Decadencia del capitalismo (VI) - La teoría del declive del capitalismo y la lucha contra el revisionismo (1)

Printer-friendly version

Según cierta corriente intelectual, compuesta de "marxólogos", consejistas y anarquistas, la teoría marxista se habría vuelto estéril tras la muerte de Marx en 1883; según esa corriente, los partidos socialdemócratas de la Segunda Internacional habrían estado dominados por el pensamiento de Engels. Éste y sus partidarios habrían transformado el método de investigación de Marx en un sistema de pensamiento medio mecanicista que asimilaría, equivocándose, la crítica social radical al método de las ciencias de la naturaleza.

Engels vislumbra la llegada de la crisis histórica del capitalismo

Según cierta corriente intelectual, compuesta de "marxólogos", consejistas y anarquistas, la teoría marxista se habría vuelto estéril tras la muerte de Marx en 1883; según esa corriente, los partidos socialdemócratas de la Segunda Internacional habrían estado dominados por el pensamiento de Engels. Éste y sus partidarios habrían transformado el método de investigación de Marx en un sistema de pensamiento medio mecanicista que asimilaría, equivocándose, la crítica social radical al método de las ciencias de la naturaleza. Acusan también al "pensamiento de Engels" de retroceder casi con misticismo a los dogmas hegelianos, sobre todo cuando intenta elaborar una "dialéctica de la naturaleza". En la concepción de esa corriente, lo que es natural no es social y lo que es social no es natural. Si la dialéctica existe, solo puede aplicarse a la esfera social.

Esa ruptura en la continuidad entre Marx y Engels (que, en su forma más extrema rechaza prácticamente a toda la IIª Internacional como instrumento de integración del movimiento obrero al servicio de las necesidades del capital) se usa a menudo para negar toda noción de continuidad en la historia política de la clase obrera. Desde Marx (a quien pocos de los "antiEngels" de marras rechazan, pues, al contrario, se han convertido en "peritos" de todos los detalles del problema de la transformación del valor en precio o de otros aspectos parciales de la crítica que Marx hizo a la economía política), se nos invita a saltar a pies juntillas por encima de Engels, Kautsky, Lenin y por encima de la IIª y IIIª Internacionales; y aún reconociendo de mala gana que algunas partes de la izquierda comunista realizaron algunas profundizaciones a pesar de su dudoso parentesco, consideran que después de Marx sólo algún que otro intelectual diseminado por ahí ha asegurado la continuidad verdadera de su teoría. Sólo esos brillantes cerebros habrían comprendido de verdad a Marx en las últimas décadas. Y son ni más ni menos que los partidarios de la tesis "antiEngels".

No podemos contestar aquí al conjunto de esa ideología. Como todos los mitos, se basa en algunos elementos de la realidad que se distorsionan y amplían de manera desproporcionada. Durante el período de la IIª Internacional, período durante el cual el proletariado se formó como una fuerza organizada de clase en el seno de la sociedad capitalista, hubo, en efecto, una tendencia a esquematizar el marxismo y transformarlo en una especie de determinismo, al mismo tiempo en que las ideas reformistas ejercían un peso real en el movimiento obrero; y ni siquiera los mejores marxistas, incluido Engels, se sustrajeron a ello[1]. Pero aún cuando Engels cometiera errores importantes durante ese período, quitar de en medio así como así los trabajos de Engels tras la muerte de Marx porque serían una negación y un desviamiento del pensamiento real de Marx, es absurdo, habida cuenta de la estrecha colaboración entre ambos desde el principio hasta el final de sus relaciones. Fue Engels quien se dio la ingente tarea de editar y publicar El Capital, cuyos volúmenes II y III tanto citan quienes levantan un muro entre ambos. ¿Podrá creerse que habría sido posible si Engels tuviera las incomprensiones con las que se le acusa?

Uno de los defensores principales de la línea "antiEngels" es el grupo Aufheben en Gran Bretaña, cuya serie Decadencia: Teoría del declive o declive de la teoría[2], parece ser considerada por algunos como el golpe definitivo a la noción moribunda de decadencia del capitalismo, en vista de la cantidad de veces que se cita esa serie por todos aquellos que son hostiles a esa noción. Desde su punto de vista, la decadencia del capitalismo es sobre todo un invento de la IIª Internacional: "La teoría de la decadencia del capitalismo apareció por primera vez en la IIª Internacional. El programa de Erfurt respaldado por Engels establecía que la teoría del declive y del desmoronamiento del capitalismo era un punto central del programa del partido" (Aufheben n°2, traducido por nosotros). Y citan los pasajes siguientes:

"Así la propiedad privada de los medios de producción cambia su naturaleza original en su contrario. (...) Antaño, ese modo de propiedad aceleraba la marcha de la evolución social. La propiedad privada es hoy la causa de la corrupción, de la quiebra de la sociedad. Su desaparición es algo seguro. Lo que hoy se plantea es lo siguiente: la propiedad privada de los medios de producción ¿tendrá que arrastrar a la sociedad entera en su caída; o la sociedad deberá, al contrario, quitarse de encima el fardo nefasto que la aplasta, para, una vez libre y en posesión de nuevas fuerzas, continuar por el camino que le prescriben las leyes de la evolución? (p.110-111) Las fuerzas productivas que se han desarrollado en el seno de la sociedad capitalista ya no son compatibles con el modo de propiedad que forma su base. Querer mantener esa forma de propiedad, es hacer que su progreso sea imposible, es hacer que en el porvenir su progreso social sea imposible, es condenar a la sociedad al estancamiento, a la corrupción, a una corrupción que la golpeará (...) (p.112) La sociedad capitalista está en las últimas. Su disolución es cuestión de tiempo. La irresistible evolución económica conduce necesariamente a la bancarrota del modo de producción capitalista. La constitución de una nueva sociedad, destinada a sustituir la hoy existente ya no es solo deseable sino que se ha vuelto inevitable. (p.141) es imposible seguir viviendo durante más tiempo bajo civilización capitalista. O se progresa hacia el socialismo, o volvemos a la barbarie. (p.142)"

En el resumen presentado en el artículo siguiente de la serie, en Aufheben n°3, el argumento de que el concepto de decadencia tiene sus raíces en "el marxismo de la IIª Internacional" es más explícito todavía:

"En la primera parte examinamos cómo esa noción de declive o de decadencia del capitalismo tiene sus raíces en el marxismo de la IIª International y se ha mantenido mediante dos corrientes que reivindican ser los verdaderos continuadores de la "tradición marxista clásica" - el trotskismo-leninismo y el comunismo de izquierdas o de consejos." (Traducción nuestra)

Aufheben afirma que la cita de forma parte del Programa de Erfurt, pero, en realidad, parece haber sido sacada de los comentarios de Kautsky sobre ese Programa (El programa socialista 1892[3]), el preámbulo al Programa hace efectivamente una referencia a la noción de declive del capitalismo, afirmando que ese período ya se ha abierto:

"El abismo que separa a los poseedores de los no poseedores se ampliado más todavía a causa de unas crisis cuyas bases están en los principios mismos del modo de producción capitalista, crisis que se hacen cada día más amplias y devastadoras, que hace de la inseguridad general el estado normal de la sociedad y son la prueba de que las fuerzas productivas de la sociedad actual han crecido demasiado para esta sociedad, que la propiedad privada de los medios de producción se ha vuelto inconciliable con un sistema de empleo equilibrado y el pleno desarrollo de esos medios de producción.[4]

En realidad, aunque desde el punto de vista de Aufheben, el Programa de Erfurt estaría estrechamente vinculado a la teoría de la decadencia, su lectura rápida da más bien la impresión de que no hay ninguna relación entre la evolución del sistema y las reivindicaciones planteadas en el Programa, pues todas ellas parecen ser reivindicaciones mínimas por las que hay que luchar dentro de la sociedad capitalista; e incluso en las numerosas críticas detalladas hechas por Engels y otros marxistas a esas reivindicaciones casi no se hace ninguna referencia al contexto histórico en el que se plantean. [5]

Dicho lo cual, en la obra de Engels y otros marxistas de finales del s. XIX, se pueden leer cada vez más referencias a la noción de entrada del capitalismo en una crisis de senilidad, un período de declive.

Mientras que para Aufheben, esa noción se alejaría de Marx (el cual, dicen ellos, sólo habría dicho que el capitalismo era un sistema "transitorio" y que nunca propuso la idea de un proceso objetivo de declive o de desmoronamiento del capitalismo como base para las luchas revolucionarias del proletariado contra el sistema), nosotros, por nuestra parte, hemos procurado demostrar en artículos precedentes de esta serie que el concepto de decadencia del capitalismo (como de las sociedades de clase anteriores) formaba parte íntegra del pensamiento de Marx.

También es verdad que los escritos de Marx sobre economía política los redactó durante la fase todavía ascendente de un capitalismo triunfante. Sus crisis periódicas eran crisis de juventud que permitían acelerar la marcha imperial de ese modo de producción dinámico por toda la superficie del globo. Pero Marx también percibió, en esas convulsiones, el signo anunciador de la caída final del sistema y empezó a entrever en qué manifestaciones había empezado a plasmarse el final de la misión histórica del sistema con la conquista de las regiones más recónditas del planeta, a la vez que, tras la Comuna de París, afirmaba que la fase de las heroicas guerras nacionales había llegado a su fin en "la vieja Europa".

Además, durante el período posterior a la muerte de Marx, los signos anunciadores de una crisis de proporciones históricas y no sólo repetitivas de las anteriores crisis cíclicas, aparecieron cada vez más claramente.

Por ejemplo, Engels reflexionó sobre el aparente final del "ciclo decenal" de crisis y de lo que él llamó una depresión crónica que afectaba a la primera nación capitalista, Gran Bretaña. Y mientras se abrían camino en el mercado mundial otras nuevas potencias capitalistas, Alemania y Estados Unidos sobre todo, Engels observó que eso desembocaría inevitablemente en una crisis de sobreproducción más profunda todavía:

"Los Estados Unidos de América van a romper el monopolio industrial de Inglaterra - o lo que queda de él-- pero Estados Unidos no podrá heredarlo. Y a menos que un país posea el monopolio de los mercados mundiales, como mínimo las ramas decisivas del comercio, las condiciones, relativamente favorables, que existían aquí en Inglaterra entre 1848 y 1870 no podrán reproducirse en ningún otro lugar, e incluso en Estados Unidos, la condición de la clase obrera se hundirá cada vez más. Pues si hay tres países (digamos: Inglaterra, Estados Unidos y Alemania) que están en competencia en pie de igualdad por la posesión del Weltmarkt (mercado mundial, en alemán en el texto), no queda otra posibilidad que una sobreproducción crónica, al ser capaz cada uno de los tres de producir la totalidad de lo necesario." ("Carta de Engels a Florence Kelley Wischnewetsky", 3/02/1886, traducida del inglés por nosotros)

Al mismo tiempo, Engels percibía la tendencia del capitalismo a engendrar su propia ruina con la conquista acelerada de las regiones no capitalistas que rodeaban las metrópolis capitalistas:

"Pues es uno de los corolarios necesarios de la gran industria y es que destruye su propio mercado interno con el proceso mismo con el que lo crea. Lo crea destruyendo la base de la industria interior del campesinado. Pero sin industria interior, los campesinos no pueden vivir. Y en cuanto campesinos acaban arruinados; su poder adquisitivo se reduce al mínimo y hasta que, en cuanto proletarios, se hayan instalado en unas condiciones de existencia nuevas, no proporcionarán sino un mercado muy pobre a las nuevas fábricas creadas.

La producción capitalista es una fase económica transitoria y por eso está llena de contradicciones internas que se van desplegando y haciéndose evidentes a medida que se desarrolla esa producción. Esa tendencia a destruir su propio mercado interno al mismo tiempo que lo va creando es una de esas contradicciones. Otra es la situación insoluble a la que eso conduce y que se desarrolla más deprisa en un país que no posee mercado exterior, como Rusia, que en los países más o menos capaces de entrar en competencia en el mercado mundial abierto. Esta situación sin salida aparente encuentra una salida, para estos últimos países, en medio de convulsiones comerciales, en la apertura violenta de nuevos mercados. Pero entonces, te das de bruces con el callejón sin salida. Fíjese en Inglaterra. El último nuevo mercado que podría aportar una nueva prosperidad temporal al abrirse al comercio inglés es China. Por eso el capital inglés insiste para construir ferrocarriles chinos. Pero los ferrocarriles en China implican la destrucción de la base de toda la pequeña agricultura china y de la industria interior, y al no existir ni siquiera el contrapeso de la gran industria china, vivir será imposible para cientos de millones de personas. La consecuencia será una emigración gigantesca como nunca el mundo haya conocido antes, Norteamérica, Asia, Europa sumergidas por los chinos a los que se les odia, una competencia por el trabajo con los obreros de Norteamérica, de Australia, de Europa sobre la base del nivel de vida chino, el más bajo de todos ellos, y si el sistema de producción no ha cambiado ya en Europa, deberá cambiar entonces.

La producción capitalista trabaja para su propia ruina y puede usted estar seguro de que lo mismo hará en Rusia." ("Carta a Nikolai Danielson", 22/09/1892, traducido del inglés por nosotros)

La intensificación del militarismo y del imperialismo, cuyo objetivo era ante todo rematar la conquista de las áreas no capitalistas del planeta, permitieron a Engels ver con gran lucidez los peligros que, de rebote, haría surgir esa evolución en el centro del sistema -Europa-, amenazando con arrastrar la civilización a la barbarie a la vez que aceleraba la maduración de la revolución.

"Ninguna guerra es posible ya para la Alemania prusiana salvo una mundial y una guerra mundial de una extensión y una violencia hasta ahora inimaginables. Entre 8 y 10 millones de soldados se exterminarán y al ir haciéndolo devorarán a Europa entera hasta dejarla más arrasada como ninguna plaga de langostas lo haya hecho nunca. La devastación de la Guerra de Treinta años condensada en tres o cuatro años y extendida por el continente entero: hambres, plagas, caída general en la barbarie, la de los ejércitos y la de las poblaciones; una confusión sin esperanza de nuestro sistema artificial de comercio, de industria y de crédito que desembocaría en quiebra general, hundimiento de los antiguos Estados y de su tradicional cordura elitista hasta el punto de que caerán las coronas por docenas y no habrá nadie para recogerlas; la imposibilidad absoluta de prever cómo terminará todo esto y quién saldrá vencedor, el único resultado cierto es el agotamiento general y la creación de las condiciones para la victoria final de la clase obrera." (15/12/1887, Traducido del inglés por nosotros)

Dicho lo cual, Engels, sin embargo, no veía esa guerra como un factor de acercamiento inevitable de la perspectiva socialista: temía, con razón, que el proletariado saliera también él afectado por el agotamiento general y que eso lo hiciera incapaz para realizar su revolución (de ahí que, podría añadirse, cierta propensión hacia esquemas algo utópicos que podrían retrasar la guerra, como la sustitución de los ejércitos permanentes por milicias populares). Pero Engels tenía sobradas razones de esperar que la revolución estallara antes de que lo hiciera una guerra paneuropea. Una carta a Bebel (24-26/10/1891) expresa ese punto de vista "optimista":

"... Según tengo entendido, usted ha dicho que yo habría previsto el hundimiento de la sociedad burguesa en 1898. En algún sitio ha debido haber errores. Todo lo que yo he dicho es que quizás podríamos llegar al poder entre hoy y 1898. Si eso no ocurre, la vieja sociedad burguesa podría seguir vegetando algún tiempo con tal de que un empujón no haga que se desmorone todo el viejo edificio carcomido. Un viejo envoltorio apolillado podrá sobrevivir a su muerte interna durante algunas décadas si no se altera el ambiente" (traducido del inglés por nosotros)

En ese pasaje puede observarse tanto las ilusiones del movimiento de aquel entonces como su fuerza teórica subyacente. Las adquisiciones duraderas del partido socialdemócrata, sobre todo en el ámbito electoral y en Alemania, hicieron albergar esperanzas excesivas en la posibilidad de un progreso ineluctable hacia la revolución (y la propia revolución se iba incluso a considerar desde un enfoque semiparlamentario, a pesar de los advertencias repetidas contra el cretinismo parlamentario, algo central en la rápida progresión de la ideología reformista). Al mismo tiempo, las consecuencias de la incapacidad del proletariado para tomar el poder se plasman rápidamente en la supervivencia del capitalismo durante varias décadas como un "un viejo envoltorio apolillado", aunque Engels como la mayoría de los revolucionarios de entonces no se hubieran imaginado nunca que el sistema iba a sobrevivir en su fase de decadencia durante más de un siglo suplementario. Sin embargo, las bases teóricas que permitían anticipar una situación así están claramente inscritas en ese pasaje.

Rosa Luxemburg entabla la batalla contra el revisionismo

Y, sin embargo, precisamente porque la expansión imperialista de las décadas finales del s. XIX permitió al capitalismo conocer unas tasas de crecimiento enormes, se recuerda a ese período como el de una prosperidad y un progreso sin precedentes, un incremento constante del nivel de vida de la clase obrera, no sólo gracias a las condiciones objetivas favorables sino gracias a la influencia creciente del movimiento obrero organizado en sindicatos y en los partidos socialdemócratas. Así era, especialmente, en Alemania y fue en ese país donde el movimiento obrero se vio enfrentado a un reto de la mayor importancia: el auge del revisionismo.

Precedidos por los escritos de Eduard Bernstein a finales de los años 1890, los revisionistas defendían que la socialdemocracia debía reconocer que la evolución del capitalismo había invalidado algunos elementos fundamentales del análisis de Marx - especialmente la previsión de unas crisis cada vez más fuertes y el empobrecimiento del proletariado que debía ser su consecuencia. El capitalismo había demostrado que utilizando el mecanismo del crédito y organizándose en trusts y cárteles gigantescos, podría superar su tendencia a la anarquía y la crisis y, bajo la impulsión de un movimiento obrero bien organizado, otorgar concesiones cada vez mayores a la clase obrera. El objetivo "final", la revolución, plasmado en el programa socialdemócrata se volvía, de ese modo, superfluo y el partido debía reconocerse por lo que era de verdad: un partido socialdemócrata "reformista", que avanzaba hacia una transformación gradual y pacífica desde el capitalismo al socialismo.

Diferentes personalidades de la izquierda de la socialdemocracia replicaron a esos argumentos. En Rusia, Lenin, emprendió una polémica contra los economicistas que querían reducir el movimiento obrero a una cuestión de pan; en Holanda, Gorter y Pannekoek llevaron a cabo una polémica contra la influencia creciente del reformismo en los ámbitos sindical y parlamentario. En Estados Unidos, Louis Boudin escribió un libro importante, The Theoretical System of Karl Marx (1907), en respuesta a los argumentos de los revisionistas (volveremos sobre este tema más lejos). Pero fue sobre todo a Rosa Luxemburg a quien más se asocia a la lucha contra el revisionismo, una lucha basada en la noción central del marxismo de declive y hundimiento catastrófico del capitalismo.

Cuando se lee la polémica de Luxemburg contra Bernstein, Reforma social o Revolución, llama la atención hasta qué punto los argumentos de éste se han repetido desde entonces, cada vez que el capitalismo daba la impresión -superficial- de superar sus crisis.

"Bernstein considera que la decadencia general del capitalismo aparece como algo cada vez más improbable porque, por un lado, el capitalismo demuestra mayor capacidad de adaptación y, por el otro, la producción capitalista se vuelve cada vez más variada.

La capacidad de adaptación del capitalismo, dice Bernstein, se manifiesta en la desaparición de las crisis generales, resultado del desarrollo del sistema de crédito, las organizaciones patronales, mejores medios de comunicación y servicios informativos. Se ve, secundariamente, en la persistencia de las clases medias, que surge de la diferenciación de las ramas de producción y la elevación de sectores enormes del proletariado al nivel de la clase media. Lo prueba además, dice Bernstein, el mejoramiento de la situación política y económica del proletariado como resultado de su movilización sindical" (1ª parte, "El método oportunista") [6]

¡Cuántas veces no se nos habrá repetido que las crisis pertenecen al pasado!, y eso no sólo por parte de los ideólogos oficiales de la burguesía, sino también por quienes pretenden defender una ideología mucho más radical: que si hoy el capitalismo está organizado a escala nacional e incluso internacional, que si hay una posibilidad infinita de recurrir al crédito y demás manipulaciones financieras; ¡cuántas veces no nos habrán dicho que la clase obrera ha dejado de ser una fuerza revolucionaria puesto que ya no está inmersa en la miseria absoluta descrita por Engels en su libro sobre las condiciones de la clase obrera en Manchester, en 1844, o porque se diferenciaría cada vez menos de las clases medias! Esa era la matraca de los sociólogos de los años 1950 y 1960, a los que los adeptos de Marcuse y de Castoriadis les dieron un colorete radical; y se volvió a sacar una vez más durante los años 1990, tras el desmoronamiento del bloque del Este y el boom financiado a crédito, que no era otra cosa que un edificio destartalado cuyo enjalbegado de fachada se ha resquebrajado recientemente.

Contra esos argumentos, Luxemburg subrayó que la "organización" del capital en cárteles y mediante el crédito era una respuesta a las contradicciones del sistema que tendía a exacerbar esas contradicciones hasta niveles todavía más devastadores.

Luxemburg consideraba el crédito sobre todo como un medio de facilitar la extensión del mercado a la vez que concentraba el capital en cada vez menos manos. En aquel momento de la historia, existía la posibilidad verdadera para el capitalismo de extenderse y el crédito aceleraba esa expansión. Pero, al mismo tiempo, Rosa Luxemburg comprendió lo destructor del crédito debido a que esa expansión del mercado también era la base para el conflicto futuro entre la masa de las fuerzas productivas puestas en movimiento:

"Vemos que el crédito en lugar de servir de instrumento para suprimir o paliar las crisis es, por el contrario, una herramienta singularmente potente para la formación de crisis. No puede ser de otra manera. El crédito elimina lo que quedaba de rigidez en las relaciones capitalistas. Introduce en todas partes la mayor elasticidad posible. Vuelve a todas las fuerzas capitalistas extensibles, relativas, y sensibles entre ellas al máximo. Esto facilita y agrava las crisis, que no son sino choques periódicos entre las fuerzas contradictorias de la economía capitalista." ("La adaptación del capitalismo", ídem.)

El crédito no era todavía lo que es en gran parte hoy, o sea, ya no tanto un medio de acelerar la expansión del mercado real, sino un mercado artificial por sí mismo, al que está cada día más enganchado el capitalismo. Su función como remedio que agrava la enfermedad es, en nuestra época, más evidente que nunca y, en especial, desde lo que se ha dado en llamar "credit crunch" (contracción del crédito) en 2008.

Luxemburg consideraba también que la tendencia del capitalismo y de los capitalistas a organizarse a nivel nacional e incluso internacional no era una solución, ni mucho menos, a los antagonismos del sistema, sino que contenía, al contrario, una potencialidad que los agudizaba a un nivel superior y más destructor:

"(...)...agravan la contradicción entre el carácter internacional de la economía capitalista mundial y el carácter nacional del estado: en la medida en que siempre las acompaña una guerra aduanera general que agudiza las diferencias entre los estados capitalistas. A ello debemos agregar la influencia decididamente revolucionaria que ejercen los cárteles sobre la concentración de la producción, el progreso de la técnica, etcétera.

En otras palabras, cuando se los evalúa desde el punto de vista de sus últimas consecuencias sobre la economía capitalista, los cárteles y trusts son un fracaso como "medios de adaptación". No atenúan las contradicciones del capitalismo. Por el contrario, parecen instrumento de mayor anarquía. Estimulan el desarrollo de las contradicciones internas del capitalismo. Aceleran la llegada de la decadencia general del capitalismo." (Ibídem)

Esas previsiones (sobre todo cuando la organización del capital pasó de la fase de los cárteles a la de los "trusts de Estado nacional" que se enfrentaron por el control del mercado mundial en 1914) iban a quedar plenamente confirmadas durante el siglo XX.

Luxemburg también contestó a los argumentos de Bernstein según los cuales el proletariado no necesitaba hacer la revolución puesto que estaba disfrutando de un incremento del nivel de vida gracias a su organización eficaz en sindicatos y a la actividad de sus representantes en el parlamento. Rosa demostró que las actividades sindicales tenían unos límites internos, describiéndolos como un "trabajo de Sísifo"[7], necesario pero limitado constantemente en sus esfuerzos por incrementar la parte de los obreros en los productos de su trabajo a causa del crecimiento inevitable de la tasa de explotación debida al desarrollo de la productividad. Le evolución posterior en la vida del capitalismo iba a poner todavía más en evidencia sus límites históricos, pero incluso en una época en que la actividad sindical (al igual que en los ámbitos paralelos de la acción parlamentaria y cooperativista) era todavía válida para la clase obrera, los revisionistas alteraban ya la realidad cuando defendían la idea de que esas actividades podrían asegurar a la clase obrera una mejora constante e infinita de sus condiciones de vida.

Mientras que Bernstein veía una tendencia a que se atenuaran las relaciones de clase mediante la proliferación de empresas pequeñas y, por tanto, del crecimiento de la clase media, Luxemburg afirmaba la tendencia que iba a ser predominante en el siglo que iba a empezar: la evolución del capitalismo hacia formas de concentración y centralización gigantescas, tanto a nivel de las empresas "privadas" como del Estado y de las alianzas imperialistas. Otros de la izquierda revolucionaria como Boudin replicaban a la idea de que la clase obrera iba a convertirse en clase media diciendo que muchos trabajadores de "cuello blanco" y técnicos, los cuales, supuestamente, iban a "disolver" el proletariado eran, en realidad, un resultado del proceso de proletarización, una tendencia que se ha acentuado también durante las últimas décadas. Las palabras de Boudin en 1907 son hoy muy evocadoras de la actualidad al igual que los argumentos especiosos que aquéllas combatían:

"Una gran proporción de lo que se llama clase media y que como tal aparece en las estadísticas sobre ingresos, es, en realidad, una parte del proletariado ordinario, y la nueva clase media, sea cual sea, es mucho menos amplia que lo que aparece en las estadísticas de ingresos. Esa confusión viene, por un lado, del viejo prejuicio  profundamente arraigado de que Marx habría atribuido la propiedad de crear valor únicamente al trabajo manual y, por otra parte, a la disociación entre la función de dirección y la de la posesión de hecho de la propiedad por la compañía, como se ha dicho antes. Habida cuenta de esos elementos, una gran parte del proletariado se contabiliza como clase media, o sea como la capa más baja de la clase capitalista. Así ocurre con la mayoría de esos empleados, hoy en aumento, cuya remuneración ya no se expresa en términos de "sueldo a destajo", sino en términos de "salario". Todos esos asalariados, sea cual sea su salario, que son la mayoría, o, al menos, una elevada proporción de la "nueva" clase media, forman tan parte del proletariado como el simple obrero a jornal." (The Theoretical System of Karl Marx, 1907, traducido del inglés por nosotros)

Todo recto hacia la debacle de la civilización burguesa

La crisis económica patente de hoy ocurre en una fase muy avanzada de la decadencia del capitalismo. Rosa Luxemburg replicaba a Bernstein en una época que ella caracterizó, con una notable lucidez repetimos, que no era todavía la del declive, pero cuya proximidad aparecía cada vez más evidente. El pasaje citado abajo lo escribió en respuesta a la cuestión empírica (y empirista) de Bernstein: ¿por qué no se reprodujo el antiguo ciclo decenal desde principios de los años 1870? Luxemburg insiste en su respuesta en que ese ciclo es, en realidad, la expresión de la fase juvenil del capitalismo; en ese momento el mercado mundial estaba en un "período de transición" entre su época de crecimiento máximo y el inicio de una época de declive:

"El mercado mundial sigue desarrollándose. Alemania y Austria sólo durante los años 1870 entraron en una fase de verdadera producción industrial a gran escala; Rusia sólo en los años 1880; Francia está todavía en gran parte en una fase de pequeña producción; los estados balcánicos, en su mayor parte, no han salido totalmente de la economía natural; y sólo fue en los años 1880 cuando las Américas, Australia y África iniciaron un comercio ampliado y regular con Europa. De modo que tenemos ahora ya rematada una apertura repentina y amplia de nuevas áreas de la economía capitalista cómo había ocurrido periódicamente hasta los años 1870; pertenecen ya pues al pasado las crisis de juventud que siguieron a esos desarrollos periódicos. Por otra parte, no hemos llegado todavía al nivel de desarrollo y de agotamiento del mercado mundial que provocará la colisión periódica, fatal, entre las fuerzas productivas y los límites del mercado, lo cual significa la verdadera vejez del capitalismo. Estamos en una fase en la que las crisis acompañan más bien el auge del capitalismo y no todavía su declive" (cap. 2, traducido del inglés por nosotros)

Es interesante notar que en la segunda edición de su folleto, publicado en 1908, Rosa Luxemburg omitió ese pasaje y el párrafo siguiente, y menciona la crisis de 1907-1908, cuyo centro fue precisamente las naciones industriales más poderosas: evidentemente, para Luxemburg, "el período de transición" estaba llegando a su fin.

Además también alude a que la espera anterior de un nuevo período que se abriría por "una gran crisis comercial" podría ser un error; ya en Reforma social o Revolución subraya el incremento del militarismo, una evolución que iba a ser cada día más preocupante. Fue sin duda la posibilidad de que la apertura de un nuevo período estuviera marcada por la guerra, y no por una crisis económica abierta, lo que inspira la siguiente observación:

"Hasta ahora la teoría socialista afirmaba que el punto de partida para la transformación hacia el socialismo sería una crisis general catastrófica. En esta concepción debemos distinguir dos aspectos: la idea fundamental y su forma exterior. La idea fundamental es la afirmación de que el capitalismo, en virtud de sus propias contradicciones internas, avanza hacia una situación de desequilibrio que le impedirá seguir existiendo. Había buenas razones para concebir que la coyuntura asumiría la forma de una catastrófica crisis comercial general. Pero su importancia es secundaria frente a la idea fundamental." (Cap. 1)

Pero fuera cual fuera la forma que tomara "la crisis de senilidad" del capitalismo, Rosa Luxemburg insistía en que sin esa idea de la caída catastrófica del capitalismo, el socialismo acabaría siendo una simple utopía:

"Pero aquí surge el interrogante: en ese caso, ¿cómo y por qué alcanzaremos el objetivo final? Según el socialismo científico, la necesidad histórica de la revolución socialista se revela sobre todo en la anarquía creciente del capitalismo, que provoca el impasse del sistema. Pero si uno concuerda con Bernstein en que el desarrollo capitalista no se dirige hacia su propia ruina, entonces el socialismo deja de ser una necesidad objetiva. (...) La teoría revisionista llega así a un dilema. O la transformación socialista es, como se decía hasta ahora, consecuencia de las contradicciones internas del capitalismo, que se agravan con el desarrollo del capitalismo y provocan inevitablemente, en algún momento, su colapso (en cuyo caso "los medios de adaptación" son ineficaces y la teoría del colapso es correcta); o los "medios de adaptación" realmente detendrán el colapso del sistema capitalista y por lo tanto le permitirán mantenerse mediante la supresión de sus propias contracciones. En ese caso, el socialismo deja de ser una necesidad histórica. Se convierte en lo que queráis llamarlo, pero ya no es resultado del desarrollo material de la sociedad.

Este dilema conduce a otro. O el revisionismo tiene una posición correcta sobre el curso del desarrollo capitalista y, por tanto, la transformación socialista de la sociedad es sólo una utopía, o el socialismo no es una utopía y la teoría de "los medios de adaptación" es falsa. He ahí la cuestión en pocas palabras." (ídem)

En ese pasaje, Luxemburg hace resaltar con claridad diáfana el vínculo estrecho entre el enfoque revisionista y el rechazo de la visión marxista del declive del capitalismo y, a la inversa, la necesidad de esa teoría como piedra angular de una idea coherente de la revolución.

En el próximo artículo de esta serie examinaremos cómo Rosa Luxemburg y otros intentaron ubicar los orígenes de la crisis que se avecinaba en el proceso subyacente de la acumulación capitalista.

Gerrard


[1] Ver, por ejemplo, el artículo: "1895-1905 – La perspectiva revolucionaria oscurecida por las ilusiones parlamentarias", Revista International n° 88 https://es.internationalism.org/rint88-comunismo

[2] Aufheben n° 2 et 3 https://libcom.org/aufheben

[3] Traducido de la edición francesa (editorial "Les bons caracteres", 2004)

[4] Traducido de https://marxists.org/francais/inter_soc/spd/18910000.htm

[5] https://www.marxists.org/francais/engels/works/1891/00/18910000.htm

[6] https://www.marxists.org/espanol/luxem/01Reformaorevolucion_0.pdf

[7] Según la mitología griega, Sísifo fue castigado en el infierno a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de que alcanzase la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio.

Series: 

Herencia de la Izquierda Comunista: