Dislocación de la URSS, matanzas en Yugoslavia

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Dislocación de la URSS, matanzas en Yugoslavia

Únicamente la clase obrera internacional podrá hacer que la humanidad se libre de la barbarie

El “nuevo orden mundial” anunciado hace menos de dos años por el presidente Bush lo único que está haciendo es acumular horrores y cadáveres. Nada más terminadas las masacres de la guerra del Golfo (las provocadas directamente por la coalición, pues la de los kurdos sigue) ya se encendía la guerra en plena Europa, en lo que ha sido Yugoslavia. El horror descubierto tras la toma de Vukovar por los ejércitos serbios ilustra una vez más hasta qué punto eran falsos los discursos sobre la “nueva era“ de paz , de prosperidad y de respeto de los derechos humanos, era que se iba a iniciar con el hundimiento de los regímenes estalinistas de Europa y la desaparición del antiguo bloque del Este. Al mismo tiempo, la independencia de Ukrania y, más todavía, la constitución de una “Comunidad de Estados “ formada por ese país, Rusia y Bielorrusia [1] han acabado formalizando lo que ya era un hecho patente desde el verano   : la URSS ha dejado de existir. Pero eso no impide, ni mucho menos, que los trozos de ese difunto país sigan descomponiéndose: hoy la amenaza de estallido se cierne sobre la Federación Rusa misma, o sea sobre la más poderosa de las repúblicas del que fuera Imperio soviético. Frente al caos en el que se están hundiendo cada día más el planeta, los países más adelantados, y ante todo el primero de ellos, los Estados Unidos, pretenden aparecer cual oasis de estabilidad, garante del orden mundial. En realidad, esos países tampoco están a salvo de las convulsiones mortales en las que se está hundiendo la sociedad humana. El estado más poderoso de la Tierra, por mucho que se aproveche de su enorme superioridad militar sobre el resto, para reivindicar el papel de “gendarme mundial “, como acabamos de comprobar con la Conferencia sobre Oriente Medio, nada puede hacer, en cambio, para atajar la inexorable crisis económica  que es base y raíz de todas las convulsiones que agitan la humanidad. La barbarie del mundo de hoy pone de relieve la gran responsabilidad que le incumbe al proletariado mundial, un proletariado que debe hacer frente al desencadenamiento de una campaña y a unas maniobras de intensidad nunca vista, destinadas a desviarlo no sólo de su perspectiva histórica sino también de la lucha por sus intereses más elementales.

Hemos analizado regularmente en  nuestra Revista la evolución de la  situación en la antigua URSS[2] Desde el verano de 1989 (o sea dos meses antes de la caída del muro de Berlín), la CCI ha ido insistiendo en la extrema gravedad de las convulsiones que sacudían a todos los países que se pretendían “socialistas “[3]Hoy, cada día que pasa viene a ilustrar un poco más la amplitud de la catástrofe que se ha desencadenado en esa parte del mundo.

La ex URSS en el abismo

Desde el golpe fallido de agosto pasado, las cosas han ido precipitándose sin parar en la antigua URSS. La salida de los países bálticos de la “Unión “parece ahora algo de un remoto pasado. Ahora es Ucrania la que se proclama independiente, o sea, la segunda república de la Unión, que cuenta 52 millones de habitantes, su “granero de trigo “, 25 % de su producción industrial. Además, Ucrania posee en su territorio una cantidad importante de armas atómicas de la ex URSS. Sólo ella ya dispone de un potencial de destrucción superior a los de Gran Bretaña y Francia juntas. En este sentido, la decisión de Gorbachov, el 5 de Octubre, de reducir de 12 000 a 2 000 la cantidad de cargas nucleares tácticas de la URSS no sólo era la respuesta a la decisión similar adoptada por Bush una semana antes. Tampoco era la simple plasmación de la desaparición del antagonismo imperialista, que había dominado el mundo durante cuatro décadas, entre EEUU y la URSS. Era una medida de prudencia elemental para impedir que las repúblicas en cuyo territorio se encuentran esas armas, y especialmente Ucrania, las usaran como armas de chantaje. Por eso se han negado hasta ahora las autoridades ucranias a devolver ese armamento. No hubo que esperar mucho tiempo para que se viera lo justificada que estaba la inquietud de Gorbachov y de la mayoría de quienes gobiernan este mundo, frente al problema de la diseminación nuclear. A primeros de Noviembre estallaba el conflicto entre la autoridad central rusa y la república autónoma de Checheno-Ingushetia, la cual acababa de proclamar, también ella, su “independencia “. Contra la decisión de Yeltsin de instaurar allí el estado de emergencia con las fuerzas especiales del KGB, Dudáiev, ex general del ejército “rojo“ reconvertido en pequeño sátrapa independentista, amenazaba con recurrir a actos terroristas contra las instalaciones nucleares de la región. Además, ante el peligro de enfrentamientos sangrientos, las tropas encargadas de la represión se negaron a obedecer, siendo, al cabo, el Parlamento ruso quien sacara a Yeltsin del aprieto anulando las decisiones de éste. Este suceso, además de evidenciar la amenaza real que representan los enormes medios nucleares desplegados en toda la ex URSS en el momento mismo en que esta antigua superpotencia se desintegra, también pone de relieve el nivel de caos en que se encuentran hoy esas regiones del mundo. Ya no es sólo la URSS la que se está desmoronando, sino también la mayor república, Rusia, amenazada de explosión sin poseer los medios, si no es el de alguna que otra matanza de incierto desenlace, para hacer respetar el orden.

Bancarrota económica total

Esa tendencia al desmoronamiento de la misma Rusia también se plasma en las disensiones entre los “reformadores “de la camarilla actualmente gobernante. Por ejemplo, las medidas de “liberalismo salvaje “propuestas por el presidente ruso a finales de octubre han provocado las protestas de los alcaldes de las dos ciudades mayores del país. Gavril Popov, alcalde de Moscú, ha declarado que “él no cargará con la responsabilidad de la liberación de los precios “y su colega de San Petersburgo, Anatoli Sobchak ha acusado a Yeltsin de querer “matar de hambre a Rusia “. De hecho, esos enfrentamientos entre políticos sobre cuestiones económicas, hacen aparecer el atolladero en que se encuentra la economía de la ex URSS. Todos sus dirigentes políticos, empezando por Gorbachov, no paran de lanzar alarmas ante la amenaza de hambrunas para este invierno. El 10 de Noviembre, Sobchak avisaba: “No hemos acumulado las reservas alimenticias suficientes, sin las cuales las grandes ciudades soviéticas y los grandes centros industriales del país no podrán, sencillamente, sobrevivir “.

También en lo financiero, la situación se ha vuelto de auténtica pesadilla. El Banco Central, el Gosbank, está dándole a la máquina de billetes a ritmo intensivo, lo que acarrea una devaluación del rublo de 3 % por semana. El 29 de Noviembre, ese banco anuncia que ya no se pagarán los sueldos de los funcionarios. El origen de este decisión está en la negativa de los diputados rusos (mayoritarios) en el Congreso de votar una autorización de crédito de 90 mil millones de rublos pedida por Gorbachov. Al día siguiente, Yeltsin, para así apuntarse un nuevo tanto en su pugna de influencia contra Gorbachov, aseguró que Rusia se encargaba del pago de los funcionarios.

En realidad, la quiebra del banco central no se debe únicamente a la negativa de las repúblicas de hacer entrega de la recaudación de impuestos al “centro “. Tampoco ellas son capaces de recaudar los fondos indispensables para funcionar. Las repúblicas autónomas de Yakutia y Buriatia, por ejemplo, bloquean desde hace meses sus entregas de oro y diamantes, entregas que permitirían alimentar en divisas las arcas de Rusia y de la Unión. Las empresas, por su parte, pagan cada vez menos impuestos, ya sea porque tienen las arcas también vacías, ya sea porque consideran (como así ocurre con las empresas privadas más “prósperas “) que “liberalización “significa abolición de los impuestos. La ex URSS se encuentra así metida en una espiral de locura. Tanto las reformas como los conflictos políticos resultantes de la catástrofe económica agravan todavía más esta catástrofe, lo que desemboca en una nueva huida ciega en unas “reformas “ ya muertas al nacer y en enfrentamientos entre camarillas.

Los gobiernos de los países más avanzados son muy conscientes de la amplitud de la catástrofe, cuyas repercusiones, claro está, no van a parase en seco en las fronteras de la antigua URSS. [4]Por eso, se han elaborado planes de urgencia para transportar hacia aquella zona productos de primera necesidad. Pero nadie puede garantizar que esas ayudas lleguen a su destino, a causa de la insondable corrupción reinante a todos los niveles de la economía, a causa de la parálisis de todo el aparato político-administrativo (ante la inestabilidad y las amenazas de despidos, la preocupación principal de la mayoría de los “agentes de decisión “ es la de no tomar ninguna), a causa de la desorganización completa de los medios de transporte (faltan recambios para el mantenimiento de la maquinaria, hay cortes en el abastecimiento de combustible, se producen desórdenes de todo tipo que afectan regularmente a muchas partes del territorio).

También, para aliviar un poquito el estrangulamiento financiero de la ex URSS, los países del G-7 han decidido otorgar un plazo de un año para el reembolso de los intereses de la deuda soviética, la cual asciende hoy a 80 mil millones de dólares. Pero eso es como un esparadrapo en una pata de palo, pues los préstamos otorgados parecen caer en un pozo sin fondo. Hace dos años, nos habían cantado la coplilla de los “nuevos mercados “que quedaban abiertos gracias al desplome de los regímenes estalinianos. Ahora, cuando la crisis económica mundial se está plasmando, entre otras cosas, en una crisis aguda de liquidez[5], los bancos se hacen cada día más remolones para invertir sus capitales en esa parte del mundo. Así se quejaba recientemente un banquero francés: “Allí, no sabe uno a quién le presta ni a quiénes podrá exigir los reembolsos “.

Incluso a los políticos burgueses más optimistas, les resulta difícil imaginarse cómo podría enderezarse tal situación tanto en lo económico como en lo político, del país que, hasta hace poco tiempo, era la segunda potencia mundial. La independencia de cada república, presentada por los diversos demagogos locales como una “solución “ para no hundirse con el navío entero, no hará sino poner todavía peor las dificultades de una economía basada durante décadas en una extrema división del trabajo (algunos productos son fabricados por una sola fábrica para toda la URSS). Además, esas independencias llevan consigo el resurgir de otras reivindicaciones particulares de minorías repartidas por todo el territorio de la ex URSS (existen unas cuarenta “regiones autónomas “y un montón de etnias). Ya ahora, con los enfrentamientos sangrientos entre armenios y azeríes a propósito de Nagorno-Karabaj, entre osetios y georgianos en Osetia del Sur, entre kirghizios, uzbekos y tadyiks en Kirghizia, puede uno hacerse una idea de lo que le espera al conjunto del territorio de la ex URSS. Además, las poblaciones rusas, que están repartidas por toda la ex Unión (38 % de la población de Kazajstán, 22 % en Ucrania, por ejemplo), podrían pagar los platos rotos de esas “independencias “. Yeltsin, por otra parte, ha avisado que él se consideraría “protector “de los 26 millones de rusos que viven fuera de Rusia y que habría que reconsiderar la cuestión de las fronteras de su república con algunas otras. Este tipo de discurso ya se lo hemos oído, hace poco tiempo, al dirigente serbio Milosevic ; cuando se ve lo que está ocurriendo en Yugoslavia, puede uno entender perfectamente la siniestra realidad que tales discursos anuncian para el futuro, y eso a una escala mucho mayor .[6]

Yugoslavia: barbarie y antagonismos entre grandes potencias

En unos cuantos meses, Yugoslavia se ha hundido en los infiernos. Día tras día, los telediarios nos dan imágenes de una barbarie sin nombre que se ha desencadenado a unos cientos de kilómetros de las metrópolis industriales de Italia del Norte y de Austria. Ciudades enteramente destruidas, cadáveres amontonados por las calles, mutilaciones, torturas, muertos por doquier. Desde que terminó la IIª Guerra mundial, ningún país de Europa había conocido semejantes atrocidades. Desde ahora, el horror que parecía reservado a los países del llamado tercer mundo, está alcanzando las zonas inmediatas al corazón del capitalismo. Ése es el “gran progreso “que acaba de realizar la burguesía: crear un Beirut de Danubio, a una hora escasa de Milán y de Viena. El infierno en que viven desde hace décadas los países más pobres del planeta siempre ha sido insoportable, una vergüenza para la humanidad. Que ese infierno esté ahora a las puertas de Europa no es ni más ni menos escandaloso. Pero sí que es el indiscutible signo del grado de putrefacción que ha alcanzado un sistema que durante cuarenta años había conseguido repeler hacia su periferia los aspectos más abominables de la barbarie que él engendra. Es la expresión evidente de que el capitalismo ha entrado en una nueva etapa, la última, de su decadencia: la de la descomposición general de la sociedad[7].

Una de las ilustraciones de esta descomposición es la irracionalidad total con la que se conducen las principales fuerzas políticas en presencia. Por parte de las autoridades de Croacia, la reivindicación de independencia no se basa en la más mínima posibilidad de mejora de las posiciones de su capital nacional. Basta con consultar un mapa para darse cuenta de las dificultades suplementarias que surgirán sin la menor duda cuando esta “nación “ haya alcanzado su “independencia “, dificultades debidas a la conformación misma de sus fronteras. Para ir de Dubrovnik a Vukovar, suponiendo que estas dos ciudades puedan ser un día reconstruidas y pertenezcan a una Croacia independiente, no será por Zagreb por donde habría que pasar, salvo si se quieren recorrer 500 kilómetros suplementarios, sino por Sarajevo, capital de otra república, Bosnia-Herzegovina.

Del lado de las autoridades “federales “(serbias, en realidad), los intentos por someter a Croacia, o al menos de mantener dentro de una “Gran Serbia “el control de las provincias croatas en las que viven serbios, tampoco va a permitir obtener grandes beneficios económicos: el coste de la guerra actual y las destrucciones que está provocando no hacen sino agravar más todavía el marasmo económico en que está metido el país.

Disensiones entre Estados europeos

Desde el inicio de las masacres yugoslavas, los especialistas de la bondad y caridad mediáticas se emocionaron muchísimo; “¡algo hay que hacer!”, venían a decir. Es cierto que los horrores sufridos por los kurdos de Irak se venden hoy peor que hace algunos meses [8]. Sin embargo, para Yugoslavia, la “solicitud” ha ido bastante más allá que el puro “Charity Business”, pues la Comunidad Europea ha organizado una conferencia especial, llamada de La Haya, para poner fin a la guerra. Tras casi veinte ridículos;  alto el fuego y los múltiples viajes del negociador Lord Carrington, las matanzas siguen y siguen. De hecho, la impotencia de Europa para acabar con este conflicto, cuya total absurdez es subrayada por todos, es una ilustración patente de las disensiones que existen entre los Estados que la componen. Estas disensiones no son ni circunstanciales ni secundarias. Esas disensiones cubren, por el contrario, intereses imperialistas muy determinados y antagónicos. El que Alemania haya sido favorable, desde el principio, a la independencia de Eslovenia y de Croacia no es algo fortuito. Para esa potencia, esas independencias son ahora la condición necesaria para acceder al Mediterráneo, mar cuya importancia estratégica es evidente [9]. Por su parte las demás potencias imperialistas presentes en el Mediterráneo, no tienen el más mínimo interés en que Alemania vuelva a asomarse a él. Por eso, al iniciarse el conflicto yugoslavo, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia (sin contar a la URSS, tradicional “protector” de Serbia, pero que bastante tiene con lo suyo) se pronunciaron por el mantenimiento de Yugoslavia unificada.[10]

La tragedia yugoslava ha puesto de relieve que el “nuevo orden mundial” no significa otra cosa que el recrudecimiento de las tensiones no sólo entre nacionalidades o etnias en algunas partes del mundo como en la Europa del Este y Central, en donde el desarrollo tardío del capitalismo impidió la formación de Estados nacionales viables y estables, sino y sobre todo entre los viejos Estados capitalistas formados desde hace ya tiempo y que, hasta hace poco, estaban aliados contra la potencia imperialista soviética. El caos en que se está hundiendo el planeta ya no es sólo algo “típico” de los países de la periferia del capitalismo. Ese caos también está y seguirá afectando cada día más a los países centrales pues tiene sus raíces, no en los problemas específicos de los países subdesarrollados, sino en un fenómeno mundial: la descomposición general de la sociedad capitalista, que no cesará de agravarse al mismo tiempo que se agrava la crisis irreversible de su economía.

La conferencia sobre Oriente Medio afirmación del liderazgo de EE.UU.

Para intentar atajar el caos en que se está precipitando el planeta entero, le incumbe a la primera potencia mundial el desempeñar el papel de gendarme. Es evidente que las motivaciones estadounidenses para hacer ese papel no son desinteresadas, ni mucho menos. A quien más se aprovecha del “orden mundial” actual, le incumbe, sobre todo a él, preservarlo. La guerra del Golfo ha sido una operación de policía ejemplar para disuadir a todos los demás países, grandes o pequeños, de participar en la desestabilización de tal orden. Ahora, la “conferencia de paz” sobre Oriente Medio es otro aspecto, complementario de la guerra, en la estrategia americana. Tras haber demostrado que estaban dispuestos a “mantener el orden” a costa de la mayor brutalidad, los Estados Unidos tenían que dar la prueba de que sólo ellos tienen los medios para ser eficaces en arreglar conflictos que llevan ensangrentando el planeta desde hace décadas. Para ello, la cuestión de Oriente Medio es, evidentemente, una de las más significativas.

En efecto, debe subrayarse la importancia histórica considerable de tal acontecimiento. Es la primera vez en 43 años (desde el reparto de Palestina por la ONU en noviembre del 47 y el final del protectorado inglés en mayo del 48) que Israel se encuentra en la misma mesa junto con sus vecinos árabes con quienes ha hecho ya cinco guerras (1948, 1956, 1967, 1973, 1982). De hecho, esa conferencia internacional es consecuencia directa del hundimiento del bloque ruso en 1989 y de la guerra del Golfo de principios del 91. Ha podido realizarse porque los Estados árabes (incluida la OLP) al igual que Israel ya no pueden seguir jugando con la rivalidad Este-Oeste para hacer prevalecer sus intereses.

Los Estados árabes que pretendían confrontarse con Israel han perdido definitivamente a su “protector” soviético. Y por lo tanto, Israel ha perdido una de las atribuciones que le granjeaba el apoyo total de Estados Unidos, la de ser el principal gendarme del bloque USA en la región frente a las pretensiones del bloque ruso.[11]

Sin embargo, aunque es cierto que la cuestión de Oriente Medio, por su importancia histórica y estratégica, ya da de por sí gran relieve a la conferencia abierta a finales de octubre en Madrid y que proseguirá en Washington en diciembre, su significado va mucho más allá de los problemas de esa parte del mundo. EE.UU. no sólo afirma su autoridad ante los países de la región, sino, y sobre todo, ante las demás grandes potencias que pretendieran jugar una baza “independiente”.

 

Las potencias europeas metidas en cintura

En Madrid, en efecto, al no tener la ONU [12] la menor función (a petición de Israel, pero eso les venía muy bien a los americanos), la única gran potencia presente, al lado de EE.UU, era... ¡la URSS! (lo de “gran potencia”, es un decir). El simple hecho que Bush propusiera la copresidencia de la conferencia a un Gorbachov totalmente devaluado y dirigente de un país ya inexistente, es una afrenta a países que hasta hace poco tenían pretensiones en Oriente Medio. Este era el caso de Francia (definitivamente expulsada de Líbano, totalmente ahora bajo control de Siria) y también de Gran Bretaña (principal potencia presente en la región hasta la IIª Guerra mundial y “ex protectora” de Palestina, Jordania y Egipto). La cosa no es muy grave en el caso de Gran Bretaña, la cual no concibe la defensa de sus intereses imperialistas sino es en el marco de una estrecha alianza con el gran hermano americano. En cambio, en el caso de Francia, es una nuevo ejemplo del segundo orden que Estados Unidos le tiene ya asignado a pesar, y en parte a causa, de sus intentos por llevar a cabo una política “independiente”. Y detrás de Francia, el mensaje también iba dirigido indirectamente a Alemania. Alemania ya no tiene, desde hace tiempo, intereses en la zona (excepto los económicos, claro está). Pero, la afrenta recibida por Francia, país en el que Alemania intenta apoyarse actualmente, tanto en las instituciones europeas como en lo militar, para afirmar sus intereses, también a ella la alcanza. El lugar reservado a Europa en la conferencia de Madrid (la presencia, como observador, del ministro de Asuntos exteriores de Holanda) da una clara idea del papel que Estados Unidos pretende reservar para los Estados europeos o a cualquier alianza entre ellos en los grandes asuntos internacionales  un papel de comparsa.

Y organizar una conferencia sobre Oriente Medio cuando esos mismos Estados europeos lucen un día tras otro su total impotencia ante la situación yugoslava, pone en evidencia una vez más que el único gendarme capaz de asegurar un poco de orden en el mundo es el Tío Sam. Este último ha sido capaz de dar “solución” a uno de los conflictos más antiguos y graves del planeta y que se desarrollaba a 10 000 km de sus fronteras, mientras que los países europeos no logran poner orden del otro lado de las suyas. Así, con la conferencia sobre Oriente Medio se ha reafirmado el mensaje esencial que EE.UU. quería mandar con la guerra del Golfo  sólo de la potencia estadounidense, de su enorme superioridad militar (y también económica) depende “el orden mundial”. Todos los países, incluidos quienes quieren jugar sus propias cartas, necesitan a ese gendarme [13]. El interés de esos países será pues el de facilitar la política de la primera potencia mundial.

Sin embargo, la disciplina que la primera potencia mundial está logrando todavía imponer no puede ocultar la situación catastrófica en que se encuentra el mundo capitalista, situación que seguirá agravándose sin remedio. Para empezar, el método empleado para garantizar esa disciplina es ya de por sí generador de nuevos desórdenes. Eso es lo que hemos podido ver con la guerra del Golfo y todas sus desastrosas consecuencias en la región, especialmente en la cuestión kurda; eso es lo que estamos comprobando con Yugoslavia, en donde el mantenimiento de la autoridad norteamericana ha puesto a sangre y fuego al país. Como lo han afirmado siempre los marxistas, no hay sitio, en el capitalismo decadente, para una no se sabe qué “paz general”. Aunque se apagaran en Oriente Medio, las tensiones entre bandas rivales de los gánsteres capitalistas se encenderán en otras partes. Y eso tanto más por cuanto la crisis económica del modo de producción capitalista, que es, en última instancia, la raíz de los enfrentamientos imperialistas, es insoluble y además seguirá agravándose como puede comprobarse en estos días.

Agravación de la crisis y ataques contra la clase obrera

A la vez que Bush celebra sus triunfos diplomáticos y militares, su “frente interior” no para de degradarse, sobre todo con la nueva agravación de la recesión. Durante algunos meses, la burguesía norteamericana y, con ella, la burguesía del mundo entero, se había hecho la ilusión de que la recesión abierta que se había iniciado antes de la guerra del Golfo iba a ser pasajera. Ha llegado hoy el tiempo de las decepciones a pesar de todos los esfuerzos de los gobiernos (que además pretenden que no hay que intervenir en la economía y dejar funcionar las leyes del mercado, cuando en realidad hacen lo contrario) el marasmo se prolonga sin que se le vea salida. En realidad, estamos ante una nueva agravación de la crisis del capital, agravación que ya ha sumido en el pánico a cantidad de sectores de la burguesía.

Tal agravación no va a tener otra consecuencia que la intensificación de los ataques contra la clase obrera. Ya hoy se han ido desencadenando esos ataques por doquier: despidos masivos (incluidos sectores “punta” como la informática, bloqueo de salarios, erosión de subsidios sociales (pensiones, subsidios de desempleo, gastos médicos, etc.), aumento de las cadencias en el trabajo. Sería imposible hacer una lista de todos los tipos de agresiones que en los diferentes países está sufriendo la clase obrera. Son todos los obreros de todos los países quienes están soportando en carne viva las cornadas de la crisis capitalista. Esos ataques producen un evidente descontento en la clase obrera. En muchos países puede efectivamente observarse una agitación social en aumento. Lo que es, sin embargo, significativo es que, al contrario de las grandes luchas que marcaron los años de mitad de los 80, luchas que los medios de comunicación se esmeraron en ocultar casi por completo, la agitación actual, en cambio, nos la brindan en espectáculo en los medios de comunicación. Estamos asistiendo a una de esas maniobras de envergadura con las que la burguesía de la mayoría de los países más desarrollados intenta minar el terreno de los verdaderos combates de clase.

Para la clase obrera no son equivalentes la indignación y la combatividad, como tampoco son equivalentes la combatividad y la conciencia, por mucho que entre ellas haya una estrecha relación. La situación de los obreros de los países ex “socialistas” nos los demuestra cada día. Esos obreros tienen hoy que encarar condiciones de vida que se resumen en una miseria desconocida desde hace décadas. Y sin embargo, sus luchas contra la explotación son de muy flojo alcance y cuando se despliegan es para caer en las trampas más groseras que la burguesía pueda tenderles, en especial las nacionalistas como hemos podido ver en la primavera del 91 con la huelga de los mineros de Ucrania. La situación dista mucho de ser tan catastrófica en los países “adelantados”, tanto desde el punto de vista de los ataques capitalistas como de las mistificaciones que pesan en la conciencia de los obreros. En cambio, sí que hay que subrayar las dificultades con las que en el momento actual se está encontrando el proletariado de estos países. La clase enemiga está empleando todos los medios a su alcance para utilizar esas dificultades y aumentarlas.

Los acontecimientos tan importantes que se han venido sucediendo desde hace dos años han sido ampliamente utilizados por la burguesía para atajar la combatividad de la clase obrera y, sobre todo, intentar destruir su conciencia. Y así, repitiendo hasta el asco que el estalinismo era el “comunismo”, que los regímenes estalinistas, cuya bancarrota se había hecho evidente, eran algo así como la consecuencia inevitable de la revolución proletaria, todas esas campañas propagandísticas de la burguesía han tenido el objetivo de desviar a los obreros de la menor perspectiva de una sociedad diferente, dándoles a entender que la “democracia liberal” sería la única sociedad viable para siempre jamás. Lo que se ha hundido en el Este es una forma particular de capitalismo, y se ha hundido precisamente a causa de la presión de la crisis general del sistema. Y esos acontecimientos, los medios de comunicación no han cesado de presentárnoslos como un “triunfo” del capitalismo.

Esas campañas han tenido un impacto nada desdeñable en los medios obreros, afectándoles en su combatividad y sobre todo en su conciencia. La combatividad obrera estaba viviendo un nuevo ímpetu en la primavera de 1990, como consecuencia, en particular, de los ataques debidos al inicio de la recesión. Pero la crisis del Golfo y la guerra volvieron a minar esa combatividad. Estos trágicos acontecimientos permitieron que apareciera claramente la mentira sobre el “nuevo orden mundial “que nos anunciaba la burguesía tras la desaparición del bloque del Este, el cual habría sido el principal responsable de las tensiones militares. Las matanzas perpetradas por las “grandes democracias”, por los “países civilizados” contra las poblaciones iraquíes permitieron que muchos obreros comprendieran cuán falsos eran los discursos de esas mismas “democracias”, sobre la “paz” y los “derechos humanos”. Pero, al mismo tiempo, la gran mayoría de la clase obrera de los países avanzados, tras las nuevas campañas de mentiras de la burguesía, soportó esta guerra con un fuerte sentimiento de impotencia que ha acabado debilitando sus luchas. El golpe del verano de 1991 en la URSS y la nueva desestabilización que ha acarreado, así como la guerra civil en Yugoslavia, han venido a incrementar ese sentimiento de impotencia. El estallido de la URSS y la barbarie guerrera desencadenada en Yugoslavia son expresiones del grado de descomposición alcanzado hoy por la sociedad capitalista. Pero, gracias a todas las mentiras machacadas una y otra vez por los media, la burguesía ha conseguido ocultar las causas reales de esos acontecimientos, presentándolos como una nueva consecuencia de la “muerte del comunismo” e incluso de un problema de “derecho de los pueblos a la autodeterminación”, hechos ante los cuales a los obreros no les quedaría otro remedio que el ser espectadores pasivos y confiar plenamente en la “sabia cordura” de sus gobernantes.

Las maniobras de la burguesía contra la clase obrera

Así pues, tras haber tenido que soportar durante dos años semejante ametrallamiento propagandístico, la clase obrera ha acusado el golpe, expresándose en un desaliento y un fuerte sentimiento de impotencia. Y es precisamente ese sentimiento de impotencia lo que la burguesía procura utilizar e incrementar con una serie de maniobras con las que cortar de raíz toda posibilidad de renacimiento de la combatividad, provocando enfrentamientos prematuros, en un terreno elegido por la propia burguesía, para que esos enfrentamientos se agoten en el aislamiento y terminen metiéndose en callejones sin salida. Variados son los métodos empleados, pero todos tienen algo común y es que en todos los casos siempre están presentes los sindicatos en actividad intensiva.

En España, por ejemplo, será el terreno minado del nacionalismo y el regionalismo el usado por los sindicatos (Comisiones Obreras próximas al PC y la UGT cercana al PSOE) por el que llevarán a los obreros al aislamiento. El 23 de Octubre convocaron una huelga general en Asturias, en donde van a desaparecer cerca de 50 000 empleos según los planes de “racionalización” de las minas y de la siderurgia, tras la consigna de “defensa de Asturias”. Con semejante consigna, el “movimiento” ha obtenido el apoyo de los comerciantes, los artesanos, los agricultores, los futbolistas y hasta de los curas. A causa de la ira y la inquietud que anima a los obreros, el movimiento ha sido muy seguido, pero semejante reivindicación no podía sino favorecer su encierro en la región, cuando no es en su barrio, como ha ocurrido en el País Vasco, en Bilbao, en donde eran convocados a movilizarse tras una moción del Parlamento autónomo para “salvar la margen izquierda del Nervión”.

En Holanda y en Italia, los sindicatos han echado mano de otros medios. Han convocado a una movilización nacional con grandes manifestaciones callejeras, en cuanto se dio a conocer el presupuesto de 1992, que contiene importantes ataques contra los subsidios sociales, los salarios y los empleos. En Holanda, el movimiento ha sido un éxito para los sindicatos; dos manifestaciones, la del 17 de Septiembre y la del 5 de Octubre, fueron las más importantes desde la guerra. Fue una ocasión para los aparatos sindicales de incrementar el encuadramiento de la clase obrera en previsión de luchas futuras, a la vez que desviaban el descontento hacia el terreno de la “defensa de las adquisiciones sociales de la democracia holandesa”. En Italia, en donde vive uno de los proletariados más combativos del mundo, en donde los sindicatos están muy desprestigiados, la maniobra ha sido más sutil. Dicha maniobra consistió en dividir y desalentar a los obreros mediante un reparto de tareas entre, por un lado, las tres grandes centrales (CGIL, CSIL y UIL) que convocaban a manifestaciones para el 22 de Octubre y, del otro, los sindicatos “de base” (las COBAS) que convocaban a una “huelga alternativa” para... el 25 de Octubre.

En Francia, otra táctica: encerrar a los obreros en el corporativismo. Los sindicatos lanzaron toda una serie de “movimientos”, ampliamente repercutidos por los media, en fechas y por reivindicaciones diferentes: ferrocarriles, trasportes aéreos y urbanos, puertos, siderurgia, enseñanza, asistentes sociales, etc. Hemos podido asistir a una maniobra especialmente asquerosa en el sector de la salud: los sindicatos oficiales, notoriamente desprestigiados, abogaban por “la unidad” entre las diversas categorías, mientras que las coordinadoras, que ya se ilustraron en la huelga del otoño de 1988[14], cultivaban el corporativismo y lo “específico”, en especial entre las enfermeras. El gobierno ya se las arregló para echar oportunamente pimienta “radical” al movimiento de éstas mediante las violencias policiacas en una de sus manifestaciones, violencias ampliamente trasmitidas por los medios de comunicación. El colmo fue cuando los trabajadores de ese sector fueron llamados a manifestarse junto con los médicos liberales, los grandes caciques de la medicina hospitalaria y los farmacéuticos, por la “defensa de la salud”. Al mismo tiempo, los sindicatos, con el apoyo activo de las organizaciones izquierdistas, lanzaron la huelga en la factoría Renault de Cleon, o sea en la empresa “faro” para el proletariado de Francia. Durante semanas los sindicatos no cesaron en sus discursos radicales, a la vez que mantenían encerrados a los obreros en la fábrica, hasta el momento en que, repentinamente, se cambiaron de chaqueta llamando a los obreros a la vuelta al trabajo y eso que la dirección sólo había otorgado unas cuantas migajas. Y en cuanto se reanudó el trabajo en Cleon, convocaron a la huelga en otra factoría del mismo grupo, en Le Mans.

Esos sólo son unos cuantos ejemplos entre muchos, pero son significativos de la estrategia de conjunto elaborada por la burguesía contra los obreros. La burguesía sabe muy bien que, a pesar de las campañas machacadas desde hace dos años, no ha obtenido un éxito definitivo y por eso está desplegando hoy todas esas maniobras apoyándose en las dificultades actuales de la clase obrera.

Pues esas dificultades no son definitivas. La intensificación y el carácter más y más masivo de los ataques que el capitalismo deberá necesariamente desencadenar va a obligar a la clase obrera a reanudar sus combates de gran envergadura. Al mismo tiempo, y eso es lo que en fin de cuentas teme la burguesía, la comprobación de la bancarrota creciente de un capitalismo que nos presentaban como “triunfante” permitirá que se tambaleen las mentiras propaladas desde la muerte del estalinismo. Y, en fin, la intensificación inevitable de las tensiones bélicas que implicarán no sólo a los pequeños Estados de la periferia sino y sobre todo a los países centrales del capitalismo, allí donde están concentrados los destacamentos más fuertes del proletariado mundial, de todo lo cual ya nos ha dado una primera idea la guerra del Golfo, servirá para asestarle un golpe de primera importancia a las mentiras de la burguesía y a poner en evidencia los peligros que para el conjunto de la humanidad entraña la pervivencia del capitalismo.

El camino que le espera a la clase obrera es un camino largo y difícil. Les incumbe a las organizaciones revolucionarias, con la denuncia tanto de las campañas ideológicas del “final del comunismo” como de las maniobras con las que hoy intentan arrastrar a los obreros hacia callejones sin salida, el contribuir activamente en la futura reanudación de los combates de su clase en el camino de ésta hacia su emancipación.

FM, 6/12/91   


[1] La noticia de la formación de esa “comunidad” ha llegado cuando ya teníamos cerrado este número de nuestra Revista. Sobre el tema puede leerse la nota 6.

[2] Ver Revista Internacional nº 66 y 67.

[3] “... Pero cualquiera que sea la evolución futura de la situación en los países del Este, los acontecimientos que hoy los están zarandeando son la confirmación de la crisis histórica, del desmoronamiento definitivo del estalinismo (...) En esos países se ha abierto un período de inestabilidad, de sacudidas, de convulsiones, de caos sin precedentes cuyas implicaciones irán mucho más allá de sus fronteras (...) Los movimientos nacionalistas que, favorecidos por el relajamiento del control central del partido ruso, se desarrollan hoy (en la URSS) (...) llevan consigo una dinámica de separación de Rusia. En fin de cuentas, si el poder central de Moscú no reaccionara, asistiríamos a un fenómeno de explosión, no sólo del bloque ruso, sino igualmente de su potencia dominante. En una dinámica así, la burguesía rusa, clase hoy dominante de la segunda potencia mundial, no se encontraría a la cabeza más que de una potencia de segundo orden, mucho más débil que Alemania, por ejemplo “ (“Tesis sobre la crisis económica y política en los países del Este “, 15 de Septiembre de 1989, Revista Internacional nº 60).

[4] Ver editorial de la Revista Internacional nº 67.

[5] Leer el artículo sobre la recesión en esta misma Revista.

[6] La formación el 8 de diciembre de una “Comunidad de Estados” por Rusia, Ucrania y Bielorrusia no hará sino agravar las cosas. Esa especie de sucedáneo de Unión que sólo agrupa a las repúblicas eslavas avivará el nacionalismo entre las poblaciones no eslavas en las demás repúblicas de la ex URSS, pero también en Rusia misma. Lejos de estabilizar la situación, el acuerdo entre Yeltsin y sus acólitos contribuye a poner aún peor la situación en una región del mundo atiborrada de armas nucleares.

[7] Sobre la descomposición, ver en especial la Revista Internacional nº 57, 62 y 64.

[8] Con el invierno cerca, la situación de las poblaciones kurdas es todavía peor que la que vivieron tras la guerra del Golfo. Pero como se ve que nadie sabe qué hacer con ellas y que empiezan a ser un “fardo”, sobre todo para los países vecinos (en especial Turquía, la cual no vacila en usar los mismos métodos que Saddam Husein como los bombardeos aéreos masivos, y eso que Turquía estaba en el campo de los “buenos” durante la guerra), es preferible suspender discretamente toda ayuda internacional y marcharse de allí sin hacer ruido, aconsejando a los kurdos que vuelvan a sus pueblos, o sea a caer en manos de sus verdugos. La matanza de los kurdos por las hordas de Saddam Husein era un tema excelente para las primeras planas de los telediarios cuando se trataba de justificar a posteriori la guerra contra Irak. Para eso habían preparado los “coaligados” la matanza azuzando, durante la guerra, a las poblaciones kurdas a rebelarse contra Bagdad, dejando a Saddam, después de la guerra, las tropas necesarias para tal “operación de policía”. En cambio, hoy, el calvario de los kurdos ha perdido su interés para las campañas de propaganda: desde ahora, para la burguesía “civilizada”, es preferible que revienten en silencio.

[9] Véase “Hacia el mayor caos de la historia”, en este número.

[10] Eso no quiere decir que haya una “armonía” real entre esas otras potencias. Así, Francia, que tiene la ambición de resistir al liderazgo estadounidense, ha formado contra Gran Bretaña una alianza con Alemania en el seno de la CEE con el objetivo de contrarrestar la influencia de EEUU y a la vez “controlar” las ambiciones de gran potencia de su aliado alemán, sobre el cual tiene al menos la ventaja de disponer del arma atómica. Además es por esta razón por la que Francia es una ardiente partidaria de los proyectos que permitan que la Comunidad Europea, como un todo, pueda afirmar cierta independencia militar: construcción de una nave espacial europea, formación de una división mixta franco-alemana, aumento de las competencias diplomáticas del ejecutivo europeo, sumisión de la Unión de Europa Occidental (único organismo europeo con atribuciones militares) al Consejo de Europa (y no a la OTAN, dominada por EEUU). Y de eso, claro está, Gran Bretaña no quiere ni saber nada.

[11] Aunque ya no posee el mismo margen de maniobra que antes, Israel, país que supo dar pruebas de su “sentido de la responsabilidad” durante la guerra del Golfo en beneficio de EEUU, sigue siendo el peón fundamental de la política americana en la región: dispone del ejército más poderoso y moderno (con más de doscientas cabezas nucleares además) y sigue incrementando su potencial militar, gracias, en particular, a los 3000 millones de dólares anuales de ayuda americana). Además, Israel está dirigido por un régimen más estable que el de cualquier país árabe. Por eso, EEUU no está dispuesto a soltar lo seguro por lo incierto cambiando sus alianzas privilegiadas. Por eso, todos los meandros de Israel ante la presión de EEUU antes de la cumbre de Madrid y de Washington, eran más bien un medio de hacer puja ante los países árabes y no la expresión de una oposición de fondo entre los dos Estados.

[12] Puede verse ahí hasta qué punto la ONU se ha convertido en mero instrumento de la política americana: se la solicita activamente cuando se trata de implicar a aliados recalcitrantes (como con la guerra del Golfo), y, en cambio, se la deja de lado cuando podría permitir que esos mismos aliados desempeñaran un papel en el ruedo internacional.

[13] Por eso es por lo que, a pesar de que ha desaparecido el bloque occidental (desaparición resultante de la de su rival del Este), no existen actualmente peligros para la estructura fundamental que había construido el bloque, la OTAN, totalmente dominada por los Estados Unidos. Eso es lo que expresa el documento adoptado el 8 de noviembre en la cumbre de esa Alianza: “La amenaza de ataques masivos y simultáneos en todos los frentes europeos ha desparecido del todo... (los nuevos riesgos provienen) de las consecuencias negativas de la inestabilidad que podrían provocar las graves dificultades económicas, sociales y políticas, incluidas las rivalidades étnicas y los litigios territoriales que hoy conocen muchos países de la Europa central y oriental...”. En el contexto mundial de la desaparición de los bloques, estamos asistiendo a una reconversión de la OTAN, lo cual ha permitido a Bush afirmar con satisfacción al final del encuentro: “Hemos demostrado que no necesitamos la amenaza soviética para existir”.

[14] Puede leerse: “Francia: las “coordinadoras” sabotean las luchas”, Revista Internacional nº 56, 1er trimestre de 1989.