La decadencia del capitalismo (V) - Las contradicciones mortales de la sociedad burguesa

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Bordiga, comunista de izquierda de Italia, calificó el conjunto de la obra de Marx de "esquela necrológica del capital" - o dicho de otra manera, estudio de las contradicciones internas que la sociedad burguesa no podrá evitar y que la llevarán a su fin.

Decretar la muerte con certeza es un problema para los seres humanos de una manera general: la humanidad es la única especie del reino animal en llevar el peso de la conciencia de la muerte inevitable, y ese fardo se plasma en la omnipresencia de los mitos de la vida más allá de la muerte en todas las épocas de la historia y en todas las formas sociales.
De igual modo, las clases dominantes, explotadoras, y los individuos que la componen eran felices porque eludían la muerte consolándose con sueños sobre el carácter eterno de los fundamentos y del destino de su reinado. El régimen de los faraones y de los emperadores divinos se justificaba con historias sagradas que iban desde los orígenes más remotos hasta el futuro más lejano.

Por muy orgullosa que esté de su visión racional y científica, la burguesía no deja de estar sometida a las proyecciones mitológicas. Como dijo Marx puede observarse eso en la actitud de esa clase hacia la historia en la cual proyecta sus "robinsonadas" sobre la propiedad privada como base de la existencia humana. Y no está menos dispuesta a imaginar el final de su sistema de explotación que los antiguos déspotas. Incluso en su época revolucionaria, incluso en el pensamiento del filósofo por excelencia del movimiento dialéctico, Hegel, se encuentra la misma tendencia a proclamar que la dominación de la sociedad burguesa constituye "el fin de la historia". Marx hizo notar que para Hegel, el avance permanente del Espíritu del Mundo había acabado por encontrar paz y descanso bajo la forma del Estado burocrático prusiano (el cual, por cierto, estaba bien embarrancado en su pasado feudal).

Se considera, pues, como un axioma de base de la visión del mundo de la burguesía, distorsionada por su ideología, el hecho de que no puede tolerar ninguna teoría que afirme el carácter puramente transitorio de su dominación de clase. El marxismo, por su parte, que expresa el enfoque teórico de la primera clase explotada de la historia que lleva en sí los gérmenes de un nuevo orden social, no sufre de semejante ceguera.

Así, el Manifiesto comunista de 1848 empieza por el conocido pasaje sobre la historia, que es la historia de la lucha de clases, la cual, en todos los modos de producción hasta hoy, ha desgarrado el tejido social desde dentro, concluyendo con "una transformación revolucionaria de toda la sociedad o con la destrucción de las clases beligerantes" (cap. "Burgueses y proletarios") ([1]). La sociedad burguesa simplificó los antagonismos de clase hasta reducirlos socialmente a dos grandes campos: capitalista de un lado, proletario del otro. Y el destino del proletariado es ser el enterrador del orden burgués.

El Manifiesto, sin embargo, no esperaba que la confrontación decisiva entre las clases fuera el simple resultado de la simplificación de las diferencias en el capitalismo, ni de la evidente injusticia representada por el monopolio de los privilegios y de la riqueza por parte de la burguesía. Era primero necesario que el sistema burgués dejara de ser capaz de funcionar "normalmente", que hubiera alcanzado el punto en que: "Con ello se manifiesta francamente que la burguesía es incapaz de seguir siendo por más tiempo la clase dominante de la sociedad y de imponer a la sociedad, en cuanto ley reguladora, las condiciones existenciales de su clase. Es incapaz de dominar, porque es incapaz de asegurar a sus esclavos la existencia inclusive dentro de su esclavitud, porque está obligada a dejarlos que se suman en una situación en la cual debe alimentarlos en lugar de ser alimentada por ellos. La sociedad ya no puede vivir bajo su dominio, es decir, que su vida ya no resulta compatible con la sociedad" ([2]).

En resumen, el derrocamiento de la sociedad burguesa se convierte en una necesidad vital para la supervivencia misma de la clase explotada y de la vida social en su conjunto.

El Manifiesto veía en las crisis económicas que asolaban periódicamente la sociedad capitalista de aquel tiempo los signos anunciadores de lo que iba a ocurrir.

"Una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmada, sin recursos para subsistir; la industria, el comercio están a punto de perecer. ¿Y todo por qué?  Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio.  Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía?  De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos.  Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas" ([3]).

Hay varios puntos que subrayar respecto a ese pasaje tan citado:

  • deja claro que las crisis económicas son el resultado de la sobreproducción de mercancías, por el hecho de que las abundantes fuerzas productivas utilizadas por el capitalismo chocan con los límites de la forma capitalista de apropiación y distribución. Como lo explicaría Marx más tarde, no se trataba ni mucho menos de sobreproducción en relación con las necesidades. Al contrario, se debía a que las necesidades de la gran mayoría están necesariamente limitadas por la existencia de relaciones de producción antagónicas. Es la sobreproducción en relación con la demanda efectiva - una demanda basada en la capacidad de pago;
  •  considera que las relaciones de producción capitalistas ya se han convertido en una traba definitiva al desarrollo de las fuerzas productivas, un férreo collar que las entorpece;
  •  al mismo tiempo, el capitalismo tiene a su disposición diferentes mecanismos para superar sus crisis: por un lado, la destrucción de capital, la cual significaba para Marx no la destrucción física de fábricas o máquinas, sino su destrucción como valor porque la crisis las volvía inútiles. Esto, como lo explicaría Marx en sus trabajos posteriores, permitía a la vez sacar del mercado a los competidores improductivos y tenía un efecto "benéfico" en la cuota de ganancia; por otra parte, "la conquista de nuevos mercados y la explotación mejor de los antiguos", lo cual permitía evitar temporalmente la congestión del mercado en las zonas ya conquistadas por el capitalismo;
  •  esos mismos mecanismos de escapatoria lo único que hacían era preparar el camino a crisis cada vez más destructoras y tendían a neutralizarse como medios para superar la crisis. En resumen, el capitalismo avanzaba necesariamente hacia un atolladero histórico.

El Manifiesto se escribió en vísperas de la gran marea de levantamientos que barrió Europa durante el año 1848.

Pero aunque esos levantamientos tenían raíces muy materiales -especialmente la aparición de grandes hambrunas por toda una serie de países- aunque aparecieran entonces las primeras manifestaciones masivas de la autonomía política del proletariado (el Cartismo -chartism en inglés- en Gran Bretaña; el levantamiento en junio de 1848 de la clase obrera parisina), eran fundamentalmente los últimos rescoldos de la revolución burguesa contra el absolutismo feudal. En su esfuerzo por comprender el fracaso de esos levantamientos desde el punto de vista del proletariado (raras veces se alcanzaron ni siquiera los objetivos burgueses de la revolución y la burguesía francesa no vaciló en aplastar a los obreros insurgentes de París), Marx reconoció que la perspectiva de una revolución proletaria inminente era algo prematuro. Ya no solo era que la clase obrera había encajado un duro golpe y había retrocedido políticamente a causa de la derrota de los levantamientos de 1848, sino que además, el capitalismo distaba mucho de haber rematado su misión histórica, se estaba extendiendo por el planeta entero y seguía "creando un mundo a su imagen" como decía el Manifiesto. El dinamismo de la burguesía, como lo reconocía el Manifiesto seguía siendo una realidad. Contra los militantes impacientes de su propio "partido", que creían que bastaba con la simple voluntad para empujar a las masas, Marx planteó que el proletariado necesitaría llevar a cabo muchas luchas, durante años, antes de llegar a la confrontación decisiva con su enemigo de clase. También defendió con ahínco la idea de que "Una nueva revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es también tan segura como ésta" ([4]).

Marx contesta a los apologistas

Fue esa convicción la que animó a Marx a dedicarse al estudio -o, más bien, a la crítica- de la economía política, una investigación amplia y profunda que iba a plasmarse en los Grundrisse y los cuatro volúmenes de el Capital. Para comprender las condiciones materiales de la revolución proletaria, era necesario comprender más en profundidad las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista, las debilidades fatales que acabarían condenándolo a muerte.

En su obra, Marx reconoció su deuda con los economistas burgueses como Adam Smith y Ricardo que habían contribuido ampliamente a la comprensión del sistema económico burgués, especialmente porque en sus polémicas contra los apologistas de las formas anteriores de producción semifeudales superadas, defendieron el punto de vista de que el "valor" de las mercancías no era algo inherente a la calidad del suelo, ni de una cifra determinada por los caprichos de la oferta y la demanda, sino que se basaba en el trabajo real de los hombres. Pero Marx mostró también que esos polemistas de la burguesía también eran sus apologistas porque en sus escritos:

  • reflejaban la visión del "sentido común" de la ideología burguesa, la cual, aun condenando los modos de producción anteriores, la esclavitud y el feudalismo, como sistemas de privilegio de clase, negaba que el capitalismo estuviese a su vez también basado en la explotación del trabajo, pues, para ellos, la transacción fundamental en el corazón de la producción capitalista era un intercambio equitativo entre la capacidad de trabajo del obrero y el salario ofrecido por el capitalista. Marx demostró que igual que los modos anteriores de producción, el capitalismo se basa en la extracción del sobretrabajo de la clase explotada - pero aquí con la forma de extracción de la plusvalía, el tiempo de trabajo "libre" arrancado al obrero pero encubierto en el contrato salarial;
  • tenían tendencia a considerar que, a pesar del problema de las crisis económicas periódicas del capitalismo, éste no tenía límites inherentes para su desarrollo y que, por lo tanto, no se alcanzaría nunca el punto en que fuera necesario sobrepasarlo con una forma superior de sociedad. Si había crisis se debían a la acción de especuladores o a una desproporción temporal entre diferentes ramos de la industria, o a otros factores contingentes, y puesto que cada producto estaba destinado, en fin de cuentas, a encontrar un comprador, la acción misma del mercado acabaría solventando los problemas poniendo las bases para nuevas fases de crecimiento.

Lo fundamental, pues, en todas las teorías económicas burguesas es negar que las crisis sean la prueba de que hay contradicciones de base insuperables en el modo de producción capitalista - pájaros de mal agüero, cuervos anunciadores de desastres cuyos roncos graznidos vaticinan el Ragnarök de la sociedad burguesa.

"La fraseología apologética cuya finalidad es negar las crisis, tiene su importancia, pues prueba lo contrario de lo que pretende probar. Para negar la crisis, afirma la unidad allí donde hay contradicción y oposición. En verdad podía decirse que si no existieran las contradicciones negadas arbitrariamente por los apologistas, no habría crisis. En realidad la crisis existe porque esas contradicciones existen. El objetivo de todas las razones que alegan contra la crisis es negar arbitrariamente las contradicciones reales que la causan. Ese deseo ilusorio de negar las contradicciones no hace sino confirmar las contradicciones reales cuya inexistencia se desea" (Teorías de la plusvalía) ([5]).

Primer pájaro de mal agüero: "la sobreproducción, contradicción fundamental del capital desarrollado..."

La apología del capital por los economistas se basa en gran parte en negar que las crisis de sobreproducción que aparecen durante la segunda y la tercera décadas del siglo xix, sean un indicador de la existencia de barreras insuperables para el modo de de producción burgués.

Frente a la realidad concreta de la crisis, la negación de los apologistas toma diferentes formas que los expertos económicos han vuelto a retomar en estas últimas décadas. Marx subraya, por ejemplo, que Ricardo intentaba explicar las primeras crisis del mercado mundial basándose en diferentes factores contingentes como las malas cosechas, la devaluación del papel moneda, la caída de los precios o las dificultades del paso de períodos de paz a períodos de guerra o de guerra a épocas de paz en los primeros años del siglo xix. Es evidente que esos factores pudieron repercutir en la agudización de las crisis e incluso provocar su estallido, pero no eran el meollo del problema. Esos subterfugios nos recuerdan las recientes posiciones tomadas por "peritos" de la cosa económica que situaban la "causa" de la crisis de los años 70 en el aumento de los precios del petróleo y hoy en la codicia de los banqueros. Cuando a mediados del siglo xix se hizo cada vez más difícil negar el ciclo de las crisis comerciales, los economistas se vieron obligados a desarrollar argumentos más sofisticados, aceptar por ejemplo la idea de que había demasiado capital, pero negando que eso significaba que había también demasiadas mercancías invendibles.

Y cuando se aceptaba el problema de la sobreproducción, se relativizaba. Para los apologistas, en la base, "nunca se vende si no es para comprar otro producto cualquiera que pueda ser útil inmediatamente o pueda contribuir en la producción futura" ([6]). En otras palabras, existe una profunda armonía entre producción y venta y en el mejor de los mundos al menos toda mercancía debía encontrar comprador. Si hay crisis no son otra cosa que las posibilidades contenidas en la metamorfosis de las mercancías en dinero, como así lo defendía John Stuart Mill, o, también, son el resultado de una simple falta de proporcionalidad entre un sector de la producción y otro.

Marx no niega ni mucho menos que pueda haber desproporción entre los diferentes ramos de la producción - insiste incluso en que siempre existe esa tendencia en una economía no planificada de que es imposible producir mercancías en función de la demanda inmediata. A lo que Marx se opone es al intento de usar lo de la "desproporcionalidad" como pretexto para pretender quitarse de en medio las contradicciones más elementales de las relaciones sociales capitalistas: "Y se dice que el fenómeno de que se trata no es precisamente un fenómeno de sobreproducción, sino desproporción dentro de las distintas ramas de producción, eso significa simplemente que dentro de la producción capitalista, la proporcionalidad de las distintas ramas de producción aparece como un proceso constante derivado de la desproporcionalidad, desde el momento en que la trabazón de la producción en su conjunto se impone aquí a los agentes de la producción como una ley ciega y no como una ley comprendida y, por lo tanto, dominada por su inteligencia colectiva, que someta a su control común el proceso de producción" (el Capital, vol. III) ([7]).

De igual modo, Marx rechaza el argumento según el cual pueda haber una sobreproducción parcial y no una sobreproducción general: "Por eso Ricardo admite que para algunas mercancías pueda existir un atascamiento del mercado. Lo que sería imposible es el atascamiento general y simultáneo. No niega la posibilidad de sobreproducción en una esfera particular de la producción; pero al no poder producirse ese fenómeno en todos los ramos a la vez, no podría haber ni sobreproducción, ni atascamiento general del mercado" (Teorías sobre la plusvalía) ([8]).

Lo históricamente específico del capitalismo

Lo que tienen en común todos esos argumentos es negar lo que históricamente tiene de específico el modo de producción capitalista. El capitalismo es el primer sistema económico en haber generalizado la producción de mercancías, la producción para la venta y la ganancia, al conjunto del proceso de producción y de distribución y es en esa especificidad donde encontramos la tendencia a la sobreproducción. No desde luego, como así quiso dejarlo claro Marx, la sobreproducción en relación con las necesidades humanas: "La palabra misma de "sobreproducción" podría llevarnos al error. Mientras las necesidades más urgentes de una gran parte de la sociedad no estén satisfechas o que únicamente lo estén las necesidades inmediatas, no hay, ni mucho menos, sobreproducción en el sentido de superabundancia de productos en relación con las necesidades. Habría que decir, al contrario, que precisamente por ser capitalista la producción, siempre habrá subproducción en el sentido en que suele entenderse. Es la ganancia de los capitalistas lo que limita la producción, y no la necesidad de los productores. Sobreproducción de productos y sobreproducción de mercancías son dos cosas muy diferentes. Cuando Ricardo afirma que la forma mercancía no afecta al producto, y que entre la circulación de mercancías y el trueque sólo hay una diferencia de forma, que el valor de cambio sólo es una forma pasajera de intercambios materiales, y, por lo tanto, que el dinero no es más que un medio formal de circulación, lo único que hace es expresar la tesis de que el modo de producción burgués es el modo absoluto, desprovisto de toda determinación específica, y que su carácter es, por consiguiente, puramente formal. Por eso no hubiera podido admitir que la producción burguesa lleva consigo un límite al libre desarrollo de las fuerzas productivas, limite que se plasma en las crisis cuyo fenómeno básico es la sobreproducción" ([9]).

Marx muestra después la diferencia entre el modo de producción capitalista y los modos de producción anteriores que no pretendían acumular riquezas, sino consumirlas y que se vieron enfrentados al problema de la subproducción más que al de la sobreproducción: "... a los Antiguos transformar el producto en capital ni se les pasaba por la imaginación, o cuando lo hicieron fue a escala muy reducida (la amplitud que daban al atesoramiento propiamente dicho demuestra con creces que el sobreproducto quedaba sin emplear). Transformaban una gran parte en gastos improductivos para obras de arte, monumentos religiosos, obras públicas. Y menos todavía su industria debía servir para liberar y desarrollar las fuerzas productivas materiales: división del trabajo, maquinismo, aplicación de las fuerzas naturales a la producción privada. En su conjunto, no iban más allá del trabajo artesano. Por eso la riqueza que creaban para el consumo privado era relativamente restringida; parece enorme porque se acumulaba en manos de poca gente, que, además, no tenía mucha idea de qué hacer con tanto. No había sobreproducción entre los Antiguos, pero sí sobreconsumo por parte de los ricos, lo que acabó degenerando en los últimos tiempos de Roma y Grecia en una desenfreno demencial. Los escasos pueblos comerciantes entre ellos, vivían en parte a costa de esas naciones básicamente pobres. La base de la sobreproducción moderna es, por un lado, el desarrollo absoluto de las fuerzas productivas, o sea de la producción en masa por productores encerrados en el círculo de lo estrictamente necesario y, por otro, el límite impuesto por la ganancia de los capitalistas" ([10]).

El problema planteado por los economistas es que consideran al capitalismo como si fuera ya un sistema social armonioso - una especie de socialismo en el que la producción está básicamente determinada por las necesidades: "Todas las dificultades planteadas por Ricardo y otros a propósito del problema de la sobreproducción se deben ya sea a que miran la producción burguesa como uno modo de producción en el que no hay diferencia entre la compra y la venta - trueque directo - ya sea, que ven en ella una producción social: como si la sociedad repartiera según un plan sus medios de producción y sus fuerzas productivas, para que sirvieran para satisfacer sus diferentes necesidades, y eso de tal manera que cada sector de la producción recibiera las cantidades necesarias que le corresponden. Esta ficción tiene su raíz en la incapacidad para comprender la forma específica de la producción burguesa, incapacidad que se debe a que la observan y la consideran como la producción a secas. Es igual que el creyente cuando considera su propia religión como la religión sin más y en las demás solo ve que son ‘falsas'" ([11]).

La sobreproducción está en las raíces de las relaciones sociales capitalistas

En contra de esas distorsiones, Marx situaba las crisis de sobreproducción en las propias relaciones sociales que definen el capital como modo de producción específico: la relación del trabajo asalariado, "...de tanto reducir a la simple relación consumidor-productor, se acaba olvidando que el asalariado y el capitalista constituyen dos tipos de productores totalmente diferentes, sin mencionar a los consumidores que no producen nada. Eso es quitarse de encima una vez más, haciendo abstracción de ellas, las contradicciones antagónicas reales de la producción. La simple relación asalariado-capitalista implica que:
"1° la mayoría de los productores (los obreros) no son consumidores (compradores) del grueso de su producción, o sea las materias primas y los instrumentos de trabajo; y que 2° la mayoría de los productores (los obreros) no consumen nunca lo equivalente de su producción ya que, por encima de ese equivalente, deben proporcionar la plusvalía o sobreproducto. Para poder consumir o comprar en los límites de sus necesidades, deben ser siempre sobreproductores, producir siempre por encima de sus necesidades" ([12]).

Evidentemente, el capitalismo no comienza cada fase del proceso de acumulación con un problema inmediato de sobreproducción: nació y se ha desarrollado como un sistema dinámico en constante expansión hacia nuevos dominios de intercambio productivo, a la vez en la economía interna y a escala mundial. Pero al ser inevitable la contradicción que Marx describe, esa expansión constante es una necesidad para el capital si quiere retrasar o superar la crisis de sobreproducción. Aquí también, Marx mantuvo ese punto de vista contra los apologistas que veían la extensión del mercado como una simple oportunidad y no como una cuestión de vida o muerte, pues esos apologistas tenían tendencia a considerar al capital como un sistema independiente y armonioso: "Sin embargo, si se admite que el mercado debe extenderse con la producción, debe admitirse también la posibilidad de una sobreproducción. Desde el punto de vista geográfico, el mercado está limitado: el mercado interior es limitado con respecto a un mercado interior y exterior, el cual lo es con respecto al mercado mundial, el cual -aunque capaz de extensión- está también limitado en el tiempo. Así pues, si se admite que el mercado debe extenderse para evitar la sobreproducción, se está admitiendo la posibilidad de la sobreproducción" ([13]).

En el mismo pasaje, Marx prosigue mostrando que si bien la extensión del mercado mundial permite al capitalismo superar sus crisis y proseguir el desarrollo de las fuerzas productivas, la extensión anterior del mercado se vuelve rápidamente incapaz de absorber el nuevo desarrollo de la producción. No veía eso como un proceso eterno: hay límites inherentes a la capacidad del capital para convertirse en un sistema verdaderamente universal y una vez alcanzados esos límites, arrastrarán al capitalismo hacia el abismo: "De ahí, empero, del hecho que el capital ponga cada uno de esos límites como barrera y, por lo tanto, de que idealmente pase por encima de ellos, de ningún modo se desprende que los haya superado realmente; como cada una de esas barreras contradice su determinación, su producción se mueve en medio de contradicciones superadas constantemente pero puestas también constantemente. Aún más: la universalidad a la que tiende sin cesar, encuentra trabas en su propia naturaleza, las que en cierta etapa del desarrollo del capital harán que se le reconozca a él como barrera mayor para esa tendencia y, por consiguiente, propenderán a la abolición del capital por medio de sí mismo" ([14]).

Llegamos así a la conclusión de que la sobreproducción es el primer pájaro de mal agüero que anuncia la decadencia del capitalismo, la ilustración concreta, en el capitalismo de la fórmula fundamental de Marx que explica el auge y el declive de todos los modos de producción existentes hasta hoy: ayer forma de desarrollo (en el caso del capitalismo: la extensión general de la producción de mercancías), se ha convertido hoy en una traba para el progreso de las fuerzas productivas de la humanidad: "Para acercarnos más a la cuestión: por lo pronto, existe un límite que no es inherente a la producción en general, sino a la producción basada en el capital. Este límite es doble, o más bien es el mismo, considerado desde dos puntos de vista. Basta aquí con demostrar que el capital contiene una limitación de la producción que es particular -limitación que contradice su tendencia universal a superar toda traba opuesta a aquélla-, para poner así al descubierto la base de la superproducción, que, en contra de lo que aducen los economistas, el capital no es la forma absoluta del desarrollo de las fuerzas productivas, forma absoluta que, como forma de la riqueza, coincidiría absolutamente con el desarrollo de las fuerzas productivas. Desde el punto de vista del capital, las etapas de la producción que lo precedieron se presentan igualmente como trabas a las fuerzas productivas. El propio capital, debidamente interpretado, se presenta como condición para el desarrollo de las fuerzas productivas, hasta tanto las mismas requieran un acicate exterior el cual al mismo tiempo aparece como su freno. Para las mismas es una disciplina que, a determinada altura de su desarrollo, se vuelve superflua e insoportable, ni más ni menos que las corporaciones, etc." ([15]).

Segundo pájaro de mal agüero: la tendencia decreciente de la cuota de ganancia

Otra crítica de Marx a los economistas políticos se refiere a la incoherencia de éstos, al negar la sobreproducción de mercancías a la vez que admiten la sobreproducción de capital: "En el marco de sus propias premisas, Ricardo es consecuente consigo mismo: afirmar que es imposible una sobreproducción de mercancías, es para él, afirmar que no puede haber plétora o sobreabundancia de capital.
"¿Qué habría dicho entonces Ricardo ante la estupidez de sus sucesores, los cuales niegan la sobreproducción bajo una de sus formas (atascamiento general del mercado) y, en cambio, la aceptan en la forma de plétora, de sobreabundancia del capital, llegando incluso a hacer de esto un punto clave de sus doctrinas?" ([16]).

Sin embargo, Marx, en particular en el tercer volumen de el Capital muestra que el hecho de que el capital tenga tendencia a volverse "sobreabundante", sobre todo en la forma de medios de producción, no es ningún consuelo, pues esa sobreabundancia desarrolla otra contradicción mortal, la tendencia decreciente de la cuota de ganancia ([17]) que Marx califica así: "Es, entre todas las leyes de la economía política moderna, la más importante" ([18]). Esa contradicción está inscrita en las relaciones sociales fundamentales del capitalismo: puesto que el trabajo vivo es el único que puede añadir valor -ése es el "secreto" de la ganancia capitalista- y como, al mismo tiempo, los capitalistas están obligados bajo el látigo de la competencia a "revolucionar constantemente los medios de producción", o sea a aumentar la proporción entre el trabajo muerto de las máquinas y el trabajo vivo de los hombres, están enfrentados a la tendencia intrínseca de que la proporción del nuevo valor contenido en cada mercancía disminuya y, por lo tanto, baje la cuota de ganancia.

Una vez más, los apologistas burgueses evitan aterrorizados lo que eso implica, pues la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia demuestra también lo transitorio del capital: "De otro lado, como la cuota de valorización del capital en su conjunto, la cuota de ganancia, constituye el acicate de la producción capitalista (que tiene como finalidad exclusiva la valorización del capital), su baja amortigua el ritmo de formación de nuevos capitales independientes, presentándose así como un factor peligroso para el desarrollo de la producción capitalista, alienta la superproducción, la especulación, las crisis, la existencia de capital sobrante junto a una población sobrante. Los economistas que, como Ricardo, consideran el régimen capitalista de producción como el régimen absoluto, advierten, al llegar aquí, que este régimen de producción se pone una traba a sí mismo y no atribuyen esta traba a la producción misma, sino a la naturaleza (en su teoría de la renta). Pero lo importante en su horror a la cuota decreciente de ganancia es la sensación de que el régimen de producción capitalista tropieza en el desarrollo de las fuerzas productivas con un obstáculo que no guarda la menor relación con la producción de la riqueza en cuanto tal. Este peculiar obstáculo acredita precisamente la limitación y el carácter puramente histórico, transitorio, del régimen capitalista de producción; atestigua que no se trata de un régimen absoluto de producción de riqueza, sino que, lejos de ello, choca al llegar a cierta etapa, con su propio desarrollo ulterior" ([19]).

Y en los Grundrisse, las reflexiones de Marx sobre la tendencia decreciente de la cuota de ganancia hacen resaltar lo que fue quizás su anuncio más explícito de la perspectiva del capitalismo que, como las formas anteriores de servidumbre, evita entrar en una fase de obsolescencia o de senilidad durante la cual una tendencia creciente hacia la autodestrucción planteará a la humanidad la necesidad de desarrollar una forma superior de vida social ([20]).

El círculo vicioso de las contradicciones capitalistas

Sin duda Marx vislumbraba el futuro en pasajes como el anterior. Reconocía que existen contratendencias que hacen que la caída cuota de ganancia sea una traba para la producción capitalista a largo plazo y en lo inmediato. Esas contratendencias son: aumento de la intensidad de la explotación, baja de salarios por debajo del valor de la fuerza de trabajo, baja del precio de elementos del capital constante y del comercio exterior. La manera con la que Marx trata el comercio exterior, en particular, muestra hasta qué punto las dos contradicciones en el corazón del sistema están estrechamente relacionadas. El comercio exterior implica en parte la inversión para obtener en el exterior una fuerza de trabajo más barata ([21]) y la posibilidad de vender mercancías "por encima de su valor, aunque más baratas que los países competidores" ([22]). Pero en ese mismo punto 5, se habla de la "la necesidad interna [del régimen de producción capitalista], su apetencia de mercados cada vez más extensos" ([23]). Esto se debe también a la tentativa por compensar la baja de la cuota de ganancia, pues, aunque cada mercancía contenga menos ganancia, mientras el capitalismo pueda seguir vendiendo más mercancías, podrá realizar una masa mayor de beneficio. Pero vuelve aquí el capitalismo a toparse con sus límites inherentes: "Pero el mismo comercio exterior fomenta en el interior el desarrollo de la producción capitalista y, con ello, el descenso del capital variable con respecto al constante, a la par que, por otra parte, estimula la superproducción en relación con el extranjero, con lo cual produce, a la larga, el efecto contrario" ([24]).

Y también: "La compensación de la baja de la cuota de ganancia mediante la creciente masa de ésta solo rige para el capital total de la sociedad y para los grandes capitalistas, sólidamente instalados. El nuevo capital adicional que actúa por cuenta propia no se encuentra con semejantes condiciones de sustitución, tiene que empezar conquistándolas, y así como la baja de la cuota de ganancia provoca la competencia entre capitalistas, y no la inversa. Es cierto que esta lucha por la competencia va acompañada por el alza transitoria de los salarios y por la nueva baja temporal de la cuota de ganancia que de ella se deriva. Y lo mismo ocurre en lo tocante a la superproducción de mercancías, al abarrotamiento de los mercados. Como la finalidad del capital no es satisfacer necesidades, sino producir ganancia, y como sólo puede lograr esa finalidad mediante métodos que ajustan la masa de lo producido a la escala de la producción, y no a la inversa, tienen que surgir constante y necesariamente disonancias entre las proporciones limitadas del consumo sobre la base capitalista y una producción que tiende constantemente a rebasar este límite inmanente. Por lo demás, el capital está formado por mercancías, razón por la cual la superproducción de capital envuelve también la sobreproducción de mercancías" ([25]).

Cuando intenta evitar una de sus contradicciones, lo único que hace el capitalismo es toparse con los límites de la otra. Por eso Marx consideraba inevitables "los conflictos agudos, las crisis, las convulsiones..." de las que ya había hablado en el Manifiesto. La profundización de sus estudios de la economía política capitalista le confirmó en su idea de que el capitalismo llegaría a un punto en el que habría agotado ya su misión progresiva y empezaría a amenazar la capacidad misma de la sociedad humana para reproducirse. Marx no hizo especulaciones sobre la forma precisa que tendría ese momento. No pudo evidentemente ni siquiera ver el surgimiento de las guerras imperialistas mundiales, las cuales, en su intento de "resolver" la crisis económica para ciertos capitales, iban a volverse cada vez más perjudiciales para el capital como un todo y a ser una amenaza cada día mayor para la supervivencia de la humanidad. De igual modo, Marx sólo pudo entrever la propensión del capitalismo a destruir el entorno natural en el cual se basa, en última instancia, toda reproducción social. En cambio, sí que planteó la cuestión del final de la época ascendente del capitalismo en términos muy concretos: como ya lo anotamos en el artículo precedente de esta serie, ya en 1858, Marx consideraba que la apertura de amplias regiones como China, Australia y California indicaba que la tarea del capitalismo de crear un mercado mundial y una producción mundial basada en esos mercados estaba llegando a su fin; en 1881, hablaba del capitalismo en los países adelantados como un sistema que se había vuelto "regresivo", aunque en ambos casos, pensaba que al capitalismo le quedaba mucho camino todavía por recorrer (sobre todo en los países periféricos) antes de dejar de ser un sistema ascendente globalmente hablando.

Al principio, Marx concibió sus estudios del capital como parte de una obra más amplia que abarcaría otros ámbitos de investigación como el Estado o la historia del pensamiento socialista. En realidad, la vida le quedó corta, pues ni siquiera pudo terminar la parte "económica": el Capital fue una obra inconclusa. Al mismo tiempo, pretender elaborar una teoría final decisiva de la evolución capitalista habría sido algo ajeno a las premisas básicas del método de Marx, el cual consideraba la historia como un movimiento sin fin y la dialéctica de la "Astucia de la razón" ([26]) como necesariamente llena de sorpresas. Por consiguiente, en el ámbito de la economía, Marx no dio una respuesta definitiva sobre qué "pájaro de mal agüero" (el problema del mercado o el de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia) iba a desempeñar un papel decisivo en la apertura de las crisis que acabarían llevando al proletariado a rebelarse contra el sistema. Pero una cosa está clara: la sobreproducción de mercancías como la sobreproducción de capital son la prueba de que la humanidad ha alcanzado por fin la etapa en la que se ha hecho posible satisfacer las necesidades de la vida de todos y, por lo tanto, crear las bases materiales para eliminar todas las divisiones de clase. El que haya gentes que se mueren de hambre mientras las mercancías no vendidas se amontonan en depósitos o que cierren fábricas que producen bienes necesarios para vivir porque su producción ya no genera ganancias, el foso entre el inmenso potencial contenido en las fuerzas productivas y su compresión en el corsé del valor de cambio, todo eso proporciona las bases para que emerja una conciencia comunista en quienes están más directamente enfrentados a las consecuencias de lo absurdo del capitalismo.

Gerrard

[1]) El Manifiesto comunista, edición bilingüe, "Crítica", Grijalbo, Barcelona, 1998.

[2]) ídem.

[3]) ídem.

[4]) Karl Marx, las Luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, "La abolición del sufragio universal en 1850", http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/francia/francia6.htm

[5]) Traducido por nosotros de la versión francesa Oeuvres, Tomo 2, Matériaux pour l'"économie" , parte IVª: "Les crises", p. 484, edición La Pléiade (en inglés, Theories of SurplusValue, 2da parte, capítulo XVII).

[6]) Ídem, p. 479

[7]) Citamos aquí la edición del Fondo de cultura económica, 1946, México. Vol. III, cap. XV-3., p. 254).

[8]) Traducido del francés por nosotros, La Pléiade, Oeuvres, Tomo 2, publicado con el título de Matériaux pour l'"économie" , parte IV : "Les crises".

[9]) Teorías sobre la plusvalía, op. cit., p. 490.

[10]) Ídem, p. 491.

[11]) Ídem, p. 491-92.

[12]) Ibíd., p. 484.

[13]) Ídem, p. 489.

[14]) Elementos fundamentales para la crítica de la economía política -borrador- (Grundrisse), tomo 2, cuaderno IV, p. 362 de la edición siglo XIX, 1971.

[15]) Ídem, p. 369.

[16]) Teorías de la plusvalía, op. cit.

[17]) En otras traducciones: "baja tendencial de la tasa de beneficio".

[18]) Grundrisse, op. cit.

[19]) El Capital, Vol. III, cap. XV, "Desarrollo de las contradicciones internas de la ley", p. 240, FCE, 1946, México

[20]) Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) (Grundisse), v. II, cuaderno VII, p. 282, ed. s. XXI, 1971.

[21]) Como puede hoy observarse en los fenómenos de subcontrata, externalización y deslocalización, lo que en inglés llaman outsourcing)

[22]) El Capital, v. III, c. XIV "Causas que contrarrestan la ley", punto 5 "El comercio exterior", p. 237, FCE.

[23]) Ibíd.

[24]) Ibíd. p. 238.

[25]) Ídem, p. 254.

[26]) "Debe llamarse astucia de la razón al hecho de que ella haga actuar en lugar suyo a las pasiones" (Hegel). Con esa expresión, Hegel definía cómo los humanos, a veces, creen estar haciendo la Historia cuando en realidad son víctimas de ella.

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