La lucha del marxismo en contra de la religión… La fuente fundamental de la mistificación religiosa está en la esclavitud económica

En la serie La Religión

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el primer artículo de esta serie  (publicado en la Revista internacio- nal nº 109) explicaba el retorno del Islamismo como ideología capaz de movilizar a las masas. Veíamos cómo el Islam se adaptó a las necesidades del capitalismo en descomposición en los países subdesarrollados bajo la forma de un pretendido “Islam político” (el fundamentalismo) que poco tiene que ver con la fe de Mahoma, su fundador, pero que se presenta como defensor de todos los oprimidos. También demostrábamos que, contrariamente a Marx, que pensaba que las neblinas de la religión serían rápidamente dispersadas por el propio capitalismo, sus continuadores reconocieron que el capitalismo, en su fase de decadencia, ha llevado a un resurgir de la religión, lo cual es una expresión evidente de la quiebra de la sociedad burguesa. En los países subdesarrollados ésta ha tomado la forma particular de un recrudecimiento de los movimientos “fundamentalistas”. En los países desarrollados, la situación es más compleja: la estricta observancia de los ritos de las religiones establecidas ha ido más o menos decayendo desde hace cincuenta años, a la vez que se incrementan otros cultos religiosos alternativos como la “New Age”.

A la vez que hay sectores de la población que se separan de la religión y de la fe en Dios, se observa cómo en otros lugares renacen las creencias “fundamentalistas”.

Estas tendencias se están reforzando en ambientes impregnados ya de tradiciones religiosas y están afectando a todas las grandes religiones, salvo, quizás, el budismo. En cuanto a las poblaciones inmigradas procedentes del Tercer mundo, tienen tendencia a agarrarse a su religión, no sólo ya para “consolarse” sino también porque es un símbolo de su herencia cultural perdida, un medio para conservar una identidad cultural en un entorno cruel y hostil.

Esas tendencias no son equivalentes en todos los países desarrollados, a pesar de la evidente evolución común de esos países hacia el laicismo. En un artículo de Le Monde diplomatique (Dominique Vidal, “Une société séculière”, noviembre de 2001), “solo el 5 % de los estadounidenses dicen no tener religión” y a pesar de los progresos de la secularización de la sociedad, sería impensable que un presidente de Estados Unidos no entone el God bless America (Dios proteja a América) cada vez que se dirige a la nación. De igual modo, en Francia, donde la separación entre la Iglesia y el Estado ha sido desde 1879 la razón de ser de la burguesía, donde “la mitad de la población ni siquiera pisa la iglesia, el templo o la mezquita”, está levantándose una oleada de “fundamentalismo” entre los inmgrantes de África del Norte.

A pesar, pues, de la desafección hacia las grandes religiones, sigue perdurando la práctica religiosa. El final del período ascendente del capitalismo, su entrada en el período de decadencia y, ahora, en su fase terminal de descomposición generalizada, no sólo ha prolongado la vida de la irracionalidad religiosa sino que ha hecho surgir múltiples variantes de ella, de las que puede pensarse que son todavía más peligrosas para la humanidad.

Este artículo es un primer intento por examinar el método marxista sobre cómo combatir la ideología religiosa en el proletariado en las condiciones actuales. Veremos cómo, al respecto, se pueden sacar muchas enseñanzas de la historia del movimiento obrero.

El combate contra la religión

Como ya dijimos en el artículo anterior, Marx veía la religión a la vez como una peligrosa mistificación que permitía huir de la realidad (“el opio del pueblo”), y como el “el suspiro de la criatura oprimida”, es decir, el grito ahogado contra la opresión. Lenin añadía este consejo a los comunistas: avanzar con prudencia en la propaganda antirreligiosa, sin por ello ocultar su propio materialismo ateo. El método general de Lenin al respecto sigue siendo hoy una referencia para el pensamiento comunista y la práctica revolucionaria. Y no es porque hubiera él establecido el marco sobre este tema basándose únicamente en citas de Marx y de Engels (lo cual sería rebajar la ciencia marxista a la altura de una religión…), sino porque ese marco trata los principales problemas de manera racional y científica. Es pues útil examinar previamente las reflexiones de Lenin sobre el tema antes de volver a la situación actual y plantearse lo que debe ser la actitud de los marxistas de hoy.

Es interesante señalar que el primer comentario de Lenin sobre la religión que se tradujo fue una defensa apasionada de la libertad religiosa. Se trata de un texto escrito en 1903 y dirigido a los campesinos pobres de Rusia, en donde se declara que los marxistas “exigen que cada uno tenga pleno derecho a profesar la religión que desee”. Lenin denunciaba como de lo más “vergonzoso” las leyes vigentes en Rusia y en el Imperio Otomano (“las escandalosas persecuciones policiacas contra la religión”) al igual que las discriminaciones a favor de ciertas religiones (allí la Iglesia ortodoxa y aquí el Islam). Para él todas esas leyes son de lo más injusto, arbitrario y escandaloso, pues cada uno debe ser perfectamente libre no sólo de practicar la religión que desee, sino también de propagarla o de cambiar.

Las ideas de Lenin sobre muchos aspectos de la política revolucionaria cambiaron con el tiempo, pero no sobre este tema. De ello es testimonio su primera declaración importante, Socialismo y religión, un texto de 1905 que sigue siendo muy próximo, en el fondo, de sus últimos escritos al respecto.

Socialismo y religión” define el marco indispensable del método de los bolcheviques respeto a la religión. Este artículo resume, en un estilo accesible, las conclusiones a las que ya habían llegado Marx y Engels sobre este tema: la religión, escribe Le
nin, es “una especie de alcohol espiritual que anima a los obreros a soportar la explotación con la esperanza de ser recompensados en el más allá. Para quienes viven del trabajo de los demás, en cambio, la religión les enseña a practicar en este más acá la caridad, lo cual les permite justificar a buen precio su existencia como explotadores y venderles barato un billete para la gloria eterna en el más allá”.

Lenin tenía confianza en que el proletariado fusionaría su combate con la ciencia moderna en ruptura con “las sombras de la religión” y “combatiría hoy ya por una mejor vida terrestre”.

Para Lenin, en el marco de la dictadura del proletariado, la religión era un asunto privado. Afirmaba que los comunistas querían un Estado totalmente independiente de toda afiliación religiosa y que no contribuyera en lo más mínimo en los gastos de las organizaciones religiosas. Y a la vez, debía rechazarse toda discriminación hacia las religiones, debiendo cualquier ciudadano “ser libre de practicar cualquiera” o evidentemente “ninguna de ellas”.

En cambio, en lo referente al partido marxista, la religión no fue nunca considerada como un asunto privado:

Nuestro partido es una asociación de personas animadas por una conciencia de clase, en la vanguardia del combate por la emancipación del proletariado. Una asociación así no puede ser indiferente a lo que las creencias religiosas implican de ignorancia, oscurantismo y pérdida de la conciencia de clase. Nosotros exigimos la separación completa de la Iglesia y del Estado, para ser capaces de combatir las sombras de la religión con armas pura y simplemente ideológicas, mediante nuestra prensa y nuestras intervenciones. Sin embargo, para nosotros, el combate ideológico no es un asunto privado, sino que es un asunto de todo el partido, un asunto del proletariado entero.

Y Lenin añadía que no se lograría acabar con la religión únicamente mediante una propaganda hueca y abstracta:

Habría que ser un burgués obtuso para olvidarse de que el yugo de la religión (…) no es sino el reflejo del yugo económico que pesa sobre la sociedad. Ningún folleto, ningún discurso podrán esclarecer al proletariado si éste no es esclarecido por su propio combate contra las fuerzas oscuras del capitalismo. La unidad en ese combate realmente revolucionario de la clase oprimida por la creación de un paraíso en la tierra es más importante para nosotros que la unidad de opinión de los proletarios sobre un paraíso en los cielos.

Los comunistas, escribía Lenin, están intransigentemente en contra de todo intento de fomentar “las diferencias secundarias” sobre las cuestiones religiosas, lo cual podría ser utilizado por los reaccionarios para dividir al proletariado. En definitiva, el verdadero origen del “charlatanismo religioso” es la esclavitud económica.

Lenin desarrolló los mismos temas en 1909 en “Sobre la actitud del partido obrero ante la religión”:

La base filosófica del marxismo, como así lo proclamaron en muchas ocasiones Marx y Engels, es el materialismo dialéctico, materialismo indiscutiblemente ateo, resueltamente hostil a toda religión…La religión es el opio del pueblo” (Karl Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel – Introducción). Esta fórmula de Marx es la piedra angular de toda la concepción marxista sobre la religión. El marxismo siempre ha considerado a las religiones y a las iglesias, las organizaciones religiosas de todo tipo que hoy existen, como organismos de la reacción burguesa que sirven para defender la explotación y para intoxicar a la clase obrera”.

Y al mismo tiempo, Engels no cejó en su condena de todo intento de quienes, deseosos de alardear de estar “más a la izquierda” o ser “más revolucionarios” que la socialdemocracia, querían introducir en el programa del partido obrero una proclama explícita de ateísmo, lo cual significaba una declaración de guerra a la religión. Engels condenó la guerra a la religión llevada a cabo por los blanquistas, como así lo cita Lenin, al ser ése:

el mejor medio para reavivar el interés por la religión y hacer más difícil su agotamiento efectivo: “Engels reprocha a los blanquistas el no comprender que únicamente la lucha de clase de las masas obreras, que induce a las más amplias capas del proletariado a practicar a fondo la acción social, consciente y revolucionaria, podrá, en los hechos, liberar a las masas oprimidas del yugo de la religión, y que proclamar la guerra a la religión como tarea política del partido obrero no es más que fraseología anarquizante” (idem).

La misma advertencia hizo Engels en el Anti-Dühring, respecto a la guerra que Bismarck había entablado contra la religión:

Con esta lucha, Bismarck no ha hecho sino reforzar el clericalismo militante de los católicos; no ha hecho sino dañar la causa de la verdadera cultura, poniendo en primer plano las divisiones religiosas, en lugar de las políticas, ha hecho desviar la atención de ciertas capas de la clase obrera y de la democracia de las tareas esenciales que implica la lucha de clases revolucionaria, hacia el anticlericalismo más superficial y el más burguesamente mentiroso. Acusando así a Dühring, quien de ese modo quería alardear de ultrarrevolucionario, de querer retomar bajo otra forma la misma estupidez de Bismarck, Engels exigía que el partido obrero trabajara pacientemente en la construcción de la organización y de la educación del proletariado, que desemboca en el agotamiento de la religión, en lugar de lanzarse a las aventuras de una guerra política contra la religión (…) Engels (…) subrayó adrede (…) que la socialdemocracia considera a la religión como un asunto privado frente al Estado, pero no respecto a ella misma, no respecto al marxismo, no respecto al partido obrero (ídem).

La actitud respecto a la religión, flexible pero basada en principios

Esa actitud flexible hacia la religión, pero basada en principios, que fue la de Marx, Engels y Lenin fue atacada por los “charlatanes anarquistas” (expresión de Lenin) que no eran capaces de captar la lógica y la coherencia de ese enfoque marxista de la cuestión.

Como lo explicó Lenin:

Sería un error pensar que la aparente “moderación” del marxismo hacia la religión se debería a supuestas consideraciones “tácticas”, el deseo de “no chocar”, etc. Al contrario, la línea política del marxismo, también en este tema, está indisolublemente vinculada a sus principios filosóficos.

“El marxismo es un materialismo (…) Debemos combatir la religión, ése es el abecé de todo materialismo y, por lo tanto, del marxismo. Pero el marxismo no es un materialismo que se haya parado en el abecé. El marxismo va más allá, y dice: se debe saber luchar contra la religión y para ello debemos explicar el origen de la fe y de la religión de las masas de un modo materialista. La lucha contra la religión no debe quedar limitada a una prédica ideológica abstracta, no debe quedar reducida a esto; esa lucha debe vincularse a la práctica concreta del movimiento de clase cuya meta es hacer desaparecer las raíces sociales de la religión (idem).

Según el burgués progresista, el radical y el burgués ateo”, sigue Lenin, la religión mantiene su imperio sobre el pueblo a causa de su ignorancia”.

“Los marxistas dicen: eso es falso. Es un enfoque superficial, es el enfoque de un burgués de mente obtusa que quiere educar a las masas. No explica las raíces de la religión con suficiente profundidad, las explica de manera idealista y no materialista. En los países capitalistas modernos, esas raíces son sobre todo sociales. La religión está hoy arraigada en lo más profundo de las condiciones sociales de opresión de las masas laboriosas y en la completa impotencia a la que están manifiestamente reducidas frente a las fuerzas ciegas del capitalismo, las cuales imponen a los obreros, a cada hora, cada día, los sufrimientos más crueles, los tormentos más bestiales, mil veces más duros que los de acontecimientos extraordinarios como las guerras, los terremotos, etc.

“El miedo creó los dioses”. El miedo ante las fuerzas ciegas del capital –ciegas pues no pueden ser previstas por las masas populares– que amenazan al proletario en cada etapa de su vida y al pequeño patrón aportándoles la ruina “súbita”, “inesperada” y “accidental” que los arruina, que los transforma en mendigos, desclasados, prostitutas, que los deja reducidos al hambre. Esas son las raíces de la religión moderna, eso es lo que debe recordar, ante todo, el marxismo si no quiere ser un simple materialismo primario. Ningún libro de vulgarización podrá extirpar la religión del espíritu de las masas embrutecidas por el cautiverio capitalista, que están a la merced de las fuerzas ciegas y destructoras del capitalismo, mientras esas masas no hayan aprendido por sí mismas a combatir esas raíces de la religión, a combatir el imperio del capital bajo todas sus formas, de una manera unitaria, organizada, sistemática y consciente.

“¿Significará eso que un libro de vulgarización contra la religión sería dañino o inútil? No. La conclusión que se impone es muy otra. Eso significa que la propaganda atea de la socialdemocracia debe estar subordinada a su tarea fundamental: el desarrollo de la lucha de clase de las masas explotadas contra sus explotadores (idem).  

Lenin insistía en que eso no podía ser comprendido más que de modo dialéctico. Sin esto, en algunas circunstancias, la propaganda atea puede ser contraproducente. Cita el ejemplo de una huelga llevada a cabo por una asociación obrera cristiana. En este caso, los marxistas deben poner el éxito del movimiento de huelga por encima de todo, oponerse a toda división entre obreros ateos y cristianos”, pues serán los progresos del combate los que harán “convertirse a los obreros cristianos a la socialdemocracia y al ateísmo, con cien veces más eficacia que un sermón favorable al ateísmo”.

El marxista debe ser un materialista, o sea un enemigo de la religión, pero un materialista dialéctico, o sea que considera la lucha contra la religión, no de manera especulativa, no en lo abstracto y puramente teórico de una propaganda siempre idéntica a sí misma, sino de manera concreta, en el terreno de la lucha de clases que se está produciendo en ese momento, lo cual educa a las masas mejor que cualquier otra cosa. El marxista debe saber tener en cuenta el conjunto de una situación concreta, debe encontrar siempre el punto de equilibrio entre el anarquismo y el oportunismo (equilibrio relativo, flexible, variable, pero real), no caer ni en el “revolucionarismo” abstracto, verbal y prácticamente vacuo del anarquista, ni en el filisteísmo y el oportunismo del pequeño burgués o del intelectual liberal, que teme el combate contra la religión, se olvida de la misión que le incumbe en ese dominio, se amolda a la fe en Dios, y se inspira no en los intereses de la lucha de clases sino en un mezquino y miserable cálculo: no chocar a nadie, no herir a nadie, no escandalizar a nadie, resumido en el precepto prudente como ninguno de: “vivir y dejar vivir  a los demás”, etc. (idem).

Lenin no cesó de alertar contra los peligros de la impaciencia pequeño burguesa en el combate contra los estragos de la religión. Y así, en un discurso ante el primer congreso panruso de obreras, en noviembre de 1918, evidenció los éxitos impresionantes obtenidos por la joven República de los Soviets en las zonas más urbanizadas para hacer retroceder la opresión de las mujeres. Pero añadía esta advertencia:

Por primera vez en la historia, nuestras leyes han suprimido todo lo que privaba a las mujeres de sus derechos. Pero lo que importa no es la ley. En las grandes ciudades y en las zonas industriales, la ley sobre la libertad completa de matrimonio se aplica sin problemas, pero en el campo sigue siendo papel mojado. Aquí sigue predominando el matrimonio religioso. Y esto se debe a la influencia del clero, una plaga que es aún más difícil de combatir que la antigua legislación.

“Debemos ser muy prudentes en nuestra lucha contra los estragos de la religión; algunos han causado muchos daños al ofender los sentimientos religiosos. Debemos nosotros servirnos de la propaganda y de la educación. Con ataques frontales demasiado brutales, lo único que haremos es que el pueblo albergue resentimientos; esos métodos de lucha tieneden a perpetuar las divisiones en el pueblo según criterios religiosos, mientras que nuestra fuerza reside en su unidad. La pobreza y la ignorancia son las raíces más profundas de los estragos de la religión, y ése es el mal que debemos nosotros combatir.”

En su proyecto de programa del Partido comunista de Rusia redactado al año siguiente, Lenin insistió en la reivindicación de separación total de la Iglesia y del Estado y reiteró sus advertencias de no chocar los sentimientos religiosos de los creyentes, pues eso sólo servirá para incrementar el fanatismo”.

Dos años después, en un mitin de delegados no bolcheviques al IXº congreso panruso de los Soviets, cuando a Kalinin, a quien más tarde Stalin otorgaría el control de la edu­cación, se le ocurrió decir que Lenin podría dar la orden de “quemar todos los misales”, éste se apresuró a esclarecer las cosas, insistiendo qu­ejamás he sugerido semejante cosa y jamás se me habría ocurrido proponerlo. Sabéis que según nuestra Constitución, ley ­fundamental de la República, la libertad de conciencia, en lo que a religión se refiere, está plenamente garantizada para cada cual.

Algún tiempo después, en 1921, Lenin escribió a Molotov (otro de los futuros principales apparátchiki –altos funcionarios del partido– de Stalin) para criticar consignas tales como denunciar las mentiras de la religión que aparecían en una circular referente al Primero de mayo. Eso es un error, una falta de tacto” escribió Lenin, subrayando una vez más la necesidad de evitar por todos los medios el ataque frontal a la religión”. De hecho, Lenin tenía tal conciencia de lo importante que era este problema que pidió que una circular adicional corrigiera la anterior. Y si no estuviera de acuerdo el Secretariado propondría entonces que el problema se planteara ante el Buró político. El resultado fue que el Comité central mandó publicar una carta en la Pravda del 21 de abril de 1921, exigiendo que en las celebraciones del 1º de mayo, “no se hiciera ni se dijera nada que pudiera ofender los sentimientos religiosos de las masas populares”.

Queda así claramente definido el punto de vista de Lenin sobre las relaciones entre el socialismo y la religión. Podemos ahora resumir cómo veían Marx, Engels y Lenin el combate contra el oscurantismo religioso. En primer lugar, la religión es vista como una forma de opresión en una sociedad dividida en clases, un medio de embaucar a las masas para hacerles aceptar esa opresión. Existe y se desarrolla en condiciones materiales espe­cíficas, que Lenin definía como “la esclavitud económica”. La entrada del capitalismo en su fase de decadencia significa, más que nunca, que el proletariado y las demás capas oprimidas sufren del miedo a las fuerzas ciegas del capital, pues las catástrofes económicas del capitalismo arrastran a las masas trabajadoras hacia el pozo sin fondo de la mendicidad, la prostitución y el hambre”.

Las religiones toman formas muy variadas. Pero cada una de ellas, a la vez que aleja al ser humano de su verdadera liberación, funciona precisamente como una huida gracias al consuelo que ofrece frente a la adversidad. Parece ofrecer la esperanza de una vida mejor, ya sea después de la muerte, ya sea mediante no se sabe qué milagrosa transformación sobrenatural del mundo material. Y en espera de esa liberación, “la salvación del alma”, en el más allá o en la futura Apocalipsis, puede alimentarse la ilusión de que los sufrimientos soportados en este “valle de lágrimas” no serán vanos, pues serán generosamente recompensados en el Paraíso si el creyente se somete a la ley de Dios. En este mundo frío, inhumano, despiadado, consecuencia de la crisis permanente y en cada vez más honda del capitalismo decadente, la religión proporciona además a los oprimidos una apariencia de liberación parcial de su esclavitud. La religión afirma que cada persona es verdaderamente muy valiosa para su creador divino.

Para superar la religión, buscar de la unidad en el combate de clase

Para los anarquistas, los burgueses de espíritu obtuso que quieren educar a las masasy los radicales impacientes procedentes de las clases medias, el imperio de la religión sobre las masas se debe a la ignorancia. Los marxistas, al contrario, comprenden que la religión ahonda sus raíces en lo más profundo del capitalismo moderno –y más allá toda­vía–, hasta los orígenes de la sociedad de clases e incluso a los orígenes de la humanidad. Por eso es por lo que no se acabará con ella mediante la propaganda únicamente, ni siquiera considerándola como medio principal junto a otros. Los comunistas deben hacer, claro está, una propaganda antirreligiosa, pero ésta debe estar siempre subordinada a la búsqueda de la unidad efectiva del proletariado en su combate de clase. El discurso antirreligioso debe vincularse a la práctica concreta del movimiento de clase cuya meta es hacer desaparecer las raíces sociales de la religión. Esta es la única estrategia materialista para arrancar esas raíces. Todos los intentos por resolver el problema con declaraciones de guerra política a la religión, atacándola de frente sin precauciones, o apoyando medidas para restringir las prácticas religiosas, ignoran las raíces muy reales y materiales de la religión. Desde un punto de vista proletario, esa conducta es insensata pues agudiza las divisiones en el seno del proletariado y lleva a los obreros a caer en brazos de los fanáticos religiosos.

Aunque los comunistas se oponen a la religión sin contemplaciones, no por ello van a dar su apoyo a las medidas tomadas por el Estado contra las creencias y las prácticas religiosas, o contra grupos religiosos particulares.

En el plano ideológico y político, los comunistas seguirán estando en contra de la religión: no es aceptable bajo ningún concepto considerar la religión como un asunto privado en las filas mismas de una organización revolucionaria, al estar formada por militantes impregnados de una conciencia de clase y que han roto con toda forma de religión. Dicho lo cual, en su combate contra los estragos provocados por la religión en las masas, los comunistas no sólo deben ser materialistas, que basan su convicción y su acción en ese punto central de que son los seres humanos quienes hacen su propia historia y pueden por lo tanto liberarse a sí mismos mediante una actividad consciente. Deben asimismo ser materialistas dialécticos, o sea actuar considerando la situación en su conjunto, siendo conscientes de todas las interacciones entre los diversos componentes políticos. Ello implica que la propaganda antirreligiosa debe estar vinculada concretamente a una lucha de clases bien real, en lugar de llevar a cabo un combate abstracto, puramente ideológico, contra la religión.

Sólo mediante la victoria del movimiento proletario podrán ser extirpadas las raíces sociales de los miasmas religiosos, vinculados a la explotación de la clase obrera. La religión no puede ser abolida por decreto y las masas obreras deberán superarla basándose en su propia experiencia. Los comunistas deberán pues evitar toda medida (la condena de las prácticas religiosas, por ejemplo) que tienda a reavivar los sentimientos religiosos, lo cual sería contraproducente para el objetivo que se quiere alcanzar. El Estado del período de transición del capitalismo al comunismo instaurado por la dictadura del proletariado deberá evitar toda discriminación religiosa de igual modo que todo tipo de afiliación o vínculo material con la religión.

Para demostrar lo mejor posible qué intereses de clase sirve la religión en nuestros días, las organizaciones revolucionarias deben integrar, en su propaganda, la evolución del papel de la religión en la sociedad. Las creencias y las prácticas que caracterizaban a las religiones en su origen, se han transformado en una especie de caricatura, por el hecho de que las jerarquías religiosas se han adaptado a la sociedad de clases y que ésta las ha absorbido. Es lo que tenía en la mente Rosa Luxemburg cuando preparaba su llamamiento a los obreros animados de sentimientos religiosos y en cual acusaba a las iglesias:

Hoy sois vosotros, por vuestras mentiras y vuestras enseñanzas, los paganos y somos nosotros quienes anunciamos a los pobres y explotados la buena nueva de la fraternidad y de la igualdad. Somos nosotros quienes estamos en marcha para conquistar el mundo, como lo hizo en su tiempo aquel que proclamaba que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos” (Rosa Luxemburg, El socialismo y las iglesias, traducido por nosotros).

Puede verse claramente cómo de la herencia del pasado, muchas cosas siguen siendo útiles hoy. Los escritos militantes de Marx y Engels son de la época de la plena ascensión del capitalismo, mientras Lenin fue un pionero revolucionario de la práxis comunista en los inicios de la decadencia del capitalismo. Hoy, la fase final de la decadencia capitalista ha llegado a su paroxismo: la descomposición capitalista. De modo que, una de dos: o el proletariado vuelve a descubrir su propia herencia revolucionaria, o la humanidad en su conjunto será condenada a la extinción. Parece pues evidente que no basta con repetir los valiosos textos sacados de los clásicos del marxismo, pero que también es imperativo identificar lo que tiene de nuevo el período actual y las enseñanzas que deben sacar de ello en la práctica el proletariado y sus organizaciones políticas.

El combate contra la religión en la fase de decadencia
y en la fase de descomposición del capitalismo

Lo primero que debemos esclarecer se planteó de hecho en el inicio de la decadencia, hacia 1914, pero no fue claramente identificado por los revolucionarios. Se trata de la consigna heredada de la revolución francesa y retomada por la IIª Internacional: la separación de la Iglesia y del Estado. Esta consigna, muy apropiada y necesaria en la época en que se lanzó, es una exigencia burguesa y democrática del capitalismo en su fase ascendente que nunca ha sido satisfecha. Debe comprenderse que únicamente el proletariado y su partido podrán realizarla realmente, habida cuenta de la cantidad de vínculos que unen las religiones y el capitalismo. Era ya una verdad universalmente reconocida en el siglo XIX, es todavía más evidente en nuestro tiempo de capitalismo de Estado, típico de la decadencia del capitalismo. Reivindicar la separación de la Iglesia y el Estado es una absurdez y es además una ilusión peligrosa, hacia la cual, por cierto, tendían Lenin y los bolcheviques.

La segunda cuestión, mencionada en la introducción de este artículo y en el anterior, es la siguiente: ¿es el capitalismo, desde que entró en su fase de descomposición, más irracional y e inhumano que nunca antes? (ver “La descomposición, fase última de la decadencia del capitalismo”, Revista internacional n° 107). La descomposición es la consecuencia de una situación en la que el capitalismo, cuando ya hace tiempo que dejó de ser un factor progresivo y útil para la humanidad, se encuentra enfrentado a un proletariado que todavía está marcado por las largas décadas de la contrarrevolución, al que le falta confianza en sí mismo aunque sea la única fuerza capaz de echar abajo el sistema y sustituirlo por otra sociedad. Durante el período que va desde 1968 a 1989, la reanudación de la actividad de la clase obrera redujo en gran parte algunos efectos de la contrarrevolución capitalista. Pero durante la última década, que es el período que nosotros definimos como el de la descomposición capitalista, la clase obrera ha sufrido múltiples ataques contra la conciencia de su propia identidad de clase, sobre todo a través de las campañas orquestadas por la burguesía sobre la “muerte del comunismo” y el “final de la lucha de clases”. A los efectos negativos sobre la conciencia de la clase obrera se han añadido los insidiosos y solapados debidos a la descomposición.

En su fase postrera, a la vez perversa y fuertemente irracional, nada podrá parar al capitalismo en su intento de poner todas las trabas al desarrollo de la confianza de la clase en sí misma y de su propia conciencia política. Tampoco las organizaciones revolucionarias están inmunizadas contra la irracionalidad del capitalismo decadente. Ya después de 1905, como consecuencia de la derrota del asalto revolucionario y del triunfo de la reacción de Stolopin, una parte de lo bolcheviques se vio asaltada por arrebatos religiosos. Más recientemente, un grupo bordiguista, el que publica el periódico Il Partito se puso a ocuparse un poco de misticismo (ver
“Marxismo y misticismo”, Revista internacional nº 94 y el número de mayo de 1997 de Programme communiste). De igual modo, la CCI se vio obligada, a mediados de los años 90, a llevar a cabo un combate en su seno contra el entusiasmo de ciertos militantes por el esoterismo y el ocultismo.

Los peligros crecientes que la descomposición del capitalismo entraña no deben subestimarse. La humanidad en su conjunto es, por naturaleza, un ser social. La descomposición es una especie de ácido social que corroe los vínculos naturales de solidaridad que entretejen mutuamente los seres humanos que viven en sociedad, expandiendo en su lugar la sospecha y la paranoia. Dicho de otra manera, la descomposición engendra una tendencia espontánea en la sociedad a los agrupamientos tribales y de bandas. Todos los tipos de “fundamentalismos”, las diferentes variedades de cultos, el desarrollo de grupos y de prácticas de tipo “New Age”, el incremento imparable de bandas de jóvenes delincuentes, todo eso son tentativas, abocadas al fracaso, con las que se intenta rellenar el vacío de la solidaridad social que desaparece, en un mundo cada día más duro y hostil. Al no basarse en la vitalidad latente de la única clase revolucionaria de nuestra época, sino en respuestas individualistas de las relaciones sociales basadas en la explotación, todos esos intentos están condenados, por su propia naturaleza, a no producir otra cosa que más alienación, más abandono y, en fin de cuentas, a agudizar más todavía los efectos de la descomposición.

Así pues, el combate contra el resurgir religioso, contra todas las formas de lo irracional que tanto éxito tienen hoy, es inseparable de la necesidad para la clase obrera de reanudar el combate por sus verdaderos intereses de clase. Sólo este combate será capaz de reducir los efectos destructores de un orden social que se va deshaciendo cada día más. Al proletariado, en su lucha por la defensa de sus intereses materiales, no le queda otro remedio que ir creando las premisas de una verdadera comunidad humana. La verdadera solidaridad que le anima en la lucha es el antídoto a ese falso sentimiento de solidaridad que proporciona la “cultura” de las bandas o el fundamentalismo. De igual modo, el combate por hacer revivir la conciencia de clase del proletariado –y en la vanguardia de ese combate están las minorías comunistas- es el antídoto contra esas mitologías, cada vez más degradantes, segregadas por una sociedad en putrefacción.

Y por todo eso, ese combate indica el camino hacia un porvenir en el que el ser humano se hará plenamente consciente de sí mismo y de su lugar en la naturaleza, en el que habrá dejado, lejos, por fin, a todos los dioses.

Dawson