Situación internacional: Guerras, barbarie, lucha de clases

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Situación internacional:

Guerras,  barbarie,  lucha  de  clases

La única solución contra la espiral de las guerras y de la barbarie es la lucha de clases internacional Desde que empezó la « era de paz y de prosperidad para la humanidad » con el derribo del muro de Berlín, la desaparición del bloque del Este y el desmoronamiento de la URSS, nunca antes habían sido tan numerosos los conflictos locales. Nunca antes había estado tan presente el militarismo, nunca antes habían alcanzado tales cotas las ventas de armamento de todo tipo, nunca había sido tan inminente la amenaza de diseminación nuclear, nunca habían ido tan lejos los proyectos y la planificación de nuevas armas, incluso en el espacio ; como nunca los seres humanos habían padecido tanta hambre, tantas miserias, explotación, guerras y matanzas, nunca, desde que existe el capitalismo, una proporción tan elevada de la población mundial había sido expulsada de la producción, condenada definitivamente en su gran mayoría, al desempleo, a la pobreza absoluta, al pordioserismo total, a la chapucilla para ir tirando, a la delincuencia muy a menudo, abocada a la guerra y las masacres nacionalistas, interétnicas y demás...

La recesión económica abierta se está profundizando en los países industriales, en las mayores potencias y muy especialmente en la primera de ellas, los Estados Unidos, precipitando a cientos de miles de obreros en la pesadilla del desempleo, en la miseria. La era de paz y de prosperidad prometida por el presidente de EEUU, Bush y por toda la burguesía mundial, está apareciendo como la era de guerras y de crisis económica.

Caos y anarquía en todos los rincones del planeta

La URSS ya no existe. Gorbachov fuera. Una CEI nacida muerta. Las tensiones entre las repúblicas se agudizan cobrando un carácter cada día más agresivo. Los Estados recién nacidos se pelean por el despojos de la extinta Unión. Lo más importante en juego: los restos del ejército rojo, sus armas convencionales sí, pero sobre todo las nucleares (de 33.000 a 35.000 cabezas nada menos). Se trata de formar los ejércitos nacionales más poderosos para así asegurar los intereses... imperialistas de cada cual respecto a su vecino. Lo que hoy predomina sin tapujos en la ex URSS es el imperio de cada uno por su cuenta y para sí, el chantaje nuclear empleado por turno primero por unos y luego por otros: a pesar de las presiones internacionales (occidentales), Kazajstán se niega a decir si va a hacer entrega o no de sus armas tácticas y sobre todo estratégicas de su territorio; Ucrania se apodera de una división de bombarderos nucleares (17 de febrero) e intenta quedarse con la flota del mar Negro. La Rusia de Yeltsin, aún estando al mando del ejército “unificado” de la CEI, o sea en teórica posición de fuerza con relación a los demás, llega incluso a temer un posible conflicto nuclear con Ucrania ([1]). Eso da idea de la naturaleza, de las relaciones y del papel de lo militar y de la fuerza entre los nuevos Estados: las relaciones son de entrada imperialistas y antagónicas; lo único en lo que se basan es en la potencia militar y especialmente en la nuclear.

Esta situación conflictiva es tanto más aguda al ser catastrófica la situación económica. El 90 % de la población rusa vive por debajo del umbral de pobreza. El hambre amenaza a pesar de las ayudas occidentales. La producción industrial ha bajado brutalmente a la vez que la liberación de los precios ha acarreado una inflación de tres dígitos, una inflación de tipo suramericano. Esta quiebra total está echando leña al fuego en las peleas entre los nuevos Estados: “La guerra económica entre las repúblicas ya ha empezado” afirmaba el 8 de enero pasado  Anatoli Sobchak, alcalde de San Petersburgo.

 

Esta oposición de intereses tanto políticos como económicos está acelerando el caos, multiplicando las tensiones, los conflictos, las guerras locales y las matanzas de poblaciones, entre las diferentes nacionalidades de lo que ya hoy podemos también llamar ex-CEI. Las repúblicas se enfrentan por la herencia militar dejada por la fallecida URSS. Casi todas andan a la greña por el trazado de las fronteras que las separan: si Crimea pertenece a Ucrania o a Rusia es el caso más conocido. Cada república se las ve con una o varias minorías nacionales que declaran su independencia, con las armas en la mano, formando milicias: el Alto Karabaj y la minoría armenia en territorio azerí; los Chechenos en Rusia que atacan los cuarteles para hacerse con armas; por todas partes, las minorías rusas tienen ahora miedo, en Moldavia, en Ucrania, en el Cáucaso y en la repúblicas de Asia central. Y Georgia, desgarrada por los peleas salvajes y asesinas entre partidarios del presidente Gamsajurdia, “elegido democráticamente”, por un lado y sus principales ministros y sus milicias armadas del otro lado. Muertos por todas partes, heridos, matanzas de paisanos, destrucciones a mansalva, odio y terror nacionalistas de pueblos que hasta ahora habían vivido juntos, que juntos habían tenido que soportar el terror del capitalismo de Estado al modo estalinista. Hoy, es la desolación y el caos lo que por todas partes impera.

Esta situación de explosión de la ex-URSS, esa situación de total anarquía sangrienta, ha despertado los apetitos imperialistas locales, contenidos durante largo tiempo por la omnipotencia “soviética”, y son portadores de enfrentamientos todavía más amplios. Irán y Turquía se han puesto a ver quién corre más para ser el primero en instalar sus embajadas en las repúblicas musulmanas de la ex-URSS. La prensa iraní acusa a Turquía de querer “imponer el modelo occidental” a esas repúblicas para que así pierdan su “identidad musulmana”. Turquía, apoyada por EEUU, utiliza a las nacionalidades turcófonas (uzbekos, kazajos, kirguises, turcomanos) para adelantarse a Irán, país que intenta apoyarse en Pakistán en esta lucha imperialista...

La desaparición de la división del mundo en dos grandes bloques imperialistas ha sido el fin de una disciplina y unas reglas impuestas, disciplina y reglas “estables”, que regían los conflictos imperialistas locales. Hoy, éstos estallan por todas partes y en todas direcciones. La explosión de la URSS no ha hecho sino agravar ese fenómeno. Por todas partes, en todos los continentes, estallan y se desarrollan nuevos conflictos sin que se hayan apagado, ni mucho menos, los anteriores focos de guerra.

Filipinas y Birmania sufren guerrillas sangrientas y permanentes (China ha vendido por más de mil millones de dólares de armamento a Birmania). La mayor anarquía se está desplegando en Asia central. Prosiguen en Oriente Medio enfrentamientos militares de todo tipo (Kurdistán, Líbano) a pesar de que la región se ha “calmado” después del terrible aplastamiento de Irak durante la guerra del Golfo.

África es un continente a la deriva: represiones sangrientas, revueltas de poblaciones hambrientas, golpes de Estado, guerrillas y enfrentamientos interétnicos a mansalva, en medio de un desastre económico total. Las tensiones imperialistas se agudizan entre Egipto y Sudán. El caos social alcanza a Argelia, prosiguen las peleas en Chad, en Yibuti se arma la gresca entre las tribus afares y las issas que componen aquella diminuta república.

“África no cesa de pelearse con el fantasma de la inseguridad alimenticia. (...) Son necesarias ayudas de urgencia en Etiopía, Sierra Leona, incluso en Zaire. Guerras civiles, desplazamientos masivos de poblaciones, sequía, ésas son las causas invocadas por la FAO” ([2]). Ni que decir tiene que lo de la “inseguridad alimenticia” es una elegante manera de evitar la palabra directa de “hambre”.

Comparada con África, Latinoamérica podría parecer un remanso de paz. Hay que decir que “disfruta” de una vigilancia particular del gran vecino del norte. El continente sigue siendo el patio trasero de EEUU. Sin embargo, aunque los antagonismos, numerosos, entre Argentina y Chile, entre Perú y Ecuador, que han dado lugar a recientes escaramuzas militares, por sólo citar dos de los múltiples contenciosos fronterizos, están siendo contenidos, no por eso el continente está menos marcado por una extrema violencia. Violencia de guerrillas (Perú, Colombia, Centroamérica), violencia de la represión estatal contra poblaciones hambrientas (revueltas en Venezuela), violencia resultante de una descomposición muy avanzada de los Estados (guerras entre bandas y cárteles de la droga en Colombia, Perú, Brasil, Bolivia; asesinatos de niños ejecutados por policía y milicias, niños abandonados por millones, sin exageración alguna, niños que sufren hambre, embrutecidos por las drogas, abandonados a su suerte en inmensas barriadas de lata y cartón, auténticas cloacas, que rodean las ciudades).

 

Esta lista de caos y guerras, esta siniestra ristra de matanzas y terror sobre las poblaciones no quedaría completa sin mencionar a Yugoeslavia. Este país ya no existe. Ha estallado en medio del fuego y la sangre. Durante meses se han degollado mutuamente serbios y croatas y las tensiones aumentan entre las tres nacionalidades que componen Bosnia-Herzegovina. Se están cociendo nuevos enfrentamientos a pocos cientos de kilómetros de los grandes centros industriales de Europa. Al igual que con el estallido de la URSS, la explosión de Yugoeslavia reaviva viejas tensiones y crea otras nuevas: la voluntad de independencia de Macedonia, por ejemplo, hace aumentar antagonismos entre Grecia y Bulgaria. Y, sobre todo, se están incrementando más todavía las tensiones entre las grandes potencias, Alemania, EEUU, y en el seno de Europa.

Es ése un retrato rápido, una instantánea muy incompleta, aterradora y dramática, del mundo, de la que por ahora hemos excluido la situación en los grandes países industriales, Estados Unidos, Japón y Europa occidental, que trataremos después. Así es el mundo capitalista que se está pudriendo, que se está descomponiendo. Así es la sociedad capitalista, que no ofrece sino miseria y guerras a la humanidad.

Venta de armas en todas direcciones

Por si alguien dudara de esa perspectiva bélica, las ventas de armas acabarían por convencerle.

Las ventas de armas, desde las más sencillas a las más sofisticadas y mortíferas están escapando a todo control. El planeta se ha convertido en un inmenso supermercado de armamento en el que los vendedores se dedican a una áspera competencia. La desaparición del bloque del Este y la catástrofe económica que afecta a los países de Europa central y de la CEI (ex-URSS) han lanzado al mercado el impresionante arsenal del difunto Pacto de Varsovia, machacando los precios : cientos de carros de combate vendidos a peso, ¡10.000 dólares la tonelada! ([3]).

En 1991, la ex-URSS habría vendido por 12.000 millones de $ en armas. Rusia y Kazajstán vendieron 1000 tanques T-72 y submarinos a Irán. “Informaciones recogidas por los servicios occidentales afirman que la compañía Glavosmos, común a ambos Estados, propone, a sus clientes extranjeros, propulsores de misiles balísticos SS-25, SS-24 y SS-18 para usarlos, en su caso, como lanzadores espaciales” ([4]).

La Checoeslovaquia  del “humanista” Vaclav Havel ha entregado la mayor parte de los 300 tanques vendidos a Siria. Este país, Irán y  Libia habrían comprado a Corea del Norte misiles Scud “mucho más precisos y eficaces que los misiles Scud soviéticos que Irak lanzó durante la guerra del Golfo” ([5]).

Aunque inquietas por esas compras masivas y en todas direcciones, las grandes potencias participan en esos gigantescos saldos. Estados Unidos quiere vender más de 400 carros a bajo precio a España. “Alemania ha prometido entregar a Turquía materiales procedentes de los stocks del antiguo ejército “oriental”, por valor de unos 1000 millones” ([6]).

Al ser imperialistas todos los países, las compras que unos hacen obligan a los demás a seguir, incrementándose así las tensiones: “Irán compra por lo menos dos submarinos de ataque nuevos construidos por los rusos. Arabia Saudita quiere comprar 24 aviones de caza F-15E MacDonnell Douglas para trasformar sus fuerzas aéreas y poder así oponerse a esos submarinos iraníes” ([7]).

Todos los Estados capitalistas, o sea todos, los grandes, los pequeños y los medianos, se ven arrastrados a los enfrentamientos imperialistas, a tensiones en aumento, a la carrera armamentística, a la cima del militarismo.

Aunque el miedo al caos empuja a la acción común de las grandes potencias detrás de Estados Unidos...

Existe una preocupación real frente al caos que está afectando al mundo capitalista, que empuja a las burguesías nacionales más poderosas a intentar acallar sus oposiciones imperialistas.

Tras el desmoronamiento del bloque del Este, EEUU, Alemania, los demás países europeos, se guardaron bien primero de no acelerar el desorden en los países del ex-Pacto de Varsovia. Apoyaron todos, en especial, los esfuerzos de Gorbachov por mantener la unidad y la estabilidad de la URSS y que se mantuviera él en el poder. Pero, como confirmación de sus temores, ha ocurrido lo peor. Lo que ahora preocupa a esos países es el caos económico y social que se está extendiendo, las consecuencias posibles del hambre como las emigraciones masivas, los riesgos de desórdenes militares de todo tipo y, muy especialmente, la cuestión candente del control de las armas nucleares tácticas y estratégicas. Existe un riesgo muy grave de diseminación nuclear. De hecho, hay cuatro nuevos Estados inestables, en lugar de uno solo, que poseen armas de destrucción masiva de ese tipo. Y aunque le es fácil a Estados Unidos el vigilar las armas “estratégicas”, no es lo mismo para las armas “tácticas”. O dicho claramente, las “bombitas” atómicas son muy móviles, están dispersas, cualquiera puede apoderarse de ellas, utilizarlas o venderlas, habida cuenta de la anarquía y el caos que impera. Ésa es la razón de las conferencias de ayuda a la CEI, de las propuestas de desmantelamiento de las armas nucleares, de los acuerdos entre EEUU y Alemania para asegurar el empleo de los sabios atomistas de la ex URSS: intentar mantener un mínimo control sobre lo nuclear y limitar la extensión del caos.

Los antagonismos imperialistas, cada día más fuertes, agudizan las tensiones

Presentando ante el Congreso los diferentes escenarios de guerra que USA podría enfrentar el futuro, el jefe del Pentágono, el General Powell, precisa que “la amenaza real con la que nos enfrentamos ahora es la amenaza de lo desconocido, de lo incierto” ([8]). Y en función de esa incógnita los Estados Unidos cambian de estrategia militar con una versión de la guerra de las galaxias de Reagan adaptada a la nueva situación internacional, y a su temor a que estallen guerras nucleares por sorpresa e incontrolables : el GPALS, “sistema de protección global contra lanzamientos accidentales o limitados” (Global Protection Against Limites Strikes), que tendría la finalidad de neutralizar por completo cualquier lanzamiento de misil nuclear venga de donde venga o vaya a donde vaya.

Los Estados Unidos defienden su hegemonía

EEUU son los primeros interesados en luchar contra el caos en general y contra el riesgo de conflictos locales atómicos incontrolados, en particular, pues éstos podrían poner en entredicho su posición imperialista dominante. Lo hemos visto durante la guerra del Golfo ([9]), durante las Conferencias de paz en Oriente Medio, de las que han quedado excluidos los países europeos ([10]). Esto ha podido comprobarse últimamente una vez más con la Conferencia sobre ayudas a la CEI, reunida en Washington, en la que los EEUU lo regimentaron todo, organizando a su guisa las agendas de cada día, nombrando las comisiones y a sus presidentes según su propia conveniencia, reduciendo una vez más a los demás países europeos, a Alemania y sobre todo a Francia, al papel de comparsas impotentes, ridiculizados cuando la puesta en escena mediática de los primeros envíos aéreos de ayuda alimenticia a Rusia.

El programa GPALS, el cual, dicho sea de paso, pone en evidencia lo mucho que se lo creen las burguesías del mundo, la norteamericana en especial, el cuento de la “era de paz” que iba a reinar con el nuevo orden mundial de Bush, ese nuevo programa de “guerra de las galaxias” es también la última y muy significativa expresión de la voluntad hegemónica de los USA. En efecto, con ese programa se defendería la “seguridad colectiva desde Vancouver hasta Vladivostok (from V. to V.)”, o sea, que aseguraría sin duda definitivamente, o en cualquier caso durante largo tiempo, la supremacía militar estadounidense “desde V. hasta V.” sobre Europa y Japón.

En lo que a “reducciones” de gastos militares se refiere, a los “dividendos de la paz”, de lo que se trata para la burguesía estadounidense no es de reducir su esfuerzo armamentístico y de guerra, sino, sencillamente, mandar a la chatarra lo que ya no sirve, o sea, la mayoría del arsenal que apuntaba hacia la URSS y que tiene menos razones de existir. Van a procurar vender parte de ese arsenal a precios de saldo. ¿Y lo demás? Una montaña de chatarra que costó una fortuna (la mayor parte del gigantesco déficit estadounidense). En cambio, el presupuesto del programa de la guerra de las galaxias (SDI) aumenta 31 %. El coste total del programa sería de 46.000 millones de $: ¡la carrera de armamentos continúa!

Alemania cada día más presente en la escena imperialista mundial

Toda una serie de factores vienen a confirmar la tendencia, inevitable, de que Alemania aparezca como la principal potencia imperialista rival de Estados Unidos ([11]). Y la burguesía americana lo sabe muy bien. Desde el mes de septiembre de 1991, unos meses después de la demostración de fuerza de EEUU en el Golfo, el Washington Post revelaba los elementos de la nueva “arrogancia” (“assertiveness”) alemana: “Alemania amenaza con reconocer a Croacia y Eslovenia; arrastra a Europa a confirmar la independencia de los Estados bálticos; fustiga a sus aliados occidentales por sus vacilaciones sobre el problema de la ayuda a la URSS; exige la prohibición rápida de los misiles de corto alcance, propone que la CSCE forme su propia fuerza para mantener la paz, y emplaza a sus aliados para que le den más control sobre las tropas estacionadas en su territorio” ([12]).

“En diciembre, Alemania forzó a sus socios europeos a que reconocieran aquellas dos repúblicas apenas un mes después de la cumbre de Maastricht en donde se había adoptado el principio de una política extranjera  y de defensa común a petición de Bonn; el Bundesbank ha subido unilateralmente sus tipos de interés en medio punto, diez días después de esa cumbre, en la que se había confirmado el proceso de unión monetaria ; Alemania no facilita la discusión del GATT, a pesar de la promesa de Helmut Kohl de hacer concesiones sobre las subvenciones a los agricultores. En fin, los diplomáticos de Alemania están adoptando una actitud cada vez más imperial en Europa y Estados Unidos: ya se sabe que Kohl desea imponer el alemán como lengua de trabajo comunitario...” ([13]).

Las burguesías norteamericanas, inglesa, y también la francesa, aunque por diferentes razones, se ofuscan ante la nueva “assertiveness” alemana. Habían perdido la costumbre de ella. La apariencia de unidad que predominaba se está agrietando, pues Alemania está inevitablemente empujada a defender sus intereses imperialistas propios, y éstos son necesariamente antagónicos a los de Estados Unidos. En especial, se está volviendo urgente la revisión de la Constitución, la cual prohíbe enviar tropas al extranjero: “no se excluiría la puesta en servicio de medios militares para realizar objetivos políticos en Europa y en las regiones vecinas”.

En efecto, tras la guerra del Golfo, también Alemania ha puesto en evidencia sus límites en el asunto yugoeslavo: sin peso militar, y además ausente del Consejo de seguridad de la ONU, no ha podido ayudar lo suficiente a Croacia. Los Estados Unidos, al paralizar los esfuerzos de alto el fuego de la CEE, retrasando la decisión de mandar los cascos azules de la ONU, dejaron las manos libres al ejército federal, dominado por Serbia, para llevar a cabo una guerra sangrienta y rechazar las ambiciones territoriales de Croacia.

El imperialismo francés, entre dos males, escoge el menor

La burguesía francesa, que no acaba de conformarse con ser una potencia de segundo orden en la escena imperialista mundial, está atenazada entre su deseo de librarse de la pesada tutela norteamericana y su temor “ancestral” desde que existe el capitalismo, a la potencia alemana.

Francia cree haber encontrado la solución a su problema con la Europa de la CEE. En el marco de una Europa Unida, podría rivalizar con los USA y, a la vez, entre doce naciones, podría atajar y controlar a Alemania.

Por ahora, Francia está jugando la baza alemana, haciendo atrevidos guiños cuando dice estar dispuesta a poner su fuerza nuclear al servicio de una defensa europea. El ministro de Exteriores alemán ha reaccionado con “interés” ante tal propuesta. Mientras EEUU se otorgaba el papel del bueno en la Conferencia sobre la ayuda a la CEI (que Mitterrand había considerado inútil) y en la organización de la “Operación Esperanza” (Provide Hope), Francia proponía que fuera el G-7 quien organizara tal operación. El G-7 está presidido ahora por... Alemania.

Esta última no permanece insensible a los encantos franceses: tras la creación de la brigada mixta franco-alemana, se han hecho acuerdos para construir un “eurocóptero”, helicóptero militar naturalmente, y Alemania se está pensando en comprar el avión caza francés, Rafale.

Pero si hay algún día boda, será una boda de interés. No ha habido flechazo entre Francia y Alemania, como pudo verse en la cuestión yugoeslava, en la que Francia, « potencia mediterránea » tiraba más bien hacia los anglo-norteamericanos, temerosa de que Alemania alcanzara las orillas del Mediterráneo mediante Croacia, viendo así muy menguado el valor de parte de su dote. Por ahora, el idilio sigue. Pero le plantea problemas a Francia.

Las tensiones entre EEUU y Europa se acentúan

De hecho, Francia se encuentra en medio de una batalla que la sobrepasa: “El aumento de tensión entre Francia y Estados Unidos es la señal del advenimiento de una nueva era en la que los antiguos aliados parecen dispuestos a convertirse en nuevos rivales en dominios como el comercio, la estrategia militar y el nuevo equilibrio mundial, según algunos altos funcionarios americanos y franceses” ([14]).

La parte débil de la alianza franco-alemana, sobre la que está pegando duro la burguesía americana, es, evidentemente, Francia. Y pega con tanta más dureza porque Francia podría servir para que Alemania accediera al arma nuclear.

Los acontecimientos en Argelia, Chad y Yibuti, la inestabilidad social y política de esos países son aprovechados por EEUU para presionar sobre Francia, poniendo en entredicho la presencia de este país en sus zonas de influencia históricas, y eso después de haberla expulsado de Líbano. Ya sea con el FIS argelino, financiado por Arabia Saudita, ya sea en el gobierno de Yibuti, bajo influencia de Arabia Saudita y que cuestiona la presencia del ejército francés en su territorio, ya sea mediante Hissene Habré, el protegido de los norteamericanos hoy en Chad, la mano de EEUU está presente, apoyándose en el inenarrable caos que impera en esos países, caos que con su acción agrava todavía más, por sus intereses imperialistas, del mismo modo que la defensa de los apetitos imperialistas de Alemania en Yugoeslavia lo que hicieron fue incrementar la descomposición reinante en este país.

La presión estadounidense aumenta también en el plano económico, en el marco de las negociaciones del GATT con la CEE. También en esto, Francia es el país al que apuntan las amenazas sobre la cuestión de las subvenciones agrícolas. Ligando estrechamente los problemas de seguridad y la presencia militar americana en Europa con el tema del cambio de posición sobre el GATT ([15]), los Estados Unidos están ejerciendo un auténtico chantaje a los países europeos para dividirlos. Como lo dice un periódico búlgaro, Duma: “mientras Europa construye, ladrillo a ladrillo, “la casa común europea desde el Atlántico al Ural”, los Estados Unidos la están destruyendo, ladrillo a ladrillo, con la consigna de “desde Vancouver hasta Vladivostok”” ([16]).

Japón, otra potencia imperialista en auge

Japón está desempeñando cada día más un papel político internacional, aunque esté todavía lejos de sus ambiciones. Al viaje de Bush por Asia, y a Japón especialmente, que tenía como objetivo principal el nuevo despliegue de las fuerzas militares estadounidenses del Pacífico (base militar en Singapur), le han seguido declaraciones repetidas de dirigentes japoneses sobre “el analfabetismo de los obreros americanos” y “su falta de ética” y eso tras las presiones de EEUU para que Japón abriera su mercado a los productos americanos. Más allá de esas anécdotas de segundo orden, pero reveladoras del clima y del despertar de la “assertiveness” de la burguesía japonesa, Japón reivindica más y más un papel político de primer orden que desempeñar en el escenario imperialista: está planteando la cuestión de la recomposición del consejo permanente de la ONU; está en cabeza de la fuerza de la ONU en Camboya; interviene cada día más en el continente asiático (China, Corea), provocando inquietud a Estados Unidos ([17]) ; exige cada día con mayor insistencia la devolución por Rusia de las islas Kuriles (con el apoyo de Alemania).

Japón va mucho más deprisa que Alemania en cuestiones militares. La revisión de una Constitución que limita el envío de cuerpos armados al extranjero está mucho más avanzada. Y sobre todo “está almacenado enormes cantidades de plutonio. Unas cien toneladas. Mucho más de lo que pueden consumir sus 39 centrales nucleares actuales (...). La perspectiva de un Japón estable y pacifista transformado en potencia nuclear no es a priori algo alarmante. Sin embargo, Japón se está dando los medios de fabricar armas nucleares, y cada paso suplementario puede acarrear graves consecuencias internacionales” ([18]).

Es evidente: el nuevo orden mundial que iba a aportar paz a la humanidad está cargado de amenazas. Por un lado, el caos y la descomposición invaden el planeta y agudizan conflictos locales de toda índole, rivalidades y guerras imperialistas regionales, y, por otro lado, los antagonismos imperialistas entre las grandes potencias que son cada día más agudos y tensos. Su desarrollo, por ahora casi “soft” como dicen los finos, bien educado, podría decirse hasta cortés y mesurado, va a ponerse al rojo, a acelerarse y agravar los efectos de la descomposición del mundo capitalista, el caos y la catástrofe social y económica. En realidad ya los está acelerando y agravando.

Una única alternativa a la barbarie capitalista: el comunismo

Frente a la barbarie de un mundo capitalista en el que lo trágico se pelea con lo absurdo, la única fuerza capaz de ofrecer una alternativa a este atolladero histórico, el proletariado, está todavía sufriendo el contragolpe de los acontecimientos que han marcado la caída del bloque del Este y de la URSS. Las mentirosas campañas ideológicas internacionales que la burguesía ha lanzado sobre “el fin del comunismo”, asimilándolo al estalinismo, sobre la “victoria definitiva del capitalismo”, han logrado momentáneamente borrar de las conciencias de las grandes masas obreras toda perspectiva de posibilidad de otra sociedad, de una alternativa al infierno capitalista.

Este desconcierto que afecta al proletariado y la baja de su combatividad ([19]) han venido a añadirse a las dificultades crecientes que encuentra debidas a la descomposición social. La lumpenización, la desesperanza y el nihilismo que ya están afectando a amplias partes del proletariado mundial (en el Este), son un peligro para las capas obreras (especialmente las jóvenes) expulsadas de la producción y desempleadas. La utilización cínica de esa desesperanza por la burguesía es también una dificultad suplementaria. La burguesía desarrolla y aviva sentimientos contra los emigrantes, odios racistas, lo cual puede verse alimentado más todavía en Europa especialmente por las oleadas masivas de emigrantes en el futuro próximo, sobre todo procedentes del Este de Europa. Las falsas oposiciones, racismo-antirracismo, son intentos para desviar a los obreros de sus luchas, del terreno capitalista de defensa de sus condiciones de vida y de oposición al estado burgués, que los revolucionarios deben denunciar implacablemente.

Los tiempos cambian, sin embargo. La crisis económica, la recesión abierta que afecta a las superpotencias mundiales, a EEUU en cabeza, están volviendo al primer plano de las preocupaciones obreras. Los ataques contra la clase obrera están acelerándose brutalmente en los principales países industrializados. Los salarios están bloqueados desde hace tiempo y en EEUU “los salarios reales medios de los obreros son más bajos que hace 10 o 15 años” ([20]). Pero, sobre todo, los despidos se multiplican dramáticamente y muy especialmente en los sectores centrales de la economía mundial. IBM para la informática ha suprimido 30.000 empleos en 1991 y prevé suprimir otros tantos en 1992; General Motors, Ford y Chrysler, en el automóvil, han acumulado pérdidas (7 mil millones de $ USA) y despiden masivamente; y también las industrias de armamento (General Dynamic, United Technologies). En todos esos sectores se han suprimido miles de empleos. Y también en los servicios, bancos, seguros, “la cantidad de demandas de subsidios de desempleo hace pensar que 23 millones de personas han perdido su empleo el año pasado”.

Para una población de 250 millones de habitantes en EEUU, el 9 % de la población, 23 millones de personas, viven de “food stamps”, o sea de bonos de alimentación. Más de 30 millones viven por debajo del umbral de pobreza y por ello “disfrutan” de una protección de salud, la Medicaid. Pero 37 millones, que tienen un nivel de vida por encima de ese umbral no se benefician de la más mínima protección de salud y no se la pueden pagar. Todas esas personas se encuentran en la total imposibilidad de curarse, y la menor enfermedad se transforma en pesadilla para las familias. Resumiendo, como mínimo 70 millones de personas viven hoy en EEUU en la miseria. Ésa es la “prosperidad” tan cacareada por el “capitalismo triunfante”.

Y, claro está, los despidos masivos, no sólo están afectando a los obreros norteamericanos. Las tasas de paro son especialmente altas en países como España, Italia, Francia, Canadá, Gran Bretaña. Y, por todas partes, esas tasas están despegando a gran velocidad en sectores centrales de la economía, en el automóvil, en la siderurgia, en las industrias de armamento. Incluso la flor y nata de la industria alemana, Mercedes, al igual que BMW, va a despedir personal.

La clase obrera de los países industrializados ha empezado a soportar un ataque terrible, un ataque para rebajar al máximo sus condiciones de existencia.

Los despidos, las bajas de salario, la deterioración general de las condiciones de vida, van a obligarle a reanudar el camino del combate y de las luchas masivas. Estas luchas habrán de toparse de nuevo con el callejón sin salida de los partidos de izquierda y de los izquierdistas, de las maniobras sindicales, como el corporativismo, y, pasando por encima de todo ello, tendrán que buscar su extensión y su unificación. En ese combate político, los grupos revolucionarios y los obreros más combativos y conscientes desempeñarán un papel fundamental de intervención para ayudar a la superación de las trampas tendidas por las fuerzas políticas y sindicales de la burguesía.

Paralelamente, esos ataques contra las condiciones de vida obrera vienen a desmentir el mito de la prosperidad del capitalismo y ponen de relieve, ante las grandes masas de obreros, la quiebra del capitalismo, su bancarrota histórica en el plano económico. Esta toma de conciencia los va a empujar a buscar de nuevo una alternativa al capitalismo, borrándose poco a poco los efectos de las campañas burguesas sobre “el final del comunismo” y acelerar la búsqueda de una perspectiva de lucha más amplia, de una lucha histórica y revolucionaria. En este proceso de toma de conciencia, los grupos comunistas tienen un papel indispensable para recordar las experiencias históricas, reafirmar la perspectiva del comunismo, de su necesidad y de su posibilidad históricas.

El futuro va a jugarse en los enfrentamientos de clase que van a ocurrir inevitablemente. Únicamente la revolución proletaria y la destrucción del capitalismo podrán sacar a la humanidad del infierno que cotidianamente está sufriendo. Sólo eso podrá evitar la aceleración de la barbarie capitalista hasta sus últimas y dramáticas consecuencias. Sólo eso podrá permitir que se instaure una comunidad humana en la que la explotación y la miseria, las hambres y las guerras desparezcan para siempre.


[1] Le Monde, diario francés, 31/1/92.

[2] Le Monde, 19/1/92.

[3] Según la prensa checoeslovaca, traducida en Courrier International no 66 y Le Monde del 11/2/1992.

[4] Le Monde, 16/2/92.

[5] International Herald Tribune, 21/2/92.

[6] Le Monde, 16/2/92.

[7] Baltimore Sun recogido en International Herald Tribune, del 12/2/92.

[8] International Herald Tribune, 19/2/92.

[9] Ver Revista Internacional, nos  63, 64, 65.

[10] Ver Revista Internacional, no 68.

[11] Ver « Hacia el mayor caos de la historia », en Revista Internacional no 68.

[12] Washington Post, 18/9/91.

[13] Editorial de Courrier International, semanario francés, no 65, 30/1/92.

[14] Washington Post, recogido por el International Herald Tribune, 23/1/92.

[15] Ver declaraciones del vicepresidente de EEUU, Quayle, en Le Monde, 11/2/92.

[16] Citado por Le Monde.

[17] International Herald Tribune, 3/2/92.

[18]  Financial Times, traducido por Courrier International nº 65.

[19] Ver Revista Internacional no 67 “Resolución sobre la situación internacional” del IXº Congreso de la CCI.

[20] International Herald Tribune, 13/1/92.