La organización del proletariado fuera de los periodos de luchas abiertas (grupos obreros, núcleos, círculos, comités)

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Para la mayoría de los grupos revolucionarios de la actualidad los sindicatos no pueden verse ya como organizaciones capaces de defender los intereses inmediatos de la clase trabajadora; sin hablar ya de sus intereses revolucionarios, históricos. Existe también un gran nivel de acuerdo en que la forma más eficaz para la organización y la extensión de la lucha se encuentran  en las asambleas generales de trabajadores, y en los comités y organismos de coordinación elegidos y revocables que surgen de estas.

Pero estas formas de organización no pueden mantenerse de forma permanente cuando las luchas se apagan, lo que plantea un problema para los militantes proletarios que no quieren caer en la atomización y buscan tener un papel activo en luchas futuras. Es por esto que existe una tendencia, que normalmente sólo aparece  en pequeñas minorías, entre estos trabajadores a formar grupos, círculos, comités y redes, fuera de los sindicatos oficiales y a veces abiertamente contra ellos. Pero entre las organizaciones revolucionarias existen diferentes enfoques hacia estos grupos: ¿son la base para una renovada forma de anarcosindicalismo? ¿Deberían verse como la base para la creación de intermediarios permanentes entre la organización política comunista y la clase como un todo?

Estas cuestiones han sido objeto de debate durante décadas, y todavía se siguen planteando en debates en foros de Internet, como por ejemplo en  http://www.red-marx.com/icc-ict-and-the-icp-t695.html. En un sentido más concreto y práctico, se plantean en numerosos centros de trabajo y lugares donde minorías militantes de trabajadores, estudiantes y parados buscan unirse para resistir a la ofensiva de austeridad del capital.

Hemos pensado que sería útil el publicar un número de artículos que recogen diferentes elementos de este debate y buscan extraer algunas perspectivas para la actividad futura. Comenzamos con un texto que fue adoptado en 1980 por el Tercer Congreso de la sección en Bélgica de la CCI, y publicado en la Revista Internacional nº 21. El texto es una buena base para empezar con la serie porque, tras establecer el marco general para la comprensión de la naturaleza de la lucha de clase en la era del declive del capitalismo, busca  señalar las lecciones generales que pudieran extraerse de las experiencias de los grupos de trabajadores en los años 1970. En futuros artículos se abordarán otras experiencias de los 80 y de la última década,  además de repasar  algunos de los debates entre revolucionarios sobre esta cuestión.

Septiembre 2012

¿Qué hacer fuera de los períodos de luchas abiertas? ¿Cómo organizarse cuando la huelga ha terminado? ¿Cómo preparar las luchas por venir?

Ante estas cuestiones, y ante los conflictos  planteados por  la existencia de estos comités, círculos, núcleos, etc., que agrupan a pequeñas minorías de la clase obrera, no disponemos de recetas que dar. No podemos elegir entre dar lecciones morales (“organizaos por vosotros mismos de esta forma o aquella”, “disolveos”, “uníos a nosotros”) y adularles de forma demagógica. En cambio, nuestra preocupación es la siguiente: el entender estas expresiones minoritarias del proletariado como parte del conjunto de la clase. Si las situamos en el movimiento general de la lucha de clase; si las vemos estrechamente vinculadas a las fortalezas y debilidades de los diferentes periodos en la lucha entre clases, entonces, de esta forma, podremos entender a qué necesidad general responden. Pero no es ni manteniéndose políticamente imprecisos en relación a ellos,  ni encerrándolos en rígidos esquemas, como seremos capaces de identificar sus aspectos positivos y de señalar los peligros que les acechan.

Características de las luchas obreras en el capitalismo decadente

Nuestra primera preocupación al abordar esta cuestión debe ser el recordar el contexto histórico general en el que nos encontramos. Debemos señalar la naturaleza de este periodo histórico (el periodo de las revoluciones sociales) y las características de la lucha de clase en la decadencia. Este análisis es fundamental para permitirnos entender el tipo de organización de clase que puede existir en este periodo.

Sin entrar en detalles, recordemos simplemente que el proletariado en el siglo XIX existía como fuerza organizada de forma permanente. El proletariado se unificó como clase a través de las luchas económicas y políticas por reformas. El carácter progresista del sistema capitalista permitió al proletariado ejercer presión sobre la burguesía con el fin de obtener reformas, y de este modo grandes masas de la clase trabajadora se agruparon dentro de sindicatos y partidos.

En el periodo de senilidad del capitalismo las características y las formas de organización de la clase cambian. Una movilización casi permanente del proletariado alrededor de sus intereses inmediatos y políticos no es ya ni posible ni viable.  De ahí en adelante, los órganos unitarios de la clase no pueden existir salvo en el curso de la lucha misma. Desde entonces, la función de estos órganos unitarios no puede limitarse ya simplemente a “negociar” una mejora en la condiciones de vida del proletariado (porque una mejora ya no es posible a largo plazo y porque la única respuesta realista es la revolución). Su tarea es prepararse para la toma del poder.

Los órganos unitarios de la dictadura del proletariado son los consejos obreros. Estos órganos poseen una serie de características que debemos dejar claro si queremos comprender todo el proceso que lleva a la auto-organización del proletariado.

Por tanto, debemos mostrar claramente que los consejos son  expresión directa de la lucha de la clase obrera. Se erigen de forma espontánea (aunque no mecánica) desde la lucha. Es por eso que se encuentran íntimamente vinculados al desarrollo y maduración de la lucha. De ahí extraen su sustancia y vitalidad. No constituyen, por tanto, una simple “delegación del poder”, una parodia de parlamento, sino una expresión auténtica y organizada del conjunto de la clase obrera y su poder. Su tarea no es organizar una representación  proporcional de los grupos sociales o de los partidos políticos, sino hacer posible que la voluntad del proletariado se lleve a la práctica. Es a través de ellos que se toman todas las decisiones. Es por esta razón que los obreros deben constantemente mantener el control sobre ellos (revocabilidad de los delegados) por medio de las Asambleas Generales.

Únicamente los consejos obreros son capaces de realizar la identificación viviente entre la lucha inmediata y la meta final. Por medio de este lazo entre la lucha por los intereses inmediatos y la lucha por el poder político, los consejos establecen la base objetiva y subjetiva de la revolución. Constituyen el crisol por excelencia de la conciencia de clase. La constitución del proletariado en consejos no es, pues, una simple cuestión de forma organizativa, sino el producto del desarrollo de la lucha y la conciencia de clase. La aparición de los consejos no es el fruto de recetas organizativas, de estructuras prefabricadas, de órganos intermedios.

La extensión y la centralización cada vez más consciente de las luchas, más allá de fábricas y fronteras, no puede ser un acto artificial, voluntarista. Como prueba de esto basta con recordar la experiencia de las AAUD y su intento artificial de unificar y centralizar las “organizaciones de fábrica” en un periodo de reflujo de las luchas[1].

Los consejos solo pueden mantenerse en la medida que lo haga una lucha permanente, abierta, que implique la participación de un número cada vez mayor de obreros en el combate. Su surgimiento es, esencialmente, producto del desarrollo de la lucha misma y de la conciencia de clase.

Intentos de llenar un vacío

Sin embargo no nos encontramos aún dentro de un periodo de lucha permanente, en un contexto revolucionario que permita al proletariado organizarse en consejos obreros. La constitución del proletariado en consejos es producto de condiciones objetivas (profundidad de la crisis, curso histórico) y subjetivas (madurez de la lucha  y de la conciencia de clase). Es el resultado de todo un aprendizaje y maduración, tanto organizativa como política.

Debemos ser conscientes de que esta maduración, esta fermentación política, no se desarrolla siguiendo una línea recta claramente trazada. Se expresa en cambio a través de un proceso ardiente, impetuoso y confuso, dentro de un movimiento que se expresa de forma errática y a trompicones, y que requiere la participación activa de las minorías revolucionarias.

Incapaz de desarrollarse mecánicamente siguiendo principios abstractos, planes preconcebidos, o por medio de esquemas voluntaristas apartados de la realidad, el proletariado debe forjar su unidad y conciencia a través de un doloroso aprendizaje. Incapaz de agrupar todas sus fuerzas un día “D”, concentra sus batallones y forma su ejército por medio del combate mismo. Pero en el curso de la lucha aparecen en sus filas elementos más combativos, la vanguardia más decidida. Estos elementos no se reagrupan necesariamente dentro de organizaciones revolucionarias (en ciertos periodos son virtualmente desconocidas). La aparición de estas minorías combativas dentro del proletariado, ya sea antes o después de luchas abiertas, no es un fenómeno que sea incomprensible o novedoso. Expresa realmente el carácter irregular de la lucha; el desarrollo desigual y heterogéneo de la conciencia de clase. Así, desde finales de los años 60 hemos sido testigos, tanto de forma separada como al mismo tiempo, del desarrollo de la lucha (en el sentido de su mayor auto-organización), de un reforzamiento de  las minorías revolucionarias, y de la aparición de comités, núcleos, círculos, etc, tratando de reagruparse como una vanguardia de la clase obrera. El desarrollo de un polo político coherente de reagrupamiento, y la tendencia del proletariado a intentar organizarse por sí mismo fuera de los sindicatos,  son ambos elementos de la misma maduración de la lucha.

La aparición de estos comités, círculos, etc, responde de forma genuina a una necesidad en el seno de la lucha. Si algunos elementos combativos sienten la necesidad de mantenerse reagrupados tras haber luchado juntos, lo hacen con la voluntad a la vez de “actuar juntos” (la preparación de una nueva huelga) y de sacar lecciones de la lucha (por medio de la discusión política). La cuestión que se le plantea a estos proletarios es tanto el reagruparse con la vista puesta en futuras acciones como la reagrupación en pos de la clarificación de las cuestiones planteadas en la pasada lucha y en aquellas por venir. Esta actitud es comprensible en el sentido de  que la ausencia de luchas permanentes, el “fracaso” de los sindicatos y la gran debilidad de las organizaciones revolucionarias crean un vacío organizativo y político. Cuando la clase obrera vuelve al camino de su lucha histórica siente horror hacia ese vacío. Por tanto, busca responder a esa necesidad planteada por ese vacío organizativo y político.

Estos comités, estos núcleos, estas minorías proletarias que todavía no entienden claramente su propia función, son una respuesta a esta necesidad. Son a la vez una expresión de la debilidad general de la lucha de clase actual y de una maduración de la organización de la clase. Son la cristalización de todo un desarrollo subterráneo que tiene lugar en el seno del proletariado.

El reflujo de 1973-77

Es por esto que debemos tener cuidado en no encerrar estos órganos rígidamente en compartimentos estancos. No podemos pronosticar su aparición ni su desarrollo de una manera precisa. Además, debemos ser cuidadosos en no hacer separaciones artificiales en los diferentes momentos de la vida de estos comités, viéndonos atrapados en el falso dilema “acción o discusión”.

Dicho esto, esta situación no debería impedir una intervención hacia estos órganos por nuestra parte. Debemos también ser capaces de apreciar su evolución en relación al periodo, dependiendo de si nos encontramos en una fase de reanudación o de reflujo de la lucha. Debido a que son espontáneos, producto inmediato de la lucha, y a que su aparición se basa principalmente en problemas coyunturales (a diferencia de la organización revolucionaria, que está basada en las necesidades históricas del proletariado), estos órganos son muy dependientes del estado de la lucha de clases en el que aparecen. Son prisioneros de las debilidades generales del movimiento y tienden a seguir los altibajos de la lucha.

Debemos realizar una distinción en el desarrollo de estos núcleos entre el periodo de reflujo de la lucha (1973-77) y el de hoy, periodo de reaparición de la lucha de clase a nivel internacional. Aunque los peligros a los que se exponen son idénticos en ambos periodos, debemos ser capaces de señalar las diferencias en cuanto a su evolución.

Es así que al final de la primera oleada de luchas a finales de los años 60  fuimos testigos de la aparición de toda una serie de confusiones en el seno de la clase trabajadora. Podríamos medir la magnitud de esas confusiones examinando la actitud de algunos de los elementos combativos de la clase que trataron de mantenerse agrupados.

Vimos desarrollarse:

  • La ilusión hacia el sindicalismo combativo y la desconfianza hacia todo lo político (OHK, AAH, Komiteewerking[2]). En muchos casos, los comités que aparecieron en las luchas se transformaron claramente en semi-sindicatos. Este fue el caso de las comisiones obreras en España y el de los “consejos de fábrica” en Italia. Más comúnmente simplemente desparecieron.
  • Un muy fuerte corporativismo (que en sí mismo constituye la base para la ilusión en el “sindicalismo combativo”).
  • Cuando se dieron intentos de ir más allá de los límites de la fábrica, el resultado fue confusión y un gran eclecticismo político.
  • Una muy importante confusión política estuvo presente en estos órganos, muy vulnerables a las maniobras izquierdistas, y también a las ilusiones tipo de las preconizadas por el PIC (ver su “bluff” sobre los grupos obreros[3]). De la misma forma, a lo largo de este periodo se desarrolla la ideología de la “autonomía obrera”, trayendo consigo su apología del inmediatismo, del “fabriquismo” y del economicismo.

Todas estas debilidades fueron esencialmente una manifestación de las debilidades de la primera oleada de luchas a finales de los 60. Este movimiento se caracterizó por una desproporción entre la fuerza y la extensión de las huelgas por un lado, y la debilidad del contenido de las reivindicaciones por otro. Lo que sobre todo indica esta desproporción era la ausencia de perspectivas políticas claras en las luchas. El retroceso del movimiento, que tuvo lugar entre 1973 y 1977, fue el producto de sus debilidades, que fueron  aprovechadas por la burguesía para desarrollar una labor de  desmovilización y encuadramiento ideológico de las luchas. Cada uno de los puntos débiles de la primera oleada de huelgas fue “recuperado” por la burguesía para su propio provecho:

“Así, la idea de una organización permanente de la clase, a la vez económica y política, se transforma más tarde en la idea de “nuevos sindicatos”,  para convertirse finalmente en sindicalismo clásico. La visión de una Asamblea General como forma independiente de cualquier contenido termina- vía mistificación con respecto a la democracia directa y el poder popular- reestableciendo la confianza en la democracia burguesa clásica. Ideas sobre la auto-gestión y el control obrero de la producción (confusiones que son comprensibles en un principio) fueron teorizadas en el mito de la “auto-gestión generalizada”, “islas de comunismo” o “nacionalización bajo control obrero”. Todo esto propició que los trabajadores confiaran en los planes de reestructuración de la economía, que supuestamente evitarían despidos, o que apoyaran pactos de solidaridad nacional  presentados como una forma de “salir de la crisis”” (Informe sobre la Lucha de Clase presentado en el III Congreso Internacional de la CCI)

La reaparición de las luchas desde 1977

Con la reaparición de la lucha desde 1977 hemos visto el nacimiento de otras tendencias. El proletariado ha madurado gracias a  sus “derrotas”. Ha sacado, aunque de una forma confusa, las lecciones del reflujo, y aunque los peligros representados por el “sindicalismo combativo”, el corporativismo, etc,  se mantienen, se inscriben dentro de una evolución general diferente.

Desde 1977, hemos visto desarrollarse tímidamente:

  • una voluntad más o menos marcada de llevar a cabo una discusión política por parte de la vanguardia más combativa de los trabajadores (recordemos la Asamblea General de Co-ordinamenti en Turín; el debate en Antwerp con los trabajadores de Rotterdam, Antwerp, etc; la conferencia de estibadores de Barcelona[4]);
  • la voluntad de ampliar el campo de la lucha, de ir más allá del gueto del “fabriquismo”, para darle un marco político más global a la lucha. Esta voluntad se ha expresado por medio de la aparición de la “co-ordinamenti”, y de forma más específica en el manifiesto político realizado por una de la co-ordinamenti situada en el norte de Italia (Sesto San Giovanni). Este manifiesto defendía la unificación de la vanguardia combativa en las fábricas, explicitando la necesidad de la lucha políticamente independiente de los trabajadores, e insistía en la necesidad de que la lucha rompiera los límites de las fábricas;
  • la preocupación por establecer lazos entre los aspectos inmediatos de la lucha y los fines. Esta preocupación ha sido expresada en concreto por grupos obreros en Italia (FIAT) y en España (FEYCU, FORD). El primero de estos grupos intervino por medio de un panfleto denunciado los peligros de los despidos realizados por la burguesía bajo la excusa de “luchar contra el terrorismo”; y el segundo intervino denunciando las ilusiones en el parlamentarismo;
  • la preocupación por preparar y organizar de la mejor manera las luchas futuras (ver la acción de los “portavoces” del grupo de estibadores en Rotterdam llamando a la formación de una Asamblea General).

Debemos insistir que los peligros del corporativismo, del “sindicalismo combativo”, y la limitación de la lucha a un terreno estrictamente económico continúan existiendo incluso dentro de este periodo.

Pero lo que debemos tener en cuenta es la importante influencia del periodo en la evolución de los comités y núcleos que aparecen  antes y después de las luchas abiertas. Cuando el periodo es de combatividad y reaparición de la lucha de clase, la intervención de estas minorías toma un sentido diferente y nuestra actitud hacia ellas también. En un periodo de reflujo generalizado en la lucha, tenemos que insistir más en los peligros de que estos órganos se conviertan en semi-sindicatos, de caer en las garras de los izquierdistas, de tener alguna ilusión en el terrorismo, etc. En un periodo de reemergencia de clase insistiremos más en los peligros representados por el voluntarismo y el activismo (ver las ilusiones expresadas en este sentido en el manifiesto de co-ordinamento de Sesto San Giovanni), y en las ilusiones que algunos de los obreros combativos pudieran tener sobre la posibilidad de formar futuros comités de huelga, etc. En un periodo de reaparición de la lucha seremos también más abiertos hacia las minorías combativas que aparezcan y se reagrupen con la visión de convocar huelgas, formar comités de huelga, Asambleas Generales, etc.

Las posibilidades de estos órganos

El interés por situar los comités, los núcleos, etc, en el contexto de la lucha de clase, de entenderlos en relación al  periodo en el que aparecen, no implica, sin embargo, que cambiemos nuestro análisis de forma radical, según las diferentes etapas de la lucha de clase.

Cualesquiera sea el momento en el que estos comités nacen sabemos que no constituyen más que una etapa de un proceso dinámico general; son un momento en la maduración de la organización  y la conciencia de clase. Sólo pueden tener un papel positivo en la medida que se doten ellos mismos de un marco amplio y flexible en el que trabajar, con el fin de no paralizar el proceso general. Es por eso que estos órganos deben mantenerse atentos si no quieren caer en las siguientes trampas:

  • imaginar que constituyen una estructura que pueda preparar el camino para la aparición de comités de huelga o consejos;
  • imaginarse estar dotados de algún tipo  “potencialidad” en vistas al desarrollo de la lucha futura  (no son las minorías las que crean de forma artificial una huelga, una Asamblea General o un comité, incluso cuando sí juegan un papel activo en este proceso);
  • dotarse de plataformas o estatutos o cualquier otra cosa que suponga un riesgo de parálisis en su evolución y condenándolos por tanto a la confusión política;
  • presentarse como órganos intermedios a medio camino entre la clase y la organización política, como si fueran organizaciones al mismo tiempo unitarias y políticas.

Es por eso que nuestra actitud hacia estos órganos minoritarios se mantiene abierta pero al mismo tiempo tratando de ejercer una influencia en la evolución de la reflexión política en el medio,  en cualquier periodo en el que nos encontremos. Debemos esforzarnos por que estos comités, núcleos, etc, no se paralicen, ya sea en una dirección (creación de una estructura que imagine ser la prefiguración de consejos obreros) u otra (fijación política). Por encima de cualquier otra cosa, lo que debe guiar nuestra intervención no son los intereses o las preocupaciones coyunturales de estos órganos (ya que no podemos sugerirles ninguna receta organizativa ni respuestas perfectas), sino los intereses generales del conjunto de la clase. Nuestra preocupación será siempre el homogeneizar y desarrollar la conciencia de clase de forma que el desarrollo de la lucha de clase tenga lugar bajo la cada vez mayor  participación de todos los trabajadores, y que la lucha sea tomada por los obreros mismos y no por una minoría, no importa de qué tipo. De ahí nuestra insistencia en la dinámica del movimiento y en poner en guardia a los elementos combativos contra cualquier intento de sustitucionismo o cualquier otra cosa que pudiera bloquear el posterior desarrollo de la lucha y la conciencia de clase.

Orientando la evolución de estos órganos en una dirección (reflexión y discusión política) en vez de en otra, podemos dar una respuesta que favorezca la dinámica del movimiento. Pero dejemos claro que eso no significa que condenemos cualquier forma de “intervención” o “acción” llevada a cabo por estos órganos. Es evidente que el momento en que un grupo de obreros combativos comprende que su tarea no es constituirse ellos mismo como un semi-sindicato, sino el extraer las lecciones políticas de las luchas pasadas, no se da en un vacío etéreo, en lo abstracto, sin consecuencias prácticas. La clarificación política llevada a cabo por estos elementos combativos también les empujará a actuar juntos dentro de su propia fábrica (y en el mejor de los casos incluso fuera de su propia fábrica). Sentirán la necesidad de darse una expresión política, material, para su reflexión política (panfletos, publicaciones, etc). Sentirán la necesidad de posicionarse ante asuntos concretos a los que debe hacer frente la clase obrera. Con el fin de defender y propagar sus posiciones tendrán que realizar una intervención concreta. En ciertas circunstancias propondrán medios concretos de acción (formación de Asambleas Generales, comités de huelga...) para hacer avanzar la lucha. En el curso de la lucha misma sentirán la necesidad de un esfuerzo común para dotar a la lucha de una cierta orientación; apoyarán las reivindicaciones que les permitan luchar por extenderse e insistirán en la necesidad de extensión, generalización, etc.

Aunque nos mantengamos atentos a estos esfuerzos y no  tratemos de  proponer esquemas rígidos para su lucha, está claro sin embargo que debemos continuar insistiendo en el hecho de que lo que más cuenta es la participación activa de todos los trabajadores en la lucha, y que los obreros combativos en ningún momento deben sustituir a sus compañeros en la organización y coordinación de las huelgas. Además, está también claro que cuanto mayor sea la influencia de la organización revolucionaria en las luchas mayor será el número de elementos combativos que se acerquen a ella. Y no porque la organización tenga una política de reclutamiento forzoso hacia estos elementos, sino simplemente porque los trabajadores más combativos se volverán conscientes de que una intervención política, que sea realmente activa y efectiva, puede darse únicamente en el marco de una organización internacional de este tipo.

La intervención de los revolucionarios

No es oro todo lo que reluce. Señalar que la clase obrera en su lucha puede provocar que aparezcan más elementos combativos no significa  afirmar que el impacto de estas minorías sea decisivo para el desarrollo posterior de la conciencia de clase. No debemos realizar una identificación absoluta entre una expresión de la maduración de la conciencia y un factor activo en el desarrollo de esta.

En realidad, la influencia que estos núcleos pueden tener en el posterior desarrollo de la lucha es muy limitada. Su influencia depende por completo de la combatividad general del proletariado y de la capacidad de estos núcleos de proseguir  un  trabajo de clarificación política. A largo plazo, este trabajo no puede  proseguir más que en el marco de una organización revolucionaria.

Pero, de nuevo, no disponemos de mecanismos que garanticen el éxito. No es a través de un proceso artificial que la organización revolucionaria gana elementos. Contrariamente a las ideas de organizaciones como Battaglia Communista o el PIC, la CCI no busca rellenar de una manera artificial, voluntarista, el “hueco” entre el partido y la clase. Nuestra comprensión de la clase obrera como una fuerza histórica, y de nuestro papel,  nos previene de querer paralizar estos comités en la forma de una estructura intermedia. Ni pretendemos crear “grupos de fábrica” como correas de transmisión entre la clase y el partido.

Se nos plantea entonces la cuestión de determinar cuál debería ser nuestra actitud hacia estos círculos, comités, etc. Incluso reconociendo su influencia limitada y sus debilidades, debemos mantenernos abiertos a ellos y atentos a su aparición. Lo más importante es que les propongamos abrirse a una discusión amplia. En ningún momento debemos adoptar hacia ellos una actitud de menosprecio o de condena bajo el pretexto de reaccionar contra su “impureza” política. Este es un elemento a evitar. El otro es el adularles o incluso centrar todas nuestras energías en ellos. No debemos ignorar a los grupos de trabajadores, pero de igual modo tampoco debemos obsesionarnos con ellos. Reconocemos que la lucha madura, y que la conciencia de clase se desarrolla como parte de un proceso.

Dentro de este proceso existen tendencias dentro de la clase que tratan de “elevar” la lucha al terreno político. En el curso de este proceso sabemos que el proletariado dará lugar a minorías combativas en su seno, pero no se agruparán necesariamente en organizaciones políticas. Debemos ser cuidadosos en no identificar este proceso de maduración en la clase hoy con el que caracterizó el desarrollo de la lucha en el último siglo. Esta comprensión es muy importante porque nos  permite apreciar de qué forma estos comités o círculos son una expresión real de la maduración de la conciencia de clase, pero una expresión que es, sobre todo, temporal y efímera y no un paso organizativo estructurado y fijo en el desarrollo de la lucha de clase. La lucha de clase en el periodo de la decadencia capitalista avanza de forma explosiva. Aparecen erupciones repentinas que sorprenden incluso a los elementos más combativos de luchas anteriores, pudiendo superarlas en madurez y conciencia de forma inmediata. El proletariado sólo puede organizarse realmente a un nivel unitario dentro de la lucha misma, y en la medida que esta se vuelve permanente,  las organizaciones unitarias de la clase crecen y se fortalecerse.

Esta comprensión es la que nos permite entender mejor el porqué no tenemos una política específica, una “táctica” especial, en relación a los comités obreros, incluso cuando en ciertas circunstancias podría ser muy positivo para nosotros el tener debates de forma sistemática con ellos y participar en sus encuentros. Reconocemos la posibilidad y la mayor facilidad para discutir con estos elementos combativos (especialmente cuando la lucha no es todavía abierta). También somos conscientes de que ciertos de estos elementos podrían querer unirse a nosotros, pero no centramos todos nuestros esfuerzos en ellos. Porque lo que es de importancia primordial para nosotros es la dinámica general de la lucha, y no establecemos ninguna clasificación rígida o jerarquía dentro de esta dinámica. Por encima de todo nos dirigimos a la clase obrera en su conjunto. Al contrario que otros grupos políticos que tratan de superar el problema de la ausencia de influencia de las minorías revolucionarias en la clase por medios artificiales y alimentándose de ilusiones sobre los grupos de trabajadores, la CCI reconoce que tiene un impacto muy pequeño en el periodo actual.  No tratamos  de incrementar nuestra influencia entre los trabajadores dándoles una “confianza” artificial en nosotros. No somos ni obreristas ni tampoco megalomaníacos. La influencia que progresivamente desarrollemos dentro de las luchas vendrá esencialmente de nuestra práctica política dentro de estas y no de nuestra actuación como pelotas, aduladores, o como “chicos para todo” que se limiten a asumir tareas técnicas. Además, dirigimos nuestra intervención política a todos los trabajadores, al proletariado como un todo, como clase, porque nuestra tarea fundamental es llamar a la máxima extensión de la lucha. Nosotros no existimos para sentirnos satisfechos ganándonos la confianza de dos o tres obreros con callos en las manos, sino para homogeneizar y acelerar el desarrollo de la conciencia de clase. Seamos conscientes de que únicamente en el proceso revolucionario mismo el proletariado nos otorgará su “confianza” política en la medida que se dé cuenta de que el partido revolucionario es realmente parte de su lucha histórica.

[1] AAUD: Allgemeine Arbeiter Union Deutschlands, “Unión General Obrera de Alemania”. Estas “Uniones” no eran sindicatos, sino intentos de crear formas organizativas permanentes  para la agrupación de todos los trabajadores fuera y contra los sindicatos en Alemania en los años siguientes al aplastamiento de la insurrección de Berlín en 1919. Expresaban nostalgia por los consejos obreros, pero nunca consiguieron llevar a cabo la función de estos

[2] Grupos obreros en Bélgica

[3] El grupo francés PIC (Pour Une Intervention Communiste) durante varios meses estuvo convencido – y trató de convencer a todo el mundo- de que estaba participando en el desarrollo de una red de “grupos obreros” que constituiría una potente vanguardia del movimiento revolucionario. Basaba esa ilusión  en la esquelética  realidad de dos o tres grupos formados principalmente por ex-izquierdistas. No queda mucho de este “bluff” hoy

[4] Se trata de encuentros organizados reagrupando delegados de diferentes grupos obreros, colectivos y comités