Darwinismo y Marxismo (II) - Anton Pannekoek

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Anton Pannekoek

Darwinismo y Marxismo (II)

El artículo que publicamos aquí es la segunda parte del folleto de Anton Pannekoek, Marxismo y Darwinismo del que hemos publicado los primeros capítulos en el número anterior de esta Revista. Esta segunda parte explica la evolución del Hombre en tanto que especie social. Pannekoek se refiere con razón al segundo gran libro de Darwin, El origen del hombre (1871), afirmando claramente que el mecanismo de la lucha por la existencia mediante la selección natural, desarrollada en El origen de las especies no puede aplicarse esquemáticamente a la especie humana como el propio Darwin lo demostró. En todos los animales sociales y más todavía en el Hombre, la cooperación y la ayuda mutua son la condición de la supervivencia colectiva del grupo en cuyo seno no se elimina a los más débiles, sino que, al contrario, se les protege. El motor de la evolución de la especie humana no es, pues, la lucha competitiva por la existencia y la ventaja para los individuos más adaptados a las condiciones del entorno, sino el desarrollo de sus instintos sociales.

El folleto de Pannekoek demuestra que el libro de Darwin, El origen del Hombre, desmiente categóricamente la ideología reaccionaria del "darwinismo social" preconizado sobre todo por Herbert Spencer (y el eugenismo de Francis Galton), el cual se servía del mecanismo de la selección natural descrito en El origen de las especies, para dar una especie de garantía científica a la lógica del capitalismo, basada en la competencia, la ley del más fuerte y la eliminación de los "menos aptos". A todos los "darwinistas sociales" de ayer y hoy (a los que Pannekoek designa con la expresión "darwinistas burgueses"), Pannekoek responde muy claramente, basándose en Darwin, que:
"Esto aclara de una manera muy diferente el modo de ver de los darwinistas burgueses. Estos proclaman que sólo la eliminación de los débiles es natural y que es necesaria para impedir la degeneración de la raza. Y dicen por otro lado, que proteger a los débiles es antinatural y contribuye en la decadencia la raza. ¿Y qué es lo que en realidad vemos? En la propia naturaleza, en el mundo animal, constatamos que se protege a los débiles, que estos no se mantienen gracias a su propia fuerza personal, y que no se les separa a causa de esa debilidad individual. Esto no debilita al grupo, sino que le da una fuerza nueva. El grupo en el que la ayuda mutua se desarrolla mejor es el más apto para protegerse en los conflictos. Lo que, según el concepto obtuso de esos darwinistas, sería un factor de debilidad, es en realidad lo contrario, un factor de fuerza contra el que los individuos fuertes que realizan la lucha individualmente no podrían competir"

En esta segunda parte de su folleto, Pannekoek examina también, con gran rigor dialéctico, cómo la evolución del Hombre le permitió apartarse de su animalidad y de ciertas contingencias del la naturaleza, gracias al desarrollo conjunto del lenguaje, del pensamiento y de las herramientas. Sin embargo, recogiendo el análisis desarrollado por Engels en su artículo inacabado "El papel del trabajo en el proceso de transformación del simio en hombre" (publicado en Dialéctica de la naturaleza), tiende a subestimar el papel fundamental del lenguaje en el desarrollo de la vida social de nuestra especie.

Este artículo lo redactó Pannekoek hace un siglo y, evidentemente, no podía integrar los descubrimientos científicos recientes, en particular en primatología. Los estudios recientes sobre el comportamiento social de los simios antropoides nos permiten afirmar que el lenguaje humano no se seleccionó en primer lugar para la fabricación de herramientas (como parece pensarlo Pannekoek, siguiendo a Engels) sino, primero, para consolidar los vínculos sociales, sin los cuales los primeros seres humanos no habrían podido comunicar especialmente para construir resguardos, protegerse de los predadores y de las fuerzas de la naturaleza hostiles, y luego trasmitir sus conocimientos de una generación a otra.

Aunque el texto de Pannekoek proporciona un marco muy bien argumentado del proceso de desarrollo de las fuerzas productivas desde la fabricación de las primeras herramientas, tiende a reducirlas a la satisfacción de las necesidades biológicas del Hombre (saciar el hambre especialmente), olvidándose así del surgimiento del arte (que apareció muy pronto en la historia de la humanidad), etapa también fundamental en la separación de la especie humana del reino animal.

Por otra parte si, como ya hemos visto, Pannekoek explica muy sintéticamente pero con una claridad y una sencillez notables, la teoría darwiniana de le evolución del Hombre, no va, a nuestro parecer, lo ­bastante lejos en la comprensión de la antropología de Darwin. No pone de relieve, en especial, que con la selección natural de los instintos sociales, la lucha por la existencia seleccionó comportamientos anti-eliminatorios que dieron origen a la moral ([1]). Al realizar una ruptura entre moral natural y moral social, entre naturaleza y cultura, Pannekoek no comprendió totalmente la continuidad que hay entre la selección de los instintos sociales, la protección de los débiles mediante la ayuda mutua, y todo lo que permitió al Hombre entrar en el camino de la civilización. Fue precisamente la extensión de la solidaridad y la conciencia de pertenecer a la misma especie lo que permitió a la Humanidad, en cierto estadio de su desarrollo, enunciar bajo el Imperio romano (como lo menciona por otra parte el texto de Pannekoek) esta fórmula del cristianismo: "Todos los hombres son hermanos".

Folleto de Anton Pannekoek (continuación)

VI. - Ley natural y teoría social

Las conclusiones falsas sacadas por Haeckel y Spencer sobre el socialismo no son, ni mucho menos, sorprendentes. El darwinismo y el ­marxismo son dos teorías diferentes, una se aplica al reino animal y la otra a la sociedad. Se completan en el sentido de que el mundo animal se desarrolla según las leyes de la teoría darwinista hasta la etapa del hombre y a partir del momento en que éste se extrae del mundo animal, es el marxismo el que expone la ley del desarrollo. Cuando se quiere hacer pasar una teoría de un dominio a otro, para los cuales se aplican leyes diferentes, lo único que se sacan son deducciones erróneas.

Así ocurre cuando queremos descubrir, a partir de las leyes de la naturaleza, qué forma social es natural y más acorde con la naturaleza, y eso es exactamente lo que han hecho los darwinistas burgueses. Han deducido de leyes que gobiernan el mundo animal, que es donde se aplica la teoría darwiniana, que el orden social capitalista, que estaría en conformidad con dicha teoría, es el orden natural y que debe durar para siempre. Por otro lado, también había socialistas que querían probar del mismo modo que el sistema socialista es el sistema natural. Esos socialistas decían:
"Bajo el capitalismo, los hombres no llevan a cabo la lucha por la existencia con armas idénticas, sino con armas artificialmente desiguales. La superioridad natural de quienes son más sanos, más fuertes, más inteligentes o mejores moralmente no podrá predominar en manera alguna mientras el nacimiento, la clase social y sobre todo la posesión de dinero determinen esa lucha. El socialismo, al suprimir esas desigualdades artificiales, hace que las condiciones sean igual de favorables para todos y sólo entonces la verdadera lucha por la existencia prevalecerá, y en ella lo mejor de cada persona será el factor decisivo. Según los principios darwinianos, el modo de producción socialista será el verdaderamente natural y lógico".

Como crítica a las ideas de los darwinistas burgueses, esos argumentos podrán ser no muy malos, pero son tan erróneos como éstos. Ambas demostraciones opuestas son tan erróneas una como la otra, pues ambas se basan en la misma premisa, superada ya hace mucho, y es que existiría un único sistema social natural y lógico.

El marxismo nos ha enseñado que ni existe ni existirá nunca un sistema social natural o, diciéndolo de otra manera, todo sistema social es natural, pues cada sistema social es necesario y natural en unas condiciones determinadas. No existe ningún sistema social que pueda reivindicar el ser natural; los sistemas sociales se suceden unos a otros en función del desarrollo de las fuerzas productivas. Cada sistema es pues el sistema natural para su época en particular, como el siguiente lo será para la época posterior. El capitalismo no es el único orden natural, como lo cree la burguesía y ningún sistema socialista mundial es el único orden natural como algunos socialistas intentan demostrar. El capitalismo era natural en las condiciones del siglo xix, como lo fue el feudalismo en la Edad Media, y como será el socialismo en la fase de desarrollo futuro de las fuerzas productivas. Intentar promover un sistema determinado como único sistema natural es tan insustancial como decir que tal animal es el más perfecto de los todos los animales. El darwinismo nos enseña que cada animal también se adapta a su entorno particular. De igual modo, el marxismo nos enseña que cada sistema social se adapta a sus condiciones y que, en ese sentido, puede calificarse de bueno y perfecto.

Ahí está la razón por la que los intentos de los darwinistas burgueses por defender el sistema capitalista decadente van a fracasar. Los argumentos basados en la ciencia de la naturaleza cuando se aplican a cuestiones sociales, desembocan casi siempre en conclusiones erróneas. En efecto, mientras que la naturaleza no ha cambiado en sus grandes líneas durante la historia de la humanidad, la sociedad humana, en cambio, ha sufrido cambios rápidos y continuos. Para comprender la fuerza motriz y la causa del desarrollo social, debemos estudiar la sociedad como tal. El marxismo y el darwinismo deben cada uno mantenerse en su propio ámbito; son independientes el uno del otro y no existe ningún vínculo directo entre ellos.

Aquí surge una cuestión de la primera importancia. ¿Podemos quedarnos en la conclusión de que el marxismo sólo se aplicaría a la sociedad y el darwinismo sólo al mundo orgánico y que ni aquella ni esta teoría podrían aplicarse al otro ámbito? Desde un punto de vista práctico es muy cómodo tener un principio para el mundo humano y otro para el mundo animal. Sin embargo, si adoptamos ese enfoque, nos olvidamos de que el hombre también es un animal. El hombre se ha desarrollado a partir del animal y las leyes que rigen el mundo animal no pueden, de repente, perder su aplicación al hombre. Es cierto que el hombre es un animal muy particular, pero si es así es necesario encontrar a partir de esas mismas particularidades, por qué los principios aplicados a todos los animales no se aplican a los hombres, o por qué adoptan una forma diferente.

Tocamos aquí otro problema. A los darwinistas burgueses no se les plantea ese problema; declaran simplemente que el hombre es animal y se lanzan sin más reservas a aplicar los principios darwinianos a los hombres. Ya hemos visto a qué conclusiones erróneas llegan. Para nosotros la cuestión no es tan simple; debemos primero tener una visión clara de las diferencias que existen entre hombres y animales y luego, a partir de esas diferencias, debe deducirse la razón por la que, en el mundo humano, los principios darwinianos se transforman en principios totalmente diferentes, o sea, los del marxismo.

VII. - La sociabilidad del Hombre

La primera particularidad que observamos en el hombre es que es un ser social. En esto no es diferente de todos los animales, pues entre estos hay muchas especies que viven de manera social. Pero el hombre difiere de todos los animales hasta ahora observados en la teoría darwiniana, en que esos animales viven separadamente, cada uno para sí y que luchan contra todos los demás para subvenir a sus necesidades. No es a los animales predadores que viven de manera separada, que son los modelos de los darwinianos burgueses, a los que debe compararse el hombre, sino a los que viven socialmente. La sociabilidad es una fuerza nueva a la que hasta ahora no hemos tenido en cuenta; una fuerza que requiere nuevas relaciones y nuevas cualidades en los animales.

Es un error considerar la lucha por la existencia como la fuerza única y omnipotente que haya dado forma al mundo orgánico. La lucha por la existencia es la fuerza principal que origina las nuevas especies, pero el propio Darwin sabía muy bien que hay otras fuerzas que cooperan y dan forma, hábitos y particularidades al mundo orgánico. En su libro tardío, El origen del hombre, Darwin trató con detalle la selección sexual, demostrando que la competencia de los machos por las hembras dio origen a los colores variopintos de las aves y las mariposas y también al melodioso trino de los pájaros. Y dedicó todo un capítulo a la vida social. También hay muchos ejemplos sobre este tema en el libro de Kropotkin, La ayuda mutua, factor de evolución. La mejor exposición sobre los efectos de la sociabilidad se encuentra en La ética y el concepto materialista de la historia de Kautsky.

Cuando cierta cantidad de animales vive en grupo, en rebaño o en bandada, llevan en común la lucha por la existencia contra el mundo exterior; en el interior, el grupo cesa la lucha por la existencia. Los animales que viven socialmente ya no entablan combates entre sí en los que sucumben los más débiles; ocurre lo contrario, los débiles disfrutan de las mismas ventajas que los fuertes. Cuando unos animales poseen la ventaja de un olfato más fino, una fuerza mayor o más experiencia que les permite encontrar los mejores pastos o evitar al enemigo, esas ventajas no sólo les favorecen a ellos sino al grupo, incluidos los individuos menos dotados. El que los individuos menos dotados se unan a los más capacitados les permite superar, hasta cierto punto, las consecuencias de sus capacidades menos favorables.

Poner en común las diferentes fuerzas sirve al conjunto de los miembros, proporciona al grupo un poder nuevo y mucho más importante que el de un solo individuo, incluso el más fuerte. Gracias a esa fuerza unida los animales herbívoros sin defensa pueden protegerse contra los animales predadores. Sólo mediante esa unidad algunos animales son capaces de proteger a sus crías. La vida social es enormemente provechosa para todos los miembros del grupo.

Otra segunda ventaja de la sociabilidad viene de que cuando los animales viven socialmente hay una posibilidad de división del trabajo. Esos animales mandan avanzadillas o ponen centinelas cuya tarea es proteger la seguridad de todos, mientras que otros siguen pastando o cosechando tranquilamente pues cuentan con sus vigías para ser advertidos si hay peligro.

Una sociedad animal así se convierte, en ciertos aspectos, en una unidad, un solo organismo. Evidentemente, sus relaciones son mucho más laxas que las existentes entre las células de un solo cuerpo animal; en efecto, los miembros siguen siendo iguales entre sí - sólo entre las hormigas, las abejas y otros pocos insectos se desarrolla una diferenciación orgánica - y son capaces, en condiciones más desfavorables evidentemente, de vivir aislados. Sin embargo, el grupo se transforma en un cuerpo coherente, y debe existir cierta fuerza que vincula a los diferentes miembros entre sí.

Esa fuerza no es otra que las razones sociales, el instinto social que mantiene a los animales reunidos, que les permiten que el grupo se perpetúe. Cada animal debe poner el interés del grupo por encima de los suyos propios; debe actuar siempre instintivamente en beneficio del grupo sin consideración por sí mismo. Si cada herbívoro débil sólo pensara en sí mismo huyendo cuando lo ataca una fiera, el rebaño reunido se vuelve a desperdigar. Solo cuando el impulso fuerte del instinto de conservación es frenado por el impulso más fuerte de la unión, cuando cada animal arriesga su vida por proteger la de todos, sólo entonces el rebaño resiste y se aprovecha de las ventajas de mantenerse agrupado. El sacrificio de sí, el valor, la entrega y la fidelidad deben surgir de esta manera, pues allí donde esas cualidades no existen, se disuelve la cohesión. La sociedad no puede existir donde no existen esas cualidades.

Esos instintos, por mucho que tengan su origen en los hábitos y la necesidad, se refuerzan con la lucha por la existencia. Cada rebaño animal está en competencia permanente con los mismos animales de un rebaño diferente; los rebaños mejor adaptados para resistir al enemigo sobrevivirán y los menos dotados desaparecerán. Los grupos en los que el instinto social se desarrolla mejor podrán mantenerse mejor, mientras que el grupo en el que el instinto social se ha desarrollado poco acabará siendo una presa fácil para sus enemigos o no será capaz de encontrar los pastos necesarios para su supervivencia. Esos instintos sociales se convierten así en los factores más importantes y decisivos que determinan quién sobrevivirá en la lucha por la vida. Por eso se ha puesto a los instintos sociales en el lugar más elevado de los factores predominantes en la lucha por la supervivencia.

Esto aclara de una manera muy diferente el modo de ver de los darwinistas burgueses. Estos proclaman que sólo la eliminación de los débiles es natural y que es necesaria para impedir la degeneración de la raza. Y dicen por otro lado, que proteger a los débiles es antinatural y contribuye en la decadencia la raza. ¿Y qué es lo que en realidad vemos? En la propia naturaleza, en el mundo animal, constatamos que se protege a los débiles, que estos no se mantienen gracias a su propia fuerza personal, y que no se les separa a causa de esa debilidad individual. Esto no debilita al grupo, sino que le da una fuerza nueva. El grupo en el que la ayuda mutua se desarrolla mejor es el más apto para protegerse en los conflictos. Lo que, según el concepto obtuso de esos darwinistas, sería un factor de debilidad, es en realidad lo contrario, un factor de fuerza contra el que los individuos fuertes que realizan la lucha individualmente no podrían competir. La raza, pretendidamente degenerante y corrompida, se lleva la victoria confirmándose en la práctica que es la más hábil y la mejor.

Aquí vemos primero hasta qué punto las afirmaciones de los darwinistas burgueses son obtusas, reveladoras de mentes estrechas y no científicas. Hace derivar sus leyes naturales y sus conceptos de lo que es natural en una parte del mundo animal a la que menos se parece el hombre, la de los animales solitarios, mientras que dejan de lado la observación de los animales que viven prácticamente en las mismas circunstancias que el hombre. La explicación puede encontrarse en sus propias condiciones de vida; pertenecen a una clase en la que cada uno está en competencia individual con los demás, de modo que no ven en los animales más que la forma de la lucha por la vida que se parece a la lucha de la competencia burguesa. Por eso desdeñan las formas de lucha que son de la mayor importancia para los humanos.

Cierto es que los darwinistas burgueses son conscientes de que todo, en el mundo animal como en el humano, no se reduce a puro egoísmo. Los científicos burgueses dicen a menudo que en todo humano conviven dos sentimientos: el egoísta o amor de uno mismo y el altruista o amor de los demás. Pero como no conocen el origen social de ese altruismo, no pueden comprender ni sus límites ni sus condiciones. El altruismo, para ellos, es una idea muy imprecisa que no saben manejar.

Todo lo que se aplica a los animales sociales puede aplicarse también al hombre. Nuestros antepasados se parecían a los simios y los hombres primitivos que les sucedieron eran animales débiles, sin defensa, que, como todos los monos vivían en tribus. En ellos debieron aparecer los mismos impulsos y los mismos instintos sociales que más tarde, en el hombre, se desarrollarían con la forma de sentimientos morales. Es algo evidente y conocido de todos que nuestras costumbres y nuestra moral no son otra cosa sino sentimientos sociales, sentimientos que encontramos en animales; Darwin también habló ya de "costumbres relacionadas con sus comportamientos sociales que en el hombre se llamará moral". La diferencia estriba únicamente en el grado de conciencia; en cuanto esos sentimientos sociales se vuelven conscientes para los hombres, toman el carácter de sentimientos morales. Vemos aquí que la idea moral - que los autores burgueses consideran como la diferencia principal entre hombres y animales- no es algo propio de los hombres, sino que es un producto directo de las condiciones existentes en el mundo animal.

El que los sentimientos morales no se extiendan más allá del grupo social al que el animal o el hombre pertenecen se debe a la naturaleza de sus orígenes. Esos sentimientos están al servicio de la finalidad práctica de preservar la cohesión del grupo; más allá, son inútiles. En el mundo animal, la extensión y la naturaleza del grupo social están determinadas por las circunstancias de la vida, y, por lo tanto, el grupo sigue siendo casi siempre el mismo. En los hombres, en cambio, los grupos, las unidades sociales, están siempre cambiando en función del desarrollo económico, y esto también cambia el ámbito de validez de los instintos sociales.

Los antiguos grupos, en su origen tribus salvajes, estaban más unidos que los grupos animales no solo porque estaban en competencia con otros, sino porque se hacían directamente la guerra. Los vínculos familiares y un lenguaje común reforzaron más tarde esa unidad. Cada individuo dependía enteramente del apoyo de la tribu. En esas condiciones, los instintos sociales, los sentimientos morales, la subordinación del individuo al conjunto se desarrollaron al máximo. Con el desarrollo posterior de la sociedad, las tribus se disolvieron en entidades económicas más amplias, formándose pueblos y uniéndose en poblaciones mayores.

Y nuevas sociedades sucedieron a las antiguas y los miembros de esas entidades prosiguieron la lucha por la existencia en común contra otros pueblos. El tamaño de esas entidades aumenta en una proporción equivalente a la del desarrollo económico, debilitándose la lucha de cada uno contra los demás, extendiéndose los sentimientos sociales. A finales de la antigüedad, por ejemplo, todos los pueblos conocidos en torno al Mediterráneo forman entonces una unidad, el Imperio romano. Aparece entonces también la doctrina que amplía los sentimientos morales a la humanidad entera y formula el dogma de que todos los hombres son hermanos.

Cuando observamos nuestra propia época, nos damos cuenta de que económicamente todos los pueblos forman cada vez más una unidad, por muy débil que ésta sea. Por consiguiente, reina un sentimiento -relativamente abstracto, eso sí - de una fraternidad que engloba al conjunto de pueblos civilizados. El sentimiento nacional, sobre todo en la burguesía, es aún más fuerte, pues las naciones son las entidades que sirven a la lucha constante de una burguesía con otra. Los sentimientos sociales son más fuertes hacia quienes pertenecen a la misma clase, pues las clases son las unidades sociales esenciales, que encarnan los intereses convergentes de sus miembros. Vemos así cómo cambian las entidades sociales y lo sentimientos sociales en la sociedad humana según el progreso del desarrollo económico ([2]).

VIII. - Herramientas, pensamiento y lenguaje

La sociabilidad, con sus consecuencias, los instintos morales, es una particularidad que distingue a los humanos de ciertos animales, pero no de todos. Existen sin embargo particularidades que no pertenecen más que al hombre, que lo separan del resto del mundo animal. En primer lugar, el lenguaje, y, en segundo, el raciocinio. El hombre es también el único animal que usa herramientas fabricadas por él.

Los animales poseen esas propiedades en germen, mientras que en los hombres se han desarrollado con nuevas características específicas. Muchos animales poseen una especie de voz, pueden, mediante sonidos, comunicar sus intenciones, pero sólo el hombre emite sonidos que forman palabras que le sirven para nombrar cosas. Los animales poseen también un cerebro con el que piensan, pero la inteligencia humana revela, como veremos más lejos, una orientación plenamente nueva a la que llamamos pensamiento racional o abstracto. Los animales también usan objetos inanimados para ciertos objetivos; por ejemplo, para la construcción de nidos. Los monos usan a veces palos o piedras, pero sólo el hombre usa herramientas que él mismo fabrica deliberadamente con fines particulares. Esas tendencias primitivas en los animales nos convencen de que las particularidades que posee el hombre no le vienen de no se sabe qué milagro de la creación, sino de un lento desarrollo. Comprender cómo se desarrollaron en el hombre las primeras huellas del lenguaje, del pensamiento y del uso de herramientas, para ir hacia nuevas capacidades es algo de primera importancia, pues implica la problemática de la humanización del animal.

Solo el ser humano, como animal social que es, ha sido capaz de evolucionar así. Los animales que viven solitarios no pueden alcanzar tal nivel de desarrollo. Fuera de la sociedad, el lenguaje es tan inútil como la vista en la oscuridad y acabaría extinguiéndose. El lenguaje sólo es posible en la sociedad y sólo en ella es necesario como medio de deliberación entre sus miembros. Todos los animales sociales poseen medios para expresar sus intenciones, sino no podrían actuar según un plan colectivo. Los sonidos que eran necesarios como medio de comprenderse en el trabajo colectivo para el hombre primitivo, sin duda se desarrollaron lentamente hasta dar nombre a las actividades y después a las cosas.

El uso de herramientas presupone una sociedad, porque sólo por medio de la sociedad se puede preservar lo adquirido. En un estado de vida solitaria, cada uno habría debido descubrir el uso de herramientas para él y, al morirse el inventor, el descubrimiento se habría ido con él y habría que volver a empezar. Sólo mediante la sociedad, la experiencia y el conocimiento de las generaciones pasadas pueden conservarse, perpetuarse y desarrollarse. En un grupo o una tribu se va muriendo la gente, pero el grupo, en cambio, es, por decirlo así, inmortal. Se mantiene. Conocer el uso de las herramientas no es algo innato, sino que se va adquiriendo. Por eso es indispensable una tradición intelectual, algo que sólo es posible en la sociedad.

Esas características específicas del hombre son inseparables de su vida, y además están fuertemente relacionadas unas con otras. No se desarrollan separadamente, sino que progresan en común. El pensamiento y el lenguaje sólo pueden existir y desarrollarse conjuntamente y eso es algo que cada cual puede comprobar cuando intenta representarse la naturaleza de su propio pensamiento. Cuando pensamos o reflexionamos nos hablamos, de hecho, a nosotros mismos y nos damos cuenta de que nos es imposible pensar claramente sin emplear palabras. Cuando no pensamos con palabras, nuestros pensamientos son imprecisos y no logramos captar los pensamientos específicos. Cada uno de nosotros puede comprenderlo por su experiencia propia. El razonamiento llamado abstracto es un pensamiento perceptivo y sólo puede realizarse mediante conceptos. Y sólo mediante palabras podemos designar y dominar esos conceptos. Cada intento por extender nuestro pensamiento, cada intento por hacer avanzar nuestro conocimiento debe empezar por la distinción y la clasificación mediante nombres o dando a los nombres anteriores un significado más preciso. El lenguaje es el cuerpo del pensamiento, el único material con el que se construye toda ciencia humana.

La diferencia entre el espíritu humano y el espíritu animal fue demostrada con pertinencia por Schopenhauer en una cita también recogida por Kautsky en La ética y el concepto materialista de la historia (páginas 139-40, traducción inglesa). Los actos del animal dependen de impulsos, de lo que ve, oye, huele u observa. Nosotros también podemos ver y decir casi siempre lo que impulsa a un animal a hacer esto o aquello, pues también nosotros somos capaces de ello si nos fijamos bien. Pero en el hombre eso es totalmente diferente. No podemos prever lo que el hombre hará, pues no conocemos los motivos que le impulsan a actuar; son los pensamientos en su mente. El ser humano reflexiona y, al hacerlo, se pone en juego todo su conocimiento, resultado de sus experiencias anteriores, y es entonces cuando decide actuar. Los actos de un animal dependen de una impresión inmediata, mientras que los del ser humano dependen de conceptos abstractos. El hombre "es movido en cierto modo por hilos invisibles y sutiles. Todos los movimientos dan la impresión de estar guiados por principios e intenciones que le dan un aspecto de independencia y se distinguen evidentemente de los de los animales".

Al tener exigencias corporales tanto hombres como animales están obligados a satisfacerlas en la naturaleza de su entorno. La percepción sensitiva es el impulso inmediato; la satisfacción de las necesidades es el objetivo de la acción idónea. En el animal, la acción viene inmediatamente después de la impresión. Percibe su presa o su alimento e inmediatamente salta, atrapa, come, o hace lo necesario para que así sea. Es la herencia de su instinto. El animal oye un ruido hostil e inmediatamente huye si tiene patas lo bastante desarrolladas para correr rápidamente o, si no, se echa al suelo y hace el muerto para no ser visto si el color del pelaje le sirve de protección. En el hombre, en cambio, entre sus percepciones y sus actos una larga cadena de pensamiento y reflexiones atraviesa su mente. Sus actos dependerán del resultado de esas reflexiones.

¿De dónde viene esa diferencia? No es difícil comprender que está estrechamente asociada al uso de herramientas. Del mismo modo que el pensamiento se inserta entre las percepciones del ser humano y sus actos, la herramienta se inserta entre el hombre y el objeto que intenta aprehender. Además, puesto que ya la herramienta se coloca entre el hombre y los objetos exteriores, por eso también el pensamiento debe surgir entre la percepción y la ejecución. El hombre no se lanza a manos vacías sobre su objetivo, ya sea éste un enemigo o una fruta que recoger, sino que lo hace de manera indirecta: con una herramienta, un arma (que también son herramientas) que usa para coger el fruto o contra un animal hostil; por eso, en su mente, la percepción sensitiva no viene inmediatamente seguida de la acción, sino que la mente debe dar un rodeo: debe primero pensar en las herramientas y luego proseguir su objetivo. El rodeo material crea el rodeo mental; el pensamiento suplementario es el resultado de la herramienta suplementaria.

Nos hemos planteado aquí un caso muy sencillo de herramientas primitivas y las primeras fases del desarrollo mental. Cuanto más se complica la técnica mayor es el rodeo material, de modo que la mente debe realizar mayores rodeos. Cuando cada uno fabricaba sus propias herramientas, el recuerdo del hambre y de la lucha debía orientar el espíritu humano hacia la herramienta y su fabricación para que estuviera lista para ser utilizada. Tenemos aquí una cadena de pensamientos cada vez más larga entre las percepciones y la satisfacción final de las necesidades humanas. Cuando llegamos a nuestra época, constatamos que esa cadena es muy larga y complicada. Cuando el obrero al que han despedido prevé el hambre que le espera, se compra un diario para ver si hay ofertas de empleo; acude en su busca, se presenta en el lugar y sólo mucho más tarde cobrará un sueldo con el que comprar comida y protegerse contra el hambre. Todo eso lo analiza su mente antes de ponerlo en práctica. ¡Qué camino tan largo y tortuoso debe seguir la mente antes de alcanzar el objetivo deseado! Y ese es el camino de la elaboración compleja de nuestra sociedad actual en cuyo seno el hombre no satisface sus necesidades sino es mediante una técnica altamente desarrollada.

Hacia eso quería Schopenhauer atraer nuestra atención, esa propagación en el cerebro del hilo de la reflexión, que anticipa la acción y debe comprenderse como el resultado necesario del empleo de herramientas. Pero no por eso hemos llegado ya a lo esencial. El hombre no es dueño de una sola herramienta, las posee en grandes cantidades que usa para fines diferentes, entre las cuales puede escoger. El hombre, gracias a esas herramientas, no es como el animal. El animal no va nunca más allá de las herramientas y de las armas que la naturaleza le proporciona, mientras que el hombre puede cambiar de herramientas artificiales. Ahí está la diferencia fundamental entre el hombre y el animal. El hombre es por así decirlo, un animal con órganos modificables y por eso debe poseer la capacidad de escoger entre sus herramientas. Por su mente circulan pensamientos diversos, su espíritu examina todas las herramientas y todas las consecuencias de su aplicación y sus actos dependen de esa reflexión. Combina igualmente un pensamiento con otro y concibe rápidamente la idea acorde con su objetivo. Esa deliberación, esa comparación libre entre una serie de secuencias de reflexiones escogidas individualmente, esa propiedad que diferencia fundamentalmente el pensamiento humano del pensamiento animal debe ser relacionada con el uso de herramientas escogidas por voluntad propia.

Los animales no poseen esa capacidad; les sería inútil, pues no sabrían qué hacer con ella. A causa de su forma corporal, sus acciones son muy limitadas. El león sólo puede saltar sobre su presa, pero no puede pensar atraparla corriendo detrás de ella. La liebre está constituida de manera a poder huir; no tiene otro medio de defensa por mucho que deseara poseerlo. Los animales no tienen nada en que poner su atención, si no es el momento en que hay que saltar o correr, el momento en que las impresiones alcanzan una fuerza suficiente para desencadenar la acción. Cada animal está formado de tal manera que se adapta a un modo de vida definido. Sus acciones son y se transmiten como hábitos, como instintos. Estos hábitos no son evidentemente inmutables. Los animales no son máquinas, cuando están sometidos a circunstancias diferentes, pueden adquirir hábitos diferentes. Fisiológicamente y en lo que se refiere a las aptitudes, el funcionamiento de su cerebro no es diferente del nuestro. Sólo lo es prácticamente en los resultados. Los límites del animal no se deben a la calidad de su cerebro, sino a la forma de su cuerpo. El acto del animal está limitado por su forma corporal y por su medio, lo que le deja poca amplitud para reflexionar. El raciocinio humano sería por lo tanto para el animal una facultad totalmente inútil y sin objeto, que no podría aplicar y que le haría más daño que beneficio.

Por otra parte, el hombre debe poseer esa capacidad porque ejerce su discernimiento en el uso de herramientas y armas, porque escoge en función de condiciones particulares. Si quiere matar a un ágil ciervo usa arco y flechas; si se encuentra con un oso usa el hacha, si quiere abrir una fruta dura usa un mazo. Cuando le amenaza un peligro, el hombre debe decidir si huye o si lucha con sus armas. Poseer un espíritu alerta es propio de la movilidad del mundo animal en general, pero la capacidad de reflexionar le es indispensable al hombre para el uso de herramientas artificiales.

La poderosa conexión entre pensamientos, lenguaje y herramientas, imposible cada una de estas facultades sin las demás, muestra que debieron desarrollarse al mismo tiempo. El cómo se produjo ese desarrollo sólo pueden ser suposiciones. Sin duda fue un cambio en las circunstancias de la vida que hizo que un animal simies­co fuera el antepasado del hombre. Tras haber emigrado de la selva, hábitat originario de los monos, hacia las sabanas, el hombre debió sin duda amoldarse a un cambio de vida total. La diferencia entre las manos para agarrar y los pies para correr debió desarrollarse entonces. Este ser traía de sus orígenes las dos condiciones fundamentales para un progreso hacia un nivel superior: la sociabilidad y la mano simiesca, bien adaptada para agarrar objetos. Los primeros objetos brutos, piedras o palos, usados episódicamente en el trabajo común, les llegaban involuntariamente a las manos que luego tiraban. Esto debió repetirse instintiva e inconscientemente tan a menudo que acabó dejando una huella en el espíritu de aquellos hombres primitivos.

Para el animal, la naturaleza que le rodea es un todo indiferenciado de cuyos detalles no es consciente. No puede distinguir entre objetos diversos pues le falta el nombre de sus distintas partes y de las cosas mismas que nos permiten diferenciarlos. Es cierto que el entorno no es inmutable. El animal reacciona apropiadamente ante los cambios que significan "alimento" o "peligro", con acciones específicas. Sin embargo, globalmente, la naturaleza permanece indiferenciada para el animal y para la conciencia de nuestros antepasados más primitivos debió ser más o menos igual. A partir de esa globalidad, el trabajo mismo, contenido principal de la existencia humana, va imponiendo progresivamente aquellos objetos utilizados en dicho trabajo. La herramienta, que es a veces un objeto inanimado del mundo exterior y que a veces actúa como un órgano de nuestro propio cuerpo, un objeto inspirado por nuestra propia voluntad, se encuentra a la vez fuera del mundo exterior y fuera de nuestro cuerpo, esas dimensiones evidentes para el hombre primitivo de las que él no se da cuenta. A las herramientas, ayudas tan importantes, se las designó de cierta manera, quizás por un sonido que designaba al mismo tiempo una actividad particular. Gracias a esa designación, la herramienta se separa del resto del entorno. El hombre empieza así a analizar el mundo mediante conceptos y nombres, aparece la conciencia de sí, se fabrican intencionadamente objetos artificiales y se usan con pleno conocimiento para el trabajo.

Ese proceso, muy lento, marca el comienzo de nuestra transformación en hombres. En cuanto los hombres buscaron y utilizaron deliberadamente objetos que sirvieran de herramientas, puede decirse que fueron "producidas"; desde esa etapa a la de la fabricación de herramientas no hay más que un paso. El hombre nació con el primer nombre y el primer pensamiento abstracto. Quedaba por recorrer un largo camino: las primeras herramientas brutas se diferencian ya por su uso; a partir de la piedra puntiaguda se obtiene el cuchillo, la cuña, la barrena y la lanza; a partir del palo se obtiene el mango. Y así el hombre primitivo es capaz de enfrentarse a las fieras, a la selva y aparece ya como el futuro rey del mundo. Con la mayor diferenciación de las herramientas, que habrán de servir más tarde a la división del trabajo, el lenguaje y el pensamiento adquieren formas más fecundas y nuevas y, recíprocamente, el pensamiento lleva al hombre a usar mejor sus herramientas, a mejorar las antiguas e inventar nuevas.

Vemos así cómo de una cosa se llega a otra. La práctica de las relaciones sociales y de trabajo son la fuente de la técnica, del pensamiento, de las herramientas y de la ciencia que se desarrollan continuamente. Mediante su trabajo, el hombre primitivo simies­co se elevó a la verdadera humanidad. El uso de las herramientas fue la gran ruptura que iría en constante aumento entre hombres y animales.

IX. - Órganos animales y herramientas humanas

Es ahí donde vemos la diferencia principal entre seres humanos y animales. En animal obtiene sus alimentos y vence a sus enemigos con sus propios órganos corporales; el hombre hace lo mismo gracias a herramientas artificiales. Órgano viene del griego organon que significa también herramienta o instrumento. Los órganos son los instrumentos naturales del animal, son su cuerpo. Las herramientas son los órganos artificiales de los hombres. Lo que el órgano es al animal, la mano y la herramienta lo son al hombre. Las manos y las herramientas cumplen las funciones que el órgano animal debe realizar solo. Por su estructura, la mano, especializada en coger y dirigir herramientas varias se convierte en órgano adaptado a todo tipo de labores; las herramientas son las cosas inanimadas que la mano agarra cada una en su momento y que la transforman en un órgano con una gran diversidad de funciones.

Con la división de esas funciones, se abre ante los hombres un amplio campo de desarrollo que los animales no conocen. Puesto que la mano humana puede usar herramientas diversas, puede combinar las funciones de todos los órganos posibles que los animales poseen. Con la división de esas funciones se abre ante los seres humanos un amplio campo de desarrollo que los animales no conocen. Como la mano humana puede utilizar herramientas diferentes, también puede combinar las funciones de todos los órganos posibles que los animales poseen. Cada animal está hecho y adaptado a un entorno y un modo de vida definidos. El hombre, con sus herramientas, se adapta a todas las circunstancias y está equipado para todos los entornos. El caballo está hecho para las praderas, el mono para la selva. En la selva, el caballo estaría tan desamparado como el simio que transportaran a una pradera. El hombre, por su parte, usa el hacha en la selva y la azada en la pradera. Con esas herramientas, el hombre puede abrirse un camino en todas las regiones del planeta e implantarse por todas partes. Mientras que casi todos los animales tienen que vivir en determinadas regiones, en aquellas donde pueden satisfacer sus necesidades, no pudiendo vivir en otras partes, el hombre, en cambio, ha conquistado el mundo entero. Como un zoólogo lo decía en una ocasión, cada animal posee sus puntos fuertes gracias a los cuales puede luchar por la existencia, y sus propias debilidades que hacen de él una presa para otros y le impiden multiplicarse. En esto, el hombre sólo tiene fuerza y ninguna debilidad. Gracias a sus herramientas, el hombre es el equivalente a todos los animales. Como sus herramientas no han quedado inalterables sino que se han mejorado continuamente, el hombre se ha desarrollado por encima de todos los animales. Con sus herramientas se ha hecho el dueño de la creación entera, el Rey de la Tierra.

En el mundo animal también hay un desarrollo y un perfeccionamiento continuos de los órganos. Pero ese desarrollo está ligado a los cambios en el cuerpo del animal, que los hace muy lentos, un desarrollo dictado por las leyes biológicas. En el desarrollo del mundo orgánico, miles de años cuentan poco. El hombre, en cambio, al haber transferido su desarrollo a objetos externos, pudo liberarse del sometimiento a la ley biológica. Las herramientas pueden transformarse rápidamente, la técnica avanza con una rapidez asombrosa en comparación con el desarrollo de los órganos animales. Gracias a esta nueva vía, el hombre pudo, a lo largo del corto período de unos cuantos miles de años, ponerse por encima de los animales más evolucionados mucho más que éstos con relación a los menos evolucionados. Con la invención de herramientas artificiales se puso en cierto modo fin a la evolución animal. El hijo del mono se ha desarrollado a una velocidad fenomenal hasta una especie de poder divino, ha tomado posesión de la Tierra, sometiéndola a su autoridad exclusiva. La evolución del mundo orgánico, hasta entonces apacible y sin tropiezos, deja de desarrollarse según las leyes de la teoría darwiniana. Es el hombre el que actúa en el mundo de las plantas y los animales, seleccionando, domando, cultivando; y es el hombre el que rotura tierras. Transforma todo el entorno, creando nuevas formas de plantas y de animales que corresponden a sus objetivos y a su voluntad.

Eso explica, con la aparición de las herramientas, por qué el cuerpo humano ya no cambia. Los órganos humanos son como eran, con la notable excepción del cerebro. El cerebro humano debió desarrollarse en paralelo con las herramientas; y, de hecho, vemos que la diferencia entre las razas más evolucionadas de la humanidad y las anteriores está precisamente en el contenido de su cerebro. Pero incluso el desarrollo de este órgano debió cesar en cierta fase. Desde el inicio de la civilización, algunas funciones se han ido retirando continuamente del cerebro por medios artificiales; la ciencia se conserva cuidadosamente en esas "granjas" que son los libros. Nuestra facultad de raciocinio hoy no es superior a la de los griegos, los romanos o los germanos, pero nuestro conocimiento se ha desarrollado portentosamente y eso se debe, en gran parte, porque el cerebro se ha descargado en sus sustitutos, los libros.

Ahora que hemos establecido la diferencia entre hombres y animales, observemos cómo esos dos grupos están afectados por la lucha por la existencia. No puede negarse que esa lucha sea el origen de la perfección en la medida en que lo imperfecto quedaba eliminado. En ese combate, los animales se acercaban siempre más a la perfección. Es sin embargo necesario ser más preciso en la expresión y en la observación de en qué consiste esa perfección. No podemos decir que sean todos los animales los que luchan y se perfeccionan. Los animales luchan y compiten entre sí mediante órganos particulares, aquellos que son determinantes en la lucha por la supervivencia. Los leones no combaten con el rabo; las liebres no confían en su vista; y el éxito de los halcones no les viene del pico. Los leones realizan el combate gracias a sus músculos (para abalanzarse) y sus mandíbulas; las liebres cuentan con sus patas y sus oídos, los halcones con su vista y sus alas. Y si ahora nos preguntamos qué es lo que lucha y compite, la respuesta será: son los órganos los que luchan y, al hacerlo, se perfeccionan cada vez más. La lucha la realizan los músculos y los dientes en el león, las patas y los oídos en la liebre, la vista y las alas en el halcón. En esta lucha se van perfeccionando los órganos. El animal en su conjunto depende de esos órganos y comparte su suerte, la de los fuertes que saldrán victoriosos y la de los débiles que serán vencidos.

Planteémonos ahora la misma pregunta sobre el mundo humano. Los hombres no luchan gracias a sus órganos naturales, sino por medio de órganos artificiales, con la ayuda de herramientas (y armas, a las que debemos considerar como herramientas). Aquí también se comprueba la veracidad del principio de la perfección y de la eliminación de lo imperfecto por medio de la lucha. Las herramientas entran en lucha y eso lleva al perfeccionamiento cada vez mayor de ellas. Las comunidades tribales que usaban las mejores herramientas y las mejores armas, podían asegurar mejor su subsistencia y cuando entraban en lucha directa con otra raza, la raza mejor provista de instrumentos artificiales ganaba y exterminaba a los más débiles. Las grandes mejoras de la técnica y de los métodos de trabajo en los orígenes de la humanidad, como la introducción de la agricultura y la ganadería, hicieron de los hombres una raza físicamente más sólida que sufre menos de la rudeza de los elementos naturales. Las razas cuyo material técnico se desarrolló más, podían cazar y someter a las que poseían un material artificial menos desarrollado, pudiendo así acaparar las mejores tierras y desarrollar su civilización. La dominación de la raza ([3]) europea está basada en su supremacía técnica.

Vemos aquí que el principio de la lucha por la existencia, formulado por Darwin y subrayado por Spencer, ejerce un efecto diferente sobre los hombres y sobre los animales. El principio según el cual la lucha lleva al perfeccionamiento de las armas utilizadas en los conflictos, conduce a resultados diferentes en los hombres y en los animales. En el animal lleva a un desarrollo continuo de los órganos naturales; es la base de la teoría de la filiación, la esencia del darwinismo. En los hombres, lleva a un desarrollo continuo de las herramientas, de las técnicas y de los medios de producción. Y esto son los fundamentos del marxismo.

Ahí aparece que el marxismo y el darwinismo no son dos teorías independientes que se aplicarían cada una de ellas a su ámbito específico sin ningún punto común. En realidad, las dos teorías se basan en el mismo principio. Forman una unidad. La nueva dirección tomada cuando apareció el hombre, la sustitución de los órganos naturales por herramientas, hace que se exprese de manera diferente en los dos ámbitos; el mundo animal se desarrolla según el principio darwiniano mientras que, para la humanidad, es la teoría marxista la que define la ley del desarrollo. Cuando los hombres dejaron el mundo animal, el desarrollo de los instrumentos, de los métodos productivos, de la división del trabajo y del conocimiento se transformaron en la fuerza propulsora del desarrollo social. Fue esa fuerza la que hizo surgir los diferentes sistemas económicos como el comunismo primitivo, el sistema rural, los inicios de la producción mercantil, el feudalismo y, ahora, el capitalismo moderno. Nos queda ahora situar el modo de producción actual y de su superación en la coherencia propuesta y aplicarles correctamente la posición de base del darwinismo.

X. - Capitalismo y socialismo

La forma particular que toma la lucha darwiniana por la existencia como fuerza motriz para el desarrollo en el mundo humano está determinada por la sociabilidad de los hombres y su uso de las herramientas. Los hombres realizan su lucha colectivamente, en grupos. La lucha por la existencia, mientras que sí continúa entre miembros de grupos diferentes, cesa entre los miembros del mismo grupo, y es sustituida por la ayuda mutua y los sentimientos sociales. En la lucha entre grupos, el bagaje técnico decide quién saldrá vencedor; la consecuencia de esto es el progreso de la técnica. Esas dos circunstancias tienen consecuencias diferentes bajo sistemas sociales diferentes. Veamos de qué manera se manifiestan bajo el capitalismo.

Cuando la burguesía tomó el poder político e hizo del modo de producción capitalista el modo dominante, empezó rompiendo las barreras feudales y haciendo libre a la gente. Para el capitalismo, era esencial que cada productor pudiera participar libremente en la lucha competitiva sin que ningún vínculo trabara su libertad de movimiento, sin que ninguna actividad fuera paralizada o frenada por las normas gremiales, o trabada por estatutos jurídicos, pues sólo con esta condición la producción podría desarrollar sus plenas capacidades. Los obreros debían ser libres y no estar sometidos a obligaciones feudales o gremiales, porque sólo como obreros libres podían vender su fuerza de trabajo como mercancía a los capitalistas, y sólo si son trabajadores libres podrían los capitalistas emplearlos plenamente. Por esa razón eliminó la burguesía todos los vínculos y compromisos del pasado. Liberó totalmente a la gente pero, al mismo tiempo, las personas se encontraron totalmente aisladas y sin protección. Antaño la gente no estaba aislada; pertenecía a un gremio, vivían bajo la protección de un señor o de una comuna y ahí encontraban la fuerza para sobrevivir. Formaban parte de un grupo social ante el que tenían obligaciones y del que recibían protección. Esas obligaciones la burguesía las ha suprimido; destruyó gremios y corporaciones, abolió las relaciones feudales. La liberación del trabajo quería también decir que el hombre ya no podría encontrar refugio en ningún sitio y que ya no podía contar con los demás. Cada uno sólo podía contar consigo mismo. Debía luchar solo contra todos, libre de todo vínculo pero también sin la menor protección.

Por esa razón, bajo el capitalismo, el mundo humano se parece cada vez más al mundo de los predadores y por esa misma razón los darwinistas burgueses han buscado el prototipo de la sociedad humana en los animales solitarios. Era su propia experiencia la que los guiaba. Su error es que creen que las condiciones capitalistas son unas condiciones eternas del hombre. La relación existente entre nuestro sistema capitalista de competencia y los animales solitarios lo menciona Engels en su obra Anti-Dühring de esta manera: "La gran industria y el establecimiento del mercado mundial han universalizado por último esa lucha, y le han dado al mismo tiempo una violencia inaudita. El favor de las condiciones de producción naturales o creadas decidía de la existencia entre los diversos capitalistas, igual que entre enteras industrias y enteros países. El que pierde es eliminado sin compasión. Es la lucha darwiniana por la existencia individual, traducida de la naturaleza a la sociedad con una furia aún potenciada. La actitud natural del animal se presenta así como punto culminante de la evolución humana" (F. Engels, Anti-Düring, "3. Cuestiones teóricas", http://www.marxists.org/espanol).

¿Por qué se lucha en la competencia capitalista?, ¿por qué cosa cuya perfección decidirá la victoria?
Primero, los instrumentos técnicos, las máquinas. Se aplica aquí también la ley de la lucha que conduce a la perfección. La máquina más perfeccionada se adelanta a la que lo es menos, se eliminan las máquinas de mala calidad y la pequeña herramienta, la técnica industrial hace avances colosales hacia una productividad cada día mayor. Esa es la verdadera aplicación del darwinismo a la sociedad humana. Lo que le es particular es que, bajo el capitalismo, está la propiedad privada y detrás de cada máquina hay alguien. Detrás de la máquina gigantesca hay un gran capitalista y detrás de la pequeña hay un pequeño burgués. Con la derrota de la máquina pequeña perece el pequeño burgués con todas sus ilusiones y esperanzas. Al mismo tiempo, la lucha es una carrera entre capitales. El gran capital es evidentemente el mejor pertrechado; el gran capital vence al pequeño y así sigue creciendo más y más. Esta concentración de capital socava el propio capital pues va reduciendo la burguesía cuyo interés es mantener el capitalismo, y hace aumentar la masa de quienes quieren destruirlo. En ese desarrollo, una de las características del capitalismo se va suprimiendo paulatinamente. En este mundo donde cada uno lucha contra todos y todos contra uno, la clase obrera desarrolla una nueva asociación, la organización de clase. Las organizaciones de la clase obrera empiezan rompiendo la competencia entre los obreros, uniendo sus fuerzas separadas en una gran fuerza para la lucha contra el mundo "exterior". Todo lo que se aplica a los grupos sociales se aplica también a esta nueva organización de clase, nacida de circunstancias externas. En las filas de esta organización de clase, se desarrollan, y son de destacar, las motivaciones sociales, los sentimientos morales, el sacrificio de sí y la entrega al conjunto del grupo. Esta sólida organización da a la clase obrera la gran fuerza que necesita para vencer a la clase capitalista. La lucha de la clase no es una lucha con herramientas, sino por la posesión de las herramientas, una lucha por la posesión del aparato técnico de la humanidad, que estará determinada por la fuerza de la acción organizada, por la fuerza de la nueva organización de clase que está surgiendo. A través de la clase obrera organizada aparece ya un elemento de la sociedad socialista.

Consideremos ahora el sistema de producción futuro tal como existirá en el socialismo. La lucha por el perfeccionamiento de las herramientas, que ha marcado toda la historia de la humanidad, no cesará. Como antes bajo el capitalismo, se dejarán de lado las máquinas inferiores en beneficio de las superiores. Como antes, ese proceso acarreará una mayor productividad del trabajo. Pero al haber sido abolida la propiedad privada de los medios de producción, no habrá un hombre detrás de las máquinas cuya propiedad reivindica y cuyo destino comparte. La competencia entre máquinas no será sino un simple proceso realizado por los hombres quienes, tras una concertación racional sustituirán sencillamente las máquinas superadas por otras mejores. Llamaremos lucha en un sentido metafórico a ese progreso. Al mismo tiempo, cesará la lucha de unos hombres contra otros. Con la abolición de las clases, el conjunto del mundo civilizado se transformará en una gran comunidad productiva. Esta comunidad será como cualquier otra comunidad colectiva. En una comunidad cesa la lucha que oponía a sus propios miembros y sólo se lleva a cabo contra el mundo exterior. Ahora bien, en lugar de pequeñas comunidades, estaremos entonces ante una comunidad mundial. Esto significa que cesa la lucha por la existencia en el mundo humano. El combate hacia el "exterior" no será ya una lucha contra nuestra propia especie, sino una lucha por la subsistencia, una lucha contra la naturaleza ([4]). Pero gracias al desarrollo de la técnica y de la ciencia ya no podrá llamarse lucha. La naturaleza está subordinada al hombre, pero con pocos esfuerzos por su parte, aquélla podrá proporcionarle medios en abundancia. Se abre entonces un nuevo camino a la humanidad: la salida del hombre del mundo animal y su combate por la existencia mediante herramientas llegará a su final. La forma humana de la lucha por la existencia llega a su fin y se abre un nuevo capítulo de la historia de la humanidad.

Anton Pannekoek, 1909


[1])  Esta idea está en, cambio, presente en la obra de Kautsky, citada y elogiada por Pannekoek, La ética y el concepto materialista de la historia, como lo ilustra la cita siguiente: "La ley moral es un impulso animal y nada mas. De ahí le viene su carácter misterioso, esa voz interior que no tiene lazo alguno con un impulso exterior, ni ningún interés aparente; (...) La ley moral es un instinto universal, tan poderoso como el instinto de conservación o de reproducción; de eso saca su fuerza, su poder al que obedecemos sin reflexionar; de ahí nuestra capacidad para decidir rápidamente, en algunos casos, si una acción es buena o mala, virtuosa o dañina; de ahí también la fuerza de decisión de nuestro juicio moral y la dificultad de demostrar su fundamento racional cuando se intenta analizar". La antropología de Darwin está, además, muy bien explicada en la teoría del "efecto reversible de la evolución" desarrollada por Patrick Tort en su libro L'effet Darwin : sélection naturelle et naissance de la civilisation (Éditions du Seuil). Nuestros lectores podrán encontrar una presentación de este libro en un artículo publicado en nuestra página Web: "A propósito del libro L'effet Darwin: Una concepción materialista de los orígenes de la moral y la civilización". http://es.internationalism.org/node/2538.

[2]) Hay que decir que Darwin se da perfecta cuenta de esa escala creciente de sentimientos de solidaridad en la especie humana cuando escribe: "A medida que el hombre avanza en civilización, y las pequeñas tribus se reúnen en comunidades más amplias, la razón más simple debía aconsejar a cada individuo que debía extender sus instintos sociales y sus simpatías a todos los miembros de una misma nación, por muy desconocidos que le sean. Una vez alcanzado ese punto, ya sólo queda una barrera artificial para impedir que sus simpatías se extiendan a los hombres de todas las naciones y de todas las razas. Es cierto que si esos hombres están separados de él por grandes diferencias de apariencias exteriores o de costumbres, la experiencia nos muestra que, por desgracia, es largo el tiempo antes de que los miremos como nuestros semejantes" (El origen del hombre, cap. IV.) (nota de la CCI).

[3]) Científicamente hablando, no existe raza europea. Dicho esto, el hecho de que Pannekoek use el término "raza" para distinguir ese subconjunto de seres humanos no es ni mucho menos una concesión a no se sabe qué racismo. En este plano, se inscribe en la continuidad de Darwin a quien el racismo indignaba y que se desmarcaba claramente de las teorías racistas de científicos de su tiempo como Eugène Dally. Por otra parte, hay que recordar que a finales del siglo xix y principios del xx, el término "raza" no tenía la connotación que hoy tiene, como testimonia el hecho de que algunos escritos del movimiento obrero hablen incluso (impropiamente, claro está) de la raza de los obreros (nota de la CCI).

[4]) La expresión "lucha contra la naturaleza" no es correcta. Se trata de una lucha por dominar la naturaleza, estableciendo la comunidad humana mundial que supone que ésta sea capaz de vivir en armonía total con la naturaleza (nota de la CCI).

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