Decadencia del capitalismo (I) - La revolución es necesaria y posible desde hace un siglo

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En 1915, mientras que la realidad de la guerra en Europa iba revelando siempre más su horror espantoso, Rosa Luxemburg escribía la Crisis de la socialdemocracia, texto más conocido por el nombre Folleto de Junius debido al seudónimo - Junius - utilizado. Escribió esa obra en la cárcel y el grupo Die Internationale, formado en Alemania en cuanto estalló la guerra, lo difundió clandestinamente. Es una feroz acusación contra las posiciones adoptadas por la dirección del Partido socialdemócrata alemán (SPD). El 4 de agosto de 1914, día en el que empezaron las hostilidades, el SPD abandonó sus principios internacionalistas y se unió a la defensa de "la patria en peligro", llamando a suspender la lucha de clases y a participar en la guerra. En la medida en que el SPD había sido hasta entonces el orgullo de toda la Segunda Internacional, esa posición fue un golpe terrible a todo el movimiento socialista internacional; en vez de servir de faro a la solidaridad internacional de la clase obrera, su capitulación ante la guerra sirvió de pretexto para la traición en los demás países. El resultado fue el hundimiento ignominioso de la Internacional.

La guerra mundial significó un vuelco para el mundo entero

El SPD se constituyó como partido marxista en los años 1870, simbolizando la creciente influencia de la corriente del "socialismo científico" en el movimiento obrero. En 1914, el SPD conservaba en apariencia sus lazos con la letra del marxismo, aunque pisoteaba su espíritu: ¿No había puesto Marx en guardia contra el peligro del absolutismo zarista en apoyo a la reacción? ¿No se había formado la Primera Internacional con ocasión de un mitin de apoyo a la independencia de Polonia del yugo zarista? ¿No expresó Engels la idea de que los socialistas alemanes tendrían que adoptar una posición "revolucionaria defensiva" en caso de una agresión franco-rusa contra Alemania, aunque advirtiendo contra los peligros de una guerra en Europa? Por eso, ahora, el SPD llamaba a la unidad nacional contra el principal peligro al que se enfrentaba Alemania, la potencia del despotismo zarista cuya victoria, decían, echaría abajo todas las adquisiciones económicas y políticas tan difícilmente ganadas por la clase obrera durante años de luchas pacientes y tenaces. Y así se presentaban como los herederos de Marx y Engels, de su defensa decidida de todo lo progresivo de la civilización europea.

Pero como decía Lenin, el revolucionario que no vaciló en denunciar la traición vergonzosa de los "social-chovinistas":
"Quienes invocan hoy la actitud de Marx ante las guerras de la época de la burguesía progresista y olvidan las palabras de Marx, de que "los obreros no tienen patria" - palabras que se refieren precisamente a la época de la burguesía reaccionaria y caduca, a la época de la revolución socialista -, tergiversan desvergonzadamente a Marx y sustituyen el punto de vista socialista por un punto de vista burgués" (el Socialismo y la guerra, Cap. I, "Los principios del socialismo y la guerra de 1914-15", 1915).

Los argumentos de Rosa Luxemburg trataban exactamente de las mismas cuestiones. La guerra actual no tenía nada que ver con las que habían sacudido Europa a mediados del siglo precedente. Éstas eran de corta duración, eran limitadas en espacio y objetivos y utilizaban esencialmente ejércitos profesionales. Ocurrieron además tras un periodo largo de paz, de una expansión económica sin precedentes y de mejora regular de las condiciones de vida de la población en el continente europeo, que empezó más o menos a partir de 1815 al término de las guerras napoleónicas. Aquellas guerras, muy lejos de arruinar a sus protagonistas, sirvieron al contrario, a menudo, para acelerar el proceso global de expansión capitalista, barriendo los obstáculos feudales que entorpecían la unificación nacional y permitiendo que nuevos Estados nacionales aparecieran como marco más adaptado al desarrollo del capitalismo (las guerras por la unidad italiana y la guerra franco-prusiana de 1870 son ejemplos típicos de ello).

Pero en adelante, esas guerras (guerras nacionales que podían todavía tener un papel progresista para el capital) pertenecían al pasado. Por su capacidad de destrucción y de muerte - diez millones de hombres murieron en los campos de batalla europeos, la mayoría agonizando en un cenagal sangriento y vano, mientras que millones de civiles también morían debido a la miseria y la hambruna impuestas por la guerra -, por la amplitud de sus consecuencias como guerra que implicó a potencias de dimensión mundial que, de hecho, se daban objetivos de conquista literalmente ilimitados y de derrota total del enemigo, por su carácter de guerra "total" que no solo alistó a millones de obreros mandándolos a la muerte en el frente, sino también a los que quedaron en la retaguardia, exigiéndoles en las industrias sudor y sacrificios infinitos, por todas esas razones fue una guerra de un tipo nuevo que desmintió rápidamente todas las previsiones de la clase dominante de que estaría terminada "para Navidad". La monstruosa matanza de la guerra fue evidentemente intensificada por los medios tecnológicos muy desarrollados de los que disponían los protagonistas y que habían sobrepasado ampliamente las tácticas y las estrategias enseñadas en las escuelas de guerra tradicionales; e incrementaron más todavía las cotas en matanzas. Pero la barbarie alcanzada por la guerra expresó algo mucho mas profundo que el nivel de desarrollo tecnológico del sistema burgués. También fue la expresión de un modo de producción que entraba en una crisis fundamental e histórica, que revelaba el carácter caduco de las relaciones sociales capitalistas y ponía a la humanidad ante la alternativa histórica: revolución socialista o hundimiento en la barbarie. De ahí ese famoso pasaje del Folleto de Junius:
"Federico Engels dijo una vez: ‘La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie' ¿Qué significa "regresión a la barbarie" en la etapa actual de la civilización europea? Hemos leído y citado estas palabras con ligereza, sin poder concebir su terrible significado. En este momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. Esta guerra mundial es una regresión a la barbarie. El triunfo del imperialismo conduce a la destrucción de la cultura, esporádicamente si se trata de una guerra moderna, para siempre si el período de guerras mundiales que se acaba de iniciar puede seguir su maldito curso hasta sus últimas consecuencias. Así nos encontramos, hoy tal y como profetizó Engels hace una generación, ante la terrible opción: o triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda la cultura y, como en la antigua Roma, la despoblación, desolación, degeneración, un inmenso cementerio; o triunfa el socialismo, es decir la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus guerras. Tal es el dilema de la historia universal, su alternativa de hierro, su balanza temblando en el punto de equilibrio, aguardando la decisión del proletariado. De ella depende el futuro de la cultura y de la humanidad. En esta guerra ha triunfado el imperialismo. Su espada brutal y asesina ha precipitado la balanza, con sobrecogedora brutalidad, a las profundidades del abismo de la vergüenza y la miseria. Si el proletariado aprende a partir de esta guerra y en esta guerra a esforzarse, a sacudir el yugo de las clases dominantes, a convertirse en dueño de su destino, la vergüenza y la miseria no habrán sido en vano" (Cap. "Socialismo o barbarie").

Ese cambio de época hizo caducos los argumentos de Marx a favor del apoyo a la independencia nacional (de todos modos, el mismo Marx ya lo rechazó tras la Comuna de Paris de 1871 en lo que concernía a los países europeos). Ya no se trataba de buscar causas nacionales progresistas en el conflicto, puesto que las luchas nacionales habían perdido su papel progresista al volverse simples instrumentos de la conquista imperialista y de la marcha del capitalismo hacia la catástrofe.

"El programa nacional podía desempeñar un papel histórico siempre que representara la expresión ideológica de una burguesía en ascenso, ávida de poder, hasta que ésta afirmara su dominación de clase en las grandes naciones del centro de Europa de uno u otro modo, y creara en su seno las herramientas y condiciones necesarias para su expansión. Desde entonces, el imperialismo ha enterrado por completo el viejo programa democrático burgués reemplazando el programa original de la burguesía en todas las naciones por la actividad expansionista sin miramientos hacia las relaciones nacionales. Es cierto que se ha mantenido la fase nacional, pero su verdadero contenido, su función ha degenerado en su opuesto diametral. Hoy la nación no es sino un manto que cubre los deseos imperialistas, un grito de combate para las rivalidades imperialistas, la última medida ideológica con la que se puede convencer a las masas de que hagan de carne de cañón en las guerras imperialistas" (Cap. "Invasión y lucha de clases").

No solo cambió entonces la "táctica nacional", sino toda la situación quedó profundamente transformada por la guerra. Ya no era posible la vuelta atrás, a la época anterior en la que la socialdemocracia había luchado paciente y sistemáticamente por establecerse como fuerza organizada en la sociedad burguesa, del mismo modo que el proletariado entero:
"Una cosa es cierta, y es que la guerra mundial ha significado un giro para el mundo. Es una locura insensata imaginarse que solo nos quedaría esperar a que acabe la guerra, como la liebre que está esperando debajo de una mata a que se termine la tormenta y reanudar alegremente su quehacer diario. La guerra mundial ha cambiado las condiciones de nuestra lucha, nos ha cambiado a nosotros mismos de manera radical. No que las leyes fundamentales de la evolución del capitalismo, la lucha a muerte entre capital y trabajo, deban conocer una desviación o una mejora. Ahora ya, en plena guerra, caen las máscaras y los viejos rasgos que tan bien conocemos nos miran riendo burlonamente. Pero tras la erupción del volcán imperialista, el ritmo de la evolución recibió una tan violenta impulsión que comparados a los conflictos que van a surgir en la sociedad y a la inmensidad de las tareas que esperan al proletariado socialista de inmediato, toda la historia del movimiento obrero hasta hoy parecerá haber sido una época paradisíaca" (Cap. "Socialismo o barbarie").

Si son inmensas las tareas, es que exigen mucho más que la lucha defensiva tenaz contra la explotación; exigen una lucha revolucionaria ofensiva para acabar de una vez con la explotación, par dar "a la acción social de los hombres un sentido consciente, introducir en la historia un pensamiento metódico y, con eso, una voluntad libre" (ídem). La insistencia de Rosa Luxemburg sobre la apertura de una época radicalmente nueva de la lucha de la clase obrera iba a ser rápidamente una posición común del movimiento revolucionario internacional que se reconstituía sobre las ruinas de la socialdemocracia y que, en 1919, fundó el partido mundial de la revolución proletaria: la Internacional comunista (IC). En su Primer congreso de Moscú, la IC adoptó en su Plataforma la celebre consigna:
"Ha nacido una nueva época. Época de desmoronamiento del capitalismo, de su hundimiento interior. Época de la revolución comunista del proletariado".

La IC compartía con Rosa Luxemburg la idea de que si la revolución proletaria - que estaba en aquel entonces en su cenit tras la insurrección de Octubre 1917 en Rusia y la oleada revolucionaria que barría Alemania, Hungría y otros países - no lograba derrocar al capitalismo, la humanidad se vería hundida en otra guerra, o más bien en una época de guerras incesantes que pondría en peligro el porvenir de la humanidad.

Casi cien años han pasado, sigue estando ahí el capitalismo y según la propaganda oficial sería la única forma posible de organización social. ¿Qué es del dilema enunciado por Luxemburg, "socialismo o barbarie"? Si escuchamos los discursos de la ideología dominante, se intentó el socialismo durante el siglo xx y no funcionó. Las deslumbrantes esperanzas que hizo albergar la Revolución rusa de 1917 se estrellaron contra los arrecifes del estalinismo y yacen juntas con su cadáver desde que se hundió el bloque del Este a finales de los años 1980. El socialismo no solo habría revelado ser, en el mejor de los casos, una utopía y el en peor una pesadilla, sino que la misma noción de lucha de clases, considerada por los marxistas como su base esencial, habría desaparecido en la niebla átona de una "nueva" forma de capitalismo que presuntamente viviría no de la explotación de una clase productora, sino gracias a una masa infinita de "consumidores" y de una economía más virtual que material.

Este es el cuento que nos quieren hacer tragar. De seguro que si Rosa Luxemburg pudiera volver de entre los muertos, se quedaría sorprendida de ver la civilización capitalista seguir dominando el planeta; en otra ocasión examinaremos cómo ha hecho el sistema para sobrevivir a pesar de todas las dificultades atravesadas durante el siglo pasado. Pero si nos quitamos las lentes deformantes de la ideología dominante y examinamos seriamente el curso del siglo xx, podremos constatar que se verificaron las previsiones de Luxemburg y de la mayoría de los socialistas revolucionarios de la época. Debido a la derrota de la revolución proletaria, ese siglo ya ha sido el más bárbaro de toda la historia de la humanidad y contiene la amenaza de un descenso aun más profundo en la barbarie, cuyo punto culminante sería no ya la "aniquilación" de la civilización, sino la desaparición de la vida humana en el planeta.

La época de las guerras y de las revoluciones

En 1915 no se levantaron claramente contra la guerra más que un puñado de socialistas. Trotski bromeaba diciendo que los internacionalistas que se reunieron aquel año en Zimmerwald hubiesen podido caber en un solo taxi. Pero la Conferencia de Zimmerwald, que solo agrupó a un puñado de socialistas opuestos a la guerra, fue el signo de que algo estaba cambiando en las filas de la clase obrera internacional. En 1916, el desengaño respecto a la guerra, tanto en el frente como en la retaguardia, se fue haciendo cada vez más profundo, como lo demostraron las huelgas que estallaron en Alemania y en Gran Bretaña así como las manifestaciones que saludaron la puesta en libertad de Karl Liebknecht, camarada de Rosa Luxemburg, cuyo nombre se había vuelto sinónimo de la consigna: "nuestro principal enemigo está en nuestro propio país". La revolución estalló en Rusia en febrero del 17, acabando con el reino de los zares; pero no fue en nada un 1789 ruso, una nueva revolución burguesa atrasada, sino que Febrero abrió el camino a Octubre, a la toma del poder por la clase obrera organizada en soviets, que proclamó que esa insurrección sólo era el primer golpe de la revolución mundial que acabaría no sólo con la guerra sino con el propio capitalismo.

Como lo repetían Lenin y los bolcheviques, la Revolución rusa triunfaría o caería con la revolución mundial. Su llamamiento a la sublevación tuvo un eco rápido: motines en el ejército francés en 1917, revolución en Alemania en 1918 que obligó a los gobiernos burgueses del mundo a concluir a toda prisa una paz precipitada por miedo a que la epidemia bolchevique se extendiera, República de los soviets en Baviera y en Hungría en 1919, huelgas generales en Seattle, Estados Unidos, y en Winnipeg, Canadá, necesidad para la burguesía de mandar tanques para oponerse a la agitación obrera en el valle del Clyde en Escocia el mismo año, ocupaciones de fábricas en Italia en 1920. Fue una deslumbrante confirmación del análisis de la IC: se abría un nuevo periodo de guerras y de revoluciones. Al mismo tiempo que aplastaba a la humanidad con su apisonadora de militarismo y guerra, el capitalismo también hacía necesaria la revolución proletaria.

Pero desgraciadamente, la conciencia que tenían los elementos más dinámicos y clarividentes de la clase obrera, los comunistas, no coincidía ni mucho menos con el nivel alcanzado por el conjunto de la clase. La mayor parte de ésta no entendía todavía que era imposible volver al antiguo periodo de paz y de reformas graduales. Quería que se acabara la guerra, y a pesar de haber debido imponer la paz a la burguesía, ésta supo jugar sobre la idea de que se podía volver al status quo ante bellum, la situación de preguerra, aderezándolo con unas cuantas reformas presentadas como "ventajas obreras": en Gran Bretaña, fueron los homes fit for heroes, "hogares de los héroes" que volvían de la guerra, fue el derecho de voto para las mujeres y la cláusula 4 en el programa del partido Laborista que prometía las nacionalizaciones de las fábricas mas importantes de la economía; En Alemania, en donde la revolución ya había empezado a concretarse, las promesas fueron más radicales, usándose palabras como socialización y consejos obreros; se comprometían a que abdicara el Káiser y a instaurar una República basada en el sufragio universal.

Fueron esencialmente los socialdemócratas, esos especialistas experimentados de la lucha por reformas, quienes vendieron esas ilusiones a los obreros, ilusiones que les permitieron por un lado declararse a favor de la revolución y por otro utilizar a los grupos protofascistas para asesinar a los obreros revolucionarios en Berlín y Munich, entre ellos a Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht; también apoyaron la asfixia económica y la ofensiva militar contra el poder soviético en Rusia, con el pretexto falaz de que los bolcheviques habrían forzado la historia al llevar a cabo una revolución en un país atrasado en el que la clase obrera era minoritaria, "ofendiendo" así los sagrados principios de la democracia.

Por la mentira y la represión brutal, la oleada revolucionaria fue atajada en una serie de derrotas sucesivas. Cortada del oxígeno de la revolución mundial, la revolución en Rusia empezó a ahogarse y a devorarse a sí misma; ese proceso lo simboliza muy bien el desastre de Cronstadt, en donde obreros y marinos descontentos que exigían nuevas elecciones de los soviets fueron aplastados por el gobierno bolchevique. Fue Stalin el "vencedor" de ese proceso de degeneración, y su primera víctima fue el propio Partido bolchevique que se transformó final e irrevocablemente en instrumento de una nueva burguesía de Estado, tras haber sustituido toda apariencia de internacionalismo por la noción fraudulenta de "socialismo en un solo país".

El capitalismo sobrevivió entonces al terror que le infundió la oleada revolucionaria, a pesar de algunas "réplicas" como la huelga general en Gran Bretaña en 1926 y la insurrección obrera de Shangai en 1927. Proclamó su firme intención de volver a la normalidad. Durante la guerra, el principio de "pérdidas y ganancias" había quedado temporal y parcialmente suspendido al orientar casi toda la producción hacia el esfuerzo de guerra, dejando el aparato estatal controlar directamente el conjunto de los sectores de la economía. En un Informe al Tercer Congreso de la Internacional comunista, Trotski señaló de qué forma la guerra había favorecido una nueva forma de funcionar del capitalismo, esencialmente basada en la manipulación de la economía por el Estado y la creación de montones de deudas, de capital ficticio:
"Como saben, el capitalismo como sistema económico está lleno de contradicciones. Durante los años de guerra, éstas alcanzaron proporciones monstruosas. Para hallar los recursos necesarios a la guerra, el Estado ha aplicado principalmente dos medidas: la primera es emitir papel moneda, la segunda emitir obligaciones. Así es cómo una cantidad creciente de pretendidos "valores papel" (las obligaciones) entró en circulación, como medio por el que el Estado sonsacó valores materiales reales del país para destruirlos en la guerra. Cuanto mayores fueron las sumas gastadas por el Estado, o sea los valores reales destruidos, mayor ha sido la cantidad de seudoriqueza, de valores ficticios acumulados en el país. Los títulos de Estado se acumularon como montañas. Puede a primera vista parecer que un país se haya vuelto muy rico pero, en realidad, se ha socavado su fundamento económico, haciéndolo vacilar, conduciéndolo al límite del hundimiento. Las deudas de Estado han subido hasta casi un billón de marcos oro, que se añaden a los 62 % de recursos nacionales actuales de los países en guerra. Antes de la guerra, la cantidad total mundial de papel moneda y de crédito se acercaba a los 28 000 millones de marcos. Hoy está entre 220 y 280 mil millones, o sea que se ha multiplicado por diez. Y además esas cifras no tienen en cuenta a Rusia sino únicamente al mundo capitalista. Todo esto se aplica en particular, aunque no exclusivamente, a los países europeos principalmente a la Europa continental y, en particular, a la Europa central. A medida que Europa se empobrece -lo que está sucediendo hasta hoy- se cubre cada día más de capas cada vez más espesas de "valores papel", de lo que se llama capital ficticio. Esa moneda ficticia de capital papel, esas notas del tesoro, bonos de guerra, billetes, representan o el recuerdo de un capital difunto o la espera de un capital por llegar. Ya no tienen ninguna relación con un capital verdaderamente existente. Sin embargo siguen funcionando como capital y como moneda y eso da una imagen increíblemente desformada de la sociedad y de la economía mundial en su conjunto. Cuanto más se empobrece esa economía, más rica parece ser esa imagen reflejada por ese espejo del capital ficticio. Al mismo tiempo, la creación de ese capital ficticio significa, como lo veremos, que las clases se reparten de manera diferente la distribución de una renta nacional y de una riqueza que se contraen gradualmente. La renta nacional también se ha contraído pero no tanto como la riqueza nacional. La explicación es sencilla: la vela de la economía capitalista se ha prendido por los dos cabos" (2 de junio de 1921; traducido del inglés por nosotros).

Lo que esos métodos significaban claramente es que el sistema no podía existir sin trampear con sus propias leyes. Los nuevos métodos se describían como "socialismo de guerra", pero no eran sino un medio de preservar el sistema capitalista en un período en el que se hacía obsoleto y formaba un baluarte desesperado contra el socialismo, contra la ascensión de un modo de producción social superior. Como el "socialismo de guerra" no era esencialmente necesario sino para ganar la guerra, fue efectivamente desmantelado cuando se acabó. A principios de los años 20, en una Europa devastada por la guerra, empezó un difícil periodo de reconstrucción pero las economías del Viejo Mundo seguían estancadas: las tasas de crecimiento espectaculares que habían caracterizado a los principales países capitalistas de preguerra no volvían a producirse. El paro se instaló en permanencia en países como Gran Bretaña, mientras la economía alemana, sangrada por los costes de las indemnizaciones de guerra, batía todos los récords de inflación conocidos y estaba alimentada casi totalmente por el endeudamiento.

La excepción principal fueron los Estados Unidos que se desarrollaron durante la guerra desempeñando el papel de "intendente de Europa", como dice Trotski en ese mismo Informe. EE.UU. apareció entonces definitivamente como la economía más poderosa del mundo y floreció precisamente porque sus rivales fueron derribados por los costes enormes de la guerra, las alteraciones sociales de posguerra y la desaparición completa del mercado ruso. Fue para Norteamérica la época del jazz, los "años locos"; las imágenes del Ford "T", producido masivamente en las fábricas de Henry Ford, reflejaba la realidad de unas tasas de crecimiento vertiginosas. Tras haber llagado hasta el final de su expansión interna y aprovechándose del estancamiento de las viejas potencias europeas, el capital norteamericano empezó a invadir el globo con sus mercancías, desde Europa hasta los países subdesarrollados, alcanzando incluso regiones todavía precapitalistas. Tras haber sido deudor durante el siglo xix, Estados Unidos se convirtió en principal acreedor mundial. El boom no influyó demasiado en la agricultura estadounidense, en cambio, sí hubo un aumento perceptible de poder adquisitivo de la población urbana y proletaria. Todo ello parecía ser la prueba de que se podía volver al mundo del capitalismo liberal, al "dejar hacer" que había permitido la extraordinaria expansión del siglo xix. Era el triunfo de la filosofía tranquilizadora de un Calvin Coolidge, presidente de Estados Unidos en aquel entonces. Así habló al Congreso americano en diciembre de 1928:
"Ninguno de los Congresos de Estados Unidos hasta ahora reunidos para examinar el estado de la Unión había tenido ante sí una perspectiva tan favorable como la que se nos ofrece en los actuales momentos. En lo que respecta a los asuntos internos, hay tranquilidad y satisfacción, relaciones armoniosas entre patronos y asalariados, liberadas de los conflictos sociales, y el nivel más alto de prosperidad. La paz triunfa en el plano exterior, la buena voluntad debida de la comprensión mutua, y el reconocimiento de que los problemas que parecían tan amenazadores hace poco tiempo, están desapareciendo bajo la influencia de un comportamiento claramente amistoso. La importante riqueza creada por nuestra mentalidad empresarial y nuestro trabajo, salvada por nuestro sentido de la economía, ha conocido la distribución más amplia en nuestra población y su flujo continuo ha servido para las obras caritativas y la industria del mundo entero. Lo mínimo para vivir ya no se limita a lo estrictamente necesario y y ahora ya se extiende a lo lujoso. El incremento de la producción es consumido por la creciente demanda interior y un comercio exterior en expansión. El país puede mirar el presente con satisfacción y anticipar con optimismo el futuro."

¡Palabras pertinentes si las hay! En octubre del 29, menos de un año después, fue el "crash". El crecimiento convulsivo de la economía norteamericana chocó contra los límites inherentes al mercado. Muchos de los que habían creído que el crecimiento era ilimitado, que el capitalismo era capaz de crear sus propios mercados para siempre y habían invertido sus ahorros basándose en ese mito cayeron desde muy alto.

Además no fue una crisis como las que habían marcado el siglo xix, crisis tan regulares durante la primera mitad de ese siglo que incluso fue posible hablar de "ciclo decenal". En aquel tiempo, tras un breve período de hundimiento, se encontraban nuevos mercados en el mundo y volvía a iniciarse una nueva fase de crecimiento, todavía más vigorosa; además, en el período entre 1870 a 1914, caracterizado por un empuje imperialista acelerado por la conquista de las regiones no capitalistas restantes, las crisis que golpearon los centros del sistema fueron mucho menos violentas que durante la juventud del capitalismo, a pesar de que lo que se llamó la "larga depresión", entre 1870 y 1890, que reflejó, en cierto modo, el principio del fin de la supremacía económica mundial de Gran Bretaña. Y, de todas maneras, no hay comparación posible entre los problemas comerciales del siglo xix y el hundimiento ocurrido en los años 1930. Era una situación cualitativamente diferente: algo fundamental había cambiado en las condiciones de la acumulación capitalista. La depresión era mundial: desde su centro, Estados Unidos, pasó a golpear a Alemania, que entonces era casi totalmente dependiente de EEUU, después al resto de Europa. La crisis fue igualmente devastadora para las regiones coloniales o semidependientes, obligadas en gran parte por sus grandes "propietarios" imperialistas, a producir en primer lugar para las metrópolis. La caída repentina de los precios mundiales sumió en la ruina a la mayoría de esos países.

Puede medirse la profundidad de la crisis en que la producción mundial, que había descendido en torno al 10 % con la Primera Guerra mundial, tras el crash, se desmoronó 36,2 %  (esta cifra no incluye a la URSS ; cifras sacadas del libro de Sternberg, el Conflicto del siglo, 1951). En Estados Unidos, gran beneficiario de la guerra, la caída de la producción industrial alcanzó 53,8 %. Las estimaciones de las cifras del desempleo son variables; Sternberg lo estima en 40 millones de desempleados en los principales países desarrollados. La caída del comercio mundial fue también catastrófica, reduciéndose a un tercio del nivel de antes de 1929. Pero la diferencia principal entre el desmoronamiento de los años 1930 y las crisis del siglo xix es que ya no existía, a partir de entonces, ningún mecanismo "automático" de reanudación de un nuevo ciclo de crecimiento y de expansión hacia las regiones del planeta que todavía no eran capitalistas. La burguesía se dio cuenta en seguida de que ya no seguiría habiendo una "mano invisible" del mercado para que la economía siguiera funcionando en el futuro inmediato. Debía pues abandonar el liberalismo ingenuo de Coolidge y de su sucesor, Hoover, y reconocer que, a partir de entonces, el Estado debería intervenir autoritariamente en la economía para así preservar el sistema capitalista. Fue sobre todo Keynes quien teorizó esa política; comprendió que el Estado debía sostener las industrias en declive y generar un mercado artificial para compensar la incapacidad del sistema para desarrollar otras nuevas. Ése es el sentido de las "obras públicas" a gran escala emprendidas por Roosevelt con el nombre de New Deal, del apoyo que le otorgó la nueva central sindical, la CIO, para estimular la demanda de los consumidores, etc. En Francia, la nueva política tomó la forma del Frente popular. En Alemania e Italia, la forma del fascismo y en Rusia, la del estalinismo. Todas esas políticas tenían la misma causa subyacente. El capitalismo había entrado en una nueva época, la época del capitalismo de Estado.

Pero el capitalismo de Estado no existe en cada país de un modo aislado de los demás. Al contrario, está en gran parte determinado por la necesidad de centralizar y defender la economía nacional contra la competencia de las demás naciones. En los años 30, eso comprendía un aspecto económico: se consideraba que el proteccionismo era un medio de defender sus propias industrias y sus mercados contra la intrusión de industrias de otros países; pero el capitalismo de Estado contenía un aspecto militar, mucho más significativo, pues la competencia económica aceleraba la marcha hacia una nueva guerra mundial. El capitalismo de Estado es, por esencia, una economía de guerra. El fascismo, que celebraba ruidosamente los ventajas de la guerra, era la expresión más patente de esa tendencia. Bajo el régimen de Hitler, el capital alemán respondió a su situación económica catastrófica lanzándose a una carrera desenfrenada de rearme. Eso produjo el efecto "benéfico" de absorber rápidamente el desempleo, pero no era ése el objetivo verdadero de la economía de guerra. Su objetivo era prepararse para un nuevo y violento reparto de los mercados. De igual modo, el régimen estalinista en Rusia y la subordinación despiadada del nivel de vida de los proletarios al desarrollo de la industria pesada, respondía a la necesidad de hacer de Rusia una potencia militar mundial con la que había que contar y, como en la Alemania nazi y el Japón militarista (que ya había lanzado una campaña de conquista militar invadiendo Manchuria en 1931 y el resto de China en 1937), esos regímenes resistieron al desmoronamiento con "éxito" pues habían subordinado toda la producción a las necesidades de la guerra. Pero el desarrollo de la economía de guerra fue también el secreto de los programas masivos de obras públicas en los países del "New Deal" y del Frente Popular, por mucho que éstos tardaran más tiempo en adaptar las fábricas a la producción masiva de armas y material militar.

Victor Serge calificó el período de los años 1930 de "medianoche en el siglo". Al igual que la guerra de 1914-18, la crisis económica de 1929 confirmó la senilidad del modo de producción capitalista. A una escala mucho mayor que lo que se había conocido en el siglo xix, se asistía a una "epidemia que, en otro tiempo cualquiera, hubiera parecido una paradoja, [abatirse] sobre la sociedad- la epidemia de la sobreproducción" (Manifiesto comunista). Millones de personas sufrían hambre, soportando un desempleo forzoso, en las naciones más industrializadas del globo, no porque las fábricas y los campos no pudieran producir lo suficiente, sino porque producían "demasiado" para la capacidad de absorción del mercado. Era una nueva confirmación de la necesidad de la revolución socialista.

Pero el primer intento del proletariado de realizar el veredicto de la historia había sido definitivamente vencido a finales de los años 1920 y por todas partes imperaba la contrarrevolución. Y ésta alcanzó las simas más profundas y más terroríficas precisamente allí donde la revolución había llegado más alto. En Rusia, la contrarrevolución fueron los campos de trabajo y las ejecuciones masivas; poblaciones enteras deportadas, millones de campesinos deliberadamente matados de hambre; los obreros, en las fábricas, sometidos a la sobreexplotación stajanovista. En lo cultural, todas las experiencias sociales y artísticas de los primeros años de la revolución fueron suprimidas en nombre del "realismo socialista", imponiéndose el retorno a las normas burguesas más vulgares.

En Alemania e Italia el proletariado había estado más cerca de la revolución que en cualquier otro país de Europa occidental. La consecuencia de su derrota fue la instauración de un régimen policiaco brutal. El fascismo se caracterizó por una amplia burocracia de informadores, la persecución feroz de los disidentes y de las minorías sociales y étnicas, entre ellas, el caso más conocido es la eliminación de los judíos en Alemania. El régimen nazi pisoteo cientos de años de cultura, enfangándose en teorías ocultistas seudocientíficas sobre la misión civilizadora de la raza aria, quemando libros con ideas "no alemanas", exaltando las virtudes de la sangre, de la tierra y de la conquista. Trotski consideró la destrucción de la cultura en la Alemania nazi como una prueba muy elocuente de la decadencia de la cultura burguesa:
"El fascismo ha hecho accesible la política a los bajos fondos de la sociedad. En la actualidad, no sólo en los hogares campesinos, sino también en los rascacielos urbanos, viven conjuntamente los siglos veinte y diez o trece. Cien millones de personas utilizan la electricidad y todavía creen en el poder mágico de gestos y exorcismos. El papa de Roma siembra por la radio la milagrosa transformación del agua en vino. Los astros del cine van a los mediums. Los aviadores que pilotan milagrosos mecanismos creados por el genio del hombre utilizan amuletos en sus ropas. ¡Qué reservas inagotables de oscurantismo, ignorancia y barbarie! La desesperación los ha puesto en pie, el fascismo les ha dado una bandera. Todo lo que debía haberse eliminado del organismo nacional en forma de excremento cultural en el curso del desarrollo normal de la sociedad lo arroja por la boca ahora la sociedad capitalista, que vomita la barbarie no digerida. Tal es la fisiología del nacionalsocialismo" (¿Qué es el nacional-socialismo?, 1933).

Pero, precisamente porque el fascismo era una expresión concentrada del declive del capitalismo como sistema, pensar que podía combatirse sin luchar contra el capitalismo en su conjunto, como lo afirmaban toda clase de "antifascistas", era una pura mistificación. Esto quedó patente en la España de 1936: los obreros de Barcelona replicaron al primer golpe de Estado del general Franco, con sus propios métodos de lucha de clases - la huelga general, la confraternización con las tropas, el armamento de los obreros - paralizando en unos cuantos días la ofensiva fascista. Fue cuando dejaron su lucha en manos de la burguesía democrática personificada en el Frente Popular, cuando fueron vencidos y arrastrados a una lucha interimperialista que confirmó ser un ensayo general de la matanza mucho más mortífera que sucedería después. La Izquierda italiana sacó, escuetamente, la conclusión: la guerra de España fue la confirmación terrible de que el proletariado mundial había sido derrotado; y como el proletariado era el único obstáculo en el camino del capitalismo hacia la guerra, la marcha hacia una nueva guerra mundial quedaba abierto.

Una nueva etapa de la barbarie

El cuadro de Picasso, Guernica, es célebre, con razón, por ser una representación sin parangón de los horrores de la guerra moderna. El bombardeo ciego de la población civil de la ciudad de Guernica por la aviación alemana que apoyaba al ejército de Franco, provocó una enorme conmoción pues era un fenómeno relativamente nuevo. El bombardeo aéreo de objetivos civiles fue muy limitado durante la Iª Guerra mundial y muy ineficaz. La gran mayoría de los muertos de esa guerra eran soldados en los campos de batallas. La IIª Guerra mundial mostró hasta qué punto la barbarie del capitalismo en decadencia se había incrementado, pues esta vez la mayoría de los muertos eran civiles:
"El cálculo total de vidas humanas perdidas a causa de la Segunda Guerra mundial, dejando de lado el campo al que pertenecían, es alrededor de 72 millones. La cantidad de civiles alcanza los 47 millones, incluidos los muertos por hambre y enfermedad causadas por la guerra. Las pérdidas militares ascienden a unos 25 millones, incluidos 5 millones de prisioneros de guerra" (http://en.wikipedia.org/wiki/World_War_II_casualties).

La expresión más aterradora y en la que se concentra el horror fue la matanza industrial de millones de judíos y de otras minorías por el régimen nazi, fusilados por paquetes en los guetos y los bosques de Europa del Este, hambrientos y explotados en el trabajo como esclavos, hasta la muerte, gaseados por cientos de miles en los campos de Auschwitz, Bergen-Belsen o Treblinka. Pero la cantidad de muertos civiles, víctimas de los bombardeos de ciudades por las acciones bélicas de ambos bandos es la prueba de que el holocausto, el asesinato sistemático de inocentes, fue una característica general de esa guerra. Y en este aspecto, las democracias incluso sobrepasaron sin duda a las potencias fascistas, pues el manto de bombas, especialmente las incendiarias, que cubrieron las ciudades alemanas y japonesas dan, por comparación, un aspecto un poco "aficionado" al Blitz alemán sobre el Reino Unido. El punto álgido y simbólico de ese nuevo método de matanza de masas fue el bombardeo atómico de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki; pero en lo que a muertos civiles se refiere, el bombardeo "convencional" de ciudades como Tokio, Hamburgo y Dresde fue todavía más mortífero.

El uso de la bomba atómica por Estados Unidos abrió, de dos maneras, un nuevo período. Primero confirmó que el capitalismo se había vuelto un sistema de guerra permanente. Pues si bien la bomba atómica marcó el fin de las potencias del Eje, también abrió un nuevo frente de guerra. El objetivo verdadero detrás de Hiroshima no era Japón, que estaba ya por los suelos y pedía condiciones para rendirse, sino la URSS. Era un aviso para que este país moderara sus ambiciones imperialistas en Extremo Oriente y en Europa. En realidad "los jefes del Estado mayor estadounidense elaboraron un plan de bombardeo atómico de las veinte principales ciudades soviéticas en las diez semanas que siguieron al fin de la guerra" (Walker, The Cold War and the making of the Modern World, citado por Eric Hobsbawm, La edad de los extremos, p. 518 de la ed. francesa). En otras palabras, la bomba atómica no puso fin a la Segunda Guerra mundial más que para erigir los frentes de la tercera, aportando un significado nuevo y aterrador a las palabras de Rosa Luxemburg sobre las "últimas consecuencias" de un período de guerras sin trabas. La bomba atómica demostraba que a partir de entonces, el sistema capitalista poseía ya la capacidad de acabar con la vida humana en la Tierra.

Los años 1914-1945 - que Hobsbawm llama "la era de las catástrofes" - confirman claramente el diagnóstico según el cual el capitalismo se volvió un sistema social decadente - al igual que lo que le ocurrió a la Roma antigua o al feudalismo antes de aquél. Los revolucionarios que sobrevivieron a las persecuciones y a la desmoralización de los años 1930 y 1940 y que mantuvieron los principios internacionalistas contra los dos campos imperialistas antes y durante la guerra, eran poco numerosos, pero para la mayoría de ellos, era algo definitivo. Dos guerras mundiales, la amenaza inmediata de una tercera y la crisis económica mundial a una escala sin precedentes, parecían confirmarlo claramente.

En las décadas siguientes, sin embargo, empezaron a surgir dudas. Era algo seguro que la humanidad vivía ahora bajo la amenaza permanente de ser aniquilada. Durante los 40 años siguientes, aunque los dos nuevos bloques imperialistas no arrastraron a la humanidad a una nueva guerra mundial, permanecieron en situación de conflicto y de hostilidad permanente, llevando a cabo una serie de guerras, mediante terceros, en Extremo y Medio Oriente y en África; y, en varias ocasiones, especialmente durante la crisis de los misiles en Cuba en octubre de 1962, llevaron a la humanidad al borde del abismo. Un cálculo aproximado oficial da cuenta de 20 millones de muertos, matados durante esas guerras; otros cálculos dan cifras mucho más altas.

Esas guerras asolaron las regiones subdesarrolladas del mundo y, durante el período de posguerra, esas zonas conocieron problemas espantosos de pobreza y desnutrición. Sin embargo, en los países capitalistas principales, se produjo un boom espectacular durante algunos años que los expertos de la burguesía llamaron retrospectivamente los "Treinta Gloriosos". Las tasas de crecimiento igualaron o superaron incluso las del siglo xix, subían los salarios con regularidad, se instituyeron servicios sociales y de salud bajo la dirección "protectora" de los Estados... En 1960, en Gran Bretaña, el diputado británico Harold Macmillan dijo a la clase obrera "la vida nunca ha sido tan hermosa". Entre los sociólogos florecieron nuevas teorías sobre la transformación del capitalismo en "sociedad de consumo" en la cual la clase obrera "se había aburguesado" gracias a la incesante acumulación de televisores, lavadoras, coches y vacaciones organizadas. Para muchos, incluidos algunos en el movimiento revolucionario, ese período contradecía la idea de que el capitalismo había entrado en decadencia, demostrando su capacidad para desarrollarse de forma casi ilimitada. Los teóricos "radicales", como Marcuse, empezaron a buscar fuera de la clase obrera el sujeto del cambio revolucionario: los campesinos del Tercer mundo o los estudiantes rebeldes de los centros capitalistas.

Una sociedad en descomposición

Examinaremos en otro lugar las bases reales de ese boom de posguerra y, especialmente, qué medios adoptó el capitalismo en declive para conjurar las consecuencias inmediatas de sus contradicciones. Digamos ya que quienes declararon que el capitalismo había logrado superar sus contradicciones iban a aparecer como lo que eran, unos empiristas superficiales, cuando, a finales de los años 1960, aparecieron los primeros síntomas de una nueva crisis económica en los principales países occidentales. A partir de los 70 la enfermedad ya estaba declarada: la inflación empezó a hacer estragos en las economías principales, incitando a abandonar los métodos keynesianos de apoyo directo a la economía por parte del Estado, métodos que tan bien habían funcionado durante las décadas anteriores. Y así, los 80 fueron los años del "thatcherismo" y de la "reaganomics", o sea de las políticas propugnadas por la primera ministra británica, Margaret Thatcher, y el presidente de EEUU, Ronald Reagan, que consistían en dejar que la economía descendiera a su nivel real abandonando las industrias más débiles. Desde entonces, hemos atravesado una serie de minibooms y de recesiones, y el proyecto del thatcherismo sigue existiendo en el plano ideológico con las perspectivas del neoliberalismo y de las privatizaciones. Sin embargo, más allá de la retórica sobre el retorno a los valores económicos de la época de la reina Victoria sobre la libre empresa, el papel del Estado capitalista sigue siendo tan decisivo o más: el Estado sigue manipulando el crecimiento económico mediante toda clase de maniobras financieras, todas ellas basadas en un montón creciente de deudas, cuyo mejor ejemplo y símbolo son los Estados Unidos. El desarrollo de esta potencia se plasmó en que de deudora se transformó en acreedora y, en cambio, ahora se ahoga bajo una deuda de más de 36 billones (36+12 ceros) de dólares ([1]):
"Este amontonamiento constante de deudas, no sólo en Japón sino en todos los países desarrollados, es una auténtica bomba de relojería con un potencial de destrucción insospechado. Una estimación aproximada del endeudamiento mundial para todos los agentes económicos (Estados, empresas, familias y bancos) oscila entre 200 y 300 % del producto mundial. En concreto eso significa dos cosas: por un lado, el sistema ha adelantado el equivalente monetario del valor de entre dos y tres veces el producto mundial para paliar la crisis de sobreproducción permanente y, por otro lado, habría que trabajar dos a tres años por nada, si esa deuda tuviera que ser devuelta del día a la mañana. Si un endeudamiento masivo puede ser hoy soportado por las economías desarrolladas, está, en cambio, ahogando uno por uno a los países llamados "emergentes". Esa deuda fenomenal a nivel mundial es algo históricamente sin precedentes y es expresión a la vez de la profundidad del laberinto en que está inmerso el sistema capitalista, pero, también, de su capacidad para manipular la ley del valor para que perdure", (Revista internacional no 114, 3er trimestre de 2003).

Mientras que la burguesía nos pide que confiemos en todos esos remedios como la "economía de la información" u otras baratijas como las "revoluciones tecnológicas", la dependencia de toda la economía mundial respecto al endeudamiento implica una acumulación de fuerzas subterráneas cuya presión acabará haciendo reventar el volcán. Lo observamos regularmente: el motor del crecimiento de los "tigres" y de los "dragones" asiáticos se caló en 1997; ha sido quizás el ejemplo más significativo. Hoy, en 2007, se nos repite que las tasas de crecimiento espectaculares de India y China nos muestran el futuro. Pero, justo después, las palabras no logran ocultar el miedo a que todo esto acabe mal. El crecimiento de China, al fin y al cabo, se basa en exportaciones baratas hacia "Occidente", cuya capacidad de consumo se basa en enormes montones de deudas... ¿Y qué ocurrirá cuando haya que reembolsarlas? Tras el crecimiento sustentado por la deuda de los últimos veinte años, aparece su fragilidad en muchos de sus aspectos más claramente negativos: la desindustrialización de partes enteras de la economía occidental, la creación de una multitud de empleos improductivos y a menudo precarios, cada vez más vinculados a ámbitos parásitos de la economía; la creciente distancia entre ricos y pobres, no sólo entre los países capitalistas centrales y las regiones más pobres del mundo, sino en las economías más desarrolladas; la incapacidad evidente para absorber verdaderamente la masa de desempleados que se ha vuelto permanente y cuya amplitud se oculta con cantidad de artimañas (cursillos de formación que no van a ninguna parte, cambios constantes en los cálculos del desempleo, etc.).

En el plano económico, pues, el capitalismo no ha invertido, ni mucho menos, su curso a la catástrofe. Y lo mismo ocurre en el plano imperialista. Cuando se hundió el bloque del Este a finales de los años 1980, poniendo un fin espectacular a cuatro décadas de "Guerra fría", el presidente de EEUU, George Bush senior, pronunció su célebre frase en la que anunciaba la apertura de un nuevo orden mundial de paz y prosperidad. Pero el capitalismo decadente es guerra permanente; la forma de los conflictos imperialistas podrá cambiar, pero no desaparecer. Lo vimos en 1945, lo hemos vuelto a comprobar desde 1991. En lugar del conflicto relativamente "disciplinado" entre los dos bloques, estamos asistiendo a una guerra mucho más caótica, de todos contra todos, con una única superpotencia restante, Estados Unidos, que recurre vez más a la fuerza militar para intentar imponer su autoridad declinante. Y ha ocurrido lo contrario: cada despliegue de esa superioridad militar incontestable lo único que ha logrado es incrementar más todavía la oposición a su hegemonía. Lo vimos cuando la primera Guerra del Golfo en 1991: por mucho que entonces Estados Unidos consiguiera momentáneamente obligar a sus antiguos aliados, Alemania y Francia, a unirse a su cruzada contra Sadam Husein en Irak, los dos años siguientes demostraron claramente que la antigua disciplina del bloque occidental había desaparecido para siempre: durante las guerras que devastaron los Balcanes durante la década de los 90, Alemania primero, con su apoyo a Croacia y Eslovenia, Francia después con su apoyo a Serbia, mientras que EEUU decidía apoyar a Bosnia, se dedicaron a hacer la guerra contra esta potencia mediante terceros. Incluso el "lugarteniente" de Estados Unidos, Gran Bretaña, se situó por una vez en el campo adverso apoyando a Serbia hasta el momento en que este país ya no pudo impedir la ofensiva estadounidense y sus bombardeos. La reciente "guerra contra el terrorismo", preparada gracias a la destrucción de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, por un comando suicida muy probablemente manipulado por el Estado norteamericano (otra expresión de la barbarie del mundo actual) ha agudizado las divergencias: Francia, Alemania y Rusia formaron una coalición de opositores a la invasión de Irak por Estados Unidos. Las consecuencias de la invasión de Irak en 2003 han sido todavía más desastrosas. Lejos de consolidar el control de Oriente Medio por Estados Unidos y favorecer la Full spectrum dominance, el dominio tecnológico de EEUU con el que sueñan los neoconservadores de la administración Bush y sus secuaces, la invasión ha sumido toda la región en el caos con una inestabilidad creciente en Israel/Palestina, Líbano, Irán, Turquía, Afganistán y Pakistán. Durante ese tiempo, el equilibrio imperialista estaba ya más minado todavía por la emergencia de nuevas potencias nucleares, India y Pakistán; es posible que Irán sea pronto la siguiente y, de todas maneras, este país ha ampliado sus ambiciones imperialistas tras la caída de su gran rival, Irak. El equilibrio imperialista también está minado por la posición hostil que ha ido tomando cada vez más la Rusia de Putin hacia Occidente, por el peso creciente del imperialismo chino en los asuntos mundiales, por la proliferación de Estados que se desintegran y de "Estados gamberros" en Oriente Medio, Extremo Oriente y África, por la extensión del terrorismo islamista a escala mundial, que actúa a veces por cuenta de tal o cual potencia, pero, a menudo, como potencia imprevisible por cuenta propia ... Desde el final de la "guerra fría", el mundo no es, desde luego, menos peligroso sino mucho más.

Y si ya a lo largo de todo el siglo xx, no han hecho más que aumentar los peligros que amenazan a la especie humana, sobre todo la crisis y la guerra imperialista, ahora, en las últimas décadas, ha aparecido una tercera dimensión del desastre que el capitalismo reserva a la humanidad: la crisis ecológica. Este modo de producción, aguijoneado por una competencia cada vez más agitada en busca de la última oportunidad de encontrar un mercado, debe continuar extendiéndose por todos los rincones del planeta, saquear sus recursos a toda costa. Y este "crecimiento" frenético aparece cada día más como un cáncer para la Tierra entera. Durante las dos últimas décadas, la población ha ido tomando conciencia poco a poco de la amplitud de esa amenaza porque, aunque hoy seamos testigos de algo que no es sino el punto álgido de un proceso ya antiguo, el problema ya ha empezado a plantearse a unos niveles muy elevados. La contaminación del aire, de los ríos y los mares a causa de las emisiones de la industria y los transportes, la destrucción de las selvas tropicales y de cantidad de otros hábitats silvestres o la amenaza de extinción de innumerables especies animales han alcanzado cotas alarmantes, combinándose ahora con el problema del cambio climático que amenaza con devastar la civilización humana con una sucesión de inundaciones, sequías, hambrunas y plagas de todo tipo. El propio cambio climático puede acabar provocando una espiral de desastres como lo reconoce, entre otros, el célebre físico Stephen Hawking. En una entrevista a ABC News, en agosto de 2006, explicaba que:
 "el peligro es que el calentamiento global puede autoalimentarse si es que no lo está haciendo ya. El deshielo de los polos del Ártico y del Antártico reduce la parte de energía solar que se refleja en el espacio, incrementando la temperatura más todavía. El cambio climático puede destruir la Amazonia y otras selvas tropicales, eliminando así uno de los medios principales con los que se absorbe el dióxido de carbono de la atmósfera. La subida de la temperatura de los océanos puede liberar grandes cantidades de metano aprisionados en forma de hidratos en el fondo de los mares. Esos dos fenómenos aumentarían el efecto invernadero, acentuando el calentamiento global. Es urgente darle la vuelta al calentamiento climático si todavía es posible".

Las amenazas económica, militar y ecológica no van separadas, sino que están íntimamente unidas. Es evidente, sobre todo, que las naciones capitalistas ante la ruina de su economía, frente a las catástrofes ecológicas no van a sufrir tranquilamente su propia desintegración sino que se verán forzadas a adoptar soluciones militares contra las demás naciones.

Como nunca antes se nos plantea la alternativa socialismo o barbarie. E igual que, como lo decía Rosa Luxemburg, la Iª Guerra mundial era ya la barbarie, el peligro que amenaza a la humanidad, y, para empezar, a la única fuerza que pueda salvarla, el proletariado, es que éste se vea arrastrado por la barbarie creciente que se expande por el planeta antes de que pueda actuar y aportar su propia solución.

La crisis ecológica plantea claramente el peligro: la lucha de clase proletaria apenas puede influir en ella antes de que el proletariado haya tomado el poder y esté en situación de reorganizar la producción y el consumo a escala mundial. Y cuanto más se retrase la revolución mayor será el peligro de que la destrucción del medio ambiente socave las bases materiales de la transformación comunista. Pero lo mismo ocurre con los efectos sociales que engendra la fase actual de la decadencia. En muchas ciudades existe una tendencia a que la clase obrera pierda su identidad de clase y que una generación de jóvenes proletarios sea víctima de la mentalidad de pandilla, de ideologías irracionales y de la desesperanza nihilista. Esto también conlleva el peligro de que sea demasiado tarde para que el proletariado se reconstituya como fuerza social revolucionaria.

Sin embargo, el proletariado no debe jamás olvidar su verdadero potencial. Por su parte, la burguesía siempre ha sido consciente de ese potencial. En el período que desembocó en la Iª Guerra mundial, la clase dominante esperaba con ansiedad la respuesta que daría la socialdemocracia, pues sabía muy bien que no podría obligar a los obreros a ir a la guerra sin el apoyo activo de ésa. La derrota ideológica denunciada por Rosa Luxemburg era la condición sine qua non para desencadenar la guerra; y fue la reanudación de los combates del proletariado, a partir de 1916, lo que iba a ponerle fin. A la inversa, la derrota y desmoralización tras el reflujo de la oleada revolucionaria abrieron el curso a la IIª Guerra mundial, aunque sí necesitara la burguesía un largo período de represión y de intoxicación ideológica antes de poder movilizar a la clase obrera para esa nueva carnicería. Y la burguesía, al final de esa guerra era muy consciente de la necesidad de llevar a cabo acciones preventivas para apagar el menor peligro de que se repitiera lo ocurrido en 1917 al final de la guerra. Esa "conciencia de clase" de la burguesía estuvo ante todo personificada por el Greatest Ever Briton ("el británico más grande de la historia"), Winston Churchill, que había aprendido mucho del papel que desempeñó para ahogar la amenaza bolchevique en 1917-20. Tras las huelgas masivas del Norte de Italia en 1943, fue Churchill quien formuló la política de "dejar (a los italianos) cocerse en su propia salsa", o sea retrasar la llegada de los Aliados que venían del Sur del país para, así, permitir a los nazis que aplastaran a los obreros italianos; fue Churchill también quien mejor comprendió el siniestro mensaje del terror de los bombardeos sobre Alemania en la última fase de la guerra; su objetivo era cortar de raíz cualquier posibilidad de revolución allí donde la burguesía tenia más miedo de ella.

La derrota mundial y la contrarrevolución duraron cuatro décadas. Pero no fue el final de la lucha de clases como algunos empezaron a creer. Con el retorno de la crisis a finales de los 60, volvió a aparecer una nueva generación de proletarios que luchaban por sus propias reivindicaciones: los "acontecimientos" de Mayo de 1968 en Francia que, oficialmente, se mencionan como una "revuelta estudiantil", si llevaron casi al Estado francés al borde del abismo fue porque la revuelta de las universidades vino acompañada por la mayor huelga general de la historia. En los años siguientes, Italia, Argentina, Polonia, España, Gran Bretaña y muchos otros países conocieron a su vez movimientos masivos de la clase obrera, dejando atrás muy a menudo, a los representantes oficiales del "Trabajo", sindicatos y partidos de izquierda. Las huelgas "salvajes" fueron la norma, en oposición a la movilización sindical "disciplinada", y los obreros empezaron a desarrollar nuevas formas de lucha para zafarse del control paralizante de los sindicatos: asambleas generales, comités de huelga elegidos, delegaciones masivas hacia otros lugares de trabajo. En las grandes huelgas de Polonia, en 1980, los obreros utilizaron esos medios para coordinar su lucha a nivel de todo el país.

Las luchas del período 1968-89 se terminaron a menudo en derrotas si nos referimos a las reivindicaciones exigidas. Pero lo que es seguro es que si no hubieran sucedido, la burguesía habría tenido las manos libres para imponer ataques mucho mayores contra las condiciones de vida de la clase obrera, en particular en los países avanzados del sistema. Y, sobre todo, la negativa del proletariado a pagar los efectos de la crisis capitalista significaba también que no iba a dejarse alistar sin resistencia en una nueva guerra, y eso cuando la reaparición de la crisis había agudizado las tensiones entre los dos grandes bloques imperialistas a partir de los años 70 y, sobre todo, en los 80. La guerra imperialista es un elemento implícito de la crisis económica del capitalismo, aunque no sea, ni mucho menos, una "solución" a dicha crisis, sino un hundimiento del sistema todavía más profundo. Para la guerra, la burguesía debe disponer de un proletariado sumiso e ideológicamente leal, y eso la burguesía no lo poseía. Y quizás era en el bloque del Este donde se eso se observaba más claramente: la burguesía rusa, que era la que estaba más obligada a ir hacia la solución militar a causa de su desmoronamiento económico y el asedio militar crecientes, acabó dándose cuenta de que le era imposible usar al proletariado como carne de cañón en una guerra contra Occidente, especialmente después de la huelga de masas de Polonia en 1980. Fue ese atolladero el que, en gran parte, llevó a la implosión al bloque del Este en 1989-91.

El proletariado, sin embargo, fue incapaz de proponer su propia y auténtica solución a las contradicciones del sistema: la perspectiva de una nueva sociedad. Mayo de 1968 planteó esa cuestión a un alto nivel, haciendo surgir una nueva generación de revolucionarios, pero éstos siguieron siendo una minoría ínfima. Ante la agravación de la crisis económica, la mayor parte de la luchas obreras de los años 70 y 80 se limitaron a un nivel económico defensivo y las décadas de desilusión hacia los partidos "tradicionales" de izquierda difundieron por la clase obrera una profunda desconfianza hacia "la política" fuera cual fuera.

Hubo así una especie de bloqueo en la lucha entre las clases: la burguesía no tenía ningún porvenir que ofrecer a la humanidad, y el proletariado no había vuelto a descubrir su propio futuro. Pero la crisis del sistema no se queda inmóvil y esa situación de bloqueo ha acarreado una descomposición creciente de la sociedad a todos los niveles. En el plano imperialista, esa situación llevó a la desintegración de los dos bloques y, por ello, la perspectiva de una guerra mundial ha desaparecido por un tiempo indeterminado. Pero, como ya hemos visto, el proletariado, y con él la humanidad entera, están expuestos a un nuevo peligro, una especie de barbarie rampante que en muchos aspectos es todavía más nefasta que la guerra.

La humanidad está pues en la encrucijada. Los años, las décadas que vienen pueden ser cruciales para toda su historia, pues determinarán si la sociedad humana se va a hundir en una regresión sin precedentes e incluso a extinguirse o si será capaz de dar el salto hacia una nueva forma de organización en la cual la humanidad será por fin capaz de controlar su propia fuerza social y crear un mundo en armonía con sus necesidades.

Como comunistas que somos, estamos convencidos de que no es demasiado tarde para esta alternativa, que la clase obrera, a pesar de todos los ataques económicos, políticos e ideológicos que ha sufrido en los últimos años, sigue siendo capaz de resistir, sigue siendo todavía la única fuerza que pueda impedir la caída al abismo. De hecho, desde 2003, hay un desarrollo perceptible de luchas obreras por el mundo entero; y, a la vez, estamos asistiendo al surgir de una nueva generación de grupos y personas que cuestionan las bases mismas del sistema social actual, que buscan seriamente cuáles son las posibilidades de un cambio fundamental. En otras palabras, estamos asistiendo a una verdadera maduración de la conciencia de clase.

Frente a un mundo sumido en el caos, no faltan las explicaciones falsas a la crisis actual. Florecen hoy el fundamentalismo religioso, en sus variantes cristiana o musulmana, así como todo un abanico de explicaciones ocultistas o conspiradoras de la historia, precisamente porque los signos de un final apocalíptico de la civilización mundial son difíciles de negar. Y estas regresiones hacia la mitología sólo sirven para reforzar la pasividad y la desesperanza, pues subordinan invariablemente la capacidad del hombre para tener una actividad que le sea propia, a unas leyes irrevocables de unos poderes celestiales que planean por encima de él. La expresión más característica de esos cultos son sin duda las bombas humanas islámicas, cuyas acciones son la quintaesencia de la desesperanza, o los evangelistas americanos que glorifican la guerra y la destrucción ecológica como otros tantos jalones que llevan hacia el éxtasis del futuro. Y mientras el "sentido común" burgués racional se ríe de los absurdos de esos fanáticos, aprovecha para meter en el mismo saco de sus burlas a todos aquellos que mediante el raciocinio y la reflexión científica, están cada vez más convencidos de que el sistema social actual no puede durar, no podrá durar siempre. Contra las invectivas de los clérigos de todo tipo y la negación vacua de los burgueses estúpidamente optimistas, es más que nunca vital desarrollar una comprensión coherente de lo que Rosa Luxemburg llamaba "el dilema de la historia". Como ella, nosotros estamos convencidos de que las únicas bases de esa comprensión son la teoría revolucionaria del proletariado, o sea, el marxismo y la concepción materialista de la historia.

Gerrard

[1]) Estimación del tercer trimestre de 2003 según las estadísticas publicadas por el consejo de gobernadores de la Reserva federal y otras agencias gubernamentales de EEUU. Según las mismas fuertes, la deuda era de 1,6 billones de $ en 1970. Fuente: http://solidariteetprogres.online.fr/News/Etats-Unis/breve_908.html