Paises del Este: crisis irreversible, reestructuración imposible

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Los acontecimientos de estos últimos meses en el ex bloque soviético han puesto cada vez más de relieve la ruina en que se encuentra la economía de todos los países de Europa del Este sin excepción y de la URSS en particular. A medida que la realidad es mejor conocida, las últimas esperanzas y todas las teorías sobre una posible mejora de la situación se van haciendo añicos. Los hechos cantan: es imposible levantar la economía de esos países; sus gobiernos, sean cuales sean sus componentes, el antiguo aparato «reformado» con o sin participación de las antiguas «oposiciones», o «nuevas» formaciones políticas, son totalmente incapaces de dominar la situación. Es el hundimiento en un caos sin precedentes que se confirma cada día más[1].

Los países occidentales no sacarán a flote

ni a los países del Este ni a la URSS

Por todas partes, la desbandada. A los países del Este les gustaría mucho ver a los grandes países industrializados venir en ayuda de sus economías en ruina total. Walesa no para de mendigar en nombre de Polonia la ayuda de «Occidente». Gorbachov pide ante Bush «la cláusula de la nación más favorecida», acuerdo preferencial en los contratos que Estados Unidos ha negado siempre a la URSS y que en su tiempo sí fue concluido con Rumania, el país más pobre del ya antiguo bloque del Este. La RDA espera de la reunificación con la RFA subsidios para salvar los escasísimos sectores de su aparato productivo que no están en la ruina.

Pero los países occidentales no parecen dispuestos ni siquiera a comprometer la décima parte de los gastos necesarios en una aventura que no es que sea arriesgada, es que ya es un fracaso seguro. Pocas ilusiones quedan sobre la perspectiva de enderezamiento económico de los países del Este. No hay ninguna ganancia que sacar de un aparato productivo con una infraestructura y unos medios de producción totalmente caducos y con una mano de obra sin la menor preparación para las normas de productividad draconianas impuestas por la guerra comercial en el mercado mundial, guerra que libran las principales potencias industriales occidentales, sobre todo Estados Unidos, Japón, Alemania Occidental y los demás países de Europa occidental.

Y aunque el FMI otorgara más créditos, se vería ante una situación parecida a la de los países del «tercer mundo», insolventes, con deudas por miles de millones y que nunca serán reembolsadas.

Es significativo que el encuentro Bush-Gorbachov (cuando escribimos estas líneas) no haya dado por ahora lugar a ningún acuerdo económico especial, si no es a la tímida reconducción de acuerdos ya existentes. Ya nadie apuesta por no se sabe qué éxito de la famosa «Perestroika». Lo que parece tenerse en cuenta en las relaciones occidentales con el Este, son más bien preocupaciones generales sobre cómo limitar que se generalice el desorden en Europa del Este, desorden que ninguna potencia occidental ve con buenos ojos. Ni acuerdos comerciales ni industriales que pudieran significar un balón de oxígeno para las economías totalmente asfixiadas de esos países.

No hay «planes Marshall» que valgan para los países del Este como el que sirvió para financiar la reconstrucción de Europa del Oeste y de Japón por EEUU tras la segunda guerra mundial. Y si queda alguna ilusión entre los defensores de la «victoria del capitalismo» sobre el interés económico que ofrecería la desaparición del «telón de acero», la actual experiencia dolorosa para la economía alemano-occidental que es la reunificación de Alemania y la toma a cargo de la RDA[2], acabará barriéndolas del todo. Para el capital alemán hay un interés puntual a causa de la mano de obra cualificada y muy mal pagada en RDA, pero lo que se va a ver, más que otra cosa, es una punción financiera altísima y la llegada de miles de desempleados e inmigrados[3].

Ahora que el sistema financiero internacional está amenazando con desmoronarse bajo el peso de la deuda mundial, cuando ya los despidos masivos han empezado, en particular en Estados Unidos, y no van a parar de aumentar en todos los grandes países desarrollados, esos países no tienen el más mínimo interés estrictamente económico, ningún mercado en los países del Este salvo raras excepciones. Sólo algún que otro «teórico» atrasado - y aún quedan incluso, y por desgracia, en el propio campo proletario[4]- se creen todavía el espejismo de la reestructuración económica de los países del Este.

La ruina total de la economía

Las cifras oficiales reconocidas hoy en la URSS sobre el estado exangüe de la economía a todos los niveles, están desmintiendo totalmente a la baja las antiguas estimaciones oficiosas que los especialistas occidentales oponían desde hace años a la mentira institucional de las «estadísticas» soviéticas.

Las nuevas estadísticas dejan patente una tasa de crecimiento que se acerca inexorablemente a cero, dando mejor cuenta de la realidad que las anteriores a la «Glasnost». Sin embargo, el incluir en el cálculo al sector militar, único de la economía rusa que ha tenido un real crecimiento desde mediados de los años 70, ello nos da un indicador que subestima todavía más la amplitud de la crisis de la economía soviética.

En el mejor de los casos, la URSS se encuentra actualmente a un nivel económico comparable al de Portugal, con, según las estimaciones, una renta per cápita de unos 5000 $ por año, renta que puede ir desde de 1500 a 7000 $ más o menos. Esto significa que para una mayoría de la población, es ése un «nivel de vida» más cercano al de países como Argelia que al de los países más pobres de Europa del Sur.

Además, las características «clásicas» de la crisis al modo occidental, la inflación y el desempleo, empiezan ya a hacer estragos en los países del Este, con tasas dignas de los países del Tercer mundo más afectados. Y esas lacras «clásicas» del capitalismo vienen a añadirse a las heredadas del estalinismo, tan capitalistas como aquéllas: racionamiento y penuria permanentes de los bienes de consumo corrientes. Hasta los críticos más virulentos de lo que ellos llaman el «comunismo», defensores acérrimos del capitalismo al modo occidental, se han quedado estupefactos ante el estado de la economía de la URSS: «La realidad soviética no es una economía desarrollada que necesite unas cuantas rectificaciones, sino que es un gigantesco desván de trastos inutilizables e imperfectibles»[5].

La «Perestroika» es una cáscara vacía, la popularidad de Gorbachov está por los suelos en la URSS, las recientes «medidas» del gobierno lo que hacen es rubricar la catástrofe: un reconocimiento oficial de aumento de los precios al consumo de hasta el 100 % y la promesa de 15 % de aumento de salarios como... ¡«compensación financiera»! A corto plazo, dentro de cinco años para los «optimistas» y un año para los demás, será el desempleo masivo para millones de trabajadores; se prevén entre 40 o 45 o 50 millones de desempleados o «más incluso», o sea, más de una persona de cada cinco y sin el más mínimo subsidio del «mínimo vital»...

La situación en la URSS es catastrófica, pero la de los demás países del Este no es mucho mejor. En la ex-RDA, con la instauración de la unión monetaria alemana en julio de 1990, 600 000 desempleados se van a encontrar inmediatamente en la calle, y esta cifra alcanzará los cuatro millones en los años venideros, ¡una persona de cada cuatro![6]. En Polonia, tras los aumentos de precios de 300 % en promedio en 1989 (con cuotas de 2 000 % en algunos productos), el gobierno ha bloqueado los salarios «para frenar la inflación». De hecho, oficialmente, la inflación es hoy de 40 % y la cantidad de desempleados debería alcanzar este año los dos millones. Por todas partes, el balance de las «medidas de liberalización» es claro: más desastroso todavía.

La forma estaliniana del capitalismo de Estado, heredada, no de la revolución de Octobre de 1917, sino de la contrarrevolución que aplastó a ésta en la sangre, se ha hundido en la mayor ruina, la peor desorganización. Pero la forma «liberal» del capitalismo occidental, que es también otra forma de la tendencia al capitalismo de Estado pero mucho más sofisticada, no va a ser una solución de recambio. Lo que está en crisis es el sistema capitalista como un todo y a nivel mundial; y los países «democráticos» desarrollados deben hacer frente a dicha crisis para defender sus propios intereses. La falta de mercados no es sólo un problema para los países arruinados del Este, también golpea al corazón del capitalismo más desarrollado.

El fracaso de la « liberalización »

La aceleración de la crisis ha puesto al desnudo el absurdo total de los métodos del capitalismo de Estado al modo estalinista en el plano de la gestión económica: lo que reinaba era la irresponsabilidad de varias generaciones de funcionarios cuya única preocupación era la de llenarse los bolsillos respetando, en el papel, las directivas de «planes» desconectados del funcionamiento normal del mercado. Si bien la propia clase dominante ha podido darse cuenta que tenía que acabar con tal irresponsabilidad, abandonar la tramposería con las «leyes del mercado», que es el total acaparamiento por el Aparato de Estado de la vida económica, no por eso la clase dominante va a poder llevar a cabo un restablecimiento de la vida económica mediante la «liberalización» y controlar la situación mediante «la democratización». Eso no es sino reconocer que lo que reina a todos los niveles es el desorden general. Pero como es de esa tramposería permanente de donde le vienen sus privilegios a la clase dominante desde hace décadas, ese reconocimiento no irá más allá de las buenas intenciones como lo demuestran los cinco años de experiencia de «perestroikas» y demás «glasnosts». Como ya decíamos en septiembre de 1989:

«...del mismo modo que la "reforma económica" se propuso tareas prácticamente irrealizables, la "reforma política" tiene pocas probabilidades de éxito. Así pues, la introducción efectiva del "pluripartidismo" y de elecciones "libres" que es la consecuencia lógica de un proceso de "democratización", son una amenaza verdadera para el partido en el poder. Como lo vimos recientemente en Polonia, y en cierta medida igualmente en la URSS el año pasado, dichas elecciones no pueden conducir más que a la puesta en evidencia del desprestigio total del partido, del verdadero odio que le tiene la población. En la lógica de esas elecciones, lo único que el partido puede esperar es la pérdida de su poder. Ahora bien, eso es algo que el partido, a diferencia de los partidos "democráticos" de Occidente, no puede tolerar porque:

-        si pierde el poder en las elecciones, no podrá jamás, a diferencia de los otros partidos, volver a conquistarlo por ese medio;

-        la pérdida de su poder político significaría concretamente la expropiación de la clase dominante puesto que su aparato es precisamente la clase dominante.

Mientras que en los países de economía "liberal" o "mixta"; en donde se mantiene una clase burguesa clásica, directamente propietaria de los medios de producción, el cambio de partido en el poder (a menos, justamente, que se traduzca en la llegada de un partido estalinista) no tiene más que un impacto débil en sus privilegios y en el lugar que ocupa en la sociedad, un acontecimiento así; en un país del Este, significa, para la gran mayoría de los burócratas, pequeños y grandes, la pérdida de sus privilegios, el desempleo, y hasta persecuciones por parte de los vencedores. La burguesía alemana pudo arreglárselas con el Káiser, con la república socialdemócrata, con la república conservadora, con el totalitarismo nazi, con la república democrática, sin que sus privilegios se vieran amenazados en lo esencial. En cambio, un cambio de régimen en la URSS significaría en ese país la desaparición de la burguesía bajo su forma actual al mismo tiempo que la del partido. Y si bien un partido político puede suicidarse, puede autodeclararse disuelto, en cambio, una clase dominante y privilegiada no se suicida.»[7].

En la URSS, el estalinismo es, por las circunstancias históricas de su aparición, una organización particular del Estado capitalista. Con la degeneración de la revolución rusa, el Estado surgido tras la expropiación de la antigua burguesía por la revolución proletaria de 1917, se convirtió en instrumento de reconstrucción de una nueva clase capitalista, sobre los cadáveres de millones de proletarios, obreros y revolucionarios, en la contrarrevolución desde finales de los años 1920 hasta finales de los 30 y luego con el alistamiento en la matanza de la segunda guerra mundial. La forma de ese Estado es el producto directo de la contrarrevolución en el que la clase dominante se ha identificado al Estado-partido único. Con la quiebra definitiva del sistema, la clase dominante ha perdido el control de la situación, no sólo en los antiguos Estados «socialistas», sino también en la mismísima URSS, no quedándole ningún margen de maniobra para atajar el proceso.

La situación en los demás países del Este es un poco diferente de la de la URSS. Fue a finales de la 2ª guerra mundial cuando la URSS, con la bendición de los «aliados» impuso, en los gobiernos de los países pasados a su zona de influencia, el imperio de los Partidos «comunistas» a ella enfeudados. En esos países, el antiguo aparato de Estado no fue destruido por ninguna revolución proletaria. Se adaptó, se doblegó al imperialismo ruso, dejando que permanecieran más o menos según qué países fueran, formas clásicas de la dominación burguesa, a la sombra del estalinismo. De ahí que, con la muerte del estalinismo y la incapacidad de la URSS para mantener su prepotencia imperialista, la clase dominante de esos países, en su mayoría económicamente menos subdesarrollados que la URSS, se ha dado prisa en intentar quitarse de encima el estalinismo intentando reactivar los residuos de las anteriores formas de poder.

Sin embargo, aunque los países del Este disponen teóricamente de más posibilidades que la URSS para intentar hacer frente a la situación, los últimos meses demuestran que la herencia de cuarenta años de estalinismo y el contexto de crisis mundial del capitalismo plantean problemas enormes a una «verdadera democracia» burguesa. En Polonia, por ejemplo, la clase dominante ha demostrado su incapacidad para controlar la «democratización». Se ha visto en la situación aberrante de tener en el gobierno a un sindicato, Solidarnosc. En RDA, ha sido la «democracia cristiana», la CDU, que ha gobernado con el SED (Partido comunista) durante cuarenta años, el principal protagonista de la «democratización» para la reunificación con la RFA. Pero lejos de ser una fuerza política responsable, capaz de asegurar la más mínima reorganización en el país, esa formación política no tiene más dinámica que el incentivo del lucro de su personal, sin hacer otra cosa más que esperar los subsidios de la RFA, a expensas de la CDU occidental, principal proveedor de fondos de la operación.

La evolución inexorable iniciada el verano pasado desde la subida al gobierno de Polonia de Solidarnosc, el viraje hacia el oeste de Hungría, la apertura del muro berlinés, el separatismo de las «repúblicas asiáticas» hasta la secesión de las «repúblicas bálticas» y la reciente investidura de Yeltsin en Rusia misma, todo ello no es el fruto de una política buscada y escogida deliberadamente por la burguesía. Es la expresión día tras día de la pérdida de control por la clase dominante, son indicadores del hundimiento en una dislocación y un caos hasta hoy desconocidos en todas las regiones del mundo. No hay «liberalización»; lo que hay es impotencia de la clase dominante frente a la descomposición del sistema.

Las ilusiones democráticas
y los nacionalismos

La «liberalización» es un discurso vacío, una cortina de humo ideológica, que explota las ilusiones sobre la «democracia», que son muy fuertes en una población que ha tenido que soportar cuarenta años de militarismo estalinista, una cortina de humo con la que intentan que se acepte la constante degradación del vivir cotidiano. La «liberalización» de Gorbachov está acabando en agua de borrajas tras cinco años de discursos sin resultado concreto alguno, la situación es cada día más penosa para la población. Y ya no es sólo cosa de hombres del aparato de Gorbachov. Los antiguos opositores, incluso los más «radicales», campeones de la «democracia», se quitan la careta en cuanto les dan una responsabilidad gubernamental. Ahí tenemos, por ejemplo, a un Kuron, en Polonia, encarcelado por Jaruzelsky hace algunos años, antaño «trotskista»[8], tras haber alardeado, cuando lo nombraron ministro de Trabajo, de ser capaz de «apagar millares» (de huelgas) al haber sido capaz de «organizar cientos de ellas», ahora amenaza directamente con la represión a los huelguistas de transportes, sin distinguirse mucho de la actitud clásica del estalinismo contra la clase obrera. Sean cuales sean las fracciones o camarillas políticas que ocupan en un momento dado el poder, no existe verdadera democracia posible bajo la forma de la democracia burguesa de los países más desarrollados y todavía menos de una democracia «socialista».

Esa idea de la democracia «socialista», según la cual bastaría con apartar a la burocracia del poder para que así se desarrollaran las «relaciones de producción socialistas» que pretendidamente seguirían existiendo en los países del Este, idea defendida por cantidad de sectas trotskistas, no es más que un cuento inventado por esos banderines de enganche del estalinismo, que en definitiva han sido esas corrientes políticas. Todos los acontecimientos recientes demuestran con claridad cada día mayor la imbecilidad de semejantes «teorías».

Todos los «oponentes», en su mayoría salidos del aparato, o el antiguo aparato arrepentido, o también personalidades empujadas por las circunstancias a ponerse «al servicio del país», todos candidatos a la defensa del flaco capital nacional en peligro, usan y abusan de las ilusiones democráticas que alberga la gran mayoría de la población en los países del Este, para tener margen de maniobra para sus designios y aspiraciones al poder. Pero únicamente los grandes países desarrollados pueden permitirse «verdaderas» formas «democráticas» de dominación de la clase capitalista. La fuerza relativa de la economía y la experiencia política les permiten mantener todo un aparato, desde los media hasta la policía, todas las instituciones necesarias al control de un poder que oculta su totalitarismo de hecho bajo las apariencias de las «libertades». El estalinismo, capitalismo de Estado llevado hasta el absurdo de pretender negar la ley del valor, se ha fabricado una clase dominante totalmente inepta, totalmente ignorante de una ley que, sin embargo, es la base de su dominación de clase. Nunca una clase dominante ha sido tan débil.

Y esa debilidad trae consigo también, con la dislocación del bloque del Este y de la URSS, el estallido de los múltiples nacionalismos que sólo se mantenían unidos en la URSS por la represión militar, y que se han despertado inmediatamente en cuanto apareció la imposibilidad del poder central para mantener su supremacía por la fuerza de las armas.

Gorbachov ha podido dar la impresión en un momento de que estaba favoreciendo la expresión de las «nacionalidades» en la URSS. Es evidente hoy que el poder central soviético no puede utilizar los nacionalismos para reforzar su poder. Al contrario, las llamaradas de nacionalismos, regionalismos, particularismos a todos los niveles, son una manifestación de la incapacidad del régimen y de la pérdida definitiva de su poder, de su estatuto de jefe de bloque imperialista, de su lugar entre las «grandes potencias»[9].

Es la situación lo que alimenta los nacionalismos: sin Moscú ni el Ejército «rojo», las camarillas en el poder se han quedado «desnudas», la vía ha quedado libre para que se desaten todos los particularismos a los que sólo ataba el terror militar. Las consecuencias del desmoronamiento actual sólo están en sus primicias. A mediano plazo, por su propia lógica, habrá «democratizaciones» al estilo de muchos países de América del Sur, o, lo más seguro, una «libanización» del antiguo bloque del Este y de la URSS misma, propia de la situación actual, sin política alguna de recambio por parte de la burguesía, sólo es el sálvese quien pueda.

Ahora le va a tocar el turno de la crisis

al capitalismo « liberal » occidental

Básicamente, la crisis en la URSS es, en última instancia, el resultado de la crisis económica generalizada del capitalismo, una de las manifestaciones de su crisis histórica, de su descomposición. No puede haber reestructuración del capitalismo posible en el Este, al igual que tampoco puede haber ningún «país en vías de desarrollo» que haya podido librarse del «subdesarrollo» desde que se inventó esa terminología tercermundista. Al contrario, lo que está pasando es un hundimiento general irreversible.

Desde su inicio a finales de los años 60, la crisis económica ha acarreado:

-        en los años 70-80 la caída inexorable de los países del llamado Tercer mundo en el subdesarrollo y la miseria más sombría que haya conocido el mundo;

-        a finales de los 80, la muerte definitiva del estalinismo, régimen capitalista heredado de la contrarrevolución del llamado «socialismo en un solo país», hundiendo a gran velocidad a la mayoría de la población de los países llamados «comunistas» en una pauperización por lo menos tan grande que en el Tercer mundo, si no es peor.

Durante los años 90 la crisis va a arrastrar hacia esa misma pauperización absoluta al corazón del «primer mundo», las metrópolis industriales son corroídas ya por veinte años de aumento constante del desempleo masivo y de larga duración, de aumento de la inseguridad y de la inestabilidad en todos los aspectos de la vida social. No habrá «reestructuración» del capitalismo ni en el Este ni en el Oeste.

MG - 3 de Junio de 1990


[1] Véanse los análisis desarrollados sobre el hundimiento del bloque ruso y sus implicaciones para la situación mundial en la Revista Internacional nº 60 y 61.

[2] Véase el articulo «La situación en Alemania» en esta misma Revista.

[3] Algunos ámbitos gubernamentales rusos han pensado en un medio «genial» para poner a flota las arcas de la URSS: mandar a 16 millones de emigrantes soviéticos a Europa occi­dental en los años venideros para que manden divisas...

[4] Véase el articulo «Frente a las conmociones en el Este, una vanguardia en retraso», en esta misma Revista.

[5] Del semanario francés Le Point, 9-10 de Junio de 1990.

[6] Véase «La situación en Alemania», en este número.

[7] Revista Internacional nº 60, «Tesis sobre la crisis económica y política en los países del Este», tesis nº 16.

[8] Cf. Carta abierta al Partido Obrero Polaco de K. Modzelewski y J. Kuron, 1968, suplemento a Quatrième Internationale, revista trotskista de Francia, marzo de 1968.

[9] (9) Véase el articulo «La barbarie nacionalista» en esta Revista.