con un programa superado por los acontecimientos, tampoco puede construirse con elementos que se mantienen orgánicamente apegados a organismos que han dejado de pertenecer para siempre a la clase obrera.

16. La historia du movimiento obrero no ha conocido jamás un período más sombrío y un retroceso tan profundo de la conciencia revolucionaria como el período actual. Si ya la explotación económica de los obreros es una condición de lo más insuficiente para la toma de conciencia de su misión histórica, se revela evidente que esta toma de conciencia resulta mucho más difícil que lo que pensaban los militantes revolucionarios. Quizás sería necesario, para que el proletariado pueda recuperarse, que la humanidad tenga que vivir la pesadilla de la tercera guerra mundial y el horror del mundo en caos, de modo que el proletariado se encuentre de manera tangible ante el dilema: morir o salvarse por la revolución, para que así encuentre la condición de su restablecimiento y de su conciencia.

17. No se trata aquí, en el marco de estas tesis, de buscar las condiciones precisas que permitirán la toma de conciencia del proletariado, ni cuáles son los factores para el agrupamiento y la organización unitaria que se dará el proletariado para su combate revolucionario. Lo que sí podemos decir al respecto y que la experiencia de los últimos treinta años nos permite afirmar categóricamente es que ni las reivindicaciones económicas, ni toda la gama de reivindicaciones llamadas “democráticas” (parlamentarismo, derecho de los pueblos a la autodeterminación, etc...) pueden servir de base a la acción histórica del proletariado. Y en cuanto a las formas de organización, aparece con mayor evidencia todavía que no podrán ser los sindicatos, con su estructura vertical, profesional, corporativista. Habrá que arrinconar todas esas formas de organización en el museo de historia pues pertenecen al pasado del movimiento obrero. Y hay que abandonarlas totalmente en la práctica pues son totalmente caducas. Las nuevas organizaciones deberán ser unitarias, o sea englobar la gran mayoría de los obreros y sobrepasar la sectorización particularista de los intereses profesionales. Su base será lo social, su estructura la localidad. Los consejos obreros, tal como surgieron en 1917 en Rusia y en 1918 en Alemania, aparecen como el nuevo tipo de organización unitaria de la clase, es en esos consejos obreros, y no en renovar los sindicatos, donde los obreros encontrarán la forma más idónea de su organización.

Sean cuales sean las formas nuevas de organización unitaria de la clase, no cambian para nada el problema de la necesidad del organismo político que es el partido, ni el papel decisivo que debe desempeñar. Le partido es y será el factor consciente de la acción de clase. Es la fuerza motriz ideológica indispensable para la acción revolucionaria del proletariado. En la acción social desempeña un papel análogo a la energía en la producción. La reconstrucción de ese organismo de clase está condicionada por una tendencia emergente en la clase obrera de ruptura con la ideología capitalista y que, al mismo tiempo, entabla en la práctica una lucha contra el régimen imperante y, a su vez, dicha reconstrucción es requisito para acelerar y profundizar la lucha y condición determinante de su triunfo.

18. No hay que deducir del hecho de que no existan, en el período actual, las condiciones necesarias para construir partido que sea inútil o imposible toda actividad inmediata de los militantes revolucionarios. Entre el “activismo” hueco de los hacedores de partidos y el aislamiento individual, entre aventurerismo y pesimismo estériles, el militante no debe escoger, sino combatirlos como ajenos que son al espíritu revolucionario y dañinos a la causa de la revolución. Combatir igualmente la visión voluntarista de la acción militante que se presenta como el único factor determinante del movimiento de la clase y la idea mecanicista del partido, el cual sería un simple reflejo pasivo del movimiento, el militante debe considerar su acción como uno de los factores que, en interacción con los demás factores, condiciona y determina la acción de la clase. A partir de esa concepción, el militante comprende la necesidad y el valor de su actividad y, al mismo tiempo, el límite de sus posibilidades y de su alcance. Adaptar su actividad a las condiciones de la coyuntura actual es la única manera de hacerla eficaz y fecunda.

19. La voluntad de construir, a toda prisa y a cualquier precio, el nuevo partido de clase, a pesar de lo desfavorables que son las condiciones objetivas e intentando forzarlas, es a la vez voluntarismo aventurista e infantil y apreciación errónea de la situación y de sus perspectivas inmediatas, y, al fin y al cabo, es desconocer por completo lo que significa partido y las relaciones entre partido y clase. Por eso todas esas tentativas están llamadas a fracasar, no logrando, en el mejor de los casos, más que fabricar agrupamientos oportunistas que siguen los pasos a los grandes partidos de la IIª y IIIª Internacionales. La única razón que justifica entonces su existencia ya sólo es el desarrollo en su seno de un espíritu de camarilla y de secta.

Así, todas esas organizaciones no sólo son, en el mejor de los casos, arrastradas por su “activismo” inmediato en el engranaje del oportunismo, sino que además engendran, en el peor de los casos, la mentalidad obtusa típica de las sectas, el patriotismo pueblerino, un apego asustadizo y supersticioso hacia sus “jefes”, una reproducción caricaturesca del juego de las grandes organizaciones, el endiosamiento de las reglas de la organización y la sumisión a una disciplina “libremente consentida” tanto más tiránica e intolerable cuanto menor es la cantidad.

En su doble conclusión, la construcción artificial y prematura del partido acaba negando la construcción del organismo político de la clase, destruyendo a sus dirigentes y, en plazo más o menos breve pero seguro, perdiendo en la nada a unos militantes agotados, completamente desmoralizados.

20. La desaparición del partido, ya sea a causa de su reducción drástica o de su desmoronamiento organizativo, como así ocurrió con la Iª Internacional, ya sea por su paso al servicio del capitalismo como así fue con los partidos de la IIª y IIIª Internacionales, expresa, en uno u otro caso, el final de un período en la lucha revolucionaria del proletariado. La desaparición del partido es entonces inevitable y ningún voluntarismo o presencia de un jefe más o menos genial podría impedirla.

Marx y Engels presenciaron en dos ocasiones cómo se rompía y moría la organización del proletariado en cuya vida habían participado de manera preponderante. Lenin y Luxemburgo tuvieron que asistir, sin poder evitarla, a la traición de los grandes partidos socialdemócratas. Trotski y Bordiga no pudieron evitar en nada la degeneración de los partidos comunistas y su transformación en máquinas monstruosas del capitalismo que desde entonces hoy conocemos.

Esos ejemplos no nos enseñan ni mucho menos la inutilidad del partido como lo pretende un análisis superficial y fatalista, sino sencillamente que la necesidad de partido de clase no existe sobre una línea uniformemente continua y ascendente, que su existencia misma no es siempre posible, que su desarrollo y pervivencia están estrechamente vinculados a la lucha de clase del proletariado, que lo ha hecho surgir y que el partido expresa. De ahí que la lucha de los militantes revolucionarios en el partido en su período de degeneración y antes de su muerte como partido obrero tiene sentido, pero no el sentido vulgar que le dieron las diversas oposiciones trotskistas. Para éstas se trataba de enderezar y para ello lo que se necesitaba ante todo era que la organización y su unidad no se pusieran en peligro. Para ellos se trataba de mantener la organización en su esplendor pasado cuando precisamente las condiciones objetivas no lo permitían, de modo que la tal grandeza de la organización no podía mantenerse sin alterar cada día más su naturaleza revolucionaria y de clase. Buscaban en medidas organizativas los remedios para salvar la organización, sin entender que el desmoronamiento organizativo es siempre la expresión y el reflejo de un período de reflujo revolucionario. Y suele ser a veces la mejor solución para sobrevivir, pues lo que de verdad debían salvar los revolucionarios no era tanto la organización sino la ideología de la clase que corría el riesgo de acompañar a la organización en su desmoronamiento.

Al no comprender las causas objetivas de la inevitable pérdida del antiguo partido, no podía entenderse la tarea de los militantes en este período. Del fracaso en salvaguardar para la clase el antiguo partido, se concluía que había que construir ya un nuevo partido. A la incomprensión se le añadía así el aventurismo, todo ello basado en un concepto voluntarista del partido.

Un estudio correcto de la realidad da a entender que la muerte del antiguo partido hace precisamente imposible en lo inmediato construir un nuevo partido; la realidad muestra que en el período actual no existen las condiciones necesarias para la existencia del partido, viejo o nuevo.

En este período, sólo pueden subsistir pequeños grupos revolucionarios que aseguren una solución de continuidad menos organizativa que ideológica, que condense en su seno la experiencia pasada del movimiento y de la lucha de nuestra clase, que sea el vínculo entre el partido de ayer y el de mañana, entre la cumbre de la lucha y de la madurez de la conciencia de clase en la oleada pasada y su superación en la nueva marea del futuro. La vida ideológica de la clase continúa en esos grupos, con la autocrítica de sus luchas, el reexamen crítico de sus ideas anteriores, la elaboración de su programa, la maduración de su conciencia y la formación de nuevos dirigentes para los militantes de la próxima etapa del asalto revolucionario.

21. El período actual en que vivimos es el producto, por un lado, de la derrota de la primera y grandiosa oleada revolucionaria del proletariado internacional que puso fin a la Primera Guerra imperialista, que alcanzó su cumbre en la revolución de Octubre de 1917 en Rusia y en el movimiento espartaquista de 1918-19, y por otro lado de las profundas transformaciones en la estructura económico-política del capitalismo que evoluciona hacia su forma última y decadente, el capitalismo de Estado. Existe, además, un vínculo entre esa evolución del capitalismo y la derrota de la revolución.

A pesar de su heroica combatividad, a pesar de la crisis permanente e insuperable del sistema capitalista y la agravación enorme y creciente de las condiciones de vida de los obreros, el proletariado y su vanguardia no pudieron resistir a la contraofensiva del capitalismo. No encontraron frente a ellos al capitalismo clásico, sorprendidos por sus transformaciones que planteaban problemas para los que no estaban preparados ni teórica ni políticamente. El proletariado y su vanguardia que, durante largo tiempo y corrientemente, habían identificado capitalismo y posesión privada de medios de producción, socialismo y estatalización, se encontraron perdidos y desamparados ante las tendencias del capitalismo moderno a la concentración estatal de la economía y su planificación. En su gran mayoría, los obreros se han dejado embarcar en la idea de que esa evolución significa transformación original de la sociedad del capitalismo hacia el socialismo. Se asociaron a esa labor, abandonaron su misión histórica convirtiéndose en los artesanos más seguros de la conservación de la sociedad capitalista.

Esas son las razones históricas que dan al proletariado su fisionomía actual. Mientras prevalezcan esas condiciones, mientras la ideología de capitalismo de Estado domine el cerebro de los obreros, ninguna posibilidad hay de reconstruir el partido de clase. El proletariado deberá atravesar los cataclismos sangrientos que jalonan esta fase de capitalismo de Estado para lograr comprender el enorme abismo que separa el socialismo liberador del monstruoso régimen estatal actual, será entonces cuando haga surgir en su seno una tendencia creciente a separarse de esta ideología que lo encarcela y lo aniquila, cuando el camino volverá a abrirse a “la organización del proletariado en clase, o sea en partido político”. Y el proletariado podrá franquear esa etapa con mayor rapidez y facilidad si los núcleos revolucionarios han sabido hacer el esfuerzo teórico necesario para responder a los problemas nuevos planteados por el capitalismo de Estado y ayudar al proletariado a volver a encontrar su solución de clase y los medios para llevarla a cabo.

22. En el período actual, los militantes revolucionarios sólo pueden subsistir formando pequeños grupos que se dedican a una labor paciente de propaganda forzosamente limitada en su amplitud, y, al mismo tiempo, un esfuerzo obstinado de investigación y clarificación teóricas.

Esos grupos desempeñarán su tarea buscando contactos con otros grupos en el plano nacional e internacional, con el criterio de las fronteras de clase. Solo esos contactos y su multiplicación para confrontar posiciones y esclarecer los problemas permitirán a grupos y militantes resistir física y políticamente a la terrible presión del capitalismo en el período actual y permitir que todos los esfuerzos sean una contribución real a la lucha emancipadora del proletariado.

El partido del mañana

23. El partido no podrá ser una simple reproducción del de ayer. No podrá reconstruirse siguiendo un modelo ideal sacado del pasado. Al igual que su programa, su estructura orgánica y la relación que se establece entre él y el conjunto de la clase se basan en una síntesis de la experiencia pasada y de las nuevas condiciones más avanzadas de la etapa actual. El partido sigue la evolución de la lucha de clases y a cada etapa de la historia de esa lucha le corresponde un tipo propio de órgano político del proletariado.

En los albores del capitalismo moderno, en la primera mitad del siglo XIX, con una clase obrera todavía en formación, luchando todavía local y esporádicamente sólo podía hacer surgir escuelas doctrinarias, sectas y ligas. La Liga de los Comunistas fue la expresión más avanzada de aquel período y junto con su Manifiesto y su llamamiento de “proletarios de todos los países, uníos”, anunciaba el período siguiente.

La Iª Internacional correspondió a la entrada efectiva del proletariado en la escena de las luchas sociales y políticas en los principales países de Europa. Por eso agrupó a todas las fuerzas organizadas de la clase obrera, sus tendencias ideológicas más diversas. La Iª Internacional reunió a la vez a todas las corrientes y todos los aspectos de la lucha obrera del momento: económicos, educativos, políticos y teóricos. Fue lo más elevado en la organización unitaria de la clase obrera, en toda su diversidad.

La IIª Internacional marcó la etapa de diferenciación entre la lucha económica de los asalariados y la lucha política social. En aquel período de pleno florecimiento de la sociedad capitalista, la IIª Internacional fue la organización de la lucha por reformas y conquistas políticas, representó la afirmación política del proletariado, al mismo tiempo que determinó una etapa superior en la delimitación ideológica en el seno del proletariado, precisando y elaborando las bases teóricas de su misión histórica revolucionaria.

La Iª Guerra mundial significó la crisis histórica del capitalismo y la apertura de su fase de declive. La revolución socialista pasó desde entonces del plano de la teoría al de la demonstración práctica. Al calor de los acontecimientos, el proletariado se vio en cierto modo forzado a construir a toda prisa su organización revolucionaria de combate. Los aportes programáticos monumentales de los primeros años de la IIIª Internacional fueron sin embargo insuficientes ante la inmensidad de problemas que resolver planteados por la fase postrera del capitalismo y su transición revolucionaria. Al mismo tiempo, la experiencia demostró rápidamente la inmadurez ideológica general del conjunto de la clase. Ante esos dos escollos y bajo la presión de las necesidades que surgían de lo que estaba ocurriendo y de la rapidez de los acontecimientos, la IIIª Internacional se vio en la tesitura de responder a todo ello con medidas organizativas: la disciplina férrea de los militantes, etc.

Lo organizativo debía compensar lo inacabado del programa y el partido la inmadurez de la clase, todo lo cual acabó dando el resultado de que el partido sustituyó la acción de la clase misma, alterándose la noción misma de partido y de sus relaciones con la clase.

24. Tras esa experiencia, el futuro partido deberá basarse en la rehabilitación de la siguiente certeza: por mucho que la revolución tenga un problema de organización no por ello la revolución es un problema de organización. La revolución es ante todo un problema ideológico de maduración de la conciencia en las más amplias masas del proletariado.

Ninguna organización, ningún partido puede sustituir a la clase misma, pues más que nunca sigue siendo cierto que “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”. El partido, cristalización de la conciencia de la clase, no es ni diferente ni sinónimo de la clase. El partido es necesariamente una pequeña minoría; su ambición no es conseguir la mayor fuerza numérica. En ningún momento podrá ni separarse ni sustituir la acción viviente de la clase. Su función es la inspiración ideológica durante el movimiento y la acción de la clase.

25. Durante el período insurreccional de la revolución, el papel del partido no es revindicar el poder para sí, ni pedir a las masas que le den “confianza”. Interviene y desarrolla su actividad con vistas a la movilización propia de la clase en cuyo seno tiende a hacer triunfar los principios y los medios de acción revolucionarios.

La movilización de la clase en torno al partido al que “confía” la dirección (más bien la abandona), es una idea que refleja una inmadurez de la clase. La experiencia ha demostrado que en esas condiciones, la revolución no podrá finalmente triunfar, acabando por degenerar rápidamente y desembocando en divorcio entre clase y partido. Este se ve rápidamente obligado a recurrir a medios coercitivos para imponerse a la clase convirtiéndose así en obstáculo temible en el avance de la revolución.

Le partido no es un órgano de dirección ni de ejecución, pues esas funciones pertenecen plenamente a la organización unitaria de la clase. Si los militantes del partido, participan en esas funciones, lo hacen como miembros que son de la gran comunidad del proletariado.

26. En el período posrevolucionario, el de la dictadura del proletariado, el partido no es el partido único, clásico de los regímenes totalitarios, partido único que se caracteriza por su identificación y asimilación con el poder estatal cuyo monopolio posee. El partido de clase del proletariado, al contrario, se caracteriza porque se distingue del Estado del cual es la antítesis histórica. El partido único totalitario tiende a hincharse incorporando a millones de individuos para hacer de ellos el dispositivo físico de su dominación y opresión. El partido del proletariado, al contrario, por su naturaleza sigue siendo una selección ideológica severa, sus militantes no tienen ventajas que conquistar o defender. Su único privilegio es ser únicamente los combatientes más clarividentes y entregados a la causa revolucionaria. El partido no busca incorporar en su seno a grandes masas, pues a medida que su ideología será la de las grandes masas, la necesidad de su existencia tenderá a desaparecer y la hora de su disolución empezará a sonar.

Régimen interior del partido

27. Todo lo que concierne las reglas de organización, que son el régimen interior del partido, ocupan un lugar tan decisivo como su contenido programático. La experiencia pasada, y especialmente la de los partidos de la IIIª Internacional demostró que la concepción del partido es un todo unitario. Las reglas organizativas son un aspecto y una expresión de tal concepción. No hay problema de organización separado de la idea que uno se hace de su papel y de la función del partido y de la relación de éste con la clase. Ninguna de esas cuestiones existe por sí sola, sino que son elementos constitutivos y expresivos de un todo.

Los partidos de la IIIª Internacional tenían las reglas o regímenes interiores que tenían porque se formaron en una época de inmadurez evidente de la clase, lo que los condujo a sustituir la clase por el partido, la conciencia por la organización, la convicción por la disciplina.

Las reglas organizativas del futuro partido deberán pues serlo en función de una idea inversa del papel del partido, en una etapa más avanzada de la lucha, que se basará en una mayor madurez ideológica de la clase.

28. La cuestión del centralismo democrático u orgánico que ocupó un lugar preponderante en la IIIª Internacional habrá de perder su intensidad para el futuro partido. Cuando la acción de la clase se basaba en la acción del partido, lo que necesariamente predominaba en él era la búsqueda de la máxima eficacia práctica, la cual, por otra parte, sólo podía dar soluciones fragmentarias.

La eficacia de la acción del partido no estriba en su acción práctica de dirección y de ejecución, sino en su acción ideológica. La fuerza del partido no se basa, por lo tanto, en la sumisión disciplinaria de los militantes sino en su conocimiento, su mayor desarrollo ideológico posible, sus convicciones más firmes.

Las reglas de la organización no se derivan de nociones abstractas, elevadas a alturas de principios inmanentes e inmutables, democracia o centralismo. Esos principios están vacíos de sentido. Si la regla de la toma de decisiones por mayoría (democracia) parece ser, a defecto de otra, la más apropiada, la regla que debe mantenerse, eso no significa en absoluto que por definición la mayoría posea la virtud del monopolio de la verdad y de las posiciones justas. Las posiciones justas se derivan del mayor conocimiento del objeto, de la mayor profundización y la comprensión más ceñida de la realidad.

Por eso, las reglas internas de la organización lo son en función del objetivo que se da y que es el del partido. Sea cual sea la eficacia de su acción práctica inmediata, que puede darle el ejercicio de una mayor disciplina, es en cualquier caso menos importante que el máximo desarrollo posible del pensamiento de sus militantes y por consiguiente le está subordinada.

Mientras el partido sea el crisol en el que se elabora la ideología de la clase, su regla es no sólo la mayor libertad de ideas y de divergencias dentro del marco de sus principios programáticos, sino que además su base es favorecer y mantener sin descanso la llama del pensamiento, proporcionando los medios para la discusión y la confrontación de ideas y de tendencias en su seno.

29. Vistas así las cosas, nada es más ajeno a la idea del partido que esa monstruosa concepción de un partido homogéneo monolítico y monopolista.

Que existan tendencias y fracciones en el partido no se debe a que “se toleran”, ni es un derecho que pueda otorgarse y, por lo tanto, someterse a discusión. Al contrario, la existencia de corrientes en el partido – en el marco de los principios adquiridos y verificados – es una de las expresiones de lo más sano que pueda ser el partido.

Marco, Junio de 1948

[1] Seguimos hoy compartiendo el fondo de las ideas presentadas en el texto e incluso a veces las apoyamos en su letra. Así es, en particular, con el papel político fundamental e irremplazable del partido del proletariado para la victoria de la revolución, pero la expresión siguiente del texto: "Dejadas a su desarrollo interno, las luchas de los obreros contra las condiciones de explotación capitalista pueden desembocar, en el mejor de los casos, en revueltas explosivas", no permite describir la dinámica del desarrollo de la lucha de clases y de las relaciones entre la clase y el partido: En efecto, el papel de los revolucionarios debe precisarse aquí. No es el de aportar la conciencia a los obreros, sino profundizar y acelerar su desarrollo en la clase. Los lectores podrán conocer mejor nuestra posición sobre ese tema en los artículos siguientes: "1905: la huelga de masas abre la puerta a la revolución proletaria” en http://es.internationalism.org/book/export/html/1225 ; “Sobre organización: ¿Nos habremos vuelto leninistas?” en los números 96 y 97 de la Revista internacional ; “1903-1904: el nacimiento del bolchevismo (III): la polémica entre Lenin y Rosa Luxemburg” en la Revista internacional no 118 http://es.internationalism.org/rint/2004/118_histo3.html

Señalemos, por otra parte, que hemos procurado mejorar la lectura de la reedición de este artículo de Internationalisme corrigiendo algunas erratas o algún que otro error gramatical y añadiendo títulos intermedios.

[2] Otro artículo se basa en la misma reflexión teórica: “Las tareas del momento”, publicado en Internationalisme en 1946 y reeditado en la Revista internacional no 32 (http://fr.internationalism.org/rinte32/Internationalisme_1947_partido_ou_cadres.htm)

[3] Eso fue lo que ocurrió con todas las corrientes del socialismo utópico, las cuales, convertidas en escuelas, perdieron su índole revolucionaria para acabar en fuerzas conservadoras activas: el proudhonismo, el furierismo, el cooperativismo, el reformismo y el socialismo de Estado.