Recesión abierta, crisis monetaria, miseria creciente - catástrofe económica en el corazón del mundo capitalista

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Recesión abierta, crisis monetaria, miseria creciente

Catástrofe económica en el corazón del mundo capitalista

En este verano de 1992, una cascada de anuncios y
de inquietantes aconteci mientos han venido a dar oscuros colores al cuadro de
la situación económica mundial. La burguesía podrá empeñarse en repetir hasta
la saciedad que se está perfilando en el horizonte la reanudación del
crecimiento, podrá aferrarse al menor indicio aparentemente positivo para
justificar su optimismo, ello no quita que los hechos sean testarudos e
inmediatamente lo desmientan todo. La reanudación económica es un espejismo:
van ya tres veces que desaparece tras haber sido anunciada. Ya en verano de
1991, Bush y su camarilla creyeron que podían anunciar el final de la recesión;
en otoño, la recaída de la producción norteamericana borró el espejismo. En la
privamera de este año de 1992, una vez más y por exigencias de campaña
electoral, nos sacan el mismo esperanzador guión; de nuevo, la realidad se ha
encargado de mandarlo al traste. Desde hace dos años que nos ponen el mismo
disco rayado sobre la reanudación, empieza ya a resultar un tanto chirriante
ante la situación económica mundial que no cesa de empeorar. Este verano de 1992 ha sido asolador para
las ilusiones sobre la reanudación.

Verano asesino para las ilusiones puestas en la reanudación económica

No sólo no vuelve a arrancar el crecimiento, sino que se ha iniciado un nuevo desmoronamiento de la producción. En EEUU, tras un
año de 1991 desastroso, la burguesía echó demasiado pronto las campanas al
vuelo tras un primer trimestre de 1992 en el que el crecimiento alcanzó 2,7 %
en ritmo anual. Poco duró la alegría cuando para el 2º trimestre apareció un
ruín 1,4 % de crecimiento que ha abierto un saldo negativo para finales de año.
Y no son sólo los Estados Unidos, primera potencia económica mundial, quienes
no logran relanzar la economía. Las dos potencias económicas, hasta ahora
presentadas como parangón del éxito capitalista, Alemania y Japón, se están
empantanando a su vez en los barrizales de la recesión. En la parte occidental
de Alemania, el PIB ha bajado un 0,5 % en el segundo semestre de 1992; de junio
de 1991 a junio del 92, la producción industrial ha disminuido un 5,7 %. En Japón, de
julio de 1991 a julio de 1992, la producción de acero ha caído 11,5 % y la de vehículos de
motor 7,2 %. Así es la situación en todos los países industrializados. Gran
Bretaña, por ejemplo, está viviendo desde mediados del 90, la recesión más
larga desde la guerra. No queda en el mapa ni un sólo paraíso de prosperidad,
ni uno sólo de esos «modelos» de capitalismo nacional en buena salud. Al no
quedar el menor ejemplo de buena gestión con que encandilar a las masas, la
clase dominante está demostrando que no le quedan soluciones.

Con la caída del centro de la economía mundial en la recesión, todo el sistema se ha
fragilizado, y el tejido de la organización económica capitalista mundial está
sometido a tensiones cada vez más fuertes. La inestabilidad alcanza a los
sitemas financiero y monetario. Los símbolos clásicos del capitalismo, las
bolsas de valores, los bancos y el dólar han estado metidos este verano en el
centro de la tempestad. El Kabuto-Cho, bolsa de Tokyo, que en 1989, en su más
alto nivel, había superado en importancia a Wall Street, ha tocado fondo en
agosto último con una baja del 69 % de su principal índice de valores (Nikkei)
con relación a su época más fastuosa, bajando hasta los niveles de 1986. Han
quedado borrados años de especulación y se han evaporado miles de millones de
dólares. Las plazas bursátiles de Londres, Francfort, París, han pérdido entre
10 y 20 % desde principios de año. Los bancos y los seguros que alimentaron la
especulación durante los años 80, están pagando los platos rotos: los
beneficios caen en picado, las pérdidas se amontonan y las quiebras se
multiplican por el mundo entero. La famosa compañía Lloyds, que gestiona los
seguros de toda la navegación mundial, están al borde de la bancarrota. El rey
Don Dólar se ha despeñado a toda velocidad durante el verano, llegando a su más
bajo nivel respecto al marco alemán desde la creación de éste en 1945,
sacudiendo así todo el equilibrio del mercado monetario internacional. El
dólar, la especulación bursátil, que parecían ser, según los papanatas
eufóricos de los años 80, los símbolos del vigor triunfal del capitalismo, se
están conviertiendo en los simbolos de su quiebra.

Los ataques más duros desde la Segunda Guerra mundial

Pero mucho más que los abstractos índices
económicos y los espectaculares acontecimientos de la vida de las instituciones
capitalistas que llenan las páginas de los periódicos, la realidad de la
crisis, de su agravación, es vivida cotidianamente por los explotados, quienes,
sometidos a las agresiones a repetición de los programas de austeridad, están
soportando un empobrecimiento creciente.

El aumento constante de los despidos, y por consiguiente, del desempleo, ha conocido en
los últimos meses, una brutal aceleración en el corazón mismo del mundo
industrializado. En la OCDE en su conjunto, el paro tras haber aumentado 7,6 % en 1991 para alcanzar los 28
millones de personas, debe, según las previsiones, superar los 30 millones en
1992. Crece el desempleo en todos los países: en Alemania, en julio de 1992,
alcanza 6 % en el Oeste y 14, 6 % en el Este, contra, respectivamente, 5,6 y
13,8 el mes anterior. En Francia, las empresas han despedido a 262 000 trabajadores
en el primer semestre, 43 000 en julio último. En Gran Bretaña, se han anunciado
300 000 supresiones de empleo desde ahora hasta fin de año, sólo en el sector
de la construcción. En Italia, en los meses venideros, tienen que desaparecer
100 000 empleos en la industria. En la CEE, oficialmente, 53 millones de personas viven por debajo
del «umbral de pobreza»: en España cerca de la 1/4 parte de la población, en
Italia 9 millones de personas, o sea el 13,5 % de la población. En EEUU, 14,2 %
de la población malvive en esas condiciones, 37,7 millones de personas. La
renta media de las familias norteamericanas ha caído 5 % en tres años...

Tradicionalmente, en los países desarrollados, la burguesía aprovecha el verano, período clásico
de desmovilización de la clase obrera, para instaurar sus programas de
austeridad. No sólo este verano de 1992 no ha sido una excepción, sino que ha
sido la ocasión para asestar golpes a mansalva y sin precedentes contra las
condiciones de vida de los explotados. En Italia, la escala móvil de salarios
ha sido abandonada con el acuerdo de los sindicatos. Los salarios han sido
congelados en el sector privado y se han aumentado los impuestos ahora que la
inflación alcanza el 5,7 %. En España, han aumentado los impuestos (el IRPF) un
2 % por mes, con efecto retroactivo a partir de enero. Como consecuencia de
ello, los salarios de Setiembre quedarán amputados de un 20 %. En Francia, los
subsidios por desempleo han sido reducidos a la vez que aumentan las cuotas
para el desempleo de los trabajadores que aún tienen empleo. En Gran Bretaña,
en Bélgica, también se han implantado presupuestos de austeridad, o sea:
disminución de las prestaciones sociales, encarecimiento de los servicios
médicos y demás. Esta lista podría seguir.

En todos los planos de sus condiciones de vida, la clase obrera de los países
adelantados está viviendo los ataques más duros desde el final de la Segunda Guerra
mundial.

Un relanzamiento imposible

Mientras que desde hace tres años, la clase
dominante escudriña el horizonte por si aparece una reanudación que nunca
llega, se instala la duda y se acrecienta la inquietud ante la degradación
económica que no cesa y la crisis social que será su inevitable resultante. El
miedo que la corroe, la burguesía pretende espantarlo clamando sin cesar que
pronto llegará la reanudación, que la recesión es como la noche, pero que al
final, inevitablemente, volverá a amanecer el sol en el horizonte, o sea, que
es de lo más normal y que lo hace falta es tener paciencia y aceptar los
sacrificos necesarios.

No es la primera vez, desde finales de los años 60 en que se inició la crisis, que la economía mundial
conoce fases de recesión abierta. En 1967, en 1970-71, en 1974-75, en 1981-82,
la economía mundial había encarado los trastornos de la caída de la producción.
Cada vez, las políticas de relanzamiento consiguieron volver al crecimiento,
cada vez la economía parecía haber salido del agujero. Sin embargo, esa
optimista constatación en la que se basa la burguesía para hacernos creer que
inevitablemente volverá el crecimiento, cual ciclo normal de la economía, es de
lo más iluso. El retorno del crecimiento en los años 80 no benefició al
conjunto de la economía mundial. Las economías del llamado Tercer mundo nunca
se han recuperado de la caída de la producción que sufrieron a principios de
los 80, no han salido nunca de la recesión, mientras que los países del «segundo
mundo», los del ex bloque del Este continuaron en un lento desmoronamiento que
ha acabado en el hundimiento económico y político de finales de los 80. El tan
manido relanzamiento económico reaganiano de los años 80 ha sido parcial, limitado,
reservado esencialmente a los países del «primer mundo», a los países más
industrializados. Sobre todo, esos relanzamientos sucesivos se han hecho
mediante políticas económicas artificiales, que han sido otras tantas trampas y
distorsiones a la sacrosanta «ley del mercado» que los economistas «liberales»
han instituido como dogma ideológico.

La clase dominante está confrontada a una crisis de sobreproducción y los mercados solventes son
demasiado estrechos para absorber lo sobrante de mercancías producidas. Para
hacer frente a esa contradicción, para dar salida a sus productos, para ampliar
los límites del mercado, la clase dominante ha recurrido esencialmente a la
huida ciega en el crédito. Durante los años 70, a los países
subdesarrollados de la periferia se les acordaron créditos por 1 Billón de
dólares, en gran parte utilizados para comprar mercancías producidas en los
países industrializados, lo cual les permitía, a éstos, mantener su
crecimiento. A finales de los 70, sin embargo, la incapacidad para reembolsar
en que se encontraron los países más endeudados de la periferia acabó con esa
política. La periferia del mundo capitalista se hundió definitivamente en el
marasmo. No importaba, la burguesía había encontrado otra solución. Fueron los
Estados Unidos, bajo la batuta de Reagan, quienes se convirtieron en depósito
de lo sobrante de la producción mundial y ello mediante un endeudamiento que ha
dejado el de los países del tercer mundo a nivel de calderilla. La deuda de
EEUU alcanzaba a finales del 91 la cifra astronómica de 10 billones 481
millones de dólares en el plano interior y 650 mil millones de dólares para con
otros países. Tal política sólo fue posible, claro está, porque EEUU, primera
potencia imperialista mundial, líder entonces del bloque formado por las
principales potencias industriales, pudo aprovecharse de esas bazas para hacer
trampas con las leyes del mercado, doblegarlas a sus necesidades imponiendo una
disciplina férrea a sus aliados. Pero esa política ha llegado a sus límites. A
la hora del vencimiento de los plazos, los Estados Unidos, al igual que los
países subdesarrollados hace doce años, son insolventes.

El recurso a la poción del crédito para curar la economía capitalista enferma se ha transformado en
ponzoña al encontrar sus límites objetivos. Por eso, la recesión abierta que
está causando estragos desde hace más de dos años en el corazón del capitalismo
más industrializado es cualitativamente diferente de las fases recesivas
anteriores. Los artificios económicos que permitieron los relanzamientos precedentes
se revelan ahora ineficaces.

Por la 22ª vez consecutiva el Banco Federal estadounidense ha bajado este verano el tipo de interés base
con el que presta dinero a los demás bancos. Ha bajado de 10 % a 3 % desde la
primavera de 1989. ¡Ese tipo de interés es hoy más bajo que la tasa de
inflación, o sea que el interés real es nulo y hasta negativo!. ¡El Estado
presta dinero con pérdidas!. Lo peor es que esa política de crédito fácil no ha
dado el menor resultado, ni en EEUU ni en Japón donde los tipos de interés del
Banco central se están acercando al 3 %.

Los bancos que prestaron a lo loco durante años se encaran hoy con impagos a mansalva, las quiebras de
empresas se acumulan dejando deudas que alcanzan a menudo cantidades de miles
de millones de dólares. El hundimiento de la especulación bursátil e inmobiliaria
agrava todavía más unos balances ya en números rojos, se acumulan las pérdidas,
se vacían las arcas. En resumen, los bancos ya no pueden prestar. El
relanzamiento mediante el crédito es imposible, lo cual significa que el
relanzamiento a secas es imposible.

Una sola esperanza para la clase dominante: frenar la caída, limitar los estragos

La baja de los tipos de interés sobre el dólar o
el yen ha servido primero para recuperar los márgenes de ganancia de los bancos
americanos y japoneses, los cuales han recibido préstamos más baratos pero no
los han repercutido enteramente en los créditos que proponen a los particulares
y a las empresas, evitando así una multiplicación demasiado dramática de
bancarrotas y el estallido catastrófico del sistema bancario internacional.
Pero esa política también tiene sus límites. Los tipos ya no pueden seguir
bajando. El Estado está obligado a intervenir más y más directamente para
auxiliar a unos bancos que, aparentemente independientes, han sido el
taparrabos «liberal» del capitalismo de Estado, Estado que, en realidad,
controla férreamente las compuertas del crédito. En EEUU, el presupuesto
federal debe financiar con cientos de miles de millones de dólares el apoyo a
bancos amenazados de quiebra, y en Japón, el Estado acaba de comprar el parque
inmobiliario de los bancos más amenazados para reflotar sus arcas. Son, en
cierto modo, nacionalizaciones. Lejos estamos de ese credo pseudoliberal del «menos
Estado» con que nos han dado la tabarra durante años. Cada día más, el Estado
está obligado a intervenir abiertamente para «salvar la vajilla». Un ejemplo
reciente acaba de darse con el programa de relanzamiento montado por el
gobierno japonés, el cual ha tenido que echar mano de sus propios fondos
desbloqueando 85 mil millones de dólares para sostener a un sector privado de
capa caída. Pero tal política de relanzamiento del consumo interno acabará
teniendo un efecto tan provisional como los gastos de Alemania para su
unificación, los cuales han permitido frenar muy temporalmente la recesión en
Europa.

Limitar los estragos, frenar la caída en picado en la catástrofe, eso es lo que intenta hacer la clase
dominante. En una situación en la que los mercados se encogen sin remedio, por
falta de créditos, la búsqueda de competitividad a golpes de programas de
austeridad cada vez más draconianos para incrementar las exportaciones, se ha
convertido en la cantinela de todos los Estados. El mercado mundial está
desgarrándose con la guerra comercial en la que todos los golpes sirven, en la
que cada Estado usa todos los medios a su alcance para asegurarse sus salidas
mercantiles. La política de EEUU ilustra bien esa tendencia: puñetazos en la
mesa de negociaciones del GATT, creación de un mercado privilegiado y protegido
con México y Canadá, asociados tanto de fuerza como de grado, baja artificial
del dólar para avivar las exportaciones. Esta guerra comercial sin tregua ni
merced no hará, sin embargo, sino empeorar si cabe la situación, hacer todavía
más y más inestable el mercado mundial. Y esta dinámica de desestabilización se
ha acelerado por el hecho de que, con la desaparición del bloque del Este, la
disciplina que EEUU podía imponer a sus antiguos asociados imperialistas, y a
la vez principales concurrentes comerciales, se ha disuelto por completo. La
política norteamericana de baja del dólar ha chocado contra los límites
impuestos por la política alemana de tipos de interés elevados, pues Alemania,
enfrentada al riesgo de alza de la inflación efecto de la unificación, está
jugando su propio juego. Resultado: la especulación mundial se ha ido
masivamente hacia el marco, contra la moneda USA, y los bancos centrales, en un
desorden general, se las ven y se las desean para estabilizar la caída
incontrolada del dólar. El terremoto sacude a todo el sistema monetario
internacional. El marco finlandés ha tenido que separarse del sistema monetario
europeo, mientras que la lira italiana y la libra inglesa, en plena tormenta,
no saben cómo hacer para mantenerse dentro de él. La sacudida actual anuncia
los terremotos venideros. Los acontecimientos económicos del verano del 92
muestran que las expectativas no son, ni mucho menos, las de una reanudación
del crecimiento. Son las de una aceleración de la caída recesionista; lo que
nos espera son terremotos todavía más brutales en todo el aparato económico y
financiero del capital mundial.

La catástrofe en el corazón del mundo industrializado

Es significativo de la gravedad de la crisis que
sean hoy las orgullosas metrópolis del centro industrializado del capitalismo
las que deben soportar de lleno la recesión abierta. El hundimiento económico
de los países del Este causó la muerte del bloque imperialista ruso.
Contrariamente a la insistente propaganda desencadenada tras ese
acontecimiento, éste no se debió a la incapacidad de no se sabe qué «comunismo»
que pretendía ser el sistema estalinista, sino a las convulsiones mortales de
una fracción subdesarrollada del capitalismo mundial que sí era dicho sistema.
La bancarrota del capitalismo en el Este ha sido la demostración misma de las
contradicciones insuperables que minan la economía capitalista sea cual sea la
forma de ésta. Diez años después del hundimiento económico de los países
subdesarrollados de la periferia, la quiebra económica de los países del Este
anunciaba la agravación de los efectos de la crisis en el corazón del mundo
industrial más desarrollado, en el que se concentra lo esencial de la
producción mundial (más de 80 % para los países de la OCDE), en donde se
cristalizan con más fuerza las contradicciones insuperables de la economía
capitalista. La progresión, desde hace veinte años, de los efectos de la crisis
de la periferia hacia el centro es expresión de la creciente incapacidad de los
países más desarrollados para echar esos efectos hacia las naciones
económicamente débiles. Igual que un bumerang, la crisis vuelve a causar sus
estragos en el epicentro que la originó. Esta dinámica de la crisis muestra
cuál es el futuro del capital. Del mismo modo que los países del ex bloque del
Este están viendo cómo se concreta el espectro de una catástrofe económica de
la amplitud de la que ya conocen África o Latinoamérica, al cabo es ése futuro
siniestro el que amenaza a los países industrializados.

Es evidente que la clase dominante no puede ni admitir ni reconocer esa dinámica
catastrófica con la que se desarrolla la crisis. Necesita creer en la eternidad
de su sistema. Pero esta ceguera propia se combina con la necesidad absoluta
para ella de ocultar al máximo la realidad de la crisis ante los explotados del
mundo entero. La clase explotadora debe ocultarse a sí misma y a los explotados
su propia impotencia, pues eso haría aparecer ante el mundo entero que su tarea
histórica está terminada desde hace mucho tiempo y que el mantenimiento de su
poder sólo puede arrastrar a la humanidad a una barbarie cada vez más
espantosa.

Para todos los trabajadores, la realidad dolorosa de los efectos de la crisis, que tiene que
sufrir en carne propia, es un poderoso factor de clarificación y reflexión. El
aguijón de la miseria que cada día es más insoportable empujará al proletariado
a expresar abiertamente su descontento, a expresar su combatividad en las
luchas por defender su nivel de vida. Por eso es por lo que, desde hace 20 años
que la crisis se profundiza, la propaganda burguesa insiste tanto y
constantemente en el eslogan de que la crisis puede ser superada.

La realidad, sin embargo, se encarga de barrer las ilusiones, de hacer que se
desmoronen las mentiras. La historia hace un corte de mangas a quienes se
creyeron que con las pócimas de Reagan, la crisis había quedado definitivamente
aplastada o que se habían aprovechado estúpidamente del hundimiento del bloque
imperialista ruso para andar cacareando histéricamente la vacuidad de la
crítica marxista del capitalismo, pretendiendo que éste sería el único sistema
viable, el único porvenir de la humanidad. La quiebra cada día más catastrófica
del capitalismo plantea ya y seguirá planteando a la clase obrera la necesidad
de proponer y defender su solución: la revolución comunista.

JJ - 04/09/1992